Colinas deshabitadas

Vi a Sebastián por primera vez durante las fiestas del 4 de agosto cuando llegan a Yauyos visitantes de todos las ciudades y países; turistas y gente que regresa a su lugar de origen después de años de ausencia. La pequeña ciudad se alborota y no hay espacio para caminar con holgura; es la rutina de siempre, lo he visto desde niña; yo misma soy una migrante que volvió después de trajinar ciudades no sé por cuánto tiempo. Me acompañaba Fernando, casi lo obligué a salir ese día, prefería quedarse en casa haciendo nada. En medio del gentío me llamó la atención su afán de tomar fotografías metido en medio de la multitud y la diferencia de edades con la mujer que lo acompañaba. ¿Qué serán?, me pregunté, no parecían familiares. Lo volví a ver  al día siguiente; miraba con interés las comparsas de danzantes y la trayectoria de las bombardas que parecen agotar las reservas de pólvora de la provincia; no lo acompañaba la mujer del día anterior. Fotografiaba detalles, rostros, músicos, imágenes religiosas. Pregunté a un amigo si lo había visto antes, sí, respondió, vive al frente del municipio, ¿no lo has visto?, camina por todo sitio, anda con una mujer joven, no sé si amante o esposa, viven juntos, ya está un buen tiempo, para en la plazoleta todos los días. La información fue completa, sabría más cuando converse con él; me intrigó conocerlo después de los datos que recibí. Tenía algo distinto, en ese momento no supe de qué se trataba; mostraba ánimo joven, curioso, debía estar cerca de los setenta, mostraba un atractivo que seguramente sabía bien la mujer que lo acompañaba. ¿cómo habría sido de joven?, ¿qué relación tendrán?

Con las fiestas ya declinando, una tarde me senté a su lado en una banca de la plaza principal. Tenía la costumbre de pasear en el pequeño espacio rodeado de árboles y plantas, me gustaba el lugar, sentía que allí se detenía la naturaleza para dejar que Yauyos existiera; paseaba, leía y fumaba un par de cigarrillos. De rato en rato contemplaba el macizo de piedra y tierra que amenazaba descolgarse sobre la plazoleta, era una mole que parecía un apu silencioso. Ahí estaba Sebastián, ocupando una banca de madera frente a la pequeña iglesia con el techo a dos aguas y el campanario que se recortaban contra el verdor de la cordillera. Lo vi desde mi lugar y no hallé excusa para acercarme, no parecía reparar en nada que lo distrajera de la lectura. En casa me esperaba Fernando, tirado en la cama y buscando tonteras en la tv. En realidad, ya no me agradaba su compañía, me había terminado de hartar su falta de interés en hallar una ocupación permanente y de creer que su lugar estaba en una capital europea; prefería andar sola, me sentía más cómoda; la clásica historia del amor deteriorado por las rutinas y pérdida de horizontes.

Fui un par de veces más a la plazoleta, me mantuve un buen rato pensando que llegaría, pero no fue así. A los pocos días lo ubiqué en el mismo lugar de la primera vez, sentado en un extremo del banco, leía; me senté a su lado; no me dedicó ninguna atención. Demoró tiempo en fijarse en mí. Consumí mi ración de cigarrillos y seguí mi camino culpándome siempre de mi poca capacidad para empezar una conversación. La escena se repitió en dos ocasiones más, lo sé porque llevo un diario desde hace mucho tiempo. Todo cambió cuando llevé un libro de Arguedas. Vio la carátula y mirándome fijamente a los ojos me preguntó si era lectora habitual, sí, le respondí, conozco bien sus obras. Me pidió dejar el usted y fue sencillo continuar la conversación. Los ríos profundos hizo que empezáramos a hablar. Me di cuenta de que su distracción era aparente, observaba todo lo que ocurría a su alrededor. ¿Sabes que vivió en estas alturas?, de joven, con su padre, fue un par de años. Lo ignoraba, pero adorné mi ignorancia explicando que no tenía mucho tiempo viviendo en el pueblo. No, me dijo, no te incomodes, es natural que se sepa tan poco de personas importantes, a pocos les interesa, si lo lees es suficiente. Después apartó su novela a un costado e hizo una larga explicación sobre los días de Arguedas en el pueblo; contó que tuvo un amigo muy cercano: Alejandro Cervantes, profesor, compañero de lecturas; tiene familiares que viven en el jirón Comercio, búscalos; después de muchos años volvió con Sybila pocas semanas antes de suicidarse; si buscas puedes hallar fotos de esa visita, están en la red. Gran parte de mi decisión de vivir aquí tiene relación con la historia que te estoy contando, tuve deseos de estar cerca a sus recuerdos, dijo. Me llamó la atención la soltura que tenía para conversar, sus conocimientos; yo vivía en esa calle y nunca había escuchado hablar de Arguedas.

