La mutación

Como hemos visto el romance con la geografía costeña es instantáneo. Si bien su encuentro con el mar de Camaná es intenso, emotivo, su primera impresión perdurable proviene del desierto norteño. En El pez en el agua, explica esta elección: Yo, como arequipeño, es decir “serrano”, debería tomar partido por los Andes y en contra de los desiertos marinos en esta polémica. Sin embargo, si me pusieran en el dilema de elegir entre este paisaje, los Andes, o la selva amazónica –las tres regiones que dividen longitudinalmente al Perú – es probable que me quedara con estas arenas y estas olas.

Es más plausible pensar que esta afinidad es el resultado de un proceso y no el efecto de una sensación instantánea. Cuando arriba por primera vez a Piura, MVLL la vida en movimiento, hablaba como serrano cochabambino, una forma de castellano claramente distinguible entre sus compañeros costeños.

Debemos señalar que nadie habla como serrano sin serlo y sin tener internalizado el universo social de las serranías. Según Cerrón-Palomino, el castellano andino es una variedad lingüística que tiene la categoría de dialecto del español, poseedor de particulares características fonológicas y gramaticales que MVLL luce hasta convertirlo en el centro de las  befas en el colegio.

Recuerda, se burlaban de mí porque hablaba como “serrano” –haciendo sonar las erres y las eses. Hace mayores precisiones sobre la experiencia en entrevista que concede al diario La Nación, donde señala: recuerdo muchísimo lo que significó para mí llegar a Perú después de haber vivido mis diez primeros años en Bolivia, y entrar en el colegio en Piura y ser objeto de la burla generalizada por mi manera de hablar; yo hablaba como un serranito, pronunciaba las eses de los serranitos, schhh, schhh, schhh, y eso provocaba realmente la hilaridad de mis compañeros. ¡Y qué angustia experimentaba yo al sentirme un apestado! Me pasó cada vez que cambiaba de colegio, cada vez que cambiaba de amigos, cada vez que cambiaba de barrio. El sentirme distinto no era un motivo de orgullo, sino al contrario, de vergüenza, de complejos. […] Ahora más bien pienso que eso es una manifestación de independencia y que debería ser reivindicado, pero lo cierto es que no ocurre así, porque siempre hay una sanción social contra el que es diferente.

Para el escritor es evidente que no hay manera distinta de ser cochabambino sino es siendo serranito, subalterna y máxima categoría a la que puede aspirar un niño serrano. Obviamente, él no estaba dispuesto a ser encasillado en tan diminuta dimensión.

En sus primeros meses en Piura es un serranito humillado y avergonzado de la identidad construida en Cochabamba; es un serrano en agonía, que mantiene en discreto silencio la vergonzosa e inocultable experiencia boliviana, pesado lastre en la acriollada Piura que frecuenta. Se siente un apestado, realidad insostenible para un niño que se resiente de ser distinto, acosado por la carga emocional que sufre el andino en un medio criollo, además carente de sostén familiar, fustigado por la tradición dominante y desprovisto de las herramientas necesarias para enfrentar una situación de visible marginación y diatribas.

Observamos en este corto episodio la indeleble influencia cochabambina ejercida sobre sus perfiles más íntimos y donde el lenguaje es la manifestación más visible. Como sabemos, el habla es el núcleo del proceso de edificación de la personalidad y el uso que hacemos de ella describe el mundo y lo construye.

La modificación de su lenguaje, con abandono de acentos, modismo, giros idiomáticos, transformó también su personalidad serrana, su forma de estructurar la existencia. Fue obligado a efectuar la higiene verbal de su lenguaje; práctica, Virginia Zavala, Decir y callar. Lenguaje y poder en la universidad peruana, que sirve para edificar las ideologías lingüísticas, las redes de creencias en torno al lenguaje que posicionan a los sujetos dentro de un orden social siempre jerarquizado y con amplias disputas del poder.

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