El socialismo de Marx en «El Capital»

Introducción

El artículo tiene varios años en reposo, fue escrito con los retazos del Muro de Berlín cayendo desde alturas inesperadas y promoviendo el parteaguas que apuró el fin del siglo XX. Se han redactado desde entonces, con relativo éxito, reflexiones que explican la debacle del pensamiento y la acción socialista. Tal parece que tomará un tiempo situar en perspectiva el pensamiento marxista, mientras tanto cada vez más se va convirtiendo en un instrumento de análisis sociológico antes que orientador de acción política. La desaparición del Muro fue, lo sabemos, el término de una era de singular importancia para la humanidad, el final de un horizonte utópico, la primera concebida sobre bases racionales. Recordemos que con el marxismo aparece el instrumento teórico que permitió criticar la economía capitalista y entender los principios que sostienen su entramado social y económico así como también examinar la estructura del poder que lo sostiene. En el campo de los procesos sociales es la primera teoría que hace posible abandonar la incertidumbre que había primado en la comprensión del porvenir y permite pensar y construir el futuro sobre bases razonables. Otorga los soportes teóricos para cuestionar el poder político dominante y planear su sustitución por la actuación de los desposeídos de la tierra o sus representantes. De la mano de estos principios por primera vez en la historia importantes sectores de la humanidad organizaron sus sociedades con arreglo a una teoría que ofrecía instalar el reino de la equiparidad y la abundancia, extinguir la propiedad privada y fundar la igualdad en las relaciones sociales y productivas. Se pensó que la miseria y todos los males provenientes del capitalismo serían sustituidos por la construcción de un mundo más acorde con las necesidades de las mayorías sociales. Lo cierto y objetivo era que jóvenes y eufóricas multitudes, teóricos beneficiarios de la utopía, astillaban las duras columnas de concreto de esa pared que expresaba, como ningún otro hito constructivo, las fronteras que separaban los dos territorios en conflicto: el capitalismo irracional y depredador y el socialismo teórico portador de racionalidad y superioridad moral. A un lado y otro de la serpenteante y disminuida edificación podía verse quién había resultado vencedor en el desarrollo material, último valor comparable entre dos proyectos de sociedad.

¿Qué había fallado?, ¿la teoría o la práctica? ¿Marx o Lenin?, ¿quizá Engels o Mao?, ¿Stalin y Trotsky? El balance aún está en ciernes, lo que se observa en las colectividades marxistas es la persistencia de la desorientación y el estupor mientras otras comunidades políticas alejados del materialismo científico reivindican causas religiosas, nacionalistas, étnicas y de integración y defensa de asociaciones marginadas. La acción política de los partidos que abrevan de estas fuentes no se recupera aún de la derrota ideológica y práctica que le ha infligido la realidad capitalista, antes que sus pensadores. Tomará tiempo ordenar las experiencias y dotar de rigor teórico a las evaluaciones.

En medio de este ajuste de cuentas es Carlos Marx quien resulta mejor librado. Los seguidores, para la acción concreta prefirieron elegir a sus epígonos: Lenin, en primer lugar, sin descuidar a Stalin y Mao, distanciados por el manejo de las estructuras partidarias pero unificados a la hora de aplicar los planteamientos económicos: estatización de los medios de producción y conducción de la economía desde la burocracia estatal. Por el lado nuestro, escasos políticos peruanos lo estudiaron con seriedad y espíritu critico y la gran masa de militantes lo conoció a través de citas puntuales y manuales de orientación ideológica. De haberlo hecho con rigurosidad y sin los cartabones coloniales, que en la izquierda los hubo y los hay, es probable que habrían surgido voces que orientaran mejor las propuestas nacionales que condujeron al fracaso las experiencias que impulsaron. Para comprobar este aserto  hay que observar la ausencia de trabajos teóricos y partidos políticos construidos bajo el poderoso influjo del pensamiento marxista. No hay una sola organización partidaria que haya vencido la prueba del tiempo y de la práctica. Lo que queda son clubes electorales interesados en controlar el funcionamiento de las licitaciones públicas y el seguro social. Atrás quedaron las propuestas globalizadoras y las visiones de una sociedad distinta. Lo último novedoso en este espacio es J.C. Mariátegui. Lo demás son artículos de prensa y conclusiones de comités centrales.

¿Dónde hay que mirar para encontrar los errores? En varios campos: filosóficos e ideológicos y económicos, fundamentalmente. Lecturas de Marx me habían mostrado que mucho de su pensamiento adaptado a la acción concreta no concordaba con sus fundamentos económicos, pero decirlo entonces colisionaba con las apabullantes y sacrosantas determinaciones del secretario general y de su comité ejecutivo. Cuando este documento fue distribuido entre militantes amigos, la reacción fue de indiferencia cuando no de antagonismo. No recuerdo una sola discusión que emanara de su lectura. Alguien opinó que había errado en la elección de la casa editorial y que junto a Floreal Mazía, el traductor, respondían a conocidos intereses imperialistas. La lectura de manuales había calado hondo. ¿Cuál fue la intención de rebuscar en El Capital los fundamentos de la economía socialista? Ordenar mis propias ideas y comprobar que Marx no era el padre de las economías realmente existentes y que era necesario discutir este tema entre quienes se habían echado al hombro la decisión de construir el paraíso en nuestra tierra. En El Capital, Marx habla muy poco de estatizaciones y propiedad social y no se ocupa de la transformación violenta de la economía capitalista sino más bien de utilizarla sistemáticamente para ir esculpiendo dentro de ella la economía alternativa. Es, sin duda, una propuesta muy distante del socialismo científico de Engels y alejada del Estado y la revolución de Lenin. Lo cierto es que un Marx gradualista, promotor de intenso incremento tecnológico e impulsor del ahorro y la inversión y de la continuación y superación del desarrollo capitalista no agradaba a nadie. Lenin lo comprendió pronto cuando puso en marcha la NEP, la nueva política económica que no alcanzó a concluir y fue remplazada por el socialismo en un solo país de Stalin y su genocida proyecto de marchas forzadas hacia una sociedad que hoy no existe.

Se escucha mencionar que es cuestión de tiempo el renacimiento de la doctrina marxista y que no está lejano el día que vuelvan a flamear las banderas partidarias que hagan tambalear el imperio burgués. Es extendida la idea que se asiste a un contratiempo pasajero y que a la vuelta de la esquina está el renacimiento del pensamiento marxista que ha dado largas muestras de capacidad de regeneración frente a situaciones más complicadas. Dudo que tal realidad sea posible si se usan los mismos cartabones teóricos conocidos hasta la fecha. Se requiere una revisión profunda de los antiguos postulados y la creación de otros nuevos. El eventual renacimiento del marxismo no tendrá las características que tuvo de moldear la imaginación antes que la realidad. La concreción de estas valoraciones no solo importan a los creyentes de antaño y hogaño, incumben a todos los que consideramos que la tesitura del sistema imperante ha llegado a ser incompatible con vastas necesidades humanas que van más allá de cifras de crecimiento y riqueza enquistada en pocas manos e invade la propia supervivencia de la especie humana. Recoger la experiencia, analizarla y evaluarla ayuda a todos los movimiento en disposición de construir una sociedad libre de las necesidades que ha creado la formación capitalista.

A doscientos años de su nacimiento el trabajo recoge, en una de sus principales creaciones, las ideas que Marx dejó para dibujar la futura economía socialista. En muchos pasajes es necesario interpretar sus juicios sobre el capitalismo y extrapolarlos para imaginar la economía sustitutiva. Muchas de las citas se explican por sí mismas y no requieren comentarios que perturben la densidad de su pensamiento. Los retoques al antiguo documento son mínimos y no han afectado su contextura inicial.

Las ideas de Marx sobre la economía socialista

El desarrollo del socialismo en el mundo ha llegado al fin de una etapa abierta con la Revolución de Octubre. El principio del fin de este periodo bien puede situarse en el mayo parisino, donde multitudes sublevadas, gestoras de una nítida situación revolucionaria, no fueron cautivadas ni orientadas por ideales marxistas, y menos conducidas por el PC Francés. Fue un síntoma objetivo del distanciamiento del marxismo oficial con la realidad y de la extinción de su poder para conquistar la imaginación de la sociedad.

El colofón, que significa los sucesos de Europa del Este no hace más que otorgarle dramatismo y fin inequívoco a una etapa que tiene trascendental importancia para la humanidad y el desarrollo del socialismo. Nos permite ingresar a una realidad que se negaba admitir en la praxis política. Sin embargo, la coyuntura despliega un cumulo de posibilidades que, sin límites visible en el horizonte, permite analizar los acontecimientos para extraer ilustrativas conclusiones. Hoy, ningún estado o sociedad ni colectividad política que se organice bajo principios marxistas es referente mundial inobjetable y puede afirmar tener la interpretación acabada del futuro. Esta inédita situación nos permite analizar el pensamiento de Marx sin los apremios de otras épocas y sin la voz autorizada de sus fracasados intérpretes. Y esto implica, entre otras tareas, releer las fuentes sin prejuicio ni plantillas ideológicas. La experiencia de los denominados socialismos reales nos aporta una rica experiencia que no podemos dejar de usarla para imaginar el futuro.

Las páginas siguientes, comentan la obra de Marx relativas al desarrollo del capitalismo y su relación con el socialismo. Se trata de El Capital, quizá la obra más importante de Marx. Pretenden aportar al esclarecimiento de interrogantes de gran vigencia hoy, en torno a la forma cómo el pensador alemán pensaba debía construirse la superación económica del capitalismo y lo hace hurgando en el texto que Marx destinó a “…descubrir la ley económica del movimiento de la sociedad moderna” (1). La actualidad de la obra se mantendrá mientras el capitalismo siga siendo una realidad incompatible con la estatura y dignidad humana. Continúa vigente preguntarse el papel de la socialización de los medios de producción, el rol del Estado la propiedad de las empresas, la forma de enlazar los procesos productivos, decidir su ubicación en el territorio y el desarrollo de tecnología y de  mano de obra como también la formulación de los precios de intercambio de mercancías y el comercio internacional, entre otras realidades.

Las referencias explicitas al modo de producción socialista no son frecuentes en El Capital. No obstante, una lectura que privilegie la búsqueda de tales referencias, permite hallar prolongados párrafos y reflexiones sobre el tema de una vigencia vigorosa. Más que hablar de socialismo, teoriza sobre la manera de hacer el proceso de transformación de la economía capitalista en su tránsito hacia el socialismo. Para Marx el proceso tiene que constituir la superación dialéctica de su antecesor y no puede representar retroceso, tampoco permanencia, en todo aquello que el capitalismo tiene de “…aspectos civilizadores…” (2); sino, ascender a una superioridad real, tangible, que conquiste un despliegue universal de las fuerzas productivas que conduzca a la realización superior del ser social y su desalienación. Así como la naciente burguesía no tuvo dudas sobre el legítimo aprovechamiento de todas las fuerzas productivas desarrolladas por el feudalismo y que les permitió erigirse como dirigentes de una sociedad sin duda superior a la feudal; así también, para Marx, no le cabe dudas sobre la utilización del capitalismo para instalar una economía superior sobre su entramado. Es ese el sentido de la historia económica y es apropiado usar el mismo criterio para interpretar el futuro del socialismo. El texto ilustra inequívocamente sobre el modo de organizar y dirigir ese complejo y difícil tránsito.

Seres humanos por milenios han satisfecho necesidades básicas de vivienda, comida, vestido, como en esencia lo hacen millones de hombres y mujeres del mundo. Pero, entonces ¿qué aspectos distinguen una época de otra? La distinción radica “…no tanto en lo que fabrican sino la manera cómo fabrican…” (3) los medios de subsistencia y reproducción. También dependerá “…del modo de distribución [que] variará según el organismo productor de la sociedad y el grado de desarrollo histórico alcanzado por los productores” (4). Como sabemos, cada modo de producción: comunismo primitivo, esclavitud, feudalismo o capitalismo, contuvieron en sus entrañas el nuevo orden que lo sustituirá más tarde. “El orden económico salió de las entrañas del feudal. La disolución de uno desprendió de él los elementos constituyentes del otro” (5).

El orden capitalista supuso una “acumulación primitiva [que] desempeño en la economía política, casi el mismo papel que el pecado original en la teología” (6). Aproximadamente cuatrocientos años se sucedieron-desde la última mitad del S. XIV hasta el último tercio del S. XVIII – para que el capitalismo iniciara su etapa de madurez (7). Le tomaría siglo y medio adicional para llegar a su etapa imperialista. Vemos que una formación económica no puede gestarse en pocos años, ni siquiera en décadas.

Toda formación económica es en esencia la depositaria de toda la acumulación material previa, así como de formas de organización más elevadas, transformado dialécticamente en nuevas formas de expresión, nuevas síntesis. La transición al capitalismo supuso para la humanidad un paso distinto y superior a las anteriores transformaciones. Se destruyen los compartimentos de la estratificación estamental. El hombre se hizo ser social pleno al mismo tiempo que se socializaba la producción. Supuso una elevada concentración de fuerzas productiva denominada acumulación originaria que significó:

• Expropiación de los cultivadores
• Depredación de los bienes de la Iglesia
• Enajenación fraudulenta de los bienes del Estado
• Transformación usurpadora y terrorista de la propiedad feudal
• La guerra de “las chozas” (8)
• Descubrimiento de las regiones de oro y plata en América y la “reducción de los indios a la esclavitud”
• Conquista y saqueo de las Indias Orientales
• Transformación del África en fuente de mano de obra (9)
• Régimen colonial

La clase asalariada que surgió en la última mitad del S. XIV era entonces una muy escaza porción de la población (10). Los distintos métodos de acumulación primitiva se establecen primero sobre “Portugal, España, Holanda, Francia e Inglaterra, hasta que este los combina a todos en el último tercio del S. XVIII (11). El modo de producción moderno, en su primer periodo “…el de las manufacturas se desarrolló solo donde se habían creado las condiciones para ello durante la Edad Media” (12). Transformaciones instantáneas y exitosas de la estructura productiva no existen, se requieren condiciones previas, es un error que muchos regímenes socialistas impusieron sin éxito.

Es persistente en Marx la idea que liga condiciones históricas y nuevos modos de producción. “Como cualquier otro modo de producción [el capitalismo] tiene como condición histórica el supuesto de que las fuerzas productivas sociales y sus formas de desarrollo han llegado a cierta etapa. Esta condición es a su vez el resultado histórico y el resultado de un proceso anterior, punto de partida necesario del nuevo modo de producción (13). Ratifica y amplía los conceptos cuando indica que el capitalismo, como modo de producción, “se encuentra en el seno de la esclavitud, de la servidumbre y de otros estados de dependencia. Pero solo prospera, solo despliega toda su energía, solo adopta su forma integral y clásica cuando el trabajador es el propietario libre de las condiciones de trabajo que el mismo pone en marcha” (14). Si se proyecta tal concepción al socialismo significa entender que también poseerá en su estructuración antecedentes de la esclavitud, feudalidad, etc. De modo tal que su construcción no puede ser comprendido fuera de esta realidad pues todo modo de producción “depende de otros modos que se han mantenido ajenos a su grado de desarrollo” (15).

La superioridad del capitalismo sobre sus antecesores modos de producción es visiblemente manifiesta. Significa:

• Dinero convertido en capital y, ésta, en fuente de plusvalía generadora a su vez de capital adicional.
• Masas de capitales y de fuerza de trabajo acumuladas en manos de productores de mercancías. (16)
• Destrucción de pequeños productores independientes y separación radical del productor respecto a los medios de producción
• Eliminación de la fragmentación del suelo y la dispersión de otros medios de producción. Se impone la concentración y la cooperación en gran escala
• La maquinización de los procesos productivos.
• Dominio del hombre sobre la naturaleza
• Libre desarrollo de las fuerzas sociales del trabajo
• Coincidencia y unidad en los fines, medios y esfuerzos de la actividad colectiva
• Transformación de la propiedad enana de los muchos en propiedad colosal de unos pocos (17)
• Aniquilación de la industria domestica del campo
• Divorcio de la agricultura respecto de todo tipo de manufactura. “Esta aniquilación de la industria domestica del campesino, es la única que puede dar al mercado interior de un país la extensión y constitución que exigen las necesidades de la producción capitalista” (18). Pero, al mismo tiempo “crea las condiciones materiales de una nueva síntesis superior, es decir la unión de la agricultura y la industria” (19)
• Desarrollo de las potencia colectivas del trabajo y “la transformación de la producción fragmentaria, rutinaria, en producción combinada, científica…La industria maquinizada consuma esta separación, también ella es la primera en conquistar para el capital todo el mercado interior.” (20)
• Crecimiento del elemento constante del capital respecto al variable (21)
• Condiciones más favorables para el desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales y también para la creación de una estructura nueva y superior de lo que eran los sistemas anteriores, de esclavitud, servidumbre, etc. (22)
• Desarrollo de las ciencias naturales y de la agronomía. Mejoramiento de la fertilidad del suelo (23)
• Disminución del valor de los productos y por tanto de su precio de costo como consecuencia de la superioridad de las fuerzas productivas individuales del trabajo empleado (24)
• Creación del mercado mundial correspondiente, merced al incremento de las fuerzas productivas (25) La ampliación del comercio exterior, que constituía la base del modo de producción en sus comienzos, se convirtió en su resultado a medida que progresaba la producción capitalista, por ser consustancial a este modo de producción disponer de un mercado cada vez más amplio. La tasa de ganancia de los capitalistas invertido en el comercio exterior dan usualmente grados más altos de rentabilidad, pues se compite con países cuyas facilidades de producción de mercancías son menores (26). El capitalismo industrial “…tiene siempre en su pensamiento el mercado mundial: compara y siempre debe comparar sus propios precios de costos con los del mercado, no solo de su país, sino los del mundo entero” (27).
• La igualación de los salarios y las jornadas de trabajo y por consiguiente, la tasa de plusvalía se desarrolla cada vez más. (28)

La introducción de las máquinas en el proceso productivo generó un avance sustancial en el desarrollo del capitalismo. Se debe mencionar “el ahorro que proviene del continuo perfeccionamiento de la maquinaria: a) de los materiales empleados, b) reducción del precio de las maquinarias en general c) perfeccionamientos especiales que permiten trabajar con más eficacia y a menor precio con la máquina que ya existe d) reducción de los desperdicios por la utilización de mejores máquinas”(29). El desarrollo de la fuerza productiva “se expresa en última instancia, por el carácter social del trabajo puesto en acción, por la división del trabajo en el seno de la sociedad; por el desarrollo del trabajo intelectual, en especial la ciencia de la naturaleza” (30). Todo este enorme potencial de fuerzas productivas en la madurez más alta de su desarrollo crean las condiciones de su transformación en fuerzas productivas socialistas, interactuando dialécticamente con las relaciones sociales de producción correspondientes. Veamos cómo observa Marx este proceso. En cuanto el capitalismo ha generado las condiciones y ha descompuesto “lo suficiente y de abajo arriba, la antigua sociedad; en cuanto los productores se convierten en proletarios y sus condiciones de trabajo en capital , y por último, en cuanto el régimen capitalista se sostiene por la fuerza económica de las cosas, entonces la socialización posterior del trabajo así cono la metamorfosis progresiva del suelo y de los otros medios de producción en instrumentos socialmente explotados, comunes: en una palabra, la eliminación posterior de las propiedades privada, adoptan una nueva forma…” (31). Continúa afirmando que “…la socialización del trabajo y la centralización de sus resortes materiales llegan a un punto en que ya no pueden seguir encerrados dentro de su envoltura capitalista. Esta envoltura estalla en fragmentos. Ha sonado la hora de los propietarios capitalistas…” (32). Transformar “la propiedad capitalista significó más tiempo, esfuerzo y trabajo de lo que debe significar su posterior transformación en propiedad social.” (33).

¿Cuáles son las contradicciones a resolver en la estructuración de una economía superior? Las respuestas transitan por varios caminos. Tratemos de sistematizar algunas.

Una variable de importancia en la construcción de una economía socialista es el incremento de las fuerzas productivas y dentro de ellas el desarrollo pleno del ser humano que las dirige y las integra. Hombre y mujer al que la gran industria capitalista ha debido convertirlos en seres “…que sepan hacer frente a las exigencias más diversificadas del trabajo, y para que las distintas funciones sociales que ejecuten sean otros tantos modos de dar rienda suelta a capacidades naturales o adquiridas” (34). Sujetos sin educación calificada es uno de los grandes escollos a superar, no hay otro modo de dar libertad a las capacidades naturales o adquiridas. Unida a esta realidad se encuentra el proceso de desalienación en la mentalidad de los sujetos productivos. En la etapa de transición “la escala ampliada de las empresas será siempre el punto de partida de una organización más vasta del trabajo colectivo, de un desarrollo más amplio de sus resortes materiales. En una palabra, de la transformación progresiva de procesos de producción socialmente combinados y científicamente dominadas” (35). Educación desalienante, pilar fundamental de toda transformación.

Como se ha mencionado, Marx no se extiende en amplias consideraciones acerca del modo de producción socialista. En muchos casos es necesario proyectar hacia el socialismo el sentido y lo sustantivo de las definiciones propias del modo capitalista de producción. Veamos las proposiciones que se consideran más importantes:

El desarrollo de la productividad social tendrá que ser alta y manifestarse de dos maneras:

• En la magnitud de las fuerzas productivas que encierra “volumen” de condiciones de producción, y en la “magnitud absoluta del capital productivo acumulado”
• Cantidad relativamente mínima de trabajo vivo requerido para reproducir y valorizar un capital (36).

El socialismo deberá acrecentar “una cantidad considerable de valores de uso [lo] que constituye, como es evidente, una mayor riqueza material…La eficacia en un tiempo dado de un trabajo útil depende de su fuerza productiva” (37). Es un error fundamental asociar con el socialismo la existencia de valores de uso escasos y elementales. Su calidad también debe ser un proceso en ascenso. Pensar que el socialismo se debe realizar en la pobreza es un concepto que no tiene base marxista.

Deberá disminuir constantemente el tiempo de circulación de las mercancías, mejorando las comunicaciones terrestres, marítimas y aéreas. El tiempo de rotación del conjunto del comercio debe reducirse en la misma medida (38). Sera necesario la “transformación progresiva de los procesos de producción parcelarios y rutinarios, en procesos de producción socialmente combinados y científicamente dominados. La escala ampliada de las unidades productoras será el punto de partida de una organización más vasta del trabajo colectivo, de un impulso más grande de sus factores materiales” (39). Deberá acrecentarse la productividad del trabajo que, “…con abstracción del modo social de producción…depende de las condiciones naturales en medio de las cuales se realiza” (40). La industria deberá mejorar constantemente los procedimientos usados por la industria capitalista. “La industria moderna jamás considera o trata como definitivo el modo existente de un procedimiento. Por consiguiente su base revolucionaria, en tanto que la de todos los modos de producción anteriores, es conservadora” (41).

La cooperación económica entre ramas de la actividad económica tiene que ser intensa pues “…no se trata únicamente de aumentar las fuerzas productivas industriales, sino de crear, por medio de la cooperación, una nueva fuerza que funciones nada más que como fuerza colectiva” (42). El trabajo productivo en que intervienen muchos individuos “tendrá una vinculación general muy estrecha y conservará la unidad del proceso” (43). El capital necesario para impulsar los procesos productivos no pasa a ser un elemento secundario. “…El capital y su valorización por sí mismo aparece como punto de partida y punto final, motor y objetivo de la producción para el capital y no a la inversa…” (44), elemento imprescindible para disminuir de manera constante el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de cualquier mercancía e incrementar el número de trabajadores en la sociedad. “La reproducción del capital contiene la de su gran instrumento de valorización, la fuerza de trabajo. Acumulación del capital es al mismo tiempo crecimiento del proletariado” (45). El socialismo debe contribuir a expandir y consolidar el mercado mundial. Se competirá con países “cuyas facilidades de producción son menores, de manera que el país más avanzado venderá sus mercancías por encima de su valor, aunque las entregue más baratas que los países competidores” (46). Solo debido al uso en común y por consiguiente a la economía de los medios de producción, “el entrelazamiento de todos los pueblos en la red de mercado mundial es que se logrará un pleno desarrollo del modo de producción socialista” (47). Precisemos que el modo de producción capitalista es “…un modo histórico de desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial correspondiente, así también representa, al mismo tiempo, una permanente contradicción entre dicha tarea histórica y las relaciones de producción que le corresponden…” (48). La globalización de la economía es ineludible, obviar las economías de escala para extensas ramas de la producción es ineludible. Hallar el modo de desmontar desiguales relaciones de intercambio, acelerar su transformación en otras superiores resguardando la economía nacional es la gran tarea por desarrollar.

La cantidad de valor de las mercancías depende del tiempo necesario para su producción, realidad que también afectará la producción socialista que deberá promover la disminución de estos tiempos para ser competitivos en el mercado mundial. Esta realidad dependerá de la “modificación de la fuerza productiva del trabajo, que por su parte depende…de la habilidad media de los trabajadores; el desarrollo de la ciencia y del grado de su aplicación tecnológica, de las combinaciones sociales de la producción; de la amplitud y eficacia de los medios para producir y de condiciones puramente materiales” (49). “Esta tendencia a reducir el costo de producción a su mínimo se convierte en la más poderosa palanca para el aumento de la fuerza productiva social del trabajo” (50). “La superioridad de la fuerza productiva individual del trabajo empleado, disminuye el valor pero también el precio de costo, y por lo tanto el de producción de la mercancía” (51). En el campo de la producción agrícola “Se deberá generar un mejoramiento constante de la fertilidad del suelo, haciendo que suelos considerados malos, pasen a primera categoría (52).

En la producción deberá conjuncionarse el interés individual y colectivo de manera de conseguir, en un proceso de síntesis, que el ser humano sea un productor libre orientado a satisfacer necesidades sociales. “Los objetos de utilidad se convierten en mercancías porque son los productos de trabajos privados y ejecutados con independencia los unos de los otros. El conjunto de estos trabajos privados constituye el trabajo social. Como los productores entran socialmente en contacto por el intercambio de sus productos, solo dentro de los límites de ese intercambio se afirman los caracteres sociales de sus trabajos privados…Solo en su intercambio los productos del trabajo adquieren, como valores, una existencia social idéntica y uniforme…” (53).

El párrafo siguiente añade nuevas referencias al tema cuando manifiesta: “mi punto de vista, según el cual el desarrollo de la formación económica de la sociedad es asimilable a la marcha de la naturaleza y a su historia, puede, menos que ninguna otra, hacer responsable al individuo de relaciones de las cuales es esencialmente la criatura, haga lo que hiciera por desprenderse de ella.” (54). Observar la marcha de la naturaleza es para los peruanos una enseñanza de milenios. Guiarse por ella y por su historia es algo que no debemos olvidar.

El ser humano tiene que ser la medida comparable y final para que la sociedad de productores pueda, en conjunto, medir el grado de eficacia de sus recursos productivos. “Cada fuerza de trabajo individual es igual a cualquier otra, en la medida en que posee el carácter de una fuerza social promedio y funciona como tal, es decir que en la reproducción de una mercancía solo emplea…el tiempo de trabajo socialmente necesario. Por consiguiente solo la cantidad de trabajo, o el tiempo de trabajo necesario en una sociedad dada, para la reproducción de un artículo, determinan la cantidad y su valor”. (55). Sólo quien produce en menor tiempo y con calidad tendrá éxito, los demás están condenados a permanecer rezagados.

El socialismo deberá establecer una clara superioridad respecto del capitalismo, tanto en las ventajas materiales como en el dominio de la razón, del intelecto, de la realización del ser. “Uno de los aspectos civilizadores del capital es el hecho que arranca sobretrabajo y las condiciones en que lo hace son más favorables para el desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones sociales y para la creación de los elementos de una estructura nueva y superior, de lo que eran los sistemas anteriores, de esclavitud, servidumbre, etc. Ello permite llegar a una etapa en la cual desaparecerán la coerción y la monopolización, por una fracción de la sociedad en detrimento de la otra, del progreso social…por el otro lado, el sobretrabajo [creará] los medios materiales y el germen de una situación que en una forma más elevada de la sociedad permitirá establecer una correlación entre ese trabajo y el tiempo dedicado al trabajo material que será reducido” (56).

“La verdadera riqueza de la sociedad, y la posibilidad de una ampliación ininterrumpida de su proceso de reproducción no dependen , entonces, de la duración del sobretrabajo, sino de su productividad, y de las condiciones más o menos perfeccionadas en que se lleva a cabo…la única libertad posible consiste en que el hombre social, los productores asociados, regulen en forma racional sus intercambio con la naturaleza, que la controlen juntos, en lugar de ser dominados por su poderío ciego, y que realicen esos intercambios con la misma inversión de fuerza y en las condiciones más dignas, las más acordes con su naturaleza humana. Más allá empieza el desarrollo de las fuerzas productivas como fin en sí. El verdadero reino de la libertad, que solo puede crecer si se basa en el otro reino, en el otro cimiento, el de la necesidad. La condición esencial de ese florecimiento es la reducción de la jornada de trabajo” (57).

La reducción de la jornada de trabajo está estrechamente ligada al decrecimiento e la cantidad de trabajo que se incorpora en las mercancías. Esta es una característica esencial del aumento de su productividad, “sea cuales fueran las condiciones sociales de producción” (58). El sistema socialista se debe asentar firmemente en desarrollos constantes de la productividad en todas las actividades económicas, de tal manera de cumplir su “misión histórica de hacer que florezca, que avance de manera radical, en progresión geométrica la productividad del trabajo humano” (59).

El modo de producción socialista deberá “adquirir con el tiempo el aspecto de algo regulado y bien ordenado. Esta regla y este orden son por si mismos un factor indispensable de cada modo de producción, que debe adoptar el aspecto de una sociedad sólida, independiente del azar o de lo arbitrario…Y llegan a esa forma por su propia reproducción, siempre reiniciada, cuando el proceso de reproducción y las relaciones sociales correspondientes gozan de cierta estabilidad” (60).

“La vida social, cuya base es la reproducción material y las relaciones que esto implica, se desprenderá de la nube mística que encubre su aspecto el día en que se manifieste en ella la obra de hombres libremente asociados, que actúen en forma consciente y como dueños de su propio movimiento social. Pero ello exige en la sociedad un conjunto de condiciones de existencia material que, a su vez, solo puede ser el producto de un largo y doloroso desarrollo” (61).

El debate en torno a la construcción del socialismo aparece para muchos socialistas como un tema que pertenece a otra época, y como una provocación a la inteligencia o al sentido común. A pesar de un clima tan adverso es necesario seguir persistiendo por el cauce abierto, ancho y profundo. Consolidando lo bueno y desechando los dogmas considerados verdad absoluta por décadas y que han provocado errores de tanta trascendencia que han puesto en cuestión al socialismo como el sistema más digno de convivencia humana.

Diciembre de 1990.

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El Capital. Editorial Cartago, Buenos Aires. 1973
(1) Tomo I, pág. 23
(2) Tomo III, pág. 801
(3) Tomo I, pág. 189
(4) Tomo I, pág. 92
(5) Tomo I, pág. 691
(6) Tomo I, pág. 691
(7) Tomo I, págs. 717-732
(8) Tomo I, pág. 691
(9) Tomo I, pág. 731
(10) Tomo I, pág. 717
(11) Tomo I, pág. 732
(12) Tomo III, pág. 343
(13) Tomo III, pág. 850
(14) Tomo I, pág. 741
(15) Tomo II, pág. 107
(16) Tomo I, pág. 681
(17) Tomo I, pág. 741
(18) Tomo I, pág. 728
(19) Tomo I, pág. 481
(20) Tomo I, pág. 729
(21) Tomo I, pág. 717
(22) Tomo I, pág. 801
(23) Tomo III, pág. 638
(24) Tomo III, pág. 638
(25) Tomo III, pág. 269
(26) Tomo III, pág. 257
(27) Tomo III, pág. 347
(28) Tomo III pág. 169
(29) Tomo III, pág. 105
(30) Tomo I, pág. 742
(31) Tomo III, pág. 106
(32) Tomo I, pág. 742
(33) Tomo I, pág. 743
(34) Tomo I, pág. 466
(35) Tomo I, pág. 601
(36) Tomo III, pág. 266
(37) Tomo III, pág. 97
(38) Tomo I, pág. 64
(39) Tomo I, pág. 601
(40) Tomo I, pág. 489
(41) Tomo I, pág. 465
(42) Tomo I, pág. 324
(43) Tomo III, pág. 391
(44) Tomo III, pág. 269
(45) Tomo I, pág. 588
(46) Tomo III, pág. 258
(47) Tomo III, pág. 269
(48) Tomo I, pág. 742
(49) Tomo I, pág. 59
(50) Tomo III, pág. 850
(51) Tomo III, pág. 638
(52) Tomo III, pág. 757
(53) Tomo I, pág. 87
(54) Tomo I, pág. 23
(55) Tomo I, pág. 58
(56) Tomo III, pág. 801
(57) Tomo III, pág. 802
(58) Tomo III, pág. 277
(59) Tomo III, pág. 277
(60) Tomo III, pág. 777
(61) Tomo I, pág. 92-93

Vargas Llosa y su afiliación al tribal occidente.

