Cleo, personaje inolvidable

El texto que aquí de publica es parte del libro Cuadernos urgentes que edita Edith Pérez Orozco, académica peruana. La colección reúne criticas a destacados narradores y poetas peruanos.

Esta edición esta dedicada a la obra del narrador cusqueño Luis Nieto Degregori, que luce una vasta producción literaria, en novelas, cuentos y ensayos.

Estos párrafos se ocupan de analizar a Cleo, personaje de la novela El Cuzco después del amor, y relacionarla con Angélica, protagonista de la novela El padre Horán publicada en 1848 y considerada la primera novela peruana. El propósito es valorar la importancia de Cleo y de su creador y observar los elementos que comunican a ambos textos, muestra del extenso desarrollo de la novela cusqueña y la permanencia de realidades que no se han podido superar no obstante los casi dos siglos transcurridos.

 Introducción

Luis Nieto Degregori es escritor de resonancia nacional e inter nacional; uno de los pocos narradores cusqueños que también es conocido en el exterior. Son méritos que se obtienen escribiendo bien. La crítica limeña, que ha inventado divisiones y conceptos que sitúan a los escritores en el ámbito telúrico o cosmopolita, regional o nacional, andinos o criollos, y demás ismos, tendrá en algún momento que callar sus esquemas coloniales y aceptar que la producción literaria es de autores nacidos en algún lugar del Perú y punto. Serán mujeres u hombres y serán buenos, regulares o malos y no más que eso. Para salir de este embrollo clasificatorio diré que Nieto es un escritor nacido en el Cusco y que escribe obras que han trascendido todos los ámbitos geográficos y que, en su novela Cuzco después del amor, ha creado a Cleo, quien ha dejado una señal imborrable en mi memoria. No puedo decir que no habrán otros personajes femeninos que me falta conocer, es probable, pero hasta lo conocido Cleo es alguien a quien me hubiera gustado estrechar su mano y también enamorarla. Sus componentes son singulares por lo inubicable de sus características en otras mujeres. Ella se encuentra sola en el mundo y se enfrenta a una borrascosa muchedumbre de varones y hembras que parece sentirse dueña de la humanidad entera. Ellos y ellas eligen a un representante para que descargue sobre Cleo todo el peso de las tradiciones coloniales. Ella no lo permite, aparenta ser parte de la alianza; actuación que podemos hallar en cada metro de nuestro recorrido colonial entre las fuerzas nativas. Todos se engañan, más el personajillo que es el arma que utiliza la sociedad para hacerla sentir apéndice prescindible del entramado social y amoroso de la ciudad imperial. Al final triunfa Cleo en toda la línea y se sitúa más allá de toda conmiseración y misericordia para ubicar su memoria en el inalcanzable lugar de las vencedoras.

No es solitaria la performance de Cleo, está diseñada o esbozada en una obra cusqueña previa. El padre Horán (1848) una de las primeras novelas nacionales. Allí, Angélica, la protagonista, asume roles semejantes. He querido hacer una breve comparación de ambas obras y personajes, en el afán de mostrar el largo camino que tiene en nuestro país la discriminación y el pensamiento colonial.

Cuadernos urgentes, texto que contiene críticas a las creaciones de Luis Nieto Degregori.
Portada del libro comentado.

El amor en el Cuzco de Nieto

Cleo, hay que reiterarlo, es uno de los personajes femeninos más atrayentes de las novelas peruanas. Cierto es que el campo de biografías literarias que pueden disputarle la fidelidad y el cariño de los lectores es dilatado, pero se trata de una figura que soporta evaluaciones y críticas con solidez y suficiencia. Hay personajes femeninos que generan atención entre el reducido número de peruanos que tienen el hábito de la lectura y que las han convertido en destacadas figuras de la literatura nacional. En mis recuerdos está el turbador temperamento de Xóchitl de El mundo sin Xóchitl (2001) de Miguel Gutiérrez, como también Teresa Mancini Gerzso de No me esperen en Abril (1995) y Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes de La amigdalitis de Tarzán (1998) de Alfredo Bryce Echenique. No olvido que Rosa Cuchillo, de la novela homónima de Óscar Colchado (1997), cumple importante rol en el campo de mujeres inolvidables. Son personajes que se equiparan a Cleo por la densidad de sus personalidades y la riqueza humana que contienen; evidencian la capacidad de la ficción de invadir nuestros sencillos hábitos para sumergirnos en experiencias que nos crean mundos imaginarios inaccesibles de otro modo. Son mujeres entrañables, cierto, pero sus vidas no alcanzan sus altos niveles de humanidad exentas de la influencia del varón, ni tampoco contienen la intensidad ni la tragedia personal que protagoniza Cleo que desnuda la violencia discriminadora que le impide continuar viviendo y darle curso a su amor por las decisiones de un varón invadido de los prejuicios que son naturales entre los peruanos de variados segmentos sociales. Cleo es autónoma de conducción masculina, decide sola aun cuando aparenta condescender con Martín, el pequeño amante que trastorna sus días de sacrificada esposa; habla poco, es discreta y reservada, con gran sentido de la sensatez, que lo comprobamos en el gran escenario de ficción que construye para hacer viable su relación, dejándonos una lección de sagacidad y seguridad en sus medios que nos conmueve e interpela y le otorga acceso privilegiado a nuestra memoria.

Los personajes femeninos que hemos citado antes no concentran la suma de antagonismos sociales que contiene la biografía de Cleo ni poseen su talla íntima ni sufren los embates de una intolerancia racista y machista que utiliza variadas formas de violencia para alterar un desenlace que debería haber sido distinto si la sociedad nuestra fuera diferente. En Cleo concurren las limitaciones económicas que condicionan, el color de la discriminación y lenguaje separador, una vasta herencia cultural postergada y la teoría que lo justifica junto a la visible incapacidad de nuestra sociedad para superar un drama centenario.

Subrayo la ausencia de apellido en Cleo, la conocemos con cuatro letras, un sonido apenas, privada de nombre de familia, de identidad, no tiene padres o parientes, carece de vinculaciones sociales que no sean laborales; precariedad en la vivienda y parece caminar las calles cusqueñas sin que nadie note su presencia; el Cusco se ha convertido en territorio ocupado por extranjeros, políticos, tecnócratas e individuos blanquiñosos de piel y espíritu que parecen sujetar y manejar la ciudad como predio particular. Es casi un fantasma que Martín asedia con aires de encomendero. Cleo no es vecina ni ciudadana, es una gran sombra que alguien pretende tomar para sí sin respetar su humanidad.

Luis Nieto Degregori, en la plaza principal del Cusco.

Negarle apellido a Cleo es un acierto, situarla en el limbo de las NN apoya el entendimiento del drama que interpreta. Las mujeres que protagonizan argumentos literarios semejantes en la literatura extranjera reciben un tratamiento distinto. A Madame Bovary y a Ana Karénina —protagonistas de las novelas homónimas—, Gustave Flaubert y León Tolstói les otorgan apellido y nacionalidad, no obstante que ambas también fracturan la fidelidad conyugal. Recordemos además la antigua fecha de estas creaciones decimonónicas. Ni el impropio aristócrata terrateniente Rodolphe Boulanger ni el atildado Alekséi Kirílo vich Vronsky discriminan a sus amantes por su raza ni cultura y menos por su forma de vestir y hablar como si lo hace con Cleo el arquitecto cusqueño Martín Hernández. Encuentra Emma Bovary resistencias y discriminación de clase ciertamente, pero no marginaciones étnicas. No obstante ser ambas ficciones ejemplares, obras de arte, no son tan precisas para comparar el recorrido y valía de Cleo, peruana, sur andina, serrana, más precisamente apurimeña-cusqueña y, por eso mismo, portadora de una historia que relata la fragmentación nacional con más propiedad que un tratado de sociología. Es en este contexto que debemos entender a la enorme Cleo de Cuzco después del amor, novela publicada en el año 2003.

Su papel como compañera sentimental conserva las condiciones que debería poseer todo humano que decide caminar junto a su pareja de una manera emancipada; no discrimino esta condición para exigírsela solamente a la mujer. Cleo no depende de Martín para integrarse como mujer y ser ella misma, lo es al margen de lo que haga y piense este joven tecnócrata de retaceada y tecnocrática ilustración, aleación de mesticillo, criollo, pequeño burgués y cacique de pueblo diminuto. Embebido en buscar caminos de bienestar material y reconocimiento social tiene aletargada su capacidad de percibir que camina a su lado una mujer que excede largamente las inferiores condiciones personales del oportunista y racista arquitecto, que resulta empequeñecido cuando cuantificamos las virtudes de ambos.

Cleo nos demuestra que el amor es efectivamente una decisión y que, cuando se elige, debe ser un compromiso para honrarse con la muerte, de ser necesario. No obstante su inferior ubicación en los estamentos sociales cusqueños, su desarrollo profesional es más pleno e integral que el mostrado por el invertebrado Martín, poco satisfecho con las migajas de poder que le van soltando los administradores de la privilegiada tecnocracia cusqueña, arropada por la ayuda financiera exterior. Sus ascensos los va gestionando con oculto arribismo que se ve recompensado con pequeños logros que refuerzan los principios excluyentes y marginadores que ha ido adquiriendo en su formación; como se acumulan estos fundamentos, en el colegio, hogar y medio social. Cleo es orgánica, lúcida, compacta en su personalidad, alejada de perseguir ascenso social o económico en una colectividad con obstáculos difíciles y propios de una sociedad estamental como la cusqueña. Se halla bien situada, cómoda, en el marginal espacio que la comunidad le ha asigna do y que es consecuencia del papel que la organización colectiva nos señala según provengamos de una cuna u otra, de esta cultura o de aquella.

Iglesia de los jesuitas en el Cusco, uno de los escenarios de la novela.

Genera atención lo poco que se ha modificado la sociedad cusqueña en el tiempo, hay notorias similitudes entre Cleo y Angélica de El Padre Horán de Narciso Aréstegui, publicada en 1848. También las encuentro en el propio padre Horán y Martín; hay semejanza argumental y similitud de situaciones en ambas creaciones. No resultan consecuencia de propósitos deliberados, ni a limitaciones creativas de ambos autores; obedecen a la persistencia que poseen los paradigmas sociales y la débil influencia del tiempo largo en la modificación de las relaciones sociales y estructuras mentales del sur andino y de la región del Cusco, en particular. Los creadores de ficción realista no inventan sociedades, las observan, ven más allá de lo evidente en la maraña de vinculaciones que las vivifican; disección es el sustantivo que mejor explica lo que hacen los narradores cuando proceden a ubicar sus personajes en medio de ese gran teatro popular que es una ciudad. Sigamos con Cleo, el parentesco entre ambas creaciones será comentado en párrafos posteriores.

Cleo carece de apellido y edad, está casada con Rolando, pintor, también sin patronímico, a quien conoció “cuando estudiaban en la Escuela de Bellas Artes” (Nieto, 2003, p. 121). Comparten “ya ocho años de matrimonio” (p. 121), y según manifiesta, antes de conocer a Martín mantenían una relación estable y sin dificultades sentimentales. Tiene “dos hijos. […] Una parejita” (p. 81). Le confiesa a Martín ser “andahuaylina… Linda” (p. 89). Trabaja en el Instituto Departamental de Cultura, en el Área de Conservación del Patrimonio Cultural, en el proyecto de remozamiento de la iglesia de la Compañía de Jesús. La ubicamos en el “Taller de Restauración [dedicada a] pintura de caballete” (p. 78) en el campo de recuperación y conservación de arte antiguo. El escenario de sus labores, también los de Martín, se desenvuelve en torno a los espacios pétreos de la iglesia de la Compañía cuya refacción efectúa un grupo de técnicos extranjeros y personal cusqueño y de su área de influencia. Aun cuando Cleo no está retratada con prodigalidad, encontramos variados espacios que nos acercan a su contextura física: “Bajita, delgada, con la piel del rostro un poco manchada, no era de las mujeres que llaman la atención” (Nieto, 2003, p. 88), y es probable que no tuviera “las piernas largas, cosa muy rara en una cuzqueña” (p. 110), trazo que ex tiende el área geográfica del Cusco hasta linderos apurimeños, precisión que brotó posiblemente desde el inconsciente del escritor, heredero involuntario del expansionismo quechua en territorio chanca. Entre sus atributos aparece tener “turbadoras nalgas” (pp. 128, 137), ser “delgada, pero con formas” (p. 137). En descripción generalizadora es descrita de “apariencia tan modesta, bajo ese cuerpo delgado y menudo, nada espectacular” (p. 129). Martín, la mira “unos segundos […] [al] picar tarjeta o durante el refrigerio o cuando se cruzaban en algún sitio. Se convenció así de que Cleo pertenecía a esa categoría de mujeres que, sin ser guapas, pueden a veces parecerlo, de pendiendo incluso de con qué ojos uno las mira, si con los de un frío juez o los de un benévolo pretendiente” (Nieto, 2003, p. 89).

Tradicional procesión del Señor de los Temblores en Cusco

Cleo habla motoso; es descrita así cuando se acercan a ocupar un alojamiento en la calle Suecia que les otorgue intimidad:

—¿Sabes de quién es este hostal? —trató de ignorar Martín su hablar motoso y le soltó el nombre del conocido arquitecto. (Nieto, 2003, p. 212)

Lo que hace la protagonista es hacer uso del extendido castellano andino, de clara influencia quechua, que le hace decir: “No, en ahí no” (Nieto, 2003, p. 115). Es evidente esta dicción en un diálogo donde Martín muestra su perfil discriminador y aparente superioridad cultural:

—Pero no me vas a perdonarme —insistió Cleo.

—No, no te voy a perdonarte —no pudo dominar Martín las ganas de burlarse de su forma de hablar. (Nieto, 2003, p. 243)

¿Cómo viste Cleo? La voz narrativa la detalla:

[…] por más que se esforzase en arreglarse, en ponerse un poco de rubor en las mejillas y de rímel en las pestañas, pasaba casi inadvertida. Más aún, con un esposo pintor y dos hijos, estaba condenada a usar siempre la misma ropa barata, a tener las manos enrojecidas y a que el tiempo dejara en su rostro señales claras de su paso. Y no solo eso. Como muchas cuzqueñas de extracción popular, Cleo tenía una noción de la elegancia parecida a la de las mestizas de polleras del mercado. Como ellas, mostraba cierta predilección por las blusas de blondas y encajes, por la bisutería y las lentejuelas en las chompas, por las hebillas en zapatos y carteras. Era un estilo de vestir que chocaba mucho a Martín. Hubiera preferido mil veces verla con un blue jean y una chompa sencilla, pero por temor a herirla nunca se atrevió a decírselo. (Nieto, 2003, pp. 129-130)

Hay variaciones de esta indumentaria, la combina con prendas que obedecen a normativas más cosmopolitas, cuando lleva una “falda suelta que le llegaba hasta media pierna, su infaltable chompa de cuello alto y un pañuelo” (Nieto, 2003, p. 116). El pañuelo descrito nos da una imagen que no tiene cercanía con la ropa barata. Muestra un nivel de sofisticación que responde al proceso de modernización que se manifiesta en los atuendos femeninos y que proporcionan un perfil mundano culturoso a quien lo porta.

Y ¿cómo es Martín? Es nacido en el Cusco, “el año cincuentitrés, en la avenida de la Cultura, a la altura de la universidad” (Nieto, 2003, p. 41), un barrio de clase media acomodada. Es egresado de la Facultad de Arquitectura de la universidad cusqueña y ha vivido con sus padres hasta trasponer la treintena (p. 34). Ha realizado cursos de restauración en Italia, Bolonia, experiencia que, seguramente, le facilita llegar a trabajar en el Instituto Departamental de Cultura, en el “Área de Conservación del Patrimonio Cultural” (p. 21). Alcanza después a ser nombrado “Coordinador del Área de Arquitectura” que se encarga de los trabajos de restauración de la iglesia de la Compañía de Jesús que sufrió daños en el terremoto de 1986. España apoya con economía y técnicos el proyecto (p. 21). En mil novecientos noventa es promovido a director del proyecto de la Compañía; es también el año en que “descubrió” a Cleo (p. 78). Para entonces ha vivido treinta y siete años. Un diálogo inicial con Cleo nos proporciona un rasgo sustantivo de su personalidad. Pregunta él: “¿Parezco sobrado?”, y recibe la escueta y rotunda respuesta: “Es sobrado”, que debe leerse con énfasis en “Es” (Nieto, 2003, p. 81). Anotemos que, en un colectivo fragmentado en estamentos, con uno de ellos dominante y excluyente, se tiene que ser o parecer altanero, suficiente, discriminador, sobrado. El propósito racializador tiene que conocerse, hacerse visible, tiene que Ser, de otro modo no se Es.

Calle del centro histórico del Cusco contemporáneo.

Y como es natural, Martín es un blanquiñoso alto, delgado, con barba, de dócil cabello castaño (Nieto, 2003, p. 79). En términos ideológicos:

No era un hispanófilo, como creía mucha gente, pero tampoco compartía el indigenismo radical de muchos de sus paisanos. En general, lo único que deseaba era que octubre pasase volando y que todo el mundo —peruanos, españoles, chinos, africanos— se olvidase cuanto antes de la cantaleta de los quinientos años. (Nieto, 2003, p. 240)

Leemos descripciones adicionales:

La historia no era el fuerte de Martín. Del pasado le interesaban los vestigios materiales, sobre todo arquitectónicos, pero le daba igual quién los había construido, si incas o españoles o incas mezclados con españoles. Lo importante para él era que esos vestigios tuviesen valor artístico y, en caso de que así fuese, le parecía obligatorio el conservarlos, el salvarlos de la destrucción. (Nieto, 2003, p. 240)

Cuando conoció a Cleo no era un aprendiz en los torneos del amor. Su recorrido suficiente lo utiliza para manejar la relación de acuerdo a sus objetivos, pero no le será útil para eliminar la irracionalidad de sus decisiones al final de la vinculación. La suma de experiencias también nos provee de información sobre las dificultades amatorias de Martín, siempre preocupado por sus bajas performances sexuales, aspecto relevante para entender el romance con Cleo. La información de sus parejas empieza con Angélica, de quien Martín:

[…] nunca había olvidado lo que alguna vez le dijera […] con su delicadeza de Panzer, respecto a sus habilidades sexuales. No es que él fuera de la opinión contraria, que se considerara a sí mismo un amante impetuoso, un irresistible latin lover. Todo lo contrario. Era plenamente consciente de su torpeza y de sus limitaciones, pero pensaba que no podía ser de otra manera pues, a diferencia de Angélica, que había probado absolutamente todo, él siempre había vivido en una abstinencia casi total. (Nieto, 2003, p. 65)

Angélica termina señalando que “no era bueno en la cama” (Nieto, 2003, p. 27). La siguiente compañía la obtiene con Ilse, alemana, vínculo que se mantiene durante cuatro años: “Siempre le habían gustado sus ojos, de un celeste como las aguas del mar Caribe, y nunca lo habían dejado indiferente su porte de valquiria y la contundencia de sus formas” (p. 27).

Elena, con rasgos físicos de negra, es su paño de lágrimas luego de romper con Ilse:

La noche que pasó con Elena y ese mundo maravilloso de sensaciones que creyó atisbar lo reafirmaron en la idea de que quizá ya había madurado para el gozo de la carne, para el placer sexual. Por eso, cuando se separó de Ilse, empezó a buscar no una nueva compañera (estaba demasiado herido para eso), sino a la mujer que le diera a manos llenas eso que Elena le había dejado sólo paladear. Terrible fue el chasco que se llevó pues al toparse, una tras otra, con mujeres que le hacían desandar lo que él creía haber avanzado. (Nieto, 2003, pp. 67-68)

Doris, la primera de tales mujeres, le hizo conocer todos los círculos del infierno. Era una estudiante del último año de arquitectura que apareció por el convenio con la intención de realizar sus prácticas profesionales. […] La noche elegida, Martín, que se había portado con una delicadeza digna de un príncipe, se llevó un nuevo chasco. Es verdad que Doris se dejó despojar de casi todas sus prendas, pero se aferró a la última, a ese breve y casi insubstancial calzoncito que, a medida que pasaba el tiempo, se fue transformando en un insalvable y absolutamente inconmovible cinturón de castidad. Al final, ocurrió lo que tenía que ocurrir: Martín, que se había desnudado antes de tiempo, eyaculó sobre el suave y níveo pelo de la alfombra de alpaca. No quiso volver a saber nada de Doris. Dejó de llamarla y respondió con evasivas sus llamadas hasta que ella se cansó de insistir. Fue su vendetta por la humillación que sintió. (Nieto, 2003, pp. 68-70; el énfasis es nuestro)

Festividad en el Cusco actual.

Estela, que fue su enamorada cuando ambos no tenían ni veinte años y, pese a que se gustaban mucho, fueron capaces de detenerse siempre a último momento. En las ocasiones en que se encontraban, cada vez más raras, lo único que hacían era ponerse al día. Martín supo así que Estela se casó, que tuvo dos hijos seguiditos y que dejó de estudiar por una larga temporada. (Nieto, 2003, p. 42; el énfasis es nuestro)

Silvana, madre soltera, locuaz, ella:

Lo único que calló fue la relación que mantenía con un hombre casado, funcionario de un banco, que tenía a su familia en Lima. En Cuzco —pueblo pequeño, infierno grande— todo se sabe y esta historia ya había llegado a oídos de Martín, pero él se hizo el sueco y siguió cortejando a Silvana, atraído por lo demás por sus hermosos ojos negros, sus grande senos y el curioso contraste entre su apariencia provocativa y su actitud de beata arrepentida de haber tenido un hijo para un hombre casado. (Nieto, 2003, p. 61)

El dilatado recuento nos permite saber los estereotipos de mujer que Martín conserva en mente cuando se trata de elegir compañía sentimental. Ninguna de tales mujeres tiene algún espacio de coincidencia con Cleo. Todas, menos una, son de tez clara, de acomodada condición económica, de clara contextura occidentalizada, como señala la voz narrativa, mujeres-fortaleza. La experiencia con Cleo, vemos, es anómala, casi similar a las que tienen los jóvenes bien, sureños, con las empleadas del hogar de origen rural, andino.

Señalemos que:

Más de dos años habían pasado desde esa tarde de fines de mayo de 1990 en la que hicieron el amor [con Cleo] en el techo de la Compañía y desde entonces, como diablo que predica pero no practica, no sólo no se había acostado con otras mujeres sino que había dejado pasar claras oportunidades de hacerlo. En su desinterés —él lo sabía pero prefería no pensar en ello— mucho tenía que ver el mal resabio que le habían dejado las mujeres-fortaleza, esas que habían llegado a hacerle creer que no servía para el sexo. (Nieto, 2003, p. 230) Decidido de todos modos a poner fin al prolongado reinado de Cleo, intentó hacer las veces de maestro, pero eso sólo le sirvió para convencerse de que un preceptor mediocre puede matar las dotes del más brillante y aplicado de los alumnos. Fue lo que le pasó con Lily, la más joven y fogosa de las tres o cuatro mujeres con las que se acostó esa temporada. Para tener poco más de veinte años, Lily era una muchacha que sabía muy bien lo que quería en la vida, aunque estaba bastante confundida en cuanto a la manera de lograrlo. Alta para ser cuzqueña, blancona, con un rostro ovalado de rasgos suaves y dulces como los que tienen algunas vírgenes en los lienzos de las iglesias, simulaba una inocencia y una ingenuidad que en realidad hacía tiempo había perdido. (Nieto, 2003, pp. 232; el énfasis es nuestro) [La] última vez que hicieron el amor […] [f]ue el momento también en que Martín se convenció definitivamente de que en materia sexual sería siempre un aficionado, un mediocre aficionado con algunos destellos de talento siempre y cuando estuviesen de por medio mujeres como Cleo o Elena. (Nieto, 2003, p. 235)

Concluye la lista Marina:

[…] la modelo cuyo voluptuoso cuerpo dibujaba sábado tras sábado y con la que a veces se encontraba en el Kamikaze, […] desde la primera vez que hicieron el amor, ella apoyada en el antepecho de la ventana y él con la vista fija en la Compañía, las cosas quedaron claras. Cuando buscaba cobijo en la cama, Martín le soltó con naturalidad que le gustaba mucho hacer el amor, pero que en realidad era un amante de regular para malo. (Nieto, 2003, p. 235)

En contraste con el historial de Martín, “el número de hombres con los que Cleo se había acostado era ridículo” (Nieto, 2003, p. 133). Perdió “la virginidad […] tarde, a los veintidós años, con un hombre casado que le doblaba en edad y que era su jefe” (p. 132), y antes de su esposo tuvo “relaciones con dos hombres, sin contar al asustadizo burócrata [su jefe], y desde la boda había permanecido fiel a su marido hasta esa tarde en la Compañía [hasta Martín]” (p. 133). La desproporción es evidente y un elemento de análisis en la evaluación del romance cusqueño. Con distintas experiencias cada uno, explica uno de los factores que le hicieron más fácil a Martín la tarea de manipular a Cleo y conducir la relación con solvente suficiencia para sus intereses.

Demorarnos en la revisión de los amoríos de Martín permite observar al personaje en el territorio de sus capacidades sexuales y particularidades sentimentales, importantes para juzgar el comportamiento con Cleo. Junto al espacio de las ideas, de la cultura, conjugan el dueto de particularidades que perfilan su personalidad, resultado de siglos de sociedad culturalmente alienada, mentalmente colonizada e inficionada de machismo, ausente de alteridad y dominada por la individualidad excluyente y egoísta como célula basal de la sociedad. Es el ser autónomo de toda consideración colectiva; es el triunfo de la superioridad de los paradigmas instaurados por “los blanquiñosos, altos, de pelo dúctil”. Cleo proviene de otro universo, es cierto que de similar desarticulación, pero con vinculaciones con la solidaridad que proviene de la antigua comunidad. Imagino que sus padres vivían en el medio rural andahuaylino, cultivaban la tierra y mantenían vitales relaciones con la cultura quechua-chanca, antes de migrar al Cusco. Cleo carece de dirección en la ciudad, está desprovista de toda conexión física con ella. Existe cuando Martín respira, aparece cuando la busca para tener sexo e inducirla a que lo practique con otros hombres. Luego de estos encuentros transitorios, Cleo se esfuma, carece de biografía extendida como sí la tiene Martín a quien seguimos en su recorrido urbano de cafetines, oficinas y países. Cleo forma parte del coro anónimo de la epopeya citadina que viven miles de familias en los extramuros de las ciudades de intenso crecimiento en el Perú.

Es Martín quien la conoce, no es al revés, y cuando ocurre tenía treinta y siete años, momento “cuando por fin saboreó el placer quizá más sublime reservado a la naturaleza humana” (Nieto, 2003, p. 134), la notable capacidad amatoria de Cleo. Podemos imaginarla con belleza no ostentosa, menuda, de armoniosas formas, grácil, ágil al desplazarse, erguida y de piel almendrada, ojos negros y cabellera frondosa rizada en sus extensiones. Su figura resume lo que el verbo racializado diría: una cholita guapa. Queda a los lectores la posibilidad de imaginarla con otros perfiles, serán imágenes igualmente válidas, porque ella es multiforme, dúctil para pensarla, dócil a los criterios que cada lector elija. Es producto de aquella etapa de transición y rápida movilidad social, inaugurada en la época del gobierno de Velasco Alvarado, que permite que los hijos de familias rurales eviten la servidumbre urbana y puedan acceder a la educación superior. El escenario de la novela también tiene un nivel de afectación marcado por la violencia senderista que vivía sus últimos años de irracional accionar; las menciones de este grupo otorgan contexto al proceso narrativo, pero no llegan a tener injerencia en la trama novelística. Seguramente no discreparemos en calificar a Cleo como mujer prototípica de nuestras serranías urbanas, por eso recia para enfrentar adversidades, con cierta resignación ante los designios sociales que no puede modificar, firme en sus convicciones, sutil para el manejo de situaciones complicadas, confiable cuando la pareja se ausenta de su lado, discreta al tiempo de tomar decisiones e independiente al momento de decidir caminos de vida.

