No peca el amor

Fue de esos amores iniciados en internet, nada extraño en los tiempos que corren si no fuera porque ambos andábamos distanciados en edad y teníamos pareja establecida desde hacía algunos años. No nos juntamos por sentirnos incómodos en nuestros hogares o vivir incomprensiones y agónico desamor; había armonía con nuestras parejas y el medido cariño era suficiente para conservar el propósito de continuar el camino sin sobresaltos. Pero ¿cómo explicar los detalles de la atracción inmediata y no calculada y tampoco buscada ni planeada o entender cómo era posible conjugar en una sola persona las respuestas a todo lo que había hallado en nombres dispersos? ¿Mujer dueña de su destino?, era ella; ¿tierna, sin ribetes cursis?, ella misma; ¿mirada renovadora de los problemas del país?, nadie mejor que Abril; ¿coquetería controlada y benigna?, Abril era la mejor; maternidad responsable?, allí estaba la insustituible madre Abril; ¿sexo transparente y  sin culpas?,  en primer asiento, ella; ¿un figurín para lucir atuendos coloridos y  personales?, la modelo Abril era insustituible; ¿talento y sensibilidad para escribir?, nadie mejor que la narradora Abril Aragón.

Poco después de conocernos, conversamos acerca del persistente malestar que nos hacía estar atentos al paso de nombres y rostros con quienes confrontar la oculta soledad e infelicidad que nos acompañaba. Tempranos desencuentros sentimentales habían señalado un sendero de derrotas y desilusiones que nos hacían pensar que algo distinto nos esperaba, un nombre que nos correspondiera, que se una a sueños y costumbres como una porción de agua acomodada en el cuenco de nuestras manos. En esa larga espera habíamos imaginado con detalle los perfiles del ser que nos complemente; se trata de un diario ejercicio ejecutado con eficiencia, sí, de ese modo, porque el amor no sólo aparece de pronto, sin llamarlo, también hay que construir caminos hacia él, facilitar su aparición, tener visible el listado de prioridades y confrontarlo con esa sombra difusa que adquiere nombre y apellido ante nuestros ojos. Así fue con Abril, aparición, intercambio de palabras y cautiverio para siempre. Se nos hizo fácil saber que teníamos entre manos el fin de nuestras búsquedas, sin prestar atención a la notoria diferencia de edades e indiferentes a la distancia que nos separaba ni tampoco pensamos que compartíamos vidas con pareja. Nada nos hizo pensar ni razonar en atender esa realidad; fue como desaparecerlas de un paisaje que dibujamos para los dos, solos. Abril fue quien menos se preocupó de esos detalles; un día, ante una pregunta mía señaló que no la importune con moralinas donde solo había amor, el amor no peca, concluyó. Sobre mi edad tampoco observé preocupaciones; no es un tema, sancionó en varias oportunidades, es más importante la energía que nos une, sentir y actuar del mismo modo, asumiendo que el mundo se acaba en cualquier momento; además observa, Ge. no es un jovenzuelo y Ele.  está cerca de mi edad, entonces, ¿cuál es el problema?, ¿te das cuenta qué si nos unimos quizá sea por solo un corto tiempo? No me preocupa, tuve un hermano que nos dejó muy joven, su recuerdo es lo mejor que tengo de mi familia. Descuida, no es una preocupación, no te amaría de este modo si tuvieras otra edad.

No es extremo decir que el encuentro viró nuestras biografías hacia destinos inesperados que  nunca habíamos pensado. Coincidíamos en que nada ni nadie habría podido impedir que uniéramos nuestras vidas después de conocernos. Yo fui el azúcar, y el agua tú, decía Abril cuando intentaba desmenuzar los entretelones del encuentro que se tornó especial y único desde el instante inicial, con el primer diálogo; me disolví en tus palabras, sonidos y texturas, no pude resistirme, cariño, caí redondita, decía emocionada. Y yo no hubiera puesto mis ojos en ti, si no reconocía los paisajes de mi juventud en tus fotos; sobre todo verte junto al diminuto volcán de Uyurmiri; aparecías en la misma caprichosa posición que adopté, abrazando la humeante pequeña colina, como si continuaras una huella que te fue fácil descubrir. ¿Quién puede ocupar mi gesto, sonrisa y rodear de esa manera el pequeño y humeante lunar de la tierra?, solamente alguien que brote de mis entrañas y me reconozca.  

Era escritora y tenía una novela publicada, otra esperando editor y había empezado a redactar la tercera cuando nos conocimos. Historias de su entorno recreadas con una atractiva prosa poética que, en algún momento la harían conocida. Lo señalaba cada vez que Abril mostraba desencanto por lo poca difusión de su obra; pronto te buscarán para entrevistarte, prepárate, tu pluma es de lo mejor, ten paciencia. Mencionó que desecharía todo lo avanzado en su novela, cambiaré el tema, hablaré de lo que nos está ocurriendo, dijo. Me sentí halagado, nunca nadie me había convertido en personaje novelesco. ¿Cómo seré en esas páginas, villano o santo? Tonto, nunca nadie es el mismo, aunque te veas retratado no serás tú, el tipo de la novela será auténtico, único, así es que no empieces a pavonearte y, no preguntes más, no añadiré ni una palabra, espera que la termine y te la paso, serás el primero en leerla. La escribiré sin que me importe cómo termine la historia real. Pondré el final que desee, y quizá desaparezcas antes de la mitad de la trama, quién sabe. Le reclamé ser tratado de esa manera, es mi derecho, respondió; además, tú sabes que el amor excesivo y descontrolado es puro calvario y camino hacia la muerte. Rio al decirlo, con esa media sonrisa que escondía pudor para mostrar sus interioridades; ya quisiera verte sonreír como yo  si hubieras tenido mi niñez y juventud, ni siquiera dibujarías una mueca.

Sabíamos de las dificultades y contratiempos que hallaríamos en el camino al mantenernos juntos; ayudaba que la decisión fuera ejecutada como un coro de voces que parecía preparado  para actuar en el momento requerido. La unión que tejimos no tenía precedentes para nosotros; sí, habíamos amado antes, pero nada comparado a los días recientes. El parecido de nuestras almas resultaba una realidad singular, aunque era yo quien lo manifestaba con más claridad; Abril era contenida, calculaba cada palabra que tuviera que ver con los sentimientos; parecía temer que sus afirmaciones se tornen contra ella o la muestren débil o sumisa, aunque algunas veces se animaba a decir: te he esperado desde siempre, sabía que existías. Fui cauto al empezar, no deseo perturbar ni un minuto de tu vida y tampoco busco dañar la mía, le dije. Escuchó en silencio, quizá pensando que no tenía ninguna disposición para complicar mis cosas con Ele.; en los primeros días los papeles fueron asumidos de manera distinta, recatado yo, bullente ella. Los roles se invirtieron después de un tiempo cuando ella se fue tornando cada vez más conservadora, evitando extenderse en planes y plazos. Bromeaba diciéndole que había dispuesto todo para que fluyeran las cosas con rapidez, tú fuiste la atrevida que eliminó todos los obstáculos. ¿Y tú no recuerdas el apuro que  tenías para saber mi fono y la rapidez de tu primera llamada?, sí, tuve toda la disposición  inicial, no lo niego, caí fácil con tu voz de encantador y las cinco  palabras que escuché al principio: ¿es tuyo el párrafo publicado?; pero, oye, no te quedas atrás, te empeñaste desde el primer instante. Tus escritos, Abril, tus escritos definieron mi existencia, y tus fotografías también, me impresionaron, lucías radiante, además, no lo niegues, estabas en exposición, no digas que no, ¿entonces qué intención tienes de mostrar tanta figura, sino es para conseguir compañía?, además de los filtros y pixeladas que usas, no lo niegues, mejorabas tu perfil, a mí me engañaste, ¿o no? La sonoridad de mis festejos por las bromas eran respondidas con ironías punzantes, en las que era una maestra consumada: recuerda que tú ya no estás en capacidad de recordar nada, solo tienes memoria para las cosas remotas, decía. Responder sus estiletes podía conducir a un desborde de emociones que acabarían mal; elegía callar, llevar la conversación por otros rumbos y concluir las discusiones con rapidez porque sabía que su  genio se derramaba por cualquier motivo intrascendente.

Durante los largos meses de relación, Abril empezó a trabajar en el control de sus emociones que siempre gatillaban un nivel primario de violencia que podía transformar en segundos una tranquila conversación en un aluvión de definiciones que ponían todo al borde de la ruptura. Varias veces Abril cerró el contacto diciendo, alterada, y sin importarle mi opinión: voy a descansar, lo decía y actuaba, no poseía espacio de reflexión y tampoco el interés de ponerse en mi lugar. Algunas veces su ausencia se prolongaba por varios días. Esperaba su retorno y, con frecuencia, tenía que ir por ella. Se defendía calificándome de complejo, inquisidor y, a veces, tóxico, sin percatarse que sus reacciones y criterios no permitían las diferencias ni tampoco la concordia. Parecía dueña de un mundo acabado donde no habitaba ninguna duda: esto es así, y punto, no me interesa tu opinión. La diferencia de edades y experiencia hacía que actuara con prudencia frente a esos exabruptos, porque eso eran, aniegos momentáneos en los que ella discutía con su pasado y sus horas de violencia de las que no podía desprenderse, épocas donde nadie le pidió su opinión. Estaba marcada por esas experiencias y entendía poco que el amor es acuerdo, convenios, compromisos que no pueden desecharse por el capricho personal. Y, junto a los cambios de humor, estaban sus variaciones frente a la relación; de la inicial aceptación plena, que incluía emocionados planes para estar juntos en el futuro pasó, con los meses, a oponerse a toda forma de imaginarnos en hogar compartido.  

Abril reconocía que le ayudé a comprender las conexiones de su vida temprana con los signos de ira que la invadían con premura cuando se enfrentaba a algún contratiempo. Le contaba mi experiencia que escuchaba con atención. Sus descompuestas reacciones la habían alejado de un amor que recordaba con frecuencia: ay, así fue, lo maltraté, no supe actuar, mencionaba. Con frecuencia resultaba desgastante cuidar las palabras y lidiar con sus cambios de humor e intemperancias; también con sus continuas ausencias mientras conversábamos. No consideraba necesario informar de sus silencios, no tomaba en cuenta que la buscaba por estar con ella un tiempo valioso para mí, y siempre preciso. Prefería no hacer problemas por sus conductas, preguntaba, sí, pero me guardaba la incomodidad que me provocaba su desconsideración. Había buscado siempre mujeres controladas, dueñas de sus emociones, educadas para contemporizar y llegar a acuerdos con facilidad; criadas en hogares funcionales de diálogo y respeto colectivo. Cuando reparé en que Abril carecía de esos perfiles era demasiado tarde para cambiar de camino; ya estaba sitiado por el amor,  esa rara sensación que nos hace actuar con benevolencia y comprensión frente a las deficiencias de nuestras parejas. Aprendí a soportar decisiones y desplantes que me hacían sentir que estaba en el lugar equivocado.  Me alentaba que tuviera el propósito de superar sus asperezas, siempre comprendidas a la luz de sus complicados años iniciales. ¿Qué puedo hacer, si la amo, qué importancia tienen estos detalles frente a su luminosa presencia?, pensaba; tengo que lidiar con su carácter, nadie es perfecto; en el balance de daños y ventajas el peso de otras facetas de su personalidad eran cautivantes para mí. No era una gran conversadora o conocedora de temas a profundidad, no, había carecido de condiciones y tiempo para suplir las deficiencias que las aulas escolares y universitarias le dejaron; pero tenía un fulgor y brillo intelectual incomparables, sus frases acertadas poseían honda sabiduría y sus dos novelas mostraban personajes complejos que parecían extraídos de otra mente. Pero no, era ella, como resumen de las personalidades de todos sus personajes, ocultos en su alma. No era posible entenderla si no se sabía que provenía de territorios donde debías defender tus posiciones, e inclusive supervivencia, a pie firme sino querías ser arrasado por la ira y el desconsuelo. Era la razón de su intransigencia para llegar a acuerdos; su incapacidad para lograr consensos, asistir a negociaciones que nunca están ausentes en una pareja. No, era ella y sus circunstancias, ella y sus decisiones independientes de cualquier parecer o sentimientos ajenos a su piel; para ausentarse o mostrar su opinión ni siquiera esperaba el desarrollo inicial de una discusión, cuando apenas la sentía inadecuada se despedía o se quedaba sin hablar; debía actuar con sensibilidad y poner todo de mi parte para evitar encontrones.

Un día la conversación se precipitó a un abismo porque estuvimos en desacuerdo con algunas ideas sobre el feminismo; ella andaba distanciada de la clásica versión de esa doctrina, no estoy de acuerdo con esas peleítas y luchas inútiles del hombre y la mujer, no es lo mío, señaló iracunda, en mis tradiciones son claros los límites y derechos del hombre y la mujer, sin doctrinas ni revanchas, allá tú con tus libros y teorías, lo mío viene de la vida misma, que tú vivas en Lima y yo aquí, explica nuestras diferencias de opinión, exclamó como fin de la conversación. Estuvimos distanciados unos días luego de esas diferencias. Abril reprochaba mi complejidad, cuando no estás evaluando o proyectando las cosas, andas preguntando todo, queriendo saber detalles de cada situación, ¿por qué no vives el momento, por qué tienes que ordenar y pensar todo o creer que la realidad tiene solo un camino posible? No te corresponde una hombre simple, le decía, no es para ti, tú me quieres precisamente por los defectos que me encuentras, por mi toxicidad, por los recovecos que recorres conmigo; un hombre sencillo es el que tienes a tu lado y no ha podido llenar todos los vacíos de tu existencia; además siempre he pensado el futuro, tanto como el  presente; si no hubiera tenido esa costumbre, ¿sobre qué bases podría ahora pensar en hacer una vida contigo?, lo que tengo construido lo pensé imaginando el futuro, solo los fracasados viven aferrados a su gris presente, incapaces de tomar el destino en sus manos, se dejan arrastrar por circunstancias que no son capaces de manejar; por todo eso ahora puedo soñar una vida distinta, sin que esa decisión sea una aventura irresponsable; nada se construye sin pensar en  los días que se vienen, apréndelo.

Abril vivía en Sicuani, a cien kilómetros del Cusco, un centro urbano emergente con algo más de cincuenta mil habitantes y que Sebastián conocía bien. Pasó largas temporadas en un distrito cercano donde sus padres mantenían una propiedad; ocupaba el lugar en los veranos y se movilizaba con alguna regularidad a Sicuani para recuperar el sentido de ciudad, comprar diarios y asistir a una que otra película en el destartalado cine de la avenida principal. Lo que existía de Abril en aquellos años eran sus padres, que aún no se conocían ni tenían pensado procrearla;  ¡cuántas veces me habré cruzado con ellos! Me sorprendió saber sus orígenes; no lo mencionas en tus páginas, le dije, no es necesario ni útil dejar toda la verdad en las redes, prefiero parecer ciudadana del mundo, esa no es mi vitrina, recuérdalo. Sebastián se inclinaba a pensar que sí era su vitrina, porque la insatisfacción que tenía con Ge era antigua; tenía que haberla soportado con ayuda externa, su carácter no tenía perfiles de mantenerse quieta al lado de la adversidad; además, tenía una corte de seguidores que se mantenían fieles y constantes a sus publicaciones; pronto empecé a sospechar que ella mantenía comunicación con alguno de ellos, quizá dos. Sus repentinas y largas  ausencias mientras hablábamos eran explicadas de modo poco convincente, sus razones eran tan débiles como afirmar que se quedaba dormida o atendía a sus hijos. Eran desapariciones más compatibles con la atención que les daba a esos sujetos. El afán de exponer su figura y ser observada, la persistente exposición de su rostro y el silencio sobre su condición civil, me hacía pensar que no andaba muy despistado en mis reflexiones. Leía con facilidad mensajes provocadores que le enviaban dos tipos, letrados, y que ella estimulaba; los diálogos eran tan personales que resultaba poco probable que no continuaran en privado.  Lo mencioné más de una vez, obteniendo siempre respuestas negativas. No insistía por el carácter de Abril y porque nunca me sentí con derechos para cuestionar sus explicaciones. Después de todo, decía, quizá soy uno más del grupo, y no sé si algún día gane el privilegio de saber la verdad de mis sospechas. La forma en que manejaba nuestras comunicaciones me hacía pensar también que poseía experiencia en el manejo de situaciones similares. Sabía, con precisión, hasta donde llegar evitando que yo quedé sin hogar y suelto en plaza creándole problemas; extremaba su preocupación de ocasionarme dificultades con Ele. Mis conductas tenían la misma orientación, pero no eran similares; sabía que una vinculación tan real e intensa provocarían alguna dificultad en nuestras parejas, era inevitable, sobre todo porque no se trataba de un pasatiempo; la intensidad de nuestra relación tendría que ser conocida en algún momento. Seguíamos procedimientos estrictos y los contactos se hacían en horarios muy precisos, pero ella se preocupaba poco por ser la primera en provocar el encuentro; pero debo admitir que sus cuidados explican que, después de largos meses, nunca fuimos descubiertos; hasta mi descuido que provocó la tragedia posterior.

Mientras me daba cuenta, muy pronto, de estar frente a una realidad que marcaría mi vida, Abril tenía otra actitud; medida, cuidadosa para hablar, siempre distante, evitando declaraciones que generaran compromisos, alejándose de conversaciones que la obliguen a definir su futuro. No era mi caso; luego de los primeros días estuve seguro de que podía abandonar todo por estar junto a ella el resto de mis días. No era que Abril se negara a esa posibilidad, pero sus palabras nunca llegaron a decir: sí, de acuerdo, estamos juntos en esto y veamos cómo lo resolvemos, tú haces esto y yo lo otro, nunca actuó en sociedad conmigo, siempre ella en su juego personal. No, nunca mostró interés real y cierto en definir plazos, variables que había que manejar para estar juntos; su juego era único, sin señalar nunca continuidad a la relación; parecía empeñada en arrebatarle sustento y permanencia a todo lo que vivíamos, nada es fijo, invariable, hoy estamos, mañana no, ¿para qué hacer planes?, tú con tu futuro y tus análisis intelectuales, yo acá con la vida diaria, sin necesidad de ningún mañana, no insistas. Y lo recalcaba cuando señalaba: el futuro no existe y el hoy tiene sentido si se refiere a las horas inmediatas. Me acomodé a sus formas, pensando que los sentimientos que decía tener irían formando un mundo posible para los dos. Era cuestión de tener paciencia, decía yo; además, organizar una retirada hogareña para ella y  para mí, no era un asunto sencillo; teníamos mucho que ordenar para salir con decoro, sin ser señalados de indeseables e irresponsables. Pero, yo lo quería hacer, estaba decidido, porque creía merecer convivir con el amor, como nunca antes lo había hecho, ¿acaso no es una causa justa a la que se debe de adecuar toda otra consideración, por importante que sea, no era el amor la causa más meritoria?, el amor no es fuente de pecado, pensaba.

Buscamos la forma de encontrarnos; no era usual ni natural que ella viajara a Lima, y llegar hasta Sicuani era muy complicado, parecía que vernos personalmente demoraría mucho tiempo. La oportunidad se presentó de la manera menos esperada. Recibí una invitación para atender una asesoría relacionada con el manejo de restos arqueológicos recién descubiertos en el centro histórico del Cusco.  No vemos pronto, le dije, exultante de felicidad cuando lo supe. Abril lo tomó con calma, como acostumbraba; no le resultaba sencillo dejar a los chicos y justificar un viaje imprevisto, pero halló pronto una excusa: conversar con un editor que estaba  interesado en publicar sus novelas; tengo que viajar por un par de días, le dijo a Ge. Sería una travesía que nos permitiría pasar una noche juntos. Preparamos el encuentro con detalle, los horarios, el alojamiento; conversamos hasta poco antes de tomar mi vuelo. Llegué temprano por la mañana y Abril demoró minutos largos en llegar. La vi acercarse con un abrigo negro de ribetes blancos, pantalón ceñido y botines de taco alto, una bolsa tejida con motivos andinos colgaba de su hombro, menuda y delgada, distinta a las fotografías que mostraba; no menos atractiva, solamente diferente, terrenal, alejada de los afeites que permiten manejar imágenes con tonos distintos y cancelan las imperfecciones del rostro. Su piel era  áspera, producto del frío sicuaneño, manos con señales de intensas labores hogareñas, con restos del hechizo y misterio que emitían sus imágenes. Disipé con rapidez el inicial desconcierto y luego de unos minutos fui descubriendo los elementos que me habían cautivado. Figura delicada y ojos dilatados, con brillo infantil, modales ceremoniosos y la bondadosa energía que irradiaba. Sí, mis deseos de pasar los años siguientes juntos estaban intactos y acrecentados. Nos abrazamos con distancia y con un velo de desconfianza en la mirada y actitudes de Abril. En el taxi estacioné mi mirada en su  rostro mientras tomaba sus pequeñas manos; era solo observarla, pensar en la manera en que una idea se estaba haciendo realidad por voluntad y decisión propia. Las calles cusqueñas nos eran familiares, y no concitaron nuestro interés, era el momento de prestar atención a lo nuestro, sin las interferencias de la tecnología. Nos instalamos en un alojamiento del barrio de San Blas, discreto, pequeño. En la habitación nos movimos con soltura, como antiguos conocidos, sin las preocupaciones que distancian a personas que recién habitan un espacio cerrado. Desempaqué pequeños regalos para ella, objetos que podían ser llevados a cualquier lugar: lapicero, libros, llaveros, y una joyita para colgar del cuello.

Habíamos compartido varios momentos de intimidad, conversaciones sobre hábitos y costumbres, experiencias. Antes del  encuentro me había pedido andar con calma en el tema; no quiero apresurarme, dijo, no fuerces ninguna situación si ambos no estamos de acuerdo. Luego de cierta resistencia, acepté sus condiciones. Ordenamos las pocas pertenencias y salimos juntos hacia las oficinas del Ministerio de Cultura donde nos separamos. Voy a mi entrevista con el editor, dijo ella; ¿nos veremos al mediodía?, preguntó. Nos vimos empezando la tarde y almorzamos en un sencillo lugar de la calle San Agustín. Conversamos con apuro sobre las explicaciones que habíamos dado a nuestras parejas y también contó que el editor le había ratificado sus intenciones de publicar sus trabajos; le comenté los detalles de mis labores: parece que tienen el propósito de cubrir de nuevo todo lo descubierto, espero contribuir a un cambio en esa decisión. Quedamos en vernos en una esquina de la plaza principal cuando la tarde terminara. Todos los sucesos de ese día son difíciles de explicar, no son experiencias cotidianas que se puedan narrar con naturalidad; observar comportamientos que no concuerden con la experiencia cibernética previa es una de las tareas que restan tiempo a la naturalidad en el trato; no la vi distinta, pero sí pude observar aspectos de ella que no se pueden distinguir en fotografías o videos, su porte, el modo en que sentía su compañía cuando caminaba, qué observaba y le llamaba la atención,  la manera en que se acomodaba en un lugar público, todos los detalles que son importantes cuando la rutina de los días agota en la pareja las emociones del inicio y aparecen las costumbres, los hábitos que pueden afectar una relación si provienen de una experiencia de vida distinta. Era inevitable mirar las diferencias, estaban al alcance de la vista y de nuestro entendimiento, igual para ambos. Por la noche, mientras ella ya dormía, abrazada de mí, hice un recuento de las imágenes del día, ninguna me producía desconcierto o sorpresa o intolerancia; sí, éramos distintos en muchas cosas, pero nada que no pudiera aceptar y amar. Quedaba siempre la pregunta: ¿es en verdad como se muestra, oculta algo importante? Son interrogantes que no dejaron de estar en mi mente. Fueron momentos extraños, complicados de interpretar. Tenía programado su retorno para la tarde del día siguiente, yo me quedaría un par de días adicionales.

Luego de tomar un café y un par de pequeñas pizas nos encaminamos al alojamiento. El Cusco nos rodeaba, sentíamos su influjo, pero más intensa era la necesidad de llegar a la habitación y estar juntos, lejos de todo. En algún momento, al cruzar frente a la iglesia jesuita, Abril tomo mi brazo, como hacen las parejas antiguas y consolidadas, me sorprendió lo hiciera en un lugar tan expuesto. Cusco ya no era  mi ciudad y no había visto, hasta ese momento, a ningún rostro conocido; Abril debía temer menos ser reconocida por alguna amistad, pero igual podía alguien reparar en nosotros y provocar noticias que ambos no deseábamos todavía. Su gesto me hizo sentir integrado a su vida, juntos y con futuro compartido, pensé que una pareja que camina enlazada de esa manera está preparada para todo. Luego de unos pasos de amplia plenitud, le pedí que desprendiera su mano y camináramos como dos amigos; sonrió y comprendió mi solicitud.  No hice problemas sobre su pedido de no rendir su intimidad, no era un tema problemático, acostumbrado a rebuscar en las profundidades de una mujer las razones para amarla, no iba a desconocer un acuerdo ya tomado; esperaría otro momento para estar en ella. Vimos noticias y partes de una serie de moda mientras conversábamos acerca de las horas previas.  En algún momento recibimos las llamadas de Ge y Ele; nos apartamos para conversar. Ya cubiertos con las cobijas, dormimos abrazados hasta que nos despertaron las alarmas de los móviles; amaneció acurrucada en mi regazo; es una de las imágenes más tiernas de las que tengo memoria en mi vida.

No quiso Abril conversar de ninguna decisión futura; recién nos conocemos, dejemos todo para más adelante, veamos cómo llevamos la relación. No había apuro en realidad, pensé, hay muchas cosas que arreglar o desarreglar aún, antes de pensar en detalles concretos. Al mediodía la despedí en el terminal de buses. Nos separamos con la promesa de un próximo encuentro; es probable que te visite en Lima en algún momento, quizá haga un viaje que me retorne el mismo día, ¿te parece? Mi respuesta la escuchó con toda la emoción que contenía; estará bien, le dije, me basta estar dos minutos de nuevo juntos. No quise permanecer en el recinto viendo el bus partir. Tomé un taxi que me instaló de nuevo en el centro histórico para continuar con mis tareas.  

Desde la soledad de mi recinto, pienso y recuerdo cada detalle de aquellos días; la inesperada intensidad de mis sentimientos, el resquebrajamiento de mis vínculos con Ele., comprobar que se trataba de una fractura irreparable, y observar que ya no estaba en manos de nadie superar las distancias que aparecieron después de conocer a Abril y que, seguro habrían aparecido en otro momento y  sin Abril. No podía imaginar una vuelta atrás y verme separado de esa experiencia que había dado un vuelco a mi existencia. Ambos sentimos la misma sensación, por eso, en algún momento, imaginarnos juntos el futuro. Fue una decisión, como la he contado que, después de algunos meses, ella fue abandonando de a pocos y que  tuvo su punto culminante luego del descubrimiento que hizo Ele. Antes de ese hecho Ele nunca me había cuestionado ninguna conducta en mi hogar. Tampoco después de esos sucesos, hay que precisar, porque tuvo la sabia decisión de aceptar de buen grado mis explicaciones. Pero, en Abril desataron todas las acciones que condujeron al complicado desenlace.  

Olvidé una hojas impresas conteniendo conversaciones con Abril y que, en el reverso tenían una fotografía suya, sin rostro, que mostraba un pecho con los senos descubiertos. Quise  conservar ambos recuerdos por un tiempo porque se trataba del primer diálogo íntimo que tuvimos y la primera fotografía que Abril me envió. Quería leerlo varias veces antes de destruirlo. Lo dejé en el bolsillo de una chaqueta que Ele. me pidió usar un día de frío intenso. Puso la mano en lugar previsible y lo demás es fácil de imaginar. Tuve rapidez para explicar que se trataba de  retazos de un cuento que escribía. No tenía ese perfil un diálogo semejante, era demasiado íntimo, con señales difícilmente transferibles a una ficción. Además, ¿desde cuándo escribes historias?, preguntó Ele., hace poco, respondí, no lo sabes, pero tengo un grupo de cuentos que los puedes leer si deseas. Y la foto, ¿de quién es?, le expliqué que se trataba de uno de tantos envíos que hacen los amigos por la red y que yo decidí imprimir para darle contexto a la historia que escribía. Dudó en aceptar mi versión como cierta, hizo algunas preguntas adicionales y dejo el tema en el camino. El problema fue superado con ella, pero no con Abril. Adoptó una posición intransigente como si el punto central de la relación entre nosotros, fuera conservar en buen estado mis relaciones en el hogar y no concentrarnos en la manera de organizar nuestro futuro. No sé explicar qué motivó su actitud de mostrarse tan iracunda e intolerante con el suceso, si la ubicación que tenía estaba marcada desde un inicio. Era absurda su posición, extemporánea por entero. ¿Significa que hacer el amor por teléfono te exime de ser calificada como la otra, y solo lo eres cuando Ele encuentra mis papeles? Se convirtió en la auténtica y eficaz defensora de la estabilidad emocional de Ele y no mi socia solidaria. No destruiré tu hogar, no es mi papel ser “la otra”, señaló fastidiada.— No lo eres, Abril, nunca lo has sido. Te has convertido en el centro de mi existencia y seremos parte de un hogar si lo terminas de aceptar.  

— No seas cínico, por favor, sabes que estás ante un problema complicado y no deseo estar en el medio.

— ¿No sabes acaso que todos los problemas que surjan son de los dos?, no te dejaría sola si aparecen dificultades con Ge, no adoptaría la infantil posición que  estás asumiendo.

— Yo he vivido situaciones parecidas en mi familia y no quiero repetirlas.

— Imagino que eran aventurillas sin futuro, de padre insatisfecho con su hogar. Esto es distinto, no estoy en una aventurilla. Tú lo sabes.

— Igual, no entiendes, tenemos que separarnos. Te aviso que cerraré todo contacto contigo. No me busques Sebastián.

— Espera, dime, ¿qué hace que quieras irte, tus planes secretos, tus cálculos desconocidos, no sabías que podían ocurrir estas complicaciones?, ¿por qué no pensaste en todos estos temas antes de avanzar tanto?; además ¿desde cuándo aparece como prioritaria tu preocupación por la estabilidad de mi hogar ignorando que el problema está en lo que haremos nosotros? Recuerda que algún día dijiste que no te hable de moralinas cuando quise saber cómo te sentías de estar junto a un hombre casado.

— ¿No puedo cambiar?, los hechos te cambian, te lo digo de nuevo: no cuentes conmigo y, te lo he dicho, cerraré todo, no insistas, no me va bien ser la otra. Y tienes cinco minutos para decir algo más.  

— Espera, no cierres, ¿dejas a un lado tan fácil todo lo que hemos hecho juntos en estos meses? Has estado jugando ¿no?, ahora veo que todo ha sido un entretenimiento para ti, ¿por qué no fuiste franca desde un inicio y me dijiste que lo tuyo era el pasatiempo y la joda diaria hasta que se pueda?

— No hay pasatiempos aquí, Sebastián, es nada más que los humanos cambiamos de opinión, deberías saberlo.

— De acuerdo, pero con razones y proporciones. Esto me parece un juego preparado con anticipación, calculado en silencio, un jueguito al que estás acostumbrada. No eres distinta a esas bandiditas de internet, bien preparadas para jugar con los sentimientos de los desprevenidos.

— Compórtate, Sebastián, respeta mi decisión, tengo hijos que cuidar, tengo responsabilidades que a ti no te importan; ocúpate de arreglar las cosas en tu casa.

Fue un dialogo áspero que tuvo ideas ofensivas e intolerantes frases por ambas partes. Cerró la conversación como acostumbraba y me dejó colgado de una cornisa. Antes le dije que no tendría que dejar a sus hijos, que yo no la quería sin ellos y que nadie decía que sería un tema sencillo llevar adelante todos los planes pensados. ¿Tú crees que no pienso en Ele, en mi hijo?, claro que sí, por eso decidimos hacer la cosas con calma para que todos sufriéramos los menores daños. Veré por mi hijo siempre, y Ele. quedará con protección y con la atención que requiera. ¿Qué me crees, Abril, un desalmado? Tampoco tenía planeado obligarla a abandonar su hogar sin antes haber vivido un proceso sano, en lo posible. Lo que ocurre es que las parejas se separan, encuentran otros amores y la vida continúa. Yo no quiero pasar el resto de mis días sin ti, se trata de eso. Nada, ninguna argumentación fue suficiente.

No es difícil determinar las razones que me llevaron a sentir que mi vida no sería la misma sin Abril. Había demorado para establecer vínculos permanentes con una mujer;  ocurrió cuando rondaba los tempranos cuarenta; no fue un amor visible el que me llevó a juntarme con Ele, sino la conjunción de buen entendimiento y formas similares de criar a los hijos, también su disposición para el diálogo y los acuerdos, actuar con decisiones compartidas, nunca la confrontación; pero, parece que no fue suficiente para mantenerme quieto, nada de esas virtudes pudo lograr  nunca establecer conexión con mis espacios interiores, los temas íntimos, los que arman el espíritu y mueven todas las horas. Con Abril era distinto, no había resquicio de mi personalidad que no tuviera complemento en ella, una unidad compacta que se iniciaba en sus intereses primarios, su vinculación con las artes, la literatura, poesía; ambos éramos pasionales, tensos, temperamentales, su ira y reacciones destempladas parecían abrir habitaciones nunca antes visitadas en mí. Cada detalle que compartíamos nos hacía ver que nos habíamos esperado toda la vida; formas de entender los lazos familiares y  amicales, el apego a la soledad, al silencio, la especial vinculación con el sexo, libre, sin formatos ni censuras, entendido como una extensión natural de los seres y el amor, con libertad y plenitud, sin culpas. El placer infinito que me daban las conversaciones era único, unían nuestros cuerpos y se tocaban a la distancia. Son los recuerdos que me hacían sentir vivo.

Después del lio que se armó, me preguntaba: ¿por qué me detuve al lado de una mujer con tantos desarreglos en sus pensamientos, inestable y temperamental, con particularidades que, insisto, nunca soporté en otras compañías? Ya lo dije, era el amor, así de simple, el amor te lleva a resoluciones siempre inesperadas.

