Historia de un Guayaquil ficticio.

Tenía diez años la primera vez que pisé suelo ecuatoriano. Extenso viaje antes de llegar a la calurosa Tumbes  para cruzar luego el río fronterizo y  arribar a Huaquillas, poblado de vivaz comercio. Mientras mis padres hacían tensos y desconfiados los trámites aduaneros, me entretuve mirando la enorme bandera amarilla azul y roja que flameaba del otro lado del rio y se extendía hasta crear una sombra ondulante en suelo peruano. La imagen de la tela integrando el espacio de dos países cercanos y distantes se asemejaba a las relaciones entre los dos pueblos: sinuosas luces y sombras, avances y retrocesos de una vida cruzada de imágenes, pocas veces de hechos ciertos.

La tensión se disipó cuando paseamos Huaquillas sin incidentes y comimos unas piñas frescas y diminutas que tenían la miel en sus jugos. Observé a gente amable, sonrientes cobrizos y sin ninguna diferencia con mis compatriotas. Hicimos compras y cruzamos de nuevo la frontera con ropa de buenos precios y la sensación  extraña de haber visitado territorio enemigo sin ser apresado ni molestado. Un artefacto eléctrico que la familia adquirió fue pasado por la frontera por una especie de coyote ecuatoriano que dejó la mercadería en la puerta de la casa convenida. Al responder al timbre, el pasador estaba allí, en el umbral de la puerta con la caja al lado de sus pies, como espía peligroso, delgado y distante, pero con una textura que lo hacía parecer un vecino cercano, parte de un mismo pueblo ocupando territorio distinto. Pensé en el modo en que las enemistades y los odios ficticios no impiden que el dinero y los hombres circulen en libertad por fronteras resguardadas con minas antitanques y cuarteles armados hasta los dientes. Era la conexión subterránea, centenaria, que los políticos cercenan para beneficio de nadie.

Regresando a la seguridad de nuestro lugar me imaginaba los caminos que iban a Guayaquil y Quito. ¿Iría alguna vez?, Si lo hacía, pensé, sería con equipo de combate y el ánimo de conquista. ¿Si no, para qué sirven los libros de historia?

La ropa ecuatoriana fue útil para despertar la curiosidad de los amigos y no duró hasta el tiempo en que volví a Tumbes por un encargo laboral que me dejó tiempo para recorrer Huaquillas con el interés de visitar recuerdos y observar los ánimos que se vivían en medio de renovadas tensiones fronterizas que parecían desbocarse e inaugurar una guerra que tenía cara de inminente. Con los amigos recalé en Puerto Bolívar, aguas tranquilas donde servían manjares preparados con peces y productos marítimos de sabor irremplazable. Luego de un par de copas cabernet de preciso maridaje, me animé a tomar fotografías del sol cayendo sobre la  belleza del mar Pacifico y los manglares que compartían las dos patrias.

¿Quién dio el aviso?, nunca lo supe, ¿quizá el dueño del establecimiento o algún patriota herido de ver sus muelles fotografiados por el enemigo? Lo cierto es que en minutos fui interceptado por ecuatorianos con uniforme de combate y conducido con cierta rudeza a la gendarmería de la zona. De nada valieron los reclamos de los amigos. Previa incautación de todas las fotografías que guardaba, fui sometido a un violento interrogatorio que apuntaba sin equívocos a declararme “infiltrado agente enemigo entrenado para preparar el desembarco de zodiacs peruanos en Puerto Bolívar”. Fueron horas interminables de verificaciones, preguntas repreguntas y de una llamada al Perú con voz de auxilio que terminaron a medianoche arrojado de un vehículo militar en la misma línea de frontera. El sello en el pasaporte decía: “sin permiso para ingresar a territorio ecuatoriano”.

¿Qué hacer cuando las fuerzas ciegas de la vida se cruzan con los deseos simples de gentes que solo anhelan recordar años juveniles en territorio hermano, extraño y vedado ahora para mí? Nada, absolutamente nada. Sólo dominar el deseo de congelar el atardecer de un puerto que sentí semejante a cualquier caleta de pescadores de mi patria. Me hice la promesa de no volver a cometer el mismo error, evitar quizá para siempre un espacio vecino que era la continuación de mis parajes, costumbres y olores. Quedé herido y con la certeza de que pasaría mucho tiempo antes de que los dos países tuvieran armonía y paz en sus fronteras. Más tarde, la guerra que se anunciaba  terminó estallando  y poniendo en vilo a las cancillerías regionales y haciendo frotar las manos a los traficantes de armas. Felizmente no duró mucho la contienda y la paz firmada luego parecía tener consistencia y continuidad. Crucé los dedos

Fue por esos meses posteriores a la firma del Acuerdo que un grupo numeroso de turistas ecuatorianos arribó al hotel que dirigía en Lima. Bulliciosos y optimistas, el grupo mixto tomó gran parte de las instalaciones e hizo suyos los ambientes, como se llega a casa amiga. Luego de intercambiar datos, recuerdos, información y alguna broma bélica que incluyó mi relato en Puerto Bolívar, me di cuenta que se abría una etapa distinta para los dos pueblos, de acercamiento franco y sincero. Era un ánimo que se hacía notorio en el rostro de una mujer del grupo que apenas acomodó su equipaje me pidió le indicara dónde podía reparar su máquina fotográfica. Aficionado a esos menesteres no demoré en darle solución al sencillo problema. Continuamos hablando después en varios y breves momentos, auxiliados por eso que los entendidos llaman química. Terminamos recorriendo Lima con parte del grupo  cuando volvieron del ineludible Macchu Picchu.

En medio de un café humeante, poco antes de partir a su patria, Jimena me contó que era madre de dos niños que quedaron con el esposo en Guayaquil. Mencionó que tenían un tiempo prolongado con problemas y sentía que el amor estaba acabado. Su viaje era una manera de disipar sus conflictos y desavenencias. Lo mío, dijo, fue un compromiso forzado por esos rezagos medioevales que obligan a las mujeres a casarse con el novio que las desvirga. Tradiciones absurdas que tuvo que honrar si quería ser aceptada en su exigente entorno familiar. Sentí que congeniaban nuestras historias. Salía de un desafortunado noviazgo que iba dejando atrás con dificultad y Jimena me escuchó con la atención de saberse tributaria de reinos similares.

¿Cómo se organiza la suerte, el destino?, ¿por qué ella y su grupo eligieron el hotel Runa sin señal previa que los conectara? ¿Y por qué la máquina fotográfica averiada me encontró disponible en las pocas horas que pasaba en el hotel? ¿Cómo se construye el futuro?, ¿qué conexión existe entre Huaquillas, Puerto Bolívar y una guerra inútil y un hotel prescindible perdido entre ocho millones de limeños? Las preguntas sin respuesta las usaba para tratar de ubicarme en medio del creciente interés por Jimena y sus apresurados días de viajera deseosa de ver y comprarlo todo. Camino al aeropuerto le dije que me esperara en Guayaquil. Sí, tienes que visitarme, haz ese viaje pronto, te recibiremos en paz, no más confiscación de fotografías, me contestó sonriente. Nos despedimos en medio de recuerdos intensos de una ciudad que me había parecido distinta recorriéndola juntos.

En las semanas siguientes continuamos comunicados en cortos momentos que ella hurtaba a la empresa de asesoría jurídica y financiera en la que trabajaba y yo distrayendo mis horas tranquilas de administrar el negocio y dictar un curso en la universidad.  Redondeamos las confidencias que nos hicimos estando cerca. Le amplié la historia de la mujer que me abandonó para casarse con mi mejor amigo y en plazos diminutos. Ella le añadió la historia de un argentino, Kike, que conoció en un viaje a Miami. Fue importante para mí, pero ya no es parte de mi vida, mencionó, lo fue un tiempo corto que me hizo pensar en la posibilidad de separarme. Acusé recibo de la información y pensé que era mejor saberlo por anticipado; la perfección es enemigo de lo bueno, pensé.  

Conversamos durante varias horas en aquellos días de distancia momentánea, avanzamos en planes que nos llevó a pensar en establecernos en Lima o en cualquiera de esas ciudades que imaginé conquistar en mi primer viaje a Huaquillas. Jimena oía con discreta emoción y dominando sus inquietudes.

Mientras esperaba mi turno en la aduana Guayaquileña, pensaba si mantendría la condición de indeseable que ya no lucía mi renovado pasaporte. El funcionario me miró con desconfianza antes de preguntar por el motivo de mi viaje. Contesté sonriente: “por amor”, fingió no escucharme y le puso el sello de ingreso, para después reaccionar diciendo a media voz:  “¡nos quitan tierras y encima se llevan a nuestras mujeres!, ¡que carajo!”  Sí, éramos iguales peruanos y ecuatorianos, pensé sonriente.

Jimena me esperaba detrás de las vallas de protección. Menuda, pelo lacio con cerquillo recortado con precisión matemática; con altivez inocultable y luciendo la elegancia que conocí en Lima y que  evadía el calor sofocante. Un abrazo discreto de viajero de negocios selló el encuentro que parecía el preludio de una historia singular. Con un tono de confesión me volvió a advertir: ya sabes, no besos en público ni te acerques demasiado, aquí tengo muchos conocidos, guárdate para Quito que lo conocerás mañana, tengo los pasajes en mi cartera, ¿contento? Y cómo no estarlo, si la travesía prometía conversación y compartir habitación por primera vez; además Quito, ciudad serrana como las de mi niñez, guardaba historias de Bolívar, Sucre y Manuelita Sáenz y una enorme recuperación urbana de la que había leído y escuchado.

Fue un vuelo cortó que terminó divisando el Pichincha y sus nieves altas. ¿Ves esa imagen en la cumbre, iremos al Panecillo más tarde. Nos fuimos quitando las prendas en el ascensor, nos amamos agotando todas las palabras de placer y cariño. Apenas cerramos la puerta nos juntamos como dos seres unidos por el destino en su lado más débil y en sus propósitos más inciertos. Cuando se retiró Jimena apurada por sus actividades y horarios, pensé que el amor me visitaba de nuevo con sensaciones inéditas que me hicieron sentir que ella podía ser la compañera que esperé por  tiempo. Pero no deseaba ilusionarme en exceso, sabía que esa actitud era como jugarse el sol antes de que amanezca. Habían planeado algo del  futuro, pero Jimena no había prometido separarse de Oscar. Lo suyo era una entrega sincera, sí, pero sin rótulos, sin definiciones claras. Había que esperar.

¿Te das cuenta de que somos el mejor ejemplo de la paz firmada?, me dijo  mientras el volcán Pichincha  con sus nieves apaciguando el fuego interior se recortaba en el horizonte. Y espero que no se repita la guerra, me advirtió Jimena con ternura, porque no estaré de tu lado en ese momento. La miré como prisionera en mi campo, a mi merced y decisión, impedida de alejarse. Pero no, con ella no había vallas ni subordinaciones posibles; confundía su voz delgada, el brillo de sus ojos podía atravesar fronteras minadas y regresar a su lugar con la sonrisa diminuta que nunca pudo ser carcajada.

Fría la mañana en Quito, tejas de arcilla roja, tensión de ciudad serrana, contrita, como frenada en sus sentimientos, distinta a la bulliciosa y abierta Guayaquil. Un general de la guerra gobernaba con éxito la ciudad; túneles y pasos a desnivel atravesaban los andes aligerando el tránsito otorgándole el perfil de gran capital. El taxista habló de la enemistad de la costa con la sierra con expresiones que no eran pasajeras ni livianas. Eran de la fiereza que habría usado para referirse a los peruanos. No lo atices más, me advirtió Jimena en voz baja, ya sabes cómo se quieren Guayaquil y Quito. Le hice caso y con buen ánimo nos refugiamos de nuevo en el Howard-Johnson, entre República y Alemania, cerca al parque La Carolina para salir luego en busca de la ciudad vieja, a caminar los desniveles, museos y alrededores del Palacio de Gobierno. La bandera flameaba enorme, orgullosa, como el día en Huaquillas, en qué me dibujé conquistador sin imaginar que años después ataría mis manos, vencido y cobijado bajo los amarillos, azules y rojos de la orgullosa tela.

Quito se extiende hundido entre valles y quebradas y se eleva hacia el cielo mientras el sol alumbra con tonalidades amarillentas y blanquecinas que hacen difícil saber la hora que se vive. Nos acercamos a la casona que ocupó Sucre con su amada quiteña, respiré su presencia en cada mueble o habitación, atisbamos también los vestigios de Manuelita Sáenz y Bolívar y en la iglesia de San Francisco, ante el altar mayor, dijimos aceptarnos como pareja para siempre. No faltó eso de “puede abrazar y besar a la novia”. Ya en el Tianguez, cafetín pegado a las paredes franciscanas, coincidimos en que había tres maneras de abrazar. Tu pareja te subordina y te abraza como si cobijara a un ser que conjetura requiere cariño y tutoría o se cobija bajo tus brazos, sometido, pidiendo protección. La otra forma es el abrazo de iguales que entrelaza dos almas, dos sentimientos, sin pedir nada a cambio de la renuncia, solo entretejerse para entregar la libertad. Deseábamos ocupar este último escalón.

Conversamos hasta el amanecer recordando la promesa del templo cristiano. Jimena habló de todo lo que quedaba en su memoria, sabiendo que quizá sería la única ocasión que pasaríamos juntos la noche entera. El amor fue el amor, con todos los detalles de rostro, miradas y cuerpo que el amor tiene cuando es amor. A medianoche telefoneó a su casa en Guayaquil. Habló con Oscar y sus hijos. Extraña experiencia, ubicado en la nada, apenas una presencia etérea, circunstancial que observa una conversación real, fáctica, de aquellas que existen y perduran para no morir jamás. Nos alcanzó el tiempo para comer un dulce de higos y queso en el último nivel de un edificio situado en una esquina de la plaza Santo Domingo. La explanada que se divisaba abajo parecía un milagro dominico, balanceándose en el desnivel de la pendiente, con la iglesia sostenida por el vacío con el celeste del cielo como fondo.

El corto tiempo en Guayaquil fue para recorrer la cuadricula fundadora del  barrio antiguo de Santa Ana y caminar las orillas del río Guayas sobre el remodelado malecón. ¿Sabes que los constructores de las obras fueron peruanos? ¿Y conoces que el arquitecto diseñador es también peruano?, le contesté. Sí, Zubiate, el bueno y loco de Manuel. El Perú y Ecuador hermanados en el río, alejados de la guerra, y de puertos bolívares que bloquean la hermandad, con las manos entrelazadas de amantes que veían bajar el agua lenta,  arrastrando limo fértil y flores enormes que parecían barcazas naturales.

No fueron frecuentes los viajes pero sí prolongadas las discusiones a la distancia. Pidiendo yo el final del hogar, Jimena aferrándose a los últimos vestigios de lo que parecían ser los días finales del  infeliz matrimonio. Separó su habitación del esposo y pareció iniciar la etapa final. La conservadora familia cercana participó del complicado proceso, se alarmó y colaboró para sostener lo que nadie parecía detener. Jimena pedía tiempo, comprensión: no puedo hacerlo en tus plazos, me decía, déjame hacerlo con mis tiempos, diseñar mis decisiones. Sí, de acuerdo, comprendo, pero no puedes postergar una decisión que la realidad ya hizo inevitable, nada más hazlo, hazlo y ya. Así nos invadió la tensión, la quietud, los silencios.

Y de pronto lo indescifrable, lo inesperado: Jimena un día cualquiera eligió su familia, su casa. Mi hogar es un páramo desierto, es agonía, tristezas diarias, un desastre, pero igual aquí me quedo, Álvaro, me dijo. Con mis hijos, con Oscar que me necesita, no quiero un padre distinto para ellos. Fue sorpresivo escucharla, ¿qué dices, no te vas, por qué? No puede ser, piénsalo…no, ya lo pensé, no daré otra versión, no insistas, he decidido, mi amor no tiene nada que se le parezca, te amo, te quiero, todo junto, pero no dejaré esto poco por ti, ni por nadie. Habló claro como el cielo azul quiteño, sencillo de entender como el marrón del río con sus barcazas de flores; el mensaje parecía definitivo. Jimena se quedaba con sus hijos y Oscar. Silencio, ira también, resignación, nada había que hacer ni añadir, sólo iniciar la retirada, como los soldados de la guerra que regresan de una invasión fallida después del armisticio, demacrados, con la vida en jirones expuesta sobre el uniforme y con el rostro marcado para siempre.

Se espaciaron las conversaciones, detener un corazón que se movía en la dirección norte, olvidarse de cavar en el mar, en las arenas de la Ruta del sol. Descuida, haré mi vida aquí sin causarte problemas, le dije; y hacerlo fue para perderme en noches malgastadas, amaneceres con la luz del sol apareciendo. Caminar sin las fronteras que instalé por ella en mis quehaceres diarios, perdiéndome en las brumas de una depresión que me atrapó porqué sabía dónde encontrarme. Jimena luego de algunas semanas de su declaración solemne, quizá con el afán de recuperar algo de la magia extraviada, me entregó una variable a su decisión: vivamos así como hasta ahora, vienes con frecuencia y buscamos una manera distinta de ser felices. Un no rotundo fue mi respuesta,  quiero hogar, familia y no esa torcida manera de sentir el dolor a cucharadas.

