Invasión y colonialismo

Editorial de Willakuy IX




Evaluando el pasado
 
Remitirnos al pasado para explicar el presente y encontrar el futuro, es un hábito de siglos en el mundo andino. Para nuestra antigua sabiduría, la realidad actual y el porvenir están gobernados por el pasado. Lo pretérito está vivo porque lo inerte no existe en la naturaleza; lo ocurrido sigue ocurriendo; los muertos viven con nosotros. Es una práctica que fundamenta el esplendor de nuestra antigua civilización, que organizó su desarrollo reconociendo que es en el pasado donde se edifican sociedades. No creemos en “lo pasado olvidado”, ni que “el tiempo es oro” o que “el tiempo no espera”. 
 
En el universo andino el runa-jaque no está hecho para el tiempo, sino el tiempo para el ser humano. El espacio, en cambio, lo identifica. El  tiempo se gobierna desde la geografía. La vida social, los proyectos urbanos y de acondicionamiento del territorio se desarrollaban sin plazos; sabemos de edificaciones ejecutadas en décadas. El tiempo obedece, se sujeta; así lo evidencian los intihuatanas, monolitos de piedradonde el sol se amarra. Discurrimos sobre el tiempo, lo llevamos con nosotros; nos desplazamos sobre un espacio-territorio transformable sin límites temporales. Lo relevante transcurre en el espacio con el tiempo sujeto. Se hila en el pasado para obtener el tejido que vestimos en el presente y nos seguirá cubriendo en el futuro; es en el espacio-tiempo donde  organizamos las transformaciones que hacen la historia, que construyen comunidad.
 
Nada puede ser improvisado, el futuro se planifica en el pasado. 
 
La realidad que describimos hizo posible la creación del espacio-tiempo circular-helicoide,escenario donde los hechos se suceden en una cadena de acontecimientos dentro de un todo universal que carece de límites excluyentes. La disposición curva del espacio-tiempo permite acceder a cualquier lugar donde se desarrolla la historia sin fronteras de tiempo; podemos intervenir el pasado, encauzarlo desde una ubicación distinta en el tiempo. Las actividades se desarrollan e integran en un presente extenso que alberga todos los verbos del tiempo y  definen nuestros caminos sin solución de continuidad; en este espacio construimos sociedad, pensando y planificando el devenir, imaginando lo que viene. 
 
No es arbitrario reconocer la influencia que siguen ejerciendo en el presente los sangrientos eventos de la invasión hispana; verificar su perdurable presencia en nuestras sociedades tiene explicación y fundamento suficiente. 
 
El pasado nos explica. En los aciagos sucesos ocurridos a partir del siglo XV reconocemos las causas directas de muchos aspectos de nuestra desestructurada historia. Nos interpela como sociedad. Los sectores dominantes, los continuadores de los encomenderos y corregidores, nunca han observado su nociva influencia en nuestra historia porque, para ellos el Perú moderno nace y se funda en esos sangrientos sucesos. En consecuencia, la realidad previa no es parte de nuestro presente, es un tiempo cancelado, ignorado, al que se acude solamente como objeto de estudio y sin influencia contemporánea. Para estas mentalidades, los antiguos habitantes de nuestro territorio y, nosotros, sus descendientes no somos sujetos históricos.  Ser postergados de la historia por un disparo de arcabuz justificado y bendecido por la iglesia católica es un hecho que no admite rectificaciones. Para estos sectores, la milenaria ocupación del espacio andino carece de todo derecho; fuimos prácticamente bárbaros okupas, justificadamente desplazados por la civilización. ¿Acaso no se festejan los aniversarios de “fundaciones españolas” ignorando que inauguramos el desarrollo urbano muchos siglos antes que los invasores? 


 
Nunca hubo, ni habrá, un análisis crítico de aquella época, ni siquiera el intento de establecer algunos mínimos criterios de continuidad. Los vestigios culturales y materiales de nuestro pasado son inertes recintos destinados a la curiosidad turística y a mostrar una grandeza que repiten en grandilocuentes y fatuos discursos, a manera de pongaje cultural, pero sin participación activa en ninguna práctica social ni política; no pertenecen a nuestra historia. José María Arguedas resume bien esta realidad al referirse a la mentalidad de estos sectores dominantes: “…criollos todopoderosos, colonos de una mezcla bastante indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de estos colonos” . Pródigos en estudiar al indio nunca han podido ni aceptarlo ni expresarlo. Es también Arguedas quien repara en la antigüedad de nuestras dificultades sociales: “El Perú cambia, va rápido, a pesar de las trabas cada vez más frecuentes que quienes lo usufructúan desde la conquista le ponen delante”.
 
Conservamos la obligación de enjuiciar al pasado porque es necesario expresar una renovada narrativa para esos sucesos y, porque el holocausto de la invasión, es visto beneficioso para la sociedad por los colonos de “mezcla indefinible”; ignorantes de sus nocivas consecuencias y de la violencia inhumana que contuvieron, y ciegos además de su decisiva influencia en la indeseable realidad contemporánea. 
 
