Crónica maya

Los pájaros trinan en el follaje alto roturando la inmovilidad de las hojas que se agitan como castañuelas vegetales, los monos se balancean en la espesura y chillan reclamando la ocupación de su territorio. Arrastro mis pies sobre suelo brillante claveteado por el sol que penetra como lanzas de luz. Me acerco a Tikal, la ansiedad me ayuda a rememorar fantasías de los años en que conocí lo maya acariciando brillantes fotografías que mostraban sus pirámides escondidas entre la bruma de niebla baja. Recuerdo que sus escalones me parecieron mandiles drapeados puestos sobre laderas de colinas madres. Si el universo tiene caminos, pensé, las escalinatas debían ser sus gradas de ingreso. Establecí afinidad con aquellas imágenes, juzgué mía la piedra y mía la floresta;  pero, me faltó entonces la capacidad de otorgarle lugar y geografía a esas imágenes que gatillaban historias que inventaba. Me prometí subir algún día las escalinatas y comprobar si los peldaños de piedra conducían a un hogar eterno y averiguar si los quechuas y  mayas  éramos hijos de una sola leyenda.

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Eterna Tikal

Comparo las piedras megalíticas de mi patria antigua, distintas, ciclópeas, palpo la diorita aquella y la caliza delicada que toco ahora, es la sensualidad maya y el minimalismo inca, austeridad quechua, repujado maya. Me reencarno azteca, guaraní, chavín, huari y de nuevo Tikal. Recojo aliento, me pregunto dónde perdimos la guía que orientó el crecimiento de las calizas que se yerguen ahora en medio de la selva. La comunión de la  piedra y el bosque es absoluta, cada bloque le pertenece a un árbol, a sus raíces, a la savia que las riega, cada árbol es propiedad de la selva como cada piedra se mimetiza en la ciudad. La floresta cobija al conjunto y lo acomoda para su paseo por el universo.

Bajo a la explanada repleta de verde y luz, observo la piedra recortada sobre el cielo y me siento aprendiz impío, tallador imposible, desposeído de las habilidades que aquí reinaron por siglos. Trepo luego modernas escalinatas de madera para ver de nuevo las pirámides desde el aire, es la cita con los penachos de piedra coronando las cumbres. Siento cerca  a las pléyades, a las constelaciones que los mayas consultaron para elaborar calendarios exactos mientras Europa se hundía en la barbarie. Descanso sobre piedra para mimetizarme en la armonía que se respira, compruebo que sí, que desde aquí se tocan las constelaciones.

Era una sola la nación maya, divididos ahora en varios países que no pudieron ser uno. Habitaron al sur de la península de Yucatán, parte de Guatemala y Honduras entre los siglos III y XV. Declinaban cuando los Incas llegaban a su máximo esplendor, se retiraron entonces de Copán, Quirigua, Piedras Negras, Palenke, Tikal, Chichenitzá. No fue el suyo un estado absolutista y hegemónico, crearon ciudades estado con lenguas diversas y cultura diversificada. Teorías explican su decadencia: fenómenos naturales, escasez de agua, guerras internas o los naturales y sucesivos ciclos de vida y muerte. Cuando el tirano Pedro de Alvarado arribó a las tierras de Quauhtlemallan, territorios de “muchos árboles”, el período maya clásico había fenecido.

Desciendo de las alturas para ir a otros espacios más discretos, pirámides cubiertas por raíces adventicias y hierba. Túmulos y elevaciones se confunden con la floresta durmiendo el sueño de siglos. No hay presupuesto, explican, para ponerlas en valor; quizá enterradas se conserven mejor, pienso. Los estados y gobernantes son ignaros y depredadores de lo mejor de nuestras culturas.

