Sólo con el propósito didáctico y explicativo se utiliza la denominación Tema mujer para referirnos a una realidad que está inmersa en otra más amplia, que comprende el sistema imperante y que lo encierra en un constreñido espacio aislado de toda la estructura que, el capitalismo colonial, ha instalado en nuestro territorio hace más de cuatro siglos. Objetamos esta visión por cuanto es en el contexto hasta aquí desarrollado donde debe insertarse esta temática de singular importancia en el esquema de emancipación que debemos remontar.
Consideramos que no se resolverá en toda su dimensión mientras sea situado en el territorio de ideas foráneas. La situación de la mujer está inserta en el resurgimiento de lo ancestral y, también, flanqueado por la confrontación este-oeste; norte-sur y hombre-mujer.
Subrayamos que será resuelto en el retorno a lo ancestral, vía una nueva civilización. Sin embargo, es necesario exponer algunos puntos de vista de contemporánea vigencia sobre esta realidad.
La visión femenina que impera es la que proviene de la cultura dominante que sostuvo la legitimidad de la esclavitud. Recordar esta relación no es innecesaria porque, de ese formato social, surge la idea de la existencia de formas diferenciadas de humanidad plasmadas en la concepción de la relación mujer-hombre.
Este pensamiento se sustenta en el temprano desarrollo de la dialéctica en Grecia, reinterpretado y usado después por el materialismo dialéctico. Es doctrina que necesita de la existencia de dos sujetos en pugna permanente, de dos entidades que luchan por la primacía y la supervivencia. Ubicar a la mujer y al hombre en el espacio de tesis-antítesis-síntesis es el resultado de proyectar a este segmento de las relaciones sociales los principios dialécticos como también las leyes de la lógica aristotélica: principio de identidad, de no contradicción y de tercero excluido. Tomemos como ejemplo el primero, que señala: “A es A, no A es no A”. Si usamos este principio a la relación mujer-hombre, induce a la asunción de representaciones específicas y diferenciadas de ambos seres.
Es decir, se construyen roles que se consideran propios de la mujer e impropios para quien no lo es. En el espacio andino, decir: “mujer es mujer, hombre es no mujer”, no armoniza con las experiencias de desarrollo social que han sido por milenios formas de convivencia en que dos seres se complementan de variadas formas sin que signifique la anulación de la condición biológica de cada uno. Así como Túpac Amaru podía ser Cóndor, o Túpac, o Amaru, así el rol de la mujer y el hombre tiene incontables representaciones y significados. Ninguno de ellos lo podía conducir al estrato de no mujer, no hombre.

Subrayamos la antigüedad que posee el pensamiento que sustenta la relación hombre-mujer como la confrontación dialéctica de la tesis y la antítesis. Es una visión que apareja violencia y sometimiento, porque la ley afirma que uno de los contrarios vence y somete al otro, cuando no lo desaparece. Esta supremacía del uno sobre otro se ha fortalecido con la influencia de otros elementos culturales potenciados por los credos religiosos. Los dogmas de las religiones abrahámicas, por ejemplo, no consideran la idea de un Dios femenino.
El capitalismo tardío ha limitado los derechos de la mujer asignándole roles reproductivos y sexuales, cosificando su vida en roles intransferibles y convirtiéndola en un objeto de exhibición y de placer. En este ámbito las mujeres han desarrollado procesos de independencia y autonomía, pero los han conducido a reproducir con la pareja las mismas prácticas de discriminación y sometimiento sufridas por ellas.
La idea indígena es distinta. No parte de la resolución de un problema dialéctico sino de un antagonismo que encamina su solución en la búsqueda de realidades complementarias. Es un principio que imita a la naturaleza y facilita un espacio de entendimiento para dos o más elementos que contienen oposiciones entre ellos. La naturaleza resuelve en sus espacios y tiempos permanentes situaciones antagónicas; la cultura andina supo recrear escenarios similares para resolver situaciones sociales antagónicas que poseen particularidades sociales opuestas, pero factibles de ser resueltas activando las características de complementariedad que conservan.