Hay actos simbólicos en esta historia que expresan mejor la ruptura de la comunicación entre dos civilizaciones que infinidad de palabras. Cuando Atahualpa arroja el libro extraño alcanzado por el líder espiritual de la rapiña, observamos el conflicto y la ruptura cultural que define el momento en el que el Perú “empieza a joderse”. Es el comienzo, en todos los planos, de la destrucción y del desentendimiento entre dos civilizaciones distintas, excluyentes. Aquí empiezan las masacres, los despojos, la marginación; también la resistencia indígena que nunca declinó bandera. Luego, la estafa del Cuarto del rescate, escenario donde dos culturas fijan acuerdos, marca la legitimación de la viveza transgresora, de la ganancia instantánea con un mínimo esfuerzo. Nuestra cultura, que no requiere firmas sobre papel sino respeta su palabra, se enfrenta aquí a otra que desconoce rúbricas y  acuerdos; que solo cree en la astucia del momento, en dar las espaldas al pasado y en el desdén por el futuro. Es la primera expresión de la corrupción que nos domina, una forma de instaurar la coima que exige el que detenta el poder para viabilizar procedimientos. 
 
Vinieron después los exterminios y latrocinios, la quema de cuerpos, la extirpación de idolatrías organizadas por la cruz y la espada, las violaciones y vejaciones, la violenta implantación de  Encomiendas y Reducciones, la apropiación de tierras comunales, la búsqueda enfermiza del oro y su licuación en vil mercancía y, la transformación de una sociedad metalúrgica en minera y enemiga de la naturaleza. En aquellos días, se implanta la discriminación racial y la marginación de culturas y pueblos; la burla y el desprecio a nuestras costumbres; la desconsideración por la diversidad de lenguas  y la marginalidad de nuestra música y vestimenta. El país injusto, desigual y monocultural, bárbaro y subdesarrollado, proviene de ese tiempo y se perpetúa hasta hoy. 
 
No olvidamos que la resistencia nunca estuvo ausente; los Incas de Vilcabamba lucharon por décadas, épica ocultada o disminuida por los letrados coloniales, que encarna la primera señal orgánica de una resistencia, insurgencia y rebeldía bélica y cultural que no ha cesado nunca.  
 
Ningún desarrollo civilizatorio de nuestro continente dejó de luchar contra el invasor. Luego del inicial desconcierto, acostumbrados nosotros a recibir al distinto, se inició la resistencia al invasor. La denominada Noche triste nos recuerda las acciones de los guerreros mexicas liderados por Cuitláhuac infligieron una derrota contundente a las hordas de Hernán Cortés. Los distintos pueblos mayas también combatieron a los hispanos desde su desembarco en la península de Yucatán. Los guerreros mapuches vencieron reiteradas veces a los invasores; Lautaro, Caupolican y Galvarino son ejemplos de estas victorias para un pueblo que nunca fue derrotado. 
   
La realidad que describimos, impuesta por las armas y la cruz, todavía gobierna nuestra sociedad. La estructura de poder conserva los valores que ingresan con la violenta invasión; sus instrumentos de poder se basan en una ética y moral extrañas a nuestras tradiciones. Nace en la emboscada de Cajamarca y en vesanías posteriores. Así se entiende la función pública vista como extensión de intereses personales y de grupo, botín a conquistar, riqueza instantánea y mal habida. 
 
Vivimos el presente ignorando las raíces de nuestra postergada realidad. La forma cómo se procede con la Amazonía andina, con la extracción depredadora de minerales y la contaminación de ríos y mar, la intolerable pobreza e inequitativa distribución de los bienes económicos, la desigual distribución del ingreso, los pésimos servicios de educación y de salud, la inmoral realidad judicial, tienen sus antecedentes en la violencia y avaricia con las que se apropiaron de nuestros metales, diezmaron a nuestra población, sacrificaron a nuestros líderes y destruyeron nuestras ciudades.. Señalamos el significado que tuvo la invasión en la desarticulación productiva labrada en sacrificados milenios, el abandono de los pisos ecológicos de altura, la marginación de productos agrícolas y pecuarios nativos. La codicia por usufructuar el poder en provecho propio y de grupos dominantes, la coima, la delincuencia organizada, son consecuencia visible de una sociedad implantada con violencia sobre una sociedad edificada en milenios. Heredamos la fragmentación social que padecemos, islotes aislados que entrecruzan intereses económicos ilegales desdeñando el interés social; apurados agentes económicos rapiñan hoy porque mañana puede ser tarde para obtener ventajas injustificadas. 


