Arribo a Piura

¿Qué razones explican el silencio sobre la Cochabamba que discurría fuera de los muros de la casa de Ladislao Cabrera 168? Si su distanciamiento está exento de ribetes psicológicos y de los cánones conocidos acerca de la construcción de la personalidad, es entonces un caso particularmente irrepetible.

Es excepcional hallar una realidad semejante, los creadores traslucen en sus obras los sucesos de la infancia, siempre profundos en la afectación de las emociones. Es frecuente incorporar los primeros años en las obras de los artistas, más aún en un creador omnívoro como él, dueño de una mente en constante recepción de experiencias y de raigal contenido humanístico. Una explicación, poco razonable, puede centrarse en el desapego de una realidad que se sabe transitoria y que se refuerza por la  añoranza de la patria lejana que origina cierta cerrazón a una realidad que se considere ajena.

En el artículo El país de las mil caras, ya citado, encontramos esta idea: como ocurre siempre a las familias forasteras, vivir en el extranjero acentuó nuestro patriotismo. Hasta los diez años fui un convencido de que la mejor de las suertes era ser  peruano. Mi idea del Perú entonces, tenía más que ver con el país de los incas y de los conquistadores que con el Perú real. A este sólo lo conocí en 1946.

En la premiación del Nobel menciona que de niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Como vemos, sus recuerdos de infancia son vívidos y muy selectivos.

Si se sigue esta lógica, de ignorar deliberadamente una realidad considerada forastera, hallando improductivo conservarla en la memoria e incorporarla a su experiencia personal, se olvidaría comprobar que la cotidiana realidad boliviana no era distinta a la peruana; somos un solo pueblo que comparte continuidad geográfica y cultural.

Nos preguntamos si en su viaje de retorno para conocer el Perú, atravesando Bolivia hasta llegar al Puerto de Huaqui y transponer la frontera, el atento imaginativo y analítico niño no percibió que el espacio puneño era una realidad siamesa con la boliviana. Es probable que reparara en esta realidad solo para desecharla, porque el Perú adquiere para él rostro y personalidad en el camino costeño hacia Lima, Mario Vargas Llosa, la vida en movimiento, cuando en Camaná, conoce el mar y vive una experiencia imperecedera.

Cuando observa la extensa geografía costeña, se produce en él una especie de conversión a un credo distinto en el que cualquier experiencia del pasado es cubierta por el velo inmenso de la arena y las costas nacionales. Sin mencionar hacia dónde vira su percepción, abandona su inicial impresión del Perú de incas y conquistadores y desaloja ese espacio para cobijar en los años venideros al Perú criollo sustentado en un mestizaje de claro predominio hispano.

Sus recuerdos tempranos contienen imágenes y perfiles identificados con las formas más occidentalizadas de nuestra realidad. Su travesía hasta Piura es largo, múltiple, inolvidable viaje, en tren, barco, auto y avión. A lo largo de aquél viaje, cruzando el altiplano en tren, o el Lago Titicaca en el vaporcito que hacía la travesía entre Huaqui y Puno, pensaba sin descanso: voy a conocer el Perú, voy a conocer el Perú.

Su temprana impresión de la patria no proviene del sobrecogedor lago Titicaca, tampoco de las frías y solemnes planicies alto andinas boliviano-peruanas ni de la imponente y amurallada cordillera que el ferrocarril domina para llegar a Arequipa. Ninguna geografía serrana lo impresiona. La primera emoción, su primer recuerdo del Perú es el mar. El gran momento de su viaje fue el descubrimiento del mar, […] y divisar las playas de Camaná. Su excitación provocó que el chofer del automóvil se detuviera para que el niño se zambullera en el Pacifico.

Si seguimos la inecuación, señalada por el novelista en diversas ocasiones, que confronta felicidad e infertilidad creativa, veremos que es irresoluble para la variable Piura, como también lo será más tarde para Lima.  

Luego de dejar a alguno de sus miembros en la capital, la tribu familiar llega a Piura en el verano de 1946. Encuentra una ciudad de menor magnitud que Cochabamba. Su población bordea los veinte mil habitantes, sumado al distrito de Castilla orilla los treinta mil. Allí, el 28 de marzo cumple diez años y asistirá al quinto de primaria en el colegio Salesiano. Lo acompañan su madre, los abuelos, el tío Lucho, su esposa Olga, las primas “bolivianas” Wanda y Patricia y la tía abuela llamada familiarmente Mamaé. Pasan una temporada en una casita que la Internacional Petroleum Company pone a disposición del abuelo durante las vacaciones.

En esos días, a diferencia de Cochabamba, aparece el primer personaje con identidad que no proviene del entorno familiar o de las amistades cercanas. Se trata del amable Juan Taboada, mayordomo del club de la IPC y dirigente sindical y líder del partido aprista. Lo lleva a ver partidos de fútbol y, a ver películas para menores en una pantalla que era la pared blanca de la parroquia.

Está iniciando una versión distinta a su período de felicidad cochabambina, intensa y de corta duración. La entrañable relación que empieza a construir con Piura no está aún afectada por la tiránica presencia del padre que lo extrae de ese paraíso y lo conduce a Lima, junto a su madre.

El hecho ocurre meses más tarde, en los últimos días de 1946 o primeros de 1947. El decisivo episodio en la vida del joven Mario, sin embargo, no provoca que  Piura se desvanezca en su memoria ni se aparte de sus diablos interiores, sino, permanezcadibujada en muchos pasajes de su obra literaria, aun cuando afirma que sumando las dos veces que allí viví, no hacen dos años. Viviría en la cálida Piura apenas nueve meses. Regresaría cinco años después, en 1952.

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