Hay cuatro elementos en este proceso de entendimiento:
— Reconocimiento de los antagonismos.
— Voluntad de hallar coincidencias entre ellos.
— Respeto a las diferencias fundamentales e innegociables.
— Acuerdos y formalización de prácticas de cooperación.
El proceso de búsqueda de complementariedades es distinto al dialéctico. Mujer y hombre no son dos elementos en contradicción destinados a fenecer para generar una síntesis de ambos, cuando no la desaparición de uno de ellos, sino partes de un todo que debe ser tratado como unidad dual y en disposición de superar sus antagonismos y arribar a una realidad nueva, completa e integral que encuentra su lugar entre otros procesos semejantes para dinamizar la vida y conseguir el equilibrio y la armonía del todo.
El equilibrio que se busca no está circunscrito ni acaba en el entorno mujer-hombre, sino que es parte de una armonía mayor que involucra a todos los componentes de la naturaleza y compromete el funcionamiento del cosmos. Si lo comparamos con el feminismo europeo, no se puede analizar la pugna hombre-mujer ignorando la lucha de clases, las diferencias interétnicas, los conflictos culturales, el hambre y la miseria y la explotación sexual que sufren las mujeres, en especial.
El proceso de búsqueda y hallazgo de complementariedades puede resultar corto como prolongado en el tiempo, pero siempre útil, por cuanto aún los antagonismos más pronunciados tienen conformaciones que necesitan complementariedades. Las coincidencias tienen distintas gradaciones, las habrá en niveles altos como bajos, pero nunca dos entidades sociales carecen de capacidad de entendimiento. Hay factores colaterales que facilitan el entendimiento como el medio social, económico o geográfico que pueden acelerar o retrasar el proceso.
El espacio de entendimiento crea un lugar, un territorio o escenario, en donde se manifiesta y se concreta la complementariedad: es el espacio tinkuy, que puede también ser entendido como momento, lugar, en el que dos entidades encuentran aspectos que los complementan. Se trata del encuentro de dos voluntades dispuestas a entenderse, a complementarse.
La complementariedad no es el único principio que hace posible que dos elementos, en este caso mujer-hombre, promuevan realidades complementarias. Factores adicionales colaboran en la evolución primaria y básica de hallar coincidencias. Nos referimos a correspondencia, paridad, reciprocidad; relacionalidad; afectividad; sacralidad y espiritualidad; comunitarismo e inclusividad.
La paridad mujer-hombre tiene características particulares porque la pareja no puede ser sustituida por otra equivalente para desarrollar las funciones que la naturaleza les ha proporcionado para la prolongación de la especie humana. Otras paridades humanas son posibles, pero ninguna tiene la capacidad de compartir atributos reproductivos. Veamos solo algunos ejemplos de elementos que conservan diferentes escalas de paridad y mantienen niveles altos de complementariedad: día-noche; música e instrumentos; anillo y dedo; pintura y pincel; alegría y pena.

La paridad mujer-hombre no asegura un entendimiento natural, es necesario cultivar formas de comprensión que conduzcan a los actores antagónicos a un encuentro, a un tinkuy, que nunca es estático, sino lugar donde se activa una complementariedad dinámica, en continuo cambio y transposiciones.
La reciprocidad en la relación hombre-mujer exige de uno y otro la entrega de dones, de actos, objetos, actitudes, que correspondan a las acciones que se reciben. En el universo andino todo acto o acción social provoca réplicas semejantes que equiparan la acción original y satisfacen la necesidad de las personas de manifestarse iguales en el espacio y en el tiempo. No se considera atinado ni adecuado que el acto recíproco entre dos entidades tengan desigualdades en valor y contenidos. El acto recíproco tiene que poseer la misma importancia en forma y significado que el primigenio que dio origen a la necesidad de reciprocarlo.
La armonía entre el hombre y la mujer entonces emerge de la búsqueda de complementariedades entre dos seres que son pares naturales y están siempre atentos a efectuar acciones recíprocas entre ellos.
La relacionalidad nos indica que nada deja de estar vinculado a un todo. Toda acción remota repercute en el conjunto de los miembros de la comunidad. El universo está relacionado a través de sus partes; el hombre y la mujer contribuyen de manera imprescindible a conseguir armonía en la casa del universo. Son dos entidades que no se pueden sustraer a la cadena espiralada donde concurren todos los seres sin limitaciones que se derivan de separar los estados del tiempo. La relacionalidad abarca pasado, presente y futuro, vistos con la mirada andina, es decir, sin fronteras que los separen, mezclándolos y sin establecer puntos de inicio y fin de los verbos del tiempo.
El trato afectivo es una práctica que proviene de considerar a todos los seres de la naturaleza poseedores de contextura sacra. Esta actitud incluye a la materia considerada inerte. Todos somos expresión de distintas formas de humanidad. Partimos de ese básico reconocimiento para entender que el trato con las formas humanas reconoce en el otro una expresión espiritual. Las mismas consideraciones que tenemos por las plantas, animales, materia, las tenemos también con la pareja. No se le depara un trato especial sino que es parte de la infinita relacionalidad del cosmos. La afectividad hombre- mujer entonces fluye natural porque la consideración sacra que se le atribuye a la pareja se incrementa en intensidad porque se produce dentro de un vínculo singular de amor y complementariedad.
El comunitarismo e inclusividad generan condiciones más favorables para una relación armónica entre la mujer y el hombre. La comunidad promueve la inclusividad, impulsa un control social que está ausente en las relaciones dentro del capitalismo. La comuna observa, pone límites, sanciona, impulsa la reactivación del tinkuy cuando disminuyen los factores que lo apuntalan.

La pareja en comunidad, en discrepancia con quienes estiman que la colectividad anula personalidades o disminuye las capacidades humanas, goza de las libertades que no poseen las parejas del espacio donde el individualismo es la norma. Potencia sus capacidades productivas porque recibe la ayuda de la comunidad en el cuidado de los hijos, incrementa, por lo tanto, la capacidad de la comunidad de aumentar sus bienes. La inclusividad es el resultado natural de no hallar diferencias entre los componentes de la comunidad, por tanto es natural la aceptación del distinto o la distinta, del foráneo, de todo aquel que luzca particularidades que no son comunes al total de la colectividad.