Conversamos con frecuencia en las semanas siguientes, de la historia de los Yauyos, de sus dioses y hombres, de las ciudades que conocía; habló siempre de literatura, de autores norteamericanos y japoneses; me prestó libros de Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Salinger, Oz, Mishima, Kawabata,  Marukami, en fin, varios. Leía desde niña, por mi padre, pero lo hacía de manera alborotada; con Sebastián aprendí a leer con otros ojos, a interesarme por los puntos de vista, las elipsis, el racconto, monólogos interiores, todo eso; descubrir a Faulkner fue el punto más alto de aquello. Tenía siempre una opinión inesperada de las narraciones; me contaba los detalles alrededor de la novela, la vida de los autores. Dejé mi diario a un costado y empecé a escribir historias, es la razón de estas carillas; quizá resulte un asunto digerible. Quien lee debe inventar relatos, dijo, debes intentarlo, seguro que empiezas y no paras. Luego de varias conversaciones me enseño los lugares que frecuentaba Arguedas; la casa que ocupó, el bosque donde cazaba loros con sus amigos, conversamos con los parientes de su amigo Cervantes, en realidad estuvo en todo Yauyos, dijo, pisas un lugar y hallaras sus pasos y es probable que el nombre de su novela tenga su origen en este pueblo; si subes a las colinas altas, a los restos de Yauyos viejo, verás los ríos profundos que lo recorren, seguro que emocionaron a José María; quizá se trata de los ríos que lo motivaron poner el nombre a la novela. 

Algunas veces lo buscaba su pareja, aparecía ligerita, con su caminar nervioso que parecía determinada a no salirse de una línea orientadora; nunca dejó de mirarme con desconfianza. Norma se llamaba, presumí que era un poco menor que yo; nada amable, distante, muy áspera conmigo. Nunca tuvimos un diálogo; llegaba con la frase que repetía siempre: Sebastián, ya vamos, es tarde, el frio aumenta. Y caminaban juntos hacia el puente sobre el río que cruzaba el poblado. Algunos días no lo encontraba, decía que Norma ponía cara de disgusto cuando salía sin ella. Se ha puesto más complicada desde que empezamos a conversar, no le doy importancia, las mujeres son enrevesadas, ¿no?, ¿tú lo eres? No supe qué responder, no sabía si lo era, Fernando me decía que sí, que exigía demasiado y deseaba más de lo que podía alcanzar. En alguna ocasión me invitó a su casa. Respondí con una disculpa tonta, no le gustaba a su pareja, iría a molestar, no era para mí, prefería seguir viéndolo en el parque. Cuando empezó a interrogar sobre mi biografía abrió también la suya. En realidad, no necesité ser impertinente para conocer los datos íntimos de Sebastián. Su biografía era una sucesión de cuentos amorosos, más el último.

