Cochabamba de su infancia

En 1937 y con apenas un año de edad, como señala en El pez en el agua, es llevado a Cochabamba, donde su abuelo obtuvo un contrato en la hacienda Saipina para trabajar en el cultivo del algodón. La estancia se ubicaba cercana a Santa Cruz,  ciudad boliviana que se  constituyó en su hogar hasta cumplir los nueve años. Era entonces, como lo señala Xavier Albó, un centro urbano con una población que bordeaba los setenta mil habitantes. Si Arequipa es su lugar de nacimiento, son sus años bolivianos donde confronta sus primeras experiencias; Silva Tuesta, Mario Vargas Llosa, interpretación de una vida, señala que el escritor nació sicológicamente en Cochabamba.

Aquellos años fundacionales, fermento de toda posterior estructuración personal, influyeron decisivamente en la manera de relacionarse con el mundo andino. La experiencia, lejos de generar vínculos permanentes con ese espacio cultural, promovió ceguera o indiferencia hacia la extensa y profunda realidad quechua y aymara de aquella ciudad. El núcleo urbano boliviano es para MVLL un espacio que le promueve recuerdos anecdóticos y poco trascendentes, inexistente en su universo narrativo no obstante los nueve años transcurridos, periodo decisivo en la biografía de cualquier ser humano por la profundidad con que calan las experiencias que se viven. 

Sus recuerdos de esos años se desenvuelven en un reducido y amurallado espacio, inaccesible para cualquier manifestación que provenga del variopinto mundo andino exterior. En las primeras páginas de El pez en el agua, menciona que su casa de Cochabamba era como un Edén que, sabemos es un lugar prohibido para extraños. Varios años después, en ocasión del discurso de premiación del Nobel, rememora aquel tiempo de formación inicial: aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio. El aprendizaje de la lectura tiene ribetes perennes; pero, es un acto que se efectúa en conexión con experiencias sociales que se anudan con ese momento especial y con la apertura de un nuevo nivel de aprendizaje. La experiencia apunta a un estadio superior de racionalización consciente; es inicio de un período de socialización más amplio; tiempo de conocer, observar el mundo que ya trasciendeel estrecho espacio familiar.  Aquí, sin embargo, esa ruptura del tiempo y el espacio no lo acerca al entorno cochabambino ni lo hace partícipe del territorio habitado por la gente del común, dueña de imaginativos juegos o de historias y leyendas; ellos se mueven en las sombras, sin contacto humano con el infante-niño Vargas Llosa.  

Se pueden leer menciones ligeras de las sirvientas y la cocinera, recuerdos de anónimas empleadas del hogar que lloran en la estación del tren al momento del retorno de la familia al Perú. Junto a ellas aparece el único personaje andino que posee rostro y nombre en su memoria: Saturnino, un indio viejo, de ojotas y chullo, a quien recuerda, todavía corriendo junto a la ventanilla y haciendo adiós al tren en marcha. La ciudad india es apenas perceptible por su lejanía y ausencia de perfiles objetivos, de magnitud y contenido similar a la imagen que diseña para Saturnino, que extiende sus brazos hacia un niño que, en el instante de la partida, parece sentir comodidad de no tomar la mano que le alcanza el sirviente indio. Tenue, insignificante contacto con la realidad india distante del Edén que fue su estrecha vida familiar en esos años. Cuando su fértil imaginación explora espacios lejanos, perfilando su europeísmo, viaja desde la casa solariega de tres patios con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, lucha junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, se arrastra por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

¿Es indistinta una infancia y niñez en Praga, Lima o Cochabamba, similar en experiencias humanas? Sin duda no; pero, lo contrario se comprueba en el escritor tras sus nueve años en la ciudad boliviana. Sus fantasías cochabambinas pudo haberlas concebido en cualquier ciudad del mundo, con las mismas consecuencias.

Son variados los artículos y ensayos donde su memoria retorna a la infancia y niñez boliviana, testimonios importantes para apreciar los meandros de sus maduras posiciones políticas e ideológicas. En su artículo El país de las mil caras, recuerda de aquellos años más que las cosas que hice y las personas que conocí, los libros que leí, evocación que nos muestra la distancia y desinterés por todo aquello ajeno a su entorno familiar y social. Como vemos, la sólida felicidad de MVLL en Cochabamba es notoria, en cambio sí es discutible que tal estado de ánimo haya sido fuente de infertilidad productiva. Sus años de residencia en Piura fueron breves; sin embargo, le proporcionaron experiencias indelebles; aquellas vivencias sí son visibles en muchas de sus novelas, tanto en referencias que edifican la trama central como en narraciones elaboradas en torno a esos recuerdos: Los jefes, La Casa verde y El héroe discreto, son ejemplos palpables.

Si se argumenta que su memoria olvida aspectos de la densa trama familiar que rodeó su vida en Cochabamba verificamos que sus recuerdos se extienden con nitidez sobre varios hechos sociales, como la vez que su madre, Odiseo y Penélope,  tuvo que sacarlo del Teatro  Achá, cuando se impresiona y llora por una cachetada surgida en medio de la trama.

De modo distinto, sus extensas remembranzas de Piura trascienden el espacio familiar y abarcan ámbito geográfico y población. Creadores que han apelado a sus experiencias de infancia y niñez son varios, como él mismo explica, La tentación de lo imposible,cuando se refiere alas fuentes creativas de Víctor Hugo, señalando que residió en España a los nueve años y que aprendió cosas sobre España y la lengua española que lo acompañaron el resto de su vida y fertilizaron de manera notable su inventiva. Recordemos otro ejemplo: Abraham Valdelomar, que nutrió su creatividad, Obras completas, con experiencias recogidas en su temprana infancia, menciona: Yo soy aldeano. Nací y me crie en la aldea, a orillas del mar, viendo mis infantiles ojos, de cerca y perennemente, la Naturaleza. […] Mis maestros de estética fueron el paisaje y el mar; mi libro de Moral fue la aldehuela de San Andrés de los Pescadores. […] Yo dejé el pueblo amado de mi corazón a los nueve años…

El crítico Ricardo Silva Santisteban señala que Valdelomar ofrece en sus cuentos espléndidos cuadros de la vida familiar, importantes no sólo por motivos psicológicos sino también  narrativos en la presentación de la vida hogareña, fusionados a la experiencia del niño que se encuentra en el momento y el espacio del paraíso que constituye su infancia, enmarcada por un paisaje marino, campesino o citadino. Por lo que vemos, a MVLL el paradisiaco Edén cochabambino lo extrae de su entorno urbano al punto que debe ser uno de los pocos seres que no es hijo de su infancia.

Introducción. Ideólogo de Occidente.

El escritor y ensayista Mario Vargas Llosa no solo es el portaestandarte del liberalismo en el Perú, sino también es el ideólogo más consistente del pensamiento conservador. Su prédica y perfiles personales sintetizan una concepción de nuestra sociedad y de su destino que posee larga data. Aspectos sustantivos de sus postulados se pueden ver en textos de Felipe Pardo y Aliaga, Bartolomé Herrera, como también en razonamientos de José de la Riva – Agüero y Víctor Andrés Belaunde. Como hemos visto, la fuente de estas ideas puede rastrearse hasta el siglo XVI en el espíritu de las primeras controversias doctrinarias sobre la naturaleza y legitimidad de la invasión y los derechos del indio.

La idea basal del escritor se asienta en una constante que define todos sus juicios posteriores: concebir a nuestra sociedad como parte inalienable de la cultura occidental y en valorar América Latina apenas como una prolongación ultramarina de Occidente. Nuestra tradición cultural, supone Mario Vargas Llosa (MVLL), carece de la autonomía cultural que sí posee China, la India o el Japón. Señala en Sueño y realidad de AL quela influencia de la cultura andina es una más dentro de la diversidad y sanciona que la unidad subterránea que integra a AL, resulta en buena parte de las fuentes occidentales que la nutren. No es una cita insular, toda su obra ensayística y narrativa esta imbricada por conceptos similares. De este discurso primordial surge la afirmación que juzga incompatibles a la modernidad con la cultura andina razón que le procura una sola alternativa para el futuro: la integración a la sociedad modélica. En el inevitable proceso los pueblos indígenas deben renunciar a su cultura, lengua, tradiciones y adoptar la cultura de sus antiguos amos.

Esta forma de entender el país ha penetrado profundamente en el imaginario de los sectores medios y populares del país donde el sustantivo componente andino de nuestra cultura es ignorado o rechazado como ascendiente que se exige ocultar. En el escritor, su desafección a este sustrato cultural ha sido quizá su constante más lograda. No obstante, su radicalidad inicial, momento de adhesión al socialismo, nunca mostró apertura o sensibilidad para comprender el rostro andino de nuestra patria y cuando lo interpreta encontramos adjetivaciones, diatribas e inclusive sarcasmo, no exentas de una cierta racialización en sus términos.

Su desarrollo ideológico es conocido con amplitud, mientras que poco o nada estudiada han sido las fuentes de esta notoria distancia que, pensamos, debía situarse en sus primeros años. Ingresar a su etapa formativa nos hizo ver que el origen de su pensamiento posee espacios comunes con la hoja de vida de numerosos peruanos por la forma en que eligen su pensamiento identitario impelidos por la presión ideológica que ejerce la sociedad que obliga a renunciar a adhesiones culturales que surgen naturales de la experiencia social para sustituirlas por identidades foráneas.

Vargas Llosa y su afiliación al tribal Occidente

El titulo muestra el nombre de un texto publicado el 2019. Aquí se exponen las primeras páginas.

PRÓLOGO

Vargas Llosa forma parte de una clase dirigente que carece de membresía. Es un solitario y activo ejemplo de intelectual orgánico sin pares; uno de los pocos con capacidad de sistematizar ideología, esbozar programas de gobierno y emitir opiniones que orientan colectividades. El escritor ha demostrado largamente su capacidad teórica para el ensayo y la divulgación de ideas; en algún momento también mostró cualidades para liderar directorios políticos y multitudes. Sin embargo, su tozuda determinación ha estado orientada hacia la creación y la literatura. Su desarrollo intelectual ha seguido la suerte que muestran numerosos pensadores a lo largo de nuestra historia: ver sus ideas llevadas a la práctica por políticos grises, mediocres y zafios, distantes de sus características personales. Alguno de ellos fue, inclusive, su enconado adversario político. No es casual esta realidad, hay una trencilla que los vertebra y los hace superar desavenencias en los métodos y las formas. Algunas ideas son solo posibles de ser impuestas bajo el yugo del autoritarismo que se ejerce desde pequeños grupos, de tribus dentro de la tribu.

La solitaria actuación del escritor se explica por la habitual incapacidad de nuestra clase dominante de erigirse en conductora, dirigente. La mayoritaria población tiene un intuitivo reconocimiento de esta realidad y les otorga a sus teóricos, desdén cuando no les niega o retacea cualidades.  La actuación pública del escritor es por eso peculiar; se le reconoce influencia y lucidez intelectual, sin lograr la simpatía de las mayorías. ¿Qué aspectos de su personalidad, lastiman tanto la sensibilidad de numerosos peruanos? Es posible resumir las razones admitiendo que el escritor porta características que colisionan con las formas de ser del peruano promedio, adoptadas como resultado de la dominación y el subdesarrollo. País de desconcertadas gentes, lo denominó alguno. Hallamos un extendido sentimiento que expresa inquina contra el novelista; incomoda su tesitura  que, es probable, les recuerde la difundida medianía, la inconstancia e incapacidad para persistir y de incorporar disciplina y tenacidad en la obtención de sueños y objetivos y les enrostra debilidad en sus juicios y la tropicalidad de sus emociones, debilidad y fracturas en sus razonamientos. El rechazo es precisamente más visible entre los sectores medios, aprisionados por las fuerzas de la aculturación, semilla de ética y moral blandengue y permisiva, valores criollos centenariamente entronizados en nuestra sociedad.  Discutir estas interioridades nos conducen a otorgarle contexto social, familiar, a su pensamiento.

Hay quienes, como Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, lo han tratado de cerca durante varios años y acompañado lo suficiente como para ceder testimonio de su personalidad. Veamos las opiniones del primero: “Había leído ya La ciudad y los perros y había hecho amistad con Mario Vargas Llosa, o sea que acudí a él en busca de algunos buenos consejos. Pero, más que consejos, lo que encontré en él, aparte de una actitud franca y generosa, fue una especie de modelo francamente acabado y perfecto, y tan sólida, tan de una sola pieza, que inspiraba una cierta reverencia, un gran respeto, pero también un cierto temor. A Mario, no sé, como que no había manera de tomarlo con eclecticismo. Era de una sola pieza y se bastaba a sí mismo y, con toda su simpatía y cordialidad a cuestas, era ejemplar. Y su ejemplo seguía a pie puntillas o se convertía uno en un muy mal ejemplo. Mario era un militante de todo lo que hacía y todo lo hacía con la mayor disciplina. Páginas más adelante, completa la semblanza señalando: Vargas Llosa almorzaba ejemplarmente ligero para dejarles espacio a los demonios del escritor, hasta que estos literalmente lo dominaban, se apoderaban de él, se lo devoraban y lo convertía en un buitre que se alimentaba de carroña hasta transformarse en un deicida con digestiones literarias en forma de magma. Inabordable con eclecticismo dice el amigo, realidad que colisiona con el temperamento nacional, siempre dispuesto a transigir usando el conciliador y conveniente acomodo.  

Las confidencias de Ribeyro contienen similar tono. En carta a su editor alemán Luchting, señala: “Mario es un tipo hors de pair [incomparable]. Me anonada su seguridad, su diligencia, su ecuanimidad, su forma práctica, realista, casi mecánica de vivir. Es un hombre que sabe resolver sus problemas. Los zanja con lucidez y sangre fría. Y lo que es más grave es que todos ignoramos todo de él. Él se da a conocer solo por sus actos. Los preparativos de sus actos o las razones que los determinan no se traslucen. Jamás hace una confidencia. Nunca se le ve desalentado por algo, por alguien. No vacila, elige siempre lo infalible. En su vida no hay “tiempos muertos”, los que tú o yo o tantos perdemos a veces sentados en un café, pensando en cosas sin importancia. Lo que él concibe lo realiza. Entre una y otra cosa no se interpone esa fase de incertidumbre, de desconfianza, de pereza, que a muchos a veces neutraliza y ahoga nuestros mejores propósitos. Tal vez por eso dé una impresión de “inhumanidad”. Tal vez por eso tenga muchos admiradores, pero poquísimos amigos. Tal vez esa sea la condición innata del auténtico creador: la del hombre que está por encima de nuestros pequeños sentimientos y nos sobrevuela, instalado en su propio Olimpo.

Las semblanzas explican la concentración y el compromiso que lo han acompañado en la realización de sus metas. Los pocos amigos que ha hecho en su vida es la consecuencia natural de tales propósitos. No es sencillo compartir experiencias con alguien tan drástico para opinar como intransigente para mantener posiciones intelectuales y políticas, y que elige sus adversarios, cuando no enemigos, con razonada pulcritud y eficacia. Sus detractores personales son, seguramente, propietarios de una distinta opción de vida. Muchos de ellos, no obstante, admiran su pensamiento y lo siguen en sus orientaciones ideológicas. Me pregunto, si el espacio criollo no le ha proporcionado tal tesitura, entonces ¿cuál es su procedencia? Provoca pensar que mucho de su contextura proviene del espacio cultural que ha formado a personalidades andinas por largos milenios. ¿Es inexacto que el módulo de su configuración personal se halla en los ascéticos andes Cochabambinos y no es ubicable en la sensual molicie piurana? Su hieratismo ¿acaso no es quechua o aymara? ¿Cuánto le adeuda su ánimo y tenacidad a la iracunda y andina personalidad de Ernesto Vargas Maldonado?

Vargas Llosa es un personaje hechura de sí mismo. No soslayo que la novelesca biografía del Nobel está vedada para una gran mayoría de peruanos. No obstante, luchó contra el parecer del padre para convertirse en novelista mientras el anodino apoyo de su madre no fue, al parecer, impulso decisivo. Sabemos lo difícil que es sobreponerse a la oposición o indiferencia que expresan los progenitores cuando se elige un camino de vida distante de los moldes familiares establecidos. Su nulo titubeo para desligarse del país y construir sus metas es una elección que puede parecer grata cuando se desconoce los estragos que produce el desarraigo. También bregó contra sus intermedias capacidades para la creación novelesca. Reconoce que su contienda por gestar historias e hilvanar palabras, le exigieron desarrollar una formidable disciplina. Lo ha conseguido transitando un cotidiano e invariable itinerario, que le dotó de medios para esbozar ideas, corregir y volver a corregir, hasta alcanzar la maestría.

El reconocimiento que suscita su biografía personal, no disminuye nuestro profundo desacuerdo y oposición a sus planteamientos ideológicos, sociales y políticos para nuestro país. Recojo temas que yacen en el primer nivel de sus exposiciones: alegar nuestra irrevocable pertenencia a la civilización occidental y cristiana y a la mitificada fundamentación que la señala como insustituible referente universal. Su afirmación que la modernidad es incompatible con nuestras arcaicas raíces culturales y que el único camino que nos resta es la universal aculturación; admitir que la vía correcta es el camino trazado por los antiguos amos. Son falacias que deben ser desmentidas sin reparos. El desarrollo social no es lineal ni confluye en una sola moderna civilización como tampoco el  pensamiento que denomina arcaico es etapa primitiva del raciocinio sino un camino distinto y distante al de la racionalidad occidental; no es una etapa anterior, como si lo fue el pensamiento arcaico o mítico griego para las razones instrumentales. Es la explicación de la improductividad de nuestro mestizaje, yace en la imposibilidad de hibridar el maíz y el trigo. Nuestra filosofía es autónoma, dueña de su propia modernidad, y recuperará su pleno desarrollo en algún momento de nuestra historia. Edificar una narración distinta y alternativa, que sustituya la novela imperante es tarea que parece imposible si se soslaya las fuerzas emergentes y la declinación que sufre Occidente y las pruebas de la historia que nos lleva a analizar civilizaciones extintas. La inocultable incapacidad de los principios filosóficos, morales, éticos de ese continente y sus contenidos, para integrarnos como nación y conducirnos al desarrollo, son manifiestas. Las evidentes realizaciones que obtuvo en sus naturales espacios de origen, no han podido replicarse en nuestra realidad. Son otras, ahora, las exigencias que nos demandan recuperar nuestro destino.

