Cleo, personaje inolvidable

El texto que aquí de publica es parte del libro Cuadernos urgentes que edita Edith Pérez Orozco, académica peruana. La colección reúne criticas a destacados narradores y poetas peruanos.

Esta edición esta dedicada a la obra del narrador cusqueño Luis Nieto Degregori, que luce una vasta producción literaria, en novelas, cuentos y ensayos.

Estos párrafos se ocupan de analizar a Cleo, personaje de la novela El Cuzco después del amor, y relacionarla con Angélica, protagonista de la novela El padre Horán publicada en 1848 y considerada la primera novela peruana. El propósito es valorar la importancia de Cleo y de su creador y observar los elementos que comunican a ambos textos, muestra del extenso desarrollo de la novela cusqueña y la permanencia de realidades que no se han podido superar no obstante los casi dos siglos transcurridos.

 Introducción

Luis Nieto Degregori es escritor de resonancia nacional e inter nacional; uno de los pocos narradores cusqueños que también es conocido en el exterior. Son méritos que se obtienen escribiendo bien. La crítica limeña, que ha inventado divisiones y conceptos que sitúan a los escritores en el ámbito telúrico o cosmopolita, regional o nacional, andinos o criollos, y demás ismos, tendrá en algún momento que callar sus esquemas coloniales y aceptar que la producción literaria es de autores nacidos en algún lugar del Perú y punto. Serán mujeres u hombres y serán buenos, regulares o malos y no más que eso. Para salir de este embrollo clasificatorio diré que Nieto es un escritor nacido en el Cusco y que escribe obras que han trascendido todos los ámbitos geográficos y que, en su novela Cuzco después del amor, ha creado a Cleo, quien ha dejado una señal imborrable en mi memoria. No puedo decir que no habrán otros personajes femeninos que me falta conocer, es probable, pero hasta lo conocido Cleo es alguien a quien me hubiera gustado estrechar su mano y también enamorarla. Sus componentes son singulares por lo inubicable de sus características en otras mujeres. Ella se encuentra sola en el mundo y se enfrenta a una borrascosa muchedumbre de varones y hembras que parece sentirse dueña de la humanidad entera. Ellos y ellas eligen a un representante para que descargue sobre Cleo todo el peso de las tradiciones coloniales. Ella no lo permite, aparenta ser parte de la alianza; actuación que podemos hallar en cada metro de nuestro recorrido colonial entre las fuerzas nativas. Todos se engañan, más el personajillo que es el arma que utiliza la sociedad para hacerla sentir apéndice prescindible del entramado social y amoroso de la ciudad imperial. Al final triunfa Cleo en toda la línea y se sitúa más allá de toda conmiseración y misericordia para ubicar su memoria en el inalcanzable lugar de las vencedoras.

No es solitaria la performance de Cleo, está diseñada o esbozada en una obra cusqueña previa. El padre Horán (1848) una de las primeras novelas nacionales. Allí, Angélica, la protagonista, asume roles semejantes. He querido hacer una breve comparación de ambas obras y personajes, en el afán de mostrar el largo camino que tiene en nuestro país la discriminación y el pensamiento colonial.

Cuadernos urgentes, texto que contiene críticas a las creaciones de Luis Nieto Degregori.
Portada del libro comentado.

El amor en el Cuzco de Nieto

Cleo, hay que reiterarlo, es uno de los personajes femeninos más atrayentes de las novelas peruanas. Cierto es que el campo de biografías literarias que pueden disputarle la fidelidad y el cariño de los lectores es dilatado, pero se trata de una figura que soporta evaluaciones y críticas con solidez y suficiencia. Hay personajes femeninos que generan atención entre el reducido número de peruanos que tienen el hábito de la lectura y que las han convertido en destacadas figuras de la literatura nacional. En mis recuerdos está el turbador temperamento de Xóchitl de El mundo sin Xóchitl (2001) de Miguel Gutiérrez, como también Teresa Mancini Gerzso de No me esperen en Abril (1995) y Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes de La amigdalitis de Tarzán (1998) de Alfredo Bryce Echenique. No olvido que Rosa Cuchillo, de la novela homónima de Óscar Colchado (1997), cumple importante rol en el campo de mujeres inolvidables. Son personajes que se equiparan a Cleo por la densidad de sus personalidades y la riqueza humana que contienen; evidencian la capacidad de la ficción de invadir nuestros sencillos hábitos para sumergirnos en experiencias que nos crean mundos imaginarios inaccesibles de otro modo. Son mujeres entrañables, cierto, pero sus vidas no alcanzan sus altos niveles de humanidad exentas de la influencia del varón, ni tampoco contienen la intensidad ni la tragedia personal que protagoniza Cleo que desnuda la violencia discriminadora que le impide continuar viviendo y darle curso a su amor por las decisiones de un varón invadido de los prejuicios que son naturales entre los peruanos de variados segmentos sociales. Cleo es autónoma de conducción masculina, decide sola aun cuando aparenta condescender con Martín, el pequeño amante que trastorna sus días de sacrificada esposa; habla poco, es discreta y reservada, con gran sentido de la sensatez, que lo comprobamos en el gran escenario de ficción que construye para hacer viable su relación, dejándonos una lección de sagacidad y seguridad en sus medios que nos conmueve e interpela y le otorga acceso privilegiado a nuestra memoria.

Los personajes femeninos que hemos citado antes no concentran la suma de antagonismos sociales que contiene la biografía de Cleo ni poseen su talla íntima ni sufren los embates de una intolerancia racista y machista que utiliza variadas formas de violencia para alterar un desenlace que debería haber sido distinto si la sociedad nuestra fuera diferente. En Cleo concurren las limitaciones económicas que condicionan, el color de la discriminación y lenguaje separador, una vasta herencia cultural postergada y la teoría que lo justifica junto a la visible incapacidad de nuestra sociedad para superar un drama centenario.

Subrayo la ausencia de apellido en Cleo, la conocemos con cuatro letras, un sonido apenas, privada de nombre de familia, de identidad, no tiene padres o parientes, carece de vinculaciones sociales que no sean laborales; precariedad en la vivienda y parece caminar las calles cusqueñas sin que nadie note su presencia; el Cusco se ha convertido en territorio ocupado por extranjeros, políticos, tecnócratas e individuos blanquiñosos de piel y espíritu que parecen sujetar y manejar la ciudad como predio particular. Es casi un fantasma que Martín asedia con aires de encomendero. Cleo no es vecina ni ciudadana, es una gran sombra que alguien pretende tomar para sí sin respetar su humanidad.

Luis Nieto Degregori, en la plaza principal del Cusco.

Negarle apellido a Cleo es un acierto, situarla en el limbo de las NN apoya el entendimiento del drama que interpreta. Las mujeres que protagonizan argumentos literarios semejantes en la literatura extranjera reciben un tratamiento distinto. A Madame Bovary y a Ana Karénina —protagonistas de las novelas homónimas—, Gustave Flaubert y León Tolstói les otorgan apellido y nacionalidad, no obstante que ambas también fracturan la fidelidad conyugal. Recordemos además la antigua fecha de estas creaciones decimonónicas. Ni el impropio aristócrata terrateniente Rodolphe Boulanger ni el atildado Alekséi Kirílo vich Vronsky discriminan a sus amantes por su raza ni cultura y menos por su forma de vestir y hablar como si lo hace con Cleo el arquitecto cusqueño Martín Hernández. Encuentra Emma Bovary resistencias y discriminación de clase ciertamente, pero no marginaciones étnicas. No obstante ser ambas ficciones ejemplares, obras de arte, no son tan precisas para comparar el recorrido y valía de Cleo, peruana, sur andina, serrana, más precisamente apurimeña-cusqueña y, por eso mismo, portadora de una historia que relata la fragmentación nacional con más propiedad que un tratado de sociología. Es en este contexto que debemos entender a la enorme Cleo de Cuzco después del amor, novela publicada en el año 2003.