 
La incapacidad del espurio Estado que ejerce el poder es la continuidad y expresión “moderna” de los negociados y latrocinios que acostumbraban realizar los grupos invasores. Explican el robo y despilfarro del erario público, la apropiación privada de la bonanza del guano y el salitre, la depredación de  la anchoveta, la fatua ignorancia y la estulticia de gobernantes improvisados que desnudan su incapacidad y frivolidad exhibiendo baratijas mal habidas y reconstrucciones estéticas, ajenos e indolentes de las necesidades mayoritarias pero que, sin embargo, utilizan la violencia y las balas para aniquilar la protesta de hombres y mujeres que conservamos la tesitura genética y cultural de los muertos en Cajamarca, descendientes de los mutilados y quemados y explotados por la codicia e inhumanidad de las hordas invasoras de aquel momento. 
 
Recordamos el papel de la Iglesia católica en este inhumano proceso que galvanizó y protegió los objetivos de exterminar población y erradicar formas avanzadas de espiritualidad. Sin ellos, sin la base doctrinal y sustento ideológico, el proceso hubiera resultado más difícil. La privación de nuestras formas de ver la realidad es la más profunda huella de inhumanidad de la invasión. La expropiación y erradicación de nuestras creencias desarticuló el sacro armazón social que conjugaba una sociedad de espiritualidad superior a cualquier expresión religiosa de la época y contemporánea.
 
No ignoramos tampoco la presencia violentista de vertientes ideológicas cuestionadoras del orden social que desarrollaron prácticas incompatibles con la humanidad indígena. Usaron bárbaros procedimientos para aniquilar población de origen ancestral  guiados con catecismos de raíz colonial y extraños a nuestras tradiciones comunales. Es la marca de la colonialidad que no exime a nadie de padecerla. 


 
Nuestra sociedad proviene de esa experiencia, somos la continuidad y el fruto malsano de aquel tiempo. Los cruentos años de la invasión hispana se proyectan a nuestros días como una  realidad que nos interpela, visible en actos cotidianos que conservan las huellas de un pasado que no hemos logrado aún transformar en fuerza renovadora. Porque vivimos un presente sin pasado ni futuro es que el juicio contra esta realidad, forma parte de nuestra recusación de épocas pretéritas que, el país oficial y criollo, celebra evitando  enjuiciar en su infamante dimensión. 
 
Lo subrayamos de nuevo: son los descendientes de aquellas hordas los que han conducido el país hasta ahora. Son los seudo dirigentes del Estado republicano que se lucen orgullosamente herederos y continuadores de las políticas implantadas en aquellos años infaustos. Así se explica que en los salones de la Comuna metropolitana, la principal autoridad municipal de la ciudad de Lima exprese vivas al ser minúsculo y execrable, al aventurero líder de la etnocida pandilla hispana. Y lo manifiesta en salones que, se estima, representan a todos los residentes de la Capital del país, incluyendo a los descendientes directos de las víctimas que sufrieron el vesánico vandalismo, el escarnio y el exterminio hecho por sujetos como Francisco Pizarro, Diego de Almagro y su analfabeta soldadesca, cuyos continuadores fueron los asesinos de Tupac Amaru I y II. Para uno de los representantes de ese sector social dominante y máxima autoridad municipal metropolitana, son héroes que debemos honrar. Ese suceso intolerable,  explica con sencillez y claridad, la razón de la brecha humana, social, civilizatoria que nos ha impedido ser una sociedad integrada, multiétnica y multicultural. Ese acto es una precisa forma de mostrar el contenido de los vocablos ellos y nosotros para referirnos entre peruanos. La reposición de la ilegítima imagen ecuestre del vil jefezuelo de las hordas invasoras indica que, para ellos seguimos siendo colectividades prescindibles en el entramado social y político nacional. Eso dicen, eso creen. 
 
Pero, los que consideran que las sociedades no tienen pasado y que se inventan cada veinticuatro horas o, que el futuro es impredecible, pero que, sin embargo reivindican la filiación hispana de nuestra sociedad sin reparos en asumir el extenso pasado peninsular, deberían percibir que la civilización que somete y organiza y domina el mundo, posee una identidad civilizatoria de más de tres milenios de historia. Las mentes colonizadas por estas visiones, incluidas las confesiones religiosas decisivas en la configuración colonial de nuestra sociedad y la legitimación de las injusticias, no reparan en la antigüedad de sus creencias. No advierten tampoco que la Grecia antigua que sintetiza siglos previos de desarrollo tiene un pasado poco menos antiguo que el nuestro. Se trata entonces de elección de pasados antes que rechazar toda filiación pretérita,de dos modelos de sociedad que mantienen un antagonismo  aún no resuelto y que, estamos seguros, se resolverá a nuestro favor. Lo cierto y evidente es que este modelo societal no ha edificado una patria para todas las sangres  cuyo dominio nunca ha dejado de ser asediado por siglos de rebeliones. Somos aún una sociedad no pacificada. Basta ver nuestra historia reciente para comprobarlo.  
 
Requerimos cancelar un pasado oprobioso, ajeno a nuestra milenaria cultura ancestral. Necesitamos hacer cuentas con ese pasado y plantearnos un horizonte civilizatorio distinto. Nos corresponde recusar a la inagotada sociedad colonial y plantear un proyecto nacional superador.



