Taray

El sol aún permanecía bajo cuando volví a caminar los pasillos del aeropuerto cusqueño; enceguecía sin calentar, era el astro joven retomando su camino en el solsticio de junio. Mientras me calzaba la chaqueta pude observar al amigo que debía llevarme a Taray; levantaba mi nombre con ambas manos convencido de que su objetivo había sido descubierto. Amable y atento, además de rápido, tomó un atajo por calles que desconocía. Muy pronto estuvimos trepando la colina que nos pondría en la ruta hacia el Valle Sagrado y fui relajando las tensiones que me producía arribar a la ciudad que caminé de niño y adolescente. Las razones no eran comprensibles, quizá evitaba dedicarle tiempo a desentrañarla, pero estaba allí como una pesada mole de acero aplastando mi ánimo. Observé con cierto alivio los últimos techos de la ciudad y fue entonces que expliqué a Raúl los detalles de mi visita. ¡Ah!, usted es un experto en historia andina, entonces. No, le corregí, nada más que un descontento con las versiones que aprendemos en el colegio y la universidad. Vengo a hablar de eso, a conversar con el grupo y aprender. No resultó muy convencido de mi versión, pero dejó de preguntar el resto del viaje. Venía de una separación que me había obligado a aceptar un abandono que apareció en el libreto sin anuncio previo. Estaba terminando de procesar la sorpresa que sentí había sido preparada con detalle. Eran recuerdos que me asaltaban cada vez que tenía la mente desocupada.

Atravesamos Pisac y pronto la plaza principal de Taray. Se detuvo poco después para señalar el lugar del alojamiento. Tiene que caminar un poquito, indicó risueño. la caminata la hice sobre suelo pedregoso y polvoriento. Me dio tiempo para pensar en el evento que empezaría en unas horas y comprobar que conservaba los temores naturales de enfrentarme a una experiencia nueva. Nunca había estado ante una audiencia de comunidades indígenas y me asaltaban dudas y preguntas. Pasando un riachuelo me topé con la puerta del local que abrí sin oposición y vi que era espacioso, una gran área social con grama bien cuidada y con árboles antiguos confinando el rectángulo. En un lado se ubicaban las habitaciones. Pequeños grupos caminaban o formaban corrillos; algunos brazos levantados me dieron la bienvenida. Apareció un joven que me ubicó en una habitación del segundo nivel. Lo esperábamos hermano, me dijo.

El paisaje era imponente, elevados cerros como apus tutelares y regado por el río Vilcanota. Era un sitio acogedor que esperaba conservar en mis recuerdos sin asperezas. Era un encuentro que se realizaba una vez al año para festejar el arribo del solsticio de junio. Me sorprendió que me contactaran, pero era evidente que las cosas que publicaba habían interesado a una comunidad que restringía el acceso de manera muy selectiva. Los anfitriones aparecieron cuando promediaba la tarde; un grupo liderado por Renato con quien había conversado los detalles de mi arribo. Fue un encuentro cordial que preludiaba entendimiento fácil. Desempaqué libros que llevé para él y con ellos en sus manos recorrimos todos los ambientes. Los grupos habían crecido y conversaban mostrando seguridad y dominio de los espacios. Yo andaba todavía cauto, calculando, evaluando. Renato me relacionó con todos y luego decidí descansar hasta que llegará el primer coloquio que se iniciaba empezando la noche. Mi presentación sería al día siguiente, al mediodía.

En mi habitación repasé mis apuntes, verifiqué que el USB estuviera a salvo y, cruzando mis brazos por debajo de mi nuca, me dispuse a revisar mi presentación. Fue cuando tocaron la puerta. Un ruido discreto que esperé se repitiera para atenderlo. Era una mujer indígena con pollera negra y chaqueta roja que me hizo sentir iluminado por la luz que desprendía. Sonriente me alcanzó un mate de coca y preguntó si requería de alguna atención. Parecía estar en sus tardíos treinta, cabellera organizada en dos trenzas que se descolgaban por la espalda. Debo admitir que me perturbó su aparición, no esperaba que tuvieran consideraciones tan atentas, propia de un hotel para turistas. Me dicen Aymará, mencionó con una delicadeza que no estaba reñida con el aplomo y la seguridad. Cuando necesite algo mencione mi nombre, apareceré pronto.  Contesté en modo automático pensando en los tintes que usaban para llegar a un color tan intenso, en la brillantez de sus ojos. Cuando sentí el calor del mate en mis manos me di cuenta de que su presencia me había dejado una sensación de inquietud y  calidez.