Su papel como compañera sentimental conserva las condiciones que debería poseer todo humano que decide caminar junto a su pareja de una manera emancipada; no discrimino esta condición para exigírsela solamente a la mujer. Cleo no depende de Martín para integrarse como mujer y ser ella misma, lo es al margen de lo que haga y piense este joven tecnócrata de retaceada y tecnocrática ilustración, aleación de mesticillo, criollo, pequeño burgués y cacique de pueblo diminuto. Embebido en buscar caminos de bienestar material y reconocimiento social tiene aletargada su capacidad de percibir que camina a su lado una mujer que excede largamente las inferiores condiciones personales del oportunista y racista arquitecto, que resulta empequeñecido cuando cuantificamos las virtudes de ambos.

Cleo nos demuestra que el amor es efectivamente una decisión y que, cuando se elige, debe ser un compromiso para honrarse con la muerte, de ser necesario. No obstante su inferior ubicación en los estamentos sociales cusqueños, su desarrollo profesional es más pleno e integral que el mostrado por el invertebrado Martín, poco satisfecho con las migajas de poder que le van soltando los administradores de la privilegiada tecnocracia cusqueña, arropada por la ayuda financiera exterior. Sus ascensos los va gestionando con oculto arribismo que se ve recompensado con pequeños logros que refuerzan los principios excluyentes y marginadores que ha ido adquiriendo en su formación; como se acumulan estos fundamentos, en el colegio, hogar y medio social. Cleo es orgánica, lúcida, compacta en su personalidad, alejada de perseguir ascenso social o económico en una colectividad con obstáculos difíciles y propios de una sociedad estamental como la cusqueña. Se halla bien situada, cómoda, en el marginal espacio que la comunidad le ha asigna do y que es consecuencia del papel que la organización colectiva nos señala según provengamos de una cuna u otra, de esta cultura o de aquella.

Iglesia de los jesuitas en el Cusco, uno de los escenarios de la novela.

Genera atención lo poco que se ha modificado la sociedad cusqueña en el tiempo, hay notorias similitudes entre Cleo y Angélica de El Padre Horán de Narciso Aréstegui, publicada en 1848. También las encuentro en el propio padre Horán y Martín; hay semejanza argumental y similitud de situaciones en ambas creaciones. No resultan consecuencia de propósitos deliberados, ni a limitaciones creativas de ambos autores; obedecen a la persistencia que poseen los paradigmas sociales y la débil influencia del tiempo largo en la modificación de las relaciones sociales y estructuras mentales del sur andino y de la región del Cusco, en particular. Los creadores de ficción realista no inventan sociedades, las observan, ven más allá de lo evidente en la maraña de vinculaciones que las vivifican; disección es el sustantivo que mejor explica lo que hacen los narradores cuando proceden a ubicar sus personajes en medio de ese gran teatro popular que es una ciudad. Sigamos con Cleo, el parentesco entre ambas creaciones será comentado en párrafos posteriores.

Cleo carece de apellido y edad, está casada con Rolando, pintor, también sin patronímico, a quien conoció “cuando estudiaban en la Escuela de Bellas Artes” (Nieto, 2003, p. 121). Comparten “ya ocho años de matrimonio” (p. 121), y según manifiesta, antes de conocer a Martín mantenían una relación estable y sin dificultades sentimentales. Tiene “dos hijos. […] Una parejita” (p. 81). Le confiesa a Martín ser “andahuaylina… Linda” (p. 89). Trabaja en el Instituto Departamental de Cultura, en el Área de Conservación del Patrimonio Cultural, en el proyecto de remozamiento de la iglesia de la Compañía de Jesús. La ubicamos en el “Taller de Restauración [dedicada a] pintura de caballete” (p. 78) en el campo de recuperación y conservación de arte antiguo. El escenario de sus labores, también los de Martín, se desenvuelve en torno a los espacios pétreos de la iglesia de la Compañía cuya refacción efectúa un grupo de técnicos extranjeros y personal cusqueño y de su área de influencia. Aun cuando Cleo no está retratada con prodigalidad, encontramos variados espacios que nos acercan a su contextura física: “Bajita, delgada, con la piel del rostro un poco manchada, no era de las mujeres que llaman la atención” (Nieto, 2003, p. 88), y es probable que no tuviera “las piernas largas, cosa muy rara en una cuzqueña” (p. 110), trazo que ex tiende el área geográfica del Cusco hasta linderos apurimeños, precisión que brotó posiblemente desde el inconsciente del escritor, heredero involuntario del expansionismo quechua en territorio chanca. Entre sus atributos aparece tener “turbadoras nalgas” (pp. 128, 137), ser “delgada, pero con formas” (p. 137). En descripción generalizadora es descrita de “apariencia tan modesta, bajo ese cuerpo delgado y menudo, nada espectacular” (p. 129). Martín, la mira “unos segundos […] [al] picar tarjeta o durante el refrigerio o cuando se cruzaban en algún sitio. Se convenció así de que Cleo pertenecía a esa categoría de mujeres que, sin ser guapas, pueden a veces parecerlo, de pendiendo incluso de con qué ojos uno las mira, si con los de un frío juez o los de un benévolo pretendiente” (Nieto, 2003, p. 89).

Tradicional procesión del Señor de los Temblores en Cusco

Cleo habla motoso; es descrita así cuando se acercan a ocupar un alojamiento en la calle Suecia que les otorgue intimidad:

—¿Sabes de quién es este hostal? —trató de ignorar Martín su hablar motoso y le soltó el nombre del conocido arquitecto. (Nieto, 2003, p. 212)

Lo que hace la protagonista es hacer uso del extendido castellano andino, de clara influencia quechua, que le hace decir: “No, en ahí no” (Nieto, 2003, p. 115). Es evidente esta dicción en un diálogo donde Martín muestra su perfil discriminador y aparente superioridad cultural:

—Pero no me vas a perdonarme —insistió Cleo.

—No, no te voy a perdonarte —no pudo dominar Martín las ganas de burlarse de su forma de hablar. (Nieto, 2003, p. 243)

¿Cómo viste Cleo? La voz narrativa la detalla:

[…] por más que se esforzase en arreglarse, en ponerse un poco de rubor en las mejillas y de rímel en las pestañas, pasaba casi inadvertida. Más aún, con un esposo pintor y dos hijos, estaba condenada a usar siempre la misma ropa barata, a tener las manos enrojecidas y a que el tiempo dejara en su rostro señales claras de su paso. Y no solo eso. Como muchas cuzqueñas de extracción popular, Cleo tenía una noción de la elegancia parecida a la de las mestizas de polleras del mercado. Como ellas, mostraba cierta predilección por las blusas de blondas y encajes, por la bisutería y las lentejuelas en las chompas, por las hebillas en zapatos y carteras. Era un estilo de vestir que chocaba mucho a Martín. Hubiera preferido mil veces verla con un blue jean y una chompa sencilla, pero por temor a herirla nunca se atrevió a decírselo. (Nieto, 2003, pp. 129-130)

Hay variaciones de esta indumentaria, la combina con prendas que obedecen a normativas más cosmopolitas, cuando lleva una “falda suelta que le llegaba hasta media pierna, su infaltable chompa de cuello alto y un pañuelo” (Nieto, 2003, p. 116). El pañuelo descrito nos da una imagen que no tiene cercanía con la ropa barata. Muestra un nivel de sofisticación que responde al proceso de modernización que se manifiesta en los atuendos femeninos y que proporcionan un perfil mundano culturoso a quien lo porta.

