Punta Negra

El frío y la humedad se esforzaban por ingresar en la pequeña habitación. Desde allí, con la puerta entreabierta, le resultaba fácil a Gonzalo vigilar la recepción. No parecía asomarse una noche de movimiento; intranquilo, luego de revisar las habitaciones se recostó a hojear con desgano las noticias. Distraído, guiado por el borde de las hojas, una mancha verdosa en el techo llamó su atención, la imaginó diminuta selva atrapando la habitación, se halló disuelto en pequeñas partículas vegetales, fundido en el trópico minúsculo.

Eran instantes cortos, de ficciones, que ayudaban a Gonzalo a escapar de la rutina gris, la somnolencia diaria de vivir con los horizontes cansados, recortados, de compromisos banales, reiteraciones cotidianas, sueños de juventud olvidados, postergados… Y faltaba tanto aún. 

El timbre del intercomunicador rompió su silencio. Espero que el Conserje respondiera. No lo hizo. Debe estar ordenando alguna habitación, pensó. Se repitió el incomodo sonido.

— ¿Tiene habitaciones?, preguntó una voz joven, decidida, monocorde.

Se incorporó con rapidez para verificar por el mirador. Observó a un hombre en sus tardíos treinta. Mediano, oscuro de tez, cabello negro muy corto formando una repisa sobre la frente. Una mujer se perdía detrás de su figura; cuando ingresaron ella se abrió paso primero. Se quedó inmóvil al verla entera, pegado al mirador. Su belleza hendía el aire  y parecía provocar un vacío observable sin dificultad.  No, no fue solo la belleza material lo que llamó su atención sino la luminosidad que irradiaba su figura, la tranquilidad de su mirada, el sereno equilibrio que mostraban sus pasos. Asoció ideas adicionales, buscó un rostro o un nombre en su memoria, ninguno le sirvió para comparar la sensación de estar observando el perfil de mujer ideal. Cuando la observó en el recibidor la impresión se acrecentó; se desprendía de sus fantasías y perfiles que imaginaba cuando reunía rostros, mirada, cabellera y formas de ser para formar la imagen que consideraba suficiente para compartir vidas. Los reflejos amarillos y castaños de su cabellera liberada cubrieron sus hombros, la forma rápida en que la acomodó luego acentuaron su carácter decidido. Tomó el libro de visitantes y lo revisó sin ningún propósito, buscando aquietar su nerviosismo. Ella se distrajo mirando la pinturas que colgaban de la pared que separaba la recepción de las habitaciones.

De la muñeca del acompañante  se balanceaba una  gruesa esclava de oro con figurillas que mostraban diferentes tipos de armas de fuego que se repetían en el áureo cronómetro y en el anillo reluciente. Perfume penetrante, ademanes rudos y decidido; hosco e indiferente a cualquier estimulo externo, de mirada furtiva que contrastaba con los ojos francos y celestes de ella. Por un instante se miraron, señal neutra en ella, inquietud en Gonzalo que le obligó a desviar la mirada y fijarse en el documento de identidad que llevaba su nombre. Claudia Garcés puso en los formatos que del hotel. Su pareja indicó que dos amigos vendrían a buscarlo, que le hicieran saber. Mientras, revisaba el estante de llaves se preguntaba ¿qué eran, novios, amantes, quizá amigos? Nunca sabría el costo de averiguarlo.

Entregó el llavero de la habitación en la mano de Claudia, la rozó con el dedo meñique, fue una acción deliberada que no pudo evitar. Ella le miró incomoda haciéndole saber su reproche. Mientras caminaban hacia la habitación el tipo reiteró imperativo y displicente, que no olvidara el encargo de los amigos.

