Ariana

Ariana no necesitó alas para volar. Ocurrió de repente, como ocurren las certezas que están unidas a la ineludible rueda de la vida esperando la ocasión de expresarse. Desplegando sus manos de niña con naturalidad reunía en la yema de sus dedos toda la bondad y belleza del mundo. Algunos intuyeron siempre que Ariana algún día desplegaría sus alas sobre el cielo azul de Karhua.

Miradores altos rodeaban la comunidad, sus estribaciones podían ser vistas desde cualquier lugar de la planicie. Desde el pico más elevado, el Markasani, se observaban lejanas las aguas del Apurímac y se escuchaba el murmullo de su conversación. Ariana recorría sus cumbres con presteza persiguiendo libélulas y pequeños picaflores. Todos la observaban angustiados caminar por los bordes de los acantilados, veloz, pretendiendo detener el vuelo de un wayronko diminuto mientras agitaba al viento su báculo hecho con madera de chirimoyo. Le agradaba correr tras de seres elevándose hacia el cielo y que no superaran el tamaño de su mano. Su determinación era proverbial y no cejaba en el intento hasta tener en sus manos iridiscentes y vertiginosos aleteos que esparcieran polen dulce en sus manos. Retornaba entonces a casa liberando los animalillos y canturreando melodías  que le enseñaban las mujeres de la comunidad.  

En el camino mostraba las formas y colores extraños de estos diminutos invertebrados que, en sus manos crecían de repente hasta alcanzar el tamaño de los siwar. Los seres alados que lograba detener en sus dedos cambiaban su destino. Crecían frente a su vista antes de ser nuevamente libres. Los soltaba juntando sus dedos como en una oración y los acercaba al cielo dejándolos volar por el espacio azul con el tamaño transformado. Algunas veces las criaturas lograban escapar de sus manos. Giraban hacia el espacio infinito batiendo libres sus alas sobre los coloridos campos sembrados de quinuales bermellones, trigales de tonalidades azul grana, tunales que formaban color recién al abrirse. Junto a ellos, chirimoyos de luminosidades terracota, pacaes gigantescos, cañaverales que proveían de jugos de distintos sabores y colores a la enorme falca de dorados bronces que destilaba licores que se bebían en las fiestas del aire, la luz, del agua y de la Luna. El bronce de la falca descansaba en el corazón del Markasani. Allí, con iluminación permanente trabajaban sin descanso los pequeños especialistas venidos de la comunidad cercana de Cconoc. Los árboles, plantaciones, flores y frutales dibujaban en el campo cuadrículas multicolores que desde el aire se veían sólo de tonalidades verdes, repitiendo  un patrón desconocido para los humanos. Así evitaban la llegada de visitantes que pudieran verse atraídos desde el aire sólo por la variedad de los colores de Karhua.

Desde los farallones Ariana observaba la inmensidad de la planicie. Se detenía al borde de las alturas con sus pequeños zapatitos apenas visibles desde el suelo, logrando un equilibrio que todos hallaban imposible de alcanzar. Entonces sus castaños ojillos acuosos observaban sin poder evitarlo desaparecer en el infinito a esos seres que batían sus alas al compás de los números que Ariana descubría. Sí, conocía la cantidad de aleteos que poseía cada diminuto ser y los comparaba con un patrón de tiempo que ella había inventado. Su silueta recortada contra los riscos se hizo popular entre los hombres de la comunidad que coreaban admirados: ¡Jallallas, Jalallas¡, cada vez que observaban su diminuta figura desafiar a la vida descolgándose de cumbres y peñascos con la facilidad de una hormiga celeste. Las sonoras exclamaciones se deslizaban con suavidad por los llanos y escalaban el Markasani donde se guardaban para siempre.

Su madre había ya renunciado a controlarla por ser tarea imposible. Temía que sus osadas travesías sobre los riscos le significarían perder la protección de una figura invisible que la cuidaba y vigilaba. Todos los habitantes de la comunidad estaban seguros de la existencia de ese ser, pero nadie lograba verlo. Se comentaban historias en torno a su forma y procedencia. Unos decían que era una niña vestida de púrpura, de largos cabellos y mirada dulce que se cansaba de seguir a Ariana en sus diarias correrías. Otros aseguraban que se trataba de un niño vestido  a la usanza de la zona, pero distinto por los hilos de oro que refulgían de sus ropas. No había acuerdo en este detalle. Pero todos coincidían en pensar que ella tenía poderes para vencer la atracción de la tierra,  fuerza inevitable para todos los mortales. Afirmaban que esa virtud anidaba en su mirada, en un lunar transparente que podía ser percibido sólo con el sol ausente y  posando ella su mirada en la Luna llena. No era posible observarlo en otro momento y no todos podían verlo. Aquellos que lograban advertirlo tenían en su corazón la mirada y la sonrisa de niño y la capacidad de recorrer los riscos sin temor a perder la vida, pero sentían miedo y desconfianza de ejercer la libertad de volar. Tampoco podían ignorar la opinión de los espíritus de las montañas que siempre tenían miradas acusadoras para cualquier práctica que se saliera de las costumbres establecidas.

Un día logró atrapar una pequeña mariposa amarilla que tenía rota sus antenas. En sus manos se recompuso en instantes y creció como sucedía siempre. Liberó sus alas amarillas y remontó vuelo transformada en brillante luz que revoloteó alrededor de ella sin querer partir. La acompañó incansable durante 99 días y 99 noches, manteniéndose a su lado por todos los lugares que visitaba. La mariposa se hizo parte de las actividades diarias de la casa durante ese tiempo. Se suspendía sobre su cama alumbrando la habitación con gran luminosidad. Bajo esa luz hojeaba sus cuentos con detalle hasta que todos cayeran rendidos por el sueño. En ese instante del amanecer la mariposa descendía a la cabecera de la cama y dormía mirando el rostro de la niña. La acompañó en días de lluvia y sol sin cambiar de apariencia ni de tamaño. Posándose sobre su hombro inducía a Ariana a tranquilizarse y a dejarse caer sobre la hierba húmeda quedándose dormida. La luz entonces se alimentaba besando sus labios.  Regresaba a casa bien entrada la noche con la mariposa revoloteando a su alrededor. Contaba entonces las historias vividas ese día. Los comuneros de Karhua, sus hermanos y padres se sentaban alrededor para escuchar las leyendas acerca del sonido que produce el aleteo de cada animalito que ella capturaba, o el significado de sus variados  lenguajes. Aseguraba que carecían de vocales y era muy fácil de aprender si se escuchaban sus sonidos al revés. Era una rutina que se prolongó durante mucho tiempo hasta que ocurrieron los hechos que cambiaron las costumbres de la comunidad. Fue el tiempo en que la luz de la mariposa partió hacia las cordilleras. Fue la única vez que hubo luminosidad suficiente para observar los rostros adustos de los señores de las montañas ocultas entre las rugosidades de los acantilados.

Era un día en que se cosechaban los frutales. Las mujeres liberaban los tunales de sus espinas con mantas multicolores. Cantaban y bailaban siguiendo los sonidos que emanaban de la hendidura de un peñasco cercano. Se sabía que esa oquedad se iniciaba en las cercanías del puente Ccunyac donde podía verse la dorada puerta sagrada de ingreso a Karhua. El paso subterráneo recogía la música del Apurímac y la conducía por leguas transformando los sonidos del agua en melodías que eran usadas según la ocasión. Afirmaban que los acordes eran la respuesta de la tierra a la felicidad que le producía saber que Ariana corría feliz sobre sus venas. Esta vinculación debió ser cierta porque unos días el peñasco dejó de cantar y las cosechas se suspendieron. Fue cuando enfermó de una rara alegría que le producía sonrisas de colores que precipitaba una fina y colorida llovizna que descendía únicamente para ella, Ese día de luz brillante la recolección avanzaba con rapidez al ritmo de la música y los cantos. Mientras Ariana desde lo alto de un mirador escudriñaba el horizonte buscando un escarabajo volador perdido entre la ventisca. Nadie le dio importancia a un hecho tan común.

La atención cambió cuando fue vista remontando los aires persiguiendo al extraño animalillo. ¡Ariana extendía sus brazos sobre el espacio infinito! Su cabellera ondulaba sobre el espacio azul con su ropa flameando en el aire mientras atravesaba los vientos que venían del sur y se dirigía con los brazos extendidos sobre los cañaverales naranja. Los danzantes detuvieron su trabajo y miraron embelesados el paso del pequeño acorazado volador seguido muy cerca por Ariana que se había negado a que el escarabajo se liberara de su destino. Tomándolo entre sus manos descendió suavemente por la colina y terminó posando sus pies en medio de los pacaes gigantes.  El escarabajo entonces remonto vuelo transformado en calandria diminuta. Más tarde explicó que un escarabajo volador de gran tamaño hubiera asustado a los niños del campo. La fiesta continuó, el trabajo prosiguió después del momento mágico que no sorprendió mucho a los comuneros. Sabían que esto sucedería algún día. Varios de ellos vieron a la figura protectora extendiendo sus manos luminosas en torno a Ariana. De cabellos dorados y vestidos púrpura, explicaron emocionados.

Desde ese día su cabellera brillante era vista desplegada al viento por todos los confines de la comunidad. Un día aquí, otro mas cerca de las elevaciones; siempre acompañada de seres diminutos revoloteando a su alrededor, atendiendo a las personas que requerían ayuda y alivio de sus penas.

La última ocasión que quiso ver el mundo desde los aires fue durante la fiesta de las aguas. Ese día todos los líquidos y hielos de la comunidad eran conducidos hasta una pequeña laguna de color turquesa que servía de albergue a variedad de insectos, plantas y animales de la planicie. Allí se revitalizaba el color y consistencia del agua. Luego le añadían los sonidos del Apurímac que se guardaban también en el Markasani  y las  redistribuían por toda la comarca. Ese día Ariana quiso elevarse sobre la laguna protegida por la bellísima luminosidad de sus anteriores experiencias voladoras. Dudó un instante en impulsarse. Pensó que la luz acudiría con un sonido  breve que emitió su voz con rapidez. No obtuvo respuesta. Espero unos segundos y decidió emprender vuelo, segura que no sería descuidada por su niña protectora. Enorme fue su sorpresa al comprobar  que no podía  elevarse hacia los vientos a pesar del esfuerzo que puso su corazón. Se internó en las aguas, se tiñó de turquesa. Salió de la laguna ayudada por las comuneras que  siempre la rodeaban cuando ella estaba en la planicie.

La secaron con presteza sin percatarse que la niña luminosa le decía al oído: no debiste dudar, no debiste llamarme, se vuela sin pensar, solo deseándolo. Mientras esto ocurría, la  vieron crecer de repente dejando de ser la niña que tanto tiempo había recorrido las alturas, volando como las pequeñísimas aves y caminando por los arroyos naranja aliviando a los enfermos con su mirada. Entendió con rapidez que la razón que sostuvo su prolongada infancia fue la fe que perdió de pronto esa mañana frente al espejo de aguas turquesas que bañó su niñez y la transformó en pequeñísimos instantes en adulta en una ecuación de tiempo que se presenta cuando la fe se ausenta.  No se sintió triste,  porque entendió con transparencia que la niñez tiene un tiempo y un espacio, que los sueños se cumplen cuando se sueñan y que los años que podemos volar venciendo la fuerza de la realidad terrena debemos hacerlo. Fui feliz y contagié de felicidad a mucha gente, —dijo—. Lo llevaré en mis recuerdos y en mis días por venir. Aprendí que era necesario creer en lo que no veía ni oía, ni  tocaba mis sentidos,  en lo que estaba más cerca  de mi corazón. Dudé, y la indecisión me quitó la niña eterna que llevaba dentro. Pero los días de sol y lluvia continúan, —dijo finalmente.

Ariana ha salido para siempre de Karhua. Ha crecido y recorre el mundo en estos días. Ha estado en los lugares más altos del planeta sin precipitarse por sus cornisas, ha caminado por interminables elevaciones donde la nieve conversa con los astros. La conduce la nostalgia de los días que veía desde el cielo los campos multicolores cubiertos por distintas tonalidades de verde siguiendo un patrón negado para los comunes. En los últimos años ha descubierto el amor terrenal y también lo ha perdido. Ha aprendido que este sentimiento se renueva en cada minúsculo espacio de la vida; en el vuelo de un insecto multicolor que va creciendo ante nuestros ojos o en la espuma de las olas que bañan nuestros pies sin descalzar.  Ariana también puede ser vista en las grandes ciudades con la misma soltura que camina por los bosques  selvas y llanuras del continente.

En todo instante sabe, no olvida, que hay seres que cuidan su felicidad y su destino; que construyen esquinas amarillas, puntos de encuentro para humanos que recorren sus vértices con direcciones en la mano. Hoy navega en tierra, contra el viento de la desesperanza y la soledad, muy cerca de la felicidad. De su niñez conserva variedad de sonrisas que aprendió aquellos días de febril temperatura y que usa con frecuencia desprendiéndose de sus labios acompañadas de los colores de su infancia. Las usa siempre confundiendo los sonidos, mezclando sus intenciones.  En días de sol intenso algunos niños han podido observar una fina garúa que la acompaña y en su respiración perciben aún a la niña amiga vestida de púrpura que ha asegurado que un día volverá a mostrarse ante sus sentidos para conducirla de nuevo por los senderos bifurcados de su espiritu.  Se está preparando para ese momento. Escribe  con frecuencia  sobre sus sentimientos, detallando con severidad  en rugosos papeles amarillos los ajustes a sus debilidades. Algunos pueden observar las alas ocultas detrás de su corazón.

Ezequiel.

Nada hizo presagiar que Ezequiel moriría antes de encontrar a los toros. Fue el resultado final de un arreglo hecho por Leticia para trabajar al partir tres topos de terrenos con riego en las partes altas de La Rinconada. Los arrendires, cuatro indios broncos y ásperos de la comunidad de Q’eromarca,  nunca sintieron haber hecho un buen trato. Pugnaron por extender los terrenos por fuera de los límites acordados, sin conseguirlo. Leticia creía que el arreglo estaba bien, he seguido las costumbres y estoy en el justo medio, dijo contrariada, mientras se dirigía a vigilar la toma de agua para el riego nocturno.

Ezequiel, principal de la propiedad, sobrino de Galván, moruno, joven y enrasado, manejaba los reclamos. En alguna ocasión las desavenencias lo llevaron a intercambiar golpes e improperios y en otra oportunidad enfrentó una gresca que tuvo que ser detenida por los comuneros de La Rinconada. El litigio se convirtió para Ezequiel en un pleito personal atizado por antiguas rencillas, “esos son así desde siempre,  Q’eros tenían que ser”, decía, “mala sangre, desde sus abuelos”.

Cuando el contrato promediaba Leticia decidió adelantar su término. Ya estuvo bueno, exclamó una mañana que recibía las quejas,  terminemos de una vez con este lío, hay que arreglar lo desarreglado. Instruyó a Ezequiel para conversar con los arrendires y tratar las fechas y detalles de la recuperación de los terrenos. Tenemos ya bastante con tanto reclamo, mañana ocuparemos de nuevo esas alturas, sembraremos papa, es buena tierra para eso, dijo en voz alta, deseando que la escuchen en el caserío; sabía que la noticia caminaría pronto por ese conducto.

Fue esa noche que tres toros no regresaron al corral. Dionisia no supo explicar la desaparición, han estado conmigo todo el día, dijo, no sé en qué momento han desaparecido. Su hijo Saturnino, el opa, señalaba los cerros y dibujaba los rasgos de los responsables en su rostro. Con sonidos guturales y mímica habló de sogas y ponchos cubriendo cuerpos escapando en dirección al Aukisa. Leticia se imaginó a los Q’eros ejecutando el robo. Son ellos, sentenciaron, “¿quiénes más podrían ser?, dijo áspera.

Algunos vestigios de las huellas se perdían en el río que regaba el valle. Es mejor olvidarlo, no ganaremos nada escarbando en la arena e insistió con Ezequiel que terminara con el trato. ¡Hay que acabar con esto Ezequiel, de una vez! ¡seguro  que los venderán en la feria que empieza en estos días, ojalá recuperes los animales y arregla todo sin demora!, ya quiero ver esas papas creciendo, dijo, mientras caminaba hacia los maizales de la pampa, enfundada en su overol guinda y su sombrero de paja. Gabriel caminaba a su lado, mirando el nevado que recogía el sol de la tarde y lo devolvía con tonalidades ocres y amarillos. Sabía que los animales podían venderse en la feria de las faldas del apu Aukisa, espacio lejano, inaccesible, que siempre deseo conocer; frontera donde terminaba la tierra de los hombres y se iniciaba el territorio de los dioses. Pensó que era la oportunidad de pararse frente al macizo que parecía convivir con las nubes. Lo observaba algunas tardes sentado sobre los elevados tápiales de la huerta. Déjame ir Leticia, le dijo,  quiero ir con Ezequiel, conozco a los caballos, me cuidaré, insistió. Veremos, hablaré con tu padre, le contestó tomándole de sus cabellos crecidos en los meses de vacaciones.

Ezequiel  al día siguiente salió de madrugada a Q’eromarca para empezar los detalles del arreglo, iba con Florencio. Retornaron al anochecer, golpeados y ensangrentados. “Fueron los Q’eros”, explicaron, no tuvimos tiempo de hablarles de  razones, nos atacaron por la espalda, de sorpresa, cobardes son. Ya veremos patrona, primero están los toros después arreglaremos,  dijo Ezequiel, mostrando las huellas de los golpes en su rostro. Sin dar la espalda se retiraron hacia la cocina de Dionisia. Se tendieron sobre los cueros, juntando sus cuerpos, calentándose con el fogón que alumbraba rojizo desde un extremo de la habitación. Seguro encontraremos los mismos toros que se robaron, dijo,  mientras comía pedazos de oca sancochada. «¡El Aukisa no se queda nunca con toros ajenos!”, exclamó convencido. Señaló a Florencio y Eleuterio para acompañarlo. Asintieron con la cabeza, sometidos a su autoridad. No se quedará así pensó Florencio, agazapado, con los cuyes caminando sobre él con familiaridad.

