Colinas deshabitadas

Vi a Sebastián por primera vez durante las fiestas del 4 de agosto cuando llegan a Yauyos visitantes de todos las ciudades y países; turistas y gente que regresa a su lugar después de años de destierro voluntario. La pequeña ciudad se alborota y no hay espacio para caminar con holgura; es la rutina de siempre, lo he visto desde niña; yo misma soy una migrante que volvió después de algunos años de trajinar ciudades. Caminaba con Fernando, casi lo obligué a salir ese día, prefería quedarse en casa haciendo nada. Me llamó la atención su afán de abrirse paso en medio de la multitud para tomar fotografías de las bandas y los danzantes; el brillo de su casaca lo delataba, también la mujer joven que lo acompañaba me llamó la atención. ¿Qué serán?, me pregunté. Lo volví a ver al día siguiente; observaba con interés las comparsas de danzantes y la trayectoria de las bombardas que parecen agotar las reservas de pólvora de la provincia; no lo acompañaba la mujer del día anterior. Esta vez se interesaba por las imágenes religiosas y los rostros de la gente; a algunos los seguía varios metros hasta conseguir la toma que deseaba. Pregunté a un amigo si lo reconocía, vive aquí, camina por todo sitio, ¿no lo has visto?, anda con una mujer joven, no sé si amante o esposa, viven juntos, están hace tiempo; lo puedes ubicar siempre en la plazoleta. Me quedé pensando; la información fue completa, quizá llegue a conocerlo; no supe precisar el motivo de mi interés, quizá observar la tomas que conseguía con tanto empeño; ¿qué hacía por estos lugares?, no era habitual ver visitantes que mostraran curiosidad y cercanía con la fiesta, debía rondar los cincuenta, mostraba una personalidad que seguramente conocía bien la mujer que lo acompañaba. ¿cómo habría sido de joven? Los vi como dos amigos que se acompañan; uhm, ¿qué serán?


Yauyos

Cuando acabó el alboroto y las imágenes y los músicos se guardaron hasta el próximo año, me acerqué al parque principal; me gustaba sentarme en las bancas y leer y fumar un par de cigarrillos; no sé, el paisaje, la iglesia me acariciaban. La primera tarde me senté a su lado, disimulé mi inquietud leyendo la novela que llevaba y observando el macizo de piedra y tierra que amenazaba descolgarse sobre la plazoleta, era una mole que parecía un apu silencioso. El asiento que ocupaba estaba frente a la pequeña iglesia con el techo a dos aguas y el campanario que se recortaban contra el verdor de la cordillera. No se fijó en mí, había alguien entre los dos, estaba absorto en su lectura, recuerdo que era una biografía de Juan Rulfo. Mientras buscaba la manera de iniciar la conversación, se marchó hacia una callecita que terminaba en el río. Antes de regresar a mi casa ingresé a la iglesia para sentarme unos minutos en medio del silencio. Me esperaba Fernando, recostado en la cama y buscando tonteras en la tv; nos saludamos con desinterés, ya no me agradaba su compañía, me había terminado de hartar su desgano para todo y su falta de interés en hallar un camino de crecimiento y de creer que su lugar estaba en una capital europea; prefería andar sola, me sentía más cómoda; la clásica historia del amor deteriorado por la mediocridad de las rutinas y pérdida de horizontes.

