Viceversa

Lo que sigue es un retazo de la novela «Viceversa». Pasaje que narra la búsqueda que hace un personaje, de una mujer que se ha ausentado de su vida.

Pasé la mañana esperando su llamada, hacia el final de la tarde intenté ubicarla por su móvil, parecía apagado. Llamé a su casa y respondió su hermana y dijo:  ¿no sabes que ha viajado?, se fue anoche después de la ceremonia,  ¿no lo sabías? No, no lo sabía, contesté aturdido. Si, viajó,  no sé más, dijo que enviaría su dirección, tú sabes lo inesperada que es ella. No sé si vuelva pronto, ha dejado a Paula.

Dejé el fono en su lugar, froté mi  rostro desconfiando de la veracidad de la noticia, aturdido, deambulé por la habitacion buscando algún lugar donde depositar mi humanidad descompuesta. Me senté para remediar la flaqueza de mi cuerpo. ¿Por qué, a dónde, hasta cuándo? Abrí la gaveta que contenía nuestros recuerdos, su rostro de la noche inicial con Paula pegada a su pecho mientras sonreía coqueta a la cámara, papeles, servilletas, separadores de libros. Necesitaba desatar el nudo en la garganta, aquietarme, pero no hallaba la forma. Larga madrugada, sin nitidez ni forma en mis sensaciones y sin la tibia normalidad de un día a su lado. Ubiqué bien el abrazo prolongado y su silencio por la invitación para vernos; su mano elevada y  discreta, callada, firme, su negativa a recibir las fotografías y cartas. Le escribí un mensaje corto que no pude enviar por la prohibición que había instalado a mi correo. Luego de unos días acudí a Norma; me entregó una nueva dirección con mucha reticencia; ¡no me has visto! por favor, no me pongas en problemas con Mariel. Devolvía mis mensajes uno a uno, supuse que sin leerlos. Regresé a Tiabaya para superar observaciones que surgieron a última hora y que más eran el producto del genio de la ingeniera Morales disgustada por la serie de escritos que le habían quitado tranquilidad.

Fue un tiempo prolongado de inventario de daños y perjuicios. Eran muchos, sus perniciosos resultados no me distrajeron de la abulia y la dejadez que me invadía; los amigos preguntaban por mi delgadez y ausencia de las reuniones, Fabiana y Rodrigo me notaban distraído, ausente. Mantuve todo ese tiempo una maraña de razonamientos e intuiciones, la mayoría carentes de sentido. ¿Hubo otra manera de amarla?, ¿pude actuar distinto, aceptar su amor en contra de todo pensamiento adverso? Era lo que tenía, nadie se inventa para cada ocasión; la única creación nueva fue entregarle mis lugares más remotos y callados. 

Luego de algunas semanas, por el correo convencional, recibí una carta suya con el matasellos de Oporto. La abrí con temor.

Mariano: Organicé este viaje desde hace un tiempo y se hizo urgente luego de la noche en Barranco, es algo semejante a la devolución de tus cartas y fotografías, distinta porque es irreversible. Al final triunfó tu profecía; no te sientas mal, lo hiciste bien. Desde mi lugar veo pasar el Duero, lento como mis pensamientos. Es una ciudad especial que completa bien mi soledad y llena la distancia que hay hasta ti, 

¿Razones de esta aventura?, varias, mi deseo de vivir en Europa, estudiar, trabajar también, y más en esta ciudad que conocí hace algunos años. Me prometí entonces vivirla algún día a plenitud. No podía permanecer más tiempo en Lima; me reclamabas silencio cuando iba en tu búsqueda, a mi silencio lo acusabas de cercanía con otros nombres, a mi deseo y decisión de estar contigo para siempre la considerabas locura pasajera. No podía continuar caminando con una mano impidiendo tu partida y la otra ahogando el llanto sobre mis labios; lucha diaria contra  fantasmas que emergían en medio del trayecto hacia algún lugar. ¿Quién puede entregarse al amor si el amor quiere partir cada día?

He fantaseado con la idea de ingresar a tus correos; me preguntaba si hallaría habitaciones secretas, fantasmas conversando contigo, como esa fotografía de Evangelina que se escurrió de tu incompetencia para ocultarla. Pero descuida, no cruzaré esa delicada línea, nunca sabrás por mí de la barbarie que significa fracturar una cerradura y torcer una decisión que terminaba en nuestro amor. Lo intentamos, pero nada había que esperar después de tu brutal invasión; ganaron tus miedos e inseguridades; destruída la confianza nos visita la independencia.