Las ideas que el escritor divulga no son nuevas. Nos llega con la potencia que los siglos de desarrollo teórico han conseguido. Con variaciones y avances y retrocesos, es el fundamento basal sobre el que se sostiene la estructura ideológica, social, económica y política del país. La magnitud de los conceptos que promueve son de tal dimensión y fuerza de convencimiento que habitan ocultos a los ojos de la mayoría. Subrayamos uno: nuestra pertenencia a la civilización occidental y cristiana. Dogma inamovible desde su violenta implantación nos ha hecho satélites de dominios exóticos y privado de un camino autónomo en filosofía, ciencia, artes, tecnología, pilares de los incrementos productivos y sociales. En suma, no ha logrado diseñar ni llevar a la práctica ninguna forma de comunidad imaginada ¿Cuánto de las ideas contenidas en los textos republicanos, o anteriores, y que Vargas Llosa reactualiza, han instalado a este país en la senda del desarrollo y la integración? Formulo la pregunta de otra manera, ¿qué ideas cimentan la estructura que sostiene nuestro país?, ¿cuáles fundamentos han custodiado nuestras fronteras y evitado invasiones indeseadas y derrotas bélicas humillantes?, ¿el racismo y la segregación, el universo que gira en torno a estas ideas, con qué breviario se ha impugnado?  ¿El plebiscito cotidiano que es una nación, acaso no son diarias confrontaciones y desacuerdos que nos han llevado con regular frecuencia a conflictos armados? Ningún conjunto de ideas propias nos gobierna, ninguna superior idea de sociedad nos conduce; el pensamiento orientador más exitoso: imaginarnos país milenario y mestizo ha sido desplazado por país de ineludible destino culinario.  

En este espacio de tierra yerma, el pensamiento que adoptó Vargas Llosa en sus periplos extranjeros y que difunde con decisión, aparece y se aprecia y destaca con claridad inocultable. Las ideas de una sociedad libre, sin restricciones estatales, partidaria de establecer patrones culturales y estéticos desde las alturas de la colonizada y culta educación, enemigo de cualquier forma de nacionalismo que cuestione la dominación, hegemonizante desde lo civilizatorio y cultural, adverso a la planificación, aparece innovador  cuando se le observa desde la ignorancia de la historia de las ideas en el Perú. Su oposición a la tribu, encubre, flagrante, que su voz emerge de una de las organizaciones tribales más extensas de la historia mundo y que su seminal oposición a todo cuanto aparece alterno, diferente, es combatido con el mismo y tribal y libertario aparato conceptual que emana de la esencia misma de sus intolerantes conceptos civilizatorios. Nadie, según el escritor, puede detentar la capacidad de organizar   tribus alternativas y legítimamente constituidas, como son los innumerables grupos tribales que, ahora, alrededor del mundo, contravienen el orden civilizatorio y cultural dominante. Allí se encuentra, qué duda cabe, nuestra arcaica tribu andina que posee territorio y procrea una Nación y carece de Estado.

De esta concepción parte su rechazo a todo lo popular, nativo y, por añadidura, a todos los líderes y organismos sociales, dirigentes del eterno descontento de pueblos, incansables luchadores de causas civilizatorias y culturales distintas. No simplificamos cuando decimos que en este prolongado itinerario hay desde hace siglos dos visiones incompatibles: una emana de los retoños de los antiguos encomenderos y la otra posee visión nacional, andina y popular. No es anacrónico y arcaico remitirse a la historia remota para entender nuestro rostro verdadero; de esos tiempos proviene lo sustantivo de nuestra realidad. En algún momento lo andino no será solamente la culinaria exportable ni solo el atuendo presidencial para citas internacionales, sino el sustrato de todo nuestro quehacer nacional. No es posible desarrollo ignorando lo que somos. Y no se trata, fundamentalmente, de modos de producción ni de formaciones económicas, dicotomía que es necesario superar; sino de la supremacía de una natural y genuina forma de entender el país y dirigir su destino.

Se invita a leer el texto reconociendo los ríos profundos que lo alimentan. Es el modo en que se analiza aquí un aspecto descuidado de la biografía y de la edificación intelectual del escritor. Escudriña en los intersticios de su vida familiar para entender sus posturas políticas, al mismo tiempo que nos ayuda a explicar las posturas políticas de los peruanos. Entrelazar cultura y clases sociales, nos permite examinar de mejor manera los pliegues que componen nuestras historias personales y familiares. Resulta sorprendente observar cuántos de los pensadores nacionales están atravesados de oscuridades en sus orígenes o han vivido disputas personales acerca de su identidad. Vargas Llosa no es la excepción. Observaremos en estas páginas que su filiación criolla es un constructo deliberadamente edificado desde las cenizas de una temprana y desechada identidad andina. Despojarse de sus años en Cochabamba ha sido un proceso corto e intenso de su biografía, acelerado por la intensa y conflictiva relación con el padre. Su caso carecería de importancia, sumido entre miles de historias semejantes, sino fuera por la influencia que aún conservan  sus ideas en nuestra colonizada sociedad y también, lo más importante, porque su biografía es una clara muestra del modo en que se procesa el  abandono de una tribu para enrolarse en otra, distinta.

El tema mujer


Sólo con el propósito didáctico y explicativo se utiliza la denominación Tema mujer para referirnos a una realidad que está inmersa en otra más amplia, que comprende el sistema imperante y que lo encierra en un constreñido espacio  aislado de toda la estructura que, el capitalismo colonial, ha instalado en nuestro territorio hace más de cuatro siglos. Objetamos esta visión por cuanto es en el contexto hasta aquí desarrollado donde debe insertarse esta temática de singular importancia en el esquema de  emancipación que debemos  remontar.

Consideramos que no se resolverá en toda su dimensión mientras sea situado en el territorio de ideas foráneas. La situación de la mujer está inserta en el resurgimiento de lo ancestral y, también, flanqueado por la confrontación este-oeste; norte-sur y hombre-mujer.

Subrayamos que será resuelto en el retorno a lo ancestral, vía una nueva civilización. Sin embargo, es necesario exponer algunos puntos de vista de contemporánea vigencia sobre esta realidad. 
La visión femenina que impera es la que proviene de la cultura dominante que sostuvo la legitimidad de la esclavitud. Recordar esta relación no es innecesaria porque, de ese formato social, surge la idea de la existencia de formas diferenciadas de humanidad plasmadas en la concepción de la relación mujer-hombre. 

Este pensamiento se sustenta en el temprano desarrollo de la dialéctica en Grecia, reinterpretado y usado después por el materialismo dialéctico. Es doctrina que necesita de la existencia de dos sujetos en pugna permanente, de dos entidades que luchan por la primacía y la supervivencia. Ubicar a la mujer y al hombre en el espacio de tesis-antítesis-síntesis es el resultado de proyectar a este segmento de las relaciones sociales los principios dialécticos como también las leyes de la lógica aristotélica: principio de identidad, de no contradicción y de tercero excluido. Tomemos como ejemplo el primero, que señala: “A es A, no A es no A”. Si usamos este principio a la relación mujer-hombre, induce a la asunción de representaciones específicas y diferenciadas de ambos seres.

Es decir, se construyen roles que se consideran propios de la mujer e impropios para quien no lo es. En el espacio andino, decir: “mujer es mujer, hombre es no mujer”, no armoniza con las experiencias de desarrollo social que han sido por milenios formas de convivencia en que dos seres se complementan de variadas formas sin que signifique la anulación de la condición biológica de cada uno. Así como Túpac Amaru podía ser Cóndor, o Túpac, o Amaru, así el rol de la mujer y el hombre tiene incontables representaciones y significados. Ninguno de ellos lo podía conducir al estrato de no mujer, no hombre.

Subrayamos la antigüedad que posee el pensamiento que sustenta la relación hombre-mujer como la confrontación dialéctica de la tesis y la antítesis. Es una visión que apareja violencia y sometimiento, porque la ley afirma que uno de los contrarios vence y somete al otro, cuando no lo desaparece. Esta supremacía del uno sobre otro se ha fortalecido con la influencia de otros elementos culturales potenciados por los credos religiosos. Los dogmas de las religiones abrahámicas, por ejemplo, no consideran la idea de un Dios femenino.  

El capitalismo tardío ha limitado los derechos de la mujer asignándole roles reproductivos y sexuales, cosificando su vida en roles intransferibles y convirtiéndola en un objeto de exhibición y de placer. En este ámbito las mujeres han desarrollado procesos de independencia y autonomía, pero los han conducido a reproducir con la pareja las mismas prácticas de discriminación y sometimiento sufridas por ellas.

La idea indígena es distinta. No parte de la resolución de un problema dialéctico sino de un antagonismo que encamina su solución en la búsqueda de realidades complementarias. Es un principio que imita a la naturaleza y facilita un espacio de entendimiento para dos o más elementos que contienen oposiciones entre ellos. La naturaleza resuelve en sus espacios y tiempos permanentes situaciones antagónicas; la cultura andina supo recrear escenarios similares para resolver situaciones sociales antagónicas que poseen particularidades sociales opuestas, pero factibles de ser resueltas activando las características de complementariedad que conservan. 

Hay cuatro elementos en este proceso de entendimiento: 

— Reconocimiento de los antagonismos.
— Voluntad de hallar coincidencias entre ellos.
— Respeto a las diferencias fundamentales e innegociables. 
— Acuerdos y formalización de prácticas de cooperación.

El proceso de búsqueda de complementariedades es distinto al dialéctico. Mujer y hombre no son dos elementos en contradicción destinados a fenecer para generar una síntesis de ambos, cuando no la desaparición de uno de ellos, sino partes de un todo que debe ser tratado como unidad dual y en disposición de superar sus antagonismos y arribar a una realidad nueva, completa e  integral que encuentra su lugar entre otros procesos semejantes para dinamizar la vida y conseguir el equilibrio y la armonía del todo.  

El equilibrio que se busca no está circunscrito ni acaba en el entorno mujer-hombre, sino que es parte de una armonía mayor que involucra a todos los componentes de la naturaleza y compromete el funcionamiento del cosmos. Si lo comparamos con el feminismo europeo, no se puede analizar la pugna hombre-mujer ignorando la lucha de clases, las diferencias  interétnicas, los conflictos culturales, el hambre y la miseria y la explotación sexual que sufren las mujeres, en especial. 

El proceso de búsqueda y hallazgo de complementariedades puede resultar corto como prolongado en el tiempo, pero siempre útil, por cuanto aún los antagonismos más pronunciados tienen conformaciones que necesitan complementariedades. Las coincidencias tienen distintas gradaciones, las habrá en niveles altos como bajos, pero nunca dos entidades sociales carecen de capacidad de entendimiento. Hay factores colaterales que facilitan el entendimiento como el medio social, económico o geográfico que pueden acelerar o retrasar el proceso.

El espacio de entendimiento crea un lugar, un territorio o escenario, en donde se manifiesta y se concreta la complementariedad: es el espacio tinkuy, que puede también ser entendido como momento, lugar, en el que dos entidades encuentran aspectos que los complementan. Se trata del encuentro de dos voluntades dispuestas a entenderse, a complementarse. 
La complementariedad no es el único principio que hace posible que dos elementos, en este caso mujer-hombre, promuevan realidades complementarias. Factores adicionales colaboran en la evolución  primaria y básica de hallar coincidencias. Nos referimos a correspondencia, paridad, reciprocidad; relacionalidad; afectividad; sacralidad y espiritualidad;  comunitarismo e inclusividad. 

La paridad mujer-hombre tiene características particulares porque la pareja no puede ser sustituida por otra equivalente para desarrollar las funciones que la naturaleza les ha proporcionado para la prolongación de la especie humana. Otras paridades humanas son posibles, pero ninguna tiene la capacidad de compartir atributos reproductivos. Veamos solo algunos ejemplos de elementos que conservan diferentes escalas de paridad y mantienen niveles altos de complementariedad: día-noche; música e instrumentos; anillo y dedo; pintura y pincel; alegría y pena. 

La paridad mujer-hombre no asegura un entendimiento natural, es necesario cultivar formas de comprensión que conduzcan a los actores antagónicos a un encuentro, a un tinkuy, que nunca es estático, sino lugar donde se activa una complementariedad dinámica, en continuo cambio y transposiciones.   

La reciprocidad en la relación hombre-mujer exige de uno y otro la entrega de dones, de actos, objetos, actitudes, que correspondan a las acciones que se reciben. En el universo andino todo acto o acción social  provoca réplicas semejantes que equiparan la acción original y satisfacen la necesidad de las personas de manifestarse iguales en el espacio y en el tiempo. No se considera atinado ni adecuado que el acto recíproco entre dos entidades tengan desigualdades en valor y contenidos. El acto recíproco tiene que poseer la misma importancia en forma y significado que el primigenio que dio origen a la necesidad de reciprocarlo. 

La armonía entre el hombre y la mujer entonces emerge de la búsqueda de complementariedades entre dos seres que son pares naturales y están siempre atentos a efectuar acciones recíprocas entre ellos.   

La relacionalidad nos indica que nada deja de estar vinculado a un todo. Toda acción remota repercute en el conjunto de los miembros de la comunidad. El universo está relacionado a través de sus partes; el hombre y la mujer contribuyen de manera imprescindible a conseguir armonía en la casa del universo. Son dos entidades que no se pueden sustraer a la cadena espiralada donde concurren todos los seres sin limitaciones que se derivan de separar los estados del tiempo. La relacionalidad abarca  pasado, presente y futuro, vistos con la mirada andina, es decir, sin fronteras que los separen, mezclándolos y sin establecer puntos de inicio y fin de los verbos del tiempo. 

El trato afectivo es una práctica que proviene de considerar a todos los seres de la naturaleza poseedores de contextura sacra. Esta actitud incluye a la materia considerada inerte. Todos somos expresión de distintas formas de humanidad. Partimos de ese básico reconocimiento para entender que el trato con las formas humanas reconoce en el otro una expresión espiritual. Las mismas consideraciones que tenemos por las plantas, animales, materia, las tenemos también con la pareja. No se le depara un trato especial sino que es parte de la infinita relacionalidad del cosmos. La afectividad hombre- mujer entonces fluye natural porque la consideración sacra que se le atribuye a la pareja se incrementa en intensidad porque se produce dentro de un vínculo singular de amor y complementariedad. 

El comunitarismo e inclusividad generan condiciones más favorables para una relación armónica entre la mujer y el hombre. La comunidad promueve la inclusividad, impulsa un control social que está ausente en las relaciones dentro del capitalismo. La comuna observa, pone límites, sanciona, impulsa la reactivación del tinkuy cuando disminuyen los factores que lo apuntalan. 

La pareja en comunidad, en discrepancia con quienes estiman que la colectividad anula personalidades o disminuye las capacidades humanas, goza de las libertades que no poseen las parejas del espacio donde el individualismo es la norma. Potencia sus capacidades productivas porque recibe la ayuda de la comunidad en el cuidado de los hijos, incrementa, por lo tanto, la capacidad de la comunidad de aumentar sus bienes. La inclusividad es el resultado natural de no hallar diferencias entre los componentes de la comunidad, por tanto es natural la aceptación del distinto o la distinta, del foráneo, de todo aquel que luzca particularidades que no son comunes al total de la colectividad. 

La ineludible confrontación ideológica y cultural.

Aspectos generales


Las confrontaciones ideológicas nunca han estado ausentes en el mundo. Se han desarrollado entre fronteras menos amplias, es cierto, pero han movilizado sociedades con un protagonismo muy alto de las élites dirigenciales. Cuando el rey persa Darío I pretendió invadir Grecia hace dos mil quinientos años, llevaba consigo una manera distinta de entender el mundo y tenía también el propósito de imponer un modelo de sociedad distinto. Ocurrió de nuevo en los años setecientos de nuestra era, cuando los árabes integrados tras la fe musulmana invadieron la península ibérica y generaron honda repercusión en el desarrollo de Europa influyendo también en la invasión y colonización de nuestro continente Pachamama. Al desarrollarse esta brutal experiencia ocurrió el cotejo de dos antagónicos proyectos sociales. Esta contienda no se dirimió entre fuerzas civilizadas y primitivas, sino que conjugó la oposición de dos formas de organización social: una, centrada en la comunidad, de vida colectiva y comunión con la naturaleza, y la otra, edificada sobre el individuo, monocultural, depredadora de la naturaleza y carente de capacidad inclusiva. Es tan clara esta confrontación que, al interior de las fuerzas invasoras, se dieron también diferencias ideológicas acerca de la caracterización de nuestros antepasados y, sobre el modo de actuar dentro de la dominación. 
La expansión de las culturas hegemónicas en nuestro continente también enfrentó luchas culturales, porque no es otro el sentido, por ejemplo, del encuentro entre los quechuas cusqueños y los mapuches sureños o las contiendas en el norte con las culturas del ahora territorio ecuatoriano. Distinguimos en este escenario diferentes objetivos e intensidades en los cotejos culturales que no ofrecían diferencias civilizatorias que pretendieron la erradicación de pueblos, sino las complementariedades sociales y la integración en un proyecto panandino de bases compartidas. 
El territorio de mayores confrontaciones fue el que alberga a Europa occidental y oriental, por sus diferencias en sus formatos sociales. Puede tratarse de una gruesa diferenciación, pero irrefutable por los elementos y realidades que lo explican. En nuestra época es necesario distinguir particularidades en este escenario, porque no son de igual contenido las diferencias ruso-europeas que las chino-occidentales.  En épocas muy posteriores surgen las diferenciaciones Norte-Sur más orientadas a discutir y mostrar diferenciaciones económicas y materiales, antes que ideológicas.
En esta continua serie de confrontaciones, la doctrina comunista o socialista inaugura un periodo inédito porque desplazó la necesidad de defender o invadir territorios y trasladó el conflicto a los espacios nacionales. Esta vez, la dialéctica contienda ideológica se desarrolló en el interior de los territorios. Sabemos los resultados, la práctica desaparición de la disputa ideológica por la derrota de la doctrina comunista como fuerza oponente al capitalismo, ha extinguido la más importante confrontación de ideas sociales desarrollada en el mundo en el último siglo. Observar esta pugna como expresión de diferencias culturales no es un campo del análisis muy concurrido porque descuida entender la decisión de vivir en comunismo o capitalismo como una elección profundamente cultural. Si esta disyuntiva no lo es, entonces ¿cuál sí?
El cese de la confrontación comunismo-capitalismo ha abierto el escenario mundial para el surgimiento de enfrentamientos ideológicos multiformes. Desatender las razones surgidas de los textos y de la doctrina teórica surgida de la economía ha volcado la mirada de las colectividades hacia sus culturas y religiones. El período ha coincidido con el impresionante desarrollo de las comunicaciones que ha acercado a los pueblos de manera inédita y permitido mirar el nivel de desigualdades en el mundo, ver y escuchar a las colectividades que antes permanecían sin voz ni representación política. El conocimiento que han obtenido las sociedades sometidas ha servido para entender las profundas diferencias culturales que las naciones mantienen no obstante los siglos de dominio a las que han estado sometidas. 