Todo lo dicho puede ser objetado por el observador crítico que señale que no puede ser confiable ni tener virtudes éticas una mujer que engaña al esposo y falta el respeto a su familia. Si la evaluación de Cleo atraviesa tales filtros, entonces habrá que evitar el inútil comparendo porque en esa disensión no caben coincidencias y solo resta detenerse para reconocer que son dos formas válidas de evaluar la conducta de los humanos frente al amor. O se aprecia el proceso de emancipación de la mujer distinguiendo lo sustantivo y evitando lo anecdótico o seguimos lastrados por apreciaciones que ya se han leído en El padre Horán. Ella, que se ha vinculado a un marido frustrado, lastrado por las segmentaciones sociales y de pocas aspiraciones, de bohemia inútil, hallar un vínculo con Martín la convierte en parte de un reducido grupo de personas que hace suyo el amor cierto y verdadero, sin considerar espacio ni tiempo, reconocible por los hervores que provocan en el cuerpo y los trastornos en la mente. Es así como se intuye que una compañía singular se acerca a nuestras vidas, desconocida antes porque nos faltó recorrido de vida o porque la creímos inexistente y que era ineludible aceptar un cariño llevadero y de apariencia conveniente, previsible, o porque era poco tolerado rechazar un afecto burocrático inclusive sin amor, de mezquino futuro, y no se tienen condiciones de afrontar los riesgos de edificar la materialización de nuestros sueños. Cleo prefirió apostar por el cariño mediocre, destinado a vivir en la precariedad de una habitación y baño compartido con otras familias. Cuando aparece Martín en su camino, reconoce la pareja que considera merecer, la compañía total, sin aristas y que ella se siente en capacidad de completar. Descubrirá después que la dura e inclemente realidad de castas y mentalidad colonial no le permite materializar tales aspiraciones.

Conocer a Martín fue para Cleo momento de abandonar todo cálculo y pudor para acceder al prohibido e intenso, tenebro-luminoso espacio de la infidelidad. Darle la espalda a ese destino era recluirse en la cárcel en que se había convertido una relación conyugal inaceptable, pero que ella soportaba porque carecía de la posibilidad de confrontarse en un espejo distinto. ¿Dónde hay ética y moral superior? ¿Acaso en quien toma el destino en sus manos y va trajinando con calma hacia un estado de liberación sincero y gratificante o en quien elige la medianía, el infeliz arreglo a ley y a los convencionalismos y sufre su realidad sin capacidad de modificarla? La respuesta divergirá según nuestros valores y formación, e inclusive temeridad. Sin embargo, lo que tenemos que reconocer es la existencia de situaciones semejantes en todos los espacios del territorio nacional inficionado de estratificaciones indeseables. Del mundo entero mejor olvidarse porque la muestra sería innumerable; quedémonos aceptando que la narración de Nieto no es patrimonio de ninguna sociedad en particular. Así es que no hagamos ascos a la historia por ese lado y vayamos a evaluar sus virtudes, sobre todo la determinación de Cleo de separarse de su esposo, sin esperar el apoyo de Martín y ninguna promesa de futuro compartido (Nieto, 2003, p. 247).

Entretelones

Cuando Cleo aparece en las primeras páginas de la novela, Martín archiva recuerdos y fotografías. Allí está “el álbum con los desnudos de Cleo […] incapaz de deshacerse de ellas. Eran hermosas. Hermosas y de una naturalidad cautivante. Valían más, mucho más que las huachafadas que a veces publicaban en Play Boy o Penthouse” (Nieto, 2003, p. 17). Percibimos aquí dos detalles de Cleo: poseía una naturalidad cautivante y la armonía o belleza de su figura superaba a las mujeres que se exhiben en revistas interplanetarias; descripción que, debemos señalarlo, discrepa de otras, tratadas en párrafos precedentes. Es momento de pronta descripción de la dama y una breve introducción a la tragedia que se desarrollará al final. Estructura inversa le llaman los especialistas, que no le resta interés a la historia. Es breve síntesis de ambos personajes; vemos un Martín imbuido de erotismo voyeur y orgullosa de su cuerpo ella, entregada al amor, desnudándose frente a la pareja considerada confiable, suficiente.

Luego de conocerse en un evento social del proyecto en el que trabaja, y después de consumarse la romántica y vespertina infidelidad en las equilibradas y simétricas cumbres de la iglesia de la Compañía, momento que Nieto describe con sutileza y medido erotismo, Cleo asegura no tener problemas de convivencia con su esposo, que se llevaban bien, indica:

—¿Bien? —inquirió Martín.

—Bueno, por temporadas, como todas las parejas —se desdijo Cleo.

—¿Y en esta temporada cómo están? ¿Mal? —¡Qué va! Hace tiempo que no peleamos. Por eso me sentí tan mal esa tarde. Me parecía que Rolando con sólo verme iba a descubrir lo que había pasado. No sé si podría serle infiel de nuevo. (Nieto, 2003, p. 121)

Martín pontifica sobre la infidelidad y la define como algo normal. Es una válvula de escape, no es un peligro. Es la escuela de Ilse, la alemana que le impartió lecciones de independencia sentimental. Cleo inicia el diálogo:

—Si una relación extramatrimonial no es importante, no pesa nada, entonces ¿para qué tenerla?

—No es importante con relación a tu matrimonio, pero sí como válvula de escape, como una forma más de realizarte como mujer, como una manera de hacer menos monótona y gris la vida —retrucaba Martín inspirado.

—¿Y cómo sé que esa canita al aire no va a hacer peligrar mi matrimonio?

—Depende de ti, de que no pierdas de vista lo que estás haciendo y para qué lo estás haciendo. Es como si te repitieras todo el tiempo: estoy con otro hombre no porque mi matrimonio no funciona, sino para que siga funcionando bien. (Nieto, 2003, pp. 122-123)

Tranquilizada por las palabras de Martín, Cleo vuelve a preguntar detalles de la relación que le proponía. Él define y decide, ella acepta, pero sin dejar traslucir sus determinaciones más íntimas, deseos que tiene prohibido exhibir:

—Ante todo, seremos amigos, buenos amigos, pero con la ventaja de que podremos disfrutar del sexo y darnos mucha ternura cuando queramos. ¿Te imaginas? Es algo que muy pocas personas tienen, un amigo o amiga cariñoso, un amigo al que se puede tocar, acariciar, besar, con el que se puede hacer el amor. (Nieto, 2003, p. 123)

Cuando el romance se desarrolla surge entonces la sesión de fotos. El diálogo que lo envuelve nos acerca a la personalidad de ambos y vertebra dos escenas (la otra es aquella del inicio, cuando Martín guarda las tomas [Nieto, 2003, p. 17]):

—¿Y mis senos te gustan? —se puso a coquetear Cleo imitan do las poses estudiadas de la modelo.

—Sí me gustan. En general tu cuerpo me gusta: eres delgada, pero con formas —respondió él en serio.

—¿Crees que saldría bien en las fotos?

—¡Claro que sí! —se entusiasmó Martín de inmediato—. Es cuestión de tomar una buena cantidad y luego escoger las mejores. (Nieto, 2003, p. 137)

La cuesta de Santa Ana, escenario de los amores de Cleo.

Es así que “bajo esa apariencia tan modesta, bajo ese cuerpo delgado y menudo, nada espectacular, Martín fue descubriendo una mina de sensualidad” (Nieto, 2003, p. 129), que le hace reconocer que “mujeres como Cleo, mujeres que, a juzgar por su propia experiencia, no abundaban, por lo menos en el Cuzco” (p. 133). Pero es también Cleo quien, en un par de ocasiones, se queja de que el esposo toma mucho, “cuando llegaba borracho […] empezaba a despotricar de los artistas que tenían más suerte que él y a amenazar con largarse solo al extranjero para finalmente poder triunfar” (p. 164). Vemos que su hogar no vive días de cordiales experiencias, sino continuas frustraciones y privaciones que no tienen un horizonte de soluciones compartidas como pareja. Dos seres unidos por los designios de una realidad que condena a desarrollar medianía, cuando no mediocridad permanente.

Los amantes inician su relación a fines de mayo de 1990. Estuvieron juntos algo más de dos años. Cuando la intensa vinculación se enfría, Martín afirma que: “Es verdad que el sexo no fue tan desastroso como solía ser antes de que conociera a Cleo, pero al mismo tiempo estaba lejos, infinitamente lejos de tener la intensidad que alcanzaba con ella” (Nieto, 2003, p. 232). Media un aborto de Cleo y otro segundo que se niega a ejecutar hasta convertirse en el hecho que detona la tragedia final. Según sus evaluaciones, el hijo lo ha concebido con Martín, en torno al cual ella tiene un claro pensamiento: no lo perdería y no sería “tan cínica de endosarle a mi esposo el hijo de otro” (p. 155).

Roto el vínculo que inicialmente los unió, relegadas las razones que los hizo compartir el lecho, Martín hace evaluaciones de lo ocurrido. Considera que:

[…] finalmente, cabía la posibilidad de que algún día encontrara a otra mujer igual o más sensual que ella y con la que se comprendiera no sólo en la cama, una mujer con clase, con las manos cuidadas, bien arreglada, con la que se sintiera cómodo en cualquier lugar y con la que compartiese intereses, manera de pensar, gustos, en general estilos de vida. (Nieto, 2003, p. 241) Resultaba extraño que jamás hubiese considerado la idea de formar pareja con la única mujer con la que se entendía en la cama, con la única que le hizo conocer las delicias del paraíso. Se sentía en deuda con Cleo, le tenía cariño, pero nunca se le ocurrió pensar en ella como en la compañera de su vida. No era porque fuese casada ni porque tuviese hijos. Ésa era la razón que a veces le daba, pero a sabiendas de que estaba esgrimiendo una verdad a medias. El obstáculo insalvable no era el esposo, era ella misma, su apariencia, esos minúsculos detalles, imprecisos, casi indefinibles, que delataban su ex tracción social y a los que Martin era muy sensible. (Nieto, 2003, p. 249)

Las reflexiones que procesa son de índole claramente racista, discriminador:

No podía tapar el sol con un dedo: no se sentía cómodo con Cleo delante de otras personas ni en lugares públicos. Era como si su compañía empañara la imagen que tenía de sí mismo creándole cierto complejo de inferioridad, infundiéndole la sensación de ser menos que las personas que lo rodeaban, sobre todo si se trataba de mujeres de buena presencia. Todo lo contrario de lo que le ocurría al lado de Ilse, con la que se sentía a sus anchas y dueño de la situación en cualquier ambiente. Sí, era eso. No estaba tan encima de los prejuicios de su medio como para vincularse sentimentalmente con una mujer como Cleo, que soltaba frases como “en ahí” o “te estoy diciéndote” y vestía blusas con encajes igualitos a las de las mestizas del mercado. (Nieto, 2003, pp. 249-250)

Leemos que no son los hijos el impedimento; sin embargo, observamos un recuerdo de Martín que se refiere a la mala impresión que le causó conocer a sus hijos: “¿No sería por eso que le resultaba tan inadmisible la idea de tener un niño con ella?” (Nieto, 2003, p. 249).

El deterioro en la relación es tan profundo que acaece un violento cambio de palabras en el que Cleo le increpa a Martín haberse metido con otras mujeres, soltando a la placera que tiene dentro. Le habla con groserías y con un ímpetu que Martin no creyó que tuviera (Nieto, 2003, p. 237). Consecuencia de este altercado, él la sacó “a empellones de su casa, mientras le iba diciendo: “[…] ¡Tramposa! ¡Chantajista!” (Nieto, 2003, p. 248). En algún momento de sus tribulaciones: “Se acordó, por alguna razón, de Justina, la muchacha con la que tuvo su primera experiencia sexual, y relacionó lo ocurrido esa vez, hacia tantísimos años, con lo que le estaba pasando ahora” (p. 251).

¿Únicamente tragedia personal la vivida entre Cleo y Martín? No, no lo es, es social, también. Espectamos un contexto condicionador de la relación, una colectividad fragmentada, estratificada en capas de nula o escasa comunicación y complementariedad. Un varón participe de las estructuras de dominación manipula la biografía de Cleo, parte subalterna, desconsiderada en los procesos de integración colectiva, porción imprescindible de una sociedad que pretenda edificar comunidad y también desarrollo personal compatible con los formatos comunitarios. Y no me estoy refiriendo a ningún paradigma societal que oriente tal estructuración, apelo solamente al sentido común que me indica que: si dos amantes no pueden concretar su relación porque ella carece de fortuna y educación elitista, viste inadecuadamente, o habla con variantes que se consideran marginales, entonces aceptemos que discriminaciones muy profundas siguen perjudicando la organización de una sociedad compatible con la talla humana que portamos.

Culminando este placentero diálogo con la obra de un escritor nuestro, mantengo el criterio de estar frente a una mujer que nos enseña el único camino posible para hacer realidad el amor.

El amor en el Cuzco de Aréstegui

Hallar semejanzas en las obras de dos escritores no es práctica novedosa. Hay numerosas páginas dedicadas a estos menesteres. Mi propósito es mostrar el aire familiar que vincula las novelas Cuzco después del amor (2003) de Luis Nieto Degregori y El padre Horán (1848) de Narciso Aréstegui. Ambas creaciones están separadas por más de siglo y medio, pero conservan similitudes que pueden ser observadas sin usar capacidades especializadas.

Narciso Aréstegui, autor de novela El padre Horán, 1820-1869

No es casualidad que dos creadores nacidos en una ciudad milenaria muestren cercanía en sus obras. Las aproximaciones se hacen notorias cuando los escritores comparten un país, geografía y sociedad que originan argumentos y personajes que no cobrarían vida en latitudes diferentes. Resumamos, si dos autores se han formado en el Cusco es razonable que tengan rasgos o características que los emparenten.

En algunos textos la influencia del lugar es vigorosa; son novelas en las que París o Praga o el medio rural mexicano se asoman con nitidez por la potencia telúrica que contienen determinados espacios saturados de influyentes tiempos históricos. Y aquí despojamos al término de connotaciones interesadas, coloniales digo con precisión, para restringir el uso arbitrario que señala la importancia de ser o no telúrico y quién es identificable con el concepto. Son los mismos que califican a Balzac de realista y a Manuel Ascencio Segura de costumbrista. Es configuración inaceptable que nos debe llevar a teorizar nuevas nomenclaturas para la narrativa nacional.

El padre Horán fue considerada la primera novela peruana y fue publicada por el diario El Comercio de Lima en 1848. Su autor, nacido en Huaro, además de militar, fue librepensador, antifeudal y anticlerical para más señas, activo participante de los sucesos posteriores a la Independencia. La obra ambientada en el Cusco se basa en hechos reales, dramáticos enredos del fraile Eugenio Oroz que asesina a la joven Ángela Barreda por celos incubados en torno a sus pretensiones sentimentales. Fueron sucesos que ocurrieron en 1836. Doce años después fueron recreados por Aréstegui como novela.

Los dos textos nos descubren una atmósfera de notorios parentescos. Leer la travesía de Angélica, heroína de El padre Horán y contrastarla con Cleo me ha permitido sentir el placer de encontrar una veta extensa de interpretación que dejo a los estudiosos para que analicen con sapiencia y profundidad. Mi objetivo es ordenar algunas imágenes, ideas y conceptos, y señalar coincidencias muy distantes de imaginar a Nieto usando los párrafos de Aréstegui para componer los suyos. Creo que esto se denomina transliteración. Nada más lejos de mi mente. Nieto tiene su particular y propio espacio de creación.

Para entender el paralelismo planteado es conveniente reiterar una realidad sencilla de apreciar: detrás de estas coincidencias está el Cusco como formador de ambos escritores; los educó en un escenario social que ha variado poco en sus elementos esenciales y que harían de Narciso Aréstegui y Luis Nieto militantes de similares causas de haber compartido el tardío siglo XX. No obstante, el tiempo que media entre ambos títulos, el Cusco que se despliega en ambas creaciones sigue poseyendo el influjo que brota de urbes que conservan signos de eternidad invariables. Se agudizan estas semejanzas porque el escenario nuclear de ambas novelas es el ahora centro histórico de pocas mutaciones en su estructuración urbana, si no enumeramos los estropicios que se han hecho en él. Se han modificado en sus formas los elencos de ambas novelas mostrando mentalidades y vestidos diferenciados, pero con similares tesituras personales.

Portada de la novela que se comenta.

Empecemos con una comprobación elemental: ambos escriben el nombre de la ciudad con la letra Z y no S. Dato mínimo si observamos que Aréstegui inicia su narración en la calle Matará, escenario habitual de encuentros entre Cleo y Martín. Aquí localiza Nieto el cafetín D’Onofrio que ocupan los amantes para conversar (2003, p. 151). Sorprende esta convergencia, más si se ha trajinado por esta calle cuando se tenía la edad de Angélica en la novela. Copiemos el comienzo de la obra antigua: “En 183… los primeros rayos del brillante sol de un hermoso día de julio reflejaban sobre la fachada de una casa de la calle de Matará, no lejos de la plaza mayor del Cuzco […]. [Aquí reside Angélica,] joven de 14 años, bella como una flor del lirio blanco” (Aréstegui, 2015, p. 11). La casona ha envejecido desde entonces y es probable que “[l]a creación de un fondo especial para la recuperación del centro histórico alteró por un tiempo la vida de Martín” (Nieto, 2003, p. 95); se esté considerando rehabilitar también a esta antigua casona de la calle Matará ocupada alguna vez por Angélica y transitada casi dos siglos después por la pareja que tan difícilmente habitó el amor. Elijo imaginar que los pasos de los personajes han dejado huellas sobre la acera que pueden ser descubiertas por cualquier pareja contemporánea que se ama con amores tersos o contrariados.

La ciudad de Aréstegui, decorada de campanarios y calles y parques con historia de siglos y composturas mayestáticas la encontramos retratada en la ciudad de Nieto, recogiendo no solamente materiales acomodados en los intersticios profundos de sus calles sino también tipos humanos impregnados del élan cusqueño que pueblan sus páginas. Observemos la reunión de trabajo que congrega al alcalde y Martín. Cuando aquel le espeta: “No sé si usted lo sabe, pero yo estoy totalmente en desacuerdo con que el Cuzco reciba migajas del gobierno español” (Nieto, 2003, p. 106), expone el mismo talante de los personajes que no admiten la presencia del ejército extranjero en el tiempo de la Confederación Perú-Boliviana, bajo cuya protección se tenía planeado el supuesto traslado de la imagen del Señor de los Temblores a Bolivia (Aréstegui, 2015, p. 321).

El espíritu que anima el Cuzco de Aréstegui está contenido y descrito con crítica ironía en la novela contemporánea. Las preocupaciones urbanas del primero son obviamente distintas, se traducen en anotaciones breves que se refieren a su antiguo esplendor y a la descripción de edificaciones emblemáticas. Mientras tanto Nieto narra en varios capítulos las críticas de Martín a los cambios que el alcalde, el Flaco, quiere introducir en la morfología urbana más antigua. Martín piensa que la ciudad necesita conservar, restaurar, revalorar antes que aceptar la proliferación de fuentes de agua. En diálogo con Cleo, precisamente en el D’Onofrio de Matará, le dice:

—¿A ti te parece que el Cuzco necesita adornos? ¿No piensas que la introducción de elementos extraños a la arquitectura de la ciudad rompe la unidad del conjunto? ¡Vaya restauradora que eres! —se enojó Martín. (Nieto, 2003, p. 152)

La iglesia de los jesuitas en el Cusco de fines del siglo XIX, probablemente.

La manifiesta preocupación del arquitecto Hernández por la integridad urbana del Cusco y los despropósitos que ha soportado la ciudad en otros tiempos y los afanes renovadores del alcalde pueblan numerosas páginas creadas por Nieto: “Era la pura verdad. Martín había tenido varias ocasiones de comprobar que casi nadie compartía su inquietud por lo que a él le parecía una salvajada, un atentado contra la integridad del Cuzco monumental” (2003, pp. 170-171). Su postura le provocaba apatía, desazón y le motiva a hacer frecuentes rondas nocturnas:

[…] después de prepararse algo ligero para comer, salía a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Su recorrido era siempre el mismo: bajaba por Santa Ana y Méloc hasta Arones, allí doblaba a Siete Cuartones y seguía por esta calle hasta el parque de la Madre, donde, después de contemplar un rato la todavía imponente fachada de la casona de Diego de Silva, continuaba por Santa Teresa hasta la plaza Regocijo. (Nieto, 2003, p. 172)

Los paseos nocturnos de Martín se revelan en la mirada de Angélica que trasunta orgullo de vivir en una ciudad de características singulares:

Distinguía […] las torres del centro de la ciudad, gigantescas, aisladas, cuyas cúspides parecían perderse en el azul del cielo; y las iglesias parroquiales, situadas en las faldas de los cerros inmediatos y rodeados de un bosque de casas, que se presentaban como otras tantas manchas blancas, verdes y cenicientas. La de San Cristóbal, colocada en mayor altura que las otras, se asemeja a una manada de corderos que descendían por la pendiente de un escarpado cerro. (Aréstegui, 2015, p. 342)

Recuerdo a Martín caminando el barrio de San Cristóbal indagando por un lugar para vivir, mientras que el narrador lo describe como “un barrio que se había sabido acomodar en una pronunciada ladera que en tiempos de los incas estuvo profusamente tratada con andenería y muros de retén” (Nieto, 2003, p. 55). Pensemos en Angélica desplazándose en medio de la escasa luminosidad de la noche cuzqueña entregando trabajos de costura, quizá peregrinando por el mismo Arones o el parque de la Madre, antes morada del prominente español Diego de Silva, padrino del Inca Garcilaso de la Vega. Entre las penumbras del tiempo agrego los pasos de Angélica, Martín, Cleo y la del joven inca, en unidad diversa que me hace sentir la ciudad como un yacimiento de perenne historia.

La plaza principal con la imagen de la iglesia jesuita. Principios del siglo XX, probablemente.

Diferenciado por el contexto, el estilo y la distancia que el tiempo imprime, el Cuzco que Martín siente y padece es descrito por Aréstegui componiendo imágenes de estirpe semejante. No aparece aún el afán de recuperar o conservar, pero sí nos hace saber que el Cuzco vive una etapa de postración republicana que contrasta con el antiguo bienestar virreinal:

…Después de la sonora vibración de la gran campana con que la catedral anunciaba las nueve, los actuales moradores de la ciudad sagrada de los hijos del Sol, de la opulenta Cuzco del tiempo del coloniaje, dormían profundamente, cobijados al parecer bajo la gruesa manta de un porvenir triste; sombrío en extremo por el recuerdo de pasado esplendor… único que les ha quedado para consolarse en su presente abatimiento. (Aréstegui, 2015, p. 149)

El narrador completa estas imágenes mencionando:

El sol descendía majestuosamente a su ocaso; y dorando con sus últimos rayos los rojos tejados de las casas del Cuzco, las torres de los templos, y sus bóvedas de cal y ladrillo verde, reflejaba en las nevadas crestas de las montañas situadas al oriente. (Aréstegui, 2015, p. 214)

Es el pasado esplendor que el proyecto de restauración quiere reponer. El paisaje urbano de grandilocuente descripción nos anuncia el espacio en la iglesia jesuita que cobijará después los complejos sentimientos y el cúmulo de trabajo que Martín y Cleo comparten. Notemos el orgullo que se distribuyen los personajes de habitar una urbe que fue hogar de antigua cultura, modificada después por la presencia hispana. El paisaje citadino que contempla Angélica y que incluye las torres del centro son observadas por Martín desde un hostal de la calle Suecia, ubicado en el camino a la iglesia de San Cristóbal. Desde la habitación del alojamiento, junto a Cleo, piensa en su logro singular: fusionar los dos placeres más grandes que conocía: “el sexo con ella y la contemplación, en el crepúsculo, de esa iglesia a la que le estaba devolviendo su esplendor” (Nieto, 2003, p. 212). El Cuzco de la iglesia de la Compañía de Jesús y la Catedral, se hallan en ambas creaciones como entes permanentes, inalterables en el tiempo.

Una constante preocupación política recorre la antigua novela. Muestro dos momentos de esta realidad: “Paulina y Angélica llegaron a una hermosa casa de la calle *** y penetraron en un espacioso salón alfombrado de vistoso tripe, sobre el que descansaban magníficos muebles forrados en damasco” (Aréstegui, 2015, p. 183). En este escenario ingresan dos oficiales de caballería del ejército boliviano que generan el siguiente diálogo:

—¿Pasean UU. mucho?… ¿Qué les parece el Cuzco?

—dijo la señora Gertrudis a los militares.

—¡Oh!, ¡una hermosa ciudad!… —¡Es muy bello el país! —contestaron ambos casi a un tiempo, con acento meloso. (Aréstegui, 2015, pp. 185-186)

Luego, dos personas se ocupan del mismo tema:

Los caballeros hablaban de política con más tino que Lamartine; y algunos hasta echaban una ojeada a lo futuro prediciendo un pronto cambio de gobierno; aun no faltaba entre ellos uno, que, haciendo uso de la balanza de Bentham, dijera que el Gobierno español pesaba más. (Aréstegui, 2015, p. 302)

Nieto, en contexto distinto, se ha preocupado por dotar a su creación de tensiones políticas de menor magnitud, pero que son equiparables. En asociación audaz homologa las acciones de Sendero Luminoso descritas y calificadas de “hordas senderistas” (Nieto, 2003, p. 211), comparables al ejército boliviano que ocupa el Cuzco.

Oficial del ejercito boliviano hacia fines del siglo XIX.

Aréstegui le dedica la Parte Sexta de la novela a un tumulto que después Nieto recrea con elementos distintos, pero comparables. En el capítulo V describe el alboroto ciudadano que se reúne para impedir que la imagen religiosa de Cristo sea llevada fuera del Cuzco. Las ocasiones son distintas, pero el espíritu que anima a ambos escenarios es similar: suma de desbocadas voluntades ciudadanas, erosión de la tolerancia por opiniones divergentes, elevación de valores que solo aparecen entre multitudes. La ciudad vibra, vive y ambos narradores comparten su espíritu levantisco, la personalidad que es edificación social:

El reloj de la Compañía acababa de dar las siete y media.

Como había dicho Julián, “las campanadas apuraban”. Era la señal de rebato, de que había hablado el mariscal Tomás, y con cuya noticia tanto se había confundido la madre de Angélica.

Como por encanto salían presurosos de los talleres, tabernas y chicherías, individuos de ambos sexos, y de todo tamaño y edades, dirigiéndose en atropellada confusión a la plaza mayor. (Aréstegui, 2015, p. 365)

Dos ideas se asoman a mi memoria, Cleo y Martín se conocen en una picantería-chichería de la calle Desamparados donde se secan caporales de chicha (Nieto, 2003, pp. 77, 80). La multitud que se congrega en la plaza pública salen también de estos recintos.

El gentío que se agrupa en torno a la imagen del Señor de los Temblores (Aréstegui, 2015, p. 330) es equiparable a la aglomeración en torno a los festejos del 24 de junio que cercan las calles del centro y que Nieto narra en el capítulo 24 (Nieto, 2003, p. 219). En este contexto Martín:

se armó de paciencia y logró llegar, culebreando entre la multitud, hasta frente a la universidad, pero atravesar la calle resultó de verás imposible. Ninguna de las personas que, formando una muralla, observaban el interminable desfile quería apartarse un milímetro, como si el monótono espectáculo de sus paisanos bailando borrachos al son de bandas de caperos fuese el más maravilloso, original e inolvidable del mundo. (Nieto, 2003, pp. 224-225)

Luego, Martín se emborracha y es increpado por quienes defienden el Cuzco y que usan las radios y espacios públicos para denominar a la urbe cusqueña: “Cuzco glorioso e inmortal, Cuzco ciudad sagrada, Cuzco ombligo del mundo, Cuzco patrimonio cultural de la humanidad, Cuzco capital arqueológica de América, Cuzco capital histórica del Perú, Cuzco cuna de la cultura andina” (Nieto, 2003, p. 221). Mientras los vecinos se congregan en las calles del centro histórico, Aréstegui hace un alegato sobre la postración económica de la ciudad y señala:

Lástima causaba ver la poca gente que desemboca en la plaza mayor, por sus ocho bocacalles. Diezmado el Cuzco en las frecuentes guerras civiles por la enorme contribución de sus hijos, que reclutados sin distinción y convertidos en soldados van a presentar sus pechos en la primera acción de armas… ¿cómo podrán bullir en mayor número, en sus plazas ni en sus calles? (Aréstegui, 2015, p. 470)

La pobreza material que describe se ve reflejada también en la necesidad de acudir a la ayuda financiera extranjera para las reparaciones de la iglesia de la Compañía, narrada por Nieto.