¿Me amabas, Mariano?, quizá, quizá de un modo especial y distinto, con un  amor que tenía  las dimensiones de tu confianza, con un cariño equiparable a la altura de los muros que te protegen y que mides cada día. Me he preguntado sobre la ubicación que me asignabas, pienso en el nombre de amiga íntima o quizá el apellido de novia transitoria, nunca compañera para siempre. Cualquier papel que desearas concederme era como medalla joven que colgabas de tu solapa. Quizá lucía muy inestable para tu serenidad y débil para tu entereza, vacilante para tu seguridad, muy accesible para tu seriedad, también incompatible con tus hijos y quizá peligrosa para tu sexualidad. Al final,  alcancé el nombre que preparaste: intrusa entre tus inseguridades y conflictos. Carecía de formas para ser tu pareja; no son excusas, tú necesitas una reproducción exacta de ti mismo, algo imposible de alcanzar. El conflicto que sembraste se añadió al que yo llevaba oculto en espacios más profundos. Convivencia de tus aprensiones junto a una incipiente autoestima.  Asumo completa  mi responsabilidad y continúo con los trámites que hago para repatriarla, reconstruir mi ego y superego. Perdona si sueno inadecuada, pero es así, ahora conozco bien que el pleito es con nuestras sombras.

Pienso en los años nuestros cuando la vida amanecía distinta cada día, nuestras cartas, viajes, libros y conversaciones interminables las tengo conmigo, para siempre.  Pero, debía partir y liberarte del gravamen que te impusieron mis años, desatarme de las necesidades que adquirí contigo. Debía partir por Paula que me exige integra, reconciliada con la vida y libre de mis pequeñeces. Hallaré una forma de acomodar tu ausencia, es algo que tú mismo me recomendarías. Mi próxima meta es traerla  conmigo, ojalá sea pronto. Sabes cómo es la vida en tierras extrañas,  hago lo mejor que puedo.

No sabré si la imitación de Antonia tuvo tu aprobación,  quizá no desarrollé mis líneas como esperabas, en realidad es difícil hacer realidad el papel que un autor tiene diseñado para su personaje principal. ¿Quién se lleva el reconocimiento, cuál de las dos fue verdadera?, lo sabes tú. Prefiero creer que imitamos bien a la niña francesa y a su amante chino, maniatado por las prohibiciones y sus temores. Como ves, los argumentos que inventamos no estuvieron solos nunca, mucho de repetición y pocas novedades, los miedos cruzan fronteras. Tienes una novela por escribir, si la tuvieron ellos, entonces Mariel y Mariano se merecen otra. Haz la tuya, yo la tengo vivida, con inicio y final, completa y terminada.

No me busques, no encuentro ninguna forma de compartir el futuro juntos. Encontrarás la mujer que tu biografía necesite, hallarás ese rostro, estoy segura. Por mi lado, nadie habitará el espacio que nunca quisiste ocupar. Seguiré aquí, viviendo, intentando hacer bien las cosas. Haz lo mismo, por aquél instante en que fuimos felices.

Cada uno es herido por el amor de manera irrepetible; algunos cardenales demoran en recuperarse, otras señales crecen en el rencor y en su voluntad de venganza; en ocasiones la ofensa vive con el filo de su veneno apuntando a un próximo inocente. El daño pocas veces es gratuito porque el puño que agravia es nuestro, elegimos el estilete más sutil, la forma más precisa de ser lacerado, como el suicida que no ceja en diseñar su libreto para herirse sin remedio. He llegado a pensar que merezco lo ocurrido, edifiqué con detalle cada acto y escena; son ideas que me han ayudado a aquietar los rezagos de malos humores.

Confundo el tiempo transcurrido desde su partida, es quizá un mecanismo de defensa que me protege de iniciar  una y otra vez el recuento del tiempo que vivimos juntos. Cuando quiero precisar los años lo asocio a la debacle de Tiabaya y a la desaparición de una época. Se unen dos gemelos distintos: la arisca recepción arequipeña que liquidó una experiencia económica y la floresta inabarcable de los días con Mariel se entrelazan como una mezcla de  dolor y resignación. Es lo que sucede cuando la ineptitud se asocia a la esterilidad, desaparecen diluidos en la eternidad.

Los primeros meses de su ausencia fueron de soledad sobre desamparo, vacío sobre abandono, hasta percibir preocupación por mi desarraigo de la vida diaria. El tiempo libre que me dejó la liquidación de la empresa lo usaba para recorrer lugares nuestros: el jardín costero de vías y árboles frondosos; el espacio que nos suspendía sobre el mar mientras tomábamos una copa que aligeraba la conversación; el barroquismo de aquella posada que se asociaba bien a los claroscuros de nuestros problemas, los jardines que Paula recorría para esconder la sonrisa detrás de un árbol que la revelaba en toda su inocencia. Descendí en el Cusco, por el deseo de recorrer los espacios que compartimos en los momentos en que nuestros pasos estuvieron confundidos hasta casi ser uno solo. Descansé cerca al lugar donde Paula dio sus primeros pasos; ingresé a los lugares de música y bohemia para salir sin retornar de nuevo; caminé las callejuelas irregulares que cimbreaban los cerros hasta las alturas de San Cristóbal. Volvía con frecuencia a la esquina del primer encuentro pensando iluso que la reencontraría erguida  y segura de lo que hacía junto a la frescura de sus años.  Lento renacer, gris perezoso que se torna azul con lentitud; retorno moroso a la medianía de malos hábitos y buenas costumbres, inventando nuevos fantasmas, lamiendo la miel negra que destilaban mis dedos.

