Ariana

Ariana no necesitó alas para volar. Ocurrió de repente, como ocurren las certezas que están unidas a la ineludible rueda de la vida esperando la ocasión de expresarse. Desplegando sus manos de niña con naturalidad reunía en la yema de sus dedos toda la bondad y belleza del mundo. Algunos intuyeron siempre que Ariana algún día desplegaría sus alas sobre el cielo azul de Karhua.

Miradores altos rodeaban la comunidad, sus estribaciones podían ser vistas desde cualquier lugar de la planicie. Desde el pico más elevado, el Markasani, se observaban lejanas las aguas del Apurímac y se escuchaba el murmullo de su conversación. Ariana recorría sus cumbres con presteza persiguiendo libélulas y pequeños picaflores. Todos la observaban angustiados caminar por los bordes de los acantilados, veloz, pretendiendo detener el vuelo de un wayronko diminuto mientras agitaba al viento su báculo hecho con madera de chirimoyo. Le agradaba correr tras de seres elevándose hacia el cielo y que no superaran el tamaño de su mano. Su determinación era proverbial y no cejaba en el intento hasta tener en sus manos iridiscentes y vertiginosos aleteos que esparcieran polen dulce en sus manos. Retornaba entonces a casa liberando los animalillos y canturreando melodías  que le enseñaban las mujeres de la comunidad.  

En el camino mostraba las formas y colores extraños de estos diminutos invertebrados que, en sus manos crecían de repente hasta alcanzar el tamaño de los siwar. Los seres alados que lograba detener en sus dedos cambiaban su destino. Crecían frente a su vista antes de ser nuevamente libres. Los soltaba juntando sus dedos como en una oración y los acercaba al cielo dejándolos volar por el espacio azul con el tamaño transformado. Algunas veces las criaturas lograban escapar de sus manos. Giraban hacia el espacio infinito batiendo libres sus alas sobre los coloridos campos sembrados de quinuales bermellones, trigales de tonalidades azul grana, tunales que formaban color recién al abrirse. Junto a ellos, chirimoyos de luminosidades terracota, pacaes gigantescos, cañaverales que proveían de jugos de distintos sabores y colores a la enorme falca de dorados bronces que destilaba licores que se bebían en las fiestas del aire, la luz, del agua y de la Luna. El bronce de la falca descansaba en el corazón del Markasani. Allí, con iluminación permanente trabajaban sin descanso los pequeños especialistas venidos de la comunidad cercana de Cconoc. Los árboles, plantaciones, flores y frutales dibujaban en el campo cuadrículas multicolores que desde el aire se veían sólo de tonalidades verdes, repitiendo  un patrón desconocido para los humanos. Así evitaban la llegada de visitantes que pudieran verse atraídos desde el aire sólo por la variedad de los colores de Karhua.

Desde los farallones Ariana observaba la inmensidad de la planicie. Se detenía al borde de las alturas con sus pequeños zapatitos apenas visibles desde el suelo, logrando un equilibrio que todos hallaban imposible de alcanzar. Entonces sus castaños ojillos acuosos observaban sin poder evitarlo desaparecer en el infinito a esos seres que batían sus alas al compás de los números que Ariana descubría. Sí, conocía la cantidad de aleteos que poseía cada diminuto ser y los comparaba con un patrón de tiempo que ella había inventado. Su silueta recortada contra los riscos se hizo popular entre los hombres de la comunidad que coreaban admirados: ¡Jallallas, Jalallas¡, cada vez que observaban su diminuta figura desafiar a la vida descolgándose de cumbres y peñascos con la facilidad de una hormiga celeste. Las sonoras exclamaciones se deslizaban con suavidad por los llanos y escalaban el Markasani donde se guardaban para siempre.

Su madre había ya renunciado a controlarla por ser tarea imposible. Temía que sus osadas travesías sobre los riscos le significarían perder la protección de una figura invisible que la cuidaba y vigilaba. Todos los habitantes de la comunidad estaban seguros de la existencia de ese ser, pero nadie lograba verlo. Se comentaban historias en torno a su forma y procedencia. Unos decían que era una niña vestida de púrpura, de largos cabellos y mirada dulce que se cansaba de seguir a Ariana en sus diarias correrías. Otros aseguraban que se trataba de un niño vestido  a la usanza de la zona, pero distinto por los hilos de oro que refulgían de sus ropas. No había acuerdo en este detalle. Pero todos coincidían en pensar que ella tenía poderes para vencer la atracción de la tierra,  fuerza inevitable para todos los mortales. Afirmaban que esa virtud anidaba en su mirada, en un lunar transparente que podía ser percibido sólo con el sol ausente y  posando ella su mirada en la Luna llena. No era posible observarlo en otro momento y no todos podían verlo. Aquellos que lograban advertirlo tenían en su corazón la mirada y la sonrisa de niño y la capacidad de recorrer los riscos sin temor a perder la vida, pero sentían miedo y desconfianza de ejercer la libertad de volar. Tampoco podían ignorar la opinión de los espíritus de las montañas que siempre tenían miradas acusadoras para cualquier práctica que se saliera de las costumbres establecidas.

