Ezequiel.

Nada hizo presagiar que Ezequiel moriría antes de encontrar a los toros. Fue el resultado final de un arreglo hecho por Leticia para trabajar al partir tres topos de terrenos con riego en las partes altas de La Rinconada. Los arrendires, cuatro indios broncos y ásperos de la comunidad de Q’eromarca,  nunca sintieron haber hecho un buen trato. Pugnaron por extender los terrenos por fuera de los límites acordados, sin conseguirlo. Leticia creía que el arreglo estaba bien, he seguido las costumbres y estoy en el justo medio, dijo contrariada, mientras se dirigía a vigilar la toma de agua para el riego nocturno.

Ezequiel, principal de la propiedad, sobrino de Galván, moruno, joven y enrasado, manejaba los reclamos. En alguna ocasión las desavenencias lo llevaron a intercambiar golpes e improperios y en otra oportunidad enfrentó una gresca que tuvo que ser detenida por los comuneros de La Rinconada. El litigio se convirtió para Ezequiel en un pleito personal atizado por antiguas rencillas, “esos son así desde siempre,  Q’eros tenían que ser”, decía, “mala sangre, desde sus abuelos”.

Cuando el contrato promediaba Leticia decidió adelantar su término. Ya estuvo bueno, exclamó una mañana que recibía las quejas,  terminemos de una vez con este lío, hay que arreglar lo desarreglado. Instruyó a Ezequiel para conversar con los arrendires y tratar las fechas y detalles de la recuperación de los terrenos. Tenemos ya bastante con tanto reclamo, mañana ocuparemos de nuevo esas alturas, sembraremos papa, es buena tierra para eso, dijo en voz alta, deseando que la escuchen en el caserío; sabía que la noticia caminaría pronto por ese conducto.

Fue esa noche que tres toros no regresaron al corral. Dionisia no supo explicar la desaparición, han estado conmigo todo el día, dijo, no sé en qué momento han desaparecido. Su hijo Saturnino, el opa, señalaba los cerros y dibujaba los rasgos de los responsables en su rostro. Con sonidos guturales y mímica habló de sogas y ponchos cubriendo cuerpos escapando en dirección al Aukisa. Leticia se imaginó a los Q’eros ejecutando el robo. Son ellos, sentenciaron, “¿quiénes más podrían ser?, dijo áspera.

Algunos vestigios de las huellas se perdían en el río que regaba el valle. Es mejor olvidarlo, no ganaremos nada escarbando en la arena e insistió con Ezequiel que terminara con el trato. ¡Hay que acabar con esto Ezequiel, de una vez! ¡seguro  que los venderán en la feria que empieza en estos días, ojalá recuperes los animales y arregla todo sin demora!, ya quiero ver esas papas creciendo, dijo, mientras caminaba hacia los maizales de la pampa, enfundada en su overol guinda y su sombrero de paja. Gabriel caminaba a su lado, mirando el nevado que recogía el sol de la tarde y lo devolvía con tonalidades ocres y amarillos. Sabía que los animales podían venderse en la feria de las faldas del apu Aukisa, espacio lejano, inaccesible, que siempre deseo conocer; frontera donde terminaba la tierra de los hombres y se iniciaba el territorio de los dioses. Pensó que era la oportunidad de pararse frente al macizo que parecía convivir con las nubes. Lo observaba algunas tardes sentado sobre los elevados tápiales de la huerta. Déjame ir Leticia, le dijo,  quiero ir con Ezequiel, conozco a los caballos, me cuidaré, insistió. Veremos, hablaré con tu padre, le contestó tomándole de sus cabellos crecidos en los meses de vacaciones.

Ezequiel  al día siguiente salió de madrugada a Q’eromarca para empezar los detalles del arreglo, iba con Florencio. Retornaron al anochecer, golpeados y ensangrentados. “Fueron los Q’eros”, explicaron, no tuvimos tiempo de hablarles de  razones, nos atacaron por la espalda, de sorpresa, cobardes son. Ya veremos patrona, primero están los toros después arreglaremos,  dijo Ezequiel, mostrando las huellas de los golpes en su rostro. Sin dar la espalda se retiraron hacia la cocina de Dionisia. Se tendieron sobre los cueros, juntando sus cuerpos, calentándose con el fogón que alumbraba rojizo desde un extremo de la habitación. Seguro encontraremos los mismos toros que se robaron, dijo,  mientras comía pedazos de oca sancochada. «¡El Aukisa no se queda nunca con toros ajenos!”, exclamó convencido. Señaló a Florencio y Eleuterio para acompañarlo. Asintieron con la cabeza, sometidos a su autoridad. No se quedará así pensó Florencio, agazapado, con los cuyes caminando sobre él con familiaridad.