Las opiniones de ambos autores, sin embargo, difieren cuando se trata de describir la personalidad del cusqueño. El narrador de El padre Horán señala que: “El populacho del Cuzco, apacible por esencia, es como un estanque de agua, que no se altera sino cuando se arroja a su fondo un cuerpo extraño” (Aréstegui, 2015, p. 377). Las opiniones de Martín sobre los cusqueños son ácidas y no siempre benévolas. Se considera liberal, con suficiente capacidad para hablar de sexo a diferencia de otros peruanos (Nieto, 2003, p. 27); hallamos, en opiniones de extranjeros, juicios adversos a la personalidad del cusqueño “adjudicándoles una sarta de defectos” (Nieto, 2003. p. 38) o señalando que “todos los cuzqueños eran unos enanos acomplejados” (p. 79).

En una visión general de ambas novelas establecemos temáticas compartidas en sus argumentos y que podrían merecer estudios más amplios. Angélica y Cleo proceden de sectores subalternos de la sociedad cusqueña, una es costurerita y mientras Cleo es restauradora de obras de arte. Angélica perece por la acción violenta de un sacerdote que la pretende, mientras Cleo corre similar destino de manos de su amante. Aréstegui describe la asonada que suscita el supuesto traslado de la imagen cristiana a Bolivia y Nieto introduce escenas en torno al emblemático cuadro del matrimonio de Martín de Loyola con Beatriz Clara Coya que ocupa destacado lugar en las paredes de la iglesia jesuita. El reclutamiento forzado para el ejército se puede equiparar a acciones de similar factura ejecutadas por Sendero Luminoso. La opresión del indígena se transfigura en la marginalidad que sufre Cleo, heredera de las tradiciones culturales de sus ancestros. El abandono que padecen los familiares de quienes murieron por la Patria y los ciudadanos olvidados por el Estado ocupantes de los extramuros de la ciudad. La costumbre de dar crédito mediante escrituras y con prendas de gran valor se asemeja al financiamiento extranjero de las obras de rehabilitación de la iglesia de la Compañía. El abandono de los estudios de química y otras ciencias en el Colegio del Cuzco y el desdén que observamos en Martín por la plebe inculta ameritan ser comparados. La predilección de la gente joven por la contradanza y el vals son semejantes a sus recorridos por los bares extranjerizantes. La arrogancia de los militares bolivianos con los peruanos es de similar factura a la actitud de Martín hacia Cleo y su cultura.

Hacia el final de la historia, el narrador creado por Aréstegui formula un discurso político sobre la postración de la ciudad, señalando:

—¡Oh!… Es muy rico el Perú… Pero ¡ay! son muy pobres los peruanos. (Aréstegui, 2015, pp. 473)

Cleo, sin duda forma parte de la realidad señalada por Aréstegui.

Conclusiones

Ardua la tarea de extraer conclusiones de una apreciación redactada por uno mismo. Debería ser hecha por los lectores que se tomen la molestia de leer el ensayo. Sin embargo, la conclusión más notoria es haber accedido de nuevo al mundo de Cleo, repasando las hojas de El padre Horán y solazarme con encontrar un hilo conductor de la literatura que ahora se hace en el Cusco, donde Nieto es, sin duda, abanderado. Ignoro si la evaluación que he realizado de Cleo y de sus actos y palabras sean suficientes para enaltecer su personalidad y señalarla como el personaje femenino más impactante y vertebrado de la literatura nacional. Es mi mejor conclusión y aquí me detengo.

Conclusiones

Ardua la tarea de extraer conclusiones de una apreciación redactada por uno mismo. Debería ser hecha por los lectores que se tomen la molestia de leer el ensayo. Sin embargo, la conclusión más notoria es haber accedido de nuevo al mundo de Cleo, re pasado las hojas de El padre Horán y solazarme con encontrar un hilo conductor de la literatura que ahora se hace en el Cusco, donde Nieto es, sin duda, abanderado. Ignoro si la evaluación que he realizado de Cleo y de sus actos y palabras sean suficientes para enaltecer su personalidad y señalarla como el personaje femenino más impactante y vertebrado de la literatura nacional. Es mi mejor conclusión y aquí me detengo.

Referencias bibliográficas.

Aréstegui, N. (2015 [1848]). El padre Horán. Editorial Altiplano E. I. R. L.

Bryce Echenique, A. (1995). No me esperen en Abril. Peisa.

Bryce Echenique, A. (1998). La amigdalitis de Tarzán. Peisa.

Colchado Lucio, Ó. (1997). Rosa Cuchillo. Universidad Nacional Federico Villarreal. Gutiérrez, M. (2001). El mundo sin Xóchitl. Fondo de Cultura Económica.

Nieto Degregori, L. (2003). Cuzco después del amor. Peisa. 166

Invasión y colonialismo

Editorial de Willakuy IX




Evaluando el pasado
 
Remitirnos al pasado para explicar el presente y encontrar el futuro, es un hábito de siglos en el mundo andino. Para nuestra antigua sabiduría, la realidad actual y el porvenir están gobernados por el pasado. Lo pretérito está vivo porque lo inerte no existe en la naturaleza; lo ocurrido sigue ocurriendo; los muertos viven con nosotros. Es una práctica que fundamenta el esplendor de nuestra antigua civilización, que organizó su desarrollo reconociendo que es en el pasado donde se edifican sociedades. No creemos en “lo pasado olvidado”, ni que “el tiempo es oro” o que “el tiempo no espera”. 
 
En el universo andino el runa-jaque no está hecho para el tiempo, sino el tiempo para el ser humano. El espacio, en cambio, lo identifica. El  tiempo se gobierna desde la geografía. La vida social, los proyectos urbanos y de acondicionamiento del territorio se desarrollaban sin plazos; sabemos de edificaciones ejecutadas en décadas. El tiempo obedece, se sujeta; así lo evidencian los intihuatanas, monolitos de piedradonde el sol se amarra. Discurrimos sobre el tiempo, lo llevamos con nosotros; nos desplazamos sobre un espacio-territorio transformable sin límites temporales. Lo relevante transcurre en el espacio con el tiempo sujeto. Se hila en el pasado para obtener el tejido que vestimos en el presente y nos seguirá cubriendo en el futuro; es en el espacio-tiempo donde  organizamos las transformaciones que hacen la historia, que construyen comunidad.
 
Nada puede ser improvisado, el futuro se planifica en el pasado. 
 
La realidad que describimos hizo posible la creación del espacio-tiempo circular-helicoide,escenario donde los hechos se suceden en una cadena de acontecimientos dentro de un todo universal que carece de límites excluyentes. La disposición curva del espacio-tiempo permite acceder a cualquier lugar donde se desarrolla la historia sin fronteras de tiempo; podemos intervenir el pasado, encauzarlo desde una ubicación distinta en el tiempo. Las actividades se desarrollan e integran en un presente extenso que alberga todos los verbos del tiempo y  definen nuestros caminos sin solución de continuidad; en este espacio construimos sociedad, pensando y planificando el devenir, imaginando lo que viene. 
 
No es arbitrario reconocer la influencia que siguen ejerciendo en el presente los sangrientos eventos de la invasión hispana; verificar su perdurable presencia en nuestras sociedades tiene explicación y fundamento suficiente. 
 
El pasado nos explica. En los aciagos sucesos ocurridos a partir del siglo XV reconocemos las causas directas de muchos aspectos de nuestra desestructurada historia. Nos interpela como sociedad. Los sectores dominantes, los continuadores de los encomenderos y corregidores, nunca han observado su nociva influencia en nuestra historia porque, para ellos el Perú moderno nace y se funda en esos sangrientos sucesos. En consecuencia, la realidad previa no es parte de nuestro presente, es un tiempo cancelado, ignorado, al que se acude solamente como objeto de estudio y sin influencia contemporánea. Para estas mentalidades, los antiguos habitantes de nuestro territorio y, nosotros, sus descendientes no somos sujetos históricos.  Ser postergados de la historia por un disparo de arcabuz justificado y bendecido por la iglesia católica es un hecho que no admite rectificaciones. Para estos sectores, la milenaria ocupación del espacio andino carece de todo derecho; fuimos prácticamente bárbaros okupas, justificadamente desplazados por la civilización. ¿Acaso no se festejan los aniversarios de “fundaciones españolas” ignorando que inauguramos el desarrollo urbano muchos siglos antes que los invasores? 


 
Nunca hubo, ni habrá, un análisis crítico de aquella época, ni siquiera el intento de establecer algunos mínimos criterios de continuidad. Los vestigios culturales y materiales de nuestro pasado son inertes recintos destinados a la curiosidad turística y a mostrar una grandeza que repiten en grandilocuentes y fatuos discursos, a manera de pongaje cultural, pero sin participación activa en ninguna práctica social ni política; no pertenecen a nuestra historia. José María Arguedas resume bien esta realidad al referirse a la mentalidad de estos sectores dominantes: “…criollos todopoderosos, colonos de una mezcla bastante indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de estos colonos” . Pródigos en estudiar al indio nunca han podido ni aceptarlo ni expresarlo. Es también Arguedas quien repara en la antigüedad de nuestras dificultades sociales: “El Perú cambia, va rápido, a pesar de las trabas cada vez más frecuentes que quienes lo usufructúan desde la conquista le ponen delante”.
 
Conservamos la obligación de enjuiciar al pasado porque es necesario expresar una renovada narrativa para esos sucesos y, porque el holocausto de la invasión, es visto beneficioso para la sociedad por los colonos de “mezcla indefinible”; ignorantes de sus nocivas consecuencias y de la violencia inhumana que contuvieron, y ciegos además de su decisiva influencia en la indeseable realidad contemporánea. 
 
Hay actos simbólicos en esta historia que expresan mejor la ruptura de la comunicación entre dos civilizaciones que infinidad de palabras. Cuando Atahualpa arroja el libro extraño alcanzado por el líder espiritual de la rapiña, observamos el conflicto y la ruptura cultural que define el momento en el que el Perú “empieza a joderse”. Es el comienzo, en todos los planos, de la destrucción y del desentendimiento entre dos civilizaciones distintas, excluyentes. Aquí empiezan las masacres, los despojos, la marginación; también la resistencia indígena que nunca declinó bandera. Luego, la estafa del Cuarto del rescate, escenario donde dos culturas fijan acuerdos, marca la legitimación de la viveza transgresora, de la ganancia instantánea con un mínimo esfuerzo. Nuestra cultura, que no requiere firmas sobre papel sino respeta su palabra, se enfrenta aquí a otra que desconoce rúbricas y  acuerdos; que solo cree en la astucia del momento, en dar las espaldas al pasado y en el desdén por el futuro. Es la primera expresión de la corrupción que nos domina, una forma de instaurar la coima que exige el que detenta el poder para viabilizar procedimientos. 
 
Vinieron después los exterminios y latrocinios, la quema de cuerpos, la extirpación de idolatrías organizadas por la cruz y la espada, las violaciones y vejaciones, la violenta implantación de  Encomiendas y Reducciones, la apropiación de tierras comunales, la búsqueda enfermiza del oro y su licuación en vil mercancía y, la transformación de una sociedad metalúrgica en minera y enemiga de la naturaleza. En aquellos días, se implanta la discriminación racial y la marginación de culturas y pueblos; la burla y el desprecio a nuestras costumbres; la desconsideración por la diversidad de lenguas  y la marginalidad de nuestra música y vestimenta. El país injusto, desigual y monocultural, bárbaro y subdesarrollado, proviene de ese tiempo y se perpetúa hasta hoy. 
 
No olvidamos que la resistencia nunca estuvo ausente; los Incas de Vilcabamba lucharon por décadas, épica ocultada o disminuida por los letrados coloniales, que encarna la primera señal orgánica de una resistencia, insurgencia y rebeldía bélica y cultural que no ha cesado nunca.  
 
Ningún desarrollo civilizatorio de nuestro continente dejó de luchar contra el invasor. Luego del inicial desconcierto, acostumbrados nosotros a recibir al distinto, se inició la resistencia al invasor. La denominada Noche triste nos recuerda las acciones de los guerreros mexicas liderados por Cuitláhuac infligieron una derrota contundente a las hordas de Hernán Cortés. Los distintos pueblos mayas también combatieron a los hispanos desde su desembarco en la península de Yucatán. Los guerreros mapuches vencieron reiteradas veces a los invasores; Lautaro, Caupolican y Galvarino son ejemplos de estas victorias para un pueblo que nunca fue derrotado. 
   
La realidad que describimos, impuesta por las armas y la cruz, todavía gobierna nuestra sociedad. La estructura de poder conserva los valores que ingresan con la violenta invasión; sus instrumentos de poder se basan en una ética y moral extrañas a nuestras tradiciones. Nace en la emboscada de Cajamarca y en vesanías posteriores. Así se entiende la función pública vista como extensión de intereses personales y de grupo, botín a conquistar, riqueza instantánea y mal habida. 
 
Vivimos el presente ignorando las raíces de nuestra postergada realidad. La forma cómo se procede con la Amazonía andina, con la extracción depredadora de minerales y la contaminación de ríos y mar, la intolerable pobreza e inequitativa distribución de los bienes económicos, la desigual distribución del ingreso, los pésimos servicios de educación y de salud, la inmoral realidad judicial, tienen sus antecedentes en la violencia y avaricia con las que se apropiaron de nuestros metales, diezmaron a nuestra población, sacrificaron a nuestros líderes y destruyeron nuestras ciudades.. Señalamos el significado que tuvo la invasión en la desarticulación productiva labrada en sacrificados milenios, el abandono de los pisos ecológicos de altura, la marginación de productos agrícolas y pecuarios nativos. La codicia por usufructuar el poder en provecho propio y de grupos dominantes, la coima, la delincuencia organizada, son consecuencia visible de una sociedad implantada con violencia sobre una sociedad edificada en milenios. Heredamos la fragmentación social que padecemos, islotes aislados que entrecruzan intereses económicos ilegales desdeñando el interés social; apurados agentes económicos rapiñan hoy porque mañana puede ser tarde para obtener ventajas injustificadas. 


 
La incapacidad del espurio Estado que ejerce el poder es la continuidad y expresión “moderna” de los negociados y latrocinios que acostumbraban realizar los grupos invasores. Explican el robo y despilfarro del erario público, la apropiación privada de la bonanza del guano y el salitre, la depredación de  la anchoveta, la fatua ignorancia y la estulticia de gobernantes improvisados que desnudan su incapacidad y frivolidad exhibiendo baratijas mal habidas y reconstrucciones estéticas, ajenos e indolentes de las necesidades mayoritarias pero que, sin embargo, utilizan la violencia y las balas para aniquilar la protesta de hombres y mujeres que conservamos la tesitura genética y cultural de los muertos en Cajamarca, descendientes de los mutilados y quemados y explotados por la codicia e inhumanidad de las hordas invasoras de aquel momento. 
 
Recordamos el papel de la Iglesia católica en este inhumano proceso que galvanizó y protegió los objetivos de exterminar población y erradicar formas avanzadas de espiritualidad. Sin ellos, sin la base doctrinal y sustento ideológico, el proceso hubiera resultado más difícil. La privación de nuestras formas de ver la realidad es la más profunda huella de inhumanidad de la invasión. La expropiación y erradicación de nuestras creencias desarticuló el sacro armazón social que conjugaba una sociedad de espiritualidad superior a cualquier expresión religiosa de la época y contemporánea.
 
No ignoramos tampoco la presencia violentista de vertientes ideológicas cuestionadoras del orden social que desarrollaron prácticas incompatibles con la humanidad indígena. Usaron bárbaros procedimientos para aniquilar población de origen ancestral  guiados con catecismos de raíz colonial y extraños a nuestras tradiciones comunales. Es la marca de la colonialidad que no exime a nadie de padecerla. 


 
Nuestra sociedad proviene de esa experiencia, somos la continuidad y el fruto malsano de aquel tiempo. Los cruentos años de la invasión hispana se proyectan a nuestros días como una  realidad que nos interpela, visible en actos cotidianos que conservan las huellas de un pasado que no hemos logrado aún transformar en fuerza renovadora. Porque vivimos un presente sin pasado ni futuro es que el juicio contra esta realidad, forma parte de nuestra recusación de épocas pretéritas que, el país oficial y criollo, celebra evitando  enjuiciar en su infamante dimensión. 
 
Lo subrayamos de nuevo: son los descendientes de aquellas hordas los que han conducido el país hasta ahora. Son los seudo dirigentes del Estado republicano que se lucen orgullosamente herederos y continuadores de las políticas implantadas en aquellos años infaustos. Así se explica que en los salones de la Comuna metropolitana, la principal autoridad municipal de la ciudad de Lima exprese vivas al ser minúsculo y execrable, al aventurero líder de la etnocida pandilla hispana. Y lo manifiesta en salones que, se estima, representan a todos los residentes de la Capital del país, incluyendo a los descendientes directos de las víctimas que sufrieron el vesánico vandalismo, el escarnio y el exterminio hecho por sujetos como Francisco Pizarro, Diego de Almagro y su analfabeta soldadesca, cuyos continuadores fueron los asesinos de Tupac Amaru I y II. Para uno de los representantes de ese sector social dominante y máxima autoridad municipal metropolitana, son héroes que debemos honrar. Ese suceso intolerable,  explica con sencillez y claridad, la razón de la brecha humana, social, civilizatoria que nos ha impedido ser una sociedad integrada, multiétnica y multicultural. Ese acto es una precisa forma de mostrar el contenido de los vocablos ellos y nosotros para referirnos entre peruanos. La reposición de la ilegítima imagen ecuestre del vil jefezuelo de las hordas invasoras indica que, para ellos seguimos siendo colectividades prescindibles en el entramado social y político nacional. Eso dicen, eso creen. 
 
Pero, los que consideran que las sociedades no tienen pasado y que se inventan cada veinticuatro horas o, que el futuro es impredecible, pero que, sin embargo reivindican la filiación hispana de nuestra sociedad sin reparos en asumir el extenso pasado peninsular, deberían percibir que la civilización que somete y organiza y domina el mundo, posee una identidad civilizatoria de más de tres milenios de historia. Las mentes colonizadas por estas visiones, incluidas las confesiones religiosas decisivas en la configuración colonial de nuestra sociedad y la legitimación de las injusticias, no reparan en la antigüedad de sus creencias. No advierten tampoco que la Grecia antigua que sintetiza siglos previos de desarrollo tiene un pasado poco menos antiguo que el nuestro. Se trata entonces de elección de pasados antes que rechazar toda filiación pretérita,de dos modelos de sociedad que mantienen un antagonismo  aún no resuelto y que, estamos seguros, se resolverá a nuestro favor. Lo cierto y evidente es que este modelo societal no ha edificado una patria para todas las sangres  cuyo dominio nunca ha dejado de ser asediado por siglos de rebeliones. Somos aún una sociedad no pacificada. Basta ver nuestra historia reciente para comprobarlo.  
 
Requerimos cancelar un pasado oprobioso, ajeno a nuestra milenaria cultura ancestral. Necesitamos hacer cuentas con ese pasado y plantearnos un horizonte civilizatorio distinto. Nos corresponde recusar a la inagotada sociedad colonial y plantear un proyecto nacional superador.



Otras experiencias invasoras
 
La violencia ejecutada por las tropas invasoras a este continente no tiene similitud con ninguna acción semejante ocurrida en el mundo. Es probable que los niveles de deshumanización desplegado por los belgas dirigidos por su realeza en el Congo comparten semejanzas con lo ocurrido en nuestro suelo; pero ningún suceso europeo  se le puede comparar. 
 
El propósito inaceptable de los políticos y tropas nazis de exterminar a los judíos y su cultura fue un acto de barbarie que ha sido entendido como acto singular y exclusivo de una época, sin percibir que razones y métodos similares se usaron en otros lugares y, en nuestro territorio, para exterminar población nativa. El objetivo de liquidar un colectivo humano y borrarlo de la geografía, fue un hecho semejante a la experiencia en nuestro suelo. Europa se conmociona con razón por semejante crueldad, pero no admite las similitudes y tampoco está dispuesta a enjuiciar nuestro holocausto de similar modo. Esto es en parte entendible dada su concepción lineal del tiempo y la separación de sus partes constitutivas en casillas incomunicadas. 


 
Se argumenta también que lo ocurrido en nuestro territorio era habitual en conquistas e invasiones a lo largo de la historia humana. El extendido ejemplo de la invasión del Imperio romano a las distintas etnias europeas, ignora una realidad objetiva: el dominio que se impuso no tuvo los ribetes de inhumanidad que aquí se dieron. Fueron contiendas violentas, pero entre seres equivalentes y considerados de la misma raza, separados por proyectos sociales diferenciados y distintos niveles de tecnología bélica. Ninguno de los hombres y mujeres de las etnias sometidas fue considerada sin alma y equivalente a un animal
 
La contienda con las etnias germánicas es un olvidado ejemplo de lucha entre “civilizados romanos” e “indígenas teutones” asentados a lo largo del Rhin y el Elba. La violencia de los vencedores carecía del propósito de exterminar a los oponentes. Lo certifica la gran proliferación de culturas e idiomas y costumbres que pueblan hoy Europa y que, en el presente sus ciudadanos se empeñan en preservar. La milenaria contienda de Occidente con sociedades antagónicas se reduce en último análisis a la oposición de la sociedad invasora individualista por antonomasia y las comunidades “indígenas” del mundo. La imposición de su individualismo ha colisionado con las formas de vida colectivas de las sociedades sometidas. No está en su composición germinal tolerar sociedades comunales  que no tengan al individuo como celular sustento social.


 
El sometimiento colonial de las potencias occidentales sobre los pueblos de todos los continentes ha sido práctica constante en la historia mundial. Asia, África y el Medio Oriente  han sido espacios de permanente presencia colonizadora. Es una política que no cesa, que ha usado medios distintos al dominio militar, pero volviendo a utilizarla según sus intereses y objetivos. La cambiante correlación de fuerzas políticas de los últimos años ha generado la utilización de viejas prácticas coloniales como observamos en Palestina donde el Estado judío con el apoyo de la potencia hegemonica y el silencio cómplice de muchos países, viene desarrollando una guerra de limpieza étnica que poco se diferencia de los procedimientos que usaron los hispános en nuestro continente. El propósito de expropiar el hogar al pueblo Palestino y dispersar su poblacion o aniquilarla es una práctica colonial que reactualiza las politicas de tierra arrasada practicada desde hace milenios. 




No trajeron civilización ni religión superior
 
El contenido de esta edición de Willakuy alivia la tarea de referirnos a las características y magnitud de los daños perpetrados por la invasión en todos los países del continente, desde el valle del Yukón hasta la Patagonia. Conocidas las altas civilizaciones invadidas, desmentimos la difundida afirmación que agradece el arribo de la civilización y la superación de la barbarie. Concepto que carece de fundamentos y que solo cobra validez en la mente colonizada de sus exponentes por la inadecuada valoración de las elevadas características de las civilizaciones que poblaron nuestro continente -la andina en particular-; afectadas por las inaceptables y  obsoletas periodificaciones del desarrollo que ubican a sociedades invasoras como modelos a imitar.
 
Los pueblos de nuestro continente alcanzamos logros tecnológicos que se adelantaron en siglos a los conseguidos por Europa. Los conocimientos en astronomía, medicina, textilería, educación, salud, hidráulica, urbanismo, etc., causaron la admiración de los invasores, analfabetos en su mayoría. Nuestra realidad distaba mucho de la necesidad de aprender de los invasores en ningún rubro del desarrollo humano.   
 
Las colectividades no son organismos que soportan una clasificación entomológica de canon universal. Ninguna puede ser ordenada y estudiada con criterios y formatos extraños. No pueden admitirse clasificaciones que ubiquen sociedades encima o debajo de paradigmas estandarizados; somos unidades autónomas que cumplimos designios propios y que requerimos parámetros de análisis que surjan de nuestros particulares fundamentos civilizatorios. Los innumerables logros tecnológicos, la eficaz organización del territorio, el vínculo con la naturaleza, la avanzada concepción del espacio-tiempo, son algunas de las virtudes que se han expuesto como logros civilizatorios autónomos. En este sentido, formulamos cuestionamientos sencillos para nuestra realidad andina: ¿Elaborar un formato social que albergue ochocientas lenguas como medios de comunicación y entendimiento, o erradicar el hambre y lograr vivienda para millones de seres, es menos civilizado que la monoculturalidad y el hambre y la desigualdad que arribó con los invasores y que sigue imperando en la órbita capitalista que nos incluye?
 
El desarrollo espiritual que aquí tuvimos se encarnó en prácticas que no han sido aún evaluadas en su dimensión adecuada. Nuestra sociedad verificaba vida en todos los componentes de la naturaleza, también les confería un estatus sacro a cada uno. La vida espiritual era intensa y profundamente arraigada en todos los estratos sociales. Muy distante de las prácticas religiosas que impuso la invasión, constreñida a  actos de beneficencia,  rituales de iglesia y  lectura de textos. La intolerancia a todo culto distinto y la incapacidad para comprenderlos no son razones para desconocer una realidad que  aún se puede observar en las tradiciones populares que se conservan. 
 
El clásico modelo experimentado en nuestro territorio se ha repetido hasta el infinito: ubicación de la geografía a dominar, invasión militar seguida por la implantación del modelo capitalista sobre comunidades de distinto formato social que se clasifican como incivilizadas y primitivas, precapitalistas. Reclutamiento luegode aliados y  administradores entre la población colonizada, mestiza, y organización de la exclusión social. El resultado muestra economías destruidas y reorganizadas  que se incorporan al sistema-mundo como proveedoras de materias primas y como medios de reproducción del capital vía uso de mano de obra barata, o uso en sus centros de poder de trabajadores importados de las colonias.  
 
Occidente posee paradigmas que le son útiles, inútiles para nosotros. Descubrió, encontró, el modo individual de desarrollo centrado en el ser individual y en la explotación sin límites de la naturaleza y el uso de tecnología industrial militar para conquistar territorios ajenos. Amparados en su formación social consideran que existen humanos de distintas categorías lo cual los faculta a educarnos y explotarnos en su provecho. Sus postulados nos convierten en seres colonizados carentes de identidad, al final clientes y consumidores, lo que daña un elemento fundamental de toda estructura humana: la vida en comunidad. El capitalismo ha tenido claridad suficiente para imponer postulados con violencia y consolidarlos mediante un entramado de pensamientos, filosofías e ideas religiosas, que legitiman su dominio. Con un extraordinario nivel de eficacia ha logrado imponer la idea de ser portadores del único destino humano posible. Ha conseguido colonizar las mentes de los hombres y mujeres que domina e inducirles a aceptar  que no hay otro proyecto civilizatorio posible. 
 
El resultado de esta ficción impuesta y consentida por grandes sectores del mundo, es considerar que Occidente posee un mandato divino-racional para imponer su formato de sociedad en las comunidades que ha dominado con violencia para reproducir el modelo que transforma al individuo en el eje de su concepción del mundo y en la exclusión del distinto como norma indiscutida. Es su sino, su manera de vivir, acumular bienestar material para minorías exiguas y producir pobreza en la mayoría de la población. El capitalismo necesita la desigualdad para reproducirse, de ahí su incapacidad para generar bienestar general. Dejará de existir cuando este antagonismo haya sido destruido o extinguido. 
 
La extinción de los socialismos reales como fuerza ideológica, material y militar alternativa al capitalismo ha fortalecido las pretensiones hegemónicas imperiales del gran capital. El neoliberalismo, expresión tardía y decadente del anciano capitalismo, extrema la actuación individual y la acción desregulada de las empresas; y se ha conjugado con exclusivismos y virtudes étnicas. Se desarrolla la unificación de la libre empresa con la cultura blanca, unificando economía, raza y dominio en un haz que atiza los antagonismos en el mundo. 
 
