Texto publicado en el libro «Sabiduría filosófica del Yawar Mayu», en edición de la Universidad San Antonio Abad del Cusco.
Lectura que incluye el período que atraviesa el país en estos momentos.
Los hechos contemporáneos están signados por sucesos ocurridos en el tiempo largo de la historia nacional. Es conveniente observar nuestra antigüedad dentro de un contexto de espacio y tiempo que la ordene y jerarquice. Usamos los términos era, época, ciclo, fase, período y coyuntura, para sistematizar los hechos sociales en el espacio-tiempo según la amplitud de tiempo que comprenden. Descrita la evaluación de una era que se inicia en Cajamarca y que no ha culminado aún, nos referiremos al cambio de época generada por el gobierno militar de Velasco Alvarado que permanece aún sin conclusión. Significó el inicio de la descomposición de un proceso de dominación que conservaba sus orígenes en el virreinato y que ha condicionado el curso republicano.
La época previa se desarrolló bajo el pacto de sumisión y dominio inaugurado con la invasión y, por tanto, traducido en la aceptación formal de la supremacía colonial y de sus estamentos y estructuras. Es en este contexto que un sector de las fuerzas armadas inicia un radical proceso de reformas que confluye en un nuevo estadio de dominación. La época inaugurada por Velasco Alvarado se nutre de los cambios políticos y sociales que se inauguran después de la segunda mitad del siglo XX en el Perú. Las grandes movilizaciones indígenas y campesinas de recuperación de tierras que empiezan a pugnar por cambios en la estructura de propiedad de la tierra estuvieron acompañadas de rebeldes y organizadas expresiones de violencia armada que provocaron cambios sustanciales en la anquilosada sociedad heredera del virreinato. La principal consecuencia de tales insurgencias fue la Reforma Agraria que desarticula el poder oligárquico terrateniente, observada con simpatía por el poder imperial y aceptada con desafecto por algunos sectores del poder local. Asociada a la redistribución de la tierra queda visible la idea de asociar la reforma con la decisión de suprimir el centenario “problema del indio” eliminando las diferencias que distinguen a los indígenas transformándolos en clase campesina, expropiando la centenaria sustancia de la rebeldía y también lo que nos hace diferentes al mismo tiempo que semejantes: nuestra identidad y pensamiento ancestral. En este contexto el gobierno militar deviene en claro instrumento del poderoso pensamiento colonial- imperial que señala la inviabilidad de una sociedad del tercer mundo que no logre eliminar los componentes étnicos del profundo descontento social, los indígenas, que altera el ordenamiento monocultural de la sociedad y tornan improcedente todo propósito civilizatorio. En este propósito cuenta con el apoyo ideológico y político del marxismo mariateguista que, en su manual señala la necesidad de erradicar el problema indígena llevando al estamento étnico a la condición de comparsa del dueto teórico que conforma la supuesta e irrealizable alianza obrero-campesina.

El gobierno reformista atenúa los antagonismos sociales más álgidos y tuvo como objetivo conducir al país a un nuevo pacto social que resolviera el cuestionamiento: ¿quién domina a quién y bajo qué acuerdo se establece esta renovada dominación? El desorden generado por Velasco que alteró la prolongada paz social no ha sido modificado y ha mantenido su vigencia hasta hoy: no ha habido fuerza social en el sistema con suficiente capacidad y poder para imponer un proyecto renovado del país que feneció con el gobierno militar. Los ensayos de redistribución de medios de producción y propiedad dispuestos han sido desmontados, excepto la estructura agraria que ha permanecido en sus aspectos fundamentales y apuntala un estatus irreversible al cambio de época generado. De haberse impuesto un modelo sustitutorio no seguiríamos asistiendo al conflicto social continuo que pugna por precisar la naturaleza del nuevo contrato que dos sociedades antagónicas pugnan por definir. La correlación de fuerzas no le ha otorgado a ninguna de las partes antagónicas la capacidad de imponer una estructura societal que sustituya a la organizada por la dictadura militar.
El reclamo pacífico y la violencia expresada en variadas formas no ha dado tregua al colonial Estado criollo que, jaqueado por demandas y exigencias republicanas de la población postergada e insurgencia armada de la vanguardia del pueblo criollo es respondida por el gobierno de Velasco Alvarado descabezando el principal componente ideológico de la beligerancia: su condición indígena.
