A través de un procedimiento traumático, es abruptamente extraído del espacio piurano por su padre y conducido a Lima. Su madre es cómplice del secuestro familiar. Se instalan en Magdalena, típico distrito de clase media, ambiente que siente ajeno. Cada fin de semana, siempre que sus notas en el Colegio La Salle le permitían, se aleja de la asfixiante presencia del padre y visita la casa de sus parientes maternos en Miraflores, barrio más próspero, vecino al mar, que hace suyo y resulta más tarde fuente de inspiración para muchas de sus narraciones.

La elección de Miraflores como distrito propio, sin residir en él, es otra expresión de distanciamiento del padre y de afirmación de la identidad forjada en Piura. Miraflores, distrito de clase media de más ingresos albergósiempre a los Llosa, mientras, los Vargas Maldonado pertenecían a Magdalena: a la vuelta, en una casita idéntica a la nuestra, vivían el tío César, con la tía Oreli y sus hijos. Cuando retorna de su segunda estadía en Piura, en 1952, sus padres alquilan un departamento de apenas un dormitorio, en un barrio pobretón, el Rímac. El joven escritor rehúsa vivir con ellos y elige vivir con los abuelos, en la calle Porta, en Miraflores.
La creación y puesta en escena de La huida del Inca, es el momento distal, fin del tiempo largo de su breve e intensa conversión piurana. Es una obra que poseía un prólogo y un epílogo que ocurrían en la época actual y tres actos situados en el lejano Tahuantinsuyo. Hallar la obra perdida, representada en junio de 1952, proporcionaría mayores luces y pormenores sobre el proceso de modificación de su mentalidad serrana.
Su siguiente obra “juvenil andina”, el cuento El hermano menor, la escribe ya imbuido de una visión alejada de la sensibilidad aprendida en Cochabamba. Menciona MVLL, Los jefes, los cachorros, que el cuento incurre en tópicos indigenistas, condimentadas tal vez, con motivos precedentes de otra de mis pasiones de la época: los westerns cinematográficos. En efecto, en estas páginas el mundo andino es quizá tan truculento e irreal como el descrito por Ventura García Calderón.
Silva Tuesta,proporciona información sobre esta identidad transfigurada mencionando que para inventar la personalidad de algunos protagonistas de La ciudad y los perros, debió primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del serrano Cava y del Esclavo. Recoge también una afirmación del escritor ya maduro, donde reivindica con mucho orgullo su condición de costeña y serrana de la Plaza de Armas arequipeña y señala que haber nacido en la zona Norte lo identifica como Serrano, hombre de los Andes, por lo tanto.
Hay que distinguir el discurso teórico y la acción práctica en estos temas de identidad como lo hace Rosaleen Howard cuando señala que en los países andinos, el discurso de la identidad es un discurso colonizado: la posición de la gente con respecto a la historia y la sociedad revela una tensión entre perspectivas múltiples, a menudo conflictivas y ambivalentes. Precisa que, para esclarecer estas tendencias opuestas, debemos diferenciar entre la representación de la identidad en el discurso, por una parte, y la práctica de la identidad en la interacción social, por otra.
Las esporádicas alusiones a su condición de serrano parecen traslucir restos de esa difícil etapa piurana en la que su ser, que va conformando convicciones y principios, se ve obligado a abandonar de manera velada y vergonzante una identidad en la que se sentía cómodo y natural. Por contradictoria realidad nos recuerda también a quienes no siendo “andinos” tienen que “identificarse” con esta cultura para adquirir una filiación momentánea y útil para precisar su identidad peruana que, de otro modo, no tendría asidero en otro espacio social.
Como hecho adicional, su circunstancial identificación como serrano es desvirtuada por su declarado desconocimiento del espacio rural andino. En entrevista que concede a Caretas, 1983, indica: he vivido toda mi vida en la ciudad. Todo lo que escribo se nutre siempre de experiencias personales, de vivencias, pero siento como una frustración en mi vida no conocer el campo peruano, o conocerlo mal, de una manera superficial, turística. Son comentarios ciertamente inexactos, pues delata su decisión de ocultar u olvidar una clara opción cultural con la que mantuvo cercano contacto desde su infancia y niñez en la rural e indígena realidad cochabambina, muy similar a la realidad de las serranías peruanas. Su afirmación se asemeja más a una declaración ideológica orientada a tranquilizar las profundidades de su constitución personal.
Si coincidimos con la idea repetida por Sábato, que hace coincidir patria e infancia, entonces la temprana patria andina de MVLL se diluyó en medio de una racional decisión que sepultó su realidad inconsciente. Elección legítima, por lo demás.
Julio Roldán, MVLL entre el mito y la realidad, cita una reflexión del escritor que recoge ideas más amplias sobre su difícil vinculación con la sierra: es un mundo que responde a otra mentalidad que tiene otra tradición histórica, donde se habla otra lengua, una lengua que yo no entiendo, que tiene un paisaje que para mí es un paisaje sumamente exótico. Por lo tanto, creo que mi experiencia de la sierra es una experiencia muy indirecta, muy pobre en mi vida; creo que es la razón por la que no aparece; es algo que siempre he sentido como una frustración, porque creo que en lo que he escrito ha habido siempre una visión cuantitativa, un intento de abrazar, de abordar distintos niveles de experiencia. Pero reconozco que hay una zona de experiencia peruana que para mí es muy remota.
No obstante su distancia con la realidad andina, en la vida del escritor hubieron eventos importantes ligados a esa porción de su pasado. Además de su matrimonio con la cochabambina Julia Urquidi, el escritor narra en El pez en el aguala historia de Orlando, hijo del tío Jorge en una sirvienta de la casa de Cochabamba. Es traído de esa ciudad para vivir con la familia que le otorga la categoría de empleado-allegado que lo hacía comer en una mesita aparte, en el mismo comedor, pero sin sentarse con los abuelos, los tíos o nosotros.
Valiosa información de la dinámica familiar; realidad nada diferente a la de muchas familias peruanas que ocultan y se avergüenzan de sus parentescos andinos. En este caso, sin embargo, es una muestra muy elocuente de lo sostenido a lo largo de esta exposición: que la relación del escritor con Cochabamba se estructuró entre silencios, olvidos y negaciones, como la difícil realidad del primo Orlando.