Vargas Llosa y su afiliación al tribal Occidente

PROLOGO

Vargas Llosa forma parte de una clase dirigente que carece de membresía. Es un solitario y activo ejemplo de intelectual orgánico sin pares; uno de los pocos con capacidad de sistematizar ideología, esbozar programas de gobierno y emitir opiniones que orientan colectividades. El escritor ha demostrado largamente su capacidad teórica para el ensayo y la divulgación de ideas; en algún momento también mostró cualidades para liderar directorios políticos y multitudes. Sin embargo, su tozuda determinación ha estado orientada hacia la creación y la literatura. Su desarrollo intelectual ha seguido la suerte que muestran numerosos pensadores a lo largo de nuestra historia: ver sus ideas llevadas a la práctica por políticos grises, mediocres y zafios, distantes de sus características personales. Alguno de ellos fue, inclusive, su enconado adversario político. No es casual esta realidad, hay una trencilla que los vertebra y los hace superar desavenencias en los métodos y las formas. Algunas ideas son solo posibles de ser impuestas bajo el yugo del autoritarismo que se ejerce desde pequeños grupos, de tribus dentro de la tribu.

Con su madre: Dora Llosa Ureta

La solitaria actuación del escritor se explica por la habitual incapacidad de nuestra clase dominante de erigirse en conductora, dirigente. La mayoritaria población tiene un intuitivo reconocimiento de esta realidad y les otorga a sus teóricos desdén cuando no les niega o retacea cualidades.  La actuación pública del escritor es por eso peculiar; se le reconoce influencia y lucidez intelectual, sin lograr la simpatía de las mayorías. ¿Qué aspectos de su personalidad, lastiman tanto la sensibilidad de numerosos peruanos? Es posible resumir las razones admitiendo que el escritor porta características que colisionan con las formas de ser del peruano promedio, adoptadas como resultado de la dominación y el subdesarrollo. País de desconcertadas gentes, lo denominó alguno. Hallamos un extendido sentimiento que expresa inquina contra el novelista; incomoda su tesitura  que, es probable, les recuerde la difundida medianía, la inconstancia e incapacidad para persistir y de incorporar disciplina y tenacidad en la obtención de sueños y objetivos y les enrostra debilidad en sus juicios y la tropicalidad de sus emociones, debilidad y fracturas en sus razonamientos. El rechazo es precisamente más visible entre los sectores medios, aprisionados por las fuerzas de la aculturación, semilla de ética y moral blandengue y permisiva, valores criollos centenariamente entronizados en nuestra sociedad.         Discutir estas interioridades nos conducen a otorgarle contexto social, familiar, a su pensamiento. Hay quienes, como Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, lo han tratado de cerca durante varios años y acompañado lo suficiente como para ceder testimonio de su personalidad. Veamos las opiniones del primero[1]: “Había leído ya La ciudad y los perros y había hecho amistad con Mario Vargas Llosa, o sea que acudí a él en busca de algunos buenos consejos. Pero, más que consejos, lo que encontré en él, aparte de una actitud franca y generosa, fue una especie de modelo francamente acabado y perfecto, y tan sólida, tan de una sola pieza, que inspiraba una cierta reverencia, un gran respeto, pero también un cierto temor. A Mario, no sé, como que no había manera de tomarlo con eclecticismo. Era de una sola pieza y se bastaba a sí mismo y, con toda su simpatía y cordialidad a cuestas, era ejemplar. Y su ejemplo seguía a pie puntillas o se convertía uno en un muy mal ejemplo. Mario era un militante de todo lo que hacía y todo lo hacía con la mayor disciplina. Páginas más adelante, completa la semblanza señalando: Vargas Llosa almorzaba ejemplarmente ligero para dejarles espacio a los demonios del escritor, hasta que estos literalmente lo dominaban, se apoderaban de él, se lo devoraban y lo convertía en un buitre que se alimentaba de carroña hasta transformarse en un deicida con digestiones literarias en forma de magma. Inabordable con eclecticismo dice el amigo, realidad que colisiona con el temperamento nacional, siempre dispuesto a transigir usando el conciliador y conveniente acomodo. 