Luego de algún tiempo de hurgar en la voluntad de Norma y de saber que había visitado a Mariel, conseguí su dirección en Europa y decidí buscarla. Así llegué a Oporto luego de una parada en Madrid. Un silencioso taxista me trasladó a un alojamiento del centro histórico mientras revisaba el trajinado mapa de la ciudad que había conseguido en la embajada portuguesa en Lima. Quería estar cerca de su dirección, llegar a pie desde el hotel. Después de ordenar mi corto equipaje salí en su búsqueda. Siguiendo la línea trazada, tomé la avenida de Los clérigos para llegar a la estación de San Bento. Allí, ratifiqué los datos y caminé la avenida Henriques hasta la orilla del Duero, a la Ribera Negra, cerca al puente de Don Luis.

Norma me había indicado que llegara a la Fonte da Praca da Ribera y luego me acercara hacia el puente y observe una lápida de homenaje a un personaje del río denominado Duque de la Ribera. Si llegas hasta ese punto, dijo,  estarás a unos pasos de Mariel. Era una vieja edificación que, efectivamente, estaba cerca del puente. Las casas coloridas se desparramaban de la pendiente como dibujos instalados de acuerdo a un plan minucioso. El primer nivel lo ocupaba un restaurante y se veían oficinas en los pisos superiores. No veía huellas de viviendas. La administradora del lugar, una amable señora entrada en años, me explicó: no está aquí hace ya un  tiempo, no, no dejó información; llegó su niña y se mudó a un lugar más grande; ¿quién pregunta, un pariente? Sí, asentí nervioso; tuvo el buen tino de no abordar otros linderos. Señaló, extendiendo su dedo índice hasta el cielo, la habitación que había ocupado. Sí, puede conocerla, respondió cuando le pedí subir con ella hasta el último piso. Eran dos habitaciones unidas a una cocina diminuta y baño estrecho. La vista era hermosa, caminé con lentitud sobre los maderos tratando de coincidir con sus pasos perdidos en el tiempo, abrí el grifo del lavadero de la cocina seguro de que estaba acariciando sus dedos. El rio se desplazaba lento y compacto hacia el Atlántico, al frente se observaba el barrio de Vila Nova de Gaia, con sus bodegas de oporto que seguro Mariel había visitado. Recorrí después algunos lugares que estaban en su camino para salir del puerto hacia la ciudad, fondas, cafetines; en algún lugar reconocieron su fotografía,  ah sim las meninas, eu me lembro deles,  pero no sabían más de ella, dijeron. ¿Se mudó de ciudad, a qué otro lugar? No, se había quedado en Oporto, pero resultaba muy difícil dar con su paradero, no era una ciudad pequeña. Regresé a mi habitación para descansar. Al día siguiente volví al mismo lugar a sentarme en la ribera, a pensar y a esperar algo imposible, que llegara a esas orillas por la necesidad de retornar otra vez a un espacio bohemio que ella apreciaba, de músicos, arlequines, vino oporto, y un paisaje de colores y aromas irrepetibles. Me comuniqué con Norma, me respondió que desconocía su nueva dirección, me sugirió visitar la embajada peruana en Lisboa, quizá allí encuentres información, concluyó. No hice ese viaje, pensé que era inútil. 

 

Se extinguió el luto con lentitud, a pequeños sorbos medidos con la avaricia de mi memoria; perduró su figura delgada frente al mar nocturno, mi mano hurgando en su pecho desnudo, también el recuerdo de la vista sobre el Duero, sus embarcaciones, el sol matinal. Con el tiempo el dolor fue cediendo lugar a la nostalgia y los detalles se fueron acomodando en la rutina como fogonazos atemporales que perdían  el brillo original. Sus manos empequeñecían y su voz rasposa descendía por el acantilado pedregoso hacia el mar inquieto. No me abandonó por mucho tiempo el afán de recorrer las calles cercanas a su casa, fisgonear en la esquina, observar la fachada. Retenía mi pasar unos instantes y seguía de largo, desorientado. Son momentos en que el pasado gobierna inútil la existencia y se acumula como costra insostenible. Así fue hasta caer vencido por la conformidad y la resignación.

Después de un tiempo, junté las piezas desarmadas de mi hogar extraviado y pude abrir un espacio de reconciliación al retornar a la casa familiar, junto a Fabiana y Rodrigo. Breves años de quietud y destellos de felicidad. Curamos heridas y revivimos algunos  sueños que me otorgaron la sensación de no haber caminado en vano. Como todo, las etapas se cumplen, se inician otras; ahora no están, dejaron sus habitaciones vacías. Hay otros afanes, otras tareas, es el signo de la vida que voy cumpliendo en su círculo completo. Nunca sabré cómo se hubiera instalado Mariel en ese corto espacio, cómo se hubiera ubicado en medio de un arisco jovenzuelo y una joven mujer que se aferraba a mis escazas fuerzas como madero de naufragio.

sb/2019

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