La universidad y Raúl Porras Barrenechea

Tiene diecisiete años el joven MVLL cuando ingresa a San Marcos. En sus aulas se vincula al marxismo, a la política y establece relaciones personales que orientarán su futuro. Toma la asignatura de Historia con el profesor Porras quien se constituye en la influencia más importante de esta época. Sus ideas sobre el Perú andino que ya habían atravesado la criba de su experiencia en Cochabamba, Piura y Lima, se consolidan, adquieren organicidad académica.

El ilustre académico era un maestro a la antigua, señala, que gustaba rodearse de discípulos, a los que exigía absoluta fidelidad. Recuerda que el brillo de sus disertaciones  promovían la sensación de estar oyendo algo inédito. Su influencia fue tan importante  durante esos primeros meses en la universidad que llegó  muchas veces a preguntarse si debía seguir historia en vez de Literatura.

El escritor admiraba en Porras cualidades que él mismo cultivaría después con fruición. El maestro, señala, El pez en el agua, tenía el fanatismo de la exactitud y era incapaz de afirmar algo que no hubiera verificado. De alumno distinguido pasó, en febrero de 1954, a trabajar con él un tiempo prolongado y enriquecedor.

Esta labor le ocupaba tres horas diarias durante cuatro años y medio, de lunes a viernes, entre dos y cinco de la tarde. Lo que aprendió en esas horas, explica, le enseñaron sobre el Perú y contribuyeron a mi formación más que las clases de San Marcos. En esas tardes lee crónicas de la conquista y redacta fichas sobre mitos y leyendas del mundo andino que Porras no llegaría a usar en su proyectada y frustrada enciclopedia.

En armonía con la descripción que hace de su mentor, las crónicas no le motivan reflexiones sobre los abusos contra los indios o la destrucción de una cultura; su lectura se ubica lejos de la percepción de los vencidos y de las tropelías de la invasión. Lee información sobre las siete ciudades de Cíbola, el reino del Gran Paititi, las magnificencias de El Dorado, el país de las Amazonas, el de la Fuente de Juvencia y todas las antiquísimas fantasías de reinos utópicos, ciudades encantadas, continentes desaparecidos que el encuentro con América resucitó y actualizó en esos europeos trashumantes que se aventuraban, deslumbrados por lo que veían, en las tierras del Tahuantinsuyo y apelaban, para entenderlas, a las mitologías clásicas y al arsenal legendario de la Edad Media.

Por esta época el joven escritor, al tiempo que hace sus iniciales escarceos en la política, se distancia aún más del mundo andino y de todo aquello que fungiera de indigenista o que tuviera un tufillo telúrico. Narra con decepción que la única literatura latinoamericana moderna que se estudiaba en la universidad y de la que se hablaba algo en las revistas y suplementos literarios era la indigenista o costumbrista.

Era una narrativa leída por obligación y que detestaba porque le parecía una caricatura provinciana y demagógica de lo que debía ser una buena novela. Señala que en esos libros el paisaje tenía más importancia que las personas de carne y hueso y los autores parecían desconocer las más elementales técnicas de cómo armar una historia. Luis Loayza le hizo descubrir otra literatura latinoamericana, más urbana y cosmopolita, y también más elegante, que había surgido principalmente en México y en Argentina. Era entonces MVLL un afrancesado, a quien la literatura indigenista le provocaba hostilidad.

Menciona su intolerancia por la palabra “telúrica”, blandida por muchos escritores y críticos de la época como máxima virtud literaria y obligación de todo escritor peruano. Ser telúrico quería decir escribir una literatura con raíces en las entrañas de la tierra, en el paisaje natural y costumbrista y preferentemente andino, y denunciar el gamonalismo y feudalismo de la sierra, la selva o la costa, con truculentas anécdotas de “mistis” (blancos) que estupraban campesinas, autoridades borrachas que robaban y curas fanáticos y corrompidos que predicaban la resignación a los indios.

Añade: yo no sabía si llegaría a ser un día un escritor, pero sí supe desde esos años que nunca sería un escritor telúrico. Las críticas son similares a las que vierte más tarde en otros espacios, donde, olvidando lo telúrico, señala que lo diverso en América Latina proviene en buena parte de las fuentes occidentales que la nutren. Por eso, los latinoamericanos se expresan sobre todo en español, inglés, portugués y francés.

En la casa de Colina, MVLL no sólo lee e interpreta las crónicas, también asiste a largas y eruditas disquisiciones de Porras sobre el Perú como a prolongadas tertulias entre connotados personajes extranjeros y compatriotas como el poeta José Gálvez, de español castizo y manía genealógica, y Víctor Andrés Belaunde, Jorge Puccinelli, Luis Jaime Cisneros. Porras era un discípulo declarado de Riva-Agüero, al que consideraba su maestro y con quien tenía en común la meticulosidad, para el dato y la cita, el amor a España. Tenía también Porras cierto irónico desplante por las nuevas corrientes intelectuales desdeñosas del individuo y la anécdota – como la antropología y la etno-historia. Son pareceres que el escritor haría suyos más tarde y defendería con entereza.

En la novela El hablador, aparece Porras con nombre propio y emitiendo opiniones que poco se diferencian de las recogidas por el escritor en sus crónicas y ensayos. En pasajes de la novela el maestro es descrito como un historiador […] que tenía un santo horror por la etnología y la antropología, a las que acusaba de reemplazar al hombre por el utensilio como protagonista de la cultura.

En otro pasaje construye un diálogo donde el maestro, conversando con el antropólogo Matos Mar, otro personaje que conserva su nombre real en la trama, emite juicios acerca de los afanes intelectuales del protagonista: ¿Resucita el indigenismo fanático de los años treinta en los patios de San Marcos? suspiró Porras–. No me extrañaría, pues viene por épocas, como los catarros. Ya veo a Zurita escribiendo panfletos contra Pizarro, la conquista española y los crímenes de la Inquisición. ¡No lo quiero en el Departamento de Historia! Que acepte esa beca, se nacionalice francés y haga carrera promoviendo la Leyenda Negra.

