II. El amor de José María Arguedas en Apata, Huancayo

Vilma Catalina Ponce Martínez

En recuerdo de Apata, Sicaya, San Jerónimo, Cochas, que recorrí siguiendo las huellas de José María y mis pasos perdidos.

“Tú sabes que no hay corazón que engañe a su dueño”

No haremos una indagación académica sobre la vida sentimental de José María en la localidad huancaína de Apata, tampoco nos conduce el ánimo de rebuscar sórdidas interioridades, que no las hay, en la vida de nuestro hermano mayor; se trata de asomarnos a los universos creativos de José María, poner la mirada en ámbitos que le permitieron aferrarse a la  vida y crear; ingresar a los espacios donde los juicios de valor son inválidos y el pecado carece de rostro y la moral no ejerce hegemonía; el espacio del amor, el que vive y enseña Arguedas, que redime, cura, vitaliza; el amor que trasciende edades, documentos legales, territorios, deseca lágrimas, soledad, ahuyenta suicidios, descubre el lugar de la inspiración y nos hace humanos.

José María caminó su vida entera buscando un nombre, la palabra, labios, corazón, que le permitiera continuar asido al débil cabo que lo vinculaba a la existencia; eludir el zarpazo acechante del veneno, escudado por un alma que hable su antiguo lenguaje y que también sintiera que las montañas viajan, los zumbayllus cantan e inventan colores, que los ríos recorren los tiempos del universo. Se le fue la vida en el intento, pero algunos momentos pudo arrancarle a esa eterna imposibilidad, instantes de plenitud que le permitieron atravesar el portal de su niñez en comunidad y volver a sentir que retornaba a su morada madre, a sentir cerca a su amor warma kuyay, al amor de Justinacha. Considero que Vilma Ponce se acercó, como ninguna mujer antes o después, a la utopía que José María nunca pudo hallar, porque  buscaba lo inexistente, el ideal inasible que habita el futuro que nos dará a todos la oportunidad de vivir existencias arguedianas, mundos donde usemos el lenguaje de las aves y podamos comprender que nos habitan cuatro mundos y cobijar relámpagos en nuestras manos sea un acto cotidiano; entonces amaremos sin fronteras que impiden ser felices con sencillez humana.

Nos mueve también el propósito de vincular el intenso contenido de una historia de amor, trágica y luminosa, sin duda, con la vida y elaboración de sus creaciones con regularidad enlazadas a la presencia de un nombre femenino. De su experiencia con Vilma Ponce emerge de nuevo Ernesto, el adolescente ilusionado que disputa con el Kutu el amor de Justina, el niño angustiado por verse jaloneado por manos familiares que nunca pudieron prodigarle un hogar para establecerse. A una ilustre entrevistadora le habla de su personalidad: […] y me traen muchos males porque tengo muchas pervivencias de mi modo de ser de niño y adolescente. Tengo muchos inconvenientes para la adaptación a la vida cotidiana. [1] A continuación le habla de Los ríos profundos: [la] concebí […] en una maravillosa comunidad del Valle del Mantaro […] me enviaron […] a hacer un estudio para el Instituto de Estudios Tecnológicos del Ministerio de Educación […] me quedé […] como unos cuatro o cinco meses y ahí tuve una aventura sentimental muy curiosa. Conocí a una chica que era parecida a una de mis compañeras del colegio y entonces esta chica me causó una impresión tan grande y era tan buena y leal. Fue a raíz de este enamoramiento que yo empecé a escribir otra vez. […] Empecé a escribir con tanto entusiasmo que dejé todo el material antropológico y me puse a escribir Los ríos profundos y no hice nada para el Instituto hasta terminar el libro. Yo me acuerdo que llegó Francois Bouricand (sic) y le dije: “Estoy escribiendo, no puedo hacer otra cosa. Vemos al Arguedas maduro compartiendo los momentos de felicidad pasada, pero añadiendo un sustantivo, curiosa, que no refleja los instantes luminosos que compartió con Vilma y lo muestra incapacitado para precisar que aquella mujer no puede ser descrita de esa manera. Es la permanente distancia que establece con los acontecimientos que brotan del amor y lo rodean para siempre; un afán de disminuirse como legítimo receptor de cariño, afecto. Añadir otros comentarios a estas declaraciones provocaría caer en redundancias.

