Cuando leí el “hola, qué tal», pensé en Parwa; el desorden en mi corazón me hizo creer que no estaba equivocado, tuvo el sobresalto que me provocaba ver su nombre en mi pantalla de teléfono. El nombre que usaba reflejaba parajes de altura y su saludo tenía su forma seca y cortante. Mi seguridad fue mayor cuando observé que sus fotografías eran de parajes que recorrimos juntos. Tenía a C. muy cerca mirando de reojo mi pantalla. Si el mensaje le pertenecía había trepado vallas y superado todas las clausuras que mi medido rencor había puesto en mis direcciones. Escribí un “hola” que esperé tradujera cierto desinterés y la interrogué sobre su identidad sin obtener respuesta, y fue entonces que pregunté si “era quién pensaba”. Cuando evadió la respuesta anoté su nombre y apellido: Parwa Salinas. Siguió jugueteando un par de líneas con el anonimato y luego de un corto silencio aceptó ser ella.
Me provocó una sensación de placer y temor; lo que había deseado por mucho tiempo no me produjo lo esperado, me dejó inquieto y desconfiado. Era previsible que sus huellas volvieran a cobrar vida si se proponía. ¿Qué andaba buscando?, ¿experimentar de nuevo y herir con malicioso filo?; pensé en las virtudes de C., la estabilidad que había conseguido y las diferencias entre un temperamento estable y otro saturado de aristas listo para esparcir conflictos. Quise ser inquisitivo y directo con mi pregunta: ¿qué deseas, por qué me buscas?, “porque contigo me parezco más a mí”, respondió. Era una frase bien construida y que pudo haber removido emociones de inmediato en un alma desguarnecida, aunque era cierto que la defensa tenía una dureza más aparente que real. Antes de su desaparición había elaborado frases semejantes sin que después sirvieran para nada práctico, igual se esfumó.
Pero debía reconocer que ninguna maldición ni herida había logrado que dejara de pensar en ella, la recordaba en momentos inesperados. Los meses iniciales de soledad revisaba páginas averiguando sus actividades; poco a poco logré que las búsquedas se espaciaran y no fueran punzantes ni dolorosas hasta hacerse manejables, menos ásperas. Había logrado reducir su ausencia a preguntarme: ¿qué hará, dónde hace sus días, con quién? Pensé, cualquiera sea su propósito estaba prevenido; no tenía la disposición de volver a desvestir mi piel y mostrarle la forma de mis pensamientos y deseos.
Luego del largo duelo rumiando su desaparición conocí a C., sin buscarla, como aparecen de pronto las compañías duraderas y convenientes; distinta a Parwa, previsible y mesurada sin veladuras desgastantes ni recovecos intransitables; la conocí un año antes en mis primeros días en Pisac. Era una mujer que conservaba con naturalidad su cultura quechua; viajera, se había reinsertado en el espacio de su niñez para iniciar una travesía entre dos realidades, su natal valle sagrado y creativos espacios del mundo. Nos acompañaba un ambiente de tranquilidad y de intensa vida intelectual. No compartíamos hogar ni cercanía diaria, pero manteníamos permanente contacto y nos juntábamos siempre que podíamos en algún lugar del valle o en Lima. No teníamos planes definidos, pero ella ni yo deseábamos estar en otro lugar y con otras compañías.
Pero ahora se trataba de la extraña y nada convencional Parwa que reaparecía de improviso sin señales de lo que realmente buscaba. Debía mantenerme sereno y actuar protegiendo lo que había logrado. Conversamos un par de veces más, el segundo diálogo fue más prolongado, cautos los dos, sin exponer nada trascendente ni desbordes emocionales y midiendo mis palabras. Explicó su ausencia sin ingresar a detalles, estuve en un lugar distante de Huancayo y no tuve manera de contarte todo lo que me ocurrió, dijo. La escuché con atención sin ánimo de indagar más allá de sus palabras. Me contó que continuaba con su pareja y yo le hice saber de C. y de las virtudes de nuestra relación. Pude mantenerme sin emociones reveladoras y midiendo mis palabras, sereno y sin dar un paso en falso. Noté algo, que mis horizontes se habían ampliado y los de ella permanecido en el valle del Mantaro y alrededores, por momentos el silencio prolongado me indicó que no habían ya temas de conversación.
