II. Los amores de Juan Rulfo

El encuentro con Clara Aparicio

Hay amores que iluminan la magra historia sentimental de quienes apenas alcanzamos a mirar desde la lejanía el universo de los quereres que trascienden décadas y centurias y permanecen para pervivir como esos faros costeros que guían la incertidumbre de los navegantes. Son de esa magnitud los hervores que aparecen entre las jóvenes siluetas de Clara Aparicio y Juan Rulfo que se conocieron porque algunos destinos están signados para unirse superando todas las distancias y obstáculos inventadas por los seres y la naturaleza. Este amor habita los espacios más intensos de la pasión y sirve de escala límite para mensurar los recorridos amorosos de todos los humanos. De tal magnitud son los enlaces que unieron a estos dos amantes. En esta pugna entre fuerzas naturales, la materia oscura fue desplazada por la materia Clara que hizo de vértebra fundamental en la unidad que alguna vez lo unió al escritor.

Cuando se conocieron él tenía 24 años y ella 13[1] y el escenario era Guadalajara.  Una reconocida biógrafa señala: Juan está exaltado. Ha visto a una niña que le gusta. Le gusta tanto que no puede dejar de mirarla y de seguirla a cierta distancia, discretamente. No sabe que tiene trece años, once menos que él. Como saberlo. Es una niña ya desarrollada, una adolescente con formas de mujer. Alta -para la media de la época-, de abundante cabellera oscura, armónica de facciones y de boca carnal. Un ángel con algo de diablillo. La mujercita perfecta.[2] Y algo fundamental para entender su intensa impresión al conocer a Clara: encuentra su rostro parecido al de su madre[3].

Es el joven Rulfo, que se enamoró de Clara Aparicio con una decision y seguridad que parecía sería eterna…

El nombre del escritor figuraba en las planillas del Estado mexicano como Carlos Juan Nepumeceno Pérez Rulfo Vizcaíno y había escrito algunos cuentos publicados en revistas financiadas por los propios autores y que después integrarían su libro de cuentos El llano en llamas. El galán había abandonado el D. F. para instalarse en Guadalajara; ocupa un discreto puesto de trabajo en la oficina de Migraciones de la Gobernación. Le han asignado la búsqueda de extranjeros indocumentados, nada  menos.

La mira pasar sin atreverse a vencer su timidez y dar unos pasos hacia ella; es consciente de la diferencia de edades y seguramente que también calibra las distancias sociales y económicas que los separan. Son realidades que Juan pondera y lo inducen a aguardar tres años para abordarla. Mientras tanto, ha verificado su domicilio, seguido sus huellas con dedicación y sigilo; siempre cauto, sopesando sus posibilidades de ser visto con interés por una niña-mujer que provenía de un hogar acomodado y ciertamente distante de la apurada vida del escritor. Para sus amigos, Juan no daba el tipo de pretendiente idóneo para Clara.  Para Jorge Acero, que lo acompañaba cuando observó a Clara por primera vez, ella era una real hembra.[4] Rulfo se abría paso con dificultad en una sociedad estamental y con pocas ventajas para seres que carecían de estudios universitarios y hogares solventes además de nulos contactos amicales. Huérfano temprano de padre y madre, recibía el apoyo de familiares para ubicarse en un mundo laboral que no poseía casillero idóneo para un joven  complejo, tímido, callado e introvertido, de espíritu soñador y romántico, carente de los perfiles que hacen a los varones monetariamente exitosos y solicitados por las damas.  

Hay dos versiones acerca del modo en que Rulfo se acercó a Clara. Su biógrafo oficial anota: Una mañana de 1944, Consuelo Reyes de Aparicio, madre de Clara, tomó sin querer la llamada del pretendiente Juan Rulfo. Él quería hablar con Clara, pero Clara ni lo conocía ni sabía quién era. Ante la insistencia de él Consuelo optó por decir que ella era Clara, así concordó una primera cita.[5]La versión paralela refiere que el encuentro se dio en un café de la ciudad. El año en ambas versiones es coincidente, 1944. En esta narración se ubica   Rulfo acercándose a Clara portando una  Antología de la poesía moderna española.[6]La asumimos como cierta por corresponder a la atmosfera rulfiana y porque el propio escritor lo precisa en una carta: ¿Por qué estaba tú allí ese día en el café Nápoles?, y ¿por qué estaba yo también allí? ¿Y qué cosa fue la que me hizo saber que aquella chiquilla tonta llegaría a hacerse algún día la mujercita en quien uno pondría todas sus confianzas y todos sus bienes y sus males, aunque solamente fuera mientras durara la vida? [7]