Me pregunto acerca del modo en que fue dominado el bosque, imagino sus ceremonias suntuosas con el cacao humeante recorriendo dedos cortesanos; sofisticación, sensibilidad para construir edificios que definieron la belleza. Sociedad estratificada, de príncipes y vasallos, de castas y exclusiones. Más allá nos muestran la Ceiba, el árbol maya, áspero al tacto, grueso, de copa austera, serio, enraizado firme su tallo en suelo delgado. Mientras el guía explica, la lluvia aparece con la fuerza de un vendaval, buscamos refugio y hago una breve oración al dios enclaustrado. No nos escucha, en minutos los caminos peatonales se convierten en vías de caudales impredecibles. En otras épocas se guardaban en reservorios para atender a la población.

El diluvio sanciona el fin de la visita, con las ropas húmedas  me veo sobre el asfalto que serpentea en medio de la selva. Atardece y en la espesura del follaje se queda Tikal, caliza y arenisca para la eternidad. Siento haber visitado la belleza permanente, el equilibrio, la sabiduría entramada entre los festones de piedra. Reconozco que las ilustraciones escolares fueron apenas un reflejo lejano del esplendor que va  quedando atrás. Los mandiles drapeados eran en verdad serpientes emplumadas trepando hasta el santuario que habita la Vía Láctea. La cercana Isla de Flores nos acoge unas horas con su lago de aguas azules, la pequeña ciudad se apretuja en sus colinas trepando las pendientes y soportando el depredador efecto del progreso que derriba sencillas muestras de arquitectura colonial para reemplazarlas por el cemento y el vidrio polarizado. ¿Por qué será tan difícil reconocer que no hay turismo que prefiera lo que abunda en otras latitudes?  Se requiere  conservar, refaccionar, antes que derribar. Bebemos unas cervezas mirando el lago verde azulado moverse a ningún lado, engañando al viento. La poeta, a mi diestra, esboza unas letras sobre las servilletas blancas. Miro con envidia delinear palabras con la misma facilidad que sus antepasados dibujaban sobre piedra.

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Isla de Flores

Recorro el Petén en la ruta de regreso a Ciudad de Guatemala, extensos bosques hollados por la cinta negra del camino, ríos, puentes, bosques y más bosques me dan señales de la riqueza del país. También casuchas de madera pueblan la ruta. El pueblo maya, menudo, esbelto, con sus trajes coloridos, espera transporte a la vera del camino, conservan la altivez y distancia de sus ancestros. Tienen construido un mundo aparte, distinto, con veredas propias, espacios particulares sin vasos comunicantes con el país oficial, como hace siglos cuando Pedro de Alvarado los diezmó y trazó la línea divisoria entre lo blanco y  lo cobrizo. Occidente es dueño ahora de

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Eternidad Maya

todo lo que alguna vez les perteneció, de sus voces, de sus deseos y de su destino.

Arribamos a la capital para continuar de nuevo: Baja Verapaz nos espera. En los primeros años de la conquista la paz fue construida por dominicos pacificadores de la región. Es Santiago Cubulco el destino, se le conocía como Nima’Cubul o Cubuleb’ y es la tierra de los palos voladores: mayas devotos que cada julio se sujetan a troncos de árboles que se pierden en las nubes y giran y giran hasta que el dios de la lluvia escuche sus ruegos o la cuerda se rompa para volar por los aires como cuerpos celestes en busca de la vida que perdieron con la conquista.

Nombres mayas en el camino: Salama, Chol, Purulha,  Rabinal, Chicaj. Una tras otra las colinas verdes sin fisuras se despliegan como cúpulas enterradas en el follaje. Un quetzal de fantasía vuela de sur a norte ocultando las huellas de la violencia guerrillera de los años ochenta y noventa. Rostros sosegados de los mayas del  bus contemplan apacibles el camino; algunos ríen ignorando que son ajenos a su patria, ciudadanos expropiados de su suelo. Bartolomé de las Casas conocía bien éstos parajes, catequizó entre las etnias achí, pocomchí, quiché y cakchíquel. Entre ellas desplegó su doctrina liberadora. Por eso no es extraño que se conserve aquí la representación del etnodrama “Rabinal Achí”, que recuerda el reclamo que los rabinales del siglo XIII le hicieron a los gobernantes k’icheles por haber destruido sus pueblos. Narración oral que conserva las tradiciones culturales de un pueblo que se niega a morir y que también nos enseña que las injusticias no fueron solo patrimonio español.

