Sayariy Pauccar llega siempre a Willakuy con espíritu crítico y resistente. En esta oportunidad, nos invita a reflexionar sobre la matriz colonial que subyace a la nomenclatura “impuesta” a nuestro espacio geográfico mayor. Al instalar este debate, el autor nos insta a investigar en nuestras lenguas vernáculas; a consultar a los mayores con sabiduría de nuestros pueblos y a pensarnos en términos de pertenencia territorial.
Ejercito mi derecho de objetar el nombre de Abya Yala para
denominar a todo nuestro continente. Expreso mi punto de
vista desde un espacio y un tiempo fraternal que comparto
con todas mis hermanas y hermanos de estas tierras
consideradas alguna vez como el Nuevo Mundo.

No pretendo invalidar el uso de esta denominación, pero sí
precisar que llamar con un solo nombre a nuestros territorios es imitar los procedimientos que usaron los invasores europeos para nombrar a este nuevo mundo con un solo nombre: América, sin importarles la variedad de lenguas y culturas que aquí vivían desde hacía milenios.
Creo que, en la elección del nombre Abya Yala se ha replicado un procedimiento con fuerte influencia de esa colonialidad que aún permanece en nuestras ideas sin distinguir ni respetar la variedad y la particularidad; que ha terminado por pretender una homogeneidad que no corresponde con el respeto a las lenguas y costumbres de cada pueblo de este continente.
Nuestra diferencia con la cultura dominante es abismal; nosotros no queremos uniformizar todo, imponer una sola lengua, un solo dios, un solo Estado, un solo nombre. Nosotros vivimos y nos nutrimos de la diversidad, de las diferencias. Esa es nuestra mayor fortaleza.
Nosotros conservamos múltiples culturas. Pese a las políticas de exterminio y marginación que nos han impuesto, hemos seguido manteniendo particularidades que nos hacen distintos y semejantes. En estas tierras se hablaban más de dos mil lenguas y, cada una de ellas, tenía una denominación propia para sus territorios. Y así fue que los andinos la denominamos Pachamama, nombre que subsiste en los territorios que hoy ocupan los países andinos: Ecuador, Perú y Bolivia.
Los nombres diferenciados se multiplican en nuestro continente, varían según la cultura y el idioma y las tradiciones:
. Los aztecas en nahualt la llaman Tlali Nantli. También se
usan otros nombres como Tlalli Tonantzin y Toci. El
nombre varía según la región y el contexto cultural o
mitológico específico.
. En idioma Muisca, Colombia, se dice Hycha Guaia o
Jichaguaya. También puede traducirse como Jichaya.
. En los idiomas mayas, con 22 comunidades lingüísticas,
cada uno se refiere a la Madre Tierra desde su idioma.
La cultura Kaqchikel la denomina Qa te’ Rachulew. Hay
una voz bastante común: Ixmucané, usada en el pueblo
Maya’wiinik.
. En guaraní, se la denomina Yvy ñande sy,
. En mapudungun (mapuche), se le llama Ñuke Mapu.
No es tarea sencilla recopilar toda la variedad de expresiones que surgen desde cada cultura para llamar a la Madre Tierra.
Me pregunto ¿todas estas formas tendrían que olvidarse si se impone el nombre de Abya Yala?, ¿Todas tendrían que seguir un camino semejante al que pretende el mestizaje colonial para nosotros? Creo que no, y creo también que no ha sido la intención del hermano aymara Takir Mamani cuando en una reunión propuso el nombre que, luego fue oficializado en 1977 por el Consejo Mundial de los Pueblos Indígenas, durante la II Cumbre Continental de los Pueblos y Nacionalidades Indígenas en Kiruna, Suecia.
El nombre de origen Kuna expresa bien a nuestros territorios, pero no puede sustituir y hacer olvidar el nombre que mi pueblo andino usa para llamar a la Madre Tierra: Pachamama.