Y continué hallando consuelo falso, inútil en sonrisas vacías, en horas truncas, insustanciales. Lo comentaba con Jimena, detalle a detalle, como también le solté de improviso mi nueva alternativa: me instalo en Guayaquil, total lo que hago aquí lo puedo hacer igual en tu ciudad, cierro todo, organizo mis cosas y ya, me voy. No lo hagas así, me dijo ella, no me hallarás aquí para ti. Además, mira lo que haces en Lima, traicionas nuestra relación, la destruyes, me haces a un lado, como si yo estuviera ausente de tu amor y seguro que aquí harías lo mismo. Y algo importante, si vienes entérate que Kike está ahora en Guayaquil. ¿Quién dices? Si, él, del que sabes. No he hecho más que seguir tus normas y condiciones. Mientras te alejabas y organizabas tu recuperación nos contactamos de nuevo y ahora está aquí. El “está aquí” resonó en mi mente como si  el Pichincha explotara y su lava se vertiera en el centro mismo de la relación. No pude entender, nunca lo entendí pero igual hice el viaje que creí necesario. Jimena no quiso verme en un primer instante, luego, poco antes de mi retorno aceptó otorgarme unos minutos en el Mall del Sol, cerca del aeropuerto. Seria, distante, tenemos media hora, vendrá Oscar con los chicos. Nos sentamos sobre una banca de madera calada. No pregunté por  Kike, era inútil hacerlo, todo estaba en escombros, como las colinas del Cenépa. Presentía que no nos veríamos más. Se acabaron los minutos sin precisar nada, sólo frases entrecortadas que preludian un final inevitable, sin distensión ni fronteras delimitadas. Y Oscar apareció hacia el fondo de los pasillos. La dejé ir, siguiendo de cerca sus pasos, como se sigue a una sombra que se aleja dejando un campo minado, en escombros. Divisé al marido que le dejaba un beso en la mejilla, distendido, ignorante. Pasé por el costado de la familia, rozando los dedos de Jimena y mirando a los ojos del compañero, tratando de hallar allí alguna noche robada a mi amor. Se instalaron en un café mientras me marchaba. Los observé unos minutos por los ventanales, con descaro, con fijeza. Jimena nerviosa, arreglaba a sus hijos en los asientos.

Fue la última vez que la vi, no volvería a visitar Guayaquil por ella. De paso al terminal, frente al río, con las flores como dioneas tropicales deslizándose suaves, discretas, escribí una nota que arrojé a las aguas. Mezcla de protesta inútil contra Kike, las falsedades y desamores, los planes incumplidos, recordando los primeros días en Lima, las caminatas en Quito y su perfiles de ciudad aérea, escarbada en las colinas del continente. Al revés de aquellas ideas de conquista de mis años iniciales quedaba cautivo para siempre de una patria que aprendí a amar y que extendió la mía, la hizo más grande y andina. De lo demás nada iba quedando, siluetas de humo disipadas por la brisa porteña. Distante del Puerto Bolívar de los años felices, cerca de la bandera flameando sobre las aguas densas, saludando al viento, amarilla, azul, roja, inmune al cumplimiento del ciclo eterno de la redondez de los actos, el círculo del cielo y el infierno.

sb/2005

Crónica maya

Los pájaros trinan en el follaje alto roturando la inmovilidad de las hojas que se agitan como castañuelas vegetales, los monos se balancean en la espesura y chillan reclamando la ocupación de su territorio. Arrastro mis pies sobre el suelo húmedo claveteado por el sol que penetra como lanzas de luz. Me acerco a Tikal. La ansiedad me ayuda a rememorar fantasías de los años en que conocí lo maya acariciando brillantes fotografías que mostraban sus pirámides escondidas entre la bruma de la niebla baja. Recuerdo que sus escalones me parecieron mandiles drapeados puestos sobre laderas de colinas madres. Si el universo tiene caminos, pensé, las escalinatas debían ser sus gradas de ingreso. Establecí afinidad con aquellas imágenes, juzgué mía la piedra y mía la floresta;  pero, me faltó entonces la capacidad de otorgarle lugar y geografía a esas imágenes que gatillaban historias que inventaba. Me prometí subir algún día las escalinatas y comprobar si los peldaños de piedra conducían a un hogar eterno y averiguar si los quechuas y  mayas  éramos hijos de una sola leyenda.

Voy repitiendo el nombre mientras camino: Tikal, Tikal, resonancia guardada en campañillas de jade y oro, sonoridad pétrea y  vegetal que redime el alma cuando se aleja de los labios y se la recoge de nuevo en alas lepidópteras de suave ámbar martillado. Tikal, Tikal, letras que vuelan de  consonante a vocal y de vocal a consonante creando de nuevo la  musicalidad que los Mayas lograron para reconocerse atitlánes.

Salimos del bosque para atravesar un pasaje de piedra tallada que preludia algo importante y, de pronto, como si descubriéramos el Dorado, se abre a mis pies el lugar, la geografía, fronteras y floresta. Es un espacio liberado de selva, guarnecida por pirámides esbeltas que parecen multiplicarse como abalorios de piedra. Me detengo absorto, el sol matutino se estrella sobre las escalinatas de mis recuerdos y las deshace, rebota sobre la pirámide gemela y se deposita en el césped como lámpara incandescente. El escenario tiene un faro de luz natural que se recrea ante mis ojos que parpadean incrédulos. Más allá, una elevación intermedia guarda al dios de la lluvia. Hacia el este, aislando la plaza, una estilizada edificación horizontal rompe la verticalidad del conjunto y aquieta el ascenso de las pirámides.

Camino sobre las piedras megalíticas de mi patria antigua, distintas, ciclópeas, palpo la diorita aquella y la caliza delicada que toco ahora, es la sensualidad maya y el minimalismo inca, austeridad quechua, repujado maya. Me reencarno azteca, guaraní, chavín, huari y de nuevo Tikal. Recojo aliento, me pregunto dónde perdimos la guía que orientó el crecimiento de las calizas que se yerguen ahora en medio de la selva. La comunión de la  piedra y el bosque es absoluta, cada bloque le pertenece a un árbol, a sus raíces, a la savia que las riega, cada árbol es propiedad de la selva como cada piedra se mimetiza en la ciudad. La floresta cobija al conjunto y lo acomoda para su paseo por el universo.

Bajo a la explanada repleta de verde y luz, observo la piedra recortada sobre el cielo y me siento aprendiz impío, tallador imposible, desposeído de las habilidades que aquí reinaron por siglos. Trepo luego modernas escalinatas de madera para ver de nuevo las pirámides desde el aire, es la cita con los penachos de piedra coronando las cumbres. Siento cerca  a las Pléyades, a las constelaciones que mayas y quechuas consultaron para elaborar calendarios exactos mientras Europa se hundía en la barbarie. Descanso sobre piedra para mimetizarme en la armonía que se respira, compruebo que sí, que desde aquí se tocan las constelaciones.

Era una sola la nación maya, divididos ahora en varios países que fuerzas extrañas no permitieron que fuera uno. Habitaron al sur de la península de Yucatán, parte de Guatemala y Honduras entre los siglos III y XV. Declinaban cuando los Incas llegaban a su máximo esplendor, se retiraron entonces de Copán, Quirigua, Piedras Negras, Palenke, Tikal, Chichenitzá. No fue el suyo un estado absolutista y hegemónico, crearon ciudades estado con lenguas diversas y cultura diversificada. Teorías explican su decadencia: fenómenos naturales, escasez de agua, guerras internas o el sencillo ciclo que discurre entre la vida y la muerte. Cuando el tirano Pedro de Alvarado arribó a las tierras de Quauhtlemallan, territorios de “muchos árboles”, el período maya clásico había fenecido.

Desciendo de las alturas para ir a otros espacios más discretos, pirámides cubiertas por raíces adventicias y hierba. Túmulos y elevaciones se confunden con la floresta durmiendo el sueño de siglos. No hay presupuesto, explican, para ponerlas en valor; quizá enterradas se conserven mejor, pienso. Los Estados y gobernantes son ignaros y depredadores de lo mejor de nuestras culturas.

Me pregunto acerca del modo en que fue dominado el bosque, imagino sus ceremonias suntuosas, con el cacao humeante recorriendo dedos cortesanos, sofisticación, sensibilidad para construir edificios que definieron la belleza. Sociedad estratificada, de señores y vasallos, de castas y exclusiones. Más allá nos muestran la Ceiba, el árbol maya, áspero al tacto, grueso, de copa austera, serio, enraizado firme su tallo en suelo delgado. Mientras el guía explica la lluvia aparece con la fuerza de un vendaval, buscamos refugio y hago una breve oración al dios enclaustrado. No nos escucha, en minutos los caminos peatonales se convierten en vías de caudales impredecibles. En otras épocas se guardaban en reservorios para atender a la población.

El diluvio sanciona el fin de la visita, con las ropas húmedas  me veo sobre el asfalto que serpentea en medio de la selva. Atardece y en la espesura del follaje se queda Tikal, caliza y arenisca para la eternidad. Siento haber visitado la belleza permanente, el equilibrio, la sabiduría entramada entre los festones de piedra. Reconozco que las ilustraciones escolares fueron apenas un reflejo lejano del esplendor que va  quedando atrás. Los mandiles drapeados eran en verdad serpientes emplumadas trepando hasta el santuario que habita la Vía Láctea.

La cercana Isla de Flores nos acoge unas horas con su lago de aguas azules, la pequeña ciudad se apretuja en sus colinas trepando las pendientes y soportando el depredador efecto del progreso que derriba sencillas muestras de arquitectura colonial para reemplazarlas por el cemento y el vidrio polarizado. ¿Por qué será tan difícil reconocer que no hay turismo que prefiera lo que abunda en otras latitudes?  Se requiere  conservar, refaccionar, antes que derribar. Bebemos cervezas frías mirando el lago verde azulado moverse a ningún lado, engañando al viento. Sidi, la poeta a mi diestra, esboza unas letras sobre servilletas blancas. La miro delinear palabras con la facilidad cultivada por sus antepasados para dibujar sobre piedra. Observa el horizonte, riega su mirada entre las orillas y termina de escribir unas frases en la superficie rugosa; ordena las hojas y me las entrega. Guárdalas, me dice, léelo después. No obedezco su pedido, recorro los versos y los anoto aquí.

Dejé

He dejado en tu ventana
hoy un secreto…
escondido bajo el gris
que adorna el muro,
resguardado del sopor
que ahonda el beso.

He dejado tras tu puerta
letras nuevas,
aroma incienso de los montes
que te habitan,
contraste maya de tu sangre
de alma inca.

Y he dejado, sin que sepas,
un hechizo,
cantar desnudo de esta selva
en savia erguida,
murmullo verde que resbala
en las aristas.

He dejado para ti, hoy tantas cosas,
en la entrada de la piel que
alarga el cuerpo…
en este azul que trinan alto
los volcanes,
en la veleta tricolor del huipil
viejo…

Un corazón abierto
en dos pirámides opuestas,
un centro alto de calizas
callejuelas,
el lago eterno que alimenta
vientre y sierra.

Y he traído, así entre lluvias
un recuerdo
a tu pecho que es de barro
en lenguas santas…
la marca limpia de tus pies
en patria de árbol,
la huella exacta de tu mano
al maíz negro…
para que viertas desde el Sur
algún conjuro, que sane al soplo
los espacios ya vacíos
sobre esta tierra que hoy
añora al hijo nuevo.

Guardo pequeños recuerdos, hojas, poemas y nos disponemos a recorrer el Petén en la ruta de regreso a Ciudad de Guatemala. Extensos bosques hollados por la cinta negra del camino, ríos, puentes, bosques y más bosques me dan señales de la riqueza del país. También casuchas de madera pueblan la ruta. El pueblo maya, menudo, esbelto, con sus trajes coloridos, espera transporte a la vera del camino, conservan la altivez y distancia de sus ancestros. Tienen construido un mundo aparte, distinto, con veredas propias, espacios particulares sin vasos comunicantes con el país oficial, como hace siglos cuando Pedro de Alvarado los diezmó y trazó la línea divisoria entre lo blanco y  lo cobrizo. Occidente es dueño ahora de todo lo que alguna vez les perteneció, de sus voces, de sus deseos y de su destino.

Arribo a la capital para continuar de nuevo: Baja Verapaz nos espera. En los primeros años de la conquista la paz fue construida por dominicos pacificadores de la región. Es Santiago Cubulco, el lugar de destino, se le conocía como Nima’Cubul o Cubuleb’, es la tierra de los palos voladores: mayas devotos que cada julio se sujetan a troncos de árboles que se pierden en las nubes y giran y giran hasta que el dios de la lluvia escuche sus ruegos o la cuerda se rompa para volar por los aires como cuerpos celestes en busca de la vida que perdieron con la conquista.

Nombres mayas en el camino: Salama, Chol, Purulha,  Rabinal, Chicaj. Una tras otra las colinas verdes sin fisuras se despliegan como cúpulas enterradas en el follaje. Un quetzal de fantasía vuela de sur a norte ocultando las huellas de la violencia guerrillera de los años ochenta y noventa. Poco lograron aquellas fuerzas para erradicar la pobreza y las diferencias. Rostros sosegados, derrotados, de los mayas del  bus contemplan apacibles el camino, algunos ríen ignorando que son ajenos a su patria, ciudadanos expropiados de su suelo. Bartolomé de las Casas conocía bien éstos parajes, catequizó entre las etnias achí, pocomchí, quiché y cakchíquel. Entre ellas desplegó su doctrina liberadora. Por eso no es extraño que se conserve aquí la representación del etnodrama “Rabinal Achí”, que recuerda el reclamo que los rabinales del siglo XIII le hicieron a los gobernantes k’icheles por haber destruido sus pueblos. Narración oral que conserva las tradiciones culturales de un pueblo que se niega a morir y que también nos enseña que las injusticias no fueron solo patrimonio español.

No hay lugar exento de antigua cultura. Delgadas y altivas mujeres con vestimentas coloridas, silenciosas, discretas, nos llevan al pasado. Parecen custodias de la cultura ancestral, conservan sus vestidos tradicionales mientras los varones lucen jeans y zapatillas de dudosa originalidad. Saboreo fruta  verde sazonada con chile picante, nítido rezago de la antigua culinaria maya. Se oye en el mercado corridos mexicanos, muestra clara de antiguas relaciones con territorios del norte. Formidables todo terreno muestran el dinero de los migrantes. De ellos vienen los ingresos que se transforman en  cemento e inútil lujo estrafalario. La sutileza maya se sumerge en la modernidad vacía de tradiciones y referentes nacionales. Es el Occidente ramplón, a medio digerir, que se impone por escuelas, hogares y ciudades. Es cierto que el optimismo renace cuando se ve la perennidad de la tradiciones, creativas y renovadoras: son expendedoras de tortillas con sus vestidos multicolores; lucen fuertes, vigorosas soasando las deliciosas y delgadas láminas de maíz que vienen del pasado.

Cambiamos el rumbo hacia el lago Atitlán, visitamos de nuevo la Capital y seguimos la ruta de cien kilómetros hacia el oeste. Ascendemos  vegetación tupida hasta sentir el aire frío, la ruta serpentea sobre la geografía que se eleva, disminuye el calor y las colinas romas, semejantes a cúpulas cercenadas, se esparcen en el verde infinito. De pronto, retazos del lago se esconden y reaparecen entre el follaje que lo oculta, se intuye su acabado de postal fotográfica. En pocos minutos Panajachel, la ciudad puerto del lago nos recibe bulliciosa y cosmopolita, las aguas azules se muestran integras. Una calima ligera se levanta y, al fondo, el volcán que protege la orilla opuesta es una presencia que se extiende por toda la ribera. Es una pirámide maya natural, es el molde, la referencia que nos conduce a Tikal, Palenque, Cobán. Su esbeltez parece moldeada a mano y le confiere al lago su personalidad intransferible. La superficie de agua, la vegetación y la pirámide de lava dormida forman un conjunto que no tiene duplicado en el mundo. Belleza interminable, difícil de abarcar, de pensar, sólo es necesario mirarla, sentirla. Decido pensar que Atitlán es la fuente de agua más elevada del mundo, sus azules son el nivel máximo de la tierra y hace que no desvíe su eje de rotación, nivela las fuerzas de gravedad y se opone al sol y a los planetas exteriores en su gira por la Vía Láctea. ¿Por qué la capital maya no se construyó en la cima del volcán y sus pirámides en las orillas del lago?

Tomamos una lancha ligera que surca las aguas hasta San Pedro. Van turistas y mayas aculturados que negocian, compran, venden. Los poblados de las orillas llevan nombres cristianos, de santos exóticos. Me pregunto cuándo recuperaran sus nombres originales. Ese día el volcán dormido nos dará su señal de alegría. Llegamos a un muelle vistoso y colorido, los nativos y lugareños se mezclan curiosos observando el arribo frecuente de lanchas sucesivas. El poblado trepa hasta las cumbres regando callecitas empinadas y retorcidas llenas de comercio y baratijas. Me siento en altura conveniente a contemplar las aguas. Veo lejano todo, aquí se está a la orilla del mundo, pleno, retozando el alma, acunando la belleza. Escucho hablar el Tzutuhil Kachiquel y Quiche, que se confunden con el inglés, alemán, español. Debió ser así desde milenios atrás, pienso, cuando el mundo maya era potente y comerciaban con los mexicas y caribes y era propietaria de éstas aguas tranquilas que nos otorgan dimensión humana.