A los pocos días lo ubiqué a la distancia, sentado en un extremo del banco, solitario, no se distrajo de su lectura, no me dedicó ninguna atención. Nunca parecía interesarse en nada que ocurriera a su alrededor; terminé mi ración de cigarrillos y seguí mi camino culpándome siempre de mi poca capacidad para empezar un diálogo con alguien. La escena se repitió en dos o tres ocasiones más. Todo cambió cuando llevé un libro de Arguedas que me propuse empezar a leer. Me preguntó si era lectora habitual y si conocía otras obras, le respondí recitando los títulos que había leído. Noté un cambio en su actitud, me dijo su nombre y me pidió dejar el usted e inició una explicación larga de José María, así lo llamó. Propició cercanía desde el inicio, Los ríos profundos hizo que empezáramos a hablar. Me di cuenta que observaba todo lo que ocurría a su alrededor, no lo demostraba. ¿Sabes que Yauyos está en la novela, que vivió un tiempo aquí?, sí, de joven con su padre, fue un par de años. Lo ignoraba. Dejó su novela a un costado y contó que tuvo un amigo entrañable, creo que apellidaba Cervantes, profesor, compañero de lecturas; hay familiares aquí, viven en el jirón Comercio, búscalos; volvió después de algunos años, con Sybila, pocas semanas antes de suicidarse; hay fotos de esa visita, están en la red. Fue uno de los motivos para vivir aquí, mi deseo de estar cerca a sus recuerdos, dijo. Me llamó la atención su sencillez y soltura para conversar, sus conocimientos, yo vivía en esa calle y nunca había escuchado hablar de Arguedas.

Conversamos con frecuencia en las semanas siguientes, de la historia de los Yauyos, de sus dioses y hombres, de las ciudades que conocía; más habló de literatura, de autores norteamericanos y japoneses; me prestó libros de Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Oz, Mishima, Kawabata, en fin, varios. Leía desde niña, por mi padre, pero lo hacía de manera alborotada; con él aprendí a leer con otros ojos, a interesarme por los puntos de vista, las elipsis, monólogos interiores, todo eso. Tenía siempre una opinión inesperada de las narraciones; me contaba las historias alrededor de la novela, la vida de los autores. En esos días empecé a escribir y es la razón de estas carillas; quizá resulte una historia digerible. Quien lee debe inventar historias, me dijo, ha llegado tu hora. Unos días después dejamos la banca del parque y recorrimos el pueblo, los lugares frecuentados por Arguedas; el bosque donde cazaba loros con sus amigos, la casa que ocupó; vimos a la distancia el pueblo de Cusi que Arguedas describe. Es probable, dijo, que el nombre de su novela tenga su origen en este pueblo; si subes a las colinas altas, a los restos de Yauyos viejo, verás las corrientes de agua como ríos profundos, seguro que emocionaron a José María; quizá se trata de los ríos que lo motivaron poner ese nombre a la novela.

Su pareja lo recogía cuando caía la tarde; aparecía ligerita, con un caminar nervioso que parecía buscar no salirse de una línea orientadora; nunca dejó de mirarme con desconfianza; presumí que era un poco mayor que yo; era poco amable, distante. Nunca conversamos; llegaba con la frase que repetía siempre: Sebastián, ya vamos, es tarde, el frio aumenta. Y caminaban juntos hacia el puente sobre el río Yauyos que cruzaba el poblado. Algunos días no lo encontraba, explicó que a ella ale disgustaba que saliera todos los días. Se ha puesto más complicada desde que empezamos a conversar, no le doy importancia, las mujeres son algo complejas, ¿no?, ¿tú lo eres? No supe qué responder, no sabía si lo era, Fernando me decía que exigía demasiado y deseaba más de lo que podía alcanzar. En alguna ocasión me invitó a su casa. Respondí con una disculpa tonta, con su pareja allí, no, iría a molestar, prefería seguir viéndolo en el parque. Cuando empezó a interrogar sobre mi biografía me descubrió también la suya. En realidad, no necesité ser impertinente para conocer sus datos íntimos. Los escribo porque creo que serán útiles para los que andan en correrías y pleitos con el amor. Su biografía era una sucesión de cuentos amorosos; el último era especial.