En el pensamiento del maduro escritor encontramos indelebles señales no literarias de la huella profunda de su maestro. Veamos algunos ejemplos de lo afirmado. Donde Porras, Indagaciones peruanas. El legado quechua, señala: la fuerza y la estabilidad del Imperio provenían de las sanas normas agrícolas de los ayllus, trabajo obligatorio y colectivo, comunidad de la tierra, igualdad y proporción en el reparto de los frutos, tutela paternal de los jefes; el discípulo Vargas Llosa dice: los Incas conquistaron decenas de pueblos, construyeron caminos, regadíos, fortalezas, ciudadelas, y establecieron un sistema administrativo que les permitió producir lo suficiente para que todos los peruanos comieran. Porras, cuando explica la organización de la sociedad Inca, expresa: la huella indígena está más palpable en la confusión frecuente entre lo real y lo ideal y el amor del misterio que caracteriza a las mentes primitivas y se exhibe a menudo en las crónicas indígenas, sobre todo en algunas impresiones e imágenes casi surrealistas recogidas seguramente de boca del pueblo de la conquista.

El escritor recrea la idea y señala que cada emperador cusqueño subía al trono con una corte de amautas o sabios encargados de rectifica la historia para demostrar que ésta alcanzaba su apogeo con el Inca reinante, al que se atribuían desde entonces todas las conquistas y hazañas de sus predecesores. El resultado es que es imposible reconstruir esta historia tan borgianamente tergiversada.

Debemos señalar, sin embargo, que el joven discípulo radicaliza el pensamiento del maestro. Mientras Porras valora que la peruanidad, debe recoger todos los latidos de nuestra historia, sin exclusivismos ni caciquismos históricos, atento a los mensajes que nos vienen del pasado, el occidental irrenunciable para nuestra cultura, como lo proclamó Mariátegui y el indígena que es raíz y decoro de nuestra nacionalidad, Vargas Llosa no hace concesiones tan extensas al aporte andino.

En ocasión de criticar el retiro de la estatua ecuestre de Pizarro de la Plaza Mayor limeña y defender la vertiente española de la peruanidad, revisa la milenaria historia andina para afirmar: se ignora  que el Tahuantinsuyo representa apenas unos cien años de nuestro pasado, el tiempo de un suspiro en el curso de una historia que tiene más de diez mil años de antigüedad. Señala al mismo tiempoque Francisco Pizarro, es un personaje que, les guste o no a sus detractores es quien sentó las bases de lo que es el Perú y fundó no solo Lima, sino lo que ahora llamamos peruanidad.

Orgulloso hispanismo

Si observamos la casa materna veremos que, a excepción del personal de servicio, vivió en un ambiente contrario a cualquier expresión serrana y orgullosa de sus raíces hispánicas. El retaceo que muestran sus palabras cuando se refiere a la familia paterna se modifica cuando se refiere a su estirpe arequipeña; muestra con visible orgullo el linaje hispánico de sus ancestros tanto como subestima la importancia de las modestas raíces nacionales de los Vargas Maldonado.

Describe a su familia materna acomodada y con ínfulas aristocráticas desde que llegó a Arequipa el primero de la estirpe como maese de campo don Juan de la Llosa y Llaguno. Aun cuando reconoce que la antigua fortuna había venido decayendo hasta ser, en la generación de mi abuelo, una familia arequipeña de clase media de modestos recursos; la suya era una familia eso sí, bien relacionada y firmemente establecida en el mundillo de la sociedad. Las ínfulas aristocráticas que traslucen no parecen haberse extinguido, se reflejan, por ejemplo, en la cuidadosa defensa de su apellido, que la eufonía, los medios, la costumbre y su prestigio han convertido en compuesto. En medio de una polémica con el crítico uruguayo Ángel Rama, le reclama: ¿qué es esa malacrianza de acortarme el apellido?  Esta preocupación se manifiesta también cuando critica al economista Hernando de Soto, por sus cursilerías aristocráticas que incluía haber añadido al apellido paterno un coqueto “de”. Gesto que revela más bien un mecanismo que los psicoanalistas denominan de transferencia: no todos están autorizados a tener cursilerías aristocráticas.

Los peruanos, de diverso modo, estamos incluidos en este espacio de diferencias y exclusiones e inequidades que describe bien MVLL; afrontamos dificultades para asumir conductas e ideas que se opongan a las aprendidas en el hogar y reforzadas por la educación y el medio social. Para él, estos sentimientos la mayoría de las veces es inconsciente, nace de un yo recóndito y ciego a la razón, se mama con la leche materna y empieza a formalizarse desde los primeros vagidos y balbuceos del peruano.

Subraya que, en el caso de su padre, más que el mal carácter, lo que estropeó la relación con su madre fue la sensación, que nunca lo abandonó, de que ella venía de un mundo de apellidos que sonaban – esas familias arequipeñas que se apreciaban de sus abolengos españoles, de sus buenas maneras, de su hablar castizo, es decir, de un mundo superior al de su familia, empobrecida y desbaratada por la política.

En El pez en el agua nos encontramos con una serie de expresiones que no desentonan en el contexto del racismo peruano. Como señala Jorge Bruce, el racismo forma parte de nuestro hábitat, de nuestro paisaje cultural y social, de las coordenadas de nuestro mundo interno. Una de esas expresiones recurrentes y tan normales que pasan inadvertidas es la evaluación instantánea y fulminante que hacemos unos de otros en el Perú, sobre la base de unos criterios estéticos íntimamente asociados a la problemática racista.

