Bea y Antonio. I parte

Nos hicimos amigos en la universidad, no fue una relación entrañable que fija rumbos permanentes y traza futuro compartido; se trató de contactos visuales matizados por diálogos cortos, circunstanciales. Me llamaba la atención su recato y la armonía que mostraba su forma de vestir; me daba la impresión de cultivar soledad en medio de su grupo de amigos. ¿Sabes el día del examen, suspendieron la clase de mañana,  hiciste el trabajo?, y Bea respondía elevando su voz y sonriendo. Estuvimos de acuerdo la noche del reencuentro, desperdiciamos la oportunidad de ser amigos cercanos; nos unía el origen provinciano, una cierta disposición para evitar grupos y también, recuerdo, distancia con ruidosas celebraciones. Ambos éramos solitarios encubiertos con falsos signos de sociabilidad; pero no apareció el momento, los breves instantes en que la vida une a dos personas de manera distinta. Cuando elegimos especialidad Bea decidió tratar con granjas productivas y yo me fui tras los procesos industriales; creo que fueron decisiones que influyeron para no acercarnos. Cuando nos volvimos a encontrar en uno de esos aniversarios que llevan nombres asociados a gemas y décadas como egresados, sumamos imágenes pasadas sin el ánimo de impregnarnos de remembranzas inútiles, sino como medio de hallar coincidencias y dibujarnos un futuro sin atarnos a la memoria.

No era amigo de asistir a ceremonias de aniversario saturadas de anécdotas con profesores, recuerdo de ausentes y una que otra historia de viajes y romances truncos. Me resisto a retornar al pasado como un medio para ser feliz, no hay mejor promesa que el futuro, pienso siempre.  Pero, esta vez, no pude negar mi asistencia; la campaña de convocatoria había sido tenaz y el grupo organizador cerró puertas a todas las  excusas.

Universidad Nacional Agraria La Molina - Lima
Universidad Agraria La Molina

Llegué tarde a la cita, ocupé uno de los pocos lugares libres en un extremo de la mesa que tendría una treintena de asientos ocupados. Llegar mientras iniciaban el primer brindis de la noche hizo que mi arribo pasara desapercibido. Instalada la copa en su lugar y saludar a los amigos cercanos, reparé en el rostro de Bea a mi costado; no fue difícil ubicar sus perfiles y nombre en la memoria. La saludé con entusiasmo mientras recordaba los atuendos que lucía, conjuntos que armonizaban en colorido y propiedad con el ambiente casi rural de la universidad. Mantenía el cerquillo sobre su frente y la misma sonrisa amable y un tanto desconfiada. Luego de superar el momento inicial de cálculo y evaluación fue fácil iniciar una conversación poco vinculada a los recuerdos. Escuché que estaba de paso por el Perú y que una de las razones para volver a la patria había sido asistir al reencuentro. Veo que tu devoción por la universidad y los amigos es fuerte, le dije. Es más que eso, me respondió, al margen de volver a las aulas y ver a la gente, es retornar a mis raíces, porque sabes, añadió, aquella época definió mi vida, me liberé de dependencias familiares, conocí el amor y me estrené como viajera. Escuché con atención cada palabra, estaban cargadas de emotividad y, sobre todo, la narración tenía orden, detalles, y eliminaba la hojarasca que, con frecuencia, se convierte en el centro de muchos diálogos. Contra todas mis costumbres, no fue difícil abrir mis datos y enterarla de algunas fatales experiencias en las aulas y el poco bienestar emocional que conseguí entonces. En realidad, le confesé, se trataba de la inconformidad que tenía con mi especialidad; caí en el campus porque me gustaba la vida rural y pensé que algún día conduciría un fundo que mi familia tenía en la sierra. Como verás, no hice nada de lo pensado y luego de colgar mi título me dediqué a las cosas más dispares que te puedas imaginar.

