Declaración de un indígena


 
Sayariy Pauccar
 
Los Pueblos Indígenas en el mundo entero sumamos cerca de 476 millones de personas viviendo en 90 países, organizados en 5,000 pueblos distintos y hablamos más de 7,000 idiomas. Representamos el 6% de la población mundial. Tenemos una clara y permanente vocación de paz y aspiramos a habitar nuestro planeta en armonía con todas las expresiones de vida, pese a que, otras formas de pensar, otras sociedades, han considerado que nunca tuvimos humanidad suficiente y que carecemos de condiciones para compartir sociedad con nosotros. 

A pesar de todo, después de tantas campañas con armas de exterminio y leyes inventadas que han durado siglos y continúan, seguimos existiendo y seguimos luchando por nuestros derechos. Y, ahora, en las últimas décadas, por la supervivencia de la humanidad. 

Nos hemos recuperado y agrupado; hemos conservado nuestras lenguas y conseguido hacer prevalecer nuestros derechos; ahora, somos más y estamos mejor organizados. Y lo que resalta con sencillez: conservamos nuestra sabiduría, nuestros conocimientos, nuestras formas de organización y mantenemos vivos los modos de entendernos con la naturaleza. 

Enumerar la larga historia de violencia y segregación y racismo de las que hemos sido objeto sería interminable, pero los sucesos están documentados y, sobre todo, se hallan en la memoria de los pueblos, en los rastros de destrucción de nuestras comunidades, en la sangre que ha enlutado a nuestras naciones. 

Nos han despojado de territorios, de nuestras comunidades e idiomas y han querido desaparecer nuestro espíritu; en nuestras migraciones y reclamos han secuestrado a nuestros hijos y asesinado a nuestras familias. Han tenido el propósito de exterminarnos y cuando no han logrado desaparecernos nos han marginado de la vida colectiva, estableciendo dos espacios territoriales, dos mundos separados: ellos y nosotros. Percibieron muy temprano que sin territorio desaparecemos, sin comunidad y lenguas, sin nuestra madre naturaleza somos seres en busca de nuevas y posibles moradas.  

Sin embargo, ¿de qué les ha servido todas estas acciones y estos propósitos? ¿han creado sociedades donde todos duermen con el hambre derrotada?, ¿han logrado todos el bienestar que, según prometen, se encuentra a la mano de quien desee alcanzarlo?, ¿se han creado comunidades integradas que  convivan en paz y armonía?, ¿han dejado de ambicionar territorios ajenos?  La respuesta no se encuentra oculta a nuestros ojos: está en las montañas desnudas de nieve, en las guerras interminables que no tienen justificación humana, en personas hurgando comida en los basurales de todas las ciudades del mundo, en los ríos sin peces como corrientes malolientes, en el mar saturado de venenos y plásticos, en los miles de especies extinguidas, en el hambre de millones y la satisfacción de muy pocos. 

La ciencia que han creado también ha servido para manipular la naturaleza, industrializar armas y preparar guerras, para llegar a la Luna, para explorar planetas, pero no para extinguir el hambre y la miseria de millones de seres, tampoco para vivir en armonía con la naturaleza y mucho menos para dejar de considerar a un humano como el lobo de otro  humano. Han logrado patentar inventos, apropiarse de semillas, imponer dioses y han sembrado en las mentes el pensar que no importa a quien atropelles ni a quien destruyas, si tus objetivos personales se logran. Las guerras entre humanos nunca han dejado de orientar las relaciones entre las naciones, cada uno quiere ser el dueño del mundo, todos apetecen el suelo del vecino, se arman, se defienden y después atacan, en un interminable proceso de injustificable violencia e inhumanidad. Y los gobiernos y los poderosos no cesan en su afán de eliminar todas las diferencias, queriendo que seamos una raza mundial y hablemos un solo idioma. No saben que ese día nunca llegará. 