Su padre: Ernesto Vargas Maldonado

Las confidencias de Ribeyro contienen similar tono. En carta a su editor alemán Luchting, señala[2]: “Mario es un tipo hors de pair [incomparable]. Me anonada su seguridad, su diligencia, su ecuanimidad, su forma práctica, realista, casi mecánica de vivir. Es un hombre que sabe resolver sus problemas. Los zanja con lucidez y sangre fría. Y lo que es más grave es que todos ignoramos todo de él. Él se da a conocer solo por sus actos. Los preparativos de sus actos o las razones que los determinan no se traslucen. Jamás hace una confidencia. Nunca se le ve desalentado por algo, por alguien. No vacila, elige siempre lo infalible. En su vida no hay “tiempos muertos”, los que tú o yo o tantos perdemos a veces sentados en un café, pensando en cosas sin importancia. Lo que él concibe lo realiza. Entre una y otra cosa no se interpone esa fase de incertidumbre, de desconfianza, de pereza, que a muchos a veces neutraliza y ahoga nuestros mejores propósitos. Tal vez por eso dé una impresión de “inhumanidad”. Tal vez por eso tenga muchos admiradores, pero poquísimos amigos. Tal vez esa sea la condición innata del auténtico creador: la del hombre que está por encima de nuestros pequeños sentimientos y nos sobrevuela, instalado en su propio Olimpo.

Las semblanzas explican la concentración y el compromiso que lo han acompañado en la realización de sus metas. Los pocos amigos que ha hecho en su vida es la consecuencia natural de tales propósitos. No es sencillo compartir experiencias con alguien tan drástico para opinar como intransigente para mantener posiciones intelectuales y políticas, y que elige sus adversarios, cuando no enemigos, con razonada pulcritud y eficacia. Sus detractores personales son, seguramente, propietarios de una distinta opción de vida. Muchos de ellos, no obstante, admiran su pensamiento y lo siguen en sus orientaciones ideológicas. Me pregunto, si el espacio criollo no le ha proporcionado tal tesitura, entonces ¿cuál es su procedencia? Provoca pensar que mucho de su contextura proviene del espacio cultural que ha formado a personalidades andinas por largos milenios. ¿Es inexacto que el módulo de su configuración personal se halla en los ascéticos andes Cochabambinos y no es ubicable en la sensual molicie piurana? Su hieratismo ¿acaso no es quechua o aymara? ¿Cuánto le adeuda su ánimo y tenacidad a la iracunda y andina personalidad de Ernesto Vargas Maldonado?

En Cochabamba

Vargas Llosa es un personaje hechura de sí mismo. No soslayo que la novelesca biografía del Nobel está vedada para una gran mayoría de peruanos. No obstante, luchó contra el parecer del padre para convertirse en novelista mientras el anodino apoyo de su madre no fue, al parecer, impulso decisivo. Sabemos lo difícil que es sobreponerse a la oposición o indiferencia que expresan los progenitores cuando se elige un camino de vida distante de los moldes familiares establecidos. Su nulo titubeo para desligarse del país y construir sus metas es una elección que puede parecer grata cuando se desconoce los estragos que produce el desarraigo. También bregó contra sus intermedias capacidades para la creación novelesca. Reconoce que su contienda por gestar historias e hilvanar palabras, le exigieron desarrollar una formidable disciplina. Lo ha conseguido transitando un cotidiano e invariable itinerario, que le dotó de medios para esbozar ideas, corregir y volver a corregir, hasta alcanzar la maestría.

