Este articulo es el Editorial del ejemplar N° 8 de la Revista Willakuy.
Nuevas formas de ser indígena
Decir indígenas, indigenistas u otras variables contiene con frecuencia acepciones subalternas que llevan implícita la idea de un colectivo atrasado, incivilizado, y cuya negativa a modernizarse justifica su marginación. En el imaginario social predomina la idea de que son comunidades con capacidades cognitivas disminuidas, extrañas, subhumanas, inclusive. Somos los diferentes, los inferiores, los ellos, con quienes es simple y natural configurar el nosotros excluyente.
Pero, para desagrado y decepción de los dominadores, hemos sobrevivido a varios siglos; demostrando que no vivimos en un estado de desarrollo previo al capitalismo; que seguimos siendo comunales como lo fuimos por milenios. Desmentir este criterio es sencillo observando que el sistema productivo antiguo ha tenido extendido tiempo de probada productividad sin mostrar condiciones para transformarse en realidades capitalistas. Caral y Cusco son ciudades separadas por cinco mil años de tiempo y, sin embargo, tienen formas y contenidos similares.
No se observa ninguna comunidad indígena que se haya transformado al modo de producción capitalista. Antes de que tal realidad se impusiera, dejaron de existir.
El capitalismo no ha sido la antesala del socialismo ni del comunismo como tampoco etapa previa de otra forma “superior” de formación social y menos el fin de la historia. La “evolución” de la sociedad no obedece a “leyes” o a escalas teóricas formuladas en la mente de pensadores iluminados. Las periodificaciones elaboradas pueden mostrar inclusive una involución de las sociedades. Formatos distintos han demostrado su eficacia para satisfacer las necesidades humanas con mayor suficiencia que el capitalismo, pero fueron aplastadas por su expansión y dominio: ninguna competencia, ninguna forma distinta de desarrollo es admisible.

El individualismo no es la condición natural del ser humano, se trata de una creación concreta. Devino en hegemónico como pudo surgir otra forma distinta; las condiciones que lo generaron pueden ser consideradas fruto del azar. El capitalismo ha dominado el mundo por haber impuesto fundamentos inhumanos: desigualdad y segregación, intolerancia de toda expresión discrepante. Su capacidad de promover formas “científicas” de desarrollo basados en la utilidad y el enriquecimiento personal promovieron las industrias bélicas a un nivel que ninguna otra sociedad había logrado antes. Una de sus grandes “virtudes” ha sido poner al servicio de la industria bélica todos sus logros científicos. El desarrollo científico tecnológico y militar promovido por el capitalismo no tiene parangón en la historia de la humanidad y explica su expansión.
Hemos superado todas las caracterizaciones teóricas, también cercos y campañas de exterminios y seguimos creando y sosteniendo las razones que hacen sentir como peruanos, ecuatorianos y bolivianos a todos los miembros de estas sociedades, sin exclusiones.
Y pongo en evidencia algo que el Estado y la colectividad monocultural no observa ni valora en dimensión conveniente: nos seguimos multiplicando y creando, poblando territorios de las, cada vez más deshumanizadas ciudades dominantes.
Ahora que el indigenismo de beneficencia ya no tiene cabida y tampoco las tutelas y la doctrina de la inclusión social, los indígenas nos erguimos desde nuestros espacios y proyectamos nuestra integración a las luchas populares sin extraviar nuestras densas culturas y profunda sabiduría. Los datos numéricos colaboran en proporcionar el sustento para decirlo. El Censo de Población y Vivienda de 2017 muestra que un 22.32 % de peruanos se declaran quechuas, 2.36 % aymaras y 1.12% nativos de la Amazonía o, parte de otro pueblo indígena. Entre nikkeis, tusan y afrodescendientes suman 3.73 %, con una clara superioridad de estos últimos. Si sumamos estos datos, la cifra alcanza el 29.53 %, nueve millones de peruanos que declaran una identidad cultural distinta de la dominante y que caminan hacia una sociedad multicultural. La información también nos da un dato importante y nuevo: existe identidad indígena sin lengua indígena, que se evidencia cuando leemos que hay un 9.2% declarados indígenas que no hablan una lengua ancestral. La cifra se acerca al millón de personas. El resultado proviene del 16% de la población cuyo idioma materno es una lengua originaria y el 25,2% que se autodefine como indígena. Se trata de una indigeneidad urbana por cuanto el 68,12% de población quechua y el 61,57% aymara, residen en ciudades, y solo la tercera parte en áreas rurales. Lima y Callao albergan al 23.60 % de la población indígena nacional que las ubica como centros urbanos que congregan al mayor número de hablantes de lenguas originarias. No se puede argumentar que los indígenas solo vivimos en el campo.