En efecto, cada uno de nosotros mama desde la leche materna una serie de postulados, ideas, costumbres, prejuicios, que luego nos hacen participes, según MVLL, de esta variopinta sociedad peruana, de muchas razas y astronómicas desigualdades, donde blanco y cholo son términos que quieren decir más cosas que raza o etnia: ellos sitúan a la persona social y económicamente, y estos factores son muchas veces los determinantes de la clasificación. […] Siempre se es blanco o cholo de alguien, porque siempre se está mejor o peor situado que otros. O se es más o menos pobre o importante, o de rasgos más o menos occidentales o mestizos o indios o africanos o asiáticos que otros, y toda esa selvática nomenclatura que decide buena parte de los destinos individuales se mantiene gracias a una efervescente construcción de prejuicios y sentimientos – desdén, desprecio, envidia, rencor, admiración, emulación – que es muchas veces, por debajo de las ideologías  y valores y desvalores, la explicación profunda de los conflictos y frustraciones de la vida peruana. Descuida mencionar el escritor la influencia que ha ejercido este perfil de sociedad en las coordenadas de su propio desarrollo

Discriminación racista

Pero, ¿cuáles son las vinculaciones andinas del padre de MVLL? Su biografía sociocultural es precisada por el escritor, cuando explica que el abuelo paterno, Marcelino Vargas, nacido en Chancay, luego de fundar familia con Zenobia Maldonado y procrear ocho hijos, queda viudo y termina sus días como Jefe de Estación, en Tellería, Huancavelica, viviendo, nonagenario y cargado de hijos, con una india de trenza y pollera.

Esta andina y polleruda señora: Constanza Serpa tuvo, con el abuelo Marcelino, nueve hijos; uno más que en su primer matrimonio. Después de algunos años de desdén, desprecio, envidia, rencor, los Vargas Serpa, huancavelicanos, quisieron establecer relaciones con la rama costeña de los Vargas Maldonado. El intento no fructificó.

Sabemos, por Herbert Morote, que un hijo de Marcelino trató de contactarse, sin resultados, con su medio hermano Ernesto Vargas Maldonado. Aquel huancavelicano, cercano y despistado familiar, no calculó que su presencia sería rechazada por ser cholo y por venir de la sierra. Como vemos, interminable sucesión de condenas raciales, étnicas y culturales.

El escritor no debe ignorar detalles de la existencia de estos parientes andinos, nueve tíos y un sinnúmero de primos y sobrinos que no aparecen en ninguno de los oficiales espacios vargasllosianos. Con ellos utiliza un notorio lenguaje de connotaciones racistas, de uso común en muchos cuando se refieren a seres de minorías sociales o étnicas. Utiliza un lenguaje racializador, más propio de una sociedad de castas.

Virginia Zavala y Roberto Zariquey, resaltan el poder que tiene el lenguaje como producto de la compleja relación entre estructuras sociales y prácticas discursivas. Distinguen tres grandes dominios de la vida social que están construidos discursivamente: las representaciones del mundo, las relaciones sociales y sus identidades personales y sociales. De acuerdo con estos criterios veremos que el discurso de MVLL está ubicado con claridad en el espectro de los sectores dominantes, cualquiera sea el espacio de análisis.

Al finalizar sus estudios en San Marcos está ya listo para formar familia. Se entrevista entonces con su padre, a quien no ve con frecuencia, conversa acerca de sus proyectos y establece fronteras adultas. Esta definitiva emancipación, sin embargo, no le evita señalar que su sombra lo acompañará sin duda hasta la tumba, y aunque hasta ahora, a veces, de pronto, el recuerdo de alguna escena, de alguna imagen, de los años que estuve bajo su autoridad le causa un súbito vacío en el estómago.

Su padre le ha legado algo más que una disfunción estomacal, lo ha influido para consolidar su desconocimiento de la herencia cultural que porta por esa vía y a construir la distancia que adopta con todo aquello que lo recuerda.

Es probable que la elección de la madre como principal referente familiar haya sido  una decisión completamente consciente. Se explica por los orígenes de su progenitor y por la violencia que trasmitía esa figura ferozmente autoritaria y de  vergonzantes nexos con los indios y los cholos de este país. Sabemos la importancia de la madre como proveedora de imágenes e ideas que se maman, como señala MVLL, desde la leche materna.

En entrevista con Alfredo Barnechea indica que vivía en una identificación total con mi madre, y creía tener monopolio sobre ella. Realidad que es interrumpida cuando aparece Ernesto Vargas y su madre pasa a ser la mujer de mi padre, explicación ilustrativa de los lazos edípicos de la relación anudada por ligaduras de identificación que abarcan todos los estratos de las relaciones humanas.

Explicación de la metamorfosis

Es notoria la transición que realiza desde su temprana e idílica relación con el Perú de los incas, hasta otra distinta en un lapso de tiempo muy breve. Es el momento inicial, germen de un proceso que se desarrolla y consolida en el tiempo.

El impacto cultural que experimenta en Piura adquiere después vectores que fijan la experiencia de manera definitiva en su identidad y personalidad. Hemos visto el modo en que se realiza el extravío inicial de la Cochabamba india, de la que una mente sensible, detallista y observadora sólo recuerda la mascota del vecino, una operación de las amígdalas o remembranzas de las deliciosas empanadas salteñas y los almuerzos familiares de los domingos. Si en Bolivia, MVLL se hace serrano y adquiere signos distinguibles de su cultura, Piura quiebra y desintegra la patria de la infancia. No obstante, hay otras variables que organizan una más extensa y razonada ruptura con el Perú andino.

Podemos explorar las respuestas organizando las apreciaciones en torno a tres variables sin fronteras exclusivas, permeables cada una a las demás: la relación con el padre y la madre y su vinculación con la familia extendida; su vida universitaria y cercanía con Raúl Porras Barrenechea y luego razones sicológicas y de clase.

Soterrada Cochabamba, una naciente identidad criolla ocupa el lugar andino. Es una filiación en ciernes, inorgánica aún. La vinculación con el padre le proporciona consistencia y racionalidad a la naciente opción. Se sabe de la asociación que vincula la patria y el padre, realidad que ilustra el sicoanálisis en relación con el inconsciente. La vinculación con su progenitor fue una experiencia traumática que dividió en dos hemisferios su existencia. Silva Tuesta,almencionar que el novelista nació biológicamente en Cochabamba, explica que en esta ciudad percibe que no vivía como sus coetáneos, en compañía de sus respectivos padres.