Un día logró atrapar una pequeña mariposa amarilla que tenía rota sus antenas. En sus manos se recompuso en instantes y creció como sucedía siempre. Liberó sus alas amarillas y remontó vuelo transformada en brillante luz que revoloteó alrededor de ella sin querer partir. La acompañó incansable durante 99 días y 99 noches, manteniéndose a su lado por todos los lugares que visitaba. La mariposa se hizo parte de las actividades diarias de la casa durante ese tiempo. Se suspendía sobre su cama alumbrando la habitación con gran luminosidad. Bajo esa luz hojeaba sus cuentos con detalle hasta que todos cayeran rendidos por el sueño. En ese instante del amanecer la mariposa descendía a la cabecera de la cama y dormía mirando el rostro de la niña. La acompañó en días de lluvia y sol sin cambiar de apariencia ni de tamaño. Posándose sobre su hombro inducía a Ariana a tranquilizarse y a dejarse caer sobre la hierba húmeda quedándose dormida. La luz entonces se alimentaba besando sus labios.  Regresaba a casa bien entrada la noche con la mariposa revoloteando a su alrededor. Contaba entonces las historias vividas ese día. Los comuneros de Karhua, sus hermanos y padres se sentaban alrededor para escuchar las leyendas acerca del sonido que produce el aleteo de cada animalito que ella capturaba, o el significado de sus variados  lenguajes. Aseguraba que carecían de vocales y era muy fácil de aprender si se escuchaban sus sonidos al revés. Era una rutina que se prolongó durante mucho tiempo hasta que ocurrieron los hechos que cambiaron las costumbres de la comunidad. Fue el tiempo en que la luz de la mariposa partió hacia las cordilleras. Fue la única vez que hubo luminosidad suficiente para observar los rostros adustos de los señores de las montañas ocultas entre las rugosidades de los acantilados.

Era un día en que se cosechaban los frutales. Las mujeres liberaban los tunales de sus espinas con mantas multicolores. Cantaban y bailaban siguiendo los sonidos que emanaban de la hendidura de un peñasco cercano. Se sabía que esa oquedad se iniciaba en las cercanías del puente Ccunyac donde podía verse la dorada puerta sagrada de ingreso a Karhua. El paso subterráneo recogía la música del Apurímac y la conducía por leguas transformando los sonidos del agua en melodías que eran usadas según la ocasión. Afirmaban que los acordes eran la respuesta de la tierra a la felicidad que le producía saber que Ariana corría feliz sobre sus venas. Esta vinculación debió ser cierta porque unos días el peñasco dejó de cantar y las cosechas se suspendieron. Fue cuando enfermó de una rara alegría que le producía sonrisas de colores que precipitaba una fina y colorida llovizna que descendía únicamente para ella, Ese día de luz brillante la recolección avanzaba con rapidez al ritmo de la música y los cantos. Mientras Ariana desde lo alto de un mirador escudriñaba el horizonte buscando un escarabajo volador perdido entre la ventisca. Nadie le dio importancia a un hecho tan común.

La atención cambió cuando fue vista remontando los aires persiguiendo al extraño animalillo. ¡Ariana extendía sus brazos sobre el espacio infinito! Su cabellera ondulaba sobre el espacio azul con su ropa flameando en el aire mientras atravesaba los vientos que venían del sur y se dirigía con los brazos extendidos sobre los cañaverales naranja. Los danzantes detuvieron su trabajo y miraron embelesados el paso del pequeño acorazado volador seguido muy cerca por Ariana que se había negado a que el escarabajo se liberara de su destino. Tomándolo entre sus manos descendió suavemente por la colina y terminó posando sus pies en medio de los pacaes gigantes.  El escarabajo entonces remonto vuelo transformado en calandria diminuta. Más tarde explicó que un escarabajo volador de gran tamaño hubiera asustado a los niños del campo. La fiesta continuó, el trabajo prosiguió después del momento mágico que no sorprendió mucho a los comuneros. Sabían que esto sucedería algún día. Varios de ellos vieron a la figura protectora extendiendo sus manos luminosas en torno a Ariana. De cabellos dorados y vestidos púrpura, explicaron emocionados.

