La importancia de la cultura


Páginas que son parte del Capitulo IV del libro Nación Andina.

La cultura como factor de desarrollo e integración nacional no ha sido abordada por analistas ni políticos en la medida de su importancia.  Proliferan estudios vinculados a la estratificación clasista u otros que destacan las teorías de la dependencia o el rol de la personalidad y la religión. En el indigenismo hallamos elementos de análisis cultural que no se acercan a identificar las bases mismas de la marginalidad y la opresión indígena ni propician cambios políticos que eliminen las causas de esa realidad; la radicalidad del movimiento se detuvo en la filantropía social y en la creación de benéficas asociaciones. El indigenismo, esfuerzo de un segmento provinciano de la propia clase criolla dominante, no obstante sus carencias de visión y aliento histórico y ser inoperante para amenazar las bases mismas del sistema de dominación fue caricaturizado y  combatido acremente por el Perú oficial, convirtiéndola en ornamento de museo.

Fotografía de J. M. Arguedas en Chimbote

La recusación del análisis cultural parte de la “objetividad” de los estudios y apreciaciones académicas criollas que la margina por pasadista y quejumbrosa, cuando expresa más la cómoda ubicación de beneficiarios de la desigualdad protegidos por la hegemónica y alienada ideología dominante. Se soslaya que los andinos nunca hemos mezclado rebeldía con lamentaciones y desaliento. Desde la rebelión de Manco Inca, hasta el último reclamo que las estadísticas reportan, hemos pugnado por un país distinto sin quejas personales ni conciliación; en la inconformidad ha estado siempre contenida la decisión de liberar al Perú  de las injustas y obsoletas relaciones sociales, económicas y políticas que traban su desarrollo. Cuando el papel sellado y los trámites legales no han sido suficientes ha emergido la violencia justificada sacudiendo por siglos y sin descanso las estructuras de nuestra patria. Violentos o pacíficos, hemos estado siempre convencidos que las transformaciones tienen su espacio y tiempo.  A diario y siglo tras siglo se han mantenido las razones para la rebeldía. La incapacidad mostrada por el dominio criollo para construir un hogar para todos tiene tres siglos de vesánica destrucción y doscientos años de republicana y renovada persistencia en los errores.  Es una realidad visible para quien se interese en observarla, brota de cada acto social, de toda estructura educativa, emerge en medio de cualquier circunstancia en que dos peruanos se encuentran, lo hallamos en todos los estratos sociales económicos y políticos,  en la cotidianeidad más sencilla.

Se evita señalar en el análisis que las clases sociales se definen como un haz biunívoco con las filiaciones culturales. Un burgués o proletario nacional además de mostrar sus distancias de clase exhiben también sus invariables diferencias étnicas. Evadir esta realidad es otro logro que la colonialidad ha conseguido en nuestros políticos y estudiosos. El desarrollo de la teoría se ejecuta desde la útil y cómoda pero insuficiente posición de clase sin someter pareceres a una previa confesión de fe cultural, no obstante que los puntos de vista discurren siempre por el firme cauce de íntimas vertientes culturales.

No ha habido organización política que haga de la identidad cultural componente antagónico de la irresoluble ecuación que iguala discriminación y subdesarrollo. Más allá de frases efectistas como “peruanizar el Perú”, “espacio y tiempo histórico” o  “el Perú como doctrina” y de políticos disfrazados con chullos y ponchos en campañas e inauguraciones, no ha habido nunca aproximación seria a este tema. Hay un denominador común entre los ensayistas y teóricos que han abordado el hondo problema: la obstinación para discutir los hechos sociales privilegiando exclusivamente la perspectiva occidental y usando los fundamentos ideológicos de base que provee esta civilización. Se han enfrentado monarquistas y republicanos, conservadores y liberales, marxistas y social demócratas, y estos contra liberales, etc., usando elaboradas teorías clasistas o frentes de clase o enfoques estructurales; pero, ninguna colectividad política se ha aproximado siquiera a la realidad cultural como punto inicial para interpretar un país escindido en dos culturas y dos formas de entender su destino.

