Bea y Antonio. III parte.

No sé cómo haces para no visitar el pasado, Gabriel, lo he intentado, he seguido tu método, sacar el chip de la cabeza y no permitir que los recuerdos construyan hogar en mi mente, y no he podido; lo hice mal en varios intentos, peor cuando se trató de mis años en Huancavelica. Podría dejar de lado todo recuerdo, rostros, nombres, amigos, pero no sabría vivir sin fotografías, sonidos, diálogos, que vienen de Antonio. De acuerdo, pero entiendes mal si crees que mi mente no tiene lugar para los recuerdos, no es así, ocurre que no los uso para vivir; es como un museo, sí, esa imagen explica bien lo que quiero decir, son como salas de exposición que las recorro como visitante inmune a emociones antiguas; camino, veo, entiendo, clasifico, pero no se me ocurre llevar una pieza conmigo, allí se quedan para saber lo que debo repetir o evitar; en tu lugar no tendría recuerdos de Huancavelica, hubiera agotado mi experiencia allí, quizá seguir viviendo en esa zona, ser feliz, sin añoranzas, evitar el museo huanca. No seas cruel, no me juzgues de esa manera, mira lo que he logrado después de esas épocas, Gabriel, no puedo quejarme, algo he construido.

Quien se quejó mucho fue Antonio. Viajó al Uruguay a dictar un curso sobre auquénidos, se fue por un mes. En esos días seguí con mis rutinas acompañada de Teresa y Nora. Ocurrió que un día aceptamos la invitación de Lolo, un chico que tenía  restaurante muy cerca de la plaza de armas, en la calle Agustín Gamarra, caía por allí a comer algo, no lo hacía por el dueño, te advierto, cocinaban bien, y bueno, Lolo se interesó por mí y lo mostraba de mil maneras. Fuimos con Teresa, Nora, y también Beto, un amigo que andaba detrás de Nora. Caminamos hasta las aguas termales de San Cristóbal; pasamos el día allí, nada especial, nada que contar, terminó y cada uno a sus cosas. Antonio, al volver, conoció la versión popular, maligna, alguien que nos vio fue con el cuento, pueblo chico, ¿no? Tuvimos una discusión un poco fuerte, defendí mis decisiones, la libertad que tenía de tener amigos, salir, en fin; él tenía otra visión, era también su experiencia con María, ¿no?, creo que un hombre engañado nunca recupera la confianza. Bueno, llegamos a entendernos. Al día siguiente llegó con un regalo: un libro sobre la crianza de alpacas que conservo, ay, ese libro anda conmigo por donde voy. Me puso una dedicatoria: Bea, cada vez que leas este libro, ten presente que es una persona ligada a las alpacas quien lo entrega, cuida de él y de tus sentimientos, tenlo siempre a tu lado porque el día que tú o él se alejen de ti, será el inicio de la separación y el fin de la vida. Creo que esas palabras lo dibujan mejor que nada, muestra nobleza, espíritu, ¿no?