El momento señala el desarrollo planetario de una lucha cultural-ideológica sin precedentes; como no se ha dado antes del fin de la utopía marxista y de la universalización de las comunicaciones.
Las sociedades dominantes y sus líderes creyeron que la estrecha relación económica que los pueblos habían alcanzado serviría para acelerar el proceso de homogeneización de las sociedades, en marcha desde el siglo XV. Pensaron que caminábamos con soltura hacia una hegemonía más profunda de las colectividades dominantes y  una generalización de la sociedad de consumo. El marxismo, con otros contenidos también apuntaba a un objetivo similar. Pero no fue así. La realidad ha sido distinta. Es en estas circunstancias que, las diferenciadas poblaciones han aprendido que, tras siglos de segmentadas confrontaciones culturales e ideológicas, la defensa de sus culturas es el escenario nodal de su vigencia y permanencia y evolución. 
Esta realidad se puede observar en los muchos escenarios de conflicto cultural, también en la manera cómo se confrontan las religiones, y se hace la defensa de las particularidades culturales; la manera en que las sociedades reciben a los migrantes; las teorizaciones en pugna; todas son muestras sencillas y palpables de estar ante un escenario con inéditos elementos.  
Se han abierto espacios de desarrollo cultural-ideológico en pequeños territorios geográficos, que obedecen al reconocimiento de estas colectividades como entidades culturales únicas y autónomas. Los planteamientos teóricos que desarrollan para explicar sus especificidades sociales emergen de la cultura. Son confrontaciones que trascienden el conflicto Este-Oeste, Sur-Norte, y que abarcan a colectividades que ocupan el mismo territorio, como se ve en el enfrentamiento de palestinos y judíos; entre catalanes y españoles; a los Uigures y la mayoría Han; Azerbaiyán y Armenia; Yemen, y otros. La lista es muy numerosa y los medios de comunicación no exhiben estas diferencias presentando el conflicto como la lucha eterna entre civilización y barbarie.  
Pero no olvidemos que, junto al proceso de victorias sucesivas sobre los proyectos socialistas como oponente ideológico, se ha ido configurando un pensamiento capitalista más radical y extremo que tiene varias facetas: económica, social, política, militar. Uno de sus propósitos es destruir toda forma de pensamiento contestatario al sistema, reprimir la organización del pueblo rebelde a las injusticias de una formación social que se ha creado sobre la necesidad de las diferencias extremas. El capitalismo tardío en el que se inserta este proyecto se ha dado cuenta de la necesidad de aniquilar todo rescoldo reivindicativo en las sociedades. En este poder contemporáneo en proceso de hacer hegemónicos sus objetivos, no hallamos los espacios democráticos permitidos en el periodo previo. No, aquí se alza una internacional reaccionaria y violenta, con países centrales y periféricos, que no repara en sembrar de muertos y desaparecidos cualquier espacio que desafíe sus fuerzas. Hay experiencias precedentes que se están usando como modelos a repetir y mejorar. Hablamos del fascismo totalitario y sangriento que empezó a gestarse después de la Revolución de octubre y que ha asumido diversos formatos desde entonces.   

Enfrentar estas amenazantes acciones requiere lucidez para diagnosticarla con detalle y doctrina y organización política para detenerla. Es imprescindible la acción coordinada de todas las fuerzas sociales comprometidas con la defensa de territorios y logros conquistados. Las fuerzas que nos constituimos en torno a la recreación del pensamiento antiguo y de sus formas comunales de organización tenemos una tarea enorme. Nos es favorable estar edificando un pensamiento que oriente estas luchas junto a las fuerzas nunca derrotadas ni extintas, con formatos sociales que están allí, intactos para entablar una lucha nueva y sin precedentes que tiene como norte ineludible la derrota total del inhumano capitalismo. 


Territorio andino

En el territorio andino: Ecuador, Perú y Bolivia, las diferencias culturales se hacen verbo y acción, también palabra escrita.Reconocemos otros espacios de confrontación en nuestro continente, pero nos detenemos en el territorio andino porque es el nuestro y porque aquí es donde se están reactivando antiguas formas de pensamiento que se han conservado vivas a través de los siglos de dominio y marginación. Surgieron a partir de la recuperación y fortalecimiento de ceremonias sacras, de diferentes formas de recreación, de música antigua, de vestimenta, de efemérides, abarcando luego otros ámbitos más integrales que incluyen la redención de la memoria social y política, el rescate de topónimos, apellidos, lengua, hábitos y costumbres.

La confrontación muestra las diferencias entre quienes se sitúan dentro de la naturaleza y de otros que, se sitúan fuera de ella y  desean usarla desde pensamientos exóticos. Para muchos resulta incomprensible que se pueda explicar nuestra realidad con los elementos que proporciona nuestro entorno físico. Les resulta intolerable que se piense nuestra Pacha prescindiendo de toda influencia teórica externa. En base a las diferencias con otras colectividades políticas hallamos la distinta manera de interpretar lo que somos. 

Pensamos desde nuestro lugar, nuestro territorio, o continuamos usando formas exóticas e inadecuadas de observar nuestra realidad. Pienso desde mi Pacha para mi Pacha. Desde mi espacio-tiempo. El lugar de enunciación no está confinado por nuestros deseos. Es la propia naturaleza la que expresa la necesidad de interpretarla desde sus necesidades; la población que se ha mimetizado con esa naturaleza es la que desarrolla antagonismos sociales y económicos con las fuerzas colonizadas. Es también la que dicta la cultura, punto de origen del que se parte para enfrentar las diferencias sociales y económicas. Un valle es distinto a otro en nuestro territorio, una cuenca hidrográfica es diferente a otra, ningún río de nuestra Amazonía es similar a otro; los arenales costeños, no obstante parecer semejantes, tienen particularidades propias para un observador atento. Ningún pensamiento totalizador puede servirnos para orientar nuestras vidas y destinos, debemos  pensar cada espacio y tiempo de manera particular. Por eso es que los Apus locales gobiernan espacios pequeños, reducidos; los Apus regionales cumplen un papel más bien sacro, panandino. Todo espacio diferenciado geográficamente necesita, exige una interpretación distinta para lograr la más alta complementariedad con sus ocupantes. 

Es esta una realidad que no se inventa ahora, es la milenaria tradición ancestral la que enseña el camino. No es casualidad que florecieran aquí mil lenguas y mil sociedades distintas. Solo el  fatuo propósito uniformizador occidental ha querido  mestizar lo que es vida particular, savia específica. 

La necesidad de un pensamiento autónomo nos lleva al careo entre las milenarias fuerzas que se han conservado en la resistencia y ahora resurgen de sus espacios de protección y los  herederos de la invasión. Es el comparendo entre nuestra naturaleza pluricultural, plurilingüe, plurinacional y la única lengua del opresor, el único Estado de la dominación. 
Somos parte de la centenaria resistencia y lucha de quienes defendemos el derecho de recrear y crear formas de vida que recojan milenios de experiencia social que fueron consideradas obsoletas e incivilizadas, por los dominadores.
Si la resistencia no deviene en formas de lucha política, cultural e ideológica entonces todo el proceso de emancipación nacerá muerto, será nada. Ahora, hay un desplazamiento todavía larvario de estas formas culturales hacia objetivos políticos. Se está haciendo esta marcha, pero en muchas comunidades se observa la ausencia de voluntad política en sus componentes, notorio en sus espacios de liderazgo que aún siguen considerando a nuestro pasado como objeto de estudio.
Lo subrayo, no se trata de pretender crear forma de actuación política de alcances universales, como lo han hecho las religiones y las culturas dominantes o la doctrina que creyó en la internacionalización de un solo pensamiento y acción. La solidaridad entre pueblos hermanos alrededor del continente y  el mundo es una necesidad impostergable, para establecer políticas compartidas donde sea posible y necesario, sin pretender exportar prácticas y pensamientos; compartir experiencias, ayudarnos en nuestros procesos de emancipación. La eficacia de estos procesos será posible siempre que esté orientada a resolver los procesos de liberación en nuestros territorios. Otros pueblos compartirán nuestra experiencia, repetirán algunos procedimientos, pero cada uno tiene una Pacha distinta. 
Las páginas de Willakuy en sus siete ediciones son una demostración de este propósito: de hablar y de actuar desde el espacio andino. Desde este espacio-tiempo pensamos, comunicamos y actuamos.

Consideramos por ello que, los componentes de esta acción deben transitar los pasos siguientes:  
— Reconocimiento de diferenciaciones culturales. 
— Avance en el registro de la identidad cultural en sí hasta alcanzar el estadio cultural para uno, para sí.  
— Búsqueda de comunidades afines.
— Desarrollo de pensamiento, sabiduría filosófica y teoría política
— Avisoramiento de formas avanzadas de organización social.
— Activación  dentro de las colectividades sociales organizadas.  
— Participación en la formación de organizaciones políticas. 
— Formulación de objetivos políticos claros y de largo plazo.
— Trabajo en la construcción del poder y de la hegemonía social.

Diferenciaciones andinas

En estas tareas distinguimos fuerzas diferenciadas  dentro del extenso espacio de enunciación nuestro. Para apreciarlas contamos con  el pensamiento y la acción de referentes políticos y culturales que han alumbrado y alumbran el camino de nuestra liberación desde hace siglos. Tomo el nombre y la tesitura de cinco irremplazables personajes de nuestra antigua cultura. Señalo que no son distinciones que definen un estrato en posición superior a otro; todos ellos son parte de un mismo proceso, todos están orientados a un mismo propósito; todos son  útiles y necesarios:  
Están los Garcilasistas que son tributarios de las ideas y acción del distinguido quechua cusqueño. Rescatan los valores ancestrales, pero no aceptan sus principios ni valores como sustitutos de las fuerzas colonizadoras y hegemónicas que nos dominan. Se identifican con nuestro pasado, lo aprecian y lo encumbran, pero eligen el pensamiento colonizador para pensar el futuro. Son útiles y funcionales a las fuerzas dominantes; muchas veces devienen en sus instrumentos de dominación. En este grupose hallan los que aún consideran a nuestro pasado como exclusivo  objeto de estudio.

Tienen presencia los Guamanpomas, que se orientan por los criterios desarrollados por el enorme indigena lucana-yaruwillka  Guaman Poma de Ayala. Impulsan escenarios de aguda confrontación con el poder dominante, en algunos aspectos son radicales en el empeño. Pueden llegar a plantear la separación territorial de las culturas en pugna, pero cuando piensan en la orientación para nuestra cultura, razonan regulados y dominados por el pensamiento occidental, por la religión extranjera, por sus sectas. Albergan antagonismos entre lo que son y quieren ser. Fuera de la historia y de la época argumentan en contra del inexistente imperialismo quechua y consideran posibles separaciones de una unidad que no puede desintegrarse. Reconocen la riqueza cultural antigua pero titubean cuando se trata de considerarla modelo para la sociedad del futuro. 

Actúan los Santacrucistas que recogen del gran quechua-collagua su apego a los rituales, a la reivindicación de ceremonias sagradas y, centran su accionar en recuperar espacios sociales que les permitan la ritualidad que ha sobrevivido separada de su contexto político. Cuando se trata de actuar políticamente, eligen las organizaciones de la dominación. Con frecuencia, son opuestos a acciones políticas porque consideran que la sacralidad ancestral está reñida con la política. Desconocen que el ritual sacro era la calcina de lo político y que la espiritualidad antigua era la columna vertebral del desarrollo político y social. Al carecer de una visión política sobre el futuro nuestro, optan por seguir las orientaciones de las fuerzas dominantes. En muchas ocasiones actúan como operadores eficaces de las mismas.  

Los tupamaristas, actúan siguiendo solamente las acciones de nuestro más distinguido rebelde quechua. Privilegian la acción concreta, sin lineamientos teóricos o ideológicos. Sus prácticas muchas veces se pierden en activismos ineficaces para la construcción del poder andino.  No participan de organizaciones comunales ni promueven su desarrollo y se pierden en un individualismo intrascendente. 


Los churatianos, inmersos en el gran espacio tributario del marxismo, lugar desde el que desean establecer puentes con el pensamiento indígenas. Como lo pretendió hacer el gran pensador Gamaniel Churata. Tienen como mirador esencial el materialismo dialéctico, preferentemente en su versión  mariateguista, y desde ese lugar quieren otorgarle racionalidad al pensamiento ancestral. Su deseo es subordinarlo a sus planteamientos, hallar la manera de hacerlo civilizado. En el intento lo que consiguen es anularlo, subordinarlo a sus intereses ideológicos. Muchos de los teóricos, y prácticos también, de esta corriente son hijos de nuestra cultura, formados por la leche materna ancestral, pero insisten en lograr una armonía imposible y también son reacios y reacias a abandonar antiguos y obsoletos credos por el prurito de no ser considerado incivilizado.

Los arguedianos, estamos influidos por el pensamiento de este singular  personaje indígena proveniente de la cultura quechua-chanka. Lo consideramos héroe de la resistencia indigena y absolutamente alejado de la pretensión de otros que lo consideran inofensivo héroe cultural. Desarrollamos un claro deslinde entre la sociedad cercada y los cercadores y propugnamos un nítido camino político de nuestras  acciones. Rescatamos las tradiciones, el lenguaje antiguo, las formas comunales de vida social, el respeto a la naturaleza y el pensamiento mítico como orientador de acciones prácticas. También reconocemos nuestro pensamiento inclusivo. No somos aculturados, por ello defendemos la edificación de una nueva civilización, asentada en la nuestra, precedente. No creemos que esta civilización individualista pueda ser corregida con refundaciones, parches y un mejor seguro social. 
Defendemos un camino autónomo de desarrollo político, asentado en nuestras tradiciones y deslindando con todas las fuerzas en pugna que son extrañas a nuestros propósitos. 
Reconocemos la necesidad y la importancia del desarrollo teórico y de la acción práctica en toda acción política. Reconocemos que el desarrollo del pensamiento avanzado, de la sabiduría filosófica debe hacerse desde nuestros territorios, porque imitar desde aquí resulta escandaloso y porque consideramos al Perú como infinita fuente de creación.

Desechamos la rabia como orientador de nuestra acción política y social y cultural. Creemos que estas son labores que requieren ecuanimidad, mesura y radicalidad y, sobre todo, perseverancia. 

Creemos en una sociedad andina de todas las sangres, pero dirigida por las sangres ancestrales. Nadie puede quedar al margen del proyecto nacional, cada colectividad debe tener su lugar en este largo proceso de forjar la nación andina. La hegemonía tiene que ser nuestra. 

Pensamos que es este el camino que debe transitarse en ruta a lograr la hegemonía en el escenario político social del gran espacio andino y edificar las condiciones para un proceso irreversible de emancipación y de organización de un periodo civilizatorio distinto, nuestro. Estamos convencidos de que este proceso involucra también la liberación de  los opresores, la superación de su inhumana condición de dominadores para ser para invitarlos a ser después parte de la comunidad de naciones y de pueblos que deben resurgir en nuestro territorio. 


 
Al Arguedas, político, lo hallamos en su literatura y poesía,  Inútil buscarlo en los  textos antropológicos o en los ensayos breves. De allí extraemos su pensamiento. Esta vez, se trata de párrafos de su obra El Sexto, donde Gabriel, el joven estudiante y protagonista de la novela conversa con Cámac, indio aculturado y marxista con quien comparte carcelería y quien oscila entre su identidad primigenia y el alienado mestizaje, entre su misticismo antiguo y su marxismo dogmático. Gabriel-Arguedas, le dice: 
─Cámac, el Perú es mucho más que el General y todos los gringos. Te digo que es más fuerte porque no han podido destruir el alma del pueblo al que los dos pertenecemos. He sentido el odio, aunque a veces escondido, pero inmortal que sienten por quienes los martirizan; y he visto a ese pueblo bailar sus antiguas danzas; hablar en quechua, que es todavía en algunas provincias tan rico como en el tiempo de los incas. ¿Tú no has bailado el toril en Sapallanga y en Morococha misma? ¿No te has sentido superior al mundo entero al ver en la plaza de tu pueblo la chonguinada, las pallas o el sachadanza? ¿Qué sol es tan grande como  el que hace lucir en los Andes los trajes que el indio ha creado desde la conquista? ¡Y eso que tú no has visto las plazas de los pueblos del Cuzco, Puno, Huancavelica y Apurímac! Sientes, hermano, que en esos cuerpos humanos que danzan o que tocan el arpa y el clarinete o el pinkullo y el siku hay un universo; el hombre peruano antiguo triunfante que se ha servido de los elementos españoles para seguir su propio camino. Los ríos, las montañas, los pájaros hermosos de nuestra tierra, la inmensa cordillera pelada o cubierta de bosques misteriosos, se reflejan en esos cantos y danzas. Es el poder de nuestro espíritu. ¿Y qué hay en los señores y en los misteres que dominan nuestra patria? ¿Qué hay de espíritu en ellos? Sus mujeres tienden a la desnudez, casi todos los hombres a los placeres asquerosos y a amontonar dinero a cambio de más infierno para los que trabajan, especialmente para los indios.
Cámac se reanimaba a medida que Gabriel le iba hablando. Se acomoda lo suficiente y se mantiene atento al mensaje del estudiante quechua que continúa hablando:
─ ¿Cuál es la diferencia que hay entre estos señores y los cholos e indios para quienes toda la miseria es considerada legítima a su condición de indios y cholos? Son ellos los que mueren, como tú dijiste una vez. No se puede en este mundo mantener por siglos regímenes que martirizan a millones de hombres en beneficio de unos pocos y de unos pocos que han permanecido extranjeros durante siglos en el propio país en que nacieron. ¿Qué idea, hermano Cámac, inspira a nuestros dominadores y tiranos que consideran a cholos e indios de la costa y de la sierra como a bestias, y miran y oyen, a veces, desde lejos y con asco, su música y sus danzas en las que nuestra patria se expresa tal cual es en su grandeza y su ternura? Si no han sido capaces de entender ese lenguaje del Perú como patria antigua y única, no merece sin duda dirigir este país. Y creo que lo han sospechado o comprendido. Se empeñan ahora en corromper al indio, en infundirle el veneno del lucro y arrancarle su idioma, sus cantos y sus bailes, su modo de ser, y convertirlo en miserable imitador, en infeliz gente sin lengua y sin costumbres. Están arrojando a los indios por hambre, de las alturas, y los amontonan en las afueras de las ciudades, entre el polvo, la fetidez del excremento y el calor. Pero se están poniendo una cuña ellos mismos. A un hombre con tantos siglos de historia, no se le puede destruir y sacarle el alma fácilmente; ni con un millón de maleantes y asesinos. No queremos hermano Cámac, no permitiremos que el veneno del lucro sea el principio y el fin de sus vidas. Queremos la técnica, el desarrollo de la ciencia, el dominio del universo, pero al servicio del ser humano, no para enfrentar moralmente a unos contra otros ni para uniformar sus cuerpos y almas, para que nazcan y crezcan peor que los perros y los gusanos, porque aun los gusanos y los perros tienen cada cual su diferencia, su voz, su zumbido, o su color y su tamaño distintos. No rendiremos nuestra alma.(Arguedas, 1983, pp. 273, 274). 