El capitalismo neoliberal no es una concepción ideológica nueva sino la versión contemporánea de procesos que ya arribaron con la invasión hispana. Conserva la repetición y perfeccionamiento del formato primigenio: dominación violenta y penetración económica y financiera, usufructo de riquezas nacionales, ubicación en el poder de castas coloniales funcionales a sus intereses, mestización social, exclusión de las mayorías y drenaje económico, férreo control militar policial. La tecnología ha facilitado la desnacionalización de la producción económica, sembrando la idea de que nos encaminamos hacia una sociedad mundial de hegemonía occidental. 
 
El grado de acumulación económica, tecnológica y militar logrado por estas sociedades, en particular en el país líder, hace prácticamente imposible competir en ese ámbito con estas fuerzas. Nuestro espacio de dominio es de trabajo arduo y constante, de desarrollo de fuerzas identitarias, el Ajayu aimara, articular redes, edificar poder indígena. La tarea restante será consecuencia natural del trabajo diligente. El pasado determina el presente.



Ni olvido ni perdón
 
Conservamos el derecho de reclamar a la nación invasora por las consecuencias de sus actos en nuestro territorio. Esta es una demanda que no se vincula con ningún interés partidario o de grupo, tampoco se trata de adornar campañas electorales de algún colectivo en particular. Se trata del reclamo de amplios sectores de nuestros pueblos que son conscientes al exigir que los autores de los daños perpetrados expresen su disculpa,reconozcan sus equivocaciones y salden sus deudas con nuestras sociedades.
 
No estamos solicitando que se dirijan a ningún Estado en particular, sino al pueblo andino, al peruano, ecuatoriano y boliviano en particular, y a todos los pueblos de este continente que sufrieron la barbarie invasora y  cuyas sociedades sufren las consecuencias.


 
La deuda que tienen los invasores hispanos y portugueses, principalmente, es con todos los pueblos hermanos del continente como son los habitantes del actual México, Centroamérica, Brasil, Chile, Paraguay, y todos, sin excepción, tienen similar derecho de exigir perdón y reparación por parte de las potencias invasoras.
 
Según un cálculo que publicamos en un artículo de esta edición la invasión significó beneficios por US $ 2,360 billones de dólares, los cuales pasaron a engrosar la riqueza de la sociedad española de la época y de Europa en general. Sobre esa riqueza también se afianzó el capitalismo contemporáneo. Se han beneficiado por siglos con nuestros bienes. Gozan ahora de un bienestar material también proviene de nuestro suelo. 
 
Estamos convencidos que el cálculo económico hecho por un grupo de peruanos dirigidos por Virgilio Roel Pineda, no comprende la real dimensión del daño económico infligido a nuestra antigua sociedad, pero es un buen comienzo para ajustar en adelante cifras más certeras. 
 
Por tal razón, junto a la solicitud de perdón que exigimos también solicitamos ser resarcidos por el drenaje de siglos que hicieron de nuestras propiedades. Es un derecho que no está en los tratados y leyes que ahora gobiernan el mundo, pero que no pueden ser ignorados si son planteados con todo derecho por sociedades como la nuestra. El reclamo que postulamos nace de la realidad, es un derecho natural que reivindicamos como marco en nuestras relaciones como sociedades autónomas. Consideramos que debe inaugurarse la elaboración de legislaciones que contemplen la imprescriptibilidad de las deudas sociales entre países. 
 
Es una responsabilidad ineludible exigir que las colectividades herederas de aquellos sucesos resarzan los daños económicos que nos causaron y que fueron tan oportunos y beneficiosos para ellas para convertirse en potencias hegemónicas del mundo occidental.
Los resarcimientos pueden ejecutarse en varias formas, lo importante es que retorne a nuestras sociedades la riqueza mal habida depredada de este suelo. Resultaría aceptable acordar que ese retorno se concrete  vía ayuda directa para financiar desarrollos locales.  



El periodo que vivimos y el futuro 
 
El momento actual se asemeja a los tiempos de la invasión hispana. Parece una realidad calcada con cierto detalle. Un centro imperial que pretende dictaminar el formato social y económico a seguir por sus neocolonias; señalar a las sociedades satélites como atrasadas y obligadas a alinearse con los mandatos imperiales; uso del poder bélico cuando es necesario instaurar el orden. La violencia y la ocupación de territorios se usa ahora también con pueblos culturalmente afines; los argumentos esgrimidos no difieren de los conocidos: amenazas de anexiones territoriales que albergan poblaciones dueñas de sus espacios y que carecen de suficiente tecnología bélica para defenderse. Ahora, la prédica de ser sociedades superiores carece de racionalidad, se trata de un dominio imperial amparado en superioridad tecnológica y bélica, pero incapacitado para modelar sociedades de talla humana.
 
En esta etapa, la inoperancia de los políticos que representaban al gran capital, ha obligado a los propios capitalistas y empresarios, o a sus mellizos ideológicos, a tomar la conducción de Estados. Han medido bien la época y el período que avizora un cambio de era. Perciben que los pueblos están retornando a sus fuentes culturales, a sus orígenes, en una transformación de objetivos mucho más vastos y peligrosos que el mero cambio de estructuras económicas. Ahora,  se apunta a transformaciones civilizatorias. Se juegan la permanencia del formato de sociedades que han modelado el mundo por milenios y no están dispuestos a ceder ninguna oportunidad a estas fuerzas de cambio. Reconocen que las insurgencias socialistas, rebelión de los obreros y productores, se han ampliado;  ahora se movilizan pueblos, etnias, nacionalidades, comunidades enteras. El control de estos alzamientos requiere presencia militar aguda, intenso y desafiante combate cultural y fortalecimiento de los lazos con los agentes coloniales en cada sociedad. Se profundizan las injustas relaciones económicas y se delimitan fronteras culturales. Se pretende que los países puedan ser manejados con nítidos criterios empresariales, gestando una organización social donde la política depende del personal y las áreas de suministros, de recursos humanos y marketing violento, resultan fundamentales. 
 
En tiempo de decadencia de las sociedades occidentales dominantes, en particular del país líder, observamos que se mantienen las formas de profundo desprecio por la soberanía de los pueblos: sustentados en su poder económico y bélico pueden actuar del mismo modo como el supuesto puñado de aventureros que invadieron en el siglo XVI nuestras costas. Ahora están organizando una nueva y descarada repartición de territorios en el mundo. Los pueblos necesitamos ser conscientes de este peligro y actuar en consecuencia. 
 
El capitalismo no es un mandato divino, no es el único camino de vida: convenzámonos que es sustituible por formas comunales de convivencia. La alternativa que proponemos surge de nuestras tradiciones, proviene del eficaz manejo de un territorio difícil y complicado como es el espacio andino que no reconoce el individualismo para asociarse. Defender la comunidad no es un capricho de grupo o de asociaciones políticas, es un mandato de la realidad de nuestro territorio surcado por una waca que recorre y domina prácticamente toda nuestra geografía. Asociarnos con este portento geográfico, habitarlo, exige comunidad, vida colectiva, autonomía productiva, variedades culturales. Retornar a esos ámbitos geográficos, asociarnos con ellos, es un mandato que nace de nuestra supervivencia como sociedad. 
 
Es la visión que nos lleva a formular un proyecto nacional que se asiente en nuestras fuerzas nativas, en nuestras tradiciones productivas que tienen milenios de vigencia. Las fuerzas liberadoras no pueden estar atadas a las amenazas imperiales; no pueden impedir pensar, organizarnos, edificar redes, recuperar conciencia. La acción de las fuerzas retrógradas es limitada en estos ámbitos.
 
Las imágenes de sociedades que formulamos incluye a todos los distintos estamentos culturales que pueblan ahora nuestro territorio y que han poblado nuestros espacios después de la invasión hispano portuguesa. Se han enriquecido nuestras culturas originarias con el aporte de pueblos africanos, asiáticos, europeos inclusive. La genuina capacidad inclusiva de nuestros pueblos originarios para sumar similitudes y conjugar diferencias hace posible formular una imagen de país que incorpore todos estos aportes que en la edificación de país un  multicultural e intercultural;  con sociedades de todas las sangres dirigidas por los pueblos originarios. 
 
El proyecto nacional debe conducirnos al desarrollo de una alternativa comunitaria, distinta al capitalismo individualista y depredador y explotador. El objetivo es edificar una nueva civilización que se reencuentre con su pasado, conserve las experiencias necesarias, mantenga sus fundamentos éticos y morales y se desligue del capitalismo inhumano. Nos asiste el derecho de organizar nuestras sociedades con las orientaciones fundamentales que edificamos por milenios,  interrumpidas transitoriamente  a sangre y fuego por las hordas militaristas e invasoras. 
 
Se trata de construir, edificar el poder nuestro, el poder Andino, sustentado en la acción coordinada de nuestros pueblos que tienen como columna vertebral de su asentamiento a la cordillera de los Andes, nuestro Apu más extenso e importante. Requerimos hacer de nuevo del macizo andino el recinto del poder y lugar de gobierno de nuestras sociedades. 
 
La singular y antigua comunidad andina que hizo del pasado un tiempo primordial y que habitó sus tres estados sin lindes ni exclusiones, ha trocado esa suerte para trajinar un presente agónico carente de pasado y ausente de futuro. Descorrer el velo de antigüedad inútil que cubre a nuestro pasado es una necesidad y también una obligación. No podemos continuar describiendo y alabando este antiguo bienestar sin pensar en su utilidad futura; es imperativo recuperar todas las concepciones que nos hagan recuperar los principios pretéritos, para edificar comunidad humana. En el pasado se halla nuestro presente, allí se conservan los saberes que integraron intereses colectivos y proporcionaron orientación social, sentido de vida a una población que se distinguía por su acabada consustanciación con su medio geográfico y que propagaba variedades culturales con distintas vocaciones productivas. Consensuar interpretaciones ancestrales y visiones del porvenir conducen a un proyecto nacional; carecer de un básico lenguaje común para interpretar lo que fuimos imposibilita reconocer lo que podemos ser. 
 
Siglos después de la invasión no hallamos consensos entre nuestras disparidades; nos gobierna  la rupestre primacía de los linajes sociales, carecemos de acuerdos a largo plazo y de metas compartidas. No hay concordancia sobre nuestra filiación; textos y narraciones orales se alternan entre la gratitud por reconocernos apartados de la barbarie y el rechazo al bárbaro esquema societal impuesto por las armas y la religión. Vivimos en espacios heterogéneos que requieren adquirir pareceres comunales si deseamos remontar formaciones fallidas e incompetentes para superar las formas violentas de convivencia; organizar un hogar común para nuestra diversidad que, en lenguaje nuestro significa hallar un chaupi rukana que nos congregue.
 
Señalamos la indiferencia e incapacidad de los sectores dominantes para resolver las escisiones impuestas por la invasión ibérica: dos sociedades; dos tonos de piel; desestructuradas clases sociales sujetas a primacías raciales; marginación de los méritos personales que el capitalismo defendido debía ofrecer. Se ha generado una sociedad donde el ellos y el nosotros, con todas las connotaciones degradantes y desintegradoras que provoca en los cotidianos procedimientos sociales, reverbera en el excluyente entramado social  explicando nuestra postración con una eficacia que supera cualquier teoría económica o propuesta de sanación política. El noqanchis y el noqayku destruidos, el jiwasa y el nanaka inutilizados. 
 
Tenemos la necesidad de reelaborar la lectura del pasado, efectuar una revisión profunda de nuestra antigua realidad bajo una consideración fundamental: usar escalas propias de análisis, ajustadas a sociedades peculiares que no admiten esquemas alienígenas para explicar su singular complejidad y diferencias profundas con la sociedad occidental, fuente responsable de los esquemas usados hasta ahora para observar lo que fuimos y desestructurar lo que debemos ser. Los vacíos, falsedades o inexactitudes elaboradas han contribuido a crear una sociedad fragmentada y carente de unidad y condicionado el modo de interpretar el futuro. Son esquemas que han mellado la autoestima social, distorsionado la valoración de nuestro pasado y servido para sostener inexistentes e infundadas ventajas civilizatorias impuestas por la violencia invasora y consolidadas por la alienación y el coloniaje.  
 
En Willakuy compartimos la certeza de que es necesario ocuparse de revisar y elaborar nuevos paradigmas societales, apelando a nuestras necesidades y proponiendo nuestras soluciones. Consideramos que es ineludible fortalecer y consolidar el curso de un nuevo proyecto civilizatorio. Nuestro propósito es colaborar en la organización de las fuerzas originarias  comprometidas con la necesidad de actuar en la coyuntura situando siempre el objetivo de alcanzar un horizonte civilizatorio distinto, nuevamente nuestro.


 
La edición que está en sus manos se publica cuando arrecia en el mundo una corriente de pensamiento que reivindica las anexiones de territorio como un derecho natural de los más fuertes en desarrollo bélico. Sin duda, una notoria actitud que enarbola también primacías étnicas que, supuestamente, otorgan derechos para gobernar el mundo con criterios que tienen siglos de vigencia. En los países satélites de las sociedades hegemónicas se observan imitadores y repetidores, que se suman al coro como apéndices subalternos. No resulta sorprendente la reiteración de sucesos con estas características y tampoco nos arredra porque los pueblos colonizados hemos sobrevivido por siglos en un contexto de dominación que ha variado en sus formas. Sabemos cómo lidiar con fuerzas de esta naturaleza y continuar nuestras tareas de sabernos bases fundamentales de las sociedades dependientes. Entendemos que, en este periodo, la lucha también se da en el escenario de las ideas, de las confrontaciones culturales y también en el espacio de la memoria. Nosotros no recordamos, vivimos la memoria, nos acompaña porque nos urge afirmar la vida tantas veces aniquilada en nuestro territorio; rescatamos el pasado porque conserva las raíces de nuestra liberación, exigir cuentas a ese tiempo es fundamento para establecer las bases de una sociedad realmente humana, clausurar fracturas, recomponer identidades y autoestimas, ser  de nuevo nosotros mismos. 
La edición número diez de Willakuy es una muestra de esta decisión: confrontar franca y abiertamente con las ideas de los poseedores del poder y de la capacidad de manejar el imaginario nacional.  
Nuestras páginas reúnen a variados militantes de las causas nacionales y populares, de las causas indígenas, de las fuerzas ancestrales. Escriben hermanos y hermanas que proceden de Bolivia, Perú, Guatemala, México, Francia, España, con variadas opiniones, como corresponde a quienes postulamos sociedades plurales. Son variados los puntos de vista reunidos, pero todos ellos conservan la preocupación de analizar nuestra realidad y, en particular, los efectos de la invasión hispana. Destacamos la intervención del académico español Antonio Espino quien nos ha brindado un artículo y nos concedió una entrevista.. Sus opiniones son singulares respecto a la presencia de España en nuestro territorio hace cinco siglos. Desde Bolivia transcribimos la opinión del filósofo Rafael Bautista quien comparte sus puntos de vista sobre el mismo tema en conversación con el Ayllu Willakuy.  
Consideramos que la lectura de esta edición llenará sus expectativas y generará coincidencias y debates. Esperamos también una amplia difusión de sus contenidos en todo nuestro continente y en el resto del mundo.
 
 

El círculo, síntesis del espacio-tiempo en la civilización andina.

Introducción

En el libro “Sabiduría filosófica del Yawar Mayu”, 2024, afirmé que las culturas prehispánicas desarrollaron sus sociedades ajustadas al concepto del espacio-tiempo circular helicoide[1] y expuse el modo en que la dualidad influyó en la totalidad de las expresiones materiales e inmateriales de la civilización andina.

Mantener el interés en estas ideas me ha llevado a profundizar en similares líneas de reflexión e indagación sobre los fundamentos teóricos que sostuvieron e integraron su evolución.

He continuado desarrollando el planteamiento original y publicando sus resultados en páginas de este blog. La motivación que  me hace hurgar en este campo de la investigación anida en el afán de entender los fundamentos, las vigas portadoras del funcionamiento de las sociedades prehispánicas; ingresar en el universo de las ideas primigenias, descifrar el bosón que gatilla y organiza el horizonte humano que inauguran los hacedores de la civilización andina.  Desde esa ubicación iluminar el presente y el futuro de lo que somos y seremos.

La estructura mítica del pensamiento, organización social, las formas de ocupación del territorio, el ordenamiento productivo, las relaciones que establecieron con sus seres tutelares y la profunda sacralización de sus actividades, no se entienden en dimensión conveniente sin desentrañar sus basamentos primigenios. El pensamiento, la sabiduría filosófica que nos regia, los principios éticos y morales tanto como los objetos y tecnología que conocemos provienen de fuente inmaterial. La diaria reciprocidad, correspondencia, complementariedad, paridad, afectividad y espiritualidad, inclusividad y diversidad, están orientados por el modo en que entendimos la compleja interrelación de las  magnitudes espacio-tiempo, que conviven compartiendo formas de antagonismo que se resuelven en un Tinkuy vibrante y energético que es el lugar del entendimiento entre ambas fuerzas. Su armónico discurrir se proyecta al equilibrio que consiguieron en las relaciones con sus semejantes y la naturaleza.

La constelación de la Qollca, también explicado en el texto citado, fue el otro elemento que colaboró en el develamiento del tiempo circular helicoide y la persistencia de un tiempo sin fronteras que tiene su residencia en un prolongado e inagotable presente.

Las reflexiones sintetizadas no significan visitar al pasado para superar el individual desafío de asignar iluminación a lo que fuimos, sino de obtener orientaciones para el futuro del país. Nuestros antepasados lograron comunidades que no tienen parangón en sociedades contemporáneas; convivieron en la diversidad integrando culturas con distintas lenguas y disponiendo excepcionales condiciones productivas e intensa  vida espiritual. Lo consiguieron en una geografía singular de alturas elevadas, valles profundos y laderas escarpadas, de arenales calcinados que transformaron y florestas inaccesibles que convirtieron en habitación de miles de comunidades.

No se trató de una épica promovida por razones de supervivencia y exclusivo bienestar material; trascendieron límites mensurables, estadística contenida en instrumentos contables, no, lo suyo fue tejer trama superior creando y usando vida comunal, espacio  de  entendimiento común que abrevaba de claras consideraciones sobre la naturaleza y su relación entre colectivos humanos; se propusieron en un extenso espacio y con variedad de formas construir comunidad que no eximia a nadie ni a nada de saberse humano y que provocaba relacionarse integrando las diferencias. Las vinculaciones trascendentes, las relaciones con las divinidades, fueron diseñadas de modo tal que la cotidianeidad se desenvolvía en bullente y habitual espiritualidad. Sus bases sociales no estaban edificadas sobre intereses individuales y comerciales, sí asentadas en lo humano, geografía y sacralidad.

Identificar los elementos que sustentaron el funcionamiento de las sociedades del pasado nos sirven para pensar los años largos que se avecinan. ¿Podemos imaginarlo olvidando la experiencia de nuestros mayores que conocieron e interpretaron su entorno y circunstancias de modo extraordinario? No, no se puede desechar tanta sabiduría y conocimiento.

Averiguar los fundamentos de lo que fuimos no es ejercicio mental de interpretación zahorí de símbolos pasados. No se trata de un análisis semiótico que se detiene en la interpretación académica y perspicaz de símbolos, sino en la búsqueda de signos que contengan el horizonte de sentido de las sociedades ancestrales, que no se detuvieron en la observación estética de la naturaleza ni en provocar su extinción, sino que alcanzaron, con ventaja de milenios sobre otras culturas, a comprender la constitución viva y celular de la materia como basa y calcina de la andamiada social.

Enlazar sus proyecciones vivas y prolongaciones, avivar sus raíces, retomar  ese camino reconociendo los espacios y tiempo recorrido, nos exige volver al territorio, retornar a los múltiples lugares en donde se ubicaron las resultantes de las fuerzas civilizatorias aceptando y comprendiendo que nuestro destino, el vector de nuestras necesidades y requerimientos sociales anida en los Andes; en sus tres componentes unitarios: espacio serrano, costeño y amazónico, todos fruto de la waca matriz que nos integra geográficamente. Debemos atender el ineludible mandato con el método y los instrumentos que usaron para relacionarse con una naturaleza que exigía diversidad y vida comunal entre iguales y asociación equitativa con la Pachamama.

Nada es posible si abandonamos nuestro ajayu, el centro de nuestro ser, sin descuidar que somos también habitantes de un mundo relacionado con otras sociedades. Como lo señalaron Vallejo y Churata: Erguidos aquí, frente a nuestra realidad; ante el orbe, pero en aquí.

La representación del espacio-tiempo

La reflexión-pregunta que ha guiado el análisis ha sido: Si nuestros antepasados fueron capaces de sintetizar diseñar y delinear la idea del espacio-tiempo en la malla-tejido y en el icono espiralado, y desplegarlos en variadas dimensiones y distintos soportes: cerámica, tejidos, metalurgia, piedra, tuvieron entonces que haber conseguido  representar el lugar o el momento de unión de estas magnitudes. Nuestra cultura es un cuerpo que se amplía, ensancha, según las necesidades; dentro de ella nada deja de poseer paridad, complementariedad, todo posee su arriba y su abajo, su detrás y adelante, su izquierda y derecha. Desde esta comprobación no fue tarea fatigosa pensar que la palabra pacha debía tener su narración descriptiva: la malla tejido. Igualmente, saber de la necesidad de encontrar el equilibrio de las fuerzas y de los pareceres, del tinkuy como espacio de acuerdos y síntesis, conduce a pensar en la existencia de una representación del tinkuy espacio-tiempo.

Para interpretar esta conjunción fue necesario visitar y observar restos culturales materiales y pesquisar con los criterios que permitieron ubicar a la malla-tejido como símbolos de la urdimbre espacio-tiempo. La tarea se facilita con la cantidad de restos y objetos a nuestro alcance. El tejido, y también el signo espiralado tuvieron masiva difusión desde espacios centrales y locales del territorio andino, con distribución que no descuidó ningún espacio de influencia. El enlace espacio-tiempo tuvo menos difusión, aparenta haber sido menos comprendido su significado. Veamos algunos ejemplos de aquello:

Retablo del Qoricancha.
Ceramio Moche.

Ceramio Moche.

Textil Wari.

El arte andino

El arte refleja la sociedad, lo sabemos, si esta es comunal entonces su producción artística emana con ese signo, carece de firmas y propietarios. Se vestía arte, se usaba arte; no era producido para exhibirlo en museos o casas particulares porque su destino era utilitario. Los objetos artísticos, usados a diario, tuvieron una característica que las  vinculaba: un denso contenido sacro. El cotidiano ejercicio de la sacralidad, el intenso y permanente desarrollo de vida espiritual promovió la creación de telas, vasijas, joyas para adornar cuerpos que exponen  la trama de las relaciones sociales y la intensa e impalpable vida espiritual.   

Las creaciones no se dejan evaluar con formatos occidentales, poseen soportes diferenciados y contenidos también distintos. No se elaboraban para ser observados en galerías ni comprados por interés pecuniario. Era actividad desenvuelta en la cotidianeidad: el orfebre recreaba la vía láctea, el ceramista modelaba el cosmos, el tejedor urdía la chakana, el diseñador urbano reproducía siluetas del cosmos y diseñaba las vías para recibir sus señales; todas las creaciones poseían aguzado sentido abstracto. Es probable que los sabios amautas, yatiris, shiripiaris, orientaran aspectos del proceso en su diseño inicial y la concepción primaria del objeto, pero los artistas muestran diversidad de técnicas de factura personal.


Resumir características del trabajo artístico permite recoger las orientaciones primarias de su diversidad. La transformación de la idea espacio-tiempo en una malla, relacionar las formas de una constelación con el tiempo circular helicoide, o concebir una circunferencia como símbolo de la paridad de ambas magnitudes aparecen en diversos formatos y soportes, pero todas exponen la irrepetible capacidad de síntesis de un pueblo al que se le retacea reconocerle capacidades que vayan más allá de destrezas manuales y perseverancia.

El arte andino, entre otras características, se distingue porque:

● Hubo un arte panandino con un sustento compartido por todas las culturas: la vertebración del espacio-tiempo y su interpretación como unidad dual que no conserva fronteras en su constitución.
● No es figurativo, sino abstracto.
● Sus expresiones materializan realidades objetivas.
● Las ideas, pensamientos son mostrados como hechos concretos, porque provienen de experiencias que pueden ser observadas repetidamente. 
● Las expresiones naturalistas no aparecen desvinculadas de símbolos y expresiones subjetivas.
● Los trabajos son utilitarios. No es creación hecha para complacer a los sentidos, sino representaciones de la realidad.   
● Son pronunciadas las diferencias entre las distintas culturas. No obstante que los motivos pueden repetirse, el modo de desarrollarlos conserva visibles divergencias.
● Todo trabajo tiene el propósito de vincular a los habitantes del territorio y establecer diálogos con fuerzas superiores de la naturaleza 
● Un sustento destacado es la concepción dual de la realidad, sin menoscabo de mostrar también equilibrios tripartitos o de más elementos.
● El soporte de las expresiones artísticas no tuvo limitaciones. Creamos arte en textiles, ceramios, metalurgia, pintura, escultura, arquitectura. La naturaleza misma fue un lienzo para crear arte: los andenes y el Wiracochan son ejemplos.

El circulo como síntesis del espacio-tiempo

Es oportuno reconocer que una idea que carece de bibliografía que lo respalde resulta débil ante opiniones adversas. La ciencia admite teorías con pruebas objetivas y repetibles. Su capacidad para aceptar intuiciones es adversa e intolerante. Hay, sin embargo, un aspecto que resguarda la intuición que postulo: tampoco se encuentran investigaciones previas que la promuevan o desmientan, menos con cita bibliográfica. Invalidar esta propuesta requeriría usar también intuición de signo contrario; desmentirla requeriría crear un cuerpo de pensamiento que aún espera desarrollo.


La observación de los restos culturales es el requisito principal para formular estas apreciaciones, prevenido para comprender que nada es excedente en esos recintos, todo elemento transmite una idea y cumple una función. Conviene verlos atenuando la recreación visual y hurgar en las motivaciones, hallar el lenguaje que encubren, la métrica que los organiza, el motivo que los ordena. Visitar museos, explorar el campo, recopilar ilustraciones buscando círculos de factura semejante fueron también procedimientos seguidos.

¿Por qué la profusión de círculos en las representaciones artísticas andinas?, ¿es un elemento que debe ser observado con reglas extrañas o sigue los parámetros que ordenan otras expresiones? Es evidente que no puede ser evaluado según reglas importadas. La figura geométrica puede ser hallada en variadas muestras, su forma articula, integra y prevalece sobre otras imágenes. En muchos objetos es el centro de la creación, nunca ocupa lugar marginal. No es figura que pueda ser asociada a una especie biológica o entidad superior, aparece rodeada de otras expresiones pero también pareciera flotar solitaria en el soporte o unida a líneas curvas, pero no a otras figuras geométricas, excepto el cuadrado. La excepción es su presencia en la chakana, donde aparece enclaustrada como bastidor que le confiere estabilidad a la figura.  

Círculos aurorales y otros

Madurez expresiva

Veamos en Montegrande, cultura Marañón de cinco mil años o más de antigüedad. En la sierpe vemos dibujado el círculo con características muy semejantes a otras expresiones posteriores. El doble círculo se repite en Chavín. En la cabeza de la figura se observa también una versión de la lemniscata, también símbolo del espacio-tiempo. El centro ceremonial, que hemos analizado en entrega anterior, muestra un desarrollo en espiral que nace en un círculo que, por el desarrollo mismo de la figura no es un círculo terminado, sino también espiralado. Postulo que este punto origen es una manera distinta de concebir el circulo que aparece concluido en la sierpe.

En Caral hallamos una expresión avanzada de la utilización del circulo en edificaciones sacras. Es el templo principal

En Chankillo vemos dos círculos en sugerente ubicación, como parte de un observatorio astronómico.  Pertenece a la cultura Sechin, muy cercana a Caral en el tiempo y espacio y también a Chavín si tomamos en cuenta el tiempo largo de su vigencia. Llama la atención que ambos círculos tengan características muy parecidas al circulo que mostramos más delante de la chakana del Lanzón de Chavín: dos círculos concéntricos y protuberancias en sus centros. 

