La constelación de la Qollca en la waca Chavín de Huantar

Impresiones

La hegemonía de la Cultura Chavín se registra entre los años 1200 y 400 a.n.e. Si consideramos que la cultura Caral declinó hacia el 1800 de la misma era entonces no compartieron  tiempo coincidente. Sin embargo, rasgos de la persistencia cultural son visibles en Chavín  a simple vista: edificios piramidales construidos en piedra, galerías y recintos subterráneos y lugares para ubicar el fuego sacro. Un elemento muy notorio de ese parentesco cultural es la plaza circular hundida que, en Chavín, está ubicada muy cerca del Lanzón. Hay también continuidad en el uso de las túnicas tapiz para vestirse. Caral, comunidad precerámica, luce una sociedad más abierta, más iluminada; la ausencia de armas bélicas en sus recintos señala una comunidad ausente de violencia en sus relaciones interétnicas. Los tonos oscuros de la cerámica Chavín nos hacen inferir una cierta solemnidad en sus relaciones; parece más jerarquizado y con mayor sofisticación en la estructuración social. Las actitudes hostiles  de sus figuras sacras hacen pensar en una colectividad con preocupaciones más aguzadas en aspectos trascendentes: la muerte y en la relación con seres de atributos míticos. Sociedad más conflictuada y posiblemente menos pacífica.

Hay un rasgo que unifica ambas entidades, como ocurre entre todas las culturas andinas: el sustrato sacro se ubica en los fundamentos de sus sociedades y en todas sus manifestaciones. Sus construcciones públicas están orientadas por los cuerpos celestes y están destinadas al uso espiritual, sacro. No muestran condiciones para utilizarlas en saraos y festividades mundanas. Un cuerpo de sabios y ayudantes habitaban o dominaban los recintos sagrados y manifestaban conocimientos que se respetaban. El pueblo llano acudía a ver, tocar sus piedras y a observar la demostración de conocimientos y facultades de estos importantes personajes.

Los edificios están hechos para reproducir el cosmos en el territorio y conversar e interpretar a los cuerpos celestes. Las viviendas de la población vinculadas con lugares sacros no se ha conservado lo suficiente, pero algunas muestras nos hacen ver su integración al universo espiritual de las matrices religiosas. Lo podemos observar en las viviendas de los pobladores que habitaban el complejo hidráulico de Tipón, en Cusco.

Caral es parte del Arcaico tardío y Chavín del Formativo, de su zona Media y  Superior.  Con su declinación aparecieron desarrollos regionales: Paracas, Nazca, Moche. Después se instala un período hegemónico con las culturas Huari y Tiahuanaco.

Encuentro una presencia cósmica que incluye a las semejanzas culturales señaladas y las hace compartir un espacio coincidente que ha pasado desapercibido: la vinculación que ambas culturas mantienen con la constelación de la Qollca. En el libro Sabiduría filosófica del Yawar Mayu, expongo la singular e influyente importancia de esta constelación en el horizonte civilizatorio andino. En sus páginas se explica la relación Caral-Qollca, pero no registro el vínculo Chavín-Qollca, que aquí muestro.  El cúmulo de estrellas poseía un lugar muy especial en la estructuración de las dos colectividades. He hallado que su rol era prioritario en la concepción de fundamentales paradigmas sociales; atraviesa todo el milenario horizonte civilizatorio. Mi reciente reencuentro con Chavín me ha permitido certificar esta relación.

Visitar la waca, el monumento sacro, equivocadamente llamado palacio, fue una experiencia reveladora, sirvió para reparar en aspectos que no fueron registrados en  visita previa como una mejor comprensión del lugar elegido para su construcción. El espacio alberga el fin de un estrecho valle recorrido por los ríos Mosna y Huachecsa que, a manera de aguas antagónicas disputan predominios y confluyen después en un tinkuy  de integración. Son notorios los apus que circundan el recinto, con cimas usadas como puntos de orientación estelar, de verificación de equinoccios y solsticios y de posicionamientos de otros cuerpos celestes. Es necesario situarse en medio de estas coordenadas para acercarse al significado sacro, espiritual del lugar. Un aire de honda quietud y benignas tensiones se cobijan en una geografía monumental que encierra espiritualidad. 