El mismo autor, haciendo referencia al odio que MVLL sentía por el Colegio Militar Leoncio Prado como figura de autoridad, señala que es un odio metastásico, pues se impregna en todos los personajes que tienen el papel de padres en sus novelas, incluidos los padres de sotana, incluidos asimismo los símbolos del padre y demás entidades relacionadas con el padre, por ejemplo, la patria.  

En entrevista que concede a La Nación, ya citada, precisa aspectos más detallados que pueden ser leídos, como una alegoría de su relación con el espacio andino y el padre. Menciona que supo lo que es el miedo cuando lo conoció, al punto que su presencia le producía un terror que, creo, no desapareció nunca, incluso cuando yo era un hombre y él era un viejo, y teníamos una relación muy distante.

Señala también que es un vínculo al que seguramente debe su vocación de escritor; la perseverancia para escribir era una manera de resistir a mi padre, de frustrar a mi padre, de hacerle daño. Su relación con el Perú puede bien ser extrapolada, Entrevistas escogidas,  con esta relación. La explica como entrañable y muy difícil, hecha de exasperación, de actitud crítica y también de una enorme tristeza. Menciona que el Perú es para él una especie de enfermedad incurable y mi relación con él es intensa, áspera llena de la violencia que caracteriza a la pasión. Más adelante atempera su reflexión para señalar: aunque me haya ocurrido odiar al Perú, ese odio […] ha estado siempre impregnado de ternura.

En el escritor, la relación que establece el psicoanálisis entre la figura paterna y la patria, no se transfiere a la integridad del concepto, el odio que señala se vuelca a la patria india, andina, inca, lugar de procedencia de su padre; porque Ernesto J. Vargas, pese a su blanca piel, sus ojos claros y su apuesta figura, pertenecía – o sintió siempre que pertenecía, lo que es lo mismo – a una familia socialmente inferior a la de la mujer.  

Continúa precisando que su origen le produjo al padre resentimientos y complejos sociales, que es una enfermedad nacional por antonomasia aquella que infesta todos los estratos y familias del país y en todos deja un relente que envenena la vida de los peruanos: el resentimiento y los complejos sociales. Es redundante precisar que llamar a alguien en el Perú socialmente inferior es referirse a los cholos, a los indios o nativos de la selva.

Frente a la disyuntiva de rechazar la patria en su totalidad, inaceptable en un ser  con acendrada sensibilidad y comprometido con su realidad, opta por una de las patrias, elige a uno de los padres. Viviendo en un país con dos culturas en pugna y en un hogar invertebrado por las proyecciones de esa escisión, MVLL  rechaza el mundo andino cholo que su padre representa para elegir la blanca y criolla; opta por la vertiente cultural materna, de los dominadores, que le provee el rostro tierno en su vinculación con el Perú. Esta relación conflictiva y ambivalente con el país origina con frecuencia una lectura defectuosa de los problemas  nacionales, como se equivoca el escritor cuando menciona que sitúa el origen de los males en una efervescente construcción social de prejuicios y sentimientos – desdén, desprecio, envidia, rencor, admiración, emulación, confundiendo el efecto con la causa: los  conflictos  y  frustraciones  de  la  vida  peruana  son  el resultado no la causa de los desencuentros; país no integrado aún, territorio que cobija separaciones irresueltas desde la invasión y, probablemente, desarmonías aún de más antigua data. Toda la abigarrada realidad se expresa en la relación con sus padres, influencia para explicar su identidad y relación con el mundo andino nacional.  Él, adversario de las identidades, eligió una, muy temprano, que lo terminó de definir para el resto de sus años.

Transfiguración y cambio

A través de un procedimiento traumático, es abruptamente extraído del espacio piurano por su padre y conducido a Lima. Su madre es cómplice del secuestro familiar. Se instalan en Magdalena, típico distrito de clase media, ambiente que siente ajeno. Cada fin de semana, siempre que sus notas en el Colegio La Salle le permitían, se aleja de la asfixiante presencia del padre y visita la casa de sus parientes maternos en Miraflores, barrio más próspero, vecino al mar, que hace suyo y resulta más tarde fuente de inspiración para muchas de sus narraciones.

La elección de Miraflores como distrito propio, sin residir en él, es otra expresión de distanciamiento del padre y de afirmación de la identidad forjada en Piura. Miraflores, distrito de clase media de más ingresos albergósiempre a los Llosa, mientras, los Vargas Maldonado pertenecían a Magdalena: a la vuelta, en una casita idéntica a la nuestra, vivían el tío César, con la tía Oreli y sus hijos. Cuando retorna de su segunda estadía en Piura, en 1952, sus padres alquilan un departamento de apenas un dormitorio, en un barrio pobretón, el Rímac. El joven escritor rehúsa vivir con ellos y elige vivir con los abuelos, en la calle Porta, en Miraflores.

La creación y puesta en escena de La huida del Inca, es el momento distal, fin del tiempo largo de su breve e intensa  conversión piurana. Es una obra que poseía un prólogo y un epílogo que ocurrían en la época actual y tres actos situados en el lejano Tahuantinsuyo. Hallar la obra perdida, representada en junio de 1952, proporcionaría mayores luces y pormenores sobre el proceso de modificación de su mentalidad serrana. 

Su siguiente obra “juvenil andina”, el cuento El hermano menor, la escribe ya imbuido de una visión alejada de la sensibilidad aprendida en Cochabamba. Menciona MVLL, Los jefes, los cachorros, que el cuento incurre en tópicos indigenistas, condimentadas tal vez, con motivos precedentes de otra de mis pasiones de la época: los westerns cinematográficos. En efecto, en estas páginas el mundo andino es quizá tan truculento e irreal como el descrito por Ventura García Calderón.