Otras experiencias invasoras
 
La violencia ejecutada por las tropas invasoras a este continente no tiene similitud con ninguna acción semejante ocurrida en el mundo. Es probable que los niveles de deshumanización desplegado por los belgas dirigidos por su realeza en el Congo comparten semejanzas con lo ocurrido en nuestro suelo; pero ningún suceso europeo  se le puede comparar. 
 
El propósito inaceptable de los políticos y tropas nazis de exterminar a los judíos y su cultura fue un acto de barbarie que ha sido entendido como acto singular y exclusivo de una época, sin percibir que razones y métodos similares se usaron en otros lugares y, en nuestro territorio, para exterminar población nativa. El objetivo de liquidar un colectivo humano y borrarlo de la geografía, fue un hecho semejante a la experiencia en nuestro suelo. Europa se conmociona con razón por semejante crueldad, pero no admite las similitudes y tampoco está dispuesta a enjuiciar nuestro holocausto de similar modo. Esto es en parte entendible dada su concepción lineal del tiempo y la separación de sus partes constitutivas en casillas incomunicadas. 


 
Se argumenta también que lo ocurrido en nuestro territorio era habitual en conquistas e invasiones a lo largo de la historia humana. El extendido ejemplo de la invasión del Imperio romano a las distintas etnias europeas, ignora una realidad objetiva: el dominio que se impuso no tuvo los ribetes de inhumanidad que aquí se dieron. Fueron contiendas violentas, pero entre seres equivalentes y considerados de la misma raza, separados por proyectos sociales diferenciados y distintos niveles de tecnología bélica. Ninguno de los hombres y mujeres de las etnias sometidas fue considerada sin alma y equivalente a un animal
 
La contienda con las etnias germánicas es un olvidado ejemplo de lucha entre “civilizados romanos” e “indígenas teutones” asentados a lo largo del Rhin y el Elba. La violencia de los vencedores carecía del propósito de exterminar a los oponentes. Lo certifica la gran proliferación de culturas e idiomas y costumbres que pueblan hoy Europa y que, en el presente sus ciudadanos se empeñan en preservar. La milenaria contienda de Occidente con sociedades antagónicas se reduce en último análisis a la oposición de la sociedad invasora individualista por antonomasia y las comunidades “indígenas” del mundo. La imposición de su individualismo ha colisionado con las formas de vida colectivas de las sociedades sometidas. No está en su composición germinal tolerar sociedades comunales  que no tengan al individuo como celular sustento social.


 
El sometimiento colonial de las potencias occidentales sobre los pueblos de todos los continentes ha sido práctica constante en la historia mundial. Asia, África y el Medio Oriente  han sido espacios de permanente presencia colonizadora. Es una política que no cesa, que ha usado medios distintos al dominio militar, pero volviendo a utilizarla según sus intereses y objetivos. La cambiante correlación de fuerzas políticas de los últimos años ha generado la utilización de viejas prácticas coloniales como observamos en Palestina donde el Estado judío con el apoyo de la potencia hegemonica y el silencio cómplice de muchos países, viene desarrollando una guerra de limpieza étnica que poco se diferencia de los procedimientos que usaron los hispános en nuestro continente. El propósito de expropiar el hogar al pueblo Palestino y dispersar su poblacion o aniquilarla es una práctica colonial que reactualiza las politicas de tierra arrasada practicada desde hace milenios. 




No trajeron civilización ni religión superior
 
El contenido de esta edición de Willakuy alivia la tarea de referirnos a las características y magnitud de los daños perpetrados por la invasión en todos los países del continente, desde el valle del Yukón hasta la Patagonia. Conocidas las altas civilizaciones invadidas, desmentimos la difundida afirmación que agradece el arribo de la civilización y la superación de la barbarie. Concepto que carece de fundamentos y que solo cobra validez en la mente colonizada de sus exponentes por la inadecuada valoración de las elevadas características de las civilizaciones que poblaron nuestro continente -la andina en particular-; afectadas por las inaceptables y  obsoletas periodificaciones del desarrollo que ubican a sociedades invasoras como modelos a imitar.
 
Los pueblos de nuestro continente alcanzamos logros tecnológicos que se adelantaron en siglos a los conseguidos por Europa. Los conocimientos en astronomía, medicina, textilería, educación, salud, hidráulica, urbanismo, etc., causaron la admiración de los invasores, analfabetos en su mayoría. Nuestra realidad distaba mucho de la necesidad de aprender de los invasores en ningún rubro del desarrollo humano.   
 