Al día siguiente de la discusión reparé que Abril no había mentido, todos los medios para comunicarme estaban silenciados. No había ninguna vía para llegar a ella. Decidí esperar que la tormenta pasara, era probable su retorno. Y así ocurrió. Luego de varios días la vía telefónica fue abierta de nuevo; no era casualidad. Le hablé por la noche, como teníamos costumbre. No respondió. Insistí hablando solo y con paciencia hasta que obtuve respuesta. Hola, dijo, como estás. Bien, respondí, tratando de ser escuchado. Aquí estoy, respondió. No quise tocar los temas que nos habían distanciado. Procuré conversar de sus trabajos y de sus niños. Ella hizo lo mismo. Nos mantuvimos así, en una especie de paz armada, hasta que fue inevitable hablar de nuestros problemas. No fue posible encontrar entendimientos. Le reclamé por la irregularidad de sus acciones y respuestas temperamentales ante cualquier dificultad. Le dije que me sentía verdaderamente cansado de las variaciones en sus conductas. Me interesa que estés bien con Ele., respondió. No quiero ocasionarte ninguna forma de separación. Argumenté sobre las ideas del pasado, los planes. No existen, respondió, estamos en otra etapa. Bueno, mencioné, déjame ver mis cosas con calma. Tengo que tomar decisiones. No se trata solamente de las tuyas, tengo también las mías. Y, de pronto, mencionó una idea que fue creciendo con los días: espero que no estés preparando un chantaje, dijo con una convicción que me hizo pensar que ella sabía que la chantajearía con Ge. y que ese era mi destino imperturbable. No era la primera vez que usaba ese argumento y cada vez le respondí con energía, negando esa posibilidad. Mejor, mencionó, porque pienso que tienes perfil para hacerlo.

Preferí terminar la conversación antes de precipitarnos en un diálogo que seguro sería más áspero que cualquier anterior. En los días siguientes no hubo avances en ningún sentido, insistía en sus  argumentos y también volvió a hablar del mal uso que podría hacer de los materiales que tenía conmigo. Cartas, algunas fotografías, diálogos grabados, envíos de pequeñas cosas, libros, alguna joya. No, no había pensado nunca en usarlas de ese modo. No se daba cuenta que nada conseguiría para mí por ese camino, solo la ruptura de su hogar. Después, el vacío. Pero, fue tanta su insistencia sobre el tema y tanta su intransigencia para no llegar a acuerdos sensatos, que respetaran todos los meses transcurridos, que un día empecé a ocuparme del asunto. En verdad estaba incómodo, atosigado era la palabra, de sus preocupaciones infundadas y de sus argumentaciones infantiles para distanciarse de nuestra relación. Concluí que había encontrado  otro contacto, más joven, menos complicado en sus solicitudes de hacer vida compartida. Eso pensé, y fue el inicio de poner en marcha los planes que aparecieron en mi mente en un instante, como esos virus informáticos que son imposibles de desterrar. Corté toda comunicación con ella y no respondí a ninguna de sus llamadas que se hicieron cada vez más intensas cuando se dio cuenta de que yo no tenía ya disposición para atenderla.

No fue difícil ubicar a Ge. Tenía conocidos en Sicuani que me dieron su teléfono y correo. Lo llamé, fue una mañana al mediodía. Me identifiqué como un sujeto que conocía a Abril y que tenía información importante para él. ¿De qué tipo?, respondió. De su infidelidad. Soltó una risita sardónica. ¿Así?, qué novedad, no eres el primero, dijo, y te informo que a ninguno presté atención. Me quedé mudo, sin saber si continuar. Recuperado de la  impresión le dije: espere, le enviaré algo que le interesará, mírelo y lo llamo después. Le envié una imagen de la habitación que compartían con Abril, ella recostada sobre la cama, nada erótico ni comprometedor, pero suficiente para hacerle entender que no estaba hablando de boberías. Me atendió con rapidez en mi siguiente llamada. ¿qué más tienes?, preguntó preocupado. Varias cosas, respondí. Le remití la factura del alojamiento en Cusco, diálogos que mostraban la intimidad que habíamos logrado. Luego, bloqueó la comunicación hasta el día siguiente que sonó mi móvil con su número iluminando mi pantalla. Me preguntó si podíamos encontrarnos para conversar. Le respondí que sí, que era posible. Podemos vernos en el Cusco, la próxima semana, ¿le parece? Aceptó. Lo llamaré para coordinar, le dije. Espere, no corte, dijo, ¿quién eres tú, que relación tienes con Abril, eres el que aparece en los diálogos, deseas  dinero por la información? Nada, no deseo nada, respondí, solo que se entere de cosas que ignora. Es todo.

Tenía que volver al Cusco por mis trabajos de asesoría. Era un compromiso de un par de días. Le di mis coordenadas para encontrarnos. Lo cité en la puerta de mi alojamiento, el mismo que habíamos ocupado con Abril. Era un tipo fornido, de semblante decidido e intolerante. Calculé que nos separaba unos diez años de diferencia. ¿Eres tú?, si le respondí, soy yo. ¿Qué tienes entre manos y cuánto quieres por la información? Nada, ya le dije, solo entregarle papeles que ya no deseo conservar. Ah, le expliqué, yo no soy el que mantuvo contacto con Abril, soy un mensajero. Me miró sorprendido. Claro, le dije, míreme, no califico para ser pareja de su mujer.  Desorientado, abrió el sobre amarillo y le dio una mirada rápida a su contenido, eran fotografías, recibos, copias de conversaciones. Fue el momento en que sacó su  arma del bolsillo interior de la gruesa chaqueta que vestía. Me encañonó y me dijo que no hiciera ninguna escena violenta, que no le importaría disparar, que lo único que deseaba era saber quién era yo y quién me enviaba, y además le entregara todo lo que tenía escondido. Vi que hablaba con ira y determinación, pensé que dispararía de todos modos cualquiera sea mi reacción. Decidí entonces tomar sus manos y virar la orientación de la pistola. Forcejeamos un instante, no esperaba mi reacción. Todo sucedió en segundos. Logré torcer el cañón del arma hacia él y, de pronto estalló la detonación. Se desplomó con el rostro incrédulo, con la mueca de dolor incrustada en sus labios y mostrando el interior de su boca y el hilo de sangre que empezó a deslizarse desde una zona profunda. Lo retuve con mis brazos y acompañé su desplome sobre la vereda. Lo demás se ha borrado de mi memoria. Retomo mis recuerdos y me veo dando mi declaración en la comisaria de la calle Saphy. Quedé detenido. Pude llamar a un abogado amigo que acudió muy pronto a auxiliarme. No debiste declarar antes de hablar conmigo, me dijo. No creí necesario, respondí, solo había que decir la verdad, me quiso disparar y me defendí, eso es todo.

Entre barrotes y acompañado de rostros extraños y curtidos por el infortunio pensé en los pasos que había seguido desde que conocí a Abril. Concluí que había cometido un error profundo de involucrarme con alguien como ella. Había jugado todo el tiempo; la respuesta de Ge. retumbaba en mi mente: “no es el primero que hace lo mismo, no es el primero”. Qué hacer, todo estaba concluido.

Me dejaron en libertad hasta el inicio del juicio y me obligaron a permanecer en el Cusco. La prensa se había encargado de divulgar una versión truculenta que cundió por la ciudad después del primer titular de la prensa: “El asesino de San Blas mata por amor y despecho” Ele acudió a auxiliarme; le expliqué lo ocurrido sin ocultar nada. Te acompañaré hasta la finalización del juicio y después te dejaré libre. Eso dijo, libre. Yo sabía que esa palabra jamás me volvería a pertenecer.

El abogado hizo una buena defensa; usó el criterio de legítima defensa, lo hizo con elocuencia y conocimiento. Ayudó mucho la grabación que hizo el sistema de seguridad del alojamiento y el testimonio del administrador que observó lo ocurrido desde muy cerca. Explicó que Ge tenía intención de disparar cuando desvié el arma; en la acción que hizo el acusado, declaró, no vi ninguna intención de hacer daño. El juez, finalmente, ratificó lo manifestado por mi defensa y determinó que sí había actuado en legítima defensa y me declaró en libertad. Cuando salí de la sala del juzgado no pude sentirme liberado de mis cadenas, sabía que quedaría de por vida atado a lo ocurrido esa mañana de agosto. Los largos meses del proceso que me retuvo en el Cusco, me sirvieron para construir una relación distinta con la ciudad; pero no podría quedarme de vecino. La gente me reconoce en las calles y voltea a observarme. He considerado mudarme a una mediana ciudad de la selva, quizá Oxapampa, me gusta ese lugar, clima benigno y gente sencilla.

Abril me envió una nota que dejaron por debajo de la puerta del estudio de mi abogado que decía: has arruinado mi vida, no te quiero volver a ver nunca más. No he vuelto a saber nada de ella, tampoco creo saludable para mí buscarla. Aquí voy, haciendo lo posible por continuar mi existencia. Sin embargo, nada de la tragedia pudo mermar sus recuerdos, era como una benigna maldición que había trastornado mi existencia hacia el mal y que alimentó todos los días de mis años venideros.

Uno de miles.

Cuento largo

UNO

Conocí a Parwa Salinas de un modo poco habitual. Hacia un viaje de rutina hacia la mina Julcani, donde trabajaba desde varios años atrás. Me acompañaba Fernando, segundo hombre de la Gerencia de operaciones con quien recorríamos con frecuencia el trayecto. Nos faltaban unas tres horas para llegar a destino después de los días de descanso. Partimos de Lima y dormimos en Huancayo la noche anterior. Salimos hacia la mina después del mediodía porque se nos ocurrió almorzar en Huaychulo frescas truchas que sacan de los pozos directamente a la parrilla.

La ruta no ofreció contratiempos excepto una patinada que casi nos lleva fuera de la pista hacia un baden de cierta profundidad. Fue a la altura de Izcuchaca, después de pasar el puente de cal y piedra. Me distrajo la llamada de Norma que indagaba por mi ubicación. Felizmente pude superar el peligro, pero dejando maltrechos los músculos de mis brazos. Fue un buen susto que hizo gritar a Fernando. En Huancavelica estacionamos la camioneta en la plaza principal en la idea de comer algo ligero. Coincidí con Fernando, debíamos acercarnos a la calle Sebastián Barranca para hallar el lugar apropiado. Antes, hice mi acostumbrado paseo frente a la iglesia que me gustaba observarla de cerca; me producía una sensación de paz y bienestar que no encontraba en otras edificaciones similares. No era un tema religioso, me gustaba el colorido de su fachada, las singulares líneas de su diseño. No había otra iglesia similar en ningún otro lugar del Perú. Una pequeña iglesia en Raqchi, cerca de Sicuani, tenía semejanzas que las hacia parecer obra de un mismo arquitecto.

Nos ubicamos cerca al local del Municipio, en un chifa con lunas amplias que nos permitían observar el colorido de la calle y el rápido caminar de la gente. Después de encargar una sopa wantán especial, Fernando me hizo notar que el local municipal anunciaba una actividad cultural. ¿No has visto?, es un encuentro de literatos o algo así, son tus temas; si quieres, pasamos un rato por allí a curiosear. Me interesó la idea.

El plan era quedarnos un momento, comprar algún libro y partir antes de que la noche nos gane y llegar con los últimos rasgos de luz a Julcani. Sí, claro, esa es la idea, dijo Fernando, es mejor no correr riesgos viajando de noche. Depende de ti, añadió, ojalá no te entusiasmes con los letrados.

Era un espacio en el tercer nivel que servía para eventos de mediana envergadura. Cuando nos sentamos, una mujer leía una proclama en defensa de las letras huancavelicanas. Modulaba la voz con exageración y agitaba las páginas como si se tratara de estandartes de guerra. Calculé que había unas cincuenta personas, la mayoría jóvenes bulliciosos agrupados en cofradías diferenciadas. Eran de una movida culturosa que parecía agitada y pendenciera.  Ubicamos lugar en la primera fila porque ningún joven que se respeta  ocupa esos espacios, queda para gente pasada de años a la que no le importa parecer los mejores alumnos.  A unos pasos, en la mesa cubierta de extenso paño verde oscuro, una autoridad municipal se acompañaba por los organizadores del encuentro; no tuve dudas que se trataba de ellos por las bufandas enredadas en sus cuellos y los robustos sacones de lana oscura que lucían.

Repasé el programa que tomé en la entrada: música, proclamas, poesía y cuentos. El número central de la primera parte era la presentación de tres poetas mujeres que harían una especie de contrapunto y desafío. Anotaban que procedían de Cerro de Pasco, Huánuco y Huancavelica. Será una mechadera interesante, dijo Fernando. Quiero estar presente, respondí.  El evento lo clausuraban tres literatos que leerían sus cuentos. Nos vamos después de las poetas, ¿te parece, Fernando? Sí , de acuerdo Danilo, y espero que no te entusiasmes y acabes cerrando el programa. No, descuida, partimos después de oír a las poetas. Revisé sus nombres, Teresa, Marta y Parwa.

Sí, tenía interés en la poesía; había publicado un par de libritos que la mina había financiado y distribuido a los trabajadores y empleados. Era gracioso escuchar, de pronto, en medio del ruido de las chancadoras, repetir un verso declamado con sorna: fuego canta, eleva tu voz a mis alturas. Volteaba para descubrir el rostro del declamador pero nadie se descubría como autor, todos mostraban total indiferencia. No me molestaba, lo tomaba con buen ánimo, sabía que algunos me leían con interés. Era una afición temprana que inicié en la biblioteca que mi padre aún conserva con dedicación. Allí conocí a Yeats, Kavafis, Pedro Salinas, Vallejo y, sobre todo, a poetas norteamericanos que eran mis preferidos: Whitman, Poe, Eliot, Frost y otros; me gustaba la llaneza de sus versos, la proximidad que lograban con lo cotidiano.

Los números siguientes se sucedieron con lentitud; cuando anunciaron al trío de poetas ya la tarde mostraba los celajes rojizos que anuncian la oscuridad. Nos miramos con Fernando para evaluar pareceres. Depende de usted inge, yo no manejo. El cambio en su trato denotaba deseos de partir, pensé que no estaba mal usar el crédito que conseguí cuando lo acompañé en sus correrías nocturnas por las discotecas huancavelicanas. Acabamos en La casona después de inspeccionar El oasis. Lo dejé cuando  encontró compañía nocturna en una flaca que no lo soltó desde nuestra aparición en el local. No era lo mío, prefería conversar, enamorar. Quizá era la razón de no haber anclado en el cariño de una mujer que me hiciera fundar familia. No sé, era exigente en ese detalle, buscaba con quien conversar, lo demás venía por añadidura. El diálogo es lo único que acompaña a una pareja cuando la edad obliga dejar veleidades superfluas y aparecen las soledades de la vejez.  Además, pensaba que no sería fácil  que una mujer se animara a recluirse en las serranías dejando sus intereses urbanos. Me había ocurrido con María Ángel antes de la debacle en nuestra relación. Ya planeaba trabajar en minas y ella decía que me esperaría en la ciudad. Claro que la entendía, convertirse en pareja de un minero no era un negocio que cautivara a nadie. A Norma me vinculaba los trabajos que compartíamos. Era consultora en problemas ambientales y colaboraba con ella con interés; eran temas que conocía y formábamos un buen equipo a la hora de sacar adelante una idea. De vez en  cuando me trasladaba a su departamento, o ella al mío, para pasar una temporada juntos. Había pasado allí los últimos diez días. Pero no sentía con ella las emociones que siempre necesité para caminar interesado por la vida. Era una relación quieta, de temperatura moderada y sin sobresaltos. Creo que también ella me tenía un cariño semejante.

Cuando aparecieron las tres poetas por la puerta lateral del salón y caminaron hacia la mesa, supe de inmediato quién era Parwa. Son esos latidos que no se explican porque carecen de racionalidad, solo se sienten  en medio del pecho acelerando la respiración. Vestía un faldón de tela gruesa con bordados andinos que le caía hasta el medio de la pantorrilla y cubría parcialmente los  botines mineros de rudo perfil, pero de clara identidad femenina. Una gruesa y extendida chompa multicolor tejida a mano de bordes desbocados y cubierto por una pashmina colorida que rodeaba su alto cuello como una boa constrictor llena de pliegues y recovecos. Un pesado morral de cuero acompañaba el atuendo. Claro que observé su rostro, pero no me detuve allí por lo llamativo de su ropa. Había que apreciarla mientras caminaba; su perfil podía observarlo después.  Su rostro moruno no era magro, pero no podía describirse como relleno, era de una redondez adelgazada por ojos luminosos y extensos, nariz pequeña y labios carnosos pero no protuberantes; su mirada, sin ser desafiante, indagaba en cada espacio de los rostros y ambiente. Nos observó con curiosidad mientras se acomodaba. Cuando Parwa ocupó un extremo de la mesa, escuché la voz de Fernando que preguntaba, ¿se siente bien inge?  Había seguido el itinerario de mis emociones y  reparado en mi sobresalto al acompañar la procesión de la poetisa. ¿No te parece de una belleza extraña?, le dije. Sí, es verdad inge, es un diminuto mujerón. Era cierto, su tamaño no era llamativo, era más bien menuda, pero no determinaba su personalidad, se diluía en el halo de espiritualidad y carnal presencia que mostraba. Cuando anunciaron sus nombres confirmé que Parwa era Parwa. Miró al auditorio con seguridad, alisó su melena rebelde y ordenó sus papeles con estudiada calma y esperó su turno. Los versos de las demás poetas tenían calidad, pero después de escuchar a Parwa, quedaron reducidas a la vacuidad más absoluta. Era de Huánuco, dijo el moderador y sumó a la descripción inicial una incompetente mención de Amarilis y la Perricholi que Parwa rechazó con un mohín de fastidio indisimulado.

Su poesía no era liviana y no podía escucharse sin sentirse remecido por la intensidad de sus descripciones amorosas y eróticas. No eran sexuales sus versos, describía cuerpos que se laceraban en el contacto físico sin  lograr comunión; su voz parecía reclamar correspondencia exacta al despliegue  de un poder material construido para amar y transformar el placer físico en una envoltura de pasiones secretas que no hallaban cobijo ni entendimiento en la compañía. Leyó seis poemas que después repetí en el poemario que compré en la puerta del salón. Luego de tener el ejemplar en mis manos la busqué con la mirada pensando hallarla aún en la mesa, pero no, había desaparecido. La voz de Fernando me retornó a la realidad. Danilo, creo que nos quedamos y salimos mañana, ¿te parece? Sí, tienes razón, es lo mejor. Bien, entonces vamos al Yllariy, le dije, me gusta ese hotel, desde el nombre, me agrada.

Esa noche memoricé varios poemas de Parwa Salinas. Tratado de castidad, se llamaba el poemario. Veinte poemas, intercalados con dibujos hechos por ella misma; delicadas figuras que parecían elevarse sobre el universo unidos por falanges, rostros o palabras. Un poema decía: mi amor es moneda feble / ubícame en la piel, adquiere mis muslos / y negocia mi placer, subasta mis encuentros / lubrica tu vejez / te harás soberano de lunas / perdedor de cuerpos. Era una editorial de Huánuco y señalaba dirección y teléfono. Después de terminar la lectura se me ocurrió algo que debía de haber pensado antes, usar el internet, Google, para ubicarla. Y así fue; allí estaba su nombre, profusión de fotografías suyas dominaban su página. Escasos poemas suyos, y una mixtura de autores que denotaba lecturas desordenadas. Me llamó la atención el extendido muestrario de su rostro y figura. En varios escenarios, poses llamativas, sentada, caminando, escalando, profusión de primeros planos mostrando su enigmática sonrisa guarnecida siempre de naturaleza, caminos, bosques. ¿Era soltera?, no  lo afirmaba ni lo negaba. Por sus versos presumí que no, las casadas no escriben de esa manera, ¿o era un prejuicio estúpido? Además, quien tiene compañía usualmente restringe la exposición de sí misma o muestra a la pareja. ¿Se exhibía, buscaba y provocaba, así debía entenderlo? No sé, me dije, no hagas juicios anticipados, es poeta, cuidado.  Puse el libro debajo de mi almohada y me quedé dormido hasta que Fernando me despertó con sonoros toques a la puerta. Y, Danilo, ¿dormiste bien, te pasó el espanto de tu encuentro con esa chica, cómo se llama, garúa, creo? Idiota, Parwa, garúa, ambos terminamos riendo de la ocurrencia.

Durante largos tramos de la ruta, en parajes donde las llanuras se acentuaban, solitarios espacios que parecían variar de inclinación, recorría el encuentro literario, al que no debería de haber llegado nunca, con los versos de Parwa y su figura atravesando mis manos y memoria. ¿Cuántos años tenía? Creo que no pasaba de treinta. Le pedí a Fernando que leyera el poemario, algunos párrafos, elígelos tú. Los leyó todos, esta mujer sí que conoce de sexo, dijo al terminar, ¿cómo será en la cama en verdad, tú crees que imite a sus versos? No lo había pensado, pero tenía razón, ¿eran sus poemas extraídos de su biografía? No sé, pero ¿dónde más podrían originarse las creaciones de los humanos? Llegamos para empezar el trabajo, que es rutinario en una mina, salvo cuando los procesos se atascan o una máquina se malogra. También ocurren accidentes, pero normalmente no son graves. Los sistemas de seguridad son lo mejor que tenemos. El campamento es agradable, tenemos un pequeño cine, gimnasio, salón de juegos, bar que sirve a todo el personal y comida de buena calidad. Las horas complicadas son las nocturnas, pasan lentas y me envuelven en ideas y ensoñaciones. La primera noche, después de mi regreso, envíe una señal de amistad a Parwa. Me respondió luego de un par de días. Su respuesta detuvo mis pensamientos, según los formatos establecidos estaba a un palmo de distancia, al alcance de mis palabras y razones extraviadas. Veré, dije, que encuentro detrás de su mensaje. Pude entonces escribirle y contar mis impresiones del recital, hablar de su poesía y también referirme a la mía. 

Norma me escribía a diario. No le respondía con la misma frecuencia. A veces eran consultas sobre algún proyecto. Hablábamos por teléfono por las noches; conversaciones cortas, amables, pocas veces sentimentales. Pensaba que tenía alguna distracción amorosa que le permitía manejar mi acentuada indiferencia. La verdad es que no me importaba si algo así ocurría. Tenía derecho de ejercer su libertad y no diseñar su existencia alrededor de un hombre que nunca decía amarla ni planeaba el futuro con ella.

Después de un par de mensajes con Parwa, pasamos a usar uno de esos medios que facilita internet. No era sencillo usarlo, su estrechez limitada mis oraciones a formulas convencionales; pero era lo que había. Me respondió sin premura; me dijo que le interesaba saber de mis versos y que podía enviarle un ejemplar usando un courier que tenía sucursal  a unas puertas de su casa; mientras te decides, envía tus trabajos por correo, y creo que tu opinión sobre mis poemas me parece exagerada, no me termino de convencer de sus virtudes; leo a cada paso poemas de calidad que  me dejan disminuida. Añadió que le agradaba los artículos que yo publicaba, los veo interesantes y novedosas. Preguntó por las fotos en Julcani; cómo es trabajar en esas alturas?, debe ser muy duro. Al principio, un poco, luego te habitúas y te parece el único lugar posible para vivir, le dije. Fue una comunicación directa y sin pretensiones de ocultar información; transparente, diría, con formas que no ocultaban mi nerviosismo.

Las siguientes conversaciones fueron más prolongadas y giraron siempre alrededor de los intereses que compartíamos por la poesía y literatura. Sus lecturas eran pocas, me llevaban a revisar mi teoría acerca del cultivo o del nacimiento espontáneo de las expresiones del arte; Parwa era la muestra de un talento que corre por la sangre. Al final de uno de esos diálogos pregunté por su teléfono. Sí, te lo doy, respondió sin oponer barrera alguna. La llamé luego de un par de días. Recuerdo que terminaba la tarde y estaba en mi habitación releyendo una novela de Manuel Scorza, cuando decidí buscarla. Su voz era fina, delgada y de limitada resonancia, fluida en su conversación y menos compleja de lo que imaginé en un principio; usaba un lenguaje sencillo, nada parecido a los giros idiomáticos que mostraban sus poemas. Contó que estaba ocupada con los quehaceres de la casa. Tengo una hija y un esposo, explicó. La escuché sorprendido, la gente no se casaba tan temprano en esta época y menos tiene hija. Así son las cosas; es mi suerte, explicó. ¿Su suerte? No hay suerte donde se ubica una decisión, pensé. La información me sorprendió, afectaba la idea de establecer vínculos con una poeta libre para tomar decisiones, conversar o escribirle sin las barreras que suscita una compañía permanente. Soy libre, respondió, todos lo somos, nadie está sujeto a una persona en contra de su voluntad. Con R., así llamó a su pareja, tenemos espacios personales muy amplios. No volví a tocar el tema en las siguientes conversaciones, pero la noticia restringió la frecuencia de mis comunicaciones. Me preocupé de no importunar o ser un intruso en su relación con R. Dejé de llamarla o escribirle en el tiempo que me mantuve en la mina antes de mi siguiente descanso; apenas intercambiamos cortas notas protocolares.

Estuve en Lima diez días, sin ánimos de pasar la temporada con Norma, tampoco ella insistió para juntarnos. Nos vimos con frecuencia, fuimos al cine, estuvimos en la presentación de un libro y le ayudé a cerrar una propuesta para hacer un estudio de impacto ambiental para una carretera en Huaraz. Útil y positivo mi paso por Lima. Como era usual, visité a mis padres y me quedé a dormir una noche con ellos. Fue el momento que recibí la llamada de Parwa. Me extrañó, notas cortas muy espaciadas nos habían vinculado por esos días. Me había contenido de llamarla o escribirle un par de párrafos. Pensaba en ella con insistencia, era cierto, pero tampoco deseaba pasar el límite que tiene un simple interesado en su poesía y su vida. Preguntó por mi desaparición y contó que estaba pasando unos días en Huancayo extendiendo una invitación, ¿conoces Apata?, allí estoy, en casa de una hermana, antes estuve en un recital en la Universidad. Sí, conocía el lugar, había hecho recorridos vacacionales por toda la zona central. Conversamos del tema y algo de nuestras biografías. Parecía con deseos de hablar. Me explicó que podía haber elegido a otra persona para conversar, pero le interesaba decir que le había gustado el par de poemarios que le envié. Te advierto que yo no soy de análisis, siento los versos, escucho sus cadencias y formas, no hallo palabras para explicar las sensaciones que me producen; soy así en  todos los momentos de mi vida, no pienso las cosas, Danilo, capto energías y las interpreto a mi modo, como puedo. No soy como tú, que piensas todo. ¿Y cómo sabes que pienso todo? Por tus preguntas, tan curiosas siempre, por las ideas que después te escucho, es lo que siento, analizas cada cosa; yo no sé cómo hacerlo.

Me hizo un resumen de su biografía, contó que los poemas no estaban inspirados en su pareja sino en alguien que había amado antes de comprometerse con R que la había dejado tendida en el arroyo; fue la expresión que utilizó, y lo expresó junto a una sonrisa intranquila que la mostraba aún afectada. No estamos casados, me dijo, no nos interesa ese vínculo, tenemos un buen tiempo juntos. No me parece que tu  interés en unos versos sean razón suficiente para que alguien como tú me llame, ¿quién es alguien como yo?, pues una mujer comprometida y con problemas hogareños que resolver. Se quedó en silencio por un largo momento y luego explicó que yo le llamaba la atención y que mi voz le transmitía confianza y paz, ah, y tus versos no están mal. ¿Qué te llama la atención? No sé decirlo, respondió, tus intereses de ingeniero y literato, esa cosa racional y soñadora que muestras, es raro, no la conocía. La conversación de aquella noche fue una señal distinta y orientaron las decisiones que aparecieron después.

Terminaron mis días de descanso y comencé la rutina del retorno. Esta vez no hice la parada que acostumbraba en Huancayo. Cubrí la ruta de un tirón. Norma, la noche anterior a mi partida me dijo que debería buscar un trabajo que me dejara en un solo lugar.  Le dije que en realidad trabajaba en un solo lugar, que era lo que había hecho desde que egresé de la universidad y ya eran quince años de hacer lo mismo. No insistió, tú sabes lo que haces, concluyó. Me dediqué a pensar en mi relación con Norma durante el viaje; el cariño inicial se había ido  diluyendo con el tiempo hasta convertirse en una rutina que ya me cuestionaba, no era lo que buscaba en mis compañías, prefería la tensión inacabable, suave tensión, claro, que le confería intensidad impredecible a las relaciones. Me había enamorado una sola vez en el pasado. María Ángel era una mujer algo mayor que yo, mi Jefa de prácticas en la universidad, imagen de la mujer perfecta, competente en su especialidad, guapa, de buen ánimo, emocionalmente estable. Las cosas surgieron durante las continuas visitas a su oficina para consultarle temas del curso. Un día, mis compañeros se fueron y me quedé a solas con ella; allí surgió la relación, con el beso que nos dimos ese día. Ocultamos el vínculo por mucho tiempo, evitamos problemas con su trabajo. Me enamoré de manera tan intensa que no tenía otro objetivo que establecerme con ella. Había facilidades para conseguir trabajo en una minera, pero también pensábamos en irnos al extranjero, conseguir una beca y establecernos fuera del país. Hacíamos todo juntos, nos interesaban las mismas cosas y nuestro entendimiento alcanzaba niveles de correspondencia que no creía alcanzar con otra mujer. Todo acabó de la manera más abrupta imaginable. La descubrí teniendo sexo con un tipo que era también mi profesor. Fue en su departamento, una noche de juerga entre amigos y que se suponía haríamos cosas distintas. Ocurrió que, después de toda la farra, sentí deseos de verla y dormir con ella. Olvidó que yo manejaba la llave. Verla encaramada sobre el sujeto es una imagen que no he podido borrar de mi memoria. Les hice notar mi presencia y desaparecí como entré. Es una escena que aún me acompaña, ha dejado una estela de desconfianza que ha impedido volver a confiar a plenitud en una relación. Sin este requisito no es posible construir nada estable. María Ángel quiso explicar lo ocurrido, pidió entendimiento, que comprendiera que me amaba y que las relaciones deben ser tolerantes, que era un error. No respondí a ninguna de sus cartas ni llamadas telefónicas; creo que el amor es algo que nunca necesita pedir perdón. 

Cuando pasé por el desvío a Cerro de Pasco, pensé en tomar esa ruta y buscar a Parwa; sí, lo pensé como si se tratara de tocar su puerta y preguntar por ella. Me detuvo pensar que quizá continuaba en Apata con su familia, además no, era una clara idea peregrina, hasta idiota. ¿Por qué pensé en algo semejante? Apenas la conocía, tenía familia, una pareja a su lado. No quise pensar en las explicaciones, pero sí sentía que algo muy especial había empezado a rondar a mi alrededor

DOS

Hacer la ruta no era cansador para mí, la conocía casi de memoria y disfrutaba de esas horas que sentía de mi absoluta propiedad. Me gustaba la sierra, quizá por las temporadas que pasé en Celendín, en casa de mis abuelos paternos. Viajaba después de la navidad; pasaba el año nuevo con ellos en medio del bullicio de los petardos y las comparsas de músicos que recorrían el pueblo. Mis padres llegaban a fines de enero y el retorno se programaba para los últimos días de marzo. Atendía en el almacén de mi abuela y, con frecuencia, acompañaba a mi abuelo hasta Balsas, a orillas del Marañón; llevaba granos, carne seca, ropa, y compraba tinturas, cueros, yuca, tejidos, que llevábamos a Cajamarca. Tenía compradores conocidos que agotaban la mercadería muy pronto y teníamos tiempo para ir a los Baños del inca a retozar el resto del día; en medio del calor de las aguas me contaba partes de la historia del Perú y me hablaba de sus padres y abuelos; se sentía orgulloso de contar que uno de ellos había combatido en la guerra con Chile. Con su muerte acabaron las visitas a Celendín y los viajes a Balsas. Mi abuela lo siguió al poco tiempo. Los hermanos de mi padre dispusieron los bienes y aquellos parajes desaparecieron del mapa familiar, pero nunca de mi vida.

La geografía de la ruta huanca era distinta del camino a Celendín, más bronco y arrugado y fiero, con heridas que la minería dejó marcadas en las cordilleras. Pensé varias veces en comprar algo de tierras en esos parajes y dedicarme a la agricultura y ganadería; en realidad no tenía vínculos con Lima, excepto mis padres, no tenía hermanos y me mantenía un poco alejado de amigos de colegio y la universidad; no sentía que Norma era un puerto que debía conservar. Seguí la ruta imaginando cómo se vería una pequeña casa en medio de esos paisajes, empezar una nueva vida. Era posible, ¿por qué no?

Me detuve en Huancavelica y esta vez ingresé a la iglesia. Me senté en medio de la nave central, abrumado por las dimensiones que tenía la fe, capaz de construir tamaña edificación y mantenerla viva. Sentí envidia por los creyentes; nunca pude engarzar alguna idea religiosa; la devoción que observaba en mi madre nunca pude imitarla y tampoco ella se esforzó por conseguir mi conversión. Decidí comprar un cirio y lo encendí en medio de las numerosas y espigadas elevaciones de cera que alumbraban el reciento. No sé por qué lo hice, no murmuré rezo alguno ni expresé deseo particular, solo me detuve ante las parpadeantes velas que me hicieron pensar que calcinaban partes de mi vida con fuego eterno; imaginé que los cirios más lejanos eran cánulas de poemas desapareciendo para siempre. Después pensé que la liturgia que había hecho estaba relacionada con la culpa que sentía por haber establecido distancia emocional con Norma, sin decírselo. Era una realidad que me hacía sentir culpable. El vínculo estaba quebrado, irrecuperable. No importaba cual sería el resultado de lo que ocurría con Parwa, ya no podía tener la serenidad suficiente para mirarle al rostro y seguir fingiendo que había aparecido un foso profundo entre los dos.