Silva Tuesta,proporciona información sobre esta identidad transfigurada mencionando que para inventar la personalidad de algunos protagonistas de La ciudad y los perros,  debió primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del serrano Cava y del Esclavo. Recoge también una afirmación del escritor ya maduro, donde reivindica con mucho orgullo su condición de costeña y serrana de la Plaza de Armas arequipeña y señala que haber nacido en la zona Norte lo identifica como Serrano, hombre de los Andes, por lo tanto.

Hay que distinguir el discurso teórico y la acción práctica en estos temas de identidad como lo hace  Rosaleen Howard cuando señala que en los países andinos, el discurso de la identidad es un discurso colonizado: la posición de la gente con respecto a la historia y la sociedad revela una tensión entre   perspectivas   múltiples,   a   menudo   conflictivas  y ambivalentes. Precisa que, para esclarecer estas tendencias opuestas, debemos diferenciar entre la representación de la identidad en el discurso, por una parte, y la práctica de la identidad en la interacción social, por otra.

Las esporádicas alusiones a su condición de serrano parecen traslucir restos de esa difícil etapa piurana en la que su ser, que va conformando convicciones y principios, se ve obligado a abandonar de manera velada y vergonzante una identidad en la que se sentía cómodo y natural. Por contradictoria realidad nos recuerda también a quienes no siendo “andinos” tienen que “identificarse” con esta cultura para adquirir una filiación momentánea y útil para precisar su identidad peruana que, de otro modo, no tendría asidero en otro espacio social.  

Como hecho adicional, su circunstancial identificación como serrano es desvirtuada por su declarado desconocimiento del espacio rural andino. En entrevista que concede a Caretas, 1983, indica: he vivido toda mi vida en la ciudad. Todo lo que escribo se nutre siempre de experiencias personales, de vivencias, pero siento como una frustración en mi vida no conocer el campo peruano, o conocerlo mal, de una manera superficial, turística. Son comentarios ciertamente inexactos, pues delata su decisión de ocultar u olvidar una clara opción cultural con la que mantuvo cercano contacto desde su infancia y niñez en la rural e indígena realidad cochabambina, muy similar a la realidad de las serranías peruanas. Su afirmación se asemeja más a una declaración ideológica orientada a tranquilizar las profundidades de su constitución personal.

Si coincidimos con la idea repetida por Sábato, que hace coincidir patria e infancia, entonces la temprana patria andina de MVLL se diluyó en medio de una racional decisión que sepultó su realidad inconsciente. Elección legítima, por lo demás.

Julio Roldán, MVLL entre el mito y la realidad, cita una reflexión del escritor que recoge ideas más amplias sobre su difícil vinculación con la sierra: es un mundo que responde a otra mentalidad que tiene otra tradición histórica, donde se habla otra lengua, una lengua que yo no entiendo, que tiene un paisaje que para mí es un paisaje sumamente exótico. Por lo tanto, creo que mi experiencia de la sierra es una experiencia muy indirecta, muy pobre en mi vida; creo que es la razón por la que no aparece; es algo que siempre he sentido como una frustración, porque creo que en lo que he escrito ha habido siempre una visión cuantitativa, un intento de abrazar, de abordar distintos niveles de experiencia. Pero reconozco que hay una zona de experiencia peruana que para mí es muy remota.

No obstante su distancia con la realidad andina, en la vida del escritor hubieron eventos importantes ligados a esa porción de su pasado. Además de su matrimonio con la cochabambina Julia Urquidi, el escritor narra en El pez en el aguala historia de Orlando, hijo del tío Jorge en una sirvienta de la casa de Cochabamba.  Es traído de esa ciudad para vivir con la familia que le otorga la categoría de empleado-allegado que lo hacía comer en una mesita aparte, en el mismo comedor, pero sin sentarse con los abuelos, los tíos o nosotros.

Valiosa información de la dinámica familiar; realidad nada diferente a la de muchas familias peruanas que ocultan y se avergüenzan de sus parentescos andinos. En este caso, sin embargo, es una muestra muy elocuente de lo sostenido a lo largo de esta exposición: que la relación del escritor con Cochabamba se estructuró entre silencios, olvidos y negaciones, como la difícil realidad del primo Orlando.

La inaugurada identidad criolla

En ese caluroso entorno el abuelo le provoca emociones que comparte colectivamente. Se siente orgulloso de ser nieto de alguien tan importante como el prefecto, percepción distinta de las impresiones íntimas, privadas, que le suscitaba como anónimo administrador de Saipina. Una discreta interacción con la servidumbre se manifiesta en detalles que la explican, adquieren identidad; la empleada, Domitila es una muestra.

La trama social piurana, las relaciones personales que establece perduran toda su vida. El medio físico que lo cobija es el correlato geográfico de su inaugurada identidad criolla: la costa peruana; las imágenes de infinitos desiertos blancos, grises, azulados o rojizos, según la posición del sol, y de playas solitarias, lo acompañarían siempre como la más persistente imagen del Perú […] y también la que solía procurarme más nostalgia.

Su excluyente elección de la costa piurana sobre la sierra cochabambina se construye sobre variadas experiencias como los frecuentes viajes con el tío Lucho por el interior del departamento. Visitan Tumbes, Sullana, Paita, Talara, Sechura, y también las provincias serranas de Piura, como Ayabaca y Huancabamba, pero el paisaje que se me quedó en la memoria y condicionó mi relación con la naturaleza, es ese desierto piurano que no tiene nada de monótono, que cambia con el sol y con el viento. Su relación con la ciudad es entrañable, al punto de señalar: si de los cincuenta y cinco años que he vivido, me permitieran revivir un año, escogería el que pasé en Piura en casa del tío Lucho y la tía Olga, estudiando el quinto año de secundaria en el colegio San Miguel y trabajando en La Industria.  

Su distancia con la sierra se muestra también en su vinculación con la selva nacional, otra fuente de sensaciones perdurables. Menciona: descubrir la potencia del paisaje todavía sin domesticar de la Amazonía, y el mundo aventurero,  primitivo, feroz  y de una libertad desconocida en el Perú urbano, me dejó maravillado.