Cada día era un reto nuevo, siempre había algo que corregir, aumentar o empezar, y los viajes eran constantes; recorrimos todo el departamento, lo conozco en todos sus detalles, ríos, valles, cumbres, llanos. A veces con él, sola o con mi equipo. También empezamos a bajar a Huancayo, lo acompañaba a visitar a sus hijos. Tomábamos una habitación en un hotel céntrico y él pasaba el día con sus dos pequeños; algunas veces lo acompañaba; los chicos me aceptaron con buen ánimo, llegamos a comprendernos bien. Pero no me cautivaba la idea de ser madre, nunca he tenido esa vocación maternal que veo en la mayoría de las mujeres, creo que es el resultado de todos los abandonos que sufrí, mi padre, divorciado de mi madre, luego ella se enferma y fallece, en fin, lista de ausentes un poco grande; nunca me imaginé cambiando pañales o yendo al parque con un pequeño; no es algo que me haga sentir orgullosa, no te engañes, pero es la realidad. También visitábamos unos terrenos que eran propiedad de mi padre y que, según él, algún día serían de sus hijos; eran por Chupaca y Antonio andaba enamorado de esos sembríos; le hacían pensar que terminaríamos viviendo en ese lugar, sembrando y construyendo una casita campestre. No participaba de esos intereses, no podía, algo en mí, muy profundo y desconocido me hacía pensar que mi futuro no se cruzaba con ninguno de esos proyectos. Veía a Antonio tan interesado en imaginar los años que se venían, ubicándome en ese camino, juntos; me hacía sentir culpable de indolencia, desinterés. Amaba a Antonio, los días con él eran completos, compartíamos trabajo, rutinas diarias, paseos, amistades, éramos personas complementarias, pocas veces discutíamos, entendimiento en la cama; lo más fácil de aceptar era una vida para siempre juntos, y en esos parajes, quizá en Huancavelica o Huancayo, pero no en la costa o el extranjero, él era de la tierra y de allí no se movería. Nunca lo hablamos con seriedad, no hubo oportunidad o quizá mi actitud le hacía saber que era un tema que no debía tocar por la discusión que produciría.

Su divorcio demoró mucho más tiempo del pensado; cuando tuvo en sus manos la resolución judicial vino apresurado a mostrármela. Ahora si podemos casarnos, dijo, exaltado. Lo abracé con amor, ternura, así lo hice, pero sabía que no era el camino para mí, no en ese momento. Mis hermanos sabían de mi relación; el varón, Renato, habló con él un día que nos vio juntos en Lima; viajamos por unos días, en el verano. Antonio fue cordial y le dijo que en poco tiempo sería un hombre legalmente libre y que, entonces, podríamos casarnos. Renato quedó satisfecho, creo que calificó bien las virtudes de Antonio, me lo dijo: es un buen tipo, no lo pierdas.

Fue después de las fiestas navideñas y terminando de hacer los planes para la fiesta de año nuevo, cuando Antonio se despidió y me dejó sola en la habitación, que apareció la primera llamada para apurar mi salida de Huancavelica.  Cada uno hace sus balances y planes en esos días, ¿no?, ocurrió conmigo. Abrí una caja secreta que mantuve alejada de mi vista y que salió a la luz como un puquio recién descubierto. No sabría decir qué lo produjo, no sé, todo iba bien conmigo, Antonio, nos amábamos, mi trabajo era productivo y reconocido, amigos, mis hermanos bien, todo en su lugar, caminando. Me acerqué a la ventana, caía una tenue llovizna que presagiaba aguacero torrencial, como el día de mi llegada; soy muy apegada a los augurios, no sé, es mi herencia, creo, asocié los dos momentos, los hice conversar, decidir mi destino. Supe que estaba tomando una decisión que sería irreversible; a partir de ese momento no cambié de opinión, abandonaría Huancavelica; demoré en dormir. Me tomó un malestar que no pude superar hasta el día de mi partida. Me sentía miserable por Antonio, por los proyectos que tenía inconclusos, por los amigos que había hecho, por la vida construida en esos años. Pero, tuve la convicción de que no pensaría distinto. Mi tiempo en ese lugar hermoso había terminado. ¿Pensé en Antonio lo suficiente?, sí, mucho, pero creo que más pensé en mis cosas, intereses personales, mi futuro. Esa noche, con la lluvia cayendo a cántaros, vi con claridad que los años que se venían no me tendrían en esos parajes, con Antonio o sin él. ¿Cuál era mi ruta?, tampoco se aparecía clara. Averigüé y me informaron de una plaza para enseñar en mi universidad, podía ser, pensé, hacer una carrera docente, pero también estaba la beca que dejé pendiente. Decidí escribir a la gente de la cooperación alemana preguntando si mi lugar todavía estaba disponible. Dejé la carta al día siguiente, como si cometiera un delito, ocultándome de Antonio.      