La combustión de los cirios me hizo recordar la pregunta que con frecuencia me hacían: ¿cómo se podía mezclar poesía con ingeniería? No podía explicarlo, era como una relación clandestina que construye tu vida verdadera y la amas con tanta profundidad que, si tuvieras que escoger entre la luz de lo predecible y la oscuridad del amor prohibido, tomaras lo único que te hace humano, el amor verdadero. Estaba seguro de que no hubiera podido estudiar literatura, y aprender a interpretar textos orientado por teorías y conceptos. No, no era posible adquirir destrezas sentado y escuchando a un aburrido profesor, eso creía. Y las conversaciones con Parwa me hacían dar cuenta de que estaba en lo cierto, el talento para escribir versos no se hallan en ninguna biblioteca ni puede ser aprendido. No, no era una mujer elemental que podía ser interpretada con una sola lectura, era universitaria, administradora de empresas, pero no había asistido a ninguna preparación para hacer poesía; lo suyo era un torrente natural de lava volcánica que aparece sin señalar curso ni mostrar origen exacto. Ahí estaba, existía para ser oída, interpretada como mejor considere cada uno. Sus versos eran escabrosos, con elevaciones y llanuras que se unían en abismos y oscuridades; tenían claras alusiones al amor carnal, pero no era posible decir que transmitían lascivia o pretendían encender deseos primarios o subalternos; eran un canto al amor no correspondido, a la distancia del hombre que se une a una mujer pensando en otros mundos, con la amante  urgida de suplir esa ausencia creando pasión doble para el amado, suplir la animalidad de la compañía.  Le envié el poemario de Carmen Ollé, Noches de adrenalina. Al recibirlo me dijo que esas cosas no eran fáciles de conseguir en la librerías huanuqueñas.

Me enfrasqué en mi trabajo, la compañía había comprado un nuevo horno de fundición y se requería la ayuda de todo el equipo de dirección y los obreros para concluir bien con el proceso de instalación. Fue algo que comprometió mi tiempo durante varias semanas.  En ese período no salí de Julcani excepto para unos trámites que la mina me encargó hacer en Huancavelica. Fue un par de días. Usé el momento para enviarle libros a Parwa, algunos nuevos y otros que mantenía duplicados en mi biblioteca.

Conversaba con ella en diferentes horas; me timbraba o enviaba mensajes cuando estaba libre de tareas, en algunas ocasiones también lo hacía yo, pero prefería que ella tome la iniciativa para evitar problemas con R.  Mencionaba que me despreocupara de eso porque no se mostraba curioso con ninguna conversación que ella tenía. Conservaba dificultades para entender esta historia. Pero, tenía que creerle. No puedo recordar ningún diálogo en especial porque todos contenían una tensión que nos juntaba en un espacio secreto y desconocido; era en los silencios cuando el contacto se acrecentaba, se trataba de momentos en que la ausencia de sonidos nos explicaba que estábamos unidos por fuerzas que los dos desconocíamos; cuando callas, decía, escucho tus latidos. Cuando hice comparaciones con mi pasado, no hallaba similitudes con ninguna experiencia anterior; me acompañaron amores pasajeros que pasaban pronto de la ilusión inicial a la indiferencia; nunca pude superar inconvenientes que presagiaban desentendimientos futuros, no era que tuviera un molde que ajustara todas las experiencias, exigía correspondencia en los aspectos más importantes: interés por la lectura, preocupación por los problemas del país, formas educadas para todas las circunstancias, aún para las discusiones, vinculaciones familiares llevadas en armonía, independencia económica y emocional, en fin, un listado de temas que los enuncio ahora para ordenar mis pensamientos y no porque los tuviera impresos como decálogo que cotejara virtudes y defectos. Son cosas que se sienten y que no requieren ser examinadas como escalas de admisión. Toda la ordenada enumeración de temas se desgranaban en el contacto con Parwa como cuentas de un rosario en que cada anhelo cultivado perdía su importancia cuando sentía que eran naturales en su personalidad. No deseo hallar palabras rebuscadas que expliquen lo que sentía, ella me completaba, residía en todas mis dificultades para enlazarme con los demás, y no en los hechos cotidianos y rutinarios sino en aquellos que no lucen en la periferia de nuestra personalidad y que están escondidos en los intersticios de lo que somos; es lo que nos constituye, es el habla interior.

Leer su nombre en la pantalla me generaba un estado alterado que parecía conducirme a las áreas de neblina del Carhuarazo y otras elevaciones que rodeaban Julcani. Retornaba cuando escuchaba o leía sus palabras: hola, ¿cómo vas? Las conversaciones nocturnas eran más íntimas y también más prolongadas; no necesitaban ser extensas, en pocos minutos ella recibía datos de mi pasado y mis planes para el presente. Se resistía a hablar del futuro y muy poco del presente. El hoy se vive y no se comenta, el futuro no existe, mencionaba, nunca se hace realidad, son sueños; háblame de tu niñez, de tus amores, dime cómo se purifica la plata, cuéntame de tus padres. Ella respondía similares interrogantes, e íbamos formando juntos una enciclopedia de sucesos personales que, decíamos, nunca habíamos compartido con nadie. Poco a poco, como el día y la noche, el río y sus márgenes, nos fuimos haciendo necesarios. Todas las conversaciones tenían un nivel de comunicación que me conducían a niveles de calidez desacostumbrada, podían ser rudas también, cuando rechazaba aceptar ideas que deseaba dejar instaladas en ella, pero eran siempre intensas, alejadas de la placidez complaciente. Era muy cauta para hablar, callaba y guardaba sus sentimientos más íntimos. Es la vida que me ha enseñado a ser así, Danilo, he tenido una infancia y adolescencia muy complicadas. Por eso escribo, por las cosas que he visto en mi hogar, y  vivido también. Nunca quiso detallar esas experiencias. Entendía que eran muy difíciles de contar, por los silencios que rodeaban algunas descripciones de su padre; se percibía oscuridad alrededor de sus palabras cuando hablaba de esos días. Pero nunca debilidad, tampoco resignación.

Fue algo natural hacernos necesarios el uno al otro, sin planes ni exigencias, me fui involucrando con la vida de Parwa y ella en la mía hasta el punto que no pasaba un día sin establecer algún tipo de contacto. Una noche tuvimos una extensa conversación; R. ha salido, me explicó, y mi pequeña duerme. Fue cuando me contó que se había percatado de mi presencia en el recital de Huancavelica. Sí, me fijé en ti, me invadió una sensación extraña, sentí que aparecía una orden que decía: conoce a ese hombre, conócelo. Danilo, para evitar el mandato de esa voz, me retiré pronto de la mesa y desaparecí por las escaleras. La escuché sorprendido, cotejando la semejanza de nuestras sensaciones, inquieto por darle una explicación racional. Tus matemáticas no sirven para entender estas cosas, nada más siéntelo, cuando intentes explicarlo se irá la magia y se dibujarán los códigos, las leyes. Le pregunté por qué había ocultado escena tan importante. No, nunca oculto nada, las guardo para no exponerme a ser usada o mal interpretada, no me gusta parecer amorosa, o mostrar debilidad; no sé, tengo la impresión que usarán mi transparencia para condicionar mis decisiones. Yo no condicionaré nunca nada de tu vida, le respondí, porque amo también mi libertad y porque lo que siento por ti es algo más grande que todos los sentimientos que he podido acumular en mi corazón. Fue el momento que ella escuchó que la quería, que había invadido mi vida desalojando todo lo que hasta entonces contenía, te has convertido en el centro de mi existencia, le dije. Se mantuvo callada, no recibí señal ni opinión que me dijera lo que pensaba. Creo que tenemos que despedirnos, me dijo, con la voz entrecortada; hablaremos otro día. No le reclamé su ausencia; no me importó lo que ella sentía, dije lo mío sin cálculo ni esperando respuesta semejante. Creo que el amor se entrega y punto, si alguien lo recoge no debe ser por compromiso u obligación; ella debe poseer su propio amor, crearlo conservarlo y entregarlo como un acto de complementación perfecto. Me quedé dormido pensando en lo que había ocurrido conmigo desde el recital en Huancavelica y en mi confesión de esa noche, tratando de ordenar los días tan pronto consumidos, escuchando su media sonrisa, la violencia que atisbaba en su carácter y el esfuerzo que hacía para evitar que se asomara en los diálogos. Se lo hacía notar y me respondía que en ella se juntaban dos rostros y dos personalidades; a veces me temo yo misma, puedo ser muy cruel en ocasiones, es algo que tengo que trabajar mucho, tú me estás ayudando a entender esos procesos, por eso te pido que no te apartes de mi vida, ¿podrás soportar a esta luna lunera que te acompaña como si esperara ver magos e ilusionistas al final del camino? Sí hay magia en nuestra ruta, Parwa, arlequines que declaman, sonidos de la tierra, ríos de colores, los estamos encontrando. Después de esas rápidas conversaciones, me detenía a pensar en el encuentro que tendría con Norma en mi próximo retorno. ¿Le explicaría que me estaba envolviendo un amor extraño y complicado o solo tenía que alejarme sin dar razones? Tendría que decidirlo, seguro que en la ruta hallaría la mejor solución. Parwa, sabía de Norma, pero nunca preguntó por mis sentimientos ni por mis planes con ella. Parecía establecer una especie de cordón sanitario en torno a todo lo que podía conducir a preguntas sobre la estabilidad de su relación o el tipo de enlace que mantenía con R. Eran sus temas, inaccesibles para mis preguntas o inquietudes.

Había pensado no llamarla, inclusive dejarla de buscar, ya había ejecutado  mi travesía y me parecía suficiente; su silencio ante mis palabras expresaban más que cualquier declaración, no piensa alterar sus rutinas familiares por ninguna razón externa; quizá ya había pasado por una experiencia semejante y sabía bien cómo manejar los hilos de un amor paralelo; no sé, son tan secretos, a veces los mundos interiores. Pero lo cierto es que Parwa era una mujer con problemas y compromisos; no podía pedir más de lo que había recibido de ella.

Me sorprendió escuchar su voz la noche siguiente, era una hora familiar para ella. ¿Estás libre?, preguntó, sí, le respondí, leía un poco. Escucha, he salido aquí, al malecón, para hablar contigo, el río está a un paso, ¿lo conoces?, es hermoso, enorme, apenas veo la otra orilla y la fuerza de la corriente debes intuirla, se desplaza por mundos subterráneos, casi como somos los humanos, ¿no te parece?, creo que vivo aquí solo por contemplarlo, a veces se desborda y aprovecho para remojar mis pies en aguas que vienen desde otros mundos, le respondí que sí conocía su río, que también me había hecho sentir diminuto, pero oye, no te he llamado para hablar de aguas y dioses, escucha, ayer me dejaste sin palabras, me emocioné, no pensé escuchar algo semejante, de verdad, te veía tan controlado, tan en tu lugar, pero te contaré algo Danilo, del momento del recital, ocho de agosto, ¿lo recuerdas?, seguro que no; ya, pero bueno, lo que me dejó ese momento fue un deseo extraño por saber de ti, conocerte, es cierto, aunque no lo creas, me es muy difícil admitir cosas así, no sirvo para tanta sinceridad, pero lo haré ahora, yo te amo, y no entiendo en verdad, cómo he vivido tanto tiempo sin este cariño, sin tu compañía. Mira, no te sientas creidito, rio al decirlo, pero no tengo tiempo para decir más, conserva mis palabras junto a ti para toda la vida. Hablamos y, recuerda, no es una obligación buscarnos.

No pude responderle, me dijo que no podía seguir hablando.

La habitación que ocupaba me pareció el escenario del mundo, el sillón que me contenía  se había convertido en el asiento del bienestar. Sentí que el mundo flotaba y giraba alrededor del universo y que yo lo acompañaba, junto a Parwa.

TRES

¿Por qué Parwa? le pregunté, tenía otro, antes, es reciente, va con el  tiempo de mi poesía, empecé a escribir después del accidente amoroso que conoces, no hace mucho en verdad, pensé que  era necesario cambiar, y entonces hallé este sonido, ¿no es bonito tener la flor del maíz como nombre?, es un penacho gris blanco que refleja una blanda luz  que se mece como danza leve y musical en la cima de los maizales y, junto a todo esas  sensaciones, está la melodía de las hojas que la naturaleza armoniza; no tengo rastros de mi nombre anterior, ¿crees que debo seguir un proceso judicial para usarlo con propiedad? No supe si bromeaba, le respondí que su poesía se encargaría de legitimarlo, ¿tú crees, por qué tienes ese juicio de mis versos?, porque me interpretan, son voces que brotan del aire de la tierra, de los cuerpos heridos que nunca se rehabilitan, por eso.   Serás famosa Parwa, no lo olvides, tú solo has tu tarea.

Iba describiéndole el camino, me apeaba en un recodo de la ruta y le decía lo que observaba; atravesaba Huayocachi, y veía brotes de piedra caliza en medio de tierra intensamente roja, los colores parecían construidos para traducir la belleza; había pasado Imperial y Sapallanga, Huancayo no estaba distante y la geografía que me esperaba después de ese paso no sería la misma, era agreste y las heridas de las cordilleras se mostraban como llagas incurables; me gustaría vivir por estos parajes, me sentía parte de la geografía, de su gente, del colorido y música que pintaba todo lo que hacían. Vería con calma, era necesario pasar un tiempo visitando cada lugar para decidirme y también consultar con gente que conocía la zona.  Los cerros verdeaban con las lluvias de verano y mi ánimo contenía muestras de angustia y bienestar; la conversación que me esperaba con Norma me provocaba tensión y malestar en el estómago.

Me detuve en Huancayo un par de horas para almorzar y visitar una oficina de corretaje, quizá tenían propiedades rurales en venta; los dos lugares que visité no sabían del tema, dejé la información que solicitaron, me avisarían, dijeron. Se sorprendieron del pedido, no era usual que un tipo buscara tierras de esa manera, pensaban que las áreas de cultivo tenían que ser escogidos por el propio agricultor; les expliqué de mis limitaciones, de lo que buscaba, algo que  tuviera cinco hectáreas como máximo y que no sobrepasara del monto que, calculé, recibiría por mi retiro de la empresa. 

Al trasponer Ticlio, empezaba a sentir las señales de Lima, la geografía oscurecía y los abismos tenían nombre. No era amable Lima conmigo, los años de trabajar fuera me habían indispuesto con el ruido, la velocidad de los días, esa nube gris oscura que parecía almacenar hollín, me fastidiaba cada vez más. Y lo de Parwa influía bastante, el apego que tenía por las cosas de su entorno, la forma en que se movía por esos lugares, un día en Cerro, otro en Huancayo o Jauja, Concepción, descorrieron el velo que ocultaba lo cotidiano; la humana rutina que no había apreciado antes.

Norma me ubicó apenas desempacaba mi equipaje, ¿llegaste, nos veremos hoy, puedes? Le dije que lo dejáramos para mañana, me sentía agotado por el viaje, son casi diez horas que llevo manejando. Te visito, respondió, no tendrás que moverte, ¿te parece? Acepté, no era posible negarme, pero no sería el momento para hablar de mis cosas. Terminaba de ducharme  cuando se asomó por mi habitación. Nos abrazamos con afecto fraternal, sin el fulgor de los primeros tiempos y caminamos hacia la terracita que colinda con un parque, un par de sombrillas hacían que el lugar resultara acogedor. Llevó una botella de vino que nos gustaba, Malbec bien tinto; luego, sobre la mesa redonda de vidrio, desplegó un piqueo de queso, jamón y aceitunas. Le conté las novedades de la mina, lo bien que había quedado el nuevo horno, la satisfacción de la gerencia que parecía pensar en un ascenso para mí, me contó del proyecto de Huaraz y del par de viajes que había tenido que hacer, ah, dijo, tengo un cheque para ti, te lo haré llegar, relató la visita que había hecho a mis padres; le conté que había empezado a escribir un nuevo poemario y me pidió que le adelantara algunos versos. Luego de dos medidas de vino, leí un párrafo: así ando / con dolores y niebla / con puñales  tersos / que toman mis ojos / mi lengua, labios y dientes / y tocan con su filo / el ultimo perfil de mis certezas. 

Acarició el borde de su copa, dio unos pasos y  se apoyó en la baranda de tubos de fierro, mirando mis apuntes. ¿Quién te provoca dolores y niebla, no soy la causante, claro, para quién es el poema, a quién le escribes?, son versos de un amor que parece te cobrara la vida, imagino que lo demás tiene el mismo sentido. ¿De quién te has enamorado, Danilo, de quién? No respondí su pregunta, no era el momento de conversar, no había definido lo que iba a callar. Seguro que no hablarás, pero yo sí te diré algo, parece que nos hemos enamorado, me ha ocurrido, quiero que estés informado, no me reproches ni me juzgues, nuestra relación estaba agotada y, bueno, provocan cosas; me ayuda saber que tú vas por el mismo camino. Mi silencio era más elocuente que cualquier respuesta afirmativa, pero también significaba que era mejor una sola declaración, era suficiente; ¿quién es?, se llama Francisco, vive en Huaraz, maneja los temas del medio ambiente del Gobierno regional. Creo que te alivio de un problema, apenas te acordabas de venir por aquí, y cada vez más distante, ¿qué podía hacer?, reclamarte no era posible, vives tus mundos y prioridades. Lo siento, le pedí a Francisco que esperara esta conversación, es probable que me traslade a vivir a Caraz. ¿Tú, tienes algo que contar?, no, le respondí, nada que contar, solo agradecer tu sinceridad, presentía que esto ocurriría, no te puedo reprochar nada, en realidad creo que tengo parte de culpa y responsabilidad, necesitas alguien que te acompañe bien y yo no soy esa persona, te entiendo, ha sido bueno el tiempo compartido contigo y es bueno separarnos sin problemas ni tragedias. No dijimos más, nos rodeó el silencio, acabamos el vino y  me dijo que sacaría cosas que tenía en la habitación y dejaría la llave. Armó un pequeño maletín y nos despedimos con un abrazo silencioso. Me deseo suerte, cuando se dispuso a dar el primer paso en el elevador.   

Cuando la vi atravesar la vereda y alcanzar su auto, a unos metros de la puerta del edificio, cubrí mi rostro con las manos y emití un sollozo de animal herido que después se convirtió en llanto incontenible. No lloraba por Norma, se trataba de un dolor humano que había acumulado por todo el tiempo de mi existencia; mis espasmos mostraban las aguas del Marañón que había saboreado con la soga de amarre rodeando mi cintura y el extremo envuelto en las manos de mi abuelo, la figura de María Ángel meciéndose lúbrica sobre mis restos, las soledades de la geografía que recorría cada mes, era un llanto por Parwa y el amor que presentía áspero, silvestre, complicado, era un llanto anticipado de todo aquello que estaba seguro me esperaba entre los pliegues de la poesía de una mujer que se empezaba a mostrar personal y difícil, propietaria única del mundo. Cuando pude calmarme, revisé unos versos para ella: la detallaba en sus ropas / también su mirada / lo hacía con exacta precisión / con extraña exactitud / copiaba sus besos / la ternura de sus palabras / sus ausencias / y las cartas que no escribía / retazos de sus huellas /cuando la vida nos distanciaba / las guardaba en hojas envejecidas / que conservaba en mi pecho dormido / algunas veces, oía su voz / sentía sus latidos / me tocaban sus silencios / caminaba sobre mis mundos / creyendo prohibido conocerla / pero, ¿quién señala las flores que amanecen / quién dispuso acercarme a sus ojos / quién anudó su soledad a la mía?

Tuve un sueño intranquilo aquella noche, desconecté mi móvil, encendí el televisor y, mientras las imágenes se desplazaban inconexas frente a mis ojos, pensaba en las distintas formas de vivir mis meses siguientes. No evité mirar el pasado y no fui benévolo con la poca claridad que había tenido para organizar mi existencia. Después de María Ángel tomé con apuro la oportunidad de trabajar en Julcani; no fue difícil ser contratado, no son muchos los  ingenieros que se animan a recluirse en lugares tan apartados; después tuve que afrontar un largo proceso de adaptación que, en muchos pasajes de esas semanas iniciales, provocó la idea de abandonar el proyecto; Georgina, ¿qué será de ella? Ccochaccasa, domingo de feria, puesto de artesanías, elaboraciones personales que recreaban la maestría de los antiguos para trabajar la arcilla, profesora del colegio, sin ella no hubiera podido superar el aislamiento que me instaló una depresión que supo entender, tengo el remedio, dijo muy segura.  Me enseñó a escalar cumbres elevadas, el Tastajasa, Atojhuachanan, aprendí a usar piolet, crampones, cuerdas, organizó caminatas a Callanmarca, Acobamba, Secclla. De repente, un fin de semana no estaba, hace unos días que no está, me dijeron sus padres, consiguió su traslado a Huancayo, ¿no le dijo nada?, no, no lo sabía, respondí, explicaron que no sabían su dirección. ¿Qué será de ella?, Norma, me ayudó a definir mi verdad, buena ella, me quería con reservas, como yo, tomó la mejor decisión, ¿cuál es la verdad de Parwa, qué busca de mí, ama a R., qué la vincula a él, por qué busca compañía fuera de su hogar, soy el único, a qué se debe sus largos silencios, habla, conoce otros hombres, quién, qué es ella? Llegó del cielo Georgina, me unió al único territorio que  no sabe de flaquezas o desanimo, las rutas que trajinamos, los horizontes que observaba desde las cumbres junto a su prédica por la naturaleza y los rituales que hacía en esas cúspides, me ayudaron a salir del momento oscuro que me invadía. Decidí quedarme y a aceptar que esas tierras tenían que ser parte de mi experiencia. Ascendí con prontitud, hasta llegar a superintendente, de allí a la subgerencia y luego la gerencia de operaciones; necesito aislarme, estar solo sin que nadie me interrumpa, saldré de Lima, me iré a Supe y conoceré Sechín que hace tiempo está en mi agenda, no quiero estar aquí, con los recuerdos de Norma y esta morriña que viene de la poesía de Parwa. 

Llamé a mis padres temprano, me invitaron a almorzar, les dije que pasaría  unos días en una playa del norte. No hicieron comentarios, les pareció bien, mi madre halló la ocasión de hablar de mi futuro, ¿qué piensas Danilo, porque no formalizas con Norma, tienen hijos y sientas cabeza? Le respondí que sí, que lo pensaría, que no se preocuparan, sí me preocupa, tienes cuarenta años y no te veo con ánimo de aquietarte. Sí, claro, madre, eso haré. ¿Qué pensaría si le explico que me he enamorado de una mujer casada, con una hija, poeta y libérrima, difícil, complicada? No le produciría espanto, sin duda, pero le preocuparía.

Ubiqué un alojamiento, modesto, de pescadores, cerca a la Caleta Vidal, lo único que hacía era solearme en la playa, comer los preparados de la señora Carmen, que tenían una combinación de recetas acreditadas que ella transformaba con añadidos que las hacían insuperables, leer mucho, ir a Barranca, a Supe, a los restos arqueológicos de Áspero, Sechín. Conversaba con Parwa, pero no con la frecuencia de antes. Le llamó la atención mi alejamiento, le dije que no, que no tenía que ver con ella, sino con la necesidad de estar solo, pensar, ¿qué tienes que pensar tanto, Danilo, las cosas son o no son, punto, no, no para mí, las cosas pueden ser o no, las cosas pueden suceder o no, de eso se trata, pensar lo que te conviene. ¿Qué te conviene, duende malo de las minas, señor de los socavones?, ¿le convengo yo? No sé, le respondí, no lo sé, estoy aquí para averiguar eso. Se rio, con esa sonrisa que podía ser placer y desafío.

Retornando a Lima, en la cinta interminable de la Panamericana, le dije que necesitaba verla, que iría a Huánuco en unos días para encontrarnos. Se sorprendió y se opuso a mi decisión, no, no está bien que vengas, quizá no pueda verte, tú sabes, R., mi niña, mis consultorías, no creo que sea buena idea. Le respondí que era necesario vernos, que habíamos avanzado tanto en nuestros contactos que necesitaba conversar con ella, ubicarme, saber de sus planes. Parwa, escucha, yo no juego, estoy en esto por algo importante, si tú quieres jugar, no lo hagas conmigo, dímelo nada más y estaré fuera de tu vida, ¿por qué lo dices?, por tus largos silencios, tus evasivas respuestas cuando hablo de estar juntos, por tu afán de ocultar tus sentimientos, de aparentar que no me amas, pretender que tú puedes todo, sola, de no aceptar que hay un hombre que te ama y que está dispuesto a dejar todo y  hacer una vida contigo, por todo eso te lo digo. 

Dejó de buscarme hasta que retorné a Julcani. Me llamó en medio de una reunión con la Gerencia, espera le dije, no, escúchame tú, es corto, voy a la cita, me dijo, dime dónde y ahí estaré. Suspendí la llamada, pero era claro que había aceptado encontrarnos. Me sorprendió, pensé que nunca llegaría  ese momento. 

En la comunicación nocturna, me dijo que me esperaba en Huánuco, que su dirección estaba cerca del malecón Leoncio Prado, jirón Damaso Beraún, a unos pasos de la iglesia San Cristóbal. Ah sí, el Huallaga está cerca. ¿Saber sus datos significaba pasar por ella y luego dar un paseo por el malecón?  No pude encajar las partes de la historia, ¿cuándo, en dónde con precisión, y R.?

No, todo estaba claro, había aceptado reunirse conmigo, encontrarnos, hablar y, seguramente, hacer el amor. Poca cosa, pero ¿era lo más conveniente, idiota que dices,  encontrarte con el amor es siempre  lo más conveniente, o no?

CUATRO

Fueron días intranquilos, con dificultades para concentrarme, pensando en el encuentro y sus efectos en lo que vendría, ¿qué ocurriría después de conocernos y dejar de lado las formas  que nos habían unido, la inicial jornada de poesía se podía convertir en una referencia inalcanzable para acomodar momentos ya alejados de la cómplice magia de los versos; trataba de  contagiarme de los modos que tenía Parwa, acomodarme en el día a día, restarle importancia a todo pensamiento puesto en el futuro,  pero tratar es distinto que lograrlo, más fuerte era mi afán de imaginar escenas de hogar, lecturas compartidas, caminar senderos personales, el trabajo familiar. Perdí peso en esos días, Fernando lo notó, estás delgado, ¿qué ocurre, parihuana te mete en problemas? Parwa, inculto, se llama Parwa, festejó su ocurrencia con una risotada que no pude dejar de imitar, es que tiene un nombrecito que suena a comida, ¿no te parece?, mejor se hubiera llamado tarwi, de frente. Tuve que levantarme de la mesa para reír sin incomodar a los compañeros que almorzaban en mesas cercanas, él prefirió seguir riendo en su lugar.

Sí, andaba en esa nube y había perdido el apetito, creí que era el motivo para caer enfermo por varios días, una especie de gripe maligna que me retuvo en cama con tos persistente y temperaturas altas; el médico ordenó exámenes adicionales que me los haría en Lima, en el próximo viaje. Sí, dijo, mejor, así sabremos de qué estamos hablando, no dejes de hacerlo, pronto.  Para mí, se trataba de la fina garua esparcida por una mujer que parecía dominar los escenarios del presente y ninguno del futuro y que no compartía el mismo compromiso emocional que me retenía por todos mis costados. En otros instantes, más tranquilo, pensaba que era errado juzgar de ese modo y que la explicación tenía que ver con temperamentos diferenciados, nada más. Un día  de preguntas por sus planes dijo que  no los hacía porque nunca se cumplían, que la vida se iba acomodando a nuestras necesidades, te preocupas mucho, Danilo, ¿acaso no es suficiente estar hoy aquí?, hablar, sentirnos cerca, mañana no estamos, entonces deja que las espigas crezcan, solitas te mostrarán si son centeno o trigo, ¿acaso porque los observas, serán avena?, no, las cosas serán lo que tienen que ser si las dejas funcionar como se debe.

Recuperado de mi postración decidí el fin de semana siguiente volver a  Ccochaccasa, y quise hacerlo a pie, yendo despacio llegaría en cuatro a cinco horas. Quería saber de Georgina, de su familia. Animé a Fernando y dos compañeros más; salimos  al amanecer pertrechados con fiambre y agua suficiente. La primera parte, menos empinada, la pude hacer bien, pero luego me resultó muy difícil continuar al mismo ritmo que los demás, sentí un agotamiento inusual; la travesía se hizo larga y llegamos a destino terminando la tarde. Busqué rastros de Georgina, seguía en Huancayo y  obtuve su  dirección, compré un par de ceramios que se exhibían en la casa de sus padres, sí, dijeron, sigue con el arte, no lo deja, en Huancayo tiene mejores muestras, búsquela. Sí, la buscaría. El regreso lo hice a caballo, préstamo de los padres de Georgina, me acompañó su hermano en otra cabalgadura.

¿Me ubicas?, apareció su señal, salí del área de mesas concentradoras para llamarla. Quería saber de ti, y hablar del encuentro, me acaban de invitar a la presentación de un libro de poesía en Huancayo, qué te parece si nos encontramos en ese punto, será un sábado, quizá pueda quedarme hasta el domingo, ¿te parece?, así no tienes que bajar a Huánuco y también  evito recorrer mi ciudad con una linda compañía. No tuve que pensar mucho para entender que era buena idea. Bien, de acuerdo, en dos semanas entonces, tú ves los detalles, sí, está bien, yo los veo. Cuando hablamos por la noche, se mostró serena y animosa, Danilo, estaremos juntos, me dirás con tranquilidad todo lo que te agobia y yo te leeré mis poemas y tú calladito escucharás mis sonidos. Pero ahora tengo que contarte de Norma, no está en mi vida. Su silencio fue prolongado, ¿me dices que han terminado, que no es más tu pareja? Sí, así es. Pero Danilo, no estamos juntos para dañar a nadie, no era lo previsto, ¿por qué has hecho algo así? Espera Parwa, espera, así se han dado las cosas, ha ocurrido sin que nadie lo planeara con maldad, pero qué extraño, ¿no era que tú vivías el presente?, bueno pues, este es mi presente, se enamoró de otro hombre, ¿qué hacía frente a eso?, ¿qué hice mal?, distanciarme de ella, porque tú eres ahora mi día y mis noches, y no puedo dar amor a nadie más, quisiera seas mi futuro, sí, pero es algo que no depende de mí, solamente, lo sabes. No está bien, Danilo, no está bien, así no son las cosas, no teníamos que afectar a nadie, y no pienses que podrás presionarme para seguir tus pasos.

Estaba cerca a la caseta alta de acceso, veía un panorama sobrecogedor, montañas y montañas oscuras, deshabitadas, nubes negras presagiaban lluvia, pero no se comparaban con la soledad que sentía. ¿Era posible imponerle prescripciones al amor, señales, diques, a un sentimiento? No, no al mío, no al que había incubado al lado de Parwa que era mis manos y  corazón, si ella tenía claro que ese no era su camino, entonces no era el mío tampoco. Además, se podía decir lo mismo de otro modo, ¿por qué con esa ira contenida, sin pensar que lo mío necesitaba comprensión, sí, de acuerdo, podía pasar la vida entera con la fórmula que ella describía con tanta certeza, mi amor podía soportar verla lejos de mis manos, distante del calor que atizaba para ella, de acuerdo, podía aceptarlo y  vivirlo, era un tema conversable, pero no así, expropiado de su compañía por una sentencia privada, única, en un segundo estaba fuera de su vida, quise argumentar, explicar, no pude, ya no era lugar para las palabras. Abandoné la conversación, creo que lo hicimos al mismo tiempo, sin despedirnos.

Busqué a Fernando y le pedí que me reemplazara por lo que restaba de la tarde. Estas pálido, ¿que tienes, te sientes mal?, se acercó para observarme, vamos, te llevó al tópico, necesitas una pastilla, no le dije, no lo necesito, ya sé, es algo con esa chica, seguro que sí, han tenido un problema, tú reemplázame nada más, nos vemos para la cena. Me recluí en mi habitación, me serví una combinación de pisco y soda. Me senté frente a la ventana sin poder hilvanar idea alguna, mente en blanco, no podía articular una idea matriz que hilvanara mis siguientes razonamientos, ¿por dónde se podía ingresar a un territorio espinoso, tóxico?, no salí de mi habitación y Fernando tuvo el buen tino de no buscarme. Por la mañana, después de haber dormido poco, y mientras me duchaba, pensé que necesitaba apartarme del dolor, podía arrasar mis energías y conducirme a un despeñadero depresivo al que no quería retornar nunca. Así lo hice y me enfrasqué en mis tareas, en leer pero no en hacer versos porque eran el camino de retorno a las voces de Parwa. Decidí que no podía continuar con un amor tan intenso que carecía de cualquier forma de futuro. Vería la forma de salir indemne del desafío.