El amor con Vilma hace posible que Arguedas, después de años de sequedad sentimental ubique un recodo que le permita acurrucar su cuerpo y protegerse del clima urbano, de la neblina perniciosa, de caminantes agresivos, pugnas laborales, cortedades económicas, soledad en compañía. Con ella vemos asomarse el Arguedas quechua, andino, incompleto siempre de condiciones para insertarse en la sociedad criolla blanca y con aceptación plena de sus reglas de convivencia. La personalidad de José María generó siempre confusión. Sus amigos lo recuerdan jovial, optimista, cantor, comunicativo, contador de chistes, pero familiares cercanos se aproximan con mayor certeza a su íntima constitución: Esas, creo, son las dos caras de José María que recuerdo bien, caras de gozo y también de melancolía. El hombre tierno y cariñoso que se divertía en nuestras fiestas íntimas y el ser humano silencioso y atormentado; el primo querido que podía llora y reír con similar intensidad.[2]

Asociemos sus obras literarias a la vida sentimental de nuestro escritor y tratemos de calibrar el tipo de vínculo, no menciono intensidad de sentimientos, tampoco mido, imposible lograrlo, la profundidad y extensión del amor; muestro el resultado de sus compañías en la actividad literaria que era el centro de su existencia. Junto a Celia Bustamante es militante de causas socialistas y creador de Canto Kechwa, Yawar Fiesta, Diamantes y Pedernales, Comunidades de España y del Perú; de la humanidad de Sybila Arredondo emana El zorro de arriba y el zorro de abajo, la traducción de Dioses y hombres de Huarochirí y La agonía de Rasu Ñiti, su cuento, considero, más logrado y el que mejor expresa el pensamiento ancestral; Vilma Ponce palpita en Los ríos profundos y El Sexto, páginas que habían quedado extraviadas por sus dolores y agonías y las que mejor traducen su mundo interior; aquí, Ernesto y Gabriel son José María con parvo velo protector. Todas las sangres es escrito como la necesaria propuesta política de un proyecto de nación en medio del aturdimiento que vive un país azotado por la violencia armada de cuño ideológico exterior y también acicateado por el fragor por recuperar la estabilidad emocional junto a la siquiatra Lola Hoffmann, quien recibe la proyección del amor hacia la madre ausente; es también el deseo de mostrar su contextura histórica y ubicar un lugar a la Kurku Gertrudis, intrincada representación de su madre biológica, que nunca pudo integrar a su vida cierta. No hallo asociación clara entre su producción poética quechua y un entorno sentimental definido y sí la encuentro enlazada a su final vinculación con sus raíces culturales. Crea los poemas en años en que va resolviendo una crisis matrimonial sostenida y terminal, iniciada con Vilma Ponce, y llevada a su término con su encuentro con otro gran amor, Sybila Arredondo. Es posible decir lo mismo de su cuento El sueño del pongo. Su producción poética es decidida luego de haber decantado sus aproximaciones al socialismo y propicia el reencuentro con el país antiguo engarzado con una nación de todas las sangres. Es un cuadro de clara definición por un país vertebrado con su pasado.

Puente de cal y canto de Apata

Vilma y José María se conocen

Regresemos al camino de Apata. Mientras caminaba con Vilma, halló las rutas extraviadas de Ernesto; juntos dejaron huella sobre antiguos espacios que circundan el valle de Apata, [4] paseos por Paucar, por Santa María, por Iscos, las alamedas, esa pequeña cumbre desde donde se ve “Perdón Pampa” o quizá también ascendieron juntos el cerro Talhuispampa  y posaron sus manos en la piedra de Tulunco y trajinaron el puente de cal y canto y remontaron unidos la pendiente hasta las lagunas de Atacocha y Pomacocha. Su experiencia en Apata, bien podría leerse como páginas de alguna de sus novelas porque poseen la magia de sus creaciones, las agonías y claridades de Ernesto, la reciedumbre de Asunta La Torre, las delicadezas y señorío de Matilde, la persistencia de Vicenta y la humanidad de la Kurku. [5]