Huancaya

Una tarde me explicó que vivía en Yauyos no solamente por Arguedas, es también la respuesta a un desamor, me ubiqué aquí para terminar de olvidarla. Mis hijas dejaron de verme luego que dejé mi matrimonio por ella, quedé solo; dijeron que era un irresponsable, dos veces las había dejado sin hogar; se apartaron de mi vida. Parwa era de Laraos, nació allí, contó, aquí estoy cerca, dos horas me separan de su lugar, me ayuda a vivir. Parecía estar interesado en abundar en detalles sobre esa mujer. También le había contado la forma en que conocí a Fernando, las ilusiones que me llevaron a convivir y establecerme con él; uhmm, limeño, difícil combinación, dijo. Cada día que pasa Fernando era una realidad más lejana, que deseaba separarme sin saber cómo hacerlo, le dije. Luego de escuchar con atención me respondió: Ángela, no puedo aconsejarte que abandones a ese muchacho, el peor veneno que se puede saborear es compartir días con una persona que no se ama; eso es fabricar infelicidad para toda la familia. ¿Y amas a tu pareja?, pregunté. Norma no es mi pareja, nos acompañamos, necesitaba un lugar para vivir y yo, un poco de compañía, nada más; nos conocimos en una fiesta como la de estos días; y, bueno, después de Parwa me resulta difícil amar a otra persona.

Mi biografía deshizo sus barreras, así que pude ingresar a la novela de su vida. Todas las vidas son novelas, algunas más intensas o trágicas, muy poca comedia; la mía ha sido siempre un drama de capítulos interminables; huérfana de madre muy temprano, mi padre viajaba constantemente y acabé viviendo con mis abuelos; cuando pude independizarme viví en varios lugares antes de regresar a Yauyos. Parwa no era su nombre verdadero, pero me gustó que lo usara; sonoro, lindo. Fueron doce meses que cambiaron mi vida, explicó, y de eso hace ya un tiempo largo. No sé de ella desde entonces, dijo, mirando el infinito. La conocí de una manera poco habitual, estaba de paso y me animé a ingresar a un recital de poesía, presentaba un poemario. Entonces llevaba casado más de cinco años con una pareja que creía amar lo suficiente; era estable mi hogar, me sentía contento sin el afán de buscar aventuras; pero ocurrió un día, sin pensarlo.

La relación se quebró después de conocerla; fue suficiente verla, escuchar sus versos y conversar para empezar a amarla. Fue un sentimiento que brotó en un instante, nunca me había ocurrido algo semejante; tuve un amor temprano que también me perturbó desde un inicio; pero esto fue distinto, como llegar a un destino final largamente esperado, con todas sus partes enlazadas: compromiso, entrega, formas de vida; la amé desde la primera mirada. ¿Y ella te amó del mismo modo? No lo sé, nunca pude saberlo, era controlada, gobernaba sus sentimientos de un modo drástico, distinto. Tenía hogar con hijos; pero, igual desordenó su vida de manera semejante a la mía; su compañero era un tipo elemental, sencillo sin mayores horizontes. Pronto planeamos tener un lugar para hacer vida juntos no obstante todas las dificultades que nos rodeaban, incluida la diferencia de edades, nos separaban veinte años, ¿no es poco, no? Mi pareja era muy distinta a Parwa, éramos como una sociedad económica que parecía andar muy bien.

— ¿Y qué ocurrió? ¿por qué no realizaron sus planes?
— Difícil responder; tantas razones, presumo que el amor no fue suficiente para ella, o apareció alguien más. Es difícil amar cuando las edades son tan diferentes, ¿no?, y los compromisos familiares están ahí, influyendo en cualquier plan, ¿no crees?
— Sí, es cierto, pero si hay amor y comprensión se deja todo atrás, ¿por qué no? Pero, dime, ¿tus razones serán ciertas?
— Me fijo en los hechos, hablan, por eso.
— ¿Cuáles, todas conjeturas?
— La facilidad que tuvo para alejarse, sin conversar ni explicar, lo dijo, y punto. Era una mujer libre, autónoma; y creo que era buscadora de emociones fuertes y pasajeras.
— No tienes pruebas, exageras, pensó en sus hijos y nada más, eso fue todo.
— Quizá, pero nadie deja pruebas, tú sabes.