En consecuencia, no se ha constituido el reemplazo de la oligarquía agraria expropiada; la burguesía industrial, incipiente y desarticulada entonces, no ha conseguido aún mostrarse como clase hegemónica y dominante y estar en condiciones de articular un proyecto eficaz de sometimiento que sí pudo lograr la oligarquía precedente usando las ramificaciones del poder heredados del virreinato. Eficaz en el sentido de lograr el objetivo que la oligarquía agraria consiguió por décadas: la aceptación de la dominación.
El gobierno militar no solamente canceló el obsoleto sistema, el inviable país que se desenvolvía dentro de estructuras económicas coloniales, sino que también terminó con los proyectos de insurgencia armada de organizaciones orientadas por el modelo cubano; expropió el sentido de sus luchas y fagocitó a los restantes colectivos políticos marxistas que se adhirieron al proyecto reformista o no supieron articular sus críticas al poder militar establecido. Las organizaciones marxistas quedaron afectadas y resultaron impotentes para edificar un proyecto que reconociera las nuevas relaciones de poder establecidas
y los requerimientos de modernidad que reclamaban los peruanos marginales de antes. No obstante, las reformas apenas remozaron el sistema económico de dominación; reacomodó los estamentos y clases y otorgó facilidades a la débil burguesía industrial y financiera para su readecuación a nuevos esquemas sociales y permitió continuar el modelo de capitalismo dependiente y subdesarrollado sin afectar las bases del poder ideológico y político de la incipiente burguesía que, recompuesta e inserta con mayor profundidad en el proceso de globalización, continuó imaginándose el país como propio y patio trasero de Occidente.

Al mismo tiempo que se ejecutaban las reformas del sistema capitalista el
gobierno militar, como se ha señalado, afectó con dureza y profundidad el colectivo ancestral indígena que, hasta entonces se conservaba como bastión beligerante de la resistencia a la opresión y reserva ideológica y política de la fracturada colectividad nacional. Al usar todos los recursos de la dominación para campesinar al indígena avanzó profundamente a hacer el trabajo que han buscado por siglos los sectores dominantes y étnicamente reconocibles, en alianza tácita con los grupos marxistas: quebrar el sustrato que constituía para ellos el problema principal del país: el problema del indio. Este formato tiene continuidad
y ha tenido expresiones muy claras de su vigencia en el desarrollo del prolongado conflicto armado de los años ochenta organizado por sectores urbanos radicalizados y que seguían las conocidas postulaciones pautadas en un credo marxista dogmático que incluía la violenta transformación en clase campesina de los miles de indígenas que lo son desde siempre. El proyecto de guerra destrucción y muerte como orientador de acción política continuó el proceso de desindigenizar a los indígenas pretendiendo instaurar el homogéneo y teórico proyecto societal marxista sustentado en la inviable alianza obrero-campesina.
Después, cuando el poder recae en la embrionaria oligarquía industrial
financiera se inicia un nuevo ciclo del poder dominante; se evalúa que es necesario reestructurar la economía y el Estado haciendo más clara y preponderante la presencia de sectores vinculados a la industria, finanzas y comercio internacionales iniciándose una sostenida profundización del liberalismo. Es un Estado que adecúa sus formas y contenido a las exigencias de la globalización impulsada desde el centro imperial. Es el dominio de un modelo económico neoliberal que ha desmontado progresivamente los restos del legado velasquista y que establece una precaria dominación copiando, como es usual, el modelo que el poder mundial señala para el nuevo ciclo, más ligado al mercado global
capitalista.
Es el contexto en que se incrementan las desigualdades socio económicas y permanece vigente la exclusión histórica del sujeto colonizado que no ha hallado formas de recuperar su autonomía y liberarse del dominio justificado por una supuesta superioridad cultural y racismo. Se fortalecen las redes que controlan el Estado en beneficio del gran capital y de los círculos de poder herederos de la república aristocrática que, en la práctica, mantienen la separación de las sociedades india y criolla y aplican estatales políticas de liquidación de las estructuras comuneras y colectividades indígenas. Se consolida el Estado monocultural cuyo ejercicio del poder se convierte más claramente en un negocio de asociaciones y familias vinculadas a pervertidos beneficios con el Estado cuya red de corruptelas se hace visible por factores ajenos a nuestras capacidades internas de control social. Pudimos observar entonces, en el centro mismo del poder establecido, el nivel de degradación del régimen político y social que revelaba la colusión de sectores dominantes que han usufructuado del Estado en provecho propio. Analizar esta realidad sin considerarla herencia y parte constitutiva de la sociedad impuesta por la invasión hispánica es un error, tan evidente como circunscribirse a un análisis de clase para comprenderla; su dimensión exacta aparece cuando se incorpora la variable civilizatoria que incluye diversos factores sociales, económicos y políticos y no solamente culturales.