Y ¿cómo es Martín? Es nacido en el Cusco, “el año cincuentitrés, en la avenida de la Cultura, a la altura de la universidad” (Nieto, 2003, p. 41), un barrio de clase media acomodada. Es egresado de la Facultad de Arquitectura de la universidad cusqueña y ha vivido con sus padres hasta trasponer la treintena (p. 34). Ha realizado cursos de restauración en Italia, Bolonia, experiencia que, seguramente, le facilita llegar a trabajar en el Instituto Departamental de Cultura, en el “Área de Conservación del Patrimonio Cultural” (p. 21). Alcanza después a ser nombrado “Coordinador del Área de Arquitectura” que se encarga de los trabajos de restauración de la iglesia de la Compañía de Jesús que sufrió daños en el terremoto de 1986. España apoya con economía y técnicos el proyecto (p. 21). En mil novecientos noventa es promovido a director del proyecto de la Compañía; es también el año en que “descubrió” a Cleo (p. 78). Para entonces ha vivido treinta y siete años. Un diálogo inicial con Cleo nos proporciona un rasgo sustantivo de su personalidad. Pregunta él: “¿Parezco sobrado?”, y recibe la escueta y rotunda respuesta: “Es sobrado”, que debe leerse con énfasis en “Es” (Nieto, 2003, p. 81). Anotemos que, en un colectivo fragmentado en estamentos, con uno de ellos dominante y excluyente, se tiene que ser o parecer altanero, suficiente, discriminador, sobrado. El propósito racializador tiene que conocerse, hacerse visible, tiene que Ser, de otro modo no se Es.

Calle del centro histórico del Cusco contemporáneo.

Y como es natural, Martín es un blanquiñoso alto, delgado, con barba, de dócil cabello castaño (Nieto, 2003, p. 79). En términos ideológicos:

No era un hispanófilo, como creía mucha gente, pero tampoco compartía el indigenismo radical de muchos de sus paisanos. En general, lo único que deseaba era que octubre pasase volando y que todo el mundo —peruanos, españoles, chinos, africanos— se olvidase cuanto antes de la cantaleta de los quinientos años. (Nieto, 2003, p. 240)

Leemos descripciones adicionales:

La historia no era el fuerte de Martín. Del pasado le interesaban los vestigios materiales, sobre todo arquitectónicos, pero le daba igual quién los había construido, si incas o españoles o incas mezclados con españoles. Lo importante para él era que esos vestigios tuviesen valor artístico y, en caso de que así fuese, le parecía obligatorio el conservarlos, el salvarlos de la destrucción. (Nieto, 2003, p. 240)

Cuando conoció a Cleo no era un aprendiz en los torneos del amor. Su recorrido suficiente lo utiliza para manejar la relación de acuerdo a sus objetivos, pero no le será útil para eliminar la irracionalidad de sus decisiones al final de la vinculación. La suma de experiencias también nos provee de información sobre las dificultades amatorias de Martín, siempre preocupado por sus bajas performances sexuales, aspecto relevante para entender el romance con Cleo. La información de sus parejas empieza con Angélica, de quien Martín:

[…] nunca había olvidado lo que alguna vez le dijera […] con su delicadeza de Panzer, respecto a sus habilidades sexuales. No es que él fuera de la opinión contraria, que se considerara a sí mismo un amante impetuoso, un irresistible latin lover. Todo lo contrario. Era plenamente consciente de su torpeza y de sus limitaciones, pero pensaba que no podía ser de otra manera pues, a diferencia de Angélica, que había probado absolutamente todo, él siempre había vivido en una abstinencia casi total. (Nieto, 2003, p. 65)

Angélica termina señalando que “no era bueno en la cama” (Nieto, 2003, p. 27). La siguiente compañía la obtiene con Ilse, alemana, vínculo que se mantiene durante cuatro años: “Siempre le habían gustado sus ojos, de un celeste como las aguas del mar Caribe, y nunca lo habían dejado indiferente su porte de valquiria y la contundencia de sus formas” (p. 27).

Elena, con rasgos físicos de negra, es su paño de lágrimas luego de romper con Ilse:

La noche que pasó con Elena y ese mundo maravilloso de sensaciones que creyó atisbar lo reafirmaron en la idea de que quizá ya había madurado para el gozo de la carne, para el placer sexual. Por eso, cuando se separó de Ilse, empezó a buscar no una nueva compañera (estaba demasiado herido para eso), sino a la mujer que le diera a manos llenas eso que Elena le había dejado sólo paladear. Terrible fue el chasco que se llevó pues al toparse, una tras otra, con mujeres que le hacían desandar lo que él creía haber avanzado. (Nieto, 2003, pp. 67-68)

Doris, la primera de tales mujeres, le hizo conocer todos los círculos del infierno. Era una estudiante del último año de arquitectura que apareció por el convenio con la intención de realizar sus prácticas profesionales. […] La noche elegida, Martín, que se había portado con una delicadeza digna de un príncipe, se llevó un nuevo chasco. Es verdad que Doris se dejó despojar de casi todas sus prendas, pero se aferró a la última, a ese breve y casi insubstancial calzoncito que, a medida que pasaba el tiempo, se fue transformando en un insalvable y absolutamente inconmovible cinturón de castidad. Al final, ocurrió lo que tenía que ocurrir: Martín, que se había desnudado antes de tiempo, eyaculó sobre el suave y níveo pelo de la alfombra de alpaca. No quiso volver a saber nada de Doris. Dejó de llamarla y respondió con evasivas sus llamadas hasta que ella se cansó de insistir. Fue su vendetta por la humillación que sintió. (Nieto, 2003, pp. 68-70; el énfasis es nuestro)

Festividad en el Cusco actual.

Estela, que fue su enamorada cuando ambos no tenían ni veinte años y, pese a que se gustaban mucho, fueron capaces de detenerse siempre a último momento. En las ocasiones en que se encontraban, cada vez más raras, lo único que hacían era ponerse al día. Martín supo así que Estela se casó, que tuvo dos hijos seguiditos y que dejó de estudiar por una larga temporada. (Nieto, 2003, p. 42; el énfasis es nuestro)

Silvana, madre soltera, locuaz, ella:

Lo único que calló fue la relación que mantenía con un hombre casado, funcionario de un banco, que tenía a su familia en Lima. En Cuzco —pueblo pequeño, infierno grande— todo se sabe y esta historia ya había llegado a oídos de Martín, pero él se hizo el sueco y siguió cortejando a Silvana, atraído por lo demás por sus hermosos ojos negros, sus grande senos y el curioso contraste entre su apariencia provocativa y su actitud de beata arrepentida de haber tenido un hijo para un hombre casado. (Nieto, 2003, p. 61)

El dilatado recuento nos permite saber los estereotipos de mujer que Martín conserva en mente cuando se trata de elegir compañía sentimental. Ninguna de tales mujeres tiene algún espacio de coincidencia con Cleo. Todas, menos una, son de tez clara, de acomodada condición económica, de clara contextura occidentalizada, como señala la voz narrativa, mujeres-fortaleza. La experiencia con Cleo, vemos, es anómala, casi similar a las que tienen los jóvenes bien, sureños, con las empleadas del hogar de origen rural, andino.