El frente de la edificación mira hacia el este, el sol matutino descubre su rostro. El lugar requiere asumir una actitud contrita en los visitantes; la geografía y la disposición de las construcciones imponen un callado misticismo que exigen caminar sosegado y hablar en voz baja. Imagino la abrumadora sacralidad que proyectaba entre los peregrinos cuando mostraba su momento de esplendor, con guías espirituales recibiendo a los visitantes mientras otros surgían solemnes de las entrañas de la waca. Pienso que había personas encargadas de controlar el acceso al complejo resguardado por los dos ríos.

La luz solar reverberaba en los enchapes de piedra alba generando un fulgor que requería entrecerrar los parpados. Su brillantez contrastaba con sus antagónicas negras rodeando la plaza cuadrada y circular y el frontis de la edificación. La escalera principal que da acceso al pórtico, enmarcada por dos columnas cilíndricas, conserva aún esta visible característica. El blanco y el negro comparten las dimensiones de cada peldaño; muestra de la simbología de opuestos complementarios que compendia la waca. Una de las columnas cilíndricas contiene en relieve la figura del varón, la otra muestra a la mujer. De nuevo la dualidad. Las cabezas clavas emergían de sus muros como expresiones múltiples de un cuerpo que habitaba en las interioridades del templo.

Aspecto de la waca en su momento de mayor desarrollo. Ilustración del Museo arqueológico de Chavín de Huantar.

Miríadas de visitantes peregrinos acudían a visitarlo desde los cuatro espacios ancestrales. El personaje de los Báculos ─de los Tupayauris─ presidía la organización social, era el referente espiritual. Sigo a Julio C. Tello en su idea de relacionar a los Chavín con las culturas de la Amazonía: felinos, amarus, reclaman un origen que proviene de la selva baja. El personaje sacro, con un Tupayauri en cada mano, se extendió por diferentes regiones del Perú antiguo: en especial hacia el sur, territorio de la cultura Tiahuanaco y también a los ámbitos de la cultura Huari. Los dos referentes recrearon la configuración de esta deidad, con mayor énfasis los altoandinos, que lo conformaron  más ascético, menos fastuoso.  

Los Huari extendieron la técnica que tuvieron los Chavín, y también Caral,  al asentar las piedras en sus construcciones. No se trató de una repetición, los primeros, en algunos lugares como en Pikillacta, Cusco, priorizaron las lajas cortas; en Wilkahuaín, Huaraz, las combinaron con piedras grandes, más cerca de la manera Chavín. En la meseta del Collao los Tiahuanaco se decantaron por usar piedras pulidas en bloques medianos y grandes que las engarzaban con precisión milimétricas, preludiando lo Inca.

Los peregrinos que acudían a la waca Chavín, seguramente se sentían sobrecogidos ante la magnificencia del recinto. Los rituales comprendían actividades dentro y fuera de la waca. Las dimensiones de los corredores internos y recintos no permitían gran afluencia de peregrinos, solamente algunos alcanzaban el privilegio de conocerlos. La estrechez hace pensar en un uso personal o de muy pocos concurrentes. La ingesta de plantas maestras seguramente se hacía en estos espacios. Resonaban los waylla qhepas, pututus, tallados con figuras sacras y con un corte vertical muy fino y notorio en la zona donde se toma el instrumento con la mano.