El reconocimiento que suscita su biografía personal, no disminuye nuestro profundo desacuerdo y oposición a sus planteamientos ideológicos, sociales y políticos para nuestro país. Recojo temas que yacen en el primer nivel de sus exposiciones: alegar nuestra irrevocable pertenencia a la civilización occidental y cristiana y a la mitificada fundamentación que la señala como insustituible referente universal. Su afirmación que la modernidad es incompatible con nuestras arcaicas raíces culturales y que el único camino que nos resta es la universal aculturación, admitir que la vía correcta es el camino trazado por los antiguos amos, son falacias que deben ser desmentidas sin reparos. El desarrollo social no es lineal ni confluye en una sola moderna civilización como tampoco el  pensamiento que denomina arcaico es etapa primitiva del raciocinio sino un camino distinto y distante al de la racionalidad occidental; no es una etapa anterior, como si lo fue el pensamiento arcaico o mítico griego para las razones instrumentales. Es la explicación de la improductividad de nuestro mestizaje, yace en la imposibilidad de hibridar el maíz y el trigo. Nuestra filosofía es autónoma, dueña de su propia modernidad, y recuperará su pleno desarrollo en algún momento de nuestra historia. Edificar una narración distinta y alternativa, que sustituya la novela imperante es tarea que parece imposible si se soslaya las fuerzas emergentes y la declinación que sufre Occidente y las pruebas de la historia que nos lleva a analizar civilizaciones extintas. La inocultable incapacidad de los principios filosóficos, morales, éticos de ese continente y sus contenidos, para integrarnos como nación y conducirnos al desarrollo, son manifiestas. Las evidentes realizaciones que obtuvo en sus naturales espacios de origen, no han podido replicarse en nuestra realidad. Son otras, ahora, las exigencias que nos demandan recuperar nuestro destino.

En el colegio Leoncio Prado

Las ideas que el escritor divulga no son nuevas. Nos llega con la potencia que los siglos de desarrollo teórico han conseguido. Con variaciones y avances y retrocesos, es el fundamento basal sobre el que se sostiene la estructura ideológica, social, económica y política del país. La magnitud de los conceptos que promueve son de tal dimensión y fuerza de convencimiento que habitan ocultos a los ojos de la mayoría. Subrayamos uno: nuestra pertenencia a la civilización occidental y cristiana. Dogma inamovible desde su violenta implantación nos ha hecho satélites de dominios exóticos y privado de un camino autónomo en filosofía, ciencia, artes, tecnología, pilares de los incrementos productivos y sociales. En suma, no ha logrado diseñar ni llevar a la práctica ninguna forma de comunidad imaginada ¿Cuánto de las ideas contenidas en los textos republicanos, o anteriores, y que Vargas Llosa reactualiza, han instalado a este país en la senda del desarrollo y la integración? Formulo la pregunta de otra manera, ¿qué ideas cimentan la estructura que sostiene nuestro país?, ¿cuáles fundamentos han custodiado nuestras fronteras y evitado invasiones indeseadas y derrotas bélicas humillantes?, ¿el racismo y la segregación, el universo que gira en torno a estas ideas, con qué breviario se ha impugnado?  ¿El plebiscito cotidiano que es una nación, acaso no son diarias confrontaciones y desacuerdos que nos han llevado con regular frecuencia a conflictos armados? Ningún conjunto de ideas propias nos gobierna, ninguna superior idea de sociedad nos conduce; el pensamiento orientador más exitoso: imaginarnos país milenario y mestizo ha sido desplazado por país de ineludible destino culinario.  