Señalemos que:

Más de dos años habían pasado desde esa tarde de fines de mayo de 1990 en la que hicieron el amor [con Cleo] en el techo de la Compañía y desde entonces, como diablo que predica pero no practica, no sólo no se había acostado con otras mujeres sino que había dejado pasar claras oportunidades de hacerlo. En su desinterés —él lo sabía pero prefería no pensar en ello— mucho tenía que ver el mal resabio que le habían dejado las mujeres-fortaleza, esas que habían llegado a hacerle creer que no servía para el sexo. (Nieto, 2003, p. 230) Decidido de todos modos a poner fin al prolongado reinado de Cleo, intentó hacer las veces de maestro, pero eso sólo le sirvió para convencerse de que un preceptor mediocre puede matar las dotes del más brillante y aplicado de los alumnos. Fue lo que le pasó con Lily, la más joven y fogosa de las tres o cuatro mujeres con las que se acostó esa temporada. Para tener poco más de veinte años, Lily era una muchacha que sabía muy bien lo que quería en la vida, aunque estaba bastante confundida en cuanto a la manera de lograrlo. Alta para ser cuzqueña, blancona, con un rostro ovalado de rasgos suaves y dulces como los que tienen algunas vírgenes en los lienzos de las iglesias, simulaba una inocencia y una ingenuidad que en realidad hacía tiempo había perdido. (Nieto, 2003, pp. 232; el énfasis es nuestro) [La] última vez que hicieron el amor […] [f]ue el momento también en que Martín se convenció definitivamente de que en materia sexual sería siempre un aficionado, un mediocre aficionado con algunos destellos de talento siempre y cuando estuviesen de por medio mujeres como Cleo o Elena. (Nieto, 2003, p. 235)

Concluye la lista Marina:

[…] la modelo cuyo voluptuoso cuerpo dibujaba sábado tras sábado y con la que a veces se encontraba en el Kamikaze, […] desde la primera vez que hicieron el amor, ella apoyada en el antepecho de la ventana y él con la vista fija en la Compañía, las cosas quedaron claras. Cuando buscaba cobijo en la cama, Martín le soltó con naturalidad que le gustaba mucho hacer el amor, pero que en realidad era un amante de regular para malo. (Nieto, 2003, p. 235)

En contraste con el historial de Martín, “el número de hombres con los que Cleo se había acostado era ridículo” (Nieto, 2003, p. 133). Perdió “la virginidad […] tarde, a los veintidós años, con un hombre casado que le doblaba en edad y que era su jefe” (p. 132), y antes de su esposo tuvo “relaciones con dos hombres, sin contar al asustadizo burócrata [su jefe], y desde la boda había permanecido fiel a su marido hasta esa tarde en la Compañía [hasta Martín]” (p. 133). La desproporción es evidente y un elemento de análisis en la evaluación del romance cusqueño. Con distintas experiencias cada uno, explica uno de los factores que le hicieron más fácil a Martín la tarea de manipular a Cleo y conducir la relación con solvente suficiencia para sus intereses.

Demorarnos en la revisión de los amoríos de Martín permite observar al personaje en el territorio de sus capacidades sexuales y particularidades sentimentales, importantes para juzgar el comportamiento con Cleo. Junto al espacio de las ideas, de la cultura, conjugan el dueto de particularidades que perfilan su personalidad, resultado de siglos de sociedad culturalmente alienada, mentalmente colonizada e inficionada de machismo, ausente de alteridad y dominada por la individualidad excluyente y egoísta como célula basal de la sociedad. Es el ser autónomo de toda consideración colectiva; es el triunfo de la superioridad de los paradigmas instaurados por “los blanquiñosos, altos, de pelo dúctil”. Cleo proviene de otro universo, es cierto que de similar desarticulación, pero con vinculaciones con la solidaridad que proviene de la antigua comunidad. Imagino que sus padres vivían en el medio rural andahuaylino, cultivaban la tierra y mantenían vitales relaciones con la cultura quechua-chanca, antes de migrar al Cusco. Cleo carece de dirección en la ciudad, está desprovista de toda conexión física con ella. Existe cuando Martín respira, aparece cuando la busca para tener sexo e inducirla a que lo practique con otros hombres. Luego de estos encuentros transitorios, Cleo se esfuma, carece de biografía extendida como sí la tiene Martín a quien seguimos en su recorrido urbano de cafetines, oficinas y países. Cleo forma parte del coro anónimo de la epopeya citadina que viven miles de familias en los extramuros de las ciudades de intenso crecimiento en el Perú.

Es Martín quien la conoce, no es al revés, y cuando ocurre tenía treinta y siete años, momento “cuando por fin saboreó el placer quizá más sublime reservado a la naturaleza humana” (Nieto, 2003, p. 134), la notable capacidad amatoria de Cleo. Podemos imaginarla con belleza no ostentosa, menuda, de armoniosas formas, grácil, ágil al desplazarse, erguida y de piel almendrada, ojos negros y cabellera frondosa rizada en sus extensiones. Su figura resume lo que el verbo racializado diría: una cholita guapa. Queda a los lectores la posibilidad de imaginarla con otros perfiles, serán imágenes igualmente válidas, porque ella es multiforme, dúctil para pensarla, dócil a los criterios que cada lector elija. Es producto de aquella etapa de transición y rápida movilidad social, inaugurada en la época del gobierno de Velasco Alvarado, que permite que los hijos de familias rurales eviten la servidumbre urbana y puedan acceder a la educación superior. El escenario de la novela también tiene un nivel de afectación marcado por la violencia senderista que vivía sus últimos años de irracional accionar; las menciones de este grupo otorgan contexto al proceso narrativo, pero no llegan a tener injerencia en la trama novelística. Seguramente no discreparemos en calificar a Cleo como mujer prototípica de nuestras serranías urbanas, por eso recia para enfrentar adversidades, con cierta resignación ante los designios sociales que no puede modificar, firme en sus convicciones, sutil para el manejo de situaciones complicadas, confiable cuando la pareja se ausenta de su lado, discreta al tiempo de tomar decisiones e independiente al momento de decidir caminos de vida.

Todo lo dicho puede ser objetado por el observador crítico que señale que no puede ser confiable ni tener virtudes éticas una mujer que engaña al esposo y falta el respeto a su familia. Si la evaluación de Cleo atraviesa tales filtros, entonces habrá que evitar el inútil comparendo porque en esa disensión no caben coincidencias y solo resta detenerse para reconocer que son dos formas válidas de evaluar la conducta de los humanos frente al amor. O se aprecia el proceso de emancipación de la mujer distinguiendo lo sustantivo y evitando lo anecdótico o seguimos lastrados por apreciaciones que ya se han leído en El padre Horán. Ella, que se ha vinculado a un marido frustrado, lastrado por las segmentaciones sociales y de pocas aspiraciones, de bohemia inútil, hallar un vínculo con Martín la convierte en parte de un reducido grupo de personas que hace suyo el amor cierto y verdadero, sin considerar espacio ni tiempo, reconocible por los hervores que provocan en el cuerpo y los trastornos en la mente. Es así como se intuye que una compañía singular se acerca a nuestras vidas, desconocida antes porque nos faltó recorrido de vida o porque la creímos inexistente y que era ineludible aceptar un cariño llevadero y de apariencia conveniente, previsible, o porque era poco tolerado rechazar un afecto burocrático inclusive sin amor, de mezquino futuro, y no se tienen condiciones de afrontar los riesgos de edificar la materialización de nuestros sueños. Cleo prefirió apostar por el cariño mediocre, destinado a vivir en la precariedad de una habitación y baño compartido con otras familias. Cuando aparece Martín en su camino, reconoce la pareja que considera merecer, la compañía total, sin aristas y que ella se siente en capacidad de completar. Descubrirá después que la dura e inclemente realidad de castas y mentalidad colonial no le permite materializar tales aspiraciones.

Conocer a Martín fue para Cleo momento de abandonar todo cálculo y pudor para acceder al prohibido e intenso, tenebro-luminoso espacio de la infidelidad. Darle la espalda a ese destino era recluirse en la cárcel en que se había convertido una relación conyugal inaceptable, pero que ella soportaba porque carecía de la posibilidad de confrontarse en un espejo distinto. ¿Dónde hay ética y moral superior? ¿Acaso en quien toma el destino en sus manos y va trajinando con calma hacia un estado de liberación sincero y gratificante o en quien elige la medianía, el infeliz arreglo a ley y a los convencionalismos y sufre su realidad sin capacidad de modificarla? La respuesta divergirá según nuestros valores y formación, e inclusive temeridad. Sin embargo, lo que tenemos que reconocer es la existencia de situaciones semejantes en todos los espacios del territorio nacional inficionado de estratificaciones indeseables. Del mundo entero mejor olvidarse porque la muestra sería innumerable; quedémonos aceptando que la narración de Nieto no es patrimonio de ninguna sociedad en particular. Así es que no hagamos ascos a la historia por ese lado y vayamos a evaluar sus virtudes, sobre todo la determinación de Cleo de separarse de su esposo, sin esperar el apoyo de Martín y ninguna promesa de futuro compartido (Nieto, 2003, p. 247).

