Uno de miles

UNO

Conocí a Parwa Salinas de un modo poco habitual. Hacía un viaje de rutina hacia la mina Julcani donde trabajaba desde varios años atrás. Me acompañaba Fernando, segundo hombre de la Gerencia de operaciones con quien recorríamos con frecuencia el trayecto. Nos faltaban unas tres horas para llegar a destino después de los días de descanso. Partimos de Lima y dormimos en Huancayo la noche anterior. Salimos hacia la mina después del mediodía porque se nos ocurrió almorzar en Huaychulo truchas que sacan de los pozos directamente a la parrilla.

La ruta no ofreció contratiempos excepto una patinada que casi nos lleva fuera de la pista hacia un badén de cierta profundidad. Fue a la altura de Izcuchaca, después de pasar el puente de cal y piedra. Me distrajo la llamada de Norma que indagaba por mi ubicación. Felizmente pude superar el peligro, pero dejando maltrechos los músculos de mis brazos. Fue un buen susto que hizo gritar a Fernando. En Huancavelica estacionamos la camioneta en la plaza principal en la idea de comer algo ligero. Coincidí con Fernando, debíamos acercarnos a la calle Sebastián Barranca para hallar el lugar apropiado. Antes, hice mi acostumbrado paseo frente a la iglesia que me gustaba observarla de cerca; me producía una sensación de paz y bienestar que no encontraba en otras edificaciones similares. No era un tema religioso, me gustaba el colorido de su fachada, las singulares líneas de su diseño. No había otra iglesia similar en ningún otro lugar del Perú. Una pequeña iglesia en Raqchi, cerca de Sicuani, tenía semejanzas que las hacia parecer obra de un mismo arquitecto.

Nos ubicamos cerca al local del Municipio, en un chifa con lunas amplias que nos permitían observar el colorido de la calle y el rápido caminar de la gente. Después de encargar una sopa wantán especial, Fernando me hizo notar que el local municipal anunciaba una actividad cultural. ¿No has visto?, es un encuentro de literatos o algo así, son tus temas; si quieres, pasamos un rato por allí a curiosear. Me interesó la idea.

El plan era quedarnos un momento, comprar algún libro y partir antes de que la noche nos gane y llegar con los últimos rasgos de luz a Julcani. Sí, claro, esa es la idea, dijo Fernando, es mejor no correr riesgos viajando de noche. Depende de ti, añadió, ojalá no te entusiasmes con los letrados.

Era un espacio en el tercer nivel que servía para eventos de mediana envergadura. Cuando nos sentamos, la presentadora leía una proclama en defensa de las letras huancavelicanas. Modulaba la voz con exageración y agitaba las páginas como si se tratara de estandartes de guerra. Calculé que había unas cincuenta personas, la mayoría jóvenes bulliciosos agrupados en cofradías diferenciadas. Eran de una movida culturosa que parecía agitada y pendenciera. Ubicamos lugar en la primera fila porque ningún joven que se respeta  ocupa esos espacios, queda para gente pasada de años a la que no le importa parecer los mejores alumnos.  A unos pasos, en la mesa cubierta de extenso paño verde oscuro, una autoridad municipal se acompañaba por los organizadores del encuentro; no tuve dudas que se trataba de ellos por las bufandas enredadas en sus cuellos y los robustos sacones de lana oscura que lucían.

Repasé el programa que tomé en la entrada: música, proclamas, poesía y cuentos. El número central de la primera parte era la presentación de tres poetas mujeres que harían una especie de contrapunto y desafío. Anotaban que procedían de Cerro de Pasco, Huánuco y Huancavelica. Será un enredo interesante, dijo Fernando. Quiero estar presente, respondí.  El evento lo clausuraban tres literatos que leerían sus cuentos. Nos vamos después de las poetas, ¿te parece, Fernando? Sí, de acuerdo Danilo, y espero que no te entusiasmes y acabes cerrando el programa. No, descuida, partimos después de oír a las poetas. Revisé sus nombres, Teresa, Marta y Parwa.

Sí, tenía interés en la poesía; había publicado un par de libritos que la mina había financiado y distribuido a los trabajadores y empleados. Era gracioso escuchar, de pronto, en medio del ruido de las chancadoras, repetir un verso declamado con sorna: fuego canta, eleva tu voz a mis alturas. Volteaba para descubrir el rostro del declamador pero nadie se descubría como autor, todos mostraban estudiada indiferencia. No me molestaba, lo tomaba con buen ánimo, sabía que algunos me leían con interés. Era una afición temprana que inicié en la biblioteca que mi padre aún conserva con dedicación. Allí conocí a Yeats, Kavafis, Pedro Salinas, Vallejo y, sobre todo, a poetas norteamericanos que eran mis preferidos: Whitman, Poe, Eliot, Frost y otros; me gustaba la llaneza de sus versos, la proximidad que lograban con lo cotidiano.

Los números siguientes se sucedieron con lentitud; cuando anunciaron al trío de poetas ya la tarde mostraba los celajes rojizos que anuncian la oscuridad. Nos miramos con Fernando para evaluar pareceres. Depende de usted inge, yo no manejo. El cambio en su trato denotaba deseos de partir, pensé que no estaba mal usar el crédito que conseguí cuando lo acompañé en sus correrías nocturnas por las discotecas huancavelicanas. Acabamos en La casona después de inspeccionar El oasis. Lo dejé cuando  encontró compañía nocturna en una flaca que no lo soltó desde nuestra aparición en el local. No era lo mío, prefería conversar, enamorar. Quizá era la razón de no haber anclado en el cariño de una mujer que me hiciera fundar familia. No sé, era exigente en ese detalle, buscaba con quien conversar, lo demás venía por añadidura. El diálogo es lo único que acompaña a una pareja cuando la edad obliga dejar veleidades superfluas y aparecen las soledades de la vejez.  Además, pensaba que no sería fácil  que una mujer se animara a recluirse en las serranías dejando sus intereses urbanos. Me había ocurrido con María Ángela antes de la debacle en nuestra relación. Ya planeaba trabajar en minas y ella decía que me esperaría en la ciudad. Claro que la entendía, convertirse en pareja de un minero no era un negocio que cautivara a nadie. A Norma me vinculaba los trabajos que compartíamos. Era consultora en problemas ambientales y colaboraba con ella con interés; eran temas que conocía y formábamos un buen equipo a la hora de sacar adelante una idea. De vez en cuando me trasladaba a su departamento, o ella al mío, para pasar una temporada juntos. Había pasado allí los últimos diez días. Pero no sentía con ella las emociones que siempre necesité para caminar interesado por la vida. Era una relación quieta, de temperatura moderada y sin sobresaltos. Creo que también ella me tenía un cariño semejante.

Cuando aparecieron las tres poetas por la puerta lateral del salón y caminaron hacia la mesa, supe de inmediato quién era Parwa. Son esos latidos que no se explican porque carecen de racionalidad, solo se sienten  en medio del pecho acelerando la respiración. Vestía un faldón de tela gruesa con bordados andinos que le caía hasta el medio de la pantorrilla y cubría parcialmente los  botines mineros de rudo perfil, pero de clara identidad femenina. Una gruesa y extendida chompa multicolor tejida a mano de bordes desbocados y cubierto por una pashmina colorida que rodeaba su alto cuello como una boa constrictor llena de pliegues y recovecos. Un pesado morral de cuero acompañaba el atuendo. Claro que observé su rostro, pero no me detuve allí por lo llamativo de su ropa. Había que apreciarla mientras caminaba; su perfil podía observarlo después.  Su rostro moruno no era magro, pero no podía describirse como relleno, era de una redondez adelgazada por ojos luminosos y extensos, nariz pequeña y labios carnosos pero no protuberantes; su mirada, sin ser desafiante, indagaba en cada espacio de los rostros y ambiente. Nos observó con curiosidad mientras se acomodaba. Cuando Parwa ocupó un extremo de la mesa, escuché la voz de Fernando que preguntaba, ¿se siente bien inge?  Había seguido el itinerario de mis emociones y  reparado en mi sobresalto al acompañar la procesión de la poetisa. ¿No te parece de una belleza extraña?, le dije. Sí, es verdad,  es un diminuto mujerón. Era cierto, su tamaño no era llamativo, era más bien menuda, pero no determinaba su personalidad, se diluía en el halo de espiritualidad y carnal presencia que mostraba. Cuando anunciaron sus nombres confirmé que Parwa era Parwa. Miró al auditorio con seguridad, alisó su melena rebelde y ordenó sus papeles con estudiada calma y esperó su turno. Los versos de las demás poetas tenían calidad, pero después de escucharla quedaron reducidas a la vacuidad más absoluta. Era de Huánuco, dijo el moderador, y sumó a la descripción inicial una incompetente mención de Amarilis y la Perricholi que Parwa rechazó con un mohín de fastidio indisimulado.

Su poesía no era liviana y no podía escucharse sin sentirse remecido por la intensidad de sus descripciones amorosas y eróticas. No eran sexuales sus versos, describía cuerpos que se laceraban en el contacto físico sin  lograr comunión; su voz parecía reclamar correspondencia exacta al despliegue  de un poder material construido para amar y transformar el placer físico en una envoltura de pasiones secretas que no hallaban cobijo ni entendimiento en la compañía. Leyó seis poemas que después repetí en el poemario que compré en la puerta del salón. Luego de tener el ejemplar en mis manos la busqué con la mirada pensando hallarla aún en la mesa, pero no, había desaparecido. La voz de Fernando me retornó a la realidad. Danilo, creo que nos quedamos y salimos mañana, ¿te parece? Sí, tienes razón, es lo mejor. Bien, entonces vamos al Yllariy, le dije, me gusta ese hotel, desde el nombre, me agrada.

Esa noche memoricé varios poemas de Parwa Salinas. Tratado de castidad, se llamaba el poemario. Veinte poemas, intercalados con dibujos hechos por ella misma; delicadas figuras que parecían elevarse sobre el universo unidos por falanges, rostros o palabras. Un poema decía: mi amor es moneda feble / ubícame en la piel, adquiere mis muslos / y negocia mi placer, subasta mis encuentros / lubrica tu vejez / te harás soberano de lunas / perdedor de cuerpos. Era una editorial de Huánuco y señalaba dirección y teléfono. Después de terminar la lectura se me ocurrió algo que debía de haber pensado antes, usar el internet, Google, para ubicarla. Allí estaba su nombre con profusión de fotografías dominando su página. Escasos poemas suyos, y una mixtura de autores que denotaba lecturas desordenadas. Me llamó la atención el extendido muestrario de su rostro y figura. En varios escenarios y con poses llamativas, sentada, caminando, escalando, profusión de primeros planos mostrando su enigmática sonrisa guarnecida siempre de naturaleza, caminos, bosques. ¿Era soltera?, no lo afirmaba ni lo negaba. Por sus versos presumí que no, las casadas no escriben de esa manera, ¿o era un prejuicio estúpido? Además, quien tiene compañía usualmente restringe la exposición de sí misma o muestra a la pareja. ¿Se exhibía, buscaba y provocaba, así debía entenderlo? No sé, me dije, no hagas juicios anticipados, es poeta, cuidado.  Puse el libro debajo de mi almohada y me quedé dormido hasta que Fernando me despertó con sonoros toques a la puerta. Y, Danilo, ¿dormiste bien, te pasó el espanto de tu encuentro con esa chica, cómo se llama, garúa, creo? Idiota, Parwa, garúa, ambos terminamos riendo de la ocurrencia.

Durante largos tramos de la ruta, en parajes donde las llanuras se acentuaban, solitarios espacios que parecían variar de inclinación, recorría el encuentro literario al que no debería de haber llegado nunca, con los versos de Parwa y su figura atravesando mis manos y memoria. ¿Cuántos años tenía? Creo que no pasaba de treinta. Le pedí a Fernando que leyera el poemario, algunos párrafos, elígelos tú. Los leyó todos, esta mujer sí que conoce de sexo, dijo al terminar, ¿cómo será en la cama en verdad, tú crees que imite a sus versos? No lo había pensado, pero tenía razón, ¿eran sus poemas extraídos de su biografía? No sé, pero ¿dónde más podrían originarse las creaciones de los humanos? Llegamos para empezar el trabajo, que es rutinario en una mina, salvo cuando los procesos se atascan o una máquina se malogra. También ocurren accidentes, pero normalmente no son graves. Los sistemas de seguridad son lo mejor que tenemos. El campamento es agradable, tenemos un pequeño cine, gimnasio, salón de juegos, bar que sirve a todo el personal y comida de buena calidad. Las horas complicadas son las nocturnas, pasan lentas y me envuelven en ideas y ensoñaciones. La primera noche, después de mi regreso, envíe una señal de amistad a Parwa. Me respondió luego de un par de días. Su respuesta detuvo mis pensamientos, según los formatos establecidos estaba a un palmo de distancia, al alcance de mis palabras y razones extraviadas. Veré, dije, que encuentro detrás de su mensaje. Pude entonces escribirle y contar mis impresiones del recital, hablar de su poesía y también referirme a la mía. 