Verificó sus datos, a deletrear de nuevo su nombre: limeña, residencia en una  avenida en San Isidro que Gonzalo conocía bien.  Recorrió las  hojas tratando de encontrar sus nombres duplicados sin hallar ninguna referencia. ¿Qué le ocurría pensó, por qué no podía dominar su inquietud? Había recibido a infinidad de mujeres, parejas y viajeros y nunca había sentido interés por ir más allá de lo  cotidiano. Se mantuvo inquieto cotejando la mirada de Claudia con sus imágenes construidas y una experiencia vivida. cuando preguntó al conserje si había visto a la pareja en el hotel en algún momento la respuesta fue clara: no, no los he visto antes por acá. Pasó un par de veces por la puerta de la habitación tratando de evitar hechos que estaban fuera de su control. El Conserje y el empleado de la limpieza lo miraban con inquietud.

En pocos minutos se asomaron al hotel dos tipos de fornidos, con lentes oscuros escondiendo la rigidez de sus rostros. Llevaban dos maletines de cuero que cargaban con dificultad. Se acercaron al auto del visitante y los dejaron en la cajuela. Luego caminaron tranquilos y se perdieron en la esquina próxima.

Avísame cuando salgan de la habitación, le dijo Gonzalo al conserje. Se recostó de nuevo, en vigilia, sintiendo la pesadez del aire, palpando su vida asfixiada por la mediocridad. Dominado por el sueño sonó el timbrazo de advertencia, salió de su retiro para verla. La pareja  le señaló a Claudia un sillón y le dijo con rudeza que iría por el por el auto. Cuando estuvo sola, ella alargó su mano con el llavero que jugueteaba en sus manos y rápida, con la punta de los dedos lo entregó pulcramente impidiendo repetir la impertinencia anterior.  Con gesto irónico Claudia le preguntó:

— ¿Siempre roza la mano de sus clientes?

— Perdone,… no pude evitarlo, fue una torpeza, balbuceó.

Sabía que  no habría oportunidad similar.  El hormigueo de sus manos dolía.

— Me…gustaría verte en otra ocasión,  le dijo, dominando su  nerviosismo.

Miró buscando el auto de su pareja y con la sonrisa irónica, sin alterarse, le contestó seca y cortante:

— No tengo ningún interés de conocerlo.

Levantó los hombros, quiso replicar, las luces del auto se lo impidieron. Claudia, con gesto breve de su mano se despidió.  Pegado al ventanal los observó alejarse hasta ser dos puntos rojos sobre el asfalto iluminado. Se  sentó tratando de ordenar sus emociones. Claudia coincidía con las imágenes diseñadas y conservadas siempre. ¿Es la razón de sentirla conocida? Lugar inadecuado para construir ideas absurdas sobre una imagen inasible, la perfecta idiotez, el camino a ningún lado, se dijo. Distrajo su tensión pensando que el acompañante era un palurdo  que apenas arañaba su vida, compañía impuesta que, intuía, lo conversaría con ella en algún momento. Fue una intuición vaga, difusa que halló imposible de concretarla.

La sensación de pesadumbre y derrota se atenuó hacia el mediodía. Sin borrar de su mente la imagen de Claudia Garcés y luego de aburridas gestiones y de organizar pagos se acercó a la dirección de San Isidro que tenía entre sus dedos. Fue un acto inconsciente surgido de los rincones irracionales que había descubierto conocerla, aligerar la modorra y el desgano que sentía. Nada sensato podía surgir de buscarla, pensó, pero igual se encaminó a la avenida conocida. Desde el auto vigiló el edificio a unos metros de la puerta principal. Caminó explorando el entorno, percibiendo el ambiente. Fue el primer día de una prolongada rutina de observación que provocó dificultades en sus tareas rutinarias. Su menguada vida cambió horarios y costumbres que parecían inalterables. 

Luego de unos días, hacia el atardecer, la vio saliendo del estacionamiento. Iba con el tipo y los escoltaba una camioneta rural con lunas obscuras. Se encaramó en el auto y no los perdió de vista. Se detuvieron para recoger a dos chicas jóvenes que esperaban en una vivienda del camino. Del carro escolta salieron los dos matones con maletines similares a los observados en el hotel que pusieron en el auto del tipo. Tomaron el desvío al aeropuerto y los siguió hasta el salón repleto de viajeros que esperaban sus turnos para registrarse.