En la fase que vivimos, iniciada por el gobierno del dictador Fujimori, los fragmentados sectores dominantes lograron cierta coherencia y unidad detrás de su figura y del aparato que se propuso desintegrar el precario tejido social y político y articular el aparato de manipulación social que logró implantar sembrando corrupción y fragmentación por donde actuara. En medio de la precariedad del equilibro social con cambios cosméticos que ha exigido cada crisis antagónica, un referente importante es la redacción de la constitución del gobierno fujimorista que ordena la administración de la sociedad bajo las consideraciones de una economía claramente liberal. Hoy está desecha la cierta coherencia que entonces logró la dominación; ahora reconocemos una gama de períodos y coyunturas en la que actúan pequeñas organizaciones de intereses precariamente diferenciados, agónicos remanentes de centenarias organizaciones políticas populares y partidos que eran expresión de clases medias reformistas como una variopinta serie de siglas que se organizan en función del capital invertido y de intereses claramente particulares, hasta llegar a una derecha extrema, violentista y de nulo sustento ideológico. Todas ellas perfilan un infecundo liderazgo que pretende hegemonizar al sector dominante. Reconocer a grupos radicales y fascistoides es la mejor manera de entender esta fase que muestra lo inaceptable que resulta para sus intereses la débil y raleada recomposición del campo popular. Con diferencias particulares no se veía algo semejante desde los años de la Unión Revolucionaria de Sánchez Cerro y Luis A. Flores en la década del treinta del siglo pasado cuando los sectores dominantes se organizaron
en oposición al ascenso de la insurgencia popular y sostenido desarrollo
del aprismo y el propósito del PC por liderar a la clase obrera y el campesinado. No reconocemos particularidades inéditas en el proceso de instalación y permanencia de la dominación occidental porque los elementos y factores de conflicto no han variado sustancialmente desde sus inicios. Se conserva una prolongada tradición de vivir en un clima de crisis permanente, en ocasiones con los antagonismos agudizados y, otras, con los enconos en baja intensidad. En el período los antagonismos se han elevado y hay una mayor exacerbación en los desacuerdos.

El descontento popular liderado por sectores democráticos criollos supo
deslindar con la dictadura del fujimorismo cuando se percataron de que su persistencia ponía en riesgo el entramado de la dominación forzando al dictador a abandonar el poder. En esta fase la invertebrada burguesía nacional, apoyada por la pequeña burguesía, de intereses diferenciados y étnicamente distinta de aquella, continúa sin estructurar un sistema que reemplace el proyecto neoliberal y autoritario fujimorista cada vez más cuestionado. Lo que consiguió la dictadura en su momento inicial fue aquietar el descontento social desarticulando las bases sociales que lo sostenían, estabilizando la economía reemplazándola por el mandato del gran capital nacional en alianza con el transnacional y creando la opinión en la sociedad de haber sido los responsables de la desarticulación y derrota del terror organizado por el grupo violentista. Es la fase irresuelta que nos domina.
La experiencia política concreta enseña que llegar al control de la administración del Estado no es suficiente para realizar acciones de transformación real de nuestra sociedad, sino que es imprescindible detentar poder real, realidad que solo se adquiere construyéndolo. Estamos refiriéndonos a un proceso que no posee tiempos mínimos o máximos de realización, ejecutable de modo permanente propiciando la organización política de todos aquellos que desean modificaciones sociales profundas que lleven a un cambio de paradigmas civilizatorios.
No tenemos elementos de juicio suficientes para pensar que está cerca la
resolución de la época iniciada con Velasco Alvarado. Continúa la debilidad
de los dos grandes sectores en pugna; hay precariedad en la articulación orgánica de acciones políticas, no hay definiciones ideológicas claras; en suma, se hallan ausentes aún los sujetos políticos en ambos hemisferios sociales. El proletariado como eje articulador de distintos intereses no es más referente político estructurado, la burguesía continúa desintegrada e incoherente y tampoco, se reitera, se ha articulado un nuevo sujeto social y político que organice y sostenga un nuevo paradigma civilizatorio.