Datos adicionales de importancia: el 60.2 % se define mestizo y sólo el 5.89 % “blanco”. Consideramos que, en el alto porcentaje de mestizos existe un creciente número de indígenas que han perdido su identidad o la ocultan y que, no obstante, se mantienen muy cerca de sus raíces culturales extraviadas porque, en algún lugar de su mente y corazón, albergan un fondo indígena. Reconocemos que la presión ideológica que apura para despojarse de la identidad y ser aceptado en el espacio inexistente de la inclusión social y el mestizaje, es porque también ha aprendido a evitar el escarnio y la marginación física que afrontarán en las calles de la ciudad si persiste y muestra su personalidad indígena.
Nos hallamos ante un proceso de reconfiguración de la identidad indígena en nuestra región. No se trata de un acondicionamiento a la modernidad, no. Nos referimos a crecientes muestras del retorno a las fuentes culturales, de rechazo a la inclusión social, de prácticas crecientes por conseguir la autodeterminación en las comunidades de la Amazonía y de extendidas prácticas que tiñen las ciudades de semblante indígena. Son notorios avances que señalan un crecimiento sostenido de la identidad indígena.
También lo son los avances que se profundizarán si el hecho político ingresa a la agenda indígena y hace posible que, la demanda de aulas de enseñanza conduzca a exigir nueva educación, que la solicitud por titulación de territorios o reconocimiento sume, además, demanda por un nuevo Estado, multilingüe y plurinacional. Es decir, que nuestros intereses trasciendan los límites de las comunidades locales y decidan luchar por el liderazgo social y político nacional retomando el rol director que siempre tuvimos y que se ha perdido con la invasión. Nosotros sabemos de civilizaciones, conocemos de los actos necesarios para unir lo distinto, para conseguir que mil lenguas se entiendan, sabemos cómo asociarnos con la naturaleza y avanzar en la edificación de sociedades más justas, profundamente asentadas en el territorio y, por eso mismo, pluriculturales.
No somos urbanos advenedizos, hemos habitado ciudades desde hace milenios, mucho antes que cualquier europeo invasor.
Requerimos también ordenar las ideas que se han mantenido en las tradiciones orales y en los textos de historia y crónicas antiguas. Necesitamos rescatar sabiduría, escuchar, tocar, ver, oler, sentir nuestro pasado con criterios contemporáneos. Uniendo todas las fuentes percibimos que hay una transformación que ha sumado una gran variedad de formas de ser indígena.
No somos urbanos advenedizos, hemos habitado ciudades desde hace milenios, mucho antes que cualquier europeo invasor.
Requerimos también ordenar las ideas que se han mantenido en las tradiciones orales y en los textos de historia y crónicas antiguas. Necesitamos rescatar sabiduría, escuchar, tocar, ver, oler, sentir nuestro pasado con criterios contemporáneos. Uniendo todas las fuentes percibimos que hay una transformación que ha sumado una gran variedad de formas de ser indígena. No somos urbanos advenedizos, hemos habitado ciudades desde hace milenios, mucho antes que cualquier europeo invasor. Nuestras antiguas culturas han desarrollado temprano urbes como Caral, Cahuachi, Chavín, Tiahuanaco, Wari, Kuelap, Chan Chan, Cusco, Quito, Huánuco Pampa, Machu Picchu, y otras. Los continuadores de aquellas sociedades, mantuvimos esa cualidad después de la invasión.