El tipo se perdió con las dos chicas en las oficinas de migración, llevaban los maletines con dificultad; los seguían los matones. Pasaron cerca a su lugar de ubicación y lo chequearon con mirada profesional. Pensando que estaba provocando ser reconocido se retiró del terminal. Esa noche su pareja lo interrogó sobre los cambios que observaba. Has abandonado horarios, le dijo, llegas tarde, tenso, irritable y apenas si le dedicas unos minutos al pequeño. ¿Qué sucede? Contestó con generalidades. Pareció tranquilizarse con sus argumentos. Vivían con el cariño justo y medido, sin desbordes ni apasionamiento, carente de intensidad, como un empleo en el que se trabaja con plazos y esfuerzo y sintiendo inalcanzable la jubilación, cumpliendo compromisos que honraba como lo había hecho siempre que adquiría una tarea y la conducía hasta el final. Educado para cumplir los rituales burgueses: familia estable, suficiencia económica, privilegiar el futuro, club de prestigio,  buenas relaciones, casa en la playa y soñar con el departamento en Miami.  Siempre había querido trastocar ésa realidad y siempre encontró buenas  excusas.  Quizá carecía de la fuerza y el aliento o de un motivo para deshacerse del purgatorio.  Ahora presentía que tendría una razón, que nada sería como antes.

Unos días después la observó a mitad de la mañana. La siguió, manejaba un Mercedes Benz oscuro. Estaba sola y parecía dirigirse a un supermercado cercano. Siguió tras de ella y se estacionó alejado del lugar de Claudia. Fue tras sus pasos entre los pasillos. Se detuvo en varios lugares, ninguno libre de publico, hasta que se entretuvo en la zona de licores. Su belleza es sólo comparable con mi estupidez, pensó. Tomó un vino de los estantes y aferrado al vidrio caminó hacia ella. Acción perfecta, pensó. Luego de aparentar sorpresa la saludó y le dijo que se habían visto antes, sin precisar el lugar.  Ella miró hacia otro lugar sin responder. Luego de unos segundos Claudia le pidió que se alejara.

— No lo conozco, por favor, siga su camino.

— Rocé su mano, ¿no es suficiente razón para conocernos?

La respuesta poco original actuó como un sonido que aquietó su incomodidad.

— ¿Me ha estado siguiendo, no?, ¿qué busca?

— Conocerte, nada más, saber de ti.

Y ocurrió de pronto un cambio en su actitud y mirada, se distendió su rostro y se mostró en disposición de conversar. Gonzalo no pudo entender qué provocó que Claudia aceptara conversar. Lo cierto es que, en breves instantes le pedía tomar un café en algún lugar próximo.

— ¡No!, no puedo, es usted un desconocido y, además, tengo compromisos.

Pensó que la explicación le daba ventaja.

— Serán sólo unos minutos, retrucó con decisión.

Claudia continúo caminando, de prisa, camino a los cajeros.

Ella miró los alrededores, revisando su cartera le volvió a preguntar:

— ¿Qué desea, qué busca en verdad?

El fingió no escucharla mientras pagaban por los productos. Se dirigieron a los estacionamientos. Cludia permitió que le ayudara a instalar los paquetes en la cajuela.

No sé por qué le permito todo esto, dijo, me pone en un situación muy incomoda y de mucho peligro. Con el dialogo iniciado Gonzalo sintió poseer el futuro en sus manos.

— Me pongo en peligro extremo… y también a ti, lo tuteó

— Tampoco entiendo mi reacción. Te sigo desde hace semanas y abandonando todas mis rutinas.

Claudia lo miró sorprendida.

— Es cierto, créeme loco, iluso, colócame el nombre que quieras, pero sentí la necesidad de acercarme sin que me interese las consecuencias.

Ella miró los alrededores, tensa, irritada.

— ¿Qué quieres de mí?

— Conocerte, abrir una ventana  en tu vida y  observarte desde allí sin estorbar. Pedir un día para mí. Concédeme unas horas de tu vida, nada más.