Luego de la cena se formaron grupos y el licor empezó a jugar su papel; fue entonces que decidimos cambiar de lugar. Estoy en Miraflores, dijo, busquemos un sitio por esa zona. Nos escabullimos de la reunión sin despedirnos de nadie. En el camino le dije: Bea, nuestras biografías son distintas, pero  veo que tienen algo en común: la permanente búsqueda de bien estar, de comodidades para el alma, del amor en todas sus formas; en todo hay que buscar afinidades, fluidez, amor, en suma, ¿no te parece, Gabriel?, sí, claro, respondí, lo dices bien, de eso se trata. También dijo que estaba siendo amable con ella al asegurar que la recordaba con nitidez, apenas si hablamos, Gabriel. Te recuerdo bien, Bea, respondí, y le mostré algo que me distingue: memoria visual; le describí la ropa que vestía, el modo en que llevaba los libros y cuadernos, los lugares que frecuentaba con sus amigos. ¡Oye, Gabriel, qué memoria asombrosa la tuya!, ¿recuerdas a todos de esa manera?, no, no a todos, a los que me llamaban la atención; los ruidosos, deportistas, malgeniados, así.  Recordó borrosos pasajes de alguna conversación y mencionó: tú, mantenías a distancia a todas las personas; ¿sigues igual?, tenías un grupo mixto, recuerdo, pero casi siempre andabas solo, ¿por qué? Era timidez, le expliqué, sin lograr que me creyera sin dudas ni preguntas adicionales.  El interrogatorio confirmó de nuevo que mis años universitarios no habían sido precisamente de buen pasar.

Ya instalados en un café de Diagonal, recibimos el nuevo día hablando sobre diversos temas, familia, política, actividades económicas. No me casé, dijo, quizá encuentre algo, hay tiempo todavía, y tú, qué lindo Gabriel, tienes familia numerosa. Sí, me tocó, espero la conozcas en tu próxima visita y completes esa novela dramática que me has empezado a contar con el tal Antonio. Intuyo que tienes allí cosas importantes que contar. Es verdad, es verdad, terminaré la historia por teléfono, ¿hablaremos no, podrás?, si claro, como no, seguiremos hablando.

Terminadas las horas nos separamos con la promesa de buscarnos y continuar en el camino abierto esa noche. Bea vivía entre Barcelona y Miami, y conducía un exitoso negocio de importación de lana de alpaca. Si pues, contó, mi primer trabajo marcó rumbos, lo que hice en esos años lo sigo haciendo ahora, incluye insistir en la búsqueda del amor. Seguro que estaré en el próximo encuentro, dijo, caminaré por aquí el rato que menos pienses; a los proveedores hay que visitarlos con frecuencia, y halagarlos, sino se van rapidísimo con otras compañías. Nos veremos, le dije, hagamos lo posible por coincidir de nuevo, me interesa saber más de la historia de amor que has empezado. Me ha impresionado, imagino cómo será cuando termine, extraordinaria. Para ti, toda historia secreta es miel, ¿no?, la digieres y la publicas. Te equivocas, no es fácil escribir sobre sucesos ajenos, necesito sintonía total con el tema, lo consigo con historias que brotan desde algún lugar de mi cuerpo, pero lo tuyo me ha hecho sentir extrañamente cercano. Terminaré de contarte y me harás entender tu relación con la literatura, es raro, ¿cómo así?, de las máquinas y procesos a los cuentos y novelas, ¿cómo se explica?  No trates de hallarle racionalidad, respondí, ni yo lo entiendo, ocurrió un día en que me sentí el ser más abandonado y la única compañía que hallé fue una hoja en blanco; así empezó, poco romántico. Cruzamos el parque central cuando el nuevo día tenía un recorrido de largos minutos. Habitaba un pequeño departamento cerca de Alcanfores, un antiguo edificio con vecindario preocupado por mantenerlo en buen estado. ¿Entras?, no, respondí, mira qué hora es, Ana me acaba de mandar un mensaje; metí mi cabeza para observar su pequeño recibidor y nos despedimos con un prolongado abrazo y la promesa de continuar conversando por la red. Mientras ubicaba mi auto, iba pensando en la actitud que tendría Ana a mi llegada, no la veo haciendo una escena, no es así, además le interesará las novedades que llevo.

