Arcanos distantes

Las religiones de oriente, la cosmobiología, los astros y el destino incierto de los seres,  desdoblamientos, viajes astrales y todas las ideas semejantes hallaron terreno fértil en la mente de Adriana que estaba en la búsqueda de algo que ocupara los vacíos que ausencias e  interminables horas de estudio de códigos y leyes no habían llenado. Fue una vinculación que nació de modo instantáneo un día que hojeaba al azar libros olvidados de la biblioteca de su padre: “El Tercer Ojo”, “El Médico del Tibet” y textos de esa especie  le produjeron una atracción inmediata. Fueron noches de desvelo, de lectura desbordada hasta las madrugadas. Después de leer los títulos que tuvieran el aroma de las abstracciones esotéricas su vida cambió para siempre. Fueron páginas que pulsaron los nervios que organizaban su respiración y sus latidos primarios. Descubrió los espacios olvidados de su personalidad. Cautivó su imaginación las posibilidades humanas de superar las fronteras físicas, liberarse de los lastres del tiempo y las dimensiones conocidas hasta sentir que  vivía la eternidad. El contacto con el universo, sus infinitas combinaciones de poder y permanencia le otorgaron entonces un motivo para existir, una razón para vivir. ¿Dónde estuve?, ¿porqué no lo vi antes? ¡Es esto lo que he buscado por tanto tiempo!, ─dijo─ poniendo la última hoja sobre su pecho.

Abandonó con premura y alivio las clases universitarias y se dedicó a perfeccionar su alma y sus conocimientos bajo los preceptos de una mixtura de sabidurías universales que le abrirían el camino a la perfección. Se vinculó a grupos iniciáticos, fraternidades, cofradías que albergaban a miembros en todos los confines del mundo. Los llegó a conocer con detalle y a distinguir con nitidez las características que los enemistaba y vinculaba. Estaban los orientalistas, seguidores de las líneas lunares o solares, niños de dios, krishnas, budistas, confucianos, religiosos andinos… Asistía a cursos, seminarios, conferencias y visitaba bibliotecas y archivos antiguos que le permitían acceder a nuevos niveles de espiritualidad y conocimientos. Cambió el destino de sus pasos. La milenaria ciudad develó para ella sus secretos y pudo ver las claves de su lenguaje; descifró el sentido de su trazo, entendió la razón escondida detrás del tamaño y ángulos de sus piedras, se apropió del motivo de cada antigua ventana. Sus ropas abandonaron el equilibrio y el brillo de sus días paganos y su mirada adquirió la convicción de las certezas.

Por esos días iniciales, un especialista dictaría unas conferencias para difundir un temario de filosofía oriental. Lucía un extenso historial de libros publicados y exposiciones alrededor del mundo. Adriana, caminando, meditando, por el Portal Confituría de la plaza Mayor; sentía que su destino astral ponía al alcance de su vida señales que no podía obviar. Inauguró las matrículas y estuvo en lugar expectante el primer día. Federico ingresó al salón con retraso, como correspondía a su prestigio y trayectoria. En sus tempranos treinta tenía la apariencia de ser el próximo componedor del universo. Apuesto, con cuidada barba que dibujaba sus labios y mentón, adornado con los misterios que le otorgaban su especialidad y  procedencia. Elegante, seductor, aura azul brillante que podían observar  los iniciados.

La disertación fue un acontecimiento que no olvidaría. Se remitió a los orígenes del universo, a los vedas los redujo a la simpleza elemental; explicó los ritos para comunicarse con los poderes invisibles y participar de su eternidad. Habló de la búsqueda del ser primero, del uno sin segundo, del absoluto, del que todo proviene y al que todo vuelve. Se transportó a los salones sagrados donde habitan Siva y Visnú, caminó sobre sus losetas protegida por los conocimientos y la cautivante personalidad de Federico. Al terminar la sesión Adriana había entendido la esencia del cosmos y palpado la materia primigenia de la que estaba hecha la vida;  entendió su misión y su destino.  Se miraron con interés. Luego del segundo día estaban sentados en un pequeño cafetín de la calle del Medio. Las delgadas manos del maestro revoloteaban alrededor de su rostro conduciéndola por los arcanos distantes de la comprensión humana. Adriana siguió arrobada la trayectoria de esos dedos, deletreo sus figuras y pensó que  en ellas depositaría su memoria para olvidar su amor por Gabriel.