Le miraba nerviosa, con sus brazos entrelazados.

— Si me das el número de tu teléfono es suficiente

— Mira, no sabes lo peligroso que puede resultar conocerme. No puedo contactar con gente nueva. No entenderías si te explico, nadie podría hacerlo. Sigue tu camino.

Transcurrieron  breves segundos de silencio, cortados por un vigilante que  caminaba cerca.

— Tengo que irme. Todos tus esfuerzos serán inútiles, añadió, soy un tema  difícil. No pierdas tiempo conmigo.

De pronto divisó a los dos gorilas caminando a lo lejos. Gonzalo dio un paso hacia la sombra que proyectaba una columna. También ella reparó en los dos tipos. Arrancó una hoja de una libreta de apuntes. Borroneó su número.

— No sé por qué lo hago, dijo Claudia, apúntalo.

La observó salir rauda, dejando a los matones observando su partida. 

La llamó de inmediato, mientras retornaba a su auto.

— Quise verificar tu número y ver cuando puedo volver a verte.

— Te he explicado, es peligroso.

— Si es necesario iré a buscarte a tu  departamento, replicó ansioso.  

— ¿Estás loco?…nunca pienses en hacer algo así. Te aseguro que no volverías a  caminar en tu vida. Quizá te llamé, conversaremos.

Dio varios vueltas por la ciudad, sin rumbo, pensando en lo que había conseguido, creyendo por momentos que era suficiente, que ya se había probado en el desafío. Que tenía compromisos, vida construida, que era una verdadera idiotez seguir con la misma idea. Pensamientos que se cruzaban con su deseo de continuar, de no dejar una oportunidad para deshacer lo andado y que estaba dispuesto a correr el riesgo que estaba asumiendo.

No la volvió a seguir, tampoco la llamó, quizá si ella lo hacía vería la forma de manejar todo lo que había provocado en un proceso sensato de amistad, y punto. Usó toda su voluntad para no buscarla, trató de retomar sus rutinas. Lo consiguió a medias.

Después de días largos y mientras continuaba sus luchas internas Claudia le llamó.

— Escucha, no sé que idiotez estoy haciendo, pero puede haber una forma de conversar, mañana estaré en Punta Negra.  Toma los datos. allí podremos hablar. 

Esa noche durmió poco. Le dijo a su pareja que iría a Cañete a ver unos negocios, que quizá se demoraría un poco. Ella no indagó mucho, hacía esos viajes con frecuencia. Antes de partir le pidió que pagara en el banco obligaciones relacionadas con el hotel.

Tomó desayuno en la ruta e hizo paradas para no llegar muy temprano a la cita. Cuando ubicó la dirección un ciclista se perdía entre el polvo y las gaviotas organizaban su vuelo rompiendo la neblina. El mar cercano se olía con nitidez.  Observó la casa desde lejos y no había rastros de gente en el interior.  Se fijó en la hora, aún tenía tiempo, pensó, y decidió dar una vuelta por los alrededores. Una gran extensión de blanca y fina arena separaba la casa de las olas. Se trepó a una roca que dominaba un extremo de la ensenada. La neblina  aún no se despejaba y cubría gran parte de la bocana. Las casas se veían deshabitadas.

Mientras arrojaba guijarros pensó que los últimos días habían sido los  primeros con sentido en muchos años. No sabía dónde le arrojaría después el laberinto construido. Ojalá que su salida conecte con el mar, nadaría hasta el horizonte, perdiéndome entre sargazos, anguilas y caballitos de mar.  ¿Qué pasaría?  No lo tenía claro. Presentía que pocas cosas serían iguales. Se deslizó hacia la base de la  roca. De pronto una mano en su hombro. Era Claudia.

— No debiste venir hasta aquí. Muévete, vámonos.

Hablaba al tiempo que  jalaba de sus brazos. Quedaron  muy cerca de sus rostros. Pudo sentir  su aliento. Rozó su piel, ella se separó con presteza. 

— Todos me conocen aquí, caminemos.