Al mismo tiempo que reconoce en estos espacios los extremos de salvajismo e impunidad a la que llega la injusticia para ciertos peruanos, descubre un mundo en el que, como en las grandes novelas, la vida podía ser una aventura sin fronteras, donde las audacias más inconcebibles tenían cabida, donde vivir significaba casi siempre riesgo, cambio permanente. Todo ello en el marco de unos bosques, ríos y unas lagunas que parecían los del paraíso terrenal. La relación con la selva le promueve una inagotable fuente de inspiración para escribir y lo lleva a crear La Casa verde, Pantaleón y las visitadoras y El hablador.

Esta inicial y dura experiencia de transformación y mudanza de filiación cultural tiene una segunda etapa de consolidación con la aparición del padre. Cuando ya el escritor en ciernes ha procesado la etapa más dura de su transculturación, aparece un anónimo personaje a quien se le obliga reconocer como padre. Lo impactante de este encuentro es que el personaje se constituye con rapidez en la viva imagen del Perú andino que ha dejado atrás en Cochabamba. Lo conoce cuando ha vertebrado ya una avanzada visión criolla de la vida y sociedad, soportada eficazmente por un entorno familiar sólidamente vinculado y excluyente de toda intrusión o amenaza nativa.

Su deconstrucción lingüística piurana

En Piura, a miles de kilómetros de sus orígenes, el aún niño MVLL, inicia la deconstrucción de su vertebrada experiencia andina y la empieza a sustituir por la estructura criolla-costeña.

El inicial proceso de transformación en su configuración cardinal, en sus percepciones y conceptos medulares, se ejecuta en pocos meses; tiempo que media entre su salida de Bolivia por el Puerto de Huaqui, diciembre de 1945 y junio julio de 1946.

Cochabamba deviene en vergonzoso cenotafio, sobre el cual, y en  medio de sus compañeros del colegio Salesianos, se produce su acercamiento gozoso al Perú costeño y criollo. Esta confrontación de ideas y sentimientos contradictorios seguramente tuvo largos pasajes de aflicciones y angustias y también de oscuras y débiles revitalizaciones. Setenta años después de las tribulaciones del joven Mario, el Perú ha cambiado  poco; su experiencia la repiten miles de peruanos andinos en todo espacio donde se encuentran y confrontan el Perú real e imaginario.

En un breve espacio de tiempo, un semestre, ha inhibido su identidad serrana abdica de la cultura andina que lo forma en Bolivia y procesa la asunción de la cultura criolla dominante. Se despoja de lo inca, para asumir la identidad conquistadora en su variante criolla costeña que lo distinguirá con un sello de identidad permanente. La fortaleza de esta nueva relación posee tal magnitud que constituye la edificación de un itinerario sin retorno a la sierra.

No llegará a mostrar o a ejercer la impronta de sus años formativos en ningún espacio de su vida pública ni producción literaria futura. Lo andino lo ha avergonzado de modo tal que no desea verse de nuevo marginado. Se alinea con lo criollo, poder cultural dominante y de estirpe europeísta. La historia de Mayta y Lituma en los andes expresan que se trata de visitas intelectuales de un extraño a espacios que eligió desconocer y a los que observa con ojos extranjerizantes, detrás de celosías exteriores.

Mientras en Cochabamba su diaria rutina se desenvolvía observando el exterior desde una amurallada realidad administrada por la madre, abuelos y tíos, en Piura el grupo extendía sus conexiones sociales fuera del estrecho marco familiar y más allá de las fronteras del vecindario. No obstante, los límites de este ampliado espacio se inician y fenecen en la oligarquía terrateniente y en la emergente burguesía piurana.

Piura, como se ha visto, era pequeñita y muy alegre, de hacendados prósperos y campechanos – los Seminario, los Checa, los Hilbeck, los Romero, los Artázar, los García – con los que mis abuelos y mis tíos establecieron unos lazos de amistad que durarían toda la vida.

Del mismo modo que la Cochabamba de su infancia es recordada carente de pueblo, de quechuas y aymaras, la Piura de entonces luce ausente de descendientes tallanes. Si bien la patria es el territorio de la infancia es también el espacio de los amigos permanentes y de las alianzas de clase. Señala Max Hernández que los estudios psicoanalíticos de las funciones procesos y dinámica de los pequeños grupos muestran que al lado de las tareas explicitas que un grupo se asigna a sí mismo coexisten emociones inconscientes compartidas. El grupo es un todo indiferenciado que anula la autonomía de sus miembros y uniformiza su manera de pensar. Precisa también que lo cultural, como sistemas totalizantey el factor psicológico, convergen para construir la visión que se tiene del país. El habitus, menciona, vincula […] realidades demográficas sociales, políticas, económicas etc., y el correspondiente a las estructuras mentales incorporadas como categorías de representación social (ideologías, sensibilidades, mentalidades) que rigen la percepción, el pensamiento y la acción social.

 Vemos que el joven escritor halla en la ciudad, cultural y psicológicamente, el entorno espacial y social que le hará construir una visión del Perú que orientará en el futuro su pensamiento y acción social.

La mutación

Como hemos visto el romance con la geografía costeña es instantáneo. Si bien su encuentro con el mar de Camaná es intenso, emotivo, su primera impresión perdurable proviene del desierto norteño. En El pez en el agua, explica esta elección: Yo, como arequipeño, es decir “serrano”, debería tomar partido por los Andes y en contra de los desiertos marinos en esta polémica. Sin embargo, si me pusieran en el dilema de elegir entre este paisaje, los Andes, o la selva amazónica –las tres regiones que dividen longitudinalmente al Perú – es probable que me quedara con estas arenas y estas olas.

Es más plausible pensar que esta afinidad es el resultado de un proceso y no el efecto de una sensación instantánea. Cuando arriba por primera vez a Piura, MVLL la vida en movimiento, hablaba como serrano cochabambino, una forma de castellano claramente distinguible entre sus compañeros costeños.