Prologo

Vargas Llosa forma parte de una clase dirigente que carece de membresía. Es un solitario y activo ejemplo de intelectual orgánico sin pares; uno de los pocos con capacidad de sistematizar ideología, esbozar programas de gobierno y emitir opiniones que orientan colectividades. El escritor ha demostrado largamente su capacidad teórica para el ensayo y la divulgación de ideas; en algún momento también mostró cualidades para liderar directorios políticos y multitudes Sin embargo, su tozuda determinación ha estado orientada hacia la creación y la literatura. Su desarrollo intelectual ha seguido la suerte que muestran numerosos pensadores a lo largo de nuestra historia: ver sus ideas llevadas a la práctica por políticos grises, mediocres y zafios, distantes de sus características personales. Alguno de ellos fue, inclusive, su enconado adversario político. No es casual esta realidad, hay una trencilla que los vertebra y los hace superar desavenencias en los métodos y las formas. Algunas ideas son solo posibles de ser impuestas bajo el yugo del autoritarismo que se ejerce desde pequeños grupos, de tribus dentro de la tribu.

Con su madre Dora Llosa Ureta

La solitaria actuación del escritor se explica por la habitual incapacidad de nuestra clase dominante de erigirse en conductora, dirigente. La mayoritaria población tiene un intuitivo reconocimiento de esta realidad y les otorga a sus teóricos, desdén cuando no les niega o retacea cualidades.  La actuación pública del escritor es por eso peculiar; se le reconoce influencia y lucidez intelectual, sin lograr la simpatía de las mayorías. ¿Qué aspectos de su personalidad, lastiman tanto la sensibilidad de numerosos peruanos? Es posible resumir las razones admitiendo que el escritor porta características que colisionan con las formas de ser del peruano promedio, adoptadas como resultado de la dominación y el subdesarrollo. País de desconcertadas gentes, lo denominó alguno. Hallamos un extendido sentimiento que expresa inquina contra el novelista; incomoda su tesitura  que, es probable, les recuerde la difundida medianía, la inconstancia e incapacidad para persistir y de incorporar disciplina y tenacidad en la obtención de sueños y objetivos y les enrostra debilidad en sus juicios y la tropicalidad de sus emociones, debilidad y fracturas en sus razonamientos. El rechazo es precisamente más visible entre los sectores medios, aprisionados por las fuerzas de la aculturación, semilla de ética y moral blandengue y permisiva, valores criollos centenariamente entronizados en nuestra sociedad.         Discutir estas interioridades nos conducen a otorgarle contexto social, familiar, a su pensamiento. Hay quienes, como Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, lo han tratado de cerca durante varios años y acompañado lo suficiente como para ceder testimonio de su personalidad. Veamos las opiniones del primero[1]: “Había leído ya La ciudad y los perros y había hecho amistad con Mario Vargas Llosa, o sea que acudí a él en busca de algunos buenos consejos. Pero, más que consejos, lo que encontré en él, aparte de una actitud franca y generosa, fue una especie de modelo francamente acabado y perfecto, y tan sólida, tan de una sola pieza, que inspiraba una cierta reverencia, un gran respeto, pero también un cierto temor. A Mario, no sé, como que no había manera de tomarlo con eclecticismo. Era de una sola pieza y se bastaba a sí mismo y, con toda su simpatía y cordialidad a cuestas, era ejemplar. Y su ejemplo seguía a pie puntillas o se convertía uno en un muy mal ejemplo. Mario era un militante de todo lo que hacía y todo lo hacía con la mayor disciplina. Páginas más adelante, completa la semblanza señalando: Vargas Llosa almorzaba ejemplarmente ligero para dejarles espacio a los demonios del escritor, hasta que estos literalmente lo dominaban, se apoderaban de él, se lo devoraban y lo convertía en un buitre que se alimentaba de carroña hasta transformarse en un deicida con digestiones literarias en forma de magma. Inabordable con eclecticismo dice el amigo, realidad que colisiona con el temperamento nacional, siempre dispuesto a transigir usando el conciliador y conveniente acomodo. 

Su padre Ernesto Vargas Maldonado

Las confidencias de Ribeyro contienen similar tono. En carta a su editor alemán Luchting, señala[2]: “Mario es un tipo hors de pair [incomparable]. Me anonada su seguridad, su diligencia, su ecuanimidad, su forma práctica, realista, casi mecánica de vivir. Es un hombre que sabe resolver sus problemas. Los zanja con lucidez y sangre fría. Y lo que es más grave es que todos ignoramos todo de él. Él se da a conocer solo por sus actos. Los preparativos de sus actos o las razones que los determinan no se traslucen. Jamás hace una confidencia. Nunca se le ve desalentado por algo, por alguien. No vacila, elige siempre lo infalible. En su vida no hay “tiempos muertos”, los que tú o yo o tantos perdemos a veces sentados en un café, pensando en cosas sin importancia. Lo que él concibe lo realiza. Entre una y otra cosa no se interpone esa fase de incertidumbre, de desconfianza, de pereza, que a muchos a veces neutraliza y ahoga nuestros mejores propósitos. Tal vez por eso dé una impresión de “inhumanidad”. Tal vez por eso tenga muchos admiradores, pero poquísimos amigos. Tal vez esa sea la condición innata del auténtico creador: la del hombre que está por encima de nuestros pequeños sentimientos y nos sobrevuela, instalado en su propio Olimpo.

Las semblanzas explican la concentración y el compromiso que lo han acompañado en la realización de sus metas. Los pocos amigos que ha hecho en su vida es la consecuencia natural de tales propósitos. No es sencillo compartir experiencias con alguien tan drástico para opinar como intransigente para mantener posiciones intelectuales y políticas, y que elige sus adversarios, cuando no enemigos, con razonada pulcritud y eficacia. Sus detractores personales son, seguramente, propietarios de una distinta opción de vida. Muchos de ellos, no obstante, admiran su pensamiento y lo siguen en sus orientaciones ideológicas. Me pregunto, si el espacio criollo no le ha proporcionado tal tesitura, entonces ¿cuál es su procedencia? Provoca pensar que mucho de su contextura proviene del espacio cultural que ha formado a personalidades andinas por largos milenios. ¿Es inexacto que el módulo de su configuración personal se halla en los ascéticos andes Cochabambinos y no es ubicable en la sensual molicie piurana? Su hieratismo ¿acaso no es quechua o aymara? ¿Cuánto le adeuda su ánimo y tenacidad a la iracunda y andina personalidad de Ernesto Vargas Maldonado?

Vargas Llosa en el Colegio Militar

Vargas Llosa es un personaje hechura de sí mismo. No soslayo que la novelesca biografía del Nobel está vedada para una gran mayoría de peruanos. No obstante, luchó contra el parecer del padre para convertirse en novelista mientras el anodino apoyo de su madre no fue, al parecer, impulso decisivo. Sabemos lo difícil que es sobreponerse a la oposición o indiferencia que expresan los progenitores cuando se elige un camino de vida distante de los moldes familiares establecidos. Su nulo titubeo para desligarse del país y construir sus metas es una elección que puede parecer grata cuando se desconoce los estragos que produce el desarraigo. También bregó contra sus intermedias capacidades para la creación novelesca. Reconoce que su contienda por gestar historias e hilvanar palabras, le exigieron desarrollar una formidable disciplina. Lo ha conseguido transitando un cotidiano e invariable itinerario, que le dotó de medios para esbozar ideas, corregir y volver a corregir, hasta alcanzar la maestría.

El reconocimiento que suscita su biografía personal, no disminuye nuestro profundo desacuerdo y oposición a sus planteamientos ideológicos, sociales y políticos para nuestro país. Recojo temas que yacen en el primer nivel de sus exposiciones: alegar nuestra irrevocable pertenencia a la civilización occidental y cristiana y a la mitificada fundamentación que la señala como insustituible referente universal. Su afirmación que la modernidad es incompatible con nuestras arcaicas raíces culturales y que el único camino que nos resta es la universal aculturación, admitir que la vía correcta es el camino trazado por los antiguos amos, son falacias que deben ser desmentidas sin reparos. El desarrollo social no es lineal ni confluye en una sola moderna civilización como tampoco el  pensamiento que denomina arcaico es etapa primitiva del raciocinio sino un camino distinto y distante al de la racionalidad occidental; no es una etapa anterior, como si lo fue el pensamiento arcaico o mítico griego para las razones instrumentales. Es la explicación de la improductividad de nuestro mestizaje, yace en la imposibilidad de hibridar el maíz y el trigo. Nuestra filosofía es autónoma, dueña de su propia modernidad, y recuperará su pleno desarrollo en algún momento de nuestra historia. Edificar una narración distinta y alternativa, que sustituya la novela imperante es tarea que parece imposible si se soslaya las fuerzas emergentes y la declinación que sufre Occidente y las pruebas de la historia que nos lleva a analizar civilizaciones extintas. La inocultable incapacidad de los principios filosóficos, morales, éticos de ese continente y sus contenidos, para integrarnos como nación y conducirnos al desarrollo, son manifiestas. Las evidentes realizaciones que obtuvo en sus naturales espacios de origen, no han podido replicarse en nuestra realidad. Son otras, ahora, las exigencias que nos demandan recuperar nuestro destino.

Vargas Llosa en Cochabamba

Las ideas que el escritor divulga no son nuevas. Nos llega con la potencia que los siglos de desarrollo teórico han conseguido. Con variaciones y avances y retrocesos, es el fundamento basal sobre el que se sostiene la estructura ideológica, social, económica y política del país. La magnitud de los conceptos que promueve son de tal dimensión y fuerza de convencimiento que habitan ocultos a los ojos de la mayoría. Subrayamos uno: nuestra pertenencia a la civilización occidental y cristiana. Dogma inamovible desde su violenta implantación nos ha hecho satélites de dominios exóticos y privado de un camino autónomo en filosofía, ciencia, artes, tecnología, pilares de los incrementos productivos y sociales. En suma, no ha logrado diseñar ni llevar a la práctica ninguna forma de comunidad imaginada ¿Cuánto de las ideas contenidas en los textos republicanos, o anteriores, y que Vargas Llosa reactualiza, han instalado a este país en la senda del desarrollo y la integración? Formulo la pregunta de otra manera, ¿qué ideas cimentan la estructura que sostiene nuestro país?, ¿cuáles fundamentos han custodiado nuestras fronteras y evitado invasiones indeseadas y derrotas bélicas humillantes?, ¿el racismo y la segregación, el universo que gira en torno a estas ideas, con qué breviario se ha impugnado?  ¿El plebiscito cotidiano que es una nación, acaso no son diarias confrontaciones y desacuerdos que nos han llevado con regular frecuencia a conflictos armados? Ningún conjunto de ideas propias nos gobierna, ninguna superior idea de sociedad nos conduce; el pensamiento orientador más exitoso: imaginarnos país milenario y mestizo ha sido desplazado por país de ineludible destino culinario.  

En este espacio de tierra yerma, el pensamiento que adoptó Vargas Llosa en sus periplos extranjeros y que difunde con decisión, aparece y se aprecia y destaca con claridad inocultable. Las ideas de una sociedad libre, sin restricciones estatales, partidaria de establecer patrones culturales y estéticos desde las alturas de la colonizada y culta educación, enemigo de cualquier forma de nacionalismo que cuestione la dominación, hegemonizante desde lo civilizatorio y cultural, adverso a la planificación, aparece innovador  cuando se le observa desde la ignorancia de la historia de las ideas en el Perú. Su oposición a la tribu, encubre, flagrante, que su voz emerge de una de las organizaciones tribales más extensas de la historia mundo y que su seminal oposición a todo cuanto aparece alterno, diferente, es combatido con el mismo y tribal y libertario aparato conceptual que emana de la esencia misma de sus intolerantes conceptos civilizatorios. Nadie, según el escritor, puede detentar la capacidad de organizar   tribus alternativas y legítimamente constituidas, como son los innumerables grupos tribales que, ahora, alrededor del mundo, contravienen el orden civilizatorio y cultural dominante. Allí se encuentra, qué duda cabe, nuestra arcaica tribu andina que posee territorio y procrea una Nación y carece de Estado.

Vargas Llosa, periodista en La Crónica

De esta concepción parte su rechazo a todo lo popular, nativo y, por añadidura, a todos los líderes y organismos sociales, dirigentes del eterno descontento de pueblos, incansables luchadores de causas civilizatorias y culturales distintas. No simplificamos cuando decimos que en este prolongado itinerario hay desde hace siglos dos visiones incompatibles: una emana de los retoños de los antiguos encomenderos y la otra posee visión nacional, andina y popular. No es anacrónico y arcaico remitirse a la historia remota para entender nuestro rostro verdadero; de esos tiempos proviene lo sustantivo de nuestra realidad. En algún momento lo andino no será solamente la culinaria exportable ni solo el atuendo presidencial para citas internacionales, sino el sustrato de todo nuestro quehacer nacional. No es posible desarrollo ignorando lo que somos. Y no se trata, fundamentalmente, de modos de producción ni de formaciones económicas, dicotomía que es necesario superar; sino de la supremacía de una natural y genuina forma de entender el país y dirigir su destino.

Vargas Llosa en Europa

Se invita a leer el texto reconociendo los ríos profundos que lo alimentan. Es el modo en que se analiza aquí un aspecto descuidado de la biografía y de la edificación intelectual del escritor. Escudriña en los intersticios de su vida familiar para entender sus posturas políticas, al mismo tiempo que nos ayuda a explicar las posturas políticas de los peruanos. Entrelazar cultura y clases sociales, nos permite examinar de mejor manera los pliegues que componen nuestras historias personales y familiares. Resulta sorprendente observar cuántos de los pensadores nacionales están atravesados de oscuridades en sus orígenes o han vivido disputas personales acerca de su identidad. Vargas Llosa no es la excepción. Observaremos en estas páginas que su filiación criolla es un constructo deliberadamente edificado desde las cenizas de una temprana y desechada identidad andina. Despojarse de sus años en Cochabamba ha sido un proceso corto e intenso de su biografía, acelerado por la intensa y conflictiva relación con el padre. Su caso carecería de importancia, sumido entre miles de historias semejantes, sino fuera por la influencia que aún conservan  sus ideas en nuestra colonizada sociedad y también, lo más importante, porque su biografía es una clara muestra del modo en que se procesa el  abandono de una tribu para enrolarse en otra, distinta.


1 Alfredo Bryce Echenique. Penúltimos escritos. Ediciones Peisa, Lima, 2009. Pág. 72 y 82.

[2] Jorge Coaguila. Ribeyro, la palabra inmortal. Revuelta Editores. Lima, 2018. Pagina 224.

Taray

El sol aún permanecía bajo cuando volví a caminar los pasillos del aeropuerto cusqueño; enceguecía sin calentar, era el astro joven retomando su camino en el solsticio de junio. Mientras me calzaba la chaqueta pude observar al amigo que debía llevarme a Taray; levantaba mi nombre con ambas manos convencido de que su objetivo había sido descubierto. Amable y atento, además de rápido, tomó un atajo por calles que desconocía. Muy pronto estuvimos trepando la colina que nos pondría en la ruta hacia el Valle Sagrado y fui relajando las tensiones que me producía arribar a la ciudad que caminé de niño y adolescente. Las razones no eran comprensibles, quizá evitaba dedicarle tiempo a desentrañarla, pero estaba allí como una pesada mole de acero aplastando mi ánimo. Observé con cierto alivio los últimos techos de la ciudad y fue entonces que expliqué a Raúl los detalles de mi visita. ¡Ah!, usted es un experto en historia andina, entonces. No, le corregí, nada más que un descontento con las versiones que aprendemos en el colegio y la universidad. Vengo a hablar de eso, a conversar con el grupo y aprender. No resultó muy convencido de mi versión, pero dejó de preguntar el resto del viaje. Venía de una separación que me había obligado a aceptar un abandono que apareció en el libreto sin anuncio previo. Estaba terminando de procesar la sorpresa que sentí había sido preparada con detalle. Eran recuerdos que me asaltaban cada vez que tenía la mente desocupada.

Atravesamos Pisac y pronto la plaza principal de Taray. Se detuvo poco después para señalar el lugar del alojamiento. Tiene que caminar un poquito, indicó risueño. la caminata la hice sobre suelo pedregoso y polvoriento. Me dio tiempo para pensar en el evento que empezaría en unas horas y comprobar que conservaba los temores naturales de enfrentarme a una experiencia nueva. Nunca había estado ante una audiencia de comunidades indígenas y me asaltaban dudas y preguntas. Pasando un riachuelo me topé con la puerta del local que abrí sin oposición y vi que era espacioso, una gran área social con grama bien cuidada y con árboles antiguos confinando el rectángulo. En un lado se ubicaban las habitaciones. Pequeños grupos caminaban o formaban corrillos; algunos brazos levantados me dieron la bienvenida. Apareció un joven que me ubicó en una habitación del segundo nivel. Lo esperábamos hermano, me dijo.

El paisaje era imponente, elevados cerros como apus tutelares y regado por el río Vilcanota. Era un sitio acogedor que esperaba conservar en mis recuerdos sin asperezas. Era un encuentro que se realizaba una vez al año para festejar el arribo del solsticio de junio. Me sorprendió que me contactaran, pero era evidente que las cosas que publicaba habían interesado a una comunidad que restringía el acceso de manera muy selectiva. Los anfitriones aparecieron cuando promediaba la tarde; un grupo liderado por Renato con quien había conversado los detalles de mi arribo. Fue un encuentro cordial que preludiaba entendimiento fácil. Desempaqué libros que llevé para él y con ellos en sus manos recorrimos todos los ambientes. Los grupos habían crecido y conversaban mostrando seguridad y dominio de los espacios. Yo andaba todavía cauto, calculando, evaluando. Renato me relacionó con todos y luego decidí descansar hasta que llegará el primer coloquio que se iniciaba empezando la noche. Mi presentación sería al día siguiente, al mediodía.

En mi habitación repasé mis apuntes, verifiqué que el USB estuviera a salvo y, cruzando mis brazos por debajo de mi nuca, me dispuse a revisar mi presentación. Fue cuando tocaron la puerta. Un ruido discreto que esperé se repitiera para atenderlo. Era una mujer indígena con pollera negra y chaqueta roja que me hizo sentir iluminado por la luz que desprendía. Sonriente me alcanzó un mate de coca y preguntó si requería de alguna atención. Parecía estar en sus tardíos treinta, cabellera organizada en dos trenzas que se descolgaban por la espalda. Debo admitir que me perturbó su aparición, no esperaba que tuvieran consideraciones tan atentas, propia de un hotel para turistas. Me dicen Aymará, mencionó con una delicadeza que no estaba reñida con el aplomo y la seguridad. Cuando necesite algo mencione mi nombre, apareceré pronto.  Contesté en modo automático pensando en los tintes que usaban para llegar a un color tan intenso, en la brillantez de sus ojos. Cuando sentí el calor del mate en mis manos me di cuenta de que su presencia me había dejado una sensación de inquietud y  calidez.

El espacio de los diálogos y presentaciones era un recinto amplio de techo alto terminado en  un cono sostenido por largos bolillos de eucalipto amarrados en la cumbre. Austero, acogedor, con asistentes ubicados en el suelo, sin un orden preconcebido. Se respiraba un ambiente solidario y transparente, impregnado de una corriente de hermandad que se sentía con facilidad. El expositor, un miembro de la comunidad, habló de su experiencia como migrante en un país extranjero y las dificultades que tuvo para reintegrarse a su lugar después de una década. Emotiva explicación del desarraigo y la dificultad de sobrellevar una vida en el exilio. En el diálogo que suscitó, Renato se refirió a su experiencia europea como músico itinerante y contó el proceso que tuvo que sortear para volver a Taray e instalarse. Al terminar, preguntó si Aymará se animaba a contar su estadía en Europa, tienes mucho que contar, le dijo. Me sorprendió escuchar su nombre, pensé que no estaba en la reunión; su voz salió de la parte final del recinto. Cuando volví la mirada me sorprendió de nuevo, mostraba un atuendo que no se diferenciaba de vestimentas que se podían observar en cualquier ciudad del país. Era ella misma, pero también otra, la cabellera amarrada en la nuca tensaba su mirada y acentuaba el brillo de sus ojos. El inicio de su historia cortó mi afán de extender mis pensamientos. Su experiencia era francesa, en Lyon, a donde llegó acompañando a su pareja. Narró pasajes del tiempo que había estado en esa ciudad, su desadaptación y las penas culturales, dijo que era el mejor nombre para describir cómo se sentía. Contó que la separación la condujo de nuevo a Taray, donde había nacido. Refirió que esa experiencia le había servido para reconocer sus orígenes y aceptarse como quechua y volver a usar su lengua materna. Comparé mi proceso y vi que tenían similitudes con las historias que se compartieron aquella primera noche, hay exilios interiores, también, que nos conducen a resultados semejantes.

En el desayuno, que lo tomamos usando la zona común que tenía montículos y  bancas que ocupamos sin sentir incomodidad, la vi recorriendo con presteza un grupo y otro, preguntando si necesitaban algo. Cuando arribó al mío, pude observarla mejor. Tenía la piel aceitunada y ojos negros, negrísimos diría mejor, con un brillo juvenil que no era frecuente. Le pregunté si estaría en mi exposición. Respondió que sí estaría, Renato habla de sus escritos, dijo sonriente, además, añadió, he leído algunas cosas suyas y, sí, estaré atenta.

Luego de las diapositivas que mostré y algunas ideas hilvanadas, se desarrolló un diálogo que fue lo más rescatable de todo. Pude ver que se trataba de un público de orígenes muy variados. Estaban comunidades indígenas con atuendos que las diferenciaban, mujeres y hombres con sus familias, también indígenas de varios países y gente vinculada al trabajo comunal, peruanos, extranjeros. Las críticas y reflexiones fueron muy útiles para reenfocar algunos aspectos de mis papeles. Aymará dijo que mi testimonio, así lo llamó, tenía sabor andino y apariencia indígena. Pero, sin embargo, creía que la propuesta política debía ser tratada con menos optimismo, que las mentes no estaban tan avanzadas como mi exposición sugería. El grupo aquí reunido, dijo, no es toda la realidad, hay que trabajar bastante aún para ser más optimistas.

La busqué durante el refrigerio, habia elegido un lugar solitario frente al riachuelo. Acá se está bien, dijo, el lenguaje del agua es muy tierno. Llevaba una chaqueta distinta con una lliclla de color azul añil que adelgazaba su rostro. Le pedí que abundara en más detalles sobre algunas ideas esbozadas en su intervención. Lo que ocurre es que usted no es indígena, contestó, por eso idealiza la realidad, sea menos optimista, terminó diciendo. Me dejó con poco que decir, mirando su piel quemada por el sol y el frío y pidiéndole se animara a salir de Taray por la noche para llegar a Pisac y pasear sus calles. Me miró con cierta desconfianza, preguntó si sabía que se requería movilidad, no hay taxis, añadió, solo mototaxis y hasta una hora temprana. Sería algo rápido, respondí, quizá tomar un café, conocer el colegio que Renato dirige, y volver. Ah, respondió, enseño música en ese lugar, está bien, si el plan es ese, acepto.

El colegio estaba casi en la cumbre de una colina, con escaleras interminables para llegar a su puerta. Lo vimos por fuera, pero era fácil observar que conservaba un trabajo descomunal de nivelación de la accidentada pendiente para edificar las aulas y las zonas de recreación. Sí, me explicó, Renato ha dirigido y participado de un trabajo que tiene méritos enormes. Esto era como todos los cerros que ves cerca. Nos sentamos un momento para recuperar el aliento y observar el pueblo con sus luces extendiéndose como antorchas emergiendo de las entrañas de los cerros. ¿Tú crees en los Apus?, preguntó, sí, creo, le respondí, creo que ellos me han traído hasta aquí, sí existen. Bajando las interminables escalones se refirió al funcionamiento del centro, los métodos de enseñanza, las dificultades para conseguir financiamiento, también habló de los premios que habían recibido como gestores de una educación renovadora y multicultural. Enseñar aquí es un premio para mí, estoy verdaderamente contenta, conseguimos que todos los alumnos toquen algún instrumento y lean música.

El café que tomamos en La placita tuvo el amargo que provoca satisfacción mientras impregna de sabores el paladar, pero mejor resultó la conversación que mantuvimos. La escuché sobre su larga relación con el francés y lo penoso que fue reordenar su vida. Él pasó como turista por aquí y se quedó a vivir, así fue, después nos fuimos a Lyon. Era muy inmadura entonces, no sabía en verdad lo que quería, es lo que ocurre con todos, ¿no?, vas aprendiendo, ahora nada haría que me vaya a otro lugar, este es mi universo. Y tengo un hijo pequeño, contó, está con mi madre en estos días, es mi camino. También le hablé de mis cosas, lo difícil que había sido aceptar que las personas desaparezcan por razones que se desconocen, las dificultades que eso ocasiona y los sentimientos que deben enderezarse sin aceptación benévola. Después de las intimidades compartidas me hizo saber que necesitaban profesores que entendieran el proyecto. Tú puedes ser uno de ellos, dijo, sonriendo con cierto desafío. Guardé silencio y recordé que había estado a punto de aceptar una plaza en una universidad del interior que no tomé por intuir que acabaría sin compañía y en lugar extraño. Veo que te está costando un poco salir de esa oscuridad, me dijo. No, le respondí, ya salí, pero siempre quedan cosas pendientes, ¿no?

Mientras regresábamos, contemplando las estrellas y observando su perfil y silencios, pensé si el encuentro con ella podía llamarse fortuito, esa manera ideal de tropezarse con personas que después resultaron importantes en mis días, como tatuajes que se inician con un pinchazo desprevenido. Lo sabría en algún momento.

Apareció la necesidad de tomarle una mano y decirle lo que surgiera en ese momento para decirle lo bien que me sentía a su lado. Me contuve, podía arruinarlo todo. La pista se abría con pereza empujada por la tenue luz del mototaxi mientras trataba de interpretar las señales que había ido recogiendo desde el saludo cordial que recibí en el aeropuerto. Sombras que, de pronto, empiezan a tomar formas y colores, sonidos, cabellera, vestidos.

La caminata final, observando constelaciones oscuras, señalando ella contornos que reconocía con facilidad, y la Cruz del Sur titilando sobre nosotros fue un espacio de tiempo que me hizo sentir que la vida me estaba otorgando una oportunidad nueva de aprendizaje, cerca de las cosas que había conocido desde niño. Mira, señaló, es la llama madre, ¿la reconoces?, soy yo y mi pequeño, Iskay, juntos. Me emocionó escuchar su voz, tratando de expresar el cariño concentrado, brotando de la tierra misma, pronunciando un nombre que hubiera querido tener para mí.

Cuando cruzamos el puente, el temblor de los maderos nos hizo entrelazar las manos, ásperas por el trabajo diario, de una calidez notoria que contrastaba con los fríos de junio. Caminamos unos pasos sin soltarnos, hasta que el portón del local comunal apareció nítido. Mi mundo empezaba a ligarse al lugar, a sentirlo mío. Sabes, Aymará, le dije, estoy pensando en el colegio, en tus alumnos, voy poniendo la idea en mi cabeza. ¿Si?, será mejor que lo pongas en tu corazón, es la única manera de mirar y sentir estos lugares; no te arrepentirás, respondió, tú eres de estos lugares.

Yo partía al día siguiente. Nos despedimos en medio de la grama que cobijoó nuestro abrazo, extendido y cercano. Te espero, dijo, levantando su mano en medio de la noche estrellada.

Colinas deshabitadas

Vi a Sebastián por primera vez durante las fiestas del 4 de agosto cuando llegan a Yauyos visitantes de todos las ciudades y países; turistas y gente que regresa a su lugar de origen después de años de ausencia. La pequeña ciudad se alborota y no hay espacio para caminar con holgura; es la rutina de siempre, lo he visto desde niña; yo misma soy una migrante que volvió después de trajinar ciudades no sé por cuánto tiempo. Me acompañaba Fernando, casi lo obligué a salir ese día, prefería quedarse en casa haciendo nada. En medio del gentío me llamó la atención su afán de tomar fotografías metido en medio de la multitud y la diferencia de edades con la mujer que lo acompañaba. ¿Qué serán?, me pregunté, no parecían familiares. Lo volví a ver  al día siguiente; miraba con interés las comparsas de danzantes y la trayectoria de las bombardas que parecen agotar las reservas de pólvora de la provincia; no lo acompañaba la mujer del día anterior. Fotografiaba detalles, rostros, músicos, imágenes religiosas. Pregunté a un amigo si lo había visto antes, sí, respondió, vive al frente del municipio, ¿no lo has visto?, camina por todo sitio, anda con una mujer joven, no sé si amante o esposa, viven juntos, ya está un buen tiempo, para en la plazoleta todos los días. La información fue completa, sabría más cuando converse con él; me intrigó conocerlo después de los datos que recibí. Tenía algo distinto, en ese momento no supe de qué se trataba; mostraba ánimo joven, curioso, debía estar cerca de los setenta, mostraba un atractivo que seguramente sabía bien la mujer que lo acompañaba. ¿cómo habría sido de joven?, ¿qué relación tendrán?

Con las fiestas ya declinando, una tarde me senté a su lado en una banca de la plaza principal. Tenía la costumbre de pasear en el pequeño espacio rodeado de árboles y plantas, me gustaba el lugar, sentía que allí se detenía la naturaleza para dejar que Yauyos existiera; paseaba, leía y fumaba un par de cigarrillos. De rato en rato contemplaba el macizo de piedra y tierra que amenazaba descolgarse sobre la plazoleta, era una mole que parecía un apu silencioso. Ahí estaba Sebastián, ocupando una banca de madera frente a la pequeña iglesia con el techo a dos aguas y el campanario que se recortaban contra el verdor de la cordillera. Lo vi desde mi lugar y no hallé excusa para acercarme, no parecía reparar en nada que lo distrajera de la lectura. En casa me esperaba Fernando, tirado en la cama y buscando tonteras en la tv. En realidad, ya no me agradaba su compañía, me había terminado de hartar su falta de interés en hallar una ocupación permanente y de creer que su lugar estaba en una capital europea; prefería andar sola, me sentía más cómoda; la clásica historia del amor deteriorado por las rutinas y pérdida de horizontes.

Fui un par de veces más a la plazoleta, me mantuve un buen rato pensando que llegaría, pero no fue así. A los pocos días lo ubiqué en el mismo lugar de la primera vez, sentado en un extremo del banco, leía; me senté a su lado; no me dedicó ninguna atención. Demoró tiempo en fijarse en mí. Consumí mi ración de cigarrillos y seguí mi camino culpándome siempre de mi poca capacidad para empezar una conversación. La escena se repitió en dos ocasiones más, lo sé porque llevo un diario desde hace mucho tiempo. Todo cambió cuando llevé un libro de Arguedas. Vio la carátula y mirándome fijamente a los ojos me preguntó si era lectora habitual, sí, le respondí, conozco bien sus obras. Me pidió dejar el usted y fue sencillo continuar la conversación. Los ríos profundos hizo que empezáramos a hablar. Me di cuenta de que su distracción era aparente, observaba todo lo que ocurría a su alrededor. ¿Sabes que vivió en estas alturas?, de joven, con su padre, fue un par de años. Lo ignoraba, pero adorné mi ignorancia explicando que no tenía mucho tiempo viviendo en el pueblo. No, me dijo, no te incomodes, es natural que se sepa tan poco de personas importantes, a pocos les interesa, si lo lees es suficiente. Después apartó su novela a un costado e hizo una larga explicación sobre los días de Arguedas en el pueblo; contó que tuvo un amigo muy cercano: Alejandro Cervantes, profesor, compañero de lecturas; tiene familiares que viven en el jirón Comercio, búscalos; después de muchos años volvió con Sybila pocas semanas antes de suicidarse; si buscas puedes hallar fotos de esa visita, están en la red. Gran parte de mi decisión de vivir aquí tiene relación con la historia que te estoy contando, tuve deseos de estar cerca a sus recuerdos, dijo. Me llamó la atención la soltura que tenía para conversar, sus conocimientos; yo vivía en esa calle y nunca había escuchado hablar de Arguedas.