Señaló hacia la parte alta del cerro que lucía una gran cruz en la cumbre. Transpusieron la elevación y descendieron a una playa larga de olas  extensas continuas y espumosas. Caminaron  por  la arena húmeda, en silencio. Presionar la espuma de las olas y  los guijarros, dejando sus huellas hondas le daba una sensación de eternidad. Más tarde nadie distinguiría sus pisadas, pensó, no verían el calor que emitían hoy. Se adelantó tratando de atrapar una gaviota que picoteaba sobre la arena.

Claudia rompió el silencio.

— He pensado en las locuras que estás haciendo por acercarte. Nunca nadie ha hecho algo semejante por mí. Me halaga, no puedo negarlo; después de años creo ver un rostro. Quisiera aferrarme a él ¿sabes?, iniciar una amistad, pero no puedo pasar de aquí. 

— Solo tienes que quererlo

— No basta, hay que poder hacerlo. No es fácil. 

Dio el nombre del tipo aquel y añadió.

— No me permite ni siquiera que frecuente a mis amigas, sé lo que me espera si hago cambios en mi vida. Es capaz de todo. 

— Pero ¿lo quieres, lo amas?

— ¿Has amado tú? Yo nunca me he sentido amada, me gustaría palpar esa sensación, no me gustaría morir sin conocerla.  Me intriga tu actitud, tu osadía. Me llena hasta aquí.

Con su mano extendida le mostró el final de su pecho y continúo:

— Has rozado  sentimientos que creí no tener. Conocernos hace unos años, quizá hubiera facilitado las cosas.  Es muy tarde  para mí.

— Si lo dices por …

— No, no es sólo él,  le cortó.  Es también una forma de vida.

— Déjame ingresar a esa vida y transformarla, replicó.

— Ya lo estás haciendo. Veo lo que has hecho y me interesa saber de ti.  Me intrigas. ¿Quién eres, qué haces, cuál es tu vida? Quisiera conocerte, aprender de tú osadía.

Mientras hablaba la bruma se acercaba a la orilla y su cabellera se humedecía con la brisa, pegándose a su rostro haciendo destacar los azules verdes de sus ojos. Pareció contenerse de apretar su cuerpo contra el suyo, retrasó sus pasos para observarla. Su esbelta figura penetraba la tenue neblina.  Las gaviotas volaban muy bajo,  sus aleteos se tocaban con los dedos. Las olas incansables como batallones blancos condenados al suicidio permanente dejaban sus cuerpos en la orilla. A lo lejos se perdían las últimas casas de la playa, vacías, lejanas.

De pronto se escuchó un ruido sordo y seco, al mismo tiempo que una fuerza potente  hizo girar a Gonzalo hacia la playa. ¿Y ese sonido? Tratando de entenderlo, sintió que su pecho se humedecía, cálido, uniforme. El calor cubría con premura toda la superficie de su vientre y se deslizaba hacia la arena.  Introdujo su mano debajo de su americana y la extrajo  manchada de rojo. La buscó con la mirada pidiendo una explicación.  La sangre se deslizaba por sus pies descalzos tiñendo la  arena. No había dolor, sólo una sensación de alivio,  soledad y agradable pesadez.

Claudia, se tomó la cara  con las manos crispadas, caminando hacía él, confundida, lanzó un gritó que escuchó lejano.. No alcanzó a impedir su caída. Se desplomó sobre la arena.

Se apretó el corazón mientras la vida se le iba. Quiso aferrarse a sus manos, Claudia tomó las suyas ensangrentadas. Su rostro escondido tras su cabellera se desdibujaba con rapidez. No, nunca recordaría dónde había visto ese rostro antes. Sus lágrimas caían sobre Gonzalo como neblina condensada penetrando por la comisura de sus labios entreabiertos que ella acercó con la intensión de besarlo.   Lejano el ruido de las olas. Claudia hablaba, pero no alcanzaba a escucharla. Dos sombras, largas, corpulentas, interminables se acercaban, entre sargazos y caballitos de mar.                                                                                      

san Borja/abril/2002.

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