Las colectividades no son organismos que soportan una clasificación entomológica de canon universal. Ninguna puede ser ordenada y estudiada con criterios y formatos extraños. No pueden admitirse clasificaciones que ubiquen sociedades encima o debajo de paradigmas estandarizados; somos unidades autónomas que cumplimos designios propios y que requerimos parámetros de análisis que surjan de nuestros particulares fundamentos civilizatorios. Los innumerables logros tecnológicos, la eficaz organización del territorio, el vínculo con la naturaleza, la avanzada concepción del espacio-tiempo, son algunas de las virtudes que se han expuesto como logros civilizatorios autónomos. En este sentido, formulamos cuestionamientos sencillos para nuestra realidad andina: ¿Elaborar un formato social que albergue ochocientas lenguas como medios de comunicación y entendimiento, o erradicar el hambre y lograr vivienda para millones de seres, es menos civilizado que la monoculturalidad y el hambre y la desigualdad que arribó con los invasores y que sigue imperando en la órbita capitalista que nos incluye?
 
El desarrollo espiritual que aquí tuvimos se encarnó en prácticas que no han sido aún evaluadas en su dimensión adecuada. Nuestra sociedad verificaba vida en todos los componentes de la naturaleza, también les confería un estatus sacro a cada uno. La vida espiritual era intensa y profundamente arraigada en todos los estratos sociales. Muy distante de las prácticas religiosas que impuso la invasión, constreñida a  actos de beneficencia,  rituales de iglesia y  lectura de textos. La intolerancia a todo culto distinto y la incapacidad para comprenderlos no son razones para desconocer una realidad que  aún se puede observar en las tradiciones populares que se conservan. 
 
El clásico modelo experimentado en nuestro territorio se ha repetido hasta el infinito: ubicación de la geografía a dominar, invasión militar seguida por la implantación del modelo capitalista sobre comunidades de distinto formato social que se clasifican como incivilizadas y primitivas, precapitalistas. Reclutamiento luegode aliados y  administradores entre la población colonizada, mestiza, y organización de la exclusión social. El resultado muestra economías destruidas y reorganizadas  que se incorporan al sistema-mundo como proveedoras de materias primas y como medios de reproducción del capital vía uso de mano de obra barata, o uso en sus centros de poder de trabajadores importados de las colonias.  
 
Occidente posee paradigmas que le son útiles, inútiles para nosotros. Descubrió, encontró, el modo individual de desarrollo centrado en el ser individual y en la explotación sin límites de la naturaleza y el uso de tecnología industrial militar para conquistar territorios ajenos. Amparados en su formación social consideran que existen humanos de distintas categorías lo cual los faculta a educarnos y explotarnos en su provecho. Sus postulados nos convierten en seres colonizados carentes de identidad, al final clientes y consumidores, lo que daña un elemento fundamental de toda estructura humana: la vida en comunidad. El capitalismo ha tenido claridad suficiente para imponer postulados con violencia y consolidarlos mediante un entramado de pensamientos, filosofías e ideas religiosas, que legitiman su dominio. Con un extraordinario nivel de eficacia ha logrado imponer la idea de ser portadores del único destino humano posible. Ha conseguido colonizar las mentes de los hombres y mujeres que domina e inducirles a aceptar  que no hay otro proyecto civilizatorio posible. 
 
El resultado de esta ficción impuesta y consentida por grandes sectores del mundo, es considerar que Occidente posee un mandato divino-racional para imponer su formato de sociedad en las comunidades que ha dominado con violencia para reproducir el modelo que transforma al individuo en el eje de su concepción del mundo y en la exclusión del distinto como norma indiscutida. Es su sino, su manera de vivir, acumular bienestar material para minorías exiguas y producir pobreza en la mayoría de la población. El capitalismo necesita la desigualdad para reproducirse, de ahí su incapacidad para generar bienestar general. Dejará de existir cuando este antagonismo haya sido destruido o extinguido. 
 
La extinción de los socialismos reales como fuerza ideológica, material y militar alternativa al capitalismo ha fortalecido las pretensiones hegemónicas imperiales del gran capital. El neoliberalismo, expresión tardía y decadente del anciano capitalismo, extrema la actuación individual y la acción desregulada de las empresas; y se ha conjugado con exclusivismos y virtudes étnicas. Se desarrolla la unificación de la libre empresa con la cultura blanca, unificando economía, raza y dominio en un haz que atiza los antagonismos en el mundo. 
 
El capitalismo neoliberal no es una concepción ideológica nueva sino la versión contemporánea de procesos que ya arribaron con la invasión hispana. Conserva la repetición y perfeccionamiento del formato primigenio: dominación violenta y penetración económica y financiera, usufructo de riquezas nacionales, ubicación en el poder de castas coloniales funcionales a sus intereses, mestización social, exclusión de las mayorías y drenaje económico, férreo control militar policial. La tecnología ha facilitado la desnacionalización de la producción económica, sembrando la idea de que nos encaminamos hacia una sociedad mundial de hegemonía occidental. 
 