La chakana en el Lanzón de Chavín ocupa lugar prominente. Situada en la zona superior del rostro de la deidad, como centro del discernimiento, parece recostada en un escalón y como parte de una chakana mayor que se extiende fuera de los límites de la deidad. Está tallada de modo particular, estilizada, no despliega su forma clásica, los escalones ocupan lugar subordinado y están dominados por el círculo que ha forzado una depresión delimitada por dos líneas circulares paralelas. En su concepción se decidió destacar el encuentro, el tinkuy del espacio y el tiempo, presencia que excede a sus magnitudes componentes. La protuberancia en el centro de la depresión circular parece reiterar su papel de cobijo de la suma inerte de las fuerzas antagónicas; como se ve en Chankillo. Si el tiempo es masculino y el espacio femenino[1], entonces, el circulo ¿qué identidad posee? ¿Es un lugar asexuado, o magnitud que alberga los dos sexos como lo sugiere las oraciones de Juan Santa Cruz Pachacuti?

Se encuentran otras representaciones del círculo en el Lanzón:

Veamos ahora la chakana que aparece en uno de los lados del Obelisco Tello. Admirarlo recientemente en el museo de la ciudad de Chavín de Huántar fue momento para ratificar ideas elaboradas previamente, afirmó el criterio de ubicar al círculo como espacio síntesis que congrega magnitudes contenidas en la figura escalonada, como suma reiterada de otra sumatoria previa.

Presenciamos la reiteración de un concepto que los yatiris Chavín, no dejaron de recalcar. Si el inacabable espacio-tiempo helicoide se aloja en los diferentes niveles espaciales de la figura sacra, con el tiempo invisible y sujeto, imperceptible en el denso escalonamiento, el circulo que lo compone y lo hace más consistente oficia de tensional círculo de encuentro, de contención de dos magnitudes con fortalezas solo materializables en un círculo; figura estructuralmente perfecta, con atributos que toman contacto equilibrado y permanente con el espacio y el tiempo de manera simultánea y sin debilitar ni menoscabar a ninguna fuerza de la relación. Perfecta redondez para albergar espacio y atar el tiempo. El tiempo no pasa, nosotros pasamos por el tiempo; la chakana con la perfección de sus formas, lo explica.   

En una representación de la importancia del Obelisco, situado en la plaza cuadrada del recinto sacro en Chavín, cerca a la roca sagrada que contiene a la constelación de la Qollca y de la Estela Raymondi, se subraya la figura símbolo del encuentro tensional de las dos magnitudes más importantes. Es el Tinkuy, el lugar vibrante que hace contiguos al espacio-tiempo, lugar desafectado de antagonismos y facilitador de coincidencias; instrumento que hizo posible que el  millar de culturas andinas se comprendieran como lograban entenderse el espacio y el tiempo. El circulo es figura que enlaza y suma fuerzas antagónicas.  

La Estela de Yauya, perteneciente al horizonte Chavín es otro referente para  observar el círculo en medio de la chakana. Muestra la figura sacra cerca al borde superior. Difiere de las formas observadas antes. Es la forma clásica que conocemos, pero tiene añadido vértices de triángulos a manera de destellos. Quizá formas tempranas de describir a la deidad Illapa. Lo particular de este objeto sacro es que contiene numerosas superficies circulares; los observamos en los ojos de las figuras representadas y también en tallas que tienen la forma de lemniscatas, otra forma de representar al espacio-tiempo. La Estela enfatiza la presencia de formas circulares.

Si hemos visto que, en Caral se ven ya elementos básicos de la concepción del espacio-tiempo, es en Chavín donde la idea se desarrolla y se expone con claridad.   

En el museo de Chavín se exhiben numerosas piezas talladas con círculos.

El círculo en otras culturas

Algunas conclusiones

● Estudiar nuestro pasado exige utilizar periodificaciones propias, con escalas que no nos ubiquen como sociedades pre históricas por cuanto nos desarrollamos usando tiempo y espacio propio. El criterio científico que asegura que el desarrollo de las sociedades es lineal y sigue un único modelo civilizado es falso. Haber ganado contiendas bélicas y sometido a pueblos de desarrollos distintos no lo acreditan como paradigmas societales, más aún observando las sociedades que han creado.
● Nuestro proceso, autónomo y distinto fue mutilado no por las deficiencias de sus medios y propósitos, sino porque fue truncado por la fuerza y superioridad tecnológica de sus ejércitos invasores. Así impusieron la idea errada que existe un solo camino para el avance de los pueblos.  
● Nosotros llevábamos adelanto en numerosísimos aspectos sociales y económicos y productivos, tanto como en infraestructura y saneamiento urbano. No abundo en otros aspectos bastante conocidos que explican nuestra superioridad social.
● Sus cronistas y escribidores no recogieron la íntima contextura de nuestra civilización, tanto por desconocer los idiomas hablados como por su incapacidad para entender los elementos celulares de nuestra sabiduría y constitución social. ¿Qué hubiera entendido cualquier cronista o los mismos José de Acosta o Bernabé Cobo de nuestras concepciones del espacio-tiempo y de su influencia en la estructuración de nuestras sociedades? Nuestro entendimiento de la  naturaleza y de los seres sacros se hallaba a muchos siglos de distancia de una religión con un dios presidiendo una corte celestial. Al no entenderlo nos endilgaron la categoría de infieles adoradores de sapos y culebras.
● Requerimos recuperar la concepción del tiempo cíclico, con todas las características que alcanzó su desarrollo. Del mismo modo debemos reivindicar nuestras ideas sobre la divinidad. Aquí no hay recetas o preceptos. Esta es una tarea colectiva que ya se ha iniciado, pero aún con las limitaciones que tenemos y que también nos impone el colonialismo imperante.  
● Los conceptos de espacio-tiempo ya desarrollados son de una vigencia impresionante. Usar tales conceptos nos ubica en una ruta que restituye nuestra relación con la naturaleza.
● Hay aspectos que ahondar en la búsqueda de expresiones que resuman en sus figuras y contenidos la idea de representar la conjunción del espacio-tiempo. Señalo por ejemplo, a las chulpas de la cultura puquina-aymara y los andenes de Moray que en su estructura muestran círculos y otras formas de adelantadas expresiones del espacio-tiempo.

● Caminamos hacia la recuperación del Jiwasa y el Nanaka aymara. Con similar esfuerzo nos reencontraremos con el Noqanchis y el Noqayku, quechua.


[1] Hugo Chacón Málaga. Sabiduría filosófica del  Yawar  Mayu. Universidad Nacional San Antonio Abad. Cusco, 2024.


[1] Hugo Chacón Málaga. Sabiduría filosófica del  Yawar  Mayu. Universidad Nacional San Antonio Abad. Cusco, 2024.

La constelación de la Qollca en la waca Chavín de Huantar

Impresiones

La hegemonía de la Cultura Chavín se registra entre los años 1200 y 400 a.n.e. Si consideramos que la cultura Caral declinó hacia el 1800 de la misma era entonces no compartieron  tiempo coincidente. Sin embargo, rasgos de la persistencia cultural son visibles en Chavín  a simple vista: edificios piramidales construidos en piedra, galerías y recintos subterráneos y lugares para ubicar el fuego sacro. Un elemento muy notorio de ese parentesco cultural es la plaza circular hundida que, en Chavín, está ubicada muy cerca del Lanzón. Hay también continuidad en el uso de las túnicas tapiz para vestirse. Caral, comunidad precerámica, luce una sociedad más abierta, más iluminada; la ausencia de armas bélicas en sus recintos señala una comunidad ausente de violencia en sus relaciones interétnicas. Los tonos oscuros de la cerámica Chavín nos hacen inferir una cierta solemnidad en sus relaciones; parece más jerarquizado y con mayor sofisticación en la estructuración social. Las actitudes hostiles  de sus figuras sacras hacen pensar en una colectividad con preocupaciones más aguzadas en aspectos trascendentes: la muerte y en la relación con seres de atributos míticos. Sociedad más conflictuada y posiblemente menos pacífica.

Hay un rasgo que unifica ambas entidades, como ocurre entre todas las culturas andinas: el sustrato sacro se ubica en los fundamentos de sus sociedades y en todas sus manifestaciones. Sus construcciones públicas están orientadas por los cuerpos celestes y están destinadas al uso espiritual, sacro. No muestran condiciones para utilizarlas en saraos y festividades mundanas. Un cuerpo de sabios y ayudantes habitaban o dominaban los recintos sagrados y manifestaban conocimientos que se respetaban. El pueblo llano acudía a ver, tocar sus piedras y a observar la demostración de conocimientos y facultades de estos importantes personajes.

Los edificios están hechos para reproducir el cosmos en el territorio y conversar e interpretar a los cuerpos celestes. Las viviendas de la población vinculadas con lugares sacros no se ha conservado lo suficiente, pero algunas muestras nos hacen ver su integración al universo espiritual de las matrices religiosas. Lo podemos observar en las viviendas de los pobladores que habitaban el complejo hidráulico de Tipón, en Cusco.

Caral es parte del Arcaico tardío y Chavín del Formativo, de su zona Media y  Superior.  Con su declinación aparecieron desarrollos regionales: Paracas, Nazca, Moche. Después se instala un período hegemónico con las culturas Huari y Tiahuanaco.

Encuentro una presencia cósmica que incluye a las semejanzas culturales señaladas y las hace compartir un espacio coincidente que ha pasado desapercibido: la vinculación que ambas culturas mantienen con la constelación de la Qollca. En el libro Sabiduría filosófica del Yawar Mayu, expongo la singular e influyente importancia de esta constelación en el horizonte civilizatorio andino. En sus páginas se explica la relación Caral-Qollca, pero no registro el vínculo Chavín-Qollca, que aquí muestro.  El cúmulo de estrellas poseía un lugar muy especial en la estructuración de las dos colectividades. He hallado que su rol era prioritario en la concepción de fundamentales paradigmas sociales; atraviesa todo el milenario horizonte civilizatorio. Mi reciente reencuentro con Chavín me ha permitido certificar esta relación.

Visitar la waca, el monumento sacro, equivocadamente llamado palacio, fue una experiencia reveladora, sirvió para reparar en aspectos que no fueron registrados en  visita previa como una mejor comprensión del lugar elegido para su construcción. El espacio alberga el fin de un estrecho valle recorrido por los ríos Mosna y Huachecsa que, a manera de aguas antagónicas disputan predominios y confluyen después en un tinkuy  de integración. Son notorios los apus que circundan el recinto, con cimas usadas como puntos de orientación estelar, de verificación de equinoccios y solsticios y de posicionamientos de otros cuerpos celestes. Es necesario situarse en medio de estas coordenadas para acercarse al significado sacro, espiritual del lugar. Un aire de honda quietud y benignas tensiones se cobijan en una geografía monumental que encierra espiritualidad. 

El frente de la edificación mira hacia el este, el sol matutino descubre su rostro. El lugar requiere asumir una actitud contrita en los visitantes; la geografía y la disposición de las construcciones imponen un callado misticismo que exigen caminar sosegado y hablar en voz baja. Imagino la abrumadora sacralidad que proyectaba entre los peregrinos cuando mostraba su momento de esplendor, con guías espirituales recibiendo a los visitantes mientras otros surgían solemnes de las entrañas de la waca. Pienso que había personas encargadas de controlar el acceso al complejo resguardado por los dos ríos.

La luz solar reverberaba en los enchapes de piedra alba generando un fulgor que requería entrecerrar los parpados. Su brillantez contrastaba con sus antagónicas negras rodeando la plaza cuadrada y circular y el frontis de la edificación. La escalera principal que da acceso al pórtico, enmarcada por dos columnas cilíndricas, conserva aún esta visible característica. El blanco y el negro comparten las dimensiones de cada peldaño; muestra de la simbología de opuestos complementarios que compendia la waca. Una de las columnas cilíndricas contiene en relieve la figura del varón, la otra muestra a la mujer. De nuevo la dualidad. Las cabezas clavas emergían de sus muros como expresiones múltiples de un cuerpo que habitaba en las interioridades del templo.

Aspecto de la waca en su momento de mayor desarrollo. Ilustración del Museo arqueológico de Chavín de Huantar.

Miríadas de visitantes peregrinos acudían a visitarlo desde los cuatro espacios ancestrales. El personaje de los Báculos ─de los Tupayauris─ presidía la organización social, era el referente espiritual. Sigo a Julio C. Tello en su idea de relacionar a los Chavín con las culturas de la Amazonía: felinos, amarus, reclaman un origen que proviene de la selva baja. El personaje sacro, con un Tupayauri en cada mano, se extendió por diferentes regiones del Perú antiguo: en especial hacia el sur, territorio de la cultura Tiahuanaco y también a los ámbitos de la cultura Huari. Los dos referentes recrearon la configuración de esta deidad, con mayor énfasis los altoandinos, que lo conformaron  más ascético, menos fastuoso.  

Los Huari extendieron la técnica que tuvieron los Chavín, y también Caral,  al asentar las piedras en sus construcciones. No se trató de una repetición, los primeros, en algunos lugares como en Pikillacta, Cusco, priorizaron las lajas cortas; en Wilkahuaín, Huaraz, las combinaron con piedras grandes, más cerca de la manera Chavín. En la meseta del Collao los Tiahuanaco se decantaron por usar piedras pulidas en bloques medianos y grandes que las engarzaban con precisión milimétricas, preludiando lo Inca.

Los peregrinos que acudían a la waca Chavín, seguramente se sentían sobrecogidos ante la magnificencia del recinto. Los rituales comprendían actividades dentro y fuera de la waca. Las dimensiones de los corredores internos y recintos no permitían gran afluencia de peregrinos, solamente algunos alcanzaban el privilegio de conocerlos. La estrechez hace pensar en un uso personal o de muy pocos concurrentes. La ingesta de plantas maestras seguramente se hacía en estos espacios. Resonaban los waylla qhepas, pututus, tallados con figuras sacras y con un corte vertical muy fino y notorio en la zona donde se toma el instrumento con la mano.

Los peregrinos buscaban seguramente tocar las piedras del recinto, impresionarse con las cabezas clavas distribuidas alrededor de todo el templo a distancia de dos metros cada una. Congregados en la plaza cuadrada escuchaban los cantos y silbidos de los maestros que se emitían desde las profundidades de su arquitectura, acompañados del sonido de los waylla quepa, con tonalidades producidas por ejecutantes entrenados para generar estados de aguzada espiritualidad. Los que discurrían por las interioridades del templo percibían de cerca los sonidos que producían las aguas captadas de los dos ríos y desplazadas por los acueductos internos. Sus resonancias magnificaban el significado sacro de la edificación. Las vibraciones de las caracolas y de las aguas no se detenían en el interior del templo, se amplificaban por los conductos de ventilación y llegaban hasta los peregrinos que llenaban la plaza exterior. El resultado debió ser impresionante. Un grupo exclusivo, reducido de lo ya reducido, podía observar el Lanzón, deidad suprema. Antorchas llevadas por maestros y discípulos alumbraban el camino hacia la figura sacra que aparecía de pronto, como si emergiera del uku pacha.  

Muchos visitantes acudían para ser diagnosticados en sus enfermedades y, eventualmente, ser curados de sus dolencias. La ingesta de plantas maestras, el San  Pedro o Huachuma,  la Willca, eran de uso extendido entre los dirigentes sacros de Chavín y les permitía ver las enfermedades y aconsejar un tratamiento.

Los astrónomos del templo seguramente indicaban las condiciones climáticas que tendría la zona de influencia que dominaban, y señalaban los tiempos de siembra y de cosecha. El lugar poseía múltiples rostros y variados contenidos. Todos, sin embargo, íntimamente ligados a actividades sacras.

¿Dónde fue tallado el Lanzón, quién el tallador o talladores?, ¿de dónde proviene el granito que lo devela y cómo fue conducido a su lugar de emplazamiento? Son detalles que aún desconocemos. Lo cierto es que sus cuatro metros cincuenta de altura y  la treintena de toneladas que carga están ubicadas en un lugar prominente de la waca, mirando hacia el este. Intrincadas galerías conducen a su ubicación. Encima de él, la figura de la Chacana luce su esplendor. La primera vez que estuve en el templo pude observarlo de muy cerca y sentí una sobrecogedora impresión. Nos enrostra las incógnitas que envuelven nuestra antigua civilización, se percibe la profunda religiosidad que exhala y la fuerza emotiva que contiene, el respeto que transmite. El pequeño significado de nuestras vidas se hace aún más diminuto frente a este bloque de piedra que descubrimos que posee aliento cuando lo observamos. Hoy se le ve protegido por un vidrio que permite apreciar la parte superior de su contextura. Aún así, sobrecoge mirarlo. Muchos de los visitantes lanzan exclamaciones de emoción y sobrecogimiento, asombro.

Detengo aquí mis impresiones de la waca. Explicaciones más amplias y sapientes pueden ser halladas con rapidez por lectores interesados.  

Me enfocaré en la impresión que me produjo comprobar la enorme influencia que ejerció la constelación de la Qollca en este lugar, y en la cultura Chavín. Antes, un breve recuento de su historia.

El “altar de piedra Choque Chinchay”

En la esquina suroeste de la Plaza Cuadrada el visitante encuentra una piedra caliza que pesa 10 toneladas y contiene 7 hoyos tallados en su superficie.

La monumental piedra sacra fue descubierta en 1934 por el docente de la zona Martín Flores García. El profesor señala que estaba acompañado de Humberto L. Hidalgo. Sus formas afloraban en la superficie del lugar donde ahora se muestra para el turismo.

Décadas antes, en 1840, fue hallada la Estela Raimondi por don Timoteo Espinoza, gobernador del distrito, mientras hacía aporcar papas, a pocos metros del espacio que ahora ocupa la piedra. El Obelisco Tello, otro referente sacro, fue encontrado también cerca del bloque de piedra. Esto ocurrió en 1907 y el hallazgo corresponde a Trinidad Alfaro. El espacio que reunió a todas estas expresiones líticas sagradas estuvo ubicado en una sola área, a la derecha del frente de la waca, si nos orientamos de espaldas a su estructura. Julio C. Tello indica que, Alfaro le mostró el sitio en que fue hallado el obelisco, que queda cerca del borde rectangular que forma la plaza y el perímetro del trozo de roca que tiene varios hoyos redondos a manera de morteros y una excavación cuadrada”

La piedra de los hoyos, señala el descubridor, mide “2,77 m de largo, 2,30 m de ancho, 60 cm de espesor. […] Sobre esta superficie, y distribuidos en forma no simétrica, se encuentran 7 morteros tallados con gran regularidad de 50 cm de diámetro por 18 cm de fondo. En la arista oeste, tallado o vaciado con gran maestría, se encuentra el cajón del ídolo, de 77 cm de largo, 31 cm de ancho y 24 cm de fondo, donde dando frente al edificio principal, estuvo encajado el ídolo antropomorfo, dios supremo de la civilización Chavín, que se encuentra en el Museo Nacional”. Martín Flores menciona que la piedra estuvo dedicada a “la antropofagia religiosa, pasaba de la abominación al macabro festín”.

Los especialistas Lumbreras y Gonzales señalan que el espacio rectangular sugiere que allí pudo estar engastada una estela o algo similar. Las medidas de la Estela Raimondi son compatibles con las dimensiones del cajón de la piedra y promueven la posibilidad de que estuviera erguida sobre el mencionado espacio rectangular.

Razones del nombre “Choque Chinchay”

Luis Guillermo Lumbreras y Marino Gonzáles, 1970, bautizan la piedra ceremonial con el nombre de “Altar de Choque Chinchay”. Lumbreras, señala: “En el centro hay un gran bloque tallado en forma de paralelepípedo, en cuya parte superior, plana y sub-rectangular, se ha inscrito 7 pocitos hemisféricos, dispuestos en un orden próximo al que tienen las estrellas de la constelación de Orión («Choque Chinchay»), con tres en línea y cuatro en su entorno, pero sobre todo un orden que sugiere la figura de un felino, con dos hoyos en los puntos correspondientes a las patas, hacia el oeste y uno en el lugar correspondiente a la cabeza, al noreste, dos en el lomo y dos en el rabo, en el extremo suroeste.

Este esquema de distribución de los “puntos” anatómicos del jaguar se repite en todas las imágenes de este personaje en el famoso “mortero de Pennsylvania” y en todas las imágenes de más de 14 jaguares que guardan la Plaza Circular descubierta entre 1970 y 1972. Esta lectura del altar la hicimos conjuntamente con Marino Gonzáles en el año 1970, cuando decidimos bautizarlo como «Altar del Choqe-Chinchay’ a sugerencia suya”.

Veamos un planteamiento distinto.

 “Altar de la constelación de la Qollca”

Observar la distribución de los siete hoyos, recorrer varias veces el perímetro de la piedra, ubicar el mejor punto de mira para verificar que se trataba de la representación de la silueta de la Qollca no me tomó mucho tiempo no obstante la presencia de un buen número de turistas alrededor del granito sacro. El guía se extendía en la explicación mencionando la constelación Choque Chinchay asociada a la distribución de los hoyos e invitando a los visitantes a descubrir la figura del felino que escondía. Esperé que el espacio se despejara para tomar fotografías y filmar su distribución. El quiebre de sentido que promueve el último pocillo me hizo ratificar la primera impresión, se trataba de la Qollca, no con la claridad y nitidez que se puede observar en otros materiales antiguos. La estrechez de la superficie no permitió a los talladores desplegar con soltura la curva-tambor de la constelación.

La piedra sacra, probablemente el elemento de mayor alcance espiritual de la Plaza cuadrada, fue tallada con los perfiles de la constelación de la Qollca.

Quedó un tanto constreñida, pero sin apartarse de los perfiles que imitaban ni hacer irreconocible la silueta.  Sí, me dije, es la constelación. Calmé mi estado de inquietud y me senté a observar el conjunto, tratando de imaginar el modo en que la constelación modeló la Confederación Andina, la manera en que se instaló la piedra en ese lugar, su prominente importancia en el conjunto; la búsqueda del granito en canteras, el modelado y tallado de la superficie y el traslado a su emplazamiento definitivo. ¿Qué mecanismos articularon la idea de considerarla madre de todas las estrellas y el proceso que extendió su significado en el territorio andino, desde Caral hasta la hegemonía Inca; la manera en que indujo a los sabios a asociarlo al espacio-tiempo circular helicoide?

La silueta de la constelación Qollca, esta vez remarcada a partir de fotografía que aparece en el artículo: Las Cruces Cuadradas Chavín y la Chakana: Arqueología e Historia.

La relación de la figura que forman los pocillos con un felino, es atendible, considero. No se requiere de esfuerzo para observarla; se pueden ver sus patas, cola, el lomo. Si efectivamente contuvo también esta representación, su connotación es secundaria respecto a la constelación de la Qollca.

Las fotografías que se muestran permiten observar lo aquí narrado. Incluyo el relieve con la silueta de la Qollca que se ubica en Caral y mostrado en el libro citado.

Relieve en la ciudadela de Caral. Puede accederse a una información ampliada en: https://saw-as-iray.com/2025/03/11/el-papel-de-la-constelacion-qollca-en-la-concepcion-del-espacio-tiempo-andino-circular-y-espiralado-senales-de-su-presencia/
Organización urbana de la ciudadela de Caral donde se observa la organización del espacio en función de la constelación de la Qollca.

Una explicación más amplia pueden hallarla también en entrega anterior de este Blog.

Otro espacio Qollca adicional

Antes de este encuentro con la Qollca, entablé conversación con un miembro del equipo técnico que cuida y conserva el lugar, señor Alejandro Espinoza. Interrumpí su andar para disipar algunas inquietudes. Obtuve con él una idea más clara de los puntos geográficos que debía mirar para entender las orientaciones cósmicas del templo. Ya a punto de abandonar el sitio en medio de una lluvia persistente, nos volvimos a cruzar hacia la salida del recinto. El comentario de mi hallazgo lo escuchó con atención y distancia. Fue entonces que me habló de un espacio poco expuesto al público, quizá le interese verlo, indicó, puede estar relacionado con sus comentarios. Me señaló su ubicación, búsquelo en el suelo, añadió. Obviando la lluvia, con prisa, me dirigí al lugar. Demoré en hallarlo, un trabajador me señaló el sitio preciso; la zona estaba protegida por cuerdas. Pero sí pude observarla. Se trataba de la silueta de la constelación ubicada en un espacio preferente de la plaza cuadrada, hacia la esquina nor oeste; en el camino hacia el lugar donde se encuentra el Lanzón y a poca distancia de la Plaza circular.

La figura de la constelación de la Qollca en el suelo de la waca.

Los rectángulos que forman la figura parecen cumplir también la función de ductos que se comunican con los pasajes interiores del templo. Son concavidades rectangulares que tienen unos ocho centímetros en su lado mayor. Su contextura reproduce también una versión de la Chacana, la Cruz cuadrada. Su distribución forma la silueta de la Qollca. Su concepción es menos realista que la figura de la piedra megalítica. Es una interpretación no figurativa de la Qollca, marcadamente abstracta, mostrada en dos filas de concavidades. La lluvia había amainado y la plaza cuadrada, y todo el recinto se hallaba desierto. ¿Qué función práctica tenían, con qué ambientes se conectaban?, su preferente ubicación no es casual. Como ocurría con el altar de piedra, usado también para auscultar el cosmos, la representación tenía utilidad práctica; lo sacro como parte de la vida diaria, activa, constante.  Me senté sobre una piedra cercana y revisé las fotografías tomadas. Sí tenía todo el material gráfico completo.  

Visitando después el bien equipado museo local, donado por el Gobierno japones, hallé que una ilustración de los espacios ocupados por el templo, que reproducía la figura en el suelo de la Qollca con precisión nipona. En el recorrido por sus instalaciones no encontré ninguna explicación sobre la naturaleza del detalle.

Museo Chavín. Reproducción de la figura de la Qollca en un plano de planta de la waca Chavín.
Detalle de la figura anterior, con el perfil de la constelación de la Qollca delineada.

El lenguaje de “Sabidurías filosóficas andinas”

La propuesta de los enunciados que llamo “Sabidurías”, ─algunos le hallaran similitud con las sentencias o aforismos ─, y que se muestran en el libro “Sabiduría filosófica del Yawar Mayu” son el fruto de un período de maduración que tomó un tiempo prolongado redactarlas.

Se trata de un conjunto de pensamientos que se han compuesto con claras influencias de sabios andinos que se han expresado siguiendo un formato similar.  ¿Es una copia o el reflejo yerto de obras que alumbran nuestro pasado y porvenir? No, están tejidos con ese ajayu.

Mi temprana experiencia de vida me ha permitido también participar de diálogos entre runas, mientras compartían un fiambre o picchaban la coca en medio de los descansos. Su lenguaje era ceremonioso, alturado, respetuoso. Tienen los moldes que se observan en las páginas de Juan Santa Cruz Pachacuti o en los diálogos de los indígenas en Todas las sangres, en especial el lenguaje de Rendón Willka.

En su elaboración no pueden estar ausentes otras experiencias y otras lecturas. Es imposible no haber asimilado configuraciones ajenas a nuestra cultura. Hay más de un filósofo de esas comarcas que se expresan con aforismos. Confucio, es un ejemplo muy notorio. Pero, y aquí viene la precisión: carecen del mismo propósito y muestran un contenido propio de sus culturas. Es un lenguaje distinto.

Apu Inka Atawallpaman

Ima k’uychin kay yana k’uychi  Sayarimun?

Qosqoq awqanpaq millay wach’i  Illarimun

Tukuy imapi saqra chikchi  T’akakamun

Watupakurqan sunqollaymi  Sapa kutin,   

Musqoyniypipas ch’eqmi ch’eqmi  Uti uti,    

Chiririnka qhenchataraqmi,  Aqoy phuti.   

Al Patriarca, Inka Atawallpa

Qué arco iris nefasto es este negro arco iris que se encima?            

Un resplandor horrendo amaneció para hostigar al Cusco                                                                                                                                  Granizada incontenible arremete contra todo

Ya mi corazón lo presentía una y otra vez                                       

Y en mis sueños también, azorado,  sumido                                                       

Advertí al funesto moscardón de la muerte, fatalidad, infortunio.