Otra idea de Arguedas que consideramos de fundamental dimensión política es su opinión sobre las comunidades antiguas. La expresó en la ingrata Mesa Redonda del IEP, en junio de 1965. Respondiendo a las objeciones, dice: “La comunidad antigua puede servir de base para una comunidad moderna” (Rochabrún, 2000, p. 48). En base a esta afirmación orientadora propugnamos como base social y política una gran Comunidad de comunidades, donde el Estado tenga una presencia coordinadora y gestora de algunas responsabilidades básicas.  

La gran tarea es conseguir un trabajo unitario con todas las fuerzas andinas, independientemente de sus adscripciones a los referentes mencionados en los párrafos previos. Todos somos necesarios, ninguno sobra. Acompañarnos hacia la acción política es un mandato ineludible de la historia. Es el camino hacia la hegemonía social, hacia el poder político, hacia el ejercicio más elevado que un ser humano puede ejercer en vida: actuar, escribir, conducir nuestras comunidades supervivientes a la más alta realización humana: la política.

La necesaria e ineludible confrontación


La confrontación se da en varios frentes, no se requiere hacer un llamado especial para solicitar alguna particular presencia; están allí activas y  frente a nosotros, las fuerzas que se oponen a todo proyecto transformador, o inclusive apenas renovador. Los medios de comunicación, los recintos educativos y familiares, se cuentan entre los principales. Pero es necesario ir a los fundamentos, a los espacios donde se originan las ideas matrices que organizan las sociedades para distinguir tres vectores principales con quienes confrontar: el sistema dominante, las fuerzas contrarias a esta dominación y las iglesias. 

El poder económico y los Estados que lo amparan y sustentan, sus ideólogos, en las últimas décadas han desarrollado una forma extrema de pensamiento económico que, bajo el marbete de neoliberalismo, ha impuesto a nivel internacional un ordenamiento social y económico de brutal impacto en los países colonizados. Sus postulados señalan, entre una serie de conceptos e ideas, que cualquiera puede superar sus precarios niveles de vida o hacerse millonario, que todo depende de la voluntad personal y de la constancia para imponer las voluntades individuales evitando consideraciones éticas y morales de respeto por el prójimo y la naturaleza, olvidando a los millones de seres que no eligen la pobreza para vivir. Como parte de esta visión se privilegia la individualidad en la convivencia social que tiene su correlato en la condena y represión a toda forma política que apunte a asociación colectiva en el quehacer económico: la propiedad privada y el mercado incontrolado como dioses insustituibles del ordenamiento social. Esta fuerza regente transforma o aniquila toda forma disidente. En aquellos territorios donde acecha el poder la oposición radical es destruida militarmente o sancionados económicamente, junto a una guerra cultural de gran intensidad. 

Las fuerzas visibles que ofrecen algún tipo de oposición a esta avasallante realidad son comprendidos bajo una etiqueta que, sin distinciones a su interior, agrupan a los resabios del marxismo, el socialismo-comunismo que ha sobrevivido, no como expresión económica o estatal, sino como actores opinantes y de acción social y restringida a ámbitos burocráticos y académicos. Usan la potente inercia de la que fue un proyecto transformador, pero ignoran la debacle del marxismo y son tenaces en el propósito de hallar formas de mantener viva la doctrina acomodándose a los nuevos procesos insurgentes de densos contenidos culturales que no son entendidos diferenciados de esta decadente fuerza ideológica.

Mantienen vínculos organizados, influyen en la prensa, publican textos, detentan poder y, sobre todo, mantienen influencia ideológica sobre dirigentes, organizaciones y mentes juveniles. No ofrecen ya sociedades prefabricadas ni promueven el ejercicio de la violencia para la captura del poder. Ahora, tienen afanes más modestos: reorganizar la teoría y ver cómo obtienen un maridaje aceptable con la ecología, con la cultura, con el individuo y con las formas democráticas occidentales. Se observa en estos intentos un penoso desdibujamiento de los contenidos y fines originales de la doctrina que los hacen inservibles para influir en nuevas mentes como lo hicieron con millones de individuos que se adscribieron a la utopía marxista durante más de cien años. En el Perú, la figura y el prestigio del fundador de este pensamiento es de ayuda invalorable. Usan su límpida praxis para ignorar la incapacidad que tuvieron para conducir nuestra sociedad y no criticar los límites de sus postulados. Ofician de tenaces defensores de una propuesta ciertamente extinta y ensayando explicaciones que son una patética muestra de ensalzar a un Mallku en lugar de avanzar a superiores desarrollos. Lo cierto es que ahora se observa que sus propósitos se orientan a conseguir tardíamente un Estado de bienestar, obra que sí hicieron posible los disidentes del marxismo temprano en sociedades que lucen ciertamente más avanzadas que aquellas que fueron tributarias de una planificación central y burocrática.

Lo único que aspiran ahora conseguir es mejoras en el seguro social y proponer programas educativos inclusivos; poseen un lugar de excepcional exposición: las causas feministas que muchas mujeres de Occidente han elevado a la categoría de causa mundial con poco auxilio del materialismo dialéctico. También son eficaces en conseguir buenas posiciones en el tejido político y administrativo estatal, infiltrándose en administraciones afines que los acogen por sus versatilidades políticas y académicas. Esta fuerza opositora nunca nos ha considerado compañeros de ruta, no obstante que, la hoz del emblema nos pertenece. Hemos sido para ellos, y los seguimos siendo, un aspecto del sector agrario y de sus planes de gobierno. Estos organismos opositores nos aceptan como campesinos, nunca como poblaciones originarias. Para ellos somos primitivos pachamamistas, rezagos de una civilización derrotada e inviable para el progreso y la modernidad. Sus intelectuales se dedican a visitarnos en nuestras comunidades como objetos de estudio que después publican en empalagosos informes sobre nuestras excelsas cualidades comunitarias pero inservibles para la vida civilizada. Es cuando son amables con lo que observan, pero nos llegan a denominar “indiecitos desorientados y primitivos” cuando se expresan en privado. Les incomoda nuestra compañía. No perdonan no haber conseguido nuestro apoyo en sus proyectos armados y revolucionarios. Se acomodan mejor con las fuerzas campesinas, que ofician de comparsa secundaria de sus propuestas de siempre. No conciben la idea de que aquí habitan fundamentos teóricos y, sobre todo país, sociedad, historia, suficientes para cambiar el rumbo de nuestra sociedad. Pero no al estilo de capturas del poder o movimientos de viejo cuño, sino bajo los preceptos de un largo camino de reconstitución de las fuerzas ancestrales, aquellas que mantuvieron viva la idea y el propósito de la emancipación de la tiranía peninsular, mucho antes de que aquí se asomara siquiera algún escrito europeo contestatario, mucho antes de cualquier materialismo dialéctico. Sus líderes formaron ejércitos en apenas meses de acción concreta y sin el auxilio de ninguna teoría exótica, solo de la mano de su cultura y de su sed de emancipación. 

La iglesia católica, responsable ejecutora de la extirpación de idolatrías en nuestro territorio andino durante siglos, autora de atroces actos de fe con piras de fuego donde extinguieron vidas y objetos sagrados de nuestros antepasados, fueron siempre adversos a considerar equivalente a la suya a nuestra sacralidad excepcional. La fuerza de nuestras convicciones espirituales ha hecho posible la conservación de reducidas señales de nuestra densa estructura administrativa sacra, también ha tenido la sagacidad de asimilar prácticas católicas y adecuarlas a sus formas de desarrollar culto sacro. Creo posible considerar que se ha llegado a un punto de no agresión entre nuestras tradiciones y las extrañas. Es una realidad que ha ido variando en las últimas décadas con el ingreso de otras iglesias cristianas, agresivas en su afán de exterminar los rezagos de sacralidad todavía existentes. Hay entonces, en este campo, una labor que conlleva muchos desafíos , pero que es necesario ejecutarlos, con tino y sagacidad, usando nuestras tradiciones de respeto e inclusividad, pero  de tenaz defensa y desarrollo de una sacralidad nuestra que no tiene nada de subalterno respecto a las religiones monoteístas.

Las bases ideológicas sobre las que se deben de desarrollar estas acciones contestatarias se han ido desarrollando en sucesivos números de la Revista Willakuy. Resumimos aquí los postulados más importantes: 
— Estamos en el propósito de edificar un nuevo proyecto civilizatorio que reemplace el declinante sistema capitalista.
— No consideramos viable el uso de paliativos a la desestructuración social y económica que se arrastra durante siglos. Son inútiles los intentos por apuntalar estructuras que tienen fallas de origen; no tienen trascendencia las refundaciones republicanas diseñadas sobre fundaciones inexistentes. 
— Tenemos el objetivo de construir una comunidad de comunidades en la que cada comunidad tenga su específica forma de enfrentar la realidad por su particular ubicación en la geografía y sus distintos formatos sociales.
— Postulamos la creación de un Estado multinacional y pluricultural y plurilingüe, de delgada estructura que actúe como ente coordinador y se ocupe de tareas globales, como la defensa nacional y las relaciones exteriores junto a la edificación de la infraestructura nacional. Las comunidades locales en sus relaciones nacionales locales, regionales y nacionales, estructuraran la diversidad nacional. 
— Nos situamos clara y autónomamente en el universo de los cercados, combatiendo toda forma y  disposiciones nocivas emitidas por los cercadores.
— Hacemos trabajo político distinguiendo con claridad a los que nos consideran sus enemigos, a quienes estimamos adversarios y otros y a quienes reconocemos como hermanos políticos y culturales. 
— Poseemos una sabiduría filosófica que la aplicamos para resolver situaciones concretas en espacios  y tiempos concretos. 
— Usamos el principio de complementariedad para alcanzar el equilibrio necesario para establecer formas de colaboración y edificación de proyectos sociales conjuntos, con fuerzas afines.
— El escenario de nuestra acción política directa se extiende al ámbito andino, que comprenden Ecuador, Perú y Bolivia, sociedades con las que haremos posible la reconstitución espacial del antiguo territorio andino. 

Todo este esfuerzo político y social está encaminado a la edificación de un Nuevo Orden Andino en cuyos recintos no estará vedada la participación de ninguna colectividad cultural o política que provenga de otras vertientes culturales por cuanto lo Andino no engloba a todos en su inclusiva y poderosa  herencia cultural. 

Aspiramos a un país de todas las sangres, con la sangre andina en la hegemónica conducción social y política.

Extraemos nuestros principios de acción concreta de la sabiduría ancestral que privilegia la integración de lo diverso, el respeto a las diferencias, la hermandad con la naturaleza, la vida comunal, la recuperación de lenguas, territorios y el fortalecimiento de los lazos de parentesco. Para asumir estas consideraciones no es imprescindible vestir ropas tradicionales ni hablar una lengua distinta al castellano, solo es necesario asumir una identidad que nos haga tributario de los lazos con nuestros antepasados. Recuerden que la “causa proletaria” se nutrió en gran parte de ciudadanos no proletarios que asumieron esa causa como propia.
 

Qankunapas Noqaykupas. Ustedes y Nosotros.

El texto que aquí se expone forma parte del libro de Rodolfo Sánchez Garrafa y Gilberto Muñiz Caparó que desarrolla un diálogo intercultural desde la cultura andina contemporánea.

Qankunapas Noqaykupas promueven varios entendimientos; para algunos lectores la información les será útil para exhibirla como prueba de calificado bagaje cultural; también generará desacuerdos, muchos no aceptan que nuestra sociedad antigua desarrolló organizado y superior pensamiento; se expresarán críticos con juicios imprecisos y ambivalentes. Podría mencionar otras reacciones posibles, pero me detengo en lo resumido para manifestar que me hallo entre quienes están de acuerdo con sus principales postulados y en disposición de reflexionar sobre sus principales conclusiones, que ensayo resumir a continuación:
• El antiguo mundo andino fue organizado por pensamiento estructurado de valor equivalente a la filosofía occidental.
• Es necesario desarrollar un cuerpo de pensamiento propio que luego nos permita un posterior y frondoso diálogo de saberes culturales. Filosofías comentadas como la intercultural y de la liberación, corrientes de gran influencia en nuestra sociedad, no ofrecieron un camino autónomo para el desarrollo de filosofía nuestra. El texto nos acerca con transparencia y propósitos interculturales a variadas formas de estructurar pensamiento, pero ninguna es punto de partida para formular un pensamiento nuestro.
• El diálogo intercultural deberá hacerse a partir de la comparación e intercambio de saberes orgánicos de pensamiento, y sin primacía de ninguna expresión dominante y no limitada a eruditos o académicos.
• Requerimos de un ordenamiento de nuestros saberes que sea útil a nuestras necesidades sociales y que emerja de nuestras tradiciones y antigua cultura.
• Ninguna reforma al sistema filosófico imperante nos hará edificar una sociedad superior que haga innecesario rememorar con añoranza las sociedades que nuestros antepasados fueron capaces de construir, realidad que nos orienta en la creación de un horizonte civilizatorio distinto que sustituya la sociedad occidental judeo cristiana. Es tarea que requerirá “encauzar con solvencia…bebiendo de las fuentes propias de nuestra identidad”.
• Para hacer realidad este objetivo se requiere la formación de un nuevo sujeto social, un sujeto andino, y asegurar el empoderamiento de su identidad cultural y política que promueva una nueva correlación de fuerzas, una nueva estructura de poder político y social.
Luego de coincidir con lo leído, me intereso por extender la reflexión hacia tres aspectos que el libro motiva:
• ¿Qué nombre le corresponde al pensamiento nuestro?
• ¿Qué ámbito tendrá este pensamiento?
• ¿Cómo se organizan los ámbitos de reflexión?


¿Debemos pugnar por llamar filosofía, a secas, a esta estructurada forma de pensar? Considero que no, y no se trata de una afirmación que postule rebajar su condición de alto pensamiento ni mengue su capacidad de equiparar sus valencias en igualdad de condiciones con cualquier clase de razonamiento que se reconozca como filosofía.


Repasemos, sin extendernos, aquello que distingue a la filosofía occidental, matriz modélica a la que muchos pretenden igualar y que el texto critica. Destaca su denominada racionalidad; su lógica regida por principios que gustan de llamarse leyes; considera al individuo el punto de inicio y fin de todas sus reflexiones; la defensa extrema de la supuesta independencia y libertad individual respecto de la comunidad; constitución dual del ser; origen creacionista de la vida; uso de argumentaciones y conceptos; extendida especulación; promoción de objetivo conocimiento de la realidad, científico, repetidamente comprobable; considerar a la naturaleza objetivamente ajena al ser individual, por tanto, sujeta de dominio e inagotable; separaciones sociales sustentadas en un irreductible ellos y nosotros; la defensa de la escritura como archivo insustituible de sus postulados; la asunción de un tiempo lineal como escenario de los sucesos sociales; caracterizar el trabajo como condena. ¿Tiene el pensamiento andino alguna de estas características? Con sencillez hay que responder que no, ninguna. No señalo un catálogo alternativo porque el lector puede hallarlo en cada idea antónima que elabore a partir de la enumeración presentada. Si tales son las identidades de nuestro pensamiento, ¿corresponde llamarse filosofía y darnos la tarea de lograr su ingreso al selecto grupo de las filosofías mundiales, o es esta otra forma de persistir en una práctica de colonialismo que ningún provecho nos depara?, ¿es compatible con criterios liberacionistas pensar que es el único grupo que representa el alto pensamiento mundial? ¿Es acaso ineludible este esfuerzo que solo evidencia un afán por pertenecer a un mundo que nos es ajeno en todos sus términos fundamentales? No estimo conveniente que una sociedad antigua y singular se proyecte hacia el futuro solicitando la calificación de filosofía para lo nuestro junto a un certificado de suficiencia por sabernos dueños de un sitial especifico y particular en el exclusivo y académico mundo de las consagrada filosofía.


Son razones que sirven para incidir en lo que fuimos y somos en este campo: sabios, reflexivos y prácticos, conocedores, no clasificadores, de la naturaleza y cultivadores de una eticidad y moral paradigmáticas, seres acendradamente políticos, alejados de la cientificidad y de la objetividad del pensamiento y la ciencia occidental. Este conjunto de virtudes, fundamento de los múltiples contratos sociales que sostuvo una extendida comunidad de elementos diferenciados, de armónica y ejemplar relación con la naturaleza, nos hace propietarios de Sabiduría. Numerosas fuentes lo acreditan, innumerables señales y pruebas objetivas lo indican. La interacción con una naturaleza singular, difícil y diversa, junto a productividades limitadas y diferenciadas produjo aquí un ordenamiento social comunitario que no permitió que prospere la apropiación privada de los excedentes y la conocida estratificación clasista de las sociedades. Y no desarrollamos sociedad comunal como paso previo a un civilizado estadio individualizado posterior, y como antesala del capitalismo, sino como permanente y singular y eficaz forma de relacionarse con una geografía monumental que no admitía esfuerzos individuales. No fue un objetivo anticipadamente previsto o deseado el ser comunitarios y vivir por milenios bajo esta forma de formación social, ocurrió que elegimos la única posible para relacionarnos con una naturaleza particular que no admite esfuerzos individuales para hacerla productiva. No podemos argüir que no hubieron ensayos individuales que fracasaron; la realidad obligó a integrar esfuerzos, a sumar individualidades antes que a desperdigarnos en intereses personales. Desde Caral no hallamos evidencias que diferencien nuestra única y sólida formación social: comunidad de culturas, sociedades comunales. Similar tesitura tuvieron los horizontes Chavín, Wari, Tiahuanaco, Inca, y lo seguimos siendo en comunidades serranas e indígenas de nuestra Amazonía, no obstante la invasión y el cerco de la sociedad individual sobre estas colectividades. Lo que venció finalmente a estas organizaciones fue la superioridad bélica hispana y no sus virtudes sociales.