Norma me escribía a diario. No le respondía con la misma frecuencia. A veces eran consultas sobre algún proyecto. Hablábamos por teléfono por las noches; conversaciones cortas, amables, pocas veces sentimentales. Pensaba que tenía alguna distracción amorosa que le permitía manejar mi acentuada indiferencia. La verdad es que no me importaba si algo así ocurría. Tenía derecho de ejercer su libertad y no diseñar su existencia alrededor de un hombre que nunca decía amarla ni planeaba el futuro con ella.

Después de un par de mensajes con Parwa, pasamos a usar uno de esos medios que facilita internet. No era sencillo usarlo, su estrechez limitada mis oraciones a formulas convencionales; pero era lo que había. Me respondió sin premura; me dijo que le interesaba saber de mis versos y que podía enviarle un ejemplar usando un courier que tenía sucursal  a unas puertas de su casa; mientras te decides, envía tus trabajos por correo, y creo que tu opinión sobre mis poemas me parece exagerada, no me termino de convencer de sus virtudes; leo a cada paso poemas de calidad que  me dejan disminuida. Añadió que le agradaba los artículos que yo publicaba, los veo interesantes y novedosas. Preguntó por las fotos en Julcani; cómo es trabajar en esas alturas?, debe ser muy duro. Al principio, un poco, luego te habitúas y te parece el único lugar posible para vivir, le dije. Fue una comunicación directa y sin pretensiones de encubrir información; transparente, diría, con formas que no ocultaban mi nerviosismo.

Las siguientes conversaciones fueron más prolongadas y giraron siempre alrededor de los intereses que compartíamos por la poesía y literatura. Sus lecturas eran pocas, me llevaban a revisar mi teoría acerca del cultivo o del nacimiento espontáneo de las expresiones del arte; Parwa era la muestra de un talento que corre por la sangre. Al final de uno de esos diálogos pregunté por su teléfono. Sí, te lo doy, respondió sin oponer barrera alguna. La llamé luego de un par de días. Recuerdo que terminaba la tarde y estaba en mi habitación releyendo una novela de Manuel Scorza, cuando decidí buscarla. Su voz era fina, delgada y de limitada resonancia, fluida en su conversación y menos compleja de lo que imaginé en un principio; usaba un lenguaje sencillo, nada parecido a los giros idiomáticos que mostraban sus poemas. Contó que estaba ocupada con los quehaceres de la casa. Tengo una hija y un esposo, explicó. La escuché sorprendido, la gente no se casaba tan temprano en esta época y menos tiene hija. Así son las cosas; es mi suerte, explicó. ¿Su suerte? No hay suerte donde se ubica una decisión, pensé. La información me sorprendió, afectaba la idea de establecer vínculos con una poeta libre para tomar decisiones, conversar o escribirle sin las barreras que suscita una compañía permanente. Soy libre, respondió, todos lo somos, nadie está sujeto a una persona en contra de su voluntad. Con R., así llamó a su pareja, tenemos espacios personales muy amplios. No volví a tocar el tema en las siguientes conversaciones, pero la noticia restringió la frecuencia de mis comunicaciones. Me preocupé de no importunar o ser un intruso en su relación con R. Dejé de llamarla o escribirle en el tiempo que me mantuve en la mina antes de mi siguiente descanso; apenas intercambiamos cortas notas protocolares.

Estuve en Lima diez días, sin ánimos de pasar la temporada con Norma, tampoco ella insistió para juntarnos. Nos vimos con frecuencia, fuimos al cine, estuvimos en la presentación de un libro y le ayudé a cerrar una propuesta para hacer un estudio de impacto ambiental para una carretera en Huaraz. Útil y positivo mi paso por Lima. Como era usual, visité a mis padres y me quedé a dormir una noche con ellos. Fue el momento que recibí la llamada de Parwa. Me extrañó, notas cortas muy espaciadas nos habían vinculado por esos días. Me había contenido de llamarla o escribirle un par de párrafos. Pensaba en ella con insistencia, era cierto, pero tampoco deseaba pasar el límite que tiene un simple interesado en su poesía y vida. Preguntó por mi desaparición y contó que estaba pasando unos días en Huancayo extendiendo una invitación, ¿conoces Apata?, allí estoy, en casa de una hermana, antes estuve en un recital en la Universidad. Sí, conocía el lugar, había hecho recorridos vacacionales por toda la zona central. Conversamos del tema y algo de nuestras biografías. Parecía con deseos de hablar. Me explicó que podía haber elegido a otra persona para conversar, pero le interesaba decir que le había gustado el par de poemarios que le envié. Te advierto que yo no soy de análisis, siento los versos, escucho sus cadencias y formas, no hallo palabras para explicar las sensaciones que me producen; soy así en todos los momentos de mi vida, no pienso las cosas, Danilo, capto energías y las interpreto a mi modo, como puedo. No soy como tú, que piensas todo. ¿Y cómo sabes que pienso todo? Por tus preguntas, tan curiosas siempre, por las ideas que después te escucho, es lo que siento, analizas cada cosa; yo no sé cómo hacerlo.

Me hizo un resumen de su biografía, contó que los poemas no estaban inspirados en su pareja sino en alguien que había amado antes de comprometerse con R que la había dejado tendida en el arroyo; fue la expresión que utilizó, y lo expresó junto a una sonrisa intranquila que la mostraba aún afectada. No estamos casados, me dijo, no nos interesa ese vínculo, tenemos un buen tiempo juntos. No me parece que tu interés en unos versos sean razón suficiente para que alguien como tú me llame, ¿quién es alguien como yo?, pues un hombre soltero y con libertad para pasar momentos con alguien sin compromisos, no como yo, mujer comprometida y con problemas hogareños que resolver. No sé, le respondí, hay razones que son incomprensibles. Se quedó en silencio por un largo momento y luego explicó que yo le llamaba la atención y que mi voz le transmitía confianza y paz, ah, y tus versos no están mal. ¿Qué te llama la atención? No sé decirlo, respondió, tus intereses de ingeniero y literato, esa cosa racional y soñadora que muestras, es raro, no la conocía. La conversación de aquella noche fue una señal distinta y orientaron las decisiones que aparecieron después.

Terminaron mis días de descanso y comencé la rutina del retorno. Esta vez no hice la parada que acostumbraba en Huancayo. Cubrí la ruta de un tirón. Norma, la noche anterior a mi partida, me dijo que debería buscar un trabajo que me dejara en un solo lugar.  Le respondí que en realidad trabajaba en un solo lugar, que era lo que había hecho desde que egresé de la universidad y ya eran quince años de hacer lo mismo. No insistió, tú sabes lo que haces, concluyó. Me dediqué a pensar en mi relación con Norma durante el viaje; el cariño inicial se había ido  diluyendo con el tiempo hasta convertirse en una rutina que ya me cuestionaba, no era lo que buscaba en mis compañías, prefería la tensión inacabable, suave tensión, claro, que le confería intensidad impredecible a las relaciones. Me había enamorado una sola vez en el pasado. María Ángela era una mujer algo mayor que yo, mi Jefa de prácticas en la universidad; imagen de la mujer perfecta, competente en su especialidad, guapa, de buen ánimo, emocionalmente estable. Las cosas surgieron durante las continuas visitas a su oficina para consultarle temas del curso. Un día, mis compañeros se fueron y me quedé a solas con ella; allí surgió la relación, con el beso que nos dimos ese día. Ocultamos el vínculo por algún tiempo, evitando problemas con su trabajo. El amor brotó con rapidez, me acomodé a su forma de ser con la sencillez que brota de lo natural y espontáneo, después de unos días no tenía otro objetivo que establecerme con ella. Tuve facilidades para conseguir trabajo en una minera, pero también pensábamos en instalarnos en el extranjero, conseguir una beca y vivir fuera del país. Hacíamos todo juntos, nos interesaban las mismas cosas y nuestro entendimiento alcanzaba niveles de correspondencia que no había alcanzado con otra mujer. Pero todo acabó de la manera más abrupta imaginable. La descubrí teniendo sexo con un tipo que era también mi profesor. Fue en su departamento, una noche de juerga entre amigos y que se suponía haríamos cosas distintas. Ocurrió que, después de toda la farra, sentí deseos de pasar la noche con ella. Olvidó que yo manejaba la llave. Verla encaramada sobre el sujeto es una imagen que no he podido borrar de mi memoria. Les hice notar mi presencia y luego desaparecí como entré. Es una escena que aún me acompaña, ha dejado una estela de desconfianza que ha impedido volver a confiar a plenitud en una relación. Después María Ángela me buscó y quiso explicar lo ocurrido, es un error, dijo, te amo y no fue más que una calentura, que sea tolerante. No tuve disposición de olvidar lo sucedido y de construir un hogar sobre un error de ese tipo. Luego, no respondí a ninguna de sus cartas ni llamadas telefónicas; creo que el amor es algo que nunca necesita pedir perdón. 

Cuando pasé por el desvío a Cerro de Pasco, pensé en tomar esa ruta y buscar a Parwa; sí, lo pensé como si se tratara de algo tan sencillo como tocar su puerta y preguntar por ella. Me detuvo reparar que quizá continuaba en Apata con su familia, además era una  idea peregrina, hasta idiota. ¿Por qué pensé en algo semejante? Apenas la conocía, tenía familia, una pareja a su lado. No quise pensar en las explicaciones, pero sí sentía que algo muy distinto había empezado a rondar a mi alrededor

DOS

Hacer la ruta no era cansador para  mí, la conocía de memoria y disfrutaba de esas horas que sentía de mi absoluta propiedad. Me gustaba la sierra, quizá por las temporadas que pasé en Celendín, en casa de mis abuelos paternos. Viajaba después de la navidad a pasar el año nuevo con ellos en medio del bullicio de los petardos y las comparsas de músicos que recorrían el pueblo. Mis padres llegaban a mediados de enero y el retorno se programaba para los últimos días de marzo. Atendía en el almacén de mi abuela y, con frecuencia, acompañaba a mi abuelo hasta Balsas, a orillas del Marañón; llevaba granos, carne seca, ropa, y compraba tinturas, cueros, yuca, tejidos, que llevábamos a Cajamarca. Tenía compradores conocidos que agotaban la mercadería muy pronto y teníamos tiempo para ir a los Baños del Inca a retozar el resto del día; en medio del calor de las aguas me contaba partes de la historia del Perú y me hablaba de sus padres y abuelos; se sentía orgulloso de contar que uno de ellos había combatido en la guerra con Chile. Con su muerte acabaron las visitas a Celendín y los viajes a Balsas. Mi abuela lo siguió al poco tiempo. Los hermanos de mi padre dispusieron los bienes y aquellos parajes desaparecieron del mapa familiar, pero nunca de mi vida.

La geografía de la ruta huanca era distinta del camino a Celendín, más bronca y arrugada y fiera, con heridas que la minería dejó marcadas en las cordilleras. Pensé varias veces en comprar algo de tierras en esos parajes y dedicarme a la agricultura y ganadería; en realidad no tenía vínculos con Lima, excepto mis padres, no tenía hermanos y me mantenía un poco alejado de amigos de colegio y la universidad; no sentía que Norma era un puerto que debía conservar. Seguí la ruta imaginando cómo se vería una pequeña casa en medio de esos paisajes, empezar una nueva vida. Era posible, ¿por qué no?