Sin lagos atitlanes nuestras vidas serían páramos olvidados, sequedad desértica. Por eso la necesidad de proteger sus orillas y sus aguas que ya comienzan a ser depredadas por nuevos y antiguos ricos que poco saben del respeto al santuario Atitlán. Casas ostentosas de cemento y vidrio, hoteles de quince o mas niveles afean las orillas y exigen que una autoridad autónoma organice lo que es aún depredación evitable.

Me retiro de sus aguas, de Panajachel y nos trasladamos en busca de Antigua, capital histórica de Guatemala. Se estableció en territorio de los cachiqueles en la zona del altiplano guatemalteco: Iximché. Luego tuvo otras locaciones hasta llegar a ocupar el sitio definitivo que ahora conozco. Ciudad museo, conserva edificaciones que mantienen intacto el aroma de antaño. En sus fachadas y calles adoquinadas se guardan los recuerdos de las crueldades de Pedro de Alvarado y de su viuda desconsolada que murió cubierta por el lodo del Volcán de Agua, trágico final para muchos invasores. Es también la casa de Luis Cardoza Y Aragón escritor, poeta y ensayista que es necesario leer para saber de Guatemala. Antigua se recorre con el tiempo detenido, sus calles rectilíneas conservan el espíritu de la época colonial. Restauraciones hechas con criterio y sapiencia le dan ahora  a la ciudad categoría de recinto urbano protegido y admirado. Se nota la intervención de una burguesía ilustrada que entendió que depredar lo antiguo es sólo cercenarnos de historia, depurarnos de pasado, aunque éste sea colonial. Antigua me detiene, me atrapa, sus antiguas casonas y conventos conservan los pasos de los conquistadores y nos muestran la maestría de los alarifes mayas. Allí esta la ciudad mestiza, que se sostiene construida con amorosas manos cachikeles.

Los campanarios aún  repican cuando es hora de partir, de dejar territorio maya. Las estampas de mi adolescencia me interpelaban sobre el origen de dos pueblos hermanos. Vine para saber si éramos hijos del mismo padre incubados en un sólo vientre. Descubrí que sí, que éramos desde siempre hermanos de sangre,  premiados por la suerte de ser etnias universales. Eso somos, fundadores, hechura de estrellas, de universos míticos jamás derrotados. Siento que nos une la historia y el futuro compartido. Dos naciones en busca de una identidad y de un destino común que jamás se podrá desligar de la suerte de nuestro pueblo continente. Nos une el maíz, la piedra y la obsidiana, los caiteles y las ojotas de caminantes hermanados por la tragedia y la victoria cercana.

Abajo se ve el aeropuerto La Aurora, esperando el retorno de sus hijos expatriados, de los amores idos, de las promesas incumplidas. Llevo libros, poemas y tierra maya. Recuerdo que llegué buscando escaleras drapeadas por donde transitar al cielo buscando mis orígenes. Sé ahora que los infortunios de mi patria son propiedad también de la Guatemala antigua que se pierde entre las nubes, allí abajo. Entendí que el Popol Vuh es mi biblia, el huipil mío y que la tierra de dioses olvidados será siempre un lugar para entenderme, un modo de ser andino y continental. Llegará el día, el siglo, en que vuelva Qutzalcoalt de nuevo a predicar entre los humildes, entre los que perdieron sus alas de serpiente emplumada. Seguro que así será, mientras, mi corazón se detiene y vuela hacia el volcán de los atitlánes para depositarse dormido.

2006.

Ariana

Ariana no necesitó alas para volar. Ocurrió de repente, como ocurren las certezas que están unidas a la ineludible rueda de la vida esperando la ocasión de expresarse. Desplegando sus manos de niña con naturalidad reunía en la yema de sus dedos toda la bondad y belleza del mundo. Algunos intuyeron siempre que Ariana algún día desplegaría sus alas sobre el cielo azul de Karhua.

Miradores altos rodeaban la comunidad, sus estribaciones podían ser vistas desde cualquier lugar de la planicie. Desde el pico más elevado, el Markasani, se observaban lejanas las aguas del Apurímac y se escuchaba el murmullo de su conversación. Ariana recorría sus cumbres con presteza persiguiendo libélulas y pequeños picaflores. Todos la observaban angustiados caminar por los bordes de los acantilados, veloz, pretendiendo detener el vuelo de un wayronko diminuto mientras agitaba al viento su báculo hecho con madera de chirimoyo. Le agradaba correr tras de seres elevándose hacia el cielo y que no superaran el tamaño de su mano. Su determinación era proverbial y no cejaba en el intento hasta tener en sus manos iridiscentes y vertiginosos aleteos que esparcieran polen dulce en sus manos. Retornaba entonces a casa liberando los animalillos y canturreando melodías  que le enseñaban las mujeres de la comunidad.  

En el camino mostraba las formas y colores extraños de estos diminutos invertebrados que, en sus manos crecían de repente hasta alcanzar el tamaño de los siwar. Los seres alados que lograba detener en sus dedos cambiaban su destino. Crecían frente a su vista antes de ser nuevamente libres. Los soltaba juntando sus dedos como en una oración y los acercaba al cielo dejándolos volar por el espacio azul con el tamaño transformado. Algunas veces las criaturas lograban escapar de sus manos. Giraban hacia el espacio infinito batiendo libres sus alas sobre los coloridos campos sembrados de quinuales bermellones, trigales de tonalidades azul grana, tunales que formaban color recién al abrirse. Junto a ellos, chirimoyos de luminosidades terracota, pacaes gigantescos, cañaverales que proveían de jugos de distintos sabores y colores a la enorme falca de dorados bronces que destilaba licores que se bebían en las fiestas del aire, la luz, del agua y de la Luna. El bronce de la falca descansaba en el corazón del Markasani. Allí, con iluminación permanente trabajaban sin descanso los pequeños especialistas venidos de la comunidad cercana de Cconoc. Los árboles, plantaciones, flores y frutales dibujaban en el campo cuadrículas multicolores que desde el aire se veían sólo de tonalidades verdes, repitiendo  un patrón desconocido para los humanos. Así evitaban la llegada de visitantes que pudieran verse atraídos desde el aire sólo por la variedad de los colores de Karhua.

Desde los farallones Ariana observaba la inmensidad de la planicie. Se detenía al borde de las alturas con sus pequeños zapatitos apenas visibles desde el suelo, logrando un equilibrio que todos hallaban imposible de alcanzar. Entonces sus castaños ojillos acuosos observaban sin poder evitarlo desaparecer en el infinito a esos seres que batían sus alas al compás de los números que Ariana descubría. Sí, conocía la cantidad de aleteos que poseía cada diminuto ser y los comparaba con un patrón de tiempo que ella había inventado. Su silueta recortada contra los riscos se hizo popular entre los hombres de la comunidad que coreaban admirados: ¡Jallallas, Jalallas¡, cada vez que observaban su diminuta figura desafiar a la vida descolgándose de cumbres y peñascos con la facilidad de una hormiga celeste. Las sonoras exclamaciones se deslizaban con suavidad por los llanos y escalaban el Markasani donde se guardaban para siempre.

Su madre había ya renunciado a controlarla por ser tarea imposible. Temía que sus osadas travesías sobre los riscos le significarían perder la protección de una figura invisible que la cuidaba y vigilaba. Todos los habitantes de la comunidad estaban seguros de la existencia de ese ser, pero nadie lograba verlo. Se comentaban historias en torno a su forma y procedencia. Unos decían que era una niña vestida de púrpura, de largos cabellos y mirada dulce que se cansaba de seguir a Ariana en sus diarias correrías. Otros aseguraban que se trataba de un niño vestido  a la usanza de la zona, pero distinto por los hilos de oro que refulgían de sus ropas. No había acuerdo en este detalle. Pero todos coincidían en pensar que ella tenía poderes para vencer la atracción de la tierra,  fuerza inevitable para todos los mortales. Afirmaban que esa virtud anidaba en su mirada, en un lunar transparente que podía ser percibido sólo con el sol ausente y  posando ella su mirada en la Luna llena. No era posible observarlo en otro momento y no todos podían verlo. Aquellos que lograban advertirlo tenían en su corazón la mirada y la sonrisa de niño y la capacidad de recorrer los riscos sin temor a perder la vida, pero sentían miedo y desconfianza de ejercer la libertad de volar. Tampoco podían ignorar la opinión de los espíritus de las montañas que siempre tenían miradas acusadoras para cualquier práctica que se saliera de las costumbres establecidas.

Un día logró atrapar una pequeña mariposa amarilla que tenía rota sus antenas. En sus manos se recompuso en instantes y creció como sucedía siempre. Liberó sus alas amarillas y remontó vuelo transformada en brillante luz que revoloteó alrededor de ella sin querer partir. La acompañó incansable durante 99 días y 99 noches, manteniéndose a su lado por todos los lugares que visitaba. La mariposa se hizo parte de las actividades diarias de la casa durante ese tiempo. Se suspendía sobre su cama alumbrando la habitación con gran luminosidad. Bajo esa luz hojeaba sus cuentos con detalle hasta que todos cayeran rendidos por el sueño. En ese instante del amanecer la mariposa descendía a la cabecera de la cama y dormía mirando el rostro de la niña. La acompañó en días de lluvia y sol sin cambiar de apariencia ni de tamaño. Posándose sobre su hombro inducía a Ariana a tranquilizarse y a dejarse caer sobre la hierba húmeda quedándose dormida. La luz entonces se alimentaba besando sus labios.  Regresaba a casa bien entrada la noche con la mariposa revoloteando a su alrededor. Contaba entonces las historias vividas ese día. Los comuneros de Karhua, sus hermanos y padres se sentaban alrededor para escuchar las leyendas acerca del sonido que produce el aleteo de cada animalito que ella capturaba, o el significado de sus variados  lenguajes. Aseguraba que carecían de vocales y era muy fácil de aprender si se escuchaban sus sonidos al revés. Era una rutina que se prolongó durante mucho tiempo hasta que ocurrieron los hechos que cambiaron las costumbres de la comunidad. Fue el tiempo en que la luz de la mariposa partió hacia las cordilleras. Fue la única vez que hubo luminosidad suficiente para observar los rostros adustos de los señores de las montañas ocultas entre las rugosidades de los acantilados.

Era un día en que se cosechaban los frutales. Las mujeres liberaban los tunales de sus espinas con mantas multicolores. Cantaban y bailaban siguiendo los sonidos que emanaban de la hendidura de un peñasco cercano. Se sabía que esa oquedad se iniciaba en las cercanías del puente Ccunyac donde podía verse la dorada puerta sagrada de ingreso a Karhua. El paso subterráneo recogía la música del Apurímac y la conducía por leguas transformando los sonidos del agua en melodías que eran usadas según la ocasión. Afirmaban que los acordes eran la respuesta de la tierra a la felicidad que le producía saber que Ariana corría feliz sobre sus venas. Esta vinculación debió ser cierta porque unos días el peñasco dejó de cantar y las cosechas se suspendieron. Fue cuando enfermó de una rara alegría que le producía sonrisas de colores que precipitaba una fina y colorida llovizna que descendía únicamente para ella, Ese día de luz brillante la recolección avanzaba con rapidez al ritmo de la música y los cantos. Mientras Ariana desde lo alto de un mirador escudriñaba el horizonte buscando un escarabajo volador perdido entre la ventisca. Nadie le dio importancia a un hecho tan común.

La atención cambió cuando fue vista remontando los aires persiguiendo al extraño animalillo. ¡Ariana extendía sus brazos sobre el espacio infinito! Su cabellera ondulaba sobre el espacio azul con su ropa flameando en el aire mientras atravesaba los vientos que venían del sur y se dirigía con los brazos extendidos sobre los cañaverales naranja. Los danzantes detuvieron su trabajo y miraron embelesados el paso del pequeño acorazado volador seguido muy cerca por Ariana que se había negado a que el escarabajo se liberara de su destino. Tomándolo entre sus manos descendió suavemente por la colina y terminó posando sus pies en medio de los pacaes gigantes.  El escarabajo entonces remonto vuelo transformado en calandria diminuta. Más tarde explicó que un escarabajo volador de gran tamaño hubiera asustado a los niños del campo. La fiesta continuó, el trabajo prosiguió después del momento mágico que no sorprendió mucho a los comuneros. Sabían que esto sucedería algún día. Varios de ellos vieron a la figura protectora extendiendo sus manos luminosas en torno a Ariana. De cabellos dorados y vestidos púrpura, explicaron emocionados.

Desde ese día su cabellera brillante era vista desplegada al viento por todos los confines de la comunidad. Un día aquí, otro mas cerca de las elevaciones; siempre acompañada de seres diminutos revoloteando a su alrededor, atendiendo a las personas que requerían ayuda y alivio de sus penas.

La última ocasión que quiso ver el mundo desde los aires fue durante la fiesta de las aguas. Ese día todos los líquidos y hielos de la comunidad eran conducidos hasta una pequeña laguna de color turquesa que servía de albergue a variedad de insectos, plantas y animales de la planicie. Allí se revitalizaba el color y consistencia del agua. Luego le añadían los sonidos del Apurímac que se guardaban también en el Markasani  y las  redistribuían por toda la comarca. Ese día Ariana quiso elevarse sobre la laguna protegida por la bellísima luminosidad de sus anteriores experiencias voladoras. Dudó un instante en impulsarse. Pensó que la luz acudiría con un sonido  breve que emitió su voz con rapidez. No obtuvo respuesta. Espero unos segundos y decidió emprender vuelo, segura que no sería descuidada por su niña protectora. Enorme fue su sorpresa al comprobar  que no podía  elevarse hacia los vientos a pesar del esfuerzo que puso su corazón. Se internó en las aguas, se tiñó de turquesa. Salió de la laguna ayudada por las comuneras que  siempre la rodeaban cuando ella estaba en la planicie.

La secaron con presteza sin percatarse que la niña luminosa le decía al oído: no debiste dudar, no debiste llamarme, se vuela sin pensar, solo deseándolo. Mientras esto ocurría, la  vieron crecer de repente dejando de ser la niña que tanto tiempo había recorrido las alturas, volando como las pequeñísimas aves y caminando por los arroyos naranja aliviando a los enfermos con su mirada. Entendió con rapidez que la razón que sostuvo su prolongada infancia fue la fe que perdió de pronto esa mañana frente al espejo de aguas turquesas que bañó su niñez y la transformó en pequeñísimos instantes en adulta en una ecuación de tiempo que se presenta cuando la fe se ausenta.  No se sintió triste,  porque entendió con transparencia que la niñez tiene un tiempo y un espacio, que los sueños se cumplen cuando se sueñan y que los años que podemos volar venciendo la fuerza de la realidad terrena debemos hacerlo. Fui feliz y contagié de felicidad a mucha gente, —dijo—. Lo llevaré en mis recuerdos y en mis días por venir. Aprendí que era necesario creer en lo que no veía ni oía, ni  tocaba mis sentidos,  en lo que estaba más cerca  de mi corazón. Dudé, y la indecisión me quitó la niña eterna que llevaba dentro. Pero los días de sol y lluvia continúan, —dijo finalmente.

Ariana ha salido para siempre de Karhua. Ha crecido y recorre el mundo en estos días. Ha estado en los lugares más altos del planeta sin precipitarse por sus cornisas, ha caminado por interminables elevaciones donde la nieve conversa con los astros. La conduce la nostalgia de los días que veía desde el cielo los campos multicolores cubiertos por distintas tonalidades de verde siguiendo un patrón negado para los comunes. En los últimos años ha descubierto el amor terrenal y también lo ha perdido. Ha aprendido que este sentimiento se renueva en cada minúsculo espacio de la vida; en el vuelo de un insecto multicolor que va creciendo ante nuestros ojos o en la espuma de las olas que bañan nuestros pies sin descalzar.  Ariana también puede ser vista en las grandes ciudades con la misma soltura que camina por los bosques  selvas y llanuras del continente.

En todo instante sabe, no olvida, que hay seres que cuidan su felicidad y su destino; que construyen esquinas amarillas, puntos de encuentro para humanos que recorren sus vértices con direcciones en la mano. Hoy navega en tierra, contra el viento de la desesperanza y la soledad, muy cerca de la felicidad. De su niñez conserva variedad de sonrisas que aprendió aquellos días de febril temperatura y que usa con frecuencia desprendiéndose de sus labios acompañadas de los colores de su infancia. Las usa siempre confundiendo los sonidos, mezclando sus intenciones.  En días de sol intenso algunos niños han podido observar una fina garúa que la acompaña y en su respiración perciben aún a la niña amiga vestida de púrpura que ha asegurado que un día volverá a mostrarse ante sus sentidos para conducirla de nuevo por los senderos bifurcados de su espiritu.  Se está preparando para ese momento. Escribe  con frecuencia  sobre sus sentimientos, detallando con severidad  en rugosos papeles amarillos los ajustes a sus debilidades. Algunos pueden observar las alas ocultas detrás de su corazón.