Requerimos; sin embargo, no aislarnos de un contexto mundial. Nosotros, que poseemos el gen de la comunidad, no podemos ausentarnos de un esfuerzo de integración planetaria. Por ello debemos agregar un segundo apellido a nuestro pensamiento, instalar un tinkuy suficiente para denominarlo Sabiduría filosófica. ¿Se postula este nombre como única alternativa a nuestro pensamiento? No, nada más lejos de esta pretensión. Nosotros somos multiétnicos y multiculturales e imposibilitados, por lo tanto, de pretender exclusivismos perniciosos. Deberán surgir otras denominaciones como los desarrollos previos lo ha evidenciado; de esos espacios surgirá, probablemente por sus virtudes, la denominación hegemónica, pero no excluyente. Convivamos en medio de las diferencias, con múltiples escuelas y formas de pensar unidos por la densa trama basal que nos unifica. El pensamiento occidental se lo permite, nosotros defendemos ese derecho con mayores atributos.


Por otro lado, no es posible aceptar la hegemonía de pensamientos universales. No hay una sola muestra de fundamentos teóricos de propósitos globales que hayan podido lograr la superación de problemas su propio ámbito; ni siquiera en sus originales espacios de desarrollo. Manifestamos la necesidad de formulaciones regionales, incluso locales, de valle y microrregiones, para afrontar soluciones de los profundos desequilibrios sociales nuestros. El pensamiento creado debe responder a las condiciones geográficas y sociales que les da origen. Las constelaciones se observan distinto desde cada valle. Nosotros estamos señalados de modo indeleble por la cordillera de los Andes, y dentro de esta geografía continental, los países andinos tienen con esta monumental waca una relación íntima, intensa, como no la poseen otros espacios territoriales del continente. Es una vana pretensión formular desde aquí teorías que se aclimaten a los espacios siberianos o arenales africanos, menos a las configuraciones urbanas del denominado primer mundo. La Sabiduría filosófica debe servir para orientar nuestra objetiva y concreta convivencia comunal entre humanos y naturaleza; cualquier disquisición de ámbitos individuales se hacen al interior de la comunidad. Aquí asistimos a la proliferación de características geográficas únicas y distinguibles en cada unidad geográfica mínima. Por eso los apus y wacas se asientan en espacios cercanos y diferenciados. Nadie puede decirnos con eficacia cómo afrontamos el reto de relacionarnos con una geografía particularmente singular viva en todos sus constituyentes y menos recomendarnos la asunción de ciclos de desarrollo que hemos visto arbitrarios y obsoletos para nosotros. No postulamos aislamientos inoperantes ni chauvinismos inconsistentes. Tomamos lo necesario y mejor de otras latitudes. Por eso qankunapas ooqaykupas extiende una ruta, por lo mismo existe el noqayku y el noqanchis . Por similar razón necesitamos ventanas abiertas al mundo, por lo mismo también un solo acceso peatonal a nuestros ámbitos.
Por último, ¿cómo se estructuran los espacios de reflexión? ¿cómo se compone nuestra sabiduría filosófica? Reconociendo que las formulaciones que se hacen aquí no son precisamente útiles para una realidad coyuntural, creemos que es conveniente formular algunos elementos imprescindibles en el desarrollo de una sabiduría filosófica nuestra. Reconozcamos que su ensamblaje debe partir del uso del quechua, del aimara y de las lenguas vivas de nuestra amazonia andina; desde sus estructuras gramaticales partimos para señalar nuestras opiniones. Son lenguas que albergan y configuran nuestra sabiduría. No postulamos que sea imprescindible dominar estos idiomas o pensar desde ellos, pero si es necesario conocerlos en su estructura íntima de funcionamiento, saber de su inoperancia para definir conceptos, premisas, axiomas, inferencias, silogismos, conclusiones, metalenguaje. Los saberes, el conocimiento andino no es teorético ni discursivo; acontece cada día en los diversos escenarios de la vida diaria. los saberes gravitan en la lengua y la acción de los individuos. ¿Desechamos los aspectos sustantivos del conocimiento alienígena no obstante su hegemonía mundial? Sí, porque imitar desde aquí a alguien resulta escandaloso. Si queremos ser eficaces en formular ideas para nuestro territorio tenemos que situarnos y enraizarnos en los extenuantes arenales de la costa, caminar las escarpadas y empinadas alturas de la sierra y trajinar los difíciles valles acuáticos de nuestra amazonía andina. No tenemos la capacidad de hablar para otro escenario, para una distinta realidad. Por lo tanto, no podemos formular pensamiento desde el ser individual, sino desde la comunidad. ¿Resulta fácil realizar tal propósito? desde luego que no, mucho más si nos acechan intolerantes poseedores de la verdad y carecemos de antecedentes apreciables. Pensar desde la dualidad es un reto de amplias dimensiones, pero es imprescindible hacerlo ayudados de nuestra travesía histórica y cultural de milenios, de particular espacio-tiempo. Desarrollar pensamiento desde la subjetividad y la ingesta de plantas maestras, desde la disolución de las leyes de la lógica masivamente aceptadas, no es tarea sencilla, pero resulta una obligación realizarlo. Usar las fórmulas comúnmente utilizadas es poco útil, no nos ha servido para criar sociedad y naturaleza, ni guía para mirar la cordillera de los Andes y sus extensiones como un hogar que necesitamos convertir en extenso jardín cultivado y acondicionarlo como habitáculo humano, como espacio que derribe la frontera entre cultura y naturaleza, como hogar de las distintas formas de humanidad que contiene la geografía nuestra.


No es cierto que el pensamiento que privilegie la acción individual es la única forma de preservar la denominada libertad personal y la creatividad y que cualquier forma de asociación comunal está reñida con la libertad. No se habrían criado aquí ayar manco, pachacutes y wiracochas de ser ciertas tales premisas. Los seres somos antes entidades naturales que productores, somos humanidades incompletas que requerimos de otros para sabernos existentes. Un ser único es inviable como edificador de sociedades, es el cuento que nos han endilgado aquellos que critican el uso de tradiciones milenarias cuando extreman su milenarismo cuando abrevan de fuentes que tienen también miles de años de antigüedad. Se trata de algo sencillo de entender: para continuar nuestro camino de humanidad debemos de derribar el muro edificado por las experiencias coloniales y sus correlatos de colonialidad que nos invaden y carcomen y nos deshumanizan. Qankupas Noqaykupas, nos facilita una ruta, un derrotero para lograrlo.

Viceversa

Lo que sigue es un retazo de la novela «Viceversa». Pasaje que narra la búsqueda que hace un personaje, de una mujer que se ha ausentado de su vida.

Pasé la mañana esperando su llamada, hacia el final de la tarde intenté ubicarla por su móvil, parecía apagado. Llamé a su casa y respondió su hermana y dijo:  ¿no sabes que ha viajado?, se fue anoche después de la ceremonia,  ¿no lo sabías? No, no lo sabía, contesté aturdido. Si, viajó,  no sé más, dijo que enviaría su dirección, tú sabes lo inesperada que es ella. No sé si vuelva pronto, ha dejado a Paula.

Dejé el fono en su lugar, froté mi  rostro desconfiando de la veracidad de la noticia, aturdido, deambulé por la habitacion buscando algún lugar donde depositar mi humanidad descompuesta. Me senté para remediar la flaqueza de mi cuerpo. ¿Por qué, a dónde, hasta cuándo? Abrí la gaveta que contenía nuestros recuerdos, su rostro de la noche inicial con Paula pegada a su pecho mientras sonreía coqueta a la cámara, papeles, servilletas, separadores de libros. Necesitaba desatar el nudo en la garganta, aquietarme, pero no hallaba la forma. Larga madrugada, sin nitidez ni forma en mis sensaciones y sin la tibia normalidad de un día a su lado. Ubiqué bien el abrazo prolongado y su silencio por la invitación para vernos; su mano elevada y  discreta, callada, firme, su negativa a recibir las fotografías y cartas. Le escribí un mensaje corto que no pude enviar por la prohibición que había instalado a mi correo. Luego de unos días acudí a Norma; me entregó una nueva dirección con mucha reticencia; ¡no me has visto! por favor, no me pongas en problemas con Mariel. Devolvía mis mensajes uno a uno, supuse que sin leerlos. Regresé a Tiabaya para superar observaciones que surgieron a última hora y que más eran el producto del genio de la ingeniera Morales disgustada por la serie de escritos que le habían quitado tranquilidad.

Fue un tiempo prolongado de inventario de daños y perjuicios. Eran muchos, sus perniciosos resultados no me distrajeron de la abulia y la dejadez que me invadía; los amigos preguntaban por mi delgadez y ausencia de las reuniones, Fabiana y Rodrigo me notaban distraído, ausente. Mantuve todo ese tiempo una maraña de razonamientos e intuiciones, la mayoría carentes de sentido. ¿Hubo otra manera de amarla?, ¿pude actuar distinto, aceptar su amor en contra de todo pensamiento adverso? Era lo que tenía, nadie se inventa para cada ocasión; la única creación nueva fue entregarle mis lugares más remotos y callados. 

Luego de algunas semanas, por el correo convencional, recibí una carta suya con el matasellos de Oporto. La abrí con temor.

Mariano: Organicé este viaje desde hace un tiempo y se hizo urgente luego de la noche en Barranco, es algo semejante a la devolución de tus cartas y fotografías, distinta porque es irreversible. Al final triunfó tu profecía; no te sientas mal, lo hiciste bien. Desde mi lugar veo pasar el Duero, lento como mis pensamientos. Es una ciudad especial que completa bien mi soledad y llena la distancia que hay hasta ti, 

¿Razones de esta aventura?, varias, mi deseo de vivir en Europa, estudiar, trabajar también, y más en esta ciudad que conocí hace algunos años. Me prometí entonces vivirla algún día a plenitud. No podía permanecer más tiempo en Lima; me reclamabas silencio cuando iba en tu búsqueda, a mi silencio lo acusabas de cercanía con otros nombres, a mi deseo y decisión de estar contigo para siempre la considerabas locura pasajera. No podía continuar caminando con una mano impidiendo tu partida y la otra ahogando el llanto sobre mis labios; lucha diaria contra  fantasmas que emergían en medio del trayecto hacia algún lugar. ¿Quién puede entregarse al amor si el amor quiere partir cada día?

He fantaseado con la idea de ingresar a tus correos; me preguntaba si hallaría habitaciones secretas, fantasmas conversando contigo, como esa fotografía de Evangelina que se escurrió de tu incompetencia para ocultarla. Pero descuida, no cruzaré esa delicada línea, nunca sabrás por mí de la barbarie que significa fracturar una cerradura y torcer una decisión que terminaba en nuestro amor. Lo intentamos, pero nada había que esperar después de tu brutal invasión; ganaron tus miedos e inseguridades; destruída la confianza nos visita la independencia.

¿Me amabas, Mariano?, quizá, quizá de un modo especial y distinto, con un  amor que tenía  las dimensiones de tu confianza, con un cariño equiparable a la altura de los muros que te protegen y que mides cada día. Me he preguntado sobre la ubicación que me asignabas, pienso en el nombre de amiga íntima o quizá el apellido de novia transitoria, nunca compañera para siempre. Cualquier papel que desearas concederme era como medalla joven que colgabas de tu solapa. Quizá lucía muy inestable para tu serenidad y débil para tu entereza, vacilante para tu seguridad, muy accesible para tu seriedad, también incompatible con tus hijos y quizá peligrosa para tu sexualidad. Al final,  alcancé el nombre que preparaste: intrusa entre tus inseguridades y conflictos. Carecía de formas para ser tu pareja; no son excusas, tú necesitas una reproducción exacta de ti mismo, algo imposible de alcanzar. El conflicto que sembraste se añadió al que yo llevaba oculto en espacios más profundos. Convivencia de tus aprensiones junto a una incipiente autoestima.  Asumo completa  mi responsabilidad y continúo con los trámites que hago para repatriarla, reconstruir mi ego y superego. Perdona si sueno inadecuada, pero es así, ahora conozco bien que el pleito es con nuestras sombras.

Pienso en los años nuestros cuando la vida amanecía distinta cada día, nuestras cartas, viajes, libros y conversaciones interminables las tengo conmigo, para siempre.  Pero, debía partir y liberarte del gravamen que te impusieron mis años, desatarme de las necesidades que adquirí contigo. Debía partir por Paula que me exige integra, reconciliada con la vida y libre de mis pequeñeces. Hallaré una forma de acomodar tu ausencia, es algo que tú mismo me recomendarías. Mi próxima meta es traerla  conmigo, ojalá sea pronto. Sabes cómo es la vida en tierras extrañas,  hago lo mejor que puedo.

No sabré si la imitación de Antonia tuvo tu aprobación,  quizá no desarrollé mis líneas como esperabas, en realidad es difícil hacer realidad el papel que un autor tiene diseñado para su personaje principal. ¿Quién se lleva el reconocimiento, cuál de las dos fue verdadera?, lo sabes tú. Prefiero creer que imitamos bien a la niña francesa y a su amante chino, maniatado por las prohibiciones y sus temores. Como ves, los argumentos que inventamos no estuvieron solos nunca, mucho de repetición y pocas novedades, los miedos cruzan fronteras. Tienes una novela por escribir, si la tuvieron ellos, entonces Mariel y Mariano se merecen otra. Haz la tuya, yo la tengo vivida, con inicio y final, completa y terminada.

No me busques, no encuentro ninguna forma de compartir el futuro juntos. Encontrarás la mujer que tu biografía necesite, hallarás ese rostro, estoy segura. Por mi lado, nadie habitará el espacio que nunca quisiste ocupar. Seguiré aquí, viviendo, intentando hacer bien las cosas. Haz lo mismo, por aquél instante en que fuimos felices.

Cada uno es herido por el amor de manera irrepetible; algunos cardenales demoran en recuperarse, otras señales crecen en el rencor y en su voluntad de venganza; en ocasiones la ofensa vive con el filo de su veneno apuntando a un próximo inocente. El daño pocas veces es gratuito porque el puño que agravia es nuestro, elegimos el estilete más sutil, la forma más precisa de ser lacerado, como el suicida que no ceja en diseñar su libreto para herirse sin remedio. He llegado a pensar que merezco lo ocurrido, edifiqué con detalle cada acto y escena; son ideas que me han ayudado a aquietar los rezagos de malos humores.

Confundo el tiempo transcurrido desde su partida, es quizá un mecanismo de defensa que me protege de iniciar  una y otra vez el recuento del tiempo que vivimos juntos. Cuando quiero precisar los años lo asocio a la debacle de Tiabaya y a la desaparición de una época. Se unen dos gemelos distintos: la arisca recepción arequipeña que liquidó una experiencia económica y la floresta inabarcable de los días con Mariel se entrelazan como una mezcla de  dolor y resignación. Es lo que sucede cuando la ineptitud se asocia a la esterilidad, desaparecen diluidos en la eternidad.

Los primeros meses de su ausencia fueron de soledad sobre desamparo, vacío sobre abandono, hasta percibir preocupación por mi desarraigo de la vida diaria. El tiempo libre que me dejó la liquidación de la empresa lo usaba para recorrer lugares nuestros: el jardín costero de vías y árboles frondosos; el espacio que nos suspendía sobre el mar mientras tomábamos una copa que aligeraba la conversación; el barroquismo de aquella posada que se asociaba bien a los claroscuros de nuestros problemas, los jardines que Paula recorría para esconder la sonrisa detrás de un árbol que la revelaba en toda su inocencia. Descendí en el Cusco, por el deseo de recorrer los espacios que compartimos en los momentos en que nuestros pasos estuvieron confundidos hasta casi ser uno solo. Descansé cerca al lugar donde Paula dio sus primeros pasos; ingresé a los lugares de música y bohemia para salir sin retornar de nuevo; caminé las callejuelas irregulares que cimbreaban los cerros hasta las alturas de San Cristóbal. Volvía con frecuencia a la esquina del primer encuentro pensando iluso que la reencontraría erguida  y segura de lo que hacía junto a la frescura de sus años.  Lento renacer, gris perezoso que se torna azul con lentitud; retorno moroso a la medianía de malos hábitos y buenas costumbres, inventando nuevos fantasmas, lamiendo la miel negra que destilaban mis dedos.

Luego de algún tiempo de hurgar en la voluntad de Norma y de saber que había visitado a Mariel, conseguí su dirección en Europa y decidí buscarla. Así llegué a Oporto luego de una parada en Madrid. Un silencioso taxista me trasladó a un alojamiento del centro histórico mientras revisaba el trajinado mapa de la ciudad que había conseguido en la embajada portuguesa en Lima. Quería estar cerca de su dirección, llegar a pie desde el hotel. Después de ordenar mi corto equipaje salí en su búsqueda. Siguiendo la línea trazada, tomé la avenida de Los clérigos para llegar a la estación de San Bento. Allí, ratifiqué los datos y caminé la avenida Henriques hasta la orilla del Duero, a la Ribera Negra, cerca al puente de Don Luis.

