La universidad y Raúl Porras Barrenechea

Tiene diecisiete años el joven MVLL cuando ingresa a San Marcos. En sus aulas se vincula al marxismo, a la política y establece relaciones personales que orientarán su futuro. Toma la asignatura de Historia con el profesor Porras quien se constituye en la influencia más importante de esta época. Sus ideas sobre el Perú andino que ya habían atravesado la criba de su experiencia en Cochabamba, Piura y Lima, se consolidan, adquieren organicidad académica.

El ilustre académico era un maestro a la antigua, señala, que gustaba rodearse de discípulos, a los que exigía absoluta fidelidad. Recuerda que el brillo de sus disertaciones  promovían la sensación de estar oyendo algo inédito. Su influencia fue tan importante  durante esos primeros meses en la universidad que llegó  muchas veces a preguntarse si debía seguir historia en vez de Literatura.

El escritor admiraba en Porras cualidades que él mismo cultivaría después con fruición. El maestro, señala, El pez en el agua, tenía el fanatismo de la exactitud y era incapaz de afirmar algo que no hubiera verificado. De alumno distinguido pasó, en febrero de 1954, a trabajar con él un tiempo prolongado y enriquecedor.

Esta labor le ocupaba tres horas diarias durante cuatro años y medio, de lunes a viernes, entre dos y cinco de la tarde. Lo que aprendió en esas horas, explica, le enseñaron sobre el Perú y contribuyeron a mi formación más que las clases de San Marcos. En esas tardes lee crónicas de la conquista y redacta fichas sobre mitos y leyendas del mundo andino que Porras no llegaría a usar en su proyectada y frustrada enciclopedia.

En armonía con la descripción que hace de su mentor, las crónicas no le motivan reflexiones sobre los abusos contra los indios o la destrucción de una cultura; su lectura se ubica lejos de la percepción de los vencidos y de las tropelías de la invasión. Lee información sobre las siete ciudades de Cíbola, el reino del Gran Paititi, las magnificencias de El Dorado, el país de las Amazonas, el de la Fuente de Juvencia y todas las antiquísimas fantasías de reinos utópicos, ciudades encantadas, continentes desaparecidos que el encuentro con América resucitó y actualizó en esos europeos trashumantes que se aventuraban, deslumbrados por lo que veían, en las tierras del Tahuantinsuyo y apelaban, para entenderlas, a las mitologías clásicas y al arsenal legendario de la Edad Media.

Por esta época el joven escritor, al tiempo que hace sus iniciales escarceos en la política, se distancia aún más del mundo andino y de todo aquello que fungiera de indigenista o que tuviera un tufillo telúrico. Narra con decepción que la única literatura latinoamericana moderna que se estudiaba en la universidad y de la que se hablaba algo en las revistas y suplementos literarios era la indigenista o costumbrista.

Era una narrativa leída por obligación y que detestaba porque le parecía una caricatura provinciana y demagógica de lo que debía ser una buena novela. Señala que en esos libros el paisaje tenía más importancia que las personas de carne y hueso y los autores parecían desconocer las más elementales técnicas de cómo armar una historia. Luis Loayza le hizo descubrir otra literatura latinoamericana, más urbana y cosmopolita, y también más elegante, que había surgido principalmente en México y en Argentina. Era entonces MVLL un afrancesado, a quien la literatura indigenista le provocaba hostilidad.

Menciona su intolerancia por la palabra “telúrica”, blandida por muchos escritores y críticos de la época como máxima virtud literaria y obligación de todo escritor peruano. Ser telúrico quería decir escribir una literatura con raíces en las entrañas de la tierra, en el paisaje natural y costumbrista y preferentemente andino, y denunciar el gamonalismo y feudalismo de la sierra, la selva o la costa, con truculentas anécdotas de “mistis” (blancos) que estupraban campesinas, autoridades borrachas que robaban y curas fanáticos y corrompidos que predicaban la resignación a los indios.

Añade: yo no sabía si llegaría a ser un día un escritor, pero sí supe desde esos años que nunca sería un escritor telúrico. Las críticas son similares a las que vierte más tarde en otros espacios, donde, olvidando lo telúrico, señala que lo diverso en América Latina proviene en buena parte de las fuentes occidentales que la nutren. Por eso, los latinoamericanos se expresan sobre todo en español, inglés, portugués y francés.

