Ubicación en el Cusco de la casona de «Los ríos profundos»

Ubicar la casona que José María Arguedas nos hace conocer en las primeras páginas de su novela «Los ríos profundos» es, considero, el logro más importante del proceso de escritura del libro: «El Cusco de Arguedas». El escritor la describe en las primeras páginas y narra el pasaje del siguiente modo:

«Habíamos llegado a la casa del Viejo. Estaba en la calle del muro inca.

Entramos al primer patio. Lo rodeaba un corredor de columnas y arcos de piedra que sostenían el segundo piso, también de arcos, pero más delgados. Focos opacos dejaban ver las formas del patio, todo silencioso. Llamó mi padre. Bajó del segundo piso un mestizo, y después un indio. La escalinata no era ancha, para la vastedad del patio y de los corredores.

Archivo Arguedas Cusco 1
Maruri N° 320. Fachada de la casona de «Los ríos profundos»

El mestizo llevaba una lámpara y nos guió al segundo patio. No tenía arcos ni segundo piso, solo un corredor de columnas de madera. Estaba oscuro; no había allí alumbrado eléctrico. Vimos lámparas en el interior de algunos cuartos. Conversaban en voz alta en las habitaciones. Debían ser piezas de alquiler. El Viejo residía en la más grande de sus haciendas del Apurímac; venía a la ciudad de vez en cuando, por sus negocios o para las fiestas. Algunos inquilinos salieron a vernos pasar.

Un árbol de cedrón perfumaba el patio, a pesar de que era bajo y de ramas escuálidas. El pequeño árbol mostraba trozos blancos en el tallo; los niños debían de martirizarlo.

[…]

Nos llevaron al tercer patio, que ya no tenía corredores.

Sentí olor a muladar allí. Pero la imagen del muro incaico y el olor a cedrón seguía animándome.

— ¿Aquí? —preguntó mi padre.

— El caballero ha dicho. Él ha escogido —contestó el mestizo.

Abrió con el pie una puerta. Mi padre pagó a los cargadores y los despidió.

[…]

— ¡Es una cocina! ¡Estamos en el patio de las bestias! —exclamó mi padre.

Me tomó el brazo.

Zaguán de ingreso

— Es la cocina de los arrieros —me dijo—. Nos iremos mañana mismo, hacia Abancay. No vayas a llorar. ¡Yo no he de condenarme por exprimir a un maldito!

— ¡Estamos en el Cuzco! —le dije.

— ¡Por eso, por eso!

Salió. Lo seguí hasta la puerta.

— Espérame, o anda a ver el muro —me dijo—. Tengo que hablar con el Viejo, ahora mismo.

Cruzó el patio, muy rápido, como si hubiera luz.»

Luego, el adolescente Ernesto se dirige presuroso al encuentro con el muro inca. Se suceden diálogos de padre e hijo en torno a la casona y sus vecinos, pero lo esencial de la descripción está transcrita en los párrafos precedentes.

Recuerdo las líneas en mi primera lectura de la novela; todavía adolescente, fui mudado a un territorio de irrealidad y ensoñaciones. Dos fatigados viajantes habían visitado mi ciudad, caminado por sus veredas y parques, sin haber dejado huella alguna. ¿Habría sido cierto? Habitante, por entonces, de la ciudad narrada por José María, y atenuadas las imágenes poéticas que provocan sus letras, pensé que la travesía era ficción lirica y la casona creación de la fértil imaginación del narrador. Estaba aún distante de percibir que la prosa de nuestro escritor recorre los contornos de sus experiencias y muchas veces habita sus contenidos.

Primer patio, mostrando el acceso a los patios interiores.

Luego de algunos años, conseguido el conocimiento que me permitía releer sus obras sin la sencillez adolescente advertí que, del mismo modo que existía la estación de trenes que recibió a Ernesto y a su padre; la amplia avenida Tullumayu y la angosta San Angustín, descritas sin nombrarlas, como la calle de las piedras sagradas, también la casona debía ocupar un espacio cierto de la ciudad ancestral.

Se trató de una búsqueda diletante, no pesquisa profesional y obsesiva, pero siempre que retornaba a mi ciudad hilvanaba ideas, tejía conjeturas. Miraba fachadas, atisbaba interiores de casonas con patios extensos, repasaba imágenes de inmuebles que había conocido en andanzas por la ciudad. Las más de ellas conservaban cerradas sus sólidas puertas de pezones y aldabones de bronce. Varías podían reunir las características descritas en el texto, no necesariamente ser dúplica de las descripciones de la novela, pero haciendo separaciones y distinciones, no eran numerosas las que lucían tres patios. Y, lo más importante, la señal clara indicaba que había que indagar en la «calle del muro inca»; así lo señalaba Ernesto, se había acercado a la pared de piedra después de caminar unos pasos.

La información era inexacta, no era cierta. Arguedas, como muchos escritores, poseía memoria eidética, pero la usaba transformando sus recuerdos, recreando la realidad. Era su mente analógica la que actuaba, sus descripciones «se parecen a». Además, punto importante, tuvo el afán permanente de cubrir aspectos significativos de su biografía. La casona formaba parte de esa realidad; se trataba de la vivienda de Manuel María Guillen, Manuel Jesús en la novela, personaje muy ligado a sus primeros años en Huanipaca. Además, cuando terminó de escribir su obra, es probable que en esta casona ya residía Juanita Tejada Gutiérrez, otro hallazgo del libro. Detalle adicional: en publicación previa señalo a Juanita Tejada como probable madre de José María. (*) Cómo se observa no eran menudos los temas que había que tiznar de misterio.