Todos han fracasado en el afán de transformar nuestra patria, dotarla de orientación permanente a su desarrollo y superar las dramáticas contradicciones que heredamos de la invasión; ninguna fuerza política ha sido capaz de conducir a este poblado territorio a sus destinos como nación. Hay un criterio universal, sin embargo, que emerge dominante y constante entre todo el desordenado e incoherente esfuerzo político, económico e intelectual: que el país debe erigirse con los paradigmas de la civilización y la cultura occidental, espacio del que somos, aseguran, extensión insular. No hay una sola idea extensa que cuestione este paradigma, variable fundamental para destrabar el nudo colonial que nos ahoga. Ninguna colectividad política con representación oficial bebió de la sabia nuestra e inicia su acción política desde la cultura, excepto para proponer la aculturación y la inclusión social de los diferentes.  

La nuestra es una realidad construida en los primeros sangrientos días de la invasión, la sociedad republicana no ha hecho otra cosa que maquillar u ocultar este desencuentro, construyendo arquetipos sociales y políticos absolutamente exóticos al verdadero ser nacional. Somos en consecuencia una sociedad desintegrada y carente de identidad, arrastrada al subdesarrollo por un modelo cultural y civilizatorio que poco o nada comparte con nuestra milenaria cultura, viva, en desarrollo y dueña de paradigmas sociales, económicos y filosóficos incompatibles con la cultura dominante. No ha sido posible que una civilización de veinte mil años de antigüedad pueda ser desfigurada y hacerla irreconocible en cinco siglos de dominio.

El manto de miopía institucionalizada hace olvidar u oculta una verdad que es fácil de ver y comprobar: debajo de la invertebrada sociedad criolla oficial, fluyendo entre los intersticios del Perú imaginario, vive un país real, nutrida por la cultura andina que, desde posiciones de marginación y acoso ha podido dotar a este país de los únicos elementos genuinos que la hacen distinguible de otras sociedades y la ha dotado de redes sociales y económicas que sustenta su existencia como sociedad organizada. Desde una posición de acoso y marginalidad ha podido conservar sus características fundamentales y estar ahora en condiciones de crear  una sociedad superior y distinta, que se asiente en una nueva cultura y geste una nueva civilización de alcance continental.

Fotografía de J. M. Arguedas en Chimbote

Es habitual recibir testimonios de filiación ideológica, política o religiosa, escaza es la confesión cultural; se la considera definida a priori, como un hecho que a fuerza de la imposición y la costumbre o del grado de alienación que se padece, no requiere ser demostrada. La cultura, se ha mencionado, es como el agua que los peces descubren principio de su existencia cuando se asoman a la atmósfera; es soslayada por lo inadvertido de su ropaje que nos cubre íntegros, silentes o elocuentes, en quietud o movimiento. Es invisible sustrato que pocos estiman fundamental; sin embargo, por encima de rangos económicos o sociales nos hace evidentes y ciertos, bien si usamos ideología foránea y costumbres ajenas o nos expresamos con la savia misma de nuestros orígenes. Es una realidad que complejiza el análisis y las  estimaciones acerca de antiguas y desvalorizadas interrogantes: ¿quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos? Interpelación que nos obliga a seguir pensando el destino del Perú mientras sintamos que el país es aún espacio deshabitado de unidad, escenario de inclusiones y exclusiones, de objetiva violencia cultural y étnica y donde poco se ha construido para integrar un país pluricultural y pluriétnico.

Nos percatamos de los perfiles y valores de la cultura como resultado de una batalla personal que lleva a despojarnos de la suma de vestiduras ficticias que se han superpuesto por siglos ocultando la cierta y verdadera. Se trata de un duro y agobiante proceso que supera una especie de trastorno de la personalidad que disocia nuestro ser entre la realidad y la fantasía. Para explicar el proceso, es útil la descripción marxista que sintetiza el recorrido que ejecuta el “obrero en si” en su camino de esclarecimiento y admisión de conciencia de clase para arribar a su estadio de “obrero para sí”. La asunción de identidad cultural tiene un camino similar, plagado de contradicciones y desafíos en el  propósito de derribar obstáculos poderosos que operan desde la niñez revestidas de una alienación sutil y descarnada. Tomar conciencia identitaria o cultural ocupa tiempo y espacio. La transformación clasista es casi siempre externa, proviene de distinciones racionales instaladas en escuelas políticas  o en las páginas de un panfleto; la mutación cultural se origina en nuestra recóndita composición  espiritual, social y también política, inclusive religiosa; es una especie de teofanía de claros componentes numinosos, y que no tendría capacidad de explicarse sin los elementos míticos que componen nuestra racionalidad y sin el compromiso de los niveles más íntimos de nuestra humanidad. Cuando logramos rehabilitar el obstruido funcionamiento síquico que nos articula, se reubica en la raigal conciencia nuestra propia y natural cultura; reivindica nuestra humanidad y confiere identidad y armonía a nuestras vidas; elimina la erosiva contradicción entre lo que creímos ser y lo que somos, le otorga condiciones distintas a la relación del humano con la naturaleza y la sociedad.