La violenta insurgencia reciente con ribetes de situación revolucionaria, asentada en los pueblos del sur andino ejemplifica los temas desarrollados. El mapa de las acciones se superpone con exactitud a los espacios de directa influencia de la rebelión de Tupac Amaru II y es también demostración de la ausencia de organización y orientación ideológica de los estamentos insurgentes. Las enseñanzas del levantamiento popular señalan la orfandad de liderazgos hegemónicos, la ausencia de teoría organizativa y la necesidad de continuar con las labores de organización del pueblo que puedan constituir columnas de acción política que se desarrollen completamente liberadas de la orientación de los antiguas dirigencias e ideologías que pretenden seguir conduciendo el movimiento popular con los manuales extranjerizantes de siempre.
La realidad nacional se encuentra acompañada de las dificultades del sistema mundo occidental que atraviesa severas restricciones para su reproducción. Su debilidad explica la ausencia de modelos a importar por los teóricos conservadores nacionales, siempre mutilados de creatividad nativa y atentos a los mandatos del imperio. No hay nada sustantivo que imitar ahora de las sociedades centrales, el poder central se halla en una encrucijada de enfrentamientos étnicos y sociales que parece conducirlos a resoluciones violentas.
Europa se agota en sus múltiples disfuncionalidades sociales y políticas junto a la prolongada crisis de desarrollo indiferente al daño causado a la naturaleza. Se siente también hostigada y fatigada por la migración desde los países periféricos, en especial de sus vecinos del oriente medio que hacen avizorar enfrentamientos de mayor magnitud. La amenaza de Rusia, de cultura afín pero diferenciada de la occidental por sus raíces eslavas, es una muestra de la importancia de las estructuras culturales que prevalecen por encima de permanencias o cambios en los ámbitos económicos. No se resolverá esta controversia en el corto plazo; cualquiera sea la forma en que concluya el conflicto armado, las secuelas se prolongaran por décadas y es probable que abonen discordias más profundas. De cualquier modo, el ordenamiento occidental de convivencia y poder posterior a la segunda guerra mundial ha dejado de ser vigente y nos muestra, subrayamos, que el componente étnico e identitario ha creado nuevas realidades políticas e ideológicas, abonando en favor de quienes consideramos el elemento cultural como importante eje del accionar político. En este escenario continental China se encuentra en mejor posición que otras potencias en
conflicto, posee un grupo étnico dominante que ha impuesto sus intereses a toda la nación; mantiene férrea y homogénea conducción, extrañamente marxista en su identidad política pero funcional al hiper capitalismo, y mantiene muy claros sus horizontes civilizatorios de desarrollo. Es consciente de estar edificando un proyecto alternativo a la civilización occidental. Nada hace presagiar que no lo logrará.

Es en esta coyuntura que observamos la inserción en la actividad política
de los pueblos dueños de tradiciones ancestrales que revaloran su identidad y subjetividad social y se reconocen expresión civilizatoria de un orden andino. Los andinos recreamos nuestras identidades e irrumpimos en el escenario nacional manteniendo la continuidad histórica desde una experiencia contemporánea y renovada del país antiguo, heredera de centenarias luchas de liberación que han regado de sangre nuestro territorio y que siempre han reclamado el Pachaquti como medio para enlazar el presente con el pasado ancestral. Es el momento en que nacen nuevas organizaciones sociales y políticas que han pasado
de la resistencia a la insurgencia contra el caduco Estado colonial, demostrando que la opresión no ha podido conseguir la victoria total.
Es un proceso que tiene la tarea de forjar pensamiento, sabiduría filosófica,
ideales superiores y la guía política que garantice el desplazamiento del
poder colonial que ha postrado a nuestra patria en la fragmentación pobreza y violencia y ha impedido recuperar la autonomía y soberanía plurinacional, pluricultural y multilingüe. Postulamos empoderar el término sabiduría filosófica que consideramos un término que le otorga contexto y orienta todos los formatos particulares de convivencia entre colectividades con lenguas y culturas diferenciadas. El propósito es forjar un nuevo orden civilizatorio que recupere lo que fuimos y conduzca lo que podemos ser, en una tarea colectiva que requiere construir poder andino que conduzca a un nuevo orden andino.