San Pedro de Cusi

Mi relación con Fernando se hizo más distante; tenía la impresión que se entendía con una vecina; me lo hicieron saber, no falta gente entrometida; un día los encontré muy cercanos conversando desde ventanas colindantes. Me detuve para escuchar lo que decían. Se quejaba de vivir en Yauyos, pueblito innecesario lo llamó, y que estaba pensando irse a otro sitio, que la sierra no era para él. Para mí tampoco, le contestó, somos iguales, quizá salgamos juntos. En ese momento interrumpí la conversación, ella desapareció de la ventana y Fernando no se inmutó. No le reclamé nada, entendí que eran los días finales para nosotros. Al poco tiempo se fue de Yauyos. Te dejo con el viejo, me dijo, que te haga feliz, he visto que el tío te interesa, no me necesitas. Preferí no responder. No sé si la vecina lo siguió, la dejé de ver luego de unos días, supongo que están juntos.

Pasará el mal momento, dijo Sebastián, ten paciencia, no se querían lo suficiente, hallarás lo que te conviene, te lo aseguro. Me consolaron sus palabras, mi padre apoyó a Fernando; tú tienes la culpa, dijo, con tus aires de grandezas y planes estrafalarios lo has empujado a dejarte. Discutimos un buen rato, ¿cómo hacerle entender que lo único que deseaba de mi pareja era ver el futuro desde un mismo lugar?, tener ocupaciones compartidas y superar todo juntos. Necesitaba organizar mi independencia económica, los pequeños negocios que hacía no eran suficientes; quería abrir un centro de educación inicial, había estudiado esa especialidad, y conversamos que él trabajaría las tierras de mi padre que estaban abandonadas. Al final, no le interesó ninguna alternativa, en verdad no sé cuáles eran sus propósitos, nada le importaba, solo pensar en mudarse de país, algo que era imposible para él y para mí. Eso fue todo, el fin; me afectó, claro que sí, pero así son las cosas, suceden por algo. Después de su partida seguí con mis planes, acondicioné el primer piso de la casa familiar, conseguí mobiliario e inicié los trámites de licencia en la zonal de educación. Sebastián me dio varios consejos que aproveché bien: sobre los programas, la educación en libertad, hablar de todas las religiones; en fin, tendría que ver cómo iban todas esas ideas con los planes oficiales, aunque siempre había maneras de sortear los controles.

Con Fernando ausente tuve más tiempo para mí; cuando no escribía caminaba, escalaba cerros y veía los ríos profundos, caminaba por sus orillas; algunos fines de semana iba a Huancayo, me encantan sus ferias. Le dije a Sebastián que nos acompañara, estaba Norma y también sus horarios y ocupaciones, estaba pensando instalar un albergue para establecerse en Yauyos. Se interesaba por mis exploraciones, mis amigos; en ocasiones dejábamos la banca del parque para caminar hasta los límites del pueblo, sobre todo por el camino que iba a Yauyos viejo; un día logramos subir hasta la cumbre donde están las piedras antiguas, el panorama era hermoso desde ese lugar. Lo buscaba con interés, se hizo necesario, creo que también para él. Nos veíamos cada vez con mayor frecuencia. Saber de su relación con Norma me hizo sentir más tranquila, no perturbaba ninguna relación, pero ella actuaba como su pareja, Sebastián se dejaba llevar; su mundo era imperturbable, nada externo lo afectaba, se sumergía en sus cosas y nada más importaba.

Un fin de semana Norma partió hacia Lima, a ver a sus familiares, entonces conocí su casa, sobria, llena de libros, artesanías, fotos. De un cajón iluminando su rostro, controlando una bicicleta detenida, risueña siempre. Era hermosa, menuda, esbelta; parecía ocultar secretos; sí, era alguien que podía sostener relaciones paralelas, las mujeres nos conocemos. No sé lo dije, no quise incomodarlo. Él expresó algo semejante, no recuerdo bien sus palabras, pero fueron ideas parecidas a las mías; además, eran imágenes congeladas, no podía sacar conclusiones acertadas. Entendí las razones de la pasión que le provocó; no era una mujer de grupo, tenía mundo interior y su fulgor atraía; brillaba. Seguro que la conocería más con las confesiones de Sebastián. Ese fin de semana preparamos comida juntos, después leímos cosas suyas, tenía novelas publicadas, me gustaron, me obsequió dos ejemplares. Leímos mis apuntes sobre esta historia. Le gustaron. Necesitas saber más para completarla, dijo, tendrás toda la información, ten paciencia. Dormí en su casa ese sábado y el día siguiente. No me lo pidió, tomé la iniciativa. Está bien, respondió, pero no esperes que ocurra nada especial. No me interesa, respondí, solo deseo amanecer contigo y tomar un café matutino juntos. Conversamos hasta el amanecer; al final, terminamos acurrucados como un solo cuerpo.