Mientras finalizaba la última conferencia, Federico, con la mirada de la alumna distinguida sobre él, tomó la determinación de quedarse unos días en la ciudad y beber de las energías del universo que en ese año se concentraban en sus calles antiguas y sus efectos más purificadores atravesaban el eje central de la plaza Mayor. Adriana se convirtió en su lazarillo y guía. Caminaron  las calles orientados por su experiencia y siguiendo las señales de sus pasos con Gabriel. Una tarde tomaron la calle Pumakurko y caminaron rumbo al barrio de san Cristóbal. Observarían la ciudad desde la explanada de Qolqampata, junto a las piedras coloniales de su iglesia y muy cerca de los cimientos incas del palacio de Manco Cápac.  Caminaron lentos la planicie de piedra. El lugar le era familiar, el aire enrarecido la condujo a sus recuerdos mas antiguos. Se sentaron en una escalinata, mirando los tejados ocres de la ciudad extendida a sus pies. Allí,  con la bruma vespertina ascendiendo, se besaron. Beso carnal que presagiaba un lenguaje físico apasionado. Descendieron por Arco Iris, compartiendo el frío de la tarde, para luego tomar la Cuesta del Almirante y reclamar un lugar en el café Ayllu. La iglesia de los Jesuitas, esbelta, parecía más alta que de costumbre por el reflejo de las luces frías de un sol que se ocultaba. Mientras aguardaban el pedido, y ante la mirada extrañada de Federico, Adriana le habló de Gabriel.

Me pareció que debías de saberlo, ─le dijo. Pensaba en él mientras me besabas.

Federico se removió en su asiento. Toda su sabiduría fue insuficiente para entender el significado del beso que presumió propio. Pasó la servilleta por sus labios, ordenó sus ideas con dificultad.

─ Lo sigues amando, veo… ¿qué tiempo estuvieron juntos?

─ Toda mi vida, no recuerdo otra compañía. Pero…tú sabes, no puedes atar la luz del sol, impedir las lluvias, detener el crecimiento…un día nos reconocimos distantes y cada uno se marchó en direcciones opuestas.

La experiencia organizada de conocedor del universo todo, su espacios tabulados a los que acudía con presteza, no le sirvieron para comprender que algunos sentimientos no anidan en la razón.

─ Entonces Adriana ¿qué significa estar aquí, juntos…?

─ Deseos de caminar otras etapas, construir un mundo distante de sus recuerdos.

Probando el pastelillo que pusieron a su costado le dijo que no tenía ánimos de ser usado para diluir y mitigar el pasado.

─  Eso no lo defines tú, ni siquiera yo. Mi pasado es mi futuro, sin él no sabría mirar lo que está por venir; a su lado he adquirido un rostro, contado las estrellas del amanecer. El ha hecho posible que hablemos y me conozcas… Además te vas en unos días y entonces estos momentos serán sólo un recuerdo imprescindible.

Removiendo la servilleta, Federico reaccionó con presteza.

─ No, no será así. Me quedaré un tiempo, postergaré algunas conferencias y quizá luego el Cusco sea mi sede permanente.

─ No lo hagas por mí, no creo que esté bien, nos unen apenas unos días, nos conocemos tan poco.

─ Para mí es suficiente lo que sé de ti. No es necesario saber más.

─ Para mí no, Federico, no bastan las sensaciones. Recorrer mis calles, beber de su energía no es suficiente, requerimos de los silencios, de la soledad de una habitación…los sentimientos no deben aparecer en el futuro…quizá repares en ellos después, pero reconocerás que ya estaban allí, esperando ser descubiertos.

Federico la miraba contrariado, fingiendo interés, con la cólera contenida. Adriana, desentendida de los gestos, continúo.

─ Mira, la perfección es inalcanzable. No sé…dejemos que los días corran, que la vida y la naturaleza opinen, ¿no te parece?

Federico asintió, estuvo de acuerdo en que había que dejar que la experiencia discurra con naturalidad y se instale en los espacios que la rueda del destino le ha designado. Añadió que nadie sabe qué se esconde detrás de los encuentros fortuitos. Sí, ─dijo ella─ debía ser así, dejar que las energías se expandan sin vallas ni atajos.

Terminaron de comer los pastelillos y Adriana la leche agria sin añadir palabra.  Federico continuaba con el gesto hosco. Quedaron en verse al día siguiente. Cruzaron hacia el atrio de la catedral, atravesaron su explanada pasando frente a la enorme puerta de cedro tachonada de aldabones y bronces herrumbrosos. Empequeñecidos por sus muros escucharon el tañido de la María Angola que anunciaba la noche. Adriana levantó la mirada hacia los altísimos campanarios tratando de ubicar el origen del sonido. No pudo, salía de las mismas piedras, de los  cimientos del antiguo palacio de Wiracocha, desde los confines del tiempo, desde las fronteras del cielo.