Bea partió luego de un par de días. Seguimos conversando con cierta regularidad en las semanas siguientes y empezamos a establecer una amistad que, quizá, hubiera tenido un rumbo distinto si el reencuentro se hubiera dado unos años antes. En una de las conversaciones terminó de contar su historia con Antonio. Después del final, desaparecieron otros temas y, en jornadas de varios días, me detuve a escudriñar los detalles de su narración. Me ha impresionado tu relato, Bea, me ha removido por completo; no es común que alguien actúe así frente al amor. Ahora mismo, cuando repaso aquellos diálogos, percibo que permanecen sin explorar pasajes que hubiera preferido conocer mejor. En algún momento le pedí que escribiera un resumen de todos esos años; no hay otra manera de orientarme, le dije, en medio de tanta información y detalles. Lo haré, lo haré, Gabriel, me servirá para ordenar los errores y terminar de curarme; son años que no terminan de irse de mi vida.

Mis experiencias amorosas eran grises y carentes de drama, ninguna tenía los ribetes de tensión o complejidad que escuché de Bea, excepto una, la de Parwa, la mujer que hizo lo mismo, desechó el amor. Terminé por entender que la tragedia de Bea había calado hondo porque sentía lo mío como una variación de la noveleta que era lo ocurrido con ella. Lo percibí luego de un corto tiempo, removiendo el dolor y las agonías que me invadieron en aquellos días ya tan distantes. Por lo demás, mis narraciones se agotaron en corto tiempo: una mujer extranjera a la que no quise seguir por cobardía y una relación desigual que me revolcó en medio de desatinos.  ¿Y tu esposa?, preguntó, ella es una estación de paz y armonía, le dije. ¿Es todo?, sí, respondí, es todo, ¿aburrido, no? Creo que estás ocultando cosas, Gabriel, no pueden ser tan simples tus historias, no las tuyas, no sé, eres tan extraño y secreto. Así es, Bea, créelo, lo son. Me llamó la atención su perspicacia, sí, era cierto, lo de Parwa había sido demoledor, pero no tenía ningún deseo de contarlo.

Cuando me llegó el resumen, sentí la necesidad de reescribir la historia, lo usamos en varias discusiones; me sorprendió la transformación que había tenido lo que al principio fue un conjunto de datos sueltos que no provocaron cuestionamientos iniciales. Conocer el detalle de la trama me suscitó un malestar que aparece cuando siento que tengo material para escribir una historia; es cuando empiezo a no estar cómodo en ningún lugar, una especie de estado alterado de conciencia que me hace mirar sin ver, tocar sin sentir y hablar sin deseos de comunicarme; solo me anima el deseo de escribir y escribir. ¿Bea, cómo pudiste tomar tales decisiones?, hubiera querido estar frente al amor como tú y decidir distinto, le dije en varias ocasiones. Era muy joven, entiende, inexperta y temerosa, además no tenía a nadie cercano que me aconsejara.

—No eras tan joven, tenías 24 años

—¿Y la experiencia, Gabriel, donde la dejas? Nunca había estado enamorada, comprende

—De acuerdo, pero igual no entiendo, era el hombre de tu vida.

—Así fue, no hay remedio, Gabriel, así fue.

Te cuento, todo empezó terminando mi tesis sobre la fibra de vicuña, financiada por la cooperación alemana; resultó bien calificada y me sirvió para recibir una propuesta de trabajo en Huancavelica y una beca que dejé pendiente. ¿Te imaginas?, todo redondo; mientras mis amigos caminaban desorientados buscando qué hacer, ya tenía un trabajo que tocaba lo mío y en un lugar muy cercano a mi ciudad. Mi familia es huanca, tú sabes, de la incontrastable, todo encajaba. No tenía que pedir permiso a nadie para establecerme en cualquier lugar; sin madre desde los siete años, padre extraviado muy temprano, a mis hermanos mayores a quienes solo tenía que comunicarles mi decisión. Acepté sin pensarlo dos veces, el sueldo me pareció una fortuna, para mí sola. Así partí hacia Huancavelica, terminaba la década del 70, febrero, sí, dos de febrero; la novedad era la Asamblea Constituyente, ¿recuerdas?, sacaron a Velasco y entró Morales Bermúdez, un jaleo. Allá estaré alejada de todo eso, pensé.