Son razones que nos llevan a mostrar algunas ideas de nuestra experiencia cultural y que ofrecen nuevos criterios para definirnos como indígenas en las ciudades que ocupamos:
Ser indígena no es un mandato de la biología y no equivale a calzar ojotas o ajustarse un poncho de lana al cuerpo. Los distintivos externos no definen una identidad. Tampoco es condición masticar la coca ancestral, porque las realidades urbanas hace poco accesible esta práctica. Habrá otras muchas costumbres y tradiciones que no será posible repetirlas en las ciudades mientras subsistan las condiciones políticas y sociales dominantes.
Ser indígena hoy sí exige no ser mentiroso y ser honesto en el trato con los semejantes. No olvidemos que son indígenas las cotidianas costumbres rituales que aprendimos en las comunidades, deben volver a ser hábitos diarios en el trato social, familiar, personal; la ritualidad es una importante forma de profundizar nuestra humanidad. Debemos de recuperar el trabajo de su condición de castigo; el trabajo es la forma más eficaz de ser y de desarrollar humanidad y comunidad, no debe servir para lucrar y explotar el trabajo de nuestros semejantes.
Debe entenderse que todos formamos parte de la naturaleza, somos con ella creadores y creados, lo que nos lleva a entender que no ocupamos la cúspide de ninguna creación de algún ser superior. Consideremos que la materia llamada inerte tiene distintas formas de expresar existencia, compartimos una única sustancia de vida. La naturaleza tiene lenguajes que es necesario conocer; las ciudades que no conservan naturaleza en su interior abren otros caminos de relacionarnos con ella a través de los distintos colectivos y de la estructura, equipamiento y mobiliario urbano, con quienes es necesario hallar formas de diálogo distinto.
Recordemos que, desde tiempos inmemoriales las ciudades que edificaron nuestros abuelos no eliminaron la naturaleza en su constitución y tenían la condición de espacios sacros, formas que eran extensión de la sacralidad del universo. Los indígenas fomentamos la diversidad, la aceptamos sin ambages; consideramos que la uniformización es ir contra la propia diversidad de la naturaleza; ninguna especie o forma de vida es innecesaria, todas somos ámbitos de un universo que es diverso en todas sus formas y partes.
La uniformidad conduce a la extinción de la vida, imponerla es el propósito de los que ven las sociedades como lugar para el dominio de una sola lengua, un solo color de piel y con desigualdades intolerables. Los indígenas comprendemos que somos parte de una espiritualidad que reside en la sacralidad de la vida, de todo ser vivo, que no obedece a ningún rito religioso litúrgico. La sacralidad proviene de lo sagrado que es cada parte y toda la naturaleza. El mundo, el universo es sacro, toda forma de vida también lo es; sacralidad que carece de las valencias del rito eclesial y se vincula a una relación de hermandad con el universo y de admiración por su funcionamiento. Somos siempre hermanos mayores y menores de algo, de alguien.
Los indígenas sabemos que los problemas y sus soluciones son locales, lo que hace necesaria la territorialidad del alto pensamiento, el desarrollo local de práctica y teoría social; desde cada espacio del mundo el Hatun Mayu se ve distinto.
Por ser vástagos de la diversidad sabemos de la natural necesidad de organizar y sustentar la vida comunitaria como básica expresión de multiplicación social. Hay que comprender y asumir que es posible vivir una indigeneidad urbana y que ser indígena es una decisión personal que se hace colectiva también por convicción y que es necesario defender el principio que sustenta la diversidad de formas que tenemos de ser indígenas.
El pensamiento indígena tiene la capacidad para integrar a nuestra compleja sociedad en un Proyecto Nacional en el que nadie se sienta excluido porque será conducido por la hegemonía de quienes conocen la diversidad y la fomentan. Se trata precisamente de propiciar y conducir una sociedad de todas las sangres.