— Cuéntame de ella, cómo era su alma.
— No puedo decirlo con certeza, era compleja, leve y ruda, se sentía cómoda con las discusiones y asperezas, muy hiriente; tenía varios rostros, compañera, madre, poeta, con frecuencia sexual, muy sexual. Nunca decía lo que realmente sentía, siempre callaba sentimientos que la delaten dependiente, sumisa. Decir te amo le significaba un sacrificio permanente. La habían herido mucho, no quería correr riesgos de que alguien conociera sus cosas íntimas.
— ¿Y su pareja, nunca se dio cuenta, a qué hora conversaban?
— Creo que no, llegué a pensar que se hacía el desentendido
— Y ¿tu pareja, Sebastián?
— Dormíamos en habitaciones separadas. Ocurrió poco tiempo después de conocernos; nos distanciamos, no era posible compartir un amor tan profundo; de pronto apenas hablábamos. Me reclamó varias veces, nunca le dije la verdad; luego se rindió. Es que no había evidencias de nada, nunca le expliqué lo que ocurría. Desapareció el cariño, la comprensión; me aparté poco después de la ausencia de Parwa.
— Dime, ¿y hablaban de cosas íntimas, como era?
— ¿Y por qué te interesa?
— Son cosas tuyas, por eso, nada más.
— Son mis recuerdos, pero quizá te hable de eso más adelante.
— Me hubiera gustado vivir algo parecido.
— Son cosas del amor, no solo del placer
— ¿Y aun así se separaron?, no entiendo
— Así se dieron las cosas, nadie tiene separado el destino. Algo hicimos mal, no puedo entenderlo bien. Mi edad, alguien más, tiempo acabado para ella, no lo sé.

Cuando volvió Norma desapareció por unos días, la vi muy contrariada, nos cruzamos en la tienda cercana, seguro se enteró que había pasado dos noches en su casa. Dijo que había tenido problemas. Sé que andas con esa mujer, estoy informada; le respondió que no podía exigir nada, que se calmara, que si no estaba contenta se cambiara de casa, no alteraría sus rutinas. Me iré, le respondió, dame unos días. No fue así, se quedó; pero, ya no lo buscaba en el parque ni caminaban juntos. Por esos días decidimos visitar Cusi, llevé fiambre y agua y emprendimos la ascensión muy temprano. No fue fácil la travesía, parecía alcanzar un nido de cóndores, pero fue lindo llegar y pasear por sus calles olvidadas. Me dijo que allí le gustaría terminar sus días. De pronto me vi acompañándolo.

Obtuve la licencia para mi centro y empecé con cinco alumnos. Mis horarios cambiaron y ya no podía verlo con la frecuencia de antes. Un día conversamos para ir a Huancaya un fin de semana, conocer las cataratas de ese hermoso paraje. Norma visitaría Lima. Fuimos en buses diferentes, para evitar habladurías. Es un lugar increíble, las caídas de agua parecen mesetas de luz, y el sonido parece emerger de nuestro propio cuerpo. Nos bañamos en una zona alta, lejos del poblado. El agua helada nos vivificó, luego nos recluimos en la carpa que llevamos y surgió la idea de subirnos a un bote y anclar en medio de la lagunilla para comer algo y estar ahí.