Una tarde me dijo que vivía en Yauyos no solamente por Arguedas sino que era la respuesta a un desamor. Mis hijas dejaron de verme luego que dejé mi matrimonio por ella, quedé solo; dijeron que era un irresponsable por dejar atrás hogares formados; se alejaron de mi vida. Parwa era de Huancayo, dijo, está cerca, tres horas me separan de su lugar; no haré ese viaje nunca, lo sé, pero me ayuda a vivir. Parecía estar interesado en abundar en detalles sobre esa mujer. Antes, le había contado como había conocido a Fernando, las ilusiones que me llevaron a convivir y establecerme; era limeño, difícil combinación, dijo.  Le expliqué también que cada día que pasaba la relación se malograba más y que deseaba separarme sin saber cómo hacerlo. Luego de escuchar me dijo: no puedo aconsejarte que abandones a ese muchacho, pero oye los mensajes de tu corazón, el peor veneno es compartir días con una persona que no se ama; eso es fabricar infelicidad para toda la familia. ¿Y amas a tu pareja?, pregunté. Norma no es mi pareja, nos acompañamos; ella necesitaba un lugar para vivir, y yo un poco de compañía, nada más, es de Laraos, nos conocimos en una fiesta de Santo Domingo de Guzmán, como la de estos días; y, bueno, después de Parwa me resulta difícil amar a otra persona. 

Mi biografía deshizo sus barreras, así que pude ingresar a la novela de su vida. Todas las vidas son novelas, creo, algunas más intensas, la mía ha sido siempre un drama de capítulos interminables. Viví en varios lugares antes de elegir este pueblo; fue después que separarme de Parwa. No era su nombre verdadero, pero me gustó que lo eligiera; sonoro, lindo. Fueron doce meses que cambiaron mi vida, explicó, y de eso hace ya algunos años, no sé de ella desde entonces, dijo, mirando el infinito. La conocí de una manera poco habitual, por eso que llaman redes sociales. Entonces llevaba casado más de diez años con una pareja que creía amar lo suficiente, criábamos a una hija; era estable mi hogar, me sentía contento y no tenía ningún afán de buscar aventuras, pero ocurrió un día cualquiera, sin pensarlo. La relación se quebró después de conocerla; fue suficiente verla, conversar y leer su poesía para empezar a amarla. Fue un sentimiento que brotó en un instante, nunca me había ocurrido algo semejante; hubo un amor temprano que también me perturbó desde un inició; pero esto fue distinto, como llegar a un destino final que pensé nunca llegaría; la amé desde la primera mirada. ¿Y ella te amó del mismo modo? Creo que le sucedió algo semejante, no igual, porque era controlada, gobernaba sus sentimientos de un modo drástico, distinto. Tenía compañía establecida y un hogar con hijos; pero, igual, desordenó su vida de manera semejante a la mía; su compañero era un tipo elemental, sencillo sin mayores horizontes, pienso que ahora están separados.  Pronto planeamos tener un lugar para hacer vida juntos no obstante todas las dificultades que nos rodeaban, incluida la diferencia de edades, nos separaban treinta años, no es poco, ¿no? Mi pareja no era muy distinta en sus años, pero muy diferente; nunca me he entendido con personas de mi edad.

— ¿Y qué ocurrió, por qué no realizaron sus planes?

— Difícil responder; tantas razones, creo que el amor no fue suficiente para ella, cuando es verdadero nada es imposible. No me amó lo suficiente; es cierto que es muy difícil amar cuando la diferencia de edades es tan notoria, ¿no crees?

— Depende, si hay amor y comprensión, ¿por qué no? Pero, dime, ¿cómo puedes dar esas razones con tanta seguridad?

— Por los hechos, por eso.

— ¿Cuáles?

—Por la facilidad que tomó la decisión de alejarse, sin conversar, simplemente lo dijo, y punto. Era una mujer libre, autónoma, no daba explicaciones, nunca lo hizo, respondía siempre con vaguedades. Creo que ella buscaba emociones fuertes, pasajeras, y lo encontraba en otros hombres.

— ¿Tienes pruebas de lo que dices?

— Nadie deja pruebas, me guio por las experiencias que viví a su lado, por la manera que dejó todo y se fue.