Las migraciones
Nuestra vida en las ciudades no ha sido objeto de estudio no obstante su antigüedad. Los estudiosos no han desarrollado una disciplina sobre esta realidad; carece de nombre y exposiciones teóricas, de allí su aparente inexistencia. Consideramos que la invisibilidad de los rostros y rastros indígenas en las ciudades es una causa principal de esta ausencia. No es visible esa huella porque la transformación que hemos procesado para ingresar a las ciudades ha sido una especie de metamorfosis inversa que ha provocado el abandono de la vida comunal y el diálogo con la naturaleza, y de toda nuestra cultura; ha implicado la renuncia a la diversidad y al colorido de la vida para pasar a vivir el dominio gris de la uniformidad. Nos hemos privado de vestidos, idiomas y costumbres en actos que han invisibilizado lo indígena y, que nos han dejado como extraños habitantes de calles donde impera el individualismo y la violencia del poder dominante.
El alejamiento del territorio, el despojo de nuestras vestimentas, el callar nuestras lenguas y la pérdida de comunidad han logrado que, el hermano o hermana que unos días antes inició la migración como indígena arribe al punto final de su travesía transformado en mestizo. La ideología del mestizaje impone sus reglas; aquí ninguna cultura distinta tiene derecho a un lugar. Es un acto de visible deshumanización que el dominio colonial y la alienación han convertido en natural, necesaria y conveniente. Retornar al territorio originario desde esa aparente superior categoría social es difícil, pero posible; requiere la concurrencia de factores que estamos construyendo. Recuperar nuestra identidad es punto de inicio de toda transformación.
El poder dominante ha aceptado discutir y rivalizar con formas radicales —antítesis de sus formulaciones—, que se oponen al sistema capitalista y pretenden desarrollar “formas superiores de sociedad”; pero la oposición indígena es indeseable e inaceptable porque, dicen, sería el retorno a la barbarie, el abandono de la civilización, el dominio de los sirvientes. Es una realidad que debemos cambiar radicalmente con la acción consciente de todos. Cada vez somos más visibles en las ciudades: bailes y cantos nuestros pueden ser vistos en festividades comunales que cada día aumentan. Quisieron desaparecernos como indígenas; pero, lo seguimos siendo, nuestra cultura ha avanzado como un yawuar mayu subterráneo que edifica colectividad.
Es así cómo hemos cambiado el rostro a las ciudades y establecido nuevas condiciones materiales de la cultura y mostrado que el capitalismo no es su único organizador. En las calles de cemento, hemos seguido siendo el rostro que le da a esta sociedad personalidad y permanencia en el tiempo; lo que nos hace únicos y distintos. En todas las ciudades vivimos nuestras tradiciones, las hemos recreado y desarrollado.
Todos estos cambios, estudiados por la academia, tienen varios nombres: obra de mestizos, de nuevos indios, de cholos y emprendedores. Ninguna de esas descripciones ha servido para entendernos, para conocer que solamente necesitábamos escarbar en nuestro pasado, en nuestras ropas y lenguas olvidadas para descubrir lo que en verdad hemos sido siempre: indígenas en permanente cambio. Sabemos que detrás de ese término se hallan los chancas, quechuas, tumpis, soras, wampis, shipibos, y más.
Llegará el tiempo de asumir estas identidades específicas, más ciertas; mientras, hay que recuperar el término indígena, limpiarlo de los significados que le han atribuido, restregar con sus letras el rostro de los opresores y hacerles saber que una palabra que nos denigraba ahora nos enaltece y une. Llegará el necesario momento de las diferenciaciones, el espacio y tiempo de las identidades por pequeños territorios dentro de una multinacionalidad que será construida por nosotros.
Realidades que debemos observar
No es suficiente ver solamente nuestra realidad, debemos acercarnos a la historia nacional y a los espacios más amplios. que influyen en nuestras decisiones.
La era inaugurada por la invasión española se mantiene. Ha habido cambios de época como el fin de la guerras civiles entre invasores, el establecimiento de la administración del Virrey Toledo, la rebelión de Tupac Amaru, la independencia política criolla, el gobierno de Velasco Alvarado. En todo este proceso el poder dominante ha querido obligarnos a dejar de ser indígenas y seamos “campesinos”.