El reencuentro fue frío, distante. Federico parecía continuar en el diálogo del día anterior. Caminaron por la ruta que conduce a Sacsayhuamán. La ciudad perdía dimensión humana y ella le iba señalando lugares que debía conocer. Cerca a San Blas decidieron bajar por el empinado trazo de Atojsaykuchi  y se acomodaron en la plazoleta cercana. Pensativo, Federico esperaba la oportunidad de hablar.

─ He alquilado un pequeño estudio aquí a unas cuadras de distancia, ─le dijo de improviso… ¿qué te parece? Además, he adquirido una pintura antigua que quisiera la veas.

No supo responder, atenta observadora del futuro esta vez no pudo entender el significado de esa noticia. Caminaron al lugar, estaba a poca distancia, en medio de la estrecha callejuela Mira Calcetas. Era parte de una casona colonial, una buhardilla con dos ambientes y un baño a la que se ingresaba directamente desde la calle a través de una estirada escalera de madera. Adriana se acomodó en la ventana que miraba hacia la ciudad. Debe ser  muy lindo de noche, ─pensó. La habitación fría, una helada corriente de aire removió su falda; decidió regresar de inmediato a su lugar en la plazoleta. La voz de Federico cerca de su nuca interrumpió su decisión.

─ Te veo distinta, tan llena de las ideas que me interesan. Complementas mi vida, Adriana.

¿Complementar una vida? repitió ella para sí, ¿es suficiente complementar una vida?, ¿se puede hablar así cuando se trata del amor?. Deseo sentirme algo más que un complemento, debo ser una con él, indivisible con el amor, en esa unidad diluirnos en dos, en esa unidad compartir latidos y miradas. Prefirió callar. Me agrada, pero… no se repite el contacto luminoso de Gabriel. ¿Cómo deposito mis raíces?, ¿cómo logro extender en él mi cansancio, mis deseos, mi cuerpo desnudo? ¿Alcanzaría a quererle como yo necesito amar? ¿Acaso puedo humedecer mi cuerpo dos veces en el mismo río?, ¿es posible exigir que la vida repita mis horas perdidas?, ¿acaso no es esa la primera lección de esta etapa nueva?. Repetirme bloquea mis mantras, reduce mi espíritu, disminuye el tamaño de mi humanidad. ¿Qué debo hacer?

Las luces de la tarde se confundían con los faroles iluminados. Federico encendió las velas coloridas y voluminosas que alumbraron bien las dos pequeñas habitaciones y la pintura encima de la mesa.

Adriana observó su mirada, vio con temor que carecía de las livianas intenciones de siempre. Buscó una excusa para despedirse. Luego de dar una breve opinión sobre la tela le pidió que la acompañara. Federico se rehusó tomándola de la cintura, casi empujándola sobre la cama.

Adriana protestó con energía sin encontrar eco a sus palabras, trató entonces de zafarse de la fuerte presión de sus dedos sin conseguirlo. Sus reclamos se hacían más sonoros cuando él aplacó el sonido cubriendo su boca con las manos. Se encaramó sobre su cuerpo quitándole el saco de cuero, luego le arrancó el vestido. La dejó desnuda en pocos instantes. Gritó cuando la mano de Federico liberó parte de su boca, grito sordo, apagado; nadie la escucharía. El rostro extraño, congestionado de Federico, la determinación que mostraba, le hizo pensar que sería inútil oponerse, que sería mejor no desatar la furia homicida que veía dibujaba en su mirada. En algún momento se abandonó a la decisión incontenible del hombre encarnado en su animalidad, relajó su cuerpo pensando en su conservación. Federico se tranquilizó y   desarrolló jadeante su bestialidad y sus ímpetus prohibidos. Mantuvo la mano cubriendo su rostro como hierros candentes marcando su mirada para siempre.

Se liberó pronto del peso indeseable. El se alejó y se vistió sin mostrar su mirada. Sus lágrimas humedecían las sábanas, Se arropó en una esquina de la cama, doblada sobre su dolor, mirando la pared cercana y viendo a Federico desaparecer de la buhardilla. Escuchó sus pasos alejándose por la callejuela desierta. El andrógino ángel colonial, con fina espada en su diestra la observaba desde el piso. Se vistió lenta, tratando que las señales de lo ocurrido se escurran de sus ropas y su piel. Humedeció su rostro y abandonó la habitación. Mas tarde, en medio del agua golpeando su cerebro, pensaba en Gabriel, lo recordaba, sintiendo que lo había perdido para siempre.

sb/jun./03