1. A, Wiraquchan, t’iqsi qhapaq, «kay qhari kachun, kay warmi kachun» ñiq apu,  hinantin[…] chichha kamaq, maypim kanki?
 Oh, Viracocha, Señor del principio, Señor que dijiste: «éste sea varón, ésta sea mujer», Creador de todas [¿las partes del mundo?], ¿dónde estás?
 2. Manachu rikuykiman?
¿No te puedo ver?
 3. Hananpichum, urinpichum, kinrayñinpichum qhapaq usnuyki?
¿Está arriba, está abajo o está en medio tu trono?
 4. Hay ñillaway, hanan qucha mant’ arayaq, urin qucha tiyanqay pacha kamaq, runa  wallpaq apu.
 ¡Contéstame, te lo ruego, Creador de la extensión del mar de arriba y del mundo en que  vivo, el mar de abajo, señor Hacedor de la Gente!
 5. Yanaykikuna qamman allqa ñawiywan rikuytam munayki.
 Tus siervos, que te buscamos con nuestros ojos nublados, queremos verte.
 6. Rikuptiy, yachaptiy, unanchaptiy, hamut’aptiy, rikuwankim, yachawankim.
 Cuando yo vea y sepa, cuando entienda y comprenda, me verás y sabrás de mí.
 7. Intiqa, killaqa, p’unchawqa, tutaqa, puquyqa, ch’irawqa, manam yanqachu,  kamachiŝqam, purin unanchasqaman, tupuŝqamaruni chayan.
 El sol y la luna, el día y la noche, el verano y el invierno no existen sin causa, están gobernados, caminan según les ha sido señalado, a lo que les ha sido medido llegan.
 8. Mayqanmi thupa yawrikta apachiwarqanki?
¿Cuál eres, tú que me hiciste llevar el cetro real?
9. Hay ñillaway, uyarillaway, manaraqpaŝ ŝayk’uptiy, wañuptiy. Contéstame y
 escúchame, te lo ruego, antes de que me canse y me muera.
 10. Runa wallpaqpa pachakan, yananŝi kawaq ari.
 Dicen que debes de ser mayordomo y servidor del Hacedor de la Gente.
 11. Chaymi yuyallaway, Qusqu qhapaq churatamuqiy apu, Tarapaka, Thunapa.
 Por eso, te ruego que no me olvides, señor que al pasar me hiciste rey del Cuzco,Tarapaca, Ttunapa.
 12. Paqta wañuptíypaŝ qhapaq ruratamuŝqaykikta qunqawaq.
Ojalá, aunque me muero, no olvides al que a tu paso hiciste rey.
 13. Wañuptiyri yuyay nunayta kallpanchankitaqmi, payllankitaqmi.
Y cuando me muera, fortalecerás y premiarás mi alma.
 14. Riqsichillawankiman pichum karqan!
¡Cuánto quisiera que me hicieras saber quién era!
15. Achuŝ qamchum kankiman happiñuñu llasaq, atiq, manchachiq?
¿Habrás sido tú quien aplastó, venció y ahuyentó a los happiñuñus?
 16. Riqsillayman, yachallayman!
¡Si lo conociera, si lo supiera!
 17. Allpamanta kamaqiy, llut’aqiy, rikullaway!
 Tú que me formaste y creaste de barro, ¡mírame, te lo ruego!
 18. Pim kanki?
¿Quién eres?
 19. Ña allpa hunu machum kani.
Ya soy viejo de incontables años.  Texto establecido y traducido por César Itier.

/67 De cómo usaban cada parcialidad y ayllo sus danzas y taquies y hayllis y canciones, harauis y regocijos, cachiua, sin idolatrías, sin hacer mocha a las huacas ni ceremonías, comían y bebían y se holgaban sin tentación de los demonios, ni se mataban ni se emborrachaban, como en este tiempo de españoles cristianos son todos borrachos y matadores cambalencheros y no hay justicia.

“Hatam, en aymara, es semilla, Adán, en hebreo, con raíces en Sánscrito, […] semilla también. Si el alma es mi semilla, mi manera en mi deber es el rebrote. Ahora se entiende que el Deber es el único Destino del hombre y que el Destino no pertenece al Porvenir, sino al pasado. Si no soy lo que he sido no tengo manera de ser (EPDO). Somos aquello que hacemos constantemente, doctrina del Estagirita que se opuso a la de la Reminiscencia socrática, con ingenuo desvalijamiento de la Metempsicosis. La resurrección de los muertos. P. 142.

Tupac Amaru, hijo del Dios Serpiente; hecho con la nieve del Salqantay; tu
sombra llega al profundo corazón como la sombra del dios montaña, sin
cesar y sin límites.
Tus ojos de serpiente dios que brillaban como el cristalino de todas las
águilas, pudieron ver el porvenir, pudieron ver lejos. Aquí estoy, fortalecido
por tu sangre, no muerto, gritando todavía.
Estoy gritando, soy tu pueblo; tú hiciste de nuevo mi alma; mis lágrimas las
hiciste de nuevo; mi herida ordenaste que no se cerrara, que doliera cada vez
más. Desde el día en que tú hablaste, desde el tiempo en que luchaste con el
acerado y sanguinario español, desde el instante en que le escupiste a la
cara; desde cuando tu hirviente sangre se derramó sobre la hirviente tierra,
en mi corazón se apagó la paz y la resignación. No hay sino fuego, no hay
sino odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos.

Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado que por el lado de la calle angosta era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase patética constante: “yawar mayu”, rio de sangre; “yawar unu”, agua sangrienta; puk’tik’ yawar k’ocha”, lago de sangre que hierve; “yawar wek’e”, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse “yawar rumi”, piedra de sangre, o “puk’tik’ yawar rumi”, piedra de sangre hirviente? Está estático el muro, pero hervía  por todas sus líneas y la  superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman “yawar mayu” a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman “yawar mayu” al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.

“¿Ideales? ¿Adónde está eso? Quizá participarán, pues. Quizás, hermano. Pero quemarse para que se hagan, y después aniquilar con mano de hierro a los que se opongan, no, Gabriel. No, hermanito; perdona. Se rompen o se venden. Yo lo he visto; maulean ante la boca de los fusiles; no entran, se corren. Hay que tener mano de fierro, corazón de fierro, para pelear; ojos de fierro para no asustarse. 

El papel de la constelación Qollca en la concepción del espacio-tiempo andino: circular y  espiralado. Señales de su presencia

En texto de mi autoría, editado recientemente por la Universidad San Antonio Abad del Cusco, denominado «Sabiduría filosófica del Yawar Mayu» afirmo que fueron el Hatun Mayu y la constelación Qollca las fuentes que originaron la concepción de la dualidad complementaria espacio-tiempo y del espacio-tiempo circular helicoide, respectivamente.

Luego de su publicación no han cesado mis investigaciones y búsqueda de nuevas evidencias que fundamenten las postulaciones que se sostienen en sus páginas. Varios temas que aquí se exponen no se encuentran en las páginas del texto.

Se trata de un conjunto de imágenes que muestran la evidente vinculación de diversas edificaciones prehispánicas con la constelación ancestral. Acompaño las ilustraciones con reflexiones y comentarios que orientan la lectura de las fotografías.

La figura que se muestra la ubicamos en el denominado -«Edificio público menor A4» y aparece en las publicaciones de la entidad con el nombre de «Relieve mural».

Lo cierto es que, la silueta del relieve reproduce el perfil de la constelación de la Qollca, conocida ahora como las Pléyades. En la fotografía de la derecha se ha remarcado la silueta en amarillo para resaltar la figura.

Más abajo se pueden ver la constelación en distintas posiciones en el firmamento y observar la similitud de formas entre el «Relieve mural» y los perfiles de la Qollca.

Sabemos la antigüedad de las distintas edificaciones que constituyen la estructura urbana de la Ciudadela Caral. Podemos usar el concepto de pequeña conurbación urbana para caracterizar este agrupamiento de edificaciones que se dispersan a lo largo de kilómetros en la zona. El conjunto nos enseña el contenido y las características de la Cultura Caral impropiamente llamada civilización.

El principal centro urbano del área distribuye sus edificaciones sobre un plano de planta que reproduce la Constelación de la Qollca. La ilustración de la izquierda muestra con claridad el desenvolvimiento de las construcciones, regidas por la forma de la ancestral constelación. La figura de la derecha tiene resaltado en amarillo la forma explicada.

Considero que los dos elementos expuestos dan un giro a la interpretación de la Cultura Caral y su ciudadela  y obliga a incorporar en su análisis la  pronunciada influencia que tuvo la constelación en el desarrollo de la Civilización andina del que la Cultura Caral es parte auroral.

Considero que Caral no es el inicio de los agrupamientos urbanos en la Civilización Andina. Su avanzada trama urbana y compleja estructura me lleva a considerar la existencia de antecedentes precursores.

Es pertinente preguntarse entonces: ¿dónde y cuándo se inició el proceso de urbanización de la Civilización Andina? ¿Apareció en un solo punto y luego se irradió por el extenso territorio andino? ¿Surgió en varios espacios; en la selva alta, baja? Lo cierto es que son muy elevadas las probabilidades de hallar restos de estructuras urbanas menos desarrolladas que Caral. Postulo que debemos hallar las ciudadelas iniciales unos dos mil años antes de Caral.

¿La aglomeración urbana de Caral fue concebida como un homenaje o como forma de un diálogo cósmico con la Constelación de la Qollca? Me inclino por esto último. La presencia de la agrupación de estrellas en edificaciones posteriores y en distintas culturas, en miles de años posteriores nos hacen ver su importancia como aglutinante cohesionador de las sociedades ancestrales. Recordemos que fue considerada «la madre de todas las estrellas»

Elementos menores hallados en la ciudadela también muestran el «rostro» de la Qollca, como se puede ver en las ilustraciones siguientes. El Tawa Inti Qocha es un símbolo que se ha conservado en culturas amazónicas en la actualidad. Nos hace pensar con pertinencia en la conexión de Caral con los territorios de la selva nuestra o del continente.

En una época similar a la de Caral se desarrolló este centro ceremonial claramente relacionado con la Qollca. Se trata de una figura antropomórfica que parece estar dando a luz la constelación.

Donde se observa con mayor claridad esta vinculación es en el centro de la figura espiralada, núcleo singular del complejo, espacio de origen, paqarina, génesis.

Aún el estudio de este espacio no está concluido, es necesario aguardar mayor información para desarrollar una visión mas completa y compleja de la propia figura y de su entorno.

Mientras, debemos preguntarnos si alguno de los dos asentamientos, Montegrande o Caral, funda la relación con la constelación ancestral. Y también inquirir en la influencia de los desarrollos amazónicos en la estructuración de las culturas de la sierra y costas nacionales. Incluyo en esta reflexión a los territorios de Ecuador y Bolivia.

Los chachapoyas fueron tardíamente incorporados a la Confederación Andina.  Su desarrollo está fijado entre el Horizonte Medio e Intermedio Tardío. Fue el gobernante quechua Tupac Inca Yupanqui el que logró hacerlos parte del horizonte inca.

Es visible su desarrollo autónomo y su vinculación con un extenso territorio que se extendía seguramente hasta la extensa selva baja y espacios en Ecuador y Colombia actual.

La zona principal de su agrupamiento de viviendas y centros ceremoniales nuestra claros signos de contener formas de la Qollca en sus edificaciones. Y precisamente en los almacenes de alimentos y ropa.

Una búsqueda acuciosa permite ubicar las formas de la constelación en los restos de las qollcas que se mantienen. Nos conduce a observar dos formas de la constelación en una misma edificación. Una de menor formato: Qollca menor y la otra: Qollca mayor. Comparten edificaciones en la parte curva de la aglomeración de estrellas, para luego seguir caminos separados.

Considero que esta forma de establecer el diálogo con las estrellas se debe a la estrechez del terreno y también a la capacidad de abstracción de los arquitectos e ingenieros chachapoyas. Recordemos que planificadores y constructores Chachas participan en la edificación de Chokekirao.

¿Se crea en la selva el diálogo con la Qollca?, ¿recibe este territorio Chacha la influencia de colectividades más antiguas situadas en la amazonia baja? ¿Se forma y difunde desde esos territorios las bases de la civilización andina? Este diálogo con el cosmos nos hace pensar que Julio C. Tello pudo tener razón en sus planteamientos del origen selvático de lo «andino».

Cerca de Yunguyo, frente al lago Titicaca, se yergue una edificación que, por años, ha motivado una serie de interpretaciones a los investigadores.

Ha sido interpretado como lugar de descanso del inca, descuidando que en su nombre se conserva un principio fundamental del desarrollo de la sociedad andina: Sumac Qamaña. Buen vivir, en aimara. Sinónimo del quechua Sumac Kawsay.

Es probable que el término, acuñado primero, seguramente, por los pukinas y adoptado después por los aimaras se asoció a este lugar por el gran significado sacro, espiritual que poseía.

Antes de continuar, remarquemos la capacidad de abstracción de los artistas andinos, de sus tejedoras, arquitectos, ingenieros, que tuvieron la extraordinaria capacidad de crear formas que requieren interpretaciones subjetivas para ser entendidas.

Este complejo sacro es un ejemplo claro de esta afirmación. No se muestra a «la vista» la forma Qollca, hay que demorar un poco para hallarla. Instalarla de pie es necesario. Y es así como se muestra en ilustraciones siguientes.

Hay un elemento que consolida la idea de que este lugar sacro está vinculado a la Qollca. El complejo está distribuido en una geografía con sus puntos de mayor importancia en altitudes descendentes que, al unirse con una línea continua nos descubren los perfiles de la constelación.

Estamos, pues, ante un complejo sacro vertebrado por la Qollca en toda su configuración: perfil de la constelación desarrollada sobre el Apu Ccapia y también tallada sobre la piedra.

Las estribaciones del Apu es la que alberga al lugar sacro. Se trata de la cima más alta del altiplano puneño y se encuentra ubicado a 4960 msnm entre las provincias de Yunguyo y Chuchito. En la cima se encuentra la laguna de Warawarani con aguas cristalinas y termales.

Actualmente la comunidades aimaras realizan festejos masivos en las zonas altas del Apu. La fuerza y permanencia de esta tradición está vinculada a las raíces culturales que se anidan en torno a la roca sagrada tallada en honor a la constelación ancestral. Es probable que una búsqueda acuciosa encuentre formas de gran magnitud que contengan imágenes que reproduzcan a la constelación en la tierra y sean el reflejo de la aglomeración de estrellas que estamos comentando. Considero que los perfiles de la costa lacustre debe ser observada con detenimiento, tanto como las cumbres del Apu.

Nos situamos entonces frente a un complejo ceremonial de singular importancia en la época prehispánica. Su imponente geografía unida a «señales» que indicaron la necesidad de edificar en ese lugar el espacio sacro, contribuyeron a su formación. Su especial ubicación frente al lago sagrado le otorga razones espirituales de incomparable importancia.

Seguramente que administraban el lugar un conjunto de Amautas, astrónomos y personal especializado que residían en ese espacio y siempre preparados y dispuestos a recibir peregrinos.

Los gobernantes aimaras y quechuas, en su momento, visitaban el lugar con frecuencia y permanecían aquí varios días, siguiendo un proceso de ayuno y purificación que los pusiera en aptitud para llegar al punto final de la peregrinación: las islas del Sol y de la Luna, paqarina ancestral.

El espacio guarda una energía cósmica que no se encuentra en espacios similares. Se trataba de un recinto con singular desarrollo espiritual, que tenía características de ser una Waca que encarnaba inigualables dones para el ejercicio de la sacralidad andina.

La claridad del cielo de esta zona permitía una visualización excepcional de la Qollca, razón que hacia de la lectura de sus señales una narración cierta de sus consecuencias para las comunidades. Aquí se ejercía un diálogo sacro con el cosmos, abonado por el uso de plantas maestras y ejercicios de adivinación; se inquiría por las características que traería el año siguiente, información útil para organizar las siembras y el cuidado del ganado.

Pocos lugares tienen contenido sacro más elevado. El gobierno regional debe organizar una mayor vigilancia y conservación del lugar. La depredación es visible.

Dejo este enlace para observar una celebración en las cumbres del Apu Ccapia: https://www.youtube.com/watch?v=JBaP6Da3fQU

Estamos ante una edificación hecha en las postrimerías de la hegemonía quechua. Aquí, la Qollca tiene una presencia acentuadamente abstracta. destaca que su figura ha sido repetida de modo inversa, a manera de lograr la deseada complementariedad andina.

No obstante el nivel de abstracción puede hallarse similitud con otras edificaciones, en especial con el muro exterior del Qoricancha.

Hay varios espacios que están edificados con clara vinculación con la constelación. Inclusive andenes.

Elegimos mostrarlas en otro momento con un estudio más detenido.

En la primera fotografía vemos a la Qollca con un trazo que hace necesario aguzar la mirada para hallarla. Las formas delineadas muestra una clara forma Qollca, con la silueta repetida como en muchas edificaciones.

Seré breve en este punto, por cuanto la explicación es más amplia en el libro comentado y también porque en una entrega anterior del Blog he mostrado la relación de la constelación con la forma del muro externo que aún se conserva.

Es muy particular la forma en que es mostrada la silueta de la Qollca en este recinto. Es donde mejor se interpreta la capacidad de «gestación» de la constelación. Preciso que, en determinada posición se puede ver el perfil del cúmulo de estrellas como una mujer en gestación; en otra ubicación, como una madre dando a luz.

El denominado Tambor del muro es la expresión de esta capacidad procreativa de la Qollca. Es clara la imagen que reporta de la constelación, el perfil de una mujer alumbrando vida.

Surge una pregunta: ¿Si fue el Qoricancha edificación destinada a homenajear al sol, por qué no se le conoció con el nombre de Inticancha? ¿Los invasores recogieron el verdadero nombre de este recinto o tomaron uno que era de uso «popular», pero no el usado por los sectores dirigentes? Me inclino a pensar que el nombre conservado era de uso masivo, motivado por los revestimientos de oro que conservaban sus muros y por su uso en la elaboración de los jardines interiores.

Postulo que se trataba de un espacio sacro primordialmente destinado al diálogo con la Qollca. Se trataba de una constelación de naturaleza universal y polivalente. Considero que los espacios dedicados al sol eran importantes, pero en una dimensión objetiva. La configuración espiritual, subjetiva, inasible, estaba ordenada por la Qollca y por la concepción de Ylla Tecse Wiracocha. El denominado Retablo del Qoricancha orienta esta interpretación.

¿Usaron una depresión de origen natural o causada por algún suceso externo al lugar, como la caída de un meteorito, para edificar el complejo? No lo sabemos con certeza, pero lo cierto es que, de una manera u otra, los constructores tuvieron la capacidad de modificar sus originales características físicas de acuerdo a un plan preconcebido.

La Qollca aparece en el lugar por decisión deliberada de sus constructores. El comportamiento de la constelación: su mayor o menor nitidez, además de otras lecturas que ahora desconocemos, influía en los cultivos que allí se desarrollaron.

Si su uso practico estuvo señalado como lugar de experimentación agrícola, no limita su principal razón: diálogo sacro con el cosmos.

Hay varios espacios donde se nota la presencia de la constelación. Quiza encontremos mayores muestras con un estudio orientado a hallarlos. Mientras, expongo tres espacios con estas características.

Es otro espacio sacro donde la Qollca tienen protagonismo. Está ubicado en el distrito de Qolquepata, provincia de Paucartambo. Tiene el lugar un conjunto de festividades anuales muy concurridas que contribuyen a pensar la singular importancia que tenía en la época prehispánica.

Hoy, equivocadamente, es considerado como un lugar de vigilancia que controlaban el ingreso al Antisuyo.

Se trataba de un espacio sacro como tantos otros lugares. Reiteramos lo señalado en el texto «Sabiduría filosófica…», que todo el territorio andino y sus edificaciones eran espacios sacros. Incluimos en ellos a todo los seres vivos e «inanimados» existentes.

Considero a Watoqto un Huchuy Qoricancha. Poseen ambos una configuración básica compartida. Podemos imaginar la forma de los linderos del Qoricancha y el muro externo y también los andenes que comunicaban a la Waca con el río Mapacho y la proximidad del río Pichigua, como cerca estaba el Qoriancha de los ríos Saphy y Tullumayu.

Desde la Waca se observa el discurrir del Mapacho y puede observarse en ella los perfiles de la constelación.

Observemos que las orillas del río Mapacho repiten el perfil de la Qollca, realidad que es, probablemente, el resultado de una adecuación manual que mejoró una coincidencia natural que decidió la construcción del santuario en el lugar. Llama la atención que la parte alta del área sea conocida como Sacsayhuamán.

Invitamos a los lectores a revisar las paginas del libro citado para acercarse con más precisión a la propuesta que explica el origen del nombre de este santuario.

En las siguientes dos fotografías muestro el uso de la silueta de la Qollca en el plano de planta del santuario. Señalemos que, este espacio, como pocos, reproducía una serie de humanidades en su configuración, como el halcón, la cabeza de un felino, las forma del rayo, y otras que están todavía por descubrirse. Es un espacio de complementariedades de altísimo valor sacro. En ese horizonte la Qollca no está ausente.

Postulo que es necesario observar las formas de los encuentros de los muros ciclópeos como simbolizaciones de la constelación madre.

Aqui la Qollca ocupa un lugar en el ceramio más emblemático de la civilización andina. No fue «inventado» por los quechuas. Fue perfeccionado por ellos.

Su forma no resulta práctica u óptima para el traslado de líquidos en su interior, tampoco ofrece facilidades para mantenerse de pie en cualquier lugar. La configuración que tiene obedece a razones de mayor importancia: tener un instrumento de difusión del significado de la Qollca en el territorio andino, mostrando un diseño que reproduce la hermosa silueta que posee la constelación.

Siguiendo el estilo de arte abstracto andino, no figurativo, la forma en que consiguieron los ceramistas y sabios reproducir la constelación es ciertamente insuperable. Repitieron la silueta en dos posiciones antagónicas y las unieron, logrando un tinkuy ejemplar.

No podía la Qollca estar ausente de este santuario. Y lo hace en dos lugares importantes. En el punto más alto de la sacralidad de la ciudadela. Punto de observación con ventanas que privilegian la observación de la Qollca y de constelaciones que tienen similitudes con ella.

Y, observando el desarrollo del río Vilcanota en la zona del santuario vemos una porción de su curso claramente vinculado al contorno de la constelación madre.

La planificación que precedía a la construcción de ciudades santuario o edificaciones de variada índole no eran realizadas improvisadamente. Es una característica que se profundiza en el período de hegemonía quechua. Nada era fruto del azar o de la improvisación. Por lo tanto la forma del curso del río tuvo influencia en la ubicación del santuario.

La constelación de la Cruz del Sur se asemeja a una Qollca incompleta, inacabada. Es una porción de la constelación madre. En base a esta consideración considero que la importancia de la Cruz estuvo influenciada por esta similitud. Imágenes que amparaban el principio de Relacionalidad que estructuraba la civilización.

Debo subrayar que se trata de una afirmación que carece del nivel de certeza de los temas precedentes; es una intuición que requiere ser analizada e investigada con mayor énfasis, si se pudiera. Mientras, dejo la imagen que me permite «ver» la asociación entre las dos constelaciones de tan profunda importancia en la edificación de la civilización andina.

Declaración de un indígena


 
Sayariy Pauccar
 
Los Pueblos Indígenas en el mundo entero sumamos cerca de 476 millones de personas viviendo en 90 países, organizados en 5,000 pueblos distintos y hablamos más de 7,000 idiomas. Representamos el 6% de la población mundial. Tenemos una clara y permanente vocación de paz y aspiramos a habitar nuestro planeta en armonía con todas las expresiones de vida, pese a que, otras formas de pensar, otras sociedades, han considerado que nunca tuvimos humanidad suficiente y que carecemos de condiciones para compartir sociedad con nosotros. 

A pesar de todo, después de tantas campañas con armas de exterminio y leyes inventadas que han durado siglos y continúan, seguimos existiendo y seguimos luchando por nuestros derechos. Y, ahora, en las últimas décadas, por la supervivencia de la humanidad. 

Nos hemos recuperado y agrupado; hemos conservado nuestras lenguas y conseguido hacer prevalecer nuestros derechos; ahora, somos más y estamos mejor organizados. Y lo que resalta con sencillez: conservamos nuestra sabiduría, nuestros conocimientos, nuestras formas de organización y mantenemos vivos los modos de entendernos con la naturaleza. 

Enumerar la larga historia de violencia y segregación y racismo de las que hemos sido objeto sería interminable, pero los sucesos están documentados y, sobre todo, se hallan en la memoria de los pueblos, en los rastros de destrucción de nuestras comunidades, en la sangre que ha enlutado a nuestras naciones. 

Nos han despojado de territorios, de nuestras comunidades e idiomas y han querido desaparecer nuestro espíritu; en nuestras migraciones y reclamos han secuestrado a nuestros hijos y asesinado a nuestras familias. Han tenido el propósito de exterminarnos y cuando no han logrado desaparecernos nos han marginado de la vida colectiva, estableciendo dos espacios territoriales, dos mundos separados: ellos y nosotros. Percibieron muy temprano que sin territorio desaparecemos, sin comunidad y lenguas, sin nuestra madre naturaleza somos seres en busca de nuevas y posibles moradas.  

Sin embargo, ¿de qué les ha servido todas estas acciones y estos propósitos? ¿han creado sociedades donde todos duermen con el hambre derrotada?, ¿han logrado todos el bienestar que, según prometen, se encuentra a la mano de quien desee alcanzarlo?, ¿se han creado comunidades integradas que  convivan en paz y armonía?, ¿han dejado de ambicionar territorios ajenos?  La respuesta no se encuentra oculta a nuestros ojos: está en las montañas desnudas de nieve, en las guerras interminables que no tienen justificación humana, en personas hurgando comida en los basurales de todas las ciudades del mundo, en los ríos sin peces como corrientes malolientes, en el mar saturado de venenos y plásticos, en los miles de especies extinguidas, en el hambre de millones y la satisfacción de muy pocos. 

La ciencia que han creado también ha servido para manipular la naturaleza, industrializar armas y preparar guerras, para llegar a la Luna, para explorar planetas, pero no para extinguir el hambre y la miseria de millones de seres, tampoco para vivir en armonía con la naturaleza y mucho menos para dejar de considerar a un humano como el lobo de otro  humano. Han logrado patentar inventos, apropiarse de semillas, imponer dioses y han sembrado en las mentes el pensar que no importa a quien atropelles ni a quien destruyas, si tus objetivos personales se logran. Las guerras entre humanos nunca han dejado de orientar las relaciones entre las naciones, cada uno quiere ser el dueño del mundo, todos apetecen el suelo del vecino, se arman, se defienden y después atacan, en un interminable proceso de injustificable violencia e inhumanidad. Y los gobiernos y los poderosos no cesan en su afán de eliminar todas las diferencias, queriendo que seamos una raza mundial y hablemos un solo idioma. No saben que ese día nunca llegará. 

Frente a esta realidad, nosotros hemos logrado sobrevivir a las adversidades, nos hemos ido acomodando a cada situación ajena a nuestra humanidad. Observando, ocultándonos, simulando y trabajando. Pero también, creando comunidad y arte, cantando, amando y conservando lo que somos y, en reducidos espacios comunitarios, hemos impedido que nos desaparezcan y logrado conservar lo más importante: nuestra sabiduría. Miramos hacia todos los rincones del mundo y siempre encontramos hermanos que portan semillas parecidas, comunidades que no han permitido que se les arrebate la esperanza de vivir a plenitud su sabiduría y entregarla al mundo.

No hay odio en nuestros corazones; mantenemos el pensamiento orientado al bien común para todos los habitantes de la Tierra, sin distinguir el color de la piel ni los idiomas que hablamos. Todo lo que hemos logrado conservar está disponible para ser entregado a la humanidad cuando sea oportuno y nos permitan hacerlo. 

