La inaugurada identidad criolla

En ese caluroso entorno el abuelo le provoca emociones que comparte colectivamente. Se siente orgulloso de ser nieto de alguien tan importante como el prefecto, percepción distinta de las impresiones íntimas, privadas, que le suscitaba como anónimo administrador de Saipina. Una discreta interacción con la servidumbre se manifiesta en detalles que la explican, adquieren identidad; la empleada, Domitila es una muestra.

La trama social piurana, las relaciones personales que establece perduran toda su vida. El medio físico que lo cobija es el correlato geográfico de su inaugurada identidad criolla: la costa peruana; las imágenes de infinitos desiertos blancos, grises, azulados o rojizos, según la posición del sol, y de playas solitarias, lo acompañarían siempre como la más persistente imagen del Perú […] y también la que solía procurarme más nostalgia.

Su excluyente elección de la costa piurana sobre la sierra cochabambina se construye sobre variadas experiencias como los frecuentes viajes con el tío Lucho por el interior del departamento. Visitan Tumbes, Sullana, Paita, Talara, Sechura, y también las provincias serranas de Piura, como Ayabaca y Huancabamba, pero el paisaje que se me quedó en la memoria y condicionó mi relación con la naturaleza, es ese desierto piurano que no tiene nada de monótono, que cambia con el sol y con el viento. Su relación con la ciudad es entrañable, al punto de señalar: si de los cincuenta y cinco años que he vivido, me permitieran revivir un año, escogería el que pasé en Piura en casa del tío Lucho y la tía Olga, estudiando el quinto año de secundaria en el colegio San Miguel y trabajando en La Industria.  

Su distancia con la sierra se muestra también en su vinculación con la selva nacional, otra fuente de sensaciones perdurables. Menciona: descubrir la potencia del paisaje todavía sin domesticar de la Amazonía, y el mundo aventurero,  primitivo, feroz  y de una libertad desconocida en el Perú urbano, me dejó maravillado.

Al mismo tiempo que reconoce en estos espacios los extremos de salvajismo e impunidad a la que llega la injusticia para ciertos peruanos, descubre un mundo en el que, como en las grandes novelas, la vida podía ser una aventura sin fronteras, donde las audacias más inconcebibles tenían cabida, donde vivir significaba casi siempre riesgo, cambio permanente. Todo ello en el marco de unos bosques, ríos y unas lagunas que parecían los del paraíso terrenal. La relación con la selva le promueve una inagotable fuente de inspiración para escribir y lo lleva a crear La Casa verde, Pantaleón y las visitadoras y El hablador.

Esta inicial y dura experiencia de transformación y mudanza de filiación cultural tiene una segunda etapa de consolidación con la aparición del padre. Cuando ya el escritor en ciernes ha procesado la etapa más dura de su transculturación, aparece un anónimo personaje a quien se le obliga reconocer como padre. Lo impactante de este encuentro es que el personaje se constituye con rapidez en la viva imagen del Perú andino que ha dejado atrás en Cochabamba. Lo conoce cuando ha vertebrado ya una avanzada visión criolla de la vida y sociedad, soportada eficazmente por un entorno familiar sólidamente vinculado y excluyente de toda intrusión o amenaza nativa.

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