Luego de despedirme de C., retornando al Cusco entre las penumbras del amanecer y atropellando las sombras desprendidas de las cordilleras, valoraba haber podido impedir que su secreta presencia entorpeciera mis actividades, acomodé cada diálogo en lugar sin mucha luz y sin aristas ni reclamos. Cuando el Cusco apareció en todo su luminoso amanecer, había superado el alboroto de su reaparición y recobrado la calma.
Con Parwa conseguimos vivir en el otro como semilla que despliega flores y raíces entre manos y miradas coincidentes, con ella conocí el amor que intuí me habitaba en germen con formas que cobrarían vida en cuanto lo mirara. Confiaba en que esa sensación se presentaría en la primera mirada. La conocí en una exposición de pintura en la calle Real. Me llamó la atención sus menudas formas y la mirada que parecía descubrir el mundo en cada instante. Llevaba un abrigo negro de interior blanco que se detenía poco antes de sus tobillos, me hizo pensar en un ser mítico que habitaba los momentos vespertinos de los roquedales bajos del Huaytapallana. La rodeaba un grupo de artistas de la noche que la escuchaban con atención. Le pregunté al amigo que me acompañaba si la conocía. No, nunca la he visto, respondió, pero puedo saber de ella en un minuto. Se coló al grupo y, a los pocos minutos, resulté extendiendo mi mano para saludarla.

Verla de cerca acrecentó la sensación de estar frente a una mujer que modificaría mis cortas experiencias, tuve la intuición de que nuestras vidas no irían por cauces separados. Son cosas que se sustentan en lo inasible, pero que se pueden tocar cuando nos acompañan. No era bella, pero reunía un raro brillo que la hacía deseable para los varones, mirada expresiva y con matices que insinuaba pasión física y zonas oscuras que invitaba a conocerlas. Sus ojos dilatados y cabellera ondulada cayendo como rizos de tiempo hizo cobrar vida a una presencia que empezó a agitarse en mis entrañas como si hubiera esperado ese momento para decirme que había empezado a respirar. No luciría bien en una pasarela, no era esbelta al caminar, mostraba una verticalidad especial que la hacía parecer acechante; su menuda apariencia exigía reparar en ella unos minutos para descubrir que guardaba un fuego interior visible para quienes apreciaran los recovecos de una personalidad complicada. Me dijo que pintaba por distracción, pero que estaba estudiando para mejorar sus técnicas. La invité a continuar la charla en algún lugar que ella conociera y me respondió que su pareja y su hijo vendrían por ella en unos minutos. Mientras escuchaba su explicación ya me hallaba trabado en sus ojos pardos y pómulos prominentes. Cuando la observé subir al auto y perderse en la noche sentí que se ausentaba una forma que había logrado acomodar a mi cuerpo para habitarme siempre.