Debemos señalar que nadie habla como serrano sin serlo y sin tener internalizado el universo social de las serranías. Según Cerrón-Palomino, el castellano andino es una variedad lingüística que tiene la categoría de dialecto del español, poseedor de particulares características fonológicas y gramaticales que MVLL luce hasta convertirlo en el centro de las  befas en el colegio.

Recuerda, se burlaban de mí porque hablaba como “serrano” –haciendo sonar las erres y las eses. Hace mayores precisiones sobre la experiencia en entrevista que concede al diario La Nación, donde señala: recuerdo muchísimo lo que significó para mí llegar a Perú después de haber vivido mis diez primeros años en Bolivia, y entrar en el colegio en Piura y ser objeto de la burla generalizada por mi manera de hablar; yo hablaba como un serranito, pronunciaba las eses de los serranitos, schhh, schhh, schhh, y eso provocaba realmente la hilaridad de mis compañeros. ¡Y qué angustia experimentaba yo al sentirme un apestado! Me pasó cada vez que cambiaba de colegio, cada vez que cambiaba de amigos, cada vez que cambiaba de barrio. El sentirme distinto no era un motivo de orgullo, sino al contrario, de vergüenza, de complejos. […] Ahora más bien pienso que eso es una manifestación de independencia y que debería ser reivindicado, pero lo cierto es que no ocurre así, porque siempre hay una sanción social contra el que es diferente.

Para el escritor es evidente que no hay manera distinta de ser cochabambino sino es siendo serranito, subalterna y máxima categoría a la que puede aspirar un niño serrano. Obviamente, él no estaba dispuesto a ser encasillado en tan diminuta dimensión.

En sus primeros meses en Piura es un serranito humillado y avergonzado de la identidad construida en Cochabamba; es un serrano en agonía, que mantiene en discreto silencio la vergonzosa e inocultable experiencia boliviana, pesado lastre en la acriollada Piura que frecuenta. Se siente un apestado, realidad insostenible para un niño que se resiente de ser distinto, acosado por la carga emocional que sufre el andino en un medio criollo, además carente de sostén familiar, fustigado por la tradición dominante y desprovisto de las herramientas necesarias para enfrentar una situación de visible marginación y diatribas.

Observamos en este corto episodio la indeleble influencia cochabambina ejercida sobre sus perfiles más íntimos y donde el lenguaje es la manifestación más visible. Como sabemos, el habla es el núcleo del proceso de edificación de la personalidad y el uso que hacemos de ella describe el mundo y lo construye.

La modificación de su lenguaje, con abandono de acentos, modismo, giros idiomáticos, transformó también su personalidad serrana, su forma de estructurar la existencia. Fue obligado a efectuar la higiene verbal de su lenguaje; práctica, Virginia Zavala, Decir y callar. Lenguaje y poder en la universidad peruana, que sirve para edificar las ideologías lingüísticas, las redes de creencias en torno al lenguaje que posicionan a los sujetos dentro de un orden social siempre jerarquizado y con amplias disputas del poder.

Arribo a Piura

¿Qué razones explican el silencio sobre la Cochabamba que discurría fuera de los muros de la casa de Ladislao Cabrera 168? Si su distanciamiento está exento de ribetes psicológicos y de los cánones conocidos acerca de la construcción de la personalidad, es entonces un caso particularmente irrepetible.

Es excepcional hallar una realidad semejante, los creadores traslucen en sus obras los sucesos de la infancia, siempre profundos en la afectación de las emociones. Es frecuente incorporar los primeros años en las obras de los artistas, más aún en un creador omnívoro como él, dueño de una mente en constante recepción de experiencias y de raigal contenido humanístico. Una explicación, poco razonable, puede centrarse en el desapego de una realidad que se sabe transitoria y que se refuerza por la  añoranza de la patria lejana que origina cierta cerrazón a una realidad que se considere ajena.

En el artículo El país de las mil caras, ya citado, encontramos esta idea: como ocurre siempre a las familias forasteras, vivir en el extranjero acentuó nuestro patriotismo. Hasta los diez años fui un convencido de que la mejor de las suertes era ser  peruano. Mi idea del Perú entonces, tenía más que ver con el país de los incas y de los conquistadores que con el Perú real. A este sólo lo conocí en 1946.

En la premiación del Nobel menciona que de niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Como vemos, sus recuerdos de infancia son vívidos y muy selectivos.

Si se sigue esta lógica, de ignorar deliberadamente una realidad considerada forastera, hallando improductivo conservarla en la memoria e incorporarla a su experiencia personal, se olvidaría comprobar que la cotidiana realidad boliviana no era distinta a la peruana; somos un solo pueblo que comparte continuidad geográfica y cultural.

Nos preguntamos si en su viaje de retorno para conocer el Perú, atravesando Bolivia hasta llegar al Puerto de Huaqui y transponer la frontera, el atento imaginativo y analítico niño no percibió que el espacio puneño era una realidad siamesa con la boliviana. Es probable que reparara en esta realidad solo para desecharla, porque el Perú adquiere para él rostro y personalidad en el camino costeño hacia Lima, Mario Vargas Llosa, la vida en movimiento, cuando en Camaná, conoce el mar y vive una experiencia imperecedera.

Cuando observa la extensa geografía costeña, se produce en él una especie de conversión a un credo distinto en el que cualquier experiencia del pasado es cubierta por el velo inmenso de la arena y las costas nacionales. Sin mencionar hacia dónde vira su percepción, abandona su inicial impresión del Perú de incas y conquistadores y desaloja ese espacio para cobijar en los años venideros al Perú criollo sustentado en un mestizaje de claro predominio hispano.

Sus recuerdos tempranos contienen imágenes y perfiles identificados con las formas más occidentalizadas de nuestra realidad. Su travesía hasta Piura es largo, múltiple, inolvidable viaje, en tren, barco, auto y avión. A lo largo de aquél viaje, cruzando el altiplano en tren, o el Lago Titicaca en el vaporcito que hacía la travesía entre Huaqui y Puno, pensaba sin descanso: voy a conocer el Perú, voy a conocer el Perú.