El nevado era el dueño del valle, en el invierno la nieve ocultaba sus cumbres y el blanco descendía hasta sus faldas dejando tenues superficies oscuras entre densas capas de nieve. Esbelto desde su base, único, delgado, personal, cincelado por siglos de frío y viento. En sus cumbres pastaban los hatos de vicuñas y alpacas sagradas que alguna vez se sacrificaron en el templo al dios Wiracocha, que todavía se mantenía erguido en la meseta aluvial del valle.  Usando un visor para las distancias Gabriel distinguía las protuberancias que sobresalían del macizo como brazos y ojos de su naturaleza inaccesible.

Salieron temprano, con las primeras luces, les esperaba una larga jornada. Los caballos caracolearon sobre el patio, de sus herrajes y de las piedras redondas de río salían sonidos metálicos impregnados de la dureza de las dioritas. Gabriel no olvidaría esa melodía que se adhería a la casa ese amanecer. Montaba el alazán cedido por Ezequiel. Llevaba un chullu rojo con orejeras cubriéndole las cejas,  borlas amarillas caían hacia su nuca, poncho indio de fondo granate dibujado con figuras geométricas arregazado sobre su pecho. Se guapearon los jinetes, gritos en quechua que los caballos de pelaje brillante entendían: ¡Volvemos patrona! ¡Permiso!, gritaron atravesando el zaguán tomando luego el camino de C’uchuma. Leticia y Galván parados en el corredor de las habitaciones, manos en alto, rostros preocupados.  Los perros agitando si cesar sus colas erguidas seguían las huellas de los caballos, ladrando, jugando inquietos. Atravesaron los molinos de piedra, el agua cristalina descendía del Aukisa, espumando su recorrido; los maizales y los perros quedaron atrás. Gabriel volteó su rostro para mirar los arcos de piedra de la casa, profundos, oscuros como ojos de la misma cordillera. Hacia el mediodía se acercaron al K’insachata, volcán dormido por siglos. Aparecieron el ichu y los quinuales. Las chozas de pastores se recortaban contra el Aukisa. Se detuvieron para abrir la merienda, comieron de la unkuña extendida sobre el ichu maduro, maíz, habas, pedazos de cordero asado. Gabriel se ocupó de atizar un pequeño fogón dejado por viajeros anteriores. Ezequiel se acercó para tomarlo de una esquina  de su espalda y apretar los dedos sobre su piel, le devolvió el gesto con una sonrisa y sujetando su mano.

Reiniciaron el camino, el paisaje se despojó de árboles, se hizo árido, avistaron el desfiladero que señalaba el inicio del frío. Gabriel, le dijo Ezequiel, no dejes que note tus nervios, no aflojes las riendas, camina al medio,  asintió con la cabeza, tenso. Los caballos ingresaron al estrecho paso con el precipicio a la derecha. De pronto un sonido armónico, constante, pequeñas piedras se  deslizaban desde las alturas llevando arenilla, como si el cerro hirviera. Los caballos se encabritaron y arrojaron a Florencio al suelo. Ezequiel gritó ¡cuidado! al tiempo que una galga oscura, filosa, le golpeaba la cabeza arrojándolo al suelo regando con sangre su poncho y el lomo del caballo. Gabriel se apeo cuando pudo tranquilizar al alazán, observó la cabeza dislocada de su posición habitual, abierta, con la mirada extraviada. Elevó su vista hacia los cerros, cabezas de indios huían hacia las alturas. Florencio atravesó el caballo en el camino deteniendo su propósito de seguirlos, no Gabriel,  no, te matarán, son muchos…ya habrá tiempo. Lo dijo sosteniendo las bridas,  mirando el cadáver de Ezequiel.

sb/2004

La casa Mariátegui

Emociones diversas sentí al dar mis primeros pasos en la casa que habitó Mariátegui desde junio  de 1925 hasta su muerte, en  abril de 1930. Variadas circunstancias frustraron el propósito de conocerla con anterioridad. Ocurrió en su momento, en medio de la podredumbre moral y ética de este período de nuestra historia y del contraste que genera la praxis del pensador nacional.  

Las impresiones se impregnan de esta tradición andina que porto y que asocia siempre lo material a la respiración y a la vida. Muros y objetos, fotografías y murales, transmitiendo lo que José Carlos Mariátegui edificó en su vida y obra: limpieza en sus actos y transparencia en sus acciones. Ser benévolos con la capacidad intelectual nos hace exigir honradez, solvencia moral en el manejo de los bienes públicos; sin embargo, desde hace tiempo, muchísimo tiempo, vemos danzar ante nuestra mirada, que no agota su sorpresa, estulticia y degradación intelectual unida a la oscuridad de espíritu, a mujeres y hombres que nos insultan con su pequeña y deformada capacidad humana organizada en tropel para dañar los pocos espacios de convivencia humana y comunitaria que conservamos con dificultad. Es tierra yerma la que queda después del paso de estas hordas ignaras y violentas. Se interrumpe el lodazal con cubículos malolientes donde recuentan el botín obtenido, la ganancia infame.  

El Rincón rojo.

Detenerme frente al Rincón rojo, observar el entramado que recubre esa porción de la habitación, observar la imagen que actualiza aquellos años, con jóvenes idealistas discutiendo el país, preocupados por el rumbo que seguía Leguía y sus aduladores, no difiere de los sucesos de ahora. El Rincón aquel ha trocado en el escondrijo donde los mercenarios de la política discuten  como evadir la justicia y la manera más eficaz de asaltar el erario público y fabricar leyes que los beneficien.

El Rincón rojo.

Es prematuro aún elaborar un juicio acerca de Mariátegui que congregue a las mayorías pensantes del país. Hay divergencias y desencuentros. He elaborado un texto critico de su pensamiento y evaluación de la influencia que tuvo, y tiene, en la edificación de este cuerpo social que no termina de formar aún su estructura básica, humana. Ninguna opinión divergente puede, no obstante, desconocer sus capacidades humanas e intelectuales. Elevarse de inhabilitantes problemas de salud, una educación básica incompleta y de una economía familiar precaria, a la tribuna política y escalar varios peldaños más hacia la cima de la ideología y de la elaboración de modelos sociales es un proceso de extraordinarias coincidencias solo posible en un ser que congregue la fuerza de voluntad y la determinación de José Carlos Mariátegui. Son características que debemos enaltecer y no porque confirme lo que el capitalismo nos dice: que todo radica en la voluntad, sino porque ratifica lo contrario, que la lucha personal tiene que hacerse contra las ciénagas y bosques incendiados de un sistema que ha creado la ilusión vana y ficticia de ofrecer accesos al bienestar y al progreso ocultando que es precisamente la herramienta falsa y  más poderosa del sistema para capturar las mentes y alienarlas, separarlas de cualquier intento de liberación.

Con Waldo Frank.

No fue José Carlos Mariátegui un ser inmaculado y desligado de sencilla humanidad. Tuvo su Edad de piedra, bohemia, gustó de los placeres que la burguesía se prodigaba, tuvo un amor con quien procreó una hija que nació mientras visitaba Europa como resultado de una “negociación” con el gobierno para “exiliarse” y dejar pendiente su labor de oposición al régimen de Leguía. Pero, y aquí se instala un pero de singular dimensión, remontó todas sus pequeñeces, las que terminan por domeñarnos, para trascender su inicial biografía y menores confines y encaramarse al mirador más alto del pensamiento de entonces y desde allí observar un horizonte de mejor vida para nuestra patria. No lo ha conseguido, es evidente, pero su influencia nos ha hecho caminar por rutas menos deshumanizadas sin perder su vigencia y modelando esperanzas. Pero no son estas ideas las que desea esta breve crónica desarrollar.

En Vitarte.

Observo imágenes, cuadros, recreo a la familia Mariátegui-Chiappe, con la madre  del pensador, cuatro hijos varones y la hija mencionada, que también participó de la vida familiar mientras él se mantuvo con vida, retozar y confraternizar en el patio de losetas y techo de vidrio. Eran momentos que agendaba con precisión. Sus horarios de trabajo eran innegociables. Recuerdo una anécdota que cuenta el joven Jorge del Prado, después dirigente máximo del PCP, quien un día decide visitarlo intempestivamente en Washington izquierda 954. Lo atienden para decirle que el pensador no puede recibirlo, está trabajando, que regrese en otro momento. Debió ser impactante para el discípulo tropezarse con la disciplina y la determinación en medio del desorden y la ausencia de objetivos que han primado en nuestra sociedad.

Anna Chiappe. «Te elegí en­tre todas, porque te sentí la más diversa y la más distante«.

Me sitúo en medio de los salones, de dimensiones variadas, ninguno con metraje desmedido, percibiendo señales del pasado, el suave crujir de las ruedas de su silla rodante dirigiéndose a su máquina de escribir, las risas de los niños, la apacible humanidad de Anna  Chiappe, las opiniones de la madre seguramente diferenciadas de los pareceres de su nuera; las interminables visitas de personalidades del medio y extranjeras, Waldo Frank, Luis Alberto Sánchez, Gamaliel Churata, Ezequiel Urviola, Carlos Condorena, José María Eguren y la nerviosa presencia de Eudocio Ravines y la mesurada de Luis E. Valcárcel;  el periódico arribo de cartas de personalidades de talla mundial: Henri Barbusse, Miguel de Unamuno, César Vallejo, Juan Marinello, Augusto César Sandino, Luis Cardoza y Aragón, y otros. Los planes para poner en funcionamiento la Editorial Minerva, también los ajetreos de la detención domiciliaria de 1927 y el tumulto de los esbirros de Leguía que, en 1929 asaltan la casa secuestrando libros y documentos, su salida hacia la Clínica Italiana donde le amputan una pierna; sus últimos días.

Me detengo en el patio solariego. Juegan los hijos, Anna pide moderación porque el padre trabaja, la madre ocupando su lugar predilecto para relacionarse con los nietos, en algún momento José Carlos aparece y deja una señal de cariño para retornar a su lugar, a su máquina de escribir.

Victoria Ferrer Gonzáles. Madre de la hija de JCM.

Pocas vidas tan productivas, pocas obras de tamaña magnitud. Corta biografía, enorme legado; desde fuera de claustros académicos, como ha ocurrido con frecuencia en nuestro país; la universidad ausente de las ideas globales, enclaustrada más bien en el análisis puntual, segmentado, de evaluación estática. Pienso en Haya de la Torre, Francisco García Calderón, Riva Agüero, Vargas Llosa, Hernando de Soto.  Algún deformador extremo y violento del pensamiento mariateguista sí realizó tarea académica, su prédica y acción es otra manera de verificar el escaso o nulo papel de la universidad en el pensamiento global de nuestro país. Mariátegui es el epitome de esta realidad.

Gloria María Mariátegui Ferrer, hija de JCM.

El presente extenso, el tiempo primordial andino, me ayuda a fijar la luminosidad sentida al caminar sobre los pasos del pensador, saber que vivimos aún el tiempo de lucha y resistencia inaugurado hace siglos, de los que Mariátegui forma  parte como capitán de una corriente de pensamiento que tiene la tarea de revisar, reevaluar sus postulados y renovar su legitimidad como instrumento de análisis y de acción social.

Afuera, la neblina y la humedad, el hollín, el desorden me hace saber que he dejado un remanso de acción ordenada y perenne.

Obra de Diana Mendoza Leiva, 2016.

Georgina

Acurrucada en un extremo de la habitación Georgina parecía una mancha de color estrellada sobre el piso. Polleras encendidas se extendían por el suelo dejando visibles sus pies maltratados que parecían brotar de sus ojotas. Gabriel, apoyado en el marco de la puerta  la observaba llegada esa mañana de La Rinconada. Su mirada oculta evitaba el rostro jóven asomándose por el vano, firme y burlón. De pronto, manos decididas lo apartaron de su ubicación. Leticia retornaba con Diana llevando ropa en sus manos.

—Lo siento jovenzuelo, dijo, tendrás que irte  a divertir a otro lugar.

Diana cerró la puerta con lentitud, sonriendo sardónica al tiempo que empujaba con dificultad el zapato de Gabriel puesto como cuña al pie del marco. Se alejó de la puerta y subió veloz a la terraza para ubicar a Rubén que apareció muy pronto luego del primer silbido apuntando con la carabina que siempre mantenía oculta detrás del alféizar. Gabriel se arrodilló detrás del muro y de los geranios.

— Oye no seas imbécil, baja eso. Tengo un notición.

—¿Qué hay? contestó, fanfarrón.

—Alguien ha llegado a mi casa, quiero que la conozcas; deja ese fierro y ven.

Rubén sorteó los techos de tejas humedecidas por las lluvias del verano caminando sobre las cumbreras con la carabina como balancín. Superó de un salto felino la división de las propiedades y, en segundos, estuvo junto a Gabriel. Le hizo la señal de silencio y se descolgaron por el garaje hasta una ventana de cortinas floreadas. La tela dejaba una línea vertical para observar. Georgina se desvestía mientras Leticia y Diana organizaban las prendas. Cuerpo moruno, con protuberancias en su tamaño definitivo. El vello espeso y arisco.

—Pero no tiene nada de culo, le dijo Rubén, que tenía ya el pantalón abultado.

—Idiota, ¿no sabes que así es mejor?, además no la estás viendo bien.

En seguida Gabriel se tomó los testículos y los removió desafiante,  Rubén de inmediato le apuntó con la carabina recibiendo un puntapié en la boca del arma. El   conato de gresca los delató. Se removió la cortina y Leticia asomó su cabeza cuando ellos ya se perdían en el portón de hierro que colindaba con la calle.

Los titubeantes primeros pasos de Georgina por la casa pronto se transformaron en confiadas exploraciones de sus espacios privados. Engrosó su cuerpo y su andar se irguió hasta descubrir la armonía de sus formas. Empezó a ocuparse de la limpieza, alimentar a las gallinas patos y cuyes del patio posterior y a hacer las compras menudas del día. La sonrisa delataba la felicidad de Juana; estaba menos atareada y decía que veía a Georgina interesada por aprender los detalles de la cocina. Pronto se comunicó en castellano y muy rápido también abandonó las ropas donadas para usar prendas de estreno que lucía con soltura y propiedad.

Gabriel la miraba con curiosidad transformada luego en emociones que el mismo no sabía traducir. Observaba con interés el acercamiento de Diana a Georgina, relación que surgió natural y sencilla en medio de las tareas cotidianas  en las que a veces coincidían. Llegó un momento en que las veía salir de compras como dos antiguas compañeras. Una tarde fue tras ellas, sigiloso, las vio recorrer el centro. Comieron una empanada al pie de un  mostrador de Mesón de la Estrella y se detuvieron frente a cada vitrina iluminada, sonriendo y cuchicheando los detalles. Cuando el sol se ocultaba terminaron dejando un rezo y cirios encendidos en la iglesia de la Merced.

En las reuniones que Diana organizaba con frecuencia, Georgina empezó a desplazarse con soltura  atendiendo a los invitados y llevando las fuentes de bocaditos y licor. Coqueta y decidida, los varones la miraban con ojos codiciosos y las mujeres comentaban viéndola pasar: ¡oye, Diana, qué guapa está  Georgina! ¡Tienes que cuidar a esta chica! Y Diana respondía con frases ingeniosas  que Gabriel escuchaba con atención.

Y Georgina siguió transformando su belleza originaria sin necesidad de maquillajes pasajeros, solo adquiriendo seguridad y  confianza, bajo la atenta mirada de Gabriel y las preguntas lujuriosas de Rubén que ella ignoraba con una respuesta sencilla: “no moleste joven, vaya a hacer algo”. Las huellas de los amigos se reconocían claras, adheridas a las paredes que conducían hasta la  ventana en el garaje. Observaban los secretos espacios de Georgina que había aprendido a tratar con las cremas de Diana. Una noche en que la luna alumbraba nítida y redonda, Rubén provocó un disparo que, intempestivo, salió de su carabina mientras ejecutaba sus lascivos movimientos. Georgina volteó su mirada por un instante y continúo caminando su habitación, tranquila, impasible.

Al día siguiente, temprano por la mañana, mientras la casa dormía y ella salía a comprar el pan, le dijo:

—Así es que te gusta mirar ¿no niño?: Le avisaré a tu mamá, no, mejor a tu papá. Sí,   mejor avisarle a tu papá y que se entere que tiene un hijo mañoso, y encima con ese loco del Rubén.

Gabriel no atinó a contestar, forzó una carcajada que pareció más una mueca de temor. Se quedó sentado frente al tazón de leche aguardando su regreso y pensando si la amenaza se haría realidad. Mientras acomodaba la panera y, cuidando que Juana no escuchara, la amenazó:

—Oye… si abres la bocota haré que te acusen de algo y ahí sí que saldrás volando, ¿me entiendes?; no te juegues Georgina.

Pensando haber hecho una defensa exacta de su hombría y prestigio, Gabriel se engulló el tazón con leche y cuatro panes, y caminó al colegio cercano. Antes de atravesar Cruz Verde, volteó para observar a Georgina limpiando la entrada. Le envió una señal con la mano que ella respondió desde lejos. Soy una bestia, dijo, ¿cómo pude hablarle así?, eres un imbécil Gabriel, eso, un imbécil.

Gabriel no pudo entender una línea de las explicaciones de los profesores esa mañana. Al mediodía, dejó que Rubén hiciera sólo la caminata por Marqués y la avenida El Sol y retornó presuroso a su casa. Encontró a Georgina limpiando el gallinero, de cuclillas, acomodaba los últimos restos de basura. Su pelo largo sin recoger le caía sobre el rostro.  Le quitó el trapo rojo que descansaba en su hombro y se trepó a uno de los nichos donde incubaban las gallinas  ponedoras.

—No juegues Gabriel, no tengo tiempo. Estoy atrasada, dame ese trapo.

—Te lo devuelvo si me dejas tocarte.

—¿Qué dices?, ¿qué?, qué me crees oye, ¿ah? Tú estás loco…putuchu  tenías que ser.

—¿Putucho, qué es eso?… bien que quieres y te haces la tonta, le dijo Gabriel subiendo más alto.