Ezequiel.

Nada hizo presagiar que Ezequiel moriría antes de encontrar a los toros. Fue el resultado final de un arreglo hecho por Leticia para trabajar al partir tres topos de terrenos con riego en las partes altas de La Rinconada. Los arrendires, cuatro indios broncos y ásperos de la comunidad de Q’eromarca,  nunca sintieron haber hecho un buen trato. Pugnaron por extender los terrenos por fuera de los límites acordados, sin conseguirlo. Leticia creía que el arreglo estaba bien, he seguido las costumbres y estoy en el justo medio, dijo contrariada, mientras se dirigía a vigilar la toma de agua para el riego nocturno.

Ezequiel, principal de la propiedad, sobrino de Galván, moruno, joven y enrasado, manejaba los reclamos. En alguna ocasión las desavenencias lo llevaron a intercambiar golpes e improperios y en otra oportunidad enfrentó una gresca que tuvo que ser detenida por los comuneros de La Rinconada. El litigio se convirtió para Ezequiel en un pleito personal atizado por antiguas rencillas, “esos son así desde siempre,  Q’eros tenían que ser”, decía, “mala sangre, desde sus abuelos”.

Cuando el contrato promediaba Leticia decidió adelantar su término. Ya estuvo bueno, exclamó una mañana que recibía las quejas,  terminemos de una vez con este lío, hay que arreglar lo desarreglado. Instruyó a Ezequiel para conversar con los arrendires y tratar las fechas y detalles de la recuperación de los terrenos. Tenemos ya bastante con tanto reclamo, mañana ocuparemos de nuevo esas alturas, sembraremos papa, es buena tierra para eso, dijo en voz alta, deseando que la escuchen en el caserío; sabía que la noticia caminaría pronto por ese conducto.

Fue esa noche que tres toros no regresaron al corral. Dionisia no supo explicar la desaparición, han estado conmigo todo el día, dijo, no sé en qué momento han desaparecido. Su hijo Saturnino, el opa, señalaba los cerros y dibujaba los rasgos de los responsables en su rostro. Con sonidos guturales y mímica habló de sogas y ponchos cubriendo cuerpos escapando en dirección al Aukisa. Leticia se imaginó a los Q’eros ejecutando el robo. Son ellos, sentenciaron, “¿quiénes más podrían ser?, dijo áspera.

Algunos vestigios de las huellas se perdían en el río que regaba el valle. Es mejor olvidarlo, no ganaremos nada escarbando en la arena e insistió con Ezequiel que terminara con el trato. ¡Hay que acabar con esto Ezequiel, de una vez! ¡seguro  que los venderán en la feria que empieza en estos días, ojalá recuperes los animales y arregla todo sin demora!, ya quiero ver esas papas creciendo, dijo, mientras caminaba hacia los maizales de la pampa, enfundada en su overol guinda y su sombrero de paja. Gabriel caminaba a su lado, mirando el nevado que recogía el sol de la tarde y lo devolvía con tonalidades ocres y amarillos. Sabía que los animales podían venderse en la feria de las faldas del apu Aukisa, espacio lejano, inaccesible, que siempre deseo conocer; frontera donde terminaba la tierra de los hombres y se iniciaba el territorio de los dioses. Pensó que era la oportunidad de pararse frente al macizo que parecía convivir con las nubes. Lo observaba algunas tardes sentado sobre los elevados tápiales de la huerta. Déjame ir Leticia, le dijo,  quiero ir con Ezequiel, conozco a los caballos, me cuidaré, insistió. Veremos, hablaré con tu padre, le contestó tomándole de sus cabellos crecidos en los meses de vacaciones.

Ezequiel  al día siguiente salió de madrugada a Q’eromarca para empezar los detalles del arreglo, iba con Florencio. Retornaron al anochecer, golpeados y ensangrentados. “Fueron los Q’eros”, explicaron, no tuvimos tiempo de hablarles de  razones, nos atacaron por la espalda, de sorpresa, cobardes son. Ya veremos patrona, primero están los toros después arreglaremos,  dijo Ezequiel, mostrando las huellas de los golpes en su rostro. Sin dar la espalda se retiraron hacia la cocina de Dionisia. Se tendieron sobre los cueros, juntando sus cuerpos, calentándose con el fogón que alumbraba rojizo desde un extremo de la habitación. Seguro encontraremos los mismos toros que se robaron, dijo,  mientras comía pedazos de oca sancochada. «¡El Aukisa no se queda nunca con toros ajenos!”, exclamó convencido. Señaló a Florencio y Eleuterio para acompañarlo. Asintieron con la cabeza, sometidos a su autoridad. No se quedará así pensó Florencio, agazapado, con los cuyes caminando sobre él con familiaridad.

El nevado era el dueño del valle, en el invierno la nieve ocultaba sus cumbres y el blanco descendía hasta sus faldas dejando tenues superficies oscuras entre densas capas de nieve. Esbelto desde su base, único, delgado, personal, cincelado por siglos de frío y viento. En sus cumbres pastaban los hatos de vicuñas y alpacas sagradas que alguna vez se sacrificaron en el templo al dios Wiracocha, que todavía se mantenía erguido en la meseta aluvial del valle.  Usando un visor para las distancias Gabriel distinguía las protuberancias que sobresalían del macizo como brazos y ojos de su naturaleza inaccesible.

Salieron temprano, con las primeras luces, les esperaba una larga jornada. Los caballos caracolearon sobre el patio, de sus herrajes y de las piedras redondas de río salían sonidos metálicos impregnados de la dureza de las dioritas. Gabriel no olvidaría esa melodía que se adhería a la casa ese amanecer. Montaba el alazán cedido por Ezequiel. Llevaba un chullu rojo con orejeras cubriéndole las cejas,  borlas amarillas caían hacia su nuca, poncho indio de fondo granate dibujado con figuras geométricas arregazado sobre su pecho. Se guapearon los jinetes, gritos en quechua que los caballos de pelaje brillante entendían: ¡Volvemos patrona! ¡Permiso!, gritaron atravesando el zaguán tomando luego el camino de C’uchuma. Leticia y Galván parados en el corredor de las habitaciones, manos en alto, rostros preocupados.  Los perros agitando si cesar sus colas erguidas seguían las huellas de los caballos, ladrando, jugando inquietos. Atravesaron los molinos de piedra, el agua cristalina descendía del Aukisa, espumando su recorrido; los maizales y los perros quedaron atrás. Gabriel volteó su rostro para mirar los arcos de piedra de la casa, profundos, oscuros como ojos de la misma cordillera. Hacia el mediodía se acercaron al K’insachata, volcán dormido por siglos. Aparecieron el ichu y los quinuales. Las chozas de pastores se recortaban contra el Aukisa. Se detuvieron para abrir la merienda, comieron de la unkuña extendida sobre el ichu maduro, maíz, habas, pedazos de cordero asado. Gabriel se ocupó de atizar un pequeño fogón dejado por viajeros anteriores. Ezequiel se acercó para tomarlo de una esquina  de su espalda y apretar los dedos sobre su piel, le devolvió el gesto con una sonrisa y sujetando su mano.

Reiniciaron el camino, el paisaje se despojó de árboles, se hizo árido, avistaron el desfiladero que señalaba el inicio del frío. Gabriel, le dijo Ezequiel, no dejes que note tus nervios, no aflojes las riendas, camina al medio,  asintió con la cabeza, tenso. Los caballos ingresaron al estrecho paso con el precipicio a la derecha. De pronto un sonido armónico, constante, pequeñas piedras se  deslizaban desde las alturas llevando arenilla, como si el cerro hirviera. Los caballos se encabritaron y arrojaron a Florencio al suelo. Ezequiel gritó ¡cuidado! al tiempo que una galga oscura, filosa, le golpeaba la cabeza arrojándolo al suelo regando con sangre su poncho y el lomo del caballo. Gabriel se apeo cuando pudo tranquilizar al alazán, observó la cabeza dislocada de su posición habitual, abierta, con la mirada extraviada. Elevó su vista hacia los cerros, cabezas de indios huían hacia las alturas. Florencio atravesó el caballo en el camino deteniendo su propósito de seguirlos, no Gabriel,  no, te matarán, son muchos…ya habrá tiempo. Lo dijo sosteniendo las bridas,  mirando el cadáver de Ezequiel.

sb/2004

La casa Mariátegui

Emociones diversas sentí al dar mis primeros pasos en la casa que habitó Mariátegui desde junio  de 1925 hasta su muerte, en  abril de 1930. Variadas circunstancias frustraron el propósito de conocerla con anterioridad. Ocurrió en su momento, en medio de la podredumbre moral y ética de este período de nuestra historia y del contraste que genera la praxis del pensador nacional.  

Las impresiones se impregnan de esta tradición andina que porto y que asocia siempre lo material a la respiración y a la vida. Muros y objetos, fotografías y murales, transmitiendo lo que José Carlos Mariátegui edificó en su vida y obra: limpieza en sus actos y transparencia en sus acciones. Ser benévolos con la capacidad intelectual nos hace exigir honradez, solvencia moral en el manejo de los bienes públicos; sin embargo, desde hace tiempo, muchísimo tiempo, vemos danzar ante nuestra mirada, que no agota su sorpresa, estulticia y degradación intelectual unida a la oscuridad de espíritu, a mujeres y hombres que nos insultan con su pequeña y deformada capacidad humana organizada en tropel para dañar los pocos espacios de convivencia humana y comunitaria que conservamos con dificultad. Es tierra yerma la que queda después del paso de estas hordas ignaras y violentas. Se interrumpe el lodazal con cubículos malolientes donde recuentan el botín obtenido, la ganancia infame.  

El Rincón rojo.

Detenerme frente al Rincón rojo, observar el entramado que recubre esa porción de la habitación, observar la imagen que actualiza aquellos años, con jóvenes idealistas discutiendo el país, preocupados por el rumbo que seguía Leguía y sus aduladores, no difiere de los sucesos de ahora. El Rincón aquel ha trocado en el escondrijo donde los mercenarios de la política discuten  como evadir la justicia y la manera más eficaz de asaltar el erario público y fabricar leyes que los beneficien.

El Rincón rojo.

Es prematuro aún elaborar un juicio acerca de Mariátegui que congregue a las mayorías pensantes del país. Hay divergencias y desencuentros. He elaborado un texto critico de su pensamiento y evaluación de la influencia que tuvo, y tiene, en la edificación de este cuerpo social que no termina de formar aún su estructura básica, humana. Ninguna opinión divergente puede, no obstante, desconocer sus capacidades humanas e intelectuales. Elevarse de inhabilitantes problemas de salud, una educación básica incompleta y de una economía familiar precaria, a la tribuna política y escalar varios peldaños más hacia la cima de la ideología y de la elaboración de modelos sociales es un proceso de extraordinarias coincidencias solo posible en un ser que congregue la fuerza de voluntad y la determinación de José Carlos Mariátegui. Son características que debemos enaltecer y no porque confirme lo que el capitalismo nos dice: que todo radica en la voluntad, sino porque ratifica lo contrario, que la lucha personal tiene que hacerse contra las ciénagas y bosques incendiados de un sistema que ha creado la ilusión vana y ficticia de ofrecer accesos al bienestar y al progreso ocultando que es precisamente la herramienta falsa y  más poderosa del sistema para capturar las mentes y alienarlas, separarlas de cualquier intento de liberación.

Con Waldo Frank.

No fue José Carlos Mariátegui un ser inmaculado y desligado de sencilla humanidad. Tuvo su Edad de piedra, bohemia, gustó de los placeres que la burguesía se prodigaba, tuvo un amor con quien procreó una hija que nació mientras visitaba Europa como resultado de una “negociación” con el gobierno para “exiliarse” y dejar pendiente su labor de oposición al régimen de Leguía. Pero, y aquí se instala un pero de singular dimensión, remontó todas sus pequeñeces, las que terminan por domeñarnos, para trascender su inicial biografía y menores confines y encaramarse al mirador más alto del pensamiento de entonces y desde allí observar un horizonte de mejor vida para nuestra patria. No lo ha conseguido, es evidente, pero su influencia nos ha hecho caminar por rutas menos deshumanizadas sin perder su vigencia y modelando esperanzas. Pero no son estas ideas las que desea esta breve crónica desarrollar.

En Vitarte.

Observo imágenes, cuadros, recreo a la familia Mariátegui-Chiappe, con la madre  del pensador, cuatro hijos varones y la hija mencionada, que también participó de la vida familiar mientras él se mantuvo con vida, retozar y confraternizar en el patio de losetas y techo de vidrio. Eran momentos que agendaba con precisión. Sus horarios de trabajo eran innegociables. Recuerdo una anécdota que cuenta el joven Jorge del Prado, después dirigente máximo del PCP, quien un día decide visitarlo intempestivamente en Washington izquierda 954. Lo atienden para decirle que el pensador no puede recibirlo, está trabajando, que regrese en otro momento. Debió ser impactante para el discípulo tropezarse con la disciplina y la determinación en medio del desorden y la ausencia de objetivos que han primado en nuestra sociedad.

Anna Chiappe. «Te elegí en­tre todas, porque te sentí la más diversa y la más distante«.

Me sitúo en medio de los salones, de dimensiones variadas, ninguno con metraje desmedido, percibiendo señales del pasado, el suave crujir de las ruedas de su silla rodante dirigiéndose a su máquina de escribir, las risas de los niños, la apacible humanidad de Anna  Chiappe, las opiniones de la madre seguramente diferenciadas de los pareceres de su nuera; las interminables visitas de personalidades del medio y extranjeras, Waldo Frank, Luis Alberto Sánchez, Gamaliel Churata, Ezequiel Urviola, Carlos Condorena, José María Eguren y la nerviosa presencia de Eudocio Ravines y la mesurada de Luis E. Valcárcel;  el periódico arribo de cartas de personalidades de talla mundial: Henri Barbusse, Miguel de Unamuno, César Vallejo, Juan Marinello, Augusto César Sandino, Luis Cardoza y Aragón, y otros. Los planes para poner en funcionamiento la Editorial Minerva, también los ajetreos de la detención domiciliaria de 1927 y el tumulto de los esbirros de Leguía que, en 1929 asaltan la casa secuestrando libros y documentos, su salida hacia la Clínica Italiana donde le amputan una pierna; sus últimos días.

Me detengo en el patio solariego. Juegan los hijos, Anna pide moderación porque el padre trabaja, la madre ocupando su lugar predilecto para relacionarse con los nietos, en algún momento José Carlos aparece y deja una señal de cariño para retornar a su lugar, a su máquina de escribir.

Victoria Ferrer Gonzáles. Madre de la hija de JCM.

Pocas vidas tan productivas, pocas obras de tamaña magnitud. Corta biografía, enorme legado; desde fuera de claustros académicos, como ha ocurrido con frecuencia en nuestro país; la universidad ausente de las ideas globales, enclaustrada más bien en el análisis puntual, segmentado, de evaluación estática. Pienso en Haya de la Torre, Francisco García Calderón, Riva Agüero, Vargas Llosa, Hernando de Soto.  Algún deformador extremo y violento del pensamiento mariateguista sí realizó tarea académica, su prédica y acción es otra manera de verificar el escaso o nulo papel de la universidad en el pensamiento global de nuestro país. Mariátegui es el epitome de esta realidad.

Gloria María Mariátegui Ferrer, hija de JCM.

El presente extenso, el tiempo primordial andino, me ayuda a fijar la luminosidad sentida al caminar sobre los pasos del pensador, saber que vivimos aún el tiempo de lucha y resistencia inaugurado hace siglos, de los que Mariátegui forma  parte como capitán de una corriente de pensamiento que tiene la tarea de revisar, reevaluar sus postulados y renovar su legitimidad como instrumento de análisis y de acción social.

Afuera, la neblina y la humedad, el hollín, el desorden me hace saber que he dejado un remanso de acción ordenada y perenne.

Obra de Diana Mendoza Leiva, 2016.

Georgina

Acurrucada en un extremo de la habitación Georgina parecía una mancha de color estrellada sobre el piso. Polleras encendidas se extendían por el suelo dejando visibles sus pies maltratados que parecían brotar de sus ojotas. Gabriel, apoyado en el marco de la puerta  la observaba llegada esa mañana de La Rinconada. Su mirada oculta evitaba el rostro jóven asomándose por el vano, firme y burlón. De pronto, manos decididas lo apartaron de su ubicación. Leticia retornaba con Diana llevando ropa en sus manos.

—Lo siento jovenzuelo, dijo, tendrás que irte  a divertir a otro lugar.

Diana cerró la puerta con lentitud, sonriendo sardónica al tiempo que empujaba con dificultad el zapato de Gabriel puesto como cuña al pie del marco. Se alejó de la puerta y subió veloz a la terraza para ubicar a Rubén que apareció muy pronto luego del primer silbido apuntando con la carabina que siempre mantenía oculta detrás del alféizar. Gabriel se arrodilló detrás del muro y de los geranios.