Los peregrinos buscaban seguramente tocar las piedras del recinto, impresionarse con las cabezas clavas distribuidas alrededor de todo el templo a distancia de dos metros cada una. Congregados en la plaza cuadrada escuchaban los cantos y silbidos de los maestros que se emitían desde las profundidades de su arquitectura, acompañados del sonido de los waylla quepa, con tonalidades producidas por ejecutantes entrenados para generar estados de aguzada espiritualidad. Los que discurrían por las interioridades del templo percibían de cerca los sonidos que producían las aguas captadas de los dos ríos y desplazadas por los acueductos internos. Sus resonancias magnificaban el significado sacro de la edificación. Las vibraciones de las caracolas y de las aguas no se detenían en el interior del templo, se amplificaban por los conductos de ventilación y llegaban hasta los peregrinos que llenaban la plaza exterior. El resultado debió ser impresionante. Un grupo exclusivo, reducido de lo ya reducido, podía observar el Lanzón, deidad suprema. Antorchas llevadas por maestros y discípulos alumbraban el camino hacia la figura sacra que aparecía de pronto, como si emergiera del uku pacha.  

Muchos visitantes acudían para ser diagnosticados en sus enfermedades y, eventualmente, ser curados de sus dolencias. La ingesta de plantas maestras, el San  Pedro o Huachuma,  la Willca, eran de uso extendido entre los dirigentes sacros de Chavín y les permitía ver las enfermedades y aconsejar un tratamiento.

Los astrónomos del templo seguramente indicaban las condiciones climáticas que tendría la zona de influencia que dominaban, y señalaban los tiempos de siembra y de cosecha. El lugar poseía múltiples rostros y variados contenidos. Todos, sin embargo, íntimamente ligados a actividades sacras.

¿Dónde fue tallado el Lanzón, quién el tallador o talladores?, ¿de dónde proviene el granito que lo devela y cómo fue conducido a su lugar de emplazamiento? Son detalles que aún desconocemos. Lo cierto es que sus cuatro metros cincuenta de altura y  la treintena de toneladas que carga están ubicadas en un lugar prominente de la waca, mirando hacia el este. Intrincadas galerías conducen a su ubicación. Encima de él, la figura de la Chacana luce su esplendor. La primera vez que estuve en el templo pude observarlo de muy cerca y sentí una sobrecogedora impresión. Nos enrostra las incógnitas que envuelven nuestra antigua civilización, se percibe la profunda religiosidad que exhala y la fuerza emotiva que contiene, el respeto que transmite. El pequeño significado de nuestras vidas se hace aún más diminuto frente a este bloque de piedra que descubrimos que posee aliento cuando lo observamos. Hoy se le ve protegido por un vidrio que permite apreciar la parte superior de su contextura. Aún así, sobrecoge mirarlo. Muchos de los visitantes lanzan exclamaciones de emoción y sobrecogimiento, asombro.

Detengo aquí mis impresiones de la waca. Explicaciones más amplias y sapientes pueden ser halladas con rapidez por lectores interesados.  

Me enfocaré en la impresión que me produjo comprobar la enorme influencia que ejerció la constelación de la Qollca en este lugar, y en la cultura Chavín. Antes, un breve recuento de su historia.

El “altar de piedra Choque Chinchay”

En la esquina suroeste de la Plaza Cuadrada el visitante encuentra una piedra caliza que pesa 10 toneladas y contiene 7 hoyos tallados en su superficie.

La monumental piedra sacra fue descubierta en 1934 por el docente de la zona Martín Flores García. El profesor señala que estaba acompañado de Humberto L. Hidalgo. Sus formas afloraban en la superficie del lugar donde ahora se muestra para el turismo.

Décadas antes, en 1840, fue hallada la Estela Raimondi por don Timoteo Espinoza, gobernador del distrito, mientras hacía aporcar papas, a pocos metros del espacio que ahora ocupa la piedra. El Obelisco Tello, otro referente sacro, fue encontrado también cerca del bloque de piedra. Esto ocurrió en 1907 y el hallazgo corresponde a Trinidad Alfaro. El espacio que reunió a todas estas expresiones líticas sagradas estuvo ubicado en una sola área, a la derecha del frente de la waca, si nos orientamos de espaldas a su estructura. Julio C. Tello indica que, Alfaro le mostró el sitio en que fue hallado el obelisco, que queda cerca del borde rectangular que forma la plaza y el perímetro del trozo de roca que tiene varios hoyos redondos a manera de morteros y una excavación cuadrada”