Antes de conocerme, Parwa ya era infeliz en su relación y tenía experiencia en contactos por las redes, no era difícil notarlo; la soledad ya era parte de su vida, no creo que empezara conmigo su decisión de llenar esos vacíos. Había hombres que se comunicaban con ella. Me dejó impresionada la soltura con la que expresaba sus pensamientos. Consuelo, lo que ocurre es que hay encuentros que echan abajo barreras y secretos, y aquí tienes un ejemplo, me has provocado ese sentimiento.Me di cuenta del interés que tenías de hablar conmigo, quise observarte un tiempo, vi que no tenías intención de abandonar tu curiosidad, y bueno, que leyeras a Arguedas fue el mensaje que faltaba. Los que leen a ese hombre son personas especiales; creo que guardarás bien lo que has escuchado en estos día; además, necesito hablar de esos tiempos. Sabrás toda la historia. 

Mi relación con Fernando se hizo más tensa, problemática; tenía la impresión de que se veía con una vecina, me lo hicieron saber, no falta gente entrometida; un día los encontré muy cercanos conversando desde las ventanas colindantes. Me detuve para escuchar lo que decían. Se quejaba de vivir en Yauyos, pueblito miserable lo llamó, también le dijo que estaba pensando irse a otro sitio, que la sierra no era para él. Para mí tampoco, le contestó, somos iguales, quizá salgamos juntos. En ese momento interrumpí la conversación, ella desapareció de la ventana y Fernando no se inmutó. No le reclamé nada, sentí que eran los días finales para nosotros. Al poco tiempo nos separamos, se fue de Yauyos. Te dejo con el viejo, me dijo, que te haga feliz, te he visto conversando con él, pareces en el cielo, no me necesitas. Preferí no responder. No sé si la vecina lo siguió, la dejé de ver luego de unos días.

Pasará el mal momento, dijo Sebastián, ten paciencia, no se querían lo suficiente, hallarás lo que te conviene, te lo aseguro. Me consolaron sus palabras, mis padres apoyaron a Fernando; tú tienes la culpa, dijeron, con tus aires de grandezas y planes estrafalarios lo has empujado a dejarte. Discutimos un buen rato, ¿cómo hacerles entender que lo único que deseaba de mi pareja era ver el futuro desde un mismo lugar?, tener ocupaciones y superar todo juntos. Lo primero que pensé fue en organizar mis economías, los pequeños negocios que hacía no eran suficientes; quería abrir  un centro de educación inicial, había estudiado esa especialidad, y conversamos que él trabajaría la tierra de mis padres que estaban abandonadas. Al final, no le interesó ninguna alternativa, en verdad no sé cuáles eran sus propósitos, nada le importaba, solo pensar en mudarse de país, algo que era imposible para mí. Eso fue todo, el fin; me afectó, claro que sí, pero así son las cosas, suceden por algo. Después de su partida seguí con mis planes, acondicioné el primer piso de la casa de mis padres, conseguí mobiliario e inicié los trámites de licencia en la zonal de educación. Sebastián me dio varios consejos que aproveché bien; sobre los programas, la educación en libertad, hablar de todas las religiones; en fin, tendría que ver cómo iban todas esas ideas con los planes oficiales, aunque siempre había maneras de sortear los controles.

Con Fernando ausente tuve más tiempo para mí; con un grupo de amigos salía a hacer caminatas por varias horas, escalar cerros y ver los ríos profundos, caminar por sus orillas; algunos fines de semana iba a Huancayo, me encantan sus ferias. Le dije a Sebastián que nos acompañara pero tenía dificultades para caminar largas distancias. Se interesaba por mis andanzas, en ocasiones dejábamos la banca del parque para caminar hasta los límites del pueblo, sobre todo por el rumbo a Yauyos Viejo; nunca pudimos subir  hasta la cumbre. Se me hizo necesario Sebastián, lo buscaba con interés, creo que también  él. Nos veíamos cada vez con mayor frecuencia. Saber de su relación con Norma me hizo sentir más tranquila; ella actuaba como su pareja; se dejaba llevar; su mundo era imperturbable, nada externo lo afectaba, se sumergía en sus cosas y nada más importaba.