A diferencia de la versión comentada líneas arriba, una fuente señala que fue agosto de 1955 cuando José María y Vilma Catalina Ponce Martínez se conocieron en una fiesta patronal del pueblo de Apata, [6] Por documentación adicional, que comentaremos, es probable que el primer encuentro ocurriera largos meses antes. Como hurgador de cosas y sentimientos arguedianos me agrada pensar que la primera mirada surgiera en medio de una fiesta andina, rodeados de la algarabía del pueblo, música, danzantes, niebla espesa surgida detrás de detonaciones de pólvora provinciana, bajo la atenta compañía de aukis y apus circundantes. Además, aunque parezca excesivamente subjetivo, creo que hay pocos meses más propicios para el amor que agosto.

Al margen de especulaciones noveladas, y sin olvidar la versión señalada por el mismo Arguedas, el embajador mexicano en el Perú, Moisés Sáenz, amigo cercano de Arguedas y de Celia Bustamante, es un enlace que refuerza sus vinculaciones con Apata por su interés en la producción artística artesanal y posturas indigenistas. La muerte repentina de Sáenz motiva, a sus amigos y residentes de la localidad que lo conocieron y apreciaron su labor, construir una biblioteca pedagógica con el nombre del estudioso y amigo del Perú. [7] Arguedas no pudo asistir a la inauguración de la biblioteca, pero envía un texto de saludo y posteriormente participa en jornadas pedagógicas donde inaugura amistad con Augusto García Cuadrado y la profesora Abigail Martínez, parientes de Vilma Ponce Martínez. [8] La hermana de José María, Nelly, confirma esta versión y refiere que un amigo le cedió un lugar para descansar y escribir en Apata; señala que se dirigió a esa localidad después de una de sus peleas y controversias con Celia, su esposa. Como el lugar le gustó, se quedó una larga temporada. [9] El encuentro tiene que haber ocurrido antes del 10 de diciembre de 1954 fecha de la primera carta de José María a Vilma Ponce. El acontecimiento, como vemos, ha generado varias versiones. Un estudio afirma que tuvieron sus  primeros encuentros por el año de 1952 cuando ella tenía 19 años y él 41. [10] Si enlazamos las fuentes y testimonios observamos que Sáenz y José María parecen haber recalado en la capital del distrito en los primeros años de la década del cincuenta. Arguedas trajinaba el Perú con el intelectual mexicano y lo visitó en Sicuani en los inicios de la década del cuarenta cuando Arguedas era profesor en un colegio de la localidad. Amistad de intereses comunes, estudios encomendados, problemas hogareños y afán de hallar un lugar donde escribir con aislamiento, son las razones que explican la presencia de Arguedas en Apata. Es conocido, además, que el escritor desarrollaba intensa labor antropológica en la zona en esos años.

Retornemos a los preámbulos del encuentro para referirnos a la contextura de José María, a su original y orgánica configuración para observar, dilucidar sobre la materia que está contenida en un perfil humano. Como novelista, es acucioso mirador, taumaturgo penetrante, intérprete de señales, sonidos y silencios. Sabe leer rostros y pliegues de piel, interpretar el sendero que delinea una mirada, ingresar a las arquillas escondidas que guardan atavíos íntimos que un ser humano viste solo para visitarse a sí mismo. Cuando conoció a Vilma, el escritor debe haber sido invadido por un presentimiento que supo interpretar de inmediato: asistía al nacimiento del desafío que brota de su mirada correspondida, percibe el riesgo que anida en el lenguaje corporal de Vilma que seguramente no ignoraba quién la miraba con interés y curiosidad.  

