Nuestras contradicciones

 

Del capítulo VI del libro «Nación Andina» editada en mayo de 2107, pongo a consideración de los lectores páginas acerca de las contradicciones que bloquean el desarrollo del Perú.

 

 

Diseñar un plan de acción política y dentro de él un programa de gobierno, exige precisar los problemas que requieren ser enfrentados. Señalarlos aligera la búsqueda de soluciones eficaces y acorta la posibilidad de errores irremediables. Hallarlos requiere una labor de síntesis ineludible, exige remitirnos a una pregunta resumen pertinente: ¿cuál es la contradicción principal que aqueja al Perú? La respuesta tendrá tantas consideraciones como posiciones políticas tengan los interesados en contestar. Los social cristianos pensaran que emana de las diferencias entre la teoría y las prácticas religiosas que impiden que los ciudadanos obren siempre en provecho del bien común; los social demócratas pensaran posiblemente en las dificultades para superar las diferencias en el frente de clases sociales que articula su accionar político; los marxistas, los pocos que quedan, argumentarán que la principal contradicción emana de la lucha entre proletarios y burgueses. La respuesta de quienes abrevamos de las fuentes andinas contiene un criterio distinto.

Nuestro indio Huamán Poma, en los inicios del siglo XVII, elaboró una larvada propuesta de gobierno al recusar el mestizaje señalando su entraña disociadora y esbozando una patria de hegemonía india. No escatima adjetivos para describir a los mestizos señalándolos de rufianes y salteadores, ladrones, mentirosos, ganapanes y borrachos, gente baja hasta llegar a generalizar su descripción al explicar que todos son ladrones y todos comen a la costa de los pobres yndios. Sin saberlo, Huamán Poma se adelantó siglos al describir una realidad que generaba contradicciones y que, transformada, sobrevive hasta hoy.

José María Arguedas fue quizá uno de los primeros en analizar el problema con herramientas académicas y percatarse del fundamento cultural en el origen de los problemas sociales en el Perú al señalar que la lucha de clases siendo bárbara, no está solo impulsada por el interés económico, sino por otras fuerzas espirituales profundas y violentas que agitan a ambos bandos con implacable fuerza, con incesante e ineludible exigencia. Muestra su angustia contemplando el porvenir y se pregunta por el tiempo de duración que tendrá en el Perú la dualidad trágica de lo indio y lo occidental y por la profundidad que posee la corriente que los separa. Categórico observa que el indio no cederá sino ante una solución total. Extiende sus interrogantes para preguntarse por el rostro que altere este “equilibrio social” que ya lleva siglos -equilibrio de entraña horrible- y lo desgarrará para que el país pueda rodar más libremente, hasta alcanzar a algunos otros que teniendo su misma edadDSC_0104 aunque menos virtualidad humana han dejado atrás tan vergonzoso tiempo. Concluye mencionando que los dos mundos en que están divididos los países descendientes del Tahuantinsuyo, se fusionaran o separaran definitivamente algún día. Arguedas elaboró estos argumentos en el lejano 1950 en un artículo que denominó La novela y la expresión literaria en el Perú.

José Carlos Mariátegui, no estuvo ausente de este debate. Así lo consigna en 1929 en su ensayo El problema de las razas en América Latina, donde menciona que La solidaridad de clase, se suma a la solidaridad de raza o de prejuicio, para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóciles del imperialismo yanqui o británico. Para el ensayista, esta elite económica y política prolonga estos prejuicios, este sentimiento y lo extiende a gran parte de las clases medias. Que imitan a la aristocracia y a la burguesía en el desdén por la plebe de color, aunque su propio mestizaje sea demasiado evidente.

Visiones adelantadas, sin duda, pero estancadas en un nivel de apreciaciones desconectadas de soluciones compatibles con la descripción del problema. Diagnosticar el mal sustantivo no garantiza su superación, porque la solución requiere desatar el nudo colonial que lo impone. La respuesta criolla es decirnos: tranquilos, el crecimiento continúa, la inclusión social está en marcha, el chorreo es magnífico. El resultado es que la sombra del problema permanece imperturbable a través del tiempo. Es la terca persistencia de los usos y costumbres coloniales que se hace presente en todos los espacios sociales y económicos que asocia a un criollo blanco y a un andino cobrizo, sin olvidar a sus diversas variantes.