Conversamos con frecuencia en las semanas siguientes, de la historia de los Yauyos, de sus dioses y hombres, de las ciudades que conocía; habló siempre de literatura, de autores norteamericanos y japoneses; me prestó libros de Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Salinger, Oz, Mishima, Kawabata,  Marukami, en fin, varios. Leía desde niña, por mi padre, pero lo hacía de manera alborotada; con Sebastián aprendí a leer con otros ojos, a interesarme por los puntos de vista, las elipsis, el racconto, monólogos interiores, todo eso; descubrir a Faulkner fue el punto más alto de aquello. Tenía siempre una opinión inesperada de las narraciones; me contaba los detalles alrededor de la novela, la vida de los autores. Dejé mi diario a un costado y empecé a escribir historias, es la razón de estas carillas; quizá resulte un asunto digerible. Quien lee debe inventar relatos, dijo, debes intentarlo, seguro que empiezas y no paras. Luego de varias conversaciones me enseño los lugares que frecuentaba Arguedas; la casa que ocupó, el bosque donde cazaba loros con sus amigos, conversamos con los parientes de su amigo Cervantes, en realidad estuvo en todo Yauyos, dijo, pisas un lugar y hallaras sus pasos y es probable que el nombre de su novela tenga su origen en este pueblo; si subes a las colinas altas, a los restos de Yauyos viejo, verás los ríos profundos que lo recorren, seguro que emocionaron a José María; quizá se trata de los ríos que lo motivaron poner el nombre a la novela. 

Algunas veces lo buscaba su pareja, aparecía ligerita, con su caminar nervioso que parecía determinada a no salirse de una línea orientadora; nunca dejó de mirarme con desconfianza. Norma se llamaba, presumí que era un poco menor que yo; nada amable, distante, muy áspera conmigo. Nunca tuvimos un diálogo; llegaba con la frase que repetía siempre: Sebastián, ya vamos, es tarde, el frio aumenta. Y caminaban juntos hacia el puente sobre el río que cruzaba el poblado. Algunos días no lo encontraba, decía que Norma ponía cara de disgusto cuando salía sin ella. Se ha puesto más complicada desde que empezamos a conversar, no le doy importancia, las mujeres son enrevesadas, ¿no?, ¿tú lo eres? No supe qué responder, no sabía si lo era, Fernando me decía que sí, que exigía demasiado y deseaba más de lo que podía alcanzar. En alguna ocasión me invitó a su casa. Respondí con una disculpa tonta, no le gustaba a su pareja, iría a molestar, no era para mí, prefería seguir viéndolo en el parque. Cuando empezó a interrogar sobre mi biografía abrió también la suya. En realidad, no necesité ser impertinente para conocer los datos íntimos de Sebastián. Su biografía era una sucesión de cuentos amorosos, más el último.

Una tarde me dijo que vivía en Yauyos no solamente por Arguedas sino que era la respuesta a un desamor. Mis hijas dejaron de verme luego que dejé mi matrimonio por ella, quedé solo; dijeron que era un irresponsable por dejar atrás hogares formados; se alejaron de mi vida. Parwa era de Huancayo, dijo, está cerca, tres horas me separan de su lugar; no haré ese viaje nunca, lo sé, pero me ayuda a vivir. Parecía estar interesado en abundar en detalles sobre esa mujer. Antes, le había contado como había conocido a Fernando, las ilusiones que me llevaron a convivir y establecerme; era limeño, difícil combinación, dijo.  Le expliqué también que cada día que pasaba la relación se malograba más y que deseaba separarme sin saber cómo hacerlo. Luego de escuchar me dijo: no puedo aconsejarte que abandones a ese muchacho, pero oye los mensajes de tu corazón, el peor veneno es compartir días con una persona que no se ama; eso es fabricar infelicidad para toda la familia. ¿Y amas a tu pareja?, pregunté. Norma no es mi pareja, nos acompañamos; ella necesitaba un lugar para vivir, y yo un poco de compañía, nada más, es de Laraos, nos conocimos en una fiesta de Santo Domingo de Guzmán, como la de estos días; y, bueno, después de Parwa me resulta difícil amar a otra persona. 

Mi biografía deshizo sus barreras, así que pude ingresar a la novela de su vida. Todas las vidas son novelas, creo, algunas más intensas, la mía ha sido siempre un drama de capítulos interminables. Viví en varios lugares antes de elegir este pueblo; fue después que separarme de Parwa. No era su nombre verdadero, pero me gustó que lo eligiera; sonoro, lindo. Fueron doce meses que cambiaron mi vida, explicó, y de eso hace ya algunos años, no sé de ella desde entonces, dijo, mirando el infinito. La conocí de una manera poco habitual, por eso que llaman redes sociales. Entonces llevaba casado más de diez años con una pareja que creía amar lo suficiente, criábamos a una hija; era estable mi hogar, me sentía contento y no tenía ningún afán de buscar aventuras, pero ocurrió un día cualquiera, sin pensarlo. La relación se quebró después de conocerla; fue suficiente verla, conversar y leer su poesía para empezar a amarla. Fue un sentimiento que brotó en un instante, nunca me había ocurrido algo semejante; hubo un amor temprano que también me perturbó desde un inició; pero esto fue distinto, como llegar a un destino final que pensé nunca llegaría; la amé desde la primera mirada. ¿Y ella te amó del mismo modo? Creo que le sucedió algo semejante, no igual, porque era controlada, gobernaba sus sentimientos de un modo drástico, distinto. Tenía compañía establecida y un hogar con hijos; pero, igual, desordenó su vida de manera semejante a la mía; su compañero era un tipo elemental, sencillo sin mayores horizontes, pienso que ahora están separados.  Pronto planeamos tener un lugar para hacer vida juntos no obstante todas las dificultades que nos rodeaban, incluida la diferencia de edades, nos separaban treinta años, no es poco, ¿no? Mi pareja no era muy distinta en sus años, pero muy diferente; nunca me he entendido con personas de mi edad.

— ¿Y qué ocurrió, por qué no realizaron sus planes?

— Difícil responder; tantas razones, creo que el amor no fue suficiente para ella, cuando es verdadero nada es imposible. No me amó lo suficiente; es cierto que es muy difícil amar cuando la diferencia de edades es tan notoria, ¿no crees?

— Depende, si hay amor y comprensión, ¿por qué no? Pero, dime, ¿cómo puedes dar esas razones con tanta seguridad?

— Por los hechos, por eso.

— ¿Cuáles?

—Por la facilidad que tomó la decisión de alejarse, sin conversar, simplemente lo dijo, y punto. Era una mujer libre, autónoma, no daba explicaciones, nunca lo hizo, respondía siempre con vaguedades. Creo que ella buscaba emociones fuertes, pasajeras, y lo encontraba en otros hombres.

— ¿Tienes pruebas de lo que dices?

— Nadie deja pruebas, me guio por las experiencias que viví a su lado, por la manera que dejó todo y se fue.

Antes de conocerme, Parwa ya era infeliz en su relación y tenía experiencia en contactos por las redes, no era difícil notarlo; la soledad ya era parte de su vida, no creo que empezara conmigo su decisión de llenar esos vacíos. Había hombres que se comunicaban con ella. Me dejó impresionada la soltura con la que expresaba sus pensamientos. Consuelo, lo que ocurre es que hay encuentros que echan abajo barreras y secretos, y aquí tienes un ejemplo, me has provocado ese sentimiento.Me di cuenta del interés que tenías de hablar conmigo, quise observarte un tiempo, vi que no tenías intención de abandonar tu curiosidad, y bueno, que leyeras a Arguedas fue el mensaje que faltaba. Los que leen a ese hombre son personas especiales; creo que guardarás bien lo que has escuchado en estos día; además, necesito hablar de esos tiempos. Sabrás toda la historia. 

Mi relación con Fernando se hizo más tensa, problemática; tenía la impresión de que se veía con una vecina, me lo hicieron saber, no falta gente entrometida; un día los encontré muy cercanos conversando desde las ventanas colindantes. Me detuve para escuchar lo que decían. Se quejaba de vivir en Yauyos, pueblito miserable lo llamó, también le dijo que estaba pensando irse a otro sitio, que la sierra no era para él. Para mí tampoco, le contestó, somos iguales, quizá salgamos juntos. En ese momento interrumpí la conversación, ella desapareció de la ventana y Fernando no se inmutó. No le reclamé nada, sentí que eran los días finales para nosotros. Al poco tiempo nos separamos, se fue de Yauyos. Te dejo con el viejo, me dijo, que te haga feliz, te he visto conversando con él, pareces en el cielo, no me necesitas. Preferí no responder. No sé si la vecina lo siguió, la dejé de ver luego de unos días.

Pasará el mal momento, dijo Sebastián, ten paciencia, no se querían lo suficiente, hallarás lo que te conviene, te lo aseguro. Me consolaron sus palabras, mis padres apoyaron a Fernando; tú tienes la culpa, dijeron, con tus aires de grandezas y planes estrafalarios lo has empujado a dejarte. Discutimos un buen rato, ¿cómo hacerles entender que lo único que deseaba de mi pareja era ver el futuro desde un mismo lugar?, tener ocupaciones y superar todo juntos. Lo primero que pensé fue en organizar mis economías, los pequeños negocios que hacía no eran suficientes; quería abrir  un centro de educación inicial, había estudiado esa especialidad, y conversamos que él trabajaría la tierra de mis padres que estaban abandonadas. Al final, no le interesó ninguna alternativa, en verdad no sé cuáles eran sus propósitos, nada le importaba, solo pensar en mudarse de país, algo que era imposible para mí. Eso fue todo, el fin; me afectó, claro que sí, pero así son las cosas, suceden por algo. Después de su partida seguí con mis planes, acondicioné el primer piso de la casa de mis padres, conseguí mobiliario e inicié los trámites de licencia en la zonal de educación. Sebastián me dio varios consejos que aproveché bien; sobre los programas, la educación en libertad, hablar de todas las religiones; en fin, tendría que ver cómo iban todas esas ideas con los planes oficiales, aunque siempre había maneras de sortear los controles.

Con Fernando ausente tuve más tiempo para mí; con un grupo de amigos salía a hacer caminatas por varias horas, escalar cerros y ver los ríos profundos, caminar por sus orillas; algunos fines de semana iba a Huancayo, me encantan sus ferias. Le dije a Sebastián que nos acompañara pero tenía dificultades para caminar largas distancias. Se interesaba por mis andanzas, en ocasiones dejábamos la banca del parque para caminar hasta los límites del pueblo, sobre todo por el rumbo a Yauyos Viejo; nunca pudimos subir  hasta la cumbre. Se me hizo necesario Sebastián, lo buscaba con interés, creo que también  él. Nos veíamos cada vez con mayor frecuencia. Saber de su relación con Norma me hizo sentir más tranquila; ella actuaba como su pareja; se dejaba llevar; su mundo era imperturbable, nada externo lo afectaba, se sumergía en sus cosas y nada más importaba.

Un fin de semana Norma partió hacia Lima, a ver a sus familiares, entonces conocí su casa, sobria, llena de libros, artesanías, fotos. De un cajón privado sacó fotografías de Parwa. Ella es, dijo, me interesa tu opinión. Se la veía como danzando en una callecita de tierra con árboles y colinas deshabitadas; vestía un traje turquesa con florecitas pequeñas, girando sobre sus pies; esta foto me enamoró, muestra bien cómo era ella; en otras sonreía con el sol declinante iluminando su rostro, controlando una bicicleta detenida, risueña siempre. Era hermosa, menuda, esbelta; parecía ocultar secretos, sí, era alguien que podía sostener relaciones paralelas. No se lo dije, no quise incomodarlo. Él expresó algo semejante, no recuerdo bien sus palabras, pero fueron ideas parecidas a las mías; además, eran imágenes congeladas, no podía sacar conclusiones acertadas. Entendí las razones de la pasión que le provocó; no era una mujer de grupo, tenía mundo interior y su fulgor atraía; brillaba. Seguro que la conocería más con las confesiones más íntimas de Sebastián. Ese fin de semana preparamos comida juntos, después leímos cosas suyas, tenía novelas publicadas, me gustaron, me obsequió dos ejemplares. Leímos mis apuntes sobre esta historia y un par de pequeños cuentos. Me agrada cómo escribes. Necesitas saber más para completar mis penurias, dijo, tendrás toda la información, ten paciencia. Dormí en su casa ese sábado y la noche siguiente. No me lo pidió, tomé la iniciativa. Está bien, respondió, pero no esperes que ocurra nada especial. No me interesa, respondí, solo deseo amanecer contigo. Conversamos hasta el nuevo día; al final, terminamos acurrucados como un solo cuerpo.   Al amanecer empezaron mis preguntas:

— Cuéntame de ella, cómo era su alma.

— Compleja, tenía varios rostros, compañera, madre, poeta, con frecuencia sexual, muy sexual; nunca decía lo que realmente sentía, siempre callaba sentimientos que la delaten dependiente, sumisa. Decir te amo le significaba un sacrificio permanente. La habían herido mucho, no quería correr riesgos de que alguien usara sus cosas íntimas.

— Y ¿tu pareja, Sebastián?

— Dormíamos en habitaciones separadas. Ocurrió poco tiempo después de conocernos; se hizo la distancia, no era posible compartir un amor tan profundo; de pronto apenas hablábamos. Me reclamaba, nunca le dije la verdad; luego se rindió. Es que no había evidencias de nada, teníamos mucho cuidado; nunca le expliqué lo que ocurría, desapareció el cariño, la comprensión.  

— ¿De que hablaban?

— Sobre todo, de nosotros, de nuestras vidas, nos contamos todo, sin secretos. También de libros, novelas, poesía, de lo que haríamos estando juntos, dónde viviríamos.. 

— Quieres saberlo todo, ¿por qué?

— Se trata de ti, por eso nada más. Y el sexo, ¿cómo les iba?

— No, no puedo hablar de eso, quizá más adelante, son mis recuerdos. Eran cosas que partían de los dos. Hay que amar primero, no es solo el placer.

— ¿Y aun así se separaron?

— Así se dieron las cosas, así se dieron. Nadie tiene separado el destino. No sé con precisión qué hicimos mal, no puedo entenderlo bien. Fue mi edad, creo, tuvo miedo de acompañar a un viejo o quizá apareció alguien, no lo sé.

— ¿Cómo fue cuando se vieron?

— Eso te lo cuento otro día, te hablo de otras cosas.

Era difícil, muy compleja, creo que era consecuencia de los problemas con su padre, muy violento, cosas complicadas ocurrieron en ese hogar que le dejaron cicatrices, yo tampoco soy sencillo, entonces la mezcla era con frecuencia explosiva. Me daba la impresión de conservar mundos secretos, nos dimos dos años para decidir si vivíamos juntos y después de un tiempo, sin ninguna razón, dijo que no era posible continuar, que podía darme solo amistad. ¿Te das cuenta?, se distanció sin ninguna consideración por todo lo que nos unía. Nada pude hacer. Pero, mira, después de esos días fue que nos vimos. Me pareció distinta a las fotografías; sencilla, sin requiebros intelectuales, de poco hablar, distante de sus iluminadas fotografías, menuda, delgada, desconfiada, cabellera larga, piel con señales del frío serrano. Nos dedicamos cortas horas. no parecía la poeta de imágenes desbordadas de erotismo. Me gustó, sí, mucho. ¿Hicieron el amor?, pregunté. Ha sido algo extraño, respondió, no lo llamaría de ese modo, estuvimos juntos bajo las cobijas, pero no quiso desnudarse, que era muy temprano, debíamos esperar otros encuentros. Intuí que no habría otro momento similar. Eso sentí, y fue cierto. Conocí su cuerpo, acaricié sus senos desnudos, me acerqué al centro de su cuerpo. Fue todo. Lo demás se dibujó en el amor.

Norma volvió muy contrariada, seguro se enteró de las noches en su casa; Sebastián desapareció por unos días, contó que había tenido problemas. Sé que andas con esa mujer, le dijo, estoy informada; le respondió que no podía exigir nada,  que se calmara, que si no estaba contenta se cambiara de casa, no alteraría sus rutinas. Me iré, le respondió, dame unos días. No fue así, se quedó; pero, ya no lo buscaba en el parque.

Obtuve la licencia para mi centro y empecé con cinco alumnos. Mis horarios cambiaron y ya no podía verlo con la frecuencia de antes. Un día conversamos para ir a Huancaya un fin de semana, conocer las cataratas que bajan de las nubes. Norma visitaría Lima. Fuimos en buses diferentes, para evitar  habladurías. Es un lugar increíble, las caídas de agua parecen mesetas de luz, y  el sonido parece emerger de nuestro propio cuerpo. Nos bañamos en una zona alta, lejos del poblado. El agua helada nos vivificó, luego nos recluimos en la carpa que llevamos.

Lo abracé, él hizo lo mismo conmigo. Le pedí tener sexo, no estoy en ese mundo todavía, respondió, más adelante. Bajamos al poblado a comer truchas. Paseamos en un bote en la pequeña laguna. En medio del pequeño lago, observándolo contar sus cosas, reconociendo que no era frecuente toparse con un hombre así, sincero, transparente, sensible, no pude resistir hacerle una propuesta.

— Sebastián, ¿quieres hacer planes conmigo?

— ¿De qué hablas?

— Pues de eso, pensar el futuro conmigo, el que dices.

— Me gustaría Consuelo, cualquier hombre estaría bien a tu lado. Pero no empiezan así las cosas.

— ¿Cómo entonces, buscando en internet, con amantes múltiples, es la mejor forma?

— Consuelo, mira tu edad, ya sé cómo es eso; además, no soy buena compañía.

— Merecemos lo que nos toca, yo quiero estar a tu lado, merezco eso.

— Vuelve Fernando y te lleva de mi lado, u otro jovenzuelo.

— Eres un tonto, es bien estúpido lo que dices; estas completamente desubicado, sé lo que deseo para mi vida; contigo tendré lo que quiero. 

— Hay que tenerlo, Consuelo, no pensar que lo tendrás.

Me dolió su reacción, fue como un punzón golpeando mi cerebro; no valoró mis sentimientos ni  nada de lo que yo había conseguido ser hasta ese momento; lo que despertó en mi vida. Le pedí remar hasta la orilla, organicé mis prendas y tomé el primer bus de regreso, lo dejé en Huancaya. No hizo nada por detenerme. Decidí no verlo más, y cumplí. Con los días me contaron que tampoco  iba a la plazuela. Me dediqué a la escuela y evité los lugares donde podía encontrarlo. Luego me enteré de que había dejado Yauyos. Me apenó su partida, pero nada podía hacer. Lo recordaba a cada instante. No sé él, qué sería. Pasaron los meses, tuve un romance furtivo con un extranjero que visitó mi lugar. Nada importante, solo sexo y olvidar lo que deseaba olvidar. Mi pequeño centro estaba creciendo, había inaugurado el primer grado y los padres estaban contentos, los niños más. Y seguía escribiendo, tenía una novela terminada con Sebastián en todas sus páginas. No faltaron hombres que me asediaban, con algunos salí a pasear por los alrededores, un beso, caricias, pero luego no había lugar para una segunda oportunidad, no eran para mí. Un día me llegó una postal suya, de Montevideo; decía que estaba conociendo lugares que le faltaban, mencionaba que tenía ante sus ojos nuestras conversaciones y las dos  noches que pasamos en su casa. Llegaron dos postales más, de Buenos Aires y Santiago, decía que iba camino de Yauyos. No quise emocionarme, procuré apartar de mi mente todo hecho vinculado a su nombre y rostro. Lo conseguí a medias. Hasta que llegaron las fiestas de nuevo. Cuatro de agosto de todos los años. Y lo vi con su cámara y sus lentos movimientos trasladándose de un lugar a otro entre la multitud. Estaba más canoso, envejecido. Me aparté de la fiesta antes de que me viera. Camino a mi casa, con dificultad cerré en mi mente toda vinculación con su presencia. Pensé en el extranjero aquel, en Fernando y en algún otro noviecito que pasó por mi vida. Me metí en la cama buscando sueño vespertino. Estaba confundida, ¿se quedaría, estaba de paso, se habrá reencontrado con Parwa? Lo supe por la noche, me buscó; lo recibí en la puerta de mi casa colegio.

— Acá estoy de nuevo, Consuelo, solo como siempre.

No había esperado su visita, pensé que nos veríamos con el correr de los días. Era cierto, lo seguía recordando, queriendo diría bien, pero no mostré ninguna emoción.

— Llegas tarde, Sebastián.

— Ni la muerte llega tarde, estoy solo retrasado.

Me hizo sonreír, quebró el hielo que había puesto en mi corazón. Lo hice pasar. Compartí el vino que había empezado. Me contó su recorrido, historias, habló de la novela que escribía; yo era la heroína, eso dijo. Me mostró también un poemario terminado, mira, no pensé, se llamará Colinas deshabitadas.  Tú me hiciste escribir versos de nuevo. Sabía que hablaba con la verdad, era algo inapreciable para mí, que la persona que esté a tu lado no te oculte nada, hable de lo que sienta sin calcular las consecuencias. Como lo hice yo esa tarde en Huancaya.

— ¿Por qué crees que te daría de nuevo un lugar?

— No, no creo que lo hagas porque solo estoy aquí; pero los días siempre son nuevos. Me ocurre ahora. Tenía recuerdos muy vivos, ahora ya no tanto. 

— Y ¿si viene y te lleva cualquier día?

— No vendrá, nunca vendrá, si ocurre la miraré desde la cima de Yauyos Viejo.  

— No puedes llegar a esas alturas, te encontrará.

— No podrá, estaré contigo.

— ¿Tan seguro estás?

— No es seguridad, es esperanza.

— Sebastián, ¿no te das cuenta que necesitas flechas envenenadas?, te alimentan, respiras.  

— Puede ser cierto, pero hay venenos distintos, a veces se acercan con un libro en la mano, en silencio, sin caretas, desnudas de cuerpo y alma, hablando en voz alta y sin esconder nada. Tú eres un veneno benigno, hogar, paz interior, la comprensión y la igualdad. Quiero eso para mí.   

Le dije que no estaba preparada para recibirlo; le expliqué todo, me escuchó. Trataremos, ¿te parece?, respondió, tendré paciencia. Iría a Lima por unos días, se estaba reconciliando con su familia, solo unos días, que le ayude a buscar un lugar, ojalá en alguna zona alta, para ver los ríos profundos. Toma tu tiempo, no te exijo nada. Se despidió después de terminar el vino. Lo vi alejarse, sentí que mis cielos se despejaban, que iniciaba un periodo importante, corto quizá, pero no importaba, sería brillante, y eso era suficiente para mí. 

Lima, julio de 2021

No peca el amor

UNO

Fue de esos amores iniciados en internet, nada extraño en los tiempos que corren si no fuera porque ambos andábamos distanciados en edad y teníamos pareja establecida desde hacía algunos años. No nos vinculamos por sentirnos incómodos en nuestros hogares o vivir incomprensiones y agónico desamor; había armonía con nuestras parejas y el medido cariño era suficiente para conservar el propósito de continuar el camino sin sobresaltos. Pero ¿cómo explicar los detalles de la atracción inmediata y no calculada y tampoco buscada ni planeada, o entender la reunión en una sola persona las respuestas a todo lo que había hallado en nombres dispersos? ¿Mujer dueña de su destino?, era ella; ¿tierna, sin ribetes cursis?, ella misma; ¿mirada renovadora de los problemas del país?, nadie mejor que Abril; ¿coquetería controlada y benigna?, Abril era la mejor; maternidad responsable?, allí estaba la insustituible madre Abril; ¿sexo transparente y  sin culpas?,  en primer asiento, ella; ¿un figurín para lucir atuendos coloridos y  personales?, la modelo Abril era insustituible; ¿talento y sensibilidad para escribir?, nadie mejor que la narradora Abril Aragón.

Poco después de conocernos conversamos acerca del persistente malestar que nos hacía estar atentos al paso de nombres y rostros con quienes confrontar la oculta y controlada soledad e infelicidad que nos acompañaba. Tempranos desencuentros sentimentales habían señalado un sendero de derrotas y desilusiones que nos hacían pensar que algo distinto nos esperaba, un nombre que nos correspondiera, que se una a sueños y costumbres como una porción de agua acomodada en el cuenco de nuestras manos. En esa larga espera habíamos imaginado con detalle los perfiles del ser que nos complemente; se trata de un diario ejercicio ejecutado con eficiencia, sí, de ese modo, porque el amor no sólo aparece de pronto, sin llamarlo, también hay que construir caminos hacia él, facilitar su aparición, tener visible el listado de prioridades y confrontarlo con esa sombra difusa que adquiere nombre y apellido ante nuestros ojos.

Así fue con Abril, aparición, intercambio de palabras y cautiverio para siempre. Se nos hizo fácil saber que teníamos entre manos el fin de nuestras búsquedas sin prestar atención a la notoria diferencia de edades e indiferentes a la distancia que nos separaba y sin pensar que compartíamos vidas con pareja. Nada nos hizo pensar ni razonar en atender esa realidad; fue como desaparecerlas de un paisaje que dibujamos para los dos, solos. Abril fue quien menos se preocupó de esos detalles; un día, ante una pregunta mía señaló que no la importune con moralinas donde solo había amor; el amor no peca, concluyó. Sobre mi edad tampoco observé preocupaciones; no es un tema, sancionó en varias oportunidades, es más importante la energía que nos une, sentir y actuar del mismo modo, asumiendo que el mundo se acaba en cualquier momento; además observa, Ge. no es un jovenzuelo y Ele.  está cerca de mi edad, entonces, ¿cuál es el problema?, ¿te das cuenta qué nuestra unión quizá dure corto tiempo? No me preocupa, tuve un hermano que nos dejó muy joven, su recuerdo es lo mejor que tengo de mi familia. Descuida, no es una preocupación, decía, no te amaría de este modo si tuvieras otra edad.

No es extremo decir que el encuentro viró nuestras biografías hacia destinos inesperados que  nunca habíamos pensado. Coincidíamos en que nada ni nadie habría podido impedir que uniéramos nuestras vidas después de conocernos. Yo fui el azúcar, y el agua tú, decía Abril cuando intentaba desmenuzar los entretelones del encuentro que se tornó especial y único desde el instante inicial, con el primer diálogo; me disolví en tus palabras, sonidos y texturas, no pude resistirme, cariño, caí redondita, decía emocionada. Y yo no habría seguido tu huella sin reconocer los paisajes de mi juventud en tus fotos; una sensación de juntar pasado y futuro me envolvió al verte junto al diminuto volcán de Uyurmir donde aparecías en la misma caprichosa posición que adopté para congelar una imagen de antaño, abrazando la humeante pequeña colina, como si continuaras una señal de espacio y tiempo conjugados para mostrar tu rostro.  ¿Quién puede ocupar mi gesto, sonrisa y rodear de esa manera el pequeño y humeante lunar de la tierra?, solamente alguien que brote de mis entrañas y me reconozca.  

DOS

Era escritora y tenía una novela publicada, otra esperando editor y había empezado a redactar la tercera cuando nos conocimos. Historias de su entorno recreadas con una atractiva prosa poética que, en algún momento, la harían conocida. Lo señalaba cada vez que Abril mostraba desencanto por lo poca difusión de su obra; pronto te buscarán para entrevistarte, prepárate, tu pluma es superior, ten paciencia. Decidió desechar lo que había avanzado en su novela, cambiaré el tema, hablaré de lo que nos está ocurriendo, dijo. Me sentí halagado, nunca nadie me había convertido en personaje novelesco. ¿Cómo seré en esas páginas, villano o santo? Tonto, nunca nadie es el mismo, aunque te veas retratado no serás tú, el tipo de la novela será auténtico, único, así es que no empieces a pavonearte, y no preguntes más, no añadiré ni una palabra, espera que la termine y te la paso, serás el primero en leerla. La escribiré sin que me importe cómo termine la historia real. Pondré el final que desee, y quizá desaparezcas antes de la mitad de la trama, quién sabe. Le reclamé ser tratado de esa manera, es mi derecho, respondió; además, tú sabes que el amor excesivo y descontrolado es puro calvario y camino hacia la muerte. Rio al decirlo, con esa media sonrisa que escondía pudor para mostrar sus interioridades; ya quisiera verte sonreír como yo, decía con frecuencia,  si hubieras tenido mi niñez y juventud ni siquiera dibujarías una mueca.

Sabíamos de las dificultades y contratiempos que hallaríamos en el camino al mantenernos juntos; ayudaba que la decisión fuera ejecutada como un coro de voces que parecía preparado  para actuar en el momento requerido. La unión que tejimos no tenía precedentes para nosotros; sí, habíamos amado antes, pero nada comparado a los días recientes. El parecido de nuestras almas resultaba una realidad singular, aunque era yo quien lo manifestaba con más claridad; Abril era contenida, calculaba cada palabra que tuviera que ver con los sentimientos; parecía temer que sus afirmaciones se tornen contra ella o la muestren débil o sumisa, aunque algunas veces se animaba a decir: te he esperado desde siempre, sabía que existías. Fui cauto al empezar, no deseo perturbar ni un minuto de tu vida y tampoco busco dañar la mía, le dije. Escuchó en silencio, quizá pensando que no tenía ninguna disposición para complicar mis cosas con Ele.; en los primeros días los papeles fueron asumidos de manera distinta, recatado yo, bullente ella. Los roles se invirtieron después de un tiempo cuando ella se fue tornando cada vez más conservadora, evitando extenderse en planes y plazos. Bromeaba diciéndole que había dispuesto todo para que fluyeran las cosas con rapidez, tú fuiste la atrevida que eliminó todos los obstáculos. ¿Y tú no recuerdas el apuro que  tenías para saber mi fono y la rapidez de tu primera llamada?, sí, tuve toda la disposición  inicial, no lo niego, caí fácil con tu voz de encantador y las cinco  palabras que escuché al principio: ¿es tuyo el párrafo publicado?; pero, oye, no te quedas atrás, te empeñaste desde el primer instante. Tus escritos, Abril, tus escritos definieron mi existencia, y tus fotografías también, me impresionaron, lucías radiante, además, no lo niegues, estabas en exposición, no digas que no, ¿entonces qué intención tienes de mostrar tanta figura, sino es para conseguir compañía?, además de los filtros y pixeladas que usas, no lo niegues, mejorabas tu perfil, a mí me engañaste, ¿o no? La sonoridad de mis festejos por las bromas eran respondidas con ironías punzantes, en las que era una maestra consumada: recuerda que tú ya no estás en capacidad de recordar nada, solo tienes memoria para las cosas remotas, decía. Responder sus estiletes podía conducir a un desborde de emociones que acabarían mal; elegía callar, llevar la conversación por otros rumbos y concluir las discusiones con rapidez porque sabía que su  genio se derramaba por cualquier motivo intrascendente.

Durante los largos meses de relación, Abril empezó a trabajar en el control de sus emociones que siempre gatillaban un nivel primario de violencia que podía transformar en segundos una tranquila conversación en un aluvión de definiciones que ponían todo al borde de la ruptura. Varias veces Abril cerró el contacto diciendo, alterada, y sin importarle mi opinión: voy a descansar; lo decía y actuaba, no poseía espacio de reflexión y tampoco el interés de ponerse en mi lugar. Algunas veces su ausencia se prolongaba por varios días. Esperaba su retorno y, con frecuencia, tenía que ir por ella. Se defendía calificándome de complejo, inquisidor y, a veces, tóxico, sin percatarse que sus reacciones y criterios no permitían las diferencias ni tampoco la concordia. Parecía dueña de un mundo acabado donde no habitaba ninguna duda: esto es así, y punto, no me interesa tu opinión. La diferencia de edades y experiencia hacía que actuara con prudencia frente a esos exabruptos, porque eso eran, aniegos momentáneos en los que ella discutía con su pasado y sus horas de violencia de las que no podía desprenderse, épocas donde nadie le había pedido su opinión. Estaba marcada por esas experiencias y entendía poco que el amor es acuerdo, convenios, compromisos que no pueden desecharse por el capricho personal. Y, junto a los cambios de humor, estaban sus variaciones frente a la relación; de la inicial aceptación plena, que incluía emocionados planes para estar juntos en el futuro pasó, con los meses, a oponerse a toda forma de imaginarnos en hogar compartido.  