— Oye no seas imbécil, baja eso. Tengo un notición.

—¿Qué hay? contestó, fanfarrón.

—Alguien ha llegado a mi casa, quiero que la conozcas; deja ese fierro y ven.

Rubén sorteó los techos de tejas humedecidas por las lluvias del verano caminando sobre las cumbreras con la carabina como balancín. Superó de un salto felino la división de las propiedades y, en segundos, estuvo junto a Gabriel. Le hizo la señal de silencio y se descolgaron por el garaje hasta una ventana de cortinas floreadas. La tela dejaba una línea vertical para observar. Georgina se desvestía mientras Leticia y Diana organizaban las prendas. Cuerpo moruno, con protuberancias en su tamaño definitivo. El vello espeso y arisco.

—Pero no tiene nada de culo, le dijo Rubén, que tenía ya el pantalón abultado.

—Idiota, ¿no sabes que así es mejor?, además no la estás viendo bien.

En seguida Gabriel se tomó los testículos y los removió desafiante,  Rubén de inmediato le apuntó con la carabina recibiendo un puntapié en la boca del arma. El   conato de gresca los delató. Se removió la cortina y Leticia asomó su cabeza cuando ellos ya se perdían en el portón de hierro que colindaba con la calle.

Los titubeantes primeros pasos de Georgina por la casa pronto se transformaron en confiadas exploraciones de sus espacios privados. Engrosó su cuerpo y su andar se irguió hasta descubrir la armonía de sus formas. Empezó a ocuparse de la limpieza, alimentar a las gallinas patos y cuyes del patio posterior y a hacer las compras menudas del día. La sonrisa delataba la felicidad de Juana; estaba menos atareada y decía que veía a Georgina interesada por aprender los detalles de la cocina. Pronto se comunicó en castellano y muy rápido también abandonó las ropas donadas para usar prendas de estreno que lucía con soltura y propiedad.

Gabriel la miraba con curiosidad transformada luego en emociones que el mismo no sabía traducir. Observaba con interés el acercamiento de Diana a Georgina, relación que surgió natural y sencilla en medio de las tareas cotidianas  en las que a veces coincidían. Llegó un momento en que las veía salir de compras como dos antiguas compañeras. Una tarde fue tras ellas, sigiloso, las vio recorrer el centro. Comieron una empanada al pie de un  mostrador de Mesón de la Estrella y se detuvieron frente a cada vitrina iluminada, sonriendo y cuchicheando los detalles. Cuando el sol se ocultaba terminaron dejando un rezo y cirios encendidos en la iglesia de la Merced.

En las reuniones que Diana organizaba con frecuencia, Georgina empezó a desplazarse con soltura  atendiendo a los invitados y llevando las fuentes de bocaditos y licor. Coqueta y decidida, los varones la miraban con ojos codiciosos y las mujeres comentaban viéndola pasar: ¡oye, Diana, qué guapa está  Georgina! ¡Tienes que cuidar a esta chica! Y Diana respondía con frases ingeniosas  que Gabriel escuchaba con atención.

Y Georgina siguió transformando su belleza originaria sin necesidad de maquillajes pasajeros, solo adquiriendo seguridad y  confianza, bajo la atenta mirada de Gabriel y las preguntas lujuriosas de Rubén que ella ignoraba con una respuesta sencilla: “no moleste joven, vaya a hacer algo”. Las huellas de los amigos se reconocían claras, adheridas a las paredes que conducían hasta la  ventana en el garaje. Observaban los secretos espacios de Georgina que había aprendido a tratar con las cremas de Diana. Una noche en que la luna alumbraba nítida y redonda, Rubén provocó un disparo que, intempestivo, salió de su carabina mientras ejecutaba sus lascivos movimientos. Georgina volteó su mirada por un instante y continúo caminando su habitación, tranquila, impasible.

Al día siguiente, temprano por la mañana, mientras la casa dormía y ella salía a comprar el pan, le dijo:

—Así es que te gusta mirar ¿no niño?: Le avisaré a tu mamá, no, mejor a tu papá. Sí,   mejor avisarle a tu papá y que se entere que tiene un hijo mañoso, y encima con ese loco del Rubén.

Gabriel no atinó a contestar, forzó una carcajada que pareció más una mueca de temor. Se quedó sentado frente al tazón de leche aguardando su regreso y pensando si la amenaza se haría realidad. Mientras acomodaba la panera y, cuidando que Juana no escuchara, la amenazó:

—Oye… si abres la bocota haré que te acusen de algo y ahí sí que saldrás volando, ¿me entiendes?; no te juegues Georgina.

Pensando haber hecho una defensa exacta de su hombría y prestigio, Gabriel se engulló el tazón con leche y cuatro panes, y caminó al colegio cercano. Antes de atravesar Cruz Verde, volteó para observar a Georgina limpiando la entrada. Le envió una señal con la mano que ella respondió desde lejos. Soy una bestia, dijo, ¿cómo pude hablarle así?, eres un imbécil Gabriel, eso, un imbécil.

Gabriel no pudo entender una línea de las explicaciones de los profesores esa mañana. Al mediodía, dejó que Rubén hiciera sólo la caminata por Marqués y la avenida El Sol y retornó presuroso a su casa. Encontró a Georgina limpiando el gallinero, de cuclillas, acomodaba los últimos restos de basura. Su pelo largo sin recoger le caía sobre el rostro.  Le quitó el trapo rojo que descansaba en su hombro y se trepó a uno de los nichos donde incubaban las gallinas  ponedoras.

—No juegues Gabriel, no tengo tiempo. Estoy atrasada, dame ese trapo.

—Te lo devuelvo si me dejas tocarte.

—¿Qué dices?, ¿qué?, qué me crees oye, ¿ah? Tú estás loco…putuchu  tenías que ser.

—¿Putucho, qué es eso?… bien que quieres y te haces la tonta, le dijo Gabriel subiendo más alto.

Georgina no aguardó la devolución pacífica de la felpa roja. Acudió a su rescate colocando la escoba por delante. Gabriel trepó despavorido hacia los tejados  dejando la tela volando por los aires.

Esa noche esperó que todos se durmieran para llamar a Rubén que se asomó con desgano para decir que no podía ir. Tengo tareas, no acabo aún, le dijo. Desanimado, poniéndose el pijama, decidió descolgarse solo. La luna brillaba en lo alto del cielo y una luz tenue se filtraba desde el suelo y trepaba las cortinas. Tocó los vidrios con el nudillo de sus dedos. La habitación se iluminó por entero.

—Apágala, apágala, susurró Gabriel con temor.

Desaparecida la luz intensa Georgina se asomó con su camisón de dormir y el rostro somnoliento.

—¿Qué pasa, qué haces aquí, otra vez con lo mismo?

— Déjame entrar, le dijo Gabriel imperativo

—Y ¿por qué?, estás loco ¿no?, ¿por qué tienes que entrar?

— Porque te quiero tocar los senos, ya te dije, no te acuerdas acaso?

Georgina no respondió de inmediato. Su perfil se dibujaba contra la luz del velador. Gabriel, nervioso miraba hacia las alturas, de allí venía el peligro. Georgina parecía haberse esfumado.

—Oye ¿estás ahí?, preguntó Gabriel.

Descorrió la cortina y con una media sonrisa, le contestó:

—No necesitas entrar para eso.

— Entonces…no entiendo…

— ¿Qué no entiendes?,… dame tu mano, dijo, suave, persuasiva.

Gabriel se quedó petrificado pegando su espalda contra la ventana, sin atinar a responder.

—Ya te dije… putuchu, dame tu mano.

Gabriel quiso trepar las paredes despavorido. Se contuvo. No podía huir, no podía si pretendía seguir paseando su virilidad por la casa. Desprendió su mano y la entregó al vacío, sin destino. Georgina la tomó con delicadeza, contó los dedos y luego los condujo por las paredes de su cuerpo. Acarició su rostro, cuello, descendió hasta los senos turgentes; se detuvo en ese espacio que Gabriel sintió semejantes al Aukisa, que se elevaba gris  y blanco custodiando La Rinconada. Llegó hasta los límites del pubis, Georgina aceleraba su respiración en silencio, tensa. Gabriel sentía sus dedos ausentes navegando por el Vilcanota hasta los orígenes del sol.  Su miembro turgente se alejaba del cuerpo y lo conducía contra la corriente entre las montañas y verdes profundos hasta el hogar de Georgina. Volvió sobre sus pasos cuando sintió su brazo alargarse hasta distancias imposibles. El grueso alféizar de adobe se erigió en barrera infranqueable para seguir los dedos de Georgina que le ofrecía su cuerpo virgen, intocado. Minutos eternos, sin verse, comunicados por el ritual oculto de iniciación. La recorre distinta en el retorno, floreciendo las yemas de sus dedos, marchitándose sus días del pasado; Georgina alisó su corazón y con una señal de sus labios devolvió la mano perfumada con sus secretos.

—No habías sido tan putuchu, dijo.

Con la respiración entrecortada Gabriel la miró sin palabras. Alargo la mano hasta su cabellera azabache mientras la tela se cerraba. Introdujo sus pies en los resquicios de la pared y subió hacia el cielo que la luna alumbraba.

Acariciar a Georgina de nuevo fue para Gabriel el deseo que movió su existencia en las semanas siguientes. Ella parecía haber hecho del rito iniciático ceremonia final; cancelación y olvido de la mano que recorrió su piel desnuda. Cerrada la ventana cómplice Gabriel dejó de existir para ella; como si nunca hubiera ocurrido la unión de sus dedos sobre una cara de su cuerpo. Le miraba sin verle, le hablaba sin mirarle. Se tornó invisible a pesar de sus esfuerzos por imponer su presencia en cada espacio que visitaba, en cada situación que la involucraba. En medio de la muerte oficial decretada por Georgina aprendió que la vida no es la misma después de recorrer un cuerpo desnudo; que se requiere iniciar destrezas y códigos distintos para no delatarse pecador. Entendió que los sentimientos señalan fronteras inaccesibles, inalcanzables para quien se atreve a escalar el cuerpo de una mujer; que la mirada se aleja de la niñez y los objetos reflejan sólo una parte de la luz.

Gabriel no volvió a descolgarse por la terraza hacia la ventana de Georgina por el temor de deshacer la realidad de minutos inolvidables; lo intentó varias veces pero se detuvo al inicio de la travesía. Una noche decidió ir tras sus pasos, camino al colegio nocturno. Superada la esquina, la sorprendió hablándole a unos metros de distancia.

— Georgina, ¿por qué no me hablas, por qué no me miras siquiera?

—¿Por qué me sigues?…¿no era lo que querías?; además, no está bien lo que hemos hecho, no está bien, niño.

—No me digas niño…

—Gabriel, no está bien, Dios nos ve, ya hice lo que querías. Ya no sigas.

¿Dios? se preguntó, detenido en la puerta del colegio observando cómo se perdía Georgina por el portón de madera. Era lo que había aprendido a hacer, seguirla durante el corto trecho que la llevaba a sus estudios nocturnos. En el camino se sentía abandonado de todo raciocinio, tratando de entender las sensaciones de tenerla siempre cerca, de sentirse acompañado cada vez que sus miradas se cruzaban.  ¿Tendrá tiempo Dios para condenar los caminos que recorrió mi mano, sin dañar, sin nada más que producir sensaciones inexplicables?, ¿Tendrá lugar en su mente para impedir  mis deseos sencillos, podrá ver mal que mire a una mujer con ojos distintos? Retornó a su casa antes que repararan en su ausencia. Vio que Diana conversaba por teléfono, sus padres veían televisión. Ocupó su habitación sin encender la luz, observando las sombras de su estante de libros y la colección de ceramios desperdigados sobre todo lugar posible.

Tenía que hallar formas de acercarse a Georgina, encontrar una solución a su  distanciamiento, lo haría aunque muriera en el intento. Recordó a Mónica, la amiga que fue a  La Rinconada en las vacaciones anteriores. Fue con sus padres a pasar unos días. La besó y ella respondió a sus besos; cuando la vio partir en el tren hacia el Cusco, la extrañó hasta que pasó frente a la fábrica de bebidas, luego no la recordó más. Pero esto era distinto, como el cosquilleo en su pecho al verla o cuando escuchaba su voz, conversando con Killa, la perrita lanuda que parecía entenderla; habían formado una pareja que caminaba junta por toda la casa.

Presentía que Georgina vivía sensaciones parecidas; lo veía en su rápido pasar, en el apuro con el que hacia los recados o en el silencio de sus pasos antes bulliciosos. La luz del cuarto de costura se filtraba hasta su habitación y dibujaba formas que Gabriel componía siempre recordando las imágenes que guardaba de La Rinconada. Las sombras dibujaban sus nombres, enlazados, inseparables. ¿Hablarle?, ella no aceptaba conversar, lo ignoraba; ¿seguirla por la calle y hablarle en algún lugar?, necesitaba tiempo y esperar que Leticia no echara de menos su ausencia. ¿Una carta?, ¿si, una carta?, podría ser, ¿por qué no?, claro; sí, ¡eso podría ser! La haría bien, sí, claro que sí, eso. Se durmió cuando sintió que Georgina llegaba del colegio.

Mientras el profesor llenaba la pizarra de fórmulas Gabriel apuntaba algunas ideas. Tendrían que ser originales, bonitas, como para que nunca más deje de hablarle, pensaba. Escribía en las últimas páginas del cuaderno que luego arrancaba. Querida Georgina, no,  no está bien, no era  la palabra, muy cursi, muy forzado, ¿mi amor?, tampoco, se va a reír, putuchu, le diría, no soy tu amor. Sólo Georgina, nada más, sí, eso estaba bien, Georgina; a secas, como es ella, dulce y seria, lejana. Te escribo porque es la única manera de hablar contigo, te busco por toda la casa tratando de hablarte a toda hora y tú no te molestas ni siquiera en mirarme. Pienso en ti en todo momento,  en el colegio, en la calle caminando, en mi habitación mirando el techo en silencio. Será por lo que pasó aquella noche, será porque me gustas, te miro caminar, te veo limpiar y me muero de ganas de abrazarte, te miró a cada hora, cuando sales de la ducha, cuando vas a comprar o te vas con Diana espero que vuelvas sin demora. Quizá no te das cuenta, pero  es lo que siento, lo que empezó como un juego se ha convertido para mí en algo muy importante, me gustan tus ojos, tus  labios, todo me gusta de ti. Miro a otras chicas en la calle o en alguna fiesta tonta a la que voy, pero a ninguna miro como a ti. Siento que empiezo a quererte Georgina, si tú me quisieras nadie lo sabría, solo los dos. Sabes, no me interesa tocarte, me olvidaré de eso si tú lo quieres. Me gustaría hablar contigo, conversar y que me escuches, nada más. Creo que  no es pedir demasiado para calmar lo que siento cuando te veo. Háblame, búscame, como te busco, mírame como te miro yo, no me hagas sufrir, nada más eso te pido. Gabriel.

Dejó  la carta debajo de la almohada poco antes que ella se fuera al colegio. Al pasar, le dijo que buscara algo en su cama y se alejó desorientado pensando en las sensaciones que produciría. Al día siguiente, el desayuno se lo sirvió Juana, le dijo que Georgina había amanecido afiebrada. Entreabrió la puerta y vio su espalda cubierta con las frazadas. Se acercó, le tocó la cabeza y preguntó si se sentía bien. Estoy bien le respondió cálida, pero  no tengo ganas de levantarme. Ojalá tu mamá no descubra la verdad. No te preocupes, nadie se enterará —le respondió. Salió para el colegio, subiendo por Concebidayoc, calle ancha, esa mañana angostó sus límites para sentir que las veredas se juntaban uniendo lo que pocos aceptarían que se unan. A mí no me importa, se dijo, me gusta, se ha hecho necesaria y me hace sentir distinto; Georgina se acercaba impedida de caminar distante. Tomó los dedos que le enseñaron su cuerpo y los llevó al colegio con él.

Al regresar al mediodía le alcanzó tunas que sabía le gustaban; se las llevó cortadas, listas para comer. Le acarició la cabeza y le dijo que la extrañaba, que se cure rápido para que vuelva a caminar, que la esperaba. Georgina, le contestó que ella también quería levantarse, pero…necesito estar así un poco más; mañana me levanto, —le dijo, con un tono distinto, amigable.

La vio venir temprano con la taza de leche en las manos, la puso en la mesa con la mirada cambiada. Evitó mirarla de frente, pero su cuerpo, sus pasos, su media sonrisa, le confirmó que Georgina no era la misma.

Regresó del colegio y sabiendo que a esa hora haría la limpieza del patio, se instaló en la terraza a leer los periódicos limeños. Desde allí podría verla. Terminó La Prensa y observó que el patio seguía quieto, con las gallinas picoteando tranquilas. Bajó entonces a preguntar a Juana. Georgina está ausente, le contó, se ha ido al colegio de Diana para ayudarle con sus alumnos y luego la acompañaría a una reunión en casa de amigos. Caminó desconcertado por el patio posterior hasta que lo llamaron para el almuerzo. Trató de esperarla por la noche, pero el sueño le venció y se durmió con el libro de Salgari sobre su pecho.