Algunos se han aproximado a formas de reintegración visitando culturas extranjeras, acudiendo a sociedades lejanas y extrañas que creen suya y que finalmente los desconoce como par y los recibe en sus extramuros marginales; otros, lo ejecutan en el áspero territorio de la migración interior, espacio nacional que nos recibe en el lugar contiguo, lateral, asignado para el distinto, para el cobrizo sujeto de dominación. Aquellos, retornan al país que ignoraban con el propósito y la fe de hallar formas más humanas para acomodarlo a perfiles elevados y tolerantes de dominación y exclusión; su alienación no les permite romper con los patrones culturales aprendidos responsable de su íntima marginalidad. No se plantea que la única manera de integrar su personalidad es controlar la cultura impuesta por las armas y la hegemonía ideológica y asumir a plenitud las interioridades de la identidad descubierta en el exterior y lo identificó como peruano.  No reconocen que el problema es mucho más profundo que la búsqueda de nuevas formas de solución dentro de la horma occidental, que el punto nodal para desatar el nudo colonial se ubica en instalar en el mando político del país los poderosos estamentos de una cultura que se ha negado a expirar y no aceptó nunca  la dominación. La actitud contestaría de los desterrados se halla constreñida entre los límites de la alienación que aceptan. Con frecuencia se pliegan al muestrario de emprendimientos individuales, desclasados, inculturados; las más de las veces subsisten con precariedad, rumiando su descontento, transformados en vectores de los procesos de dominación. Algunos, muy pocos, toman conciencia de su realidad y asumen ser mediadores del cambio y la transformación social. Se enrolan entonces a militancias sociales o políticas, abstrusas y sin aliento histórico incongruentes con la cultura que portan.

La cultura cierta, objetivamente nuestra, que envuelve y tiñe de un color básico y uniforme a toda la peruanidad es llamada folclórica, saber popular de minorías anónimas y tradicionales, formas de vida marginales y atrasadas, incivilizadas; estamento que se muestra como objeto de curiosidad turística, cuando no de museo. Legitimada por una vesánica invasión hemos devenido en elemento decorativo de la cultura dominante, a la que proveemos de cierta particular diferencia que de otra manera sería calco y copia gris del modelo original; la cultura nuestra es un elemento que se considera prescindible, el adorno, el detalle, nunca estructura, demiurgo, menos filosofía de vida orientada a la praxis. Se oculta que es hontanar, realidad estructural que articula todo lo que hay de armónico y permanente en nosotros.

Una elite exótica y ajena a los intereses nacionales mayoritarios ha impuesto un pensamiento que pretende ignorar que la cultura es piedra de toque de todo humano que desee individualizar su identidad ante otros seres, por tanto, condición fundamental para confirmar su existencia como miembro productivo de una sociedad. Es categoría fundamental para integrar un cuerpo comunitario de desarrollo, reconocerse individuo dotado de identidad personal para luego ser parte de una colectividad que exprese y represente sus intereses individuales. No hacerlo significa dislocar su ser social, su conciencia, por tanto alienarlo como ser humano y destruirlo como sujeto productivo.

El análisis cultural nos pone cara a cara con una realidad que se desconoce por alienación, ignorancia, conveniencia, apatía y desinterés. Nos enfrenta a la explicación más cabal de la marginación y el racismo, lacra paralizante de cualquier intento serio de constituirnos como sociedad en real curso de desarrollo. Nos confronta con las estadísticas que muestran la patente imbricación de pobreza y etnicidad de los muertos nacionales, de analfabetismo y color de piel, de  índices de educación y salud para desatendidas mayorías.