Entretelones

Cuando Cleo aparece en las primeras páginas de la novela, Martín archiva recuerdos y fotografías. Allí está “el álbum con los desnudos de Cleo […] incapaz de deshacerse de ellas. Eran hermosas. Hermosas y de una naturalidad cautivante. Valían más, mucho más que las huachafadas que a veces publicaban en Play Boy o Penthouse” (Nieto, 2003, p. 17). Percibimos aquí dos detalles de Cleo: poseía una naturalidad cautivante y la armonía o belleza de su figura superaba a las mujeres que se exhiben en revistas interplanetarias; descripción que, debemos señalarlo, discrepa de otras, tratadas en párrafos precedentes. Es momento de pronta descripción de la dama y una breve introducción a la tragedia que se desarrollará al final. Estructura inversa le llaman los especialistas, que no le resta interés a la historia. Es breve síntesis de ambos personajes; vemos un Martín imbuido de erotismo voyeur y orgullosa de su cuerpo ella, entregada al amor, desnudándose frente a la pareja considerada confiable, suficiente.

Luego de conocerse en un evento social del proyecto en el que trabaja, y después de consumarse la romántica y vespertina infidelidad en las equilibradas y simétricas cumbres de la iglesia de la Compañía, momento que Nieto describe con sutileza y medido erotismo, Cleo asegura no tener problemas de convivencia con su esposo, que se llevaban bien, indica:

—¿Bien? —inquirió Martín.

—Bueno, por temporadas, como todas las parejas —se desdijo Cleo.

—¿Y en esta temporada cómo están? ¿Mal? —¡Qué va! Hace tiempo que no peleamos. Por eso me sentí tan mal esa tarde. Me parecía que Rolando con sólo verme iba a descubrir lo que había pasado. No sé si podría serle infiel de nuevo. (Nieto, 2003, p. 121)

Martín pontifica sobre la infidelidad y la define como algo normal. Es una válvula de escape, no es un peligro. Es la escuela de Ilse, la alemana que le impartió lecciones de independencia sentimental. Cleo inicia el diálogo:

—Si una relación extramatrimonial no es importante, no pesa nada, entonces ¿para qué tenerla?

—No es importante con relación a tu matrimonio, pero sí como válvula de escape, como una forma más de realizarte como mujer, como una manera de hacer menos monótona y gris la vida —retrucaba Martín inspirado.

—¿Y cómo sé que esa canita al aire no va a hacer peligrar mi matrimonio?

—Depende de ti, de que no pierdas de vista lo que estás haciendo y para qué lo estás haciendo. Es como si te repitieras todo el tiempo: estoy con otro hombre no porque mi matrimonio no funciona, sino para que siga funcionando bien. (Nieto, 2003, pp. 122-123)

Tranquilizada por las palabras de Martín, Cleo vuelve a preguntar detalles de la relación que le proponía. Él define y decide, ella acepta, pero sin dejar traslucir sus determinaciones más íntimas, deseos que tiene prohibido exhibir:

—Ante todo, seremos amigos, buenos amigos, pero con la ventaja de que podremos disfrutar del sexo y darnos mucha ternura cuando queramos. ¿Te imaginas? Es algo que muy pocas personas tienen, un amigo o amiga cariñoso, un amigo al que se puede tocar, acariciar, besar, con el que se puede hacer el amor. (Nieto, 2003, p. 123)

Cuando el romance se desarrolla surge entonces la sesión de fotos. El diálogo que lo envuelve nos acerca a la personalidad de ambos y vertebra dos escenas (la otra es aquella del inicio, cuando Martín guarda las tomas [Nieto, 2003, p. 17]):

—¿Y mis senos te gustan? —se puso a coquetear Cleo imitan do las poses estudiadas de la modelo.

—Sí me gustan. En general tu cuerpo me gusta: eres delgada, pero con formas —respondió él en serio.

—¿Crees que saldría bien en las fotos?

—¡Claro que sí! —se entusiasmó Martín de inmediato—. Es cuestión de tomar una buena cantidad y luego escoger las mejores. (Nieto, 2003, p. 137)

La cuesta de Santa Ana, escenario de los amores de Cleo.

Es así que “bajo esa apariencia tan modesta, bajo ese cuerpo delgado y menudo, nada espectacular, Martín fue descubriendo una mina de sensualidad” (Nieto, 2003, p. 129), que le hace reconocer que “mujeres como Cleo, mujeres que, a juzgar por su propia experiencia, no abundaban, por lo menos en el Cuzco” (p. 133). Pero es también Cleo quien, en un par de ocasiones, se queja de que el esposo toma mucho, “cuando llegaba borracho […] empezaba a despotricar de los artistas que tenían más suerte que él y a amenazar con largarse solo al extranjero para finalmente poder triunfar” (p. 164). Vemos que su hogar no vive días de cordiales experiencias, sino continuas frustraciones y privaciones que no tienen un horizonte de soluciones compartidas como pareja. Dos seres unidos por los designios de una realidad que condena a desarrollar medianía, cuando no mediocridad permanente.

Los amantes inician su relación a fines de mayo de 1990. Estuvieron juntos algo más de dos años. Cuando la intensa vinculación se enfría, Martín afirma que: “Es verdad que el sexo no fue tan desastroso como solía ser antes de que conociera a Cleo, pero al mismo tiempo estaba lejos, infinitamente lejos de tener la intensidad que alcanzaba con ella” (Nieto, 2003, p. 232). Media un aborto de Cleo y otro segundo que se niega a ejecutar hasta convertirse en el hecho que detona la tragedia final. Según sus evaluaciones, el hijo lo ha concebido con Martín, en torno al cual ella tiene un claro pensamiento: no lo perdería y no sería “tan cínica de endosarle a mi esposo el hijo de otro” (p. 155).

Roto el vínculo que inicialmente los unió, relegadas las razones que los hizo compartir el lecho, Martín hace evaluaciones de lo ocurrido. Considera que:

[…] finalmente, cabía la posibilidad de que algún día encontrara a otra mujer igual o más sensual que ella y con la que se comprendiera no sólo en la cama, una mujer con clase, con las manos cuidadas, bien arreglada, con la que se sintiera cómodo en cualquier lugar y con la que compartiese intereses, manera de pensar, gustos, en general estilos de vida. (Nieto, 2003, p. 241) Resultaba extraño que jamás hubiese considerado la idea de formar pareja con la única mujer con la que se entendía en la cama, con la única que le hizo conocer las delicias del paraíso. Se sentía en deuda con Cleo, le tenía cariño, pero nunca se le ocurrió pensar en ella como en la compañera de su vida. No era porque fuese casada ni porque tuviese hijos. Ésa era la razón que a veces le daba, pero a sabiendas de que estaba esgrimiendo una verdad a medias. El obstáculo insalvable no era el esposo, era ella misma, su apariencia, esos minúsculos detalles, imprecisos, casi indefinibles, que delataban su ex tracción social y a los que Martin era muy sensible. (Nieto, 2003, p. 249)

Las reflexiones que procesa son de índole claramente racista, discriminador:

No podía tapar el sol con un dedo: no se sentía cómodo con Cleo delante de otras personas ni en lugares públicos. Era como si su compañía empañara la imagen que tenía de sí mismo creándole cierto complejo de inferioridad, infundiéndole la sensación de ser menos que las personas que lo rodeaban, sobre todo si se trataba de mujeres de buena presencia. Todo lo contrario de lo que le ocurría al lado de Ilse, con la que se sentía a sus anchas y dueño de la situación en cualquier ambiente. Sí, era eso. No estaba tan encima de los prejuicios de su medio como para vincularse sentimentalmente con una mujer como Cleo, que soltaba frases como “en ahí” o “te estoy diciéndote” y vestía blusas con encajes igualitos a las de las mestizas del mercado. (Nieto, 2003, pp. 249-250)

Leemos que no son los hijos el impedimento; sin embargo, observamos un recuerdo de Martín que se refiere a la mala impresión que le causó conocer a sus hijos: “¿No sería por eso que le resultaba tan inadmisible la idea de tener un niño con ella?” (Nieto, 2003, p. 249).