Historia y vida Maya

No hay lugar exento de antigua cultura. Delgadas y altivas mujeres con vestimentas coloridas, silenciosas, discretas, nos llevan al pasado. Parecen custodias de la cultura ancestral, conservan sus vestidos tradicionales mientras los varones lucen jeans y zapatillas de dudosa originalidad. Saboreo fruta  verde sazonada con chile picante, nítido rezago de la antigua culinaria maya. Se oye en el mercado corridos mexicanos, muestra clara de antiguas relaciones con territorios del norte. Formidables todo terreno muestran el dinero de los migrantes. De ellos vienen los ingresos que se transforman en  cemento e inútil lujo estrafalario. La sutileza maya se sumerge en la modernidad vacía de tradiciones y referentes nacionales. Es el occidente ramplón, a medio digerir, que se impone por escuelas, hogares y ciudades. Es cierto que el optimismo renace cuando se ve el mestizaje creativo y renovador: son expendedoras de tortillas con sus vestidos multicolores, lucen fuertes, vigorosas soasando las deliciosas y delgadas láminas de maíz que vienen del pasado.

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Lago Atitlán

Cambiamos el rumbo hacia el lago Atitlan; atravesamos de nuevo la capital y seguimos la ruta de cien kilómetros hacia el oeste. Ascendemos  vegetación tupida hasta sentir el aire frío, la ruta serpentea sobre la geografía que se eleva, disminuye el calor y las colinas romas, semejantes a cúpulas cercenadas, se esparcen en el verde infinito. De pronto, retazos del lago se esconden y reaparecen entre el follaje que lo oculta, se intuye su acabado de postal fotográfica. En pocos minutos  Panajachel, la ciudad puerto del lago, nos recibe bulliciosa y cosmopolita, las aguas azules se muestran integras. Una calima ligera se levanta y, al fondo, el volcán que protege la orilla opuesta es una presencia que se extiende por toda la ribera. Es una pirámide maya natural, es el molde, la referencia que nos conduce a Tikal, Palenque, Cobán. Su esbeltez parece moldeada a mano y le confiere al lago su personalidad intransferible. La superficie de agua, la vegetación y la pirámide de lava dormida forman un conjunto que no tiene duplicado en el mundo. Belleza interminable, difícil de abarcar, de pensar, sólo es necesario mirarla, sentirla. Decido pensar que Atitlan es la fuente de agua más elevada del mundo, sus azules son el nivel máximo de la tierra y hace que no desvíe su eje de rotación, nivela las fuerzas de gravedad y se opone al sol y a los planetas exteriores en su gira por la Vía Láctea. ¿Por qué la capital maya no se construyó en la cima del volcán y sus pirámides en las orillas del lago?

Tomamos una lancha ligera que surca las aguas hasta San Pedro. Van turistas y mayas aculturados que negocian, compran, venden. Los poblados de las orillas llevan nombres cristianos, de santos exóticos. Me pregunto cuándo recuperarán sus nombres originales. Ese día el volcán dormido nos dará su señal de alegría y extenderá sus brazos a la humanidad. Llegamos a un muelle vistoso y colorido, los nativos y lugareños se mezclan curiosos observando el arribo de lanchas sucesivas. El poblado trepa hasta las cumbres regando callecitas empinadas y retorcidas llenas de comercio y baratijas. Me siento en altura conveniente a contemplar las aguas. Veo lejano todo, aquí se está a la orilla del mundo, pleno, retozando el alma, acunando la belleza. Escucho hablar el Tzutuhil Kachiquel y Quiche, que se confunden con el inglés, alemán, español. Debió ser así desde milenios atrás, pienso, cuando el mundo maya era potente y comerciaban con México y el Caribe y era propietaria de éstas aguas tranquilas que nos otorgan dimensión humana.