El sábado siguiente bajé a Huancayo a buscar a Georgina. No la ubiqué en la dirección que me dieron sus padres, me informaron que se había trasladado a vivir a Sicaya, un pueblito cercano a Huancayo, sí allí la han  enviado los del ministerio, me indicó  la amable señora que había sido su casera. Conocía Sicaya, un pueblo camino a Jauja.  Dijo no saber su dirección, pero no será difícil encontrarla, todos la deben conocer, pregunte. Es lo que hice en el puesto policial y después en el colegio que ella dirigía. Así fue que miré de nuevo los ojos oscuros de Georgina. Puso las manos al pecho y luego cubrió su rostro con ellos. Fue un abrazo prolongado plagado de interjecciones: no lo puedo creer, no es posible, sí Georgina, tenía que ubicarte, claro que sí. Era una casa espaciosa con jardín al fondo, cuidado con detalle, buganvilias de todos los colores dominaban el ambiente, cicas y orejas de elefante le otorgaban quietud y recogimiento, al medio, había acondicionado un pérgola con mullidos asientos; allí nos instalamos para conversar de todos los temas pendientes.  Sabías que seguía en Julcani, ¿por qué no me buscaste?, Danilo, ¿quieres que te diga la verdad y solo la verdad?, bueno pues, abandoné Ccochaccasa por el amor que sentía por un señor con el que escalaba y caminaba y hacia cerámica. Ocurre que este hombre no me quería y no iba a quererme nunca, ¿qué me quedaba, seguir sufriendo sin límites o sufrir con limites, lejos de ti? La miré entrecerrando los ojos, como se hace cuando quieres ubicarte en medio de un territorio desconocido. Me acerqué a su lugar, me puse de cuclillas, tomé sus manos y las besé, yo te quería, no te equivoques, solo que en esa época no tenía espacio para la alegría, no sabía cuál era mi ubicación en la vida, menos podía tener un lugar para ordenar mi corazón, no sabes lo que es la depresión, Georgina, no sé qué hubiera ocurrido si no partías, quizá estaríamos ocupando juntos esta casa. Me levantó y se pegó a mi cuerpo al mismo tiempo que yo me envolvía en sus sentimientos. No sé qué tiempo permanecimos siendo una sola persona. Ven, me dijo, preparemos el almuerzo, sabes que tengo una hija, cinco años, sin padre, para no desentonar con la moda, está con sus abuelos, la traen el lunes, ¿hasta cuándo piensas quedarte?, no habrás venido por unas horas ¿no? Sí, por unas horas, pero ahora que lo dices puedo quedarme hasta mañana. Regio, lindo, iremos al campo después del almuerzo, hay unos bosques por aquí que son una maravilla, además del paisaje, iremos a un par de talleres de artesanías, verás, te gustará. Sicaya es un regalo del cielo, ya verás. Oye, le dije, mientras seguía las instrucciones de Georgina para poner el aceite en su lugar, justo, estoy en la idea de dejar la mina y dedicarme a otras cosas, pienso comprar un terreno y sembrar, tener animales, vivir de eso. Te morirás de hambre, Danilo, ¿dejar las facilidades que tienes, tu tremendo sueldo, ¿lo has pensado bien?, no me importa, digo sí, pero me contento si como cada día, además podría quizá enseñar algo en un colegio cercano, o dictar clases en la universidad, no sé. Vaya, veo que estas determinado, te contaré entonces una buena noticia, un señor ya de edad quiere vender su chacra, aquí cerca, son diez hectáreas, a él le ha servido para educar a sus tres hijas, hacerse una buena casa aquí, pero está cansado y quiere dejar ese mundo. Podemos ir a ver la propiedad, caminando llegamos en media hora, más o menos. Sí, acepté, claro que era una oportunidad formidable. Lo hacemos Georgina.

Hicimos el paseo y llegamos a la propiedad, hablamos con el dueño, huraño y de poco hablar, me entrego los datos, el precio era bastante alejado de mi presupuesto, dijo que no vendería por partes, que no deseaba retacear nada. Quedé en buscarlo en un corto tiempo. Fueron horas que me devolvieron el tono de vida que había perdido por la reacción de Parwa, no era lo que deseaba para mí, quería un lugar para estar juntos en algún momento. Ver a Georgina me hizo sentir que estaba hallando una ruta para establecerme según mis planes y que el cielo no era tan negro como ayer. Por la noche, conversamos sobre asuntos que estaban pendientes, su niña, el padre ausente y enemistado con ella, de sus padres, de la gente de Sicaya, de sus alumnos, amores, le hablé de mis cosas familiares, de la frialdad en el trato con mi padre, de los deseos de mi madre de organizar mi vida, de la rutinaria vida de Julcani, de los compañeros de trabajo, de mis planes y también de Norma y de Parwa. Me escuchó como solo saben escuchar las mujeres cuando algo les interesa.  Me dejó algunas ideas: oye, esa chica te quiere, pero no está dispuesta a dejar su casa ni marido, tiene miedo, no sé, también se me ocurre que puede estar acostumbrada a aventuras de este tipo y sabe cómo manejarlas, nada de compromisos, solo pasarla bien y punto, no sé, difícil afirmarlo, tienes que ver con calma, amor de casada, solo de pasada, decía mi abuela, pero no siempre es así Danilo, no te apresures, por lo que cuentas, esa niña se acomoda a ti como la abeja al dulce, tiene ese duende que tanto te emociona, siempre te he visto buscando arte y  estética por todo sitio, recuerdo las formas que sacabas a la arcilla, extrañas, bellas, y recuerdo que alguna vez describiste a María con una talla que no terminaba de gustarte, que la hubieras preferido con menos talla, menuda, ¿ves cómo te conozco?, y no mereces estas complicaciones, Danilo, pero, en fin, buscas lo difícil, complicado; pobre,  estás sufriendo, pero ven, te muestro tu habitación, así nos liberamos de esta tensión y luego me sigues contando.

La seguí hasta el fondo del jardín, oculto entre el follaje, apareció un ambiente de techo bajo al que las plantas asediaban por todas sus paredes. Al costado estaba el horno para la cerámica. Era una cama rústica, amplia, y el ambiente rezumaba armonía y quietud. La miré, tomé su mano y le pedí dormir juntos en ese lugar, se pegó a mi pecho y me dijo que traería su ropa y algo para mí. Nos desnudamos sin las urgencias de las parejas que se reencuentran después de tiempo, como amigos que nunca han dejado de verse. Continuamos conversando ya cubiertos de cobijas, planeando las cosas que haría con la tierra, de Parwa y de lo que debía hacer; búscala, me dijo, búscala, esa chica necesita tu compañía, conversa y entérate de las cosas de su infancia, debe tener allí explicaciones que te ayuden a entenderla, es madre, la domina el miedo, no sabe qué hacer con el amor que te tiene, compréndela, es poeta, cómo será su mente, y tú la amas, Danilo, tú la amas de una manera muy profunda, y apenas la has mirado, cómo será después, no he visto nunca a un hombre amar de esa manera. ¿Sí, tú crees? Será por eso que esta noche no haré el amor contigo, no puedo Georgina, pero deseo estar junto a ti, sentir tu cariño, que sientas el mío, nada más.  

Está bien Danilo, tampoco lo deseo, eres de otra mujer.

CINCO

Despedirme de Georgina fue dejar atrás destellos de luz que habían alumbrado días complicados, y más los recientes, colmados de imágenes difíciles de interpretar; sus manos agitadas en medio de la calle eran el símbolo de la vida misma, renuncias, despedidas, pocas veces continuidad y persistencia; me inducia a pensar en argumentos preparados por diosecillos de toda índole y tesituras, que cumplíamos en interpretar, dóciles y esperanzados. ¿Cómo se engarzan las imágenes de la declamadora literaria con los tres personajes sentados en la mesa y luego los poemas de voces diversas y Parwa emergiendo desde el fondo de vidas anteriores que  nos acercaron pero nunca nos unieron, reconozco que es difícil negar que hay un tejido fino detrás que ignoramos cómo funciona. Parwa representa el personaje que ama sin enunciarlo, que oculta sus sentimientos por temor a ser usada por poderes adversos que conoció de niña y que enfrentó con persistencia hasta librarse de yugos múltiples y violencia; ¿le recordaba mi presencia antiguas amenazas, mi amor invocaba la intolerable presión paternal que rechazaba desde sus abismos, mis palabras y actos le producía aceptación y rechazo en dosis equilibradas? No sé, era probable; pensaba también que mis líneas en esos libretos me ordenaban asumir la voz y el cuerpo del humano pasional, que juzga sus formas como único diseño para amar sin entender que también se puede conseguir igual intensidad con razonado trazo. Pero, aceptar la presencia de hilos modeladores, eliminaba la libertad que tenía de buscar o no a Parwa, de rechazar sus juegos secretos, no era aceptable ninguna injerencia que decida por mí; me acomodaba mejor fuera del teatro ordenado y dirigido, mi libertad no estaba apremiada por ningún argumento externo, era lo que deseaba pensar.

Si el amor une, si es adhesivo, ¿por qué se nos hace difícil conjugar ambos hemisferios, entendernos en las diferencias, por qué no logramos la fina comprensión, si hay amor? Anhelaba que mi compañera se libere de palabras y enseñe su amor trajinando la tierra que compartimos, sembrando el maíz con las lluvias de setiembre y celebremos la aparición gris blanca del mechón parwa con el fin del estio, ¿por qué si la naturaleza tiene plazos  no podemos los humanos señalar hora y meses para otorgarle data, espacio y tiempo a los sentimientos? Mis solicitudes nada más pedían parecernos a la silenciosa manera que tienen las estaciones para brotar en su momento, intolerantes con el retraso o la duda; eran solicitudes de afirmación en contienda con la preferencia por lo incierto. Claro que era su derecho apartar rutas y proyectos, podía ella legitimar esa franquicia, pero requería explicar, negociar.

Ayaccocha aparecía ante mi vista y restaba poco para arribar a Julcani y  deseaba que la ruta se prolongue, diera la vuelta al mundo para no descender sobre una realidad que no terminaba de aceptar.   ¿Georgina tenía razón, seguía su consejo?, ¿para qué me necesitaba Parwa si ella se bastaba para vivir bien velados mundos, su resistencia acaso no era muestra de un amor superficial o inexistente? Julcani se delineaba en el horizonte y me sentía apresuradamente fatigado, saturado de sus casas impersonales y cotidiana disciplina, de los grupos formados para incomunicarse con los  distintos; no sabía cómo recuperar la emoción que antes me suscitaba  ingresar a mi antigua iglesia minera.

Me duché y ordené la fruta que Georgina puso en la cajuela y descubrí una hoja de cuaderno con menuda letra en tinta roja: Danilo, no dejes de buscarla, el amor se pelea, con dagas y corazón, el amor no vuelve, no aquel vencido por tu cobardía, retornan los andrajos, el remedo del beso que no fuiste capaz de retener, el orgullo es inútil en el amor y peor es huir en silencio,  ya ves lo mío, de no haber escapado quizá tú y yo estaríamos juntos esta noche. No regreses a mi hogar sin Parwa. Desorientado abrí Pedro Páramo en la página separada, demoré en percibir que tenía el texto invertido, rectifiqué el error y apareció Susana San Juan huyendo de la realidad usando la locura y el sueño.

Escribiría a Parwa, sí, eso haré: hola, ¿puedes conversar? Su respuesta fue pronta. Si, aquí estoy, ¿como vas?, yo extrañando tu compañía. Yo más. Conversamos unos minutos y más los días siguientes. Hicimos balance de daños, se aclararon ideas y planeamos el primer encuentro. La buscaría en el lugar del recital, un local céntrico propiedad de la universidad estatal, después nos esperaba un lugar privado que ella elegiría, hotel, hostal, no importaba si estaba alejado de la ciudad. Se instaló una atmósfera de optimismo, detuve mis preguntas y mi deseo de saber los minutos de su vida y ella accedió a salir del presente y merodear con timidez el futuro. Supe de su hogar; de las virtudes de R., de su devoción por ella y de la paciencia que poseía para sobrellevar el temperamento arisco y complicado de la poeta de la casa; de Ariana, su niña; de las tensas relaciones con su padre y la quieta conformidad de su madre; hombre violento él, condescendiente ella; de las virtudes que tenía relacionarse con sus dos hermanas, unidas por la necesidad de protegerse del iracundo señor feudal de la casa familiar. Saber de la letra menuda de su vida me ayudó a entender su temperamento siempre dispuesto a la confrontación y las arengas separadoras. Fueron largas confesiones que pudimos hacerlas mientras los demás dormían o, muy temprano, por las mañanas cuando salía a trotar por el malecón Leoncio Prado. Le envié un ejemplar rústico con los poemas de mi tercer libro, influido por sus ojos y cabellera, silencios y áspera ternura. Le envié algunos nombres y le pedí ayuda para bautizarlo y mencioné que me gustaba con cierta diferencia:  Ramas altas de parwa, creo que es una aliteración que no suena mal, le dije.

Había gente de pie cuando ingresé al local de la universidad; equivocando mis pronósticos, retrasé mi andar y el resultado fue escuchar al grupo de poetas huancas desde la incomodidad de una ubicación desacertada. Destacaba su encendido saco granate y una colorida y discreta bufanda que ocultaba una blusa blanca. Elevó Parwa su  mano para saludarme. Sentí una rara sensación de estar tejiendo irrealidades, de aquellas  que construyen las partes más ciertas de la historia humana. Apenas unos meses antes, éramos dos seres completamente desconocidos, sin pasado compartido ni ciudad madre, ni amigos, como dos extranjeros que se unen para añorar juntos sus patrias abandonadas juntando retazos de pequeña historia que va haciendo una narración nueva y consistente, superior a cualquier recuerdo. Eso éramos, dos condenados de la tierra, náufragos de una misma batalla, trajinada en escenarios distintos. ¿Qué nos esperaba esa noche a los dos, dónde quedaba R., podía pensar en moral, ética y condenas, no, no lo aceptaba, porque la necesidad del amor no admite capillas consagratorias ni juzgados civiles; si la unión no es necesidad carnal impostergable y tampoco búsqueda hedonista de placer, y sí reconocimiento de estar frente al elemento primordial que nos integra, a la palabra y al gesto mellizo, a la urgente necesidad de requerir labios y respiración ajena para seguir viviendo, entonces el amor no admite prisiones pasajeras, ni permisos ni censuras. Así lo dijeron los poetas esa noche, así sentí que tejían sus versos.  Parwa esta vez no fue el círculo de fuego que conocí en Huancavelica, tuvo que ganar un espacio entre poetas de buen calibre. Al escucharla, vi cómo el público se remecía en sus lugares explicando que los sonidos que escuchaban eran parte de las luces y sombras que habían conocido con sus compañías cuando el amor amanecía y luego se tornaba agónico e insufrible. 

Firmó ejemplares y la rodearon jóvenes que parecían conocer su obra o eran amigos que deseaban saludarla. Me sustraje al desorden y me retiré a las inmediaciones de la puerta de ingreso que tenía una explanada suficiente que permitía evadir la corriente de asistentes que se retiraban. Cuando apareció Parwa creí percibir que no estaba preparado para manejar con equilibrio el momento. Caminó un breve trecho despejado de obstáculos, sonreía contenida, nerviosa también; juntamos débiles seguridades y nos agregamos sumando respiración entrecortada y la corriente que formamos en largos meses de palabras corteses primero, de ratificación de intuiciones después, y del descubrimiento de la luminosa intimidad de nuestros cuerpos. No éramos dos desconocidos cuando nos abrazamos por primera vez, por eso la comodidad nos hizo caminar serenos hacia el auto estacionado cerca. Vi su vestido largo, que tocaba sus tobillos, colorido, inspirado en las faldas de las señoras que  comercian productos en las ferias de la región, zapatos de taco medio, ligeros. ¿Cómo no verla hermosa, radiante; si solo eran mis ojos los equivocados entonces era mejor estar solo en la evaluación de mis armonías. Ya instalados, le pregunté con mi mirada por el lugar que había elegido. Se trata de Cochas, un pueblito cercano, no más de media hora de ruta, deseabas estar fuera de la ciudad, entonces nos vamos al campo pleno. ¿Te parece? Sí, respondí, estoy de acuerdo.

El trayecto fue un viaje a través de los días, semanas y meses de brillo amoroso, de opacas discusiones, de reconocimiento de nuestras diferencias y de escuchar de ella que algún día cercano o lejano  compartiríamos un hogar.

  •  Lo he entendido Danilo, lo he aceptado, y me negaba por el bienestar de Ariana y mi deseo de no lastimar a R. Ella ama a su padre.
  • ¿Estás segura de lo que dices?
  • Si, lo estoy. Pero necesito tiempo, no me fijes meses ni años, déjame hacer mi tarea.
  • Usa el tiempo que necesites

Nos tomamos de la mano y el silencio invadió nuestra travesía. La luz abría un camino en medio de la oscuridad que me hizo pensar que era la reproducción exacta de nuestras vidas, densa noche escindida por una tenue luz manejada por dos seres que estaban marcados para estar juntos.

Mis recuerdos de esas horas se parecen a destellos inconexos que se van uniendo para emitir escenas continuas que tienen la intensidad de nuestros cuerpos enredados en un lecho que me pareció construido de maderos encendidos girando sobre aguas de altura como lápices escribiendo acerca de nuestras almas. Si digo que nos visitó el placer olvido decir que fue el amor la compañía principal. Nos reconocimos íntegros, lúbricos, interpretando un tratado de castidad, el que dice en su primer párrafo, que nada deja de ser casto cuando el amor nos habita.

SEIS

La despedida no tuvo el halo de tristeza que podría generar situación semejante entre seres que se necesitan juntos. La vi alejarse con alegría y voluntad de continuar resolviendo el complicado escenario de vivir y compartir espacios con un hombre al había dejado de querer. Empezó esa relación después de lo que llamaba, accidente amoroso, ocasionado por un un joven  inestable y con dificultades para ubicarse bien en su propia existencia; de esos chicos que las mujeres con hogares conflictuados buscan y encuentran; amor intenso, carnal. Parwa reconocía el entramado psicológico y sentimental que tuvo el querer trunco. Lo conversamos cuando clareaba el día y el ánimo era propicio para confidencias íntimas. Empezó a escribir después de ser abandonada, llenar cuartillas le salvó la vida, superó todo lo que entonces era desorden y ausencia de propósitos. Poco después se cruzó con R.  y conoció la estabilidad emocional que necesitaba para terminar de ajustar sus dolencias y organizar un futuro distinto. Varón sencillo, sin recovecos ni problemas existenciales, aficionado a las exploraciones geográficas, buen padre, buen compañero, exento de vicios e inconductas, satisfecho con las cortas recompensas que la vida otorga a quienes se satisfacen con llegar con vida y cuentas pagadas a fin de mes. El compañero menos adecuado para una mujer que deseaba comerse la tierra y beber el mar; pronto vio que lo suyo y lo de R. no sumaban dos. Pero, era feliz, a mi modo, no pretendía otra cosa que acomodarme en ese universo de quietud y  de pocos sobresaltos. Pero, Danilo, hay visitantes que ponen nuestras vidas al revés, tornados que vierten granizo derretido sobre nosotras; ¿cómo no escucharlos, aceptarlos, dejarlos ir después que han creado hoyos que se llenarán de cariños sustitutos e indeseables; ¿cómo te contentas después de haber escuchado la voz que te repite y multiplica, el ser que te completa, como eres tú para mí; si desaparece te pones en riesgo de hallar un curador que desarticule aún más lo que ya está quebrado. Y lo buscarás, sin duda, porque tu lugar ya no es el hogar que pensaste, no existe más, tu vida ha quedado desintegrada y sola,  mirarás lo inservible y, el amor de tu vida, el verdadero, no estará cerca para secar tus lágrimas. Es lo que he pensado Danilo, lo que siento, y quiero que me acompañes en estos meses de reconstrucción de mis partes y pedazos. La abracé por la espalda, desnudos, y dejé secretas marcas de agua sobre mi almohada. Le dije que la amaba, que era mi piel secreta, la íntima, la que surge cuando nos despellejan para exterminarnos, solo así podrían hallar la piel que me has construido, Parwa.

Volví a Julcani, y la sensación de quiebre con su geografía, ambientes y procesos me parecía irremediable, estropeada; el sonido seco y extenso, de la molienda, el manejo de los relaves, la contaminación del agua, los reclamos comunales y el agotamiento de la tierra, ya no eran parte de mis preocupaciones. Me preguntaba si conocer a Parwa había desatado estas nuevas necesidades, quizá, pero Georgina le puso la dentellada final; verla bien, reintegrada, con la madurez que otorga triunfos y derrotas, distante de la mujer que esperaba compañía para ubicarse en el mundo, me otorgó la percepción de haber sido premiado cuando compartimos ascensiones y la preparación de arcillas. Su hogar luminoso de cuadros, ceramios, muebles de madera cedro, para durar siempre, su jardín como reino independiente, el horno con cerámica enfriándose dentro, su biblioteca ordenada y justa, la tranquilidad que brota de sus entrañas, su inserción en la comunidad, sus campañas de lectura, diseñadas y hechas por ella misma, me han influido y enseñado, sin teorías, que un mundo distinto es posible.  Recuerdo sus palabras cuando llegamos a la laguna Carhuaccocha, camino a la cumbre del Huaytapallana, me quedo aquí, Danilo, no creo que pueda hacer cumbre, perdóname, entenderé si quieres seguir solo, te esperaré, un triunfo parcial es mejor que una derrota final. Me quedé con ella, bajamos al punto Virgen de las Nieves, pasamos la noche en el refugio y, luego, ya sobre la carretera afirmada, seguimos rumbos distintos. A la semana siguiente, había desaparecido.  

Los contactos con Parwa no tenían tropiezos, eran frecuentes, pero, de pronto, le invadió una especie de angustia y tensión extremas porque R. había empezado a reclamarle su alejamiento, a cuestionar sus compromisos; he pensado que me sigue, indaga, me cuentan que visita lugares que frecuento preguntando si los horarios que explico son reales. Me siento mal, por Ariana que percibe el mal ambiente y tiene ahora sueño inestable y no quiere ir al colegio. El plazo de dos años que nos hemos fijado me parece razonable, si te has fijado, ya son diez meses de conocernos y lo que resta es poco; pero no pensaba afrontar esto tan pronto. La idea de desaparecer un día, irnos juntos y dejarle una carta, me parecía la mejor solución, pero, ahora, las cosas se están complicando, Danilo. Le dije que podía dejar de buscarla hasta que todo se normalice, puedo estar alejado unos meses, quizá hasta el momento de nuestra partida. Veremos, me respondió, sin mucha convicción, te comentaré todo. 

Y fue la resolución que tomamos, me apartaría del día a día de su vida, me buscaría cuando las condiciones le permitan. Empezamos a usar el correo, pero tampoco garantizaba que no fuera invadida, utilizamos  lenguaje críptico que no contenía los sentimientos que deseaba expresar. Para ella, todo era más llevadero, por su natural talante de ver las cosas con más calma y sin apremios.

Yo continuaba planeando mi futuro, que cada vez lo veía más cerca de las tareas agrícolas que había pensado. Continuaba buscando la estancia que deseaba, el predio de Sicaya reunía, entre los dos o tres que vi, las mejores ventajas, agua suficiente, buena vecindad, tierra negra y bien tratada, y la casita requería pocas refacciones, era lo que necesitaba. Para alcanzar la cifra que el propietario pedía, debería solicitar un préstamo o vender mi departamento en Lima. Si tomaba esta alternativa, tendría dinero para cancelar la compra, financiar la siembra y adquirir ganado de carne. Era la mejor opción, visitaría algún banco para explorar el otro camino. Había perdido el interés de acercarme a Lima, estaba lejana, ahora, fuera de mis planes; pero, necesitaba retornar y también cumplir con los exámenes médicos que estaban fuera de tiempo. Eso haría en los diez días de descanso siguientes;  eran mis preocupaciones cuando ingresa una nota de Parwa: ¿me puedes llamar mañana temprano?, estaré trotando por el malecón, seis de la mañana.

¿De qué se trataba, la forma del pedido era inusual, algún viaje, enfermedad de Ariana, problemas con R.?

  • Hola, como vas, ¿todo bien o pasa algo?
  • Pasa algo, problemas, no te quiero abrumar pero no puedo seguir, Danilo, no puedo, es demasiado para mí, me siento abrumada por las tensiones.

No necesité escuchar más para darme cuenta de que se trataba de decisiones irrebatibles, no era de otra manera, tómalo o déjalo. Era así y punto. No al diálogo, negativa para las discusiones que lleven a acuerdos, no a preguntas incómodas. Estaba en la ventana de mi habitación, observando a la esposa del administrador arreglar el jardín del frente de su vivienda; se trataba de la contradicción más expresiva con mi conversación alejada de rutinas, aún las amorosas, que ahora se alimentaba de mi rabia incontrolable. ¿Qué era yo para Parwa, una marioneta manejable y dócil, sin derechos para opinar y decidir con ella, por qué diablos se metió a un enredo que no podría  manejar? Miró a un varón, encandiló su existencia, provocó el amor, lo aceptó y cultivó, compartimos los secretos del sexo y el amor, juntos, y, de pronto, en un momento, ¿decide destruir todo?, ¿y mi opinión cuánto vale, pretende conducirme de las narices por territorios que se le antojen, no era un tema sencillo lo que explicaba, claro que no, rondaba la tragedia, era difícil manejar esos desafíos, pero, son los momentos que hacen surgir decisiones y palabras convenientes: ¿qué hacemos, ¿cómo afrontamos juntos el problema? Pasaron por mi mente los instantes compartidos, los difíciles primeros días, las complicadas semanas siguientes, las imágenes que diseñamos para la casa que tendríamos, la habitación de Ariana, los hermanos que vendrían; nada quedaba. ¿Yo, convertirme en el amigo del amor, confidente de sus aventuras amorosas, depositario de secretos sobre los que podía emitir opiniones amicales, sepultar el suelo que habitamos y sembrarlo de miasma, podredumbre? No, no podría hacer eso, jamás; podía tener amigas suficientes que me dieran lo que ella me ofrecía, no, no deseaba recibir mendrugos de lo que fue mi cena pascual.

  • No podré ser tu amigo, lo siento. Y sé que no cambiarás de opinión.
  • ¿No te importará estar en otro lugar si cambio de opinión?
  • Mira, Parwa, por mí, en este momento te puedes ir al infinito, no mereces mi amor ni mi cariño. Lárgate de mi vida.
  • Qué tienes Danilo, qué ocurre.
  • Cada uno es distinto según lo que ocurra, respondo a lo que estás haciendo, y me atrevo a pensar que detrás no está R., sino otro nombre.

No opuso argumentos a lo último, ni una palabra.

  • Has hallado otro amor, ¿no es cierto? Tienes las agallas para hacerlo, tienes espacio en tu vida secreta para hacer algo así. ¿Me equivoco?
  • Te equivocas y me lastima qué pienses así.
  • Pero, ¿qué puedo pensar?, si después de haber vivido meses en medio de tensiones y problemas que supiste sobrellevar, ahora, de pronto, aparecen razones que siempre estuvieron. No tiene sentido.
  • Tienes derecho a pensar lo que desees. No te he dejado de querer.
  • Bien, pero has dejado de respetar mis intereses y pisoteas mi amor. Lo sabes, y no te importa.
  • No lo hago por herirte, lo hago por mí, mis cosas. Podemos ser amigos, Danilo, solo amigos y estar cerca.

Sería inútil seguir hablando, no fue difícil comprender que la baraja estaba repartida y no se volvería a recoger en el mismo orden.

  • De acuerdo, Parwa, está bien, tu decisión es clara, pero no seré tu amigo nunca, entiéndelo. Vete y no me busques, no me llames, no existo para ti.

No está en mi memoria cuál fue su reacción, son segundos borrados de mi mente, creo que la dejé hablando y desaparecí la señal. Abandoné mi habitación para caminar por las escalinatas que me conducían al mirador alto de control. Observé el horizonte hasta la hora del inicio de las labores. Me serené y lloré, como la noche que vi partir a Norma, pero ahora no era un llanto por la vida que no tuve, por los triunfos intrascendentes que conseguí o por los amigos que se extraviaron, era por una mujer difícil, inasible, pero con el duende que necesitaba para ser varón, ser humano. Tenía que dejarla ir, mi vida con ella estaría repleta de conflictos semejantes, luminosa, seguro, pero repleta de inestabilidades y alerta permanente.

Al mediodía me acerqué a la Gerencia General llevando mi solicitud de tres meses de permiso, por mi salud, argumentaba. Y no mentía. Me miraba enfermo, leproso, necesitaba estar lejos, muy lejos de todo. Me interrogó el Gerente, le respondí con generalidades. Dijo que no podía negarme nada. Que me hiciera los exámenes médicos y descansara los noventa días. Le informé que tomaría el descanso acabando las tareas del día y que partiría de noche.

No llevé todas mis propiedades, sí mis libros, los archivos con las conversaciones con Parwa que había impreso con regularidad. Fotografías con ella y ropa necesaria. Buscaría a Georgina, necesitaba conversar con ella, verla y abrazarme de su fortaleza. La noche nunca fue más larga para mí, usé velocidades prohibidas que pudieron llevarme a los abismos. Había perdido el sentido del peligro, toda estima que me tenía, estaba extinguida y durante largos minutos de reflexión me arrepentí de pasajes de mi existencia, sobre todo de haber ingresado a ese recital bendito.

Georgina se sorprendió al escuchar mi voz a través de la puerta, eran las primeras horas del día y tuve que esperar con paciencia que me abriera su hogar. No podía continuar el viaje sin esa conversación, sin su aliento. Me vio destrozado, a punto de fallecer, estabas muerto cuando  llegaste, Danilo, muerto en vida, no necesitaba preguntar para saber que se trataba de tu poeta. Sirvió café y tuvo la exacta decisión de no dejarme solo. Su niña, Illary, asomó la cabeza por la puerta de su habitación por un instante. Es hermosa tu hija, tiene tu belleza, tonto si fuera como dices los hombres no me hubieran dejado. Se dio cuenta tarde de la imprudencia, uyy perdóname, parece que he mencionado la soga entre tanto ahorcado, perdona. Descuida, le respondí, los hombre feos siempre somos abandonados, he sido abandonado en el camino, tres veces, la última, ayer por la mañana. Déjate de idioteces, tú sabes lo que vales y te recuperarás de todo, y, cuéntame, que pasó ahora con la buenamoza, tú te descompones solo con problemas amorosos, la enfermedad ni la pobreza y la soledad te doblegan, ayy, pero sí, los quereres, ¿te acuerdas como hablabas de María Ángel? Apenas nos conocimos empezaste a recordarla, y yo me moría de ganas de ti, pero tú dale que dale con la María linda. Cómo sufrías, pero noto que esto es distinto, no eres el mismo ex de esa chica, ahora eres el Danilo viudo de una virgen, es la virgen del cobre esta dama, la virgen del socavón, eso es, vaya, que complicadita había sido, creo que la llevan en andas. Lo decía mientras preparaba café adicional y me arrancaba una sonrisa desganada. Anda cuéntame. Le pedí sentarnos en la pérgola, con la iluminación de la noche. Y le conté y le conté, sin parar hasta que la luz del día nos alumbró. En el camino, lloré en silencio, ella también conmigo, abrazados. 

No te puedes ir así, no puedes manejar en esas condiciones. Quédate aquí, te cuidaré y me cuidarás, buenas razones tengo para pedirlo, también. Hazme caso, serán los días que necesites. Dormí tres noches en la cama del jardín, abatido por el insomnio y despertado por las actividades madrugadoras del horno de cerámica. De allí salían hermosos jarrones utilitarios, también adornos que parecían elevarse hasta los confines de la tierra. El segundo día fuimos a ver el predio del amigo. Le dije que volvería para hacer la transacción. Venderé mi departamento y me tendrás de compañía, le dije, nos abrazamos como se unen los seres que se sienten complementarios, partes de un proyecto de vida que trasciende los intereses de dos y se une al caudal de un  barrio, un pueblo, una propiedad.

¿Mi hijo campesino, de gerenciar una mina a empujar arados, por qué? Madre, le dije, verás que al final querrás vivir cerca a mí, cuidando a tus nietos, mi padre igual, ten calma, nunca he hecho las cosas torcidas. Ten confianza en lo que estoy haciendo. Pondré en venta mi departamento y seguiré adelante. Te veo mal, me dijo, ¿qué tienes Danilo?, seguro que esa mocosa te tiene en problemas, ¿cuál mocosa?, no tengo a ninguna mocosa a mi lado, esa chiquilla pues a la que ni siquiera la hija ni el matrimonio la han podido aquietar, algo me has contado, deja a las mujeres si las cosas no funcionan, después, en el hogar, los problemas que eran menudos se agrandan, se hacen inmanejables, lo que mal empieza, mal acaba, hijo, fíjate en una mujer madura, seria, reposada, que sepa lo que quiere de la vida, que no te esté jalando de la bragueta ni quitando sueño, no, no quiero que me cuentes detalles, mi vejez me permite saber qué está pasando contigo, ella es casada, ay dios, lo que haces también tú, si engaña a su marido, te engañará también a ti, no lo dudes, solo es cuestión de tiempo, ¿qué no hay excepciones? sí las hay, no digo que no, ocurre, el ejemplo es mi hermana, tu tía Mechita, mira el hogar que tiene, su primer marido era un enfermo, y se le apareció este hombre, ella no lo buscó, mujeres sufridas con un tipo insoportable, violento, si puede ocurrir, pero  no parece ser el caso, Danielito, como madre tengo que decirte, sino quién, pues, quién, me preocupas mucho, mucho, te has enflaquecido una barbaridad, mírate, eres una sombra, te diré algo, esos amores de fuego, de altas temperaturas no mantienen sus hornos funcionando toda la vida, es imposible, entonces ocurre que ella, o ambos, vuelven a la búsqueda interminable, a encontrar sensaciones que les devuelvan el tono de vida, mira, Georgina, no la conozco pero lo que cuentas de ella me encanta, mujer de la tierra, del barro cocido, esas son las mujeres buenas, no modelitos de belleza pasajera, ay que el poemita, ay que la nota periodística, ay que el vestido a la moda, pero y, ¿lo demás, la fidelidad, el compromiso, plata depreciada, listas para otra aventura. Piensa bien hijo mío, piensa bien. Estás equivocada de principio a fin, ya te contaré, madre, ya te contaré, lo conversaremos, sí te puedo adelantar que amo a esa mujer y superaré cualquier obstáculo para estar a su lado. Me miró diciendo que confiaba en mí y que me apoyaría en todo lo que fuera necesario. La dejé en la tarea de vigilar la limpieza de un bargueño, bañado en pan de oro, que le había conseguido su operador de Ayacucho.

Las pruebas médicas se iniciaron con análisis  de sangre y ecografías, luego  tomografías con contraste y, más adelante, resonancia magnética. Mientras esperaba mi turno para el último examen leí que Parwa me dejaba un mensaje: hola, ¿puedes hablar, quieres hablar? Mis latidos se aceleraron, tuve que dar unos pasos para serenarme. Señor Danilo Martínez, acérquese por favor a la puerta dos. Me pusieron la bata blanca, cubierta para los pies y cabeza, me inyectaron una sustancia que  elevo mi temperatura interior de manera notoria, luego ocupé la oquedad amable de una máquina que llenaba todo el ambiente. Me sentí cuidado, protegido por el seguro médico que la mina nos proveía. Al salir, me interceptó el doctor Contreras, termínanos con este examen, reserve cita para el jueves, en un par de días, si, a las cinco de la tarde está bien.