En la casa de Colina, MVLL no sólo lee e interpreta las crónicas, también asiste a largas y eruditas disquisiciones de Porras sobre el Perú como a prolongadas tertulias entre connotados personajes extranjeros y compatriotas como el poeta José Gálvez, de español castizo y manía genealógica, y Víctor Andrés Belaunde, Jorge Puccinelli, Luis Jaime Cisneros. Porras era un discípulo declarado de Riva-Agüero, al que consideraba su maestro y con quien tenía en común la meticulosidad, para el dato y la cita, el amor a España. Tenía también Porras cierto irónico desplante por las nuevas corrientes intelectuales desdeñosas del individuo y la anécdota – como la antropología y la etno-historia. Son pareceres que el escritor haría suyos más tarde y defendería con entereza.

En la novela El hablador, aparece Porras con nombre propio y emitiendo opiniones que poco se diferencian de las recogidas por el escritor en sus crónicas y ensayos. En pasajes de la novela el maestro es descrito como un historiador […] que tenía un santo horror por la etnología y la antropología, a las que acusaba de reemplazar al hombre por el utensilio como protagonista de la cultura.

En otro pasaje construye un diálogo donde el maestro, conversando con el antropólogo Matos Mar, otro personaje que conserva su nombre real en la trama, emite juicios acerca de los afanes intelectuales del protagonista: ¿Resucita el indigenismo fanático de los años treinta en los patios de San Marcos? suspiró Porras–. No me extrañaría, pues viene por épocas, como los catarros. Ya veo a Zurita escribiendo panfletos contra Pizarro, la conquista española y los crímenes de la Inquisición. ¡No lo quiero en el Departamento de Historia! Que acepte esa beca, se nacionalice francés y haga carrera promoviendo la Leyenda Negra.

En el pensamiento del maduro escritor encontramos indelebles señales no literarias de la huella profunda de su maestro. Veamos algunos ejemplos de lo afirmado. Donde Porras, Indagaciones peruanas. El legado quechua, señala: la fuerza y la estabilidad del Imperio provenían de las sanas normas agrícolas de los ayllus, trabajo obligatorio y colectivo, comunidad de la tierra, igualdad y proporción en el reparto de los frutos, tutela paternal de los jefes; el discípulo Vargas Llosa dice: los Incas conquistaron decenas de pueblos, construyeron caminos, regadíos, fortalezas, ciudadelas, y establecieron un sistema administrativo que les permitió producir lo suficiente para que todos los peruanos comieran. Porras, cuando explica la organización de la sociedad Inca, expresa: la huella indígena está más palpable en la confusión frecuente entre lo real y lo ideal y el amor del misterio que caracteriza a las mentes primitivas y se exhibe a menudo en las crónicas indígenas, sobre todo en algunas impresiones e imágenes casi surrealistas recogidas seguramente de boca del pueblo de la conquista.

El escritor recrea la idea y señala que cada emperador cusqueño subía al trono con una corte de amautas o sabios encargados de rectifica la historia para demostrar que ésta alcanzaba su apogeo con el Inca reinante, al que se atribuían desde entonces todas las conquistas y hazañas de sus predecesores. El resultado es que es imposible reconstruir esta historia tan borgianamente tergiversada.

Debemos señalar, sin embargo, que el joven discípulo radicaliza el pensamiento del maestro. Mientras Porras valora que la peruanidad, debe recoger todos los latidos de nuestra historia, sin exclusivismos ni caciquismos históricos, atento a los mensajes que nos vienen del pasado, el occidental irrenunciable para nuestra cultura, como lo proclamó Mariátegui y el indígena que es raíz y decoro de nuestra nacionalidad, Vargas Llosa no hace concesiones tan extensas al aporte andino.

En ocasión de criticar el retiro de la estatua ecuestre de Pizarro de la Plaza Mayor limeña y defender la vertiente española de la peruanidad, revisa la milenaria historia andina para afirmar: se ignora  que el Tahuantinsuyo representa apenas unos cien años de nuestro pasado, el tiempo de un suspiro en el curso de una historia que tiene más de diez mil años de antigüedad. Señala al mismo tiempoque Francisco Pizarro, es un personaje que, les guste o no a sus detractores es quien sentó las bases de lo que es el Perú y fundó no solo Lima, sino lo que ahora llamamos peruanidad.

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