El grado de acumulación económica, tecnológica y militar logrado por estas sociedades, en particular en el país líder, hace prácticamente imposible competir en ese ámbito con estas fuerzas. Nuestro espacio de dominio es de trabajo arduo y constante, de desarrollo de fuerzas identitarias, el Ajayu aimara, articular redes, edificar poder indígena. La tarea restante será consecuencia natural del trabajo diligente. El pasado determina el presente.



Ni olvido ni perdón
 
Conservamos el derecho de reclamar a la nación invasora por las consecuencias de sus actos en nuestro territorio. Esta es una demanda que no se vincula con ningún interés partidario o de grupo, tampoco se trata de adornar campañas electorales de algún colectivo en particular. Se trata del reclamo de amplios sectores de nuestros pueblos que son conscientes al exigir que los autores de los daños perpetrados expresen su disculpa,reconozcan sus equivocaciones y salden sus deudas con nuestras sociedades.
 
No estamos solicitando que se dirijan a ningún Estado en particular, sino al pueblo andino, al peruano, ecuatoriano y boliviano en particular, y a todos los pueblos de este continente que sufrieron la barbarie invasora y  cuyas sociedades sufren las consecuencias.


 
La deuda que tienen los invasores hispanos y portugueses, principalmente, es con todos los pueblos hermanos del continente como son los habitantes del actual México, Centroamérica, Brasil, Chile, Paraguay, y todos, sin excepción, tienen similar derecho de exigir perdón y reparación por parte de las potencias invasoras.
 
Según un cálculo que publicamos en un artículo de esta edición la invasión significó beneficios por US $ 2,360 billones de dólares, los cuales pasaron a engrosar la riqueza de la sociedad española de la época y de Europa en general. Sobre esa riqueza también se afianzó el capitalismo contemporáneo. Se han beneficiado por siglos con nuestros bienes. Gozan ahora de un bienestar material también proviene de nuestro suelo. 
 
Estamos convencidos que el cálculo económico hecho por un grupo de peruanos dirigidos por Virgilio Roel Pineda, no comprende la real dimensión del daño económico infligido a nuestra antigua sociedad, pero es un buen comienzo para ajustar en adelante cifras más certeras. 
 
Por tal razón, junto a la solicitud de perdón que exigimos también solicitamos ser resarcidos por el drenaje de siglos que hicieron de nuestras propiedades. Es un derecho que no está en los tratados y leyes que ahora gobiernan el mundo, pero que no pueden ser ignorados si son planteados con todo derecho por sociedades como la nuestra. El reclamo que postulamos nace de la realidad, es un derecho natural que reivindicamos como marco en nuestras relaciones como sociedades autónomas. Consideramos que debe inaugurarse la elaboración de legislaciones que contemplen la imprescriptibilidad de las deudas sociales entre países. 
 
Es una responsabilidad ineludible exigir que las colectividades herederas de aquellos sucesos resarzan los daños económicos que nos causaron y que fueron tan oportunos y beneficiosos para ellas para convertirse en potencias hegemónicas del mundo occidental.
Los resarcimientos pueden ejecutarse en varias formas, lo importante es que retorne a nuestras sociedades la riqueza mal habida depredada de este suelo. Resultaría aceptable acordar que ese retorno se concrete  vía ayuda directa para financiar desarrollos locales.  



El periodo que vivimos y el futuro 
 
El momento actual se asemeja a los tiempos de la invasión hispana. Parece una realidad calcada con cierto detalle. Un centro imperial que pretende dictaminar el formato social y económico a seguir por sus neocolonias; señalar a las sociedades satélites como atrasadas y obligadas a alinearse con los mandatos imperiales; uso del poder bélico cuando es necesario instaurar el orden. La violencia y la ocupación de territorios se usa ahora también con pueblos culturalmente afines; los argumentos esgrimidos no difieren de los conocidos: amenazas de anexiones territoriales que albergan poblaciones dueñas de sus espacios y que carecen de suficiente tecnología bélica para defenderse. Ahora, la prédica de ser sociedades superiores carece de racionalidad, se trata de un dominio imperial amparado en superioridad tecnológica y bélica, pero incapacitado para modelar sociedades de talla humana.
 
En esta etapa, la inoperancia de los políticos que representaban al gran capital, ha obligado a los propios capitalistas y empresarios, o a sus mellizos ideológicos, a tomar la conducción de Estados. Han medido bien la época y el período que avizora un cambio de era. Perciben que los pueblos están retornando a sus fuentes culturales, a sus orígenes, en una transformación de objetivos mucho más vastos y peligrosos que el mero cambio de estructuras económicas. Ahora,  se apunta a transformaciones civilizatorias. Se juegan la permanencia del formato de sociedades que han modelado el mundo por milenios y no están dispuestos a ceder ninguna oportunidad a estas fuerzas de cambio. Reconocen que las insurgencias socialistas, rebelión de los obreros y productores, se han ampliado;  ahora se movilizan pueblos, etnias, nacionalidades, comunidades enteras. El control de estos alzamientos requiere presencia militar aguda, intenso y desafiante combate cultural y fortalecimiento de los lazos con los agentes coloniales en cada sociedad. Se profundizan las injustas relaciones económicas y se delimitan fronteras culturales. Se pretende que los países puedan ser manejados con nítidos criterios empresariales, gestando una organización social donde la política depende del personal y las áreas de suministros, de recursos humanos y marketing violento, resultan fundamentales. 
 