Ha desarrollado mutaciones este antagonismo a través del tiempo; tuvo su original momento, como lo describe Human Poma, en la oposición de hispanos invasores e indígenas ancestrales. Hay un hilo conductor que une, constante e invariable, la inaugural contradicción con la moderna y actual que opone a andinos y criollos, generadora de una fisura estructural profunda en nuestra sociedad. Es la contradicción nacida en el instante de la invasión y desarrollada y ampliada a lo largo de los siglos. Prospera natural entonces que el problema fundamental es consecuencia de la heredad que recibimos como resultado de la invasión extranjera y que ha generado un antagonismo profundo entre el individuo y la sociedad.

El análisis de la contradicción principal muestra la aún insuficiente capacidad de lo andino para alcanzar y ejercer el poder y las limitaciones del criollismo para gobernar. El resultado es un permanente escenario de conflicto político y social que, mdecon intermitencias, sume al país en la violencia y desconcierto, con variantes de alta y baja intensidad. Observemos el Andahuaylazo, Bagua, Tía María, Espinar, Las Bambas, Conga, el conflicto interno reciente y un largo y prolongado etcetera. La miopía de los criollos para observar y analizar el fenómeno es notoria. Subrayemos, detrás de los conflictos incesantes se halla el desencuentro de dos expresiones culturales que nunca hallaron medios para armonizar la convivencia. El resultado es una sociedad peruana que se asemeja a un ser humano con prolongados síntomas de trastornos de la personalidad y sociopatías que nunca fueron atendidas de manera conveniente. Una mayoría de peruanos no se siente representada en la sociedad oficial; muchos desconocen el origen de esta constante insatisfacción, ignoran los orígenes de esta persistente disfunción social y lo sitúa en un nivel individual, personal, cuando abarca la totalidad del país. Su experiencia se asemeja a quienes se hallan en búsqueda de sus orígenes, del sentido de su existencia. Es el gran e irresuelto drama nacional.

Luego de éstas quizá prolongadas pero útiles digresiones, es momento de señalar con detalle la contradicción primordial de nuestra sociedad, útil para precisar con exactitud el problema más importante a resolver. La principal contradicción enfrenta a los intereses andinos contra los intereses criollos. La contradicción capital posee complejas relaciones étnicas y culturales, de clase y económicas. Se nutre de diferenciados sustratos filosóficos, contrarias visiones del país y de criterios antagónicos en la construcción de la nación y es generadora de contradicciones adicionales y dependientes. Su desarrollo ha sido y es la principal y permanente fuente de conflictos nacionales; ha trabado el dialogo y desarrollo, ha tornado estéril cualquier esfuerzo de construir nación, ha impedido edificar la comunidad imaginada que se conduzca a la integración y al desarrollo y, lo que es más importante, nos ha privado a los andinos de un hogar nacional. La permanencia prolongada de la contradicción descrita, muestra la aún insuficiente capacidad de lo andino para alcanzar y ejercer el poder y las limitaciones del criollismo para gobernar y que crea un permanente vacío político y social que, con intermitencias, sume al país en la violencia y desconcierto. Es la contradicción nacida en el instante de la invasión y desarrollada y ampliada a lo largo de los siglos. La miopía para observar y analizar el fenómeno es notoria. Detrás de los conflictos incesantes se halla el desencuentro de dos expresiones culturales que nunca hallaron medios para armonizar la convivencia.