Percibió las señales que aparecieron sin proponerme.

—¿Pasa algo?, te noto pensativa, ausente.

—No, son las cosas del trabajo, hay proyectos que no caminan.

—¿Cuáles?

—La feria que estamos programando, hay productores que piden se postergue unos meses, hasta que sus ejemplares crezcan un poco más.

Salí del paso ese día, pero no los siguientes. Me mantenía en silencio cuando preguntaba por mis cambios de humor repentinos. Todo se acentuó cuando respondieron que mi beca estaba disponible, pero que tenía que tomarla pronto. Me dieron un teléfono para averiguar detalles. Llamé, me explicaron que no podía pasar del verano, era su  tiempo de vigencia. Decidí visitar las oficinas en Lima. Antonio quiso acompañarme, le expliqué que no demoraría, que eran temas familiares que tenía que resolver. Aceptó, pero no dejó de decirme que traía algo entre manos. ¿De qué se trata, Bea? No respondí, tenía antes que conversar con los cooperantes. Eso hice. Arreglé todo en ese viaje, no podía postergar esas gestiones. Hablé con mi hermano, se incomodó, preguntó si pensaba viajar con Antonio. No entendió mis decisiones. Al final, me mostró su apoyo, sabes lo que haces, Bea, tú decides, yo te aconsejo, espero no te arrepientas con el tiempo, creo que estas decidiendo ir por un camino sin retorno.

Podría estudiar en Alemania o España, y elegí Barcelona, la Universidad Autónoma, estudiaría un curso de textiles, tenía relación con todo lo que hacía. Ordené mis papeles, cumplí entrevistas y me dieron el permiso de viaje. Compré mi pasaje para fines de enero. Lima-Madrid. Todo estaba resuelto cuando retorné a Huancavelica. Me sentía aturdida, no sabía cómo hablarle, qué explicación dar, ni yo misma tenía mis cosas ordenadas, eran sensaciones, palpitaciones, imágenes que se superponían y se ausentaban. Le propuse sentarnos en un lugar que se llamaba La casa de Lucinda, era el nombre de la dueña, extraño. Allí le comuniqué mi decisión.

—¿Por qué hiciste todo en secreto?, no entiendo.

—No hubieras entendido, Antonio, tus planes son otros.

— Nunca te opusiste a mis planes.

— Si recuerdas bien, no mostré aceptación, usaba el silencio.

—Me has mentido, Bea, no me amas, nunca me has amado. No se hace algo así cuando se ama.

—Tienes derecho a pensar de ese modo, pero no es cierto, te amo con toda mi alma, eres mi amor, pero necesito antes hacer cosas, cumplir mis sueños. Si me quedo a tu lado, ahora, lo único que conseguirías de mi con el tiempo sería amarguras, reproches, ¿quieres eso para ti?

—De ti aceptaría todo; lo que haces no tiene nombre, no lo tiene. No puedo entender tu decisión. No debiste aceptarme, tuviste tiempo para evitarme, impedir que te amé, así como te amo. No sabes, Bea, no sabes nada.

—No me voy para siempre, Antonio, volveré, estaremos juntos entonces.

—No, Bea, no regresas, tú no vuelves, si eres capaz de hacer algo así, en el secreto más absoluto, no es para regresar. No le hagas algo semejante a otro hombre, no lo hagas.

—Perdóname Antonio, sin este viaje no podría hacerte feliz, necesito sentirme realizada, completa para pensarte mío de nuevo. No sé explicar mi decisión, no como quieres, yo misma no tengo claro mi camino, solo sé que debo hacerlo.

Antonio lloró esa tarde, sin importarle que lo vieran o escuchen, fue un llanto incontenible que duró no sé cuánto tiempo. Al final, lloramos juntos.