Abril reconocía que le ayudé a comprender las conexiones de su vida temprana con los signos de ira que la invadían con premura cuando se enfrentaba a algún contratiempo. Le contaba mi experiencia que escuchaba con atención. Sus descompuestas reacciones la habían alejado de un amor que recordaba con frecuencia: ay, así fue, lo maltraté, no supe actuar, mencionaba. Con frecuencia resultaba desgastante cuidar las palabras y lidiar con sus cambios de humor e intemperancias; también con sus continuas ausencias mientras conversábamos. No consideraba necesario informar de sus silencios, no tomaba en cuenta que la buscaba por estar con ella un tiempo valioso para mí, y siempre preciso. Prefería no hacer problemas por sus conductas, preguntaba, sí, pero me guardaba la incomodidad que me provocaba su habituales desconsideraciones. Había buscado siempre mujeres controladas, dueñas de sus emociones, educadas para contemporizar y llegar a acuerdos con facilidad; criadas en hogares funcionales de diálogo y respeto colectivo. Cuando reparé en que Abril carecía de esos perfiles era demasiado tarde para cambiar de camino; ya estaba sitiado por el amor,  esa rara sensación que nos hace actuar con benevolencia y comprensión frente a las deficiencias de nuestras parejas. Aprendí a soportar decisiones y desplantes que me hacían sentir que estaba en el lugar equivocado.  Me alentaba que tuviera el propósito de superar sus asperezas, siempre comprendidas a la luz de sus complicados años iniciales. ¿Qué puedo hacer, si la amo, qué importancia tienen estos detalles frente a su luminosa presencia?, pensaba; tengo que lidiar con su carácter, nadie es perfecto; en el balance de daños y ventajas el valor de otras facetas de su personalidad eran cautivantes para mí. No era una gran conversadora o conocedora de temas a profundidad, no, había carecido de condiciones y tiempo para suplir las deficiencias que las aulas escolares y universitarias le dejaron; pero tenía un fulgor y brillo intelectual incomparables, sus frases acertadas poseían honda sabiduría y sus dos novelas mostraban personajes complejos que parecían extraídos de otra mente. Pero no, era ella, como resumen de las personalidades de todos sus personajes, ocultos en su alma. No era posible entenderla si no se sabía que provenía de territorios donde debías defender tus posiciones, e inclusive supervivencia, a pie firme sino querías ser arrasado por la ira y el desconsuelo. Era la razón de su intransigencia para llegar a acuerdos; su incapacidad para lograr consensos, asistir a negociaciones que nunca están ausentes en una pareja. No, era ella y sus circunstancias, ella y sus decisiones independientes de cualquier parecer o sentimientos ajenos a su piel; para ausentarse o mostrar su opinión ni siquiera esperaba el desarrollo inicial de una discusión, cuando apenas la sentía inadecuada se despedía o se quedaba sin hablar; debía actuar con sensibilidad y poner todo de mi parte para evitar encontrones.

TRES

Si algo tenía continuidad entre nosotros eran las discrepancias sobre la ubicación de la mujer en la vida diaria. No estaba en desacuerdo con los roles cada vez más destacados que  ocupaban sino con las formas institucionalizadas, así lo decía, que lucían los reclamos, es cuestión personal, cada una busca su lugar, no es necesario tanto ruido, reclamaba. Un día la conversación se precipitó a un abismo, su distancia con la clásica versión del feminismo lo provocó: no estoy de acuerdo con esas peleítas y luchas inútiles del hombre y la mujer, no es lo mío, señaló iracunda, en mis tradiciones son claros los límites y derechos del hombre y la mujer, sin doctrinas ni revanchas, allá tú con tus libros y teorías, lo mío viene de la vida misma, que tú vivas en Lima y yo aquí, explica nuestras diferencias de opinión, exclamó como fin de la conversación. Estuvimos distanciados unos días luego de esas diferencias. Abril reprochaba lo que ella llamaba mi complejidad, cuando no estás evaluando o proyectando las cosas, andas preguntando todo, queriendo saber detalles de cada situación, ¿por qué no vives el momento, por qué tienes que ordenar y pensar todo o creer que la realidad tiene solo un camino posible? No te corresponde una hombre simple, le respondía, no es para ti, tú me quieres por los defectos que me encuentras, por mi toxicidad, por los recovecos que recorres conmigo; mira al hombre sencillo que está contigo y que no ha podido llenar los vacíos de tu existencia; además siempre he pensado el futuro tanto como el  presente; si no hubiera tenido esa costumbre, ¿sobre qué bases podría pensar en hacer una vida contigo?, lo que tengo construido lo pensé imaginando el futuro, es necesario manejar el futuro, dirigir tu destino; a eso se debe que ahora puedo pensar una vida distinta contigo , sin que esa decisión sea una aventura irresponsable.

Abril vivía en Sicuani, a cien kilómetros del Cusco, un centro urbano emergente con algo más de cincuenta mil habitantes y que conocía bien. Pasé largas temporadas en un distrito cercano donde mis padres mantenían una propiedad; ocupaba el lugar en los veranos e iba con regularidad a Sicuani para recuperar el sentido de ciudad, comprar diarios y asistir a una que otra película en el destartalado cine de la avenida principal. Lo que existía de Abril en aquellos años eran sus padres, que aún no se conocían ni tenían pensado procrearla;  pensaba en las veces que debí de haberme cruzado con ellos. No hablaba de su ciudad en sus páginas, no es necesario ni útil dejar toda la verdad en las redes, prefiero parecer ciudadana del mundo, esa no es mi vitrina, recuérdalo Sebastían. Yo me e inclinaba a pensar que sí era su vitrina, porque la insatisfacción que tenía con Ge era antigua; tenía que haberla soportado con ayuda externa, su carácter no tenía perfiles de mantenerse quieta al lado de la adversidad; además, tenía una corte de seguidores que se mantenían fieles y constantes a sus publicaciones; pronto empecé a sospechar que ella mantenía comunicación con alguno de ellos, quizá dos. Sus repentinas y largas  ausencias mientras hablábamos eran explicadas de modo poco convincente, sus razones eran tan débiles como afirmar que se quedaba dormida o atendía a su pequeño hijo. Eran desapariciones más compatibles con la atención que les daba a esos sujetos. El afán de exponer su figura y ser observada, la persistente exposición de su rostro y el silencio sobre su condición civil, me hacía pensar que no andaba muy despistado en mis reflexiones. Leía con facilidad mensajes provocadores que le enviaban dos tipos, letrados, y que ella estimulaba; los diálogos eran tan personales que resultaba poco probable que no continuaran en privado.  Lo mencioné más de una vez, obteniendo siempre respuestas negativas. No insistía por el carácter de Abril y porque nunca me sentí con derechos para cuestionar sus explicaciones. Después de todo, decía, quizá soy uno más del grupo, y no sé si algún día gane el privilegio de saber la verdad de mis sospechas. La forma en que manejaba nuestras comunicaciones me hacía pensar también que poseía experiencia en el manejo de situaciones similares. Sabía hasta donde llegar evitando que yo quedé sin hogar y suelto en plaza creándole problemas; extremaba su preocupación de ocasionarme dificultades con Ele. Mis conductas tenían la misma orientación, pero no eran similares; sabía que una vinculación tan real e intensa provocarían alguna dificultad en nuestras parejas, era inevitable, sobre todo porque no se trataba de un pasatiempo; la intensidad de nuestra relación tendría que ser conocida en algún momento. Seguíamos procedimientos estrictos y los contactos se hacían en horarios muy precisos, pero ella se preocupaba poco por ser la primera en provocar el encuentro, pero debo admitir que sus cuidados explicaban que, después de largos meses, nunca fuimos descubiertos; hasta mi descuido que provocó la tragedia posterior.

Mientras me daba cuenta de estar frente a una realidad que marcaría mi vida, Abril tenía otra actitud; medida y cuidadosa para hablar, siempre distante, evitando declaraciones que generaran compromisos, alejándose de conversaciones que la obligaran a definir su futuro. No era mi caso; luego de los primeros días estuve seguro de que podía abandonar todo por estar junto a ella el resto de mis días. No era que Abril se negara a esa posibilidad, pero sus palabras nunca llegaron a decir: sí, de acuerdo, estamos juntos en esto y veamos cómo lo resolvemos, tú haces esto y yo lo otro, nunca actuó en sociedad conmigo, siempre conservando un juego personal. No, nunca mostró interés real y cierto en definir plazos, su juego era único, sin señalar nunca continuidad a la relación; parecía empeñada en arrebatarle sustento y permanencia a todo lo que vivíamos, nada es fijo, invariable, hoy estamos, mañana no, ¿para qué hacer planes?, tú con tu futuro y tus análisis intelectuales, yo acá con la vida diaria sin necesidad de ningún mañana, no insistas. Y lo recalcaba cuando señalaba: el futuro no existe y el hoy tiene sentido si se refiere a las horas inmediatas. Me acomodé a sus formas, pensando que los sentimientos que decía tener irían formando un mundo posible para los dos. Era cuestión de tener paciencia, decía yo; además había que ser realista: organizar una retirada hogareña para ella y  para mí, no era un asunto sencillo; teníamos mucho que ordenar para salir con decoro, sin ser señalados de indeseables e irresponsables. Pero, yo lo quería hacer, estaba decidido, porque creía merecer convivir con el amor, como nunca antes lo había hecho, ¿acaso no es una causa justa a la que se debe de adecuar toda otra consideración, por importante que sea, no era el amor la causa más meritoria?, el amor no es fuente de pecado, pensaba.

CUATRO

Buscamos la forma de encontrarnos; no era usual que ella viajara a Lima, y llegar hasta Sicuani era muy complicado, parecía que vernos personalmente demoraría mucho tiempo. La oportunidad se presentó de la manera menos esperada. Recibí una invitación para atender una asesoría relacionada con el manejo de restos arqueológicos recién descubiertos en el centro histórico del Cusco.  No vemos pronto, le dije, exultante de felicidad cuando lo supe. Abril lo tomó con calma, como acostumbraba; no le resultaba sencillo dejar a su hijo y justificar un viaje imprevisto, pero halló pronto una excusa: conversar con un editor que estaba  interesado en publicar sus novelas; tengo que viajar por un par de días, le dijo a Ge. Sería una travesía que nos permitiría pasar una noche juntos. Preparamos el encuentro con detalle, los horarios, el alojamiento; conversamos hasta poco antes de tomar mi vuelo. Llegué temprano por la mañana y Abril demoró minutos largos en llegar. La vi acercarse con un abrigo negro de ribetes blancos, pantalón ceñido y botines de taco alto, una bolsa tejida con motivos andinos colgaba de su hombro, menuda y delgada, distinta a las fotografías que mostraba; no menos atractiva, solamente diferente, terrenal, alejada de los afeites que permiten manejar imágenes con tonos distintos y cancelan las imperfecciones del rostro. Su piel era  áspera, producto del frío sicuaneño, manos con señales de intensas labores hogareñas, con restos del hechizo y misterio que emitían sus imágenes. Disipé con rapidez el inicial desconcierto y luego de unos minutos fui descubriendo los elementos que me habían cautivado. Figura delicada y ojos dilatados, con brillo infantil, modales ceremoniosos y la bondadosa energía que irradiaba. Sí, mis deseos de pasar los años siguientes juntos se mantuvieron intactos y acrecentados. Nos abrazamos con distancia y con un velo de desconfianza en la mirada y actitudes de Abril. Estacioné mi mirada en su  rostro mientras tomaba sus pequeñas manos; era solo observarla, pensar en la manera en que una idea se estaba haciendo realidad por voluntad y decisión propia. Las calles cusqueñas nos eran familiares y no concitaron nuestro interés, era el momento de prestar atención a lo nuestro, sin las interferencias de la tecnología. Nos instalamos en un alojamiento del barrio de San Blas, discreto, pequeño. En la habitación nos movimos con soltura, como antiguos conocidos, sin las preocupaciones que distancian a personas que recién habitan un espacio cerrado. Desempaqué pequeños regalos para ella, objetos que podían ser llevados a cualquier lugar: lapicero, libros, llaveros, y una joyita para colgar del cuello.

Habíamos compartido varios momentos de intimidad, conversaciones sobre hábitos y costumbres, experiencias. Antes del  encuentro me había pedido andar con calma en el tema; no quiero apresurarme, dijo, no fuerces ninguna situación si ambos no estamos de acuerdo. Luego de cierta resistencia, acepté sus condiciones. Ordenamos las pocas pertenencias y salimos juntos hacia las oficinas del Ministerio de Cultura donde nos separamos. Voy a mi entrevista con el editor, dijo ella; ¿nos veremos al mediodía?, preguntó. Nos vimos empezando la tarde y almorzamos en un sencillo lugar de la calle San Agustín. Conversamos con apuro sobre las explicaciones que habíamos dado a nuestras parejas y también contó que el editor le había ratificado sus intenciones de publicar sus trabajos; le comenté los detalles de mis labores: parece que tienen el propósito de cubrir de nuevo todo lo descubierto, espero contribuir a un cambio en esa decisión. Quedamos en vernos en una esquina de la plaza principal cuando la tarde terminara. Todos los sucesos de ese día son difíciles de explicar, no son experiencias cotidianas que se puedan narrar con naturalidad; observar comportamientos que no concuerden con la experiencia cibernética previa es una de las tareas que restan tiempo a la naturalidad en el trato; no la vi distinta, pero sí pude observar aspectos de ella que no se pueden distinguir en fotografías o videos, su porte, el modo en que sentía su compañía cuando caminaba, qué observaba y le llamaba la atención,  la manera en que se acomodaba en un lugar público, todos los detalles que son importantes cuando la rutina de los días agota en la pareja las emociones del inicio y aparecen los hábitos que pueden afectar una relación si provienen de una experiencia de vida distinta. Era inevitable mirar las diferencias, estaban al alcance de la vista y de nuestro entendimiento, se notaba sus orígenes carentes de los modales que los hogares medios se empeñan en grabar en los hijos. Por la noche, mientras dormía abrazada de mí, hice un recuento de las imágenes del día, ninguna me producía desconcierto o sorpresa o intolerancia; sí, éramos distintos en muchas cosas, pero nada que no pudiera aceptar y amar. Quedaba siempre la pregunta: ¿es en verdad como se muestra, oculta algo importante? Son interrogantes que no dejaron de estar en mi mente. Fueron momentos extraños, complicados de interpretar. Tenía programado su retorno para la tarde del día siguiente, yo me quedaría un par de días adicionales. El amanecer me tomó despierto, pensando en los días que se vendrían. No me parecían fáciles.

Al mediodía, luego de comer un par de pizzas y tomar un café nos encaminamos al alojamiento. El Cusco nos rodeaba, sentíamos su influjo, pero más intensa era la necesidad de llegar a la habitación y estar juntos, lejos de todo. En algún momento, al cruzar frente a la iglesia jesuita, Abril tomó mi brazo como hacen las parejas antiguas y consolidadas, me sorprendió lo hiciera en un lugar tan expuesto. Cusco ya no era  mi ciudad y no había visto, hasta ese momento, a ningún rostro conocido, temí por ella, podía ser reconocida por alguna amistad, pero igual alguien podía reparar en nosotros y provocar noticias que ambos no deseábamos todavía. Su gesto me hizo sentir integrado a su vida, juntos y con futuro compartido, pensé que una pareja que camina enlazada de esa manera está preparada para todo. Luego de unos pasos que mi sonrisa traducía la plenitud del momento le pedí que desprendiera su mano y camináramos como dos amigos; sonrió y comprendió mi solicitud.  No hice problemas sobre su pedido de no rendir su intimidad, no era un tema problemático, acostumbrado a rebuscar en las profundidades de una mujer las razones para amarla, no iba a desconocer un acuerdo ya tomado; esperaría otro momento para estar en ella. Vimos noticias y partes de una serie de moda mientras conversábamos acerca de las horas previas.  En algún momento recibimos las llamadas de Ge y Ele; nos apartamos para conversar. Ya cubiertos con las cobijas, dormimos abrazados hasta que nos despertaron las alarmas de los móviles; amaneció acurrucada en mi regazo; es una de las imágenes más tiernas de las que tengo memoria en mi vida.

No quiso Abril conversar de ninguna decisión futura; recién nos conocemos, dejemos todo para más adelante, veamos cómo llevamos la relación. No había apuro en realidad, pensé, hay muchas cosas que arreglar o desarreglar aún, antes de pensar en detalles concretos. Al mediodía la despedí en el terminal de buses. Nos separamos con la promesa de vernos pronto de nuevo; es probable que te visite en Lima en algún momento, quizá haga un viaje que me retorne el mismo día, ¿te parece? Mi respuesta la escuchó con toda la emoción que contenía; estará bien, le dije, me basta estar dos minutos de nuevo juntos. No quise permanecer en el recinto viendo el bus partir. Tomé un taxi que me instaló de nuevo en el centro histórico para continuar con mis tareas. 

CINCO 

Desde la soledad de mi recinto, pienso y recuerdo cada detalle de aquellos días; la inesperada intensidad de mis sentimientos, el resquebrajamiento de mis vínculos con Ele, comprobar que se trataba de una fractura irreparable, y observar que ya no estaba en manos de nadie superar las distancias que aparecieron después de conocer a Abril y que, seguro habrían aparecido en otro momento y  provocado por cualquier otra persona. No podía imaginar una vuelta atrás y verme separado de esa experiencia que había dado un vuelco a mi existencia. Ambos sentimos la misma sensación, por eso, en algún momento, logramos imaginar juntos el futuro. Fue una decisión que fue abandonando de a pocos y que  tuvo su punto culminante luego del descubrimiento que hizo Ele y que desataron todas las acciones que condujeron al complicado desenlace.  

Olvidé una hojas impresas conteniendo conversaciones con Abril y que en el reverso tenían una fotografía suya, sin rostro, mostrando los senos descubiertos. Quise  conservar ambos recuerdos por un tiempo porque se trataba del primer diálogo íntimo que tuvimos y la primera fotografía que Abril me envió. Quería leerlo varias veces antes de destruirlo. Lo dejé en el bolsillo de una chaqueta que Ele. me pidió usar un día de frío intenso. Puso la mano en lugar previsible y lo demás es fácil de imaginar. Tuve rapidez para explicar que se trataba de  retazos de un cuento que escribía. No tenía ese perfil un diálogo semejante, era demasiado íntimo, con señales difícilmente transferibles a una ficción. Además, ¿desde cuándo escribes historias?, preguntó Ele., hace poco, respondí, no lo sabes, pero tengo un grupo de cuentos que los puedes leer si deseas. Y la foto, ¿de quién es?, le expliqué que se trataba de uno de tantos envíos que hacen los amigos por la red y que yo decidí imprimir para darle contexto a la historia que escribía. Dudó en aceptar mi versión como cierta, hizo algunas preguntas adicionales y dejó el tema en el camino. El problema fue superado con ella, pero no con Abril. Adoptó una posición intransigente como si el punto central de la relación entre nosotros girara en el buen estado mis relaciones en el hogar y sin concentrarnos en la manera de organizar nuestro futuro. No sé explicar qué motivó su actitud de mostrarse tan iracunda e intolerante con el suceso, quizá, pensé, siempre lo había planeado así y solo esperaba la ocasión de mostrarlo. Era absurda su posición, extemporánea por entero. Se convirtió en la auténtica y eficaz defensora de la estabilidad emocional de Ele y no mi socia solidaria. No destruiré tu hogar, no es mi papel ser la otra, señaló fastidiada.

Fue un dialogo áspero que tuvo ideas ofensivas e intolerantes frases por ambas partes. Cerró la conversación como acostumbraba y me dejó colgado de una cornisa. Antes le dije que no tendría que dejar a su hijo, que yo no la quería sin él y que nadie decía que sería un tema sencillo llevar adelante todos los planes pensados. ¿Tú crees que no pienso en Ele, en mi hijo?, claro que sí, por eso decidimos hacer la cosas con calma para que todos sufriéramos los menores daños. Veré por mi hijo siempre, y Ele. quedará con protección y con la atención que requiera. ¿Qué me crees, Abril, un desalmado?, ocurre que no quiero pasar el resto de mis días sin ti, se trata de eso. Nada, ninguna argumentación fue suficiente.

No es difícil determinar las razones que me llevaron a sentir que mi vida no sería la misma sin Abril. Había demorado para establecer vínculos permanentes con una mujer;  ocurrió cuando rondaba los tempranos cuarenta; no fue un amor visible el que me llevó a juntarme con Ele, sino la conjunción de buen entendimiento y formas similares de criar a los hijos, también su disposición para el diálogo y los acuerdos, actuar con decisiones compartidas, nunca la confrontación; pero, parece que no fue suficiente para mantenerme quieto, nada de esas virtudes pudo lograr  nunca establecer conexión con mis espacios interiores, los temas íntimos, los que arman el espíritu y mueven todas las horas. Con Abril era distinto, no había resquicio de mi personalidad que no tuviera complemento en ella, una unidad compacta que se iniciaba en sus intereses primarios, su vinculación con las artes, la literatura, poesía; ambos éramos pasionales, tensos, temperamentales, su ira y reacciones destempladas parecían abrir habitaciones nunca antes visitadas. Cada detalle que compartíamos nos hacía ver que nos habíamos esperado toda la vida; formas de entender los lazos familiares y  amicales, el apego a la soledad, al silencio, la especial vinculación con el sexo, libre, sin formatos ni censuras, entendido como una extensión natural de los seres y el amor, con libertad y plenitud, sin culpas. El placer infinito que me daban las conversaciones era único, unían nuestros cuerpos y se tocaban a la distancia. Son los recuerdos que me hacían sentir vivo.

Después del lio que se armó, me preguntaba: ¿por qué me detuve al lado de una mujer con tantos desarreglos en sus pensamientos, inestable y temperamental, con particularidades que, insisto, nunca soporté en otras compañías? Ya lo dije, era el amor, así de simple, el amor te lleva a resoluciones siempre inesperadas. Al día siguiente de la discusión reparé que Abril no había mentido, todos los medios para comunicarme estaban silenciados. No había ninguna vía para llegar a ella. Decidí esperar que la tormenta pasara, era probable su retorno. Y así ocurrió. Luego de varios días la vía telefónica fue abierta de nuevo; no era casualidad. Le timbré por la noche, como teníamos costumbre. No respondió. Insistí con paciencia hasta que obtuve respuesta. Hola, dijo, como estás. Bien, respondí, tratando de ser escuchado. Aquí estoy, respondió. No quise tocar los temas que nos habían distanciado. Procuré conversar de sus trabajos y de su niño. Ella hizo lo mismo. Nos mantuvimos así, en una especie de paz armada, hasta que fue inevitable hablar de nuestros problemas. No fue posible encontrar entendimientos. Me interesa que estés bien con Ele., respondió. No quiero ocasionarte ninguna forma de separación. Argumenté sobre las ideas del pasado, los planes. No existen, respondió, estamos en otra etapa. Bueno, mencioné, déjame ver mis cosas con calma. Tengo que tomar decisiones. Y, de pronto, mencionó una idea que fue como inocularme un veneno que fue creciendo con los días: espero que no estés preparando un chantaje, dijo con una convicción que me hizo pensar que ella estaba segura de que la chantajearía con Ge. y que ese era mi destino imperturbable porque tienes perfil para hacerlo, señaló.

Preferí terminar la conversación antes de precipitarnos en un diálogo que seguro sería más áspero que cualquier anterior. En los días siguientes no hubo avances en ningún sentido, insistía en sus  argumentos y también volvió a hablar del mal uso que podría hacer de los materiales que tenía conmigo. Cartas, algunas fotografías, diálogos grabados, envíos de pequeñas cosas, libros, alguna joya. Antes de mostrar sus temores no había pensado nunca en complicarle la vida de ese modo; en los días siguientes era el único tema de la conversación; le replicaba diciendo que nada conseguiría por ese camino, solo la ruptura de su hogar y después, el vacío. Pero, fue tanta su insistencia sobre el tema y tanta su intransigencia para encontrar acuerdos que un día decidí seguir ese camino. En verdad estaba incómodo, atosigado era la palabra, de sus argumentaciones infantiles para distanciarse de nuestra relación. Concluí que había encontrado  otro contacto, más joven, menos complicado en sus solicitudes de hacer vida compartida. Eso pensé, y fue el inicio de poner en marcha los planes que ella misma inoculó en mi mente, como esos virus informáticos que son imposibles de desterrar. Corté toda comunicación con ella y no respondí a ninguna de sus llamadas que se hicieron cada vez más intensas cuando se dio cuenta de que yo no tenía ya disposición para atenderla.

SEIS

No fue difícil ubicar a Ge. Tenía conocidos en Sicuani que me dieron su teléfono y correo. Lo llamé una mañana al mediodía. Me identifiqué como un sujeto que conocía a Abril y que tenía información importante para él. ¿De qué tipo?, respondió. De su infidelidad. Soltó una risita sardónica. ¿Así?, qué novedad, no eres el primero, dijo, y te informo que a ninguno presté atención. Me quedé mudo, sin saber si continuar. Recuperado de la impresión le dije: espere, le enviaré algo que le interesará, mírelo y lo llamo después. Le remití una imagen de la habitación que compartían con Abril, ella recostada sobre la cama, nada erótico ni comprometedor, pero suficiente para hacerle entender que no estaba hablando de boberías. Me atendió con rapidez en mi siguiente llamada: ¿qué más tienes?, preguntó preocupado. Varias cosas, respondí. Le pasé la factura del alojamiento en Cusco, diálogos que mostraban la intimidad que habíamos logrado. Luego, bloqueó la comunicación unos días hasta que sonó mi móvil con su número iluminando mi pantalla. Me preguntó si podíamos encontrarnos para conversar. Le respondí que sí, que era posible. Podemos vernos en el Cusco, la próxima semana, ¿le parece? Aceptó. Lo llamaré para coordinar, le dije. Espere, no corte, dijo, ¿qué relación tienes con Abril, eres el que aparece en los diálogos, deseas  dinero por la información? Nada, no deseo nada, respondí, solo que se entere de cosas que ignora. Es todo.

Tenía que volver al Cusco por mis trabajos de asesoría. Era un compromiso de un par de días. Le di mis coordenadas para encontrarnos. Lo cité en la puerta del alojamiento que había ocupado con Abril. Era un tipo fornido, de semblante decidido e intolerante. Calculé que nos separaba unos diez años de diferencia. ¿Eres tú?, si le respondí, soy yo. ¿Qué tienes entre manos y cuánto quieres por la información? Nada, ya le dije, solo entregarle papeles que no deseo conservar. Le expliqué que no era el que mantuvo contacto con Abril, soy un mensajero. Me miró sorprendido. Claro, le dije, míreme, no califico para ser pareja de su mujer.  Desorientado, abrió el sobre amarillo y le dio una mirada rápida a su contenido, eran fotografías, recibos, copias de conversaciones. Fue el momento en que sacó su  arma del bolsillo interior de la gruesa chaqueta que vestía. Me encañonó y me dijo que no hiciera ninguna escena violenta, que no le importaría disparar, que lo único que deseaba era saber en verdad quién era yo y que le entregara todo lo que tenía escondido. Vi su determinación, con ira que no parecía ser controlable, pensé que dispararía de todos modos cualquiera sea mi reacción. Decidí entonces tomar sus manos y virar la orientación de la pistola. Forcejeamos un instante, no esperaba mi reacción. Todo sucedió en segundos. Logré torcer el cañón del arma hacia él y, de pronto, estalló la detonación. Se desplomó con el rostro incrédulo, con la mueca de dolor incrustada en sus labios mostrando el interior de su boca y el hilo de sangre que empezó a deslizarse desde la garganta. Lo retuve con mis brazos y acompañé su desplome sobre la vereda. Lo demás se ha borrado de mi memoria. Retomo mis recuerdos y me veo dando mi declaración en la comisaria de la calle Saphy. Quedé detenido. Pude llamar a un abogado amigo que acudió muy pronto a auxiliarme. No debiste declarar antes de hablar conmigo, me dijo. No creí necesario, respondí, solo había que decir la verdad, me quiso disparar y me defendí, eso es todo.

Entre barrotes y acompañado de rostros extraños y curtidos por el infortunio pensé en los pasos que había seguido desde que conocí a Abril. Concluí que había cometido un error profundo de involucrarme con alguien como ella. Había jugado todo el tiempo; la respuesta de Ge. retumbaba en mi mente: “no es el primero que hace lo mismo, no es el primero”. Qué hacer, todo estaba concluido.

Me dejaron en libertad hasta el inicio del juicio y me obligaron a permanecer en el Cusco. La prensa se había encargado de divulgar una versión truculenta que cundió por la ciudad después del primer titular de la prensa: “El asesino de San Blas mata por amor y despecho” Ele acudió a auxiliarme; le expliqué lo ocurrido sin ocultar nada. Te acompañaré hasta la finalización del juicio y después te dejaré libre. Eso dijo, libre. Yo sabía que esa palabra jamás me volvería a pertenecer.

El abogado hizo bien su trabajo; usó el criterio de legítima defensa con elocuencia y conocimiento. Ayudó mucho la grabación de las cámaras de seguridad del alojamiento y el testimonio del administrador que observó lo ocurrido desde muy cerca. Explicó que Ge tenía intención de disparar cuando desvié el arma; en la acción que hizo el acusado, declaró, no vi ninguna intención de hacer daño. El juez, finalmente, ratificó lo manifestado por mi defensa y determinó que había actuado en legítima defensa y me declaró en libertad. Cuando salí de la sala del juzgado no pude sentirme liberado de mis cadenas, sabía que quedaría de por vida atado a lo ocurrido esa mañana de agosto. Los largos meses del proceso que me retuvo en el Cusco, me sirvieron para construir una relación distinta con la ciudad; pero no podría quedarme de vecino. La gente me reconoce en las calles y voltea a observarme. He considerado mudarme a una mediana ciudad de la selva, quizá Oxapampa, me gusta ese lugar, clima benigno y gente sencilla.

Abril me envió una nota que dejaron por debajo de la puerta del estudio de mi abogado que decía: has arruinado mi vida, no te quiero volver a ver nunca más. No he vuelto a saber nada de ella, tampoco creo saludable para mí buscarla. Aquí voy, haciendo lo posible por continuar mi existencia. Sin embargo, nada de la tragedia pudo mermar sus recuerdos, era como una benigna maldición que había trastornado mi existencia hacia el mal y que alimentó todos los días de mis años venideros.

Lima, junio de 2021

Uno de miles

UNO

Conocí a Parwa Salinas de un modo poco habitual. Hacía un viaje de rutina hacia la mina Julcani donde trabajaba desde varios años atrás. Me acompañaba Fernando, segundo hombre de la Gerencia de operaciones con quien recorríamos con frecuencia el trayecto. Nos faltaban unas tres horas para llegar a destino después de los días de descanso. Partimos de Lima y dormimos en Huancayo la noche anterior. Salimos hacia la mina después del mediodía porque se nos ocurrió almorzar en Huaychulo truchas que sacan de los pozos directamente a la parrilla.

La ruta no ofreció contratiempos excepto una patinada que casi nos lleva fuera de la pista hacia un badén de cierta profundidad. Fue a la altura de Izcuchaca, después de pasar el puente de cal y piedra. Me distrajo la llamada de Norma que indagaba por mi ubicación. Felizmente pude superar el peligro, pero dejando maltrechos los músculos de mis brazos. Fue un buen susto que hizo gritar a Fernando. En Huancavelica estacionamos la camioneta en la plaza principal en la idea de comer algo ligero. Coincidí con Fernando, debíamos acercarnos a la calle Sebastián Barranca para hallar el lugar apropiado. Antes, hice mi acostumbrado paseo frente a la iglesia que me gustaba observarla de cerca; me producía una sensación de paz y bienestar que no encontraba en otras edificaciones similares. No era un tema religioso, me gustaba el colorido de su fachada, las singulares líneas de su diseño. No había otra iglesia similar en ningún otro lugar del Perú. Una pequeña iglesia en Raqchi, cerca de Sicuani, tenía semejanzas que las hacia parecer obra de un mismo arquitecto.