No conocemos rastros de su figura, no sabemos de su mirada, tampoco he leído palabras de su mano; la quiero imaginar de talla más bien mediana, pelo rebelde, enrulado, ojos y tez clara, mesurada, sensible a los colores del día y de risa controlada, sociable en los límites que los andinos tenemos para departir, tenaz también, como hay que serlo para avanzar y crecer en territorios alejados de las decisiones nacionales. Me he guiado por el corazón y también por la imagen de su hija, Vilma Victoria Arguedas Ponce, que se muestra de pie y sonriente sobre el puente de Apata. En carta del 13 de agosto de 1955 menciona, refiriéndose a la hija que comparte con Vilma: el destino nos ha dado esa compensación a los últimos sufrimientos que tuvimos; nuestra hijita es linda, porque se parece a ti […] ella tiene mucho de mí. [11]

Arguedas era un tipo maduro y bien parecido, vestido con sobriedad y elegancia, – Yo era un muchacho bien plantado, vestía con elegancia, dice de sí mismo [12] en la época en que cortejaba a Pompeya – con rostro dominado por ojos claros y transparentes, de voz peruana enunciada desde el abdomen, empática, cultivada y variada en matices. José María, esteta, explorador de armonías y equilibrios miró con detenimiento la belleza de Vilma y le cautivó su juventud, el parecido que encontró con su compañera de colegio. Tenerla al frente e intuir que detrás de esa piel anidaba un alma gemela le instaló alerta temprana, como reaccionamos ante un estridente timbre de peligro que se socializa. Reconocía de inmediato quién podía ocupar un estrato de su vida; los tenía organizados y jerarquizados: pareja; hermanos y familiares cercanos; las entrañables personas que compartían con él porciones de su identidad chanca y que usaban el quechua para contarse chistes, cantar y reír; amigos de la infancia y de su época universitaria y de la peña Pancho Fierro; intelectuales extranjeros; colegas y alumnos; militantes políticos; literatos y vecinos de “Los Ángeles” en Chaclacayo.

En el inicio y centro de ese universo ubicaba a su pareja, no necesariamente aquella que acreditara certificado civil; lo vemos aquí en Apata y lo observamos también en momentos que compartía con Sybila en la librería universitaria chilena donde ella laboraba o, poco antes, con aquella misteriosa mujer, chilena también, esposa de un diplomático de quien se enamoró en un romance que sabemos ocupó en silencio una banca del cerro Santa Lucía de la capital chilena. Su sobrina Yolanda López Pozo, confidente de José María, nos ha dejado un descriptivo testimonio: […] había conocido a esta chica maravillosa. En una banca de aquel cerro estuvieron mirándose a los ojos durante horas: “no había necesidad de besarnos, nos amábamos de solo mirarnos” tal como había ocurrido con “La Pallita” Jamás vi a mi primo en tan profundo éxtasis. Yo no conocí a la chica […] Lo que sí es seguro es que Pepe se enamoró en Chile de aquella misteriosa muchacha a quién el llamaba “la mujer más pura y santa del mundo”. [13] Yolanda también conserva detalles de los escarceos amorosos de su tío y de la relación con Vilma: […] era un hombre muy enamorador y apasionado, señala, no sin cierto indisimulado orgullo, para rememorar después la ocasión en que, asistiendo a un espectáculo musical en un coliseo, el escritor se deslumbró con una muchacha […] conocida con el nombre de “La Pallita”. Añade que vivía deslumbrado y enamorado de ella [14] al tiempo que la frecuentaba y recibía atenciones de él, y añade aspectos del  apasionado romance de Pepe con Vilma Ponce […] Romance que siguió mi madre muy de cerca, incluso a pedido de mi primo fuimos hasta Apata para conocer a la familia Ponce. [15]

