Cochabamba de su infancia

En 1937 y con apenas un año de edad, como señala en El pez en el agua, es llevado a Cochabamba, donde su abuelo obtuvo un contrato en la hacienda Saipina para trabajar en el cultivo del algodón. La estancia se ubicaba cercana a Santa Cruz,  ciudad boliviana que se  constituyó en su hogar hasta cumplir los nueve años. Era entonces, como lo señala Xavier Albó, un centro urbano con una población que bordeaba los setenta mil habitantes. Si Arequipa es su lugar de nacimiento, son sus años bolivianos donde confronta sus primeras experiencias; Silva Tuesta, Mario Vargas Llosa, interpretación de una vida, señala que el escritor nació sicológicamente en Cochabamba.

Aquellos años fundacionales, fermento de toda posterior estructuración personal, influyeron decisivamente en la manera de relacionarse con el mundo andino. La experiencia, lejos de generar vínculos permanentes con ese espacio cultural, promovió ceguera o indiferencia hacia la extensa y profunda realidad quechua y aymara de aquella ciudad. El núcleo urbano boliviano es para MVLL un espacio que le promueve recuerdos anecdóticos y poco trascendentes, inexistente en su universo narrativo no obstante los nueve años transcurridos, periodo decisivo en la biografía de cualquier ser humano por la profundidad con que calan las experiencias que se viven. 

Sus recuerdos de esos años se desenvuelven en un reducido y amurallado espacio, inaccesible para cualquier manifestación que provenga del variopinto mundo andino exterior. En las primeras páginas de El pez en el agua, menciona que su casa de Cochabamba era como un Edén que, sabemos es un lugar prohibido para extraños. Varios años después, en ocasión del discurso de premiación del Nobel, rememora aquel tiempo de formación inicial: aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio. El aprendizaje de la lectura tiene ribetes perennes; pero, es un acto que se efectúa en conexión con experiencias sociales que se anudan con ese momento especial y con la apertura de un nuevo nivel de aprendizaje. La experiencia apunta a un estadio superior de racionalización consciente; es inicio de un período de socialización más amplio; tiempo de conocer, observar el mundo que ya trasciendeel estrecho espacio familiar.  Aquí, sin embargo, esa ruptura del tiempo y el espacio no lo acerca al entorno cochabambino ni lo hace partícipe del territorio habitado por la gente del común, dueña de imaginativos juegos o de historias y leyendas; ellos se mueven en las sombras, sin contacto humano con el infante-niño Vargas Llosa.  

Se pueden leer menciones ligeras de las sirvientas y la cocinera, recuerdos de anónimas empleadas del hogar que lloran en la estación del tren al momento del retorno de la familia al Perú. Junto a ellas aparece el único personaje andino que posee rostro y nombre en su memoria: Saturnino, un indio viejo, de ojotas y chullo, a quien recuerda, todavía corriendo junto a la ventanilla y haciendo adiós al tren en marcha. La ciudad india es apenas perceptible por su lejanía y ausencia de perfiles objetivos, de magnitud y contenido similar a la imagen que diseña para Saturnino, que extiende sus brazos hacia un niño que, en el instante de la partida, parece sentir comodidad de no tomar la mano que le alcanza el sirviente indio. Tenue, insignificante contacto con la realidad india distante del Edén que fue su estrecha vida familiar en esos años. Cuando su fértil imaginación explora espacios lejanos, perfilando su europeísmo, viaja desde la casa solariega de tres patios con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, lucha junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, se arrastra por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

¿Es indistinta una infancia y niñez en Praga, Lima o Cochabamba, similar en experiencias humanas? Sin duda no; pero, lo contrario se comprueba en el escritor tras sus nueve años en la ciudad boliviana. Sus fantasías cochabambinas pudo haberlas concebido en cualquier ciudad del mundo, con las mismas consecuencias.

Son variados los artículos y ensayos donde su memoria retorna a la infancia y niñez boliviana, testimonios importantes para apreciar los meandros de sus maduras posiciones políticas e ideológicas. En su artículo El país de las mil caras, recuerda de aquellos años más que las cosas que hice y las personas que conocí, los libros que leí, evocación que nos muestra la distancia y desinterés por todo aquello ajeno a su entorno familiar y social. Como vemos, la sólida felicidad de MVLL en Cochabamba es notoria, en cambio sí es discutible que tal estado de ánimo haya sido fuente de infertilidad productiva. Sus años de residencia en Piura fueron breves; sin embargo, le proporcionaron experiencias indelebles; aquellas vivencias sí son visibles en muchas de sus novelas, tanto en referencias que edifican la trama central como en narraciones elaboradas en torno a esos recuerdos: Los jefes, La Casa verde y El héroe discreto, son ejemplos palpables.

Si se argumenta que su memoria olvida aspectos de la densa trama familiar que rodeó su vida en Cochabamba verificamos que sus recuerdos se extienden con nitidez sobre varios hechos sociales, como la vez que su madre, Odiseo y Penélope,  tuvo que sacarlo del Teatro  Achá, cuando se impresiona y llora por una cachetada surgida en medio de la trama.

De modo distinto, sus extensas remembranzas de Piura trascienden el espacio familiar y abarcan ámbito geográfico y población. Creadores que han apelado a sus experiencias de infancia y niñez son varios, como él mismo explica, La tentación de lo imposible,cuando se refiere alas fuentes creativas de Víctor Hugo, señalando que residió en España a los nueve años y que aprendió cosas sobre España y la lengua española que lo acompañaron el resto de su vida y fertilizaron de manera notable su inventiva. Recordemos otro ejemplo: Abraham Valdelomar, que nutrió su creatividad, Obras completas, con experiencias recogidas en su temprana infancia, menciona: Yo soy aldeano. Nací y me crie en la aldea, a orillas del mar, viendo mis infantiles ojos, de cerca y perennemente, la Naturaleza. […] Mis maestros de estética fueron el paisaje y el mar; mi libro de Moral fue la aldehuela de San Andrés de los Pescadores. […] Yo dejé el pueblo amado de mi corazón a los nueve años…

El crítico Ricardo Silva Santisteban señala que Valdelomar ofrece en sus cuentos espléndidos cuadros de la vida familiar, importantes no sólo por motivos psicológicos sino también  narrativos en la presentación de la vida hogareña, fusionados a la experiencia del niño que se encuentra en el momento y el espacio del paraíso que constituye su infancia, enmarcada por un paisaje marino, campesino o citadino. Por lo que vemos, a MVLL el paradisiaco Edén cochabambino lo extrae de su entorno urbano al punto que debe ser uno de los pocos seres que no es hijo de su infancia.

Deja un comentario