Nos ubicamos cerca al local del Municipio, en un chifa con lunas amplias que nos permitían observar el colorido de la calle y el rápido caminar de la gente. Después de encargar una sopa wantán especial, Fernando me hizo notar que el local municipal anunciaba una actividad cultural. ¿No has visto?, es un encuentro de literatos o algo así, son tus temas; si quieres, pasamos un rato por allí a curiosear. Me interesó la idea.

El plan era quedarnos un momento, comprar algún libro y partir antes de que la noche nos gane y llegar con los últimos rasgos de luz a Julcani. Sí, claro, esa es la idea, dijo Fernando, es mejor no correr riesgos viajando de noche. Depende de ti, añadió, ojalá no te entusiasmes con los letrados.

Era un espacio en el tercer nivel que servía para eventos de mediana envergadura. Cuando nos sentamos, la presentadora leía una proclama en defensa de las letras huancavelicanas. Modulaba la voz con exageración y agitaba las páginas como si se tratara de estandartes de guerra. Calculé que había unas cincuenta personas, la mayoría jóvenes bulliciosos agrupados en cofradías diferenciadas. Eran de una movida culturosa que parecía agitada y pendenciera. Ubicamos lugar en la primera fila porque ningún joven que se respeta  ocupa esos espacios, queda para gente pasada de años a la que no le importa parecer los mejores alumnos.  A unos pasos, en la mesa cubierta de extenso paño verde oscuro, una autoridad municipal se acompañaba por los organizadores del encuentro; no tuve dudas que se trataba de ellos por las bufandas enredadas en sus cuellos y los robustos sacones de lana oscura que lucían.

Repasé el programa que tomé en la entrada: música, proclamas, poesía y cuentos. El número central de la primera parte era la presentación de tres poetas mujeres que harían una especie de contrapunto y desafío. Anotaban que procedían de Cerro de Pasco, Huánuco y Huancavelica. Será un enredo interesante, dijo Fernando. Quiero estar presente, respondí.  El evento lo clausuraban tres literatos que leerían sus cuentos. Nos vamos después de las poetas, ¿te parece, Fernando? Sí, de acuerdo Danilo, y espero que no te entusiasmes y acabes cerrando el programa. No, descuida, partimos después de oír a las poetas. Revisé sus nombres, Teresa, Marta y Parwa.

Sí, tenía interés en la poesía; había publicado un par de libritos que la mina había financiado y distribuido a los trabajadores y empleados. Era gracioso escuchar, de pronto, en medio del ruido de las chancadoras, repetir un verso declamado con sorna: fuego canta, eleva tu voz a mis alturas. Volteaba para descubrir el rostro del declamador pero nadie se descubría como autor, todos mostraban estudiada indiferencia. No me molestaba, lo tomaba con buen ánimo, sabía que algunos me leían con interés. Era una afición temprana que inicié en la biblioteca que mi padre aún conserva con dedicación. Allí conocí a Yeats, Kavafis, Pedro Salinas, Vallejo y, sobre todo, a poetas norteamericanos que eran mis preferidos: Whitman, Poe, Eliot, Frost y otros; me gustaba la llaneza de sus versos, la proximidad que lograban con lo cotidiano.

Los números siguientes se sucedieron con lentitud; cuando anunciaron al trío de poetas ya la tarde mostraba los celajes rojizos que anuncian la oscuridad. Nos miramos con Fernando para evaluar pareceres. Depende de usted inge, yo no manejo. El cambio en su trato denotaba deseos de partir, pensé que no estaba mal usar el crédito que conseguí cuando lo acompañé en sus correrías nocturnas por las discotecas huancavelicanas. Acabamos en La casona después de inspeccionar El oasis. Lo dejé cuando  encontró compañía nocturna en una flaca que no lo soltó desde nuestra aparición en el local. No era lo mío, prefería conversar, enamorar. Quizá era la razón de no haber anclado en el cariño de una mujer que me hiciera fundar familia. No sé, era exigente en ese detalle, buscaba con quien conversar, lo demás venía por añadidura. El diálogo es lo único que acompaña a una pareja cuando la edad obliga dejar veleidades superfluas y aparecen las soledades de la vejez.  Además, pensaba que no sería fácil  que una mujer se animara a recluirse en las serranías dejando sus intereses urbanos. Me había ocurrido con María Ángela antes de la debacle en nuestra relación. Ya planeaba trabajar en minas y ella decía que me esperaría en la ciudad. Claro que la entendía, convertirse en pareja de un minero no era un negocio que cautivara a nadie. A Norma me vinculaba los trabajos que compartíamos. Era consultora en problemas ambientales y colaboraba con ella con interés; eran temas que conocía y formábamos un buen equipo a la hora de sacar adelante una idea. De vez en cuando me trasladaba a su departamento, o ella al mío, para pasar una temporada juntos. Había pasado allí los últimos diez días. Pero no sentía con ella las emociones que siempre necesité para caminar interesado por la vida. Era una relación quieta, de temperatura moderada y sin sobresaltos. Creo que también ella me tenía un cariño semejante.

Cuando aparecieron las tres poetas por la puerta lateral del salón y caminaron hacia la mesa, supe de inmediato quién era Parwa. Son esos latidos que no se explican porque carecen de racionalidad, solo se sienten  en medio del pecho acelerando la respiración. Vestía un faldón de tela gruesa con bordados andinos que le caía hasta el medio de la pantorrilla y cubría parcialmente los  botines mineros de rudo perfil, pero de clara identidad femenina. Una gruesa y extendida chompa multicolor tejida a mano de bordes desbocados y cubierto por una pashmina colorida que rodeaba su alto cuello como una boa constrictor llena de pliegues y recovecos. Un pesado morral de cuero acompañaba el atuendo. Claro que observé su rostro, pero no me detuve allí por lo llamativo de su ropa. Había que apreciarla mientras caminaba; su perfil podía observarlo después.  Su rostro moruno no era magro, pero no podía describirse como relleno, era de una redondez adelgazada por ojos luminosos y extensos, nariz pequeña y labios carnosos pero no protuberantes; su mirada, sin ser desafiante, indagaba en cada espacio de los rostros y ambiente. Nos observó con curiosidad mientras se acomodaba. Cuando Parwa ocupó un extremo de la mesa, escuché la voz de Fernando que preguntaba, ¿se siente bien inge?  Había seguido el itinerario de mis emociones y  reparado en mi sobresalto al acompañar la procesión de la poetisa. ¿No te parece de una belleza extraña?, le dije. Sí, es verdad,  es un diminuto mujerón. Era cierto, su tamaño no era llamativo, era más bien menuda, pero no determinaba su personalidad, se diluía en el halo de espiritualidad y carnal presencia que mostraba. Cuando anunciaron sus nombres confirmé que Parwa era Parwa. Miró al auditorio con seguridad, alisó su melena rebelde y ordenó sus papeles con estudiada calma y esperó su turno. Los versos de las demás poetas tenían calidad, pero después de escucharla quedaron reducidas a la vacuidad más absoluta. Era de Huánuco, dijo el moderador, y sumó a la descripción inicial una incompetente mención de Amarilis y la Perricholi que Parwa rechazó con un mohín de fastidio indisimulado.

Su poesía no era liviana y no podía escucharse sin sentirse remecido por la intensidad de sus descripciones amorosas y eróticas. No eran sexuales sus versos, describía cuerpos que se laceraban en el contacto físico sin  lograr comunión; su voz parecía reclamar correspondencia exacta al despliegue  de un poder material construido para amar y transformar el placer físico en una envoltura de pasiones secretas que no hallaban cobijo ni entendimiento en la compañía. Leyó seis poemas que después repetí en el poemario que compré en la puerta del salón. Luego de tener el ejemplar en mis manos la busqué con la mirada pensando hallarla aún en la mesa, pero no, había desaparecido. La voz de Fernando me retornó a la realidad. Danilo, creo que nos quedamos y salimos mañana, ¿te parece? Sí, tienes razón, es lo mejor. Bien, entonces vamos al Yllariy, le dije, me gusta ese hotel, desde el nombre, me agrada.

Esa noche memoricé varios poemas de Parwa Salinas. Tratado de castidad, se llamaba el poemario. Veinte poemas, intercalados con dibujos hechos por ella misma; delicadas figuras que parecían elevarse sobre el universo unidos por falanges, rostros o palabras. Un poema decía: mi amor es moneda feble / ubícame en la piel, adquiere mis muslos / y negocia mi placer, subasta mis encuentros / lubrica tu vejez / te harás soberano de lunas / perdedor de cuerpos. Era una editorial de Huánuco y señalaba dirección y teléfono. Después de terminar la lectura se me ocurrió algo que debía de haber pensado antes, usar el internet, Google, para ubicarla. Allí estaba su nombre con profusión de fotografías dominando su página. Escasos poemas suyos, y una mixtura de autores que denotaba lecturas desordenadas. Me llamó la atención el extendido muestrario de su rostro y figura. En varios escenarios y con poses llamativas, sentada, caminando, escalando, profusión de primeros planos mostrando su enigmática sonrisa guarnecida siempre de naturaleza, caminos, bosques. ¿Era soltera?, no lo afirmaba ni lo negaba. Por sus versos presumí que no, las casadas no escriben de esa manera, ¿o era un prejuicio estúpido? Además, quien tiene compañía usualmente restringe la exposición de sí misma o muestra a la pareja. ¿Se exhibía, buscaba y provocaba, así debía entenderlo? No sé, me dije, no hagas juicios anticipados, es poeta, cuidado.  Puse el libro debajo de mi almohada y me quedé dormido hasta que Fernando me despertó con sonoros toques a la puerta. Y, Danilo, ¿dormiste bien, te pasó el espanto de tu encuentro con esa chica, cómo se llama, garúa, creo? Idiota, Parwa, garúa, ambos terminamos riendo de la ocurrencia.

Durante largos tramos de la ruta, en parajes donde las llanuras se acentuaban, solitarios espacios que parecían variar de inclinación, recorría el encuentro literario al que no debería de haber llegado nunca, con los versos de Parwa y su figura atravesando mis manos y memoria. ¿Cuántos años tenía? Creo que no pasaba de treinta. Le pedí a Fernando que leyera el poemario, algunos párrafos, elígelos tú. Los leyó todos, esta mujer sí que conoce de sexo, dijo al terminar, ¿cómo será en la cama en verdad, tú crees que imite a sus versos? No lo había pensado, pero tenía razón, ¿eran sus poemas extraídos de su biografía? No sé, pero ¿dónde más podrían originarse las creaciones de los humanos? Llegamos para empezar el trabajo, que es rutinario en una mina, salvo cuando los procesos se atascan o una máquina se malogra. También ocurren accidentes, pero normalmente no son graves. Los sistemas de seguridad son lo mejor que tenemos. El campamento es agradable, tenemos un pequeño cine, gimnasio, salón de juegos, bar que sirve a todo el personal y comida de buena calidad. Las horas complicadas son las nocturnas, pasan lentas y me envuelven en ideas y ensoñaciones. La primera noche, después de mi regreso, envíe una señal de amistad a Parwa. Me respondió luego de un par de días. Su respuesta detuvo mis pensamientos, según los formatos establecidos estaba a un palmo de distancia, al alcance de mis palabras y razones extraviadas. Veré, dije, que encuentro detrás de su mensaje. Pude entonces escribirle y contar mis impresiones del recital, hablar de su poesía y también referirme a la mía. 

Norma me escribía a diario. No le respondía con la misma frecuencia. A veces eran consultas sobre algún proyecto. Hablábamos por teléfono por las noches; conversaciones cortas, amables, pocas veces sentimentales. Pensaba que tenía alguna distracción amorosa que le permitía manejar mi acentuada indiferencia. La verdad es que no me importaba si algo así ocurría. Tenía derecho de ejercer su libertad y no diseñar su existencia alrededor de un hombre que nunca decía amarla ni planeaba el futuro con ella.

Después de un par de mensajes con Parwa, pasamos a usar uno de esos medios que facilita internet. No era sencillo usarlo, su estrechez limitada mis oraciones a formulas convencionales; pero era lo que había. Me respondió sin premura; me dijo que le interesaba saber de mis versos y que podía enviarle un ejemplar usando un courier que tenía sucursal  a unas puertas de su casa; mientras te decides, envía tus trabajos por correo, y creo que tu opinión sobre mis poemas me parece exagerada, no me termino de convencer de sus virtudes; leo a cada paso poemas de calidad que  me dejan disminuida. Añadió que le agradaba los artículos que yo publicaba, los veo interesantes y novedosas. Preguntó por las fotos en Julcani; cómo es trabajar en esas alturas?, debe ser muy duro. Al principio, un poco, luego te habitúas y te parece el único lugar posible para vivir, le dije. Fue una comunicación directa y sin pretensiones de encubrir información; transparente, diría, con formas que no ocultaban mi nerviosismo.

Las siguientes conversaciones fueron más prolongadas y giraron siempre alrededor de los intereses que compartíamos por la poesía y literatura. Sus lecturas eran pocas, me llevaban a revisar mi teoría acerca del cultivo o del nacimiento espontáneo de las expresiones del arte; Parwa era la muestra de un talento que corre por la sangre. Al final de uno de esos diálogos pregunté por su teléfono. Sí, te lo doy, respondió sin oponer barrera alguna. La llamé luego de un par de días. Recuerdo que terminaba la tarde y estaba en mi habitación releyendo una novela de Manuel Scorza, cuando decidí buscarla. Su voz era fina, delgada y de limitada resonancia, fluida en su conversación y menos compleja de lo que imaginé en un principio; usaba un lenguaje sencillo, nada parecido a los giros idiomáticos que mostraban sus poemas. Contó que estaba ocupada con los quehaceres de la casa. Tengo una hija y un esposo, explicó. La escuché sorprendido, la gente no se casaba tan temprano en esta época y menos tiene hija. Así son las cosas; es mi suerte, explicó. ¿Su suerte? No hay suerte donde se ubica una decisión, pensé. La información me sorprendió, afectaba la idea de establecer vínculos con una poeta libre para tomar decisiones, conversar o escribirle sin las barreras que suscita una compañía permanente. Soy libre, respondió, todos lo somos, nadie está sujeto a una persona en contra de su voluntad. Con R., así llamó a su pareja, tenemos espacios personales muy amplios. No volví a tocar el tema en las siguientes conversaciones, pero la noticia restringió la frecuencia de mis comunicaciones. Me preocupé de no importunar o ser un intruso en su relación con R. Dejé de llamarla o escribirle en el tiempo que me mantuve en la mina antes de mi siguiente descanso; apenas intercambiamos cortas notas protocolares.

Estuve en Lima diez días, sin ánimos de pasar la temporada con Norma, tampoco ella insistió para juntarnos. Nos vimos con frecuencia, fuimos al cine, estuvimos en la presentación de un libro y le ayudé a cerrar una propuesta para hacer un estudio de impacto ambiental para una carretera en Huaraz. Útil y positivo mi paso por Lima. Como era usual, visité a mis padres y me quedé a dormir una noche con ellos. Fue el momento que recibí la llamada de Parwa. Me extrañó, notas cortas muy espaciadas nos habían vinculado por esos días. Me había contenido de llamarla o escribirle un par de párrafos. Pensaba en ella con insistencia, era cierto, pero tampoco deseaba pasar el límite que tiene un simple interesado en su poesía y vida. Preguntó por mi desaparición y contó que estaba pasando unos días en Huancayo extendiendo una invitación, ¿conoces Apata?, allí estoy, en casa de una hermana, antes estuve en un recital en la Universidad. Sí, conocía el lugar, había hecho recorridos vacacionales por toda la zona central. Conversamos del tema y algo de nuestras biografías. Parecía con deseos de hablar. Me explicó que podía haber elegido a otra persona para conversar, pero le interesaba decir que le había gustado el par de poemarios que le envié. Te advierto que yo no soy de análisis, siento los versos, escucho sus cadencias y formas, no hallo palabras para explicar las sensaciones que me producen; soy así en todos los momentos de mi vida, no pienso las cosas, Danilo, capto energías y las interpreto a mi modo, como puedo. No soy como tú, que piensas todo. ¿Y cómo sabes que pienso todo? Por tus preguntas, tan curiosas siempre, por las ideas que después te escucho, es lo que siento, analizas cada cosa; yo no sé cómo hacerlo.

Me hizo un resumen de su biografía, contó que los poemas no estaban inspirados en su pareja sino en alguien que había amado antes de comprometerse con R que la había dejado tendida en el arroyo; fue la expresión que utilizó, y lo expresó junto a una sonrisa intranquila que la mostraba aún afectada. No estamos casados, me dijo, no nos interesa ese vínculo, tenemos un buen tiempo juntos. No me parece que tu interés en unos versos sean razón suficiente para que alguien como tú me llame, ¿quién es alguien como yo?, pues un hombre soltero y con libertad para pasar momentos con alguien sin compromisos, no como yo, mujer comprometida y con problemas hogareños que resolver. No sé, le respondí, hay razones que son incomprensibles. Se quedó en silencio por un largo momento y luego explicó que yo le llamaba la atención y que mi voz le transmitía confianza y paz, ah, y tus versos no están mal. ¿Qué te llama la atención? No sé decirlo, respondió, tus intereses de ingeniero y literato, esa cosa racional y soñadora que muestras, es raro, no la conocía. La conversación de aquella noche fue una señal distinta y orientaron las decisiones que aparecieron después.

Terminaron mis días de descanso y comencé la rutina del retorno. Esta vez no hice la parada que acostumbraba en Huancayo. Cubrí la ruta de un tirón. Norma, la noche anterior a mi partida, me dijo que debería buscar un trabajo que me dejara en un solo lugar.  Le respondí que en realidad trabajaba en un solo lugar, que era lo que había hecho desde que egresé de la universidad y ya eran quince años de hacer lo mismo. No insistió, tú sabes lo que haces, concluyó. Me dediqué a pensar en mi relación con Norma durante el viaje; el cariño inicial se había ido  diluyendo con el tiempo hasta convertirse en una rutina que ya me cuestionaba, no era lo que buscaba en mis compañías, prefería la tensión inacabable, suave tensión, claro, que le confería intensidad impredecible a las relaciones. Me había enamorado una sola vez en el pasado. María Ángela era una mujer algo mayor que yo, mi Jefa de prácticas en la universidad; imagen de la mujer perfecta, competente en su especialidad, guapa, de buen ánimo, emocionalmente estable. Las cosas surgieron durante las continuas visitas a su oficina para consultarle temas del curso. Un día, mis compañeros se fueron y me quedé a solas con ella; allí surgió la relación, con el beso que nos dimos ese día. Ocultamos el vínculo por algún tiempo, evitando problemas con su trabajo. El amor brotó con rapidez, me acomodé a su forma de ser con la sencillez que brota de lo natural y espontáneo, después de unos días no tenía otro objetivo que establecerme con ella. Tuve facilidades para conseguir trabajo en una minera, pero también pensábamos en instalarnos en el extranjero, conseguir una beca y vivir fuera del país. Hacíamos todo juntos, nos interesaban las mismas cosas y nuestro entendimiento alcanzaba niveles de correspondencia que no había alcanzado con otra mujer. Pero todo acabó de la manera más abrupta imaginable. La descubrí teniendo sexo con un tipo que era también mi profesor. Fue en su departamento, una noche de juerga entre amigos y que se suponía haríamos cosas distintas. Ocurrió que, después de toda la farra, sentí deseos de pasar la noche con ella. Olvidó que yo manejaba la llave. Verla encaramada sobre el sujeto es una imagen que no he podido borrar de mi memoria. Les hice notar mi presencia y luego desaparecí como entré. Es una escena que aún me acompaña, ha dejado una estela de desconfianza que ha impedido volver a confiar a plenitud en una relación. Después María Ángela me buscó y quiso explicar lo ocurrido, es un error, dijo, te amo y no fue más que una calentura, que sea tolerante. No tuve disposición de olvidar lo sucedido y de construir un hogar sobre un error de ese tipo. Luego, no respondí a ninguna de sus cartas ni llamadas telefónicas; creo que el amor es algo que nunca necesita pedir perdón. 

Cuando pasé por el desvío a Cerro de Pasco, pensé en tomar esa ruta y buscar a Parwa; sí, lo pensé como si se tratara de algo tan sencillo como tocar su puerta y preguntar por ella. Me detuvo reparar que quizá continuaba en Apata con su familia, además era una  idea peregrina, hasta idiota. ¿Por qué pensé en algo semejante? Apenas la conocía, tenía familia, una pareja a su lado. No quise pensar en las explicaciones, pero sí sentía que algo muy distinto había empezado a rondar a mi alrededor

DOS

Hacer la ruta no era cansador para  mí, la conocía de memoria y disfrutaba de esas horas que sentía de mi absoluta propiedad. Me gustaba la sierra, quizá por las temporadas que pasé en Celendín, en casa de mis abuelos paternos. Viajaba después de la navidad a pasar el año nuevo con ellos en medio del bullicio de los petardos y las comparsas de músicos que recorrían el pueblo. Mis padres llegaban a mediados de enero y el retorno se programaba para los últimos días de marzo. Atendía en el almacén de mi abuela y, con frecuencia, acompañaba a mi abuelo hasta Balsas, a orillas del Marañón; llevaba granos, carne seca, ropa, y compraba tinturas, cueros, yuca, tejidos, que llevábamos a Cajamarca. Tenía compradores conocidos que agotaban la mercadería muy pronto y teníamos tiempo para ir a los Baños del Inca a retozar el resto del día; en medio del calor de las aguas me contaba partes de la historia del Perú y me hablaba de sus padres y abuelos; se sentía orgulloso de contar que uno de ellos había combatido en la guerra con Chile. Con su muerte acabaron las visitas a Celendín y los viajes a Balsas. Mi abuela lo siguió al poco tiempo. Los hermanos de mi padre dispusieron los bienes y aquellos parajes desaparecieron del mapa familiar, pero nunca de mi vida.

La geografía de la ruta huanca era distinta del camino a Celendín, más bronca y arrugada y fiera, con heridas que la minería dejó marcadas en las cordilleras. Pensé varias veces en comprar algo de tierras en esos parajes y dedicarme a la agricultura y ganadería; en realidad no tenía vínculos con Lima, excepto mis padres, no tenía hermanos y me mantenía un poco alejado de amigos de colegio y la universidad; no sentía que Norma era un puerto que debía conservar. Seguí la ruta imaginando cómo se vería una pequeña casa en medio de esos paisajes, empezar una nueva vida. Era posible, ¿por qué no?

Me detuve en Huancavelica y esta vez ingresé a la iglesia. Me senté en medio de la nave central abrumado por las dimensiones que tenía la fe, capaz de construir tamaña edificación y mantenerla viva. Sentí envidia por los creyentes; nunca pude engarzar alguna idea religiosa; la devoción que observaba en mi madre nunca pude imitarla y tampoco ella se esforzó por conseguir mi conversión. Decidí comprar un cirio y lo encendí en medio de las numerosas y espigadas elevaciones de cera que alumbraban el reciento. No sé por qué lo hice, no murmuré rezo alguno ni expresé deseo particular, solo me detuve ante las parpadeantes velas que me hicieron pensar que calcinaban partes de mi vida con fuego eterno; imaginé que los cirios más lejanos eran cánulas que guardaban poemas que se incineraban para siempre. Retornando a la plaza pensé que la liturgia que había hecho estaba relacionada con la culpa que sentía por haber establecido distancia emocional con Norma. Me sentía culpable, el vínculo estaba quebrado, irrecuperable. No importaba cual sería el resultado de lo que ocurría con Parwa, ya no podía tener la serenidad suficiente para mirarle al rostro y seguir fingiendo que había aparecido un foso profundo entre los dos.

La combustión de los cirios me hizo pensar en la mezcla de versos e ingeniería. No podía explicarlo, era como una relación clandestina que hacía mi vida verdadera, la escogería como también evitaría la luz de lo predecible para elegir la oscuridad del amor prohibido. Estaba seguro de que no hubiera podido estudiar literatura y aprender a interpretar textos orientado por teorías y conceptos. No, no era posible adquirir destrezas sentado y escuchando a un aburrido profesor, eso creía. Y las conversaciones con Parwa me hacían dar cuenta de que estaba en lo cierto, el talento para escribir versos no se halla en ninguna biblioteca ni puede ser aprendido. No era una mujer elemental que podía ser interpretada con una sola lectura, era universitaria, administradora de empresas, pero no había asistido a ninguna preparación para hacer poesía; lo suyo era un torrente natural de lava volcánica que aparece sin señalar curso ni mostrar origen exacto. Ahí estaba, existía para ser oída, interpretada como mejor considere cada lector. Sus versos eran escabrosos, con elevaciones y llanuras que se unían en abismos y oscuridades; tenían claras alusiones al amor carnal, pero no era posible decir que transmitían lascivia o pretendían encender deseos primarios o subalternos; eran un canto al amor no correspondido, a la distancia del hombre que se une a una mujer pensando en otros mundos, con la amante  urgida de suplir esa ausencia creando pasión doble para el amado, suplir la animalidad de la compañía.  Le envié varios poemarios que supuse no serían fáciles de conseguir en librerías huanuqueñas.

Me enfrasqué en mi trabajo tratando de desterrar la urgencia que tenía para pensar en ella; la compañía había comprado un nuevo horno de fundición y se requería la ayuda de todo el equipo de dirección y los obreros para concluir bien con el proceso de instalación. Fue algo que comprometió mi tiempo durante varias semanas.  En ese período no salí de Julcani excepto para unos trámites que la mina me encargó hacer en Huancavelica. Fue un par de días. Usé el momento para enviarle libros a Parwa, algunos nuevos y otros que mantenía duplicados en mi biblioteca.

Parwa me timbraba o enviaba mensajes cuando estaba libre de tareas, en algunas ocasiones también lo hacía yo, pero prefería que ella tomara la iniciativa para evitar problemas con R.  Mencionaba que me despreocupara de eso porque no se mostraba curioso con ninguna conversación que ella tenía. Conservaba dificultades para entender esta historia. Pero, tenía que creerle. No puedo recordar ningún diálogo en especial porque todos contenían una tensión que nos juntaba en un espacio secreto y desconocido; era en los silencios cuando el contacto se acrecentaba, se trataba de momentos en que la ausencia de sonidos nos explicaba que estábamos unidos por fuerzas que los dos desconocíamos; cuando callas, decía, escucho tus latidos. Cuando hice comparaciones con mi pasado no hallaba similitudes con ninguna experiencia anterior; me acompañaron amores pasajeros que pasaban pronto de la ilusión inicial a la indiferencia; nunca pude superar inconvenientes que presagiaban desentendimientos futuros, no era que tuviera un molde que ajustara todas las experiencias, exigía correspondencia en aspectos  que consideraba importantes: interés por la lectura, preocupación por los problemas del país, formas educadas para todas las circunstancias, aún para las discusiones, vinculaciones familiares llevadas en armonía, independencia económica y emocional, en fin, un listado de temas que los enuncio ahora para ordenar mis pensamientos y no porque los tenga impresos como decálogo que cotejara virtudes y defectos. Son cosas que se sienten y que no requieren ser examinadas como escalas de admisión. Toda la ordenada enumeración de temas se desgranaba en el contacto con Parwa como cuentas de un rosario en que cada anhelo cultivado perdía su importancia cuando sentía que eran naturales en su personalidad. No deseo hallar palabras rebuscadas que expliquen lo que sentía, ella me completaba, residía en todas mis dificultades para enlazarme con los demás, y no en los hechos cotidianos y rutinarios sino en aquellos que no lucen en la periferia de nuestra personalidad y que están escondidos en los intersticios de lo que somos; es lo que nos constituye, es el habla interior.

Leer su nombre en la pantalla me generaba alteraciones que parecían conducirme a las áreas de neblina del Carhuarazo y otras elevaciones que rodeaban Julcani. Retornaba cuando escuchaba o leía sus palabras: hola, ¿cómo vas? Las conversaciones nocturnas eran más íntimas y también más prolongadas; no necesitaban ser extensas, en pocos minutos ella recibía datos de mi pasado y mis planes para el presente. Se resistía a hablar del futuro y muy poco del presente. El hoy se vive y no se comenta, el futuro no existe, mencionaba, nunca se hace realidad, son sueños; háblame de tu niñez, de tus amores, dime cómo se purifica la plata, cuéntame de tus padres. Ella respondía similares interrogantes e íbamos formando juntos una enciclopedia de sucesos personales que, decíamos, nunca habíamos compartido con nadie. Poco a poco, como el día y la noche, el río y sus márgenes, nos fuimos haciendo necesarios. Todas las conversaciones tenían un nivel de comunicación que me conducían a niveles de calidez desacostumbrada, podían ser rudas también cuando rechazaba aceptar ideas que deseaba dejar instaladas en ella, pero eran siempre intensas, alejadas de la placidez complaciente. Era muy cauta para hablar, callaba y guardaba sus sentimientos más íntimos. Es la vida que me ha enseñado a ser así, Danilo, he tenido una infancia y adolescencia muy complicadas. Por eso escribo, por las cosas que he visto en mi hogar, y  vivido también. Nunca quiso detallar esas experiencias. Entendía que eran muy difíciles de contar por los silencios que rodeaban algunas descripciones de su padre; se percibía oscuridad alrededor de sus palabras cuando hablaba de esos días. Pero nunca debilidad, tampoco resignación.

Fue algo natural hacernos necesarios el uno al otro, sin planes ni exigencias, me fui involucrando con la vida de Parwa y ella en la mía hasta el punto de que no pasaba un día sin establecer algún tipo de contacto. Una noche tuvimos una extensa conversación; R. ha salido, me explicó, y mi pequeña duerme. Te confesaré algo, dijo, sí me percaté de tu presencia en el recital de Huancavelica; me fijé en ti, me invadió una sensación extraña, sentí que aparecía una orden que decía: conoce a ese hombre, conócelo y para evitar el mandato de esa voz, me retiré pronto de la mesa y desaparecí por las escaleras. La escuché sorprendido, cotejando la semejanza de nuestras sensaciones, inquieto por darle una explicación racional. Tus matemáticas no sirven para entender estas cosas, nada más siéntelo, cuando intentes explicarlo se irá la magia y se dibujarán los códigos, las leyes. Le pregunté por qué había ocultado escena tan importante. No, nunca oculto nada, las guardo para no exponerme a ser usada o mal interpretada, no me gusta parecer amorosa, o mostrar debilidad; no sé, tengo la impresión que usarán mi transparencia para condicionar mis decisiones. Yo no limitaré nunca nada de tu vida, le respondí, porque amo también mi libertad y lo que siento por ti es algo más grande que todos los sentimientos que he podido acumular. Fue el momento que escuchó que la quería, que había invadido mi vida desalojando todo lo que hasta entonces contenía; te has convertido en el centro de mi existencia, le dije. Se mantuvo callada, no recibí señal ni opinión que me dijera lo que pensaba. Creo que tenemos que despedirnos, dijo, con la voz entrecortada; hablaremos otro día. No le reclamé su ausencia; no me importó lo que ella sentía, había dicho lo mío sin cálculo ni esperando respuesta semejante. Creo que el amor se entrega y punto, si alguien lo recoge no debe ser por compromiso u obligación; ella debe conservar y entregar su amor como un acto de complementación perfecto. Me quedé dormido pensando en lo que había ocurrido conmigo desde el recital en Huancavelica y en mi confesión de esa noche, tratando de ordenar los días tan pronto consumidos, escuchando su media sonrisa, la violencia que atisbaba en su carácter y el esfuerzo que hacía para evitar que se asomara en los diálogos. Se lo hacía notar y me respondía que en ella se juntaban dos rostros y dos personalidades; a veces me temo yo misma, puedo ser muy cruel en ocasiones, es algo que tengo que trabajar mucho, tú me estás ayudando a entender esos procesos, por eso te pido que no te apartes de mi vida, ¿podrás soportar a esta luna lunera que te acompaña como si esperara ver magos e ilusionistas que me enseñen el camino verdadero? Sí, hay magia en nuestra ruta, Parwa, arlequines que declaman, sonidos de la tierra, ríos de colores, los estamos encontrando. Después de esas rápidas conversaciones, me detenía a pensar en el encuentro que tendría con Norma en mi próximo retorno. ¿Le explicaría que me estaba envolviendo un amor extraño y complicado o solo tenía que alejarme sin dar razones? Tendría que decidirlo, seguro que en la ruta hallaría la mejor solución. Parwa, sabía de Norma, pero nunca preguntó por mis sentimientos ni por mis planes con ella. Parecía establecer una especie de cordón sanitario en torno a todo lo que podía conducir a preguntas sobre la estabilidad de su relación o el tipo de enlace que mantenía con R. Eran sus temas, inaccesibles para mis preguntas o inquietudes.