Cerro Santa Lucía en Santiago de Chile

José María necesitaba nutrirse constantemente de momentos similares, ermitas de energía, zonas de Tinkuy, de callado entendimiento, observatorios para mirar el mundo integrando visiones y voluntades. De esos espacios partía a navegar el mundo, junto a la persona que lo reconocía único, irrepetible, propietario del universo sacro que lo hacía humano y que pocos conocían por su escasísima iluminación. Imagino a José María como un buscador competente, explorador de arcanos compatibles con sus elementales formas de entender la vida. Su necesidad de conectarse con una urbe indiana, quechua, andina, o como se le quiera llamar al mundo que nunca dejó de acompañarlo, y que resultaba inaccesible en la metrópoli limeña donde los coros no son polifónicos y todos caminan lejos, muy lejos, de mundos sacros y encantados. Ver a Vilma debió ser para él la posibilidad de compartir los vectores pétreos que direccionaban su vida íntima y que rozaban con la ternura, la convivencia íntima con la naturaleza, mimetizarse con ella. ¿Quién podía comprender tales complejidades, entenderlas desde los códigos que aprendió en la niñez mientras se quitaba las liendres de la piel? José María, eterno pesquisidor, debió pensar que tenía ante sus ojos una manera de aprehender ese sueño; los orígenes y contenidos de Vilma le sugerían haber hallado un camino de reencuentro con su pasado y niñez. Lo dicen sus cartas con párrafos derramando intensa intimidad espiritual, hermandad de terruño, de surcos ordenados con las manos, cantos de siembra y de cosecha, de arte, poesía, y que conserva la mirada que él tenía para los objetos, plantas, animales y personas. Podemos también observarlas en las fotografías de Chimbote y Sayago, donde naturaleza, vías, tierra, humanidad, se hermanan en imágenes de armonía y plenitud.

Plenitud y dificultades

El mundo que gira alrededor de Vilma, las palabras que hoy han quedado muestran también la intensidad de la duda e indecisión, la resistencia a dejar un hogar que ya no le reportaba la tranquilidad de otras épocas, pero que se rehusaba a abandonar por el temor de enfrentar el  desafío de encarar lo nuevo sin el apoyo de una nueva compañía. Supongo que te gustará como a mí que te de el nombre de esposa. Tu bien sabes que en el fondo de nuestra alma estamos unidos para siempre, sea cualquiera el destino que nos toque en el porvenir. He vivido en tu casa como en la mía; hemos caminado por el campo con una unión seguramente más íntima y estrecha que la que vincula a tantísimos matrimonios imperfectos. [16] Surgió con Vilma la oportunidad de transitar de un hogar a otro, franquear la ruta de aridez que entregaba Celia y acercarse a la floreciente y joven mujer apatina que era una promesa de sosiego serrano y entendimiento cultural. Hallamos todos los elementos que pueblan una relación que surge del secreto, intensidades que se corresponden, distancias entre el campo y la ciudad, formaciones diferenciadas; Arguedas doctor, académico, ciudadano del mundo, Vilma dedicada a su hogar, con planes para residir en los linderos de su comunidad y con viajes esporádicos a Huancayo. Y sumado al listado incompleto, la culpa rondando el corazón ilusionado de José María, la infracción que dañaba la relación con Celia, compañera de años, de campañas exitosas en varios espacios, de necesidades superadas juntos, gnomon antiguo, luz consejera, refugio de sus debilidades. No fueron suficientes todos esos contenidos para que José María evitara informarle de los laberintos que había elegido vivir; no era José María un sujeto que pudiera ocultar su felicidad. Le escribe desde Lima a su hermano Arístides, mayo de 1956, mencionando: Llegó también por esos días la joven de Apata con la bebe. Esta vez no le dije a Celia que estaba aquí esa joven, porque me pareció cruel estando enferma. No le he ocultado nada a ella de cuanto me ha ocurrido con excepto eso último. [17]

Su modo de decidir lo hemos visto en Ica: yo me enamoré de inmediato…, señala [18] en oportunidad semejante. No iba a proceder distinto ahora, más en una escenografía que lo remontaba a su niñez. En carta a su confidente y amigo Manuel Moreno le dice: ¿qué ha de suceder después, con esta historia de mi aventura con la aldeana que ahora me acompaña, con un amor y una humidad que habría deseado a los 25 años…? Es posible que me quede en esta aldea de Apata, bajo el canto de los hermosos pájaros que amé en mi infancia, que iluminaron mi cerebro y mantuvieron puro mi corazón. [19] Es un hombre casado y ha vivido dieciséis años de vida matrimonial con Celia Bustamante. Los datos que disponemos nos muestran que no gozaban en ese momento de la estabilidad de años anteriores, pero si es seguro que luciría distinto cuando la ventisca poderosa de Apata llene todos los resquicios del hogar y lo encamine a la separación posterior cuando la tormenta Sybila se asome por sus puertas. Era un matrimonio con contratiempos, qué duda cabe, pero no ostentaba el deterioro que aparecería más tarde. Tenía 44 años, ella 25. De esta relación surge resurrecta Los ríos profundos. La relación con Vilma Ponce le dota de energía y ánimo para encaminarla hacia el final. Una estudiosa de Arguedas señala: Mientras está en Apata, observamos que no necesita ingerir la cantidad de medicamentos que en Lima consume para sobrellevar sus males fisiológicos y depresivos. [20]