En tiempo de decadencia de las sociedades occidentales dominantes, en particular del país líder, observamos que se mantienen las formas de profundo desprecio por la soberanía de los pueblos: sustentados en su poder económico y bélico pueden actuar del mismo modo como el supuesto puñado de aventureros que invadieron en el siglo XVI nuestras costas. Ahora están organizando una nueva y descarada repartición de territorios en el mundo. Los pueblos necesitamos ser conscientes de este peligro y actuar en consecuencia. 
 
El capitalismo no es un mandato divino, no es el único camino de vida: convenzámonos que es sustituible por formas comunales de convivencia. La alternativa que proponemos surge de nuestras tradiciones, proviene del eficaz manejo de un territorio difícil y complicado como es el espacio andino que no reconoce el individualismo para asociarse. Defender la comunidad no es un capricho de grupo o de asociaciones políticas, es un mandato de la realidad de nuestro territorio surcado por una waca que recorre y domina prácticamente toda nuestra geografía. Asociarnos con este portento geográfico, habitarlo, exige comunidad, vida colectiva, autonomía productiva, variedades culturales. Retornar a esos ámbitos geográficos, asociarnos con ellos, es un mandato que nace de nuestra supervivencia como sociedad. 
 
Es la visión que nos lleva a formular un proyecto nacional que se asiente en nuestras fuerzas nativas, en nuestras tradiciones productivas que tienen milenios de vigencia. Las fuerzas liberadoras no pueden estar atadas a las amenazas imperiales; no pueden impedir pensar, organizarnos, edificar redes, recuperar conciencia. La acción de las fuerzas retrógradas es limitada en estos ámbitos.
 
Las imágenes de sociedades que formulamos incluye a todos los distintos estamentos culturales que pueblan ahora nuestro territorio y que han poblado nuestros espacios después de la invasión hispano portuguesa. Se han enriquecido nuestras culturas originarias con el aporte de pueblos africanos, asiáticos, europeos inclusive. La genuina capacidad inclusiva de nuestros pueblos originarios para sumar similitudes y conjugar diferencias hace posible formular una imagen de país que incorpore todos estos aportes que en la edificación de país un  multicultural e intercultural;  con sociedades de todas las sangres dirigidas por los pueblos originarios. 
 
El proyecto nacional debe conducirnos al desarrollo de una alternativa comunitaria, distinta al capitalismo individualista y depredador y explotador. El objetivo es edificar una nueva civilización que se reencuentre con su pasado, conserve las experiencias necesarias, mantenga sus fundamentos éticos y morales y se desligue del capitalismo inhumano. Nos asiste el derecho de organizar nuestras sociedades con las orientaciones fundamentales que edificamos por milenios,  interrumpidas transitoriamente  a sangre y fuego por las hordas militaristas e invasoras. 
 
Se trata de construir, edificar el poder nuestro, el poder Andino, sustentado en la acción coordinada de nuestros pueblos que tienen como columna vertebral de su asentamiento a la cordillera de los Andes, nuestro Apu más extenso e importante. Requerimos hacer de nuevo del macizo andino el recinto del poder y lugar de gobierno de nuestras sociedades. 
 
La singular y antigua comunidad andina que hizo del pasado un tiempo primordial y que habitó sus tres estados sin lindes ni exclusiones, ha trocado esa suerte para trajinar un presente agónico carente de pasado y ausente de futuro. Descorrer el velo de antigüedad inútil que cubre a nuestro pasado es una necesidad y también una obligación. No podemos continuar describiendo y alabando este antiguo bienestar sin pensar en su utilidad futura; es imperativo recuperar todas las concepciones que nos hagan recuperar los principios pretéritos, para edificar comunidad humana. En el pasado se halla nuestro presente, allí se conservan los saberes que integraron intereses colectivos y proporcionaron orientación social, sentido de vida a una población que se distinguía por su acabada consustanciación con su medio geográfico y que propagaba variedades culturales con distintas vocaciones productivas. Consensuar interpretaciones ancestrales y visiones del porvenir conducen a un proyecto nacional; carecer de un básico lenguaje común para interpretar lo que fuimos imposibilita reconocer lo que podemos ser. 
 
Siglos después de la invasión no hallamos consensos entre nuestras disparidades; nos gobierna  la rupestre primacía de los linajes sociales, carecemos de acuerdos a largo plazo y de metas compartidas. No hay concordancia sobre nuestra filiación; textos y narraciones orales se alternan entre la gratitud por reconocernos apartados de la barbarie y el rechazo al bárbaro esquema societal impuesto por las armas y la religión. Vivimos en espacios heterogéneos que requieren adquirir pareceres comunales si deseamos remontar formaciones fallidas e incompetentes para superar las formas violentas de convivencia; organizar un hogar común para nuestra diversidad que, en lenguaje nuestro significa hallar un chaupi rukana que nos congregue.
 