No hemos aceptado, y por eso aquí estamos todavía. Ninguna fuerza social o política ha tomado en cuenta la presencia indígena. Nuestro pensamiento ha quedado relegado a los márgenes de la sociedad, invisibilizado en sus fundamentos y sólo relevantes en su dimensión folclórica, de rezagos de ritualismo; usan nuestra cultura para adornar su poder exento de tradiciones; existe una especie de pongaje cultural que nos agravia. Desde la invasión, las fuerzas dominantes no han logrado elaborar un cuerpo de pensamiento que haya podido guiar la edificación de una sociedad sin marginaciones ni exclusiones. Ni siquiera han podido construir una modesta sociedad capitalista medianamente estructurada y con algunos logros similares a los conseguidos por las sociedades centrales. Nuestra condición de país colonial no ha sido “descubierta” por los pensadores y políticos y menos atacada en sus raíces por ninguna fuerza política.
A nivel mundial no existen guías ni liderazgos que orienten las acciones de los marginados. Muchas verdades han quedado inútiles, las sociedades tipo no existen y el tiempo en el que los pobres del mundo se guiaban por modelos que se consideraban científicos han desaparecido. Lo que se conoce como el campo popular ha quedado sin proyectos políticos-sociales y sin utopías. No hablar de estos hechos es silenciar una parte de la realidad que tiene injerencia en nuestras vidas. Es visible la extrema agudización de los aspectos más negativos del capitalismo: la monoculturalidad exacerbada, distribución más inequitativa de la pobreza, intolerancia a las diferencias, conseguir riqueza material atropellando los derechos de los demás, depredación de la naturaleza, guerras por territorios y mercados económicos. Se hace notorio el fortalecimiento de las alternativas extremas y violentas entre los dueños del poder. Se encuentran procesando teorías de extrema derecha con elementos étnicos y religiosos antes poco visibles. El trasfondo de estos procesos radica en la naturaleza íntima del capitalismo que se sustenta en la conquista de mercados y territorios, en la intolerancia de cualquier forma de organización social que se salga de los parámetros que el capitalismo posee.
Asistimos a la desvalorización extrema de los valores éticos y morales que el capitalismo impuso como razones de superioridad respecto a la feudalidad y al socialismo. Hay un notorio crecimiento de las fuerzas reaccionarias alrededor del mundo, que están ganando un poder relevante y se dirigen a crear una alianza internacional de la extrema derecha que no tiene precedentes por sus componentes étnicos y religiosos.
Culturas que acechan el poder norteamericano carecen de un proyecto social que los diferencie; ninguna se sustrae al esquema económico capitalista: explotación del trabajo ajeno, depredación de la naturaleza hasta extremos que pone en riesgo la supervivencia de las especies, capitalismo de Estado, conquista de territorios, integrismo religioso, racismo exacerbado. En los países coloniales, la insurgencia de fuerzas locales es cada vez más numerosa y evidente desde hace varias décadas, pero ahora está sustentada en reivindicaciones culturales y étnicas, religiosas y territoriales. El poder militar de los países centrales actúa sobre ellos con inédita violencia. Son colectividades que tampoco tienen visiones distintas al capitalismo y el culto religioso les impide recurrir a las tradiciones milenarias de vínculos colectivos de los pueblos. Milenios de cultura han sido olvidados por un integrismo extremo y disociador.

El mundo que siempre ha caminado cerca de una guerra nuclear, enfrenta ahora esta posibilidad de modo más cercano.
Reconocemos que la presión ideológica que apura para despojarse de la identidad para ser aceptado en el espacio inexistente de la inclusión social y el mestizaje, es porque también se ha aprendido a evitar el escarnio y la marginación física.
Caminos del futuro
Las sociedades, las patrias, los Estados son espacios hechos de tiempo. En el mundo andino estas dos magnitudes son una sola y configuran un espiral de desarrollo que nos asegura ir del pasado hacia el futuro viviendo un presente extenso. Debemos de pensar con estos formatos cuando se reflexiona, entre otros, sobre tres aspectos fundamentales para nuestro desarrollo y progresión: territorio, comunidad y lengua son fundamentos que no podemos perder. Hallar la forma de restituirlos, recuperarlos en las ciudades es tarea principal.