La segunda contradicción, opone la estructura productiva y las condiciones objetivas de nuestra naturaleza. Aquella ha sido edificada en oposición al mandato de la geología y geografía nacionales y es producto de particulares intereses económicos y culturales ciegos e insensibles a las singulares características de una agreste y feraz naturaleza que exige ser abordada orientados por principios probadamente eficaces y practicados y desarrollados durante milenios: identificación de la vocación natural del suelo y la geografía, complementariedad productiva y ocupación horizontal de todos los pisos altitudinales y ecológicos, en especial los situados por encima de los tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar. La mentalidad occidental y colonial ha explotado la naturaleza con paradigmas inadecuados, con criterios útiles para otras geografías y con moldes extractivos y depredadores. La consecuencia ha sido la desestructuración de una economía labrada en milenios y en concordancia con las necesidades objetivas de la naturaleza y las sociales. Los encomenderos y sus descendientes destruyeron lo que hallaron y no han sido capaces de construir un modelo alternativo eficaz; el suyo no ha construido desarrollo, ha afectado negativamente el ecosistema natural además de carecer de conexión con su entorno y ser fundamentalmente primaria exportadora. La formación económica constituida contiene un conjunto de deformaciones derivadas del uso equivocado de las fuerzas productivas. Lo que deja a su paso son conflictivas y distorsionadas relaciones sociales; enfoques exóticos en la definición de las grandes líneas de producción; falencias en las relaciones personales al interior de los centros de transformación que no responden a ancestrales formas de interrelación social; caótico y desordenado acondicionamiento del territorio e invertebrada ocupación del espacio y ausencia de cadenas de producción complementarias. Por otro lado, la irracional superestructura que genera son el reflejo palpable de las distorsiones señaladas y que sumadas a las bases productivas han producido una sociedad deformada.

La tercera contradicción enfrenta el monocultural Estado criollo y la población andina amazónica que también adjunta marginales estamentos criollos, a quienes el Estado no los representa ni sirve con eficacia. El Estado monocultural imparte salud, educación, justicia, seguridad, recreación, etc. provisto de un lenguaje único y con criterios que solo sirven para privilegiar aún más a los grupos dominantes.

La cuarta contradicción se origina en el estado deformado de nuestras mentalidades y parte de una dicotomía muy antigua entre lo que somos y lo que anhelamos ser. Nuestras mentes, formadas en un eficaz sistema que se inicia en el hogar y atraviesa todo el sistema educativo formal apoyado por los medios de comunicación, han sido influidas de modo radical por criterios alienantes que han alterado el desarrollo de la personalidad creando diferencias profundas entre las condiciones objetivas de nuestra identidad y las imaginarias implantadas por el cofcolonialismo alienante. Pretendemos ser occidentales sin poseer ninguna cualidad que lo sustente, ni geográfica, cultural, ni política, ni económica; el intento nos hace colisionar con la integridad de nuestro ser natural. La consecuencia es la formación de una extensa colectividad de ciudadanos descastados y desclasados que son un serio obstáculo para la edificación de una sociedad superior. La occidentalización de nuestra sociedad ha sido un esfuerzo permanente y fallido; desde Felipillo pasando por el ayuntamiento de Inés Huaylas con Francisco Pizarro, hasta las políticas de inclusión social contemporáneas. La sociedad andina permanece allí, presente, transformada es cierto, pero viva, indomable. Todas las políticas han mantenido la situación invariable en su esencia.

Toda está irracional estructura política, económica y social es apoyada y sostenida desde el exterior por Estados que se mantienen unidos por una civilización hegemonizante y homogeneizadora que además se considera a sí misma como el modelo a imitar. No obstante su visible declinación, la civilización occidental y cristiana es el sostén del modelo que se enarbola insustituible en el Perú. Como hemos visto, todas las colectividades políticas la consideran piedra angular de todos los elementos que luego se le adosan como propuesta de sociedad. Neutralizar esta relación es la contradicción última que es necesario enfrentar: el antagonismo que enfrenta a las culturas originarias de nuestro país con la civilización occidental dominante y su Estado líder y Estados satélites. Son, en última instancia, el enfrentamiento de los intereses nacionales con los intereses de las potencias imperiales que tuvieron y tienen al Perú como su zona de influencia. Atenuada ahora por la coincidencia de objetivos que han mostrado con la patria criolla, se acentuara cuando el Estado nacional peruano desarrolle sus propios intereses. Existen sectores de la sociedad criolla a quienes esta contradicción los incluye. Son colectividades con quienes será necesario llegar a niveles de entendimiento y cooperación. Darle curso a la solución de la contradicción descrita es probablemente el escollo más difícil de vencer por el tiempo de dominación ejercido sobre nuestra sociedad, por el grado de legitimidad alcanzado y por las fuerzas aliadas que poseen en el territorio continental.

La única forma de resolver las contradicciones explicadas es mediante la sustitución de la clase y etnia dominante de la conducción del país, reemplazar la casta criolla que conduce el Estado desde siempre por una nueva colectividad cultural: la andina. Menuda tarea nos espera si deseamos hacerla de manera responsable

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