Georgina no aguardó la devolución pacífica de la felpa roja. Acudió a su rescate colocando la escoba por delante. Gabriel trepó despavorido hacia los tejados  dejando la tela volando por los aires.

Esa noche esperó que todos se durmieran para llamar a Rubén que se asomó con desgano para decir que no podía ir. Tengo tareas, no acabo aún, le dijo. Desanimado, poniéndose el pijama, decidió descolgarse solo. La luna brillaba en lo alto del cielo y una luz tenue se filtraba desde el suelo y trepaba las cortinas. Tocó los vidrios con el nudillo de sus dedos. La habitación se iluminó por entero.

—Apágala, apágala, susurró Gabriel con temor.

Desaparecida la luz intensa Georgina se asomó con su camisón de dormir y el rostro somnoliento.

—¿Qué pasa, qué haces aquí, otra vez con lo mismo?

— Déjame entrar, le dijo Gabriel imperativo

—Y ¿por qué?, estás loco ¿no?, ¿por qué tienes que entrar?

— Porque te quiero tocar los senos, ya te dije, no te acuerdas acaso?

Georgina no respondió de inmediato. Su perfil se dibujaba contra la luz del velador. Gabriel, nervioso miraba hacia las alturas, de allí venía el peligro. Georgina parecía haberse esfumado.

—Oye ¿estás ahí?, preguntó Gabriel.

Descorrió la cortina y con una media sonrisa, le contestó:

—No necesitas entrar para eso.

— Entonces…no entiendo…

— ¿Qué no entiendes?,… dame tu mano, dijo, suave, persuasiva.

Gabriel se quedó petrificado pegando su espalda contra la ventana, sin atinar a responder.

—Ya te dije… putuchu, dame tu mano.

Gabriel quiso trepar las paredes despavorido. Se contuvo. No podía huir, no podía si pretendía seguir paseando su virilidad por la casa. Desprendió su mano y la entregó al vacío, sin destino. Georgina la tomó con delicadeza, contó los dedos y luego los condujo por las paredes de su cuerpo. Acarició su rostro, cuello, descendió hasta los senos turgentes; se detuvo en ese espacio que Gabriel sintió semejantes al Aukisa, que se elevaba gris  y blanco custodiando La Rinconada. Llegó hasta los límites del pubis, Georgina aceleraba su respiración en silencio, tensa. Gabriel sentía sus dedos ausentes navegando por el Vilcanota hasta los orígenes del sol.  Su miembro turgente se alejaba del cuerpo y lo conducía contra la corriente entre las montañas y verdes profundos hasta el hogar de Georgina. Volvió sobre sus pasos cuando sintió su brazo alargarse hasta distancias imposibles. El grueso alféizar de adobe se erigió en barrera infranqueable para seguir los dedos de Georgina que le ofrecía su cuerpo virgen, intocado. Minutos eternos, sin verse, comunicados por el ritual oculto de iniciación. La recorre distinta en el retorno, floreciendo las yemas de sus dedos, marchitándose sus días del pasado; Georgina alisó su corazón y con una señal de sus labios devolvió la mano perfumada con sus secretos.

—No habías sido tan putuchu, dijo.

Con la respiración entrecortada Gabriel la miró sin palabras. Alargo la mano hasta su cabellera azabache mientras la tela se cerraba. Introdujo sus pies en los resquicios de la pared y subió hacia el cielo que la luna alumbraba.

Acariciar a Georgina de nuevo fue para Gabriel el deseo que movió su existencia en las semanas siguientes. Ella parecía haber hecho del rito iniciático ceremonia final; cancelación y olvido de la mano que recorrió su piel desnuda. Cerrada la ventana cómplice Gabriel dejó de existir para ella; como si nunca hubiera ocurrido la unión de sus dedos sobre una cara de su cuerpo. Le miraba sin verle, le hablaba sin mirarle. Se tornó invisible a pesar de sus esfuerzos por imponer su presencia en cada espacio que visitaba, en cada situación que la involucraba. En medio de la muerte oficial decretada por Georgina aprendió que la vida no es la misma después de recorrer un cuerpo desnudo; que se requiere iniciar destrezas y códigos distintos para no delatarse pecador. Entendió que los sentimientos señalan fronteras inaccesibles, inalcanzables para quien se atreve a escalar el cuerpo de una mujer; que la mirada se aleja de la niñez y los objetos reflejan sólo una parte de la luz.

Gabriel no volvió a descolgarse por la terraza hacia la ventana de Georgina por el temor de deshacer la realidad de minutos inolvidables; lo intentó varias veces pero se detuvo al inicio de la travesía. Una noche decidió ir tras sus pasos, camino al colegio nocturno. Superada la esquina, la sorprendió hablándole a unos metros de distancia.

— Georgina, ¿por qué no me hablas, por qué no me miras siquiera?

—¿Por qué me sigues?…¿no era lo que querías?; además, no está bien lo que hemos hecho, no está bien, niño.

—No me digas niño…

—Gabriel, no está bien, Dios nos ve, ya hice lo que querías. Ya no sigas.

¿Dios? se preguntó, detenido en la puerta del colegio observando cómo se perdía Georgina por el portón de madera. Era lo que había aprendido a hacer, seguirla durante el corto trecho que la llevaba a sus estudios nocturnos. En el camino se sentía abandonado de todo raciocinio, tratando de entender las sensaciones de tenerla siempre cerca, de sentirse acompañado cada vez que sus miradas se cruzaban.  ¿Tendrá tiempo Dios para condenar los caminos que recorrió mi mano, sin dañar, sin nada más que producir sensaciones inexplicables?, ¿Tendrá lugar en su mente para impedir  mis deseos sencillos, podrá ver mal que mire a una mujer con ojos distintos? Retornó a su casa antes que repararan en su ausencia. Vio que Diana conversaba por teléfono, sus padres veían televisión. Ocupó su habitación sin encender la luz, observando las sombras de su estante de libros y la colección de ceramios desperdigados sobre todo lugar posible.

Tenía que hallar formas de acercarse a Georgina, encontrar una solución a su  distanciamiento, lo haría aunque muriera en el intento. Recordó a Mónica, la amiga que fue a  La Rinconada en las vacaciones anteriores. Fue con sus padres a pasar unos días. La besó y ella respondió a sus besos; cuando la vio partir en el tren hacia el Cusco, la extrañó hasta que pasó frente a la fábrica de bebidas, luego no la recordó más. Pero esto era distinto, como el cosquilleo en su pecho al verla o cuando escuchaba su voz, conversando con Killa, la perrita lanuda que parecía entenderla; habían formado una pareja que caminaba junta por toda la casa.

Presentía que Georgina vivía sensaciones parecidas; lo veía en su rápido pasar, en el apuro con el que hacia los recados o en el silencio de sus pasos antes bulliciosos. La luz del cuarto de costura se filtraba hasta su habitación y dibujaba formas que Gabriel componía siempre recordando las imágenes que guardaba de La Rinconada. Las sombras dibujaban sus nombres, enlazados, inseparables. ¿Hablarle?, ella no aceptaba conversar, lo ignoraba; ¿seguirla por la calle y hablarle en algún lugar?, necesitaba tiempo y esperar que Leticia no echara de menos su ausencia. ¿Una carta?, ¿si, una carta?, podría ser, ¿por qué no?, claro; sí, ¡eso podría ser! La haría bien, sí, claro que sí, eso. Se durmió cuando sintió que Georgina llegaba del colegio.

Mientras el profesor llenaba la pizarra de fórmulas Gabriel apuntaba algunas ideas. Tendrían que ser originales, bonitas, como para que nunca más deje de hablarle, pensaba. Escribía en las últimas páginas del cuaderno que luego arrancaba. Querida Georgina, no,  no está bien, no era  la palabra, muy cursi, muy forzado, ¿mi amor?, tampoco, se va a reír, putuchu, le diría, no soy tu amor. Sólo Georgina, nada más, sí, eso estaba bien, Georgina; a secas, como es ella, dulce y seria, lejana. Te escribo porque es la única manera de hablar contigo, te busco por toda la casa tratando de hablarte a toda hora y tú no te molestas ni siquiera en mirarme. Pienso en ti en todo momento,  en el colegio, en la calle caminando, en mi habitación mirando el techo en silencio. Será por lo que pasó aquella noche, será porque me gustas, te miro caminar, te veo limpiar y me muero de ganas de abrazarte, te miró a cada hora, cuando sales de la ducha, cuando vas a comprar o te vas con Diana espero que vuelvas sin demora. Quizá no te das cuenta, pero  es lo que siento, lo que empezó como un juego se ha convertido para mí en algo muy importante, me gustan tus ojos, tus  labios, todo me gusta de ti. Miro a otras chicas en la calle o en alguna fiesta tonta a la que voy, pero a ninguna miro como a ti. Siento que empiezo a quererte Georgina, si tú me quisieras nadie lo sabría, solo los dos. Sabes, no me interesa tocarte, me olvidaré de eso si tú lo quieres. Me gustaría hablar contigo, conversar y que me escuches, nada más. Creo que  no es pedir demasiado para calmar lo que siento cuando te veo. Háblame, búscame, como te busco, mírame como te miro yo, no me hagas sufrir, nada más eso te pido. Gabriel.

Dejó  la carta debajo de la almohada poco antes que ella se fuera al colegio. Al pasar, le dijo que buscara algo en su cama y se alejó desorientado pensando en las sensaciones que produciría. Al día siguiente, el desayuno se lo sirvió Juana, le dijo que Georgina había amanecido afiebrada. Entreabrió la puerta y vio su espalda cubierta con las frazadas. Se acercó, le tocó la cabeza y preguntó si se sentía bien. Estoy bien le respondió cálida, pero  no tengo ganas de levantarme. Ojalá tu mamá no descubra la verdad. No te preocupes, nadie se enterará —le respondió. Salió para el colegio, subiendo por Concebidayoc, calle ancha, esa mañana angostó sus límites para sentir que las veredas se juntaban uniendo lo que pocos aceptarían que se unan. A mí no me importa, se dijo, me gusta, se ha hecho necesaria y me hace sentir distinto; Georgina se acercaba impedida de caminar distante. Tomó los dedos que le enseñaron su cuerpo y los llevó al colegio con él.

Al regresar al mediodía le alcanzó tunas que sabía le gustaban; se las llevó cortadas, listas para comer. Le acarició la cabeza y le dijo que la extrañaba, que se cure rápido para que vuelva a caminar, que la esperaba. Georgina, le contestó que ella también quería levantarse, pero…necesito estar así un poco más; mañana me levanto, —le dijo, con un tono distinto, amigable.

La vio venir temprano con la taza de leche en las manos, la puso en la mesa con la mirada cambiada. Evitó mirarla de frente, pero su cuerpo, sus pasos, su media sonrisa, le confirmó que Georgina no era la misma.

Regresó del colegio y sabiendo que a esa hora haría la limpieza del patio, se instaló en la terraza a leer los periódicos limeños. Desde allí podría verla. Terminó La Prensa y observó que el patio seguía quieto, con las gallinas picoteando tranquilas. Bajó entonces a preguntar a Juana. Georgina está ausente, le contó, se ha ido al colegio de Diana para ayudarle con sus alumnos y luego la acompañaría a una reunión en casa de amigos. Caminó desconcertado por el patio posterior hasta que lo llamaron para el almuerzo. Trató de esperarla por la noche, pero el sueño le venció y se durmió con el libro de Salgari sobre su pecho.

Empezaba  a soñar cuando sintió una mano posado sobre su cuerpo. Atravesó su pecho y se deslizó con suavidad hacia su vientre cuando se incorporaba, extrañado. No hables, quédate quieto, Gabriel, soy yo. ¿Vienes a mi cuarto?, ¿sí, vienes?, te espero. Vio que Georgina se escurría suave dejando entreabierta la puerta hacia la terraza. Terminó de despertarse, apoyó sus codos en la cama, pensó si se trataba de un sueño. No, no había dudas, era ella. Se calzó la bata y bajó por la escalera posterior. La puerta estaba abierta. Del interior Georgina le dijo: ven…putuchu, entra, ciérrala. Le abrió el lecho tibio y Gabriel se introdujo bajo las frazadas sintiendo que el Tigre de la Malasia hacia el abordaje final a una isla de oriente preñada de tesoros.

Pegó su rostro con el de Georgina y bebió su aliento. Me ha gustado tu carta,  escribes con tu corazón. Te creo, también yo siento algo parecido. Somos iguales; y sabes, en La Rinconada cuando dos personas se gustan, se juntan nomás, se van a los maizales o a los cerros escondidos y se quieren. Gabriel se dejó caer sobre sus pechos con los pezones erectos, apuntando al cielo. Estrecharon sus brazos con la fuerza de las cordilleras y con la ternura de las calandrias. Se dejó abrazar, se dejó querer; quiso, abrazó de nuevo; la besó con torpeza, como había visto en las películas de los domingos en el cine Colón. Ella abrió sus labios por intuición, por los códigos heredados útiles para supervivir en el amor. Acarició sus senos, bebió de sus pezones hinchados, los tocó y los miró como las joyas conquistadas. Se acomodó entre sus piernas desnudas, levantó sus muslos. Alzó su rostro iluminado apenas por la luz del velador y le preguntó si estaba bien. Sí, le dijo, está bien, estamos bien. Se sometieron a la calidez de sus cuerpos; a la diferencia de temperaturas, a la suavidad inigualable e iniciaron la danza inmóvil que se reflejaba en las paredes verdes, como las hojas del capulí cuando las mece el viento de la tarde. Gabriel, miraba su sombra, enorme, moverse con la cadencia de las aguas encabritadas del Aukisa  descendiendo por el río Kaylla hasta el Vilcanota. Con lentitud y temor sintió su cuerpo endurecerse mientras Georgina emitía sonidos que parecían conducirla  a la muerte. Está bien,  está bien Gabrielito,… putuchu, te quiero, yo también.  

S/B, nov/ 2003

Arcanos distantes

Las religiones de oriente, la cosmobiología, los astros y el destino incierto de los seres,  desdoblamientos, viajes astrales y todas las ideas semejantes hallaron terreno fértil en la mente de Adriana que estaba en la búsqueda de algo que ocupara los vacíos que ausencias e  interminables horas de estudio de códigos y leyes no habían llenado. Fue una vinculación que nació de modo instantáneo un día que hojeaba al azar libros olvidados de la biblioteca de su padre: “El Tercer Ojo”, “El Médico del Tibet” y textos de esa especie  le produjeron una atracción inmediata. Fueron noches de desvelo, de lectura desbordada hasta las madrugadas. Después de leer los títulos que tuvieran el aroma de las abstracciones esotéricas su vida cambió para siempre. Fueron páginas que pulsaron los nervios que organizaban su respiración y sus latidos primarios. Descubrió los espacios olvidados de su personalidad. Cautivó su imaginación las posibilidades humanas de superar las fronteras físicas, liberarse de los lastres del tiempo y las dimensiones conocidas hasta sentir que  vivía la eternidad. El contacto con el universo, sus infinitas combinaciones de poder y permanencia le otorgaron entonces un motivo para existir, una razón para vivir. ¿Dónde estuve?, ¿porqué no lo vi antes? ¡Es esto lo que he buscado por tanto tiempo!, ─dijo─ poniendo la última hoja sobre su pecho.

Abandonó con premura y alivio las clases universitarias y se dedicó a perfeccionar su alma y sus conocimientos bajo los preceptos de una mixtura de sabidurías universales que le abrirían el camino a la perfección. Se vinculó a grupos iniciáticos, fraternidades, cofradías que albergaban a miembros en todos los confines del mundo. Los llegó a conocer con detalle y a distinguir con nitidez las características que los enemistaba y vinculaba. Estaban los orientalistas, seguidores de las líneas lunares o solares, niños de dios, krishnas, budistas, confucianos, religiosos andinos… Asistía a cursos, seminarios, conferencias y visitaba bibliotecas y archivos antiguos que le permitían acceder a nuevos niveles de espiritualidad y conocimientos. Cambió el destino de sus pasos. La milenaria ciudad develó para ella sus secretos y pudo ver las claves de su lenguaje; descifró el sentido de su trazo, entendió la razón escondida detrás del tamaño y ángulos de sus piedras, se apropió del motivo de cada antigua ventana. Sus ropas abandonaron el equilibrio y el brillo de sus días paganos y su mirada adquirió la convicción de las certezas.

Por esos días iniciales, un especialista dictaría unas conferencias para difundir un temario de filosofía oriental. Lucía un extenso historial de libros publicados y exposiciones alrededor del mundo. Adriana, caminando, meditando, por el Portal Confituría de la plaza Mayor; sentía que su destino astral ponía al alcance de su vida señales que no podía obviar. Inauguró las matrículas y estuvo en lugar expectante el primer día. Federico ingresó al salón con retraso, como correspondía a su prestigio y trayectoria. En sus tempranos treinta tenía la apariencia de ser el próximo componedor del universo. Apuesto, con cuidada barba que dibujaba sus labios y mentón, adornado con los misterios que le otorgaban su especialidad y  procedencia. Elegante, seductor, aura azul brillante que podían observar  los iniciados.

La disertación fue un acontecimiento que no olvidaría. Se remitió a los orígenes del universo, a los vedas los redujo a la simpleza elemental; explicó los ritos para comunicarse con los poderes invisibles y participar de su eternidad. Habló de la búsqueda del ser primero, del uno sin segundo, del absoluto, del que todo proviene y al que todo vuelve. Se transportó a los salones sagrados donde habitan Siva y Visnú, caminó sobre sus losetas protegida por los conocimientos y la cautivante personalidad de Federico. Al terminar la sesión Adriana había entendido la esencia del cosmos y palpado la materia primigenia de la que estaba hecha la vida;  entendió su misión y su destino.  Se miraron con interés. Luego del segundo día estaban sentados en un pequeño cafetín de la calle del Medio. Las delgadas manos del maestro revoloteaban alrededor de su rostro conduciéndola por los arcanos distantes de la comprensión humana. Adriana siguió arrobada la trayectoria de esos dedos, deletreo sus figuras y pensó que  en ellas depositaría su memoria para olvidar su amor por Gabriel.