Un fin de semana Norma partió hacia Lima, a ver a sus familiares, entonces conocí su casa, sobria, llena de libros, artesanías, fotos. De un cajón privado sacó fotografías de Parwa. Ella es, dijo, me interesa tu opinión. Se la veía como danzando en una callecita de tierra con árboles y colinas deshabitadas; vestía un traje turquesa con florecitas pequeñas, girando sobre sus pies; esta foto me enamoró, muestra bien cómo era ella; en otras sonreía con el sol declinante iluminando su rostro, controlando una bicicleta detenida, risueña siempre. Era hermosa, menuda, esbelta; parecía ocultar secretos, sí, era alguien que podía sostener relaciones paralelas. No se lo dije, no quise incomodarlo. Él expresó algo semejante, no recuerdo bien sus palabras, pero fueron ideas parecidas a las mías; además, eran imágenes congeladas, no podía sacar conclusiones acertadas. Entendí las razones de la pasión que le provocó; no era una mujer de grupo, tenía mundo interior y su fulgor atraía; brillaba. Seguro que la conocería más con las confesiones más íntimas de Sebastián. Ese fin de semana preparamos comida juntos, después leímos cosas suyas, tenía novelas publicadas, me gustaron, me obsequió dos ejemplares. Leímos mis apuntes sobre esta historia y un par de pequeños cuentos. Me agrada cómo escribes. Necesitas saber más para completar mis penurias, dijo, tendrás toda la información, ten paciencia. Dormí en su casa ese sábado y la noche siguiente. No me lo pidió, tomé la iniciativa. Está bien, respondió, pero no esperes que ocurra nada especial. No me interesa, respondí, solo deseo amanecer contigo. Conversamos hasta el nuevo día; al final, terminamos acurrucados como un solo cuerpo.   Al amanecer empezaron mis preguntas:

— Cuéntame de ella, cómo era su alma.

— Compleja, tenía varios rostros, compañera, madre, poeta, con frecuencia sexual, muy sexual; nunca decía lo que realmente sentía, siempre callaba sentimientos que la delaten dependiente, sumisa. Decir te amo le significaba un sacrificio permanente. La habían herido mucho, no quería correr riesgos de que alguien usara sus cosas íntimas.

— Y ¿tu pareja, Sebastián?

— Dormíamos en habitaciones separadas. Ocurrió poco tiempo después de conocernos; se hizo la distancia, no era posible compartir un amor tan profundo; de pronto apenas hablábamos. Me reclamaba, nunca le dije la verdad; luego se rindió. Es que no había evidencias de nada, teníamos mucho cuidado; nunca le expliqué lo que ocurría, desapareció el cariño, la comprensión.  

— ¿De que hablaban?

— Sobre todo, de nosotros, de nuestras vidas, nos contamos todo, sin secretos. También de libros, novelas, poesía, de lo que haríamos estando juntos, dónde viviríamos.. 

— Quieres saberlo todo, ¿por qué?

— Se trata de ti, por eso nada más. Y el sexo, ¿cómo les iba?

— No, no puedo hablar de eso, quizá más adelante, son mis recuerdos. Eran cosas que partían de los dos. Hay que amar primero, no es solo el placer.

— ¿Y aun así se separaron?

— Así se dieron las cosas, así se dieron. Nadie tiene separado el destino. No sé con precisión qué hicimos mal, no puedo entenderlo bien. Fue mi edad, creo, tuvo miedo de acompañar a un viejo o quizá apareció alguien, no lo sé.

— ¿Cómo fue cuando se vieron?

— Eso te lo cuento otro día, te hablo de otras cosas.