Lugar central de Apata

Otras cartas y la hija Vilma Victoria

Tú sabes que no hay corazón que engañe a su dueño, [21] se lee en el inicio de la primera comunicación de José María; es una oración alentadora que no es seguida de armonía; anuncia el horizonte de sentido que seguirá la relación: amor cierto, evidente, intensa ternura, pero también lucha incesante contra una realidad adversa que terminó imponiéndose. Es el 10 de diciembre de 1954 y la última, tiene fecha del 7 de junio de 1957. Dos años y seis meses es el tiempo que media entre las dos cartas, fechas que confinan amor, entendimientos, ternura en el trato, distanciamientos y conflictos de baja intensidad, desconfianzas, insuficiente economía y la avizora presencia de Celia Bustamante activando de manera soterrada sus tensores defendiendo la continuidad del hogar. Entre el inicio y el fin hallamos varios episodios de gran intensidad y cercanía junto a contratiempos que surgen de las dificultades económicas y, sobre todo, el difícil proceso que vive José María desde el hogar compartido con Celia.

La primera línea nos anuncia con claridad el contenido siguiente: Ayer, en la tarde, y después, en la noche, comprendí que no me quieres. Pasé una noche muy agitada. Te dije siempre que soy un hombre de muy mala suerte. Sé que has hecho un esfuerzo por tratar de alimentar algún cariño por mí, pero me parece que no lo has conseguido; porque las inclinaciones del corazón no se forman, sino que nacen. ¡Que mala suerte tengo! [22]

Viajes de Vilma hacia Lima y de José María a Apata son explicados en varias comunicaciones. Le habla de su tía Rosa Navarro mencionándole: […] estoy seguro de que la convenceré para que te tenga en casa. Allí me esperaras hasta que vuelvas. Estoy pensando también en que sólo trabajaría aquí un año más y después con mil soles mensuales de cesantía me retiraría a escribir mis últimos libros, allí en Apata. [23]  

La pareja hace planes para residir en Lima, Apata y también en Cusco donde José María piensa obtener una plaza docente. Yo estoy resuelto a conseguir un Profesorado en la Universidad del Cusco o en último caso hacerme nombrar Prof. en algún Colegio Nacional. [24] Los planes se truncan por distintas situaciones que la pareja no puede controlar. Influye también el nombramiento que obtiene como Director de Cultura, Arqueología e Historia. Yo había casi arreglado para irme al Cusco como Prof. de la Esc. Normal Rural, con tres mil soles mensuales de sueldo. ¿Te imaginas? Eso resolvía toda la situación. Y ahora me sorprenden con este nombramiento. Voy a ganar 3,600 soles de sueldo al mes; voy a tener automóvil, chofer y creo que 300 soles de gastos de representación. [25]

Vilma Victoria Arguedas Ponce

Las demostraciones de amor, de compromiso se suceden incesantes en las comunicaciones. Él firma como tu esposo o como Osito, demostrando toda la ternura que conservaba en su corazón de niño. El diciembre de 1954, a poco de haber iniciado la relación, ambos caminaron hasta Ocopa en busca de un sacerdote amigo de la familia Ponce para que los casara, pero no lo encontraron. Posteriormente lo intentaron en dos iglesias de Huancayo. [26]

Vilma Victoria Arguedas Ponce nace el 27 de mayo de 1955 [27] y se bautiza en Lima el 20 de abril de 1956. Le comunica a Vilma: He hablado con mi tía. le he dicho que vamos a tener un hijo […] y que por eso me había casado contigo en secreto. [28] Hay controversia en torno a la paternidad de Arguedas. Su hermana Nelly señala: José María me contó la historia de su hija adoptiva […] conoció a una dama llamada Vilma Ponce de quien se enamoró profundamente. Encontró en ella amor, consideración y respeto; decidió por lo mismo, reconocer a la hija que ella esperaba. José María pensó haber hallado una razón que justifique su vida y por quien valdría la pena continuar con su producción literaria. [29]