Cartas de amor, ejemplo de los límites que puede abarcar un sentimiento intenso…

Clara vaciló antes de recibir el regalo; después lo aceptó a él. Juan tuvo, desde el inicio de su gran gesta romántica, una gran aliada, la madre de Clara. Consuelo lo llamó después: Juan del alma.[8] La experimentada Consuelo supo ver que, detrás del serio rostro del pretendiente, anidaba un buen compañero y padre de los nietos que deseaba le entregara su hija. Es probable que sus consejos y  opiniones orientaron a la joven Clara para decantar su elección por el escritor. ¿Qué observó en él la hermosa jovencita asediada por pretendientes con aparentes superiores atributos que el tímido y discreto empleado perseguidor de foráneos indeseables? Las fotografías de aquellos años muestran un Rulfo optimista, más espontáneo y menos controlado que en su madurez, atildado en el vestir, observador acucioso y de maneras suaves y educadas, expresándose en frases cortas que dejaban traslucir extenso y profundo contenido. Los pretendientes de Clara seguramente superaban a Rulfo en apostura como en diplomas académicos y fortunas familiares, pero carecían, seguramente, de la sensibilidad extrema que lucía el sonrosado e inseguro varón conquistador. No necesitaba alardear de su sensibilidad, menos exhibirla para ser notoria; se manifestaba en largos silencios y en esa especie de halo de privacidad inexpugnable que lo rodeaba. También mostraba sosiego, quietud, estabilidad emocional, valores que las mujeres aprecian como parte de un proyecto de vida familiar que se desea sin sobresaltos inesperados.

Lo cierto es que la joven y emocionalmente sensata Clara, tuvo la mirada transparente para ubicar en los densos pliegues de la quieta personalidad del escritor el varón que poseía superiores condiciones que todos los demás galanes impetuosos. Imagino que no fue un destello inicial el que propició su decisión, sino la lenta evaluación de los atributos del joven candidato que impuso sus condiciones con tenacidad inquebrantable. No afirmo que se trató de una determinación surgida del frio cálculo de ventajas y desventajas; no, creo que se trató de un alumbramiento rápido en el primer encuentro; pero, ella acondicionó un tiempo para sopesar los latidos de una criatura que requería de espacio y horizontes para echarse a andar y recorrer la tierra. Es razón que explica que le impusiera a Juan una espera de tres años para formalizar el noviazgo, que se hace oficial en 1947.[9] En carta II Rulfo le dice: Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza.[10]

Es en esta época que el escritor empieza a usar el nombre que ahora es sinónimo de México y de su historia: Juan Rulfo. Lo usa para dejar sus señales en dos poemas en verso bíblico escritos en 1944 para impresionar a una jovencita con poco más de 16 años.[11]

Aire de las colinas

1948, se casan en Gudalajara, Juan Rulfo y Clara Aparicio…

Las cartas que escribió Rulfo para Clara suman ochenta y cuatro y  se inician en octubre de 1944 y culminan en diciembre de 1950 y atraviesan la ceremonia matrimonial de la pareja el 24 de abril de 1948, en Guadalajara. Se han escrito páginas extensas sobre ellas porque el universo de la correspondencia permite abordar variadas dimensiones del escritor. Los diálogos tocan temas de su niñez y orfandad, producción literaria, preocupaciones económicas, actividades intelectuales y sociales, la relación con algunos parientes. Muestran al Rulfo desprovisto del hermetismo que exhibió siempre en la vida pública, exento del cuidado que puso siempre para hablar de sí mismo y de su obra. Aquí haremos breves transcripciones y glosas del lugar sentimental, amoroso; mostraremos cortos párrafos del singular y particularmente intenso amor por Clara. Ignoro si los herederos de Rulfo tienen las cartas de respuesta. Es probable que sí las conserven. Conocerlas nos permitiría invadir el fulgor amoroso de la compañera, explicarnos la tesitura femenina que provocó en Rulfo su apasionado estallido sentimental. Lo cierto es que esa especie de detonación le posibilitó al escritor elevar su creatividad natural hasta las alturas donde se ubicó Comala y Pedro Páramo y también le proveyó de un refugio hogareño que suplió con eficacia la profunda melancolía que acuñó Rulfo ante la ausencia de un hogar para crecer y desarrollarse. Con Clara como compañera se pudo ubicar de un modo menos conflictivo en el escabroso mundo urbano de su país y soportar con mejor talante las punzantes adversidades de su biografía. Sin duda que, detrás de su obra, se halla su rostro iluminando el complejo universo narrativo que supo inventar. Cuando un escritor o artista carece de un motivo para organizar y encauzar su creación, entonces su obra languidece en el territorio de lo inasible, en el estéril campo de lo no alumbrado. 