El nevado era el dueño del valle, en el invierno la nieve ocultaba sus cumbres y el blanco descendía hasta sus faldas dejando tenues superficies oscuras entre densas capas de nieve. Esbelto desde su base, único, delgado, personal, cincelado por siglos de frío y viento. En sus cumbres pastaban los hatos de vicuñas y alpacas sagradas que alguna vez se sacrificaron en el templo al dios Wiracocha, que todavía se mantenía erguido en la meseta aluvial del valle.  Usando un visor para las distancias Gabriel distinguía las protuberancias que sobresalían del macizo como brazos y ojos de su naturaleza inaccesible.

Salieron temprano, con las primeras luces, les esperaba una larga jornada. Los caballos caracolearon sobre el patio, de sus herrajes y de las piedras redondas de río salían sonidos metálicos impregnados de la dureza de las dioritas. Gabriel no olvidaría esa melodía que se adhería a la casa ese amanecer. Montaba el alazán cedido por Ezequiel. Llevaba un chullu rojo con orejeras cubriéndole las cejas,  borlas amarillas caían hacia su nuca, poncho indio de fondo granate dibujado con figuras geométricas arregazado sobre su pecho. Se guapearon los jinetes, gritos en quechua que los caballos de pelaje brillante entendían: ¡Volvemos patrona! ¡Permiso!, gritaron atravesando el zaguán tomando luego el camino de C’uchuma. Leticia y Galván parados en el corredor de las habitaciones, manos en alto, rostros preocupados.  Los perros agitando si cesar sus colas erguidas seguían las huellas de los caballos, ladrando, jugando inquietos. Atravesaron los molinos de piedra, el agua cristalina descendía del Aukisa, espumando su recorrido; los maizales y los perros quedaron atrás. Gabriel volteó su rostro para mirar los arcos de piedra de la casa, profundos, oscuros como ojos de la misma cordillera. Hacia el mediodía se acercaron al K’insachata, volcán dormido por siglos. Aparecieron el ichu y los quinuales. Las chozas de pastores se recortaban contra el Aukisa. Se detuvieron para abrir la merienda, comieron de la unkuña extendida sobre el ichu maduro, maíz, habas, pedazos de cordero asado. Gabriel se ocupó de atizar un pequeño fogón dejado por viajeros anteriores. Ezequiel se acercó para tomarlo de una esquina  de su espalda y apretar los dedos sobre su piel, le devolvió el gesto con una sonrisa y sujetando su mano.

Reiniciaron el camino, el paisaje se despojó de árboles, se hizo árido, avistaron el desfiladero que señalaba el inicio del frío. Gabriel, le dijo Ezequiel, no dejes que note tus nervios, no aflojes las riendas, camina al medio,  asintió con la cabeza, tenso. Los caballos ingresaron al estrecho paso con el precipicio a la derecha. De pronto un sonido armónico, constante, pequeñas piedras se  deslizaban desde las alturas llevando arenilla, como si el cerro hirviera. Los caballos se encabritaron y arrojaron a Florencio al suelo. Ezequiel gritó ¡cuidado! al tiempo que una galga oscura, filosa, le golpeaba la cabeza arrojándolo al suelo regando con sangre su poncho y el lomo del caballo. Gabriel se apeo cuando pudo tranquilizar al alazán, observó la cabeza dislocada de su posición habitual, abierta, con la mirada extraviada. Elevó su vista hacia los cerros, cabezas de indios huían hacia las alturas. Florencio atravesó el caballo en el camino deteniendo su propósito de seguirlos, no Gabriel,  no, te matarán, son muchos…ya habrá tiempo. Lo dijo sosteniendo las bridas,  mirando el cadáver de Ezequiel.

sb/2004

1 comentario

  1. Avatar de Gustavo Flores Quelopana Gustavo Flores Quelopana dice:

    Logrado  relato 

    Yahoo Mail: busca, organiza, toma el control de tu buzón

    Me gusta

Deja un comentario