Le escribe a la madre de Vilma Ponce para mencionarle: Felizmente tuvimos la dicha de hacer bautizar a Vilma Victoria; fue su madrina mi tía Rosa y su padrino, que estuvo ausente, mi gran amigo el fotógrafo Abraham Guillén. Nunca asistí a un bautismo más silencioso ni más solemne y feliz. No me ha gustado jamás la convocatoria a las gentes para estos casos; lo creo como actos de la intimidad. [30]

El final

El testimonio de Nelly, hermana de José María nos proporciona luces sobre el desenlace de la intensa relación. Señala: Pero, según mi hermano, el egoísmo de algunas personas desbarató aquellos sueños e ilusiones. No contentos con separarlos, intentaron hacer desaparecer todo documento sobre esa niña. Este hecho dejó profunda huella en mi hermano y creo yo que nunca pudo recuperarse de ese fracaso. Con frecuencia lo oí recriminarse por su falta de carácter, por permitir que destruyeran lo que él consideró como su única oportunidad de ser feliz.[…] Lo único que sé es que si yo hubiese estado cerca de él en esa época, le hubiera dado mi apoyo incondicional impidiéndole que destruyera su vida; probablemente ahora lo tendríamos aún entre nosotros […] Pienso que ahora nadie tiene el derecho de juzgar este incidente, sólo lamento no haberlo acompañado pues conociéndolo bien sé que debió haber pasado momentos muy difíciles cuando rompió con Vilma Ponce. [31] Sí, abordando el difícil espacio de las especulaciones, es muy probable que estando Nelly a su lado, los resultados de un amor tan intenso hubieran sido distintos. Al margen de esta consideración Nelly habría contenido las decisiones de Celia. Relatamos un incidente que fundamenta las apreciaciones vertidas: Nelly, sabiendo que su hermano se encontraba afectado de bronquitis, le hizo la visita correspondiente. Señala: lo fui a ver aprovechando que Celia no estaba y lo halló con un aspecto deprimente, pálido, con la barba crecida, acostado en una camita pequeña en su biblioteca. Muy impresionada con su aspecto fui a buscar a nuestra común amiga Mildred [De Zela], con quien le compramos un pijama y otros objetos personales. […] Él me miraba con sus ojos de niño triste. […] Llegó Celia pero no me dijo absolutamente nada. En esa época Arguedas era Director de la Casa de la Cultura, [34] como vemos estamos pues frente a una hermana que se hubiera enfrentado a Celia con sus mismas armas y ayudado en la causa arguediana.

Siguiendo el testimonio de Nelly Arguedas, receptora de las confesiones del hermano, tenemos que ubicar la decisión de José María de no haber afrontado con decisión los arreglos que requería para allanar el difícil camino que conducía a la edificación del anhelado hogar con Vilma Ponce. El dilatado noviazgo fue deteriorando y aplacando los ímpetus del escritor para retirar el primer obstáculo: Celia Bustamante. Fue perdiendo convicción a medida que iba siendo cercado por el hábil uso de fuerzas destructivas desplegado por ella en torno a la pareja. Su aceptación aparente de la realidad no tuvo correlato cierto en la práctica. El egoísmo de las personas a las que alude Nelly Arguedas apuntan a Celia y a su entorno y también la señalan como estratega o ejecutora de las cartas anónimas que arribaron a la casa de Vilma en Apata y de las acciones dirigidas a desaparecer documentación legal de Vilma Victoria. No pudo repetir acción semejante cuando apareció Sybila Arredondo en el horizonte.