Empezaba  a soñar cuando sintió una mano posado sobre su cuerpo. Atravesó su pecho y se deslizó con suavidad hacia su vientre cuando se incorporaba, extrañado. No hables, quédate quieto, Gabriel, soy yo. ¿Vienes a mi cuarto?, ¿sí, vienes?, te espero. Vio que Georgina se escurría suave dejando entreabierta la puerta hacia la terraza. Terminó de despertarse, apoyó sus codos en la cama, pensó si se trataba de un sueño. No, no había dudas, era ella. Se calzó la bata y bajó por la escalera posterior. La puerta estaba abierta. Del interior Georgina le dijo: ven…putuchu, entra, ciérrala. Le abrió el lecho tibio y Gabriel se introdujo bajo las frazadas sintiendo que el Tigre de la Malasia hacia el abordaje final a una isla de oriente preñada de tesoros.

Pegó su rostro con el de Georgina y bebió su aliento. Me ha gustado tu carta,  escribes con tu corazón. Te creo, también yo siento algo parecido. Somos iguales; y sabes, en La Rinconada cuando dos personas se gustan, se juntan nomás, se van a los maizales o a los cerros escondidos y se quieren. Gabriel se dejó caer sobre sus pechos con los pezones erectos, apuntando al cielo. Estrecharon sus brazos con la fuerza de las cordilleras y con la ternura de las calandrias. Se dejó abrazar, se dejó querer; quiso, abrazó de nuevo; la besó con torpeza, como había visto en las películas de los domingos en el cine Colón. Ella abrió sus labios por intuición, por los códigos heredados útiles para supervivir en el amor. Acarició sus senos, bebió de sus pezones hinchados, los tocó y los miró como las joyas conquistadas. Se acomodó entre sus piernas desnudas, levantó sus muslos. Alzó su rostro iluminado apenas por la luz del velador y le preguntó si estaba bien. Sí, le dijo, está bien, estamos bien. Se sometieron a la calidez de sus cuerpos; a la diferencia de temperaturas, a la suavidad inigualable e iniciaron la danza inmóvil que se reflejaba en las paredes verdes, como las hojas del capulí cuando las mece el viento de la tarde. Gabriel, miraba su sombra, enorme, moverse con la cadencia de las aguas encabritadas del Aukisa  descendiendo por el río Kaylla hasta el Vilcanota. Con lentitud y temor sintió su cuerpo endurecerse mientras Georgina emitía sonidos que parecían conducirla  a la muerte. Está bien,  está bien Gabrielito,… putuchu, te quiero, yo también.  

S/B, nov/ 2003

Arcanos distantes

Las religiones de oriente, la cosmobiología, los astros y el destino incierto de los seres,  desdoblamientos, viajes astrales y todas las ideas semejantes hallaron terreno fértil en la mente de Adriana que estaba en la búsqueda de algo que ocupara los vacíos que ausencias e  interminables horas de estudio de códigos y leyes no habían llenado. Fue una vinculación que nació de modo instantáneo un día que hojeaba al azar libros olvidados de la biblioteca de su padre: “El Tercer Ojo”, “El Médico del Tibet” y textos de esa especie  le produjeron una atracción inmediata. Fueron noches de desvelo, de lectura desbordada hasta las madrugadas. Después de leer los títulos que tuvieran el aroma de las abstracciones esotéricas su vida cambió para siempre. Fueron páginas que pulsaron los nervios que organizaban su respiración y sus latidos primarios. Descubrió los espacios olvidados de su personalidad. Cautivó su imaginación las posibilidades humanas de superar las fronteras físicas, liberarse de los lastres del tiempo y las dimensiones conocidas hasta sentir que  vivía la eternidad. El contacto con el universo, sus infinitas combinaciones de poder y permanencia le otorgaron entonces un motivo para existir, una razón para vivir. ¿Dónde estuve?, ¿porqué no lo vi antes? ¡Es esto lo que he buscado por tanto tiempo!, ─dijo─ poniendo la última hoja sobre su pecho.

Abandonó con premura y alivio las clases universitarias y se dedicó a perfeccionar su alma y sus conocimientos bajo los preceptos de una mixtura de sabidurías universales que le abrirían el camino a la perfección. Se vinculó a grupos iniciáticos, fraternidades, cofradías que albergaban a miembros en todos los confines del mundo. Los llegó a conocer con detalle y a distinguir con nitidez las características que los enemistaba y vinculaba. Estaban los orientalistas, seguidores de las líneas lunares o solares, niños de dios, krishnas, budistas, confucianos, religiosos andinos… Asistía a cursos, seminarios, conferencias y visitaba bibliotecas y archivos antiguos que le permitían acceder a nuevos niveles de espiritualidad y conocimientos. Cambió el destino de sus pasos. La milenaria ciudad develó para ella sus secretos y pudo ver las claves de su lenguaje; descifró el sentido de su trazo, entendió la razón escondida detrás del tamaño y ángulos de sus piedras, se apropió del motivo de cada antigua ventana. Sus ropas abandonaron el equilibrio y el brillo de sus días paganos y su mirada adquirió la convicción de las certezas.

Por esos días iniciales, un especialista dictaría unas conferencias para difundir un temario de filosofía oriental. Lucía un extenso historial de libros publicados y exposiciones alrededor del mundo. Adriana, caminando, meditando, por el Portal Confituría de la plaza Mayor; sentía que su destino astral ponía al alcance de su vida señales que no podía obviar. Inauguró las matrículas y estuvo en lugar expectante el primer día. Federico ingresó al salón con retraso, como correspondía a su prestigio y trayectoria. En sus tempranos treinta tenía la apariencia de ser el próximo componedor del universo. Apuesto, con cuidada barba que dibujaba sus labios y mentón, adornado con los misterios que le otorgaban su especialidad y  procedencia. Elegante, seductor, aura azul brillante que podían observar  los iniciados.

La disertación fue un acontecimiento que no olvidaría. Se remitió a los orígenes del universo, a los vedas los redujo a la simpleza elemental; explicó los ritos para comunicarse con los poderes invisibles y participar de su eternidad. Habló de la búsqueda del ser primero, del uno sin segundo, del absoluto, del que todo proviene y al que todo vuelve. Se transportó a los salones sagrados donde habitan Siva y Visnú, caminó sobre sus losetas protegida por los conocimientos y la cautivante personalidad de Federico. Al terminar la sesión Adriana había entendido la esencia del cosmos y palpado la materia primigenia de la que estaba hecha la vida;  entendió su misión y su destino.  Se miraron con interés. Luego del segundo día estaban sentados en un pequeño cafetín de la calle del Medio. Las delgadas manos del maestro revoloteaban alrededor de su rostro conduciéndola por los arcanos distantes de la comprensión humana. Adriana siguió arrobada la trayectoria de esos dedos, deletreo sus figuras y pensó que  en ellas depositaría su memoria para olvidar su amor por Gabriel.

Mientras finalizaba la última conferencia, Federico, con la mirada de la alumna distinguida sobre él, tomó la determinación de quedarse unos días en la ciudad y beber de las energías del universo que en ese año se concentraban en sus calles antiguas y sus efectos más purificadores atravesaban el eje central de la plaza Mayor. Adriana se convirtió en su lazarillo y guía. Caminaron  las calles orientados por su experiencia y siguiendo las señales de sus pasos con Gabriel. Una tarde tomaron la calle Pumakurko y caminaron rumbo al barrio de san Cristóbal. Observarían la ciudad desde la explanada de Qolqampata, junto a las piedras coloniales de su iglesia y muy cerca de los cimientos incas del palacio de Manco Cápac.  Caminaron lentos la planicie de piedra. El lugar le era familiar, el aire enrarecido la condujo a sus recuerdos mas antiguos. Se sentaron en una escalinata, mirando los tejados ocres de la ciudad extendida a sus pies. Allí,  con la bruma vespertina ascendiendo, se besaron. Beso carnal que presagiaba un lenguaje físico apasionado. Descendieron por Arco Iris, compartiendo el frío de la tarde, para luego tomar la Cuesta del Almirante y reclamar un lugar en el café Ayllu. La iglesia de los Jesuitas, esbelta, parecía más alta que de costumbre por el reflejo de las luces frías de un sol que se ocultaba. Mientras aguardaban el pedido, y ante la mirada extrañada de Federico, Adriana le habló de Gabriel.

Me pareció que debías de saberlo, ─le dijo. Pensaba en él mientras me besabas.

Federico se removió en su asiento. Toda su sabiduría fue insuficiente para entender el significado del beso que presumió propio. Pasó la servilleta por sus labios, ordenó sus ideas con dificultad.

─ Lo sigues amando, veo… ¿qué tiempo estuvieron juntos?

─ Toda mi vida, no recuerdo otra compañía. Pero…tú sabes, no puedes atar la luz del sol, impedir las lluvias, detener el crecimiento…un día nos reconocimos distantes y cada uno se marchó en direcciones opuestas.

La experiencia organizada de conocedor del universo todo, su espacios tabulados a los que acudía con presteza, no le sirvieron para comprender que algunos sentimientos no anidan en la razón.

─ Entonces Adriana ¿qué significa estar aquí, juntos…?

─ Deseos de caminar otras etapas, construir un mundo distante de sus recuerdos.

Probando el pastelillo que pusieron a su costado le dijo que no tenía ánimos de ser usado para diluir y mitigar el pasado.

─  Eso no lo defines tú, ni siquiera yo. Mi pasado es mi futuro, sin él no sabría mirar lo que está por venir; a su lado he adquirido un rostro, contado las estrellas del amanecer. El ha hecho posible que hablemos y me conozcas… Además te vas en unos días y entonces estos momentos serán sólo un recuerdo imprescindible.

Removiendo la servilleta, Federico reaccionó con presteza.

─ No, no será así. Me quedaré un tiempo, postergaré algunas conferencias y quizá luego el Cusco sea mi sede permanente.

─ No lo hagas por mí, no creo que esté bien, nos unen apenas unos días, nos conocemos tan poco.

─ Para mí es suficiente lo que sé de ti. No es necesario saber más.

─ Para mí no, Federico, no bastan las sensaciones. Recorrer mis calles, beber de su energía no es suficiente, requerimos de los silencios, de la soledad de una habitación…los sentimientos no deben aparecer en el futuro…quizá repares en ellos después, pero reconocerás que ya estaban allí, esperando ser descubiertos.

Federico la miraba contrariado, fingiendo interés, con la cólera contenida. Adriana, desentendida de los gestos, continúo.

─ Mira, la perfección es inalcanzable. No sé…dejemos que los días corran, que la vida y la naturaleza opinen, ¿no te parece?

Federico asintió, estuvo de acuerdo en que había que dejar que la experiencia discurra con naturalidad y se instale en los espacios que la rueda del destino le ha designado. Añadió que nadie sabe qué se esconde detrás de los encuentros fortuitos. Sí, ─dijo ella─ debía ser así, dejar que las energías se expandan sin vallas ni atajos.

Terminaron de comer los pastelillos y Adriana la leche agria sin añadir palabra.  Federico continuaba con el gesto hosco. Quedaron en verse al día siguiente. Cruzaron hacia el atrio de la catedral, atravesaron su explanada pasando frente a la enorme puerta de cedro tachonada de aldabones y bronces herrumbrosos. Empequeñecidos por sus muros escucharon el tañido de la María Angola que anunciaba la noche. Adriana levantó la mirada hacia los altísimos campanarios tratando de ubicar el origen del sonido. No pudo, salía de las mismas piedras, de los  cimientos del antiguo palacio de Wiracocha, desde los confines del tiempo, desde las fronteras del cielo.

El reencuentro fue frío, distante. Federico parecía continuar en el diálogo del día anterior. Caminaron por la ruta que conduce a Sacsayhuamán. La ciudad perdía dimensión humana y ella le iba señalando lugares que debía conocer. Cerca a San Blas decidieron bajar por el empinado trazo de Atojsaykuchi  y se acomodaron en la plazoleta cercana. Pensativo, Federico esperaba la oportunidad de hablar.

─ He alquilado un pequeño estudio aquí a unas cuadras de distancia, ─le dijo de improviso… ¿qué te parece? Además, he adquirido una pintura antigua que quisiera la veas.

No supo responder, atenta observadora del futuro esta vez no pudo entender el significado de esa noticia. Caminaron al lugar, estaba a poca distancia, en medio de la estrecha callejuela Mira Calcetas. Era parte de una casona colonial, una buhardilla con dos ambientes y un baño a la que se ingresaba directamente desde la calle a través de una estirada escalera de madera. Adriana se acomodó en la ventana que miraba hacia la ciudad. Debe ser  muy lindo de noche, ─pensó. La habitación fría, una helada corriente de aire removió su falda; decidió regresar de inmediato a su lugar en la plazoleta. La voz de Federico cerca de su nuca interrumpió su decisión.

─ Te veo distinta, tan llena de las ideas que me interesan. Complementas mi vida, Adriana.

¿Complementar una vida? repitió ella para sí, ¿es suficiente complementar una vida?, ¿se puede hablar así cuando se trata del amor?. Deseo sentirme algo más que un complemento, debo ser una con él, indivisible con el amor, en esa unidad diluirnos en dos, en esa unidad compartir latidos y miradas. Prefirió callar. Me agrada, pero… no se repite el contacto luminoso de Gabriel. ¿Cómo deposito mis raíces?, ¿cómo logro extender en él mi cansancio, mis deseos, mi cuerpo desnudo? ¿Alcanzaría a quererle como yo necesito amar? ¿Acaso puedo humedecer mi cuerpo dos veces en el mismo río?, ¿es posible exigir que la vida repita mis horas perdidas?, ¿acaso no es esa la primera lección de esta etapa nueva?. Repetirme bloquea mis mantras, reduce mi espíritu, disminuye el tamaño de mi humanidad. ¿Qué debo hacer?

Las luces de la tarde se confundían con los faroles iluminados. Federico encendió las velas coloridas y voluminosas que alumbraron bien las dos pequeñas habitaciones y la pintura encima de la mesa.

Adriana observó su mirada, vio con temor que carecía de las livianas intenciones de siempre. Buscó una excusa para despedirse. Luego de dar una breve opinión sobre la tela le pidió que la acompañara. Federico se rehusó tomándola de la cintura, casi empujándola sobre la cama.

Adriana protestó con energía sin encontrar eco a sus palabras, trató entonces de zafarse de la fuerte presión de sus dedos sin conseguirlo. Sus reclamos se hacían más sonoros cuando él aplacó el sonido cubriendo su boca con las manos. Se encaramó sobre su cuerpo quitándole el saco de cuero, luego le arrancó el vestido. La dejó desnuda en pocos instantes. Gritó cuando la mano de Federico liberó parte de su boca, grito sordo, apagado; nadie la escucharía. El rostro extraño, congestionado de Federico, la determinación que mostraba, le hizo pensar que sería inútil oponerse, que sería mejor no desatar la furia homicida que veía dibujaba en su mirada. En algún momento se abandonó a la decisión incontenible del hombre encarnado en su animalidad, relajó su cuerpo pensando en su conservación. Federico se tranquilizó y   desarrolló jadeante su bestialidad y sus ímpetus prohibidos. Mantuvo la mano cubriendo su rostro como hierros candentes marcando su mirada para siempre.

Se liberó pronto del peso indeseable. El se alejó y se vistió sin mostrar su mirada. Sus lágrimas humedecían las sábanas, Se arropó en una esquina de la cama, doblada sobre su dolor, mirando la pared cercana y viendo a Federico desaparecer de la buhardilla. Escuchó sus pasos alejándose por la callejuela desierta. El andrógino ángel colonial, con fina espada en su diestra la observaba desde el piso. Se vistió lenta, tratando que las señales de lo ocurrido se escurran de sus ropas y su piel. Humedeció su rostro y abandonó la habitación. Mas tarde, en medio del agua golpeando su cerebro, pensaba en Gabriel, lo recordaba, sintiendo que lo había perdido para siempre.

sb/jun./03

Qankunapas Noqaykupas. Ustedes y Nosotros.

El texto que aquí se expone forma parte del libro de Rodolfo Sánchez Garrafa y Gilberto Muñiz Caparó que desarrolla un diálogo intercultural desde la cultura andina contemporánea.