A los pocos días mi amigo me ubicó para decir: ¡oye romántico! he averiguado donde vive tu musa, en pleno centro, a pocas cuadras de la plaza Constitución. No le había conversado de Parwa y menos dado un indicio de mis emociones. Atiné a responder: ¿Por qué crees que me interesa?, por tu mirada cuando conversabas con ella, nunca te había visto tan emocionado. No dejó de alegrarme saber que había mostrado mis inquietudes desmintiendo que era un tipo frío y calculador. Continuando la caminata hacia la Facultad le dije que su pareja e hijo eran mucho tema para mí, es un caso perdido, remarqué. ¿Estás seguro?, no seas tonto, fijarse en esos detallitos son tonteras, innecesarias, ahora esas barreras no existen, y menos para ti, la pintora promete, es pasar un rato y ya, Diego, nada más, no se trata de compromisos ni eternidad, solo unos días, ¿no?, sabes cómo son las artistas, fáciles de conseguir, dispuestas a la búsqueda de emociones. No atendí sus comentarios, tenía incrustadas ideas que no tenían que ver con las aventuras que escuchaba ni con lo que atinaba a expresar; en realidad poco me importaba que tuviera familia establecida, eran accidentes que se podían remediar; me vi descubriendo sus ropas y arribando a su oculta sexualidad que intuía intensa, sentía su temperamento acomodado al mío como enzima diseñada para mis formas. No son cosas que puedan ser descritas con palabras, se trata de sonidos, sombras que se desprenden de figuras que cubren labios y palabras. Su media sonrisa y mirada brillante cubierta por su cabellera dócil y ondulada encuadrando un rostro de apariencia frágil las tenía adheridas a mi cuerpo.
En esos días preparaba mi tesis y buscaba una beca en el extranjero. Tenía planes para los próximos años, no deseaba permanecer en Huancayo ni un día después de mi graduación, partiría sin hacer concesiones a nadie. Hubo un momento en que pensé que la única razón para quedarme sería Parwa, provocar que abandone a su pareja; a ese temprano y complicado pensamiento me llevó conocerla. Me despedí del amigo pensando en cómo se coincide con alguien que te completa en la punta de un alfiler, con un rostro que segundos antes no conocías y que cambia el curso de nuestras vidas sin aguardar que las voces se conozcan, que los cuerpos habiten soledades y caminen las calles; ¿quién maneja variables que unen a dos personas en un recinto en medio de miles de habitaciones urbanas?
Hice trabajo de campo por esos días, recorrí lugares que habían sido ocupados por los antiguos Xauxas. Trepar colinas y juntar retazos de cerámica me distrajeron y apenas recordé los incidentes de la noche Parwa. Pensaba en el informe que llevaba para entregarlo cuando la vi ingresar a un centro comercial cerca al jirón Cusco. Me cercioré de que era ella y la seguí hasta una tienda de telefonía. Le hablé cuando salía del local; casualidades de la vida, le dije, procurando ocultar datos que mostraran que era el peor actor de los alrededores. Pareció no sorprenderse, como si lo esperara, hola Diego, lo que ocurre es que Huancayo es tan pequeño, siempre te encuentras con gente conocida; me voy a clases de pintura, añadió, no tengo tiempo para nada más. Cuando pregunté por la mejor hora para llamarla pareció mostrarse confundida, podemos conversar en cualquier momento, respondió, y después de observarme con curiosidad añadió que su vida era rutinaria, mi hogar, mi familia y mis cursos, es todo lo que hago, pero me puedes llamar cuando gustes, mientras no sea medianoche, estará bien. Rio con ganas al final de su respuesta.
La llamé luego de unos días cortos y, sin preámbulos, le pedí vernos y conversar en un cafetín. No dispongo de tiempos para encuentros de ese tipo, dijo, ando muy ocupada. Entonces podemos hablar por fono y escribirnos, respondí. Estuvo de acuerdo. La primera vez que conversamos el tiempo se detuvo, cuando nos dimos cuenta, llevábamos cerca de una hora reconociéndonos y hablando de intimidades que se cuentan solo a la memoria. Su carácter juntaba dureza con ternura; sus modales y voz provenían de fogones rurales y cultivos de maíz; no era mujer acomodada a reglas de urbanidad convencionales, parecía ruda y poco afecta a teorizar; creo que el acústico y raro termino asilvestrada era conveniente para definirla. Supe de su infancia llena de acechanzas familiares, temores e inseguridades. Le expliqué las diferencias con mi padre y mi orfandad sentimental, la ausencia de rostros y quereres que nos arman para las dificultades. Así empezamos la travesía, conversando a la distancia, con mensajes que nos fueron mostrando coincidencias y pocas diferencias. En algún momento, después de diálogos prolongados y correos de varios párrafos dijo que no estaba bien lo que hacía y que no podía seguir en un espacio oscuro y difícil para ella y su pareja. La persuadí para continuar, no hacemos nada que perjudique tu relación, somos amigos, es todo, argumenté al principio, luego añadí una serie de ideas que terminaron convenciéndola de que se trataba de estar bien, acompañados. No dijo más y continuamos conversando cada día más minutos.