Ignoré su mensaje, mi deseo de responder era muy intenso, pero me negaba a reanudar un proceso que me había elevado hasta el infinito y luego me dejó caer en el socavón más profundo, necesitaba tiempo para pensar. Sí, la seguía amando, con la misma intensidad, pero no estaba dispuesto a esa nueva aventura. Borré su mensaje y usé todos los obstáculos técnicos para evitar que se acercara.

Cuando el doctor Contreras me esperaba, de pie y al costado de su asiento, supe que las cosas no iban bien. Señor Martínez, tenemos problemas que resolver, tiene usted un nódulo que presumimos canceroso en el lóbulo superior de su pulmón derecho y una extensión probable en la parte media. Pensé en nada cuando escuchaba el informe, sin asociarlo a pena ni preocupación, creo que era un mecanismo de defensa frente a un diagnóstico que muchos estiman la peor experiencia humana, no debería preocuparse mucho, ha venido a la consulta en un momento adecuado, si es lo que pensamos, podemos atacar el problema y superar las dificultades. Le haremos una biopsia de inmediato, tiene cita a las ocho de la mañana. Es un procedimiento sencillo, descuide, y los resultados estarán muy pronto.

Tuvo razón David, el medico de Julcaní, preocúpese, me dijo, no descuide su salud, igual Fernando, yo me haría los exámenes mañana mismo, esa tos  y fiebre tan persistentes, sin motivo aparente, no me gusta, viaja y resuelve, dejé pasar dos meses, que podrían ser decisivos en la tarea que empieza. Salí de la clínica uniendo retazos inconexos de mis años recientes, pensando en la forma en que reaccionarían ante la noticia gente que había querido, quizá lo hice para llegar a Parwa, imaginarme consolado por ella, acompañado de esa cierta frialdad que me hubiera ayudado mucho. Llamé a Georgina, quería enterarla primero a ella. No, no puede ser, Danilo, pero ten fe, eres joven y según dicen los médicos, estás en buen momento, tranquilo, eres fuerte, ahora las máquinas y tratamientos son tan buenos que estoy segura que pronto esto será un mal recuerdo. Ah y te cuento, el terreno te está esperando, ayer vino el señor, dándole vueltas al asunto, piensa hacer una buena rebaja. Y, Danilo, escucha, me ha visitado Parwa, imagino que le diste mi ubicación alguna vez, sí, ha estado acá, antes me llamó, conversamos bastante, tú sabes, la escuché y no dije nada de ti, nada de lo mal que has estado, te diré que la vi peor que tú, está muy delgada. Me pidió que te hable, que no sabe qué hacer para comunicarse contigo, sabe que no quieres escucharla ¿Qué piensas, Danilo, qué harás?, ¿tú qué harías Georgina?, dime tú qué decisión tomarías. Mira, primero, atendería la urgencia médica, no te va a ayudar que andes metido en angustias en medio de médicos y curaciones, es probable que pases por quimioterapia o te irradien, todo eso necesita mucha tranquilidad, estar en paz, el cuerpo sabe, los bichos saben atacar a una persona con tensiones. Luego miraría a Parwa, que espere, ella es la responsable. ¿Yo no tengo culpa alguna, Georgina?, seguro, difícil ponerme a analizar tus defectos, te conozco, pero te he visto tan entregado a ella, dispuesto siempre a hacerle más fácil todo, que no sé qué puedes haber hecho mal, ¿querer puede ser culpa, ser incisivo, cuestionador, amoroso, no es origen de ninguna culpa, Danilo, tú has amado a esa mujer, dios, te lo dije, con tus manos, tierras, minas, tu pasado y futuro, ¿quién ama de ese modo, quién?, si ella no lo entendió qué puedes hacer, nada. La escucharás más adelante, óyela, tendrá cosas que decir, pero ten cuidado, te recomiendo que te acerques con defensas bien puestas, no te exigiré ya que vengas con Parwa, porque esa niña te ha dejado sin ella y sin ti, tú llegaste a ser ella misma, y ahora estás sin ti, Danilo, te ha quitado rostro y nombre.

Al recibirme el doctor Contreras mantuvo la misma actitud de la vez anterior, sereno, diseminando confianza. Señor Martínez, optimismo dentro de un problema que, no podemos negar, es siempre complicado. Tiene una neoplasia, la biopsia es muy clara, solo el nódulo del lóbulo superior es neoplasia, felizmente. Su estadio tiene el nivel de uno, buena noticia. Tenemos que atacar el mal de  inmediato, recibirá quimioterapia, once sesiones iniciales antes de ver sus avances. Luego quizá necesite radioterapia,  veremos todo en su momento.

Estaba claro el panorama, debía seguir las indicaciones, tenía todo al alcance de la mano, un médico solvente, clínica acreditada, máquinas de última generación y voluntad de curarme.  Tenía que empezar, eso era todo, pensar en el día a día, el sistema Parwa elevado a su potencia máxima, ver hoy, qué avances tengo y qué me espera hacer mañana, ninguna otra proyección en el tiempo. Tomé todo con serenidad, en realidad no le temía a la muerte, quizá era el efecto Parwa.

Solicité a Julcani que me ampliaran el permiso por un mes adicional.  Aceptaron y dijeron que, si necesitaba de un mes más, lo podía tomar. El tratamiento avanzó bien, lo decían los exámenes mostraban resultados optimistas desde el inicio; las sesiones de quimio fueron intensas al principio y luego se fueron espaciando. Perdí mi melena y mi figura se transformó en un pálida imagen del atlético ingeniero alpinista que todo lo puede. Mi piel adquirió ese tono cenizo que nada bueno presagia. Mi madre dejó el negocio en manos de mi padre y me acompañaba a las sesiones de terapia y a devolverme al departamento. No te preocupes de mi tiempo, las madres hacemos esto por los hijos, me dijo cuando mostré preocupación por sus actividades desatendidas.

Un día, regresando de la clínica, creí ver a Parwa en la puerta de mi edificio, esperando, con las manos cruzadas y paseando de un lugar a otro. No estuve seguro, quizá se trataba de una alucinación o el deseo de verla. Lo cierto es que mi cuerpo interpretó que era ella, una especie de descenso de mis signos vitales. Deseaba verla, sí, lo quería con intensidad, la seguía extrañando; pero no de esa manera, cuando era un espectro deambulando, no deseaba la piedad de nadie, además ¿qué le podría responder si se trataba de ella?, no, necesitaba pasar los días complicados y pensar, pensar mucho. Le dije a mi madre que no se detuviera, nos vamos a tu casa, le dije, que allí me quedaría todo el tiempo que ocupara mi tratamiento; entendió de qué se trataba y no puso objeción. Por la noche, tratando de conciliar el sueño, repasaba la imagen de la mujer en la puerta del edificio, quizá era una visita, una entre miles, como me dijo Parwa que era yo, un día de pleitos y desesperanza: “tú eres uno de miles, Danilo”; era hiriente cuando deseaba serlo, ese día lo fue.

Cuando el tratamiento fue más espaciado, llamé a Georgina para pedirle que me dejara pasar unos días en su casa. Se emocionó con la idea. Vente, vente de inmediato, acá estarás cómodo, ¿cuándo llegas, puedes manejar o voy por ti? Vino por mí, arregló mis pertrechos, preparó un fiambre para el camino, no puedes comer cualquier cosa, dijo, me llevó a despedirme de mis padres y empezamos el silencioso trayecto. No tuve deseos de hablar,  solo lo necesario, preferí pegar mi rostro en el vidrio y ver el paso del paisaje, pueblos, que conocía de memoria. Las  imágenes de Parwa se mezclaban con las elevaciones, lagunillas y riachuelos de la ruta. Georgina me entendió, está bien, Danilo, vive tu luto, lo entiendo, además esa quimio te quita el habla. Deseo ese predio, le dije, después de un sueño reparador en la habitación del jardín, ojalá el señor me espere, la venta del depa tiene postores pero ninguna oferta concreta, no creo que demore, no esperaré los resultados finales para decidir, lo tengo claro,  en el peor de los casos, puedo vivir unos cinco años con tratamientos prolongados, eso dice el médico, quizá más, tiempo suficiente para mí, y este es un buen lugar para terminar. Puedes quedarte conmigo el tiempo que desees, Danilo, es tu casa, al contrario, me hace feliz tenerte, tantas cosas, ¿no?

La habitación estaba remodelada, tenía pintura nueva y el piso cambiado;, lucía un hermoso machimbrado, es capirona, ¿te gusta?, me agrada, es cálido, resistente. Paredes nuevas, acompañado, querido, necesitado. ¿Qué haría Parwa, fue ella la mujer esperándome?

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Por la tarde del día siguiente, mientras podaba plantas de cuclillas y observaba detalles del jardín, animalitos diminutos, caracoles escondidos, mariposas transitorias, se instaló Georgina a mi costado, tapándome la luz. Te buscan señorito, es Parwa, está en la puerta, no ha querido pasar. ¿Cómo supo que estaba aquí?, tranquilo, las mujeres sabemos todo, ¿qué le digo?

FIN

III. El Cusco de Arguedas

Tercera y ultima entrega del libro «El Cusco de Arguedas. Apuntes para una filosofía del Yawar Mayu» de pronta publicación. Se trata de un pasaje donde se observa la mirada y el lenguaje del joven Ernesto de los «Ríos profundos» cuando, poco después de arribar al Cusco con su padre, visita la calle Hatun Rumiyoc  y establece con ella un dialogo singular. Adentrarse en esta particular interacción de Ernesto con las piedras de los muros incas, resultó de vital importancia para la articulación de una propuesta de filosofía nacional que el libro contiene. El Capítulo en el libro se denomina «José María conoce el Cusco», aquí se ha elegido un titulo alternativo.

Los parágrafos que Arguedas dedica a la ciudad contienen la descripción más notable que un literato contemporáneo haya escrito sobre el Cusco. Cornejo Polar, con la agudeza que luce siempre, señala que los recuerdos de Ernesto compromete a todo un pueblo y se inserta en una categoría histórica. A los catorce años Ernesto puede recordar su cercana infancia; pero un sector de su memoria excede los límites de su propia vida: puede recordar también, de alguna manera, el remoto pasado del mundo que pretende asumir.[1] La sensibilidad hiperestésica de Ernesto, aprehende el sustrato medular de la ciudad observando la majestuosa combinación de dos culturas que él distingue no imbricadas, sí superpuestas. Observa y siente que la piedra quechua sostiene el barro castellano en una continuidad que no resuelve la contradicción andina-española. La descripción es más expresión de símbolos sucesivos, un sentimiento, que un pensamiento razonado de las dificultades que enfrenta la edificación del mestizaje. Con trazos breves, entrelazando el lenguaje como símbolo con la simbología que alberga la pared inca, se acerca y se sumerge en el significado del Cusco y en la esencia de su ser íntimo. No obstante que pueda parecer excesiva la reproducción de los párrafos arguedianos, es el único modo que podemos acceder a su exacto contenido.

“Entramos al Cuzco de noche. La estación del ferrocarril y la ancha avenida por la que avanzábamos lentamente, a pie, me sorprendieron. El alumbrado eléctrico era más débil que el de algunos pueblos pequeños que conocía. Verjas de madera defendían jardines y casas modernas. El Cuzco de mi padre, el que me había descrito quizá mil veces, no podía ser ese.

Zona alta de la avenida Tullumayu, por donde ingresa el joven Ernesto a la ciudad del Cusco.

Mi padre iba escondiéndose junto a las paredes, en la sombra. El Cuzco era su ciudad nativa y no quería que lo reconocieran. Debíamos de tener apariencia de fugitivos, pero no veníamos derrotados, sino a realizar un gran proyecto.[2]

Los viajeros se incomodan por las precarias condiciones que les brindan en el marginal y oscuro  tercer patio. Es la cocina de los arrieros, le dice el padre, nos iremos mañana mismo, hacia Abancay. No vayas a llorar. ¡Yo no he de condenarme por exprimir a un maldito! La habitación era una cocina para indios. “¡El Viejo!, piensa Ernesto, ¡Así nos recibe!” El recinto le hace recordar su corto pasado: era muy parecida a la cocina en que me obligaron a vivir en mi infancia; al cuarto oscuro donde recibí los cuidados, la música, los cantos y el dulcísimo hablar de las sirvientas indias y de los “concertados”. Luego de acomodarse caminan hacia la puerta de ingreso de la casona y el padre le menciona: ¡Espérame, o anda a ver el muro. Tengo que hablar con el Viejo.[3] Es el momento que dispone Ernesto para acercarse a la pared inca.  

Muro Inca que el joven Ernesto interpreta con toda su sabiduría y conocimientos  quechua-chanca.

Corre hacia ella y describe que Avanzaba a lo largo de una calle ancha y continuaba en otra angosta y más oscura, que olía a orines. Esa angosta calle escalaba la ladera. Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba unos pasos, lo contemplaba y volvía a acercarme. Toqué la piedra con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca. En la oscura calle, en el silencio, el muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la junturas de las piedras que había tocado.

Mientras miraba, agachado una  de las piedras, apareció  un hombre por la bocacalle de arriba […] orinó en media calle, y después siguió caminando. Se inicia entonces la comunión de Ernesto con el muro. Piensa que el borracho “Ha de desaparecer. Ha de hundirse”. No porque orinara, sino porque contuvo el paso y parecía que luchaba contra la sombra del muro; aguardaba instantes, completamente oculto en la oscuridad que brotaba de las piedras. El paso del hombre no fractura la inmediata relación que el joven ha establecido con las piedras: no perturbó el examen que hacía del muro, la corriente  que entre él y yo iba formándose.

Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado que por el lado de la calle angosta era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase patética constante: “yawar mayu”, rio de sangre; “yawar unu”, agua sangrienta; «puk’tik’ yawar k’ocha”, lago de sangre que hierve; “yawar wek’e”, lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse “yawar rumi”, piedra de sangre, o “puk’tik’ yawar rumi”, piedra de sangre hirviente? Está estático el muro, pero hervía  por todas sus líneas y la  superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los indios llaman “yawar mayu” a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman “yawar mayu” al tiempo violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan.

‒Puk´tik´yawar runi – exclamé frente al muro, en voz alta

Y como la calle seguía en silencio, repetí la frase varias veces.

Su padre se asoma en ese instante por la esquina de la calle. Menciona su incredulidad frente a la solicitud de perdón emitida por el Viejo. Señala que oirán misa al amanecer, en la Catedral, acompañados del Viejo. Nos iremos enseguida, precisa, recordándole que el Cusco es un lugar de paso hacia Abancay. Observa el muro y le  indica que es el palacio de Inca Roca y que la plaza de armas está cerca. Termina el breve diálogo mencionando: Iremos también a ver el templo de Acllahusi. El Cuzco está igual. Siguen orinando aquí los borrachos y los transeúntes. Más tarde habrán otras fetideces […]. Mejor es el recuerdo. Vamos.

Calle Hatun Rumiyoc de muro inca con el que Ernesto entabla un diálogo de siglos.

‒Dejemos que el Viejo se condene –le dije-. ¿Alguien vive en este palacio de Inca Roca?

‒Desde la Conquista

‒¿Viven?

‒¿No has visto los balcones?

La construcción colonial suspendida sobre la muralla, tenía la apariencia de un segundo piso. Me había olvidado de ella. En la calle angosta, la pared española blanqueada, no parecía servir sino para dar luz al muro. (Negritas,  del autor)

‒Papá le dije‒. Cada piedra habla. Esperemos un instante.

‒No oiremos nada. No es que hablan. Estás confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan.

‒Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se están moviendo.

Me tomó del brazo.

‒Dan la impresión de moverse porque son desiguales, más que las piedras de los campos. Es que los incas convertían en barro la piedra. Te lo dije muchas veces.

‒Papá, parece que caminan, que se revuelven, y están quietas.

Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho, contemplé nuevamente el muro.

‒¿Viven adentro del palacio´‒volví a preguntarle.

‒Una familia noble.

‒¿Cómo el Viejo?

‒No son nobles, pero también avaros, aunque no como el Viejo. ¡Como el Viejo no! Todos los señores del Cuzco son avaros.

‒¿Lo permite el Inca?

‒Los incas están muertos

‒Pero no este muro. ¿Por qué no lo devora, si el dueño es avaro? Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver. ¿No temen quienes viven adentro?[4]

¿Previo Arguedas provocar una lectura que vaya más allá de divulgar el modo en que el pueblo indio aprecia el contenido vital de aquello que Occidente considera inanimado? En su producción antropológica no se encuentra desarrollos extensos sobre el tema. Su discurso de agradecimiento por el premio Garcilaso es una expresión integrada de esta visión: intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. Sabemos que sus lecturas y filiación socialista no fueron suficientes para hacer suyo el mito mariateguista. Es una categoría que no desplazó su propia concepción mítica; no mato en él lo mágico.[5] Aquél que no proviene del marxismo.

Aquí, el animismo ‒con frecuencia ininteligible en su sentido esencial‒, que le confiere el don de lenguas a la piedra no es atavismo extraviado de un joven primitivo y “arcaico”. Es la expresión de un chanca moderno  que observa con sus ojos y alma antigua, la imponente edificación que reúne a la cultura nativa y extranjera,  sin lograr ser síntesis.[6] Ernesto no desvaría su raciocinio, dialoga con las piedras al modo que los antiguos dialogaban con la naturaleza y los fenómenos naturales. Conoce el lenguaje que comunica con los elementos que la cultura occidental considera inertes. Comprende que un diálogo de esa textura es posible y existe como única forma de acercamiento a los elementos primordiales de la incomprendida y antigua cultura. Es la forma de revelar la simiente de una civilización que en su constitución celular considera parte de su Ser a la naturaleza; no externa a ella, no objetivada frente al Ser. Conversa, vive con y en ella, en armonía y complementariedad. En apenas un instante Ernesto descubre, siente,  que es la  cultura madre quien otorga identidad a la unión india castellana. Las rocas talladas no integran en su personalidad el hecho hispano; no descubre síntesis quechua–castellana; sobre ellas se ha encaramado un nuevo lenguaje que Ernesto ignora y que no intenta interpretar por inexistente y porque él conserva y habla el lenguaje de sus ancestros. Piensa que la pared española no parecía servir sino para dar luz al muro. Observa que la piedra hierve y se diluye en sangre; se revela, adjudicándole una nueva  humanidad al balcón y a la jamba españolas. El muro pétreo silencia lo castellano y es voz autónoma; lo ibérico vive a instancias de la primigenia existencia de la piedra. Es base, raíz; patrón y pie. Lo quechua le confiere humanidad y lengua a las heterogéneas formaciones. El padre, desde otra orilla cultural, no lo comprende; sin embargo, lo intuye, su respuesta reconoce la diferencia sin acertar en la interpretación y le responde: Tú ves como niño algunas cosas que los mayores no vemos. Se acerca desorientado y lo convoca a la racionalidad occidental. El Viejo, más tarde, al observar el muro, en una visión aún más ortodoxa, en armonía con las opiniones del padre, comenta que es el ejemplo del caos de los gentiles, de las mentes primitivas.[7]

Observemos que las piedras no se expresan en un solo lenguaje; cada piedra habla, no se comunican a través del castellano que utiliza Ernesto. Se expresan en distintas formas del quechua y como las lenguas de los doscientos pueblos que escuchó en sus viajes. Del mismo tipo que los vestidos, bailes y las canciones que su padre, y él mismo, recordaba pueblo por pueblo, comunidad por comunidad y que, debajo de la aparente uniformidad occidental, nos constituyen desde siempre. Ernesto nos entrega una madura expresión de ancestral pensamiento andino, un universo donde el ser humano comparte con los seres animados e inanimados la tierra como habitación única. Más tarde, el Arguedas antropólogo, ratifica esta impresión. El Yawar Mayu andino al que alude el joven Ernesto aparece con frecuencia en sus escritos posteriores y es recordado por el escritor, ya en trance de muerte, cuando luego de una relectura de Todas las sangres menciona que en sus páginas está el hombre, libre de amarguras y escepticismo, que fue engendrado por la antigüedad peruana y también el que apareció, creció y encontró al demonio en las llanuras de España. Parte de estos diablos se mezclaron en los montes y abismos del Perú, permaneciendo, sin embargo, separados sus gérmenes y naturaleza, dentro de la misma entraña, pretendiendo seguir sus destinos, arrancándose la tripas el uno al otro, en la misma corriente de dios, excremento y luz. Y esa pelea aparece en la novela como ganada por el yawar mayu, el rio sangriento, que así llamamos en quechua al primer repunte de los ríos que cargan los jugos formados en las cumbres y abismo por los insectos, el sol, la luna y la música. Allí, en esa novela, vence el yawar mayu andino, y vence bien. Es mi propia victoria.[8]

Piedra que espera, que tiene paciencia, que reclama y camina.

Al final de este momento singular, Ernesto pregunta por el Inca, convencido de su existencia. El padre le responde que los incas están muertos. Ernesto replica:

‒Pero no este muro. ¿Por qué no lo devora, si el dueño es avaro? Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver.

Para el joven narrador hay un pasado que habla, se comunica con el presente, que existe y vive hoy y que está en condiciones de devorar al Viejo y a todos sus semejantes  y a la    avaricia de un mundo hostil a sus valores distintos y distantes de la  reciprocidad y complementariedad andinas. Se trata de un mundo que podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver. Retornar en cualquier momento que se lo proponga; porque respira, es actual. Es entonces que Ernesto le dice a su padre: Dondequiera que vaya, las piedras que mandó formar Inca Roca me acompañarán. Es momento en que formula un pedido: Quisiera hacer un juramento[9], dice. La promesa no llega a realizarse por oposición paterna que le responde que está alterado y que mejor es ir a la catedral porque aquí hay mucha oscuridad […] el Viejo nos ha trastornado, vamos a rezar. ¿Qué contenía el juramento trunco de Ernesto? El lector tiene que completarlo apelando a los antecedentes del texto: una promesa de   adhesión eterna a una forma de ver el mundo, fidelidad a una manera de convivir con un universo donde las piedras se forman cada una distinta y sin embargo poseen la  capacidad de juntarse y edificar un homogéneo muro en armonía con los seres y la naturaleza.

Luego del encuentro con el muro inca Arguedas decide conducir a sus personajes a un espacio de hegemonía castellana. Padre e hijo se encaminan hacia un espacio donde las edificaciones incas han trasmutado en hispánicas. El diálogo continúa siendo de penetrante auscultación del sentido y significación del Cusco. Las dos voces prosiguen evaluando el paisaje urbano desde dos puntos de vista contradictorios: la razón occidental y el mítico pensamiento andino observan la ciudad desde dos miradores distintos. Ernesto utiliza su temprana y densa experiencia india para condensar la comunidad de rostros, nombres, geografía de su niñez para construir imágenes, alegorías, que explican la matriz andina  del conjunto que ha sido recubierto de una pátina de hispanidad.  

Es el momento en que se oye el tañido de la María Angola. 

Estábamos juntos; recordando yo las descripciones que en los viajes hizo mi padre, del Cuzco. Oí entonces un canto.

-¡La María Angola! –le dije.

-Sí. Quédate quieto. Son las nueve. En la pampa de Anta, a cinco leguas, se le oye. Los viajeros se detienen y se persignan.

La tierra debía convertirse en oro en ese instante; yo también, no sólo los muros y la ciudad, las torres, el atrio y las fachadas que había visto.

La voz de la campana resurgía. Y me pareció ver, frente a mí, la imagen de mis protectores, los alcaldes indios: don Maywa y don Víctor Pusa, rezando, arrodillados delante de la fachada de la iglesia de adobes, blanqueada, de mi aldea, mientras la luz del crepúsculo no resplandecía, sino cantaba. En los molles, las águilas, los wamanchas tan temidos por carnívoros, elevaban la cabeza, bebían la luz, ahogándose.[10]

No es el muro inca esta vez; son las pulsaciones de la campana que lo asocia de nuevo a sus principios. La voz de la campana, a pesar de su extraordinario poder, no lo transforma en “aculturado”. La campana tiene voz, pero está incapacitada de articular diálogo castellano; cuando canta puede lograr tono grave, serio, distante. Su tañido colonial ha aprendido, al modo andino, transmutar la materia y convierte en oro su propio ser, a la tierra,  a los muros y la ciudad, las torres y las fachadas que había visto. Ella misma se convierte, mimetiza, con la cultura dominada; el bronce español no petrifica la estructura urbana, la reconvierte en  aurífero y andino elemento; la lleva de vuelta a la raíz de sus orígenes. Ernesto, por la capacidad que posee de percibir, simultáneamente, dos tiempos y espacios, se ubica frente a sus protectores, los alcaldes indios: don Maywa y don Víctor  Pusa, que rezan, arrodillados delante de la fachada de la iglesia de adobes, blanqueada, de su aldea.  Las autoridades indias trascienden el territorio aldeano e impregnan de su presencia al Perú integral que escucha las vibraciones más allá de Anta y reza con ellos. El canto de la campana se acrecienta, atravesaba los elementos; y todo se convertía en esa música cuzqueña, que abría las puertas de la memoria. Después de recorrer los palacios incas Ernesto incorpora la campana a un mundo más amplio que la pampa de Anta. Recuerda que en los grandes lagos, hay campanas que tocan a medianoche. […] Pensé que esas campanas debían ser illas, reflejos de la María Angola, que convertiría a los amarus en toros. Desde el centro del mundo, la voz de la campana, hundiéndose en los lagos, habría transformado a las antiguas criaturas. Al canto grave de la campana se animaba en mí la imagen humillada del pongo.  Líneas más adelante asocia la voz de la campana al sufrimiento de su pueblo indio. Recuerda Ernesto la vez cuando su padre lo rescató de casas ajenas y vagué con él por los pueblos, encontré que en todas partes la gente sufría. La María Angola lloraba, quizás, por todos ellos desde el Cuzco. Son  reflexiones hechas con su padre como interlocutor, su nexo castellano con la ciudad que lo deslumbra y ratifica en sus orígenes y cultura; en su destino. Por eso, cuando el Viejo en medio de un lujoso salón que impresiona a Ernesto, pregunta:

‒ ¿Cómo te llamas?

Yo estaba prevenido. Había visto el Cuzco. Sabía que tras los muros de los palacios de los incas vivían avaros. “Tú”, pensé, mirándolo también detenidamente. La voz extensa de la gran campana, los amarus del palacio de Huayna Cápac me acompañaban aún. Estábamos en el centro del mundo.

‒Me llamo como mi abuelo señor – le dije.[11]

En su respuesta Ernesto-José María, redime su estirpe cusqueña, el nombre de su abuelo: José María Arguedas Soto. Al reconocerse también heredero de historia hispana, ratifica para sí la ciudad andina, abierta a todas las sangres, centro del mundo.

El joven desorientado y nervioso, defiende sus espacios familiares frente a la invasiva injerencia del Viejo y quiere partir lo más pronto. El padre no tiene éxito en llevar adelante su gran proyecto. Le tiemblan las manos en el Cusco, y cuando su hijo no puede contener el llanto viendo al maltratado cedrón en uno de los patios de la casona, expresando los sentimientos que la diáspora de los invasores ha provocado, le dice: ¡Es el Cuzco!  Así agarra a los hijos de los cuzqueños ausentes. El padre, distanciado de las reflexiones de Ernesto cree que la armonía de Dios existe en la tierra y pide perdonar al viejo: por él conociste el Cuzco, menciona. Está presente la capacidad de toda gran cultura: el perdón, su amplitud para incorporar a su continente inclusive a aquellos que la quisieron destruir. Son espacios que al recorrerlos y describirlos junto a su padre rescata y restituyen vinculaciones postergadas por la observación de las piedras incas. Las piedras de la catedral tienen extraviada la voz y perdido el encanto por el cincel de hierro y la cal españolas. Las edificaciones de la plaza le niegan el crecimiento a los árboles y plantas que parecían intencionalmente empequeñecidas. Asegura el padre que en la plaza sagrada Dios vive mejor, porque es el centro del mundo, elegida por el Inca. A Ernesto, en cambio, como expresión concentrada de su lejanía de los ritos católicos, la catedral le hace sufrir. En un gesto de acercamiento a las ideas del hijo, el padre asegura que por eso los jesuitas hicieron la compañía, representan el mundo y la salvación.  

Asegura el padre que en la plaza sagrada Dios vive mejor, porque es el centro del mundo, elegida por el Inca. A Ernesto, en cambio, como expresión concentrada de su lejanía de los ritos católicos, la catedral le hace sufrir. En un gesto de acercamiento a las ideas del hijo, el padre asegura que por eso los jesuitas hicieron la compañía, representan el mundo y la salvación.  

En el interior de la iglesia matriz padre e hijo alcanzan un momento de unidad ideológica, cuando se arrodillan frente al cobrizo  Señor de Los temblores. La imagen labra también unidad con los indios del Cuzco que  lanzaban un alarido que hacia estremecer la ciudad cuando aparecía en la puerta de la iglesia matriz.  Frente al Señor de los Temblores, Ernesto observa que el rostro de la imagen era casi negro, desencajado, como el del pongo en la casa del Viejo. En esta dimensión, el narrador imbrica el sentimiento religioso del Viejo y de la antigua ciudad; en los rostros del Cristo doliente y del pongo sufriente se vislumbran dos ritos religiosos que son la avanzada de un mestizaje inconcluso. El rostro desencajado y casi negro del pongo  asedia el cubículo sagrado pugnando por instalar un dialogo que la propia doctrina cristiana no lo ha logrado. El pongo es la propia imagen del Cristo de los Temblores y el Viejo, arrodillándose ante él, desconoce que está inclinándose ante la desvencijada imagen del pongo que circula como una sombra de humanidad en su casona. De nuevo la disyunción que hemos observado en los diálogos frente al muro de piedra, las edificaciones religiosas y la propia plaza central.

Después de las míticas escenas iniciales, el “antropólogo” Arguedas aparece y recrea un contexto urbano que fue médula del poder político y eje de la sacralidad religiosa inca. Recorre el antiguo Wacaypata, camina la calle Loreto Kijllu, el Koricancha, el antiguo palacio de Huayna Cápac y el Acllahuasi; desde lo alto nombra a Sacsayhuaman.

Imagen cercana al Wacaypata que conoció Ernesto.

Arguedas desarrolla otro escenario particular que explica otro aspecto esencial de la cultura andina: la relación con la naturaleza. En uno de los patios de la casona del Viejo, describe a un cedrón, bajo y de ramas escuálidas, martirizado, aún aprisionado en medio de la avaricia y del egoísmo, perfumaba el patio. Contrasta con el vigor de los eucaliptos de las faldas de los cerros que llevan a la fortaleza. Es su relación más diáfana y transparente con la ciudad; amistad y ternura que, al mismo tiempo, le hace temer al Cusco;  resumen de las sensaciones contradictorias que le prodiga la ciudad.  En la casona viven el mestizo y el pongo. Un ser aculturado, el primero, es guardián de la casona; los recibe y guía. Viste de montar y tiene una actitud casi insolente; extensión difusa del amo; existe porque el gamonal respira. Con él no hay comunicación, sino frialdad y distancia que se extiende al trato con el Viejo. El pongo, que señala ser de la hacienda, ni cusqueño ni peruano, de la hacienda; posee la imagen humillada […] su cabeza descubierta (con) los pelos […] premeditadamente revueltos, cubiertos de inmundicia. “No tiene padre ni madre, solo su sombra”.[12] Es examinado atentamente por Ernesto, descrito con detalle, con piadoso detalle. Habla con él, se conduele, le extiende su amistad, le mira con la solidaridad del marginado, del huérfano solitario. El conocimiento del pongo es una experiencia inédita para él. En ninguno de los centenares pueblos donde había vivido con mi padre, hay pongos, menciona. Es la figura de la postración y marginación, como la propia cultura de la que proviene Ernesto. Sin embargo; a pesar de la suciedad que luce es un personaje limpio, en la perspectiva que le otorga al término Gustavo Gutiérrez: limpidez [como] requerimiento fundamental en la construcción de mujeres y hombres nuevos […] elemento de comunión humana y cósmica que se alimenta en las fuentes mismas de la vida […] como un elemento decisivo de identidad persona y en el de un pueblo.[13] El gamonal se humaniza ante los ojos del joven y asume su talla histórica fuera de los marcos de oro de su salón al punto que Ernesto reconoce que era muy bajo, casi un enano. El microcosmos de estos dos capítulos iniciales también contienen a los frailes que preparan veladas para recibir al  Viejo; trazo escueto, suficiente para hacernos ver la comunidad de intereses que los une. El pueblo llano no aparece en la narración.

Loreto Kijllu, descrito y recorrido por Ernesto.

Son mostrados a través de escuetas líneas que configuran una imagen de ausencia y de silencio. Así es el borrachín que micciona sobre los muros incas; peatones que se detienen a observar  la extraña figura del Viejo; inquilinos de la casona, que maltratan al cedrón y se asoman como sombras difusas al paso de los visitantes. Son la plebe impersonal, sin voz ni opinión, sometida a los poderes facticos que gobiernan la ciudad: religión, frailes y  terratenientes.