Qankunapas Noqaykupas promueven varios entendimientos; para algunos lectores la información les será útil para exhibirla como prueba de calificado bagaje cultural; también generará desacuerdos, muchos no aceptan que nuestra sociedad antigua desarrolló organizado y superior pensamiento; se expresarán críticos con juicios imprecisos y ambivalentes. Podría mencionar otras reacciones posibles, pero me detengo en lo resumido para manifestar que me hallo entre quienes están de acuerdo con sus principales postulados y en disposición de reflexionar sobre sus principales conclusiones, que ensayo resumir a continuación:
• El antiguo mundo andino fue organizado por pensamiento estructurado de valor equivalente a la filosofía occidental.
• Es necesario desarrollar un cuerpo de pensamiento propio que luego nos permita un posterior y frondoso diálogo de saberes culturales. Filosofías comentadas como la intercultural y de la liberación, corrientes de gran influencia en nuestra sociedad, no ofrecieron un camino autónomo para el desarrollo de filosofía nuestra. El texto nos acerca con transparencia y propósitos interculturales a variadas formas de estructurar pensamiento, pero ninguna es punto de partida para formular un pensamiento nuestro.
• El diálogo intercultural deberá hacerse a partir de la comparación e intercambio de saberes orgánicos de pensamiento, y sin primacía de ninguna expresión dominante y no limitada a eruditos o académicos.
• Requerimos de un ordenamiento de nuestros saberes que sea útil a nuestras necesidades sociales y que emerja de nuestras tradiciones y antigua cultura.
• Ninguna reforma al sistema filosófico imperante nos hará edificar una sociedad superior que haga innecesario rememorar con añoranza las sociedades que nuestros antepasados fueron capaces de construir, realidad que nos orienta en la creación de un horizonte civilizatorio distinto que sustituya la sociedad occidental judeo cristiana. Es tarea que requerirá “encauzar con solvencia…bebiendo de las fuentes propias de nuestra identidad”.
• Para hacer realidad este objetivo se requiere la formación de un nuevo sujeto social, un sujeto andino, y asegurar el empoderamiento de su identidad cultural y política que promueva una nueva correlación de fuerzas, una nueva estructura de poder político y social.
Luego de coincidir con lo leído, me intereso por extender la reflexión hacia tres aspectos que el libro motiva:
• ¿Qué nombre le corresponde al pensamiento nuestro?
• ¿Qué ámbito tendrá este pensamiento?
• ¿Cómo se organizan los ámbitos de reflexión?


¿Debemos pugnar por llamar filosofía, a secas, a esta estructurada forma de pensar? Considero que no, y no se trata de una afirmación que postule rebajar su condición de alto pensamiento ni mengue su capacidad de equiparar sus valencias en igualdad de condiciones con cualquier clase de razonamiento que se reconozca como filosofía.


Repasemos, sin extendernos, aquello que distingue a la filosofía occidental, matriz modélica a la que muchos pretenden igualar y que el texto critica. Destaca su denominada racionalidad; su lógica regida por principios que gustan de llamarse leyes; considera al individuo el punto de inicio y fin de todas sus reflexiones; la defensa extrema de la supuesta independencia y libertad individual respecto de la comunidad; constitución dual del ser; origen creacionista de la vida; uso de argumentaciones y conceptos; extendida especulación; promoción de objetivo conocimiento de la realidad, científico, repetidamente comprobable; considerar a la naturaleza objetivamente ajena al ser individual, por tanto, sujeta de dominio e inagotable; separaciones sociales sustentadas en un irreductible ellos y nosotros; la defensa de la escritura como archivo insustituible de sus postulados; la asunción de un tiempo lineal como escenario de los sucesos sociales; caracterizar el trabajo como condena. ¿Tiene el pensamiento andino alguna de estas características? Con sencillez hay que responder que no, ninguna. No señalo un catálogo alternativo porque el lector puede hallarlo en cada idea antónima que elabore a partir de la enumeración presentada. Si tales son las identidades de nuestro pensamiento, ¿corresponde llamarse filosofía y darnos la tarea de lograr su ingreso al selecto grupo de las filosofías mundiales, o es esta otra forma de persistir en una práctica de colonialismo que ningún provecho nos depara?, ¿es compatible con criterios liberacionistas pensar que es el único grupo que representa el alto pensamiento mundial? ¿Es acaso ineludible este esfuerzo que solo evidencia un afán por pertenecer a un mundo que nos es ajeno en todos sus términos fundamentales? No estimo conveniente que una sociedad antigua y singular se proyecte hacia el futuro solicitando la calificación de filosofía para lo nuestro junto a un certificado de suficiencia por sabernos dueños de un sitial especifico y particular en el exclusivo y académico mundo de las consagrada filosofía.


Son razones que sirven para incidir en lo que fuimos y somos en este campo: sabios, reflexivos y prácticos, conocedores, no clasificadores, de la naturaleza y cultivadores de una eticidad y moral paradigmáticas, seres acendradamente políticos, alejados de la cientificidad y de la objetividad del pensamiento y la ciencia occidental. Este conjunto de virtudes, fundamento de los múltiples contratos sociales que sostuvo una extendida comunidad de elementos diferenciados, de armónica y ejemplar relación con la naturaleza, nos hace propietarios de Sabiduría. Numerosas fuentes lo acreditan, innumerables señales y pruebas objetivas lo indican. La interacción con una naturaleza singular, difícil y diversa, junto a productividades limitadas y diferenciadas produjo aquí un ordenamiento social comunitario que no permitió que prospere la apropiación privada de los excedentes y la conocida estratificación clasista de las sociedades. Y no desarrollamos sociedad comunal como paso previo a un civilizado estadio individualizado posterior, y como antesala del capitalismo, sino como permanente y singular y eficaz forma de relacionarse con una geografía monumental que no admitía esfuerzos individuales. No fue un objetivo anticipadamente previsto o deseado el ser comunitarios y vivir por milenios bajo esta forma de formación social, ocurrió que elegimos la única posible para relacionarnos con una naturaleza particular que no admite esfuerzos individuales para hacerla productiva. No podemos argüir que no hubieron ensayos individuales que fracasaron; la realidad obligó a integrar esfuerzos, a sumar individualidades antes que a desperdigarnos en intereses personales. Desde Caral no hallamos evidencias que diferencien nuestra única y sólida formación social: comunidad de culturas, sociedades comunales. Similar tesitura tuvieron los horizontes Chavín, Wari, Tiahuanaco, Inca, y lo seguimos siendo en comunidades serranas e indígenas de nuestra Amazonía, no obstante la invasión y el cerco de la sociedad individual sobre estas colectividades. Lo que venció finalmente a estas organizaciones fue la superioridad bélica hispana y no sus virtudes sociales.


Requerimos; sin embargo, no aislarnos de un contexto mundial. Nosotros, que poseemos el gen de la comunidad, no podemos ausentarnos de un esfuerzo de integración planetaria. Por ello debemos agregar un segundo apellido a nuestro pensamiento, instalar un tinkuy suficiente para denominarlo Sabiduría filosófica. ¿Se postula este nombre como única alternativa a nuestro pensamiento? No, nada más lejos de esta pretensión. Nosotros somos multiétnicos y multiculturales e imposibilitados, por lo tanto, de pretender exclusivismos perniciosos. Deberán surgir otras denominaciones como los desarrollos previos lo ha evidenciado; de esos espacios surgirá, probablemente por sus virtudes, la denominación hegemónica, pero no excluyente. Convivamos en medio de las diferencias, con múltiples escuelas y formas de pensar unidos por la densa trama basal que nos unifica. El pensamiento occidental se lo permite, nosotros defendemos ese derecho con mayores atributos.


Por otro lado, no es posible aceptar la hegemonía de pensamientos universales. No hay una sola muestra de fundamentos teóricos de propósitos globales que hayan podido lograr la superación de problemas su propio ámbito; ni siquiera en sus originales espacios de desarrollo. Manifestamos la necesidad de formulaciones regionales, incluso locales, de valle y microrregiones, para afrontar soluciones de los profundos desequilibrios sociales nuestros. El pensamiento creado debe responder a las condiciones geográficas y sociales que les da origen. Las constelaciones se observan distinto desde cada valle. Nosotros estamos señalados de modo indeleble por la cordillera de los Andes, y dentro de esta geografía continental, los países andinos tienen con esta monumental waca una relación íntima, intensa, como no la poseen otros espacios territoriales del continente. Es una vana pretensión formular desde aquí teorías que se aclimaten a los espacios siberianos o arenales africanos, menos a las configuraciones urbanas del denominado primer mundo. La Sabiduría filosófica debe servir para orientar nuestra objetiva y concreta convivencia comunal entre humanos y naturaleza; cualquier disquisición de ámbitos individuales se hacen al interior de la comunidad. Aquí asistimos a la proliferación de características geográficas únicas y distinguibles en cada unidad geográfica mínima. Por eso los apus y wacas se asientan en espacios cercanos y diferenciados. Nadie puede decirnos con eficacia cómo afrontamos el reto de relacionarnos con una geografía particularmente singular viva en todos sus constituyentes y menos recomendarnos la asunción de ciclos de desarrollo que hemos visto arbitrarios y obsoletos para nosotros. No postulamos aislamientos inoperantes ni chauvinismos inconsistentes. Tomamos lo necesario y mejor de otras latitudes. Por eso qankunapas ooqaykupas extiende una ruta, por lo mismo existe el noqayku y el noqanchis . Por similar razón necesitamos ventanas abiertas al mundo, por lo mismo también un solo acceso peatonal a nuestros ámbitos.
Por último, ¿cómo se estructuran los espacios de reflexión? ¿cómo se compone nuestra sabiduría filosófica? Reconociendo que las formulaciones que se hacen aquí no son precisamente útiles para una realidad coyuntural, creemos que es conveniente formular algunos elementos imprescindibles en el desarrollo de una sabiduría filosófica nuestra. Reconozcamos que su ensamblaje debe partir del uso del quechua, del aimara y de las lenguas vivas de nuestra amazonia andina; desde sus estructuras gramaticales partimos para señalar nuestras opiniones. Son lenguas que albergan y configuran nuestra sabiduría. No postulamos que sea imprescindible dominar estos idiomas o pensar desde ellos, pero si es necesario conocerlos en su estructura íntima de funcionamiento, saber de su inoperancia para definir conceptos, premisas, axiomas, inferencias, silogismos, conclusiones, metalenguaje. Los saberes, el conocimiento andino no es teorético ni discursivo; acontece cada día en los diversos escenarios de la vida diaria. los saberes gravitan en la lengua y la acción de los individuos. ¿Desechamos los aspectos sustantivos del conocimiento alienígena no obstante su hegemonía mundial? Sí, porque imitar desde aquí a alguien resulta escandaloso. Si queremos ser eficaces en formular ideas para nuestro territorio tenemos que situarnos y enraizarnos en los extenuantes arenales de la costa, caminar las escarpadas y empinadas alturas de la sierra y trajinar los difíciles valles acuáticos de nuestra amazonía andina. No tenemos la capacidad de hablar para otro escenario, para una distinta realidad. Por lo tanto, no podemos formular pensamiento desde el ser individual, sino desde la comunidad. ¿Resulta fácil realizar tal propósito? desde luego que no, mucho más si nos acechan intolerantes poseedores de la verdad y carecemos de antecedentes apreciables. Pensar desde la dualidad es un reto de amplias dimensiones, pero es imprescindible hacerlo ayudados de nuestra travesía histórica y cultural de milenios, de particular espacio-tiempo. Desarrollar pensamiento desde la subjetividad y la ingesta de plantas maestras, desde la disolución de las leyes de la lógica masivamente aceptadas, no es tarea sencilla, pero resulta una obligación realizarlo. Usar las fórmulas comúnmente utilizadas es poco útil, no nos ha servido para criar sociedad y naturaleza, ni guía para mirar la cordillera de los Andes y sus extensiones como un hogar que necesitamos convertir en extenso jardín cultivado y acondicionarlo como habitáculo humano, como espacio que derribe la frontera entre cultura y naturaleza, como hogar de las distintas formas de humanidad que contiene la geografía nuestra.


No es cierto que el pensamiento que privilegie la acción individual es la única forma de preservar la denominada libertad personal y la creatividad y que cualquier forma de asociación comunal está reñida con la libertad. No se habrían criado aquí ayar manco, pachacutes y wiracochas de ser ciertas tales premisas. Los seres somos antes entidades naturales que productores, somos humanidades incompletas que requerimos de otros para sabernos existentes. Un ser único es inviable como edificador de sociedades, es el cuento que nos han endilgado aquellos que critican el uso de tradiciones milenarias cuando extreman su milenarismo cuando abrevan de fuentes que tienen también miles de años de antigüedad. Se trata de algo sencillo de entender: para continuar nuestro camino de humanidad debemos de derribar el muro edificado por las experiencias coloniales y sus correlatos de colonialidad que nos invaden y carcomen y nos deshumanizan. Qankupas Noqaykupas, nos facilita una ruta, un derrotero para lograrlo.

Le dedico mi silencio. Crítica.

En una prueba de longeva actividad intelectual MVL nos entrega, a sus 87 años, su última producción ficcional. Literalmente la última, después no habrá más novelas de este  personaje nacional. Para satisfacción de sus seguidores ha indicado que se encuentra trabajando en su último ensayo sobre el pensamiento de Sartre, su orientador de juventud y del que después abjuró. Aguardamos logre culminar lo ofrecido, y no esperemos que en estas páginas retorne a sus fuentes. Seguramente prepara una evaluación neutra del filósofo existencialista.

Vargas Llosa ha obtenido sin ninguna competencia el papel de único intelectual orgánico del conservadurismo en el Perú. Desde distintas posiciones a lo largo de su vida, su preocupación por el país ha sido permanente, difundiendo con intensa actividad sus puntos de vista sobre una realidad que ha interpretado en las últimas décadas de su biografía desde la orilla conservadora.

Mientras tuvo posiciones políticas de izquierda, marxistas, no gestó producción intelectual en el campo de las ideas. Se limitó a opinar y exponer ideas cortas a favor o en contra de determinado acontecimiento nacional o mundial usando los instrumentos teóricos del marxismo tradicional. Tampoco en su faceta social demócrata tuvo la capacidad de opinar orgánicamente. Es una realidad que se transforma cuando ocupa el espacio del liberalismo y se acentúa a medida que se ha ido ubicando en el sector derechista del escenario político. Es aquí donde se ha tornado productivo, pero, es necesario decirlo, sin elaborar un pensamiento conservador original, nuevo. En el campo internacional ha apelado a pensadores liberales: Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek,  Karl Popper, Raymond Aron, y otros. En el Perú hallamos sus ideas en José María de Pando, Felipe Pardo y Aliaga, Bartolomé Herrera y en José de la Riva Agüero.  En sus textos alcanzamos a leer rezagos visibles de Ginés de Sepúlveda.

Se trata de un interés que lo ha llevado a constituirse en el intelectual orgánico del conservadurismo contemporáneo en el Perú. No el primero ni el segundo, el único. Hernando de Soto ha edificado un espacio económico, práctico, ejecutivo, pero no una visión inédita de país. Es un solitario alfil en este campo. Los otros, lucen desnutridos, desarticulados, carentes de una visión de conjunto, estratégica. Desde José de la Riva Agüero no había uno que lo reemplace. Demoró mucho la aparición de un sustituto. Ahora lucen como las dos caras de una moneda. Son casi idénticos. Repaso una idea de Riva Agüero, extraída de su conocido “Elogio del Inca Garcilaso”: “Y como las esperanzas, para no ser baldías, han de nacer o sustentarse en los recuerdos, saludemos y veneremos, como feliz augurio, la memoria del gran historiador en cuya personalidad se fundieron amorosamente Incas y Conquistadores, que con soberbio ademán abrió las puertas de nuestra particular literatura y fue el precursor magnífico de nuestra verdadera nacionalidad”. Ambos buscaron modelos de comunidad en la imitación de sociedades extranjeras, Riva Agüero en España, Vargas Llosa en Suiza.  

Volvamos a la novela. El magnífico título esconde un ensayo, inclusive en su porción ficcional. Es una continuidad de la “Utopía arcaica” escrita en 1996. La anécdota literaria es apenas una excusa para emitir persistente y última opinión sobre los destinos del país. No es casual que use el vals criollo para hacerles hablar a sus protagonistas mensajes propios de este proyecto social. Pareciera que se propuso un esfuerzo ideológico sintético, compendiado de todo su pensamiento. Los capítulos pares exponen sus concepciones políticas, en los impares trajina con lentitud y poca inventiva en los afanes del cronista Toño  Azpilcueta de encontrar los pasos perdidos del prodigio de la guitarra Toño Molfino. Este propósito lo lleva a visitar puerto Eten, el norte del Perú, la región “más criolla” del país. Fatigosa lectura de las páginas ficcionales, escleróticas y repetidas ideas en los ensayos. No es reciente el declive de su narrativa. Se hizo evidente desde “La fiesta del chivo” momento en que empezó a usar historia novelada en sus producciones, dejando atrás su ciclo creador que termina con “La guerra del fin del mundo”. Lo que viene después se ha servido de sus años previos para ser apreciado. Comprobamos que, cuando culmina sus discrepancias y discusión con el Perú criollo, oficial, con el país fracturado, desigual, alienado, injusto, termina su tarea creativa. Con este material le ha otorgado al conservadurismo nacional aliento y auxilio respiratorio en su extenuado e inoperativo compendio de ideas. Hará mucha falta su ausencia a la derecha y a la derecha extrema en el Perú.  