Creemos haber vivido lo suficiente como para mirar de otro modo nuestra realidad; sabemos ahora cómo enfrentar todas las dificultades que antes nos hacían retroceder hacia alejados espacios de refugio. Estamos en todas las ciudades y territorios del mundo haciéndolos distintos. Poco a poco, hemos aprendido a mejorar la lucha por nuestros derechos, a recuperar y recrear idiomas, costumbres y territorios. Ahora también reclamamos por los que no son indígenas porque juntos tenemos que combatir la barbarie nuclear que amenaza con exterminar a todos. Son estas razones las que nos hacen afirmar: ¡vivimos aún!, aquí estamos para contribuir a superar todos los niveles de inhumanidad que nos rodean, para impedir que siga prosperando el afán de desaparecer toda diferencia entre los humanos, de imponer un solo rostro y un solo idioma para todos. La supervivencia de la especie humana está en juego. Y no olvidamos de considerar formas diferentes de humanidad a todos los seres vivos del universo, incluidos los que siempre la “ciencia” ha considerado inanimados.  Y lo hacemos porque no podemos permitir que la Tierra se convierta en materia de disputa eterna, ni aceptar que se siga destruyendo la casa de todos, ni que el despiadado capitalismo siga sembrando nuestras vidas y territorios de hambre, miseria,  y violencia. 

Llamamos a todos los pueblos ancestrales, a los pueblos indígenas, a los pueblos originarios que consideran que el territorio, la comunidad, los parentescos y la lengua son partes esenciales de su humanidad. Los llamamos a agruparse en colectividades conscientes de sus derechos, expresiones políticas de todo lo que somos. No será posible hacernos escuchar si no nos forjamos como sujetos políticos con  capacidad suficiente  para convocar juntos,  a colectividades de toda índole, que también desean un cambio civilizatorio radical. 

Consideramos que todos nuestros conocimientos, nuestras maneras de ver el mundo, contienen condiciones para que otras comunidades de naturaleza distinta a la nuestra, individuos, mujeres y hombres de diferentes procedencias, observen nuestros principios y los compartan;   
Deseamos que este compendio de pareceres incluya el:
Pensar que otras formas civilizatorias son viables, que otros mundos son posibles y necesarios.
Impedir la recurrente decisión de crear una sola cultura, una sola civilización para toda la Tierra. Toda diferencia debe ser apreciada y respetada.
Respetar la naturaleza y desarrollarnos en armonía junto a ella.  
Considerar a la Tierra y a todas las formas de vida que la habitan como expresiones distintas de humanidad y sacralidad. . 
Trabajar en convivencia y respeto con  todas las culturas del mundo 
Promover el plurilingüismo y el desarrollo de los idiomas originarios.
Trascender la idea que señala que la única ciencia posible es aquella que proviene de la repetición en los laboratorios y puede ser medida.
Reconocer las distintas formas de conexión con lo sagrado. Los pueblos no se separan entre paganos y no paganos y las religiones, cualquiera que sea, deben ser respetadas en todas sus expresiones. 
Hermanas, hermanos: ¡Kachkaniraqmi! ¡Seguimos siendo!





José María Arguedas: indígena urbano

Una lectura del haylli-taki a Tupac Amaru

Sayari Pauccar

Arguedas fue un excepcional migrante quechua-chanca que no se aculturó ni se sometió a las imposiciones de la dominación colonizadora. Reivindicó su identidad cultural en numerosas oportunidades. Ningún éxito personal ni su destacada ubicación en el territorio de los dominadores lo apartó de sus orígenes ni pudo separarlo del pueblo que lo formó ni de su propósito de describirlo y revelarlo al mundo de los cercadores. No obstante la clara filiación contenida en sus obras y biografía, el poder y sus administradores lo presentan como el epónimo representante de la peruanidad mestiza. Para desagrado de los hacedores de aporías y fabricantes de blanqueamientos espurios, su estirpe indígena es inocultable y aparece nítida y transparente en el  haylli-taki a Tupac Amaru, obra que es un indiscutible mensaje quechua-chanca. 

Se preguntan muchos ¿por qué el propósito de disputar la identidad de José María?, ¿no es él de todos los peruanos desde su ubicación mestiza? No, no lo es, porque esa sectaria posición pertenece a un segmento social que ha hecho de la diferencia cultural un estigma y de la diversidad una amenaza social. Ubicado donde lo quieren situar los detentores del poder y sus asistentes, es inaccesible para los pueblos que viven entropados con su memoria y mensaje, porque en esa tribu cultural a José María se le niegan sus orígenes, se enmudece su idioma materno y se desfigura su rostro quechua-chanca ancestral; se silencia el reclamo de una patria de todas las sangres. En cambio, su tesitura indígena lo pone al alcance de cualquier humano que desee emularlo o dialogar con él en su propia lengua  y en el pensamiento que lo vincula a sus actos. Los indígenas sabemos de noqaykus y  noqanchis, conocemos de cómo pensar y hacer reales acuerdos y consensos entre distintos, lejos, muy lejos de la deshumanizante inclusión social mestiza a la que también ha sido sometido Arguedas. Nuestra matriz es de respeto al distinto, al diferente; conocemos cómo edificar una patria para todos porque lo hemos hecho por milenios. José María nativo no es propiedad de los indígenas que desconocemos otra propiedad distinta a la comunal; Arguedas indígena, es de todos; mestizo, es propiedad de los que ingresaron a sangre y fuego a nuestras tierras y fueron después incapaces de construir un hogar donde nadie sea discriminado y excluido. 

El himno-canción que comentamos fundamenta nuestro reclamo. Fue escrito pocos años antes de su ausencia física, sus sonidos hacen oír su voz desde las filas del pueblo, al que canta desde la larga época de los primeros alzamientos hasta su exitosa marcha final a los territorios sacros que los invasores expropiaron. Canta desde el ocllo de su pueblo, junto a los “alzados”, como activo militante del proceso de liberación que miles de hombres y mujeres, niños y ancianos, protagonizan a lo largo del haylli-taki. En algunos momentos de la gran marcha Arguedas, ─sin duda la voz poética─ seguramente algo alejado de la muchedumbre conversa con sus referentes sacros: el “Dios Serpiente y Tupac Amaru”, de persona a persona, entregando y  exigiendo, en un ayni en el que usa su propia voz y también la de su pueblo. Algunas veces su canto es personal, pero luego adquiere representación comunal y su voz entonces es intérprete de varios pueblos; mientras, la marcha sigue, la multitud avanza en la rugosa geografía nacional. 

El intérprete es voz que unifica los sentimientos y objetivos de miles de “alzados” que portan diversos lenguajes y vestimentas. Dialoga con voces múltiples y acompañado de la muchedumbre conversa con sus dos hermanos superiores y está presente cuando los  diversos pueblos  concluyen la gesta dominando y haciendo suyas las ciudades antes sometidas.

Arguedas recrea las voces de los cantores de antaño, que memorizaban la historia de sus comunidades para contarlas en escenarios íntimos, como también en eventos de milenaria experiencia que congregaban cientos de oyentes y a líderes que escuchaban el despliegue de voces, gestos y mímica que se ha conservado hasta nuestros días y que lo podemos apreciar en el canto Apu Inka Atawallpaman del siglo XVI que es simiente del mensaje de José María.  Es testigo de la milenaria caminata y del destino final que los lleva a lograr que “la tierra sea de veras nuestra tierra y los pueblos nuestros pueblos”.  

En el himno-canción Arguedas aparece en su claro papel de héroe de la resistencia indígena, lejos, muy lejos, del inofensivo e inocuo héroe cultural exhibido  en medios de prensa y en carteleras estatales y académicas como paladín de una peruanidad preñada de racismo, desigualdad y marginación de las mayorías. Muy distante se halla el escritor de las industrias culturales que se propagandizan desde hace un tiempo desde el Estado colonizado y sus colaboradores. 

Él conoce de migraciones y sabe de las difíciles caminatas desde las comunidades hacia las ciudades. Sabemos el inicio de su travesía: “A mí me echaron  por encima de ese muro, un tiempo, cuando era niño, me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa”.Su obra, en sustancia, trata del permanente reacomodo espacial de poblaciones acosadas por el poder expropiador y que se convirtieron en eternos trashumantes en el territorio siempre sagrado. En sus himnos hallamos más nítida su identidad quechua.Toda su vida conservó la tensión que lo mantuvo dentro de los linderos de su cultura abriendo espacios de comunicación con la cultura dominante. 

En el himno-canción Tupac Amaru kamaq taytanchisman (haylli-taki) A nuestro padre creador Tupac Amaru (himno-canción), elabora diversos murales de la épica migratoria y del proceso liberador, interpreta esta experiencia con fidelidad. Es un canto que describe con pasión y reciedumbre quechua, la trashumancia de miles de mujeres, hombres, animales, y de la propia naturaleza, que se preparan para avanzar hacia la reconquista de territorios ancestrales, abandonando sus espacios originarios.

El haylli-taki es la interpretación más genuina del éxodo que han vivido y viven hermanos indígenas en la actualidad. Lo redacta como caminante de la épica gesta, acompañando a su pueblo, siendo voz personal y también colectiva. Conserva los valores que las culturas  ancestrales han desarrollado a través de milenios:  persistencia, reciedumbre, comunidad, diálogo con la naturaleza, hermandad sacra con deidades que no se asemejan a cultos religiosos. Observamos la indomable capacidad de los peruanos para enfrentar la adversidad y vencerla. Su lectura nos devela un programa político y un camino de redención para su pueblo venciendo el propósito de silenciar su mensaje de rebeldía e inconformidad que se manifiesta en el objetivo de encasillarlo como inofensivo héroe cultural, amable con todos los segmentos sociales. El poema lo ubica en el lugar que le corresponde: líder contemporáneo de la resistencia y ofensiva indígena. 

Arguedas es un intérprete invaluable del proceso migratorio y del ingreso de los indígenas a las ciudades; ha narrado como ninguno esta epopeya. Toda su producción intelectual está ahíta de la trashumante vida indígena. Los niños-personajes de su producción temprana con frecuencia exploran caminos hacia el exilio interior, buscando rutas por donde caminar hacia lugares donde su humanidad sea respetada. En Yawar fiesta describe el afán de los pueblos andinos de comunicarse con el exterior; también retrata a las asociaciones de migrantes puquianos, la relación con sus lugares de origen y con las fiestas y organizaciones políticas en la capital. En Diamantes y pedernales el joven músico Mariano es obligado a abandonar su pueblo y caminar en busca de su destino. En Los ríos profundos el adolescente Ernesto es un caminante perpetuo en constante búsqueda de un hogar; a Rendón Willka  lo vemos como trashumante de prolongado recorrido acompañado de personajes que no cesan de movilizarse en el territorio. El zorro de arriba y el zorro de abajo es la épica de los migrantes que ocupan la bahía de Chimbote y la convierten en el primer puerto pesquero del mundo. El himno-canción es también la narración del desarraigo y del rechazo a la aculturación, la ruptura de la alienación de grupos humanos que trasladan su vida colectiva y pugnan por hallar un camino de redención comunitaria en medio de la mugre urbana que genera el capitalismo inhumano. 

No hay un lugar ni un tiempo en los versos, el lugar de enunciación es el espacio andino; la voz que habla se comunica con formatos y sentimientos que expresan la continuidad de los milenarios cantos antiguos. Es el himno más logrado de José María por el descubrimiento de la belleza contenida en la epopeya migrante como por el mensaje que contiene. Es la voz de un cantor que entona sus versos desde el pueblo del que proviene. Comunica las vicisitudes de una colectividad que ha sufrido el escarnio de la opresión y la marginación y que después de un largo período de tiempo retoma el camino extraviado. Relata el extenso caminar de varias comunidades que descienden desde los Andes a ocupar ciudades. Lo acompaña el aliento del Dios Serpiente y su hijo Tupac Amaru. Los versos se hermanan con el himno-canción Apu Inka Atawallpaman, de autor desconocido, creado en recuerdo de la muerte del Inka Atawallpa. Ambas creaciones se hermanan en el sufrimiento del pueblo y expresan su desaliento. La diferencia surge cuando el himno arguediano supera el recuento de las afrentas y canta la rebelión, el alzamiento de un pueblo que ha superado el miedo y ha decidido tejer la historia con sus  manos. Los cantos son parte de la lucha del pueblo por su liberación y provienen de un solo contexto cultural. Después de casi cinco siglos el himno al Inka halla su complemento y continuidad. Hace realidad lo que el cantor aquél no estaba en capacidad de formular: el camino de la liberación. El canto de Arguedas lo muestra indígena que dice basta a la opresión y acompaña a su pueblo en el descenso desde las cordilleras nevadas hasta las ciudades, para ocuparlas y transformarlas: hacerlas humanas. Es también el reconocimiento a los indígenas que han poblado nuestras ciudades, las han construido y las están haciendo humanas y que, sin embargo, viven invisibilizados en las urbes.

El himno-canción contiene 5 apartados en prosa y 4 en verso, con la voz poética que se expresa en primera persona y también en plural, como la voz de un pueblo. Se inicia con una dedicatoria a su “madre india Doña Cayetana”, que lo protegió cuando niño habitó una “casa hostil y ajena”. Vemos que el canto está dirigido al Dios Serpiente y a su hijo Tupac Amaru. En muchos pasajes esta diferenciación se desvanece y los dos personajes se integran en una sola y sacra personalidad. 

En el primer apartado en prosa poética Tupac Amaru está hecho con la nieve del apu Salkantay. Es un ser que puede ver el futuro. El cantor lírico le informa sobre su presencia: “Aquí estoy, fortalecido con tu sangre, no muerto, gritando todavía”. En breve espacio asume ser colectivo, integrante de una comunidad: “Estoy gritando, soy tu pueblo”. Tupac Amaru no es solo el humano dirigente de una rebelión, sino una deidad que responde a una larga historia social -tal como se lee en la narración recopilada en quechua en el siglo XVI que Arguedas tradujo y que fuera publicada con el nombre Dioses y Hombres de Huarochirí-. Es lo que explica  que un ser pueda ser otro al mismo tiempo, con una contextura hecha de la propia naturaleza. Es un Dios que puede ver el porvenir como lo hace “el cristalino de todas las águilas”. El cantor dice hallarse fortalecido con la sangre del Dios serpiente “no muerto, gritando todavía” y, a continuación, hace su voz colectiva y le dice al Dios Serpiente: “soy tu pueblo” y le menciona que tiene un alma nueva, nuevas lágrimas, por él. Le recuerda que, desde el tiempo de su lucha contra “el sanguinario español, desde el tiempo en que “le escupiste a la cara”, en su corazón de pueblo se “apagó la paz y la resignación” Ahora solo le queda el fuego, “odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos”. 

El primer apartado en verso promueve un cambio de tono en el mensaje y su propósito se hace visible en el último verso: “¿En dónde estás desde que te mataron por nosotros?”. A esta pregunta llega después de señalar que la naturaleza hace notar la ausencia del humano Tupac Amaru y provoca que, junto al río que canta llore la calandria, dé vueltas el viento, vibre la paja de la estepa y el río sagrado brame y la nieve gotee y brille. Son expresiones en apariencia contradictorias si no se leen con la sabiduría antigua. La naturaleza, como la vida misma se expresa y comunica sus sentimientos. Es también el tono del poema Apu Inka Atawallpaman, que hemos comentado y mostramos como ejemplo: 

Las nubes del cielo han dejado

Ennegreciéndose;

La madre Luna, transida, con el rostro enfermo,

Empequeñece.

Y todo y todos se esconden, desaparecen,

Padeciendo. La tierra se niega a sepultar 

a su Señor,

Como si se avergonzara del cadáver

De quien la amó,

Como si temiera a su adalid

Devorar.

El segundo apartado en prosa es menos extenso que el primero. Le pide al Dios Serpiente al que llama “Padre nuestro” escuchar atentamente “la voz de nuestros ríos”, a los “temibles árboles de la gran selva” el canto del mar. En ellos, en esos fermentos de la naturaleza se encuentran los latidos de vida de un pueblo. “¡Estamos vivos todavía; todavía somos! dice el cantor. Y recalca: del movimiento que proviene de esos ríos y las piedras, “de la danza de árboles y montañas, de su movimiento, bebemos sangre poderosa, cada vez más fuerte. Y termina el apartado diciendo: “¡Nos estamos levantando, por tu casa, recordando tu nombre y tu muerte!”.  No es un diálogo de subordinación religiosa, no, es sacro, se trata, usando una categoría religiosa occidental, de una hierofanía, con una diferencia: que en el poema se trata de una manifestación de lo sagrado en una realidad sacra. Es también una epifanía que no requiere revelación porque lo sagrado no se revela desde un espacio desconocido, lo sacro existe ante nuestros ojos, vive en todo espacio y tiempo. El Dios Serpiente no está oculto, viaja con el pueblo que la voz poética representa. El que ha dejado de existir es el hombre Tupac Amaru, pero no su espíritu que ha devenido en presencia perpetua. 

El segundo momento en verso es para mostrar el sufrimiento del pueblo, que es mayor aún que aquél vivido en tiempos de la rebelión tupamarista. “Bajo la sombra de algún árbol, todavía el hombre, Serpiente Dios, más herido que en tu tiempo; perseguido como filas de piojos”. El poeta cantor habla aquí con el Dios Serpiente pero también con Tupac Amaru y lo hace con voz personal. “¡Escucha la vibración de mi cuerpo!”, le dice, también oye la “vibración de mi cuerpo, escucha el frío de mi sangre, su temblor helado”. No podemos dejar de reconocer la voz personal de José María, es él el que ha vivido con filas de piojos en el cuerpo, y ha sentido el frío de su sangre. En las líneas finales ratifica su dolor personal, su aldea nativa cuando describe el canto de la paloma abandonada, nunca amada,  sobre el árbol de lambras. Culmina el apartado diciendo: “¡Somos aún, vivimos”, transformando su alegato personal en colectivo, comunal, masivo! 

Prosigue con el tercer apartado en prosa poética para abordar el espacio de la afirmación, del reconocimiento de una voluntad política en el pueblo que él canta e interpreta. Reconoce que hay rabia que hierve en las venas y que “Hemos de alzarnos ya, padre, hermano nuestro, mi Dios serpiente” Han dejado de tener miedo al “rayo de pólvora de los señores, a las balas y la metralla, ya no le tememos tanto”. Y continúa afirmando “Somos todavía”. Señala que se lanzarán sobre la tierra “hasta que nuestra tierra sea de veras nuestra tierra y nuestros pueblos nuestros pueblos”. Es una epopeya que se concretará voceando el nombre del Dios Serpiente. Hay un giro, como vemos, en el mensaje, no es ya solamente el reconocimiento de la postración de su pueblo, es la voluntad de restablecer el equilibrio cósmico perdido, expropiado por los dueños de la metralla, de  la pólvora. Es la promesa de avanzar hacia territorios que alguna vez les pertenecieron y que ahora reclaman como propios. Lo harán “Voceando tu nombre, como los ríos crecientes y el fuego que devora la paja madura, como las multitudes infinitas de las hormigas selváticas”.  No podemos dejar de leer en estas líneas el avance de los pueblos del interior hacia los centros urbanos poblados de injusticias, creados sobre territorios expropiados y que ”de veras” es tierra nuestra. 

El tercer apartado en verso retoma el reclamo, la denuncia. Y lo dirige al Dios Serpiente. Pero lo hace mientras el pueblo camina, avanza hacia su destino; es una muchedumbre que no deja de caminar mientras “las balas están matando, las ametralladoras están reventando las venas, los sables están cortando carne humana” en una acción asesina que carece de territorio. Y no solamente se refiere a un momento contemporáneo de nuestra historia, sino que describe caballos con herrajes, con pesados cascos que revientan cabezas y estómagos. La acción depredadora se ejecuta en “las llanuras frías, en los caldeados valles de la costa, sobre la gran yerba, entre los desiertos”. Es un pasaje que está vinculado al pasado. Retomará el presente en líneas siguientes.

El cuarto apartado en prosa poética es el más extenso. La intención del cantor es llegar aquí con la preparación de los apartados anteriores que dispone al oyente a entender mejor lo que aquí desarrolla. El diálogo es con el Dios Serpiente que no es un ser cuya presencia se intuye, sino que se halla cercano al cantor, no es una conversación con alguien lejano, el cantor habla con él cara a cara. Le dice “óyeme: ahora el corazón de los señores es más espantoso, más sucio, inspira más odio”. Le explica que “los señores” han corrompido a sus propios hermanos, han logrado voltearles el corazón y se han convertido en verdugos de su propio pueblo. Nada arredra al pueblo, “¡Y sin embargo, hay una gran luz en nuestras vidas! ¡Estamos brillando! Hemos bajado a las ciudades de los señores” El cantor se expresa desde ese territorio ocupado, al que han llegado “como las interminables filas de hormigas de la gran selva. Aquí estamos, contigo, jefe amado, inolvidable, eterno Amaru”. Es una conversación que descubre una forma distinta del ser múltiple que  Túpac, Dios serpiente y es amaru, señor de los territorios del uku pacha. 

Sigue señalando todas las dificultades que ha vivido su pueblo. Expropiación de tierras, ovejitas que pasan hambre, vacas que agonizan lamiendo la poca sal de la tierra. Le dice al Dios Serpiente que en su tiempo “éramos dueños, comuneros”. Ahora como “perro que huye de la muerte corremos hacia los valles calientes”. Explica que se han extendido en miles de pueblos y en aves despavoridas. Desde territorios que los “falsos wiraqochas nos quitaron, hemos huido y nos hemos extendido por las cuatro regiones del mundo” Hay quienes han permanecido “arriba, en sus querencias”, pero también tiemblan de ira, piensan, contemplan. Pero ya no temen a la  muerte porque sus vidas son  frías “duelen  más que la muerte”. Le pide que escuche Serpiente Dios que la cárcel, el azote, el sufrimiento inacabable, la muerte, los ha  fortalecido. Como al mismo Tupac Amaru. Estima que la realidad de injusticias y sufrimiento hará que el hombre “revuelva el  mundo, que  lo sacuda”. Lo menciona ya desde un lugar de llegada, Lima, “el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiracochas” Está en la “Pampa de Comas, sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando, edifiqué una casa”. Todo su pasado, toda su geografía está dentro de esa vivienda, la hace florecer, la rodea, palpitan dentro de ella. El cantor ve “un  picaflor dorado juega en el aire, sobre el techo”.

“Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo” dice el cantor. Lo han ocupado con toda la cultura que portan, con alegría y regocijo, con himnos antiguos y nuevos. Lo están envolviendo. Tienen el propósito de redimir a los falsos wiracochas, “lavar algo de las culpas sedimentadas en esta cabeza corrompida de  los falsos wiracochas, con lágrimas, amor o fuego. ¡Con lo que sea!”. Es claro el propósito de generar cambios en la mentalidad del opresor, el poeta no plantea la extinción o la desaparición de los falsos wiracochas sino su liberación de su papel de opresores. Termina el apartado con un alegato de gran contenido político y humano:

“Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre y estamos apretando a esta  inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz,  donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montañas donde la pestilencia del mal no llega jamás. Así es, así mismo ha de ser, padre mío, así mismo ha de ser, en tu nombre, que cae sobre la vida como una cascada de agua eterna que salta y alumbra todo el espíritu y el camino”.

El párrafo es resumen de un programa político que promueve la diversidad cultural, pero  no descuida la identidad personal. El propósito es redimir, corregir, integrar, convertir nuestro territorio en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones del mundo. Es el país de todas las sangres que fluye de su prosa y de sus versos. El país de trabajo, de limpieza moral y donde el   mal no llegue jamás.

El último apartado en verso extiende el diálogo con el Dios Serpiente. Le dice que esté tranquilo, el cantor está bien, “¡alzándome!” Es un alzamiento con canciones y bailes. Se trata de las danzas y canciones que el Dios también las hace suyas. Está ya asentado en la ciudad que ha dominado y aprende “la lengua de Castilla, entiendo la rueda y la máquina”. Tu nombre crece con nosotros, le menciona. Los antiguos dominadores, “hijos de wiracochas te hablan y te escuchan. El “guerrero maestro” les ha enseñado. Sabe que en otros pueblos los “hombres azotados, los que sufrían, son ahora águilas, cóndores de inmenso y libre vuelo”. Le reitera que esté tranquilo, “llegaremos más lejos que cuanto tú quisiste y soñaste”. El amor que prodiguen será “más de lo que tú amaste, con amor de paloma encantada, de calandria”. También “odiaremos más que cuanto tú odiaste”. El mensaje de redención llegará a los confines de la tierra. Accederán al helado lago que duerme, al negro precipicio, a la mosca azulada que ve y anuncia la muerte, a la luna, las estrellas y la tierra, al corazón del hombre, a todo ser viviente y no viviente. 

“Amaru, padre mío”, le dice, “la santa muerte vendrá sola, ya no lanzada con hondas trenzadas ni estallada por el rayo de pólvora. El mundo será el hombre, el hombre el mundo, todo a tu medida”. Se cumple un período del tiempo cíclico nuestro, el nuevo comienzo del bien estar que se  perdió bajo el atropello de la pólvora y los herrajes de los caballos invasores. Un mundo con opresores redimidos, reintegrados, en comunión con la naturaleza,  con todo “ser viviente y no viviente”.

El último apartado en prosa es breve y concluye pidiendo al “Serpiente Dios”  que baje a la tierra y le infunda su aliento, que ponga sus manos “sobre la tela imperceptible que cubre el corazón”. Le pide: “Dame tu fuerza, padre amado”.

La lectura del himno-canción es recorrer la historia del Perú en breve interpretación. Ejecuta un resumen intenso de la gran marcha nacional que estamos seguros cumplirá la promesa que contiene, luchar hasta que “la tierra sea de veras nuestra tierra y los pueblos nuestros pueblos”. 

Indígenas urbanos

Este articulo es el Editorial del ejemplar N° 8 de la Revista Willakuy.

Nuevas formas de ser indígena
Decir indígenas, indigenistas u otras variables contiene con frecuencia acepciones subalternas que llevan implícita la idea de un colectivo atrasado, incivilizado, y cuya negativa a modernizarse justifica su marginación. En el imaginario social predomina la idea de que son comunidades con capacidades cognitivas disminuidas, extrañas, subhumanas, inclusive. Somos los diferentes, los inferiores, los ellos, con quienes es simple y natural configurar el nosotros excluyente.

Pero, para desagrado y decepción de los dominadores, hemos sobrevivido a varios siglos; demostrando que no vivimos en un estado de desarrollo previo al capitalismo; que seguimos siendo comunales como lo fuimos por milenios. Desmentir este criterio es sencillo observando que el sistema productivo antiguo ha tenido extendido tiempo de probada productividad sin mostrar condiciones para transformarse en realidades capitalistas. Caral y Cusco son ciudades separadas por cinco mil años de tiempo y, sin embargo, tienen formas y contenidos similares.

No se observa ninguna comunidad indígena que se haya transformado al modo de producción capitalista. Antes de que tal realidad se impusiera, dejaron de existir.

El capitalismo no ha sido la antesala del socialismo ni del comunismo como tampoco etapa previa de otra forma “superior” de formación social y menos el fin de la historia. La “evolución” de la sociedad no obedece a “leyes” o a escalas teóricas formuladas en la mente de pensadores iluminados. Las periodificaciones elaboradas pueden mostrar inclusive una involución de las sociedades. Formatos distintos han demostrado su eficacia para satisfacer las necesidades humanas con mayor suficiencia que el capitalismo, pero fueron aplastadas por su expansión y dominio: ninguna competencia, ninguna forma distinta de desarrollo es admisible.

El individualismo no es la condición natural del ser humano, se trata de una creación concreta. Devino en hegemónico como pudo surgir otra forma distinta; las condiciones que lo generaron pueden ser consideradas fruto del azar. El capitalismo ha dominado el mundo por haber impuesto fundamentos inhumanos: desigualdad y segregación, intolerancia de toda expresión discrepante. Su capacidad de promover formas “científicas” de desarrollo basados en la utilidad y el enriquecimiento personal promovieron las industrias bélicas a un nivel que ninguna otra sociedad había logrado antes. Una de sus grandes “virtudes” ha sido poner al servicio de la industria bélica todos sus logros científicos. El desarrollo científico tecnológico y militar promovido por el capitalismo no tiene parangón en la historia de la humanidad y explica su expansión.

Hemos superado todas las caracterizaciones teóricas, también cercos y campañas de exterminios y seguimos creando y sosteniendo las razones que hacen sentir como peruanos, ecuatorianos y bolivianos a todos los miembros de estas sociedades, sin exclusiones.
Y pongo en evidencia algo que el Estado y la colectividad monocultural no observa ni valora en dimensión conveniente: nos seguimos multiplicando y creando, poblando territorios de las, cada vez más deshumanizadas ciudades dominantes.