La respuesta exige pensar en que:
Es necesario el poder hegemónico para organizar el aprendizaje de nuestras lenguas diversas, en la ciudad y otros territorios, ya que este poder no solo influye en las dinámicas educativas, sino que también permite crear un entorno en el que la diversidad lingüística sea valorada y promovida. Mientras, es imprescindible defender y desarrollar lo conservado, reconociendo la riqueza cultural que cada lengua aporta y asegurando que las generaciones futuras tengan acceso a esta herencia invaluable, lo que a su vez fomenta la inclusión y el respeto entre diferentes comunidades.
La comunidad puede ser restituida en las ciudades sin otro esfuerzo que el propio. El colectivo shipibo de Cantagallo en Lima es un ejemplo larvario. De nuevo, aquí se requiere poder hegemónico para impulsarlo desde decisiones de poder.
La restitución del territorio también exige acumulación de fuerzas para realizarlo. El primer paso consiste en verificar dos elementos: reconocer continuidad entre el espacio rural de origen y el urbano y que la dominación ha clasificado en dos realidades distintas. Y reclamar la ancestralidad de todo el territorio nacional como sacro y , por lo tanto, que los derechos de la población antigua se extiendan sin exclusiones ni límites. Es necesario y justo recuperar para un nuevo “nosotros” la propiedad de estos espacios ancestrales.
El punto anterior requiere modificar el orden establecido, por tanto, el orden urbano actual. Requerimos otro tipo de ciudad, acomodada a un orden comunal, social, compartido. El diseño urbano tendrá que ser diametralmente opuesto al actual basado en el individuo.
Requerimos asociar el análisis del universo indígena urbano como la contienda de dos formas de entender la organización social. Plantear la realidad indígena en la ciudad como eje central de una organización distinta para el país. Siendo lo urbano el centro del desarrollo de los procesos sociales, es entonces aquí dónde se dirimen los fundamentos que hegemonizan la sociedad. Necesitamos orientaciones teóricas, ideas, esquemas, no recetas, guías de orientación para su desarrollo posterior en la comunidad. Hablamos de sabiduría filosófica, pensamiento, ordenar, recrear y crear.
Es necesario admitir que hay distintas formas de ser indígena, que nos conducen al desarrollo de múltiples identidades culturales. Se puede ser shipibo, conibo, quechua, aymara, y peruano. Aplicable también a otras comunidades marginadas de modo tal que haya la necesidad de edificar una identidad que no una a todos y que, a nuestro entender, debería abrevar en las identidades que emergieron en los andes amazónicos y expandirse.
Todas las ideas sobre estos temas se inscriben en el espacio de la descolonización. Señalamos los elementos que consideramos centrales en el tratamiento del tema.
La descolonización es un objetivo político ineludible, que no se ha ausentado del territorio. Si no impedimos su continuidad proseguirá degradando nuestras humanidades.
La descolonización no puede ser llevada a cabo por los que son parte del sistema; requiere del reemplazo total de los agentes coloniales. Y lo decimos sin considerar que esta es una tarea de los indígenas biológicos, sino culturales y aliados. Quizá los primeros estén muy disminuidos para entonces. José María Arguedas, en carta a Gonzalo Losada, señala las características de los depositarios de la colonialidad: “…criollos todopoderosos colonos de una mezcla indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de estos colonos”.
Es muy importante que el alto pensamiento no emane de un solo territorio. Somos una geografía que no puede ser interpretada por un solo pensamiento. Nuestra realidad física lo exige, tenemos geografías diversas; cada valle, cada comunidad es una verdad diferente a la que denominamos territorialidad del alto pensamiento, de la sabiduría filosófica.
Es necesario variar sustancialmente el objetivo del alto pensamiento, no seguir explicando el sujeto-individuo de la sociedad capitalista, sino el sujeto-comunitario, el sujeto-comunidad. Esta es una tarea colectiva.
Nuestras reflexiones están orientadas a influir en el espacio andino, no pretendemos ser modelo de pensamiento y acción para otras latitudes. Para nosotros los problemas son locales y sus soluciones también. Desde estos espacios enfrentamos las condiciones que otras sociedades nos quieren imponer.