Era difícil, muy compleja, creo que era consecuencia de los problemas con su padre, muy violento, cosas complicadas ocurrieron en ese hogar que le dejaron cicatrices, yo tampoco soy sencillo, entonces la mezcla era con frecuencia explosiva. Me daba la impresión de conservar mundos secretos, nos dimos dos años para decidir si vivíamos juntos y después de un tiempo, sin ninguna razón, dijo que no era posible continuar, que podía darme solo amistad. ¿Te das cuenta?, se distanció sin ninguna consideración por todo lo que nos unía. Nada pude hacer. Pero, mira, después de esos días fue que nos vimos. Me pareció distinta a las fotografías; sencilla, sin requiebros intelectuales, de poco hablar, distante de sus iluminadas fotografías, menuda, delgada, desconfiada, cabellera larga, piel con señales del frío serrano. Nos dedicamos cortas horas. no parecía la poeta de imágenes desbordadas de erotismo. Me gustó, sí, mucho. ¿Hicieron el amor?, pregunté. Ha sido algo extraño, respondió, no lo llamaría de ese modo, estuvimos juntos bajo las cobijas, pero no quiso desnudarse, que era muy temprano, debíamos esperar otros encuentros. Intuí que no habría otro momento similar. Eso sentí, y fue cierto. Conocí su cuerpo, acaricié sus senos desnudos, me acerqué al centro de su cuerpo. Fue todo. Lo demás se dibujó en el amor.

Norma volvió muy contrariada, seguro se enteró de las noches en su casa; Sebastián desapareció por unos días, contó que había tenido problemas. Sé que andas con esa mujer, le dijo, estoy informada; le respondió que no podía exigir nada,  que se calmara, que si no estaba contenta se cambiara de casa, no alteraría sus rutinas. Me iré, le respondió, dame unos días. No fue así, se quedó; pero, ya no lo buscaba en el parque.

Obtuve la licencia para mi centro y empecé con cinco alumnos. Mis horarios cambiaron y ya no podía verlo con la frecuencia de antes. Un día conversamos para ir a Huancaya un fin de semana, conocer las cataratas que bajan de las nubes. Norma visitaría Lima. Fuimos en buses diferentes, para evitar  habladurías. Es un lugar increíble, las caídas de agua parecen mesetas de luz, y  el sonido parece emerger de nuestro propio cuerpo. Nos bañamos en una zona alta, lejos del poblado. El agua helada nos vivificó, luego nos recluimos en la carpa que llevamos.

Lo abracé, él hizo lo mismo conmigo. Le pedí tener sexo, no estoy en ese mundo todavía, respondió, más adelante. Bajamos al poblado a comer truchas. Paseamos en un bote en la pequeña laguna. En medio del pequeño lago, observándolo contar sus cosas, reconociendo que no era frecuente toparse con un hombre así, sincero, transparente, sensible, no pude resistir hacerle una propuesta.

— Sebastián, ¿quieres hacer planes conmigo?

— ¿De qué hablas?

— Pues de eso, pensar el futuro conmigo, el que dices.

— Me gustaría Consuelo, cualquier hombre estaría bien a tu lado. Pero no empiezan así las cosas.

— ¿Cómo entonces, buscando en internet, con amantes múltiples, es la mejor forma?

— Consuelo, mira tu edad, ya sé cómo es eso; además, no soy buena compañía.

— Merecemos lo que nos toca, yo quiero estar a tu lado, merezco eso.

— Vuelve Fernando y te lleva de mi lado, u otro jovenzuelo.

— Eres un tonto, es bien estúpido lo que dices; estas completamente desubicado, sé lo que deseo para mi vida; contigo tendré lo que quiero. 

— Hay que tenerlo, Consuelo, no pensar que lo tendrás.