Me detuve en Huancavelica y esta vez ingresé a la iglesia. Me senté en medio de la nave central abrumado por las dimensiones que tenía la fe, capaz de construir tamaña edificación y mantenerla viva. Sentí envidia por los creyentes; nunca pude engarzar alguna idea religiosa; la devoción que observaba en mi madre nunca pude imitarla y tampoco ella se esforzó por conseguir mi conversión. Decidí comprar un cirio y lo encendí en medio de las numerosas y espigadas elevaciones de cera que alumbraban el reciento. No sé por qué lo hice, no murmuré rezo alguno ni expresé deseo particular, solo me detuve ante las parpadeantes velas que me hicieron pensar que calcinaban partes de mi vida con fuego eterno; imaginé que los cirios más lejanos eran cánulas que guardaban poemas que se incineraban para siempre. Retornando a la plaza pensé que la liturgia que había hecho estaba relacionada con la culpa que sentía por haber establecido distancia emocional con Norma. Me sentía culpable, el vínculo estaba quebrado, irrecuperable. No importaba cual sería el resultado de lo que ocurría con Parwa, ya no podía tener la serenidad suficiente para mirarle al rostro y seguir fingiendo que había aparecido un foso profundo entre los dos.

La combustión de los cirios me hizo pensar en la mezcla de versos e ingeniería. No podía explicarlo, era como una relación clandestina que hacía mi vida verdadera, la escogería como también evitaría la luz de lo predecible para elegir la oscuridad del amor prohibido. Estaba seguro de que no hubiera podido estudiar literatura y aprender a interpretar textos orientado por teorías y conceptos. No, no era posible adquirir destrezas sentado y escuchando a un aburrido profesor, eso creía. Y las conversaciones con Parwa me hacían dar cuenta de que estaba en lo cierto, el talento para escribir versos no se halla en ninguna biblioteca ni puede ser aprendido. No era una mujer elemental que podía ser interpretada con una sola lectura, era universitaria, administradora de empresas, pero no había asistido a ninguna preparación para hacer poesía; lo suyo era un torrente natural de lava volcánica que aparece sin señalar curso ni mostrar origen exacto. Ahí estaba, existía para ser oída, interpretada como mejor considere cada lector. Sus versos eran escabrosos, con elevaciones y llanuras que se unían en abismos y oscuridades; tenían claras alusiones al amor carnal, pero no era posible decir que transmitían lascivia o pretendían encender deseos primarios o subalternos; eran un canto al amor no correspondido, a la distancia del hombre que se une a una mujer pensando en otros mundos, con la amante  urgida de suplir esa ausencia creando pasión doble para el amado, suplir la animalidad de la compañía.  Le envié varios poemarios que supuse no serían fáciles de conseguir en librerías huanuqueñas.

Me enfrasqué en mi trabajo tratando de desterrar la urgencia que tenía para pensar en ella; la compañía había comprado un nuevo horno de fundición y se requería la ayuda de todo el equipo de dirección y los obreros para concluir bien con el proceso de instalación. Fue algo que comprometió mi tiempo durante varias semanas.  En ese período no salí de Julcani excepto para unos trámites que la mina me encargó hacer en Huancavelica. Fue un par de días. Usé el momento para enviarle libros a Parwa, algunos nuevos y otros que mantenía duplicados en mi biblioteca.

Parwa me timbraba o enviaba mensajes cuando estaba libre de tareas, en algunas ocasiones también lo hacía yo, pero prefería que ella tomara la iniciativa para evitar problemas con R.  Mencionaba que me despreocupara de eso porque no se mostraba curioso con ninguna conversación que ella tenía. Conservaba dificultades para entender esta historia. Pero, tenía que creerle. No puedo recordar ningún diálogo en especial porque todos contenían una tensión que nos juntaba en un espacio secreto y desconocido; era en los silencios cuando el contacto se acrecentaba, se trataba de momentos en que la ausencia de sonidos nos explicaba que estábamos unidos por fuerzas que los dos desconocíamos; cuando callas, decía, escucho tus latidos. Cuando hice comparaciones con mi pasado no hallaba similitudes con ninguna experiencia anterior; me acompañaron amores pasajeros que pasaban pronto de la ilusión inicial a la indiferencia; nunca pude superar inconvenientes que presagiaban desentendimientos futuros, no era que tuviera un molde que ajustara todas las experiencias, exigía correspondencia en aspectos  que consideraba importantes: interés por la lectura, preocupación por los problemas del país, formas educadas para todas las circunstancias, aún para las discusiones, vinculaciones familiares llevadas en armonía, independencia económica y emocional, en fin, un listado de temas que los enuncio ahora para ordenar mis pensamientos y no porque los tenga impresos como decálogo que cotejara virtudes y defectos. Son cosas que se sienten y que no requieren ser examinadas como escalas de admisión. Toda la ordenada enumeración de temas se desgranaba en el contacto con Parwa como cuentas de un rosario en que cada anhelo cultivado perdía su importancia cuando sentía que eran naturales en su personalidad. No deseo hallar palabras rebuscadas que expliquen lo que sentía, ella me completaba, residía en todas mis dificultades para enlazarme con los demás, y no en los hechos cotidianos y rutinarios sino en aquellos que no lucen en la periferia de nuestra personalidad y que están escondidos en los intersticios de lo que somos; es lo que nos constituye, es el habla interior.

Leer su nombre en la pantalla me generaba alteraciones que parecían conducirme a las áreas de neblina del Carhuarazo y otras elevaciones que rodeaban Julcani. Retornaba cuando escuchaba o leía sus palabras: hola, ¿cómo vas? Las conversaciones nocturnas eran más íntimas y también más prolongadas; no necesitaban ser extensas, en pocos minutos ella recibía datos de mi pasado y mis planes para el presente. Se resistía a hablar del futuro y muy poco del presente. El hoy se vive y no se comenta, el futuro no existe, mencionaba, nunca se hace realidad, son sueños; háblame de tu niñez, de tus amores, dime cómo se purifica la plata, cuéntame de tus padres. Ella respondía similares interrogantes e íbamos formando juntos una enciclopedia de sucesos personales que, decíamos, nunca habíamos compartido con nadie. Poco a poco, como el día y la noche, el río y sus márgenes, nos fuimos haciendo necesarios. Todas las conversaciones tenían un nivel de comunicación que me conducían a niveles de calidez desacostumbrada, podían ser rudas también cuando rechazaba aceptar ideas que deseaba dejar instaladas en ella, pero eran siempre intensas, alejadas de la placidez complaciente. Era muy cauta para hablar, callaba y guardaba sus sentimientos más íntimos. Es la vida que me ha enseñado a ser así, Danilo, he tenido una infancia y adolescencia muy complicadas. Por eso escribo, por las cosas que he visto en mi hogar, y  vivido también. Nunca quiso detallar esas experiencias. Entendía que eran muy difíciles de contar por los silencios que rodeaban algunas descripciones de su padre; se percibía oscuridad alrededor de sus palabras cuando hablaba de esos días. Pero nunca debilidad, tampoco resignación.

Fue algo natural hacernos necesarios el uno al otro, sin planes ni exigencias, me fui involucrando con la vida de Parwa y ella en la mía hasta el punto de que no pasaba un día sin establecer algún tipo de contacto. Una noche tuvimos una extensa conversación; R. ha salido, me explicó, y mi pequeña duerme. Te confesaré algo, dijo, sí me percaté de tu presencia en el recital de Huancavelica; me fijé en ti, me invadió una sensación extraña, sentí que aparecía una orden que decía: conoce a ese hombre, conócelo y para evitar el mandato de esa voz, me retiré pronto de la mesa y desaparecí por las escaleras. La escuché sorprendido, cotejando la semejanza de nuestras sensaciones, inquieto por darle una explicación racional. Tus matemáticas no sirven para entender estas cosas, nada más siéntelo, cuando intentes explicarlo se irá la magia y se dibujarán los códigos, las leyes. Le pregunté por qué había ocultado escena tan importante. No, nunca oculto nada, las guardo para no exponerme a ser usada o mal interpretada, no me gusta parecer amorosa, o mostrar debilidad; no sé, tengo la impresión que usarán mi transparencia para condicionar mis decisiones. Yo no limitaré nunca nada de tu vida, le respondí, porque amo también mi libertad y lo que siento por ti es algo más grande que todos los sentimientos que he podido acumular. Fue el momento que escuchó que la quería, que había invadido mi vida desalojando todo lo que hasta entonces contenía; te has convertido en el centro de mi existencia, le dije. Se mantuvo callada, no recibí señal ni opinión que me dijera lo que pensaba. Creo que tenemos que despedirnos, dijo, con la voz entrecortada; hablaremos otro día. No le reclamé su ausencia; no me importó lo que ella sentía, había dicho lo mío sin cálculo ni esperando respuesta semejante. Creo que el amor se entrega y punto, si alguien lo recoge no debe ser por compromiso u obligación; ella debe conservar y entregar su amor como un acto de complementación perfecto. Me quedé dormido pensando en lo que había ocurrido conmigo desde el recital en Huancavelica y en mi confesión de esa noche, tratando de ordenar los días tan pronto consumidos, escuchando su media sonrisa, la violencia que atisbaba en su carácter y el esfuerzo que hacía para evitar que se asomara en los diálogos. Se lo hacía notar y me respondía que en ella se juntaban dos rostros y dos personalidades; a veces me temo yo misma, puedo ser muy cruel en ocasiones, es algo que tengo que trabajar mucho, tú me estás ayudando a entender esos procesos, por eso te pido que no te apartes de mi vida, ¿podrás soportar a esta luna lunera que te acompaña como si esperara ver magos e ilusionistas que me enseñen el camino verdadero? Sí, hay magia en nuestra ruta, Parwa, arlequines que declaman, sonidos de la tierra, ríos de colores, los estamos encontrando. Después de esas rápidas conversaciones, me detenía a pensar en el encuentro que tendría con Norma en mi próximo retorno. ¿Le explicaría que me estaba envolviendo un amor extraño y complicado o solo tenía que alejarme sin dar razones? Tendría que decidirlo, seguro que en la ruta hallaría la mejor solución. Parwa, sabía de Norma, pero nunca preguntó por mis sentimientos ni por mis planes con ella. Parecía establecer una especie de cordón sanitario en torno a todo lo que podía conducir a preguntas sobre la estabilidad de su relación o el tipo de enlace que mantenía con R. Eran sus temas, inaccesibles para mis preguntas o inquietudes.

Había pensado no llamarla, inclusive dejarla de buscar, ya había ejecutado mi travesía y me parecía suficiente; su silencio ante mis palabras expresaban más que cualquier declaración, no piensa alterar sus rutinas familiares por ninguna razón externa; quizá ya había pasado por una experiencia semejante y sabía bien cómo manejar los hilos de una relación paralela; no sé, son tan secretos los mundos interiores. Pero lo cierto es que Parwa era una mujer con problemas y compromisos; no podía pedir más de lo que había recibido de ella.

Me sorprendió escuchar su voz la noche siguiente en hora familiar para ella. ¿Estás libre?, preguntó, sí, le respondí, leía un poco. Escucha, he salido aquí, al malecón, para hablar contigo, el río está a un paso, ¿lo conoces?, es hermoso, enorme, apenas veo la otra orilla y la fuerza de la corriente debes intuirla, se desplaza por mundos subterráneos, casi como somos los humanos, ¿no te parece?, creo que vivo aquí solo por contemplarlo, a veces se desborda y aprovecho para remojar mis pies en aguas que vienen de otros mundos, le respondí que conocía su río, que también me había hecho sentir diminuto, pero oye, no te he llamado para hablar de aguas y dioses, escucha, ayer me dejaste sin palabras, me emocioné, no pensé escuchar algo semejante, de verdad, te veía tan controlado, tan en tu lugar, pero te contaré algo Danilo, del momento del recital, ocho de agosto, ¿lo recuerdas?, seguro que no; ya, pero bueno, lo que me dejó ese momento fue un deseo extraño por saber de ti, conocerte, es cierto, aunque no lo creas, me es muy difícil admitir cosas así, no sirvo para tanta sinceridad, pero lo haré ahora, yo te amo, y no entiendo en verdad cómo he vivido tanto tiempo sin este cariño, sin tu compañía. Mira, no te sientas creidito, rio al decirlo, pero no tengo tiempo para decir más, conserva mis palabras junto a ti para toda la vida. Hablamos y, recuerda, no es una obligación buscarnos. No pude responderle, me dijo que no podía seguir hablando. La habitación que ocupaba me pareció el escenario del mundo, el sillón que me contenía  se había convertido en el asiento del bienestar. Sentí que el mundo flotaba y giraba alrededor del universo y que yo lo acompañaba, junto a Parwa.