La calle del muro inca no conserva casona parecida. Mantuve por largo tiempo la impresión de que un muro maltratado frente a la casa de Inca Roca escondía sus restos deteriorados. La Cuesta de San Blas, que se inicia en la esquina siguiente, no conserva ninguna vivienda con las características narradas. Concluí que el achacoso muro debió, en los años veinte, haber recibido a Ernesto y a su padre. No hallaba otra otra alternativa. El tiempo había hecho su labor y desaparecido la casona.

Ingreso a la habitación que ocupaba Juanita Tejada Gutiérrez.

Pasaron los años y ocurrió un encuentro con la señora Rosa Matos Gutiérrez. Me hallaba por entonces en medio de pesquisas para redactar un aspecto de la biografía de Arguedas. La venerable anciana había nacido en Huanipaca, conoció a José María en esos territorios y era ahijada de Manuel María Guillén y conservaba con suficiencia detalles de la vida familiar de José María, de Manuel María y de su esposa Amelia Arguedas, hermana del padre del escritor. El encuentro fue facilitado por la investigadora de Arguedas y amiga francesa, Ghislaine Delaune que trataba con familiaridad con la señora Rosa. De este encuentro surge el dato decisivo. Señaló la lúcida y cordial anfitriona en su departamento limeño de Jesús María, que tenía por costumbre dominical visitar la casona de la familia Guillén en el Cusco. Recibí información bastante precisa. Sí, dijo, me acercaba a mi padrino cuando obtenía permiso del internado religioso del barrio Belén. Recepcionada la información pensé que estaba a un paso de ingresar a los patios de la casona.

El camino se despejó por entero con las coordenadas recibidas. Así emergió de la ficción el inmueble de la calle Maruri N° 320, lugar de la memoria, espacio impregnado con los vestigios de Ernesto, su padre, el pongo amigo del sensible adolescente, Manuel María, Amelia, Juanita, José María.

Corroboré la información con un pariente cercano de José María, amigo de juventud en el Cusco. Me confirmó que la señora Matos había proporcionado informacion exacta. Se trataba de la casona buscada. Había que visitarla y extender el plano de las letras sobre la realidad, comparar atmósferas, mensurar la angosta escalera descrita, verificar los tres patios.

Coincidieron pronto compromisos académicos con el urgente interés de acercarme a la vivienda. Y así fue. Caminé desde la plaza principal, y pasando por la fachada del antiguo Acllahuasi, pude mirar el frontis de la casona. No estaba a unos pasos del muro inca, la separaba diez minutos de apresurado caminar. El itinerario seguido por Ernesto, desde su llegada a la estación del tren, conducía con sencillez a ese recinto. Los personajes no caminaron más allá de la calle Maruri, se percibe el diseño de esta senda en las palabras arguedianas; el soplo de su creación no los hace caminar hasta la calle de las piedras, Ernesto y su padre giran hacia Maruri cuando es oportuno.

Amplio frente; portón generoso con dos puertas adicionales a los costados; dos balcones encerrados por cuadriculas de metal. Se notaba trajinar de obreros en labores de reparación y acondicionamiento. Pude otear el interior desde la puerta entreabierta. No logré convencer al amable trabajador, no me permitió acceder al zaguán. Obtuve teléfonos y direcciones y pude contactar con los propietarios de la vivienda, parientes y herederos de Manuel María Guillén. Entonces ingresé a la casona. Pasos etéreos al principio, desconfiados, temerosos, hasta percibir que se trataba de los espacios de Ernesto. La escalera angosta, los tres patios, los arcos. Pero, sobre todo, era la coincidencia de alientos, pulsaciones que las paredes exponían y que los balcones guardaban. El cedrón había desaparecido. Los dos patios posteriores se hallaban clausurados. Sí, era el lugar. Pacha, espacio y tiempo reunidos.

Recorrerla produjo sentir mis pulsaciones vibrar en todos los confines de mi ser. La emoción que me embargó es difícil de narrar. Atravesé bosques de palabras e imágenes, rostros, sonidos quechuas, ecos de la ríspida voz de José María cantando al joven que lleva el Yawar Mayu en su carnaval de Tambobamba. Pretendí sentir la desazón del adolescente caminando hacia el maloliente tercer patio, intuí al inquieto jovenzuelo enrumbar sus pasos hacia la calle Hatun Rumiyoc donde después repetiría,  frente al muro inca, y casi gritando:  Puk´tik´yawar rumi,  Puk´tik´yawar rumi…

El valor que posee la casona carece de dimensiones. Explicarlo dejaría de lado valiosas características. El Cusco tiene la misión de valorarla y conservarla, usarla para el desarrollo de las culturas, apropiarse de su significado. Esperamos ser partícipes y testigos de ese sueño.

( *) Hugo Chacón Málaga. Arguedas, biografía y suicidio. Fondo editorial IIPCIAL. 2018

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