Mientras finalizaba la última conferencia, Federico, con la mirada de la alumna distinguida sobre él, tomó la determinación de quedarse unos días en la ciudad y beber de las energías del universo que en ese año se concentraban en sus calles antiguas y sus efectos más purificadores atravesaban el eje central de la plaza Mayor. Adriana se convirtió en su lazarillo y guía. Caminaron  las calles orientados por su experiencia y siguiendo las señales de sus pasos con Gabriel. Una tarde tomaron la calle Pumakurko y caminaron rumbo al barrio de san Cristóbal. Observarían la ciudad desde la explanada de Qolqampata, junto a las piedras coloniales de su iglesia y muy cerca de los cimientos incas del palacio de Manco Cápac.  Caminaron lentos la planicie de piedra. El lugar le era familiar, el aire enrarecido la condujo a sus recuerdos mas antiguos. Se sentaron en una escalinata, mirando los tejados ocres de la ciudad extendida a sus pies. Allí,  con la bruma vespertina ascendiendo, se besaron. Beso carnal que presagiaba un lenguaje físico apasionado. Descendieron por Arco Iris, compartiendo el frío de la tarde, para luego tomar la Cuesta del Almirante y reclamar un lugar en el café Ayllu. La iglesia de los Jesuitas, esbelta, parecía más alta que de costumbre por el reflejo de las luces frías de un sol que se ocultaba. Mientras aguardaban el pedido, y ante la mirada extrañada de Federico, Adriana le habló de Gabriel.

Me pareció que debías de saberlo, ─le dijo. Pensaba en él mientras me besabas.

Federico se removió en su asiento. Toda su sabiduría fue insuficiente para entender el significado del beso que presumió propio. Pasó la servilleta por sus labios, ordenó sus ideas con dificultad.

─ Lo sigues amando, veo… ¿qué tiempo estuvieron juntos?

─ Toda mi vida, no recuerdo otra compañía. Pero…tú sabes, no puedes atar la luz del sol, impedir las lluvias, detener el crecimiento…un día nos reconocimos distantes y cada uno se marchó en direcciones opuestas.

La experiencia organizada de conocedor del universo todo, su espacios tabulados a los que acudía con presteza, no le sirvieron para comprender que algunos sentimientos no anidan en la razón.

─ Entonces Adriana ¿qué significa estar aquí, juntos…?

─ Deseos de caminar otras etapas, construir un mundo distante de sus recuerdos.

Probando el pastelillo que pusieron a su costado le dijo que no tenía ánimos de ser usado para diluir y mitigar el pasado.

─  Eso no lo defines tú, ni siquiera yo. Mi pasado es mi futuro, sin él no sabría mirar lo que está por venir; a su lado he adquirido un rostro, contado las estrellas del amanecer. El ha hecho posible que hablemos y me conozcas… Además te vas en unos días y entonces estos momentos serán sólo un recuerdo imprescindible.

Removiendo la servilleta, Federico reaccionó con presteza.

─ No, no será así. Me quedaré un tiempo, postergaré algunas conferencias y quizá luego el Cusco sea mi sede permanente.

─ No lo hagas por mí, no creo que esté bien, nos unen apenas unos días, nos conocemos tan poco.

─ Para mí es suficiente lo que sé de ti. No es necesario saber más.

─ Para mí no, Federico, no bastan las sensaciones. Recorrer mis calles, beber de su energía no es suficiente, requerimos de los silencios, de la soledad de una habitación…los sentimientos no deben aparecer en el futuro…quizá repares en ellos después, pero reconocerás que ya estaban allí, esperando ser descubiertos.

Federico la miraba contrariado, fingiendo interés, con la cólera contenida. Adriana, desentendida de los gestos, continúo.

─ Mira, la perfección es inalcanzable. No sé…dejemos que los días corran, que la vida y la naturaleza opinen, ¿no te parece?

Federico asintió, estuvo de acuerdo en que había que dejar que la experiencia discurra con naturalidad y se instale en los espacios que la rueda del destino le ha designado. Añadió que nadie sabe qué se esconde detrás de los encuentros fortuitos. Sí, ─dijo ella─ debía ser así, dejar que las energías se expandan sin vallas ni atajos.

Terminaron de comer los pastelillos y Adriana la leche agria sin añadir palabra.  Federico continuaba con el gesto hosco. Quedaron en verse al día siguiente. Cruzaron hacia el atrio de la catedral, atravesaron su explanada pasando frente a la enorme puerta de cedro tachonada de aldabones y bronces herrumbrosos. Empequeñecidos por sus muros escucharon el tañido de la María Angola que anunciaba la noche. Adriana levantó la mirada hacia los altísimos campanarios tratando de ubicar el origen del sonido. No pudo, salía de las mismas piedras, de los  cimientos del antiguo palacio de Wiracocha, desde los confines del tiempo, desde las fronteras del cielo.

El reencuentro fue frío, distante. Federico parecía continuar en el diálogo del día anterior. Caminaron por la ruta que conduce a Sacsayhuamán. La ciudad perdía dimensión humana y ella le iba señalando lugares que debía conocer. Cerca a San Blas decidieron bajar por el empinado trazo de Atojsaykuchi  y se acomodaron en la plazoleta cercana. Pensativo, Federico esperaba la oportunidad de hablar.

─ He alquilado un pequeño estudio aquí a unas cuadras de distancia, ─le dijo de improviso… ¿qué te parece? Además, he adquirido una pintura antigua que quisiera la veas.

No supo responder, atenta observadora del futuro esta vez no pudo entender el significado de esa noticia. Caminaron al lugar, estaba a poca distancia, en medio de la estrecha callejuela Mira Calcetas. Era parte de una casona colonial, una buhardilla con dos ambientes y un baño a la que se ingresaba directamente desde la calle a través de una estirada escalera de madera. Adriana se acomodó en la ventana que miraba hacia la ciudad. Debe ser  muy lindo de noche, ─pensó. La habitación fría, una helada corriente de aire removió su falda; decidió regresar de inmediato a su lugar en la plazoleta. La voz de Federico cerca de su nuca interrumpió su decisión.

─ Te veo distinta, tan llena de las ideas que me interesan. Complementas mi vida, Adriana.

¿Complementar una vida? repitió ella para sí, ¿es suficiente complementar una vida?, ¿se puede hablar así cuando se trata del amor?. Deseo sentirme algo más que un complemento, debo ser una con él, indivisible con el amor, en esa unidad diluirnos en dos, en esa unidad compartir latidos y miradas. Prefirió callar. Me agrada, pero… no se repite el contacto luminoso de Gabriel. ¿Cómo deposito mis raíces?, ¿cómo logro extender en él mi cansancio, mis deseos, mi cuerpo desnudo? ¿Alcanzaría a quererle como yo necesito amar? ¿Acaso puedo humedecer mi cuerpo dos veces en el mismo río?, ¿es posible exigir que la vida repita mis horas perdidas?, ¿acaso no es esa la primera lección de esta etapa nueva?. Repetirme bloquea mis mantras, reduce mi espíritu, disminuye el tamaño de mi humanidad. ¿Qué debo hacer?

Las luces de la tarde se confundían con los faroles iluminados. Federico encendió las velas coloridas y voluminosas que alumbraron bien las dos pequeñas habitaciones y la pintura encima de la mesa.

Adriana observó su mirada, vio con temor que carecía de las livianas intenciones de siempre. Buscó una excusa para despedirse. Luego de dar una breve opinión sobre la tela le pidió que la acompañara. Federico se rehusó tomándola de la cintura, casi empujándola sobre la cama.

Adriana protestó con energía sin encontrar eco a sus palabras, trató entonces de zafarse de la fuerte presión de sus dedos sin conseguirlo. Sus reclamos se hacían más sonoros cuando él aplacó el sonido cubriendo su boca con las manos. Se encaramó sobre su cuerpo quitándole el saco de cuero, luego le arrancó el vestido. La dejó desnuda en pocos instantes. Gritó cuando la mano de Federico liberó parte de su boca, grito sordo, apagado; nadie la escucharía. El rostro extraño, congestionado de Federico, la determinación que mostraba, le hizo pensar que sería inútil oponerse, que sería mejor no desatar la furia homicida que veía dibujaba en su mirada. En algún momento se abandonó a la decisión incontenible del hombre encarnado en su animalidad, relajó su cuerpo pensando en su conservación. Federico se tranquilizó y   desarrolló jadeante su bestialidad y sus ímpetus prohibidos. Mantuvo la mano cubriendo su rostro como hierros candentes marcando su mirada para siempre.

Se liberó pronto del peso indeseable. El se alejó y se vistió sin mostrar su mirada. Sus lágrimas humedecían las sábanas, Se arropó en una esquina de la cama, doblada sobre su dolor, mirando la pared cercana y viendo a Federico desaparecer de la buhardilla. Escuchó sus pasos alejándose por la callejuela desierta. El andrógino ángel colonial, con fina espada en su diestra la observaba desde el piso. Se vistió lenta, tratando que las señales de lo ocurrido se escurran de sus ropas y su piel. Humedeció su rostro y abandonó la habitación. Mas tarde, en medio del agua golpeando su cerebro, pensaba en Gabriel, lo recordaba, sintiendo que lo había perdido para siempre.

sb/jun./03

Qankunapas Noqaykupas. Ustedes y Nosotros.

El texto que aquí se expone forma parte del libro de Rodolfo Sánchez Garrafa y Gilberto Muñiz Caparó que desarrolla un diálogo intercultural desde la cultura andina contemporánea.

Qankunapas Noqaykupas promueven varios entendimientos; para algunos lectores la información les será útil para exhibirla como prueba de calificado bagaje cultural; también generará desacuerdos, muchos no aceptan que nuestra sociedad antigua desarrolló organizado y superior pensamiento; se expresarán críticos con juicios imprecisos y ambivalentes. Podría mencionar otras reacciones posibles, pero me detengo en lo resumido para manifestar que me hallo entre quienes están de acuerdo con sus principales postulados y en disposición de reflexionar sobre sus principales conclusiones, que ensayo resumir a continuación:
• El antiguo mundo andino fue organizado por pensamiento estructurado de valor equivalente a la filosofía occidental.
• Es necesario desarrollar un cuerpo de pensamiento propio que luego nos permita un posterior y frondoso diálogo de saberes culturales. Filosofías comentadas como la intercultural y de la liberación, corrientes de gran influencia en nuestra sociedad, no ofrecieron un camino autónomo para el desarrollo de filosofía nuestra. El texto nos acerca con transparencia y propósitos interculturales a variadas formas de estructurar pensamiento, pero ninguna es punto de partida para formular un pensamiento nuestro.
• El diálogo intercultural deberá hacerse a partir de la comparación e intercambio de saberes orgánicos de pensamiento, y sin primacía de ninguna expresión dominante y no limitada a eruditos o académicos.
• Requerimos de un ordenamiento de nuestros saberes que sea útil a nuestras necesidades sociales y que emerja de nuestras tradiciones y antigua cultura.
• Ninguna reforma al sistema filosófico imperante nos hará edificar una sociedad superior que haga innecesario rememorar con añoranza las sociedades que nuestros antepasados fueron capaces de construir, realidad que nos orienta en la creación de un horizonte civilizatorio distinto que sustituya la sociedad occidental judeo cristiana. Es tarea que requerirá “encauzar con solvencia…bebiendo de las fuentes propias de nuestra identidad”.
• Para hacer realidad este objetivo se requiere la formación de un nuevo sujeto social, un sujeto andino, y asegurar el empoderamiento de su identidad cultural y política que promueva una nueva correlación de fuerzas, una nueva estructura de poder político y social.
Luego de coincidir con lo leído, me intereso por extender la reflexión hacia tres aspectos que el libro motiva:
• ¿Qué nombre le corresponde al pensamiento nuestro?
• ¿Qué ámbito tendrá este pensamiento?
• ¿Cómo se organizan los ámbitos de reflexión?


¿Debemos pugnar por llamar filosofía, a secas, a esta estructurada forma de pensar? Considero que no, y no se trata de una afirmación que postule rebajar su condición de alto pensamiento ni mengue su capacidad de equiparar sus valencias en igualdad de condiciones con cualquier clase de razonamiento que se reconozca como filosofía.


Repasemos, sin extendernos, aquello que distingue a la filosofía occidental, matriz modélica a la que muchos pretenden igualar y que el texto critica. Destaca su denominada racionalidad; su lógica regida por principios que gustan de llamarse leyes; considera al individuo el punto de inicio y fin de todas sus reflexiones; la defensa extrema de la supuesta independencia y libertad individual respecto de la comunidad; constitución dual del ser; origen creacionista de la vida; uso de argumentaciones y conceptos; extendida especulación; promoción de objetivo conocimiento de la realidad, científico, repetidamente comprobable; considerar a la naturaleza objetivamente ajena al ser individual, por tanto, sujeta de dominio e inagotable; separaciones sociales sustentadas en un irreductible ellos y nosotros; la defensa de la escritura como archivo insustituible de sus postulados; la asunción de un tiempo lineal como escenario de los sucesos sociales; caracterizar el trabajo como condena. ¿Tiene el pensamiento andino alguna de estas características? Con sencillez hay que responder que no, ninguna. No señalo un catálogo alternativo porque el lector puede hallarlo en cada idea antónima que elabore a partir de la enumeración presentada. Si tales son las identidades de nuestro pensamiento, ¿corresponde llamarse filosofía y darnos la tarea de lograr su ingreso al selecto grupo de las filosofías mundiales, o es esta otra forma de persistir en una práctica de colonialismo que ningún provecho nos depara?, ¿es compatible con criterios liberacionistas pensar que es el único grupo que representa el alto pensamiento mundial? ¿Es acaso ineludible este esfuerzo que solo evidencia un afán por pertenecer a un mundo que nos es ajeno en todos sus términos fundamentales? No estimo conveniente que una sociedad antigua y singular se proyecte hacia el futuro solicitando la calificación de filosofía para lo nuestro junto a un certificado de suficiencia por sabernos dueños de un sitial especifico y particular en el exclusivo y académico mundo de las consagrada filosofía.


Son razones que sirven para incidir en lo que fuimos y somos en este campo: sabios, reflexivos y prácticos, conocedores, no clasificadores, de la naturaleza y cultivadores de una eticidad y moral paradigmáticas, seres acendradamente políticos, alejados de la cientificidad y de la objetividad del pensamiento y la ciencia occidental. Este conjunto de virtudes, fundamento de los múltiples contratos sociales que sostuvo una extendida comunidad de elementos diferenciados, de armónica y ejemplar relación con la naturaleza, nos hace propietarios de Sabiduría. Numerosas fuentes lo acreditan, innumerables señales y pruebas objetivas lo indican. La interacción con una naturaleza singular, difícil y diversa, junto a productividades limitadas y diferenciadas produjo aquí un ordenamiento social comunitario que no permitió que prospere la apropiación privada de los excedentes y la conocida estratificación clasista de las sociedades. Y no desarrollamos sociedad comunal como paso previo a un civilizado estadio individualizado posterior, y como antesala del capitalismo, sino como permanente y singular y eficaz forma de relacionarse con una geografía monumental que no admitía esfuerzos individuales. No fue un objetivo anticipadamente previsto o deseado el ser comunitarios y vivir por milenios bajo esta forma de formación social, ocurrió que elegimos la única posible para relacionarnos con una naturaleza particular que no admite esfuerzos individuales para hacerla productiva. No podemos argüir que no hubieron ensayos individuales que fracasaron; la realidad obligó a integrar esfuerzos, a sumar individualidades antes que a desperdigarnos en intereses personales. Desde Caral no hallamos evidencias que diferencien nuestra única y sólida formación social: comunidad de culturas, sociedades comunales. Similar tesitura tuvieron los horizontes Chavín, Wari, Tiahuanaco, Inca, y lo seguimos siendo en comunidades serranas e indígenas de nuestra Amazonía, no obstante la invasión y el cerco de la sociedad individual sobre estas colectividades. Lo que venció finalmente a estas organizaciones fue la superioridad bélica hispana y no sus virtudes sociales.


Requerimos; sin embargo, no aislarnos de un contexto mundial. Nosotros, que poseemos el gen de la comunidad, no podemos ausentarnos de un esfuerzo de integración planetaria. Por ello debemos agregar un segundo apellido a nuestro pensamiento, instalar un tinkuy suficiente para denominarlo Sabiduría filosófica. ¿Se postula este nombre como única alternativa a nuestro pensamiento? No, nada más lejos de esta pretensión. Nosotros somos multiétnicos y multiculturales e imposibilitados, por lo tanto, de pretender exclusivismos perniciosos. Deberán surgir otras denominaciones como los desarrollos previos lo ha evidenciado; de esos espacios surgirá, probablemente por sus virtudes, la denominación hegemónica, pero no excluyente. Convivamos en medio de las diferencias, con múltiples escuelas y formas de pensar unidos por la densa trama basal que nos unifica. El pensamiento occidental se lo permite, nosotros defendemos ese derecho con mayores atributos.