Había pensado no llamarla, inclusive dejarla de buscar, ya había ejecutado mi travesía y me parecía suficiente; su silencio ante mis palabras expresaban más que cualquier declaración, no piensa alterar sus rutinas familiares por ninguna razón externa; quizá ya había pasado por una experiencia semejante y sabía bien cómo manejar los hilos de una relación paralela; no sé, son tan secretos los mundos interiores. Pero lo cierto es que Parwa era una mujer con problemas y compromisos; no podía pedir más de lo que había recibido de ella.

Me sorprendió escuchar su voz la noche siguiente en hora familiar para ella. ¿Estás libre?, preguntó, sí, le respondí, leía un poco. Escucha, he salido aquí, al malecón, para hablar contigo, el río está a un paso, ¿lo conoces?, es hermoso, enorme, apenas veo la otra orilla y la fuerza de la corriente debes intuirla, se desplaza por mundos subterráneos, casi como somos los humanos, ¿no te parece?, creo que vivo aquí solo por contemplarlo, a veces se desborda y aprovecho para remojar mis pies en aguas que vienen de otros mundos, le respondí que conocía su río, que también me había hecho sentir diminuto, pero oye, no te he llamado para hablar de aguas y dioses, escucha, ayer me dejaste sin palabras, me emocioné, no pensé escuchar algo semejante, de verdad, te veía tan controlado, tan en tu lugar, pero te contaré algo Danilo, del momento del recital, ocho de agosto, ¿lo recuerdas?, seguro que no; ya, pero bueno, lo que me dejó ese momento fue un deseo extraño por saber de ti, conocerte, es cierto, aunque no lo creas, me es muy difícil admitir cosas así, no sirvo para tanta sinceridad, pero lo haré ahora, yo te amo, y no entiendo en verdad cómo he vivido tanto tiempo sin este cariño, sin tu compañía. Mira, no te sientas creidito, rio al decirlo, pero no tengo tiempo para decir más, conserva mis palabras junto a ti para toda la vida. Hablamos y, recuerda, no es una obligación buscarnos. No pude responderle, me dijo que no podía seguir hablando. La habitación que ocupaba me pareció el escenario del mundo, el sillón que me contenía  se había convertido en el asiento del bienestar. Sentí que el mundo flotaba y giraba alrededor del universo y que yo lo acompañaba, junto a Parwa.

TRES

¿Por qué Parwa? le pregunté, tenía otro nombre antes, es reciente, va con el  tiempo de mi poesía, empecé a escribir después del accidente amoroso que conoces, no hace mucho en verdad, pensé que  era necesario cambiar, y entonces hallé este sonido, ¿no es bonito tener la flor del maíz como nombre?, es un penacho gris blanco que refleja una blanda luz  que se mece como danza leve y musical en la cima de los maizales y, junto a todo esas  sensaciones, está la melodía de las hojas que la naturaleza armoniza; no tengo rastros de mi nombre anterior, ¿crees que debo seguir un proceso judicial para usarlo con propiedad? No supe si bromeaba, le respondí que su poesía se encargaría de legitimarlo, ¿tú crees, por qué tienes ese juicio de mis versos?, porque me interpretan, son voces que brotan del aire de la tierra, de los cuerpos heridos que nunca se rehabilitan, por eso.   Serás famosa Parwa, no lo olvides, solo haz tu tarea.

Iba describiéndole el camino, me apeaba en un recodo de la ruta y le decía lo que observaba; atravesaba Huayocachi, y veía brotes de piedra caliza en medio de tierra intensamente roja, los colores parecían construidos para traducir la belleza; había pasado Imperial y Sapallanga, Huancayo no estaba distante y la geografía que me esperaba después de ese paso no sería la misma, era agreste y las heridas de las cordilleras se mostraban como llagas incurables; me gustaría vivir por estos parajes, me sentía parte de la geografía, de su gente, del colorido y música que pintaba todo lo que hacían. Vería con calma, era necesario pasar un tiempo visitando cada lugar para decidirme y también consultar con gente que conocía la zona.  Los cerros verdeaban con las lluvias de verano y mi ánimo contenía muestras de angustia y bienestar; la conversación que me esperaba con Norma me provocaba tensión y malestar en el estómago.

Me detuve en Huancayo un par de horas para almorzar y visitar una oficina de corretaje, quizá hallaría alguna propiedad rural en venta. Se sorprendieron del pedido, no era usual que alguien buscara tierras de esa manera, aquí los terrenos de cultivo son buscados por el propio agricultor; sin embargo, dejé mis datos y me avisarían si encontraban algo que me pudiera interesar, algo de cinco hectáreas como máximo y que no sobrepasara el monto que, estimaba, recibiría por mi retiro de la empresa. 

Al trasponer Ticlio, empezaba a sentir las señales de Lima, la geografía oscurecía y los abismos tenían nombre. No era amable Lima conmigo, los años de trabajar fuera me habían indispuesto con el ruido, la velocidad de los días y esa nube gris oscura que parecía almacenar hollín me fastidiaban cada vez más. Y lo de Parwa influía bastante, el apego que tenía por las cosas de su entorno, la forma en que se movía por esos lugares, un día en Cerro, otro en Huancayo o Jauja, Concepción, descorrieron el velo que ocultaba lo cotidiano; la humana rutina que no había apreciado antes.

Norma me ubicó apenas desempacaba mi equipaje, ¿llegaste, nos veremos hoy, puedes? Le dije que me sentía agotado por las diez horas de viaje y que lo dejáramos para mañana. Te visito, ¿te parece?, respondió, no tendrás que moverte. Acepté, pero no sería el momento para hablar de mis cosas. Terminaba de ducharme  cuando se asomó por mi habitación. Nos abrazamos con afecto fraternal, sin el fulgor de los primeros tiempos y caminamos hacia la terracita que colinda con un parque, un par de sombrillas hacían que el lugar resultara acogedor. Llevó una botella de vino que nos gustaba, Malbec bien tinto; luego, sobre la mesa redonda de vidrio, desplegó un piqueo de queso, jamón y aceitunas. Le conté las novedades de la mina, lo bien que había quedado el nuevo horno, la satisfacción de la gerencia que parecía pensar en un ascenso para mí, me contó del proyecto de Huaraz y del par de viajes que había tenido que hacer, ah, dijo, tengo un cheque para ti, te lo haré llegar, relató la visita que había hecho a mis padres; le conté que había empezado a escribir un nuevo poemario y me pidió que le adelantara algunos versos. Luego de dos medidas de vino leí un párrafo: así ando / con dolores y niebla / con puñales  tersos / que toman mis ojos / mi lengua, labios y dientes / y tocan con su filo / el ultimo perfil de mis certezas. 

Acarició el borde de su copa, dio unos pasos y  se apoyó en la baranda de tubos de fierro, mirando mis apuntes. ¿Quién te provoca dolores y niebla, no soy la causante, claro, para quién es el poema, a quién le escribes?, es un amor que parece te cobrara la vida, imagino que lo demás tiene el mismo sentido. ¿De quién te has enamorado, Danilo, de quién? No respondí, no era el momento de conversar, no había definido lo que iba a callar. Seguro que no hablarás, pero yo sí te diré algo, parece que nos hemos enamorado, me ha ocurrido, quiero que estés informado, no me reproches ni me juzgues, nuestra relación estaba agotada y, bueno, me ayuda saber que tú vas por el mismo camino. Mi silencio era más elocuente que cualquier respuesta afirmativa, era mejor una sola declaración, era suficiente; ¿quién es?, se llama Francisco, vive en Huaraz, maneja temas del medio ambiente en el gobierno regional; estás liberado Danilo, apenas te acordabas de venir por aquí, y cada vez más distante, ¿qué podía hacer?, reclamarte no era posible, vives tus mundos y prioridades. Lo siento, es probable que me traslade a vivir a Caraz. ¿Tú, tienes algo que contar?, no, le respondí, nada que contar, solo agradecer tu sinceridad, presentía que esto ocurriría, no te puedo reprochar nada, en realidad creo que tengo parte de culpa, necesitas alguien que te acompañe bien y yo no soy esa persona, te entiendo, ha sido bueno el tiempo compartido contigo y está bien separarse sin tragedias. No dijimos más, nos rodeó el silencio, acabamos el vino y  me dijo que sacaría cosas que tenía en la habitación. Armó un pequeño maletín y nos despedimos con un abrazo silencioso. Me deseó suerte cuando se disponía a dar el primer paso en el elevador.   

Cuando la vi atravesar la vereda y alcanzar su auto, a unos metros de la puerta del edificio, cubrí mi rostro con las manos y emití un sollozo de animal herido que después se convirtió en llanto incontenible. No lloraba por Norma, se trataba de un dolor humano que había acumulado por todo el tiempo de mi existencia; mis espasmos mostraban las aguas del Marañón que había saboreado con la soga de amarre rodeando mi cintura y el extremo envuelto en las manos de mi abuelo, la figura de María Ángel meciéndose lúbrica sobre mis restos, las soledades de la geografía que recorría cada mes, era un llanto por Parwa y el amor que presentía áspero, silvestre, complicado, era un llanto anticipado de todo aquello que estaba seguro me esperaba entre los pliegues de la poesía de una mujer que se empezaba a mostrar personal y difícil, propietaria única del mundo. Cuando pude calmarme, revisé unos versos para ella: la detallaba en sus ropas / también su mirada / lo hacía con exacta precisión /  copiaba sus besos / la ternura de sus palabras / sus ausencias / y las cartas que no escribía / retazos de sus huellas /cuando la vida nos distanciaba / las guardaba en hojas envejecidas / que conservaba en mi pecho dormido / algunas veces, oía su voz / sentía sus latidos / me tocaban sus silencios / caminaba sobre mis mundos / prohibido de conocerla.

Tuve un sueño intranquilo aquella noche, desconecté mi móvil, encendí el televisor y, mientras las imágenes se desplazaban inconexas frente a mis ojos, pensaba en las distintas formas de vivir mis meses siguientes. No evité mirar el pasado y no fui benévolo con la poca claridad que había tenido para organizar mi existencia. Después de María Ángel tomé con apuro la oportunidad de trabajar en Julcani; no fue difícil ser contratado, no son muchos los  ingenieros que se animan a recluirse en lugares tan apartados; después tuve que afrontar un largo proceso de adaptación que, en muchos pasajes de esas semanas iniciales, provocó la idea de abandonar el proyecto; Georgina, ¿qué será de ella? Ccochaccasa, domingo de feria, puesto de artesanías, elaboraciones personales que recreaban la maestría de los antiguos para trabajar la arcilla, profesora del colegio, sin ella no hubiera podido superar el aislamiento que me instaló una depresión que supo entender, tengo el remedio, dijo muy segura.  Me enseñó a escalar cumbres elevadas, el Tastajasa, Atojhuachanan, aprendí a usar piolet, crampones, cuerdas, organizó caminatas a Callanmarca, Acobamba, Secclla. De repente, un fin de semana desapareció, hace unos días que no está, me dijeron sus padres, consiguió su traslado a Huancayo, ¿no le dijo nada?, no, no lo sabía, respondí, explicaron que no sabían su dirección. ¿Qué será de ella?, Norma, me ayudó a definir mi verdad, buena ella, me quería con reservas, como yo, tomó la mejor decisión, ¿cuál es la verdad de Parwa, qué busca de mí, ama a R., qué la vincula a él, por qué busca compañía fuera de su hogar, soy el único, a qué se debe sus largos silencios, habla, conoce otros hombres, quién, qué es ella? Llegó del cielo Georgina, me unió al único territorio que  no sabe de flaquezas o desanimo, las rutas que trajinamos, los horizontes que observaba desde las cumbres junto a su prédica por la naturaleza y los rituales que hacía en esas cúspides, me ayudaron a salir del momento oscuro que me invadía. Decidí quedarme y a aceptar que esas tierras tenían que ser parte de mi experiencia. Ascendí con prontitud hasta llegar a superintendente, de allí a la subgerencia y luego la gerencia de operaciones; necesito aislarme, estar solo sin que nadie me interrumpa, saldré de Lima, me iré a Supe y conoceré Sechín que hace tiempo está en mi agenda, no quiero estar aquí, con los recuerdos de Norma y esta morriña que viene de la poesía de Parwa. 

Llamé a mis padres temprano, me invitaron a almorzar, les dije que pasaría  unos días en una playa del norte. No hicieron comentarios, les pareció bien, mi madre halló la ocasión de hablar de mi futuro, ¿qué piensas Danilo, porque no formalizas con Norma, tienen hijos y sientas cabeza? Le respondí que sí, que lo pensaría, que no se preocuparan, sí me preocupa, tienes cuarenta años y no te veo con ánimo de aquietarte. Sí, claro, madre, eso haré. ¿Qué pensaría si le explico que me he enamorado de una mujer casada, con hija, poeta y libérrima, difícil, complicada? No le produciría espanto, sin duda, pero le preocuparía.

Ubiqué un alojamiento, modesto, de pescadores, cerca a la Caleta Vidal, lo único que hacía era solearme en la playa, comer los preparados de la señora Carmen, que tenían una combinación de recetas acreditadas que ella transformaba con añadidos que las hacían insuperables, leí mucho, fui a Barranca, a Supe, a los restos arqueológicos de Áspero, Sechín. Conversaba con Parwa, pero no con la frecuencia de antes. Le llamó la atención mi alejamiento, le dije que no tenía que ver con ella, sino con la necesidad de estar solo, pensar, ¿qué tienes que pensar tanto, Danilo, las cosas son o no son, punto, no, no para mí, las cosas pueden ser o no, las cosas pueden suceder o no, de eso se trata, pensar lo que te conviene. ¿Qué te conviene duende malo de las minas, señor de los socavones?, ¿le convengo yo? No sé, le respondí, no lo sé, estoy aquí para averiguar eso. Se rio, con esa sonrisa que podía ser placer y desafío.

Retornando a Lima, en la cinta interminable de la Panamericana, le dije que necesitaba verla, que iría a Huánuco en unos días para encontrarnos. Se sorprendió y se opuso a mi decisión, no, no está bien que vengas, quizá no pueda verte, tú sabes, R., mi niña, mis consultorías, no creo que sea buena idea. Le respondí que era necesario vernos, que habíamos avanzado tanto en nuestros contactos que necesitaba conversar con ella, ubicarme, definir mis días. Parwa, escucha, yo no juego, estoy en esto por algo importante, si tú quieres jugar, no lo hagas conmigo, dímelo y estaré fuera de tu vida, ¿por qué lo dices?, por tus largos silencios, tus evasivas respuestas cuando hablo de estar juntos, por tu afán de ocultar tus sentimientos, de aparentar que no me amas e ignorar que te amo y que estoy dispuesto a hacer una vida contigo, por todo eso te lo digo. 

Dejó de buscarme hasta que retorné a Julcani. Me llamó en medio de una reunión con la Gerencia, espera le dije, no, escúchame tú, es corto, voy a la cita, me dijo, dime dónde y ahí estaré. Suspendí la llamada, pero era claro que había aceptado encontrarnos. Me sorprendió, pensé que nunca llegaría  ese momento. En la comunicación nocturna, me dijo que me esperaba en Huánuco, que su dirección estaba cerca del malecón Leoncio Prado, jirón Damaso Beraún, a unos pasos de la iglesia San Cristóbal. Ah sí, el Huallaga está cerca. ¿Saber sus datos significaba pasar por ella y luego dar un paseo por el malecón?  No pude encajar las partes de la historia, ¿cuándo, en dónde con precisión, y R.?

No, todo estaba claro, había aceptado reunirse conmigo, encontrarnos, hablar y, seguramente, hacer el amor. Poca cosa, pero ¿era lo más conveniente, idiota, qué dices,  encontrarte con el amor es siempre  lo más conveniente, o no?

CUATRO

Fueron días intranquilos, con dificultades para concentrarme, pensando en el encuentro y sus efectos en lo que vendría, ¿qué ocurriría después de conocernos y dejar de lado las formas  que nos habían unido, la inicial jornada de poesía se podía convertir en una referencia inalcanzable para acomodar momentos ya alejados de la cómplice magia de los versos; trataba de  contagiarme de los modos que tenía Parwa, acomodarme en el día a día, restarle importancia a todo pensamiento puesto en el futuro,  pero tratar es distinto que lograrlo, más fuerte era mi afán de imaginar escenas de hogar, lecturas compartidas, caminar senderos personales, el trabajo familiar. Perdí peso en esos días, Fernando lo notó, estás delgado, ¿qué ocurre, parihuana te mete en problemas? Parwa, inculto, se llama Parwa, festejó su ocurrencia con una risotada que no pude dejar de imitar, es que tiene un nombrecito que suena a comida, ¿no te parece?, mejor se hubiera llamado tarwi, de frente. Tuve que levantarme de la mesa para reír sin incomodar a los compañeros que almorzaban en mesas cercanas, él prefirió seguir riendo en su lugar.

Sí, andaba en esa nube y había perdido el apetito, creí que era el motivo para caer enfermo por varios días, una especie de gripe maligna que me retuvo en cama con tos persistente y temperaturas altas; el médico ordenó exámenes adicionales que me los haría en Lima, en el próximo viaje. Sí, dijo, mejor, así sabremos de qué estamos hablando, no dejes de hacerlo, pronto.  Para mí, se trataba de la fina garua esparcida por una mujer que parecía dominar los escenarios del presente y ninguno del futuro y que no compartía el mismo compromiso emocional que me retenía por todos mis costados. En otros instantes, más tranquilo, pensaba que era errado juzgar de ese modo y que la explicación tenía que ver con temperamentos diferenciados, nada más. Un día  de preguntas por sus planes dijo que  no los hacía porque nunca se cumplían, que la vida se iba acomodando a nuestras necesidades, te preocupas mucho, Danilo, ¿acaso no es suficiente estar hoy aquí?, hablar, sentirnos cerca, mañana no estamos, entonces deja que las espigas crezcan, solitas te mostrarán si son centeno o trigo, ¿acaso porque los observas, serán avena?, no, las cosas serán lo que tienen que ser si las dejas funcionar como se debe.

Recuperado de mi postración decidí el fin de semana siguiente volver a  Ccochaccasa, y quise hacerlo a pie, yendo despacio llegaría en cuatro a cinco horas. Quería saber de Georgina, de su familia. Animé a Fernando y dos compañeros más; salimos  al amanecer pertrechados con fiambre y agua suficiente. La primera parte, menos empinada, la pude hacer bien, pero luego me resultó muy difícil continuar al mismo ritmo que los demás, sentí un agotamiento inusual; la travesía se hizo larga y llegamos a destino terminando la tarde. Averigüe que Georgina seguía en Huancayo y  obtuve su  dirección, compré un par de ceramios que se exhibían en la casa de sus padres, sí, dijeron, sigue con el arte, no lo deja, en Huancayo tiene mejores muestras, búsquela. Sí, la buscaría. El regreso lo hice a caballo, préstamo de los padres de Georgina, me acompañó su hermano en otra cabalgadura.

¿Me ubicas?, apareció su señal, salí del área de mesas concentradoras para llamarla. Quería saber de ti, y hablar del encuentro, me acaban de invitar a la presentación de un libro de poesía en Huancayo, qué te parece si nos encontramos en ese punto, será un sábado, quizá pueda quedarme hasta el domingo, ¿te parece?, así no tienes que bajar a Huánuco. No tuve que pensar mucho para entender que era buena idea. Bien, de acuerdo, en dos semanas entonces, tú ves los detalles, sí, está bien, yo los veo. Cuando hablamos por la noche se mostró serena y animosa, Danilo, estaremos juntos y me dirás con tranquilidad todo lo que te agobia y yo te leeré mis poemas y tú calladito escucharás mis sonidos. Pero ahora tengo que contarte de Norma, no está en mi vida. Su silencio fue prolongado, ¿han terminado, no es más tu pareja? Sí, así es. Pero Danilo, no estamos juntos para dañar a nadie, no era lo previsto, ¿por qué has hecho algo así? Espera Parwa, espera, así se han dado las cosas, ha ocurrido sin que nadie lo planeara con maldad, pero qué extraño, ¿no era que tú vivías el presente?, bueno pues, es mi presente, se enamoró de otro hombre, ¿qué hacía frente a eso?, tú eres ahora mi día y mis noches. No está bien, Danilo, no está bien, así no son las cosas, no teníamos que afectar a nadie, y no pienses que podrás presionarme para seguir contigo.

Estaba cerca a la caseta alta de acceso, veía un panorama sobrecogedor, montañas  oscuras, deshabitadas, nubes negras presagiaban lluvia, pero no se comparaban con la soledad que sentía. ¿Era posible imponerle prescripciones al amor, señales, diques, a un sentimiento? No, no al mío, no al que había incubado al lado de Parwa que era mis manos y  corazón, si ella tenía claro que ese no era su camino, entonces no era el mío tampoco, me acomodaría a su ausencia. Además, pudo decir lo mismo de otro modo, ¿por qué con esa ira contenida, sin pensar que lo mío necesitaba comprensión, sí, de acuerdo, podía pasar la vida entera con la fórmula que ella describía, podía soportar verla lejos de mis manos, distante del calor que atizaba para ella, de acuerdo, podía aceptarlo y  vivirlo, era un tema conversable, pero no así, expropiado de su compañía por una sentencia privada, única, quise argumentar, explicar, no quise, ya no era lugar para las palabras. Abandoné la conversación, creo que lo hicimos al mismo tiempo, sin despedirnos. Dejaría que las cosas se aquieten por unos días.

Busqué a Fernando y le pedí que me reemplazara por lo que restaba de la tarde. Estas pálido, ¿que tienes, te sientes mal?, se acercó para observarme, vamos, te llevó al tópico, necesitas una pastilla, no le dije, no lo necesito, ya sé, es algo con esa chica, seguro que sí, han tenido problemas, tú reemplázame nada más, nos vemos para la cena. Me recluí en mi habitación, me serví una combinación de pisco y soda. Me senté frente a la ventana sin poder hilvanar idea alguna, mente en blanco, no podía articular una idea matriz que hilvanara mis siguientes razonamientos, ¿por dónde se podía ingresar a un territorio espinoso, tóxico?, no salí de mi habitación y Fernando tuvo el buen tino de no buscarme. Por la mañana, después de haber dormido poco, y mientras me duchaba, pensé que necesitaba apartarme del dolor, podía arrasar mis energías y conducirme a un despeñadero depresivo al que no quería retornar nunca. Así lo hice y me enfrasqué en mis tareas, en leer, pero no en hacer versos porque eran el camino de retorno a las voces de Parwa. Decidí que no podía continuar con un amor tan intenso que carecía de cualquier forma de futuro. Vería el modo de salir indemne del desafío.

El sábado siguiente bajé a Huancayo a buscar a Georgina. No la ubiqué en la dirección que me dieron sus padres, me informaron que se había trasladado a vivir a Cochas, un pueblito cercano a Huancayo, sí allí la han  enviado los del ministerio, me indicó  la amable señora que había sido su casera. Conocía Cochas, un pueblo del valle, pequeño y que embellece sus calles con mates burilados.  Dijo no saber su dirección, pero no será difícil encontrarla, todos la deben conocer, pregunte. Es lo que hice en el puesto policial y después en el colegio que ella dirigía. Así fue que miré de nuevo los ojos oscuros de Georgina. Puso las manos al pecho y luego cubrió su rostro con ellos. Fue un abrazo prolongado plagado de interjecciones: no lo puedo creer, no es posible, sí Georgina, tenía que ubicarte, claro que sí. Era una casa espaciosa con jardín al fondo, cuidado con detalle, buganvilias de todos los colores dominaban el ambiente, cicas y orejas de elefante le otorgaban quietud y recogimiento, al medio había acondicionado un pérgola con mullidos asientos; allí nos instalamos para conversar de todos los temas pendientes.  Sabías que seguía en Julcani, ¿por qué no me buscaste?, Danilo, ¿quieres que te diga la verdad y solo la verdad?, bueno pues, abandoné Ccochaccasa por el amor que sentía por un señor con el que escalaba y caminaba y hacia cerámica. Ocurre que este hombre no me quería y no iba a quererme nunca, ¿qué me quedaba, seguir sufriendo sin límites o sufrir con limites, lejos de ti? La miré entrecerrando los ojos, como se hace cuando quieres ubicarte en medio de un territorio desconocido. Me acerqué a su lugar, me puse de cuclillas, tomé sus manos y las besé, yo te quería, no te equivoques, solo que en esa época no tenía espacio para la alegría, no sabía cuál era mi ubicación en la vida, menos podía tener un lugar para ordenar mi corazón, no sabes lo que es la depresión, Georgina, no sé qué hubiera ocurrido si no partías, quizá estaríamos ocupando juntos esta casa. Me levantó y se pegó a mi cuerpo al mismo tiempo que yo me envolvía en sus sentimientos. No sé qué tiempo permanecimos siendo una sola persona. Ven, me dijo, preparemos el almuerzo, sabes que tengo una hija pequeña, sin padre, para no desentonar con la moda, está con sus abuelos en estos dias, ¿hasta cuándo piensas quedarte?, no habrás venido por unas horas ¿no? Sí, por unas horas, pero ahora que lo dices puedo quedarme hasta mañana. Regio, lindo, iremos al campo después del almuerzo, hay unos bosques por aquí que son una maravilla, además del paisaje, iremos a un par de talleres de artesanías, verás, te gustará. Cochas es un regalo del cielo, ya verás. Oye, le dije, mientras seguía las instrucciones de Georgina para poner el aceite en su lugar, justo, estoy en la idea de dejar la mina y dedicarme a otras cosas, pienso comprar un terreno y sembrar, tener animales, vivir de eso. Te morirás de hambre, Danilo, dejar las facilidades que tienes, tu tremendo sueldo, ¿lo has pensado bien?, no me importa, estaría contento por aquí, podría quizá enseñar algo en un colegio cercano, o dictar clases en la universidad, no sé. Vaya, veo que estas determinado, te contaré entonces una buena noticia, un señor ya de edad quiere vender su chacra, aquí cerca, son diez hectáreas, a él le ha servido para educar a sus tres hijas, hacerse una buena casa aquí, pero está cansado y quiere dejar ese mundo. Podemos ir a ver la propiedad, caminando llegamos en media hora, más o menos. Sí, acepté, claro que era una oportunidad formidable. Lo hacemos Georgina.

Hicimos el paseo y llegamos a la propiedad, hablamos con el dueño, huraño y de poco hablar, me entrego los datos, el precio era bastante alejado de mi presupuesto, dijo que no vendería por partes, que no deseaba retacear nada. Quedé en buscarlo en un corto tiempo. Fueron horas que me devolvieron el tono de vida que había perdido por la reacción de Parwa, no era lo que deseaba para mí, quería un lugar para estar juntos en algún momento. Ver a Georgina me hizo sentir que estaba hallando una ruta para establecerme según mis planes y que el cielo no era tan negro como ayer. Por la noche, conversamos sobre asuntos que estaban pendientes, su niña, el padre ausente y enemistado con ella, de su familia, de la gente de Cochas, de sus alumnos, amores, le hablé de mis cosas familiares, de la frialdad en el trato con mi padre, de los deseos de mi madre de organizar mi vida, de la rutinaria vida de Julcani, de los compañeros de trabajo, de mis planes y también de Norma y de Parwa. Me escuchó como solo saben escuchar las mujeres cuando algo les interesa.  Me dejó algunas ideas: oye, esa chica te quiere, pero no está dispuesta a dejar su casa ni marido, tiene miedo, no sé, también se me ocurre que puede estar acostumbrada a aventuras de este tipo y sabe cómo manejarlas, nada de compromisos, solo pasarla bien y punto, no sé, difícil afirmarlo, tienes que ver con calma, amor de casada, solo de pasada, decía mi abuela, pero no siempre es así Danilo, no te apresures, por lo que cuentas, esa niña se acomoda a ti como la abeja al dulce, tiene ese duende que tanto te emociona, siempre te he visto buscando arte y  estética por todo sitio, recuerdo las formas que sacabas a la arcilla, extrañas, bellas, y recuerdo que alguna vez describiste a María Angela con una talla que no terminaba de gustarte, que la hubieras preferido menuda, ¿ves cómo te conozco?, y no mereces estas complicaciones, Danilo, pero, en fin, buscas lo difícil y rebuscado; pobre,  estás sufriendo, pero ven, te muestro tu habitación, así nos liberamos de esta tensión y luego me sigues contando.

En el fondo del jardín, oculto entre el follaje, apareció un ambiente de techo bajo al que las plantas asediaban por todas sus paredes. Al costado estaba el horno para la cerámica. Era una cama rústica, amplia, y el ambiente rezumaba armonía y quietud. La miré, tomé su mano y le pedí dormir juntos en ese lugar, se pegó a mi pecho y me dijo que traería su ropa y algo para mí. Nos desnudamos sin las urgencias de las parejas que se reencuentran después de tiempo, como amigos que nunca han dejado de verse. Continuamos conversando ya cubiertos de cobijas, planeando las cosas que haría con la tierra, de Parwa y de lo que debía hacer; búscala, me dijo, búscala, esa chica necesita tu compañía, conversa y entérate de las cosas de su infancia, debe tener allí explicaciones que te ayuden a entenderla, es madre, la domina el miedo, no sabe qué hacer con el amor que te tiene, compréndela, es poeta, cómo será su mente, y tú la amas, Danilo, tú la amas de una manera muy profunda, y apenas la has mirado, cómo será después, no he visto nunca a un hombre amar de esa manera. ¿Sí, tú crees? Será por eso que esta noche no haré el amor contigo, no puedo Georgina, pero deseo estar junto a ti, sentir tu cariño, que sientas el mío, nada más.  

Está bien Danilo, tampoco lo deseo, eres de otra mujer.

CINCO

Despedirme de Georgina fue dejar atrás destellos de luz que habían alumbrado días complicados, y más los recientes, colmados de imágenes difíciles de interpretar; sus manos agitadas en medio de la calle eran el símbolo de la vida misma, renuncias, despedidas, pocas veces continuidad y persistencia; me inducia a pensar en argumentos preparados por diosecillos de toda índole y tesitura que cumplíamos en interpretar dóciles y esperanzados. ¿Cómo se engarzan las imágenes de Parwa emergiendo desde el fondo de vidas anteriores que  nos acercaron pero nunca nos unieron, reconozco que es difícil negar que hay un tejido fino detrás que ignoramos cómo funciona. Parwa representa el personaje que ama sin enunciarlo, que oculta sus sentimientos por temor a ser usada por poderes adversos que conoció de niña y que enfrentó con persistencia hasta librarse de yugos múltiples y violencia; ¿le recordaba mi presencia antiguas amenazas, mi amor invocaba la intolerable presión paternal que rechazaba desde sus abismos, mis palabras y actos le producía aceptación y rechazo en dosis equilibradas? No sé, era probable; pensaba también que mis líneas en esos libretos me ordenaban asumir la voz y el cuerpo del humano pasional que juzga sus formas como único diseño para amar sin entender que también se puede conseguir igual intensidad con razonado trazo. Era cierto que el raciocinio pleno eliminaba la libertad que tenía de buscar a Parwa, de rechazar sus juegos secretos; me acomodaba mejor fuera del teatro ordenado y dirigido, mi libertad no estaba apremiada por ningún ordenado argumento, era lo que deseaba sentir.

Si el amor une ¿por qué se hace difícil entendernos en las diferencias, por qué no logramos la fina comprensión, si hay amor? Anhelaba que mi compañera se libere de palabras y enseñe su amor trajinando la tierra que compartimos y celebremos la aparición gris blanca del mechón parwa con el fin del estio, ¿por qué si la naturaleza tiene plazos  no podemos los humanos señalar hora y meses para otorgarle data, espacio y tiempo a los sentimientos? Mis solicitudes nada más pedían parecernos a la silenciosa manera que tienen las estaciones para brotar en su momento, intolerantes con el retraso o la duda; eran mi solicitud de afirmación en contienda con lo incierto. Claro que era su derecho apartar rutas y proyectos, podía ella legitimar esa franquicia, pero requería explicar, negociar.