Creo que fue al término del primer mes que nos citamos en el Brunetta para hablar de todo el desarreglo que había ocurrido en su vida y en la mía. Recuerdo ese día con detalle: el faldón colorido y de nuevo el abrigo negro con ribetes blancos, sus gestos y el brillo de sus ojos. Me habló de pintores y de sus extrañas biografías, de su familia, de su pareja, que sí lo quería, pero sin la pasión que ella deseaba; también la llené de datos y sueños. Hacía el final dijo que seguía sintiéndose mal, no está bien que le haga esto a F. Deja que las cosas y los días se sucedan, respondí, no hagamos planes, vivamos el día a día; pero si me dices que estoy perturbando tu vida y deseas que me aleje, lo haré. Me miró escudriñando en mi rostro buscando confirmar la verdad de mis palabras. Quizá lo desee, dijo, pero en este momento, no quiero decírtelo, aquí estamos en medio de esto que es tan raro. Juntamos nuestras manos y le dije que deseaba besarla. Hizo un mohín que no supe interpretar si fue de aceptación o rechazo. Fue un momento de comunión de energías que seguro se mantiene en el Brunetta. Le propuse visitar la waca Huarivilca que estudiaba en la Facultad. Está cerca, podemos ir uno de estos días caminando. No sé en qué momento será posible, que excusa dar, dijo. Le respondí que hallaríamos la ocasión, no tiene que ser de inmediato. Pensé que mis deseos quedarían en planes, pero al día siguiente me llamó para decir que había encontrado un tiempo para conocer la waca.
Se observaba el antiguo esplendor en medio de recintos descuidados y depredados. Alardeando de lo poco que sabía del lugar, logré que me escuchara atenta esa mañana luminosa en Huancán. Mira, aquí brotaba una fuente natural de agua clara, era usada para adivinar el futuro, podría hablarte del tuyo si quieres. ¿puedes, sí, puedes?, sí puedo, respondí, cierra los ojos e imagina el brote de agua, no los abras, ya empieza, no demores, dime mi futuro, apuró. Le dije que Inapucarancápia y Uruchumbe, antigua pareja había vivido en ese lugar y que su amor había procreado a todos los huancas, y que nos estaba criando a los dos, están en nosotros. Diego, no entiendo lo que dices, explícame, cuando abras los ojos lo sabrás, respondí. Acaricié su rostro y la besé, ella entreabrió sus labios. El amor de Ina y Uru nos mira y cuida, nunca podremos separarnos, recuérdalo Parwa. La cercanía que tuvimos me pareció una eternidad, sus labios aún me besan. Ya te quiero, le dije, creo que yo también Diego, respondió.
Me llamó casi a medianoche. Todos duermen, dijo, quería escucharte, nunca pensé que algo así ocurriría, no me siento bien, pero me invade una sensación de plenitud que no conocía, estoy contigo Diego, he sentido cosas tan especiales a tu lado, he sido yo misma y es suficiente para seguir juntos, pero no sé cómo manejar todas las cosas, pienso que no podré Diego, no podré. Parwa, le dije, estaré en la puerta de tu hogar si decides abandonarlo, te lo aseguro. Así fue que continuamos, escondiendo el amor, ocultando nuestras manos entrelazadas. Nos hicimos de una motocicleta con la que salíamos a recorrer provincias. Faltaba a clases esos días y ella a sus talleres. Nos acercamos a los pies del Huaytapallana, a Tarma, Jauja, pasábamos por Apata, recorríamos sus calles y el antiguo puente hasta terminar bañándonos desnudos en las cataratas de Chicche. En Jauja ocupábamos un hotel en el centro en medio del bullicio jaujino, era nuestro sitio preferido. Nos hicimos uno en lugares insospechados, a orillas de los ríos y pastos interminables, cumbres elevadas.