Por otro lado, no es posible aceptar la hegemonía de pensamientos universales. No hay una sola muestra de fundamentos teóricos de propósitos globales que hayan podido lograr la superación de problemas su propio ámbito; ni siquiera en sus originales espacios de desarrollo. Manifestamos la necesidad de formulaciones regionales, incluso locales, de valle y microrregiones, para afrontar soluciones de los profundos desequilibrios sociales nuestros. El pensamiento creado debe responder a las condiciones geográficas y sociales que les da origen. Las constelaciones se observan distinto desde cada valle. Nosotros estamos señalados de modo indeleble por la cordillera de los Andes, y dentro de esta geografía continental, los países andinos tienen con esta monumental waca una relación íntima, intensa, como no la poseen otros espacios territoriales del continente. Es una vana pretensión formular desde aquí teorías que se aclimaten a los espacios siberianos o arenales africanos, menos a las configuraciones urbanas del denominado primer mundo. La Sabiduría filosófica debe servir para orientar nuestra objetiva y concreta convivencia comunal entre humanos y naturaleza; cualquier disquisición de ámbitos individuales se hacen al interior de la comunidad. Aquí asistimos a la proliferación de características geográficas únicas y distinguibles en cada unidad geográfica mínima. Por eso los apus y wacas se asientan en espacios cercanos y diferenciados. Nadie puede decirnos con eficacia cómo afrontamos el reto de relacionarnos con una geografía particularmente singular viva en todos sus constituyentes y menos recomendarnos la asunción de ciclos de desarrollo que hemos visto arbitrarios y obsoletos para nosotros. No postulamos aislamientos inoperantes ni chauvinismos inconsistentes. Tomamos lo necesario y mejor de otras latitudes. Por eso qankunapas ooqaykupas extiende una ruta, por lo mismo existe el noqayku y el noqanchis . Por similar razón necesitamos ventanas abiertas al mundo, por lo mismo también un solo acceso peatonal a nuestros ámbitos.
Por último, ¿cómo se estructuran los espacios de reflexión? ¿cómo se compone nuestra sabiduría filosófica? Reconociendo que las formulaciones que se hacen aquí no son precisamente útiles para una realidad coyuntural, creemos que es conveniente formular algunos elementos imprescindibles en el desarrollo de una sabiduría filosófica nuestra. Reconozcamos que su ensamblaje debe partir del uso del quechua, del aimara y de las lenguas vivas de nuestra amazonia andina; desde sus estructuras gramaticales partimos para señalar nuestras opiniones. Son lenguas que albergan y configuran nuestra sabiduría. No postulamos que sea imprescindible dominar estos idiomas o pensar desde ellos, pero si es necesario conocerlos en su estructura íntima de funcionamiento, saber de su inoperancia para definir conceptos, premisas, axiomas, inferencias, silogismos, conclusiones, metalenguaje. Los saberes, el conocimiento andino no es teorético ni discursivo; acontece cada día en los diversos escenarios de la vida diaria. los saberes gravitan en la lengua y la acción de los individuos. ¿Desechamos los aspectos sustantivos del conocimiento alienígena no obstante su hegemonía mundial? Sí, porque imitar desde aquí a alguien resulta escandaloso. Si queremos ser eficaces en formular ideas para nuestro territorio tenemos que situarnos y enraizarnos en los extenuantes arenales de la costa, caminar las escarpadas y empinadas alturas de la sierra y trajinar los difíciles valles acuáticos de nuestra amazonía andina. No tenemos la capacidad de hablar para otro escenario, para una distinta realidad. Por lo tanto, no podemos formular pensamiento desde el ser individual, sino desde la comunidad. ¿Resulta fácil realizar tal propósito? desde luego que no, mucho más si nos acechan intolerantes poseedores de la verdad y carecemos de antecedentes apreciables. Pensar desde la dualidad es un reto de amplias dimensiones, pero es imprescindible hacerlo ayudados de nuestra travesía histórica y cultural de milenios, de particular espacio-tiempo. Desarrollar pensamiento desde la subjetividad y la ingesta de plantas maestras, desde la disolución de las leyes de la lógica masivamente aceptadas, no es tarea sencilla, pero resulta una obligación realizarlo. Usar las fórmulas comúnmente utilizadas es poco útil, no nos ha servido para criar sociedad y naturaleza, ni guía para mirar la cordillera de los Andes y sus extensiones como un hogar que necesitamos convertir en extenso jardín cultivado y acondicionarlo como habitáculo humano, como espacio que derribe la frontera entre cultura y naturaleza, como hogar de las distintas formas de humanidad que contiene la geografía nuestra.


No es cierto que el pensamiento que privilegie la acción individual es la única forma de preservar la denominada libertad personal y la creatividad y que cualquier forma de asociación comunal está reñida con la libertad. No se habrían criado aquí ayar manco, pachacutes y wiracochas de ser ciertas tales premisas. Los seres somos antes entidades naturales que productores, somos humanidades incompletas que requerimos de otros para sabernos existentes. Un ser único es inviable como edificador de sociedades, es el cuento que nos han endilgado aquellos que critican el uso de tradiciones milenarias cuando extreman su milenarismo cuando abrevan de fuentes que tienen también miles de años de antigüedad. Se trata de algo sencillo de entender: para continuar nuestro camino de humanidad debemos de derribar el muro edificado por las experiencias coloniales y sus correlatos de colonialidad que nos invaden y carcomen y nos deshumanizan. Qankupas Noqaykupas, nos facilita una ruta, un derrotero para lograrlo.

Le dedico mi silencio. Crítica.

En una prueba de longeva actividad intelectual MVL nos entrega, a sus 87 años, su última producción ficcional. Literalmente la última, después no habrá más novelas de este  personaje nacional. Para satisfacción de sus seguidores ha indicado que se encuentra trabajando en su último ensayo sobre el pensamiento de Sartre, su orientador de juventud y del que después abjuró. Aguardamos logre culminar lo ofrecido, y no esperemos que en estas páginas retorne a sus fuentes. Seguramente prepara una evaluación neutra del filósofo existencialista.

Vargas Llosa ha obtenido sin ninguna competencia el papel de único intelectual orgánico del conservadurismo en el Perú. Desde distintas posiciones a lo largo de su vida, su preocupación por el país ha sido permanente, difundiendo con intensa actividad sus puntos de vista sobre una realidad que ha interpretado en las últimas décadas de su biografía desde la orilla conservadora.

Mientras tuvo posiciones políticas de izquierda, marxistas, no gestó producción intelectual en el campo de las ideas. Se limitó a opinar y exponer ideas cortas a favor o en contra de determinado acontecimiento nacional o mundial usando los instrumentos teóricos del marxismo tradicional. Tampoco en su faceta social demócrata tuvo la capacidad de opinar orgánicamente. Es una realidad que se transforma cuando ocupa el espacio del liberalismo y se acentúa a medida que se ha ido ubicando en el sector derechista del escenario político. Es aquí donde se ha tornado productivo, pero, es necesario decirlo, sin elaborar un pensamiento conservador original, nuevo. En el campo internacional ha apelado a pensadores liberales: Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek,  Karl Popper, Raymond Aron, y otros. En el Perú hallamos sus ideas en José María de Pando, Felipe Pardo y Aliaga, Bartolomé Herrera y en José de la Riva Agüero.  En sus textos alcanzamos a leer rezagos visibles de Ginés de Sepúlveda.

Se trata de un interés que lo ha llevado a constituirse en el intelectual orgánico del conservadurismo contemporáneo en el Perú. No el primero ni el segundo, el único. Hernando de Soto ha edificado un espacio económico, práctico, ejecutivo, pero no una visión inédita de país. Es un solitario alfil en este campo. Los otros, lucen desnutridos, desarticulados, carentes de una visión de conjunto, estratégica. Desde José de la Riva Agüero no había uno que lo reemplace. Demoró mucho la aparición de un sustituto. Ahora lucen como las dos caras de una moneda. Son casi idénticos. Repaso una idea de Riva Agüero, extraída de su conocido “Elogio del Inca Garcilaso”: “Y como las esperanzas, para no ser baldías, han de nacer o sustentarse en los recuerdos, saludemos y veneremos, como feliz augurio, la memoria del gran historiador en cuya personalidad se fundieron amorosamente Incas y Conquistadores, que con soberbio ademán abrió las puertas de nuestra particular literatura y fue el precursor magnífico de nuestra verdadera nacionalidad”. Ambos buscaron modelos de comunidad en la imitación de sociedades extranjeras, Riva Agüero en España, Vargas Llosa en Suiza.  

Volvamos a la novela. El magnífico título esconde un ensayo, inclusive en su porción ficcional. Es una continuidad de la “Utopía arcaica” escrita en 1996. La anécdota literaria es apenas una excusa para emitir persistente y última opinión sobre los destinos del país. No es casual que use el vals criollo para hacerles hablar a sus protagonistas mensajes propios de este proyecto social. Pareciera que se propuso un esfuerzo ideológico sintético, compendiado de todo su pensamiento. Los capítulos pares exponen sus concepciones políticas, en los impares trajina con lentitud y poca inventiva en los afanes del cronista Toño  Azpilcueta de encontrar los pasos perdidos del prodigio de la guitarra Toño Molfino. Este propósito lo lleva a visitar puerto Eten, el norte del Perú, la región “más criolla” del país. Fatigosa lectura de las páginas ficcionales, escleróticas y repetidas ideas en los ensayos. No es reciente el declive de su narrativa. Se hizo evidente desde “La fiesta del chivo” momento en que empezó a usar historia novelada en sus producciones, dejando atrás su ciclo creador que termina con “La guerra del fin del mundo”. Lo que viene después se ha servido de sus años previos para ser apreciado. Comprobamos que, cuando culmina sus discrepancias y discusión con el Perú criollo, oficial, con el país fracturado, desigual, alienado, injusto, termina su tarea creativa. Con este material le ha otorgado al conservadurismo nacional aliento y auxilio respiratorio en su extenuado e inoperativo compendio de ideas. Hará mucha falta su ausencia a la derecha y a la derecha extrema en el Perú.  

Dejemos a un costado la historia de Toño Molfino y de Cecilia Barraza y de Oscar Avilés y veamos la idea de país que propone en las paginas de sus ensayos en la novela. Aquí algunos párrafos que luego comentaremos: “La música criolla, tres siglos después de la conquista es genuinamente peruana, el aporte más sublime del Perú al mundo” Pág. 25. “Mi parecer es que los ‘blanquitos’, como los ‘indios’, deben desaparecer tragados por el inmenso mestizaje. A este hay que impulsarlo por todos los medios — y el vals en particular, y la música criolla en general, cumplen esa función, la de crear aquel país unificado de los cholos, donde todos se mezclaran con todos y surgirá esa nación mestiza en la que los peruanos se confundirán—. El de la mescolanza será el verdadero Perú” Pág. 146. “No hay que tener prejuicio alguno respecto a la música. Esa lección me la dio Chabuca Granda, a quien debemos que la burguesía peruana se apropiara el folclore nacional”. Pág. 183. “¿Qué música tocaban los incas? El Incario no debió ser un pueblo muy musical, porque fue un Imperio concentrado en extender sus fronteras y en incorporar a nuevos grupos y colectividades al Tahuantinsuyo. Sólo duro cien años antes de disolverse en luchas intestinas, por la estúpida pelea entre Huáscar, el cusqueño, y el quiteño Atahualpa”. Pág. 197. Había unas mil quinientas lenguas, jergas y vocabularios en América Latina, aunque algunos filólogos hacen subir este número hasta cinco mil y otros se quedan en unos dos mil o algo más. En todo caso, es claro que los americanos no se entendían entre ellos y por eso se entremataban en guerras locales o continentales”. Pág. 221. “Aquí va otra de mis confesiones, paciente lector: no guardo gran simpatía por el Tahuantinsuyo, el Imperio de los Incas. Aunque me siento orgulloso de su existencia y del dominio que en su corta vida, unos cien años, impuso…” Pág. 237. “Los incas no habían enseñado a leer a sus vasallos, temerosos de que los libros escondieran la semilla de la rebelión, porque los libros y las letras escritas son subversivos y malditos para el poder, incluso en aquellos tiempos remotos”. Pág. 238.

El mestizaje al que alude tiene un proceso de más de cinco siglos, un siglo de ellos constituido en política de Estado. El norte de este propósito no es el de crear una sociedad inclusiva, respetuosa de las diferencias, sino el arrasamiento de toda particularidad, la intolerancia a toda diferenciación. No obstante las políticas de “inclusión social”, terca y felizmente aquí seguimos cuatro millones de peruanos hablando quechua y medio millón aimara, trescientos mil hablantes de lenguas originarias en la Amazonía. Lo paradójico es que aquello que quieren exterminar es lo que se usa para que los gobiernos y la sociedad exterminadora se reconozcan como peruanos. Efectivamente la “burguesía” se ha apropiado o expropiado el folclore nacional, huachafo nombre para denominar a la cultura. La usa como elementos de museo, para regocijarse haber nacido en la tierra de los Incas y dar muerte a los descendientes que protestan en las calles. Y sobre el mestizaje: la idea  de propender a una sola cultura, una sola raza, la “mestiza” es el medio más eficaz para inducir a la humanidad a su desaparición. Es actuar en contra de la naturaleza misma que nos da lecciones de diversidad y coexistencia de los diferentes. Si la pandemia reciente no ha arrasado con la especie humana es porque nuestra variedad genética lo ha impedido. Un “mestizaje” mundial es el mejor pasaporte a la eternidad de la especie humana. Hay otros fundamentos en contra de esta idea que han sido dichos en otros espacios. La cortedad de este espacio no hace posible un desarrollo mayor.

Las ideas que enarbola MVL sobre nuestra historia antigua son fruto de dos razones: la ignorancia y el racismo. No fuimos un Imperio, aquí hubo pueblos confederados orientados por una cultura hegemónica. Eso fueron los periodos Caral, Chavín, Wari, Tiahuanaco. Para el escritor, cuando los españoles invadieron nuestras tierras, “las conquistaron, las tomaron”  negando la invasión y el genocidio. En ese escenario, algunas culturas negociaron con los extranjeros porque hicieron uso de una tradición milenaria de negociación y entendimiento. La proliferación de lenguas no es señal de primitivismo y salvajismo, sino el resultado de miles de años de desarrollos autónomos y diferenciados, única manera de manejar nuestra geografía. No podemos conducir este país con una sola lengua, requerimos de cientos, de miles. Así lo exige nuestra realidad de infinidad de pisos ecológicos. Preguntémonos que hace o haría el castellano para entender la Amazonía que habitan los awajun, o ashaninka. Lo “estúpido” no ha sido la guerra entre Huáscar y Atahualpa, contienda que no iba a conducir a la desaparición de lenguas y de culturas, lo “estúpido” son las guerras de exterminio y depredación que ha ejecutado la cultura occidental que ha arrasado con toda diferenciación y saqueado el mundo en provecho de unos cuantos.

He afirmado que el texto que comentamos es una continuación de la “La utopía arcaica”. Y sí lo es, veamos algunos ejemplos que lo explican. Refiriéndose a “Todas las sangres” señala que: “Una novela que presenta semejante esquema ideológico debe ser abordada, inevitablemente, como una propuesta sociológica y política sobre el Perú a la vez que como obra de ficción. Ambas cosas se hallan vinculadas, desde luego, pues emergen de un mismo texto, pero no son la misma cosa. No tenerlo en cuenta ha dado origen a muchos malentendidos sobre esta novela”. Pág. 261. “Aunque la opiniones varíen sobre muchas otras cosas —acaso sobre todas las demás cosas—, los peruanos de todas las razas, lenguas, condiciones económicas y filiaciones políticas están de acuerdo en que el Perú en gestación no será ni deberá ser el Tahuantinsuyo redivivo, ni una sociedad colectivista de signo étnico, ni un país reñido con los valores ‘burgueses’ del comercio y la producción de la riqueza en búsqueda de un beneficio, ni cerrado al mundo del intercambio en defensa de la inmutable identidad. Ni indio ni blanco, ni indigenista ni hispanista, el Perú que va apareciendo con visos de durar es todavía una incógnita de la que sólo podemos asegurar, con absoluta certeza, que no corresponderá para nada con las imágenes con que fue descrito —con que fue fabulado— en las obras de José María Arguedas. Pág. 335. La edición usada es la del Fondo de Cultura, del año 1996. Primera reimpresión.

Es claro, e inteligente, el propósito que tuvo Vargas Llosa al escribir un libro de crítica a la obra y vida de José Maria Arguedas: intervenir directamente en la orientación que sigue y seguirá nuestra sociedad y tildar a las ideas contrarias a las suyas de “arcaicas”, fortaleciendo el pensamiento conservador, siempre necesitado de ayuda.

Es claro que aquí están en juego dos proyectos de país, el criollo del mestizaje y el pluricultural y plurinacional. No hay más. Aquel imponiéndose por siglos y sin capacidad de articular una sociedad para todos. Si les diéramos quinientos años adicionales el resultado no variaría sustancialmente. El otro, gestándose con dificultades, con tropiezos y desorientaciones, pero avanzando avanzando, desbrozando caminos, haciéndose desde abajo, en silencio, muchas veces luchando contra los que aseguran ser sus defensores. No nos distraigamos, aquí la contienda es entre “Conversación en la Catedral”, y “Todas las sangres” junto a “Los ríos profundos”. Por lo menos para los críticos literarios, la va ganando José María.

Enrique Dussel, Filosofía de la liberación.

Los párrafos siguientes se expusieron en el homenaje que le hizo a E. Dussel, el  Taller de la Descolonización, la Comunidad del Pensamiento Amáutico dirigida por Rafael Bautista, Bolivia.

He elegido sumarme a este homenaje a Enrique Dussel comentando su texto emblemático “Filosofía de la Liberación”.  El mejor homenaje que podemos hacerle es leerlo, aplicar sus ideas a la realidad y ejercer una critica constructiva. Recordemos que el texto ha cumplido medio siglo de vida, tiene por ello muchos aspectos que evaluar.

Hay una cita que se le atribuye a Johann Fichte que es muy adecuada para referirla a Dussel: “La filosofía que uno tiene, depende del ser humano que uno es” Y la vida de Dussel fue una permanente búsqueda de su liberación. Al desear él, vivir una realidad liberada influyó en nosotros anhelar un horizonte de vida similar. Tuvo la virtud de organizar y racionalizar nuestros anhelos.  Por eso su sintonía con amplios sectores de la sociedad.

Las páginas finales del libro son pródigas en ideas y orientaciones sobre el quehacer filosófico. Aquí señala que, el Sistema persigue al filósofo que lo critica. Es la prueba de su eficacia, indica, y que puede llevar a una persecución que puede conducir al destierro, a la expulsión de las universidades, de su patria, e inclusive a la muerte. Así lo vivió y lo afrontó Dussel con claridad.

Indica que, para hacer filosofía desde culturas dominadas, coloniales  hay que desarrollarla desde las clases explotadas y populares, y sin imitar la filosofía del centro, descubriendo otro discurso. Hay que partir, expresa, de la dismetría centro-periferia, dominador-dominado, capital-trabajo, totalidad-exterioridad, y desde allí repensar todo lo pensado hasta ahora. […] pensar lo nunca pensado: el proceso mismo de liberación de los pueblos dependientes y periféricos. Señala que es así como se elabora un proto-discurso filosófico. No olvida que La política introduce a la ética, y esta a la filosofía.