TRES

¿Por qué Parwa? le pregunté, tenía otro nombre antes, es reciente, va con el  tiempo de mi poesía, empecé a escribir después del accidente amoroso que conoces, no hace mucho en verdad, pensé que  era necesario cambiar, y entonces hallé este sonido, ¿no es bonito tener la flor del maíz como nombre?, es un penacho gris blanco que refleja una blanda luz  que se mece como danza leve y musical en la cima de los maizales y, junto a todo esas  sensaciones, está la melodía de las hojas que la naturaleza armoniza; no tengo rastros de mi nombre anterior, ¿crees que debo seguir un proceso judicial para usarlo con propiedad? No supe si bromeaba, le respondí que su poesía se encargaría de legitimarlo, ¿tú crees, por qué tienes ese juicio de mis versos?, porque me interpretan, son voces que brotan del aire de la tierra, de los cuerpos heridos que nunca se rehabilitan, por eso.   Serás famosa Parwa, no lo olvides, solo haz tu tarea.

Iba describiéndole el camino, me apeaba en un recodo de la ruta y le decía lo que observaba; atravesaba Huayocachi, y veía brotes de piedra caliza en medio de tierra intensamente roja, los colores parecían construidos para traducir la belleza; había pasado Imperial y Sapallanga, Huancayo no estaba distante y la geografía que me esperaba después de ese paso no sería la misma, era agreste y las heridas de las cordilleras se mostraban como llagas incurables; me gustaría vivir por estos parajes, me sentía parte de la geografía, de su gente, del colorido y música que pintaba todo lo que hacían. Vería con calma, era necesario pasar un tiempo visitando cada lugar para decidirme y también consultar con gente que conocía la zona.  Los cerros verdeaban con las lluvias de verano y mi ánimo contenía muestras de angustia y bienestar; la conversación que me esperaba con Norma me provocaba tensión y malestar en el estómago.

Me detuve en Huancayo un par de horas para almorzar y visitar una oficina de corretaje, quizá hallaría alguna propiedad rural en venta. Se sorprendieron del pedido, no era usual que alguien buscara tierras de esa manera, aquí los terrenos de cultivo son buscados por el propio agricultor; sin embargo, dejé mis datos y me avisarían si encontraban algo que me pudiera interesar, algo de cinco hectáreas como máximo y que no sobrepasara el monto que, estimaba, recibiría por mi retiro de la empresa. 

Al trasponer Ticlio, empezaba a sentir las señales de Lima, la geografía oscurecía y los abismos tenían nombre. No era amable Lima conmigo, los años de trabajar fuera me habían indispuesto con el ruido, la velocidad de los días y esa nube gris oscura que parecía almacenar hollín me fastidiaban cada vez más. Y lo de Parwa influía bastante, el apego que tenía por las cosas de su entorno, la forma en que se movía por esos lugares, un día en Cerro, otro en Huancayo o Jauja, Concepción, descorrieron el velo que ocultaba lo cotidiano; la humana rutina que no había apreciado antes.

Norma me ubicó apenas desempacaba mi equipaje, ¿llegaste, nos veremos hoy, puedes? Le dije que me sentía agotado por las diez horas de viaje y que lo dejáramos para mañana. Te visito, ¿te parece?, respondió, no tendrás que moverte. Acepté, pero no sería el momento para hablar de mis cosas. Terminaba de ducharme  cuando se asomó por mi habitación. Nos abrazamos con afecto fraternal, sin el fulgor de los primeros tiempos y caminamos hacia la terracita que colinda con un parque, un par de sombrillas hacían que el lugar resultara acogedor. Llevó una botella de vino que nos gustaba, Malbec bien tinto; luego, sobre la mesa redonda de vidrio, desplegó un piqueo de queso, jamón y aceitunas. Le conté las novedades de la mina, lo bien que había quedado el nuevo horno, la satisfacción de la gerencia que parecía pensar en un ascenso para mí, me contó del proyecto de Huaraz y del par de viajes que había tenido que hacer, ah, dijo, tengo un cheque para ti, te lo haré llegar, relató la visita que había hecho a mis padres; le conté que había empezado a escribir un nuevo poemario y me pidió que le adelantara algunos versos. Luego de dos medidas de vino leí un párrafo: así ando / con dolores y niebla / con puñales  tersos / que toman mis ojos / mi lengua, labios y dientes / y tocan con su filo / el ultimo perfil de mis certezas. 

Acarició el borde de su copa, dio unos pasos y  se apoyó en la baranda de tubos de fierro, mirando mis apuntes. ¿Quién te provoca dolores y niebla, no soy la causante, claro, para quién es el poema, a quién le escribes?, es un amor que parece te cobrara la vida, imagino que lo demás tiene el mismo sentido. ¿De quién te has enamorado, Danilo, de quién? No respondí, no era el momento de conversar, no había definido lo que iba a callar. Seguro que no hablarás, pero yo sí te diré algo, parece que nos hemos enamorado, me ha ocurrido, quiero que estés informado, no me reproches ni me juzgues, nuestra relación estaba agotada y, bueno, me ayuda saber que tú vas por el mismo camino. Mi silencio era más elocuente que cualquier respuesta afirmativa, era mejor una sola declaración, era suficiente; ¿quién es?, se llama Francisco, vive en Huaraz, maneja temas del medio ambiente en el gobierno regional; estás liberado Danilo, apenas te acordabas de venir por aquí, y cada vez más distante, ¿qué podía hacer?, reclamarte no era posible, vives tus mundos y prioridades. Lo siento, es probable que me traslade a vivir a Caraz. ¿Tú, tienes algo que contar?, no, le respondí, nada que contar, solo agradecer tu sinceridad, presentía que esto ocurriría, no te puedo reprochar nada, en realidad creo que tengo parte de culpa, necesitas alguien que te acompañe bien y yo no soy esa persona, te entiendo, ha sido bueno el tiempo compartido contigo y está bien separarse sin tragedias. No dijimos más, nos rodeó el silencio, acabamos el vino y  me dijo que sacaría cosas que tenía en la habitación. Armó un pequeño maletín y nos despedimos con un abrazo silencioso. Me deseó suerte cuando se disponía a dar el primer paso en el elevador.   

Cuando la vi atravesar la vereda y alcanzar su auto, a unos metros de la puerta del edificio, cubrí mi rostro con las manos y emití un sollozo de animal herido que después se convirtió en llanto incontenible. No lloraba por Norma, se trataba de un dolor humano que había acumulado por todo el tiempo de mi existencia; mis espasmos mostraban las aguas del Marañón que había saboreado con la soga de amarre rodeando mi cintura y el extremo envuelto en las manos de mi abuelo, la figura de María Ángel meciéndose lúbrica sobre mis restos, las soledades de la geografía que recorría cada mes, era un llanto por Parwa y el amor que presentía áspero, silvestre, complicado, era un llanto anticipado de todo aquello que estaba seguro me esperaba entre los pliegues de la poesía de una mujer que se empezaba a mostrar personal y difícil, propietaria única del mundo. Cuando pude calmarme, revisé unos versos para ella: la detallaba en sus ropas / también su mirada / lo hacía con exacta precisión /  copiaba sus besos / la ternura de sus palabras / sus ausencias / y las cartas que no escribía / retazos de sus huellas /cuando la vida nos distanciaba / las guardaba en hojas envejecidas / que conservaba en mi pecho dormido / algunas veces, oía su voz / sentía sus latidos / me tocaban sus silencios / caminaba sobre mis mundos / prohibido de conocerla.

Tuve un sueño intranquilo aquella noche, desconecté mi móvil, encendí el televisor y, mientras las imágenes se desplazaban inconexas frente a mis ojos, pensaba en las distintas formas de vivir mis meses siguientes. No evité mirar el pasado y no fui benévolo con la poca claridad que había tenido para organizar mi existencia. Después de María Ángel tomé con apuro la oportunidad de trabajar en Julcani; no fue difícil ser contratado, no son muchos los  ingenieros que se animan a recluirse en lugares tan apartados; después tuve que afrontar un largo proceso de adaptación que, en muchos pasajes de esas semanas iniciales, provocó la idea de abandonar el proyecto; Georgina, ¿qué será de ella? Ccochaccasa, domingo de feria, puesto de artesanías, elaboraciones personales que recreaban la maestría de los antiguos para trabajar la arcilla, profesora del colegio, sin ella no hubiera podido superar el aislamiento que me instaló una depresión que supo entender, tengo el remedio, dijo muy segura.  Me enseñó a escalar cumbres elevadas, el Tastajasa, Atojhuachanan, aprendí a usar piolet, crampones, cuerdas, organizó caminatas a Callanmarca, Acobamba, Secclla. De repente, un fin de semana desapareció, hace unos días que no está, me dijeron sus padres, consiguió su traslado a Huancayo, ¿no le dijo nada?, no, no lo sabía, respondí, explicaron que no sabían su dirección. ¿Qué será de ella?, Norma, me ayudó a definir mi verdad, buena ella, me quería con reservas, como yo, tomó la mejor decisión, ¿cuál es la verdad de Parwa, qué busca de mí, ama a R., qué la vincula a él, por qué busca compañía fuera de su hogar, soy el único, a qué se debe sus largos silencios, habla, conoce otros hombres, quién, qué es ella? Llegó del cielo Georgina, me unió al único territorio que  no sabe de flaquezas o desanimo, las rutas que trajinamos, los horizontes que observaba desde las cumbres junto a su prédica por la naturaleza y los rituales que hacía en esas cúspides, me ayudaron a salir del momento oscuro que me invadía. Decidí quedarme y a aceptar que esas tierras tenían que ser parte de mi experiencia. Ascendí con prontitud hasta llegar a superintendente, de allí a la subgerencia y luego la gerencia de operaciones; necesito aislarme, estar solo sin que nadie me interrumpa, saldré de Lima, me iré a Supe y conoceré Sechín que hace tiempo está en mi agenda, no quiero estar aquí, con los recuerdos de Norma y esta morriña que viene de la poesía de Parwa. 

Llamé a mis padres temprano, me invitaron a almorzar, les dije que pasaría  unos días en una playa del norte. No hicieron comentarios, les pareció bien, mi madre halló la ocasión de hablar de mi futuro, ¿qué piensas Danilo, porque no formalizas con Norma, tienen hijos y sientas cabeza? Le respondí que sí, que lo pensaría, que no se preocuparan, sí me preocupa, tienes cuarenta años y no te veo con ánimo de aquietarte. Sí, claro, madre, eso haré. ¿Qué pensaría si le explico que me he enamorado de una mujer casada, con hija, poeta y libérrima, difícil, complicada? No le produciría espanto, sin duda, pero le preocuparía.

Ubiqué un alojamiento, modesto, de pescadores, cerca a la Caleta Vidal, lo único que hacía era solearme en la playa, comer los preparados de la señora Carmen, que tenían una combinación de recetas acreditadas que ella transformaba con añadidos que las hacían insuperables, leí mucho, fui a Barranca, a Supe, a los restos arqueológicos de Áspero, Sechín. Conversaba con Parwa, pero no con la frecuencia de antes. Le llamó la atención mi alejamiento, le dije que no tenía que ver con ella, sino con la necesidad de estar solo, pensar, ¿qué tienes que pensar tanto, Danilo, las cosas son o no son, punto, no, no para mí, las cosas pueden ser o no, las cosas pueden suceder o no, de eso se trata, pensar lo que te conviene. ¿Qué te conviene duende malo de las minas, señor de los socavones?, ¿le convengo yo? No sé, le respondí, no lo sé, estoy aquí para averiguar eso. Se rio, con esa sonrisa que podía ser placer y desafío.

Retornando a Lima, en la cinta interminable de la Panamericana, le dije que necesitaba verla, que iría a Huánuco en unos días para encontrarnos. Se sorprendió y se opuso a mi decisión, no, no está bien que vengas, quizá no pueda verte, tú sabes, R., mi niña, mis consultorías, no creo que sea buena idea. Le respondí que era necesario vernos, que habíamos avanzado tanto en nuestros contactos que necesitaba conversar con ella, ubicarme, definir mis días. Parwa, escucha, yo no juego, estoy en esto por algo importante, si tú quieres jugar, no lo hagas conmigo, dímelo y estaré fuera de tu vida, ¿por qué lo dices?, por tus largos silencios, tus evasivas respuestas cuando hablo de estar juntos, por tu afán de ocultar tus sentimientos, de aparentar que no me amas e ignorar que te amo y que estoy dispuesto a hacer una vida contigo, por todo eso te lo digo. 