Ahora que el indigenismo de beneficencia ya no tiene cabida y tampoco las tutelas y la doctrina de la inclusión social, los indígenas nos erguimos desde nuestros espacios y proyectamos nuestra integración a las luchas populares sin extraviar nuestras densas culturas y profunda sabiduría. Los datos numéricos colaboran en proporcionar el sustento para decirlo. El Censo de Población y Vivienda de 2017 muestra que un 22.32 % de peruanos se declaran quechuas, 2.36 % aymaras y 1.12% nativos de la Amazonía o, parte de otro pueblo indígena. Entre nikkeis, tusan y afrodescendientes suman 3.73 %, con una clara superioridad de estos últimos. Si sumamos estos datos, la cifra alcanza el 29.53 %, nueve millones de peruanos que declaran una identidad cultural distinta de la dominante y que caminan hacia una sociedad multicultural. La información también nos da un dato importante y nuevo: existe identidad indígena sin lengua indígena, que se evidencia cuando leemos que hay un 9.2% declarados indígenas que no hablan una lengua ancestral. La cifra se acerca al millón de personas. El resultado proviene del 16% de la población cuyo idioma materno es una lengua originaria y el 25,2% que se autodefine como indígena. Se trata de una indigeneidad urbana por cuanto el 68,12% de población quechua y el 61,57% aymara, residen en ciudades, y solo la tercera parte en áreas rurales. Lima y Callao albergan al 23.60 % de la población indígena nacional que las ubica como centros urbanos que congregan al mayor número de hablantes de lenguas originarias. No se puede argumentar que los indígenas solo vivimos en el campo.

Datos adicionales de importancia: el 60.2 % se define mestizo y sólo el 5.89 % “blanco”. Consideramos que, en el alto porcentaje de mestizos existe un creciente número de indígenas que han perdido su identidad o la ocultan y que, no obstante, se mantienen muy cerca de sus raíces culturales extraviadas porque, en algún lugar de su mente y corazón, albergan un fondo indígena. Reconocemos que la presión ideológica que apura para despojarse de la identidad y ser aceptado en el espacio inexistente de la inclusión social y el mestizaje, es porque también ha aprendido a evitar el escarnio y la marginación física que afrontarán en las calles de la ciudad si persiste y muestra su personalidad indígena.

Nos hallamos ante un proceso de reconfiguración de la identidad indígena en nuestra región. No se trata de un acondicionamiento a la modernidad, no. Nos referimos a crecientes muestras del retorno a las fuentes culturales, de rechazo a la inclusión social, de prácticas crecientes por conseguir la autodeterminación en las comunidades de la Amazonía y de extendidas prácticas que tiñen las ciudades de semblante indígena. Son notorios avances que señalan un crecimiento sostenido de la identidad indígena.

También lo son los avances que se profundizarán si el hecho político ingresa a la agenda indígena y hace posible que, la demanda de aulas de enseñanza conduzca a exigir nueva educación, que la solicitud por titulación de territorios o reconocimiento sume, además, demanda por un nuevo Estado, multilingüe y plurinacional. Es decir, que nuestros intereses trasciendan los límites de las comunidades locales y decidan luchar por el liderazgo social y político nacional retomando el rol director que siempre tuvimos y que se ha perdido con la invasión. Nosotros sabemos de civilizaciones, conocemos de los actos necesarios para unir lo distinto, para conseguir que mil lenguas se entiendan, sabemos cómo asociarnos con la naturaleza y avanzar en la edificación de sociedades más justas, profundamente asentadas en el territorio y, por eso mismo, pluriculturales.

No somos urbanos advenedizos, hemos habitado ciudades desde hace milenios, mucho antes que cualquier europeo invasor.
Requerimos también ordenar las ideas que se han mantenido en las tradiciones orales y en los textos de historia y crónicas antiguas. Necesitamos rescatar sabiduría, escuchar, tocar, ver, oler, sentir nuestro pasado con criterios contemporáneos. Uniendo todas las fuentes percibimos que hay una transformación que ha sumado una gran variedad de formas de ser indígena.

No somos urbanos advenedizos, hemos habitado ciudades desde hace milenios, mucho antes que cualquier europeo invasor.

Requerimos también ordenar las ideas que se han mantenido en las tradiciones orales y en los textos de historia y crónicas antiguas. Necesitamos rescatar sabiduría, escuchar, tocar, ver, oler, sentir nuestro pasado con criterios contemporáneos. Uniendo todas las fuentes percibimos que hay una transformación que ha sumado una gran variedad de formas de ser indígena. No somos urbanos advenedizos, hemos habitado ciudades desde hace milenios, mucho antes que cualquier europeo invasor. Nuestras antiguas culturas han desarrollado temprano urbes como Caral, Cahuachi, Chavín, Tiahuanaco, Wari, Kuelap, Chan Chan, Cusco, Quito, Huánuco Pampa, Machu Picchu, y otras. Los continuadores de aquellas sociedades, mantuvimos esa cualidad después de la invasión.

Son razones que nos llevan a mostrar algunas ideas de nuestra experiencia cultural y que ofrecen nuevos criterios para definirnos como indígenas en las ciudades que ocupamos:

Ser indígena no es un mandato de la biología y no equivale a calzar ojotas o ajustarse un poncho de lana al cuerpo. Los distintivos externos no definen una identidad. Tampoco es condición masticar la coca ancestral, porque las realidades urbanas hace poco accesible esta práctica. Habrá otras muchas costumbres y tradiciones que no será posible repetirlas en las ciudades mientras subsistan las condiciones políticas y sociales dominantes.

Ser indígena hoy sí exige no ser mentiroso y ser honesto en el trato con los semejantes. No olvidemos que son indígenas las cotidianas costumbres rituales que aprendimos en las comunidades, deben volver a ser hábitos diarios en el trato social, familiar, personal; la ritualidad es una importante forma de profundizar nuestra humanidad. Debemos de recuperar el trabajo de su condición de castigo; el trabajo es la forma más eficaz de ser y de desarrollar humanidad y comunidad, no debe servir para lucrar y explotar el trabajo de nuestros semejantes.

Debe entenderse que todos formamos parte de la naturaleza, somos con ella creadores y creados, lo que nos lleva a entender que no ocupamos la cúspide de ninguna creación de algún ser superior. Consideremos que la materia llamada inerte tiene distintas formas de expresar existencia, compartimos una única sustancia de vida. La naturaleza tiene lenguajes que es necesario conocer; las ciudades que no conservan naturaleza en su interior abren otros caminos de relacionarnos con ella a través de los distintos colectivos y de la estructura, equipamiento y mobiliario urbano, con quienes es necesario hallar formas de diálogo distinto.

Recordemos que, desde tiempos inmemoriales las ciudades que edificaron nuestros abuelos no eliminaron la naturaleza en su constitución y tenían la condición de espacios sacros, formas que eran extensión de la sacralidad del universo. Los indígenas fomentamos la diversidad, la aceptamos sin ambages; consideramos que la  uniformización es ir contra la propia diversidad de la naturaleza; ninguna especie o forma de vida es innecesaria, todas somos ámbitos de un universo que es diverso en todas sus formas y partes.

La uniformidad conduce a la extinción de la vida, imponerla es el propósito de los que ven las sociedades como lugar para el dominio de una sola lengua, un solo color de piel y con desigualdades intolerables. Los indígenas comprendemos que somos parte de una espiritualidad que reside en la sacralidad de la vida, de todo ser vivo, que no obedece a ningún rito religioso litúrgico. La sacralidad proviene de lo sagrado que es cada parte y toda la naturaleza. El mundo, el universo es sacro, toda forma de vida también lo es; sacralidad que carece de las valencias del rito eclesial y se vincula a una relación de hermandad con el universo y de admiración por su funcionamiento. Somos siempre hermanos mayores y menores de algo, de alguien.

Los indígenas sabemos que los problemas y sus soluciones son locales, lo que hace necesaria la territorialidad del alto pensamiento, el desarrollo local de práctica y teoría social; desde cada espacio del mundo el Hatun Mayu se ve distinto.

Por ser vástagos de la diversidad sabemos de la natural necesidad de organizar y sustentar la vida comunitaria como básica expresión de multiplicación social. Hay que comprender y asumir que es posible vivir una indigeneidad urbana y que ser indígena es una decisión personal que se hace colectiva también por convicción y que es necesario defender el principio que sustenta la diversidad de formas que tenemos de ser indígenas.

El pensamiento indígena tiene la capacidad para integrar a nuestra compleja sociedad en un Proyecto Nacional en el que nadie se sienta excluido porque será conducido por la hegemonía de quienes conocen la diversidad y la fomentan. Se trata precisamente de propiciar y conducir una sociedad de todas las sangres.

Las migraciones
Nuestra vida en las ciudades no ha sido objeto de estudio no obstante su antigüedad. Los estudiosos no han desarrollado una disciplina sobre esta realidad; carece de nombre y exposiciones teóricas, de allí su aparente inexistencia. Consideramos que la invisibilidad de los rostros y rastros indígenas en las ciudades es una causa principal de esta ausencia. No es visible esa huella porque la transformación que hemos procesado para ingresar a las ciudades ha sido una especie de metamorfosis inversa que ha provocado el abandono de la vida comunal y el diálogo con la naturaleza, y de toda nuestra cultura; ha implicado la renuncia a la diversidad y al colorido de la vida para pasar a vivir el dominio gris de la uniformidad. Nos hemos privado de vestidos, idiomas y costumbres en actos que han invisibilizado lo indígena y, que nos han dejado como extraños habitantes de calles donde impera el individualismo y la violencia del poder dominante.

El alejamiento del territorio, el despojo de nuestras vestimentas, el callar nuestras lenguas y la pérdida de comunidad han logrado que, el hermano o hermana que unos días antes inició la migración como indígena arribe al punto final de su travesía transformado en mestizo. La ideología del mestizaje impone sus reglas; aquí ninguna cultura distinta tiene derecho a un lugar. Es un acto de visible deshumanización que el dominio colonial y la alienación han convertido en natural, necesaria y conveniente. Retornar al territorio originario desde esa aparente superior categoría social es difícil, pero posible; requiere la concurrencia de factores que estamos construyendo. Recuperar nuestra identidad es punto de inicio de toda transformación.

El poder dominante ha aceptado discutir y rivalizar con formas radicales —antítesis de sus formulaciones—, que se oponen al sistema capitalista y pretenden desarrollar “formas superiores de sociedad”; pero la oposición indígena es indeseable e inaceptable porque, dicen, sería el retorno a la barbarie, el abandono de la civilización, el dominio de los sirvientes. Es una realidad que debemos cambiar radicalmente con la acción consciente de todos. Cada vez somos más visibles en las ciudades: bailes y cantos nuestros pueden ser vistos en festividades comunales que cada día aumentan. Quisieron desaparecernos como indígenas; pero, lo seguimos siendo, nuestra cultura ha avanzado como un yawuar mayu subterráneo que edifica colectividad.

Es así cómo hemos cambiado el rostro a las ciudades y establecido nuevas condiciones materiales de la cultura y mostrado que el capitalismo no es su único organizador. En las calles de cemento, hemos seguido siendo el rostro que le da a esta sociedad personalidad y permanencia en el tiempo; lo que nos hace únicos y distintos. En todas las ciudades vivimos nuestras tradiciones, las hemos recreado y desarrollado.

Todos estos cambios, estudiados por la academia, tienen varios nombres: obra de mestizos, de nuevos indios, de cholos y emprendedores. Ninguna de esas descripciones ha servido para entendernos, para conocer que solamente necesitábamos escarbar en nuestro pasado, en nuestras ropas y lenguas olvidadas para descubrir lo que en verdad hemos sido siempre: indígenas en permanente cambio. Sabemos que detrás de ese término se hallan los chancas, quechuas, tumpis, soras, wampis, shipibos, y más.

Llegará el tiempo de asumir estas identidades específicas, más ciertas; mientras, hay que recuperar el término indígena, limpiarlo de los significados que le han atribuido, restregar con sus letras el rostro de los opresores y hacerles saber que una palabra que nos denigraba ahora nos enaltece y une. Llegará el necesario momento de las  diferenciaciones, el espacio y tiempo de las identidades por pequeños territorios dentro de una multinacionalidad que será construida por nosotros.
 
 
Realidades que debemos observar
No es suficiente ver solamente nuestra realidad, debemos acercarnos a la historia nacional y a los espacios más amplios. que influyen en nuestras decisiones.

La era inaugurada por la invasión española se mantiene. Ha habido cambios de época como el fin de la guerras civiles entre invasores, el establecimiento de la administración del Virrey Toledo, la rebelión de Tupac Amaru, la independencia política criolla, el gobierno de Velasco Alvarado. En todo este proceso el poder dominante ha querido obligarnos a dejar de ser indígenas y seamos “campesinos”.

No hemos aceptado, y por eso aquí estamos todavía. Ninguna fuerza social o política ha tomado en cuenta la presencia indígena. Nuestro pensamiento ha quedado relegado a los márgenes de la sociedad, invisibilizado en sus fundamentos y sólo relevantes en su dimensión folclórica, de rezagos de ritualismo; usan nuestra cultura para adornar su poder exento de tradiciones; existe una especie de pongaje cultural que nos agravia. Desde la invasión, las fuerzas dominantes no han logrado elaborar un cuerpo de pensamiento que haya podido guiar la edificación de una sociedad sin marginaciones ni exclusiones. Ni siquiera han podido construir una modesta sociedad capitalista medianamente estructurada y con algunos logros similares a los conseguidos por las sociedades centrales. Nuestra condición de país colonial no ha sido “descubierta” por los pensadores y políticos y menos atacada en sus raíces por ninguna fuerza política.

A nivel mundial no existen guías ni liderazgos que orienten las acciones de los marginados. Muchas verdades han quedado inútiles, las sociedades tipo no existen y el tiempo en el que los pobres del mundo se guiaban por modelos que se consideraban científicos han desaparecido. Lo que se conoce como el campo popular ha quedado sin proyectos políticos-sociales y sin utopías. No hablar de estos hechos es silenciar una parte de la realidad que tiene injerencia en nuestras vidas. Es visible la extrema agudización de los aspectos más negativos del capitalismo: la monoculturalidad exacerbada, distribución más inequitativa de la pobreza, intolerancia a las diferencias, conseguir riqueza material atropellando los derechos de los demás, depredación de la naturaleza, guerras por territorios y mercados económicos. Se hace notorio el fortalecimiento de las alternativas extremas y violentas entre los dueños del poder. Se encuentran procesando teorías de extrema derecha con elementos étnicos y religiosos antes poco visibles. El trasfondo de estos procesos radica en la naturaleza íntima del capitalismo que se sustenta en la conquista de mercados y territorios, en la intolerancia de cualquier forma de organización social que se salga de los parámetros que el capitalismo posee.

Asistimos a la desvalorización extrema de los valores éticos y morales que el capitalismo impuso como razones de superioridad respecto a la feudalidad y al socialismo. Hay un notorio crecimiento de las fuerzas reaccionarias alrededor del mundo, que están ganando un poder relevante y se dirigen a crear una alianza internacional de la extrema derecha que no tiene precedentes por sus componentes étnicos y religiosos.

Culturas que acechan el poder norteamericano carecen de un proyecto social que los diferencie; ninguna se sustrae al esquema económico capitalista: explotación del trabajo ajeno, depredación de la naturaleza hasta extremos que pone en riesgo la supervivencia de las especies, capitalismo de Estado, conquista de territorios, integrismo religioso, racismo exacerbado. En los países coloniales, la insurgencia de fuerzas locales es cada vez más numerosa y evidente desde hace varias décadas, pero ahora está sustentada en reivindicaciones culturales y étnicas, religiosas y territoriales. El poder militar de los países centrales actúa sobre ellos con inédita violencia. Son colectividades que tampoco tienen visiones distintas al capitalismo y el culto religioso les impide recurrir a las tradiciones milenarias de vínculos colectivos de los pueblos. Milenios de cultura han sido olvidados por un integrismo extremo y disociador.

El mundo que siempre ha caminado cerca de una guerra nuclear, enfrenta ahora esta posibilidad de modo más cercano.

Reconocemos que la presión ideológica que apura para despojarse de la identidad para ser aceptado en el espacio inexistente de la inclusión social y el mestizaje, es porque también se ha aprendido a evitar el escarnio y la marginación física.


Caminos del futuro
Las sociedades, las patrias, los Estados son espacios hechos de tiempo. En el mundo andino estas dos magnitudes son una sola y configuran un espiral de desarrollo que nos asegura ir del pasado hacia el futuro viviendo un presente extenso. Debemos de pensar con estos formatos cuando se reflexiona, entre otros, sobre tres aspectos fundamentales para nuestro desarrollo y progresión: territorio, comunidad y lengua son fundamentos que no podemos perder. Hallar la forma de restituirlos, recuperarlos en las ciudades es tarea principal.

La respuesta exige pensar en que:

Es necesario el poder hegemónico para organizar el aprendizaje de nuestras lenguas diversas, en la ciudad y otros territorios, ya que este poder no solo influye en las dinámicas educativas, sino que también permite crear un entorno en el que la diversidad lingüística sea valorada y promovida. Mientras, es imprescindible defender y desarrollar lo conservado, reconociendo la riqueza cultural que cada lengua aporta y asegurando que las generaciones futuras tengan acceso a esta herencia invaluable, lo que a su vez fomenta la inclusión y el respeto entre diferentes comunidades.

La comunidad puede ser restituida en las ciudades sin otro esfuerzo que el propio. El colectivo shipibo de Cantagallo en Lima es un ejemplo larvario. De nuevo, aquí se requiere poder hegemónico para impulsarlo desde decisiones de poder.

La restitución del territorio también exige acumulación de fuerzas para realizarlo. El primer paso consiste en verificar dos elementos: reconocer continuidad entre el espacio rural de origen y el urbano y que la dominación ha clasificado en dos realidades distintas. Y reclamar la ancestralidad de todo el territorio nacional como sacro y , por lo tanto, que los derechos de la población antigua se extiendan sin exclusiones ni límites. Es necesario y justo recuperar para un nuevo “nosotros” la propiedad de estos espacios ancestrales.

El punto anterior requiere modificar el orden establecido, por tanto, el orden urbano actual. Requerimos otro tipo de ciudad, acomodada a un orden comunal, social, compartido. El diseño urbano tendrá que ser diametralmente opuesto al actual basado en el individuo.

Requerimos asociar el análisis del universo indígena urbano como la contienda de dos formas de entender la organización social. Plantear la realidad indígena en la ciudad como eje central de una organización distinta para el país. Siendo lo urbano el centro del desarrollo de los procesos sociales, es entonces aquí dónde se dirimen los fundamentos que hegemonizan la sociedad. Necesitamos orientaciones teóricas, ideas, esquemas, no recetas, guías de orientación para su desarrollo posterior en la comunidad. Hablamos de sabiduría filosófica, pensamiento, ordenar, recrear y crear.

Es necesario admitir que hay distintas formas de ser indígena, que nos conducen al desarrollo de múltiples identidades culturales. Se puede ser shipibo, conibo, quechua, aymara, y peruano. Aplicable también a otras comunidades marginadas de modo tal que haya la necesidad de edificar una identidad que no una a todos y que, a nuestro entender, debería abrevar en las identidades que emergieron en los andes amazónicos y expandirse.

Todas las ideas sobre estos temas se inscriben en el espacio de la descolonización. Señalamos los elementos que consideramos centrales en el tratamiento del tema.

La descolonización es un objetivo político ineludible, que no se ha ausentado del territorio. Si no impedimos su continuidad proseguirá degradando nuestras humanidades.

La descolonización no puede ser llevada a cabo por los que son parte del sistema; requiere del reemplazo total de los agentes coloniales. Y lo decimos sin considerar que esta es una tarea de los indígenas biológicos, sino culturales y aliados. Quizá los primeros estén muy disminuidos para entonces. José María Arguedas, en carta a Gonzalo Losada, señala las características de los depositarios de la colonialidad: “…criollos todopoderosos colonos de una mezcla indefinible de España, Francia y los Estados Unidos y de los colonos de estos colonos”.

Es muy importante que el alto pensamiento no emane de un solo territorio. Somos una geografía que no puede ser interpretada por un solo pensamiento. Nuestra realidad física lo exige, tenemos geografías diversas; cada valle, cada comunidad es una verdad diferente a la que denominamos territorialidad del alto pensamiento, de la sabiduría filosófica.

Es necesario variar sustancialmente el objetivo del alto pensamiento, no seguir explicando el sujeto-individuo de la sociedad capitalista, sino el sujeto-comunitario, el sujeto-comunidad. Esta es una tarea colectiva.

Nuestras reflexiones están orientadas a influir en el espacio andino, no pretendemos ser modelo de pensamiento y acción para otras latitudes. Para nosotros los problemas son locales y sus soluciones también. Desde estos espacios enfrentamos las condiciones que otras sociedades nos quieren imponer.

El diseño urbano de la ciudadela Caral está ordenado por la constelación de la Qollqa

En el libro de mi autoría “Sabiduría filosófica del Yawar Mayu” recientemente publicado, desarrollo la interpretación de la particular concepción del espacio-tiempo andino [1]. Planteo que los orígenes de esta visión unificada del espacio y el tiempo, adelantada en milenios a los criterios occidentales, se halla en la apreciación de la naturaleza y, en particular, en la visión que extrajeron nuestros antepasados de la observación de dos cuerpos siderales: el Hatun Mayu y la constelación de la Qollca, constelación madre. Sus movimientos en el cosmos contribuyeron a determinar que, las dos magnitudes: espacio-tiempo se hallaban indisolublemente unidas y armonizadas en sus composiciones.  

Las páginas reseñadas muestran expresiones gráficas que dan sustento al enfoque desarrollado como, por ejemplo, la temprana aparición de los perfiles de la Qollca en la ciudadela de Caral, como el diseño del muro sur-oeste del Qoricancha que ha sobrevivido a la destrucción hispana y también la silueta de los Aríbalos que, en ambos lados, conforman dos posturas del perfil de la Qollca. También explico el sentido de la malla dibujada en la parte inferior del denominado Retablo del Qoricancha dibujado por el cronista indio Juan Santa Cruz Pachacuti que, señalo, es la avanzada expresión gráfica del espacio-tiempo andino. Añado la influencia de estas magnitudes en el nombre del santuario de Sacsayhuamán, y en otros testimonios materiales que deberá revisarse en el texto publicado.

La recensión de algunos de los elementos que contiene el libro tiene el objetivo de compaginar su contenido con este articulo que muestra un aspecto adicional de la presencia de la constelación de la Qollca en Caral, que no fue incorporado al texto por los apremios del tiempo y las dificultades que es necesario sortear cuando se trata de organizar la edición de un trabajo intelectual. Estos párrafos tienen el cometido de ampliar los elementos de juicio que se encuentran a disposición del público.  

Subrayo el sentido de este artículo: exponer que, el diseño de la ciudadela de Caral muestra una temprana representación de la constelación de la Qollca en nuestro territorio. Su traza está espacialmente organizada como un reconocimiento a esta constelación.

Ante la ausencia de testimonios escritos, al modo occidental, veamos las expresiones gráficas.

En el denominado “Edificio público menor A4” se halla un alto relieve del perfil de la constelación [2].  El equipo de estudiosos que se ocupa de investigar la ciudadela le llama: “Relieve mural” [3] prescindiendo de su relación con la constelación y las vinculaciones cosmológicas y sacras que comentamos.


Contorno de la constelación de la Qollca en un muro de la ciudadela de Caral. Diferentes posiciones del perfil de la constelación en el firmamento.

 La observación de las imágenes alivia la necesidad de explicar la directa relación que mantiene el relieve con la constelación “madre de todas las estrellas”. Lo que sí requiere interpretaciones es la antigüedad de esta vinculación. Sostengo que no se origina en Caral, sino que proviene de una fuente más antigua. Las características urbanas de la ciudadela muestran que se trata de un espacio de consolidación de prácticas y teorizaciones previas, más rústicas si se quiere, menos elaboradas. Postulo que la interpretación sacra de la constelación debió organizarse con los primeros asentamientos sedentarios en nuestro territorio. Los iniciales agrupamientos urbanos deben ubicarse en un proceso que se extiende alrededor de dos mil años previos a Caral. Se trata de una cifra que nos lleva a siete mil años antes de nuestra época; comprobación que debe ubicar a nuestra civilización como pionera en el mundo en el desarrollo de los primeros asentamientos urbanos.  

El nítido perfil de la Qollca en una pared sacra del complejo urbano de Caral no es la única ni principal muestra de la presencia de la Qollca. La más importante y profunda se halla en el trazado del principal agrupamiento urbano del valle de Supe de la época. En la vista aérea del centro urbano se observa con claridad que el diseño del sector principal repite el perfil de la constelación de la Qollca.

Todas las demás edificaciones, en especial la Pirámide Mayor, han sido ubicadas “viajando” hacia el “vientre” de la Qollca o cobijadas  por el perfil que representa a la constelación madre.

Traza urbana con la forma de la Qollca y también resaltada y resaltada en amarillo. Perfil de la constelación en posición similar a la hallada en la ciudadela de Caral.

Estas formas de comuniòn con el universo y de interpretar la realidad no se detuvieron en Caral, sino que se difundieron por todo el territorio nacional como puede ser observado en otros espacios donde los perfiles de la Qollca están presentes, especialmente en la alfarería, como se observa en la vasija calendario de la cultura Huari donde, en la parte superior izquierda, rodeando el ojo del Amauta, se puede ver con claridad los perfiles de la constelación madre.

La forma del aríbalo, maka, puyñun, ha sido fuente de interés en los investigadores, dado su aparente poco práctica manipulación. Era un cántaro de singular valor sacro por cuanto su forma resumía las distintas posiciones que adoptaba la constelación en su viaje por el universo. Puede considerarse que se trataba de un ceramio que difundía por todo el espacio andino las concepciones sacras adoptadas y desarrolladas por los quechuas cusqueños.

Ceramio calendario Huari con silueta  de la Qollca en la parte superior izquierda alrededor del ojo del Amauta, y Arìbalo del período Inca con sus perfiles emulando la silueta de la Qollca.

La forma que adoptó el muro perimetral , en toda su dimensión, seguramente que mostraba las concepciones elaboradas por los amautas quechuas en torno al espacio circundante y al universo en su conjunto. Lo que ha quedado de la brutal destrucción de este lugar, empeñado en destruir todo elemento material que vinculara sacralidad y sociedad nos permite observar aún la profunda espiritualidad de la sociedad andina. Repetir la silueta de la Qollca en el sitio sacro más elevado lo atestigua. El muro sur-oeste muestra los contornos de la constelación madre y acentúa esta idea en el abultamiento de su porción extrema, conocido como “tambor”, que representa la fecundidad de la Qollca, el abultado vientre de la constelación considerada madre de todas las estrellas.

La interpretación de la malla situada en la parte inferior del Retablo del Qoricancha se encuentra desarrollada en el texto aquí citado. Invito a su lectura, junto a otros elementos analizados y que se hallan en concordancia con el desarrollo teórico aquí vertido.

Muro sur-oeste del Qoricancha, edificado con la silueta de la Qollca.

Anotación final. Nombrar a la ciudadela Caral como «civilización Caral» es inapropiado por cuanto desdeña todo el ordenamiento clasificatorio aceptado que conceptúa de este modo a las siete civilizaciones primigenias de la humanidad, entre las cuales se halla la civilización andina, con sus culturas tributarias como son Nazca, Tiahuanaco, Huari, Inca, etc. Corregir esta interpretación es una necesidad impostergable.

[1] Chacón Málaga, Hugo. Sabiduría filosófica del Yawar Mayu. Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, Cusco, 2024.

[2] Chacón Málaga, Hugo. Sabiduría filosófica del Yawar Mayu. Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, Cusco, 2024, pp. 100 y ss.

[3] Ruth Shady, Marco Machaguay, y otros. Centros urbanos de la Civilización Caral: 21 años recuperando la historia sobre el Sistema Social. Ministerio de Cultura, 2015, p. 113.