Fotografía de J. M. Arguedas en Chimbote

El análisis olvidado confronta a los herederos de las encomiendas y visitadores, interpela su indolente clasismo, nos informa del rostro cierto del país real, oculto detrás del país imaginario. Desconoce que en el nuestro la contradicción principal opone nuestra real identidad  andina con la occidental imaginaria. Ignora la contradicción no resuelta entre nuestra feraz y singular geografía y los métodos exóticos de “explotación” utilizados. El análisis también soslaya que los profundos abismos sociales y económicos halla sustento principal en las exclusiones raciales y étnicas culturales que ejercen los criollos  dominantes sobre los andinos y amazónicos dominados. Los intentos de “resolver” estas básicas contradicciones se pueden rastrear desde los albores de la invasión cuando Pizarro eligió pareja entre las indefensas mujeres de la realeza andina, procreando los primeros «mestizos», nunca elemento de integración y sí funcionales y útiles herramientas de dominación. De ese cuadro parten las posteriores políticas de “inclusión social”; le otorgan contenido ideológico a las denominadas Doctrinas y después las Reducciones y después las Barriadas y después los Pueblos Jóvenes y después los miles de muertos cobrizos en guerras internas; después las masacres de Bagua y la intolerancia y violencia en Conga, Espinar, Tía María, etc. Hay un extendido cordón umbilical que une la emboscada en la plaza de Cajamarca y los sucesos contemporáneos.

El diseño de “plurales” políticas educativas y la entrega de subsidios económicos para las áreas de mayor conflictividad interétnica, clasificadas dentro del eufemismo de “discriminación positiva” encubren ignominia y segregación centenaria. Prolongación de las políticas coloniales de etnocida exterminio, asistencialismo claro y definido y persistencia de dos países, dos sociedades. Las políticas continuistas son  construcciones ideológicas vacías de contenido, como una palmada en el hombro de un país herido en su humanidad más profunda, desprecio de su ser íntimo, real, mutilado de su identidad.

Claro resulta que no se ha cuestionado nunca nuestra falsa occidentalidad ni se ha pensado si es un hecho consumado e irreductible, una fatalidad infranqueable para toda la eternidad, obviando que es una realidad que puede y debe ser de nuevo construida, poniendo de pie lo que ahora luce de cabeza. Irrelevante ha sido pensar si es lícito imaginar desde una realidad inaceptable la construcción de una nueva cultura y una nueva civilización o aceptar la fatalidad de medio milenio de invasivo y  violento coloniaje frente a veinte mil o más años de historia y desarrollo. Lástima por aquellos que piensan que esta es una tarea irrealizable por utópica. Los seres siempre se han propuesto tareas en apariencia realizables, se ha dicho; esta es una de ellas. Las clases dominantes y sus teóricos y pensadores han asumido como un hecho constante e inamovible nuestra servidumbre de Occidente, dato consagrado y constante de la historia, invariable en la dramática ecuación de nuestra  realidad. Falso, sí es posible revertir esta inaceptable realidad. Tenemos entre manos muchos siglos de historia, mucha sangre derramada, para creer que los sueños de nuestros antecesores son prescindibles.

El  modelo cultural  tiene también clara y directa responsabilidad en el modo en que nos vinculamos con la naturaleza y nos asociamos a otros seres para extraer, transformar y distribuir sus productos. La cultura es el contexto, los confines que humanizan nuestro contacto con la naturaleza. Considerarnos los reyes de la creación y la medida de toda realidad autoriza a actuar sobre ella como elemento externo, objetivado; sentirse prójimo de la naturaleza nos impide separarla de nuestro ser más íntimo. Son dos formas de entender el desarrollo humano, imposible de mestizarse por excluyentes.