Dejó de buscarme hasta que retorné a Julcani. Me llamó en medio de una reunión con la Gerencia, espera le dije, no, escúchame tú, es corto, voy a la cita, me dijo, dime dónde y ahí estaré. Suspendí la llamada, pero era claro que había aceptado encontrarnos. Me sorprendió, pensé que nunca llegaría  ese momento. En la comunicación nocturna, me dijo que me esperaba en Huánuco, que su dirección estaba cerca del malecón Leoncio Prado, jirón Damaso Beraún, a unos pasos de la iglesia San Cristóbal. Ah sí, el Huallaga está cerca. ¿Saber sus datos significaba pasar por ella y luego dar un paseo por el malecón?  No pude encajar las partes de la historia, ¿cuándo, en dónde con precisión, y R.?

No, todo estaba claro, había aceptado reunirse conmigo, encontrarnos, hablar y, seguramente, hacer el amor. Poca cosa, pero ¿era lo más conveniente, idiota, qué dices,  encontrarte con el amor es siempre  lo más conveniente, o no?

CUATRO

Fueron días intranquilos, con dificultades para concentrarme, pensando en el encuentro y sus efectos en lo que vendría, ¿qué ocurriría después de conocernos y dejar de lado las formas  que nos habían unido, la inicial jornada de poesía se podía convertir en una referencia inalcanzable para acomodar momentos ya alejados de la cómplice magia de los versos; trataba de  contagiarme de los modos que tenía Parwa, acomodarme en el día a día, restarle importancia a todo pensamiento puesto en el futuro,  pero tratar es distinto que lograrlo, más fuerte era mi afán de imaginar escenas de hogar, lecturas compartidas, caminar senderos personales, el trabajo familiar. Perdí peso en esos días, Fernando lo notó, estás delgado, ¿qué ocurre, parihuana te mete en problemas? Parwa, inculto, se llama Parwa, festejó su ocurrencia con una risotada que no pude dejar de imitar, es que tiene un nombrecito que suena a comida, ¿no te parece?, mejor se hubiera llamado tarwi, de frente. Tuve que levantarme de la mesa para reír sin incomodar a los compañeros que almorzaban en mesas cercanas, él prefirió seguir riendo en su lugar.

Sí, andaba en esa nube y había perdido el apetito, creí que era el motivo para caer enfermo por varios días, una especie de gripe maligna que me retuvo en cama con tos persistente y temperaturas altas; el médico ordenó exámenes adicionales que me los haría en Lima, en el próximo viaje. Sí, dijo, mejor, así sabremos de qué estamos hablando, no dejes de hacerlo, pronto.  Para mí, se trataba de la fina garua esparcida por una mujer que parecía dominar los escenarios del presente y ninguno del futuro y que no compartía el mismo compromiso emocional que me retenía por todos mis costados. En otros instantes, más tranquilo, pensaba que era errado juzgar de ese modo y que la explicación tenía que ver con temperamentos diferenciados, nada más. Un día  de preguntas por sus planes dijo que  no los hacía porque nunca se cumplían, que la vida se iba acomodando a nuestras necesidades, te preocupas mucho, Danilo, ¿acaso no es suficiente estar hoy aquí?, hablar, sentirnos cerca, mañana no estamos, entonces deja que las espigas crezcan, solitas te mostrarán si son centeno o trigo, ¿acaso porque los observas, serán avena?, no, las cosas serán lo que tienen que ser si las dejas funcionar como se debe.

Recuperado de mi postración decidí el fin de semana siguiente volver a  Ccochaccasa, y quise hacerlo a pie, yendo despacio llegaría en cuatro a cinco horas. Quería saber de Georgina, de su familia. Animé a Fernando y dos compañeros más; salimos  al amanecer pertrechados con fiambre y agua suficiente. La primera parte, menos empinada, la pude hacer bien, pero luego me resultó muy difícil continuar al mismo ritmo que los demás, sentí un agotamiento inusual; la travesía se hizo larga y llegamos a destino terminando la tarde. Averigüe que Georgina seguía en Huancayo y  obtuve su  dirección, compré un par de ceramios que se exhibían en la casa de sus padres, sí, dijeron, sigue con el arte, no lo deja, en Huancayo tiene mejores muestras, búsquela. Sí, la buscaría. El regreso lo hice a caballo, préstamo de los padres de Georgina, me acompañó su hermano en otra cabalgadura.

¿Me ubicas?, apareció su señal, salí del área de mesas concentradoras para llamarla. Quería saber de ti, y hablar del encuentro, me acaban de invitar a la presentación de un libro de poesía en Huancayo, qué te parece si nos encontramos en ese punto, será un sábado, quizá pueda quedarme hasta el domingo, ¿te parece?, así no tienes que bajar a Huánuco. No tuve que pensar mucho para entender que era buena idea. Bien, de acuerdo, en dos semanas entonces, tú ves los detalles, sí, está bien, yo los veo. Cuando hablamos por la noche se mostró serena y animosa, Danilo, estaremos juntos y me dirás con tranquilidad todo lo que te agobia y yo te leeré mis poemas y tú calladito escucharás mis sonidos. Pero ahora tengo que contarte de Norma, no está en mi vida. Su silencio fue prolongado, ¿han terminado, no es más tu pareja? Sí, así es. Pero Danilo, no estamos juntos para dañar a nadie, no era lo previsto, ¿por qué has hecho algo así? Espera Parwa, espera, así se han dado las cosas, ha ocurrido sin que nadie lo planeara con maldad, pero qué extraño, ¿no era que tú vivías el presente?, bueno pues, es mi presente, se enamoró de otro hombre, ¿qué hacía frente a eso?, tú eres ahora mi día y mis noches. No está bien, Danilo, no está bien, así no son las cosas, no teníamos que afectar a nadie, y no pienses que podrás presionarme para seguir contigo.

Estaba cerca a la caseta alta de acceso, veía un panorama sobrecogedor, montañas  oscuras, deshabitadas, nubes negras presagiaban lluvia, pero no se comparaban con la soledad que sentía. ¿Era posible imponerle prescripciones al amor, señales, diques, a un sentimiento? No, no al mío, no al que había incubado al lado de Parwa que era mis manos y  corazón, si ella tenía claro que ese no era su camino, entonces no era el mío tampoco, me acomodaría a su ausencia. Además, pudo decir lo mismo de otro modo, ¿por qué con esa ira contenida, sin pensar que lo mío necesitaba comprensión, sí, de acuerdo, podía pasar la vida entera con la fórmula que ella describía, podía soportar verla lejos de mis manos, distante del calor que atizaba para ella, de acuerdo, podía aceptarlo y  vivirlo, era un tema conversable, pero no así, expropiado de su compañía por una sentencia privada, única, quise argumentar, explicar, no quise, ya no era lugar para las palabras. Abandoné la conversación, creo que lo hicimos al mismo tiempo, sin despedirnos. Dejaría que las cosas se aquieten por unos días.

Busqué a Fernando y le pedí que me reemplazara por lo que restaba de la tarde. Estas pálido, ¿que tienes, te sientes mal?, se acercó para observarme, vamos, te llevó al tópico, necesitas una pastilla, no le dije, no lo necesito, ya sé, es algo con esa chica, seguro que sí, han tenido problemas, tú reemplázame nada más, nos vemos para la cena. Me recluí en mi habitación, me serví una combinación de pisco y soda. Me senté frente a la ventana sin poder hilvanar idea alguna, mente en blanco, no podía articular una idea matriz que hilvanara mis siguientes razonamientos, ¿por dónde se podía ingresar a un territorio espinoso, tóxico?, no salí de mi habitación y Fernando tuvo el buen tino de no buscarme. Por la mañana, después de haber dormido poco, y mientras me duchaba, pensé que necesitaba apartarme del dolor, podía arrasar mis energías y conducirme a un despeñadero depresivo al que no quería retornar nunca. Así lo hice y me enfrasqué en mis tareas, en leer, pero no en hacer versos porque eran el camino de retorno a las voces de Parwa. Decidí que no podía continuar con un amor tan intenso que carecía de cualquier forma de futuro. Vería el modo de salir indemne del desafío.

El sábado siguiente bajé a Huancayo a buscar a Georgina. No la ubiqué en la dirección que me dieron sus padres, me informaron que se había trasladado a vivir a Cochas, un pueblito cercano a Huancayo, sí allí la han  enviado los del ministerio, me indicó  la amable señora que había sido su casera. Conocía Cochas, un pueblo del valle, pequeño y que embellece sus calles con mates burilados.  Dijo no saber su dirección, pero no será difícil encontrarla, todos la deben conocer, pregunte. Es lo que hice en el puesto policial y después en el colegio que ella dirigía. Así fue que miré de nuevo los ojos oscuros de Georgina. Puso las manos al pecho y luego cubrió su rostro con ellos. Fue un abrazo prolongado plagado de interjecciones: no lo puedo creer, no es posible, sí Georgina, tenía que ubicarte, claro que sí. Era una casa espaciosa con jardín al fondo, cuidado con detalle, buganvilias de todos los colores dominaban el ambiente, cicas y orejas de elefante le otorgaban quietud y recogimiento, al medio había acondicionado un pérgola con mullidos asientos; allí nos instalamos para conversar de todos los temas pendientes.  Sabías que seguía en Julcani, ¿por qué no me buscaste?, Danilo, ¿quieres que te diga la verdad y solo la verdad?, bueno pues, abandoné Ccochaccasa por el amor que sentía por un señor con el que escalaba y caminaba y hacia cerámica. Ocurre que este hombre no me quería y no iba a quererme nunca, ¿qué me quedaba, seguir sufriendo sin límites o sufrir con limites, lejos de ti? La miré entrecerrando los ojos, como se hace cuando quieres ubicarte en medio de un territorio desconocido. Me acerqué a su lugar, me puse de cuclillas, tomé sus manos y las besé, yo te quería, no te equivoques, solo que en esa época no tenía espacio para la alegría, no sabía cuál era mi ubicación en la vida, menos podía tener un lugar para ordenar mi corazón, no sabes lo que es la depresión, Georgina, no sé qué hubiera ocurrido si no partías, quizá estaríamos ocupando juntos esta casa. Me levantó y se pegó a mi cuerpo al mismo tiempo que yo me envolvía en sus sentimientos. No sé qué tiempo permanecimos siendo una sola persona. Ven, me dijo, preparemos el almuerzo, sabes que tengo una hija pequeña, sin padre, para no desentonar con la moda, está con sus abuelos en estos dias, ¿hasta cuándo piensas quedarte?, no habrás venido por unas horas ¿no? Sí, por unas horas, pero ahora que lo dices puedo quedarme hasta mañana. Regio, lindo, iremos al campo después del almuerzo, hay unos bosques por aquí que son una maravilla, además del paisaje, iremos a un par de talleres de artesanías, verás, te gustará. Cochas es un regalo del cielo, ya verás. Oye, le dije, mientras seguía las instrucciones de Georgina para poner el aceite en su lugar, justo, estoy en la idea de dejar la mina y dedicarme a otras cosas, pienso comprar un terreno y sembrar, tener animales, vivir de eso. Te morirás de hambre, Danilo, dejar las facilidades que tienes, tu tremendo sueldo, ¿lo has pensado bien?, no me importa, estaría contento por aquí, podría quizá enseñar algo en un colegio cercano, o dictar clases en la universidad, no sé. Vaya, veo que estas determinado, te contaré entonces una buena noticia, un señor ya de edad quiere vender su chacra, aquí cerca, son diez hectáreas, a él le ha servido para educar a sus tres hijas, hacerse una buena casa aquí, pero está cansado y quiere dejar ese mundo. Podemos ir a ver la propiedad, caminando llegamos en media hora, más o menos. Sí, acepté, claro que era una oportunidad formidable. Lo hacemos Georgina.