Frente a esta realidad, nosotros hemos logrado sobrevivir a las adversidades, nos hemos ido acomodando a cada situación ajena a nuestra humanidad. Observando, ocultándonos, simulando y trabajando. Pero también, creando comunidad y arte, cantando, amando y conservando lo que somos y, en reducidos espacios comunitarios, hemos impedido que nos desaparezcan y logrado conservar lo más importante: nuestra sabiduría. Miramos hacia todos los rincones del mundo y siempre encontramos hermanos que portan semillas parecidas, comunidades que no han permitido que se les arrebate la esperanza de vivir a plenitud su sabiduría y entregarla al mundo.

No hay odio en nuestros corazones; mantenemos el pensamiento orientado al bien común para todos los habitantes de la Tierra, sin distinguir el color de la piel ni los idiomas que hablamos. Todo lo que hemos logrado conservar está disponible para ser entregado a la humanidad cuando sea oportuno y nos permitan hacerlo. 

Creemos haber vivido lo suficiente como para mirar de otro modo nuestra realidad; sabemos ahora cómo enfrentar todas las dificultades que antes nos hacían retroceder hacia alejados espacios de refugio. Estamos en todas las ciudades y territorios del mundo haciéndolos distintos. Poco a poco, hemos aprendido a mejorar la lucha por nuestros derechos, a recuperar y recrear idiomas, costumbres y territorios. Ahora también reclamamos por los que no son indígenas porque juntos tenemos que combatir la barbarie nuclear que amenaza con exterminar a todos. Son estas razones las que nos hacen afirmar: ¡vivimos aún!, aquí estamos para contribuir a superar todos los niveles de inhumanidad que nos rodean, para impedir que siga prosperando el afán de desaparecer toda diferencia entre los humanos, de imponer un solo rostro y un solo idioma para todos. La supervivencia de la especie humana está en juego. Y no olvidamos de considerar formas diferentes de humanidad a todos los seres vivos del universo, incluidos los que siempre la “ciencia” ha considerado inanimados.  Y lo hacemos porque no podemos permitir que la Tierra se convierta en materia de disputa eterna, ni aceptar que se siga destruyendo la casa de todos, ni que el despiadado capitalismo siga sembrando nuestras vidas y territorios de hambre, miseria,  y violencia. 

Llamamos a todos los pueblos ancestrales, a los pueblos indígenas, a los pueblos originarios que consideran que el territorio, la comunidad, los parentescos y la lengua son partes esenciales de su humanidad. Los llamamos a agruparse en colectividades conscientes de sus derechos, expresiones políticas de todo lo que somos. No será posible hacernos escuchar si no nos forjamos como sujetos políticos con  capacidad suficiente  para convocar juntos,  a colectividades de toda índole, que también desean un cambio civilizatorio radical. 

Consideramos que todos nuestros conocimientos, nuestras maneras de ver el mundo, contienen condiciones para que otras comunidades de naturaleza distinta a la nuestra, individuos, mujeres y hombres de diferentes procedencias, observen nuestros principios y los compartan;   
Deseamos que este compendio de pareceres incluya el:
Pensar que otras formas civilizatorias son viables, que otros mundos son posibles y necesarios.
Impedir la recurrente decisión de crear una sola cultura, una sola civilización para toda la Tierra. Toda diferencia debe ser apreciada y respetada.
Respetar la naturaleza y desarrollarnos en armonía junto a ella.  
Considerar a la Tierra y a todas las formas de vida que la habitan como expresiones distintas de humanidad y sacralidad. . 
Trabajar en convivencia y respeto con  todas las culturas del mundo 
Promover el plurilingüismo y el desarrollo de los idiomas originarios.
Trascender la idea que señala que la única ciencia posible es aquella que proviene de la repetición en los laboratorios y puede ser medida.
Reconocer las distintas formas de conexión con lo sagrado. Los pueblos no se separan entre paganos y no paganos y las religiones, cualquiera que sea, deben ser respetadas en todas sus expresiones. 
Hermanas, hermanos: ¡Kachkaniraqmi! ¡Seguimos siendo!





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