Cualquier categoría social o económica está influida por la cultura; crea al humano y condiciona lo que quiere ser. En el Perú este divorcio entre el ser y su cultura ha creado diversas formas de alienación que han estructurado e influido nuestra sociedad y vidas de un modo dramático y decisivo. Nos hemos extraviado en lo que Octavio Paz llamó con precisión: el laberinto de la soledad, donde el descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Esta alterada percepción de nuestro ser ha subordinado y, en muchos aspectos, anulado esenciales formas de creatividad y eficacia productivas, cercenado expresiones sociales, artísticas que han quedado signadas por la imitación y la infertilidad. No es posible conducir a un país hacia el desarrollo si antes no ha definido sus horizontes culturales, si antes no reconoce su “genética social”, sus naturales patrones de organización social, formas institucionales, estructura jurídica; en suma,  la naturaleza de su Estado y su patrón de desarrollo, su pertenencia a una cultura y a una civilización.

El ser humano, sujeto al trabajo  para su transformación y reproducción, enfrenta la relación con la naturaleza y la producción premunido solo de su registro cultural; habita la naturaleza siguiendo patrones  probadamente eficaces por la experiencia de sus ancestros, deriva de allí fundamentales aspectos de su organización social. De haber continuado el horizonte cultural del que provenimos nuestra agricultura conservaría la explotación de plantas y especies hoy apenas sobrevivientes de una desigual lucha con las especies exóticas y marginadas del mercado mundial y distante de nuestras propias necesidades; estaría regida por criterios de relacionalidad, correspondencia, complementariedad y de reciprocidad orientados a la conservación y reproducción de la naturaleza. Nuestra ganadería ocuparía territorios altoandinos y las fábricas estarían ubicadas en espacios diferentes, procesando materia prima emanada de nuestra geografía más recóndita. La selva sería conducida por la sabiduría de sus culturas nativas que han manejado el bosque tropical con el conocimiento que Occidente nunca pudo entender, distante de la diaria depredación y vinculada al desarrollo sostenible. Las fuerzas armadas sustentarían su doctrina en manuales que reflejen nuestra idiosincrasia y tendrían una composición étnica y cultural homogénea entre sus mandos y subordinados, sin exclusiones racistas y degradantes y con seguridad no arrastrarían el oprobio de nuestro cercenamiento territorial y la conmemoración de derrotas bélicas. La capital ocuparía un espacio distinto al destructivo lugar de hoy y su macrocefalia no arruinaría los desarrollos interiores; estaría asentada en el lomo de los andes, dominando y resguardando con seguridad nuestro espacio geopolítico.

Fotografía de J. M. Arguedas en Chimbote

Fueron también concepciones culturales instaladas en la mira de los fusiles que nos obligaron a renunciar a nuestro pasado, creencias, milenaria tecnología, a nuestros dioses, a  olvidar procesos productivos integrados y complementarios y convertirlos en una alienada factoría extranjerizante. Condujeron a multitudes propietarias de las alturas a apiñarse en las orillas del mar, reproduciendo miserias y desencuentros. Hemos olvidado exitosas técnicas agrícolas y ganaderas, han expropiado plantas y animales aclimatadas por milenios a nuestros suelos. Han avergonzado nuestra humanidad, idioma y vestimentas. Se han olvidado colectivas proezas humanas que sirvieron para domesticar los andes y los desiertos dentro de un proceso que se pierde en los tiempos. Expropiaron sabiduría de siglos, la envenenaron por la fuerza y alienación, buscando su extinción. A pesar de toda esta ignominia, nuestra cultura retaceada y despreciada ha mantenido vivo los hilos de su integración, ha logrado supervivir y se halla en proceso de reconstituirse fuerte y vigorosa diseñando su silenciosa nueva síntesis. Somos el eje sobre el cual se sostiene la historia nacional, la cultura exportable, los éxitos culinarios, la creatividad, el arte y la belleza original, soportamos erguidos aún a un Estado obsoleto y una injusta estructura jurídica. Nuestra  riqueza y fortaleza es de tal magnitud que ningún conflicto bélico ni etnocidio ha podido liquidarnos. Permanece  reproduciéndose en nuestras arterias de cara al Perú real y de espaldas al Perú imaginado. Carecemos de integrado y solidario entramado social; no dominamos geografía ni territorio andino, altitud difícil y agreste, porque lo observamos con la mirada del conquistador que aún domina en nosotros.