Tuvimos dos discusiones intensas, la primera cuando cerró un encuentro minutos antes de vernos; no quiso dar ninguna explicación, solo decir no puedo. Yo había dejado de hacer varias cosas para estar con ella y no entendí un cambio tan repentino que me pareció poco razonable. Especulé con varias posibilidades, propias de una imaginación fértil acostumbrada a especular. Piensas demasiado, respondió, simplemente no puedo, añadió que era dueña de su tiempo y que tenía que respetar sus decisiones. En algún momento de la discusión, y luego de mis imprecaciones, iracunda ella, mencionó que si no estaba de acuerdo con sus argumentos me podía ir al carajo. Me quedé sorprendido y callado con el ánimo de no profundizar el problema. Me ausenté un tiempo pensando si un carácter difícil y duro era conveniente para mí. Ahora pienso que después de esa violenta conversación no debí volver a buscarla, pero lo hice luego de decidir que se trataba de un asunto menor. El otro momento complicado apareció cuando le comenté que si decidíamos hacer una vida juntos tendría que dejar a su hijo con el padre. Me miró con una mueca de asombro, no sabes lo que dices, respondió airada, no lo dejaría con nadie en el mundo, entiéndelo bien. Toda su humanidad se transformó hasta ser unidad con la ira. Después, pensé que había actuado con inmadurez, se lo dije, me equivoqué al pensarlo; pareció no creerme. Terminamos mal, mantuvo su malhumor todo el resto del tiempo y tardó varios días para restablecerse la normalidad y nunca volvió a mirarme del mismo modo. Las cosas cambiaron desde entonces, al punto de insistir que solo deberíamos ser amigos. Fue inútil argumentar; debiste haberlo pensado antes de que hiciéramos tantos planes y de permitir que te amara, le reclamé. No es mi culpa, se defendió, cada uno ve lo que más conviene. Fue fría y terminante, nada se acaba si nos separamos, dijo, yo tengo mi familia, siempre lo supiste, lo siento Diego. ¿Qué había sido todo? ¿un plan detallado cumplido a la perfección?, tenía lo nuestro suficiente contenido para continuar, me pregunté. No supe entender y me llevó a un mutismo que no pude superar. Parwa tenía sus propios planes y yo no estaba en ninguno de ellos.
Por esos días me dijo que viajaría a Lima para solucionar temas familiares, me ofrecí acompañarla, respondió que no era posible, voy con F. Regresó extraña, evitaba verme y la notaba ausente en el teléfono. Fueron los días de la ceremonia de mi graduación. No me acompañó y no hubo manera de ubicarla. Acordamos vernos en el parque de los Sombreros, al día siguiente, tengo cosas que decirte, Diego, importantes. El sol estaba a punto de ocultarse. Estaba tensa y preocupada. Sabes, me dijo: en el viaje a Lima, F. revisó mi teléfono y encontró cosas que no sé cómo estaban allí, discutimos y me dijo que se iría de mi vida llevando a su hijo; yo he negado todo y después hemos intentado superarlo, pero no ha sido posible, hoy en la mañana me ha dicho que la solución es irnos a otro lugar, lejos de Huancayo. ¿Y por qué no le dijiste la verdad?, no pude hacerlo, después de lo que dijiste sobre tus planes no puedo confiar en ti, Diego. ¿Qué piensas hacer, entonces?, mantener mi hogar, respondió, yo quiero tener familia contigo Parwa, lo sabes, estoy decidido, sí, lo sé, pero no estoy dispuesta a dar ese paso, no me siento capaz, lo siento. Le pedí que lo pensara un tiempo, hasta que vea cómo terminaba la beca que perseguía. Pareció aceptarlo. Nos despedimos más tranquilos, pero quedé con una sensación de estar rodeado del vacío. Apretó su bolso con ambas manos y partió apresurada. La recuerdo perdiéndose en la esquina. Fue lo último que vi de ella. Cerró su fono y direcciones y cuando pasé por su casa vi un letrero de venta. Así fue su desaparición. Pregunté entre algunos amigos comunes, ninguno tenía información sobre su paradero.