Esa madrugada mientras encontraba la manera de dormir, y era nuevo día, escuché que pasaba un grupo cantando, guitarras, me asomé a la ventana, eran cuatro, cinco, entre ellos distinguí a Antonio. Cantaban Llanto por llanto, una canción que le escuché en varias oportunidades. Estaban ebrios, más Antonio. Pasaron tres o cuatro veces, me enterré entre mis frazadas, fue inútil, resonaban las letras en medio de mis culpas.

Una paloma sobre una rama
Abre su pico para cantar
La rama tiembla como quien dice
¡Ay! tú no sabes lo que es amar
La rama tiembla como quien dice
¡Ay! tú no sabes lo que es amar

Me quedaban unos días, tenía redactada mi renuncia, restaba una semana. Fueron días de dolor, silencios y reproches. Se ausentó dos días, lo dejé de ver, se fue a las alturas. Al regreso lo noté más tranquilo, me contó que Sendero había ingresado por los parajes que transitaba, hay pintas por toda la ruta y que había notado un clima distinto. Ten cuidado, le dije, ese grupo parece decidido a todo. No te preocupes, todos me conocen, son amigos, además, qué puede importar lo que haga o no haga, después de ti, nada me interesa. Lo abracé con todo mi corazón. El se mantuvo como un árbol envejecido. Volveré, le dije.

La noche anterior dormimos juntos, pero se había instalado una distancia tan grande entre nosotros que la pasamos discutiendo. Escuché de nuevo sus quejas: no debiste jugar conmigo, lo tenías planeado desde el primer día, eso no se hace con nadie. Difícil convencer a un hombre herido, Gabriel, imposible, diría mejor. Llegué a pensar que tenía razón, no debí acercarme a ese amor, le hice un daño irreparable, pero se equivocaba, todo surgió como el afloramiento de un ojo de agua, de pronto, había una corriente muy profunda, era eso, algún día tenia que mirar la superficie. No, no pensé en cambiar mi decisión, escuché su pedido en varias oportunidades, en algún momento ingresamos a la catedral, nos sentamos en el primer banco, frente al altar. Rezamos juntos, tomados de la mano, fue muy intenso, era un creyente convencido. Eres los hielos del Huaytapallana, dijo al salir, del punto más alto, donde no hay vida, de allí eres, Bea. ¿Qué responder?, me dejó de nuevo callada, solo atiné a abrazarlo y él a rechazar mi cercanía.

Los amigos quisieron organizar una reunión de despedida, me costó esfuerzo lograr que no lo hicieran, no hubiera podido actuar como esperaban. Me despedí de todos, uno a uno. Les di un dato falso del día de mi partida, solo me acompañó Antonio. Partí del lugar de mi llegada. No llovía ese día, pero me ahogaba en un llanto interior que no me dejaba respirar. Me contuve hasta donde pude, mientras el bus se preparaba. Antonio no se quedó para verme desaparecer. No pude ubicarlo cuando me acomodé en mi lugar. Creo que lloré hasta llegar a Huancayo. El bus se detuvo en Cullhuas. Pensé retornar de allí, fue un momento largo, era pedir que bajaran mi equipaje y tomar un carro de retorno. ¿Señorita no sube?, preguntó el piloto, dudé un instante. Si, respondí, subo ahora.   

3 Comentarios

  1. Mirtha Estrada dice:

    Agradezco inmensamente al escritor de esta historia “ Bea y Antonio “ .Estoy esperando ansiosamente la próxima parte!! Además, estoy recordando los lugares que me vieron crecer.

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    1. Beatriz santana dice:

      Hugo Chacón amigo de la universidad, muestra aquí otra faceta de las tantas que tiene, su gran capacidad literaria, su forma personal de describir paisajes, situaciones que a sus lectores nos hace soñar , con una escritura impecable, florida, profunda nos convierte en protagonistas de sus obras, felicitaciones amigo.

      Le gusta a 1 persona

  2. sawasiray dice:

    Gracias Beatriz, aprecio tu comentario, muchísimo.

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