Clara Aparicio retratada por Juan Rulfo. Belleza y quietud…

Leer las cartas me producen siempre un aire de las colinas;  acertado el subtítulo de algunas ediciones de la correspondencia, extraído de un párrafo de la carta XVIII; partes extensas de su contenido es poesía en prosa, versos de amor pleno; abarca todos los intersticios que componen este sentimiento, y lo hace de un modo que nos eleva hasta los confines más altos que abriga un ser humano por otro y rectifica ideas equivocadas de lo que debe ser el amor. Con Rulfo escribiendo a Clara comprendemos la inexistencia de límites para expresar entrega incondicional, conocemos el significado de ruptura de nuestra zona personal de confort y seguridad para vivir experiencias entrelazando biografías al punto de extinguir las fronteras del ser individual para mimetizarse en el ser amado. Después de su lectura toda otra correspondencia amorosa queda mellada, disminuida. Hallamos contenidos y sentimientos semejantes en las cartas que escribió José María Arguedas a Vilma Ponce y a Sybila Arredondo y las que cursó Franz Kafka a Milena Jesenská. Ambos escritores parecen nutrirse de un brote particular de sentimientos. En todos ellos se observa la agonía que provoca el amor que, cuando es cierto y auténtico, parece nacer en un campo santo. Mi juicio está influido, debo admitir, por el fervor que profeso a estos autores a quienes leo con particular emoción, pero también me oriento por opiniones recogidas en textos y fuentes que señalan que amaban pertrechados con las armas que provienen de la tierra y de venas desnudas de ropaje.

La primera carta contiene párrafos que son una exacta muestra de lo afirmado. Dice, Clara: corazón, rosa, amor…Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. En un conjuro de comparaciones equipara naturaleza, humanidad y amor y los lleva al ámbito del sufrimiento, tan cercano a la personalidad del creador. Finalmente evade la sangre y las heridas y la propia muerte al amparo de su claridad esclarecida. En la carta III hallamos oraciones que nos explican el profundo apoyo anímico y moral que recibía de su amada para superar las carencias afectivas y la inseguridad que no dejó de acompañarlo en gran parte de su biografía. Perdóname, le dice, si yo he exigido mucho de ti, quizá demasiado, que haya querido que tu corazón palpitara fuera de tiempo, como yo hago con el mío; pero yo soy un desequilibrado de amor y tú no, ahora lo sé y también que por eso me gustas así, porque eres como la brisa suave de una noche tranquila. Es precisamente por esto que yo anduve buscando y me metí en tantos trabajos para dar contigo porque sabía que, ya conociéndote, podía contarte las cosas que le dolían a mi alma y tú me darías el remedio. Rulfo había construido una imagen de la persona que recibiría el caudal amoroso cultivado en años de soledad y continencia. Sabía cómo debía ser aquella mujer que haría posible horadar el robusto muro que resguardaba su caudal amatorio. No lo entregaría a quien no reuniera todas las características que había imaginado en prolongadas jornadas de angustia, heridas por la ausencia de amor en su existencia. Sería errado afirmar que se trataba de un listado de preferencias semejante a  un índice de exigencias inalterables. Se trataba, muchas de ellas, de una sucesión de emociones irracionales, un estado del alma que sabe reconocer de inmediato cuando un espíritu afín se asoma ante nuestra mirada y llena cada uno de los espacios que se tenían dispuestos para ser ocupados con naturalidad por aquél rostro que se aguardaba con paciencia. Es lo que  menciona Rulfo cuando reseña sus andanzas para encontrarla y formula su certeza de haber hallado la compañía que le hacía falta para contar sus desesperanzas. De eso trata el amor, finalmente, hallar el eco que se busca, reconocible y audible con nitidez, no precisamente para enumerar  nuestras alegrías, que siempre se difunden y disipan solas, sino las insondables oscuridades que asedian nuestra humanidad.

Biografía equilibrada e informada.

En la carta IV refiere a su madre: Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ellas es Clara Aparicio, alguien a quien tu conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mi vivir sin ese cariño que tiene ella guardado en su corazón. Mi madre se llamaba María Vizcaino y estaba llena de bondad, tanta, que su corazón no resistió aquella carga y reventó. No, no es fácil querer mucho. Aquí se dirige a Clara en tercera persona para subrayar la dimensión que ha alcanzado en su vida, propia de alguien a quien no es posible tutear sin perjudicar la distancia de respeto y amor construido; alguien que ha alcanzado el estatus de su propia madre. Señala al finalizar, ya con una cercanía manifiesta, querer mucho no es fácil, por lo difícil que ha sido extender su cariño sin tener  a quién, antes de hallarla. Difícil para una personalidad compleja encontrar el alma complementaria, el espíritu afín que ocupe los vacíos largamente solitarios.

En la carta XI tocan un tema que después de algunos años se convertirá en una realidad difícilmente manejable: su vinculación con el alcohol. Menciona: Yo me he portado bien. No me he emborrachado y siempre que se trata de caminar camino derecho. No he dicho sino unas cuantas malas palabras; la gente con quien estoy no se presta para decir malas palabras. […] Tú me has hecho mucha falta…me sigues haciendo falta…me seguirás haciendo falta. Biógrafos no ligados a la fundación Rulfo, señalan los prolongados y complicados años en que el escritor fue asediado por su dipsomanía. La pudo vencer finalmente, pero el costo que le infligió a su relación con Clara parece que fue muy alta.