Mientras abríamos las conservas, pedí me hablara un poco más de la personalidad de Parwa. Acomodándose respondió que era difícil, muy complicada. Era el resultado de su niñez, padre violento y madre sumisa, era un carcelero con ella y sus hermanas. Cosas complicadas ocurrieron en ese hogar que le dejaron cicatrices que condicionaron su relación con los demás y conmigo. Yo tampoco soy sencillo, entonces la mezcla era con frecuencia explosiva. Aparentaba un genio muy fuerte, pero no era capaz de manejar una situación conflictiva que se resuelve conversando y llegando a entendimientos; sus reacciones eran siempre excesivas, respondía con virulencia, sin razonar y, a veces, yo reaccionaba de igual modo. Me daba la impresión de conservar mundos secretos; de pronto desaparecía en medio de nuestras conversaciones nocturnas, presumo que atendía otras llamadas. Se alteraba si preguntaba por las razones, se escudaba en su independencia, te lo he dicho, nunca daba explicaciones. Nos dimos un plazo de dos años para decidir si vivíamos juntos; pero, después de un tiempo, sin ninguna razón, cambió su decisión; dijo que no era posible continuar, que podía darme solo amistad. ¿Te das cuenta?, después de todo lo que habíamos vivido, luego de estar sujetado a mi amor por ella el mundo que había construido se deshizo en unos minutos; se distanció sin ninguna consideración por todo lo que nos unía. Nada pude hacer. A pesar de mi inconformidad permanecí a su lado; aparentando esa amistad que deseaba. Planeamos encontrarnos en Lima, fueron largos días precisando horarios y lugares de encuentro. Ese día, caminó hacia mí un trecho largo, muy tranquila, distante, llevaba un abrigo negro de ribetes blancos, extraño; me agradaba cómo vestía, combinando ropa que no armonizaría en otro cuerpo. Menuda, delgada, desconfiada, cabellera larga, piel con señales del frío serrano. Nos dedicamos cortas horas. Sencilla, sin requiebros intelectuales, de poco hablar, no parecía la poeta de imágenes desbordadas de erotismo. Caminamos con ella sosteniéndose de mi brazo. Tuve que decirle que me soltara, alguien podía vernos. Ese detalle lo recuerdo mucho, me mostró el grado de compenetración que habíamos logrado. Cuando nos separamos mis deseos de compartir hogar con ella se habían acrecentado, nada me desilusionó. ¿Hicieron el amor?, pregunté. Se quedó callado un largo momento; luego, dijo que había sido algo extraño, que no podía llamarse hacer el amor. Estuvimos juntos bajo las cobijas, pero no quiso desnudarse, dijo que era muy pronto, debíamos esperar otros encuentros. Intuí qué que no habría otro momento similar. Eso sentí, y fue cierto. Conocí su cuerpo, acaricié sus senos desnudos, me acerqué al centro de su cuerpo. Fue todo. Lo demás se dibujó en el amor. Después de un tiempo calló por completo, me dijeron que se había mudado al extranjero, con su familia.