Dejemos a un costado la historia de Toño Molfino y de Cecilia Barraza y de Oscar Avilés y veamos la idea de país que propone en las paginas de sus ensayos en la novela. Aquí algunos párrafos que luego comentaremos: “La música criolla, tres siglos después de la conquista es genuinamente peruana, el aporte más sublime del Perú al mundo” Pág. 25. “Mi parecer es que los ‘blanquitos’, como los ‘indios’, deben desaparecer tragados por el inmenso mestizaje. A este hay que impulsarlo por todos los medios — y el vals en particular, y la música criolla en general, cumplen esa función, la de crear aquel país unificado de los cholos, donde todos se mezclaran con todos y surgirá esa nación mestiza en la que los peruanos se confundirán—. El de la mescolanza será el verdadero Perú” Pág. 146. “No hay que tener prejuicio alguno respecto a la música. Esa lección me la dio Chabuca Granda, a quien debemos que la burguesía peruana se apropiara el folclore nacional”. Pág. 183. “¿Qué música tocaban los incas? El Incario no debió ser un pueblo muy musical, porque fue un Imperio concentrado en extender sus fronteras y en incorporar a nuevos grupos y colectividades al Tahuantinsuyo. Sólo duro cien años antes de disolverse en luchas intestinas, por la estúpida pelea entre Huáscar, el cusqueño, y el quiteño Atahualpa”. Pág. 197. Había unas mil quinientas lenguas, jergas y vocabularios en América Latina, aunque algunos filólogos hacen subir este número hasta cinco mil y otros se quedan en unos dos mil o algo más. En todo caso, es claro que los americanos no se entendían entre ellos y por eso se entremataban en guerras locales o continentales”. Pág. 221. “Aquí va otra de mis confesiones, paciente lector: no guardo gran simpatía por el Tahuantinsuyo, el Imperio de los Incas. Aunque me siento orgulloso de su existencia y del dominio que en su corta vida, unos cien años, impuso…” Pág. 237. “Los incas no habían enseñado a leer a sus vasallos, temerosos de que los libros escondieran la semilla de la rebelión, porque los libros y las letras escritas son subversivos y malditos para el poder, incluso en aquellos tiempos remotos”. Pág. 238.

El mestizaje al que alude tiene un proceso de más de cinco siglos, un siglo de ellos constituido en política de Estado. El norte de este propósito no es el de crear una sociedad inclusiva, respetuosa de las diferencias, sino el arrasamiento de toda particularidad, la intolerancia a toda diferenciación. No obstante las políticas de “inclusión social”, terca y felizmente aquí seguimos cuatro millones de peruanos hablando quechua y medio millón aimara, trescientos mil hablantes de lenguas originarias en la Amazonía. Lo paradójico es que aquello que quieren exterminar es lo que se usa para que los gobiernos y la sociedad exterminadora se reconozcan como peruanos. Efectivamente la “burguesía” se ha apropiado o expropiado el folclore nacional, huachafo nombre para denominar a la cultura. La usa como elementos de museo, para regocijarse haber nacido en la tierra de los Incas y dar muerte a los descendientes que protestan en las calles. Y sobre el mestizaje: la idea  de propender a una sola cultura, una sola raza, la “mestiza” es el medio más eficaz para inducir a la humanidad a su desaparición. Es actuar en contra de la naturaleza misma que nos da lecciones de diversidad y coexistencia de los diferentes. Si la pandemia reciente no ha arrasado con la especie humana es porque nuestra variedad genética lo ha impedido. Un “mestizaje” mundial es el mejor pasaporte a la eternidad de la especie humana. Hay otros fundamentos en contra de esta idea que han sido dichos en otros espacios. La cortedad de este espacio no hace posible un desarrollo mayor.

Las ideas que enarbola MVL sobre nuestra historia antigua son fruto de dos razones: la ignorancia y el racismo. No fuimos un Imperio, aquí hubo pueblos confederados orientados por una cultura hegemónica. Eso fueron los periodos Caral, Chavín, Wari, Tiahuanaco. Para el escritor, cuando los españoles invadieron nuestras tierras, “las conquistaron, las tomaron”  negando la invasión y el genocidio. En ese escenario, algunas culturas negociaron con los extranjeros porque hicieron uso de una tradición milenaria de negociación y entendimiento. La proliferación de lenguas no es señal de primitivismo y salvajismo, sino el resultado de miles de años de desarrollos autónomos y diferenciados, única manera de manejar nuestra geografía. No podemos conducir este país con una sola lengua, requerimos de cientos, de miles. Así lo exige nuestra realidad de infinidad de pisos ecológicos. Preguntémonos que hace o haría el castellano para entender la Amazonía que habitan los awajun, o ashaninka. Lo “estúpido” no ha sido la guerra entre Huáscar y Atahualpa, contienda que no iba a conducir a la desaparición de lenguas y de culturas, lo “estúpido” son las guerras de exterminio y depredación que ha ejecutado la cultura occidental que ha arrasado con toda diferenciación y saqueado el mundo en provecho de unos cuantos.

He afirmado que el texto que comentamos es una continuación de la “La utopía arcaica”. Y sí lo es, veamos algunos ejemplos que lo explican. Refiriéndose a “Todas las sangres” señala que: “Una novela que presenta semejante esquema ideológico debe ser abordada, inevitablemente, como una propuesta sociológica y política sobre el Perú a la vez que como obra de ficción. Ambas cosas se hallan vinculadas, desde luego, pues emergen de un mismo texto, pero no son la misma cosa. No tenerlo en cuenta ha dado origen a muchos malentendidos sobre esta novela”. Pág. 261. “Aunque la opiniones varíen sobre muchas otras cosas —acaso sobre todas las demás cosas—, los peruanos de todas las razas, lenguas, condiciones económicas y filiaciones políticas están de acuerdo en que el Perú en gestación no será ni deberá ser el Tahuantinsuyo redivivo, ni una sociedad colectivista de signo étnico, ni un país reñido con los valores ‘burgueses’ del comercio y la producción de la riqueza en búsqueda de un beneficio, ni cerrado al mundo del intercambio en defensa de la inmutable identidad. Ni indio ni blanco, ni indigenista ni hispanista, el Perú que va apareciendo con visos de durar es todavía una incógnita de la que sólo podemos asegurar, con absoluta certeza, que no corresponderá para nada con las imágenes con que fue descrito —con que fue fabulado— en las obras de José María Arguedas. Pág. 335. La edición usada es la del Fondo de Cultura, del año 1996. Primera reimpresión.

Es claro, e inteligente, el propósito que tuvo Vargas Llosa al escribir un libro de crítica a la obra y vida de José Maria Arguedas: intervenir directamente en la orientación que sigue y seguirá nuestra sociedad y tildar a las ideas contrarias a las suyas de “arcaicas”, fortaleciendo el pensamiento conservador, siempre necesitado de ayuda.

Es claro que aquí están en juego dos proyectos de país, el criollo del mestizaje y el pluricultural y plurinacional. No hay más. Aquel imponiéndose por siglos y sin capacidad de articular una sociedad para todos. Si les diéramos quinientos años adicionales el resultado no variaría sustancialmente. El otro, gestándose con dificultades, con tropiezos y desorientaciones, pero avanzando avanzando, desbrozando caminos, haciéndose desde abajo, en silencio, muchas veces luchando contra los que aseguran ser sus defensores. No nos distraigamos, aquí la contienda es entre “Conversación en la Catedral”, y “Todas las sangres” junto a “Los ríos profundos”. Por lo menos para los críticos literarios, la va ganando José María.

Enrique Dussel, Filosofía de la liberación.

Los párrafos siguientes se expusieron en el homenaje que le hizo a E. Dussel, el  Taller de la Descolonización, la Comunidad del Pensamiento Amáutico dirigida por Rafael Bautista, Bolivia.

He elegido sumarme a este homenaje a Enrique Dussel comentando su texto emblemático “Filosofía de la Liberación”.  El mejor homenaje que podemos hacerle es leerlo, aplicar sus ideas a la realidad y ejercer una critica constructiva. Recordemos que el texto ha cumplido medio siglo de vida, tiene por ello muchos aspectos que evaluar.

Hay una cita que se le atribuye a Johann Fichte que es muy adecuada para referirla a Dussel: “La filosofía que uno tiene, depende del ser humano que uno es” Y la vida de Dussel fue una permanente búsqueda de su liberación. Al desear él, vivir una realidad liberada influyó en nosotros anhelar un horizonte de vida similar. Tuvo la virtud de organizar y racionalizar nuestros anhelos.  Por eso su sintonía con amplios sectores de la sociedad.

Las páginas finales del libro son pródigas en ideas y orientaciones sobre el quehacer filosófico. Aquí señala que, el Sistema persigue al filósofo que lo critica. Es la prueba de su eficacia, indica, y que puede llevar a una persecución que puede conducir al destierro, a la expulsión de las universidades, de su patria, e inclusive a la muerte. Así lo vivió y lo afrontó Dussel con claridad.

Indica que, para hacer filosofía desde culturas dominadas, coloniales  hay que desarrollarla desde las clases explotadas y populares, y sin imitar la filosofía del centro, descubriendo otro discurso. Hay que partir, expresa, de la dismetría centro-periferia, dominador-dominado, capital-trabajo, totalidad-exterioridad, y desde allí repensar todo lo pensado hasta ahora. […] pensar lo nunca pensado: el proceso mismo de liberación de los pueblos dependientes y periféricos. Señala que es así como se elabora un proto-discurso filosófico. No olvida que La política introduce a la ética, y esta a la filosofía.

Su propósito es superar el fisiologismo griego, el teologismo medieval y conciancialismo moderno del centro, para discernir una antropología, una filosofía que tenga como pivote central al ser humano como libertad, como exterioridad, como persona, como oprimido. Vuelve a señalar que, la política, en su sentido ético meta-físico, es su mismo centro. Lo político y ético fue fundamental, prioritario, en su creación.

Después de este brevísimo resumen de contexto, hablemos de sus caminos truncos.

Postulo que su vinculación con el credo marxista, con el materialismo dialéctico, impuso límites creativos a su obra y, de modo similar, pero menos evidente, su filiación  religiosa. La etapa floreciente de su producción teórica estuvo marcada por la hegemónica presencia de aquella visión del mundo, que ya se hallaba en franca declinación.  “Filosofía de la Liberación” es un texto orientado por aquel credo. No es un demérito, por supuesto que no, pero nos permite instalar el contexto que explica el por qué su filosofía no rompe su relación con la filosofía occidental, sino que opta por el camino de mejorarla, transformarla desde dentro.  Cree en una segunda emancipación para el pueblo latinoamericano. Observa desde la distancia la filosofía de omeyotl (la “Dualidad originaria”) pero no toma ninguna de sus reflexiones, ni establece vínculos con el “dos” (omé) ni con la pluralidad (los “cuatro” Tezcatlipocas).  Su elección fue el uno griego. Por eso, señala que los antecedentes de su filosofía se encuentran en el origen mismo de la filosofía moderna europea. Su aspiración es la liberación del último y más avanzado grado del capitalismo, de la “american way of life”, del sistema norteamericano. La “Filosofía de la Liberación”, señala, nace Contra la ontología clásica del centro, desde Hegel hasta J. Habermas. Es entonces, una “filosofía bárbara”, que intenta un proyecto de trans o metamodernidad.

Es muy claro al reivindicar al Ser, al individuo, razón natural de la filosofía occidental judeo cristiana, que hace al ser el centro de su filosofía. Por eso dice: El ser es como el horizonte hacia donde y desde donde se manifiestan los fenómenos del mundo. Es el fundamento y la identidad ontológicos; es la luz que ilumina la totalidad del mundo. Subraya la idea anterior indicando que, Solo el hombre tiene una sustantividad suficiente [para] ser considerado una cosa individual, autónoma, separada, independiente. Es la única cosa realmente totalizada constitutivamente. Posee la nota de una real alteridad: es una cosa para el otro.

Es un horizonte de pensamiento que, de modo natural, piensa en la sociedad socialista que promueve. Menciona que, El proceso político de liberación se juega en la liberación social nacional periférica de las clases campesinas y obreras. Son estas clases, señala, las que tomarán el poder y sin las cuales no habrá autentica liberación nacional, ni auténticas alternativas para la cultura mundial del futuro. Conforme a este credo menciona que, es una liberación que requiere una revolución económica completa. Considera que esta realidad nos llevará a la superación del modo de producción capitalista. Exige planificación tecnológicamente eficaz. Sin liberación económica, no hay liberación real.

Tampoco el tratamiento de la Naturaleza se excluye de este perfil dialéctico y materialista y creacionista. Por esto señala: El hombre usa el cosmos como mediación de servicio, de culto. El cosmos tiene un estatuto ético en tanto hay un creador. La metafísica de la libertad práctica, vive, habita el cosmos históricamente, sin fetiches. Dice,  categórico que el hombre: Jamás se inclinará ante la Materia como eterna divinidad; usará simplemente la materia como mediación. Para Dussel, Es desde el mundo, desde un mundo histórico, político, erótico o simbólicamente determinado que comprendemos a la naturaleza e interpretamos a los entes naturales. Si hay una historia del mundo, la hay igualmente de la naturaleza. Subraya su posición mencionando: El ser humano no nace en la naturaleza. No nace desde los elementos hostiles, ni de los astros o vegetales. Es evidente que su tiempo no fue el tiempo de Philippe Descola ni de Eduardo Viveiros de Castro ni del caudal reivindicativo de cuño indígena que procesa rescatar la naturaleza para la filosofía y la política.

Hasta aquí los comentarios críticos. ¿qué derroteros asumimos de la obra de Dussel?, ¿Qué objetivos debe tener entonces la filosofía para los pensadores de la realidad andina? Dussel nos da consejos. Dice: el filósofo en el curso de su corta vida solo podrá pensar un número muy reducido de temas, cabalmente, profundamente, prototípicamente. Hay que descartar los temas secundarios, los de moda, innecesarios, los que nada tengan que ver con la liberación de los oprimidos. Aconseja ocuparse, preponderantemente, del tema político, económico, tecnológico.

Es necesario, coincidiendo con su opinión, centrarse en los temas políticos. En este contexto señalo, brevísimamente, casi a manera de títulos los puntos que, considero, deben abarcar los filósofos del área andina:

Uno. No es posible hacer filosofía ignorando la sabiduría, o de la forma que se opte llamar al alto pensamiento ancestral. Desde esta cuna debemos formular nuestras reflexiones, desde esas tradiciones y  prácticas, desde esta geografía, en medio de nuestra particular naturaleza. No es posible elaborar pensamiento con el central objetivo de modificar el pensamiento occidental o debatir con Hegel, Marx, o Heidegger o   Byung-Chul Han.

Dos. Hay que reconocer que no es posible formular filosofías globalistas y totalizadoras. Es necesario pensar en función de territorios regionales, inclusive locales. No es admisible pensamientos universales y aplicables a cualquier espacio territorial.

Tres. No es posible prescindir de la relación armónica con la naturaleza; es determinante cuando se organiza pensamiento social. Por ser la naturaleza distinta en cada espacio del planeta, el diseño de nuestra relación con ella tiene que ser particular y ceñida a las características únicas que conserva.

Cuatro. No se debe priorizar el desarrollo de filosofía desde el uno, es necesario pensar en el ser relacionado, aquel que se reconoce parte de una comunidad y después piensa. El ser humano debe ser explicado como ente colectivo, relacionador, chacana de mundos.

Cinco. El runa antes que ser racional y productor es un ente natural. Aquello que la ontología occidental llama “ente” para el andino es un punto de relaciones. La economía tiene su lugar, pero el desafío es pensar en la organización de nuestras sociedades ante la debacle ética y moral, la extinción del horizonte que nos domina desde hace siglos.

Seis. Requerimos pensar en la edificación de un nuevo orden civilizatorio que se yerga sobre los escombros de un orden que está feneciendo. Pensar en segundas emancipaciones, en refundaciones republicanas serán de nuevo actos fallidos,

Siete. La comunidades resultantes, tendrán que admitir la diversidad, la convivencia entre distintos y con espacios permeables al exterior y con tolerancia por todas las variadas configuraciones sociales y humanas. Ser distinto no equivale a la prevalencia de la individualidad, sino a la singularidad que nos provee la comunidad.

Ocho. La humanidad debe trascender al ser humano para incorporar a la realidad a todo organismo viviente en igualdad de condiciones, como personas. La materia considerada inerte ha desaparecido al saber ahora su composición. Y que fue intuida por nuestros abuelos.

Nueve. Debemos de pensar en un estado nación distinto. Pensar en formas colectivas multiétnicas y multiculturales que resulte de breves formas organizativas y confederadas que promuevan cientos de lenguas y formas culturales integradas por un propósito de unidad en la diversidad. Lo que siempre fuimos.

Diez. El sujeto del cambio es la colectividad indígena, el sujeto indígena. Así como el proletario pudo  en su momento, agrupar bajo sus intereses de clase a vastos sectores policlasistas, así también, la sabiduría indígena, los intereses indígenas, los intereses colectivos indígenas deberán de constituirse en el faro que ilumine sociedades distintas para nosotros, en el espacio andino. La alianza obrero-campesino nunca fue real ni eficaz. 

Bajo las premisas enunciadas permanece una vasta extensión para el desarrollo de ideas que influyan en ámbitos específicos, el de la pequeña comunidad, el Ayllu nuestro, el restringido ámbito de espacios territoriales reducidos, como son los valles y cuencas en nuestra geografía.

Lima, noviembre 2023