Quienes pensamos con estos fundamentos debemos participar orgánicamente en la colectividad incorporando a la vida social y política al conjunto de peruanos y peruanas que no hallan canales de participación que unifique sus ideales en un nuevo proyecto nacional integrador que brote de variadas formas de expresión andina y popular: organizaciones comunales, clubes de barrio, rondas campesinas, artistas, organizaciones culturales y universitarias, profesionales, empresarios, que consideren que nuestro pasado milenario de civilización única y ejemplar puede ser recreada de acuerdo a las exigencias que la realidad contemporánea exige. Este es el espacio de acción comunal y política si se tiene el propósito de reconstruir el Buen Vivir, donde la ética y la moral de trabajadores sea un complemento de reconocernos como seres naturales y habitantes de una patria en la que podamos vivir todas las sangres.
El declive o fracaso de los proyectos societales marxistas junto a su antigua estructura ideológica es un elemento que no puede obviarse en el análisis. El proyecto emancipatorio ha sido derrotado por el capitalismo y no volverá a seducir la voluntad de millones de seres aun cuando los teóricos empeñados en rehabilitarlo se esfuerzan en añadirle visiones étnicas, religiosas, éticas, etc., para reelaborar sus fundamentos ideológicos. Si logran reconfigurar la teoría no emergerá el marxismo que conocimos porque sus debilidades no son posibles de superar: dialéctica materialista, interpretación planetaria de la realidad, profecías políticas que se convierten en leyes científicas, el progreso y desarrollo económico ilimitado, superestructura como reflejo mecánico de la estructura económica y manipulación de la cultura del mismo modo que se maneja la estructura económica, erradicación de la etnicidad como forma de identidad en beneficio de la teórica alianza obrero-campesina, la fusión de partido y Estado, impulso del complejo militar-estatal como articulador de la economía a imitación del más crudo capitalismo, la consideración de atribuirle a las causas efectos cuantitativamente medibles, la eliminación de la espiritualidad personal y social, etc. En el Perú su acción teórica-práctica no ha logrado articular una idea de nación que impulse un esfuerzo colectivo que incluya a los desposeídos naturales de este territorio: los indígenas. Su esfuerzo por desindigenizarlos y tratarlos como un problema es el profundo daño que ha infligido a un proyecto nacional cierto, asentado en nuestra realidad física y social nutrida de más de diez mil años de antigüedad. Ahora vemos que cien años de marxismo no han sido suficientes para doblegar la voluntad del sujeto social que se está gestando: lo indígena.
¿Cómo se resuelve esta crisis de era que sobrepasa los quinientos años de desarrollo y posee épocas, ciclos, fases y periodos y coyunturas que se suceden como copias de la anterior y muy pocas variaciones sustantivas? Para precisar nuestro punto de vista, creemos subrayar que requerimos la constitución de un nuevo sujeto social, portador del cambio. Su ausencia hace muy difícil plantearse una alternativa de transformación social, económica, política, ideológica. Creemos que este sujeto es el indígena.
En seguida señalamos que nuestro pensamiento tiene el propósito de ser útil en el área andina. No debemos abrigar ninguna pretensión universalista porque sabemos que es una tarea imposible cuando los espacios terrestres tienen geografías y sociedades diferenciadas. Sólo el desarrollo local, provincial y regional hará posible edificar realidades diversas e integradas. Deseamos hacer de nuestro territorio ancestral nuestro lugar de enunciación y referente para otras evoluciones regionales que actúen bajo sus propias necesidades. La realidad es nuestra principal fuente de interpretación social. No creemos posible entender desde aquí lo que ocurre en Helsinki, África o Malasia. Creemos, sin embargo, que no podemos soslayar la alianza continental de los pueblos indígenas.
La comunión de intereses es fundamental a lo largo de nuestro continente
Pachamama, desde la Tierra del Fuego hasta los territorios de los Inuit en el norte. Solo una unidad sólida y duradera podrá actuar de garantía de estabilidad y continuidad a un proyecto que se desarrolle desde nuestras tradiciones ancestrales.