Su propósito es superar el fisiologismo griego, el teologismo medieval y conciancialismo moderno del centro, para discernir una antropología, una filosofía que tenga como pivote central al ser humano como libertad, como exterioridad, como persona, como oprimido. Vuelve a señalar que, la política, en su sentido ético meta-físico, es su mismo centro. Lo político y ético fue fundamental, prioritario, en su creación.

Después de este brevísimo resumen de contexto, hablemos de sus caminos truncos.

Postulo que su vinculación con el credo marxista, con el materialismo dialéctico, impuso límites creativos a su obra y, de modo similar, pero menos evidente, su filiación  religiosa. La etapa floreciente de su producción teórica estuvo marcada por la hegemónica presencia de aquella visión del mundo, que ya se hallaba en franca declinación.  “Filosofía de la Liberación” es un texto orientado por aquel credo. No es un demérito, por supuesto que no, pero nos permite instalar el contexto que explica el por qué su filosofía no rompe su relación con la filosofía occidental, sino que opta por el camino de mejorarla, transformarla desde dentro.  Cree en una segunda emancipación para el pueblo latinoamericano. Observa desde la distancia la filosofía de omeyotl (la “Dualidad originaria”) pero no toma ninguna de sus reflexiones, ni establece vínculos con el “dos” (omé) ni con la pluralidad (los “cuatro” Tezcatlipocas).  Su elección fue el uno griego. Por eso, señala que los antecedentes de su filosofía se encuentran en el origen mismo de la filosofía moderna europea. Su aspiración es la liberación del último y más avanzado grado del capitalismo, de la “american way of life”, del sistema norteamericano. La “Filosofía de la Liberación”, señala, nace Contra la ontología clásica del centro, desde Hegel hasta J. Habermas. Es entonces, una “filosofía bárbara”, que intenta un proyecto de trans o metamodernidad.

Es muy claro al reivindicar al Ser, al individuo, razón natural de la filosofía occidental judeo cristiana, que hace al ser el centro de su filosofía. Por eso dice: El ser es como el horizonte hacia donde y desde donde se manifiestan los fenómenos del mundo. Es el fundamento y la identidad ontológicos; es la luz que ilumina la totalidad del mundo. Subraya la idea anterior indicando que, Solo el hombre tiene una sustantividad suficiente [para] ser considerado una cosa individual, autónoma, separada, independiente. Es la única cosa realmente totalizada constitutivamente. Posee la nota de una real alteridad: es una cosa para el otro.

Es un horizonte de pensamiento que, de modo natural, piensa en la sociedad socialista que promueve. Menciona que, El proceso político de liberación se juega en la liberación social nacional periférica de las clases campesinas y obreras. Son estas clases, señala, las que tomarán el poder y sin las cuales no habrá autentica liberación nacional, ni auténticas alternativas para la cultura mundial del futuro. Conforme a este credo menciona que, es una liberación que requiere una revolución económica completa. Considera que esta realidad nos llevará a la superación del modo de producción capitalista. Exige planificación tecnológicamente eficaz. Sin liberación económica, no hay liberación real.

Tampoco el tratamiento de la Naturaleza se excluye de este perfil dialéctico y materialista y creacionista. Por esto señala: El hombre usa el cosmos como mediación de servicio, de culto. El cosmos tiene un estatuto ético en tanto hay un creador. La metafísica de la libertad práctica, vive, habita el cosmos históricamente, sin fetiches. Dice,  categórico que el hombre: Jamás se inclinará ante la Materia como eterna divinidad; usará simplemente la materia como mediación. Para Dussel, Es desde el mundo, desde un mundo histórico, político, erótico o simbólicamente determinado que comprendemos a la naturaleza e interpretamos a los entes naturales. Si hay una historia del mundo, la hay igualmente de la naturaleza. Subraya su posición mencionando: El ser humano no nace en la naturaleza. No nace desde los elementos hostiles, ni de los astros o vegetales. Es evidente que su tiempo no fue el tiempo de Philippe Descola ni de Eduardo Viveiros de Castro ni del caudal reivindicativo de cuño indígena que procesa rescatar la naturaleza para la filosofía y la política.

Hasta aquí los comentarios críticos. ¿qué derroteros asumimos de la obra de Dussel?, ¿Qué objetivos debe tener entonces la filosofía para los pensadores de la realidad andina? Dussel nos da consejos. Dice: el filósofo en el curso de su corta vida solo podrá pensar un número muy reducido de temas, cabalmente, profundamente, prototípicamente. Hay que descartar los temas secundarios, los de moda, innecesarios, los que nada tengan que ver con la liberación de los oprimidos. Aconseja ocuparse, preponderantemente, del tema político, económico, tecnológico.

Es necesario, coincidiendo con su opinión, centrarse en los temas políticos. En este contexto señalo, brevísimamente, casi a manera de títulos los puntos que, considero, deben abarcar los filósofos del área andina:

Uno. No es posible hacer filosofía ignorando la sabiduría, o de la forma que se opte llamar al alto pensamiento ancestral. Desde esta cuna debemos formular nuestras reflexiones, desde esas tradiciones y  prácticas, desde esta geografía, en medio de nuestra particular naturaleza. No es posible elaborar pensamiento con el central objetivo de modificar el pensamiento occidental o debatir con Hegel, Marx, o Heidegger o   Byung-Chul Han.

Dos. Hay que reconocer que no es posible formular filosofías globalistas y totalizadoras. Es necesario pensar en función de territorios regionales, inclusive locales. No es admisible pensamientos universales y aplicables a cualquier espacio territorial.

Tres. No es posible prescindir de la relación armónica con la naturaleza; es determinante cuando se organiza pensamiento social. Por ser la naturaleza distinta en cada espacio del planeta, el diseño de nuestra relación con ella tiene que ser particular y ceñida a las características únicas que conserva.

Cuatro. No se debe priorizar el desarrollo de filosofía desde el uno, es necesario pensar en el ser relacionado, aquel que se reconoce parte de una comunidad y después piensa. El ser humano debe ser explicado como ente colectivo, relacionador, chacana de mundos.

Cinco. El runa antes que ser racional y productor es un ente natural. Aquello que la ontología occidental llama “ente” para el andino es un punto de relaciones. La economía tiene su lugar, pero el desafío es pensar en la organización de nuestras sociedades ante la debacle ética y moral, la extinción del horizonte que nos domina desde hace siglos.

Seis. Requerimos pensar en la edificación de un nuevo orden civilizatorio que se yerga sobre los escombros de un orden que está feneciendo. Pensar en segundas emancipaciones, en refundaciones republicanas serán de nuevo actos fallidos,

Siete. La comunidades resultantes, tendrán que admitir la diversidad, la convivencia entre distintos y con espacios permeables al exterior y con tolerancia por todas las variadas configuraciones sociales y humanas. Ser distinto no equivale a la prevalencia de la individualidad, sino a la singularidad que nos provee la comunidad.

Ocho. La humanidad debe trascender al ser humano para incorporar a la realidad a todo organismo viviente en igualdad de condiciones, como personas. La materia considerada inerte ha desaparecido al saber ahora su composición. Y que fue intuida por nuestros abuelos.

Nueve. Debemos de pensar en un estado nación distinto. Pensar en formas colectivas multiétnicas y multiculturales que resulte de breves formas organizativas y confederadas que promuevan cientos de lenguas y formas culturales integradas por un propósito de unidad en la diversidad. Lo que siempre fuimos.

Diez. El sujeto del cambio es la colectividad indígena, el sujeto indígena. Así como el proletario pudo  en su momento, agrupar bajo sus intereses de clase a vastos sectores policlasistas, así también, la sabiduría indígena, los intereses indígenas, los intereses colectivos indígenas deberán de constituirse en el faro que ilumine sociedades distintas para nosotros, en el espacio andino. La alianza obrero-campesino nunca fue real ni eficaz. 

Bajo las premisas enunciadas permanece una vasta extensión para el desarrollo de ideas que influyan en ámbitos específicos, el de la pequeña comunidad, el Ayllu nuestro, el restringido ámbito de espacios territoriales reducidos, como son los valles y cuencas en nuestra geografía.

Lima, noviembre 2023

Punta Negra

El frío y la humedad se esforzaban por ingresar en la pequeña habitación. Desde allí, con la puerta entreabierta, le resultaba fácil a Gonzalo vigilar la recepción. No parecía asomarse una noche de movimiento; intranquilo, luego de revisar las habitaciones se recostó a hojear con desgano las noticias. Distraído, guiado por el borde de las hojas, una mancha verdosa en el techo llamó su atención, la imaginó diminuta selva atrapando la habitación, se halló disuelto en pequeñas partículas vegetales, fundido en el trópico minúsculo.

Eran instantes cortos, de ficciones, que ayudaban a Gonzalo a escapar de la rutina gris, la somnolencia diaria de vivir con los horizontes cansados, recortados, de compromisos banales, reiteraciones cotidianas, sueños de juventud olvidados, postergados… Y faltaba tanto aún. 

El timbre del intercomunicador rompió su silencio. Espero que el Conserje respondiera. No lo hizo. Debe estar ordenando alguna habitación, pensó. Se repitió el incomodo sonido.

— ¿Tiene habitaciones?, preguntó una voz joven, decidida, monocorde.

Se incorporó con rapidez para verificar por el mirador. Observó a un hombre en sus tardíos treinta. Mediano, oscuro de tez, cabello negro muy corto formando una repisa sobre la frente. Una mujer se perdía detrás de su figura; cuando ingresaron ella se abrió paso primero. Se quedó inmóvil al verla entera, pegado al mirador. Su belleza hendía el aire  y parecía provocar un vacío observable sin dificultad.  No, no fue solo la belleza material lo que llamó su atención sino la luminosidad que irradiaba su figura, la tranquilidad de su mirada, el sereno equilibrio que mostraban sus pasos. Asoció ideas adicionales, buscó un rostro o un nombre en su memoria, ninguno le sirvió para comparar la sensación de estar observando el perfil de mujer ideal. Cuando la observó en el recibidor la impresión se acrecentó; se desprendía de sus fantasías y perfiles que imaginaba cuando reunía rostros, mirada, cabellera y formas de ser para formar la imagen que consideraba suficiente para compartir vidas. Los reflejos amarillos y castaños de su cabellera liberada cubrieron sus hombros, la forma rápida en que la acomodó luego acentuaron su carácter decidido. Tomó el libro de visitantes y lo revisó sin ningún propósito, buscando aquietar su nerviosismo. Ella se distrajo mirando la pinturas que colgaban de la pared que separaba la recepción de las habitaciones.

De la muñeca del acompañante  se balanceaba una  gruesa esclava de oro con figurillas que mostraban diferentes tipos de armas de fuego que se repetían en el áureo cronómetro y en el anillo reluciente. Perfume penetrante, ademanes rudos y decidido; hosco e indiferente a cualquier estimulo externo, de mirada furtiva que contrastaba con los ojos francos y celestes de ella. Por un instante se miraron, señal neutra en ella, inquietud en Gonzalo que le obligó a desviar la mirada y fijarse en el documento de identidad que llevaba su nombre. Claudia Garcés puso en los formatos que del hotel. Su pareja indicó que dos amigos vendrían a buscarlo, que le hicieran saber. Mientras, revisaba el estante de llaves se preguntaba ¿qué eran, novios, amantes, quizá amigos? Nunca sabría el costo de averiguarlo.

Entregó el llavero de la habitación en la mano de Claudia, la rozó con el dedo meñique, fue una acción deliberada que no pudo evitar. Ella le miró incomoda haciéndole saber su reproche. Mientras caminaban hacia la habitación el tipo reiteró imperativo y displicente, que no olvidara el encargo de los amigos.

Verificó sus datos, a deletrear de nuevo su nombre: limeña, residencia en una  avenida en San Isidro que Gonzalo conocía bien.  Recorrió las  hojas tratando de encontrar sus nombres duplicados sin hallar ninguna referencia. ¿Qué le ocurría pensó, por qué no podía dominar su inquietud? Había recibido a infinidad de mujeres, parejas y viajeros y nunca había sentido interés por ir más allá de lo  cotidiano. Se mantuvo inquieto cotejando la mirada de Claudia con sus imágenes construidas y una experiencia vivida. cuando preguntó al conserje si había visto a la pareja en el hotel en algún momento la respuesta fue clara: no, no los he visto antes por acá. Pasó un par de veces por la puerta de la habitación tratando de evitar hechos que estaban fuera de su control. El Conserje y el empleado de la limpieza lo miraban con inquietud.

En pocos minutos se asomaron al hotel dos tipos de fornidos, con lentes oscuros escondiendo la rigidez de sus rostros. Llevaban dos maletines de cuero que cargaban con dificultad. Se acercaron al auto del visitante y los dejaron en la cajuela. Luego caminaron tranquilos y se perdieron en la esquina próxima.

Avísame cuando salgan de la habitación, le dijo Gonzalo al conserje. Se recostó de nuevo, en vigilia, sintiendo la pesadez del aire, palpando su vida asfixiada por la mediocridad. Dominado por el sueño sonó el timbrazo de advertencia, salió de su retiro para verla. La pareja  le señaló a Claudia un sillón y le dijo con rudeza que iría por el por el auto. Cuando estuvo sola, ella alargó su mano con el llavero que jugueteaba en sus manos y rápida, con la punta de los dedos lo entregó pulcramente impidiendo repetir la impertinencia anterior.  Con gesto irónico Claudia le preguntó:

— ¿Siempre roza la mano de sus clientes?

— Perdone,… no pude evitarlo, fue una torpeza, balbuceó.

Sabía que  no habría oportunidad similar.  El hormigueo de sus manos dolía.

— Me…gustaría verte en otra ocasión,  le dijo, dominando su  nerviosismo.

Miró buscando el auto de su pareja y con la sonrisa irónica, sin alterarse, le contestó seca y cortante:

— No tengo ningún interés de conocerlo.

Levantó los hombros, quiso replicar, las luces del auto se lo impidieron. Claudia, con gesto breve de su mano se despidió.  Pegado al ventanal los observó alejarse hasta ser dos puntos rojos sobre el asfalto iluminado. Se  sentó tratando de ordenar sus emociones. Claudia coincidía con las imágenes diseñadas y conservadas siempre. ¿Es la razón de sentirla conocida? Lugar inadecuado para construir ideas absurdas sobre una imagen inasible, la perfecta idiotez, el camino a ningún lado, se dijo. Distrajo su tensión pensando que el acompañante era un palurdo  que apenas arañaba su vida, compañía impuesta que, intuía, lo conversaría con ella en algún momento. Fue una intuición vaga, difusa que halló imposible de concretarla.

La sensación de pesadumbre y derrota se atenuó hacia el mediodía. Sin borrar de su mente la imagen de Claudia Garcés y luego de aburridas gestiones y de organizar pagos se acercó a la dirección de San Isidro que tenía entre sus dedos. Fue un acto inconsciente surgido de los rincones irracionales que había descubierto conocerla, aligerar la modorra y el desgano que sentía. Nada sensato podía surgir de buscarla, pensó, pero igual se encaminó a la avenida conocida. Desde el auto vigiló el edificio a unos metros de la puerta principal. Caminó explorando el entorno, percibiendo el ambiente. Fue el primer día de una prolongada rutina de observación que provocó dificultades en sus tareas rutinarias. Su menguada vida cambió horarios y costumbres que parecían inalterables. 

Luego de unos días, hacia el atardecer, la vio saliendo del estacionamiento. Iba con el tipo y los escoltaba una camioneta rural con lunas obscuras. Se encaramó en el auto y no los perdió de vista. Se detuvieron para recoger a dos chicas jóvenes que esperaban en una vivienda del camino. Del carro escolta salieron los dos matones con maletines similares a los observados en el hotel que pusieron en el auto del tipo. Tomaron el desvío al aeropuerto y los siguió hasta el salón repleto de viajeros que esperaban sus turnos para registrarse.

El tipo se perdió con las dos chicas en las oficinas de migración, llevaban los maletines con dificultad; los seguían los matones. Pasaron cerca a su lugar de ubicación y lo chequearon con mirada profesional. Pensando que estaba provocando ser reconocido se retiró del terminal. Esa noche su pareja lo interrogó sobre los cambios que observaba. Has abandonado horarios, le dijo, llegas tarde, tenso, irritable y apenas si le dedicas unos minutos al pequeño. ¿Qué sucede? Contestó con generalidades. Pareció tranquilizarse con sus argumentos. Vivían con el cariño justo y medido, sin desbordes ni apasionamiento, carente de intensidad, como un empleo en el que se trabaja con plazos y esfuerzo y sintiendo inalcanzable la jubilación, cumpliendo compromisos que honraba como lo había hecho siempre que adquiría una tarea y la conducía hasta el final. Educado para cumplir los rituales burgueses: familia estable, suficiencia económica, privilegiar el futuro, club de prestigio,  buenas relaciones, casa en la playa y soñar con el departamento en Miami.  Siempre había querido trastocar ésa realidad y siempre encontró buenas  excusas.  Quizá carecía de la fuerza y el aliento o de un motivo para deshacerse del purgatorio.  Ahora presentía que tendría una razón, que nada sería como antes.

Unos días después la observó a mitad de la mañana. La siguió, manejaba un Mercedes Benz oscuro. Estaba sola y parecía dirigirse a un supermercado cercano. Siguió tras de ella y se estacionó alejado del lugar de Claudia. Fue tras sus pasos entre los pasillos. Se detuvo en varios lugares, ninguno libre de publico, hasta que se entretuvo en la zona de licores. Su belleza es sólo comparable con mi estupidez, pensó. Tomó un vino de los estantes y aferrado al vidrio caminó hacia ella. Acción perfecta, pensó. Luego de aparentar sorpresa la saludó y le dijo que se habían visto antes, sin precisar el lugar.  Ella miró hacia otro lugar sin responder. Luego de unos segundos Claudia le pidió que se alejara.