Norma me había indicado que llegara a la Fonte da Praca da Ribera y luego me acercara hacia el puente y observe una lápida de homenaje a un personaje del río denominado Duque de la Ribera. Si llegas hasta ese punto, dijo,  estarás a unos pasos de Mariel. Era una vieja edificación que, efectivamente, estaba cerca del puente. Las casas coloridas se desparramaban de la pendiente como dibujos instalados de acuerdo a un plan minucioso. El primer nivel lo ocupaba un restaurante y se veían oficinas en los pisos superiores. No veía huellas de viviendas. La administradora del lugar, una amable señora entrada en años, me explicó: no está aquí hace ya un  tiempo, no, no dejó información; llegó su niña y se mudó a un lugar más grande; ¿quién pregunta, un pariente? Sí, asentí nervioso; tuvo el buen tino de no abordar otros linderos. Señaló, extendiendo su dedo índice hasta el cielo, la habitación que había ocupado. Sí, puede conocerla, respondió cuando le pedí subir con ella hasta el último piso. Eran dos habitaciones unidas a una cocina diminuta y baño estrecho. La vista era hermosa, caminé con lentitud sobre los maderos tratando de coincidir con sus pasos perdidos en el tiempo, abrí el grifo del lavadero de la cocina seguro de que estaba acariciando sus dedos. El rio se desplazaba lento y compacto hacia el Atlántico, al frente se observaba el barrio de Vila Nova de Gaia, con sus bodegas de oporto que seguro Mariel había visitado. Recorrí después algunos lugares que estaban en su camino para salir del puerto hacia la ciudad, fondas, cafetines; en algún lugar reconocieron su fotografía,  ah sim las meninas, eu me lembro deles,  pero no sabían más de ella, dijeron. ¿Se mudó de ciudad, a qué otro lugar? No, se había quedado en Oporto, pero resultaba muy difícil dar con su paradero, no era una ciudad pequeña. Regresé a mi habitación para descansar. Al día siguiente volví al mismo lugar a sentarme en la ribera, a pensar y a esperar algo imposible, que llegara a esas orillas por la necesidad de retornar otra vez a un espacio bohemio que ella apreciaba, de músicos, arlequines, vino oporto, y un paisaje de colores y aromas irrepetibles. Me comuniqué con Norma, me respondió que desconocía su nueva dirección, me sugirió visitar la embajada peruana en Lisboa, quizá allí encuentres información, concluyó. No hice ese viaje, pensé que era inútil. 

 

Se extinguió el luto con lentitud, a pequeños sorbos medidos con la avaricia de mi memoria; perduró su figura delgada frente al mar nocturno, mi mano hurgando en su pecho desnudo, también el recuerdo de la vista sobre el Duero, sus embarcaciones, el sol matinal. Con el tiempo el dolor fue cediendo lugar a la nostalgia y los detalles se fueron acomodando en la rutina como fogonazos atemporales que perdían  el brillo original. Sus manos empequeñecían y su voz rasposa descendía por el acantilado pedregoso hacia el mar inquieto. No me abandonó por mucho tiempo el afán de recorrer las calles cercanas a su casa, fisgonear en la esquina, observar la fachada. Retenía mi pasar unos instantes y seguía de largo, desorientado. Son momentos en que el pasado gobierna inútil la existencia y se acumula como costra insostenible. Así fue hasta caer vencido por la conformidad y la resignación.

Después de un tiempo, junté las piezas desarmadas de mi hogar extraviado y pude abrir un espacio de reconciliación al retornar a la casa familiar, junto a Fabiana y Rodrigo. Breves años de quietud y destellos de felicidad. Curamos heridas y revivimos algunos  sueños que me otorgaron la sensación de no haber caminado en vano. Como todo, las etapas se cumplen, se inician otras; ahora no están, dejaron sus habitaciones vacías. Hay otros afanes, otras tareas, es el signo de la vida que voy cumpliendo en su círculo completo. Nunca sabré cómo se hubiera instalado Mariel en ese corto espacio, cómo se hubiera ubicado en medio de un arisco jovenzuelo y una joven mujer que se aferraba a mis escazas fuerzas como madero de naufragio.

sb/2019

Historia de un Guayaquil ficticio.

Tenía diez años la primera vez que pisé suelo ecuatoriano. Extenso viaje antes de llegar a la calurosa Tumbes  para cruzar luego el río fronterizo y  arribar a Huaquillas, poblado de vivaz comercio. Mientras mis padres hacían tensos y desconfiados los trámites aduaneros, me entretuve mirando la enorme bandera amarilla azul y roja que flameaba del otro lado del rio y se extendía hasta crear una sombra ondulante en suelo peruano. La imagen de la tela integrando el espacio de dos países cercanos y distantes se asemejaba a las relaciones entre los dos pueblos: sinuosas luces y sombras, avances y retrocesos de una vida cruzada de imágenes, pocas veces de hechos ciertos.

La tensión se disipó cuando paseamos Huaquillas sin incidentes y comimos unas piñas frescas y diminutas que tenían la miel en sus jugos. Observé a gente amable, sonrientes cobrizos y sin ninguna diferencia con mis compatriotas. Hicimos compras y cruzamos de nuevo la frontera con ropa de buenos precios y la sensación  extraña de haber visitado territorio enemigo sin ser apresado ni molestado. Un artefacto eléctrico que la familia adquirió fue pasado por la frontera por una especie de coyote ecuatoriano que dejó la mercadería en la puerta de la casa convenida. Al responder al timbre, el pasador estaba allí, en el umbral de la puerta con la caja al lado de sus pies, como espía peligroso, delgado y distante, pero con una textura que lo hacía parecer un vecino cercano, parte de un mismo pueblo ocupando territorio distinto. Pensé en el modo en que las enemistades y los odios ficticios no impiden que el dinero y los hombres circulen en libertad por fronteras resguardadas con minas antitanques y cuarteles armados hasta los dientes. Era la conexión subterránea, centenaria, que los políticos cercenan para beneficio de nadie.

Regresando a la seguridad de nuestro lugar me imaginaba los caminos que iban a Guayaquil y Quito. ¿Iría alguna vez?, Si lo hacía, pensé, sería con equipo de combate y el ánimo de conquista. ¿Si no, para qué sirven los libros de historia?

La ropa ecuatoriana fue útil para despertar la curiosidad de los amigos y no duró hasta el tiempo en que volví a Tumbes por un encargo laboral que me dejó tiempo para recorrer Huaquillas con el interés de visitar recuerdos y observar los ánimos que se vivían en medio de renovadas tensiones fronterizas que parecían desbocarse e inaugurar una guerra que tenía cara de inminente. Con los amigos recalé en Puerto Bolívar, aguas tranquilas donde servían manjares preparados con peces y productos marítimos de sabor irremplazable. Luego de un par de copas cabernet de preciso maridaje, me animé a tomar fotografías del sol cayendo sobre la  belleza del mar Pacifico y los manglares que compartían las dos patrias.

¿Quién dio el aviso?, nunca lo supe, ¿quizá el dueño del establecimiento o algún patriota herido de ver sus muelles fotografiados por el enemigo? Lo cierto es que en minutos fui interceptado por ecuatorianos con uniforme de combate y conducido con cierta rudeza a la gendarmería de la zona. De nada valieron los reclamos de los amigos. Previa incautación de todas las fotografías que guardaba, fui sometido a un violento interrogatorio que apuntaba sin equívocos a declararme “infiltrado agente enemigo entrenado para preparar el desembarco de zodiacs peruanos en Puerto Bolívar”. Fueron horas interminables de verificaciones, preguntas repreguntas y de una llamada al Perú con voz de auxilio que terminaron a medianoche arrojado de un vehículo militar en la misma línea de frontera. El sello en el pasaporte decía: “sin permiso para ingresar a territorio ecuatoriano”.

¿Qué hacer cuando las fuerzas ciegas de la vida se cruzan con los deseos simples de gentes que solo anhelan recordar años juveniles en territorio hermano, extraño y vedado ahora para mí? Nada, absolutamente nada. Sólo dominar el deseo de congelar el atardecer de un puerto que sentí semejante a cualquier caleta de pescadores de mi patria. Me hice la promesa de no volver a cometer el mismo error, evitar quizá para siempre un espacio vecino que era la continuación de mis parajes, costumbres y olores. Quedé herido y con la certeza de que pasaría mucho tiempo antes de que los dos países tuvieran armonía y paz en sus fronteras. Más tarde, la guerra que se anunciaba  terminó estallando  y poniendo en vilo a las cancillerías regionales y haciendo frotar las manos a los traficantes de armas. Felizmente no duró mucho la contienda y la paz firmada luego parecía tener consistencia y continuidad. Crucé los dedos

Fue por esos meses posteriores a la firma del Acuerdo que un grupo numeroso de turistas ecuatorianos arribó al hotel que dirigía en Lima. Bulliciosos y optimistas, el grupo mixto tomó gran parte de las instalaciones e hizo suyos los ambientes, como se llega a casa amiga. Luego de intercambiar datos, recuerdos, información y alguna broma bélica que incluyó mi relato en Puerto Bolívar, me di cuenta que se abría una etapa distinta para los dos pueblos, de acercamiento franco y sincero. Era un ánimo que se hacía notorio en el rostro de una mujer del grupo que apenas acomodó su equipaje me pidió le indicara dónde podía reparar su máquina fotográfica. Aficionado a esos menesteres no demoré en darle solución al sencillo problema. Continuamos hablando después en varios y breves momentos, auxiliados por eso que los entendidos llaman química. Terminamos recorriendo Lima con parte del grupo  cuando volvieron del ineludible Macchu Picchu.

En medio de un café humeante, poco antes de partir a su patria, Jimena me contó que era madre de dos niños que quedaron con el esposo en Guayaquil. Mencionó que tenían un tiempo prolongado con problemas y sentía que el amor estaba acabado. Su viaje era una manera de disipar sus conflictos y desavenencias. Lo mío, dijo, fue un compromiso forzado por esos rezagos medioevales que obligan a las mujeres a casarse con el novio que las desvirga. Tradiciones absurdas que tuvo que honrar si quería ser aceptada en su exigente entorno familiar. Sentí que congeniaban nuestras historias. Salía de un desafortunado noviazgo que iba dejando atrás con dificultad y Jimena me escuchó con la atención de saberse tributaria de reinos similares.

¿Cómo se organiza la suerte, el destino?, ¿por qué ella y su grupo eligieron el hotel Runa sin señal previa que los conectara? ¿Y por qué la máquina fotográfica averiada me encontró disponible en las pocas horas que pasaba en el hotel? ¿Cómo se construye el futuro?, ¿qué conexión existe entre Huaquillas, Puerto Bolívar y una guerra inútil y un hotel prescindible perdido entre ocho millones de limeños? Las preguntas sin respuesta las usaba para tratar de ubicarme en medio del creciente interés por Jimena y sus apresurados días de viajera deseosa de ver y comprarlo todo. Camino al aeropuerto le dije que me esperara en Guayaquil. Sí, tienes que visitarme, haz ese viaje pronto, te recibiremos en paz, no más confiscación de fotografías, me contestó sonriente. Nos despedimos en medio de recuerdos intensos de una ciudad que me había parecido distinta recorriéndola juntos.

En las semanas siguientes continuamos comunicados en cortos momentos que ella hurtaba a la empresa de asesoría jurídica y financiera en la que trabajaba y yo distrayendo mis horas tranquilas de administrar el negocio y dictar un curso en la universidad.  Redondeamos las confidencias que nos hicimos estando cerca. Le amplié la historia de la mujer que me abandonó para casarse con mi mejor amigo y en plazos diminutos. Ella le añadió la historia de un argentino, Kike, que conoció en un viaje a Miami. Fue importante para mí, pero ya no es parte de mi vida, mencionó, lo fue un tiempo corto que me hizo pensar en la posibilidad de separarme. Acusé recibo de la información y pensé que era mejor saberlo por anticipado; la perfección es enemigo de lo bueno, pensé.  

Conversamos durante varias horas en aquellos días de distancia momentánea, avanzamos en planes que nos llevó a pensar en establecernos en Lima o en cualquiera de esas ciudades que imaginé conquistar en mi primer viaje a Huaquillas. Jimena oía con discreta emoción y dominando sus inquietudes.

Mientras esperaba mi turno en la aduana Guayaquileña, pensaba si mantendría la condición de indeseable que ya no lucía mi renovado pasaporte. El funcionario me miró con desconfianza antes de preguntar por el motivo de mi viaje. Contesté sonriente: “por amor”, fingió no escucharme y le puso el sello de ingreso, para después reaccionar diciendo a media voz:  “¡nos quitan tierras y encima se llevan a nuestras mujeres!, ¡que carajo!”  Sí, éramos iguales peruanos y ecuatorianos, pensé sonriente.

Jimena me esperaba detrás de las vallas de protección. Menuda, pelo lacio con cerquillo recortado con precisión matemática; con altivez inocultable y luciendo la elegancia que conocí en Lima y que  evadía el calor sofocante. Un abrazo discreto de viajero de negocios selló el encuentro que parecía el preludio de una historia singular. Con un tono de confesión me volvió a advertir: ya sabes, no besos en público ni te acerques demasiado, aquí tengo muchos conocidos, guárdate para Quito que lo conocerás mañana, tengo los pasajes en mi cartera, ¿contento? Y cómo no estarlo, si la travesía prometía conversación y compartir habitación por primera vez; además Quito, ciudad serrana como las de mi niñez, guardaba historias de Bolívar, Sucre y Manuelita Sáenz y una enorme recuperación urbana de la que había leído y escuchado.

Fue un vuelo cortó que terminó divisando el Pichincha y sus nieves altas. ¿Ves esa imagen en la cumbre, iremos al Panecillo más tarde. Nos fuimos quitando las prendas en el ascensor, nos amamos agotando todas las palabras de placer y cariño. Apenas cerramos la puerta nos juntamos como dos seres unidos por el destino en su lado más débil y en sus propósitos más inciertos. Cuando se retiró Jimena apurada por sus actividades y horarios, pensé que el amor me visitaba de nuevo con sensaciones inéditas que me hicieron sentir que ella podía ser la compañera que esperé por  tiempo. Pero no deseaba ilusionarme en exceso, sabía que esa actitud era como jugarse el sol antes de que amanezca. Habían planeado algo del  futuro, pero Jimena no había prometido separarse de Oscar. Lo suyo era una entrega sincera, sí, pero sin rótulos, sin definiciones claras. Había que esperar.

¿Te das cuenta de que somos el mejor ejemplo de la paz firmada?, me dijo  mientras el volcán Pichincha  con sus nieves apaciguando el fuego interior se recortaba en el horizonte. Y espero que no se repita la guerra, me advirtió Jimena con ternura, porque no estaré de tu lado en ese momento. La miré como prisionera en mi campo, a mi merced y decisión, impedida de alejarse. Pero no, con ella no había vallas ni subordinaciones posibles; confundía su voz delgada, el brillo de sus ojos podía atravesar fronteras minadas y regresar a su lugar con la sonrisa diminuta que nunca pudo ser carcajada.

Fría la mañana en Quito, tejas de arcilla roja, tensión de ciudad serrana, contrita, como frenada en sus sentimientos, distinta a la bulliciosa y abierta Guayaquil. Un general de la guerra gobernaba con éxito la ciudad; túneles y pasos a desnivel atravesaban los andes aligerando el tránsito otorgándole el perfil de gran capital. El taxista habló de la enemistad de la costa con la sierra con expresiones que no eran pasajeras ni livianas. Eran de la fiereza que habría usado para referirse a los peruanos. No lo atices más, me advirtió Jimena en voz baja, ya sabes cómo se quieren Guayaquil y Quito. Le hice caso y con buen ánimo nos refugiamos de nuevo en el Howard-Johnson, entre República y Alemania, cerca al parque La Carolina para salir luego en busca de la ciudad vieja, a caminar los desniveles, museos y alrededores del Palacio de Gobierno. La bandera flameaba enorme, orgullosa, como el día en Huaquillas, en qué me dibujé conquistador sin imaginar que años después ataría mis manos, vencido y cobijado bajo los amarillos, azules y rojos de la orgullosa tela.

Quito se extiende hundido entre valles y quebradas y se eleva hacia el cielo mientras el sol alumbra con tonalidades amarillentas y blanquecinas que hacen difícil saber la hora que se vive. Nos acercamos a la casona que ocupó Sucre con su amada quiteña, respiré su presencia en cada mueble o habitación, atisbamos también los vestigios de Manuelita Sáenz y Bolívar y en la iglesia de San Francisco, ante el altar mayor, dijimos aceptarnos como pareja para siempre. No faltó eso de “puede abrazar y besar a la novia”. Ya en el Tianguez, cafetín pegado a las paredes franciscanas, coincidimos en que había tres maneras de abrazar. Tu pareja te subordina y te abraza como si cobijara a un ser que conjetura requiere cariño y tutoría o se cobija bajo tus brazos, sometido, pidiendo protección. La otra forma es el abrazo de iguales que entrelaza dos almas, dos sentimientos, sin pedir nada a cambio de la renuncia, solo entretejerse para entregar la libertad. Deseábamos ocupar este último escalón.

Conversamos hasta el amanecer recordando la promesa del templo cristiano. Jimena habló de todo lo que quedaba en su memoria, sabiendo que quizá sería la única ocasión que pasaríamos juntos la noche entera. El amor fue el amor, con todos los detalles de rostro, miradas y cuerpo que el amor tiene cuando es amor. A medianoche telefoneó a su casa en Guayaquil. Habló con Oscar y sus hijos. Extraña experiencia, ubicado en la nada, apenas una presencia etérea, circunstancial que observa una conversación real, fáctica, de aquellas que existen y perduran para no morir jamás. Nos alcanzó el tiempo para comer un dulce de higos y queso en el último nivel de un edificio situado en una esquina de la plaza Santo Domingo. La explanada que se divisaba abajo parecía un milagro dominico, balanceándose en el desnivel de la pendiente, con la iglesia sostenida por el vacío con el celeste del cielo como fondo.

El corto tiempo en Guayaquil fue para recorrer la cuadricula fundadora del  barrio antiguo de Santa Ana y caminar las orillas del río Guayas sobre el remodelado malecón. ¿Sabes que los constructores de las obras fueron peruanos? ¿Y conoces que el arquitecto diseñador es también peruano?, le contesté. Sí, Zubiate, el bueno y loco de Manuel. El Perú y Ecuador hermanados en el río, alejados de la guerra, y de puertos bolívares que bloquean la hermandad, con las manos entrelazadas de amantes que veían bajar el agua lenta,  arrastrando limo fértil y flores enormes que parecían barcazas naturales.