Señalamos la indiferencia e incapacidad de los sectores dominantes para resolver las escisiones impuestas por la invasión ibérica: dos sociedades; dos tonos de piel; desestructuradas clases sociales sujetas a primacías raciales; marginación de los méritos personales que el capitalismo defendido debía ofrecer. Se ha generado una sociedad donde el ellos y el nosotros, con todas las connotaciones degradantes y desintegradoras que provoca en los cotidianos procedimientos sociales, reverbera en el excluyente entramado social  explicando nuestra postración con una eficacia que supera cualquier teoría económica o propuesta de sanación política. El noqanchis y el noqayku destruidos, el jiwasa y el nanaka inutilizados. 
 
Tenemos la necesidad de reelaborar la lectura del pasado, efectuar una revisión profunda de nuestra antigua realidad bajo una consideración fundamental: usar escalas propias de análisis, ajustadas a sociedades peculiares que no admiten esquemas alienígenas para explicar su singular complejidad y diferencias profundas con la sociedad occidental, fuente responsable de los esquemas usados hasta ahora para observar lo que fuimos y desestructurar lo que debemos ser. Los vacíos, falsedades o inexactitudes elaboradas han contribuido a crear una sociedad fragmentada y carente de unidad y condicionado el modo de interpretar el futuro. Son esquemas que han mellado la autoestima social, distorsionado la valoración de nuestro pasado y servido para sostener inexistentes e infundadas ventajas civilizatorias impuestas por la violencia invasora y consolidadas por la alienación y el coloniaje.  
 
En Willakuy compartimos la certeza de que es necesario ocuparse de revisar y elaborar nuevos paradigmas societales, apelando a nuestras necesidades y proponiendo nuestras soluciones. Consideramos que es ineludible fortalecer y consolidar el curso de un nuevo proyecto civilizatorio. Nuestro propósito es colaborar en la organización de las fuerzas originarias  comprometidas con la necesidad de actuar en la coyuntura situando siempre el objetivo de alcanzar un horizonte civilizatorio distinto, nuevamente nuestro.


 
La edición que está en sus manos se publica cuando arrecia en el mundo una corriente de pensamiento que reivindica las anexiones de territorio como un derecho natural de los más fuertes en desarrollo bélico. Sin duda, una notoria actitud que enarbola también primacías étnicas que, supuestamente, otorgan derechos para gobernar el mundo con criterios que tienen siglos de vigencia. En los países satélites de las sociedades hegemónicas se observan imitadores y repetidores, que se suman al coro como apéndices subalternos. No resulta sorprendente la reiteración de sucesos con estas características y tampoco nos arredra porque los pueblos colonizados hemos sobrevivido por siglos en un contexto de dominación que ha variado en sus formas. Sabemos cómo lidiar con fuerzas de esta naturaleza y continuar nuestras tareas de sabernos bases fundamentales de las sociedades dependientes. Entendemos que, en este periodo, la lucha también se da en el escenario de las ideas, de las confrontaciones culturales y también en el espacio de la memoria. Nosotros no recordamos, vivimos la memoria, nos acompaña porque nos urge afirmar la vida tantas veces aniquilada en nuestro territorio; rescatamos el pasado porque conserva las raíces de nuestra liberación, exigir cuentas a ese tiempo es fundamento para establecer las bases de una sociedad realmente humana, clausurar fracturas, recomponer identidades y autoestimas, ser  de nuevo nosotros mismos. 
La edición número diez de Willakuy es una muestra de esta decisión: confrontar franca y abiertamente con las ideas de los poseedores del poder y de la capacidad de manejar el imaginario nacional.  
Nuestras páginas reúnen a variados militantes de las causas nacionales y populares, de las causas indígenas, de las fuerzas ancestrales. Escriben hermanos y hermanas que proceden de Bolivia, Perú, Guatemala, México, Francia, España, con variadas opiniones, como corresponde a quienes postulamos sociedades plurales. Son variados los puntos de vista reunidos, pero todos ellos conservan la preocupación de analizar nuestra realidad y, en particular, los efectos de la invasión hispana. Destacamos la intervención del académico español Antonio Espino quien nos ha brindado un artículo y nos concedió una entrevista.. Sus opiniones son singulares respecto a la presencia de España en nuestro territorio hace cinco siglos. Desde Bolivia transcribimos la opinión del filósofo Rafael Bautista quien comparte sus puntos de vista sobre el mismo tema en conversación con el Ayllu Willakuy.  
Consideramos que la lectura de esta edición llenará sus expectativas y generará coincidencias y debates. Esperamos también una amplia difusión de sus contenidos en todo nuestro continente y en el resto del mundo.
 
 

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