Desde ese día su cabellera brillante era vista desplegada al viento por todos los confines de la comunidad. Un día aquí, otro mas cerca de las elevaciones; siempre acompañada de seres diminutos revoloteando a su alrededor, atendiendo a las personas que requerían ayuda y alivio de sus penas.

La última ocasión que quiso ver el mundo desde los aires fue durante la fiesta de las aguas. Ese día todos los líquidos y hielos de la comunidad eran conducidos hasta una pequeña laguna de color turquesa que servía de albergue a variedad de insectos, plantas y animales de la planicie. Allí se revitalizaba el color y consistencia del agua. Luego le añadían los sonidos del Apurímac que se guardaban también en el Markasani  y las  redistribuían por toda la comarca. Ese día Ariana quiso elevarse sobre la laguna protegida por la bellísima luminosidad de sus anteriores experiencias voladoras. Dudó un instante en impulsarse. Pensó que la luz acudiría con un sonido  breve que emitió su voz con rapidez. No obtuvo respuesta. Espero unos segundos y decidió emprender vuelo, segura que no sería descuidada por su niña protectora. Enorme fue su sorpresa al comprobar  que no podía  elevarse hacia los vientos a pesar del esfuerzo que puso su corazón. Se internó en las aguas, se tiñó de turquesa. Salió de la laguna ayudada por las comuneras que  siempre la rodeaban cuando ella estaba en la planicie.

La secaron con presteza sin percatarse que la niña luminosa le decía al oído: no debiste dudar, no debiste llamarme, se vuela sin pensar, solo deseándolo. Mientras esto ocurría, la  vieron crecer de repente dejando de ser la niña que tanto tiempo había recorrido las alturas, volando como las pequeñísimas aves y caminando por los arroyos naranja aliviando a los enfermos con su mirada. Entendió con rapidez que la razón que sostuvo su prolongada infancia fue la fe que perdió de pronto esa mañana frente al espejo de aguas turquesas que bañó su niñez y la transformó en pequeñísimos instantes en adulta en una ecuación de tiempo que se presenta cuando la fe se ausenta.  No se sintió triste,  porque entendió con transparencia que la niñez tiene un tiempo y un espacio, que los sueños se cumplen cuando se sueñan y que los años que podemos volar venciendo la fuerza de la realidad terrena debemos hacerlo. Fui feliz y contagié de felicidad a mucha gente, —dijo—. Lo llevaré en mis recuerdos y en mis días por venir. Aprendí que era necesario creer en lo que no veía ni oía, ni  tocaba mis sentidos,  en lo que estaba más cerca  de mi corazón. Dudé, y la indecisión me quitó la niña eterna que llevaba dentro. Pero los días de sol y lluvia continúan, —dijo finalmente.

Ariana ha salido para siempre de Karhua. Ha crecido y recorre el mundo en estos días. Ha estado en los lugares más altos del planeta sin precipitarse por sus cornisas, ha caminado por interminables elevaciones donde la nieve conversa con los astros. La conduce la nostalgia de los días que veía desde el cielo los campos multicolores cubiertos por distintas tonalidades de verde siguiendo un patrón negado para los comunes. En los últimos años ha descubierto el amor terrenal y también lo ha perdido. Ha aprendido que este sentimiento se renueva en cada minúsculo espacio de la vida; en el vuelo de un insecto multicolor que va creciendo ante nuestros ojos o en la espuma de las olas que bañan nuestros pies sin descalzar.  Ariana también puede ser vista en las grandes ciudades con la misma soltura que camina por los bosques  selvas y llanuras del continente.

En todo instante sabe, no olvida, que hay seres que cuidan su felicidad y su destino; que construyen esquinas amarillas, puntos de encuentro para humanos que recorren sus vértices con direcciones en la mano. Hoy navega en tierra, contra el viento de la desesperanza y la soledad, muy cerca de la felicidad. De su niñez conserva variedad de sonrisas que aprendió aquellos días de febril temperatura y que usa con frecuencia desprendiéndose de sus labios acompañadas de los colores de su infancia. Las usa siempre confundiendo los sonidos, mezclando sus intenciones.  En días de sol intenso algunos niños han podido observar una fina garúa que la acompaña y en su respiración perciben aún a la niña amiga vestida de púrpura que ha asegurado que un día volverá a mostrarse ante sus sentidos para conducirla de nuevo por los senderos bifurcados de su espiritu.  Se está preparando para ese momento. Escribe  con frecuencia  sobre sus sentimientos, detallando con severidad  en rugosos papeles amarillos los ajustes a sus debilidades. Algunos pueden observar las alas ocultas detrás de su corazón.

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