Es posible demorar en cada párrafo o verso en prosa, cada una de ellas posee contendidos que no pueden ser interpretados sin provocar distanciarse del espíritu que los reviste, plenos de intenso amor y cariño por Clara y llenos de ilusiones por el hogar que están iniciando. Intenso sentimiento dichos en coloquiales maneras, mostrando diversas facetas de la riqueza sentimental que poseía Rulfo para entregarla a su amada. El único modo de beber de esa fuente es acercándose a sus inmediaciones y recibir de su aliento. Detengámonos en dos cartas adicionales. La XXXVI menciona:  Yo solo sé reírme. No, ya ni aquellos pujidos que yo daba en lugar de risa, no los doy ya. Pero yo creo que con el tiempo volverán, volverán en cuanto te vea y me dé cuenta de que eres tú la causa de que yo haya vuelto a conocer la alegría. Claris, pequeñita. De nuevo aquí la posición de hombre con mayor experiencia que su amada; ubicación que no lo exime de someterse al  influjo que Clara ha asperjado en su existencia. En 1958, en la última carta, la LXXXIV, señala, ¡Yo te amo! En el cáliz. En la aurora. Debajo del Septentrión más absoluto. Allí donde la soledad une a los hombres. Allí te amé. Allí encontré tu imagen. Allí te dije: “esto es lo ha estado esperando mi esperanza” … Y me entregué. Es cierto, y lo dice con elocuencia, Rulfo se entregó al amor de la única manera posible para él, con entera voluntad de entregar a Clara toda su libertad, del modo en que el amor provee de cerco perimetral y sometimiento, donando al mismo tiempo alas para volar lejano, para crear, para ser uno mismo. Se extravía la libertad para reconquistarla entre cuatro manos y dos corazones. Y aquí no pueden mediar cálculos de cercanía o de miradas presenciales; el amor, si es amor, no se calcula por esos medios. Rulfo amó a Clara desde la distancia y desde el minuto inicial.

Fotografiado por Daysi Ascher

La vida familiar

Poco se sabe del desenvolvimiento del hogar Rulfo Aparicio. Hay hermeticidad en la información y lo que se conoce son detalles sobre las ocupaciones profesionales de Rulfo, sus continuos cambios de residencia, primeras publicaciones, el éxito de El llano en llamas y Pedro Páramo, que empezó con lentitud y luego reprodujo una avalancha de reconocimientos internacionales, y luego nacionales. Poco sabemos de las vinculaciones que construyeron Clara y Juan resguardados por los muros hogareños. Estrecheces económicas, dificultades para el pago de los colegios de los hijos, mezquindad nacional para reconocer a la obra de un creador excepcional, son aspectos que vertebraron la vida familiar y que pueden ser captados con facilidad cuando se observan los predios rulfianos sin forzar la acuciosidad.

Entre todos los elementos que establecieron las fronteras de la familia Rulfo-Aparicio surge un elemento que orienta bien la interpretación de las dificultades que aparecieron en aquellos años. Hablamos de su adicción al alcohol. El biógrafo oficial apenas hace referencia al hecho. Señala A. Vital: La época fue difícil. Mas o menos entre 1955 y 1962 don Juan tuvo varias enfermedades y dolencias en parte por efecto del consumo de bebidas y en parte por períodos de desánimo que tenían todas las características de una fuerte gripa y que lo obligaban a recluirse. Con personas cercanas a él, Rulfo hablaba del tema de la depresión, que se volvió recurrente; dos o tres veces al año el autor permanecía enclaustrado, sin rasurarse, durante un par de semanas. Hacía largas llamadas telefónicas y hablaba de todos los asuntos posibles como una forma inconsciente de terapia.[12] Críptica, sin duda, la manera de referirse a un problema de profunda significación para Rulfo y su familia y que era un hecho conocido por amigos cercanos  y de dominio público en los medios literarios de la capital mexicana. Nos alcanza una referencia importante la descripción: ubicar los años problemáticos y especular que el enclaustramiento descrito se trataba en verdad de visitas a sanatorios en quienes la familia, y quizá el propio escritor, cifraba esperanzas para superar la adicción. Sin embargo, todo  indica que el inicio del problema se remonta a algunos años atrás.

Reitero el significado de estas reflexiones: hallar pistas para comprender el proceso de deterioro que sufrió el amor por Clara Aparicio y la influencia que tuvo en su larga aridez literaria. Son temas que, considero, están imbricados y proporcionan luces para entender el delgado y oculto sendero que caminó Rulfo para llegar al amor nuevo de sus años finales.