El deterioro en la relación es tan profundo que acaece un violento cambio de palabras en el que Cleo le increpa a Martín haberse metido con otras mujeres, soltando a la placera que tiene dentro. Le habla con groserías y con un ímpetu que Martin no creyó que tuviera (Nieto, 2003, p. 237). Consecuencia de este altercado, él la sacó “a empellones de su casa, mientras le iba diciendo: “[…] ¡Tramposa! ¡Chantajista!” (Nieto, 2003, p. 248). En algún momento de sus tribulaciones: “Se acordó, por alguna razón, de Justina, la muchacha con la que tuvo su primera experiencia sexual, y relacionó lo ocurrido esa vez, hacia tantísimos años, con lo que le estaba pasando ahora” (p. 251).

¿Únicamente tragedia personal la vivida entre Cleo y Martín? No, no lo es, es social, también. Espectamos un contexto condicionador de la relación, una colectividad fragmentada, estratificada en capas de nula o escasa comunicación y complementariedad. Un varón participe de las estructuras de dominación manipula la biografía de Cleo, parte subalterna, desconsiderada en los procesos de integración colectiva, porción imprescindible de una sociedad que pretenda edificar comunidad y también desarrollo personal compatible con los formatos comunitarios. Y no me estoy refiriendo a ningún paradigma societal que oriente tal estructuración, apelo solamente al sentido común que me indica que: si dos amantes no pueden concretar su relación porque ella carece de fortuna y educación elitista, viste inadecuadamente, o habla con variantes que se consideran marginales, entonces aceptemos que discriminaciones muy profundas siguen perjudicando la organización de una sociedad compatible con la talla humana que portamos.

Culminando este placentero diálogo con la obra de un escritor nuestro, mantengo el criterio de estar frente a una mujer que nos enseña el único camino posible para hacer realidad el amor.

El amor en el Cuzco de Aréstegui

Hallar semejanzas en las obras de dos escritores no es práctica novedosa. Hay numerosas páginas dedicadas a estos menesteres. Mi propósito es mostrar el aire familiar que vincula las novelas Cuzco después del amor (2003) de Luis Nieto Degregori y El padre Horán (1848) de Narciso Aréstegui. Ambas creaciones están separadas por más de siglo y medio, pero conservan similitudes que pueden ser observadas sin usar capacidades especializadas.

Narciso Aréstegui, autor de novela El padre Horán, 1820-1869

No es casualidad que dos creadores nacidos en una ciudad milenaria muestren cercanía en sus obras. Las aproximaciones se hacen notorias cuando los escritores comparten un país, geografía y sociedad que originan argumentos y personajes que no cobrarían vida en latitudes diferentes. Resumamos, si dos autores se han formado en el Cusco es razonable que tengan rasgos o características que los emparenten.

En algunos textos la influencia del lugar es vigorosa; son novelas en las que París o Praga o el medio rural mexicano se asoman con nitidez por la potencia telúrica que contienen determinados espacios saturados de influyentes tiempos históricos. Y aquí despojamos al término de connotaciones interesadas, coloniales digo con precisión, para restringir el uso arbitrario que señala la importancia de ser o no telúrico y quién es identificable con el concepto. Son los mismos que califican a Balzac de realista y a Manuel Ascencio Segura de costumbrista. Es configuración inaceptable que nos debe llevar a teorizar nuevas nomenclaturas para la narrativa nacional.

El padre Horán fue considerada la primera novela peruana y fue publicada por el diario El Comercio de Lima en 1848. Su autor, nacido en Huaro, además de militar, fue librepensador, antifeudal y anticlerical para más señas, activo participante de los sucesos posteriores a la Independencia. La obra ambientada en el Cusco se basa en hechos reales, dramáticos enredos del fraile Eugenio Oroz que asesina a la joven Ángela Barreda por celos incubados en torno a sus pretensiones sentimentales. Fueron sucesos que ocurrieron en 1836. Doce años después fueron recreados por Aréstegui como novela.

Los dos textos nos descubren una atmósfera de notorios parentescos. Leer la travesía de Angélica, heroína de El padre Horán y contrastarla con Cleo me ha permitido sentir el placer de encontrar una veta extensa de interpretación que dejo a los estudiosos para que analicen con sapiencia y profundidad. Mi objetivo es ordenar algunas imágenes, ideas y conceptos, y señalar coincidencias muy distantes de imaginar a Nieto usando los párrafos de Aréstegui para componer los suyos. Creo que esto se denomina transliteración. Nada más lejos de mi mente. Nieto tiene su particular y propio espacio de creación.

Para entender el paralelismo planteado es conveniente reiterar una realidad sencilla de apreciar: detrás de estas coincidencias está el Cusco como formador de ambos escritores; los educó en un escenario social que ha variado poco en sus elementos esenciales y que harían de Narciso Aréstegui y Luis Nieto militantes de similares causas de haber compartido el tardío siglo XX. No obstante, el tiempo que media entre ambos títulos, el Cusco que se despliega en ambas creaciones sigue poseyendo el influjo que brota de urbes que conservan signos de eternidad invariables. Se agudizan estas semejanzas porque el escenario nuclear de ambas novelas es el ahora centro histórico de pocas mutaciones en su estructuración urbana, si no enumeramos los estropicios que se han hecho en él. Se han modificado en sus formas los elencos de ambas novelas mostrando mentalidades y vestidos diferenciados, pero con similares tesituras personales.

Portada de la novela que se comenta.

Empecemos con una comprobación elemental: ambos escriben el nombre de la ciudad con la letra Z y no S. Dato mínimo si observamos que Aréstegui inicia su narración en la calle Matará, escenario habitual de encuentros entre Cleo y Martín. Aquí localiza Nieto el cafetín D’Onofrio que ocupan los amantes para conversar (2003, p. 151). Sorprende esta convergencia, más si se ha trajinado por esta calle cuando se tenía la edad de Angélica en la novela. Copiemos el comienzo de la obra antigua: “En 183… los primeros rayos del brillante sol de un hermoso día de julio reflejaban sobre la fachada de una casa de la calle de Matará, no lejos de la plaza mayor del Cuzco […]. [Aquí reside Angélica,] joven de 14 años, bella como una flor del lirio blanco” (Aréstegui, 2015, p. 11). La casona ha envejecido desde entonces y es probable que “[l]a creación de un fondo especial para la recuperación del centro histórico alteró por un tiempo la vida de Martín” (Nieto, 2003, p. 95); se esté considerando rehabilitar también a esta antigua casona de la calle Matará ocupada alguna vez por Angélica y transitada casi dos siglos después por la pareja que tan difícilmente habitó el amor. Elijo imaginar que los pasos de los personajes han dejado huellas sobre la acera que pueden ser descubiertas por cualquier pareja contemporánea que se ama con amores tersos o contrariados.