No fueron frecuentes los viajes pero sí prolongadas las discusiones a la distancia. Pidiendo yo el final del hogar, Jimena aferrándose a los últimos vestigios de lo que parecían ser los días finales del  infeliz matrimonio. Separó su habitación del esposo y pareció iniciar la etapa final. La conservadora familia cercana participó del complicado proceso, se alarmó y colaboró para sostener lo que nadie parecía detener. Jimena pedía tiempo, comprensión: no puedo hacerlo en tus plazos, me decía, déjame hacerlo con mis tiempos, diseñar mis decisiones. Sí, de acuerdo, comprendo, pero no puedes postergar una decisión que la realidad ya hizo inevitable, nada más hazlo, hazlo y ya. Así nos invadió la tensión, la quietud, los silencios.

Y de pronto lo indescifrable, lo inesperado: Jimena un día cualquiera eligió su familia, su casa. Mi hogar es un páramo desierto, es agonía, tristezas diarias, un desastre, pero igual aquí me quedo, Álvaro, me dijo. Con mis hijos, con Oscar que me necesita, no quiero un padre distinto para ellos. Fue sorpresivo escucharla, ¿qué dices, no te vas, por qué? No puede ser, piénsalo…no, ya lo pensé, no daré otra versión, no insistas, he decidido, mi amor no tiene nada que se le parezca, te amo, te quiero, todo junto, pero no dejaré esto poco por ti, ni por nadie. Habló claro como el cielo azul quiteño, sencillo de entender como el marrón del río con sus barcazas de flores; el mensaje parecía definitivo. Jimena se quedaba con sus hijos y Oscar. Silencio, ira también, resignación, nada había que hacer ni añadir, sólo iniciar la retirada, como los soldados de la guerra que regresan de una invasión fallida después del armisticio, demacrados, con la vida en jirones expuesta sobre el uniforme y con el rostro marcado para siempre.

Se espaciaron las conversaciones, detener un corazón que se movía en la dirección norte, olvidarse de cavar en el mar, en las arenas de la Ruta del sol. Descuida, haré mi vida aquí sin causarte problemas, le dije; y hacerlo fue para perderme en noches malgastadas, amaneceres con la luz del sol apareciendo. Caminar sin las fronteras que instalé por ella en mis quehaceres diarios, perdiéndome en las brumas de una depresión que me atrapó porqué sabía dónde encontrarme. Jimena luego de algunas semanas de su declaración solemne, quizá con el afán de recuperar algo de la magia extraviada, me entregó una variable a su decisión: vivamos así como hasta ahora, vienes con frecuencia y buscamos una manera distinta de ser felices. Un no rotundo fue mi respuesta,  quiero hogar, familia y no esa torcida manera de sentir el dolor a cucharadas.

Y continué hallando consuelo falso, inútil en sonrisas vacías, en horas truncas, insustanciales. Lo comentaba con Jimena, detalle a detalle, como también le solté de improviso mi nueva alternativa: me instalo en Guayaquil, total lo que hago aquí lo puedo hacer igual en tu ciudad, cierro todo, organizo mis cosas y ya, me voy. No lo hagas así, me dijo ella, no me hallarás aquí para ti. Además, mira lo que haces en Lima, traicionas nuestra relación, la destruyes, me haces a un lado, como si yo estuviera ausente de tu amor y seguro que aquí harías lo mismo. Y algo importante, si vienes entérate que Kike está ahora en Guayaquil. ¿Quién dices? Si, él, del que sabes. No he hecho más que seguir tus normas y condiciones. Mientras te alejabas y organizabas tu recuperación nos contactamos de nuevo y ahora está aquí. El “está aquí” resonó en mi mente como si  el Pichincha explotara y su lava se vertiera en el centro mismo de la relación. No pude entender, nunca lo entendí pero igual hice el viaje que creí necesario. Jimena no quiso verme en un primer instante, luego, poco antes de mi retorno aceptó otorgarme unos minutos en el Mall del Sol, cerca del aeropuerto. Seria, distante, tenemos media hora, vendrá Oscar con los chicos. Nos sentamos sobre una banca de madera calada. No pregunté por  Kike, era inútil hacerlo, todo estaba en escombros, como las colinas del Cenépa. Presentía que no nos veríamos más. Se acabaron los minutos sin precisar nada, sólo frases entrecortadas que preludian un final inevitable, sin distensión ni fronteras delimitadas. Y Oscar apareció hacia el fondo de los pasillos. La dejé ir, siguiendo de cerca sus pasos, como se sigue a una sombra que se aleja dejando un campo minado, en escombros. Divisé al marido que le dejaba un beso en la mejilla, distendido, ignorante. Pasé por el costado de la familia, rozando los dedos de Jimena y mirando a los ojos del compañero, tratando de hallar allí alguna noche robada a mi amor. Se instalaron en un café mientras me marchaba. Los observé unos minutos por los ventanales, con descaro, con fijeza. Jimena nerviosa, arreglaba a sus hijos en los asientos.

Fue la última vez que la vi, no volvería a visitar Guayaquil por ella. De paso al terminal, frente al río, con las flores como dioneas tropicales deslizándose suaves, discretas, escribí una nota que arrojé a las aguas. Mezcla de protesta inútil contra Kike, las falsedades y desamores, los planes incumplidos, recordando los primeros días en Lima, las caminatas en Quito y su perfiles de ciudad aérea, escarbada en las colinas del continente. Al revés de aquellas ideas de conquista de mis años iniciales quedaba cautivo para siempre de una patria que aprendí a amar y que extendió la mía, la hizo más grande y andina. De lo demás nada iba quedando, siluetas de humo disipadas por la brisa porteña. Distante del Puerto Bolívar de los años felices, cerca de la bandera flameando sobre las aguas densas, saludando al viento, amarilla, azul, roja, inmune al cumplimiento del ciclo eterno de la redondez de los actos, el círculo del cielo y el infierno.

sb/2005

Crónica maya

Los pájaros trinan en el follaje alto roturando la inmovilidad de las hojas que se agitan como castañuelas vegetales, los monos se balancean en la espesura y chillan reclamando la ocupación de su territorio. Arrastro mis pies sobre el suelo húmedo claveteado por el sol que penetra como lanzas de luz. Me acerco a Tikal. La ansiedad me ayuda a rememorar fantasías de los años en que conocí lo maya acariciando brillantes fotografías que mostraban sus pirámides escondidas entre la bruma de la niebla baja. Recuerdo que sus escalones me parecieron mandiles drapeados puestos sobre laderas de colinas madres. Si el universo tiene caminos, pensé, las escalinatas debían ser sus gradas de ingreso. Establecí afinidad con aquellas imágenes, juzgué mía la piedra y mía la floresta;  pero, me faltó entonces la capacidad de otorgarle lugar y geografía a esas imágenes que gatillaban historias que inventaba. Me prometí subir algún día las escalinatas y comprobar si los peldaños de piedra conducían a un hogar eterno y averiguar si los quechuas y  mayas  éramos hijos de una sola leyenda.

Voy repitiendo el nombre mientras camino: Tikal, Tikal, resonancia guardada en campañillas de jade y oro, sonoridad pétrea y  vegetal que redime el alma cuando se aleja de los labios y se la recoge de nuevo en alas lepidópteras de suave ámbar martillado. Tikal, Tikal, letras que vuelan de  consonante a vocal y de vocal a consonante creando de nuevo la  musicalidad que los Mayas lograron para reconocerse atitlánes.

Salimos del bosque para atravesar un pasaje de piedra tallada que preludia algo importante y, de pronto, como si descubriéramos el Dorado, se abre a mis pies el lugar, la geografía, fronteras y floresta. Es un espacio liberado de selva, guarnecida por pirámides esbeltas que parecen multiplicarse como abalorios de piedra. Me detengo absorto, el sol matutino se estrella sobre las escalinatas de mis recuerdos y las deshace, rebota sobre la pirámide gemela y se deposita en el césped como lámpara incandescente. El escenario tiene un faro de luz natural que se recrea ante mis ojos que parpadean incrédulos. Más allá, una elevación intermedia guarda al dios de la lluvia. Hacia el este, aislando la plaza, una estilizada edificación horizontal rompe la verticalidad del conjunto y aquieta el ascenso de las pirámides.

Camino sobre las piedras megalíticas de mi patria antigua, distintas, ciclópeas, palpo la diorita aquella y la caliza delicada que toco ahora, es la sensualidad maya y el minimalismo inca, austeridad quechua, repujado maya. Me reencarno azteca, guaraní, chavín, huari y de nuevo Tikal. Recojo aliento, me pregunto dónde perdimos la guía que orientó el crecimiento de las calizas que se yerguen ahora en medio de la selva. La comunión de la  piedra y el bosque es absoluta, cada bloque le pertenece a un árbol, a sus raíces, a la savia que las riega, cada árbol es propiedad de la selva como cada piedra se mimetiza en la ciudad. La floresta cobija al conjunto y lo acomoda para su paseo por el universo.

Bajo a la explanada repleta de verde y luz, observo la piedra recortada sobre el cielo y me siento aprendiz impío, tallador imposible, desposeído de las habilidades que aquí reinaron por siglos. Trepo luego modernas escalinatas de madera para ver de nuevo las pirámides desde el aire, es la cita con los penachos de piedra coronando las cumbres. Siento cerca  a las Pléyades, a las constelaciones que mayas y quechuas consultaron para elaborar calendarios exactos mientras Europa se hundía en la barbarie. Descanso sobre piedra para mimetizarme en la armonía que se respira, compruebo que sí, que desde aquí se tocan las constelaciones.

Era una sola la nación maya, divididos ahora en varios países que fuerzas extrañas no permitieron que fuera uno. Habitaron al sur de la península de Yucatán, parte de Guatemala y Honduras entre los siglos III y XV. Declinaban cuando los Incas llegaban a su máximo esplendor, se retiraron entonces de Copán, Quirigua, Piedras Negras, Palenke, Tikal, Chichenitzá. No fue el suyo un estado absolutista y hegemónico, crearon ciudades estado con lenguas diversas y cultura diversificada. Teorías explican su decadencia: fenómenos naturales, escasez de agua, guerras internas o el sencillo ciclo que discurre entre la vida y la muerte. Cuando el tirano Pedro de Alvarado arribó a las tierras de Quauhtlemallan, territorios de “muchos árboles”, el período maya clásico había fenecido.

Desciendo de las alturas para ir a otros espacios más discretos, pirámides cubiertas por raíces adventicias y hierba. Túmulos y elevaciones se confunden con la floresta durmiendo el sueño de siglos. No hay presupuesto, explican, para ponerlas en valor; quizá enterradas se conserven mejor, pienso. Los Estados y gobernantes son ignaros y depredadores de lo mejor de nuestras culturas.

Me pregunto acerca del modo en que fue dominado el bosque, imagino sus ceremonias suntuosas, con el cacao humeante recorriendo dedos cortesanos, sofisticación, sensibilidad para construir edificios que definieron la belleza. Sociedad estratificada, de señores y vasallos, de castas y exclusiones. Más allá nos muestran la Ceiba, el árbol maya, áspero al tacto, grueso, de copa austera, serio, enraizado firme su tallo en suelo delgado. Mientras el guía explica la lluvia aparece con la fuerza de un vendaval, buscamos refugio y hago una breve oración al dios enclaustrado. No nos escucha, en minutos los caminos peatonales se convierten en vías de caudales impredecibles. En otras épocas se guardaban en reservorios para atender a la población.

El diluvio sanciona el fin de la visita, con las ropas húmedas  me veo sobre el asfalto que serpentea en medio de la selva. Atardece y en la espesura del follaje se queda Tikal, caliza y arenisca para la eternidad. Siento haber visitado la belleza permanente, el equilibrio, la sabiduría entramada entre los festones de piedra. Reconozco que las ilustraciones escolares fueron apenas un reflejo lejano del esplendor que va  quedando atrás. Los mandiles drapeados eran en verdad serpientes emplumadas trepando hasta el santuario que habita la Vía Láctea.

La cercana Isla de Flores nos acoge unas horas con su lago de aguas azules, la pequeña ciudad se apretuja en sus colinas trepando las pendientes y soportando el depredador efecto del progreso que derriba sencillas muestras de arquitectura colonial para reemplazarlas por el cemento y el vidrio polarizado. ¿Por qué será tan difícil reconocer que no hay turismo que prefiera lo que abunda en otras latitudes?  Se requiere  conservar, refaccionar, antes que derribar. Bebemos cervezas frías mirando el lago verde azulado moverse a ningún lado, engañando al viento. Sidi, la poeta a mi diestra, esboza unas letras sobre servilletas blancas. La miro delinear palabras con la facilidad cultivada por sus antepasados para dibujar sobre piedra. Observa el horizonte, riega su mirada entre las orillas y termina de escribir unas frases en la superficie rugosa; ordena las hojas y me las entrega. Guárdalas, me dice, léelo después. No obedezco su pedido, recorro los versos y los anoto aquí.

Dejé

He dejado en tu ventana
hoy un secreto…
escondido bajo el gris
que adorna el muro,
resguardado del sopor
que ahonda el beso.

He dejado tras tu puerta
letras nuevas,
aroma incienso de los montes
que te habitan,
contraste maya de tu sangre
de alma inca.

Y he dejado, sin que sepas,
un hechizo,
cantar desnudo de esta selva
en savia erguida,
murmullo verde que resbala
en las aristas.

He dejado para ti, hoy tantas cosas,
en la entrada de la piel que
alarga el cuerpo…
en este azul que trinan alto
los volcanes,
en la veleta tricolor del huipil
viejo…

Un corazón abierto
en dos pirámides opuestas,
un centro alto de calizas
callejuelas,
el lago eterno que alimenta
vientre y sierra.

Y he traído, así entre lluvias
un recuerdo
a tu pecho que es de barro
en lenguas santas…
la marca limpia de tus pies
en patria de árbol,
la huella exacta de tu mano
al maíz negro…
para que viertas desde el Sur
algún conjuro, que sane al soplo
los espacios ya vacíos
sobre esta tierra que hoy
añora al hijo nuevo.

Guardo pequeños recuerdos, hojas, poemas y nos disponemos a recorrer el Petén en la ruta de regreso a Ciudad de Guatemala. Extensos bosques hollados por la cinta negra del camino, ríos, puentes, bosques y más bosques me dan señales de la riqueza del país. También casuchas de madera pueblan la ruta. El pueblo maya, menudo, esbelto, con sus trajes coloridos, espera transporte a la vera del camino, conservan la altivez y distancia de sus ancestros. Tienen construido un mundo aparte, distinto, con veredas propias, espacios particulares sin vasos comunicantes con el país oficial, como hace siglos cuando Pedro de Alvarado los diezmó y trazó la línea divisoria entre lo blanco y  lo cobrizo. Occidente es dueño ahora de todo lo que alguna vez les perteneció, de sus voces, de sus deseos y de su destino.

Arribo a la capital para continuar de nuevo: Baja Verapaz nos espera. En los primeros años de la conquista la paz fue construida por dominicos pacificadores de la región. Es Santiago Cubulco, el lugar de destino, se le conocía como Nima’Cubul o Cubuleb’, es la tierra de los palos voladores: mayas devotos que cada julio se sujetan a troncos de árboles que se pierden en las nubes y giran y giran hasta que el dios de la lluvia escuche sus ruegos o la cuerda se rompa para volar por los aires como cuerpos celestes en busca de la vida que perdieron con la conquista.

Nombres mayas en el camino: Salama, Chol, Purulha,  Rabinal, Chicaj. Una tras otra las colinas verdes sin fisuras se despliegan como cúpulas enterradas en el follaje. Un quetzal de fantasía vuela de sur a norte ocultando las huellas de la violencia guerrillera de los años ochenta y noventa. Poco lograron aquellas fuerzas para erradicar la pobreza y las diferencias. Rostros sosegados, derrotados, de los mayas del  bus contemplan apacibles el camino, algunos ríen ignorando que son ajenos a su patria, ciudadanos expropiados de su suelo. Bartolomé de las Casas conocía bien éstos parajes, catequizó entre las etnias achí, pocomchí, quiché y cakchíquel. Entre ellas desplegó su doctrina liberadora. Por eso no es extraño que se conserve aquí la representación del etnodrama “Rabinal Achí”, que recuerda el reclamo que los rabinales del siglo XIII le hicieron a los gobernantes k’icheles por haber destruido sus pueblos. Narración oral que conserva las tradiciones culturales de un pueblo que se niega a morir y que también nos enseña que las injusticias no fueron solo patrimonio español.

No hay lugar exento de antigua cultura. Delgadas y altivas mujeres con vestimentas coloridas, silenciosas, discretas, nos llevan al pasado. Parecen custodias de la cultura ancestral, conservan sus vestidos tradicionales mientras los varones lucen jeans y zapatillas de dudosa originalidad. Saboreo fruta  verde sazonada con chile picante, nítido rezago de la antigua culinaria maya. Se oye en el mercado corridos mexicanos, muestra clara de antiguas relaciones con territorios del norte. Formidables todo terreno muestran el dinero de los migrantes. De ellos vienen los ingresos que se transforman en  cemento e inútil lujo estrafalario. La sutileza maya se sumerge en la modernidad vacía de tradiciones y referentes nacionales. Es el Occidente ramplón, a medio digerir, que se impone por escuelas, hogares y ciudades. Es cierto que el optimismo renace cuando se ve la perennidad de la tradiciones, creativas y renovadoras: son expendedoras de tortillas con sus vestidos multicolores; lucen fuertes, vigorosas soasando las deliciosas y delgadas láminas de maíz que vienen del pasado.

Cambiamos el rumbo hacia el lago Atitlán, visitamos de nuevo la Capital y seguimos la ruta de cien kilómetros hacia el oeste. Ascendemos  vegetación tupida hasta sentir el aire frío, la ruta serpentea sobre la geografía que se eleva, disminuye el calor y las colinas romas, semejantes a cúpulas cercenadas, se esparcen en el verde infinito. De pronto, retazos del lago se esconden y reaparecen entre el follaje que lo oculta, se intuye su acabado de postal fotográfica. En pocos minutos Panajachel, la ciudad puerto del lago nos recibe bulliciosa y cosmopolita, las aguas azules se muestran integras. Una calima ligera se levanta y, al fondo, el volcán que protege la orilla opuesta es una presencia que se extiende por toda la ribera. Es una pirámide maya natural, es el molde, la referencia que nos conduce a Tikal, Palenque, Cobán. Su esbeltez parece moldeada a mano y le confiere al lago su personalidad intransferible. La superficie de agua, la vegetación y la pirámide de lava dormida forman un conjunto que no tiene duplicado en el mundo. Belleza interminable, difícil de abarcar, de pensar, sólo es necesario mirarla, sentirla. Decido pensar que Atitlán es la fuente de agua más elevada del mundo, sus azules son el nivel máximo de la tierra y hace que no desvíe su eje de rotación, nivela las fuerzas de gravedad y se opone al sol y a los planetas exteriores en su gira por la Vía Láctea. ¿Por qué la capital maya no se construyó en la cima del volcán y sus pirámides en las orillas del lago?