Ayaccocha aparecía ante mi vista y restaba poco para arribar a Julcani y  deseaba que la ruta se prolongue, diera la vuelta al mundo para no descender sobre una realidad que no terminaba de aceptar.   ¿Georgina tenía razón, seguía su consejo?, ¿para qué me necesitaba Parwa si ella se bastaba para vivir bien velados mundos, su resistencia acaso no era muestra de un amor superficial o inexistente? Julcani se delineaba en el horizonte y me sentía fatigado, saturado de sus casas impersonales y cotidiana disciplina, de los grupos formados para incomunicarse con los  distintos; no sabía cómo recuperar la emoción que antes me suscitaba  ingresar a mi antigua iglesia minera.

Me duché y ordené la fruta que Georgina puso en la cajuela y descubrí una hoja de cuaderno con menuda letra en tinta roja: Danilo, no dejes de buscarla, el amor se pelea, con dagas y corazón, el amor no vuelve, no el vencido por tu cobardía, retornan los andrajos, el remedo del beso que no fuiste capaz de retener, el orgullo es inútil en el amor y peor es huir en silencio,  ya ves lo mío, de no haber escapado quizá tú y yo estaríamos juntos. No regreses a mi hogar sin Parwa. Desorientado abrí Pedro Páramo en la página separada, demoré en percibir que tenía el texto invertido, rectifiqué el error y apareció Susana San Juan usando la locura y el sueño para huir de la realidad.

Escribiría a Parwa, sí, eso haré: hola, ¿puedes conversar? Su respuesta fue pronta. Sí, aquí estoy, ¿cómo vas?, yo extrañando tu compañía. Yo más. Conversamos unos minutos y más los días siguientes. Hicimos balance de daños, se aclararon ideas y planeamos el primer encuentro. La buscaría en el lugar del recital, un local céntrico propiedad de la universidad estatal, después nos esperaba un espacio privado que ella elegiría, hotel, hostal, no importaba si estaba alejado de la ciudad. Se instaló una atmósfera de optimismo, detuve mis preguntas y mi deseo de saber los minutos de su vida y ella accedió a salir del presente y merodear con timidez el futuro. Supe de su hogar; de las virtudes de R., de su devoción por ella y la paciencia que poseía para sobrellevar el temperamento arisco y complicado de la poeta de la casa; de Ariana, su niña; de las tensas relaciones con su padre y la quieta conformidad de su madre; hombre violento él, condescendiente ella; de las virtudes que tenía relacionarse con sus dos hermanas, unidas por la necesidad de protegerse del iracundo señor feudal de la casa familiar. Saber de la letra menuda de su vida me ayudó a entender su temperamento siempre dispuesto a la confrontación y las arengas separadoras. Fueron largas confesiones que pudimos hacerlas mientras los demás dormían o, muy temprano, por las mañanas cuando salía a trotar por el malecón Leoncio Prado. Le envié un ejemplar rústico con los poemas de mi tercer libro, influido por sus ojos y cabellera, silencios y áspera ternura. Le alcancé algunos nombres y le pedí ayuda para bautizarlo y mencioné que me gustaba con cierta diferencia:  Ramas altas de parwa, creo que es una aliteración que no suena mal, le dije.

Había gente de pie cuando ingresé al local de la universidad; equivocando mis pronósticos, retrasé mi andar y el resultado fue escuchar al grupo de poetas huancas desde la incomodidad de una ubicación desacertada. Destacaba su encendido saco granate y una colorida y discreta bufanda que ocultaba una blusa blanca. Elevó Parwa su  mano para saludarme. Sentí una rara sensación de estar tejiendo irrealidades, de aquellas  que construyen las partes más ciertas de la historia humana. Apenas unos meses antes éramos dos seres completamente desconocidos, sin pasado compartido ni ciudad madre, ni amigos, como dos extranjeros que se unen para añorar juntos sus patrias abandonadas juntando retazos de pequeña historia que va haciendo una narración nueva y consistente, superior a cualquier recuerdo. Eso éramos, dos condenados de la tierra, náufragos de una misma batalla, trajinada en escenarios distintos. ¿Qué nos esperaba esa noche a los dos, dónde quedaba R., podía pensar en moral, ética y condenas, no, no lo aceptaba, porque la necesidad del amor no admite capillas consagratorias ni juzgados civiles; si la unión no es necesidad carnal impostergable y tampoco búsqueda hedonista de placer, y sí reconocimiento de estar frente al elemento primordial que nos integra, a la palabra y al gesto mellizo, a la urgente necesidad de requerir labios y respiración ajena para seguir viviendo, entonces el amor no admite prisiones pasajeras, ni permisos ni censuras. Así lo dijeron los poetas esa noche, así sentí que tejían sus versos.  Parwa esta vez no fue el solitario círculo de fuego que conocí en Huancavelica, tuvo que ganar un espacio entre poetas de buen calibre. Al escucharla, vi cómo el público se remecía en sus lugares explicando que los sonidos que escuchaban eran parte de las luces y sombras que habían conocido con sus compañías cuando el amor amanecía y luego se tornaba agónico e insufrible. 

Firmó ejemplares y la rodearon jóvenes que parecían conocer su obra o eran amigos que deseaban saludarla. Me sustraje al desorden y me retiré a las inmediaciones de la puerta de ingreso que tenía una explanada suficiente que permitía evadir la corriente de asistentes que se retiraban. Cuando apareció Parwa creí percibir que no estaba preparado para manejar con equilibrio el momento. Caminó un breve trecho despejado de obstáculos, sonreía contenida, nerviosa también; juntamos débiles seguridades y nos agregamos sumando respiración entrecortada y la corriente que formamos en largos meses de palabras corteses primero, de ratificación de intuiciones después y del descubrimiento de la luminosa intimidad de nuestros cuerpos. No éramos dos desconocidos cuando nos abrazamos por primera vez, por eso la comodidad nos hizo caminar serenos hacia el auto estacionado cerca. Vi su vestido largo que tocaba sus tobillos, colorido, inspirado en las faldas de las señoras que  comercian productos en las ferias de la región, zapatos de taco medio, ligeros. ¿Cómo no verla hermosa, radiante?, si eran mis ojos los equivocados entonces era mejor estar solo en la evaluación de mis armonías. Ya instalados, le pregunté por el lugar que había elegido. Se trata de Cochas, un pueblito cercano, respondió, no más de media hora de ruta, deseabas estar fuera de la ciudad, entonces nos vamos al campo pleno. ¿Te parece? Sí, respondí, estoy de acuerdo. Silencié por completo todo lo que sabia del pueblito elegido.  

El trayecto fue un viaje a través de los días, semanas y meses de brillo amoroso, de opacas discusiones, de reconocimiento de nuestras diferencias y de escuchar de ella que algún día cercano o lejano  compartiríamos un hogar.

Nos tomamos de la mano y el silencio invadió nuestra travesía. La luz abría un camino en medio de la oscuridad que me hizo pensar que era la reproducción exacta de nuestras vidas, densa noche escindida por una tenue luz manejada por dos seres que estaban marcados para estar juntos.

Mis recuerdos de esas horas se parecen a destellos inconexos que se van uniendo para emitir escenas continuas que tienen la intensidad de nuestros cuerpos enredados en un lecho que me pareció construido de maderos encendidos girando sobre aguas de altura como lápices escribiendo acerca de nuestras almas. Si digo que nos visitó el placer olvido decir que fue el amor la compañía principal. Nos reconocimos íntegros, lúbricos, interpretando un tratado de castidad, el que dice en su primer párrafo, que nada deja de ser casto cuando el amor nos habita.

SEIS

La despedida no fue envuelta por la tristeza; la vi alejarse con alegría y voluntad de continuar resolviendo la complicada realidad de compartir vida con un hombre al había dejado de querer. Empezó esa relación después del llamado accidente amoroso, ocasionado por un joven  inestable y desorientado, de esos chicos que las mujeres con hogares conflictuados buscan y encuentran; amor intenso, carnal. Parwa reconocía los males que le ocasionó el querer trunco, lo conversamos cuando clareaba el día y el ánimo era propicio para confidencias íntimas. Empezó a llenar cuartillas después de ser abandonada, le ayudó todo el desorden y ausencia de propósitos que le invadía; poco después se cruzó con R.  y conoció la estabilidad emocional que necesitaba para terminar de ajustar sus dolencias y organizar un futuro distinto. Varón sencillo, sin recovecos ni problemas existenciales, aficionado a las exploraciones geográficas, buen padre y compañero, exento de vicios e inconductas y satisfecho con las cortas recompensas que la vida otorga a quienes se satisfacen con llegar con vida y cuentas pagadas a fin de mes. El compañero menos adecuado para una mujer que deseaba comerse la tierra y beber el mar; pronto vio que lo suyo y lo de R. no sumaban dos. Pero, era feliz, a mi modo, no pretendía otra cosa que acomodarme en ese universo de quietud y  de pocos sobresaltos. Pero, hay visitantes que ponen nuestras vidas al revés, tornados que vierten granizo derretido sobre nosotras; ¿cómo no aceptarlos después que se han hecho insustituibles?, ¿cómo te contentas después de haber escuchado la voz que te multiplica, el ser que te completa como eres tú para mí; si desaparece me pondrás en riesgo de hallar un curador que desarticule aún más lo que dejes quebrado. Mi lugar ya no es el hogar que pensé, no existe más y no deseo que el amor de mi vida no esté cerca para secar mis lágrimas. Quiero que me acompañes en estos meses de reconstrucción de mis partes y pedazos. La abracé por la espalda, desnudos, y dejé secretas marcas de agua sobre mi almohada. Le dije que la amaba, que era mi piel secreta, la íntima, la que surge cuando nos despellejan para exterminarnos, solo así podrían hallar la piel que me has construido, Parwa.

Volví a Julcani, y la distancia con su geografía ambientes y procesos me parecía irrecuperable; el sonido seco y extenso de la molienda, el manejo de los relaves, la contaminación del agua, los reclamos comunales y el agotamiento de la tierra, ya no eran parte de mis preocupaciones. Me preguntaba si conocer a Parwa había desatado estas nuevas necesidades, quizá, pero Georgina le puso la dentellada final; verla bien, reintegrada, con la madurez que otorga triunfos y derrotas, distante de la mujer que esperaba compañía para ubicarse en el mundo, me otorgó la percepción de haber sido premiado cuando compartimos ascensiones y preparábamos arcillas. Su hogar luminoso de cuadros, ceramios, muebles de cedro para durar siempre, su jardín como reino independiente, el horno con cerámica enfriándose dentro, su biblioteca ordenada y justa, la tranquilidad que brota de sus entrañas, su inserción en la comunidad, sus campañas de lectura, me han influido y enseñado que vivir un mundo distinto es posible.  Recuerdo sus palabras cuando llegamos a la laguna Carhuaccocha, camino a la cumbre del Huaytapallana, me quedo aquí, Danilo, no creo que pueda hacer cumbre, perdóname, entenderé si quieres seguir solo, te esperaré, un triunfo parcial es mejor que una derrota total. Me quedé con ella, bajamos al punto Virgen de las Nieves, pasamos la noche en el refugio y, luego, ya sobre la carretera afirmada, seguimos rumbos distintos. A la semana siguiente, había desaparecido.  

Los contactos con Parwa no tenían tropiezos, eran frecuentes, pero, de pronto, le invadió una especie de angustia y tensión extremas porque R. había empezado a reclamarle su alejamiento, a cuestionar sus compromisos; he pensado que me sigue, indaga, me cuentan que visita lugares que frecuento preguntando por mí. Me siento mal por Ariana que percibe el mal ambiente y tiene ahora sueño inestable y no quiere ir al colegio

El plazo de dos años que nos hemos fijado me parece razonable, si te has fijado, ya son diez meses de conocernos y lo que resta es poco; pero no pensaba afrontar esto tan pronto. La idea de desaparecer un día, irnos juntos y dejarle una carta me parecía la mejor solución, pero, ahora, las cosas se están complicando, Danilo. Le dije que podía dejar de buscarla hasta que todo se normalice, puedo estar alejado unos meses, quizá hasta el momento de nuestra partida. Veremos, me respondió, sin mucha convicción, te comentaré todo. 

Y fue la resolución que tomamos, me apartaría del día a día de su vida, me buscaría cuando las condiciones le permitan. Empezamos a usar el correo, pero tampoco garantizaba que no fuera invadida, utilizamos  lenguaje críptico que se asemejaba al lenguaje de dos amigos de oficina. Se acomodó bien a la situación, por su natural talante de ver las cosas con más calma y sin apremios.

Continuaba planeando mi futuro y acercándome cada vez más a las tareas agrícolas que había pensado; seguía buscando la estancia que deseaba, el predio de Cochas reunía, entre los dos o tres que vi, las mejores ventajas, agua suficiente, buena vecindad, tierra negra y bien tratada, y la casita requería pocas refacciones. Para alcanzar su valor debería solicitar un préstamo o vender mi departamento en Lima, si tomaba esta alternativa me quedaría dinero para financiar la siembra y adquirir ganado de carne. Era la mejor opción, había perdido el interés de acercarme a Lima, la sentía muy lejana, fuera de mis planes; pero necesitaba retornar y también cumplir con los exámenes médicos que estaban fuera de tiempo. Eso haría en los diez días de descanso siguientes;  eran mis preocupaciones cuando ingresó una nota de Parwa: ¿me puedes llamar mañana temprano?, estaré trotando por el malecón, seis de la mañana.

¿De qué se trataba?, su pedido era inusual, ¿algún viaje, enfermedad de Ariana, problemas con R.?

No necesité escuchar mucho para darme cuenta que me hallaba ante una decisión que no variaría, tómalo o déjalo. No sigo más en esto, Danilo, lo siento, no puedo continuar. No al diálogo, negativa para discutir acuerdos, no a preguntas incómodas. Estaba en la ventana de mi habitación, observando a la esposa del administrador arreglar el jardín del frente de su vivienda; se trataba de la contradicción más expresiva con mi conversación que se alimentaba de mi enojo manifiesto. ¿Era yo una marioneta manejable y dócil, sin derechos para opinar y decidir con ella, por qué diablos se metió a un enredo que no podría  manejar? Miró a un varón, encandiló su existencia, provocó el amor, lo aceptó y compartimos los secretos del sexo y, de pronto, en un momento, ¿decide destruir todo?, ¿mi opinión cuánto vale, pretende conducirme de las narices por territorios que se le antojen, no era un tema sencillo lo nuestro, claro que no, rondaba la tragedia, era difícil manejar esos desafíos, pero son realidades así que hacen surgir decisiones y palabras convenientes: ¿qué hacemos, cómo afrontamos juntos el problema? Recordé los instantes compartidos, los difíciles primeros días, las complicadas semanas siguientes, las imágenes que diseñamos para la casa que tendríamos, la habitación de Ariana, los hermanos que vendrían; nada quedaba. ¿Yo, convertirme en el amigo del amor, confidente de sus aventuras amorosas, depositario de secretos sobre los que podía emitir opiniones amicales, sepultar el suelo que habitamos y sembrarlo de miasma, podredumbre? No, no podría hacer eso, jamás; podía tener amigas que me dieran lo que ella me ofrecía, no, no deseaba recibir mendrugos de lo que fue mi cena pascual.

No respondió a mis argumentos, ni una palabra, solo: es mi decisión, lo siento. Sería inútil seguir hablando, no fue difícil comprender que la baraja estaba repartida y no se volvería a recoger en el mismo orden.

No está en mi memoria los segundos finales, creo que la dejé hablando y desaparecí la señal. Abandoné mi habitación para caminar por las escalinatas que me conducían al mirador alto de control. Observé el horizonte hasta la hora del inicio de las labores. Me serené y lloré, no era un llanto por la vida que no tuve, por los triunfos intrascendentes que conseguí o por los amigos que se extraviaron, era por una mujer difícil, inasible, pero con el duende que necesitaba para ser humano. Tenía que dejarla ir, mi vida con ella estaría repleta de conflictos semejantes, luminosa, seguro, pero repleta de inestabilidades y alerta permanente.

Al mediodía me acerqué a la Gerencia General llevando mi solicitud de tres meses de permiso, argumenté que se trataba de mi salud. Y no mentía, me miraba enfermo, leproso, necesitaba estar lejos, muy lejos de todo. Me interrogó el Gerente, le respondí con generalidades. Dijo que no podía negarme nada. Que me hiciera los exámenes médicos y tomara los noventa días. Le informé que tomaría el descanso acabando las tareas del día y que partiría de noche.

No llevé todas mis propiedades, mis libros y archivos con las conversaciones con Parwa que había impreso con regularidad, fotografías con ella y ropa necesaria. Buscaría a Georgina, necesitaba abrazarme de su fortaleza. La noche nunca fue más larga, usé velocidades prohibidas que pudieron llevarme a los abismos. Había perdido el sentido del peligro, toda estima que me tenía estaba extinguida y durante largos minutos de reflexión me arrepentí de pasajes de mi existencia, sobre todo de haber ingresado a ese recital bendito.

En la puerta de su casa esperé que amaneciera. Georgina se sorprendió al verme, te veo a punto de derrumbarte, ¿qué ha ocurrido?, bueno, no necesito preguntar para saber que se trata de tu poeta. Sirvió café y se sentó a mi lado acompañando el velatorio. Su niña, Illary, asomó la cabeza por la puerta de su habitación por un instante. Es hermosa tu hija, tiene tu belleza, tonto si fuera como dices los hombres no me hubieran dejado. Se dio cuenta tarde de la imprudencia, uyy perdóname, parece que he mencionado la soga entre tanto ahorcado, perdona. Descuida, le respondí, los hombre feos siempre somos abandonados, he sido abandonado tres veces, ayer por la mañana fue la última. Déjate de idioteces, tú sabes lo que vales y te recuperarás de todo, y, cuéntame, que pasó ahora con la buenamoza, tú te descompones solo con problemas amorosos, la enfermedad ni la pobreza te doblegan, ayy, pero sí, los quereres, ¿te acuerdas como hablabas de María Ángel? Apenas nos conocimos empezaste a recordarla, y yo me moría de ganas de ti, pero tú dale que dale con la María linda. Cómo sufrías, pero noto que esto es distinto, no eres el mismo ex de esa chica, ahora eres el viudo de una virgen, la virgen del cobre esta dama, la virgen del socavón, eso es, vaya, que complicadita había sido, creo que la llevan en andas. Lo decía mientras preparaba café adicional y me arrancaba una sonrisa desganada. Anda cuéntame. Le pedí sentarnos en la pérgola, con la iluminación de la noche. Y le conté y le conté, sin parar hasta que la luz del mediodía se posó en el cenit. Lloré en silencio, ella también conmigo, abrazados. 

No te puedes ir así, no puedes manejar en esas condiciones. Quédate aquí, te cuidaré y me cuidarás, buenas razones tengo para pedirlo, también. Hazme caso, serán los días que necesites. Dormí tres noches en la cama del jardín, abatido por el insomnio y despertado por las actividades madrugadoras del horno de cerámica. De allí salían hermosos jarrones utilitarios, también adornos que parecían elevarse hasta los confines de la tierra. El segundo día fuimos a ver el predio del amigo. Le dije que volvería para hacer la transacción. Venderé mi departamento y me tendrás de compañía, le dije, nos abrazamos como se unen los seres que se sienten complementarios, partes de un proyecto de vida que trasciende los intereses de dos y se une al caudal de un  barrio, un pueblo, una propiedad.

¿Mi hijo campesino, de gerenciar una mina a empujar arados, por qué? Madre, le dije, verás que al final querrás vivir cerca a mí, cuidando a tus nietos, mi padre igual, ten calma, nunca he hecho las cosas torcidas. Ten confianza en lo que estoy haciendo. Pondré en venta mi departamento y seguiré adelante. Te veo mal, me dijo, ¿qué tienes Danilo?, seguro que esa mocosa te tiene en problemas, ¿cuál mocosa?, no tengo a ninguna mocosa a mi lado, esa chiquilla pues a la que ni siquiera la hija ni el matrimonio la han podido aquietar, algo me has contado, deja a las mujeres si las cosas no funcionan, después, en el hogar, los problemas menudos se agrandan, se hacen inmanejables, lo que mal empieza, mal acaba, hijo, fíjate en una mujer madura, seria, reposada, que sepa lo que quiere de la vida, que no te esté jalando de la bragueta ni quitando sueño, no, no quiero que me cuentes detalles, mi vejez me permite saber qué está pasando contigo, ella es casada y eso es suficiente información, ay dios, lo que haces también tú, si engaña a su marido, te engañará también a ti, no lo dudes, solo es cuestión de tiempo, ¿qué no hay excepciones? sí las hay, no digo que no, ocurre, mira a tu tía Mechita, mira el hogar que tiene, su primer marido era un enfermo, y se le apareció este hombre, ella no lo buscó, se encontraron, mujeres sufridas con un tipo insoportable, violento, si pueden reconstruir sus vidas, pero  no parece ser el caso, Danielito, aquí te la quiere destruir, tengo que hablar como madre, sino quién, pues, quién, me preocupas mucho, mucho, te has enflaquecido una barbaridad, mírate, eres una sombra, te diré algo, esos amores de fuego, de altas temperaturas no mantienen sus hornos funcionando toda la vida, es imposible, entonces ocurre que ella, o ambos, vuelven a la búsqueda interminable, a encontrar sensaciones que les devuelvan el tono de vida, mira, ¿por qué no te fijas en Georgina?, lo que cuentas de ella me encanta, mujer de la tierra, del barro cocido, esas son mujeres buenas, no modelitos de belleza pasajera, ay que el poemita, ay que la nota periodística, ay que el vestidito a la moda, pero y, ¿lo demás, la fidelidad, el compromiso, plata depreciada, listas para otra aventura. Piensa bien hijo mío, piensa bien. Estás equivocada de principio a fin, ya te contaré, madre, ya te contaré, lo conversaremos, amo a esa mujer, pero eso no es todo, veré qué hago. Me miró diciendo que confiaba en mí y que me apoyaría en todo lo que fuera necesario. La dejé en la tarea de vigilar la limpieza de un bargueño bañado en pan de oro que le había conseguido su operador de Ayacucho.

SIETE

Las pruebas médicas se iniciaron con análisis de sangre y ecografías, luego  tomografías con contraste y, más adelante, resonancia magnética. Mientras esperaba mi turno para el último examen leí que Parwa me dejaba un mensaje: hola, ¿puedes hablar, quieres hablar? Mis latidos se aceleraron, tuve que dar unos pasos para serenarme. Señor Danilo Martínez, acérquese por favor a la puerta dos. Me pusieron la bata blanca, cubierta para los pies y cabeza, luego ocupé la oquedad amable de una máquina que llenaba todo el ambiente, después de las primeras imágenes me inyectaron una sustancia que  elevó mi temperatura interior de manera notoria. Me sentí cuidado, protegido por el seguro médico que la mina proveía. Al salir me interceptó el médico especialista: terminaron sus examenes, reserve cita para el jueves, en un par de días, si, a las cinco de la tarde está bien.

Mi deseo de responder era muy intenso, pero Ignoré su mensaje, me negaba a reanudar un proceso que me había elevado hasta el infinito y luego me dejó caer en el socavón más profundo, necesitaba tiempo para pensar. Sí, la seguía amando, con la misma intensidad, pero no estaba dispuesto a continuar por la línea de la incertidumbre continua. Borré su mensaje y usé todos los obstáculos técnicos para evitar que se acercara.

Cuando vi al doctor de pie y al costado de su asiento, supe que las cosas no iban bien. Señor Martínez, tenemos problemas que resolver, tiene usted un nódulo que presumimos canceroso en el lóbulo superior de su pulmón derecho y una extensión probable en la parte media. Pensé en nada cuando escuché el informe, sin asociarlo a pena ni preocupación, creo que era un mecanismo de defensa frente a un diagnóstico que muchos estiman la peor experiencia humana, no debe preocuparse mucho, ha venido a la consulta en un momento adecuado, si es lo que pensamos, podemos atacar el problema y superar las dificultades. Le haremos una biopsia de inmediato, tiene cita a las ocho de la mañana. Es un procedimiento sencillo, descuide, y los resultados estarán muy pronto.

Tuvo razón David, el medico de Julcani, preocúpese, me dijo, no descuide su salud, igual opinó Fernando, yo me haría los exámenes mañana mismo, esa tos  y fiebre tan persistentes, sin motivo aparente, no me gusta, viaja y resuelve, dejé pasar dos meses, que podrían ser decisivos en la tarea que empieza. Salí de la clínica uniendo retazos inconexos de mis años recientes, pensando en la forma en que reaccionarían ante la noticia gente que había querido, imaginé el consuelo de Parwa, acompañado de esa cierta frialdad que me hubiera ayudado mucho. Llamé a Georgina, quería enterarla primero a ella. Caramba Danilo, qué mala noticia, pero ten fe, eres joven y, según dicen los médicos, estás en buen momento, tranquilo, eres fuerte, ahora las máquinas y tratamientos son tan buenos que estoy segura que pronto esto será un mal recuerdo. Ah y te cuento, el terreno te está esperando, ayer vino el señor, dándole vueltas al asunto, piensa hacer una buena rebaja. Y, Danilo, escucha, me ha visitado Parwa, imagino que le diste mi ubicación alguna vez, sí, ha estado acá, conversamos bastante, tú sabes, la escuché y no dije nada de ti, nada de lo mal que has estado, te diré que la vi peor que tú, no creo que sea tan delgada como la vi. Me pidió que te hable, que no sabe qué hacer para comunicarse contigo, dijo que no quieres escucharla ¿Qué piensas, Danilo, qué harás?, ¿tú qué harías Georgina?, dime tú qué decisión tomarías. Mira, primero, atiende la urgencia médica, no te va a ayudar que andes metido en angustias en medio de médicos y curaciones, es probable que pases por quimioterapia o te irradien, todo eso necesita mucha tranquilidad, estar en paz, el cuerpo sabe, los bichos saben atacar a una persona con tensiones. Luego miraría a Parwa, que espere, ella es la que siempre tuvo la decisión final. ¿Yo no tengo culpa alguna, Georgina?, seguro, difícil ponerme a analizar tus defectos, te conozco, pero te he visto tan entregado a ella, dispuesto siempre a hacerle más fácil todo, que no sé qué puedes haber hecho mal, ¿querer puede ser culpa?, ser incisivo, cuestionador, amoroso, no es origen de ninguna culpa, Danilo, tú has amado a esa mujer, dios, te lo dije, con tus manos, tierras, minas, tu pasado y futuro, ¿quién ama de ese modo, quién?, si ella no lo entendió ¿qué puedes hacer?, nada. La escucharás más adelante, tendrá cosas que decir, pero ten cuidado, te recomiendo que te acerques con defensas bien puestas, no te exigiré ya que vengas con Parwa, porque esa niña te ha dejado sin ella y sin ti, tú llegaste a ser ella misma, y ahora estás sin ti, Danilo, te ha quitado rostro y nombre.

Al recibirme el médico mantuvo la misma actitud de la vez anterior, sereno, diseminando confianza. Señor Martínez, optimismo dentro de un problema que, no podemos negar, es siempre complicado. Tiene una neoplasia, la biopsia es muy clara, focalizado en el pequeño nódulo que ha visto. Su estadio tiene el nivel de uno, buena noticia. Tenemos que atacar el mal de  inmediato, quitaremos el tumor y luego es probable que reciba quimioterapia. Veremos luego si se hace necesaria radioterapia, veremos todo en su momento.

Estaba claro el panorama, solo me tocaba seguir las indicaciones, tenía todo al alcance de la mano, un médico solvente, clínica acreditada, máquinas de última generación y voluntad de curarme.  Tenía que empezar, eso era todo, pensar solo en el día a día, el sistema Parwa elevado a su potencia máxima, ver hoy, qué avances tengo y qué me espera hacer mañana, ninguna otra proyección en el tiempo. Tomé todo con serenidad, en realidad no le temía a la muerte.

Solicité a Julcani que me ampliaran el permiso por un mes adicional.  Aceptaron y dijeron que, si necesitaba de un mes más, lo podía tomar. La operación determinó que necesitaba sesiones de quimio que empecé luego de descansar unas semanas. El tratamiento avanzó bien, lo decían los exámenes mostraban resultados optimistas desde el inicio; las sesiones fueron intensas al principio y luego se fueron espaciando. Perdí mi melena y mi figura se transformó en un pálida imagen del atlético ingeniero alpinista que todo lo puede. Mi piel adquirió ese tono cenizo que nada bueno presagia. Mi madre dejó el negocio en manos de mi padre y me acompañaba todo el tiempo, me conducía a las sesiones de terapia. No te preocupes de mi tiempo, las madres hacemos esto por los hijos, me dijo cuando mostré preocupación por sus actividades desatendidas.

Un día, regresando de la clínica, creí ver a Parwa en la puerta de mi edificio, esperando, con las manos cruzadas y paseando de un lugar a otro. No estuve seguro, quizá se trataba de una alucinación o el deseo de verla. Lo cierto es que mi cuerpo interpretó que era ella, una especie de descenso de mis signos vitales. Deseaba verla, sí, lo quería con intensidad, la seguía extrañando; pero no estaba dispuesto a continuar la incertidumbre anterior y menos verla ahora que me veía como un espectro ambulante; no buscaba la piedad de nadie, además ¿qué le podría decir?, necesitaba pasar los días complicados y pensar, pensar mucho. Le dije a mi madre que no se detuviera, nos vamos a tu casa, le dije, que allí me quedaría todo el tiempo que ocupara mi tratamiento; entendió de qué se trataba y no puso objeción. Por la noche, tratando de conciliar el sueño, repasaba la imagen de la mujer en la puerta del edificio, quizá era una visita suya, una entre miles, como me dijo Parwa que era yo, un día de pleitos y desesperanza: “tú eres uno de miles, Danilo”; era hiriente cuando deseaba serlo, ese día lo fue.

Cuando el tratamiento iba llegando a su fin llamé a Georgina para pedirle que me dejara pasar unos días en su casa. Se emocionó con la idea. Vente, vente de inmediato, acá estarás cómodo, ¿cuándo llegas, puedes manejar o voy por ti? Vino por mí, arregló mis pertrechos, preparó un fiambre para el camino, no puedes comer cualquier cosa, dijo, me llevó a despedirme de mis padres y empezamos el silencioso trayecto. Iba sin deseos de hablar, preferí pegar mi rostro en el vidrio y ver el paso del paisaje, pueblos y parajes que conocía de memoria. Las  imágenes de Parwa se mezclaban con las elevaciones, lagunillas y riachuelos de la ruta. Georgina entendió, está bien, Danilo, vive tu luto, lo entiendo, además esa quimio te quita el habla. Deseo ese predio, le dije, después de un sueño reparador en la habitación del jardín, ojalá el señor me espere, no creo que demore la venta del departamento; no esperaré los resultados finales para decidir, lo tengo claro,  en el peor de los casos, puedo vivir unos diez años con tratamientos prolongados, aunque el médico  dice que moriré de otros males y no de cáncer, quiero solo un poco de tiempo adicional,  suficiente para mí, y este es un buen lugar para terminar. Puedes quedarte conmigo el tiempo que desees, Danilo, me hace feliz tenerte, tantas cosas, ¿no?

La habitación tenía pintura nueva y el piso cambiado; lucía un hermoso machimbrado, es capirona, ¿te gusta?, me agrada, es cálido, resistente. me sentía acompañado, querido, necesitado. ¿Qué haría Parwa, fue ella la mujer que vi esperando impaciente?

Por la tarde del día siguiente, mientras podaba plantas de cuclillas y observaba detalles del jardín, animalitos diminutos, caracoles escondidos, mariposas transitorias, se instaló Georgina a mi costado, tapando la luz. Te buscan Parwa, señorito, está en la puerta, no ha querido pasar. ¿Cómo supo que estaba aquí?, tranquilo, las mujeres sabemos todo, ¿qué le digo?