04 de Agosto - Fundación de la ciudad de Huancavelica
Huancavelica

No llegué sola, fui con Teresa Sarmiento, ¿la recuerdas? Trabajaría en un proyecto del Ministerio de Agricultura, que tenía un nombre aparatoso: generación de empleo en el ámbito rural, proyecto GEAR; se trataba de desarrollo comunal, agricultura, ganadería, artesanía, pequeña industria, todo junto. Alisté lo poco que tenía que llevar y  trepé al bus que conocía bien, en medio de una lluvia que apenas me dejaba ver a un metro de distancia, así son las lluvias por allá, te descuidas y te deshacen. Voy sentada en el lado de la ventana observando un paisaje de poca vegetación, pequeñas plantas rastreras interrumpidas por el ichu indestructible, lagunillas contaminadas de residuos tóxicos, costras aceitosas que cubren espejos de agua inertes; el paisaje se fue alegrando con los kilómetros, verdes de distintas tonalidades, riachuelos, vacas, carneros, lindo, estaba ilusionada; pensaba en mi madre, cuánto le hubiera gustado verme con los estudios terminados, a mi padre lo recuerdo poco, he perdido su rostro, mejor así; mis hermanos ocuparon el vacío; pero ¿sabes cómo se reemplaza a una madre, Gabriel, sabes cómo?, con el dolor a cuestas, comprobando cada día que nunca tendrás hogar ni confidencias con ella, no recibirás sus consejos ni compañía. Cerros y quebradas con formas que el aguacero escondía; me preguntaba si el temporal me anunciaba algo malo. Aparecieron lugares que conocía desde niña: Chongos Bajo, Cullhuas, Izcuchaca, Huando. El corazón me latía desenfrenado cuando baje del bus, muy cerca de la iglesia catedral de Huancavelica. Miré a mi alrededor, todo me parecía extraño, no pude percibir ninguna señal del futuro y el dolor que me causaría alejarme de lo que en ese momento eran calles sin rostro, inaccesibles.

¡Y no sabes dónde me alojé al llegar!, en el Turistas, nada menos, pensé que sería por unos pocos días, mientras encontraba un lugar apropiado, eso pensé; pero no, allí me quedé los dos años que me retuvo esa ciudad, mi sueldo era bueno. Al día siguiente nos recibió el Consejo en pleno, el mismo Alcalde y personas influyentes; Prefecto; Director de agricultura, Felipe Ramírez, un amor de gente; el jefe de la Policía, Néstor Pulido, mencionaron que faltaba el ingeniero Antonio Pinto, administrador del proyecto Alpaca Perú, Molinero como usted, dijeron. Me dio curiosidad, trabajaría con él, el tema de la fibra de alpaca era el centro de todas las actividades económicas de la región. Llegó poco después, cuando ofrecían bocaditos y un macerado de alguna fruta con pisco. Tenía dos copas en el cuerpo cuando llegó Antonio. Alto, de ojos claros, pelo frondoso, lacio, seguro de sí mismo, expansivo. Lo vi cruzando la ventana que daba al parque, intuí de inmediato que era él, no sé, no me preguntes razones, solamente lo intuí. Después de unos segundos apareció como un río ancho y apacible. Lo recuerdo como si lo estuviera mirando, camisa a cuadros rojos y blancos, jean azul, desteñido, botas de minero, gastadas, y una casaca de cuero marrón que parecía recién estrenada. Miró a todos y después de fijarse en mí y en la copa que mantenía en mi mano, se acercó con ligereza: tú debes ser Bea, ¿no? ¿Y tú, Antonio? Fue amor a primera vista, ambos sentimos lo mismo, me lo dijo después, tenías una luz que iluminaba a todos, tenías que ser tú.

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