— No lo conozco, por favor, siga su camino.

— Rocé su mano, ¿no es suficiente razón para conocernos?

La respuesta poco original actuó como un sonido que aquietó su incomodidad.

— ¿Me ha estado siguiendo, no?, ¿qué busca?

— Conocerte, nada más, saber de ti.

Y ocurrió de pronto un cambio en su actitud y mirada, se distendió su rostro y se mostró en disposición de conversar. Gonzalo no pudo entender qué provocó que Claudia aceptara conversar. Lo cierto es que, en breves instantes le pedía tomar un café en algún lugar próximo.

— ¡No!, no puedo, es usted un desconocido y, además, tengo compromisos.

Pensó que la explicación le daba ventaja.

— Serán sólo unos minutos, retrucó con decisión.

Claudia continúo caminando, de prisa, camino a los cajeros.

Ella miró los alrededores, revisando su cartera le volvió a preguntar:

— ¿Qué desea, qué busca en verdad?

El fingió no escucharla mientras pagaban por los productos. Se dirigieron a los estacionamientos. Cludia permitió que le ayudara a instalar los paquetes en la cajuela.

No sé por qué le permito todo esto, dijo, me pone en un situación muy incomoda y de mucho peligro. Con el dialogo iniciado Gonzalo sintió poseer el futuro en sus manos.

— Me pongo en peligro extremo… y también a ti, lo tuteó

— Tampoco entiendo mi reacción. Te sigo desde hace semanas y abandonando todas mis rutinas.

Claudia lo miró sorprendida.

— Es cierto, créeme loco, iluso, colócame el nombre que quieras, pero sentí la necesidad de acercarme sin que me interese las consecuencias.

Ella miró los alrededores, tensa, irritada.

— ¿Qué quieres de mí?

— Conocerte, abrir una ventana  en tu vida y  observarte desde allí sin estorbar. Pedir un día para mí. Concédeme unas horas de tu vida, nada más.

Le miraba nerviosa, con sus brazos entrelazados.

— Si me das el número de tu teléfono es suficiente

— Mira, no sabes lo peligroso que puede resultar conocerme. No puedo contactar con gente nueva. No entenderías si te explico, nadie podría hacerlo. Sigue tu camino.

Transcurrieron  breves segundos de silencio, cortados por un vigilante que  caminaba cerca.

— Tengo que irme. Todos tus esfuerzos serán inútiles, añadió, soy un tema  difícil. No pierdas tiempo conmigo.

De pronto divisó a los dos gorilas caminando a lo lejos. Gonzalo dio un paso hacia la sombra que proyectaba una columna. También ella reparó en los dos tipos. Arrancó una hoja de una libreta de apuntes. Borroneó su número.

— No sé por qué lo hago, dijo Claudia, apúntalo.

La observó salir rauda, dejando a los matones observando su partida. 

La llamó de inmediato, mientras retornaba a su auto.

— Quise verificar tu número y ver cuando puedo volver a verte.

— Te he explicado, es peligroso.

— Si es necesario iré a buscarte a tu  departamento, replicó ansioso.  

— ¿Estás loco?…nunca pienses en hacer algo así. Te aseguro que no volverías a  caminar en tu vida. Quizá te llamé, conversaremos.

Dio varios vueltas por la ciudad, sin rumbo, pensando en lo que había conseguido, creyendo por momentos que era suficiente, que ya se había probado en el desafío. Que tenía compromisos, vida construida, que era una verdadera idiotez seguir con la misma idea. Pensamientos que se cruzaban con su deseo de continuar, de no dejar una oportunidad para deshacer lo andado y que estaba dispuesto a correr el riesgo que estaba asumiendo.

No la volvió a seguir, tampoco la llamó, quizá si ella lo hacía vería la forma de manejar todo lo que había provocado en un proceso sensato de amistad, y punto. Usó toda su voluntad para no buscarla, trató de retomar sus rutinas. Lo consiguió a medias.

Después de días largos y mientras continuaba sus luchas internas Claudia le llamó.

— Escucha, no sé que idiotez estoy haciendo, pero puede haber una forma de conversar, mañana estaré en Punta Negra.  Toma los datos. allí podremos hablar. 

Esa noche durmió poco. Le dijo a su pareja que iría a Cañete a ver unos negocios, que quizá se demoraría un poco. Ella no indagó mucho, hacía esos viajes con frecuencia. Antes de partir le pidió que pagara en el banco obligaciones relacionadas con el hotel.

Tomó desayuno en la ruta e hizo paradas para no llegar muy temprano a la cita. Cuando ubicó la dirección un ciclista se perdía entre el polvo y las gaviotas organizaban su vuelo rompiendo la neblina. El mar cercano se olía con nitidez.  Observó la casa desde lejos y no había rastros de gente en el interior.  Se fijó en la hora, aún tenía tiempo, pensó, y decidió dar una vuelta por los alrededores. Una gran extensión de blanca y fina arena separaba la casa de las olas. Se trepó a una roca que dominaba un extremo de la ensenada. La neblina  aún no se despejaba y cubría gran parte de la bocana. Las casas se veían deshabitadas.

Mientras arrojaba guijarros pensó que los últimos días habían sido los  primeros con sentido en muchos años. No sabía dónde le arrojaría después el laberinto construido. Ojalá que su salida conecte con el mar, nadaría hasta el horizonte, perdiéndome entre sargazos, anguilas y caballitos de mar.  ¿Qué pasaría?  No lo tenía claro. Presentía que pocas cosas serían iguales. Se deslizó hacia la base de la  roca. De pronto una mano en su hombro. Era Claudia.

— No debiste venir hasta aquí. Muévete, vámonos.

Hablaba al tiempo que  jalaba de sus brazos. Quedaron  muy cerca de sus rostros. Pudo sentir  su aliento. Rozó su piel, ella se separó con presteza. 

— Todos me conocen aquí, caminemos.

Señaló hacia la parte alta del cerro que lucía una gran cruz en la cumbre. Transpusieron la elevación y descendieron a una playa larga de olas  extensas continuas y espumosas. Caminaron  por  la arena húmeda, en silencio. Presionar la espuma de las olas y  los guijarros, dejando sus huellas hondas le daba una sensación de eternidad. Más tarde nadie distinguiría sus pisadas, pensó, no verían el calor que emitían hoy. Se adelantó tratando de atrapar una gaviota que picoteaba sobre la arena.

Claudia rompió el silencio.

— He pensado en las locuras que estás haciendo por acercarte. Nunca nadie ha hecho algo semejante por mí. Me halaga, no puedo negarlo; después de años creo ver un rostro. Quisiera aferrarme a él ¿sabes?, iniciar una amistad, pero no puedo pasar de aquí. 

— Solo tienes que quererlo

— No basta, hay que poder hacerlo. No es fácil. 

Dio el nombre del tipo aquel y añadió.

— No me permite ni siquiera que frecuente a mis amigas, sé lo que me espera si hago cambios en mi vida. Es capaz de todo. 

— Pero ¿lo quieres, lo amas?

— ¿Has amado tú? Yo nunca me he sentido amada, me gustaría palpar esa sensación, no me gustaría morir sin conocerla.  Me intriga tu actitud, tu osadía. Me llena hasta aquí.

Con su mano extendida le mostró el final de su pecho y continúo:

— Has rozado  sentimientos que creí no tener. Conocernos hace unos años, quizá hubiera facilitado las cosas.  Es muy tarde  para mí.

— Si lo dices por …

— No, no es sólo él,  le cortó.  Es también una forma de vida.

— Déjame ingresar a esa vida y transformarla, replicó.

— Ya lo estás haciendo. Veo lo que has hecho y me interesa saber de ti.  Me intrigas. ¿Quién eres, qué haces, cuál es tu vida? Quisiera conocerte, aprender de tú osadía.

Mientras hablaba la bruma se acercaba a la orilla y su cabellera se humedecía con la brisa, pegándose a su rostro haciendo destacar los azules verdes de sus ojos. Pareció contenerse de apretar su cuerpo contra el suyo, retrasó sus pasos para observarla. Su esbelta figura penetraba la tenue neblina.  Las gaviotas volaban muy bajo,  sus aleteos se tocaban con los dedos. Las olas incansables como batallones blancos condenados al suicidio permanente dejaban sus cuerpos en la orilla. A lo lejos se perdían las últimas casas de la playa, vacías, lejanas.

De pronto se escuchó un ruido sordo y seco, al mismo tiempo que una fuerza potente  hizo girar a Gonzalo hacia la playa. ¿Y ese sonido? Tratando de entenderlo, sintió que su pecho se humedecía, cálido, uniforme. El calor cubría con premura toda la superficie de su vientre y se deslizaba hacia la arena.  Introdujo su mano debajo de su americana y la extrajo  manchada de rojo. La buscó con la mirada pidiendo una explicación.  La sangre se deslizaba por sus pies descalzos tiñendo la  arena. No había dolor, sólo una sensación de alivio,  soledad y agradable pesadez.

Claudia, se tomó la cara  con las manos crispadas, caminando hacía él, confundida, lanzó un gritó que escuchó lejano.. No alcanzó a impedir su caída. Se desplomó sobre la arena.

Se apretó el corazón mientras la vida se le iba. Quiso aferrarse a sus manos, Claudia tomó las suyas ensangrentadas. Su rostro escondido tras su cabellera se desdibujaba con rapidez. No, nunca recordaría dónde había visto ese rostro antes. Sus lágrimas caían sobre Gonzalo como neblina condensada penetrando por la comisura de sus labios entreabiertos que ella acercó con la intensión de besarlo.   Lejano el ruido de las olas. Claudia hablaba, pero no alcanzaba a escucharla. Dos sombras, largas, corpulentas, interminables se acercaban, entre sargazos y caballitos de mar.                                                                                      

san Borja/abril/2002.

Contigo me parezco más a mí

Cuando leí el “hola, qué tal», pensé en Parwa; el desorden en mi corazón me hizo creer  que no estaba equivocado, tuvo el sobresalto que me provocaba ver su nombre en mi pantalla de teléfono. El nombre que usaba reflejaba parajes de altura y su saludo tenía su forma seca y cortante. Mi seguridad fue mayor cuando observé que sus fotografías eran de parajes que recorrimos juntos. Tenía a C. muy cerca mirando de reojo mi pantalla. Si el mensaje le pertenecía había trepado vallas y superado todas las clausuras que mi medido rencor había puesto en mis direcciones. Escribí un “hola” que esperé tradujera cierto desinterés y la interrogué sobre su identidad sin obtener respuesta, y fue entonces que pregunté si “era quién pensaba”. Cuando evadió la respuesta anoté su nombre y apellido: Parwa Salinas. Siguió jugueteando un par de líneas con el anonimato y luego de un corto silencio aceptó ser ella.

Me provocó una sensación  de placer y temor; lo que había deseado por mucho tiempo no me produjo lo esperado, me dejó inquieto y desconfiado. Era previsible que sus huellas volvieran a cobrar vida si se proponía.  ¿Qué andaba buscando?, ¿experimentar de nuevo y herir con malicioso filo?; pensé en las virtudes de C., la estabilidad que había conseguido y las diferencias entre un temperamento estable y otro saturado de aristas listo para esparcir conflictos. Quise ser inquisitivo y directo con mi pregunta: ¿qué deseas, por qué me buscas?, “porque contigo me parezco más a mí”, respondió. Era una frase bien construida y que pudo haber removido emociones de inmediato en un alma desguarnecida, aunque era cierto que la defensa tenía una dureza más aparente que real. Antes de su desaparición había elaborado frases  semejantes sin que después sirvieran para nada práctico, igual se esfumó.

Pero debía reconocer que ninguna maldición ni herida había logrado que dejara de pensar en ella, la recordaba en momentos inesperados. Los meses iniciales de soledad revisaba páginas averiguando sus actividades; poco a poco logré que las búsquedas se espaciaran y no fueran punzantes ni dolorosas hasta hacerse manejables, menos ásperas. Había logrado reducir su ausencia a preguntarme: ¿qué hará, dónde hace sus días, con quién? Pensé, cualquiera sea su propósito estaba prevenido; no tenía la disposición de volver a desvestir mi piel y mostrarle la forma de mis pensamientos y deseos.

Luego del largo duelo rumiando su desaparición conocí a C., sin buscarla, como aparecen de pronto las compañías duraderas y convenientes; distinta a Parwa, previsible y mesurada sin veladuras desgastantes ni recovecos intransitables; la conocí un año antes en mis primeros días en Pisac. Era una mujer que conservaba  con naturalidad su cultura quechua; viajera, se había reinsertado en el espacio de su niñez para iniciar una travesía entre dos realidades, su natal valle sagrado y creativos espacios del mundo. Nos acompañaba un ambiente de tranquilidad y de intensa vida intelectual. No compartíamos hogar ni cercanía diaria, pero manteníamos permanente contacto y nos juntábamos siempre que podíamos en algún lugar del valle o en Lima. No teníamos planes definidos, pero ella ni yo deseábamos estar en otro lugar y con otras compañías.

Pero ahora se trataba de la extraña y nada convencional Parwa que reaparecía de improviso sin señales de lo que realmente buscaba. Debía mantenerme sereno y actuar protegiendo lo que había logrado. Conversamos un par de veces más, el segundo diálogo fue más prolongado, cautos los dos, sin exponer nada trascendente ni desbordes emocionales y midiendo mis palabras. Explicó su ausencia sin ingresar a detalles, estuve en un lugar distante de Huancayo y no tuve manera de contarte todo lo que me ocurrió, dijo. La escuché con atención sin ánimo de indagar más allá de sus palabras. Me contó que continuaba con su pareja y yo le hice saber de C. y de las virtudes de nuestra relación. Pude mantenerme sin emociones reveladoras y midiendo mis palabras, sereno y sin dar un paso en falso. Noté algo, que mis horizontes se habían ampliado y los de ella permanecido en el valle del Mantaro y alrededores, por momentos el silencio prolongado me indicó que no habían ya temas de conversación.

Luego de despedirme de C., retornando al Cusco entre las penumbras del amanecer y atropellando las sombras desprendidas de las cordilleras, valoraba haber podido impedir que su secreta presencia entorpeciera mis actividades, acomodé cada diálogo en lugar sin mucha luz y sin aristas ni reclamos. Cuando el Cusco apareció en todo su luminoso amanecer, había superado el alboroto de su reaparición y recobrado la calma.

Con Parwa conseguimos vivir en el otro como semilla que despliega flores y raíces entre manos y miradas coincidentes, con ella conocí el amor que intuí me habitaba en germen con formas que cobrarían vida en cuanto lo mirara. Confiaba en que esa sensación se presentaría en la primera mirada. La conocí en una exposición de pintura en la calle Real. Me llamó la atención sus menudas formas y la mirada que parecía descubrir el mundo en cada instante. Llevaba un abrigo negro de interior blanco que se detenía poco antes de sus tobillos, me hizo pensar en un ser mítico que habitaba los momentos vespertinos de los roquedales bajos del  Huaytapallana. La rodeaba un grupo de artistas de la noche que la escuchaban con atención. Le pregunté al amigo que me acompañaba si la conocía. No, nunca la he visto, respondió, pero puedo saber de ella en un minuto. Se coló al grupo y, a los pocos minutos, resulté extendiendo mi mano para saludarla.

Verla de cerca acrecentó la sensación de estar frente a una mujer que modificaría mis cortas experiencias, tuve la intuición de que nuestras vidas no irían por cauces separados. Son cosas que se sustentan en lo inasible, pero que se pueden tocar cuando nos acompañan. No era bella, pero reunía un raro brillo que la hacía deseable para los varones, mirada expresiva y con matices que insinuaba pasión física y zonas oscuras que invitaba a conocerlas. Sus ojos dilatados y cabellera ondulada cayendo como rizos de tiempo hizo cobrar vida a una presencia que empezó a agitarse en mis entrañas como si hubiera esperado ese momento para decirme que había empezado a respirar.  No luciría bien en una pasarela, no era esbelta al caminar, mostraba una verticalidad especial que la hacía parecer acechante; su menuda apariencia exigía reparar en ella unos minutos para descubrir que guardaba un fuego interior visible para quienes apreciaran los recovecos de una personalidad complicada. Me dijo que pintaba por distracción, pero que estaba estudiando para mejorar sus técnicas. La invité a continuar la charla en algún lugar que ella conociera y me respondió que su pareja y su hijo vendrían por ella en unos minutos. Mientras escuchaba su explicación ya me hallaba trabado en sus ojos pardos y pómulos prominentes. Cuando la observé subir al auto y perderse en la noche sentí que se ausentaba una forma que había logrado acomodar a mi cuerpo para habitarme siempre.

A los pocos días mi amigo me ubicó para decir: ¡oye romántico! he averiguado donde vive tu musa, en pleno centro, a pocas cuadras de la plaza Constitución. No le había conversado de Parwa y menos dado un indicio de mis emociones. Atiné a responder:  ¿Por qué crees que me interesa?, por tu mirada cuando conversabas con ella, nunca te había visto tan emocionado. No dejó de alegrarme saber que había mostrado mis inquietudes desmintiendo que era un tipo frío y calculador. Continuando la caminata hacia la Facultad le dije que su pareja e hijo eran mucho tema para mí, es un caso perdido, remarqué. ¿Estás seguro?, no seas tonto, fijarse en esos detallitos son tonteras, innecesarias, ahora esas barreras no existen, y menos para ti, la pintora promete, es pasar un rato y ya, Diego, nada más, no se trata de compromisos ni eternidad, solo unos días, ¿no?, sabes cómo son las artistas, fáciles de conseguir, dispuestas a la búsqueda de emociones. No atendí sus comentarios, tenía incrustadas ideas que no tenían que ver con las aventuras que escuchaba ni con lo que atinaba a expresar; en realidad poco me importaba que tuviera familia establecida, eran accidentes que se podían remediar; me vi descubriendo sus ropas y arribando a su oculta sexualidad que intuía intensa, sentía su temperamento acomodado al mío como enzima diseñada para mis formas. No son cosas que puedan ser descritas con palabras, se trata de sonidos, sombras que se desprenden de figuras que cubren labios y palabras. Su media sonrisa y mirada brillante cubierta por su cabellera dócil y ondulada encuadrando un rostro de apariencia frágil las tenía adheridas a mi cuerpo.