Veamos lo que menciona Sara Roffé. La tendencia del escritor a buscar refugio en el alcohol, según comentó su amigo Fernando Benítez, se inicia en la década de los cuarenta, en esos “años tristes de archivos migratorios donde los expedientes aparecían y desaparecían mediante cohechos y trampas”. Rulfo comenzó  a beber para escapar del mundo asfixiante y sórdido que lo oprimía”. Pero su alcoholismo se fue agudizando al frecuentar de pleno, después de la publicación de su primer libro, el ambiente artístico y bohemios de la capital azteca.[13] Juan José Arreola sitúa la etapa conflictiva en los cincuenta. Señala la biógrafa que Juan Carlos Onetti contó que “Rulfo se emborrachaba y lo encontraban en la calle desnudo porque la chusma pordiosera le robaba todo”. Otro amigo, Federico Campbell, señala que entre 1960 y 1965 es cuando empieza su alejamiento del alcohol, que le permitió superar el umbral oscuro en el que había estado sumido por no menos de quince años. Ocurre luego de una temporada de terapia en el sanatorio llamado La Floresta. Volvió, se señala, transformado y con cierto desdén por la literatura. No podemos dejar de asociar su esterilidad literaria a la desaparición del estimulo que significaba par él, el uso del alcohol para crear.  

Biografía útil pero demasiado oficialista…. preocupada
por ocultar las rulfianas zonas oscuras...

Enrevesado establecer relaciones entre los hechos descritos y la aparición del nuevo amor en la vida de Rulfo, difícil también tejer especulaciones que nos expliquen nexos objetivos con su prolongada decisión de no volver a publicar después de Pedro Páramo y el Llano en llamas. Formularse preguntas es más sencillo. ¿Necesitaba beber Rulfo para escribir?, ¿su adicción se originó cuando empezó su vida matrimonial? Si observamos los datos cronológicos, así ocurrió, entonces ¿qué papel desempeñó Clara y el amor que los unía en este escenario en donde concurrían la dura y solitaria infancia de Rulfo, las dificultades económicas? Separaba, sabemos, su vida íntima familiar, personal, de su vida de escritor,[14]Jorge Ruffinelli, amigo cercano, señala que no obstante haberlo visitado varias veces en su vivienda nunca conoció a su esposa ni a sus hijos[15]. Mempo Giardinelli, refiere que más de una vez explicó su malhumor refiriéndose al infierno que era su vida familiar, o al menos conyugal, e  inmediatamente cambiaba de tema. Era un hombre, en cierto modo, resignado a su desdicha personal. Alguna vez le pregunté por qué no se iba de la casa. Me contestó que no, que ya estaba grande, viejo, y añadió algo importante: “no tengo derecho, a mí me aguantaron lo peor”. Y es que yo conocí a Juan cuando él ya no bebía.[16] Lo peor que la familia aguantó fue sin duda su adicción, fuente de tensiones extremas y dolores invaluables para las personas cercanas al adicto. El pagó ese sacrificio de Clara con la renuncia a abandonarla.

He aprendido que la evaluación de una personalidad y de las decisiones que emanan de ella, se hacen más simples y acertadas si se parte de un auto análisis y si nos preguntamos por las conductas y decisiones que adoptaríamos de hallarnos en situación semejante. Es la idea que encierra el difunfido: conócete a ti mismo y…Es claro que se trata de una opción que requiere de capacidad para inventar y penetrar con precisión en los duros muros de la mente y exige superar la ineficiente inventiva y limitaciones que surgen a la hora de asumir conductas que son vedadas para seres que carecemos de la complejidad de un Juan Rulfo; pero, son desafíos que hay que asumir. Es lo que hay para analizar y exige sumar también las páginas de investigadores que nos proporcionan certezas; no hay senda más apropiada. En esta ruta, por la que transita un creador literario, preguntamos: ¿Cuánto tiempo se puede separar en un hogar la vida pública y privada, cómo armonizar el bullicio de la calle con el silencio hogareño?, ¿al ingresar a su vivienda se despoja el escritor de sus capacidades para inventar mundos, deviene en un ser de ficción? ¿Cuánto daña una relación no compartir con la pareja aspectos de raigal importancia, como es comentar una conferencia, discutir el contenido de un libro y los caminos que se van haciendo para edificar un texto, o las discusiones literarias que acaba de ocurrir en el café con los amigos? ¿Cuánto tiempo se mantiene incólume el prístino amor de los inicios en medio de la destructora presencia de una adicción corrosiva?, ¿en qué tiempo se deja de ver con admiración y simpatía la personalidad oscura del ser amado, aquella que sirvió para enamorar y que encandiló a una sencilla y angelical señorita de hogar solvente, y que, pasada la novedad intrigante, se convierte en inaceptables disturbios de la personalidad?

Vemos de qué manera inclusive los amores incandescentes de Clara y Juan se desgasta, corroe, se diluye, se transforma en medianía, hartazgo, soledad en compañía; aún la lava ardiente que unió a esa pareja ejemplar se solidifica y enfría para dar paso a una edificación oscura, sólida sí, pero inevitablemente nocturna.