En este espacio de tierra yerma, el pensamiento que adoptó Vargas Llosa en sus periplos extranjeros y que difunde con decisión, aparece y se aprecia y destaca con claridad inocultable. Las ideas de una sociedad libre, sin restricciones estatales, partidaria de establecer patrones culturales y estéticos desde las alturas de la colonizada y culta educación, enemigo de cualquier forma de nacionalismo que cuestione la dominación, hegemonizante desde lo civilizatorio y cultural, adverso a la planificación, aparece innovador  cuando se le observa desde la ignorancia de la historia de las ideas en el Perú. Su oposición a la tribu, encubre, flagrante, que su voz emerge de una de las organizaciones tribales más extensas de la historia mundo y que su seminal oposición a todo cuanto aparece alterno, diferente, es combatido con el mismo y tribal y libertario aparato conceptual que emana de la esencia misma de sus intolerantes conceptos civilizatorios. Nadie, según el escritor, puede detentar la capacidad de organizar   tribus alternativas y legítimamente constituidas, como son los innumerables grupos tribales que, ahora, alrededor del mundo, contravienen el orden civilizatorio y cultural dominante. Allí se encuentra, qué duda cabe, nuestra arcaica tribu andina que posee territorio y procrea una Nación y carece de Estado.

En el diario La Crónica

De esta concepción parte su rechazo a todo lo popular, nativo y, por añadidura, a todos los líderes y organismos sociales, dirigentes del eterno descontento de pueblos, incansables luchadores de causas civilizatorias y culturales distintas. No simplificamos cuando decimos que en este prolongado itinerario hay desde hace siglos dos visiones incompatibles: una emana de los retoños de los antiguos encomenderos y la otra posee visión nacional, andina y popular. No es anacrónico y arcaico remitirse a la historia remota para entender nuestro rostro verdadero; de esos tiempos proviene lo sustantivo de nuestra realidad. En algún momento lo andino no será solamente la culinaria exportable ni solo el atuendo presidencial para citas internacionales, sino el sustrato de todo nuestro quehacer nacional. No es posible desarrollo ignorando lo que somos. Y no se trata, fundamentalmente, de modos de producción ni de formaciones económicas, dicotomía que es necesario superar; sino de la supremacía de una natural y genuina forma de entender el país y dirigir su destino.

En Cochabamba

Se invita a leer el texto reconociendo los ríos profundos que lo alimentan. Es el modo en que se analiza aquí un aspecto descuidado de la biografía y de la edificación intelectual del escritor. Escudriña en los intersticios de su vida familiar para entender sus posturas políticas, al mismo tiempo que nos ayuda a explicar las posiciones políticas de los peruanos. Entrelazar cultura y clases sociales, nos permite examinar de mejor manera los pliegues que componen nuestras historias personales y familiares. Resulta sorprendente observar cuántos de los pensadores nacionales están atravesados de oscuridades en sus orígenes o han vivido disputas personales acerca de su identidad. Vargas Llosa no es la excepción. Observaremos en estas páginas que su filiación criolla es un constructo deliberadamente edificado desde las cenizas de una temprana y desechada identidad andina. Despojarse de sus años en Cochabamba ha sido un proceso corto e intenso de su biografía, acelerado por la intensa y conflictiva relación con el padre. Su caso carecería de importancia, sumido entre miles de historias semejantes, sino fuera por la influencia que aún conservan  sus ideas en nuestra colonizada sociedad y también, lo más importante, porque su biografía es una clara muestra del modo en que se procesa el  abandono de una tribu para enrolarse en otra, distinta.


1 Alfredo Bryce Echenique. Penúltimos escritos. Ediciones Peisa, Lima, 2009. Pág. 72 y 82.

[2] Jorge Coaguila. Ribeyro, la palabra inmortal. Revuelta Editores. Lima, 2018. Pagina 224.

2 Comentarios

  1. Es una obra excelente la que desarrolla Hugo Chacòn. Deja al descubierto a un Nobel volcado contra la propia idenidad del Perù profundo.

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    1. sawasiray dice:

      Gustavo, muy grato leer tus opiniones en estas páginas de encuentro y debate. Espero que en los lectores suscite el mismo interés. En realidad la lectura que hacen del Perú los intelectuales debe revisarse. Tus libros son una muestra de ello. Agradezco el comentario que dejas.

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