La piedra de los hoyos, señala el descubridor, mide “2,77 m de largo, 2,30 m de ancho, 60 cm de espesor. […] Sobre esta superficie, y distribuidos en forma no simétrica, se encuentran 7 morteros tallados con gran regularidad de 50 cm de diámetro por 18 cm de fondo. En la arista oeste, tallado o vaciado con gran maestría, se encuentra el cajón del ídolo, de 77 cm de largo, 31 cm de ancho y 24 cm de fondo, donde dando frente al edificio principal, estuvo encajado el ídolo antropomorfo, dios supremo de la civilización Chavín, que se encuentra en el Museo Nacional”. Martín Flores menciona que la piedra estuvo dedicada a “la antropofagia religiosa, pasaba de la abominación al macabro festín”.

Los especialistas Lumbreras y Gonzales señalan que el espacio rectangular sugiere que allí pudo estar engastada una estela o algo similar. Las medidas de la Estela Raimondi son compatibles con las dimensiones del cajón de la piedra y promueven la posibilidad de que estuviera erguida sobre el mencionado espacio rectangular.

Razones del nombre “Choque Chinchay”

Luis Guillermo Lumbreras y Marino Gonzáles, 1970, bautizan la piedra ceremonial con el nombre de “Altar de Choque Chinchay”. Lumbreras, señala: “En el centro hay un gran bloque tallado en forma de paralelepípedo, en cuya parte superior, plana y sub-rectangular, se ha inscrito 7 pocitos hemisféricos, dispuestos en un orden próximo al que tienen las estrellas de la constelación de Orión («Choque Chinchay»), con tres en línea y cuatro en su entorno, pero sobre todo un orden que sugiere la figura de un felino, con dos hoyos en los puntos correspondientes a las patas, hacia el oeste y uno en el lugar correspondiente a la cabeza, al noreste, dos en el lomo y dos en el rabo, en el extremo suroeste.

Este esquema de distribución de los “puntos” anatómicos del jaguar se repite en todas las imágenes de este personaje en el famoso “mortero de Pennsylvania” y en todas las imágenes de más de 14 jaguares que guardan la Plaza Circular descubierta entre 1970 y 1972. Esta lectura del altar la hicimos conjuntamente con Marino Gonzáles en el año 1970, cuando decidimos bautizarlo como «Altar del Choqe-Chinchay’ a sugerencia suya”.

Veamos un planteamiento distinto.

 “Altar de la constelación de la Qollca”

Observar la distribución de los siete hoyos, recorrer varias veces el perímetro de la piedra, ubicar el mejor punto de mira para verificar que se trataba de la representación de la silueta de la Qollca no me tomó mucho tiempo no obstante la presencia de un buen número de turistas alrededor del granito sacro. El guía se extendía en la explicación mencionando la constelación Choque Chinchay asociada a la distribución de los hoyos e invitando a los visitantes a descubrir la figura del felino que escondía. Esperé que el espacio se despejara para tomar fotografías y filmar su distribución. El quiebre de sentido que promueve el último pocillo me hizo ratificar la primera impresión, se trataba de la Qollca, no con la claridad y nitidez que se puede observar en otros materiales antiguos. La estrechez de la superficie no permitió a los talladores desplegar con soltura la curva-tambor de la constelación.

La piedra sacra, probablemente el elemento de mayor alcance espiritual de la Plaza cuadrada, fue tallada con los perfiles de la constelación de la Qollca.

Quedó un tanto constreñida, pero sin apartarse de los perfiles que imitaban ni hacer irreconocible la silueta.  Sí, me dije, es la constelación. Calmé mi estado de inquietud y me senté a observar el conjunto, tratando de imaginar el modo en que la constelación modeló la Confederación Andina, la manera en que se instaló la piedra en ese lugar, su prominente importancia en el conjunto; la búsqueda del granito en canteras, el modelado y tallado de la superficie y el traslado a su emplazamiento definitivo. ¿Qué mecanismos articularon la idea de considerarla madre de todas las estrellas y el proceso que extendió su significado en el territorio andino, desde Caral hasta la hegemonía Inca; la manera en que indujo a los sabios a asociarlo al espacio-tiempo circular helicoide?