Mirada honda, acumulacion de dolor, hastío, orgullo de lo dificilmente conseguido…

Concluyamos estos párrafos especulativos relatando un diálogo que sostuvo Rulfo con la escritora mexicana Elena Poniatowska. Ella le hace notar que trata muy mal a las mujeres en sus escritos y le señala la visión negativa sobre el vínculo entre los sexos que se percibe en su obra […] La respuesta, en clave de humor, fue que para él las mujeres son “redondas”, porque “no tienen esquinas y no hay por dónde agarrarlas”. Luego, ya sin chiste, añadió: “A mi me gusta mucho la mujer pero me gusta más como amiga y compañera que como esposa, porque el matrimonio es una atadura y desde el momento en que es una atadura deja de funcionar”[17] Se trata de una descripción que pretende generalizar su opinión y encubrir su propia realidad familiar; no, no logra disimular que habla de su propio hogar. Sí, es probable que, en los últimos largos años, su vida familiar haya sido un lugar inservible para la creación y el buen vivir. Seguramente toda esa realidad angustiante tuvo un respiro, un lugar para habitar de nuevo la felicidad extraviada, cuando conoció a una mujer que le trastocó su existencia.

Aquella mujer joven  

¿Cómo era visto el Rulfo maduro por las mujeres, cómo lucía cuando se atrevió a detener su mirada en esa joven argentina? Margo Glantz, escritora mexicana lo describe: Era guapo, de una manera extraña de serlo, con una mirada borrosa y dulce, también triste, amarrada, medio maligna, como si sólo tuviese vida por dentro, como si estuviera por encima del tiempo, tiempo que sólo se marcaba  preciso en las dos líneas que le acuchillaban la frente, líneas que se fueron hundiendo cada vez más a medida que pasaban los años; sus cejas gruesas, delineadas y la derecha levantada como estuviese siempre asombrado o preguntándose algo, el pelo lo tenía ondulado, las orejas bien hechas, los labios finos.[18]Ángeles Mastreta, también escritora, alumna suya en el Centro Mexicano de Escritores, lo recuerda: Muy tímido […] No era seductor. Se dejaba estar […] caminaba en silencio, tenía los ojos tristes y las manos trémulas. Añade: Supongo que le dolía vivir. Aunque estaba seguro de que vivir también era una fiesta. Solía reírse como de lado, como quien sella su risa con ironía. Era entrañable. Era guapo. Había que verlo ir por el mundo para creer que era real.[19] Ambos testimonios coinciden en mencionar que era guapo. Y seguro que así lo vio también aquella joven alumna que asistió a su conferencia sin premeditar que arribaba a un espacio del que saldría acompañada para siempre.  Rulfo no sólo era guapo, lo envolvía también, claro está, el aura de fama, y de rareza, ser especial y distinto; elementos que, sin duda, cercaron la imaginación y los sentimientos de la joven universitaria al verlo disertar frente a ella. Imagino que él fijó su mirada en la extraña belleza que descubrió de pronto entre los variados rostros que lo escuchaban. Descubrió que Susana San Juan estaba frente a él y lo miraba. 

Rulfo buscaba la compañía femenina y joven, la otra, la que contenía años de experiencia, le fastidiaba. La escritora Beatriz Espejo recuerda que solía cortejarlo una mujer madura; Rulfo la veía venir y comentaba con un gesto muy suyo, medio de asco, medio de horror: “allí está otra vez. Siéntate a mi derecha para ver si se va la vieja”[20]. A pesar de sus años y de su afán inquebrantable por elegir la soledad y la inacción, Rulfo era joven, siempre joven. El diálogo que sostiene con su amigo, cuatro días antes de fallecer, y que lo veremos más adelante, así lo atestiguan.

Es el Rulfo que conocio a la joven mujer argentina…

Sus amigos de tertulias de café señalan la existencia de anteriores amores furtivos.  Federico Campbell confiesa con pudorosos rodeos que “algún amor sí tuvo, una novia por ahí, una ilusión”[21] Eric Nepomuceno relata: […] quería demostrarse que existía otro mundo, otra vida, en la que él vivía todo lo que no vivía en lo cotidiano. Siento que son historias que no puedo revelar, sería como traicionarlo. Historias desgarradoras, frágiles, imposibles. Pero bueno, ya se ha dicho que existió alguien en su vida[22].