Hicimos el paseo y llegamos a la propiedad, hablamos con el dueño, huraño y de poco hablar, me entrego los datos, el precio era bastante alejado de mi presupuesto, dijo que no vendería por partes, que no deseaba retacear nada. Quedé en buscarlo en un corto tiempo. Fueron horas que me devolvieron el tono de vida que había perdido por la reacción de Parwa, no era lo que deseaba para mí, quería un lugar para estar juntos en algún momento. Ver a Georgina me hizo sentir que estaba hallando una ruta para establecerme según mis planes y que el cielo no era tan negro como ayer. Por la noche, conversamos sobre asuntos que estaban pendientes, su niña, el padre ausente y enemistado con ella, de su familia, de la gente de Cochas, de sus alumnos, amores, le hablé de mis cosas familiares, de la frialdad en el trato con mi padre, de los deseos de mi madre de organizar mi vida, de la rutinaria vida de Julcani, de los compañeros de trabajo, de mis planes y también de Norma y de Parwa. Me escuchó como solo saben escuchar las mujeres cuando algo les interesa.  Me dejó algunas ideas: oye, esa chica te quiere, pero no está dispuesta a dejar su casa ni marido, tiene miedo, no sé, también se me ocurre que puede estar acostumbrada a aventuras de este tipo y sabe cómo manejarlas, nada de compromisos, solo pasarla bien y punto, no sé, difícil afirmarlo, tienes que ver con calma, amor de casada, solo de pasada, decía mi abuela, pero no siempre es así Danilo, no te apresures, por lo que cuentas, esa niña se acomoda a ti como la abeja al dulce, tiene ese duende que tanto te emociona, siempre te he visto buscando arte y  estética por todo sitio, recuerdo las formas que sacabas a la arcilla, extrañas, bellas, y recuerdo que alguna vez describiste a María Angela con una talla que no terminaba de gustarte, que la hubieras preferido menuda, ¿ves cómo te conozco?, y no mereces estas complicaciones, Danilo, pero, en fin, buscas lo difícil y rebuscado; pobre,  estás sufriendo, pero ven, te muestro tu habitación, así nos liberamos de esta tensión y luego me sigues contando.

En el fondo del jardín, oculto entre el follaje, apareció un ambiente de techo bajo al que las plantas asediaban por todas sus paredes. Al costado estaba el horno para la cerámica. Era una cama rústica, amplia, y el ambiente rezumaba armonía y quietud. La miré, tomé su mano y le pedí dormir juntos en ese lugar, se pegó a mi pecho y me dijo que traería su ropa y algo para mí. Nos desnudamos sin las urgencias de las parejas que se reencuentran después de tiempo, como amigos que nunca han dejado de verse. Continuamos conversando ya cubiertos de cobijas, planeando las cosas que haría con la tierra, de Parwa y de lo que debía hacer; búscala, me dijo, búscala, esa chica necesita tu compañía, conversa y entérate de las cosas de su infancia, debe tener allí explicaciones que te ayuden a entenderla, es madre, la domina el miedo, no sabe qué hacer con el amor que te tiene, compréndela, es poeta, cómo será su mente, y tú la amas, Danilo, tú la amas de una manera muy profunda, y apenas la has mirado, cómo será después, no he visto nunca a un hombre amar de esa manera. ¿Sí, tú crees? Será por eso que esta noche no haré el amor contigo, no puedo Georgina, pero deseo estar junto a ti, sentir tu cariño, que sientas el mío, nada más.  

Está bien Danilo, tampoco lo deseo, eres de otra mujer.

CINCO

Despedirme de Georgina fue dejar atrás destellos de luz que habían alumbrado días complicados, y más los recientes, colmados de imágenes difíciles de interpretar; sus manos agitadas en medio de la calle eran el símbolo de la vida misma, renuncias, despedidas, pocas veces continuidad y persistencia; me inducia a pensar en argumentos preparados por diosecillos de toda índole y tesitura que cumplíamos en interpretar dóciles y esperanzados. ¿Cómo se engarzan las imágenes de Parwa emergiendo desde el fondo de vidas anteriores que  nos acercaron pero nunca nos unieron, reconozco que es difícil negar que hay un tejido fino detrás que ignoramos cómo funciona. Parwa representa el personaje que ama sin enunciarlo, que oculta sus sentimientos por temor a ser usada por poderes adversos que conoció de niña y que enfrentó con persistencia hasta librarse de yugos múltiples y violencia; ¿le recordaba mi presencia antiguas amenazas, mi amor invocaba la intolerable presión paternal que rechazaba desde sus abismos, mis palabras y actos le producía aceptación y rechazo en dosis equilibradas? No sé, era probable; pensaba también que mis líneas en esos libretos me ordenaban asumir la voz y el cuerpo del humano pasional que juzga sus formas como único diseño para amar sin entender que también se puede conseguir igual intensidad con razonado trazo. Era cierto que el raciocinio pleno eliminaba la libertad que tenía de buscar a Parwa, de rechazar sus juegos secretos; me acomodaba mejor fuera del teatro ordenado y dirigido, mi libertad no estaba apremiada por ningún ordenado argumento, era lo que deseaba sentir.

Si el amor une ¿por qué se hace difícil entendernos en las diferencias, por qué no logramos la fina comprensión, si hay amor? Anhelaba que mi compañera se libere de palabras y enseñe su amor trajinando la tierra que compartimos y celebremos la aparición gris blanca del mechón parwa con el fin del estio, ¿por qué si la naturaleza tiene plazos  no podemos los humanos señalar hora y meses para otorgarle data, espacio y tiempo a los sentimientos? Mis solicitudes nada más pedían parecernos a la silenciosa manera que tienen las estaciones para brotar en su momento, intolerantes con el retraso o la duda; eran mi solicitud de afirmación en contienda con lo incierto. Claro que era su derecho apartar rutas y proyectos, podía ella legitimar esa franquicia, pero requería explicar, negociar.

Ayaccocha aparecía ante mi vista y restaba poco para arribar a Julcani y  deseaba que la ruta se prolongue, diera la vuelta al mundo para no descender sobre una realidad que no terminaba de aceptar.   ¿Georgina tenía razón, seguía su consejo?, ¿para qué me necesitaba Parwa si ella se bastaba para vivir bien velados mundos, su resistencia acaso no era muestra de un amor superficial o inexistente? Julcani se delineaba en el horizonte y me sentía fatigado, saturado de sus casas impersonales y cotidiana disciplina, de los grupos formados para incomunicarse con los  distintos; no sabía cómo recuperar la emoción que antes me suscitaba  ingresar a mi antigua iglesia minera.

Me duché y ordené la fruta que Georgina puso en la cajuela y descubrí una hoja de cuaderno con menuda letra en tinta roja: Danilo, no dejes de buscarla, el amor se pelea, con dagas y corazón, el amor no vuelve, no el vencido por tu cobardía, retornan los andrajos, el remedo del beso que no fuiste capaz de retener, el orgullo es inútil en el amor y peor es huir en silencio,  ya ves lo mío, de no haber escapado quizá tú y yo estaríamos juntos. No regreses a mi hogar sin Parwa. Desorientado abrí Pedro Páramo en la página separada, demoré en percibir que tenía el texto invertido, rectifiqué el error y apareció Susana San Juan usando la locura y el sueño para huir de la realidad.

Escribiría a Parwa, sí, eso haré: hola, ¿puedes conversar? Su respuesta fue pronta. Sí, aquí estoy, ¿cómo vas?, yo extrañando tu compañía. Yo más. Conversamos unos minutos y más los días siguientes. Hicimos balance de daños, se aclararon ideas y planeamos el primer encuentro. La buscaría en el lugar del recital, un local céntrico propiedad de la universidad estatal, después nos esperaba un espacio privado que ella elegiría, hotel, hostal, no importaba si estaba alejado de la ciudad. Se instaló una atmósfera de optimismo, detuve mis preguntas y mi deseo de saber los minutos de su vida y ella accedió a salir del presente y merodear con timidez el futuro. Supe de su hogar; de las virtudes de R., de su devoción por ella y la paciencia que poseía para sobrellevar el temperamento arisco y complicado de la poeta de la casa; de Ariana, su niña; de las tensas relaciones con su padre y la quieta conformidad de su madre; hombre violento él, condescendiente ella; de las virtudes que tenía relacionarse con sus dos hermanas, unidas por la necesidad de protegerse del iracundo señor feudal de la casa familiar. Saber de la letra menuda de su vida me ayudó a entender su temperamento siempre dispuesto a la confrontación y las arengas separadoras. Fueron largas confesiones que pudimos hacerlas mientras los demás dormían o, muy temprano, por las mañanas cuando salía a trotar por el malecón Leoncio Prado. Le envié un ejemplar rústico con los poemas de mi tercer libro, influido por sus ojos y cabellera, silencios y áspera ternura. Le alcancé algunos nombres y le pedí ayuda para bautizarlo y mencioné que me gustaba con cierta diferencia:  Ramas altas de parwa, creo que es una aliteración que no suena mal, le dije.

Había gente de pie cuando ingresé al local de la universidad; equivocando mis pronósticos, retrasé mi andar y el resultado fue escuchar al grupo de poetas huancas desde la incomodidad de una ubicación desacertada. Destacaba su encendido saco granate y una colorida y discreta bufanda que ocultaba una blusa blanca. Elevó Parwa su  mano para saludarme. Sentí una rara sensación de estar tejiendo irrealidades, de aquellas  que construyen las partes más ciertas de la historia humana. Apenas unos meses antes éramos dos seres completamente desconocidos, sin pasado compartido ni ciudad madre, ni amigos, como dos extranjeros que se unen para añorar juntos sus patrias abandonadas juntando retazos de pequeña historia que va haciendo una narración nueva y consistente, superior a cualquier recuerdo. Eso éramos, dos condenados de la tierra, náufragos de una misma batalla, trajinada en escenarios distintos. ¿Qué nos esperaba esa noche a los dos, dónde quedaba R., podía pensar en moral, ética y condenas, no, no lo aceptaba, porque la necesidad del amor no admite capillas consagratorias ni juzgados civiles; si la unión no es necesidad carnal impostergable y tampoco búsqueda hedonista de placer, y sí reconocimiento de estar frente al elemento primordial que nos integra, a la palabra y al gesto mellizo, a la urgente necesidad de requerir labios y respiración ajena para seguir viviendo, entonces el amor no admite prisiones pasajeras, ni permisos ni censuras. Así lo dijeron los poetas esa noche, así sentí que tejían sus versos.  Parwa esta vez no fue el solitario círculo de fuego que conocí en Huancavelica, tuvo que ganar un espacio entre poetas de buen calibre. Al escucharla, vi cómo el público se remecía en sus lugares explicando que los sonidos que escuchaban eran parte de las luces y sombras que habían conocido con sus compañías cuando el amor amanecía y luego se tornaba agónico e insufrible. 

Firmó ejemplares y la rodearon jóvenes que parecían conocer su obra o eran amigos que deseaban saludarla. Me sustraje al desorden y me retiré a las inmediaciones de la puerta de ingreso que tenía una explanada suficiente que permitía evadir la corriente de asistentes que se retiraban. Cuando apareció Parwa creí percibir que no estaba preparado para manejar con equilibrio el momento. Caminó un breve trecho despejado de obstáculos, sonreía contenida, nerviosa también; juntamos débiles seguridades y nos agregamos sumando respiración entrecortada y la corriente que formamos en largos meses de palabras corteses primero, de ratificación de intuiciones después y del descubrimiento de la luminosa intimidad de nuestros cuerpos. No éramos dos desconocidos cuando nos abrazamos por primera vez, por eso la comodidad nos hizo caminar serenos hacia el auto estacionado cerca. Vi su vestido largo que tocaba sus tobillos, colorido, inspirado en las faldas de las señoras que  comercian productos en las ferias de la región, zapatos de taco medio, ligeros. ¿Cómo no verla hermosa, radiante?, si eran mis ojos los equivocados entonces era mejor estar solo en la evaluación de mis armonías. Ya instalados, le pregunté por el lugar que había elegido. Se trata de Cochas, un pueblito cercano, respondió, no más de media hora de ruta, deseabas estar fuera de la ciudad, entonces nos vamos al campo pleno. ¿Te parece? Sí, respondí, estoy de acuerdo. Silencié por completo todo lo que sabia del pueblito elegido.  

El trayecto fue un viaje a través de los días, semanas y meses de brillo amoroso, de opacas discusiones, de reconocimiento de nuestras diferencias y de escuchar de ella que algún día cercano o lejano  compartiríamos un hogar.

Nos tomamos de la mano y el silencio invadió nuestra travesía. La luz abría un camino en medio de la oscuridad que me hizo pensar que era la reproducción exacta de nuestras vidas, densa noche escindida por una tenue luz manejada por dos seres que estaban marcados para estar juntos.

Mis recuerdos de esas horas se parecen a destellos inconexos que se van uniendo para emitir escenas continuas que tienen la intensidad de nuestros cuerpos enredados en un lecho que me pareció construido de maderos encendidos girando sobre aguas de altura como lápices escribiendo acerca de nuestras almas. Si digo que nos visitó el placer olvido decir que fue el amor la compañía principal. Nos reconocimos íntegros, lúbricos, interpretando un tratado de castidad, el que dice en su primer párrafo, que nada deja de ser casto cuando el amor nos habita.