El espacio de los diálogos y presentaciones era un recinto amplio de techo alto terminado en  un cono sostenido por largos bolillos de eucalipto amarrados en la cumbre. Austero, acogedor, con asistentes ubicados en el suelo, sin un orden preconcebido. Se respiraba un ambiente solidario y transparente, impregnado de una corriente de hermandad que se sentía con facilidad. El expositor, un miembro de la comunidad, habló de su experiencia como migrante en un país extranjero y las dificultades que tuvo para reintegrarse a su lugar después de una década. Emotiva explicación del desarraigo y la dificultad de sobrellevar una vida en el exilio. En el diálogo que suscitó, Renato se refirió a su experiencia europea como músico itinerante y contó el proceso que tuvo que sortear para volver a Taray e instalarse. Al terminar, preguntó si Aymará se animaba a contar su estadía en Europa, tienes mucho que contar, le dijo. Me sorprendió escuchar su nombre, pensé que no estaba en la reunión; su voz salió de la parte final del recinto. Cuando volví la mirada me sorprendió de nuevo, mostraba un atuendo que no se diferenciaba de vestimentas que se podían observar en cualquier ciudad del país. Era ella misma, pero también otra, la cabellera amarrada en la nuca tensaba su mirada y acentuaba el brillo de sus ojos. El inicio de su historia cortó mi afán de extender mis pensamientos. Su experiencia era francesa, en Lyon, a donde llegó acompañando a su pareja. Narró pasajes del tiempo que había estado en esa ciudad, su desadaptación y las penas culturales, dijo que era el mejor nombre para describir cómo se sentía. Contó que la separación la condujo de nuevo a Taray, donde había nacido. Refirió que esa experiencia le había servido para reconocer sus orígenes y aceptarse como quechua y volver a usar su lengua materna. Comparé mi proceso y vi que tenían similitudes con las historias que se compartieron aquella primera noche, hay exilios interiores, también, que nos conducen a resultados semejantes.

En el desayuno, que lo tomamos usando la zona común que tenía montículos y  bancas que ocupamos sin sentir incomodidad, la vi recorriendo con presteza un grupo y otro, preguntando si necesitaban algo. Cuando arribó al mío, pude observarla mejor. Tenía la piel aceitunada y ojos negros, negrísimos diría mejor, con un brillo juvenil que no era frecuente. Le pregunté si estaría en mi exposición. Respondió que sí estaría, Renato habla de sus escritos, dijo sonriente, además, añadió, he leído algunas cosas suyas y, sí, estaré atenta.

Luego de las diapositivas que mostré y algunas ideas hilvanadas, se desarrolló un diálogo que fue lo más rescatable de todo. Pude ver que se trataba de un público de orígenes muy variados. Estaban comunidades indígenas con atuendos que las diferenciaban, mujeres y hombres con sus familias, también indígenas de varios países y gente vinculada al trabajo comunal, peruanos, extranjeros. Las críticas y reflexiones fueron muy útiles para reenfocar algunos aspectos de mis papeles. Aymará dijo que mi testimonio, así lo llamó, tenía sabor andino y apariencia indígena. Pero, sin embargo, creía que la propuesta política debía ser tratada con menos optimismo, que las mentes no estaban tan avanzadas como mi exposición sugería. El grupo aquí reunido, dijo, no es toda la realidad, hay que trabajar bastante aún para ser más optimistas.

La busqué durante el refrigerio, habia elegido un lugar solitario frente al riachuelo. Acá se está bien, dijo, el lenguaje del agua es muy tierno. Llevaba una chaqueta distinta con una lliclla de color azul añil que adelgazaba su rostro. Le pedí que abundara en más detalles sobre algunas ideas esbozadas en su intervención. Lo que ocurre es que usted no es indígena, contestó, por eso idealiza la realidad, sea menos optimista, terminó diciendo. Me dejó con poco que decir, mirando su piel quemada por el sol y el frío y pidiéndole se animara a salir de Taray por la noche para llegar a Pisac y pasear sus calles. Me miró con cierta desconfianza, preguntó si sabía que se requería movilidad, no hay taxis, añadió, solo mototaxis y hasta una hora temprana. Sería algo rápido, respondí, quizá tomar un café, conocer el colegio que Renato dirige, y volver. Ah, respondió, enseño música en ese lugar, está bien, si el plan es ese, acepto.