Un adicional nombre femenino: la joven fotógrafa Daysi Ascher menciona: Mi afinidad con el escritor fue tan grande que nos empezamos a ver todos los días, a dar paseos por los parques de México. La simpatía de Rulfo para conmigo era ilimitada.[23] De esta vinculación surgió un álbum de fotografías con imágenes de un Rulfo extraño y perturbador. Se trata de una cercanía que muestra al escritor creando un  mundo paralelo a su hogar, alejado de sus compromisos familiares, sin vínculo alguno con las personas que habitaban su vivienda. Secreto, diría mejor. Acompañar a una joven fotógrafa por calles y parques, visitar con ella estudios fotográficos durante tres meses no es un acto reñido con ninguna escala de moralidad, pero sí nos hacen comprender la búsqueda intensa que hacía Rulfo por hallar un lugar donde acoderar su ilimitado mundo interior, su amor, sus deseos de cruzarse con una voz y compañía que lo haga sentir de nuevo integrado, humano.

Fue una búsqueda que la halló en Argentina, en una muchacha que hasta hoy permanece en el más absoluto anonimato. Refiriéndose a esta relación,  su gran amigo Mempo Giardinelli señala que Rulfo amó con juvenil ardor hasta sus últimos minutos, protagonista de una bellísima historia de amor de la que fui testigo y mensajero y que debe permanecer, todavía, en el silencio. Añade, cuidadoso: Quizá sea éste el tiempo de romperlo.[24]

La conoció en un ambiente académico, impartiendo una charla en la Universidad Nacional de Tucumán. Debió ocurrir antes de 1979 época en la que ya había sobrepasado su sexta década. Giardinelli señala que  la muchacha, por lo menos,  era veinticinco o treinta años más joven. La pudo conocer años después de iniciado el romance de Rulfo con la joven tucumana. Fue en abril de 1984, cuando regresó a la Argentina después de su exilio en México. En cuanto Juan supo de su viaje le solicitó que oficiara de correo. Le recomendó la más absoluta discreción y recibió un sobre grueso que debía entregarle a la muchacha.[25] Ella se acercó a recibir el encargo y le entregó otro sobre cerrado y grueso, para Juan. Así fue cómo se convirtió Giardinelli en correo del romance. Los amigos cercanos nunca hablaban de ella,  pero todos sabían que existía. Conocían, además, de la demasiado evidente distancia conyugal.[26] que se situaba detrás de este romance.

La relación hizo que Rulfo realizara frecuentes viajes a Buenos Aires, en alguna oportunidad de incógnito. Era un secreto no tan bien guardado, como vemos. Permitir que los amigos conocieran de su relación era, probablemente, una manera de mostrar interioridades que lo dibujaran de manera distinta ante los ojos amicales; explicar que su astenia no le impedía hallar un lugar donde floreciera de verdad lo más recóndito que poseía: su capacidad de inventar mundos donde el amor fuera el único habitante.

La joven fue extremadamente cuidadosa y discreta y guarda toda la correspondencia mantenida con Rulfo en lugar secreto. Giardinelli apunta que, en 1997, diez años después de la ausencia de Juan, la joven le consultó sobre qué hacer con la correspondencia. La respuesta que recibió fue: no hagas nada por el momento. Estuvieron de acuerdo en que Juan no hubiera aprobado jamás el uso oportunista de sus textos, literarios o epistolares[27]. Ella se dedicaba a la docencia y a la traducción; estudiaba una lengua oriental y trabajaba por un sueldo en una empresa de exportaciones y por vocación en una escuela de lenguas.

El mito femenino en la literatura de Rulfo: Susana San Juan – Revista Soma
¿Esta imegen, con licencia cinematográfica, reproduce bien a Susana San Juan? No lo sabemos, quizá sus labios, su cabellera. Cuando conozcamos al joven amor argentino, lo sabremos…

Según la descripción de Giardinelli, era –y lo seguía siendo la última vez que la vi, en 1998 – una mujer delgada, menuda y suave, de pelo y ojos negros, de rostro fino y piel trigueña, no es una mujer impactantemente bella, pero lo que atrae y encanta es su serenidad y trato delicado. Su voz es casi imperceptible y su sonrisa, leve y preciosa. Exactamente la clase de mujer que podía enamorar a Juan, y sobre todo al Juan que yo conocí: un hombre en el ocaso de su vida, trajinado pero no vencido, tremendamente necesitado de afectos pero absolutamente incapaz de pedirlos. A Juan había que quererlo con mucha calma, serenamente, comprendiéndolo en su orfandad afectiva antes que exigiéndole que cumpliera roles sociales que él jamás cumplió. Y esta muchacha cumplió a la perfección ese papel: lo quiso sin pedirle nada a cambio, sin esperar ni exigirle nada. Siempre tuvo – me parece, como me pareció desde la primera vez que la vi – un aire a Susana San Juan.[28]

Cuando Rulfo recorría los últimos días de su vida, Giardinelli le alcanzó en su lecho de enfermo una carta de la joven. Describe así el momento: Se lo entregué cuando nos quedamos solos en la habitación […] Él estaba ansioso por mi visita, porque sabía que le llevaba una carta de su amiga […] en un momento le pasé la carta y él la escondió debajo de las sabanas. Recuerdo perfectamente que le ofrecí que la leyera y me la devolviese, para no tener que esconderla con riesgo. Me dijo que no fuera pendejo, que el sabía lo que hacía y que pensaba destruirla[29]. Es el joven Rulfo, cuatro días antes de ausentarse, flameando alto su lozania espiritual. Dispuesto a seguir amando hasta el final. Seguro que su último pensamiento fue para aquella joven mujer.