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Riberas del lago Atitlán

Sin lagos atitlanes nuestras vidas serían páramos olvidados, sequedad desértica. Por eso la necesidad de proteger sus orillas y sus aguas que ya comienzan a ser depredadas por nuevos y antiguos ricos que poco saben del respeto al santuario. Casas ostentosas de cemento y vidrio, hoteles de quince o mas niveles afean las orillas y exigen que una autoridad autónoma organice lo que es aún depredación evitable.

Me retiro de sus aguas, de Panajachel, y nos trasladamos en busca de Antigua, capital histórica de Guatemala. Se estableció en territorio de los cachiqueles en la zona del altiplano guatemalteco: Iximché. Luego tuvo otras locaciones hasta llegar a ocupar el sitio definitivo que ahora recorro con las luces y sombras de la historia. Ciudad museo, conserva edificaciones que mantienen intacto el aroma de antaño. En sus fachadas y calles adoquinadas se guardan los recuerdos de las crueldades de Pedro de Alvarado y de su viuda desconsolada que murió cubierta por el lodo del Volcán de Agua, trágico final para muchos invasores. Es también la casa de Luis Cardoza Y Aragón escritor, poeta y ensayista que es necesario leer para saber de Guatemala. Antigua se recorre con el tiempo detenido, sus calles rectilíneas conservan el espíritu de la época colonial. Restauraciones hechas con criterio y sapiencia le dan ahora  a la ciudad categoría de recinto urbano protegido y admirado. Se nota la intervención de una burguesía ilustrada que entendió que depredar lo antiguo es sólo cercenarnos de historia, depurarnos de pasado, aunque éste sea colonial. Antigua me detiene, me atrapa, sus antiguas casonas y conventos conservan los pasos de los conquistadores y nos muestran la maestría de los alarifes mayas. Allí esta la ciudad mestiza, construida con amorosas manos cachikeles.

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Calles de Antigua

Los campanarios aún  repican cuando es hora de partir, de dejar territorio maya. Las estampas de mi adolescencia me interpelaban sobre el origen de dos pueblos hermanos. Vine para saber si éramos hijos del mismo padre incubados en un sólo vientre. Descubrí que sí, que somos desde siempre hermanos de sangre,  premiados por la suerte de ser etnias cósmicas, como decía Vasconcelos en México. Eso somos, fundadores, hechura de estrellas, de universos míticos jamás derrotados. Siento que nos une la historia y el futuro compartido. Dos naciones en busca de una identidad y de un destino común que jamás se podrá desligar de la suerte de nuestro pueblo continente. Nos une el maíz, la piedra y la obsidiana, los caiteles y las ojotas de caminantes hermanados por la tragedia y la victoria cercana.

Abajo se ve el aeropuerto La Aurora, esperando el retorno de sus hijos expatriados, de los amores idos, de las promesas incumplidas. Llevo libros, poemas y tierra maya recogida en las orillas del lago Atitlán. Recuerdo que llegué buscando escaleras drapeadas por donde transitar al cielo buscando mis orígenes y sé ahora que los infortunios de mi patria son propiedad también de la Guatemala antigua que se pierde entre las nubes, allí abajo. Entendí que el Popol Vuh es mi biblia, el huipil mío y que la tierra de dioses olvidados será siempre un lugar para entenderme, un modo de ser andino y continental.

Llegará el día, el siglo, en que vuelva Qutzalcoalt de nuevo a predicar entre los humildes, entre los que perdieron sus alas de serpiente emplumada. Seguro que así será, mientras, mi corazón se detiene y vuela hacia el volcán de los atitlánes para depositarse dormido.

Para Sidi Z. , poeta de Guatemala.

Lima, primeros años del siglo XXI.

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