SEIS

La despedida no fue envuelta por la tristeza; la vi alejarse con alegría y voluntad de continuar resolviendo la complicada realidad de compartir vida con un hombre al había dejado de querer. Empezó esa relación después del llamado accidente amoroso, ocasionado por un joven  inestable y desorientado, de esos chicos que las mujeres con hogares conflictuados buscan y encuentran; amor intenso, carnal. Parwa reconocía los males que le ocasionó el querer trunco, lo conversamos cuando clareaba el día y el ánimo era propicio para confidencias íntimas. Empezó a llenar cuartillas después de ser abandonada, le ayudó todo el desorden y ausencia de propósitos que le invadía; poco después se cruzó con R.  y conoció la estabilidad emocional que necesitaba para terminar de ajustar sus dolencias y organizar un futuro distinto. Varón sencillo, sin recovecos ni problemas existenciales, aficionado a las exploraciones geográficas, buen padre y compañero, exento de vicios e inconductas y satisfecho con las cortas recompensas que la vida otorga a quienes se satisfacen con llegar con vida y cuentas pagadas a fin de mes. El compañero menos adecuado para una mujer que deseaba comerse la tierra y beber el mar; pronto vio que lo suyo y lo de R. no sumaban dos. Pero, era feliz, a mi modo, no pretendía otra cosa que acomodarme en ese universo de quietud y  de pocos sobresaltos. Pero, hay visitantes que ponen nuestras vidas al revés, tornados que vierten granizo derretido sobre nosotras; ¿cómo no aceptarlos después que se han hecho insustituibles?, ¿cómo te contentas después de haber escuchado la voz que te multiplica, el ser que te completa como eres tú para mí; si desaparece me pondrás en riesgo de hallar un curador que desarticule aún más lo que dejes quebrado. Mi lugar ya no es el hogar que pensé, no existe más y no deseo que el amor de mi vida no esté cerca para secar mis lágrimas. Quiero que me acompañes en estos meses de reconstrucción de mis partes y pedazos. La abracé por la espalda, desnudos, y dejé secretas marcas de agua sobre mi almohada. Le dije que la amaba, que era mi piel secreta, la íntima, la que surge cuando nos despellejan para exterminarnos, solo así podrían hallar la piel que me has construido, Parwa.

Volví a Julcani, y la distancia con su geografía ambientes y procesos me parecía irrecuperable; el sonido seco y extenso de la molienda, el manejo de los relaves, la contaminación del agua, los reclamos comunales y el agotamiento de la tierra, ya no eran parte de mis preocupaciones. Me preguntaba si conocer a Parwa había desatado estas nuevas necesidades, quizá, pero Georgina le puso la dentellada final; verla bien, reintegrada, con la madurez que otorga triunfos y derrotas, distante de la mujer que esperaba compañía para ubicarse en el mundo, me otorgó la percepción de haber sido premiado cuando compartimos ascensiones y preparábamos arcillas. Su hogar luminoso de cuadros, ceramios, muebles de cedro para durar siempre, su jardín como reino independiente, el horno con cerámica enfriándose dentro, su biblioteca ordenada y justa, la tranquilidad que brota de sus entrañas, su inserción en la comunidad, sus campañas de lectura, me han influido y enseñado que vivir un mundo distinto es posible.  Recuerdo sus palabras cuando llegamos a la laguna Carhuaccocha, camino a la cumbre del Huaytapallana, me quedo aquí, Danilo, no creo que pueda hacer cumbre, perdóname, entenderé si quieres seguir solo, te esperaré, un triunfo parcial es mejor que una derrota total. Me quedé con ella, bajamos al punto Virgen de las Nieves, pasamos la noche en el refugio y, luego, ya sobre la carretera afirmada, seguimos rumbos distintos. A la semana siguiente, había desaparecido.  

Los contactos con Parwa no tenían tropiezos, eran frecuentes, pero, de pronto, le invadió una especie de angustia y tensión extremas porque R. había empezado a reclamarle su alejamiento, a cuestionar sus compromisos; he pensado que me sigue, indaga, me cuentan que visita lugares que frecuento preguntando por mí. Me siento mal por Ariana que percibe el mal ambiente y tiene ahora sueño inestable y no quiere ir al colegio

El plazo de dos años que nos hemos fijado me parece razonable, si te has fijado, ya son diez meses de conocernos y lo que resta es poco; pero no pensaba afrontar esto tan pronto. La idea de desaparecer un día, irnos juntos y dejarle una carta me parecía la mejor solución, pero, ahora, las cosas se están complicando, Danilo. Le dije que podía dejar de buscarla hasta que todo se normalice, puedo estar alejado unos meses, quizá hasta el momento de nuestra partida. Veremos, me respondió, sin mucha convicción, te comentaré todo. 

Y fue la resolución que tomamos, me apartaría del día a día de su vida, me buscaría cuando las condiciones le permitan. Empezamos a usar el correo, pero tampoco garantizaba que no fuera invadida, utilizamos  lenguaje críptico que se asemejaba al lenguaje de dos amigos de oficina. Se acomodó bien a la situación, por su natural talante de ver las cosas con más calma y sin apremios.

Continuaba planeando mi futuro y acercándome cada vez más a las tareas agrícolas que había pensado; seguía buscando la estancia que deseaba, el predio de Cochas reunía, entre los dos o tres que vi, las mejores ventajas, agua suficiente, buena vecindad, tierra negra y bien tratada, y la casita requería pocas refacciones. Para alcanzar su valor debería solicitar un préstamo o vender mi departamento en Lima, si tomaba esta alternativa me quedaría dinero para financiar la siembra y adquirir ganado de carne. Era la mejor opción, había perdido el interés de acercarme a Lima, la sentía muy lejana, fuera de mis planes; pero necesitaba retornar y también cumplir con los exámenes médicos que estaban fuera de tiempo. Eso haría en los diez días de descanso siguientes;  eran mis preocupaciones cuando ingresó una nota de Parwa: ¿me puedes llamar mañana temprano?, estaré trotando por el malecón, seis de la mañana.

¿De qué se trataba?, su pedido era inusual, ¿algún viaje, enfermedad de Ariana, problemas con R.?

No necesité escuchar mucho para darme cuenta que me hallaba ante una decisión que no variaría, tómalo o déjalo. No sigo más en esto, Danilo, lo siento, no puedo continuar. No al diálogo, negativa para discutir acuerdos, no a preguntas incómodas. Estaba en la ventana de mi habitación, observando a la esposa del administrador arreglar el jardín del frente de su vivienda; se trataba de la contradicción más expresiva con mi conversación que se alimentaba de mi enojo manifiesto. ¿Era yo una marioneta manejable y dócil, sin derechos para opinar y decidir con ella, por qué diablos se metió a un enredo que no podría  manejar? Miró a un varón, encandiló su existencia, provocó el amor, lo aceptó y compartimos los secretos del sexo y, de pronto, en un momento, ¿decide destruir todo?, ¿mi opinión cuánto vale, pretende conducirme de las narices por territorios que se le antojen, no era un tema sencillo lo nuestro, claro que no, rondaba la tragedia, era difícil manejar esos desafíos, pero son realidades así que hacen surgir decisiones y palabras convenientes: ¿qué hacemos, cómo afrontamos juntos el problema? Recordé los instantes compartidos, los difíciles primeros días, las complicadas semanas siguientes, las imágenes que diseñamos para la casa que tendríamos, la habitación de Ariana, los hermanos que vendrían; nada quedaba. ¿Yo, convertirme en el amigo del amor, confidente de sus aventuras amorosas, depositario de secretos sobre los que podía emitir opiniones amicales, sepultar el suelo que habitamos y sembrarlo de miasma, podredumbre? No, no podría hacer eso, jamás; podía tener amigas que me dieran lo que ella me ofrecía, no, no deseaba recibir mendrugos de lo que fue mi cena pascual.

No respondió a mis argumentos, ni una palabra, solo: es mi decisión, lo siento. Sería inútil seguir hablando, no fue difícil comprender que la baraja estaba repartida y no se volvería a recoger en el mismo orden.

No está en mi memoria los segundos finales, creo que la dejé hablando y desaparecí la señal. Abandoné mi habitación para caminar por las escalinatas que me conducían al mirador alto de control. Observé el horizonte hasta la hora del inicio de las labores. Me serené y lloré, no era un llanto por la vida que no tuve, por los triunfos intrascendentes que conseguí o por los amigos que se extraviaron, era por una mujer difícil, inasible, pero con el duende que necesitaba para ser humano. Tenía que dejarla ir, mi vida con ella estaría repleta de conflictos semejantes, luminosa, seguro, pero repleta de inestabilidades y alerta permanente.

Al mediodía me acerqué a la Gerencia General llevando mi solicitud de tres meses de permiso, argumenté que se trataba de mi salud. Y no mentía, me miraba enfermo, leproso, necesitaba estar lejos, muy lejos de todo. Me interrogó el Gerente, le respondí con generalidades. Dijo que no podía negarme nada. Que me hiciera los exámenes médicos y tomara los noventa días. Le informé que tomaría el descanso acabando las tareas del día y que partiría de noche.

No llevé todas mis propiedades, mis libros y archivos con las conversaciones con Parwa que había impreso con regularidad, fotografías con ella y ropa necesaria. Buscaría a Georgina, necesitaba abrazarme de su fortaleza. La noche nunca fue más larga, usé velocidades prohibidas que pudieron llevarme a los abismos. Había perdido el sentido del peligro, toda estima que me tenía estaba extinguida y durante largos minutos de reflexión me arrepentí de pasajes de mi existencia, sobre todo de haber ingresado a ese recital bendito.

En la puerta de su casa esperé que amaneciera. Georgina se sorprendió al verme, te veo a punto de derrumbarte, ¿qué ha ocurrido?, bueno, no necesito preguntar para saber que se trata de tu poeta. Sirvió café y se sentó a mi lado acompañando el velatorio. Su niña, Illary, asomó la cabeza por la puerta de su habitación por un instante. Es hermosa tu hija, tiene tu belleza, tonto si fuera como dices los hombres no me hubieran dejado. Se dio cuenta tarde de la imprudencia, uyy perdóname, parece que he mencionado la soga entre tanto ahorcado, perdona. Descuida, le respondí, los hombre feos siempre somos abandonados, he sido abandonado tres veces, ayer por la mañana fue la última. Déjate de idioteces, tú sabes lo que vales y te recuperarás de todo, y, cuéntame, que pasó ahora con la buenamoza, tú te descompones solo con problemas amorosos, la enfermedad ni la pobreza te doblegan, ayy, pero sí, los quereres, ¿te acuerdas como hablabas de María Ángel? Apenas nos conocimos empezaste a recordarla, y yo me moría de ganas de ti, pero tú dale que dale con la María linda. Cómo sufrías, pero noto que esto es distinto, no eres el mismo ex de esa chica, ahora eres el viudo de una virgen, la virgen del cobre esta dama, la virgen del socavón, eso es, vaya, que complicadita había sido, creo que la llevan en andas. Lo decía mientras preparaba café adicional y me arrancaba una sonrisa desganada. Anda cuéntame. Le pedí sentarnos en la pérgola, con la iluminación de la noche. Y le conté y le conté, sin parar hasta que la luz del mediodía se posó en el cenit. Lloré en silencio, ella también conmigo, abrazados. 

No te puedes ir así, no puedes manejar en esas condiciones. Quédate aquí, te cuidaré y me cuidarás, buenas razones tengo para pedirlo, también. Hazme caso, serán los días que necesites. Dormí tres noches en la cama del jardín, abatido por el insomnio y despertado por las actividades madrugadoras del horno de cerámica. De allí salían hermosos jarrones utilitarios, también adornos que parecían elevarse hasta los confines de la tierra. El segundo día fuimos a ver el predio del amigo. Le dije que volvería para hacer la transacción. Venderé mi departamento y me tendrás de compañía, le dije, nos abrazamos como se unen los seres que se sienten complementarios, partes de un proyecto de vida que trasciende los intereses de dos y se une al caudal de un  barrio, un pueblo, una propiedad.