A fines de los años ochenta, después de la muerte de Juan, la joven argentina se radicó en Madrid. En esa ciudad debe continuar viviendo hasta hoy. Esperamos leer en algún momento cercano las cartas que se cursaron. Sí, espero vivir para compartir con Rulfo similar emoción.

En correrias por las redes hallo esta tarjeta postal escrita por Rulfo. Dice así la leyenda: » Cortesía Biblioteca Nacional de España. Carta y tarjeta postal de Juan Rulfo a Liliana Frieiro Bonzoni (1983). Cartas del escritor mexicano durante su estancia en Argentina, escritas a sus amigos y a su más apasionado amor, Liliana.» No hay mayor desarrollo en la presentacion. Quizá sea una huella a seguir…

Un tema final: Susana San Juan. La creación de Rulfo, ¿fue la imagen de mujer que siempre anheló tener a su lado? El parecido que encuentra el amigo entre la muchacha que amó a Rulfo en secreto y Susana San Juan no parece emerger de una apreciacion personal solamente, es probable que su origen sea una revelacion del propio Rulfo. La entrevista que le hace Sylvia Fuentes al escritor en 1985, un año antes de su desaparición, nos permite atisbar la poca continencia de Rulfo para hablar del realismo mágico que cobija esta historia de amor.

Susana San Juan, el mito femenino…Rulfo la describio antes de
co nocerla

Fuentes: ¿Susana San Juan siempre vuelve?

Rulfo: Susana San Juan existe.

Fuentes: ¿Dónde está?

Rulfo: Pues por ahí, perdida en algún lugar del mundo.

Fuentes: ¿Pero no baja a tierra?

Rulfo: No, está viva.

Fuentes: Que tú la conoces y está viva.

Rulfo: La conozco.

Fuentes:  Y que la ves.

Rulfo: La veo, sí.

Fuentes: ¿Es muy bella?

Rulfo: Es hermosa, no es bella, es hermosa.

Fuentes: ¿O no se deja contigo tampoco?

Rulfo: Pues será mi edad, ¿no? Ya me llegó la antigüedad, como tú sabes.

Fuentes: Pedro Paramo la esperó.

Rulfo: Sí, la esperó, pero cuando la encontró estaba loca.

Fuentes: ¿Y la tuya, tu Susana, no está loca?

Rulfo: No, no está loca, pero es inaccesible.

Fuentes: ¿Y la buscas?

Rulfo: La busco, sí. La he ido a ver y ella ha venido a verme.

Fuentes: ¿Entonces, no es un nombre inventado?

Rulfo: No, existe. Bueno, el nombre, en el libro, sí. Yo la encontré después.

Fuentes: Estas diciéndonos secretos.

Rulfo: Sí, estoy diciendo unos secretos que no debería decírselos a nadie. Considero que esta mujer ideal que busca el hombre si existe; a la larga se la puede encontrar. Yo la encontré.

Fuentes: ¿Y es necesaria?

Rulfo: Sí, porque lo estimula a uno le da a uno cierta vitalidad.

Ninguna duda conservo, al escuchar la perezosa voz de Rulfo, que el pensaba en la muchacha que amaba cuando respondía las preguntas. Habla de ella en este corto diálogo; pudo hallar, por fin, al final de su existencia, el amor que siempre buscó y la plenitud y lo proclamó sin tapujos. No afirmo que el amor por Clara fuera ficticio, lo edificó, sin duda, es parte de una porción decisiva de su existencia. Fue un amor cierto, inimitable; pero, la erupción que brotó en su década final fue la acumulación de toda su integral humanidad y sólo puede compararse con el amor que Pedro Páramo le entregó a Susana San Juan. Estoy incapacitado para dejar de alegrarme por esta experiencia, a veces hay que rendirse al amor, por encima de consideraciones legales, moralistas y éticas. Es un sentimiento que no posee lugar para tales convenciones. Y hay mujeres que cobijan bien el amor de hombres como Rulfo.

Rulfo y sus cruces. Fotografía de Daysi Ascher...su mejor intérprete…

[1] Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 12.

[2]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 71.

[3]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 72.

[4]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[5]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 159.

[6] Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[7]Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 75.

[8]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[9]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[10] Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 23.

[11]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 161.

[12]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 276.

[13]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 149, 150.

[14]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[15]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[16]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[17]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 210.

[18]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 248.

[19]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 250, 251.

[20]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 213.

[21]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 214.

[22]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 214.

[23]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 211.

[24] Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 216.

[25]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 216.

[26]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 217.

[27]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 218.

[28]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 219.

[29]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 218.

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