La ciudad de Aréstegui, decorada de campanarios y calles y parques con historia de siglos y composturas mayestáticas la encontramos retratada en la ciudad de Nieto, recogiendo no solamente materiales acomodados en los intersticios profundos de sus calles sino también tipos humanos impregnados del élan cusqueño que pueblan sus páginas. Observemos la reunión de trabajo que congrega al alcalde y Martín. Cuando aquel le espeta: “No sé si usted lo sabe, pero yo estoy totalmente en desacuerdo con que el Cuzco reciba migajas del gobierno español” (Nieto, 2003, p. 106), expone el mismo talante de los personajes que no admiten la presencia del ejército extranjero en el tiempo de la Confederación Perú-Boliviana, bajo cuya protección se tenía planeado el supuesto traslado de la imagen del Señor de los Temblores a Bolivia (Aréstegui, 2015, p. 321).

El espíritu que anima el Cuzco de Aréstegui está contenido y descrito con crítica ironía en la novela contemporánea. Las preocupaciones urbanas del primero son obviamente distintas, se traducen en anotaciones breves que se refieren a su antiguo esplendor y a la descripción de edificaciones emblemáticas. Mientras tanto Nieto narra en varios capítulos las críticas de Martín a los cambios que el alcalde, el Flaco, quiere introducir en la morfología urbana más antigua. Martín piensa que la ciudad necesita conservar, restaurar, revalorar antes que aceptar la proliferación de fuentes de agua. En diálogo con Cleo, precisamente en el D’Onofrio de Matará, le dice:

—¿A ti te parece que el Cuzco necesita adornos? ¿No piensas que la introducción de elementos extraños a la arquitectura de la ciudad rompe la unidad del conjunto? ¡Vaya restauradora que eres! —se enojó Martín. (Nieto, 2003, p. 152)

La iglesia de los jesuitas en el Cusco de fines del siglo XIX, probablemente.

La manifiesta preocupación del arquitecto Hernández por la integridad urbana del Cusco y los despropósitos que ha soportado la ciudad en otros tiempos y los afanes renovadores del alcalde pueblan numerosas páginas creadas por Nieto: “Era la pura verdad. Martín había tenido varias ocasiones de comprobar que casi nadie compartía su inquietud por lo que a él le parecía una salvajada, un atentado contra la integridad del Cuzco monumental” (2003, pp. 170-171). Su postura le provocaba apatía, desazón y le motiva a hacer frecuentes rondas nocturnas:

[…] después de prepararse algo ligero para comer, salía a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Su recorrido era siempre el mismo: bajaba por Santa Ana y Méloc hasta Arones, allí doblaba a Siete Cuartones y seguía por esta calle hasta el parque de la Madre, donde, después de contemplar un rato la todavía imponente fachada de la casona de Diego de Silva, continuaba por Santa Teresa hasta la plaza Regocijo. (Nieto, 2003, p. 172)

Los paseos nocturnos de Martín se revelan en la mirada de Angélica que trasunta orgullo de vivir en una ciudad de características singulares:

Distinguía […] las torres del centro de la ciudad, gigantescas, aisladas, cuyas cúspides parecían perderse en el azul del cielo; y las iglesias parroquiales, situadas en las faldas de los cerros inmediatos y rodeados de un bosque de casas, que se presentaban como otras tantas manchas blancas, verdes y cenicientas. La de San Cristóbal, colocada en mayor altura que las otras, se asemeja a una manada de corderos que descendían por la pendiente de un escarpado cerro. (Aréstegui, 2015, p. 342)

Recuerdo a Martín caminando el barrio de San Cristóbal indagando por un lugar para vivir, mientras que el narrador lo describe como “un barrio que se había sabido acomodar en una pronunciada ladera que en tiempos de los incas estuvo profusamente tratada con andenería y muros de retén” (Nieto, 2003, p. 55). Pensemos en Angélica desplazándose en medio de la escasa luminosidad de la noche cuzqueña entregando trabajos de costura, quizá peregrinando por el mismo Arones o el parque de la Madre, antes morada del prominente español Diego de Silva, padrino del Inca Garcilaso de la Vega. Entre las penumbras del tiempo agrego los pasos de Angélica, Martín, Cleo y la del joven inca, en unidad diversa que me hace sentir la ciudad como un yacimiento de perenne historia.

La plaza principal con la imagen de la iglesia jesuita. Principios del siglo XX, probablemente.

Diferenciado por el contexto, el estilo y la distancia que el tiempo imprime, el Cuzco que Martín siente y padece es descrito por Aréstegui componiendo imágenes de estirpe semejante. No aparece aún el afán de recuperar o conservar, pero sí nos hace saber que el Cuzco vive una etapa de postración republicana que contrasta con el antiguo bienestar virreinal:

…Después de la sonora vibración de la gran campana con que la catedral anunciaba las nueve, los actuales moradores de la ciudad sagrada de los hijos del Sol, de la opulenta Cuzco del tiempo del coloniaje, dormían profundamente, cobijados al parecer bajo la gruesa manta de un porvenir triste; sombrío en extremo por el recuerdo de pasado esplendor… único que les ha quedado para consolarse en su presente abatimiento. (Aréstegui, 2015, p. 149)

El narrador completa estas imágenes mencionando:

El sol descendía majestuosamente a su ocaso; y dorando con sus últimos rayos los rojos tejados de las casas del Cuzco, las torres de los templos, y sus bóvedas de cal y ladrillo verde, reflejaba en las nevadas crestas de las montañas situadas al oriente. (Aréstegui, 2015, p. 214)

Es el pasado esplendor que el proyecto de restauración quiere reponer. El paisaje urbano de grandilocuente descripción nos anuncia el espacio en la iglesia jesuita que cobijará después los complejos sentimientos y el cúmulo de trabajo que Martín y Cleo comparten. Notemos el orgullo que se distribuyen los personajes de habitar una urbe que fue hogar de antigua cultura, modificada después por la presencia hispana. El paisaje citadino que contempla Angélica y que incluye las torres del centro son observadas por Martín desde un hostal de la calle Suecia, ubicado en el camino a la iglesia de San Cristóbal. Desde la habitación del alojamiento, junto a Cleo, piensa en su logro singular: fusionar los dos placeres más grandes que conocía: “el sexo con ella y la contemplación, en el crepúsculo, de esa iglesia a la que le estaba devolviendo su esplendor” (Nieto, 2003, p. 212). El Cuzco de la iglesia de la Compañía de Jesús y la Catedral, se hallan en ambas creaciones como entes permanentes, inalterables en el tiempo.

Una constante preocupación política recorre la antigua novela. Muestro dos momentos de esta realidad: “Paulina y Angélica llegaron a una hermosa casa de la calle *** y penetraron en un espacioso salón alfombrado de vistoso tripe, sobre el que descansaban magníficos muebles forrados en damasco” (Aréstegui, 2015, p. 183). En este escenario ingresan dos oficiales de caballería del ejército boliviano que generan el siguiente diálogo:

—¿Pasean UU. mucho?… ¿Qué les parece el Cuzco?

—dijo la señora Gertrudis a los militares.

—¡Oh!, ¡una hermosa ciudad!… —¡Es muy bello el país! —contestaron ambos casi a un tiempo, con acento meloso. (Aréstegui, 2015, pp. 185-186)

Luego, dos personas se ocupan del mismo tema:

Los caballeros hablaban de política con más tino que Lamartine; y algunos hasta echaban una ojeada a lo futuro prediciendo un pronto cambio de gobierno; aun no faltaba entre ellos uno, que, haciendo uso de la balanza de Bentham, dijera que el Gobierno español pesaba más. (Aréstegui, 2015, p. 302)

Nieto, en contexto distinto, se ha preocupado por dotar a su creación de tensiones políticas de menor magnitud, pero que son equiparables. En asociación audaz homologa las acciones de Sendero Luminoso descritas y calificadas de “hordas senderistas” (Nieto, 2003, p. 211), comparables al ejército boliviano que ocupa el Cuzco.

Oficial del ejercito boliviano hacia fines del siglo XIX.