Una precisión fundamental: la condición para que lo indígena sea portador del cambio es ampliar el tradicional concepto que lo define; no transformarlo o constreñirlo a nuevos propósitos, pero sí acrecentar su área de asentamiento, irradiación, influencia y acción. Del mismo modo como antaño se hizo del obrero el sujeto del cambio incorporando a su plataforma social y política a sectores sociales que pretendían un mundo diferente, de la manera como la burguesía criolla nacional se erige en abanderada de las causas nacionales con la aceptación de amplios sectores de la población para esta sujeción, de la forma en que esta etnia dominante se constituye en la no etnia, en la no tribu, en virtud de haber horadado la mentalidad y la imaginación de los dominados y hacerles
pensar que su representación es la única posible. De similar manera tenemos la necesidad de irradiar el pensamiento nuestro, ancestral, hasta lograr que la población alienada por formulaciones extranjeras, de derecha e izquierda, comprenda que su destino no puede estar desligado de nuestra historia milenaria y de su sabiduría superviviente. Sin sujeto social no hay posibilidades de transformación duradera y cierta. Sin un pueblo consciente de su identidad, y sin conseguir que tal determinación se constituya en una especie de epifanía social y política, se erija como pensamiento y acción dominante y hegemónica, no creemos viable
ninguna transformación viable e irreversible. El nuevo sujeto social es el
indígena, pero no el estereotipado sujeto de creación criolla que solamente se comunica en lengua ancestral y conserva sus tradiciones inalterables; esta personalidad debe mantenerse y ampliarse, también, pero requerimos extender y ensanchar el concepto de indigeneidad para cobijar en su espacio a todos los que se sientan identificados con los valores ancestrales de respeto a la naturaleza, de espiritualidad recuperada, de vida comunal y defensora de la diversidad y adversa a una civilización que nos conduce hacia la extinción.

Por lo tanto, no podemos dejar de manifestar que nuestra lucha no se agota en las reformas sociales útiles y necesarias como, por ejemplo, el cambio del contrato social; nuestra visión se prolonga más allá de la variación de fase o período, nos proponemos una transformación de era que para nosotros constituye un propósito de cambio civilizatorio. No es posible pensar solución distinta si el propósito es reivindicar nuestra capacidad de recrear una sociedad que reintegre un proceso trunco de miles de años de antigüedad y que ha probado ser la única alternativa eficiente para sustituir una civilización enferma y caduca. Es imprescindible edificar un proyecto de sociedad radicalmente distinto al modelo civilizatorio imperante. No hay salida para los humanos, y en este género englobamos a todas las formas de existencia que incluye al total del mundo natural, si queremos supervivir a la catástrofe ambiental, social y económica a las que nos encamina este capitalismo salvaje e individualista enemigo de la diversidad y la inclusión, la multiculturalidad y multinacionalidad. Por esto enarbolamos el Proyecto de Nación Andina, porque este paradigma cobija la diversidad, la unidad de todas las sangres sin que ninguna pierda su identidad particular, siendo andinos-quechuas, andinos-huancas, andinos-aimaras, andinos-amazónicos, andinos-criollos, andinos-afrodescendientes, andinos- niseis, andinos-tusan.
El Perú antiguo, sostén y razón de ser del Perú contemporáneo, que nunca se ha ajustado a los designios occidentales, no estará en paz y concordado hasta que se reponga su ser social antiguo. Requerimos de un proyecto nacional que recoja esas tradiciones, la recree conducido por un pensamiento y sabiduría filosófica de bases nacionales. No será posible pensar en un desarrollo distinto, real y efectivo si no volvemos a nuestras raíces ancestrales. Y en esta reflexión no hay un afán pasadista y de vuelta a la waraka como arma de combate; no, hay necesidad de hacer confluir realidad con pensamiento, práctica social con teoría. Las páginas siguientes tienen el objetivo de contribuir a la elaboración de ideas y perfiles que resulten útiles para el debate de las ideas que debe intensificarse en nuestro campo. Desechar la falsa e inoperante impuesta por Occidente hace necesario un proyecto de nación andina, que por propia definición es multicultural, como lo fue la confederación de la que provenimos, no Imperio, que edificó nuestra base social. Este es por su conformación básica no excluyente ni exclusiva.
Hugo Chacón Málaga
Sabiduría filosófica del Yawar Mayu pp. 63-73.