La silueta de la constelación Qollca, esta vez remarcada a partir de fotografía que aparece en el artículo: Las Cruces Cuadradas Chavín y la Chakana: Arqueología e Historia.

La relación de la figura que forman los pocillos con un felino, es atendible, considero. No se requiere de esfuerzo para observarla; se pueden ver sus patas, cola, el lomo. Si efectivamente contuvo también esta representación, su connotación es secundaria respecto a la constelación de la Qollca.

Las fotografías que se muestran permiten observar lo aquí narrado. Incluyo el relieve con la silueta de la Qollca que se ubica en Caral y mostrado en el libro citado.

Relieve en la ciudadela de Caral. Puede accederse a una información ampliada en: https://saw-as-iray.com/2025/03/11/el-papel-de-la-constelacion-qollca-en-la-concepcion-del-espacio-tiempo-andino-circular-y-espiralado-senales-de-su-presencia/
Organización urbana de la ciudadela de Caral donde se observa la organización del espacio en función de la constelación de la Qollca.

Una explicación más amplia pueden hallarla también en entrega anterior de este Blog.

Otro espacio Qollca adicional

Antes de este encuentro con la Qollca, entablé conversación con un miembro del equipo técnico que cuida y conserva el lugar, señor Alejandro Espinoza. Interrumpí su andar para disipar algunas inquietudes. Obtuve con él una idea más clara de los puntos geográficos que debía mirar para entender las orientaciones cósmicas del templo. Ya a punto de abandonar el sitio en medio de una lluvia persistente, nos volvimos a cruzar hacia la salida del recinto. El comentario de mi hallazgo lo escuchó con atención y distancia. Fue entonces que me habló de un espacio poco expuesto al público, quizá le interese verlo, indicó, puede estar relacionado con sus comentarios. Me señaló su ubicación, búsquelo en el suelo, añadió. Obviando la lluvia, con prisa, me dirigí al lugar. Demoré en hallarlo, un trabajador me señaló el sitio preciso; la zona estaba protegida por cuerdas. Pero sí pude observarla. Se trataba de la silueta de la constelación ubicada en un espacio preferente de la plaza cuadrada, hacia la esquina nor oeste; en el camino hacia el lugar donde se encuentra el Lanzón y a poca distancia de la Plaza circular.

La figura de la constelación de la Qollca en el suelo de la waca.

Los rectángulos que forman la figura parecen cumplir también la función de ductos que se comunican con los pasajes interiores del templo. Son concavidades rectangulares que tienen unos ocho centímetros en su lado mayor. Su contextura reproduce también una versión de la Chacana, la Cruz cuadrada. Su distribución forma la silueta de la Qollca. Su concepción es menos realista que la figura de la piedra megalítica. Es una interpretación no figurativa de la Qollca, marcadamente abstracta, mostrada en dos filas de concavidades. La lluvia había amainado y la plaza cuadrada, y todo el recinto se hallaba desierto. ¿Qué función práctica tenían, con qué ambientes se conectaban?, su preferente ubicación no es casual. Como ocurría con el altar de piedra, usado también para auscultar el cosmos, la representación tenía utilidad práctica; lo sacro como parte de la vida diaria, activa, constante.  Me senté sobre una piedra cercana y revisé las fotografías tomadas. Sí tenía todo el material gráfico completo.  

Visitando después el bien equipado museo local, donado por el Gobierno japones, hallé que una ilustración de los espacios ocupados por el templo, que reproducía la figura en el suelo de la Qollca con precisión nipona. En el recorrido por sus instalaciones no encontré ninguna explicación sobre la naturaleza del detalle.

Museo Chavín. Reproducción de la figura de la Qollca en un plano de planta de la waca Chavín.
Detalle de la figura anterior, con el perfil de la constelación de la Qollca delineada.

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