Aréstegui le dedica la Parte Sexta de la novela a un tumulto que después Nieto recrea con elementos distintos, pero comparables. En el capítulo V describe el alboroto ciudadano que se reúne para impedir que la imagen religiosa de Cristo sea llevada fuera del Cuzco. Las ocasiones son distintas, pero el espíritu que anima a ambos escenarios es similar: suma de desbocadas voluntades ciudadanas, erosión de la tolerancia por opiniones divergentes, elevación de valores que solo aparecen entre multitudes. La ciudad vibra, vive y ambos narradores comparten su espíritu levantisco, la personalidad que es edificación social:

El reloj de la Compañía acababa de dar las siete y media.

Como había dicho Julián, “las campanadas apuraban”. Era la señal de rebato, de que había hablado el mariscal Tomás, y con cuya noticia tanto se había confundido la madre de Angélica.

Como por encanto salían presurosos de los talleres, tabernas y chicherías, individuos de ambos sexos, y de todo tamaño y edades, dirigiéndose en atropellada confusión a la plaza mayor. (Aréstegui, 2015, p. 365)

Dos ideas se asoman a mi memoria, Cleo y Martín se conocen en una picantería-chichería de la calle Desamparados donde se secan caporales de chicha (Nieto, 2003, pp. 77, 80). La multitud que se congrega en la plaza pública salen también de estos recintos.

El gentío que se agrupa en torno a la imagen del Señor de los Temblores (Aréstegui, 2015, p. 330) es equiparable a la aglomeración en torno a los festejos del 24 de junio que cercan las calles del centro y que Nieto narra en el capítulo 24 (Nieto, 2003, p. 219). En este contexto Martín:

se armó de paciencia y logró llegar, culebreando entre la multitud, hasta frente a la universidad, pero atravesar la calle resultó de verás imposible. Ninguna de las personas que, formando una muralla, observaban el interminable desfile quería apartarse un milímetro, como si el monótono espectáculo de sus paisanos bailando borrachos al son de bandas de caperos fuese el más maravilloso, original e inolvidable del mundo. (Nieto, 2003, pp. 224-225)

Luego, Martín se emborracha y es increpado por quienes defienden el Cuzco y que usan las radios y espacios públicos para denominar a la urbe cusqueña: “Cuzco glorioso e inmortal, Cuzco ciudad sagrada, Cuzco ombligo del mundo, Cuzco patrimonio cultural de la humanidad, Cuzco capital arqueológica de América, Cuzco capital histórica del Perú, Cuzco cuna de la cultura andina” (Nieto, 2003, p. 221). Mientras los vecinos se congregan en las calles del centro histórico, Aréstegui hace un alegato sobre la postración económica de la ciudad y señala:

Lástima causaba ver la poca gente que desemboca en la plaza mayor, por sus ocho bocacalles. Diezmado el Cuzco en las frecuentes guerras civiles por la enorme contribución de sus hijos, que reclutados sin distinción y convertidos en soldados van a presentar sus pechos en la primera acción de armas… ¿cómo podrán bullir en mayor número, en sus plazas ni en sus calles? (Aréstegui, 2015, p. 470)

La pobreza material que describe se ve reflejada también en la necesidad de acudir a la ayuda financiera extranjera para las reparaciones de la iglesia de la Compañía, narrada por Nieto.

Las opiniones de ambos autores, sin embargo, difieren cuando se trata de describir la personalidad del cusqueño. El narrador de El padre Horán señala que: “El populacho del Cuzco, apacible por esencia, es como un estanque de agua, que no se altera sino cuando se arroja a su fondo un cuerpo extraño” (Aréstegui, 2015, p. 377). Las opiniones de Martín sobre los cusqueños son ácidas y no siempre benévolas. Se considera liberal, con suficiente capacidad para hablar de sexo a diferencia de otros peruanos (Nieto, 2003, p. 27); hallamos, en opiniones de extranjeros, juicios adversos a la personalidad del cusqueño “adjudicándoles una sarta de defectos” (Nieto, 2003. p. 38) o señalando que “todos los cuzqueños eran unos enanos acomplejados” (p. 79).

En una visión general de ambas novelas establecemos temáticas compartidas en sus argumentos y que podrían merecer estudios más amplios. Angélica y Cleo proceden de sectores subalternos de la sociedad cusqueña, una es costurerita y mientras Cleo es restauradora de obras de arte. Angélica perece por la acción violenta de un sacerdote que la pretende, mientras Cleo corre similar destino de manos de su amante. Aréstegui describe la asonada que suscita el supuesto traslado de la imagen cristiana a Bolivia y Nieto introduce escenas en torno al emblemático cuadro del matrimonio de Martín de Loyola con Beatriz Clara Coya que ocupa destacado lugar en las paredes de la iglesia jesuita. El reclutamiento forzado para el ejército se puede equiparar a acciones de similar factura ejecutadas por Sendero Luminoso. La opresión del indígena se transfigura en la marginalidad que sufre Cleo, heredera de las tradiciones culturales de sus ancestros. El abandono que padecen los familiares de quienes murieron por la Patria y los ciudadanos olvidados por el Estado ocupantes de los extramuros de la ciudad. La costumbre de dar crédito mediante escrituras y con prendas de gran valor se asemeja al financiamiento extranjero de las obras de rehabilitación de la iglesia de la Compañía. El abandono de los estudios de química y otras ciencias en el Colegio del Cuzco y el desdén que observamos en Martín por la plebe inculta ameritan ser comparados. La predilección de la gente joven por la contradanza y el vals son semejantes a sus recorridos por los bares extranjerizantes. La arrogancia de los militares bolivianos con los peruanos es de similar factura a la actitud de Martín hacia Cleo y su cultura.

Hacia el final de la historia, el narrador creado por Aréstegui formula un discurso político sobre la postración de la ciudad, señalando:

—¡Oh!… Es muy rico el Perú… Pero ¡ay! son muy pobres los peruanos. (Aréstegui, 2015, pp. 473)

Cleo, sin duda forma parte de la realidad señalada por Aréstegui.

Conclusiones

Ardua la tarea de extraer conclusiones de una apreciación redactada por uno mismo. Debería ser hecha por los lectores que se tomen la molestia de leer el ensayo. Sin embargo, la conclusión más notoria es haber accedido de nuevo al mundo de Cleo, repasando las hojas de El padre Horán y solazarme con encontrar un hilo conductor de la literatura que ahora se hace en el Cusco, donde Nieto es, sin duda, abanderado. Ignoro si la evaluación que he realizado de Cleo y de sus actos y palabras sean suficientes para enaltecer su personalidad y señalarla como el personaje femenino más impactante y vertebrado de la literatura nacional. Es mi mejor conclusión y aquí me detengo.

Conclusiones

Ardua la tarea de extraer conclusiones de una apreciación redactada por uno mismo. Debería ser hecha por los lectores que se tomen la molestia de leer el ensayo. Sin embargo, la conclusión más notoria es haber accedido de nuevo al mundo de Cleo, re pasado las hojas de El padre Horán y solazarme con encontrar un hilo conductor de la literatura que ahora se hace en el Cusco, donde Nieto es, sin duda, abanderado. Ignoro si la evaluación que he realizado de Cleo y de sus actos y palabras sean suficientes para enaltecer su personalidad y señalarla como el personaje femenino más impactante y vertebrado de la literatura nacional. Es mi mejor conclusión y aquí me detengo.

Referencias bibliográficas.

Aréstegui, N. (2015 [1848]). El padre Horán. Editorial Altiplano E. I. R. L.

Bryce Echenique, A. (1995). No me esperen en Abril. Peisa.

Bryce Echenique, A. (1998). La amigdalitis de Tarzán. Peisa.

Colchado Lucio, Ó. (1997). Rosa Cuchillo. Universidad Nacional Federico Villarreal. Gutiérrez, M. (2001). El mundo sin Xóchitl. Fondo de Cultura Económica.

Nieto Degregori, L. (2003). Cuzco después del amor. Peisa. 166

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