Abracé a Sebastián en medio del bamboleo de la embarcación, hizo lo mismo conmigo. Así, abrazados, con el cielo azul alumbrando y la música de las cataratas cantando, le pedí tener sexo, no estoy preparado, respondió; fue un momento tenso, no quise saber qué significaba para él “estar preparado”; me dejó incómoda y dolida. Después de unos segundos de silencio continuó hablando. A los pocos días del encuentro insistió en su alejamiento, dijo que no podíamos continuar, que era todo. Le reclamé razones, algo dijo sobre su incomodidad de ser la causa de la ruptura de mi hogar. ¿Te das cuenta que algo así ocurra después de haber ideado planes y proyectos, meses de plenitud? Nos hemos conocido en un tiempo equivocado, no podemos seguir así, te ofrezco mi amistad. No fue posible que hablara más. Imagínate, amigo del amor, es imposible. Luego de ese incidente dejamos de hablar un largo tiempo. Después, nos buscamos, ambos. Era algo muy fuerte lo nuestro, plagada de minas y espinos por todo lado. El principal problema era su empecinado afán de callar todo, no hablar de sus sentimientos, de sus temas secretos. Nunca pude vencer esa barrera, para ella decir te amo, te necesito, era ubicarla en posición inferior, de subordinación. Pudimos recuperar el diálogo, pero algo muy profundo se había quebrado. Nada volvió a ser lo de antes. Un día, en medio de las tensiones que vivíamos, empezó una batalla campal que solo puede darse entre personas que se aman o se odian de igual modo. Perdí la compostura, me dijo que yo tenía experiencia en infidelidades, que ella no estaba acostumbrada a ese trajín. Se estaba refiriendo a una historia que le conté, de una mujer que me acompañó por largo tiempo, atravesando todas las épocas y todos los infortunios Me indignó que usara información privada. Elevé la voz, ella hizo lo mismo y acabamos en una guerra de insultos y adjetivos. Hasta ahora no me explico cómo llegamos a ese momento. No calló nada, me dijo de todo; ambos nos herimos, la conversación terminó muy mal. A los minutos le pedí disculpas, pero ella respondió con otra andanada de interjecciones que escuché sin responder. Eso fue todo, lo recuerdo como un mal sueño. Quedé muy complicado y sentía que ella estaba peor. Después pudimos hablar, la busqué, le pedí perdón, y ella no reconoció su participación; me eché encima todas las culpas; lo merecía por idiota. Nada de lo que dije en medio del altercado tenía sentido ni verdad, mentiras, puro despecho insustancial. Pero, nada se podía hacer, hay lugares de los que no es fácil regresar; así lo dijo en un mensaje que me escribió. Sabes, Ángela, creo que ella creía que mis intenciones eran destruir su hogar, proceder sin consultarle, temía que enviara información a su marido, fotos, grabaciones, cartas, recibos de envíos. Fantasías, nada cierto, no hubiera hecho tal cosa ni en las peores circunstancias. No entendió que, si llegábamos a estar juntos, tendría que haber sido después de un largo periodo de tiempo, de observar que podíamos convivir bajo un mismo techo; por momentos quería dejar todo y partir, pensé que no podría convivir con un temperamento tan inestable. ¿Cómo saber cuál sería luego de unos años de convivencia?, el asunto sexual, sus amigos, actividades, Eran temas que tomaban tiempo aclararlos. Dime, ¿cómo tomas una decisión tan importante sin planearlo, sin hablar de los detalles?, es una real estupidez, mejor es apartarse, demasiado peligro, ¿no crees? Tenía muchísimos problemas que resolver en el camino, ella igual. Era claro para mí que no me interesaba su amistad, tenía amigas por todo el mundo, eran suficientes.

Y allí, en medio del pequeño lago, observándolo mientras contaba, reconociendo que no era frecuente toparse con hombres transparentes y emotivos, insistí en lo mío, a pesar de tener la nuez en mi garganta, no pude resistir hacerle una propuesta.

— Sebastián, ¿quieres hacer planes conmigo?
— ¿De qué hablas?
— Pues de eso, pensar el futuro conmigo, el que dices.
Encendió un cigarrillo, el humo se diluyo con prontitud llevado por la brisa. Me miro con detenimiento.
— Me gustaría Ángela, cualquier hombre estaría bien a tu lado. Pero no empiezan así las cosas.
— ¿Cómo entonces, buscando en internet, con historias ocultas y amantes secretos, engañando, es la forma?
— Consuelo, mira tu edad, sé cómo es eso, no quiero repetirme; además, no mereces mi compañía.
— Siempre merecemos lo que tenemos o lo que soñamos. Quiero estar a tu lado.
— Un día vuelve Fernando aparece un jovenzuelo y te lleva de mi lado.
— Eres un tonto, es bien estúpido lo que dices; estas completamente desubicado, pensé que me conocías, sé lo que deseo para mi vida.
— Hay que tenerlo, Consuelo, no solo desearlo.