En esos días preparaba mi tesis y buscaba una beca en el extranjero. Tenía planes para los próximos años, no deseaba permanecer en Huancayo ni un día después de mi graduación, partiría sin hacer concesiones a nadie. Hubo un momento en que pensé que la única razón para quedarme sería Parwa, provocar que abandone a su pareja; a ese temprano y complicado pensamiento me llevó conocerla. Me despedí del amigo pensando en cómo se coincide con alguien que te completa en la punta de un alfiler, con un rostro que segundos antes no conocías y que cambia el curso de nuestras vidas sin aguardar que las voces se conozcan, que los cuerpos habiten soledades y caminen las calles; ¿quién maneja variables que unen a dos personas en un recinto en medio de miles de habitaciones urbanas?

Hice trabajo de campo por esos días, recorrí lugares que habían sido ocupados por los antiguos Xauxas. Trepar colinas y juntar retazos de cerámica me distrajeron y apenas recordé los incidentes de la noche Parwa. Pensaba en el informe que llevaba para entregarlo cuando la vi ingresar a un centro comercial cerca al jirón Cusco.  Me cercioré de que era ella y la seguí hasta una tienda de telefonía. Le hablé cuando salía del local; casualidades de la vida, le dije, procurando ocultar datos que mostraran que era el peor actor de los alrededores. Pareció no sorprenderse, como si lo esperara, hola Diego, lo que ocurre es que Huancayo es tan pequeño, siempre te encuentras con gente conocida; me voy a clases de pintura, añadió, no tengo tiempo para nada más. Cuando pregunté por la mejor hora para llamarla pareció mostrarse confundida, podemos conversar en cualquier momento, respondió, y después de observarme con curiosidad añadió que su vida era rutinaria, mi hogar, mi familia y mis cursos, es todo lo que hago, pero me puedes llamar cuando gustes, mientras no sea medianoche, estará bien. Rio con ganas al final de su respuesta.

La llamé luego de unos días cortos y, sin preámbulos, le pedí vernos y  conversar en un cafetín. No dispongo de tiempos para encuentros de ese tipo, dijo, ando muy ocupada.  Entonces podemos hablar por fono y escribirnos, respondí. Estuvo de acuerdo. La primera vez que conversamos el tiempo se detuvo, cuando nos dimos cuenta, llevábamos cerca de una hora reconociéndonos y hablando de intimidades que se cuentan solo a la memoria. Su carácter juntaba dureza con ternura; sus modales y voz provenían de fogones rurales y cultivos de maíz; no era mujer acomodada a reglas de urbanidad convencionales, parecía ruda y poco afecta a teorizar; creo que el acústico y raro termino asilvestrada era conveniente para definirla. Supe de su infancia llena de acechanzas familiares, temores e inseguridades. Le expliqué las diferencias con mi padre y mi orfandad sentimental, la ausencia de rostros y quereres que nos arman para las dificultades. Así empezamos la travesía, conversando a la distancia, con mensajes que nos fueron mostrando coincidencias y pocas diferencias. En algún momento, después de diálogos prolongados y correos de varios párrafos dijo que no estaba bien lo que hacía y que no podía seguir en un espacio oscuro y difícil para ella y su pareja. La persuadí para continuar, no hacemos nada que perjudique tu relación, somos amigos, es todo, argumenté al principio, luego añadí una serie de ideas que terminaron convenciéndola de que se trataba de estar bien, acompañados.  No dijo más y continuamos conversando cada día más minutos.

Creo que fue al término del primer mes que nos citamos en el Brunetta para hablar de todo el desarreglo que había ocurrido en su vida y en la mía. Recuerdo ese día con detalle: el faldón colorido y de nuevo el abrigo negro con ribetes blancos, sus gestos y el brillo de sus ojos.  Me habló de pintores y de sus extrañas biografías, de su familia, de su pareja, que sí lo quería, pero sin la pasión que ella deseaba; también la llené de datos y sueños. Hacía el final dijo que seguía sintiéndose mal, no está bien que le haga esto a F. Deja que las cosas y los días se sucedan, respondí, no hagamos planes, vivamos el día a día; pero si me dices que estoy perturbando tu  vida y deseas que me aleje, lo haré. Me miró escudriñando en mi rostro buscando confirmar la verdad de mis palabras. Quizá lo desee, dijo, pero en este momento, no quiero decírtelo, aquí estamos en medio de esto que es tan raro. Juntamos nuestras manos y le dije que deseaba besarla. Hizo un mohín que no supe interpretar si fue de aceptación o rechazo. Fue un momento de comunión de energías que seguro se mantiene en el Brunetta. Le propuse visitar la waca Huarivilca que estudiaba en la Facultad. Está cerca, podemos ir uno de estos días  caminando. No sé en qué momento será posible, que excusa dar, dijo. Le respondí que hallaríamos la ocasión, no tiene que ser de inmediato. Pensé que mis deseos quedarían en planes, pero al día siguiente me llamó para decir que había encontrado un tiempo para conocer la waca.

Se observaba el antiguo esplendor en medio de recintos descuidados y depredados. Alardeando de lo poco que sabía del lugar, logré que me escuchara atenta esa  mañana luminosa en Huancán. Mira, aquí brotaba una fuente natural de agua clara, era usada para adivinar el futuro, podría hablarte del tuyo si quieres. ¿puedes, sí, puedes?, sí puedo, respondí, cierra los ojos e imagina el brote de agua, no los abras, ya empieza, no demores, dime mi futuro, apuró. Le dije que Inapucarancápia y Uruchumbe, antigua pareja había vivido en ese lugar y que su amor había procreado a todos los huancas, y que nos estaba criando a los dos, están en nosotros. Diego, no entiendo lo que dices, explícame, cuando abras los ojos lo sabrás, respondí. Acaricié su rostro y la besé, ella entreabrió sus labios. El amor de Ina y Uru nos mira y cuida, nunca podremos separarnos, recuérdalo Parwa. La cercanía que tuvimos me pareció una eternidad, sus labios aún me besan. Ya te quiero, le dije, creo que yo también Diego, respondió.

Me llamó casi a medianoche. Todos duermen, dijo, quería escucharte, nunca pensé que algo así ocurriría, no me siento bien, pero me invade una sensación de plenitud que no conocía, estoy contigo Diego, he sentido cosas tan especiales a tu lado, he sido yo misma y es suficiente para seguir juntos, pero no sé cómo manejar todas las cosas, pienso que no podré Diego, no podré. Parwa, le dije, estaré en la puerta de tu hogar si decides abandonarlo, te lo aseguro. Así fue que continuamos, escondiendo el amor, ocultando nuestras manos entrelazadas. Nos hicimos de una motocicleta con la que salíamos a recorrer provincias. Faltaba a  clases esos días y ella a sus talleres. Nos acercamos a los pies del Huaytapallana, a Tarma, Jauja, pasábamos por Apata, recorríamos sus calles y el antiguo puente hasta terminar bañándonos desnudos en las cataratas de Chicche. En Jauja ocupábamos un hotel en el centro en medio del bullicio jaujino, era nuestro sitio preferido. Nos hicimos uno en lugares insospechados, a orillas de los ríos y pastos interminables, cumbres elevadas.

Tuvimos dos discusiones intensas, la primera cuando cerró un encuentro minutos antes de vernos; no quiso dar ninguna explicación, solo decir no puedo. Yo había dejado de hacer varias cosas para estar con ella y no entendí un cambio tan repentino que me pareció poco razonable. Especulé con varias posibilidades, propias de una imaginación fértil acostumbrada a especular. Piensas demasiado, respondió, simplemente no puedo, añadió que era dueña de su tiempo y que tenía que respetar sus decisiones. En algún momento de la discusión, y luego de mis imprecaciones, iracunda ella, mencionó que si no estaba de acuerdo con sus argumentos me podía ir al carajo. Me quedé sorprendido y callado con el ánimo de no profundizar el problema. Me ausenté un tiempo pensando si un carácter difícil y duro era conveniente para mí. Ahora pienso que después de esa violenta conversación no debí volver a buscarla, pero lo hice luego de decidir que se trataba de un asunto menor. El otro momento complicado apareció cuando le comenté que si decidíamos hacer una vida juntos tendría que dejar a su hijo con el padre. Me miró con una mueca de asombro, no sabes lo que dices, respondió airada, no lo dejaría con nadie en el mundo, entiéndelo bien. Toda su humanidad se transformó hasta ser unidad con la ira. Después, pensé que había actuado con inmadurez, se lo dije, me equivoqué al pensarlo; pareció no creerme. Terminamos mal, mantuvo su malhumor todo el resto del tiempo y tardó varios días para restablecerse la normalidad y nunca volvió a mirarme del mismo modo. Las cosas cambiaron desde entonces, al punto de insistir que solo deberíamos ser amigos. Fue inútil argumentar; debiste haberlo pensado antes de que hiciéramos tantos planes y de permitir que te amara, le reclamé. No es mi culpa, se defendió, cada uno ve lo que más conviene. Fue fría y terminante, nada se acaba si nos separamos, dijo, yo tengo mi familia, siempre lo supiste, lo siento Diego. ¿Qué había sido todo? ¿un plan detallado cumplido a la perfección?, tenía lo nuestro suficiente contenido para continuar, me pregunté. No supe entender y me llevó a un mutismo que no pude superar.  Parwa tenía sus propios planes y yo no estaba en ninguno de ellos.

Por esos días me dijo que viajaría a Lima para solucionar temas familiares, me ofrecí acompañarla, respondió que no era posible, voy con F. Regresó extraña, evitaba verme y la notaba ausente en el teléfono.  Fueron los días de la ceremonia de mi graduación. No me acompañó y no hubo manera de ubicarla. Acordamos vernos en el parque de los Sombreros, al día siguiente, tengo cosas que decirte, Diego, importantes. El sol estaba a punto de ocultarse. Estaba tensa y preocupada. Sabes, me dijo: en el viaje a Lima, F. revisó mi teléfono y encontró cosas que no sé cómo estaban allí, discutimos y me dijo que se iría de mi vida llevando a su hijo; yo he negado todo y después hemos intentado  superarlo, pero no ha sido posible, hoy en la mañana me ha dicho que la solución es irnos a otro lugar, lejos de Huancayo. ¿Y por qué no le dijiste la verdad?, no pude hacerlo, después de lo que dijiste sobre tus planes no puedo confiar en ti, Diego. ¿Qué piensas hacer, entonces?, mantener mi hogar, respondió, yo quiero tener familia contigo Parwa, lo sabes, estoy decidido, sí, lo sé, pero no estoy dispuesta a dar ese paso, no me siento capaz, lo siento. Le pedí que lo pensara un tiempo, hasta que vea cómo terminaba la beca que perseguía. Pareció aceptarlo. Nos despedimos más tranquilos, pero quedé con una sensación de estar rodeado del vacío.  Apretó su bolso con ambas manos y partió apresurada. La recuerdo perdiéndose en la esquina. Fue lo último que vi de ella. Cerró su fono y direcciones y cuando pasé por su casa vi un letrero de venta. Así fue su desaparición. Pregunté entre algunos amigos comunes, ninguno tenía información sobre su paradero.

En unas semanas terminé mis tramites en la universidad, conseguí mis papeles y títulos y abandoné Huancayo en dirección a México donde conseguí un lugar para estudiar un posgrado en antropología cultural. Estuve fuera un par de años. Ni la intensa vida de productiva bohemia y algún amor correspondido me hicieron olvidarla, la recordaba siempre, me preguntaba sobre su vida elaborando teorías sobre su conducta. También tenía recuerdos ingratos, si la ubico, pensaba, me encontraría con la difícil mujer que conocí, con la violencia en sus actos y respuestas y la oscuridad que rodeaba a sus decisiones, su ánimo iracundo; y no dejó de fastidiarme su repentina ausencia; creía que pudo haber evitado crearme la ilusión de formar una relación duradera. Pensaba que todo lo había calculado a su manera, pensando cada paso con detalle.  

Regresé al Perú cuando conseguí ser parte de un proyecto de investigación en el valle del Urubamba, temas de conservación cultural y desarrollo de tecnologías ancestrales. Así conocí a C., caminando por Pisac. La observé en un grupo de amigas que escuchaban a músicos extranjeros en la plazoleta principal. Vestía ropa tradicional que no era un disfraz, era ella siendo ella misma. La volví a observar a los pocos días, cerca al puente esperando movilidad para ir a Taray. Tomamos el mismo mototaxi, así nos conocimos. La relación fue creciendo sin planes ni condiciones, con nuestras vidas independientes y compartiendo cosas comunes sin apuros.

Después de unos días de su reaparición Parwa me dijo que estaba en Lima y que podíamos encontrarnos.  Junto a la emoción de verla aparecía el temor de no saber en qué acabaría lo que ya era un contacto que iba más allá de una amistad convencional. Me faltaba mirarla de cerca, tomar sus manos. Nos citamos en un parque cercano a su alojamiento. Su figura no había sufrido cambios notables, continuaba delgada, con las huellas del tiempo transcurrido y con un aplomo que no poseía en los años de Huancayo. Nos abrazamos con cuidado, sin muestras visibles de emociones. De inmediato me dijo: no pienses que te he buscado porque quiero algo contigo. Fue la primera advertencia de que ella no había cambiado, era la misma extraña mujer en permanente discusión con el mundo. Había aparecido una valla entre los dos, la observé distinta y sin provocarme las emociones iniciales; no era lo que yo ahora buscaba, pero había que dejar que las cosas fluyeran para saber qué nos tocaba vivir. Me volvió a contar que continuaba con su pareja de siempre, de nuevo en Huancayo. Te explico ahora qué pasó, dijo: cuando F. revisó los archivos de mi teléfono me puso la condición de trasladarse a Huánuco si quería que nuestra relación continuara, acepté, porque no estaba lista para una separación y porque mantenía la ilusión de criar a mi hijo al lado de su padre, además Diego tú no estabas preparado para vivir junto a las responsabilidades que tenía, eras muy joven, creo que te asustaba la idea de asumir un compromiso con mi pequeño. Le respondí que no era cierto, que sí había asumido esa realidad, si no desaparecías ahora estaríamos juntos, le dije.  Difícil saberlo, Diego, no ocurrió simplemente, así hay que tomarlo. Nos fuimos a Huánuco, así, de un día para otro, vendimos la casa y estuve dos años allí hasta que nació mi segundo hijo. ¿Qué buscas ahora conmigo?, le dije de improviso. No sé, respondió, no lo sé, quería escucharte y mirarte a los ojos, no tengo planes, sabes cómo soy, distinta a ti en eso. Me sentí inerme en medio de una situación que no había previsto que ocurriera de esa forma; nunca había pensado que volvería a encontrarla. Le confesé la persistencia en mi memoria de los días en Huancayo, las dificultades para olvidarla y también del bienestar que sentía compartiendo mis días con C. No comentó nada de lo que escuchó, actuó como siempre había actuado, ninguna opinión, nada de juicios ni planes. Su carácter se había fortalecido, lucía más independiente, autónoma. Nos despedimos sin ninguna promesa ni plan para el futuro, dejando que los días señalen un derrotero. Afirmé mi opinión de actuar con cautela para no dejarme llevar por los recuerdos e imágenes de los primeros días. Los años me habían enseñado que las personas no cambian, apenas evolucionan, y la manera cómo se deshizo de todo lo que habíamos pensado hacer juntos no me otorgaba ninguna seguridad de estar frente a una mujer distinta y confiable.

A pesar de todas mis objeciones y temores, no pude evitar que Parwa se volviera a meter en mi vida; volvimos a conversar durante tiempos prolongados. Había dejado la pintura para dedicarse a la poesía. No tenía futuro con los pinceles, explicó. Después que nos separamos empecé a escribir y tengo un par de poemarios publicados. Espero puedas leerlos. Me sorprendió saberlo, me envió sus páginas, no estaban mal, había hecho una buena elección al dejar los lienzos. Viajaba a eventos y presentaciones, la estaban conociendo, tenía gente que la leía. Su vida había cambiado y ella no era la misma mujer que conocí en Huancayo. Parecía habitada por una inquietud centrada en conocer gente, ser reconocida y buscar aventuras amorosas. Eso me pareció y se lo dije. Me respondió que seguía siendo el necio de siempre, creyendo ver cosas que nacían de mis propias desviaciones. Me permitió inmiscuirme en su cuerpo uno de esos días. No quiso avanzar más, me dijo que no lo sentía necesario. Lo dejé en ese punto, sin discutir.

En su siguiente visita a Lima estuvo varios días, se trataba de promocionar una nueva publicación. Nos vimos muy poco, su tiempo libre lo dedicó a sus amigos poetas. Confirmé la certeza de mis intuiciones anteriores, no era ya para mí; pude ver la liviandad con la que trataba a sus amigos, la fácil apertura que les brindaba, sus interminables noches de bohemia. No podía saber que ocurría en esas oscuridades y adrenalina que eran frecuentes; se había liberalizado a un punto que sus horarios nocturnos eran más importantes que los diurnos. Dejaba mensajes crípticos que no sabía que destino tenían, eran de reclamo, de solicitud de presencias que no se relacionaban conmigo. Eso pensé. Entonces se dio la última conversación. Me contó de su correría nocturna, de su paso por la casa de un amigo donde pasó la noche, de sus simpatías por uno u otro, de regalos de libros que seguro no eran gratuitos. Y dejó entrever que si hubo algo entre los dos alguna vez, ya había desparecido. La conversación me ubicaba en un papel de confidente o casi celestino que no me acomodaba. En un instante le pedí que desapareciera de mi vida, que no me buscara. No preguntó, no cuestionó. Fue suficiente, fue muy breve, sin despedidas lacrimosas ni reproches. Corté el vínculo de raíz, volví a cerrar todo acceso a sus mensajes. Me invadió un dolor muy profundo atravesándome completo, pero no era ya un espacio para mí. En verdad, me fui al carajo, como ella me lo pidió uno de esos días en que no podía dejar de ser ella misma.