El colegio estaba casi en la cumbre de una colina, con escaleras interminables para llegar a su puerta. Lo vimos por fuera, pero era fácil observar que conservaba un trabajo descomunal de nivelación de la accidentada pendiente para edificar las aulas y las zonas de recreación. Sí, me explicó, Renato ha dirigido y participado de un trabajo que tiene méritos enormes. Esto era como todos los cerros que ves cerca. Nos sentamos un momento para recuperar el aliento y observar el pueblo con sus luces extendiéndose como antorchas emergiendo de las entrañas de los cerros. ¿Tú crees en los Apus, preguntó, sí, creo, le respondí, ellos me han traído hasta aquí, sí existen. Bajando las interminables escalones se refirió al funcionamiento del centro, los métodos de enseñanza, las dificultades para conseguir financiamiento, también habló de los premios que habían recibido como gestores de una educación renovadora y multicultural. Enseñar aquí es un premio para mí, estoy verdaderamente contenta, conseguimos que todos los alumnos toquen algún instrumento y lean música.

El café que tomamos en La placita tuvo el amargo que provoca satisfacción mientras impregna de sabores el paladar, pero mejor resultó la conversación que mantuvimos. La escuché sobre su larga relación con el francés y lo penoso que fue reordenar su vida. Él pasó como turista por aquí y se quedó a vivir, así fue, después nos fuimos a Lyon. Era muy inmadura entonces, no sabía en verdad lo que quería, es lo que ocurre con todos, ¿no?, vas aprendiendo, ahora nada haría que me vaya a otro lugar, este es mi universo. Y tengo un hijo pequeño, contó, está con mi madre en estos días, es mi camino. También le hablé de mis cosas, lo difícil que había sido aceptar que las personas desaparezcan por razones que se desconocen, las dificultades que eso ocasiona y los sentimientos que deben enderezarse sin aceptación benévola. Después de las intimidades compartidas me hizo saber que necesitaban profesores que entendieran el proyecto. Tú puedes ser uno de ellos, dijo, sonriendo con cierto desafío. guardé silencio y recordé que había estado a punto de aceptar una plaza en una universidad del interior que no tomé por intuir que acabaría sin compañía y en lugar extraño. Veo que te está costando un poco salir de esa oscuridad, me dijo. No, le respondí, ya salí, pero siempre quedan cosas pendientes, ¿no?

Mientras regresábamos, contemplando las estrellas y observando su perfil y silencios, pensé si el encuentro con ella podía llamarse fortuito, esa manera ideal de tropezarse con personas que después resultaron importantes en mis días, como tatuajes que se inician con un pinchazo desprevenido. Lo sabría en algún momento.

Apareció la necesidad de tomarle una mano y decirle lo que surgiera en ese momento para decirle lo bien que me sentía a su lado. Me contuve, podía arruinarlo todo. La pista se abría con pereza empujada por la tenue luz del mototaxi mientras trataba de interpretar las señales que había ido recogiendo desde el saludo cordial que recibí en el aeropuerto. Sombras que, de pronto, empiezan a tomar formas y colores, sonidos, cabellera, vestidos.

La caminata final, observando constelaciones oscuras, señalando ella contornos que reconocía con facilidad, y la Cruz del Sur titilando sobre nosotros fue un espacio de tiempo que me hizo sentir que la vida me estaba otorgando una oportunidad nueva de aprendizaje, cerca de las cosas que había conocido desde niño. Mira, señaló, es la llama madre, ¿la reconoces?, soy yo y mi pequeño, Katari, juntos. Me emocionó escuchar su voz, tratando de expresar el cariño concentrado, brotando de la tierra misma.

Cuando cruzamos el puente, el temblor de los maderos nos hizo entrelazar las manos, ásperas por el trabajo diario, de una calidez notoria que contrastaba con los fríos de junio. Caminamos unos pasos sin soltarnos, hasta que el portón del local comunal apareció nítido. Mi mundo empezaba a ligarse al lugar, a sentirlo mío. Aymará, le dije, sabes, estoy pensando en el colegio, en tus alumnos, pensaré la idea, la pensaré. No te arrepentirás, respondió, tú pareces de estos lugares.

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