Ernesto encuentra en Cusco elementos de reflexión que no recibió de su padre cuando le hablaba de la ciudad. Trajinando sus calles actúa al margen de sus criterios; las reseñas que escuchó las usa como nexo con la trama urbana que encuentra a su paso. Sus ideas trascienden las imágenes que interiorizó en el pasado. Nos proporciona una visión integradora de la ciudad de sus ancestros y que se mantiene incólume como eje vertebrador del espacio urbano y de un cuerpo social que excede los límites de la ciudad y que se muestra palpitante frente al orden blanco dominante, con viandantes que orinan sobre veredas o exhiben cedrones maltratados, pongos esclavizados por sujetos que se persignan y se arrodillan en las iglesias. El padre, de modo periférico,  forma parte de esa realidad; deviene en particular exponente de la percepción occidental y cristiana matizada con elementos andinos, insuficientes para articular un lenguaje integrador. El progenitor habita un espacio liminar, en los bordes del mundo andino y español. Lo observamos en la forma en que explica el cielo nocturno: El llama Yacana me fue mostrado por mi padre cuando era niño. Debajo de esa mancha inmensa, que representa una llama arrodillada, de cuello muy largo y en cuya cabeza algo difusa brilla una estrella, aparece una cruz, muy claramente dibujada por otras estrellas menores. Mi padre me dijo que esa cruz se formó en el cielo a la llegada de los españoles como un símbolo de la cristianización de los indios.[14] Versión del firmamento andino sometida a las concepciones cristianas que Ernesto recusa. No es el Cusco del padre el que perdura en la novela. Es posible hallar un rastro del imaginario paterno en el cuaderno escrito por Arguedas en la cárcel donde describe a su padre de ojos azules, […] blanco, de cabellos muy castaños; su nariz aguileña y su gran barba eran las de un español legítimo. Allí mismo recuerda una expresión repetida varias veces al día, indicativa de las contradicciones que mantenía con el mundo indio: ¡Indio! Contigo ni bien ni mal, porque el mal lo castiga Dios y el bien los castigáis vos. [El padre] repetía esa frase varias veces al día; sin embargo no tuvo jamás mejores amigos que los indios. Nunca pudo mi padre intimar con las gentes notables de los pueblos donde residimos, huía de ellos muy extrañamente.[15] Víctor Manuel es, como lo reconoce José María en carta a Gonzalo Lozada poco antes de su suicidio, junto a los libros, la razón para lograr el mejor entendimiento del castellano, la mitad del mundo.[16] Es la visible contradicción que albergan muchos peruanos.

Visible la constelación de la Yacana, tema de conversación de Ernesto y su padre.

Observamos al padre extraviado en el diálogo que establece su hijo con el muro inca al punto que este se ve impedido de concretar su juramento ante ellos. A pesar de sus desacuerdos, Ernesto, le tiene paciencia al padre, no le reprocha su incomprensión del espacio mítico andino. El padre es un “criollo“ situado en el territorio de la racionalidad occidental, impedido por ello de entender la andina lectura que hace su hijo de los muros incas y de las edificaciones españolas.  Los dos personajes se hallan atrapados en contradicciones asociadas al pensamiento dual andino y sus formas de oposición que se  expresan como dos realidades complementarias, con elementos que pugnan por hallar unidad no obstante su diversidad: piedra-balcones; cedrón-miedo, cedrón-piedad, cedrón-eucaliptos; pongo-mestizo, pongo-viejo; padre-viejo; Ernesto-padre; Ernesto-Viejo; catedral-iglesia jesuita; mestizo-inquilinos y que son propias de la materia que compone la filosofía andina, cuyo entendimiento se hace necesario para acercarse a la concentrada composición del universo andino. Son  elementos autónomos que buscan la complementación y unidad  para retomar después autonomía y nuevas formas de diversidad. El tiempo de la corta estadía es suficiente para que Ernesto observe y descifre los contenidos esenciales de la mítica realidad cusqueña, acercarse a sus componentes más íntimos y mostrar la magia de su visión y poner a nuestro alcance la sutileza de su mirada cultural y social; la continuidad y vigencia de un mundo que se mantiene vivo, aguardando el tiempo de su redención. Es una realidad semejante a la narrada por un artista que indica que una obra de arte debe relatar algo que no aparece en su forma visible.[17]


[1] Antonio Cornejo Polar. Los universos narrativos de José María Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1997, pág.96.

[2] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, pág. 11.

[3] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, pág. 13.

[4] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, págs. 13-14-15.

[5]José María Arguedas. Obras completas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo V, págs. 13-14.

[6] Entre los testimonios de viajeros que han arribado al Cusco y dejado semblanzas de la ciudad destaco la escrita por Juan Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya ‒Raúl Porras Barrenechea. Antología del Cusco, Lima, 1993, pág. 377, 378‒, quien, en 1941, supo ver en las edificaciones cusqueñas los dos espacios divididos de lo inca y español. Señala: después de una breve contemplación más detenida vemos que lo español no es en el Cuzco sino algo leve y frágil como una espuma, que lo eterno de la ciudad no es español. Fuertes e inatacables, con la solidez de lo perenne, de lo que se ha hecho para desafiar a los siglos, están formando la base de todos los edificios, los muros incaicos de trabazón apretada y labra perfecta. Prosigue: en cuanto a los monumentos del Cuzco hay que advertir la separación completa entre las dos culturas. La cultura precolombina y la española que conviven sin mezclarse. No tengo cultura suficiente para enjuiciar el arte precolombino. Baste expresar mi admiración ante la nobleza de sus proporciones y lo perfecto de su labra.

[7] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, pág.  23.

[8] José María Arguedas. Obras completas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Segundo diario. Editorial horizonte, Lima 19983. Tomo V pág. 71.

[9] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, pág.15.

[10] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, págs.18-19.

[11] José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, pág. 22.

[12] O. C. José María Arguedas. Obras completas. Los ríos profundos. Editorial Horizonte, Lima, 1983, Tomo III, pág.23.

[13] Pedro Trigo, Arguedas, mito, historia y religión, CEP, Lima, 1982, pág. 255.

[14] José María Arguedas, traductor.  Dioses y hombres de Huarochirí. Narración recogida por Francisco de Ávila [¿1598?].  Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Lima, 2009. Pág.3.

[15] Carmen María Pinilla, Apuntes inéditos, Celia y Alicia en la vida de José María Arguedas, Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2007, pág. 74.

[16] José María Arguedas, Obras completas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, Tomo V, pág. 203.

[17] Edmundo Bendezú Aibar. Ama Waqaspalla, José María Arguedas. Universidad Ricardo Palma. Editorial Universitaria. Lima 2014, pág. 91.

II. J. M. Arguedas, filósofo

Adelanto parte del contenido del libro: “El Cusco de Arguedas. Apuntes para una filosofía del Yawar Mayu” que, probablemente, estará en librerías en el mes de febrero o marzo. Los estragos de la pandemia atrasaron por más de un año la edición del texto.

No encontraremos en él un discurso estructurado de acuerdo a cánones occidentales. No intentemos hallar conceptos, categorías o preceptos que lo emparenten con la convencional sapiencia científica. Arguedas nos conduce a pensar con instrumentos que los andinos manejamos a diario. Creemos que, mientras elaboraba sus ficciones y personajes o creaba diálogos, no era consciente que mostraba el entramado interno de un mundo mágico y mítico que ha sido el fundamento de una civilización sustentada en el encantamiento del  universo. No dilucidaba que reproducía un lenguaje que había sido cotidiano entre sencillos pobladores y Amautas ilustrados de la antigüedad. Considerarlo lo hubiera llevado a examinar sus investigaciones antropológicas con similar filtro. Y no fue de este modo; Arguedas antropólogo está inficionado por saberes occidentales.

Sabemos lo arduo que resulta explicar los raciocinios que conducen a un escritor a borronear cuartillas. Se redacta con lo que se halla en sueños, en papeles sueltos, oscuridades y zonas grises de la memoria. Los creadores escriben desde sí mismos con letras que se hallaban dispersas en la leche materna. Pasajes y párrafos de sus creaciones nacieron y tomaron forma en el quechua materno. El castellano llegaba al papel luego de diálogos y comparendos con el runasimi. Era indio por herencia biológica y cultural y carente, por tanto, de cualquier referencia biográfica que le permitiera ser otro distinto. Describía el mundo del único modo en que sabía hacerlo, con las visiones y fantasmas que poblaban su mágico universo, e inclusive, luchando contra él. Creó ficción con la cultura adquirida en el pueblo cercado por siglos; en quechua y en las fuentes mismas de una tradición apenas alterada. Su lugar de enunciación no es mestiza, es indígena. Por sus orígenes, contextura cultural e inclusive ideológica y espiritual Arguedas es  indígena[1]. De ese hontanar surge su sabiduría ancestral; hay que subrayarlo: son sus ficciones, cuentos y poesía que nos muestran al Arguedas filósofo; es el lugar que expone las raíces de su contextura cultural.

No obstante que, en sus informes académicos, racionalizaba su lenguaje y asumía formatos tradicionales, verificamos también en esos espacios el mundo mágico que lo habitaba. Su producción antropológica muestra aislados reflejos de sus visiones ficcionales. Son páginas que adquieren lustre cuando sus voces andinas pugnan por expresarse. Se consideraba huérfano de suficiente cultura universitaria; cuando lo envolvían tales debilidades entonces acudía a sus seguras fuentes y relataba con su propia dicción, con el lenguaje de los seres que conoció en su infancia, gente que mantenía comunicación directa y particular con la naturaleza, que reflexionaba con ella.

Veamos algunos ejemplos extraídos de su narrativa, que sintetizan sus principios filosóficos.
En el cuento “Warma Kuyay”, su primera producción literaria, se desarrolla un diálogo
entre Ernesto y Zarinacha, becerra que parecía desmayada en el corral. La conversación solo
es posible si convenimos que la condición original común a humanos y animales no es la
animalidad, sino la humanidad.

Se abraza Ernesto a su cuello y menciona: la besé mil veces en su boca con olor a leche fresca, en sus ojos negros y grandes.

‒¡Niñacha, perdóname! ¡Perdóname, mamaya!

Junté mis manos y, de rodillas, me humillé ante ella.

‒Ese perdido ha sido, hermanita, yo no. ¡Ese Kutu canalla, indio perro!

La sal de las lágrimas siguió amargándome durante largo rato.

Zarinacha me miraba seria, con su mirada humilde, dulce.

‒¡Yo te quiero, niñacha, yo te quiero! Y una ternura sin igual, pura, dulce, como la luz de esa quebrada madre, alumbró mi vida.[2]

En Yawar Fiesta muestra la diversidad de los ayllus comprometidos en la mítica construcción de la carretera Puquio-Lima que los comuneros logran terminarla en treinta días. Los nombres nos indican la variedad de culturas asentadas en un pequeño espacio geográfico; diversas, como muestras de la capacidad inclusiva de la civilización andina. Señala: Tras de los andamarkas, los chipaus, los auskaras, los sondondos, los chakrallas, los cabanas, los larkays, los warkwas […]. Y al último, los puquios, con quince varayok’s al mando[3]. La descripción del pequeño microcosmos geográfico y social promueve pensar el modo en que trabajaron cientos de culturas orientadas con propósitos compartidos: trabajar, cooperar, culminar las tareas con celebraciones, asociarse para conseguir objetivos comunes, por encima de lenguas y costumbres.

En otro pasaje expone el pensamiento mítico en su expresión más acabada. Ocurre cuando explica el origen del Misitu, el toro que será después actor principal del Yawar Fiesta. Señala: al amanecer, con la luz de la aurora, cuando estaba calmando la tormenta, cuando la nubes se estaban yendo del cielo de Torkok’ocha e iban poniéndose blancas con la luz del amanecer, ese rato, dicen, se hizo remolino en el centro del lago junto a la isla grande, y que de en medio del remolino apareció el Misitu, bramando y sacudiendo su cabeza. Que todos los patos de las islas volaron en tropa, haciendo bulla con sus alas, y se fueron lejos, tras de los cerros nevados. Moviendo todo el agua nadó el Misitu hasta la orilla. Y cuando estaba apareciendo el sol, dicen, corría en la punta, buscando los k’eñuales de Negromayo, donde hizo su querencia.[4] Es el mundo encantado que albergaba a los antiguos. ¿Hoy día, hay formas de recrearlo? Sin duda que sí.

Por la misma época en que escribe Yawar fiesta, en uno de sus artículos sobre la cultura quechua en el valle del Vilcanota, emite una opinión sobre la música que se ubica en el espacio mítico que conserva constante el sensible pensamiento andino.  En los waynos populares indios, menciona, los seres amados se simbolizan en una nube, en un árbol, en una piedra, o en la tuya, el jilguero o la paloma, de tal manera, con tanto olvido de diferenciar, con tanto afán de hacer saber que igual se puede amar a los pájaros y a  la tierra, como a la mujer y a los padres, que no se sabe para quién es el canto, si para el símbolo o para el ser amado.[5]

Si su obra ficcional está creada en torno a un contexto profundamente mítico, en su novela póstuma intensifica este catálogo y configura un universo creativo donde lo mítico y mágico impregna el nombre y el diseño de la obra.  Aún el título de El Sexto, novela citadina, tiene reminiscencias míticas; ubicar el sentido de su enunciado hace necesario saber de parámetros urbanos y carcelarios limeños. El niño o el joven Ernesto, el Misitu y Rendón Willka o la Kurku Gertrudis, el mismo Gabriel de El Sexto, habitan espacios engarzados en realidades míticas. Son intérpretes que emanan ciertamente de lo visto y gozado por el autor y desarrollados bajo un prisma mágico-mítico. Sus perfiles alcanzan dimensión onírica y se sitúan en el liminal espacio de la realidad y de los sueños, lugar que no podría ser objetivado por realidades terrenas donde la realidad realidad sea la norma. 

El zorro de arriba y el zorro de abajo, conserva similar formato. Además de poseer un título de clara estructuración quechua, por ello mítica y mágica, comprensible después de su lectura. El texto nos familiariza con una realidad contemporánea impregnada de sustratos milenarios. Sin estridencias ni esquemas doctrinarios, de la misma forma que los zorros de Lautasaco dialogan sin usar códigos especiales de comunicación, Arguedas los hace soportes del desarrollo novelesco. Logra reinventar dos zorros míticos del imaginario popular andino, ajenos a las esferas ilustradas de la racional sociedad occidental. Los Diarios, aseguran ese propósito cuando expresan entretelones de la vida del escritor preñados de ribetes míticos. Novela enlaces entre los Zorros Dioses y hombres de Huarochirí, une al presente milenios de antigüedad sin que esta decisión luzca arbitraria. ¿Cuál es, entonces, el engarce que vertebra el proceso en el tiempo? William Rowe hace una precisión que da luces sobre el tema. Sostiene que el novelista  elige una opción estética que podría llamarse la del Yawar mayu y que consiste en la inmersión en elemento destructivo ‒muerte y dispersión‒ para desde allí inventar nuevas formas.[6] Son conceptos no desarrollados que proporcionan espacios de reflexión que faciliten interpretaciones integradoras de la obra arguediana.

Veamos un diálogo del capítulo inicial de la novela:

EL ZORRO DE ABAJO: La palabra es más precisa y por eso puede confundir. El canto del pato de altura nos hace entender todo el ánimo del mundo. Sigamos. Este es nuestro segundo encuentro. Hace dos mil quinientos años nos encontramos en el cerro Lautasaco, de Huarochirí; hablamos junto al cuerpo dormido de Huatyacuri, hijo anterior a su padre, hijo artesano del dios Pariacaca.[7]  

En otro pasaje de la novela, conectado con los manuscritos huarochiranos, recuerda Arguedas que el dios regional Huatyacuri es hijo anterior a su padre Pariacaca, mostrando otro elemento sustantivo de la concepción del espacio y el tiempo en la cosmovisión andina: el pasado invadiendo el futuro. Esta acotación es generada por dos elementos coincidentes: Arguedas niño recibiendo la cultura ancestral en idioma materno y la traducción del escrito huarochirano. El texto antiguo permitió que sus obras Harina mundo o Pez grande transmutaran en Los Zorros. Madura las iniciales versiones de la novela sin vincular todavía espacio chimbotano y texto, sin hallar aún el modo de usar pensamiento mítico; luego de larga maduración es que descubre realidades geográficas y humanas de antigua identidad mítica que se identifican con su propio pensamiento; encuentra el mensaje y el verbo, se encuentra a sí mismo. Los zorros huarochiranos ocupan el lugar que tienen en sus novelas anteriores la Zarinacha o el Misitu, la calle Hatun Rumioc o la Kurku Gertrudis, pero esta vez los personajes articulan la trama y son protagonistas por organizada decisión y  convicción, discerniendo que integran sucesos contemporáneos con remota  antigüedad nacional. Arguedas no ha podido expresar su estro literario de modo distinto, intentarlo lo hubiera llevado al indeseado aculturamiento, proceso que supo eludir, como una de las motivaciones principales de su existencia.

Los zorros no son solamente seres con perfiles míticos sino una especie que se humaniza en la trama. Es la exposición de uno de los elementos básicos que estructuran la filosofía andina: la condición original común de humanos y animales. Se trata de la transformación del mito en magia, de la palabra en acto; formas que delinean con nitidez la urdimbre del pensamiento arguediano.

Un detalle significativo es el modo en que Arguedas incorpora el termino occidente en el proceso de construcción del relato. En comunicación con John Murra le refiere: […] he decidido no viajar  ni a Alemania ni a Rumania. Estoy tan, felizmente, encarnado en el hálito de la novela del mundo perú-chimbote-occidente a través de un argumento que va surgiendo muy entrabado, muy real y misterioso, que cualquier actividad importante me rompería el hilo.[8] Es única la oportunidad en que el escritor se refiere a Occidente como categoría de reflexión y esta vez lo hace estableciendo con claridad el antagonismo civilizatorio  que conserva la novela. Utiliza a Chimbote como lugar de encuentro, tinkuy, como es usual en la filosofía andina cuando se dilucida una situación de antagonismo. La cita es clara muestra de la concepción del texto como expresión del desencuentro con una civilización que considera opuesta a  su concepción mítica del mundo.

Otra parcela de similar concepción es su vínculo con Carmen Taripha, indígena relatora de cuentos, servidora del sacerdote Jorge A. Lira. Hemos comentado esta relación en párrafos precedentes, añadiremos una descripción adicional de esa amistad, tan importante en el proceso creativo de Los zorros, además de motivarlo a explorar espacios mágicos y míticos que habían quedado postergados luego de su largo ejercicio de la antropología académica. La experiencia con Carmen forma parte del fermento que más tarde le permiten escribir su novela póstuma. Le comenta a John Murra: He escrito en 32 páginas la historia más tormentosa de Chimbote, en un diálogo entre el Zorro de Abajo y el Jefe de la Planta de la segunda fábrica en importancia en el puerto y de todo el país. Conocí a este jefe de planta mucho. Fue mi alumno en Guadalupe. El diálogo es completamente original. El zorro es un zorro pero el señor Rincón habla con él como con un caballero joven. El zorro está vestido de saco muy moderno, aleviatado; es pernicorto, de cara alargada. […] Lo he presentado creo tan viva y constreñidamente como solía hacerlo Carmen Taripha, la gran informante narradora que tuvo Lira. Pero me siento deprimido y te escribo. Quizá mi melancolía venga de no poder casi vivir en el Perú. Esa fragua me quema ya demasiado; hay que tener una energía descomunal para alimentarse de ella[9]. Son los trágicos meses previos al suicidio y Arguedas profundiza su vinculación con el mundo mágico y mítico del que provenía.

En la agonía del Rasu Ñiti, la narración de la muerte de Pedro Huancayre, el gran dansak, hijo de un Wamani grande, de una montaña de nieve eterna, y que vivía en un caserío de no más de veinte familias[10], es síntesis densa de la cosmovisión andina y  portal de ingreso a su vasta filosofía. El cuento, exento de influencias cristianas, nos proporciona un fresco extenso de la manera en que nuestra antigua cultura se relaciona con la naturaleza, en particular en el momento trascendental de la muerte. A través de la serena travesía que hace Pedro hasta su acceso a otra dimensión de la energía, vemos el modo en que nuestros antepasados hacían este tránsito y la supervivencia de esta realidad en las comunidades andinas contemporáneas. 

Lo acompañan su esposa y dos hijas, dos músicos y el Wamani, que toma la forma de un cóndor de lomo blanco  que puede ser visto solamente por ojos premunidos de una fuerza que proviene de la madurez y experiencia. Su compañera logra avizorarlo parcialmente mientras que el discípulo heredero lo descubre cuando ha alcanzado  un nivel espiritual suficiente para encarnarse en el espíritu del dansak desfalleciente, recién cuando el maestro está trasponiendo el umbral de la muerte. La vida renace de inmediato encarnada en Atok’ sayku, discípulo que el dansak ha elegido previamente.  

La escena no excluye a ningún ser de la naturaleza, ni siquiera a las chiririnkas,  moscas azules infaltables en el escenario de la muerte; hormigas y cuyes y un conjunto de plantas, árboles y pájaros que son evocados por los asistentes y el narrador. Mazorcas de maíz de colores son depositados en el medio del recinto mientras el arpista toca y los ojos del caballo del patrón, que galopa en las lejanías, es devorado por nuestro dios y a la hija menor de Pedro le invade el deseo de cantar como lo hacía junto al rio grande, entre el olor de flores de retama. Muerto ya el protagonista, mientras el Wamani aletea sobre su frente, desaparece de la vista de los presentes y ya nadie  logra distinguirlo. El discípulo salta sobre Pedro Huancayre y se eleva danzando mientras recibe al Wamani sobre su cabeza, en su pecho. Lurucha, el arpista, temprano veedor del Wamani, hecho de  maíz blanco, sigue tocando. Es la victoria de la vida sobre la muerte como un todo continuo que no considera separación. 

En el cuerpo de la historia Arguedas introduce el yawar mayu […] como paso final que en todas las danzas de indios existe y lo desarrolla en el relato  describiendo su carácter como el arrastrarse de un gran río turbio […] Era el yawar mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras lluvias; ríos de las proximidades de la selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos  y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de árboles. No como los de la sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz;  ningún bosque los mancha y las rocas de los abismo les dan silencio. El yawar mayu descrito difiere del observado por Ernesto en el muro inca de Hatun Rumiyoq. Adquiere aquí tonalidades musicales, la cadencia que le imprime a la descripción se vincula al discurrir de los ríos de la selva. Ubicuidad del yawar mayu; vertebra imágenes y sonidos, articula muerte y resurrección, música y materia, renovación y continuidad de la naturaleza. Arguedas incorpora estas descripciones a la narración cuando desea otorgarle perennidad o acentuar su perfil mítico, describir la permanencia de la cultura andina.

El mito en Arguedas

No busquemos teoría sobre lo mítico o mágico en Arguedas, tampoco ideas conceptuadas e integradas en categorías de la realidad o intuiciones, conjeturas o reflexiones. Como ha sido visto, es su obra ficcional, sus contenidos y descripciones, los elementos que configuran pensamientos claramente identificables como partículas elementales de filosofía andina. En algunas cartas y entrevistas también encontramos similares manifestaciones. 

Uno de los testimonios que dan cuenta de su mentalidad mágica y mítica lo hallamos en carta que le cursa, a fines de 1966, a don Marcial Arredondo, padre de Sybila. Menciona: Nunca he experimentado la vida como algo más claro y misterioso a la vez. La evidencia, la luz, valen poco contra el hábito, contra la superstición, el temor supersticioso adquirido en la infancia. Camino penosa y lentamente hacia la victoria final en la cual no desearía que la luz desplace por entero a la sombra: he vivido lo mágico, casi toda mi materia está hecha de esa materia. Es posible que la comprensión racional de todo no ahogue el conocimiento intuitivo, la comunión con las cosas que ha sido el origen de todo cuanto sé y soy. […] Que me amparen los seres queridos, especialmente los antiguos que no deben abandonarnos: los ríos, las montañas, los ojos de los insectos que tanto amo.[11] La carta, escrita cortos meses después de su intento de suicidio de abril, trasunta la angustia que invade al escritor cuando trata de armonizar formas culturales adquiridas muy temprano, con la mentalidad occidental. Dos años después, en diálogo con el siquiatra uruguayo Viñar le menciona: He pasado realmente, increíblemente, de la edad del mito y de la feudalidad sincretizada con el mito a la luz feroz del siglo XXI.[12]

En el Primer encuentro de narradores peruanos, en Arequipa señalaba: Yo hasta ahora les confieso con toda honestidad, no puedo creer que un río no sea un hombre tan vivo como yo mismo. En compañía de Alberto Escobar hicimos una travesía por el Rhin y yo le decía […]: “fíjate todo lo que el hombre ha hecho para quitarle la cara de Dios que tiene este río y no lo ha conseguido; sigue teniendo la imagen y la influencia de un dios, y eso que yo no creo en Dios”. Precisa que las modificaciones que el hombre ha hecho en sus orillas no le han podido quitar, para un hombre que tiene del mundo una visión primitiva, su aire de dios. Ante esa visión promete escribir un artículo con el nombre de “El Rhin y el dios que habla”, el dios que habla es la traducción del nombre del río Apurímac. […] Yo les decía a mis amigos en el Rhin, si trajera a unos cuantos de mis paisanos de Puquio y los pusiera en la proa de este barco, caerían todos de rodillas ante el espectáculo de este río.[13] Vemos constantes ya expresadas en extensos pasajes de su obra ficcional: su descreimiento de un Dios hacedor. ¿Cuál es, dónde se halla entonces el dios en el que cree? Lo halla en el río, esta vez en el Rhin. La presencia divina en la naturaleza no está afectada por las expresiones tecnológicas que flanquea al gran espejo de agua que fluye ante sus ojos. La modernidad del ferrocarril que orilla la ruta no afecta la divinidad del gran río. ¿Por qué él mismo no se postra ante esa imagen como si lo harían, como presume, sus paisanos de Puquio? Su occidentalidad ha mermado el sustrato cultural que lo constituye, carece del contexto que favorezca esa decisión. No es la única experiencia con ríos europeos. Ante el Danubio, cuenta el escritor y sociólogo Carlos Calderón Fajardo, acompañante de ese día, Arguedas se puso a imaginar cómo sería un diálogo entre el Danubio y el Mantaro; y se puso a conversar en quechua con el Danubio.[14]

En conversación con Ariel Dorfman expresa una acabada concepción de las visiones míticas y de la  influencia que ejercen en su vida. Menciona: Fui quechua casi puro hasta la adolescencia. No me podré despojar quizá nunca -y esto es una limitación- de la pervivencia de mi concepción primera del universo. Para el hombre quechua monolingüe, el mundo está vivo; no hay mucha diferencia, en cuanto se es ser vivo, entre una montaña, un insecto, una piedra inmensa y el ser humano. No hay, por lo tanto, muchos límites entre lo maravilloso y lo real. Líneas más adelante, señala: Tampoco hay mucha diferencia entre lo religioso, lo mágico, lo objetivo. Una montaña es dios, un río es dios, el ciempiés tiene virtudes sobrenaturales.[15]

Otro momento ejemplar de esta visión mítica la encontramos en un pasaje del artículo sobre el niño indio. Señala que, para ellos, Los ríos son también dioses.[16] Las grandes montañas tienen relaciones entre sí, se envían obsequios, se consultan acerca del destino que debe señalarse a las personas. En cada comunidad hay hombres que se han especializado en el arte y ciencia que les permite conocer la voluntad de los dioses montaña y  hasta en hablar con ellos. Para el escritor todo lo que hay en el mundo está animado a la manera del ser humano. Nada es inerte. Las piedras tienen “encanto”, lloran si no pueden desplazarse por las noches, están vinculadas por odios o amores con los insectos que habitan sobre ellas o debajo de ellas o que, simplemente, se posan sobre su superficie. Los árboles y arbustos ríen o se quejan; sufren cuando se les rompe una rama o se les arranca una flor; pero gozan si un picaflor baila sobre una corola. Algunos picaflores pueden volar hasta el sol y volver. Los peces juegan en los remansos. Y todas las cosas vivas están relacionadas entre sí. Vemos aquí el compendio de la forma en que la comunidad indígena entiende la vinculación con la naturaleza; sin el propósito de  organizar ese pensamiento, Arguedas resume categorías filosóficas. Reitera su opinión expresada ante la majestuosidad del Rhin. Los dioses montañas se relacionan entre sí a través de uno de los conceptos más recurrentes y permanentes de la filosofía andina: la paridad y complementariedad. No permanecen inactivos frente al  destino de las personas; se consultan sobre ello. Nada es inerte, incluida la   materia considerada inorgánica por la ciencia occidental, interactúan con la vida que se detiene sobre su superficie. La materia desafía estamentales y tradicionales formas de clasificación: picaflores se desplazan hasta el sol y vuelven intactos. Es un mundo encantado en el que todas las cosas están relacionadas. Al describir comuneros que se especializan en el arte y la ciencia de comunicación está delineando un estamento sacerdotal. Su descripción contiene ese concepto. Lamentablemente, lo que resta de aquellos seres ahora son apenas excrecencias de lo que fueron. Los denominados chamames son su expresión caricaturesca. Hay aquí una tarea enorme, reconstruir y crear el lenguaje extirpado, ordenar el alfabeto sagrado.

En el mismo artículo relata, en una especie de parábola andina, una notable experiencia que le ocurre cuando niño en sus correrías por las accidentadas rutas de su entorno y que expone su forma de interactuar con la naturaleza, su manera de ver el mundo. Lo narra con el contenido lirico acostumbrado: Cuando yo tenía unos siete años de edad encontré en el camino seco, sobre un cerro, una pequeñísima planta de maíz que había brotado por causa de alguna humedad pasajera o circunstancial del suelo o porque alguien arrojó agua sobre un grano caído por casualidad. La planta estaba casi moribunda. Me arrodillé ante ella; le hablé  un buen rato con gran ternura, bajé toda la montaña, unos cuatro kilómetros, y llevé agua en mi sombrero de fieltro desde el río. Llené el pequeño pozo que había construido alrededor de la plata y dancé un rato de alegría. Vi cómo el agua se hundía en la tierra y vivificaba a esa tiernísima planta. Me fui seguro de haber salvado a un amigo, de haber ganado la gratitud de las grandes montañas, del río y los arbustos que renacerían en febrero. Un pariente mío, en cuya casa habitaba, pero con cuyos indios de verdad vivía, se mofó de la hazaña cuando se la conté. Yo me quedé estupefacto y herido. Ese hombre, que no parecía sentir respeto por la vida del maíz, podía ser un demonio. Quien ofende al maíz despierta el resentimiento de la madre del maíz, o del trigo, si de este se trata, entonces la madre se irá a otros pueblos lejanos y el maíz o el trigo no volverán a germinar en la tierra hasta que la ofensa sea reparada. De nuevo aquí se repite la experiencia de Ernesto con su padre que no entiende del diálogo con las piedras del muro inca. Esta vez la sorda conversación se ejecuta alrededor de una sencilla interacción con la naturaleza que el saber occidental no entiende ni tolera; es de nuevo la incomunicación de dos mundos contrapuestos que se proyectan a todas las esferas sociales y, en particular, al espacio donde se da la vinculación con otros seres vivos. 

La literatura, en especial la poesía, resultan vehículos que le permiten expresar su identidad cultural sin los condicionantes que le impone el conocimiento occidental. El arte lo articula con sus principios culturales, libera su lenguaje personal mientras la antropología le da acceso al mundo de los cercadores.  

Su discurso de agradecimiento por el premio Garcilaso es muestra integrada y extensa de esta visión desarrollada sin grandilocuentes propósitos, tratando de encarnar el papel de sencillo puente entre dos culturas. El propósito de su vida, señala, fue realizar su ilusión de juventud, volcar en la corriente de la sabiduría y el arte del Perú criollo el caudal del arte y la sabiduría de un pueblo al que se consideraba degenerado.[17] […] Intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores.  Señala que la lectura de literatura socialista le dio un cauce a todo el porvenir sin matar en él lo mágico.  Observemos que Arguedas no recoge el mito mariateguista. Conserva el suyo. Comentaremos el tema más adelante.

En la última de sus publicaciones preocupado por la desaparición paulatina de tradiciones míticas y mágicas, hace una defensa cerrada de la conservación y recuperación [a nivel] nacional de la literatura oral, su análisis y publicación. […] Cuatrocientos años de catequización cristiana mediante cánticos y oraciones en quechua, y flagelación de los idólatras, dieron por resultado una afirmación más rotunda y honda de las antiguas creencias llamadas idolátricas. Esas creencias protegieron y protegen aún a la población subyugada. Hace un alegato en defensa de las artes plásticas y la música indígenas ahora tan vastamente difundidas [que] han modificado, creo en grado importante, la comunicación entre los dos mundos antes tan divididos del Perú.[18]

Como hemos visto, su formación temprana de niño comunero y su posterior formación académica occidentalizada le crearon conflictos que no pudo resolver a plenitud y que son una muestra del modo en que se expresa el irresuelto conflicto civilizatorio y cultural en el Perú que genera el permanente desentendimiento  social que presenciamos. Como ocurre en todo peruano promedio, de raíces andina, Arguedas no siempre se sentía cómodo con su herencia cultural mítica; sin embargo, su propósito de racionalizar su pensamiento nunca fue exitoso. En un artículo escrito en Berlín, señala: Hay en el Perú un trasfondo místico que viene de sus milenios de historia; hay en el hombre, especialmente en los Andes, en las comunidades, una no escondida fe, una seguridad religiosa en su poderío.[19]  En entrevista para un diario limeño manifiesta que el conocimiento y la  descripción de un país como el Perú era una tarea muy compleja; cualquier descripción, por más objetiva y más etnográfica que fuera, tendría que contener elementos mágicos, despertando con ello meditaciones insospechadas arrancadas de las profundidades del alma humana.[20] Es claro el reconocimiento de la tesitura mítica que conserva la sociedad peruana.

Recibimos de José María una manera de estar en el mundo que ha vertebrado por milenios las culturas que conformaron la gran civilización andina. Su mensaje nos llega incontaminado, en su esencia. Expresa con precisión el punto nodal de su pensamiento: considerar la Naturaleza como parte constitutiva de su propio ser, no extensión objetivada, a la manera en que el poblador ancestral sustenta su vinculación con la materia. El modo en que entabla el agónico proceso de rechazo y unidad con su herencia mítica, la sensación que alberga de no reunir requisitos suficientes para su completa inclusión en el  mundo de los cercadores es la contradicción fundamental a resolver en la sociedad peruana.


[1]Hugo Chacón Málaga. Arguedas, biografía y suicidio. Fondo editorial  IIPCIAL. Lima 2018.

[2]José María Arguedas. Obras completas. Warma Kuyay  (Amor de niño). Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 11.

[3] José María Arguedas. Yawar Fiesta. Editorial Losada. Argentina, 1977. Pág. 71.

[4] José María Arguedas. Yawar Fiesta. Editorial Losada. Argentina, 1977. Pág. 85.

[5]José María Arguedas. La canción popular mestiza en el Perú. Su valor documental y poético. En indios, mestizos y señores. Editorial Horizonte. Lima, 1989. Pág. 50.