No podremos desde la imitación cultural alcanzar niveles de primer mundo, o llegar a elevadas formas de reproducción social, económica, tecnológica. La denominada cultura occidental y cristiana con sus paradigmas filosóficos, morales, éticos, útiles para otros confines, ha sido factor fundamental en la dificultad de alcanzar esos niveles. No se ha cuestionado si el país tiene que seguir soportando un sistema de dominación y un estado diseñado para funcionar en naciones de democracia burguesa y liberal, construidas en procesos de siglos y milenios de duración y que son por lo tanto consecuencia natural de su destino histórico. Dicho de otra manera, ¿podrían los alemanes, británicos o norteamericanos, adherirse a concepciones de vida y de desarrollo que no emanen de su tradición judeo – cristiana, ligada en sus raíces más profundas a la cultura greco latina?, ¿podrían los musulmanes prescindir del Corán, hábitos y tradiciones milenarias para sus labores productivas?, ¿los chinos o  japoneses,  aceptarían dejar de lado sus milenarias culturas e identidades como condición ineludible para ser parte de un primer mundo desarrollado y garante de la globalizada occidentalización? ¿Podrían todos ellos, atravesar por una acelerada apostasía de sus creencias y cultura como condición previa al crecimiento de sus actividades económicas? Imposible, no lo harían, en tanto que sería la manera más eficaz de asegurar su extinción o inviabilidad como nación. Entonces, ¿por qué los peruanos si hemos aceptado durante siglos ser arrancados de nuestra cultura originaria, de idioma, música, de nuestros dioses? ¿Por qué soportamos ver despreciadas nuestras costumbres,  manera de hablar, de vestir, de ser como somos?

Hoy vemos a miles de andinos tiñendo el país blanco con sus rostros oscuros, nuevas texturas, música y propios sistemas de producción, recreando la milenaria cultura, formando los embriones de una nueva  civilización. Vemos en todo el territorio nacional la potencialidad de la cultura ancestral como soporte de exitosas experiencias empresariales. Detrás de emporios económicos de telares y maquinarias diversas subyace, recreada, la antigua complementariedad andina, su reciprocidad y mentalidad, los vínculos familiares y los lazos personales que hace posible reconocer un genuino capitalismo nacional que extrae su fuerza de las raíces mismas de la cultura originaria, distante de las fábricas de cuño occidental. Realidades de este tipo se pueden hallar en diversos espacios del país.

Hay que reconocer que la lucha por difundir estas ideas es titánica, la alienación que soporta la mayoría de nuestro pueblo cercena su identidad y sensibilidad andina y dopa con estupidizantes teorías y formas de vida que copian o imitan con fruición, incorporando a sus prácticas sociales una pátina degradante que esconde su vida cierta. Desconocen sus orígenes, se avergüenzan de sus raíces, alienados y castrados por una sociedad que exige la occidentalización, la blanquitud de sus costumbres y sistemas de vida como paso previo a su “inclusión” en la sociedad retorcida.

La definición es categórica: no somos occidentales, tampoco lo seremos, nuestra cultura posee fundamentos éticos, morales y filosóficos distantes de la vieja cultura europea, asentadas en el antiguo racionalismo greco  latino, distante de nuestras coordenadas filosóficas de cuño mitocrático, que tanto requieren ser desarrolladas. Conseguiremos una nueva síntesis adosada a nuestra identidad andina y amazónica matizada por otras sangres que se adhieran al tronco andino común y principal. Identidad que nos permita rediseñar las instituciones, nuestras leyes y reorganizar el Estado y por lo tanto nuestros procesos productivos en función de una realidad nueva que se reencuentre con nuestro pasado, con nuestra cultura.  

1 comentario

  1. Gustavo Flores Quelopana dice:

    Tema perentorio en el que no falta tu propia postura andina y su polémica tesis: no somos occidentales. Escrito límpidamente y con ideas que solivianta el estatu quo. Felicitaciones. Ayer me visitó el intelectual Henry Pérez, autor de un libro publicado por la UAP sobre V.A. Belaunde. Traía bajo el brazo tu «Nación andina». Dijo que lo adquirió en librería Epoca. Estaba sorprendido por demoledora crítica a Mariátegui y muy complacido por la parte filosófica. Está preparando un libro sobre el saber precolombino. Le di tu fono para que te consulte. Blog del Autor: http://www.gusfilosofar.blogspot.comEnlace: librosperuanos.com

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