¿Mi hijo campesino, de gerenciar una mina a empujar arados, por qué? Madre, le dije, verás que al final querrás vivir cerca a mí, cuidando a tus nietos, mi padre igual, ten calma, nunca he hecho las cosas torcidas. Ten confianza en lo que estoy haciendo. Pondré en venta mi departamento y seguiré adelante. Te veo mal, me dijo, ¿qué tienes Danilo?, seguro que esa mocosa te tiene en problemas, ¿cuál mocosa?, no tengo a ninguna mocosa a mi lado, esa chiquilla pues a la que ni siquiera la hija ni el matrimonio la han podido aquietar, algo me has contado, deja a las mujeres si las cosas no funcionan, después, en el hogar, los problemas menudos se agrandan, se hacen inmanejables, lo que mal empieza, mal acaba, hijo, fíjate en una mujer madura, seria, reposada, que sepa lo que quiere de la vida, que no te esté jalando de la bragueta ni quitando sueño, no, no quiero que me cuentes detalles, mi vejez me permite saber qué está pasando contigo, ella es casada y eso es suficiente información, ay dios, lo que haces también tú, si engaña a su marido, te engañará también a ti, no lo dudes, solo es cuestión de tiempo, ¿qué no hay excepciones? sí las hay, no digo que no, ocurre, mira a tu tía Mechita, mira el hogar que tiene, su primer marido era un enfermo, y se le apareció este hombre, ella no lo buscó, se encontraron, mujeres sufridas con un tipo insoportable, violento, si pueden reconstruir sus vidas, pero  no parece ser el caso, Danielito, aquí te la quiere destruir, tengo que hablar como madre, sino quién, pues, quién, me preocupas mucho, mucho, te has enflaquecido una barbaridad, mírate, eres una sombra, te diré algo, esos amores de fuego, de altas temperaturas no mantienen sus hornos funcionando toda la vida, es imposible, entonces ocurre que ella, o ambos, vuelven a la búsqueda interminable, a encontrar sensaciones que les devuelvan el tono de vida, mira, ¿por qué no te fijas en Georgina?, lo que cuentas de ella me encanta, mujer de la tierra, del barro cocido, esas son mujeres buenas, no modelitos de belleza pasajera, ay que el poemita, ay que la nota periodística, ay que el vestidito a la moda, pero y, ¿lo demás, la fidelidad, el compromiso, plata depreciada, listas para otra aventura. Piensa bien hijo mío, piensa bien. Estás equivocada de principio a fin, ya te contaré, madre, ya te contaré, lo conversaremos, amo a esa mujer, pero eso no es todo, veré qué hago. Me miró diciendo que confiaba en mí y que me apoyaría en todo lo que fuera necesario. La dejé en la tarea de vigilar la limpieza de un bargueño bañado en pan de oro que le había conseguido su operador de Ayacucho.

SIETE

Las pruebas médicas se iniciaron con análisis de sangre y ecografías, luego  tomografías con contraste y, más adelante, resonancia magnética. Mientras esperaba mi turno para el último examen leí que Parwa me dejaba un mensaje: hola, ¿puedes hablar, quieres hablar? Mis latidos se aceleraron, tuve que dar unos pasos para serenarme. Señor Danilo Martínez, acérquese por favor a la puerta dos. Me pusieron la bata blanca, cubierta para los pies y cabeza, luego ocupé la oquedad amable de una máquina que llenaba todo el ambiente, después de las primeras imágenes me inyectaron una sustancia que  elevó mi temperatura interior de manera notoria. Me sentí cuidado, protegido por el seguro médico que la mina proveía. Al salir me interceptó el médico especialista: terminaron sus examenes, reserve cita para el jueves, en un par de días, si, a las cinco de la tarde está bien.

Mi deseo de responder era muy intenso, pero Ignoré su mensaje, me negaba a reanudar un proceso que me había elevado hasta el infinito y luego me dejó caer en el socavón más profundo, necesitaba tiempo para pensar. Sí, la seguía amando, con la misma intensidad, pero no estaba dispuesto a continuar por la línea de la incertidumbre continua. Borré su mensaje y usé todos los obstáculos técnicos para evitar que se acercara.

Cuando vi al doctor de pie y al costado de su asiento, supe que las cosas no iban bien. Señor Martínez, tenemos problemas que resolver, tiene usted un nódulo que presumimos canceroso en el lóbulo superior de su pulmón derecho y una extensión probable en la parte media. Pensé en nada cuando escuché el informe, sin asociarlo a pena ni preocupación, creo que era un mecanismo de defensa frente a un diagnóstico que muchos estiman la peor experiencia humana, no debe preocuparse mucho, ha venido a la consulta en un momento adecuado, si es lo que pensamos, podemos atacar el problema y superar las dificultades. Le haremos una biopsia de inmediato, tiene cita a las ocho de la mañana. Es un procedimiento sencillo, descuide, y los resultados estarán muy pronto.

Tuvo razón David, el medico de Julcani, preocúpese, me dijo, no descuide su salud, igual opinó Fernando, yo me haría los exámenes mañana mismo, esa tos  y fiebre tan persistentes, sin motivo aparente, no me gusta, viaja y resuelve, dejé pasar dos meses, que podrían ser decisivos en la tarea que empieza. Salí de la clínica uniendo retazos inconexos de mis años recientes, pensando en la forma en que reaccionarían ante la noticia gente que había querido, imaginé el consuelo de Parwa, acompañado de esa cierta frialdad que me hubiera ayudado mucho. Llamé a Georgina, quería enterarla primero a ella. Caramba Danilo, qué mala noticia, pero ten fe, eres joven y, según dicen los médicos, estás en buen momento, tranquilo, eres fuerte, ahora las máquinas y tratamientos son tan buenos que estoy segura que pronto esto será un mal recuerdo. Ah y te cuento, el terreno te está esperando, ayer vino el señor, dándole vueltas al asunto, piensa hacer una buena rebaja. Y, Danilo, escucha, me ha visitado Parwa, imagino que le diste mi ubicación alguna vez, sí, ha estado acá, conversamos bastante, tú sabes, la escuché y no dije nada de ti, nada de lo mal que has estado, te diré que la vi peor que tú, no creo que sea tan delgada como la vi. Me pidió que te hable, que no sabe qué hacer para comunicarse contigo, dijo que no quieres escucharla ¿Qué piensas, Danilo, qué harás?, ¿tú qué harías Georgina?, dime tú qué decisión tomarías. Mira, primero, atiende la urgencia médica, no te va a ayudar que andes metido en angustias en medio de médicos y curaciones, es probable que pases por quimioterapia o te irradien, todo eso necesita mucha tranquilidad, estar en paz, el cuerpo sabe, los bichos saben atacar a una persona con tensiones. Luego miraría a Parwa, que espere, ella es la que siempre tuvo la decisión final. ¿Yo no tengo culpa alguna, Georgina?, seguro, difícil ponerme a analizar tus defectos, te conozco, pero te he visto tan entregado a ella, dispuesto siempre a hacerle más fácil todo, que no sé qué puedes haber hecho mal, ¿querer puede ser culpa?, ser incisivo, cuestionador, amoroso, no es origen de ninguna culpa, Danilo, tú has amado a esa mujer, dios, te lo dije, con tus manos, tierras, minas, tu pasado y futuro, ¿quién ama de ese modo, quién?, si ella no lo entendió ¿qué puedes hacer?, nada. La escucharás más adelante, tendrá cosas que decir, pero ten cuidado, te recomiendo que te acerques con defensas bien puestas, no te exigiré ya que vengas con Parwa, porque esa niña te ha dejado sin ella y sin ti, tú llegaste a ser ella misma, y ahora estás sin ti, Danilo, te ha quitado rostro y nombre.

Al recibirme el médico mantuvo la misma actitud de la vez anterior, sereno, diseminando confianza. Señor Martínez, optimismo dentro de un problema que, no podemos negar, es siempre complicado. Tiene una neoplasia, la biopsia es muy clara, focalizado en el pequeño nódulo que ha visto. Su estadio tiene el nivel de uno, buena noticia. Tenemos que atacar el mal de  inmediato, quitaremos el tumor y luego es probable que reciba quimioterapia. Veremos luego si se hace necesaria radioterapia, veremos todo en su momento.

Estaba claro el panorama, solo me tocaba seguir las indicaciones, tenía todo al alcance de la mano, un médico solvente, clínica acreditada, máquinas de última generación y voluntad de curarme.  Tenía que empezar, eso era todo, pensar solo en el día a día, el sistema Parwa elevado a su potencia máxima, ver hoy, qué avances tengo y qué me espera hacer mañana, ninguna otra proyección en el tiempo. Tomé todo con serenidad, en realidad no le temía a la muerte.

Solicité a Julcani que me ampliaran el permiso por un mes adicional.  Aceptaron y dijeron que, si necesitaba de un mes más, lo podía tomar. La operación determinó que necesitaba sesiones de quimio que empecé luego de descansar unas semanas. El tratamiento avanzó bien, lo decían los exámenes mostraban resultados optimistas desde el inicio; las sesiones fueron intensas al principio y luego se fueron espaciando. Perdí mi melena y mi figura se transformó en un pálida imagen del atlético ingeniero alpinista que todo lo puede. Mi piel adquirió ese tono cenizo que nada bueno presagia. Mi madre dejó el negocio en manos de mi padre y me acompañaba todo el tiempo, me conducía a las sesiones de terapia. No te preocupes de mi tiempo, las madres hacemos esto por los hijos, me dijo cuando mostré preocupación por sus actividades desatendidas.

Un día, regresando de la clínica, creí ver a Parwa en la puerta de mi edificio, esperando, con las manos cruzadas y paseando de un lugar a otro. No estuve seguro, quizá se trataba de una alucinación o el deseo de verla. Lo cierto es que mi cuerpo interpretó que era ella, una especie de descenso de mis signos vitales. Deseaba verla, sí, lo quería con intensidad, la seguía extrañando; pero no estaba dispuesto a continuar la incertidumbre anterior y menos verla ahora que me veía como un espectro ambulante; no buscaba la piedad de nadie, además ¿qué le podría decir?, necesitaba pasar los días complicados y pensar, pensar mucho. Le dije a mi madre que no se detuviera, nos vamos a tu casa, le dije, que allí me quedaría todo el tiempo que ocupara mi tratamiento; entendió de qué se trataba y no puso objeción. Por la noche, tratando de conciliar el sueño, repasaba la imagen de la mujer en la puerta del edificio, quizá era una visita suya, una entre miles, como me dijo Parwa que era yo, un día de pleitos y desesperanza: “tú eres uno de miles, Danilo”; era hiriente cuando deseaba serlo, ese día lo fue.

Cuando el tratamiento iba llegando a su fin llamé a Georgina para pedirle que me dejara pasar unos días en su casa. Se emocionó con la idea. Vente, vente de inmediato, acá estarás cómodo, ¿cuándo llegas, puedes manejar o voy por ti? Vino por mí, arregló mis pertrechos, preparó un fiambre para el camino, no puedes comer cualquier cosa, dijo, me llevó a despedirme de mis padres y empezamos el silencioso trayecto. Iba sin deseos de hablar, preferí pegar mi rostro en el vidrio y ver el paso del paisaje, pueblos y parajes que conocía de memoria. Las  imágenes de Parwa se mezclaban con las elevaciones, lagunillas y riachuelos de la ruta. Georgina entendió, está bien, Danilo, vive tu luto, lo entiendo, además esa quimio te quita el habla. Deseo ese predio, le dije, después de un sueño reparador en la habitación del jardín, ojalá el señor me espere, no creo que demore la venta del departamento; no esperaré los resultados finales para decidir, lo tengo claro,  en el peor de los casos, puedo vivir unos diez años con tratamientos prolongados, aunque el médico  dice que moriré de otros males y no de cáncer, quiero solo un poco de tiempo adicional,  suficiente para mí, y este es un buen lugar para terminar. Puedes quedarte conmigo el tiempo que desees, Danilo, me hace feliz tenerte, tantas cosas, ¿no?

La habitación tenía pintura nueva y el piso cambiado; lucía un hermoso machimbrado, es capirona, ¿te gusta?, me agrada, es cálido, resistente. me sentía acompañado, querido, necesitado. ¿Qué haría Parwa, fue ella la mujer que vi esperando impaciente?

Por la tarde del día siguiente, mientras podaba plantas de cuclillas y observaba detalles del jardín, animalitos diminutos, caracoles escondidos, mariposas transitorias, se instaló Georgina a mi costado, tapando la luz. Te buscan Parwa, señorito, está en la puerta, no ha querido pasar. ¿Cómo supo que estaba aquí?, tranquilo, las mujeres sabemos todo, ¿qué le digo?

Lima, mayo de 2021

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