Comentamos, como muestra de la pérdida de convicción de José María, una carta dirigida a su hermano Arístides que refiere su decisión de apartarse de la vida de Vilma. Le menciona, aludiendo a Celia:  ahora me encuentro con que le he perdido casi todo el amor que le tenía; he comprobado que la chica de Apata, como tú lo advertiste es a tal extremo primitiva que no habría podido soportar la vida con ella y me habría echado un fardo quizá insufrible que habría destruido mis posibilidades. Añade algo inesperado, la presencia de otra dama en el firmamento: la otra señorita es excelente colaboradora, pero tampoco;  me cautiva, sino en un solo sentido, en el menos permanente; me siento ahora como libre pero al mismo tiempo en la soledad anhelante de mi adolescencia. [32] Señalemos que la fecha de la carta, 21 de mayo de 1956, se yuxtapone con comunicaciones que todavía mantiene con Vilma Ponce. Arguedas parece aquí acomodarse a las opiniones surgidas de su entorno objetando su relación con Vilma, sencilla mujer de una localidad alejada de la capital, incompatible, en criterios familiares, para ser pareja de un intelectual y escritor ya prestigioso. Se trata, qué duda cabe, de esta separación de países que sufrimos, del que Arguedas, hay que decirlo, no estuvo exento de su letal influencia. Las cartas a Vilma están, considero, apegados a sus verdaderos sentimientos. La versión que aporta Vilma Victoria, y que mostramos en párrafos siguiente, abona en favor de esta idea.

Celia Bustamante conservó el matrimonio pero no pudo evitar discordias y desamor. A los pocos meses de la disolución del amor entre Vilma y José María, ambos partieron a Europa, enero de 1958, en un viaje que llevaría a la pareja hasta España, Sayago, donde el escritor desarrollaría una investigación sobre las comunidades rurales de la zona. El matrimonio salvó la difícil coyuntura, pero no pudo evitar que la relación estuviera herida mortalmente. Tenía fecha marcada de extinción. 

Terminemos con la emotiva y sentida narración de Vilma Victoria Arguedas Ponce acerca de los hechos: El matrimonio entre mis padres nunca llegó a realizarse porque mi padre no pudo – o no quiso – divorciarse de su esposa para casarse con mi madre. El le había prometido matrimonio. En estas cartas se ve que esa promesa es un tema reiterativo. Ante esta indecisión de mi padre, mis abuelos y mi madre – todos muy orgullosos – se sintieron burlados. Mi madre, que por entonces tenía veinticinco años, decidió por tanto terminar con el romance. Debo decir que en esta decisión pesaron, además de los problemas e indecisiones de él, las intervenciones de terceras personas encargadas de hacerle llegar a mi familia una serie de anónimos que precipitaron la ruptura. Luego de unos años de mi nacimiento, mi madre se casa y forma una nueva familia. […] Me enteré en una oportunidad […] de que cuando mi padre se separó de su esposa fue a Apata buscando a mi mamá, pero ella ya estaba casada. Por eso, tuvo que regresar de nuestro pueblo llorando. [33]

Me invade una sensación de asombro, desconcierto, íntima impresión, cuando leo que el día que eligió José María para disparar sobre su cuerpo, 28 de noviembre, era también el cumpleaños de Vilma Ponce y, sincronía adicional, el aniversario del momento en que ella le hizo saber que aceptaba ser esposa del tersamente humano escritor. [35]

Nada que añadir a un amor de ríos profundos.


[1] Sara Castro Klarén. José María Arguedas. Testimonio sobre preguntas de Sara Castro Klarén. Hispamérica N° 10. 1975. Pág. 49,52,53.

[2] Testimonio de su sobrina Yolanda López Pozo enCarmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 400.

[3] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad católica del Perú. Lima, 2004. Pág. 155.

[4] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 149.

[5] Personajes de su novela “Todas las sangres”

[6] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 23.

[7] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 22.

[8] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 22.

[9] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 114.

[10] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en la vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 220.

[11] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 157.

[12] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 109.

[13] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 402.

[14] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 401.

[15] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 401.

[16] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 132,133.

[17] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 231, 232.

[18]Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 107 y siguientes.

[19] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 221.

[20] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 24.

[21] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 131.

[22] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 131.

[23] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 133.

[24] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 151.

[25] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 166.

[26] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 166.

[27] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 219.

[28] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 138.

[29] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 317.

[30] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 173.

[31] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 317, 318.

[32] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 232.

[33] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Págs. 127,128.

[34] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Págs. 318, 319.

[35] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 225.

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