Lima, mayo de 2021

El Tupayauri

Un símbolo de estrecha relación con el estudio del cosmos, por lo tanto, vinculado directamente a la concepción del espacio-tiempo andino es el cetro, bordón, que usaban los altos dignatarios andinos, el Tupayauri. El diccionario de Jorge Lira señala que tupa equivale a real, regio, cosa preciosa, noble; como verbo es sinónimo de Tinkuy. Añade que el cetro del Inca se denominaba Tupa Yanti. [1]  González Holguín señala que Tupa es nombre de honor para honrarle, o llamarse honrosamente como nosotros decimos Señor, A tupay o Señor kw kaajknnaBB3r112we, A tupay Dios, o Señor Dios, A tupay San Pedro o Señor San Pedro. Señala que Tupa yauri equivale a cetro real vara insignia real del BNP lll blend l Jl lll lll lll lll bnp l blog lll llegó llllllllllllllll hhi7nws2h sinónimo de  Kapac ñan. Camino Real común.

La deidad Wiracocha es, probablemente, una transformación o evolución del Tonapa.

Esta última equivalencia ha dejado de usarse pero nos alcanza la singular importancia de esta vara de connotaciones religiosas y políticas y de uso  estrechamente vinculado a la ritualidad oficiada por altos personajes de la estructura de poder sacro y terrenal. El Tupayauri era un objeto de gran prestigio y de uso restringido a los altos dignatarios, amautas, estudiosos del cosmos. En el ámbito ritual y de observación del cielo cumplían su función por pares, uno se usaba para distinguir el alineamiento del cuerpo celeste y, el otro, para calcular el ángulo de elevación sobre el horizonte natural o artificial [2]. Una de sus funciones: entender el funcionamiento del cosmos y hallar expresiones que las replicaran en el territorio, de modo natural o a través de modificaciones en el paisaje natural. En su propósito más elevado se trataba de una vía directamente relacionada con la creación de discursos, narraciones, que desvelaran el funcionamiento del espacio-tiempo y su desarrollo circular helicoide.  

Deidad Pucara, con dos Tupayauris.

Juan Santa Cruz Pachacuti hace una temprana mención al Tupayauri llamándolo Bordón. Narra que era de uso de Tonapa o Tarapaca Huiracochan pacha yachi cachan o pacchacan y huicchhai camáyoc cunácuy camáyoc. Nombre extenso consistente con su importancia: hombre más que pasado de mozo, que traía canas y era flaco, el cual andaba con su bordón, […] que hablaba todas las lenguas mejor que los naturales. El personaje recorre el territorio haciendo muchos milagros visibles: solamente con tocar a los enfermos sanaba.  Narra que el personaje llegó a un pueblo dirigido por el cacique apo Tampo a quien dio un palo de su bordón. El cacique oyó con atención el mensaje de Tonopa, […]  recibiendo en un palo lo que les predicaba. Tambien describe a Tonapa o Tarapaca o Tarapaca huiracochan. Lo describe como hombre más que pasado de mozo, que traía canas y era flaco, el cual andaba con su bordón […] que hablaba todas las lenguas mejor que los naturales. El personaje recorre el territorio haciendo muchos milagros visibles: solamente con tocas a los enfermos los sanaba. Señala que la prédica de Tonapa contenían casi casi los mandamientos de dios, especialmente los 7 preceptos […] explica que las penas eran más graves para los que la quebrantaban. [3]

Tupayauri en manos de un Inca.

Como vemos, muestra una vinculación tácita entre las virtudes que exhibe el personaje y el  bordón que lleva. Las evidencias arqueológicas indican que no fue de uso exclusivo de una región de la confederación andina, la lucen líderes de la costa norte, por ejemplo. No sabemos situar la época en que se desarrolla el andar del Tonopa, pero se trata probablemente de varios siglos antes de los Incas. La erupción del volcán Quinsachata, asociado al personaje mítico, tiene más de diez mil años de antigüedad.

Tonopa es un personaje de gran importancia en el portal sacro andino, y la vara que porta tiene una dimensión compatible con su nivel espiritual. Señalemos que su figura, conocida como el Wiraccochan, está esculpida en el cerro Pinkuylluna en Ollataytambo. [4] Aquel palo, señala el cronista, recibido por apo Tampo se convirtió en oro fino en el nacimiento de su descendiente Manco Cápac inca, quien, tomando sus mejores atavíos y armas sacó aquel palo que había dejado Tonapa, el cual pasó a llamarse topa yauri y que luego le sirvió para protagonizar una serie de eventos sobrenaturales que lo condujeron finalmente a la fundación del Cusco. [5]

María Scholten, asociando las palabras Tauna-apac y Tarapaca señala que Tonapa significa el que lleva la vara en sí y formula la teoría que reconoce en el Tupauyauri un instrumento de medida asociado a la búsqueda de la verdad y el trazo del Qapaq Ñan.[6] Garcilaso de la Vega, cuando se refiere al origen de los Incas, menciona a la pareja real que emerge de la laguna Titicaca llevando una barra de oro con la instrucción de su Padre el Sol que les pedía: doquiera que parasen a comer o a dormir, procurasen hincar en el suelo una barrila de oro de media vara en largo y dos dedos en grueso que les dio para señal y muestra, que donde aquella barra se les hundiese con un solo golpe que con ella diesen en tierra, allí quería el Sol Nuestro Padre que parasen y hiciesen asiento y corte. [7] Hablamos de un elemento fundador de sociedades y de gran importancia en la estructura de poder, con ramificaciones en el ámbito religioso, espiritual, político y también probable regulador del sistema de medidas en el entorno andino. 

Las dimensiones que indica Garcilaso para el bordón que portaba Manco Cápac en el cerro Hunacuari, fundando el Cusco, se asemejan al Tupayauri que luce el Señor de Sipán.

Las dimensiones que señala Garcilaso nos remiten a una vara que no alcanza el metro de longitud y de limitado grosor, compatible con los usos diversos y con los distintos tamaños y materiales de estas varas, [8] coincidente con la variedad de realidades que  generaba una concepción del espacio-tiempo ciertamente complejo. Es probable que el término yauri tenga relación con alguna estrella de brillo rojizo, [9] de modo tal que Tupayauri podría significar: cetro brillante.


[1] Jorge Lira/Mario Mejía Huamán. Diccionario quechua-castellano, castellano-quechua. Editorial Universitaria. Lima, 2008. Pág. 500.

[2] Carlos Milla Villena. Genesis de la cultura andina. Edición del autor. Lima, 2011. Pág. 292.

[3] Juan de Santa Cruz Pachacuti. Relación de Antigüedades de este Reino del Perú. Edición, índice analítico y glosario de Carlos Araníbar. Fondo de Cultura Económica. México 1995, pág. 11.

[4] Fernando E. Elorrieta Salazar y Edgar Elorrieta Salazar. El valle sagrado de los incas. Mitos y símbolos. Sociedad Pacaritanpu Hatha. Cusco, 1996. Pág. 17.

[5] Juan de Santa Cruz Pachacuti. Relación de Antigüedades de este Reino del Perú. Fondo de Cultura Económica. Lima, 1995. Págs. 9, 11, 15, 19.

[6] Maria Scholten de D’ebneth. Geometría y Geografía Humana en Sudamérica. Revista del Museo Nacional. Tomo XXV. Lima, 1954.

[7] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales de los Incas. Libro Primero. Capítulo XV. Universidad Garcilaso de la Vega. Lima, 2007.  Pág. 55.

[8] Lydia Fossa. Bajo el cielo de Chuqikirau. Editorial Horizonte. Lima, 2018. Pág. 123.

[9] Lydia Fossa. Bajo el cielo de Chuqikirau. Editorial Horizonte. Lima, 2018. Pág. 122.

El Waylla Qhepa. Sikuris, guardianes del tiempo.

El Pututu, el caracol marino, en particular las especies Lobatus galeatus y Titanostrombus galeatus, que habitan las costas del Océano Pacífico desde California a Perú, son las más usadas para dar origen al Pututo. El criterio de relacionalidad del pensamiento andino nos ha llevado a indagar sobre la importancia y el papel de este instrumento musical en el contexto sacro de la sociedad andina.

El Waylla Qhepa en el Obelisco Tello.

La pregunta que orientó las indagaciones fue: ¿por qué un objeto de apariencia inconspicua conserva la importancia que tiene en la actualidad?  Su preservación material a través de los siglos de extirpación de idolatrías, de prohibición de su uso, y la conservación de su  función como activador y mediador de ceremonias sacras, solo podía deberse a razones que vinculaban su significado con aspectos sumamente importantes de la sacralidad o religiosidad andina.

Estructura interna de un Waylla Qhepa.

Acercarnos a su nombre antiguo: Guaylla quepa [1] y asociarla a una forma de interpretación del espacio-tiempo por su significado de detrás, atrás, postrero, último fue confirmar que el instrumento conservaba evidencias del concepto de espacio-tiempo andino. Señala O. Gonzales que Qhepa y ñawpa se activan con el ser humano como referente central del presente: un sujeto en permanente tránsito en que incluso la muerte es solo una parte de su larga travesía. Qhepa y ñawpa son referidos siempre desde la intersección espacio/temporal del presente. Indica que, como tiempo es después, posterior; reciente y como adverbio, qhepayta es después de mí. Actúa en el hemisferio espacio como su reverso, detrás de, atrás de. [2]

Por la interrelación de los tiempos se trata de una posición que varía y deviene en ubicación precedente, adelante. La compañía de Guaylla puede comprenderse como prado verde o como cierta danza quechua. [3]Apelar a los especialistas en la lengua quechua no impide, mientras tanto, mostrar detalles de gran contenido simbólico depositados en el Pututo. Su forma externa está claramente relacionada con la expresión geométrica del espacio-tiempo andino.

Waylla Qhepa recuperado del Castillo de Chavin de Huantar

Si observamos el frente de su estructura vemos con claridad un compendio de la espiral representativa, y si  examinamos la boquilla posterior notamos que, a manera de cerrazón de esta zona de ingreso, se muestra otra forma de representación de la espiral helicoidal.

La capacidad de estos gasterópodos de desplazar sus mantos en un sentido y en otro, levógiros y dextrógiros, es un elemento que seguramente fue parte del compendio de cualidades que los antiguos tomaron en cuenta para incorporar a estos seres a los ritos sacros y musicales.

Músico Tito la Rosa expresando sonidos con un Waylla Qhepa de Chavín de Huantar.

Hallamos figuras en espiral en variados lugares y épocas del espacio andino, y en territorios más alejados también, y que son evidencias de la antigua data que tiene el origen de esta concepción  del espacio-tiempo. En las crónicas huarochiranas se observa el grado de difusión del instrumento entre la población anónima: se dice que todos iban a Chaucalla y al cerro de los Tambosica llamado Curi, cada uno donde su caullamas. Cuando estos iban a sus caullamas, hacían resonar sus caracoles soplándolos. Sabemos que, por ese motivo, cada uno  de [estos] hombres y también las otras personas que los encontraban [por el camino] llevaban estos caracoles en sus manos. [4]

Sikuris, guardianes del espacio-tiempo

Es esta danza y música la que mejor interpreta la permanencia de la paridad espacio-tiempo. Se expresa en la coreografía con desplazamientos circulares que modifican su andar en giros inesperados y en el diálogo de sonidos que establecen los Sikus, elaborados con diferente número de cañas, entretejen la conversación entre el espacio y el tiempo.

Variadas figuras, en particular el desplazar los pies hacia adelante y atrás sugieren incursiones al pasado y al futuro desde el presente.

Danzantes interpretan el espacio-tiempo andino.

Los desplazamientos de las mujeres parecen orientar, controlar, los distintos verbos del tiempo, oficiando de reserva del espacio ante un despliegue ordenado de los distintos pasajes que hacen los músicos y danzantes, desplazándose a través del tiempo.

No es posible interpretar esta danza y sus melodías como manifestaciones sencillas de homenaje a deidades y santos impuestos por la invasión, no, se trata de algo mucho más complejo que emerge de la comprensión de la importancia de la dualidad espacio-tiempo andino.


[1] Felipe Guaman Poma de Ayala. Nueva Corónica y Buen Gobierno I. Edición y prólogo de Franklin Pease G. Y. Fondo de Cultura Económica. Lima, 2008. Pág. 252.

[2] Odi Gonzales. Nación Anti. Ensayos de antropología lingüística andina lenguaje y pensamiento quechua traducción cultural y resistencia. Pakarina ediciones. Perú, 2022. Pág.198.

[3]Jorge Lira / Mario Mejía Huaman. Diccionario quechua-castellano, castellano-quechua. Editorial Universitaria. Universidad Ricardo Palma. Lima, 2008. Pág. 556.

[4] Gerald Taylor. Ritos y tradiciones de Huarochirí del Siglo XVII. Estudio biográfico sobre Francisco de Ávila de Antonio Acosta. Capítulo 24.  Instituto de Estudios Peruanos e IFEA. Lima, 1987. Pág. 383.

La Yupana como expresión del espacio-tiempo circular-helicoide

El texto que comenta Brian Bauer: Exsul Immeritus Blas Valera populo suo hallados en el archivo de Clara Miccinelli [1]  permite comparar dos dibujos que contienen parecidos notables. El primero resume la cantidad de ceques y wakas que rodeaban el   Cusco inca, el segundo es el dibujo hecho por Huaman Poma de Ayala que contiene un esquema de la Yupana [2]. Hay un notable parecido entre las cuadriculas, advertido por Bauer  en el texto citado.

Cuadricula «yupana» en Archivo de Clara Miccinelli. Junto a la Yupana de Huaman Poma. Comparada por Brian Bauer

Si se rota el rectángulo del dibujo de los ceques, hasta una posición comparable al de Huaman Poma, hallaremos una mayor similitud. Es una semejanza que lleva a formularnos una reflexión: ¿existe una base común en la concepción que originan los ceques y la yupana? La respuesta que ensayamos es afirmativa y las razones las desarrollaremos aquí. No se trata de partir de los ceques para arribar a la yupana por la ilustración que se comenta sino porque observamos que se trata de un instrumento que describe con precisión la traza cuantitativa de los ceques que son componentes muy claramente orientados por el espacio-tiempo andino.

Detalle que muestra el uso de una serie semejante a la de Fibonacci. Los puntos equivalen a 1, 2, 3, 5.

Espiral Fibonacci. Comparable a la expresión geométrica del tiempo circular-helicoide andino

¿Es posible pensar que los fundamentos de la espiral Fibonacci, contenidos en la serie de números que también lleva su nombre, no sean similares a la presencia en la Yuapana? No lo consideramos por cuanto se trata de fundamentos matemáticos, espacio que dificulta coincidencias de tal naturaleza. Hechos semejantes o parecidos en este campo acreditan que las formulaciones no podían ser catalogadas de plagio sino de experiencias que contenían principios semejantes, pero desarrollos diferenciados. Un caso notorio es el protagonizado por Isaac Newton y Gottfried Leibniz en la creación del cálculo diferencial e integral. 

Creemos que en el espacio andino se usaron principios matemáticos propios, muy semejantes a los contenidos en la serie numérica de Leonardo Pisano o Fibonacci, dada a conocer el año 1202 de nuestra era. Se trata de una sucesión infinita de números que empieza en el 0 y 1 y luego se agregan números adicionales producto de la suma del par precedente, de tal modo que cada número siguiente es igual a la adición de dos anteriores, resultando la progresión siguiente: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89.

Yupana en piedra. Museo nacional de arqueología y antropología e historia del Perú

¿Cuál o cuáles aspectos de la concepción del espacio-tiempo promueven este dispositivo de cálculo? Mientras no se descubran pruebas objetivas debemos especular que la particular forma de ubicarse en el espacio, la variable notación posicional de los números, que es una expresión de la clara utilización del abajo-arriba, atrás-adelante, izquierda-derecha que poseían los andinos de antaño; es una clara priorización del espacio sobre el tiempo. Si está relacionada esta distribución con el conocimiento de los números primos, y la divisibilidad de estos, es algo que no podemos afirmar, pero es muy probable que su conocimiento haya sido parte del dominio de las matemáticas.

Otro aspecto es el conocimiento y la observación de la naturaleza. La sucesión se halla inserta en la organización de muchos ejemplares que pueden ser observados con facilidad. ¿Podrían haber permanecido ignorantes de estas formas de organización de la vida natural? Negarlo nos conduciría a también ignorar la profunda vinculación de la civilización andina con todas las expresiones de la vida natural. Por otro lado, una sociedad con características tan visiblemente estéticas difícilmente podría haberse ausentado del análisis de las proporciones que la  naturaleza muestra en su composición. Tener en uso números con las características de la serie que analizamos lleva con facilidad a establecer vinculaciones entre ellos y extraer el cociente que se conoce como orientador de las proporciones áureas. [3]

Observar la espiral andina en la ciudadela de Caral no es casual, junto a la Chacana en la zona de Chupacigarro, aspectos abordados en publicaciones recientes, constituyen un par de símbolos que están en la base de la constitución civilizatoria de nuestra antigua sociedad.

Estamos situados en un remoto tiempo de cinco mil años antes de nuestra era, que nos da una señal de la antigüedad que posee la construcción de las concepciones que organizaron el funcionamiento civilizatorio andino. No creemos que esta sea la fecha más antigua en la búsqueda de señales que nos hagan conocer los primeros esbozos de esta simbología; consideramos que se hallarán muestras más antiguas, por cuanto la espiral que mostramos tiene las características de haber alcanzado un grado de solidez que avizora tiempos previos de formación inicial menos elaborados.


[1]Brian S. Bauer. El Espacio Sagrado de los Incas. El sistema de ceques del Cuzco. Centro Bartolomé de las Casas. Cusco, 2016. Pág. 229.

[2] Felipe Guaman Poma de Ayala. Nueva corónica y buen gobierno I. Fondo de cultura económica. México, 2008. Pàg.272.

[3] Fernando Corbalán. La proporción aurea. El lenguaje matemático de  la belleza. RBA Contenidos Editoriales y Audiovisuales. España, 2012.

La Chacana

Se han vertido numerosas teorías y especulaciones en torno al origen y significado de este símbolo ancestral; verificamos laboriosas interpretaciones como irracionales enfoques esotéricos y pintorescas teorías de perfiles interplanetarios. Se trata de una figura que no ha agotado su entendimiento no obstante la  en un ámbito restringido. La ausencia de suficientes referencias acerca de su antiguo significado es una razón que explica la proliferación de opiniones; sus contornos nos interrogan desde distintos espacios y tiempos; los cronistas no se han detenido en describirla a diferencia de la profusa aparición en iconografías, textiles, cerámica y restos pétreos. No poseemos hasta hoy trazas suficientes que orienten una interpretación que fomente consensos; las disímiles interpretaciones son, probablemente, la mejor muestra de su vivificante presencia. Habita el privilegiado ámbito de los símbolos de comprensión inagotable. Y esta quizá sea su mayor virtud y la razón de su existencia.

Chacana y tiempo circular-helicoide

Hallamos opiniones que no la relacionan con algún cuerpo celeste en particular y la señalan de orígenes no precisados como también hay quienes la asocian a la constelación de la Cruz del Sur. No pocos se distancian de ambos puntos de vista sin precisar ni destacar otro distinto.  Emergiendo de la sustancia de estas controversias, al margen de sus orígenes y entendimiento, la Chacana ha sido una realidad incontrovertible en la estructuración de la prehispánica sociedad andina y asume hoy un lugar importante en el imaginario colectivo y popular como símbolo que acumula pasado y porvenir, una forma de presentir un futuro que no es esquivo e inhallable pero que todos presienten un lugar distinto al deshumanizado espacio que habitamos.

Nuestro enfoque de interpretación no se aparta de la asociación naturaleza y sociedad, cosmos y vida terrenal y privilegia los referentes espacio-tiempo, por la invariable importancia de esta pareja indisoluble en el mundo andino. Por estas razones creemos improcedente desvincular los orígenes de la Chacana de la geografía cósmica. No hay criterio útil y distinto si deseamos alcanzar las razones últimas de cualquier antiguo evento social prehispánico, mucho más si se trata de un desarrollo espiritual y sacro.

Otra evidencia es que ha formado parte de la comunidad andina desde tiempos milenarios. Se ha señalado una antigüedad de cinco mil quinientos años para una cruz cuadrada en los petroglifos de Queneto, en La Libertad; es, se afirma, la figura más antigua [1] Encontramos una Chacana en el Complejo Arqueológico de  Ventarrón, distrito de Pomalca, Lambayeque, del Arcaico Tardío, de claro contenido sacro y de una antigüedad que va de cuatro a cinco mil años de antigüedad. Se la observa también en los asentamientos urbanos de Caral, zona de Chupacigarro, con un pasado de cerca de cinco mil años. [2] La hallamos en Chavín, Wari, Tiahuanaco, y en los desarrollos regionales intermedios. Su ámbito es continental, la ubicamos en las sociedades mesoamericanas y norteamericanas, y en su activa presencia en el sur de nuestro continente. En época más reciente, fines del siglo XVI e inicios del XVII, las ilustraciones de Juan Santa Cruz Pachacuti [3] nos permiten reconocer esta asociación con evidente suficiencia. En el conocido Retablo del Coricancha ha dejado señales muy claras de su gravitación. Su referencia a Chacana en general, junto a trazos estelares claramente vinculados a la constelación de la Cruz del Sur, nos permiten establecer esta asociación. El sacerdote jesuita Joseph de Acosta hace una breve mención a la Chacana, antes refiere: Y generalmente  de todos los animales y aves que hay en la tierra, creyeron que hubiese un semejante en el cielo, a cuyo cargo estaba su procreación y aumento, y así tenían cuenta con diversas estrellas como la que llaman Chacana y Topatorca y Mamana, y Mirco y Miquiquiray, y así otras, que en alguna manera parece que tiraban al dogma de las ideas de Platón. [4] La importancia de la cita, por su mención a la Chacana, nos provee de una información muy didáctica sobre el principio de paridad, que usamos con profusión en estas páginas. Nos invita a pensar en la realidad terrenal que es par de la Chacana. Martín de Murúa hace una breve mención a la Chacana cuando explica que nuestros antepasados tuvieron creído que todos los animales y  aves de la tierra tenían en el cielo otro semejante suyo, a cuyo cargo estaba su generación y aumento, y así adoraban a diversas estrellas, como a la chacana, topa-torca, mamanay , mirco y miqui-quiray y otras así. [5] 

Chacana y tiempo circular-helicoide

El aporte de María Scholten fue importante por el giro que le proporcionó a los estudios de la civilización andina al descorrer su dimensión geométrica y matemática al mismo tiempo que sacra y espiritual. [6] Luego, Carlos Milla Villena aportó un impulso singular a los estudios sobre el tema con el hallazgo de geoglifos de una antigüedad superior a los cuatro milenios en el valle de Chao, departamento de La Libertad, que reproducen el alineamiento estelar de la Cruz del Sur y le permitieron desplegar razonamientos teóricos y métodos de análisis geométricos para ver en los restos arqueológicos vinculación con la Cruz del Sur y obtener de ella dimensiones y proporciones como fundamento de un patrón de medidas de uso prehispánico. Es un esfuerzo que no ha sido continuado, lamentablemente, no obstante su gran importancia. Son estudios que resultan fuente de imprescindible utilidad, más allá de las controversias que puedan suscitar sus puntos de vista y métodos cuantitativos de análisis; en general sus razonamientos han contribuido a mostrar la alta capacidad tecnológica de nuestros antepasados y evidenciar la organización y  acondicionamiento del territorio ancestral andino como resultado de homogéneas concepciones cosmológicas y espirituales. Es necesario la recuperación de líneas de interpretación semejantes que, criticando o afirmando sus puntos de vista, recobren para nosotros una realidad olvidada y mediatizada por un colonialismo mental que nada bueno nos aporta.

Es notoria la restringida amplitud que le otorgan los diccionarios antiguos a la palabra Chacana. Las escasas definiciones del término no son atribuibles a olvidos circunstanciales; los lexicógrafos supieron separar significados indeseables y disminuir sus significados espirituales o idolátricos. Es notorio que eligieron ignorar  las palabras y discernimientos reñidos con las concepciones religiosas occidentales o que  colaboraban con la preservación del alto pensamiento andino. Lo sabemos por el contenido y sentido de las preguntas que elaboraban los extirpadores de idolatrías que denotan conocimiento más extenso del mostrado en los diccionarios. [7] Son razones que explican la pobreza de términos y conceptos para describir a la mítica Chacana. La tarea civilizadora generó relaciones de violencia textual […] que se observan en los elementos culturales que la cultura civilizadora le asigna al otro y los que seleccionan como válidos o descarta como carentes de valor. [8] Lo que tenemos superviviente es muy poco para tamaño símbolo; indican que se trata de una escalera o serie de travesaños escalonados para subir o bajar; poner dos cosas cruzadas, atravesar algún espacio para impedir un flujo, tapar el paso. Puente o cruce, aparece en la intersección o puntos de transición de líneas trazadas de arriba hacia abajo o viceversa, y de izquierda a derecha o viceversa. Desentrañar su significado por esta vía es improductivo y muy poco útil. Se requiere desarrollar pensamiento uniendo los residuos semánticos y la extensa representación gráfica.

Cruz de Nopiloa-México.

El ya citado cronista Juan de Santa Cruz Pachacuti, en el conocido Retablo del Coricancha, nos reitera la importancia que tuvo el símbolo cuando en lo alto de una composición, que reúne primordiales elementos de la sacralidad andina, dibuja un signo que nos conduce a la imagen de una cruz compuesta con las estrellas de la Cruz del Sur. Recrea la composición en un espacio inmediatamente inferior al denominado Óvalo cósmico, subrayando con esta ubicación su rol integrador y relacionador. Esta vez nos sugiere la imagen de dos travesaños entrecruzados, un real Chacatani que equivale a  cruzar o poner dos cosas cruzadas o al través como los brazos de la cruz,  a decir de González Holguín. En esta ocasión le adjunta un nombre: Chacana en general que sugiere la existencia de distintas formas de Chacanas y relega la idea de una interpretación singular, de una sola forma de ubicar e interpretar el símbolo. Si hacemos un ejercicio de suprimir alguno de los símbolos presentes en el Retablo en virtud de su relativa importancia, veremos que ninguno es desperdicio o residuo, pero si es posible señalar que, sin las figuras de las cruces, chacanas, el Retablo carecería de su elemento integrador. Está en la cumbre de la composición y como elemento unificador de lo prensible e inaprensible, del mundo celeste y terrenal; vínculo entre dioses y humanos. La palabra chakarára la describe bien: nexo entre el tronco y la pierna. [9] Podemos afirmar:  vinculo del todo con sus partes.

Por lo mencionado y por su densa y nutrida presencia en todos los espacios y formatos del territorio andino, la consideramos como el principal símbolo civilizatorio de la sociedad ancestral. La forma en que ha sido creada, el origen de sus formas está aún sujeta a investigación y es también fuente de controversias. Desligarla de la contextura de la constelación de la Cruz del Sur es un empresa complicada, sus orígenes parecen anidar en ella; resta conocer el proceso de evolución que parte de cuatro estrellas sin acabada euritmia y asciende a los escalones rítmicos y equilibrados que componen su acabada armonía y plenitud. Cualquiera que sea la explicación final no podrá estar exenta de dimensiones que contengan desarrollada geometría y matemática. La propuesta constructiva de Carlos Milla espera continuadores o impugnadores de su magnitud y talla intelectual. Es necesario subrayar lo laborioso que resulta trazar con suficiencia y armonía una chacana, se requieren destrezas técnicas que solo pueden provenir de un alto y prolongado desarrollo de las ciencias. Por otro lado, asociar la figura con patrones de medida y esquemas constructivos modeladores del universo andino no es desatinado. La ruta abierta debe ser continuada.

Chacana en antiguo códice mexicano

Para acercarnos al significado de la Chacana debemos usar el principio de la relacionalidad andina, también de los ineludibles criterios de paridad,   complementariedad y correspondencia. Sabemos del sustrato social básico de la sociedad antigua, fina red que vincula todos los elementos que componen la realidad :  cosmos, geografía, seres vivos, en la amplia definición que incluye lo animado e inanimado y que P. Descola ha descrito como ontología analógica y también animista [10] que, en nuestra visión, es un todo abrigado con los criterios y fundamentos del espacio-tiempo nativos. La Chacana reúne en sí misma el espacio y el tiempo. Su primera representación se expresa en la tangible presencia de la constelación que le da origen, la Chacana no está en la figura de la Cruz, emana de ella, como el rio Wilcamayo de la Vía Láctea o el Qhapaq Ñan del Sol. La Chacana está en el cosmos en la misma medida en que la Cruz cósmica está en la Chacana terrenal. Por su condición de tinkuy en sí misma puede ocupar la dimensión del espacio o el tiempo. Puede materializarse dibujada en las andas guerreras de un soberano inca o señalar el momento de inicio de una actividad productiva. La Chacana relaciona, une el cosmos y el territorio andino, contiene peldaños para ascender e integrar el pacha-espacio y el pacha-tiempo. Sus tres escalones, repetidos en su entera periferia, expresan los tres verbos del tiempo distribuidos en el presente extenso que cobija un dilatado pasado y reducido futuro. Si el Hatun Mayu tiene su encarnación terrena en el sagrado Willcamayu y el Sol en el Qhapaq Ñan, el cosmos se traduce en la Chacana, significando la paridad entre el espacio y el tiempo y la complementariedad material y espiritual. Objetiva la correspondencia de dos esferas del firmamento sacro andino: lo inaprensible del cosmos y lo inteligible terrenal. Creemos que, segmentar el término en Chaca y Hana como lo muestra C. Milla, así  como asociar los escalones a las tres diagonales explicadas por él es una visión que debe ser profundizada, [11] expresiones que deben ser atendidas. No es posible encasillar a ninguno de los icónicos símbolos andinos en una interpretación parcial y limitante.

Los afanes de transformar la figura y sus peldaños como escalones para el reptar de serpientes y base de vuelo de cóndores y superficies para el rugir de pumas o imaginar caminos para obtener bienestar personal no tienen ninguna relación con el significado de este símbolo. Es el cosmos incognoscible y la reversibilidad del espacio-tiempo, con criterios andinos; la comunión del todo con sus partes, es la comunidad integrada y de miles de rostros y formatos colectivos, no es la unidad, es la unión, no es el individuo, es la comunidad, con el Ser en desarrollo dentro de ella. Es todos los espacios del tiempo y todos los tiempos del espacio, es izquierda, derecha, arriba y abajo, adelante y atrás, es señal de bienestar, de lo infinito de la vida, medida de lo diminuto y magnitud de lo infinito. Se halla en micro copia los elementos fundantes de la vida y en la infinitud del cosmos. Es, en suma, el Allin Kausay universal, la armonía del ser colectivo con la naturaleza, es el equilibrio entre los verbos del tiempo, es comunidad  integrada, diferenciada y unitaria.   La Chakana es el símbolo andino de la relacionalidad del todo.

Chacana en México


[1] Carlos Milla Vidal Villena. Génesis de la cultura andina. Edición del autor. Lima, 2011. Pág. 191.

[2] Ruth Shady, Marco Machacuay,y otros. Centros Urbanos de la Civilización Caral: 21 años recuperando la historia sobre el Sistema Social. Ministerio de Cultura. Lima, 2015. Pág. 66.

[3] Juan de Santa Cruz Pachacuti. Relación de antigüedades de este Reino del Perú. Edición, índice analítico y glosario de Carlos Araníbar. Fondo de Cultura Económica. Perú, 1995.

[4] Joseph de Acosta. Historia natural y moral de las indias. Fondo de cultura económica. México, 2006. Pág. 248.

[5] Fray Martin de Murúa. Historia general del Perú. Libro segundo. Cap. XXVIII. Dastin, S.L. Madrid, 2001. Pág. 412.

[6] Maria Scholten de D’ebneth. Geometría y Geografía Humana en Sudamérica. Revista del Museo Nacional. Tomo XXIII. Lima, 1954.

[7] Lydia Fossa. Bajo el cielo de Chuqikirau. Editorial Horizonte. Lima, 2018. Pág. 287.

[8] Lydia Fossa. Narrativas problemáticas Los inkas bajo la lupa española.PUCP e IEP. Lima, 2006. Pág. 57.

[9] Jorge A. Lira/Mario Mejía Huamán. Diccionario quechua-castellano, castellano-quechua. Editorial Universitaria. Lima, 2008. Pág. 84.

[10] Philippe Descola. Más allá de naturaleza y cultura. Amorrortu editores. Argentina, 2012. Págs. 317, 318.

[11] Carlos Milla Villena. Génesis de la cultura andina. Edición del autor. Lima, 2011. Pág. 74.