Su temprana impresión de la patria no proviene del sobrecogedor lago Titicaca, tampoco de las frías y solemnes planicies alto andinas boliviano-peruanas ni de la imponente y amurallada cordillera que el ferrocarril domina para llegar a Arequipa. Ninguna geografía serrana lo impresiona. La primera emoción, su primer recuerdo del Perú es el mar. El gran momento de su viaje fue el descubrimiento del mar, […] y divisar las playas de Camaná. Su excitación provocó que el chofer del automóvil se detuviera para que el niño se zambullera en el Pacifico.

Si seguimos la inecuación, señalada por el novelista en diversas ocasiones, que confronta felicidad e infertilidad creativa, veremos que es irresoluble para la variable Piura, como también lo será más tarde para Lima.  

Luego de dejar a alguno de sus miembros en la capital, la tribu familiar llega a Piura en el verano de 1946. Encuentra una ciudad de menor magnitud que Cochabamba. Su población bordea los veinte mil habitantes, sumado al distrito de Castilla orilla los treinta mil. Allí, el 28 de marzo cumple diez años y asistirá al quinto de primaria en el colegio Salesiano. Lo acompañan su madre, los abuelos, el tío Lucho, su esposa Olga, las primas “bolivianas” Wanda y Patricia y la tía abuela llamada familiarmente Mamaé. Pasan una temporada en una casita que la Internacional Petroleum Company pone a disposición del abuelo durante las vacaciones.

En esos días, a diferencia de Cochabamba, aparece el primer personaje con identidad que no proviene del entorno familiar o de las amistades cercanas. Se trata del amable Juan Taboada, mayordomo del club de la IPC y dirigente sindical y líder del partido aprista. Lo lleva a ver partidos de fútbol y, a ver películas para menores en una pantalla que era la pared blanca de la parroquia.

Está iniciando una versión distinta a su período de felicidad cochabambina, intensa y de corta duración. La entrañable relación que empieza a construir con Piura no está aún afectada por la tiránica presencia del padre que lo extrae de ese paraíso y lo conduce a Lima, junto a su madre.

El hecho ocurre meses más tarde, en los últimos días de 1946 o primeros de 1947. El decisivo episodio en la vida del joven Mario, sin embargo, no provoca que  Piura se desvanezca en su memoria ni se aparte de sus diablos interiores, sino, permanezcadibujada en muchos pasajes de su obra literaria, aun cuando afirma que sumando las dos veces que allí viví, no hacen dos años. Viviría en la cálida Piura apenas nueve meses. Regresaría cinco años después, en 1952.

El quechuañol de Cochabamba

Son conocidas las razones del uso extendido del idioma quechua en esta región boliviana. La ciudad y su zona de influencia, bajo el influjo de Huayna Cápac, fueron de intensas relaciones con el tardío Tahuantinsuyo; desde entonces ha cultivado una vasta relación con la cultura quechua. Recordemos que aquí existe una Real Academia de la Lengua Quechua, como en Cusco y Huánuco, en Perú.

Según el estudio sociolingüístico sobre Cochabamba de Xavier Albó, la ciudad, para el año 1945, tenía  71,492 habitantes, donde el 76.3% habla castellano y el 68.1% habla quechua. De ahí se sigue que hay un 44.4% de bilingües. Precisa que el entorno rural cochabambino es feudal y el porcentaje de quechuas monolingües […] se acercaba mucho al 100%.  Los grupos socio-étnicos del departamento para el año 1950, era dominado por los indios con el 75.2%. Si se suman los grupos lingüísticos quechua y aymara el porcentaje  llega al 79.4%. Esta realidad radicalmente quechua se mantiene en los años posteriores, como muestran los datos departamentales del Censo de 1976: las familias hablan quechua en un porcentaje del 62.3 %, mientras, el castellano lo usan el 36.5% y el aymara el 2%. La sólida permanencia de la antigua cultura en la ciudad la encontramos en el estudio más reciente de Rosaleenn Howard, 2001, quien señala que en el Cercado de Cochabamba el quechua es hablado por el 43% de la población y, el aymara, por el 9%. Señala que en la ciudad predomina el bilingüismo castellano-quechua y, especialmente en las zonas urbanas, una forma mezclada de las dos lenguas denominada quechuañol. Precisa que, el caso de Cochabamba ofrece un buen ejemplo del quechua como lengua urbana y no solamente asociada con el medio rural. Resulta claro y evidente que el profundo contexto quechua aymara en que se desenvuelve la ciudad actual era una realidad aún más pronunciada en los años de residencia del infante – niño MVLL. No es equivocado afirmar que vivió inmerso en un ambiente de profundo acento quechua  y aymara.

Si su sensibilidad estalla en llanto ante una obra de teatro, entonces debemos asumir que también debió afectarse con la violencia política de aquél momento. En 1943, época cercana a su experiencia en el teatro Achá, el general Enrique Peñaranda fue derrocado por un golpe de estado liderado por el reformista militar cochabambino Gualberto Villarroel apoyado por sectores de izquierda como el Movimiento Nacionalista Revolucionario. Luego de agitados años de gobierno, en julio de 1946 Villarroel es derrocado y muerto en La Paz, linchado por el pueblo.

Es probable que la legislación reformadora del gobierno de Villarroel, en especial la pro indígena, afectó el trabajo del abuelo en Saipina de manera diversa la vida familiar de MVLL, y seguro fueron motivo de comentarios en el cultivado entorno familiar y en todos los espacios de la ciudad. Algunos años después de la estadía de los Llosa en Bolivia, la vida rural cambió sustancialmente como consecuencia de la revolución de 1952 y la promulgación de la ley de Reforma Agraria el año siguiente. Ya adolescente, residiendo en Piura, mantiene el interés por las  noticias procedentes de Bolivia. Recibe informes de la revolución boliviana del MNR, de aquellos años. Precisa que Julia Urquidi, que vivía en La Paz, le escribía cartas con muchas anécdotas y precisiones sobre los sucesos que el joven periodista aprovechaba para sus artículos en La Industria.