En unas semanas terminé mis tramites en la universidad, conseguí mis papeles y títulos y abandoné Huancayo en dirección a México donde conseguí un lugar para estudiar un posgrado en antropología cultural. Estuve fuera un par de años. Ni la intensa vida de productiva bohemia y algún amor correspondido me hicieron olvidarla, la recordaba siempre, me preguntaba sobre su vida elaborando teorías sobre su conducta. También tenía recuerdos ingratos, si la ubico, pensaba, me encontraría con la difícil mujer que conocí, con la violencia en sus actos y respuestas y la oscuridad que rodeaba a sus decisiones, su ánimo iracundo; y no dejó de fastidiarme su repentina ausencia; creía que pudo haber evitado crearme la ilusión de formar una relación duradera. Pensaba que todo lo había calculado a su manera, pensando cada paso con detalle.
Regresé al Perú cuando conseguí ser parte de un proyecto de investigación en el valle del Urubamba, temas de conservación cultural y desarrollo de tecnologías ancestrales. Así conocí a C., caminando por Pisac. La observé en un grupo de amigas que escuchaban a músicos extranjeros en la plazoleta principal. Vestía ropa tradicional que no era un disfraz, era ella siendo ella misma. La volví a observar a los pocos días, cerca al puente esperando movilidad para ir a Taray. Tomamos el mismo mototaxi, así nos conocimos. La relación fue creciendo sin planes ni condiciones, con nuestras vidas independientes y compartiendo cosas comunes sin apuros.
Después de unos días de su reaparición Parwa me dijo que estaba en Lima y que podíamos encontrarnos. Junto a la emoción de verla aparecía el temor de no saber en qué acabaría lo que ya era un contacto que iba más allá de una amistad convencional. Me faltaba mirarla de cerca, tomar sus manos. Nos citamos en un parque cercano a su alojamiento. Su figura no había sufrido cambios notables, continuaba delgada, con las huellas del tiempo transcurrido y con un aplomo que no poseía en los años de Huancayo. Nos abrazamos con cuidado, sin muestras visibles de emociones. De inmediato me dijo: no pienses que te he buscado porque quiero algo contigo. Fue la primera advertencia de que ella no había cambiado, era la misma extraña mujer en permanente discusión con el mundo. Había aparecido una valla entre los dos, la observé distinta y sin provocarme las emociones iniciales; no era lo que yo ahora buscaba, pero había que dejar que las cosas fluyeran para saber qué nos tocaba vivir. Me volvió a contar que continuaba con su pareja de siempre, de nuevo en Huancayo. Te explico ahora qué pasó, dijo: cuando F. revisó los archivos de mi teléfono me puso la condición de trasladarse a Huánuco si quería que nuestra relación continuara, acepté, porque no estaba lista para una separación y porque mantenía la ilusión de criar a mi hijo al lado de su padre, además Diego tú no estabas preparado para vivir junto a las responsabilidades que tenía, eras muy joven, creo que te asustaba la idea de asumir un compromiso con mi pequeño. Le respondí que no era cierto, que sí había asumido esa realidad, si no desaparecías ahora estaríamos juntos, le dije. Difícil saberlo, Diego, no ocurrió simplemente, así hay que tomarlo. Nos fuimos a Huánuco, así, de un día para otro, vendimos la casa y estuve dos años allí hasta que nació mi segundo hijo. ¿Qué buscas ahora conmigo?, le dije de improviso. No sé, respondió, no lo sé, quería escucharte y mirarte a los ojos, no tengo planes, sabes cómo soy, distinta a