Apologista de Occidente

Con el paso del tiempo y ya en plena madurez creativa e intelectual, el escritor deviene en vocero destacado de las virtudes y bondades de la civilización occidental, difundiendo la posición monocultural y hegemónica que se halla en el núcleo de su constitución. En un artículo de 1993, Cabeza de ratón, señala su desacuerdo con asignar valores equivalentes a las culturas, aun cuando crea que se pueda establecer jerarquías morales entre ellas y reconocer en todas, ingredientes y hallazgos admirables como también feas reminiscencias de los oscuros tiempos, cuando los seres eran simples parásitos de la tribu. Las culturas y civilizaciones, menciona, son hitos en la historia del hombre en tanto hicieron posible se parecieran menos al mono y al tigre y pudo nacer como individuo y ser cada vez más él y menos su tribu. Una cultura se aprecia si hace posible que el individuo sea cada vez menos indispensable en categorías como la raza, la nación, la clase, la religión, que representan la barbarie.

La densa reflexión glosada nos conduce a una clara y única adscripción civilizatoria: la occidental, por cuento es la portadora de derechos propios e inalienables para el individuo. El escritor no concibe civilización y modernidad en torno a sociedades de raíz comunitaria porque, en estas, el individuo se extingue, se disuelve en la entidad comunal. La idea tiene su origen en la concepción filosófica que da sustento a la civilización occidental: el cultivo de la individualidad descuidando el desarrollo del individuo. Aquel difícilmente será un ser comunal. La diferencia con el ser comunal andino es notoria. El occidental desarrolla asociaciones personales en los procesos productivos para luego recluirse en su pequeño espacio individual, con esporádicos contactos sociales. El individuo comunal, andino en particular, se desarrolla como individuo en un horizonte asociativo, sin que ello signifique eliminar su autonomía personal. Mientras el ser occidental se pregunta por su constitución personal y lo que ello significa para sus intereses individuales, el ser andino se pregunta por lo que su ser intimo puede aportar a la comunidad sin que esta acción anule sus atributos como individuo.

Una y otra realidad son excluyentes, carecen de la capacidad de fusionarse y concebir una tercera vía de simbiosis o mestizaje. La individualidad comunal es solo posible en conexión con el espacio raigal, comunal, está al servicio de sus intereses sin desmedro de su desarrollo personal; en la esfera occidental, la individualidad se desarrolla en provecho propio y sin lazos orgánicos con la comunidad que es usada en provecho personal. No es incompatible desarrollar al individuo edificando al mismo tiempo personalidad comunal. El individuo y sus intereses no tiene que estar reñidos con los intereses sociales. Antiguas y descollantes personalidades andinas desvirtúan cualquier crítica adversa.

En su artículo La identidad francesa,señala su aversión a toda preocupación por la “identidad”, escucharlo, declara, le hace sentir los pelos de punta porque está convencido que tras ella se embosca siempre una conjura contra la libertad individual. No niega que la lengua, el territorio y la asunción de los mismos problemas generen en los grupos características comunes; pero no al punto que pueda definir a los seres cabalmente.

Para el escritor, cuando el concepto “identidad” no se emplea a una escala exclusivamente individual y aspira a representar a un conglomerado, es reductor y deshumanizador, un pase mágico ideológico de signo colectivista que abstrae todo lo que hay de original y creativo en el ser humano. Reconozcamos que el escritor ejerce sus posturas ideológicas desde la cómoda protección de una estructura comunidad que domina el sentido común de vastos sectores de la población mundial.

Su prédica se radicaliza y se extiende en los años siguientes. En El lenguaje de la pasión, hace suyo una afirmación de Octavio Paz que menciona que la famosa búsqueda de la identidad es un pasatiempo intelectual, a veces también un negocio, de sociólogos desocupados. Añade el escritor, que Malcolm Lowry y un John Huston también podrían ser mexicanos raigales si amaran intensamente su paisaje, su historia, su arte, sus problemas, su gente, confundiendo posturas de solidaridad y simpatía con costumbres e inclusive lengua con realidades que emergen de raigales perfiles culturales.

En Dentro y fuera de América Latina, señala haber descubierto el continente en París, en los años sesenta, añade que hasta entonces había sido un joven peruano lector de literatura norteamericana y europeos, sobre todo francesa. Por entonces el bisoño escritor jamás consideró a América Latina como una comunidad cultural. Después de leer a sus novelistas, viajar por todos sus países y a vivir sus problemas y sus luchas políticas como si fueran suyos, comenzó a sentirse, ante todo, un latinoamericano, hasta entender que lo latinoamericano no es más que una expresión de lo universal, sobre todo de lo occidental. Párrafos después señala, congratulado, la extensión del mestizaje, integración que estima terminará por prevalecer, dándole el perfil distintivo de un continente mestizo. Aunque, esperemos, sin uniformarla ni privarla de matices. Su preocupación fundamental aparece luego cuando señala que una de las obsesiones de la cultura latinoamericana ha sido definir su identidad, pretensión que el escritor señala inútil, peligrosa e imposible, pues la identidad es algo que tienen los individuos y de la que carecen las colectividades, una vez que superan los condicionamientos tribales.

En La civilización del espectáculo,parece recoger las exactas opiniones de su maestro Porras cuando critica la opinión de los antropólogos que defienden la capacidad de toda cultura de ser equiparada en igualdad de condiciones con otras de diversa magnitud y tipo.

Señala el escritor, rescatando las charlas vespertinas con su maestro y en defensa de la cultura elitista y de biblioteca: La más remota señal de este progresivo empastelamiento y confusión de lo que representa una cultura la dieron los antropólogos, inspirados, con la mejor buena fe del mundo, en una voluntad de respeto y comprensión de las sociedades más primitivas que estudiaban. Ellos establecieron que cultura era la suma de creencias, conocimientos, lenguajes, costumbres, atuendos, usos, sistemas de parentesco y, en resumen, todo aquello que un pueblo dice, hace, teme o adora.

Desde su salida de Cochabamba, cuando es asimilado por la cultura criolla, hasta hoy, su lucha contra los molinos de viento culturales ha sido constante, intensa, propia de los conversos y expresada siempre desde su defensa a ultranza del Occidente cristiano; modelo para todos los hemisferios y vehículo singular y único para superar todas las barreras tribales y aún no civilizadas. Para el novelista, todas las comunidades extrañas a Occidente son pequeñas cabilas, categoría de clanes de infrahumana cultura y desarrollo, válidas solo para ser auxiliadas por las cruzadas civilizatorias de siempre.  En su última etapa, La llamada de la tribu, afina sus principios liberales y se explaya en explicar “el espíritu de la tribu”, ignorando que la historia de la humanidad y su desarrollo se refleja en las pequeñas o extensas biografías tribales. Que fue hispánica la tribu que nos invadió, que Irak fue ocupada hace poco por otra, y que antes Vietnam, después Las Malvinas y antes África y que ahora, debajo de esa patina de colonización y exterminio, surgen renovadas antiguas tribus que reclaman su lugar en la historia. 

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