Me dolió su reacción, fue como un punzón golpeando mi cerebro; no valoró mis sentimientos ni nada de lo que yo había conseguido ser hasta ese momento; todo lo que había despertado en mi corazón. Le pedí remar hasta la orilla, organicé mis prendas y tomé el primer bus de regreso, lo dejé en Huancaya. No hizo nada por detenerme. Decidí no verlo más, apartarme de su vida. Me contaron que tampoco iba a la plazuela. Me dediqué a la escuela, llené mi mente con varias actividades y evité los lugares donde podía encontrarlo. Luego me enteré de su partida. Me apenó, sí, pero nada podía hacer. Lo recordaba a cada instante. No sé él, qué sería. Pasaron los meses, tuve un romance furtivo con un extranjero que visitó mi lugar. Nada importante, solo sexo y olvidar lo que deseaba olvidar. Mi pequeño centro estaba creciendo, había inaugurado el primer grado y los padres estaban contentos, los niños más. Y seguía escribiendo, tenía una novela terminada con Sebastián caminando por todas sus páginas. No faltaban hombres que me asediaban, con algunos salí a pasear por los alrededores, tomar un café, sentarnos en el parque, pero luego no había lugar para una segunda oportunidad, no eran para mí; Sebastián me habitaba y no dejaba de acompañarme. Un día me llegó una postal suya, de Montevideo; decía que estaba conociendo lugares que le faltaban, mencionaba que tenía en sus ojos y memoria nuestras conversaciones y las dos noches que pasamos en su casa. Llegaron dos postales más, de Buenos Aires y Santiago, que estaba en camino de Yauyos. No quise emocionarme, procuré apartar de mi mente todo hecho vinculado a su nombre y rostro. Lo conseguí a medias y me preguntaba si no había en busca de esa chica. Así llegaron las fiestas de nuevo. Cuatro de agosto de todos los años. Y, allí estaba él, con su cámara y lentos movimientos trasladándose de un lugar a otro entre la multitud. Estaba más canoso, envejecido. Me aparté de la fiesta antes de que me viera. No deseaba abrir ninguna puerta ni ventana para él; pensé en el extranjero aquel, en Fernando y en algún otro noviecito que pasó por mi vida. Me metí en la cama para buscar un sueño vespertino. Estaba confundida, ¿se quedaría, estaba de paso, se habrá reencontrado con Parwa? Lo supe por la noche, me buscó; lo recibí en la puerta de mi casa colegio.

— Aquí estoy de nuevo, Ángela, solo como siempre.

No había esperado su visita; era cierto, lo seguía recordando, queriendo quizá, pero eran muchos meses. Llegas tarde, Sebastián.

— Ni la muerte llega tarde, estoy solo retrasado.
Me hizo sonreír, quebró el hielo que había puesto en mi corazón. Lo hice pasar. Abrí una botella de vino. Me contó de su recorrido, historias, habló de la novela que escribía; yo era la heroína, eso dijo. Me mostró también un poemario terminado, mira, no pensé, se llamará Colinas deshabitadas. Tú me hiciste escribir versos de nuevo. Sentía que hablaba con la verdad, era algo inapreciable para mí, que la persona que esté a mi lado no me oculte nada, hablé de lo que sienta sin calcular las consecuencias. Como lo hice esa tarde en Huancaya.

— ¿Por qué crees que tienes un lugar a mi lado?
— No, no creo que ese lugar aparezca porque estoy aquí, no creo eso; pero, los días siempre son nuevos y siempre es posible retomar el camino adecuado.
— Y ¿si viene y te lleva cualquier día?
— Es una historia terminada.
— Necesitas amores envenenados, Sebastián, lo necesitas para sentir que vives.
— No lo creo, quizá el veneno sea yo, el buscador de sueños intoxicados.
— ¿Soy eso para ti?
— No, te acercaste con un libro en la mano, en silencio, sin caretas, desnuda de cuerpo y alma, hablando siempre en voz alta y sin esconder nada. Eres una flecha sin veneno; eres el hogar, la paz interior, la comprensión, la igualdad. Quiero eso para mí, ahora.

Le dije que no estaba preparada para recibirlo; le expliqué todo, me escuchó. Sabré esperar, respondió. Iría a Lima por unos días, que se estaba reconciliando con su familia, un corto tiempo, volvería, que le ayude a buscar un lugar, ojalá en alguna zona alta, para ver a la distancia los ríos profundos. Se despidió después de terminar el vino. Lo vi alejarse, sentí que mis cielos se despejaban, que iniciaba un periodo importante, corto quizá, pero no importaba, sería brillante, y eso era suficiente para mí.

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