ti en eso. Me sentí inerme en medio de una situación que no había previsto que ocurriera de esa forma; nunca había pensado que volvería a encontrarla. Le confesé la persistencia en mi memoria de los días en Huancayo, las dificultades para olvidarla y también del bienestar que sentía compartiendo mis días con C. No comentó nada de lo que escuchó, actuó como siempre había actuado, ninguna opinión, nada de juicios ni planes. Su carácter se había fortalecido, lucía más independiente, autónoma. Nos despedimos sin ninguna promesa ni plan para el futuro, dejando que los días señalen un derrotero. Afirmé mi opinión de actuar con cautela para no dejarme llevar por los recuerdos e imágenes de los primeros días. Los años me habían enseñado que las personas no cambian, apenas evolucionan, y la manera cómo se deshizo de todo lo que habíamos pensado hacer juntos no me otorgaba ninguna seguridad de estar frente a una mujer distinta y confiable.
A pesar de todas mis objeciones y temores, no pude evitar que Parwa se volviera a meter en mi vida; volvimos a conversar durante tiempos prolongados. Había dejado la pintura para dedicarse a la poesía. No tenía futuro con los pinceles, explicó. Después que nos separamos empecé a escribir y tengo un par de poemarios publicados. Espero puedas leerlos. Me sorprendió saberlo, me envió sus páginas, no estaban mal, había hecho una buena elección al dejar los lienzos. Viajaba a eventos y presentaciones, la estaban conociendo, tenía gente que la leía. Su vida había cambiado y ella no era la misma mujer que conocí en Huancayo. Parecía habitada por una inquietud centrada en conocer gente, ser reconocida y buscar aventuras amorosas. Eso me pareció y se lo dije. Me respondió que seguía siendo el necio de siempre, creyendo ver cosas que nacían de mis propias desviaciones. Me permitió inmiscuirme en su cuerpo uno de esos días. No quiso avanzar más, me dijo que no lo sentía necesario. Lo dejé en ese punto, sin discutir.
En su siguiente visita a Lima estuvo varios días, se trataba de promocionar una nueva publicación. Nos vimos muy poco, su tiempo libre lo dedicó a sus amigos poetas. Confirmé la certeza de mis intuiciones anteriores, no era ya para mí; pude ver la liviandad con la que trataba a sus amigos, la fácil apertura que les brindaba, sus interminables noches de bohemia. No podía saber que ocurría en esas oscuridades y adrenalina que eran frecuentes; se había liberalizado a un punto que sus horarios nocturnos eran más importantes que los diurnos. Dejaba mensajes crípticos que no sabía que destino tenían, eran de reclamo, de solicitud de presencias que no se relacionaban conmigo. Eso pensé. Entonces se dio la última conversación. Me contó de su correría nocturna, de su paso por la casa de un amigo donde pasó la noche, de sus simpatías por uno u otro, de regalos de libros que seguro no eran gratuitos. Y dejó entrever que si hubo algo entre los dos alguna vez, ya había desparecido. La conversación me ubicaba en un papel de confidente o casi celestino que no me acomodaba. En un instante le pedí que desapareciera de mi vida, que no me buscara. No preguntó, no cuestionó. Fue suficiente, fue muy breve, sin despedidas lacrimosas ni reproches. Corté el vínculo de raíz, volví a cerrar todo acceso a sus mensajes. Me invadió un dolor muy profundo atravesándome completo, pero no era ya un espacio para mí. En verdad, me fui al carajo, como ella me lo pidió uno de esos días en que no podía dejar de ser ella misma.