Me dolió su reacción, fue como un punzón golpeando mi cerebro; no valoró mis sentimientos ni  nada de lo que yo había conseguido ser hasta ese momento; lo que despertó en mi vida. Le pedí remar hasta la orilla, organicé mis prendas y tomé el primer bus de regreso, lo dejé en Huancaya. No hizo nada por detenerme. Decidí no verlo más, y cumplí. Con los días me contaron que tampoco  iba a la plazuela. Me dediqué a la escuela y evité los lugares donde podía encontrarlo. Luego me enteré de que había dejado Yauyos. Me apenó su partida, pero nada podía hacer. Lo recordaba a cada instante. No sé él, qué sería. Pasaron los meses, tuve un romance furtivo con un extranjero que visitó mi lugar. Nada importante, solo sexo y olvidar lo que deseaba olvidar. Mi pequeño centro estaba creciendo, había inaugurado el primer grado y los padres estaban contentos, los niños más. Y seguía escribiendo, tenía una novela terminada con Sebastián en todas sus páginas. No faltaron hombres que me asediaban, con algunos salí a pasear por los alrededores, un beso, caricias, pero luego no había lugar para una segunda oportunidad, no eran para mí. Un día me llegó una postal suya, de Montevideo; decía que estaba conociendo lugares que le faltaban, mencionaba que tenía ante sus ojos nuestras conversaciones y las dos  noches que pasamos en su casa. Llegaron dos postales más, de Buenos Aires y Santiago, decía que iba camino de Yauyos. No quise emocionarme, procuré apartar de mi mente todo hecho vinculado a su nombre y rostro. Lo conseguí a medias. Hasta que llegaron las fiestas de nuevo. Cuatro de agosto de todos los años. Y lo vi con su cámara y sus lentos movimientos trasladándose de un lugar a otro entre la multitud. Estaba más canoso, envejecido. Me aparté de la fiesta antes de que me viera. Camino a mi casa, con dificultad cerré en mi mente toda vinculación con su presencia. Pensé en el extranjero aquel, en Fernando y en algún otro noviecito que pasó por mi vida. Me metí en la cama buscando sueño vespertino. Estaba confundida, ¿se quedaría, estaba de paso, se habrá reencontrado con Parwa? Lo supe por la noche, me buscó; lo recibí en la puerta de mi casa colegio.

— Acá estoy de nuevo, Consuelo, solo como siempre.

No había esperado su visita, pensé que nos veríamos con el correr de los días. Era cierto, lo seguía recordando, queriendo diría bien, pero no mostré ninguna emoción.

— Llegas tarde, Sebastián.

— Ni la muerte llega tarde, estoy solo retrasado.

Me hizo sonreír, quebró el hielo que había puesto en mi corazón. Lo hice pasar. Compartí el vino que había empezado. Me contó su recorrido, historias, habló de la novela que escribía; yo era la heroína, eso dijo. Me mostró también un poemario terminado, mira, no pensé, se llamará Colinas deshabitadas.  Tú me hiciste escribir versos de nuevo. Sabía que hablaba con la verdad, era algo inapreciable para mí, que la persona que esté a tu lado no te oculte nada, hable de lo que sienta sin calcular las consecuencias. Como lo hice yo esa tarde en Huancaya.

— ¿Por qué crees que te daría de nuevo un lugar?

— No, no creo que lo hagas porque solo estoy aquí; pero los días siempre son nuevos. Me ocurre ahora. Tenía recuerdos muy vivos, ahora ya no tanto. 

— Y ¿si viene y te lleva cualquier día?

— No vendrá, nunca vendrá, si ocurre la miraré desde la cima de Yauyos Viejo.  

— No puedes llegar a esas alturas, te encontrará.

— No podrá, estaré contigo.

— ¿Tan seguro estás?

— No es seguridad, es esperanza.

— Sebastián, ¿no te das cuenta que necesitas flechas envenenadas?, te alimentan, respiras.  

— Puede ser cierto, pero hay venenos distintos, a veces se acercan con un libro en la mano, en silencio, sin caretas, desnudas de cuerpo y alma, hablando en voz alta y sin esconder nada. Tú eres un veneno benigno, hogar, paz interior, la comprensión y la igualdad. Quiero eso para mí.   

Le dije que no estaba preparada para recibirlo; le expliqué todo, me escuchó. Trataremos, ¿te parece?, respondió, tendré paciencia. Iría a Lima por unos días, se estaba reconciliando con su familia, solo unos días, que le ayude a buscar un lugar, ojalá en alguna zona alta, para ver los ríos profundos. Toma tu tiempo, no te exijo nada. Se despidió después de terminar el vino. Lo vi alejarse, sentí que mis cielos se despejaban, que iniciaba un periodo importante, corto quizá, pero no importaba, sería brillante, y eso era suficiente para mí. 

Lima, julio de 2021

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