Tomamos una lancha ligera que surca las aguas hasta San Pedro. Van turistas y mayas aculturados que negocian, compran, venden. Los poblados de las orillas llevan nombres cristianos, de santos exóticos. Me pregunto cuándo recuperaran sus nombres originales. Ese día el volcán dormido nos dará su señal de alegría. Llegamos a un muelle vistoso y colorido, los nativos y lugareños se mezclan curiosos observando el arribo frecuente de lanchas sucesivas. El poblado trepa hasta las cumbres regando callecitas empinadas y retorcidas llenas de comercio y baratijas. Me siento en altura conveniente a contemplar las aguas. Veo lejano todo, aquí se está a la orilla del mundo, pleno, retozando el alma, acunando la belleza. Escucho hablar el Tzutuhil Kachiquel y Quiche, que se confunden con el inglés, alemán, español. Debió ser así desde milenios atrás, pienso, cuando el mundo maya era potente y comerciaban con los mexicas y caribes y era propietaria de éstas aguas tranquilas que nos otorgan dimensión humana.

Sin lagos atitlanes nuestras vidas serían páramos olvidados, sequedad desértica. Por eso la necesidad de proteger sus orillas y sus aguas que ya comienzan a ser depredadas por nuevos y antiguos ricos que poco saben del respeto al santuario Atitlán. Casas ostentosas de cemento y vidrio, hoteles de quince o mas niveles afean las orillas y exigen que una autoridad autónoma organice lo que es aún depredación evitable.

Me retiro de sus aguas, de Panajachel y nos trasladamos en busca de Antigua, capital histórica de Guatemala. Se estableció en territorio de los cachiqueles en la zona del altiplano guatemalteco: Iximché. Luego tuvo otras locaciones hasta llegar a ocupar el sitio definitivo que ahora conozco. Ciudad museo, conserva edificaciones que mantienen intacto el aroma de antaño. En sus fachadas y calles adoquinadas se guardan los recuerdos de las crueldades de Pedro de Alvarado y de su viuda desconsolada que murió cubierta por el lodo del Volcán de Agua, trágico final para muchos invasores. Es también la casa de Luis Cardoza Y Aragón escritor, poeta y ensayista que es necesario leer para saber de Guatemala. Antigua se recorre con el tiempo detenido, sus calles rectilíneas conservan el espíritu de la época colonial. Restauraciones hechas con criterio y sapiencia le dan ahora  a la ciudad categoría de recinto urbano protegido y admirado. Se nota la intervención de una burguesía ilustrada que entendió que depredar lo antiguo es sólo cercenarnos de historia, depurarnos de pasado, aunque éste sea colonial. Antigua me detiene, me atrapa, sus antiguas casonas y conventos conservan los pasos de los conquistadores y nos muestran la maestría de los alarifes mayas. Allí esta la ciudad mestiza, que se sostiene construida con amorosas manos cachikeles.

Los campanarios aún  repican cuando es hora de partir, de dejar territorio maya. Las estampas de mi adolescencia me interpelaban sobre el origen de dos pueblos hermanos. Vine para saber si éramos hijos del mismo padre incubados en un sólo vientre. Descubrí que sí, que éramos desde siempre hermanos de sangre,  premiados por la suerte de ser etnias universales. Eso somos, fundadores, hechura de estrellas, de universos míticos jamás derrotados. Siento que nos une la historia y el futuro compartido. Dos naciones en busca de una identidad y de un destino común que jamás se podrá desligar de la suerte de nuestro pueblo continente. Nos une el maíz, la piedra y la obsidiana, los caiteles y las ojotas de caminantes hermanados por la tragedia y la victoria cercana.

Abajo se ve el aeropuerto La Aurora, esperando el retorno de sus hijos expatriados, de los amores idos, de las promesas incumplidas. Llevo libros, poemas y tierra maya. Recuerdo que llegué buscando escaleras drapeadas por donde transitar al cielo buscando mis orígenes. Sé ahora que los infortunios de mi patria son propiedad también de la Guatemala antigua que se pierde entre las nubes, allí abajo. Entendí que el Popol Vuh es mi biblia, el huipil mío y que la tierra de dioses olvidados será siempre un lugar para entenderme, un modo de ser andino y continental. Llegará el día, el siglo, en que vuelva Qutzalcoalt de nuevo a predicar entre los humildes, entre los que perdieron sus alas de serpiente emplumada. Seguro que así será, mientras, mi corazón se detiene y vuela hacia el volcán de los atitlánes para depositarse dormido.

2006.

Ariana

Ariana no necesitó alas para volar. Ocurrió de repente, como ocurren las certezas que están unidas a la ineludible rueda de la vida esperando la ocasión de expresarse. Desplegando sus manos de niña con naturalidad reunía en la yema de sus dedos toda la bondad y belleza del mundo. Algunos intuyeron siempre que Ariana algún día desplegaría sus alas sobre el cielo azul de Karhua.

Miradores altos rodeaban la comunidad, sus estribaciones podían ser vistas desde cualquier lugar de la planicie. Desde el pico más elevado, el Markasani, se observaban lejanas las aguas del Apurímac y se escuchaba el murmullo de su conversación. Ariana recorría sus cumbres con presteza persiguiendo libélulas y pequeños picaflores. Todos la observaban angustiados caminar por los bordes de los acantilados, veloz, pretendiendo detener el vuelo de un wayronko diminuto mientras agitaba al viento su báculo hecho con madera de chirimoyo. Le agradaba correr tras de seres elevándose hacia el cielo y que no superaran el tamaño de su mano. Su determinación era proverbial y no cejaba en el intento hasta tener en sus manos iridiscentes y vertiginosos aleteos que esparcieran polen dulce en sus manos. Retornaba entonces a casa liberando los animalillos y canturreando melodías  que le enseñaban las mujeres de la comunidad.  

En el camino mostraba las formas y colores extraños de estos diminutos invertebrados que, en sus manos crecían de repente hasta alcanzar el tamaño de los siwar. Los seres alados que lograba detener en sus dedos cambiaban su destino. Crecían frente a su vista antes de ser nuevamente libres. Los soltaba juntando sus dedos como en una oración y los acercaba al cielo dejándolos volar por el espacio azul con el tamaño transformado. Algunas veces las criaturas lograban escapar de sus manos. Giraban hacia el espacio infinito batiendo libres sus alas sobre los coloridos campos sembrados de quinuales bermellones, trigales de tonalidades azul grana, tunales que formaban color recién al abrirse. Junto a ellos, chirimoyos de luminosidades terracota, pacaes gigantescos, cañaverales que proveían de jugos de distintos sabores y colores a la enorme falca de dorados bronces que destilaba licores que se bebían en las fiestas del aire, la luz, del agua y de la Luna. El bronce de la falca descansaba en el corazón del Markasani. Allí, con iluminación permanente trabajaban sin descanso los pequeños especialistas venidos de la comunidad cercana de Cconoc. Los árboles, plantaciones, flores y frutales dibujaban en el campo cuadrículas multicolores que desde el aire se veían sólo de tonalidades verdes, repitiendo  un patrón desconocido para los humanos. Así evitaban la llegada de visitantes que pudieran verse atraídos desde el aire sólo por la variedad de los colores de Karhua.

Desde los farallones Ariana observaba la inmensidad de la planicie. Se detenía al borde de las alturas con sus pequeños zapatitos apenas visibles desde el suelo, logrando un equilibrio que todos hallaban imposible de alcanzar. Entonces sus castaños ojillos acuosos observaban sin poder evitarlo desaparecer en el infinito a esos seres que batían sus alas al compás de los números que Ariana descubría. Sí, conocía la cantidad de aleteos que poseía cada diminuto ser y los comparaba con un patrón de tiempo que ella había inventado. Su silueta recortada contra los riscos se hizo popular entre los hombres de la comunidad que coreaban admirados: ¡Jallallas, Jalallas¡, cada vez que observaban su diminuta figura desafiar a la vida descolgándose de cumbres y peñascos con la facilidad de una hormiga celeste. Las sonoras exclamaciones se deslizaban con suavidad por los llanos y escalaban el Markasani donde se guardaban para siempre.

Su madre había ya renunciado a controlarla por ser tarea imposible. Temía que sus osadas travesías sobre los riscos le significarían perder la protección de una figura invisible que la cuidaba y vigilaba. Todos los habitantes de la comunidad estaban seguros de la existencia de ese ser, pero nadie lograba verlo. Se comentaban historias en torno a su forma y procedencia. Unos decían que era una niña vestida de púrpura, de largos cabellos y mirada dulce que se cansaba de seguir a Ariana en sus diarias correrías. Otros aseguraban que se trataba de un niño vestido  a la usanza de la zona, pero distinto por los hilos de oro que refulgían de sus ropas. No había acuerdo en este detalle. Pero todos coincidían en pensar que ella tenía poderes para vencer la atracción de la tierra,  fuerza inevitable para todos los mortales. Afirmaban que esa virtud anidaba en su mirada, en un lunar transparente que podía ser percibido sólo con el sol ausente y  posando ella su mirada en la Luna llena. No era posible observarlo en otro momento y no todos podían verlo. Aquellos que lograban advertirlo tenían en su corazón la mirada y la sonrisa de niño y la capacidad de recorrer los riscos sin temor a perder la vida, pero sentían miedo y desconfianza de ejercer la libertad de volar. Tampoco podían ignorar la opinión de los espíritus de las montañas que siempre tenían miradas acusadoras para cualquier práctica que se saliera de las costumbres establecidas.

Un día logró atrapar una pequeña mariposa amarilla que tenía rota sus antenas. En sus manos se recompuso en instantes y creció como sucedía siempre. Liberó sus alas amarillas y remontó vuelo transformada en brillante luz que revoloteó alrededor de ella sin querer partir. La acompañó incansable durante 99 días y 99 noches, manteniéndose a su lado por todos los lugares que visitaba. La mariposa se hizo parte de las actividades diarias de la casa durante ese tiempo. Se suspendía sobre su cama alumbrando la habitación con gran luminosidad. Bajo esa luz hojeaba sus cuentos con detalle hasta que todos cayeran rendidos por el sueño. En ese instante del amanecer la mariposa descendía a la cabecera de la cama y dormía mirando el rostro de la niña. La acompañó en días de lluvia y sol sin cambiar de apariencia ni de tamaño. Posándose sobre su hombro inducía a Ariana a tranquilizarse y a dejarse caer sobre la hierba húmeda quedándose dormida. La luz entonces se alimentaba besando sus labios.  Regresaba a casa bien entrada la noche con la mariposa revoloteando a su alrededor. Contaba entonces las historias vividas ese día. Los comuneros de Karhua, sus hermanos y padres se sentaban alrededor para escuchar las leyendas acerca del sonido que produce el aleteo de cada animalito que ella capturaba, o el significado de sus variados  lenguajes. Aseguraba que carecían de vocales y era muy fácil de aprender si se escuchaban sus sonidos al revés. Era una rutina que se prolongó durante mucho tiempo hasta que ocurrieron los hechos que cambiaron las costumbres de la comunidad. Fue el tiempo en que la luz de la mariposa partió hacia las cordilleras. Fue la única vez que hubo luminosidad suficiente para observar los rostros adustos de los señores de las montañas ocultas entre las rugosidades de los acantilados.

Era un día en que se cosechaban los frutales. Las mujeres liberaban los tunales de sus espinas con mantas multicolores. Cantaban y bailaban siguiendo los sonidos que emanaban de la hendidura de un peñasco cercano. Se sabía que esa oquedad se iniciaba en las cercanías del puente Ccunyac donde podía verse la dorada puerta sagrada de ingreso a Karhua. El paso subterráneo recogía la música del Apurímac y la conducía por leguas transformando los sonidos del agua en melodías que eran usadas según la ocasión. Afirmaban que los acordes eran la respuesta de la tierra a la felicidad que le producía saber que Ariana corría feliz sobre sus venas. Esta vinculación debió ser cierta porque unos días el peñasco dejó de cantar y las cosechas se suspendieron. Fue cuando enfermó de una rara alegría que le producía sonrisas de colores que precipitaba una fina y colorida llovizna que descendía únicamente para ella, Ese día de luz brillante la recolección avanzaba con rapidez al ritmo de la música y los cantos. Mientras Ariana desde lo alto de un mirador escudriñaba el horizonte buscando un escarabajo volador perdido entre la ventisca. Nadie le dio importancia a un hecho tan común.

La atención cambió cuando fue vista remontando los aires persiguiendo al extraño animalillo. ¡Ariana extendía sus brazos sobre el espacio infinito! Su cabellera ondulaba sobre el espacio azul con su ropa flameando en el aire mientras atravesaba los vientos que venían del sur y se dirigía con los brazos extendidos sobre los cañaverales naranja. Los danzantes detuvieron su trabajo y miraron embelesados el paso del pequeño acorazado volador seguido muy cerca por Ariana que se había negado a que el escarabajo se liberara de su destino. Tomándolo entre sus manos descendió suavemente por la colina y terminó posando sus pies en medio de los pacaes gigantes.  El escarabajo entonces remonto vuelo transformado en calandria diminuta. Más tarde explicó que un escarabajo volador de gran tamaño hubiera asustado a los niños del campo. La fiesta continuó, el trabajo prosiguió después del momento mágico que no sorprendió mucho a los comuneros. Sabían que esto sucedería algún día. Varios de ellos vieron a la figura protectora extendiendo sus manos luminosas en torno a Ariana. De cabellos dorados y vestidos púrpura, explicaron emocionados.

Desde ese día su cabellera brillante era vista desplegada al viento por todos los confines de la comunidad. Un día aquí, otro mas cerca de las elevaciones; siempre acompañada de seres diminutos revoloteando a su alrededor, atendiendo a las personas que requerían ayuda y alivio de sus penas.

La última ocasión que quiso ver el mundo desde los aires fue durante la fiesta de las aguas. Ese día todos los líquidos y hielos de la comunidad eran conducidos hasta una pequeña laguna de color turquesa que servía de albergue a variedad de insectos, plantas y animales de la planicie. Allí se revitalizaba el color y consistencia del agua. Luego le añadían los sonidos del Apurímac que se guardaban también en el Markasani  y las  redistribuían por toda la comarca. Ese día Ariana quiso elevarse sobre la laguna protegida por la bellísima luminosidad de sus anteriores experiencias voladoras. Dudó un instante en impulsarse. Pensó que la luz acudiría con un sonido  breve que emitió su voz con rapidez. No obtuvo respuesta. Espero unos segundos y decidió emprender vuelo, segura que no sería descuidada por su niña protectora. Enorme fue su sorpresa al comprobar  que no podía  elevarse hacia los vientos a pesar del esfuerzo que puso su corazón. Se internó en las aguas, se tiñó de turquesa. Salió de la laguna ayudada por las comuneras que  siempre la rodeaban cuando ella estaba en la planicie.

La secaron con presteza sin percatarse que la niña luminosa le decía al oído: no debiste dudar, no debiste llamarme, se vuela sin pensar, solo deseándolo. Mientras esto ocurría, la  vieron crecer de repente dejando de ser la niña que tanto tiempo había recorrido las alturas, volando como las pequeñísimas aves y caminando por los arroyos naranja aliviando a los enfermos con su mirada. Entendió con rapidez que la razón que sostuvo su prolongada infancia fue la fe que perdió de pronto esa mañana frente al espejo de aguas turquesas que bañó su niñez y la transformó en pequeñísimos instantes en adulta en una ecuación de tiempo que se presenta cuando la fe se ausenta.  No se sintió triste,  porque entendió con transparencia que la niñez tiene un tiempo y un espacio, que los sueños se cumplen cuando se sueñan y que los años que podemos volar venciendo la fuerza de la realidad terrena debemos hacerlo. Fui feliz y contagié de felicidad a mucha gente, —dijo—. Lo llevaré en mis recuerdos y en mis días por venir. Aprendí que era necesario creer en lo que no veía ni oía, ni  tocaba mis sentidos,  en lo que estaba más cerca  de mi corazón. Dudé, y la indecisión me quitó la niña eterna que llevaba dentro. Pero los días de sol y lluvia continúan, —dijo finalmente.

Ariana ha salido para siempre de Karhua. Ha crecido y recorre el mundo en estos días. Ha estado en los lugares más altos del planeta sin precipitarse por sus cornisas, ha caminado por interminables elevaciones donde la nieve conversa con los astros. La conduce la nostalgia de los días que veía desde el cielo los campos multicolores cubiertos por distintas tonalidades de verde siguiendo un patrón negado para los comunes. En los últimos años ha descubierto el amor terrenal y también lo ha perdido. Ha aprendido que este sentimiento se renueva en cada minúsculo espacio de la vida; en el vuelo de un insecto multicolor que va creciendo ante nuestros ojos o en la espuma de las olas que bañan nuestros pies sin descalzar.  Ariana también puede ser vista en las grandes ciudades con la misma soltura que camina por los bosques  selvas y llanuras del continente.

En todo instante sabe, no olvida, que hay seres que cuidan su felicidad y su destino; que construyen esquinas amarillas, puntos de encuentro para humanos que recorren sus vértices con direcciones en la mano. Hoy navega en tierra, contra el viento de la desesperanza y la soledad, muy cerca de la felicidad. De su niñez conserva variedad de sonrisas que aprendió aquellos días de febril temperatura y que usa con frecuencia desprendiéndose de sus labios acompañadas de los colores de su infancia. Las usa siempre confundiendo los sonidos, mezclando sus intenciones.  En días de sol intenso algunos niños han podido observar una fina garúa que la acompaña y en su respiración perciben aún a la niña amiga vestida de púrpura que ha asegurado que un día volverá a mostrarse ante sus sentidos para conducirla de nuevo por los senderos bifurcados de su espiritu.  Se está preparando para ese momento. Escribe  con frecuencia  sobre sus sentimientos, detallando con severidad  en rugosos papeles amarillos los ajustes a sus debilidades. Algunos pueden observar las alas ocultas detrás de su corazón.