[6] William Rowe. Ensayos arguedianos. Sur Casa de estudios del socialismo. UNMASM. Lima, 1996. Pág. 57.

[7]José María Arguedas. Obras completas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo V. Pág. 48.

[8] José María Arguedas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Dossier. Fragmento de un carta al Dr. John Murra. Edición crítica y coord. Eve-Marie Fell. Colección Archivo. Madrid, 1996. Pág. 410.

[9]John V. Murra y Mercedes López-Baralt. Las cartas de Arguedas. PUCP. Lima, 1998. Pág. 201.

[10]José María Arguedas. Amor mundo y todos los cuentos. Francisco Moncloa editores. S.A. lima 1967. Pág. 145.

[11] José María Arguedas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Edición y coord. Eve-Marie Fell. Colección Archivos. Madrid, 1996. Pág. 378.

[12] José María Arguedas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Edición y coord. Eve-Marie Fell. Colección Archivos. Madrid, 1996. Pág. 393.

[13]José María Arguedas. Obra antropológica. Primer encuentro de narradores peruanos. Editorial Horizonte.  Lima 2012, Tomo VII, pág. 114.

[14]Guillermo Rochabrún. La dinámica de los encuentros culturales. Lo indio y lo mestizo en el pensamiento antropológico de Arguedas. PUCP. Lima, 2013. Tomo I. Pág. 255.

[15] Dánisa Catalán C. José María Arguedas habla desde chile. Algunas reflexiones en torno a tres documentos poco difundidos. Anthropologica, año XX N° 20 / 2002. PUCP. Pág. 119.

[16]José María Arguedas. Obra antropológica. Primer encuentro de narradores peruanos. Editorial Horizonte.  Lima 2012, Tomo VII, págs. 234, 235.

[17]José María Arguedas. Obras completas. El zorro de arriba y el zorro de abajo. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo V, pág. 13. Lima 1983.

[18]José María Arguedas. Obra antropológica. Salvación del arte popular. Editorial Horizonte. Lima, 2012. Tomo VII, pág. 625.

[19] José María Arguedas. Obra antropológica. No destruyamos el Perú amado. Editorial Horizonte, Lima 2012. Tomo V, Pág. 374

[20] Carmen María Pinilla, Arguedas conocimiento y vida. Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima 1994. Pág. 138.

I. ¿J. M. Arguedas pensador?

Adelanto parte del contenido del libro: «El Cusco de Arguedas. Apuntes para una filosofía del Yawar Mayu» que, probablemente, estará en librerías en el mes de febrero o marzo. Los estragos de la pandemia atrasaron por más de un año la edición del texto.


¿Si Sócrates, San Agustín, Descartes, Marx, Heidegger, etc., explican la civilización occidental, quién orienta y esclarece nuestro camino, a quién acudimos para seguir una huella y desarrollar pensamiento nuestro? ¿Dónde hallamos nuestras fuentes? Hay avances importantes en la búsqueda pero no son suficientes para dejar atrás los primeros pasos. Si adoptamos escalas coloniales, aquellos nombres serán también nuestros; si somos complacientes aceptaremos a los imitadores; en cambio, si desechamos los requisitos restrictivos y usamos criterios filosóficos de universalidad,[1] la respuesta se centra en cuatro personalidades: Garcilaso de la Vega Chimpu Occllo; Huaman Poma de Ayala, Juan de Santa Cruz Pachacuti y José María Arguedas.[2] En este retablo, la figura de César Vallejo tiene lugar destacado. Ellos son los orientadores de la ruta. No pretendieron hacer  filosofía y, sin embargo, sus obras expresan nivel filosofico. Si utilizamos el formato extranjero que norma el alto pensamiento, en ellos encontramos: análisis del Ser y Naturaleza, concepción del mundo y del universo; interpretaciones de la divinidad; formatos de organización social; ética y moral; sentido de la existencia; organización del futuro. Los nombrados no excluyen a otros pensadores como Ezequiel Urviola o Gamaliel Churata y Espinoza Medrano, que son también expresiones del frondoso ramaje del pensamiento andino.

Calle Comercio, en Yauyos, setiembre de 1969. José María, pocas semanas antes de su ausencia. Fotografía tomada por Sybila Arredondo y que lo reúne con Alejandro Cervantes, amigo desde sus días juveniles. Fuente: José María en Yauyos. Edinson Ramos Quispe.

Sus vidas y obra se encuentran entrelazadas por razones que se repiten con visibles matices y evidentes coincidencias. La historia que protagonizan nos conduce hasta nuestros orígenes como sociedad. Son el vínculo vivo con un pasado remoto resistente al exterminio y que se repliega creando, reproduciéndose, vigilante que ninguno de sus raigales elementos constitutivos se diluya, y que tuvo la capacidad de continuar estructurando estamentos sociales en medio del acoso y la marginación. Los cuatro creadores provienen de la variedad de culturas que integraron una civilización formada por cientos de lenguas y rostros. El primero, quechua medular, emerge del privilegiado lugar central del poder antiguo; observa el pasado desde dos miradores y no puede resistir erguirse más alto desde el espacio invasor. El peso de las armas sobre una nación y familia derrotada, además de la depuración ideológica que acepta en Europa, pudo más que sus afanes de reivindicar su cultura en los ámbitos del pensamiento elevado. Nos lega una imagen societal de cotidianeidad modélica extraviada por sus concepciones filosóficas. Más tarde, estas Valencia, siempre armónicas, son usados por otros para soslayar sus equivalencias con cualquier otra forma organizada de pensamiento; lo utilizaron para mediatizar o soslayar sus orígenes indianos. Este periplo explica el modo en que abandona los estantes de ideólogos y ejecutores de revoluciones y se aposenta en las brillantes bibliotecas de los argumentadores de la ficticia sociedad mestiza.

Toca reivindicar su completo legado andino, mostrar en su dimensión cierta lo que él no pudo exhibir por una mal entendida cortesía con los dominadores y por su propósito de pretender hibridar el maíz y el trigo. Huaman Poma es lucaneño, descendiente de los Yarowilcas huanuqueños según propia confesión y con parientes cercanos en la antigua región arguediana; por sus orígenes, más próximo a Arguedas y menos a Garcilaso. Indio radical, crítico del dominio español y quechua; enemigo del mestizaje; sus postulados lo ubican como abanderado de la contemporánea multiculturalidad. Resultó inviable su propósito de establecer convivencia razonada entre indios e invasores dada la desigual distribución del poder de cada etnia. Su figura y mensaje contienen bases históricas de raigales postulados reivindicativos; su perfil se eleva con el tiempo de luchas por soberanías culturales y étnicas. Ignorado o denostado por hispanistas nacionales[3], su herencia toma posiciones de mayor importancia cuando lo conocemos sin cartabones occidentales y dentro de las categorías y conceptos que explican la civilización andina. Santa Cruz Pachacuti, es indio nacido en un pueblo situado entre Canas y Canchis de Collasuyo.[4] Su crónica, previa a la obra de Garcilaso y de Huaman Poma, forma parte del mismo periodo histórico: de la expansión inicial y particularmente cruento dominio invasor. Rezuma un espíritu compartido de protesta y también lamento; de estupor y angustia ante una realidad que entonces no termina de explicarse. Hay un detalle de esta crónica que la distingue, fue hallada como parte de libros y papeles del cura cusqueño Francisco de Ávila y, por tanto, compartió por siglos los mismos herrumbrosos anaqueles que guardaba lo que después sería Dioses y hombres de Huarochirí. El formato parece parte del libreto realista y mágico de nuestro territorio; yacieron juntos por siglos, fermentado lo que después sería la promesa de una vida nacional. El fiero extirpador de idolatrías fue el vehículo impensado de conservación de dos documentos que seguro guardó con celo de miradas profanas. El espíritu latente en depósitos de bibliotecas extranjeras, se activa después de unos siglos para articular códigos centenarios, unir lo fragmentado, reconstituir los fundamentos de una sociedad superior. Hoy son parte de un largo proceso de reedificación de identidades. No es casual que la inteligencia criolla emitiera sobré él juicios teñidos de esa pátina permanente de marginación y exclusión que emana de la pretendida e inalterable primacía monocultural. Riva Agüero la denominó fábulas entreveradas, adulteradas y mal expuestas. Luis A. Sánchez criticó su mal castellano y quechua bastardeado[5]. No obstante la pobre o nula instrucción que seguramente recibió, el cronista tiene la sensibilidad para potenciar resplandores de la compleja y estructurada religiosidad andina. Distante de comprender la magnitud de la información recopilada, con  apenas muñones de su antiguo credo, la muestra con pocos atisbos de interiorizar la teológica densidad transmitida; no obstante que su fe es ya tributaria de los dogmas cristianos, la observa buscando coincidencias que sosieguen un alma todavía mágica. Los años transcurridos desde entonces no nos han otorgado aun los conocimientos suficientes que expliquen a cabalidad el significado de los himnos y gráficos que compendian el alto pensamiento antiguo. 

La anotación que guarda la fotografía sitúa a José María en la hacienda Esmeralda de Coroto, en Lamay, Cusco: “José María Arguedas en la hacienda 1957”. Figuran de izquierda a derecha, y después del escritor y la infaltable y cercana mascota, Manuel Jesús Villagarcía Sánchez, hijo; Isidro Villagarcía Bocángel, padre; una persona uniformada y Hugo Ricardo Villagarcía Hermosa. De los archivos de Guy Coronado Villagarcia.

Los cuatro escritores  y cronistas tienen orígenes que reflejan los avatares de miles de peruanos que comparten con ellos biografías semejantes. Produce estremecedora impresión leer nombres de territorios que conocieron en diferentes épocas. En la obra de  Huaman Poma hallamos topónimos que se conservan sin modificaciones: Andahuaylas, uaytara, santiago yauyos, lucanas, geografías largamente recorridas por Arguedas y seguramente atisbados desde la distancia por el joven Garcilaso en su viaje al exilio. Él mismo comparte con Santa Cruz rutas que conoció temprano en su desplazamiento al Alto Perú. La biografía del Inca está sujeta a menos controversias; sin embargo, su obra se sujeta todavía a interpretaciones heterogéneas. La biografía del caminante Arguedas, como la de Huaman Poma y Santa Cruz, contiene polémicas originada por el desconocimiento de sus orígenes. Expresan, a través de los siglos, la pregunta aun sin respuesta: ¿quiénes somos? Los cuatro escritores vivieron en el Cusco, transitaron sus calles y soportaron similares exclusiones. Sus obras se anudan y comparten contenidos con el manuscrito de Huarochirí, ínsula, manantial de origen del Yawar Mayu que recorre como arterias inacabables, batallas, valles y bofedales, calcinantes arenas y floresta amazónica, discurriendo torrentoso y apacible, integrador y fértil, inacabable y torrentoso, sobre una sociedad milenaria negada para la rendición. 

Estudiosos peruanos y extranjeros han percibido líneas comunicantes en las obras de estos precursores. Salazar Bondy, con Arguedas aún con vida, fue uno de los primeros en señalar que es el único que, cuatro siglos después […] se ofrece como intermediario para aproximar ese mundo rico e incógnito al otro […] Los otros, indica, están obligados a integrárselo. […] Y el esfuerzo de Arguedas no  es de índole política; igual que el de Garcilaso, es un esfuerzo verbal […] Uno y otro están conjugados, son  univitelinos e inseparables.[6] Rolena Adorno, al establecer un símil entre Huaman Puma y Arguedas,  lo hace para subrayar que, en sus escritos, ambos partían de sus propias experiencias en la sociedad andina y, por consiguiente,  conocían la soledad de quien viviera en el recuerdo.  Añade: Tiempos pasados, además, la producción literaria de los dos revela que su perspectiva era la de un espacio intermedio entre los mundos autóctonos y occidental; ambos conocían el aislamiento del mediador. Continúa señalando que esta soledad, poco sorprendente en el caso de Huaman Puma en 1615, es más intensa, más dolida a mediados del siglo XX. En comparación […] la soledad de Arguedas es única: en éste se registra el hecho de que, a más de cuatro siglos de distancia desde la llegada de los españoles, el Perú todavía consiste en dos mundos incomunicados. La sensibilidad y la comprensión existen sólo en el espacio de la escritura.[7]

Antonio Cornejo Polar, señala las dificultades de Arguedas para transmitir la realidad de su experiencia y precisa que formula su escritura como un vínculo que ponga en comunicación a dos universos distintos. Arguedas repite, aunque dentro de otra circunstancia, la función de “traducción” que siglos antes cumpliera el Inca Garcilaso de la Vega.[8] WilliamRowe, al analizar la forma en que describe Arguedas el Cusco, convirtiendo a la ciudad en espacio de reflexión histórica, reconoce que escribe de un modo que recuerda bastante directamente al Inca Garcilaso.[9] El mismo autor observa que, en El Sexto, utiliza la palabra camac, como participio de presente del verbo cama, que es animar, de modo similar a la usada por Garcilaso. Precisa que, se puede decir que el personaje Cámac de esa novela constituye la recuperación de un pensamiento alternativo.[10] El mismo autor también menciona que en Arguedas hay una lectura profunda de Guamán Poma, del Inca Garcilaso, de muchos cronistas, hay una visión histórica que ya se puede encontrar en los ensayos del 38, 39 y 40, una visión histórica complicada y suya de cómo van componiéndose los diferentes tiempos históricos en el Perú, que es muy diferente de la visión de Basadre o Porras.[11] Reitera que  las traducciones de Arguedas no surgen desde la nada; forman parte de una tradición de rescate de los significados andinos que comienzan con Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso.[12]

Martín Lienhard, observa que Arguedas realiza finalmente un proyecto que ni Garcilaso de la Vega ni el propio Huaman Poma tuvieron la posibilidad de defender consecuentemente: la reivindicación íntegra de los valores autóctonos. Hace una atinada observación cuando señala que por razones político-religiosas, Garcilaso disfrazó el pensamiento andino de monoteísmo casi cristiano, mientras que Huaman Poma, menos culto y menos “aculturado”, acompañó la exposición de tal pensamiento [con] la repetida afirmación de su fe cristiana. Arguedas prescinde así de la “diplomacia”, de la cual estos dos escritores, en su época, no habrían podido prescindir.[13] Lienhard encuentra en el discurso de Los zorros, el tono de las leyendas autóctonas y […] de las “crónicas”, la escritura renancentista y clasificadora de Garcilaso de la Vega.[14] Sintetiza su pensamiento cuando señala que desde las crónicas del Inca Garcilaso y de Huaman Poma, pocas obras han ilustrado tan dramáticamente un trastorno sociopolítico iniciado en 1492 y que sigue arrastrando consecuencias cada vez más graves.[15] 

Vargas Llosa, en medio de su extraviada crítica a la obra y significación de Arguedas y  sin apartarse de su despectiva actitud hacia lo andino, acierta al señalar, refiriéndose a los intelectuales indigenistas y, por ende, al mismo Arguedas, que todos tienen como fuente de inspiración predilecta a un cronista indio, Felipe Guamán Poma de Ayala, el que remplazará a Garcilaso como santo y seña clásico del moderno indigenismo.[16] El sacerdote Gustavo Gutiérrez, reconocido comentarista de la obra arguediana  señala que  a José María se le puede aplicar lo que Guamán Poma decía de sí mismo: “he sido un sentenciador de ojos vista”. Guamán Poma recorrió durante 30 años las tierras del antiguo Tahuantinsuyo y buscó ‒como Arguedas‒ un lenguaje apropiado para manifestar los sufrimientos y los vejámenes sufridos por la población indígena.[17]

José María en el local del Instituto Americano de Arte del Cusco. Lo acompañan Miguel Valencia, Presidente de la institución y José Luis Paredes, destacada miembro del Instituto. Probablemente inicios de la década del 60. Cortesía de Delmia Valencia Blanco.

Hay continuidad y permanencia entre los andariegos cronistas andinos. Garcilaso, continuador de la antigua tradición de pensadores nativos, Amautas, reconoce en sus textos la existencia de filósofos en el antiguo Perú. Huaman Poma nos proporciona inclusive el nombre de uno de ellos: Juan Yunpa del pueblo de Uchumarca Lucana, de quien dice: tenía el orden de filosofía y conocía de las estrellas y del ruedo del andar del sol, y de las horas y meses año.[18] Sabemos el aporte de Santa Cruz Pachacuti en el entendimiento del universo cosmogónico nativo. De Arguedas, primer indígena en escribir ficción y crear pensamiento en el espacio contemporáneo, extraemos avances considerables en el develamiento de la forma nativa de interpretar la sociedad. De manera primordial recogemos su producción ficcional. Es indio cuando escribe literatura y poesía. Si estos son nuestros pensadores, el libro que los unifica se denomina Dioses y hombres de Huarochirí. Poco en verdad si lo observamos como texto de ámbito regional, mucho si consideramos que sus protagonistas se mantienen vivos en los textos de estos cuatro escritores. 

Apreciemos que el estudio de José María Arguedas como filósofo, tiene explicaciones adicionales. La investigación permitió abrir nuestra mirada a un denso y extendido espacio de pensamiento antiguo, poseedor de sustrato filosófico. No se requiere búsqueda erudita para reconocer que sus obras literarias y poéticas son depositarias de conocimiento ancestral. No hay interpretaciones antojadizas, su obra íntegra lo acredita. La herencia la recibe en su cuna materna y del entorno quechua que guio sus primeros años. La fuente donde abrevó conocimientos iniciales proviene de la cultura quechua, en su variante chanca. Numerosos espacios de su producción ficcional pueden ser usados como ejemplo; sin embargo, el rastro primordial se halla en la descripción que hace de la ciudad del Cusco en Los ríos profundos. Como se ha señalado, los dos capítulos iniciales son el núcleo de su bagaje cultural; la lectura que hace de los muros incas solo puede emanar de un quechua raigal; el modo cómo ausculta su contenido mítico puede ser ejecutado solamente por alguien que posee viva la cultura andina. La traducción de las formas y contenido del aparejo de piedras incas ciñe antropología filosófica, de gran significación para la elaboración de escalas teóricas que aquí se discuten. Su narrativa, estructurada con bastimentos quechuas se vincula en toda medida con su poesía quechua; sumadas ambas,  constituye fuente de pensamiento filosófico. 

Esta particular visión de la obra arguediana nos llevó también a la búsqueda de interpretaciones semejantes en fuentes que han investigado su obra y biografía. Varios autores lo observan con perspectiva similar, aun cuando no arriban a entender su producción como fuente de pensamiento filosófico. El crítico uruguayo Ángel Rama señala: La precisa unidad de la vida de José María Arguedas deriva de su temprana elección de un área de la realidad y de una filosofía que la interpreta.[19] Con acierto añade que su unidad de vida deriva de la situación de la cultura indígena, heredera de la cultura del Incanato, en el seno de la sociedad peruana contemporánea y las vías  indispensables para que contribuya a la formación de una cultura nacional pujante, libre y moderna, junto con las demás fuentes culturales del país. Anota también que su filosofía [es] heredera del pensamiento de Mariátegui. Amplía esta afirmación señalando que Arguedas asumirá un espíritu rebelde, reivindicativo, de nítida militancia social, que si bien no puede confundirse con la ideología marxista del maestro, tomará confiadamente de él muchos análisis socio-económicos de la realidad peruana y aceptará sus presupuestos ideológicos. Pero sobre todo hará suyos; el erizado espíritu nacionalista y el sentimiento de la urgencia transformadora que exigía el momento histórico. Exacto en su primera aseveración, yerra Rama cuando generaliza la influencia de Mariátegui. Si así fuera, bastaría entonces pespuntar el pensamiento mariateguista para comprender y explicar el razonamiento discursivo de José María. Tal procedimiento nos conduciría a los suburbios de su pensamiento y no a su núcleo central. Como se ha visto en el espacio dedicado a su etapa militante en Sicuani, el escritor toma el marxismo como instrumento de transformación de una realidad nacional que tiene en la “gran nación cercada” a su sector más oprimido. No se consideraba, en esos años, otra salida distinta para la oprobiosa realidad nacional. La teoría y el contingente político socialista o marxista eran la única posibilidades de modificar una situación de exacerbadas contradicciones y que, a la postre, ha venido transformándose por vías alternas. La cercanía ideológica le otorgó también instrumentos de análisis antropológico, le dotó de categorías de interpretación de la realidad social que pueden observarse en sus ficciones.

Antonio Cornejo Polar resalta características que limitan con los estratos que la actividad filosófica contiene. Señala, por ejemplo, que es gracias a la  adhesión a la cultura quechua, […] que en ciertas dimensiones equivale a una asimilación del universo como totalidad viviente e integrada, descubre las oscura o luminosas correspondencias que enhebran todo lo existente (“no hay mucha diferencia entre una montaña, un insecto, una piedra inmensa y el ser humano”)  y experimenta en carne propia que “nada hay, para quien aprendió a hablar en quechua, que no sea parte de uno mismo”. Hombre y mundo se confunden, pues, en mágica fusión.[20] Considera el crítico que Arguedas cree en la unidad del universo, en su coherencia profunda, y es especialmente sagaz para la captación de esta dimensión del cambio; de allí su preferencia por contextualizar significativamente la realidad que enfrenta en sus obras. Yawar Fiesta lo prueba fehacientemente.[21] Cuando analiza Los ríos profundos, señala que tiene como supuesto una concepción del universo entendido como totalidad coherente, compacta, absolutamente integrada. El contraste entre esta concepción y la realidad de un mundo desintegrado y conflictivo es el núcleo de la novela. […] Las reflexiones de Arguedas durante estos años críticos lo devuelven al instante en que, trágica y gozosamente, descubrió que su mundo debía ser el de los indios.[22] Acotemos una observación adicional, de valor para el tema que explicamos. Precisa Cornejo, cuando comenta las asociaciones que hace el escritor en torno al zumbayllu que, aunque insólitas, […] tienen un sentido y una explicación. Responden a una visión mágica del mundo, visión que descubre relaciones subterráneas entre seres, cosas, valores del universo. Es este un conglomerado ebullente en el que cada aspecto se relaciona con los demás y con el todo, en el que la propia existencia es el resultado de una sutil pero copiosa correlación entre elementos aparentemente dispares, en el que, por último, nada existe por sí mismo, autárquicamente, sino como factor de síntesis cambiantes, inusuales e imprevisibles.[23] Añade que Arguedas acude al poder del discurso lírico, intensamente sugeridor, cuya naturaleza le permite fundar un sistema de comunicación sobre niveles muy altos de connotación y que le permite ofrecer al lector el máximo de información posible sobre un mundo para él indescifrable, en realidad casi “otro mundo” [y poner] en comunicación a dos universos distintos.[24]

Destacamos en esta revisión el análisis de religiosos católicos. La denominación de escritor religioso, surge de un creador laico, influido por la lectura de los ensayos de Gustavo Gutiérrez. El poeta cusqueño Washington Delgado lo llama así en un prólogo a ensayos del sacerdote dominico.[25] El poeta tiene el acierto de llamarle escritor religioso, independientemente de sus convicciones personales y añade que puede ser una religiosidad sin Dios, pero tiene un centro divino: la angustia íntima y el intenso amor al prójimo. Explica que un sacerdote posee la formación filosófica y teológica que le permite juzgar la creación poética arguediana desde un plano más elevado y premunidos de tres virtudes sabiduría, diligencia y amor. En esta corriente se inscriben los analistas religiosos. Son indicativos los títulos, inclusive compartidos, que los sacerdotes le dedican a sus estudios. Gustavo Gutiérrez: La luz que  nadie apagará; La universalidad del provinciano; Aquél que se reintegra; Idolatría y asesinato del pobre. José Trigo: Testigo del Perú; El mundo mágico; Lenguaje y cosmos; Conciencia mítica del mundo. José Luis Rouillón: Una gnosis serrana; Imagen inédita del mundo; Cosmos sagrado; La luz que nadie apagará; Aproximaciones al mito y al cristianismo en el último Arguedas. Ninguno de ellos lo configura como filósofo o demiurgo creador, simiente de una sociedad que construya liderazgo ideológico y político alternativo, sino pedernal útil en una sociedad siempre occidentalizada, necesitada de humanizarse con sus ideas.

José María en Ica, padrino del matrimonio de su amigo, el antropólogo cusqueño Gabriel Escobar. Fines de la década del 50. De los archivos de los hijos de Gabriel Escobar.

Gutiérrez, el más conocido de los tres sacerdotes citados, cuando afirma que Consolar es liberar, señala que los portadores de la consolación no pueden ser sino los que han sabido mantenerse limpios, y decimos mantenerse porque, […] la limpidez es un proceso personal y colectivo, en el que puede haber pasos atrás. Se trata de aquellos que han sabido afirmar su identidad, personal y como pueblo, negándose a la suciedad alienante. Son las mujeres y los hombres nuevos del Perú sin quienes no hay auténtica transformación histórica. Solo ellos podrán embarcarse con coherencia y con posibilidades de éxito en la “constitución social” del mito de una “fraternidad de los miserables”.  Esa es la tarea por emprender […] Esta, la liberación, se convierte así en el gran acto consolador que reclama “el Perú hirviente de estos días”.[26] Pedro Trigo muestra interés en el desarrollo del mito en Arguedas y explica que El contenido del mito es la trascendencia humana, la comunión, la constitución de un reino de la libertad en lucha contra el mal que nos acosa íntima y ambientalmente. Halla que el escritor efectúa una relación profunda entre la purificación interior y la revolución social porque el mundo tiene para él resonancias personales y la persona dimensiones cósmicas. Arguedas, señala, ha superado la dicotomía materialismo-idealismo, individuo-masa, hombre mundo. Su mito es la comunidad personalizante en comunión con la tierra. Mito es, pues, con otra palabra religión.[27] Hace una diferencia entre la magia que se desprende de los trabajos arguedianos con la oposición weberiana religión-magia.[28] Se acerca al escritor formulando varias preguntas, aún irresueltas, de gran incidencia en el diseño de una sociedad moderna asentada en el mito: Parecería, […] que el proceso de liberación estaría ligado al hombre mítico como sujeto histórico. Ahora bien, este hombre mítico, ¿estaría confinado a la sociedad tradicional de modo que el proceso de modernización provoque automáticamente su extensión? ¿o será capaz de meterse en ese proceso asimilando las cualidades de su contrario para vencerlo? […] En el caso de que hubiera capacidad para asimilar la técnica ¿esto provocaría automáticamente el desmoronamiento del hombre mítico y, por lo tanto, no la asimilación de su contrario, sino la transformación en él?[29] También J. L. Rouillon incide en el papel del mito en la obra de Arguedas. Señala que el escritor nos introduce en una manera notablemente distinta de conocer, a la que se suele llamar mítica. […] Y creo que Arguedas nos introduce insistentemente en ella.[30] Cuando se refiere a la  Conciencia mítica del mundo, señala que el escritor ha logrado plasmar una estructura de la realidad que bien puede ser característica del hombre de los Andes peruano. Esta reaparición del cosmos como una vida total, de la que el hombres y su historia es sólo una manifestación efímera, es uno de los síntomas de este renacimiento ‒a través del arte y la literatura‒ de la conciencia mística. “El hombre de la edad del  mito […] no ha tomado distancias con relación a las cosas…La división antropología-cosmología no tiene sentido más que para el observador moderno”. Ante el mundo a la medida del hombre, antropomorfo, de la cultura occidental, va lentamente surgiendo este otro mundo  ‒y el hombre en él ‒ sometido a las formas totales del cosmos. De acuerdo con las tradicionales concepciones que propugnan la unión de dos visiones del mundo, señala que No se trata ya de elegir entre ambas concepciones sino de saber integrarlas en una más auténtica visión de la realidad. […] Estas notas son apenas una introducción. Habría que establecer ahora las tensiones que se manifiestan en este mundo mítico de los Andes peruanos. Porque las presencias míticas están siempre imantadas formando bloques coherentes y antagónicos.[31]

Se observa una crítica reciente que encuentra una visión más compleja de la autoría de Arguedas que tiene el propósito de reivindicar una densidad filosófica y epistemológica de su obra.[32] No obstante, el renovador mensaje citado, los estudios apenas circundan la proximidad de este espacio. Julio Ortega, en una opinión semejante  sostiene, criticando la denominación de utopía arcaica que se le endosa al pensamiento arguediano,  que se trata del más serio intento de la cultura peruana por sumar una versión de alteridad humanizada. Esto es, de una utopía del discurso de las sumas de plenitud, donde la muerte ya no sea la contradicción de la vida, sino parte imbricada de su potencialidad creativa. Es, por eso, no una utopía formal y normativa sino una en construcción, como el diálogo mismo, abierta e indeterminada.[33] Ambas opiniones se elevan sobre un juicio tradicional de la obra del escritor y atisban un continente por abordar.

Las opiniones recogidas actúan en favor de una evaluación distinta de la obra de  Arguedas. Martín Lienhard, cercano a la potencialidad filosófica de la obra de José María, precisa que posee un lenguaje envolvente, que “hace sentir” un mundo como si se lo pudiera tocar con las manos. Este modo de concebir el lenguaje, muy antiguo, merece el calificativo de “mitológico” en la medida en que supone la convicción de una relación no problemática, univoca, entre la palabra y la cosa significada, típica de la enunciación de la palabra mítica.[34] Señala después que el intento de JMA de introducir en la literatura culta (escrita) y en castellano, elementos de saber mágico-mitológico, es un intento de contraataque, de recuperación del terreno cultural indígena perdido a favor de la cultura del invasor y de la escritura.[35] Esta afirmación  recupera con precisión el propósito de crear en el lector occidentalizado la conciencia de estar frente a saberes que no tienen ninguna desventaja epistemológica frente al saber foráneo.

Lo hicieron con el Inca Garcilaso, desposeyéndolo de su segundo apellido. No lo han podido hacer con Huaman Poma y Juan de Santa Cruz porque son demasiado indios para los propósitos que persiguen. El rostro de Arguedas en el oficial imaginario nacional es de superlativo héroe cultural, representante soterrado de la hegemónica vertiente criolla en el país de todas las sangres.  Este perfil es inexacto. Es necesario recuperar su dimensión india, de héroe de la resistencia cultural y étnica.

Dibujo de Dionisio Torres

Por otro lado, José María Arguedas es expresión singular del proyecto de Nación Andina, lejos de la arquetípica y monolítica concepción histórica de nación, que integre el archipiélago cultural que somos y se sume después a una integración de mayor alcance con países vecinos y hermanos. Sus ideas colaboran en el tránsito de la cosmovisión a la filosofía, de la sensibilidad y la sola espiritualidad a la construcción del sustento sólido de un nuevo Orden Andino. Estamos con él en el propósito de  convertir nuestro antiguo territorio en espacio de bienestar para todos y lograr que ningún ser humano viva sin discriminación y  duerma sin haber probado pan y nadie muera sin atención médica y sin haber logrado todos los sueños. El escritor es un destacado portador del mundo material y humano andinos que son la clave para una interpretación distinta del orden cósmico. Su obra y biografía nos muestra de manera cercana la espiritualidad andina que es necesario desarrollar y ponerla al servicio de una nueva cultura y una nueva civilización.


[1]Gustavo Flores Quelopana. Las filosofías marginadas. IIPCIAL. Fondo editorial. Lima, 2006. Pág. 43.

[2]En la revisión final del texto y de fuentes, hallamos con satisfacción el texto de Alberto Valdivia Baselli, “Los virajes del Quipu”, que recoge la opinión de  Walter Mignolo, que señala: “Hoy, cuando los movimientos sociales indígenas en las ex colonias españolas de las Américas reclaman derechos epistémicos (es decir, derechos a los principios de las políticas del conocimiento), debemos ver a Huaman Puma como los hombres del Renacimiento europeo veían a Aristóteles o como el pensamiento contemporáneo europeo mira a Kant.”

[3] Raúl Porras Barrenechea  lo denomina “reencarnación de la behetría anterior a los incas” y poseedor de “fragmentarismo e incoherencias de sus apuntes y sus lagunas mentales”. También de “escritor caótico, cuya exacta apreciación solo tienen derecho de hacer quienes hayan tenido la paciencia inenarrable de leerle.”  Ver: El cronista indio Felipe Huamán Poma de Ayala. Instituto Raúl Porras Barrenechea. Lima, 2012.

[4]Juan de Santa Cruz Pachacuti. Relación de Antigüedades de este Reino del Perú. Fondo de Cultura Económica. Lima, 1995. Pág. XI.

[5]Juan de Santa Cruz Pachacuti. Relación de Antigüedades de este Reino del Perú. Fondo de Cultura Económica. Lima, 1995. Pág. XIII.

[6]Sebastián Salazar Bondy. Arguedas: la novela social como creación verbal. Revista de la Universidad de México. Julio, 1965. Pág. 20.

[7]Rolena Adorno. La soledad común de Huaman Puna de Ayala y José María Arguedas. Syracuse University, 1983. Págs. 145 y 148.

[8]Antonio Cornejo Polar. Os universos narrativos de José María Arguedas.  Editorial Horizonte. Lima, 1997. Pág. 43.

[9] William Rowe. Ensayos arguedianos. SUR Casa de estudios del Socialismo. Lima, 1996. Págs. 29-30.

[10]William Rowe. Ensayos arguedianos. SUR Casa de estudios del Socialismo. Lima, 1996. Pág. 16.

[11]William Rowe. Ensayos arguedianos. SUR Casa de estudios del Socialismo. Lima, 1996. Pág. 147.

[12] William Rowe. Ensayos arguedianos. Sur Casa de estudios del socialismo. UNMASM. Lima, 1996.Pág. 16.

[13] Martin Lienhard. Cultura andina y forma novelesca. Zorros danzantes en la última novela de Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1990. Pág. 41.

[14]Martin Lienhard. Cultura andina y forma novelesca. Zorros danzantes en la última novela de Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1990. Pág. 119.

[15]Martin Lienhard. Cultura andina y forma novelesca. Zorros y danzantes en la última novela de Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1981.Pág. 175.

[16]Mario Vargas Llosa. La utopía arcaica. Fondo de Cultura Económica. México 1996. Pág. 174.

[17] Gustavo Gutiérrez. Entre las calandrias. Un ensayo sobre José María Arguedas. Biblioteca Nacional del Perú. Lima, 1990. Pág. 110.

[18]Felipe Guamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno II. Edición y prólogo de Franklin Pease G. Y. Fondo de Cultura Económica. Lima, 2008. Pág. 728.

[19] José María Arguedas. Formación de una cultura nacional indoamericana. Siglo XXI. México, 2006. Pág. X.

[20]Antonio Cornejo Polar. Los Universos Narrativos de José María Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1997. Pág. 24.

[21]Antonio Cornejo Polar. Los Universos Narrativos de José María Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1997. Pág. 75.

[22]Antonio Cornejo Polar. Los Universos Narrativos de José María Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1997. Pág. 88.

[23] Antonio Cornejo Polar. Los Universos Narrativos de José María Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1997. Pág. 93.

[24]Antonio Cornejo Polar. Los Universos Narrativos de José María Arguedas. Editorial Horizonte. Lima, 1997. Pág. 43.

[25]  Washington Delgado. En, Entre las calandrias. Gustavo Gutiérrez. Fondo editorial de la BNP. Lima, 1990. Pág. 23.

[26] Gustavo Gutiérrez. Entre las calandrias. Un ensayo sobre José María Arguedas. Biblioteca Nacional del Perú. Lima, 1990. Pág. 73.

[27] José Trigo. Mito, historia y religión. Centro de Estudios y Publicaciones. Lima, 1982. Pág. 27.

[28] Pedro Trigo. Arguedas, mito, historia y religión. Cep. Lima, 1982. Pág. 81.

[29] Pedro Trigo. Arguedas, mito, historia y religión. Cep. Lima, 1982. Pág. 33.

[30] José María Arguedas.  Cuentos olvidados y notas críticas a la obra de José María Arguedas por José Luis Rouillón.  Ediciones imágenes y letras, lima, 1973. Pág. 83.

[31] José María Arguedas.  Cuentos olvidados y notas críticas a la obra de José María Arguedas por José Luis Rouillon.  Ediciones imágenes y letras, lima, 1973. Pág. 98, 99.

[32]Cecilia Esparza y otros, editores. Arguedas: la dinámica de los encuentros culturales. Presentación. Fondo editorial PUCP. Tomo I. Lima, 2013. Pág. 14.

[33]Julio Ortega.  Itinerario de José María Arguedas. (Migración, peregrinaje y lenguaje en el Zorro de arriba y el zorro de abajo).  En José María Arguedas: hacia una poética migrante. Sergio Franco, editor. Pittsburgh, 2006. Pág. 100.

[34]Martin Lienhard. Cultura andina y forma novelesca. Zorros y danzantes en la última novela de Arguedas. Editorial Horizonte. 1981. Pág. 28.

[35]Martin Lienhard. Cultura andina y forma novelesca. Zorros y danzantes en la última novela de Arguedas. Editorial Horizonte. 1981. Pág. 42.

II. Los amores de Juan Rulfo

El encuentro con Clara Aparicio

Hay amores que iluminan la magra historia sentimental de quienes apenas alcanzamos a mirar desde la lejanía el universo de los quereres que trascienden décadas y centurias y permanecen para pervivir como esos faros costeros que guían la incertidumbre de los navegantes. Son de esa magnitud los hervores que aparecen entre las jóvenes siluetas de Clara Aparicio y Juan Rulfo que se conocieron porque algunos destinos están signados para unirse superando todas las distancias y obstáculos inventadas por los seres y la naturaleza. Este amor habita los espacios más intensos de la pasión y sirve de escala límite para mensurar los recorridos amorosos de todos los humanos. De tal magnitud son los enlaces que unieron a estos dos amantes. En esta pugna entre fuerzas naturales, la materia oscura fue desplazada por la materia Clara que hizo de vértebra fundamental en la unidad que alguna vez lo unió al escritor.

Cuando se conocieron él tenía 24 años y ella 13[1] y el escenario era Guadalajara.  Una reconocida biógrafa señala: Juan está exaltado. Ha visto a una niña que le gusta. Le gusta tanto que no puede dejar de mirarla y de seguirla a cierta distancia, discretamente. No sabe que tiene trece años, once menos que él. Como saberlo. Es una niña ya desarrollada, una adolescente con formas de mujer. Alta -para la media de la época-, de abundante cabellera oscura, armónica de facciones y de boca carnal. Un ángel con algo de diablillo. La mujercita perfecta.[2] Y algo fundamental para entender su intensa impresión al conocer a Clara: encuentra su rostro parecido al de su madre[3].

Es el joven Rulfo, que se enamoró de Clara Aparicio con una decision y seguridad que parecía sería eterna…

El nombre del escritor figuraba en las planillas del Estado mexicano como Carlos Juan Nepumeceno Pérez Rulfo Vizcaíno y había escrito algunos cuentos publicados en revistas financiadas por los propios autores y que después integrarían su libro de cuentos El llano en llamas. El galán había abandonado el D. F. para instalarse en Guadalajara; ocupa un discreto puesto de trabajo en la oficina de Migraciones de la Gobernación. Le han asignado la búsqueda de extranjeros indocumentados, nada  menos.

La mira pasar sin atreverse a vencer su timidez y dar unos pasos hacia ella; es consciente de la diferencia de edades y seguramente que también calibra las distancias sociales y económicas que los separan. Son realidades que Juan pondera y lo inducen a aguardar tres años para abordarla. Mientras tanto, ha verificado su domicilio, seguido sus huellas con dedicación y sigilo; siempre cauto, sopesando sus posibilidades de ser visto con interés por una niña-mujer que provenía de un hogar acomodado y ciertamente distante de la apurada vida del escritor. Para sus amigos, Juan no daba el tipo de pretendiente idóneo para Clara.  Para Jorge Acero, que lo acompañaba cuando observó a Clara por primera vez, ella era una real hembra.[4] Rulfo se abría paso con dificultad en una sociedad estamental y con pocas ventajas para seres que carecían de estudios universitarios y hogares solventes además de nulos contactos amicales. Huérfano temprano de padre y madre, recibía el apoyo de familiares para ubicarse en un mundo laboral que no poseía casillero idóneo para un joven  complejo, tímido, callado e introvertido, de espíritu soñador y romántico, carente de los perfiles que hacen a los varones monetariamente exitosos y solicitados por las damas.  

Hay dos versiones acerca del modo en que Rulfo se acercó a Clara. Su biógrafo oficial anota: Una mañana de 1944, Consuelo Reyes de Aparicio, madre de Clara, tomó sin querer la llamada del pretendiente Juan Rulfo. Él quería hablar con Clara, pero Clara ni lo conocía ni sabía quién era. Ante la insistencia de él Consuelo optó por decir que ella era Clara, así concordó una primera cita.[5]La versión paralela refiere que el encuentro se dio en un café de la ciudad. El año en ambas versiones es coincidente, 1944. En esta narración se ubica   Rulfo acercándose a Clara portando una  Antología de la poesía moderna española.[6]La asumimos como cierta por corresponder a la atmosfera rulfiana y porque el propio escritor lo precisa en una carta: ¿Por qué estaba tú allí ese día en el café Nápoles?, y ¿por qué estaba yo también allí? ¿Y qué cosa fue la que me hizo saber que aquella chiquilla tonta llegaría a hacerse algún día la mujercita en quien uno pondría todas sus confianzas y todos sus bienes y sus males, aunque solamente fuera mientras durara la vida? [7]

Cartas de amor, ejemplo de los límites que puede abarcar un sentimiento intenso…

Clara vaciló antes de recibir el regalo; después lo aceptó a él. Juan tuvo, desde el inicio de su gran gesta romántica, una gran aliada, la madre de Clara. Consuelo lo llamó después: Juan del alma.[8] La experimentada Consuelo supo ver que, detrás del serio rostro del pretendiente, anidaba un buen compañero y padre de los nietos que deseaba le entregara su hija. Es probable que sus consejos y  opiniones orientaron a la joven Clara para decantar su elección por el escritor. ¿Qué observó en él la hermosa jovencita asediada por pretendientes con aparentes superiores atributos que el tímido y discreto empleado perseguidor de foráneos indeseables? Las fotografías de aquellos años muestran un Rulfo optimista, más espontáneo y menos controlado que en su madurez, atildado en el vestir, observador acucioso y de maneras suaves y educadas, expresándose en frases cortas que dejaban traslucir extenso y profundo contenido. Los pretendientes de Clara seguramente superaban a Rulfo en apostura como en diplomas académicos y fortunas familiares, pero carecían, seguramente, de la sensibilidad extrema que lucía el sonrosado e inseguro varón conquistador. No necesitaba alardear de su sensibilidad, menos exhibirla para ser notoria; se manifestaba en largos silencios y en esa especie de halo de privacidad inexpugnable que lo rodeaba. También mostraba sosiego, quietud, estabilidad emocional, valores que las mujeres aprecian como parte de un proyecto de vida familiar que se desea sin sobresaltos inesperados.

Lo cierto es que la joven y emocionalmente sensata Clara, tuvo la mirada transparente para ubicar en los densos pliegues de la quieta personalidad del escritor el varón que poseía superiores condiciones que todos los demás galanes impetuosos. Imagino que no fue un destello inicial el que propició su decisión, sino la lenta evaluación de los atributos del joven candidato que impuso sus condiciones con tenacidad inquebrantable. No afirmo que se trató de una determinación surgida del frio cálculo de ventajas y desventajas; no, creo que se trató de un alumbramiento rápido en el primer encuentro; pero, ella acondicionó un tiempo para sopesar los latidos de una criatura que requería de espacio y horizontes para echarse a andar y recorrer la tierra. Es razón que explica que le impusiera a Juan una espera de tres años para formalizar el noviazgo, que se hace oficial en 1947.[9] En carta II Rulfo le dice: Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza.[10]

Es en esta época que el escritor empieza a usar el nombre que ahora es sinónimo de México y de su historia: Juan Rulfo. Lo usa para dejar sus señales en dos poemas en verso bíblico escritos en 1944 para impresionar a una jovencita con poco más de 16 años.[11]

Aire de las colinas

1948, se casan en Gudalajara, Juan Rulfo y Clara Aparicio…

Las cartas que escribió Rulfo para Clara suman ochenta y cuatro y  se inician en octubre de 1944 y culminan en diciembre de 1950 y atraviesan la ceremonia matrimonial de la pareja el 24 de abril de 1948, en Guadalajara. Se han escrito páginas extensas sobre ellas porque el universo de la correspondencia permite abordar variadas dimensiones del escritor. Los diálogos tocan temas de su niñez y orfandad, producción literaria, preocupaciones económicas, actividades intelectuales y sociales, la relación con algunos parientes. Muestran al Rulfo desprovisto del hermetismo que exhibió siempre en la vida pública, exento del cuidado que puso siempre para hablar de sí mismo y de su obra. Aquí haremos breves transcripciones y glosas del lugar sentimental, amoroso; mostraremos cortos párrafos del singular y particularmente intenso amor por Clara. Ignoro si los herederos de Rulfo tienen las cartas de respuesta. Es probable que sí las conserven. Conocerlas nos permitiría invadir el fulgor amoroso de la compañera, explicarnos la tesitura femenina que provocó en Rulfo su apasionado estallido sentimental. Lo cierto es que esa especie de detonación le posibilitó al escritor elevar su creatividad natural hasta las alturas donde se ubicó Comala y Pedro Páramo y también le proveyó de un refugio hogareño que suplió con eficacia la profunda melancolía que acuñó Rulfo ante la ausencia de un hogar para crecer y desarrollarse. Con Clara como compañera se pudo ubicar de un modo menos conflictivo en el escabroso mundo urbano de su país y soportar con mejor talante las punzantes adversidades de su biografía. Sin duda que, detrás de su obra, se halla su rostro iluminando el complejo universo narrativo que supo inventar. Cuando un escritor o artista carece de un motivo para organizar y encauzar su creación, entonces su obra languidece en el territorio de lo inasible, en el estéril campo de lo no alumbrado. 

Clara Aparicio retratada por Juan Rulfo. Belleza y quietud…

Leer las cartas me producen siempre un aire de las colinas;  acertado el subtítulo de algunas ediciones de la correspondencia, extraído de un párrafo de la carta XVIII; partes extensas de su contenido es poesía en prosa, versos de amor pleno; abarca todos los intersticios que componen este sentimiento, y lo hace de un modo que nos eleva hasta los confines más altos que abriga un ser humano por otro y rectifica ideas equivocadas de lo que debe ser el amor. Con Rulfo escribiendo a Clara comprendemos la inexistencia de límites para expresar entrega incondicional, conocemos el significado de ruptura de nuestra zona personal de confort y seguridad para vivir experiencias entrelazando biografías al punto de extinguir las fronteras del ser individual para mimetizarse en el ser amado. Después de su lectura toda otra correspondencia amorosa queda mellada, disminuida. Hallamos contenidos y sentimientos semejantes en las cartas que escribió José María Arguedas a Vilma Ponce y a Sybila Arredondo y las que cursó Franz Kafka a Milena Jesenská. Ambos escritores parecen nutrirse de un brote particular de sentimientos. En todos ellos se observa la agonía que provoca el amor que, cuando es cierto y auténtico, parece nacer en un campo santo. Mi juicio está influido, debo admitir, por el fervor que profeso a estos autores a quienes leo con particular emoción, pero también me oriento por opiniones recogidas en textos y fuentes que señalan que amaban pertrechados con las armas que provienen de la tierra y de venas desnudas de ropaje.

La primera carta contiene párrafos que son una exacta muestra de lo afirmado. Dice, Clara: corazón, rosa, amor…Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. En un conjuro de comparaciones equipara naturaleza, humanidad y amor y los lleva al ámbito del sufrimiento, tan cercano a la personalidad del creador. Finalmente evade la sangre y las heridas y la propia muerte al amparo de su claridad esclarecida. En la carta III hallamos oraciones que nos explican el profundo apoyo anímico y moral que recibía de su amada para superar las carencias afectivas y la inseguridad que no dejó de acompañarlo en gran parte de su biografía. Perdóname, le dice, si yo he exigido mucho de ti, quizá demasiado, que haya querido que tu corazón palpitara fuera de tiempo, como yo hago con el mío; pero yo soy un desequilibrado de amor y tú no, ahora lo sé y también que por eso me gustas así, porque eres como la brisa suave de una noche tranquila. Es precisamente por esto que yo anduve buscando y me metí en tantos trabajos para dar contigo porque sabía que, ya conociéndote, podía contarte las cosas que le dolían a mi alma y tú me darías el remedio. Rulfo había construido una imagen de la persona que recibiría el caudal amoroso cultivado en años de soledad y continencia. Sabía cómo debía ser aquella mujer que haría posible horadar el robusto muro que resguardaba su caudal amatorio. No lo entregaría a quien no reuniera todas las características que había imaginado en prolongadas jornadas de angustia, heridas por la ausencia de amor en su existencia. Sería errado afirmar que se trataba de un listado de preferencias semejante a  un índice de exigencias inalterables. Se trataba, muchas de ellas, de una sucesión de emociones irracionales, un estado del alma que sabe reconocer de inmediato cuando un espíritu afín se asoma ante nuestra mirada y llena cada uno de los espacios que se tenían dispuestos para ser ocupados con naturalidad por aquél rostro que se aguardaba con paciencia. Es lo que  menciona Rulfo cuando reseña sus andanzas para encontrarla y formula su certeza de haber hallado la compañía que le hacía falta para contar sus desesperanzas. De eso trata el amor, finalmente, hallar el eco que se busca, reconocible y audible con nitidez, no precisamente para enumerar  nuestras alegrías, que siempre se difunden y disipan solas, sino las insondables oscuridades que asedian nuestra humanidad.

Biografía equilibrada e informada.

En la carta IV refiere a su madre: Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ellas es Clara Aparicio, alguien a quien tu conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mi vivir sin ese cariño que tiene ella guardado en su corazón. Mi madre se llamaba María Vizcaino y estaba llena de bondad, tanta, que su corazón no resistió aquella carga y reventó. No, no es fácil querer mucho. Aquí se dirige a Clara en tercera persona para subrayar la dimensión que ha alcanzado en su vida, propia de alguien a quien no es posible tutear sin perjudicar la distancia de respeto y amor construido; alguien que ha alcanzado el estatus de su propia madre. Señala al finalizar, ya con una cercanía manifiesta, querer mucho no es fácil, por lo difícil que ha sido extender su cariño sin tener  a quién, antes de hallarla. Difícil para una personalidad compleja encontrar el alma complementaria, el espíritu afín que ocupe los vacíos largamente solitarios.

En la carta XI tocan un tema que después de algunos años se convertirá en una realidad difícilmente manejable: su vinculación con el alcohol. Menciona: Yo me he portado bien. No me he emborrachado y siempre que se trata de caminar camino derecho. No he dicho sino unas cuantas malas palabras; la gente con quien estoy no se presta para decir malas palabras. […] Tú me has hecho mucha falta…me sigues haciendo falta…me seguirás haciendo falta. Biógrafos no ligados a la fundación Rulfo, señalan los prolongados y complicados años en que el escritor fue asediado por su dipsomanía. La pudo vencer finalmente, pero el costo que le infligió a su relación con Clara parece que fue muy alta.

Es posible demorar en cada párrafo o verso en prosa, cada una de ellas posee contendidos que no pueden ser interpretados sin provocar distanciarse del espíritu que los reviste, plenos de intenso amor y cariño por Clara y llenos de ilusiones por el hogar que están iniciando. Intenso sentimiento dichos en coloquiales maneras, mostrando diversas facetas de la riqueza sentimental que poseía Rulfo para entregarla a su amada. El único modo de beber de esa fuente es acercándose a sus inmediaciones y recibir de su aliento. Detengámonos en dos cartas adicionales. La XXXVI menciona:  Yo solo sé reírme. No, ya ni aquellos pujidos que yo daba en lugar de risa, no los doy ya. Pero yo creo que con el tiempo volverán, volverán en cuanto te vea y me dé cuenta de que eres tú la causa de que yo haya vuelto a conocer la alegría. Claris, pequeñita. De nuevo aquí la posición de hombre con mayor experiencia que su amada; ubicación que no lo exime de someterse al  influjo que Clara ha asperjado en su existencia. En 1958, en la última carta, la LXXXIV, señala, ¡Yo te amo! En el cáliz. En la aurora. Debajo del Septentrión más absoluto. Allí donde la soledad une a los hombres. Allí te amé. Allí encontré tu imagen. Allí te dije: “esto es lo ha estado esperando mi esperanza” … Y me entregué. Es cierto, y lo dice con elocuencia, Rulfo se entregó al amor de la única manera posible para él, con entera voluntad de entregar a Clara toda su libertad, del modo en que el amor provee de cerco perimetral y sometimiento, donando al mismo tiempo alas para volar lejano, para crear, para ser uno mismo. Se extravía la libertad para reconquistarla entre cuatro manos y dos corazones. Y aquí no pueden mediar cálculos de cercanía o de miradas presenciales; el amor, si es amor, no se calcula por esos medios. Rulfo amó a Clara desde la distancia y desde el minuto inicial.

Fotografiado por Daysi Ascher

La vida familiar

Poco se sabe del desenvolvimiento del hogar Rulfo Aparicio. Hay hermeticidad en la información y lo que se conoce son detalles sobre las ocupaciones profesionales de Rulfo, sus continuos cambios de residencia, primeras publicaciones, el éxito de El llano en llamas y Pedro Páramo, que empezó con lentitud y luego reprodujo una avalancha de reconocimientos internacionales, y luego nacionales. Poco sabemos de las vinculaciones que construyeron Clara y Juan resguardados por los muros hogareños. Estrecheces económicas, dificultades para el pago de los colegios de los hijos, mezquindad nacional para reconocer a la obra de un creador excepcional, son aspectos que vertebraron la vida familiar y que pueden ser captados con facilidad cuando se observan los predios rulfianos sin forzar la acuciosidad.

Entre todos los elementos que establecieron las fronteras de la familia Rulfo-Aparicio surge un elemento que orienta bien la interpretación de las dificultades que aparecieron en aquellos años. Hablamos de su adicción al alcohol. El biógrafo oficial apenas hace referencia al hecho. Señala A. Vital: La época fue difícil. Mas o menos entre 1955 y 1962 don Juan tuvo varias enfermedades y dolencias en parte por efecto del consumo de bebidas y en parte por períodos de desánimo que tenían todas las características de una fuerte gripa y que lo obligaban a recluirse. Con personas cercanas a él, Rulfo hablaba del tema de la depresión, que se volvió recurrente; dos o tres veces al año el autor permanecía enclaustrado, sin rasurarse, durante un par de semanas. Hacía largas llamadas telefónicas y hablaba de todos los asuntos posibles como una forma inconsciente de terapia.[12] Críptica, sin duda, la manera de referirse a un problema de profunda significación para Rulfo y su familia y que era un hecho conocido por amigos cercanos  y de dominio público en los medios literarios de la capital mexicana. Nos alcanza una referencia importante la descripción: ubicar los años problemáticos y especular que el enclaustramiento descrito se trataba en verdad de visitas a sanatorios en quienes la familia, y quizá el propio escritor, cifraba esperanzas para superar la adicción. Sin embargo, todo  indica que el inicio del problema se remonta a algunos años atrás.

Reitero el significado de estas reflexiones: hallar pistas para comprender el proceso de deterioro que sufrió el amor por Clara Aparicio y la influencia que tuvo en su larga aridez literaria. Son temas que, considero, están imbricados y proporcionan luces para entender el delgado y oculto sendero que caminó Rulfo para llegar al amor nuevo de sus años finales.

Veamos lo que menciona Sara Roffé. La tendencia del escritor a buscar refugio en el alcohol, según comentó su amigo Fernando Benítez, se inicia en la década de los cuarenta, en esos “años tristes de archivos migratorios donde los expedientes aparecían y desaparecían mediante cohechos y trampas”. Rulfo comenzó  a beber para escapar del mundo asfixiante y sórdido que lo oprimía”. Pero su alcoholismo se fue agudizando al frecuentar de pleno, después de la publicación de su primer libro, el ambiente artístico y bohemios de la capital azteca.[13] Juan José Arreola sitúa la etapa conflictiva en los cincuenta. Señala la biógrafa que Juan Carlos Onetti contó que “Rulfo se emborrachaba y lo encontraban en la calle desnudo porque la chusma pordiosera le robaba todo”. Otro amigo, Federico Campbell, señala que entre 1960 y 1965 es cuando empieza su alejamiento del alcohol, que le permitió superar el umbral oscuro en el que había estado sumido por no menos de quince años. Ocurre luego de una temporada de terapia en el sanatorio llamado La Floresta. Volvió, se señala, transformado y con cierto desdén por la literatura. No podemos dejar de asociar su esterilidad literaria a la desaparición del estimulo que significaba par él, el uso del alcohol para crear.  

Biografía útil pero demasiado oficialista…. preocupada
por ocultar las rulfianas zonas oscuras...

Enrevesado establecer relaciones entre los hechos descritos y la aparición del nuevo amor en la vida de Rulfo, difícil también tejer especulaciones que nos expliquen nexos objetivos con su prolongada decisión de no volver a publicar después de Pedro Páramo y el Llano en llamas. Formularse preguntas es más sencillo. ¿Necesitaba beber Rulfo para escribir?, ¿su adicción se originó cuando empezó su vida matrimonial? Si observamos los datos cronológicos, así ocurrió, entonces ¿qué papel desempeñó Clara y el amor que los unía en este escenario en donde concurrían la dura y solitaria infancia de Rulfo, las dificultades económicas? Separaba, sabemos, su vida íntima familiar, personal, de su vida de escritor,[14]Jorge Ruffinelli, amigo cercano, señala que no obstante haberlo visitado varias veces en su vivienda nunca conoció a su esposa ni a sus hijos[15]. Mempo Giardinelli, refiere que más de una vez explicó su malhumor refiriéndose al infierno que era su vida familiar, o al menos conyugal, e  inmediatamente cambiaba de tema. Era un hombre, en cierto modo, resignado a su desdicha personal. Alguna vez le pregunté por qué no se iba de la casa. Me contestó que no, que ya estaba grande, viejo, y añadió algo importante: “no tengo derecho, a mí me aguantaron lo peor”. Y es que yo conocí a Juan cuando él ya no bebía.[16] Lo peor que la familia aguantó fue sin duda su adicción, fuente de tensiones extremas y dolores invaluables para las personas cercanas al adicto. El pagó ese sacrificio de Clara con la renuncia a abandonarla.

He aprendido que la evaluación de una personalidad y de las decisiones que emanan de ella, se hacen más simples y acertadas si se parte de un auto análisis y si nos preguntamos por las conductas y decisiones que adoptaríamos de hallarnos en situación semejante. Es la idea que encierra el difunfido: conócete a ti mismo y…Es claro que se trata de una opción que requiere de capacidad para inventar y penetrar con precisión en los duros muros de la mente y exige superar la ineficiente inventiva y limitaciones que surgen a la hora de asumir conductas que son vedadas para seres que carecemos de la complejidad de un Juan Rulfo; pero, son desafíos que hay que asumir. Es lo que hay para analizar y exige sumar también las páginas de investigadores que nos proporcionan certezas; no hay senda más apropiada. En esta ruta, por la que transita un creador literario, preguntamos: ¿Cuánto tiempo se puede separar en un hogar la vida pública y privada, cómo armonizar el bullicio de la calle con el silencio hogareño?, ¿al ingresar a su vivienda se despoja el escritor de sus capacidades para inventar mundos, deviene en un ser de ficción? ¿Cuánto daña una relación no compartir con la pareja aspectos de raigal importancia, como es comentar una conferencia, discutir el contenido de un libro y los caminos que se van haciendo para edificar un texto, o las discusiones literarias que acaba de ocurrir en el café con los amigos? ¿Cuánto tiempo se mantiene incólume el prístino amor de los inicios en medio de la destructora presencia de una adicción corrosiva?, ¿en qué tiempo se deja de ver con admiración y simpatía la personalidad oscura del ser amado, aquella que sirvió para enamorar y que encandiló a una sencilla y angelical señorita de hogar solvente, y que, pasada la novedad intrigante, se convierte en inaceptables disturbios de la personalidad?

Vemos de qué manera inclusive los amores incandescentes de Clara y Juan se desgasta, corroe, se diluye, se transforma en medianía, hartazgo, soledad en compañía; aún la lava ardiente que unió a esa pareja ejemplar se solidifica y enfría para dar paso a una edificación oscura, sólida sí, pero inevitablemente nocturna.

Mirada honda, acumulacion de dolor, hastío, orgullo de lo dificilmente conseguido…

Concluyamos estos párrafos especulativos relatando un diálogo que sostuvo Rulfo con la escritora mexicana Elena Poniatowska. Ella le hace notar que trata muy mal a las mujeres en sus escritos y le señala la visión negativa sobre el vínculo entre los sexos que se percibe en su obra […] La respuesta, en clave de humor, fue que para él las mujeres son “redondas”, porque “no tienen esquinas y no hay por dónde agarrarlas”. Luego, ya sin chiste, añadió: “A mi me gusta mucho la mujer pero me gusta más como amiga y compañera que como esposa, porque el matrimonio es una atadura y desde el momento en que es una atadura deja de funcionar”[17] Se trata de una descripción que pretende generalizar su opinión y encubrir su propia realidad familiar; no, no logra disimular que habla de su propio hogar. Sí, es probable que, en los últimos largos años, su vida familiar haya sido un lugar inservible para la creación y el buen vivir. Seguramente toda esa realidad angustiante tuvo un respiro, un lugar para habitar de nuevo la felicidad extraviada, cuando conoció a una mujer que le trastocó su existencia.

Aquella mujer joven  

¿Cómo era visto el Rulfo maduro por las mujeres, cómo lucía cuando se atrevió a detener su mirada en esa joven argentina? Margo Glantz, escritora mexicana lo describe: Era guapo, de una manera extraña de serlo, con una mirada borrosa y dulce, también triste, amarrada, medio maligna, como si sólo tuviese vida por dentro, como si estuviera por encima del tiempo, tiempo que sólo se marcaba  preciso en las dos líneas que le acuchillaban la frente, líneas que se fueron hundiendo cada vez más a medida que pasaban los años; sus cejas gruesas, delineadas y la derecha levantada como estuviese siempre asombrado o preguntándose algo, el pelo lo tenía ondulado, las orejas bien hechas, los labios finos.[18]Ángeles Mastreta, también escritora, alumna suya en el Centro Mexicano de Escritores, lo recuerda: Muy tímido […] No era seductor. Se dejaba estar […] caminaba en silencio, tenía los ojos tristes y las manos trémulas. Añade: Supongo que le dolía vivir. Aunque estaba seguro de que vivir también era una fiesta. Solía reírse como de lado, como quien sella su risa con ironía. Era entrañable. Era guapo. Había que verlo ir por el mundo para creer que era real.[19] Ambos testimonios coinciden en mencionar que era guapo. Y seguro que así lo vio también aquella joven alumna que asistió a su conferencia sin premeditar que arribaba a un espacio del que saldría acompañada para siempre.  Rulfo no sólo era guapo, lo envolvía también, claro está, el aura de fama, y de rareza, ser especial y distinto; elementos que, sin duda, cercaron la imaginación y los sentimientos de la joven universitaria al verlo disertar frente a ella. Imagino que él fijó su mirada en la extraña belleza que descubrió de pronto entre los variados rostros que lo escuchaban. Descubrió que Susana San Juan estaba frente a él y lo miraba. 

Rulfo buscaba la compañía femenina y joven, la otra, la que contenía años de experiencia, le fastidiaba. La escritora Beatriz Espejo recuerda que solía cortejarlo una mujer madura; Rulfo la veía venir y comentaba con un gesto muy suyo, medio de asco, medio de horror: “allí está otra vez. Siéntate a mi derecha para ver si se va la vieja”[20]. A pesar de sus años y de su afán inquebrantable por elegir la soledad y la inacción, Rulfo era joven, siempre joven. El diálogo que sostiene con su amigo, cuatro días antes de fallecer, y que lo veremos más adelante, así lo atestiguan.

Es el Rulfo que conocio a la joven mujer argentina…

Sus amigos de tertulias de café señalan la existencia de anteriores amores furtivos.  Federico Campbell confiesa con pudorosos rodeos que “algún amor sí tuvo, una novia por ahí, una ilusión”[21] Eric Nepomuceno relata: […] quería demostrarse que existía otro mundo, otra vida, en la que él vivía todo lo que no vivía en lo cotidiano. Siento que son historias que no puedo revelar, sería como traicionarlo. Historias desgarradoras, frágiles, imposibles. Pero bueno, ya se ha dicho que existió alguien en su vida[22].

Un adicional nombre femenino: la joven fotógrafa Daysi Ascher menciona: Mi afinidad con el escritor fue tan grande que nos empezamos a ver todos los días, a dar paseos por los parques de México. La simpatía de Rulfo para conmigo era ilimitada.[23] De esta vinculación surgió un álbum de fotografías con imágenes de un Rulfo extraño y perturbador. Se trata de una cercanía que muestra al escritor creando un  mundo paralelo a su hogar, alejado de sus compromisos familiares, sin vínculo alguno con las personas que habitaban su vivienda. Secreto, diría mejor. Acompañar a una joven fotógrafa por calles y parques, visitar con ella estudios fotográficos durante tres meses no es un acto reñido con ninguna escala de moralidad, pero sí nos hacen comprender la búsqueda intensa que hacía Rulfo por hallar un lugar donde acoderar su ilimitado mundo interior, su amor, sus deseos de cruzarse con una voz y compañía que lo haga sentir de nuevo integrado, humano.

Fue una búsqueda que la halló en Argentina, en una muchacha que hasta hoy permanece en el más absoluto anonimato. Refiriéndose a esta relación,  su gran amigo Mempo Giardinelli señala que Rulfo amó con juvenil ardor hasta sus últimos minutos, protagonista de una bellísima historia de amor de la que fui testigo y mensajero y que debe permanecer, todavía, en el silencio. Añade, cuidadoso: Quizá sea éste el tiempo de romperlo.[24]

La conoció en un ambiente académico, impartiendo una charla en la Universidad Nacional de Tucumán. Debió ocurrir antes de 1979 época en la que ya había sobrepasado su sexta década. Giardinelli señala que  la muchacha, por lo menos,  era veinticinco o treinta años más joven. La pudo conocer años después de iniciado el romance de Rulfo con la joven tucumana. Fue en abril de 1984, cuando regresó a la Argentina después de su exilio en México. En cuanto Juan supo de su viaje le solicitó que oficiara de correo. Le recomendó la más absoluta discreción y recibió un sobre grueso que debía entregarle a la muchacha.[25] Ella se acercó a recibir el encargo y le entregó otro sobre cerrado y grueso, para Juan. Así fue cómo se convirtió Giardinelli en correo del romance. Los amigos cercanos nunca hablaban de ella,  pero todos sabían que existía. Conocían, además, de la demasiado evidente distancia conyugal.[26] que se situaba detrás de este romance.

La relación hizo que Rulfo realizara frecuentes viajes a Buenos Aires, en alguna oportunidad de incógnito. Era un secreto no tan bien guardado, como vemos. Permitir que los amigos conocieran de su relación era, probablemente, una manera de mostrar interioridades que lo dibujaran de manera distinta ante los ojos amicales; explicar que su astenia no le impedía hallar un lugar donde floreciera de verdad lo más recóndito que poseía: su capacidad de inventar mundos donde el amor fuera el único habitante.

La joven fue extremadamente cuidadosa y discreta y guarda toda la correspondencia mantenida con Rulfo en lugar secreto. Giardinelli apunta que, en 1997, diez años después de la ausencia de Juan, la joven le consultó sobre qué hacer con la correspondencia. La respuesta que recibió fue: no hagas nada por el momento. Estuvieron de acuerdo en que Juan no hubiera aprobado jamás el uso oportunista de sus textos, literarios o epistolares[27]. Ella se dedicaba a la docencia y a la traducción; estudiaba una lengua oriental y trabajaba por un sueldo en una empresa de exportaciones y por vocación en una escuela de lenguas.

El mito femenino en la literatura de Rulfo: Susana San Juan – Revista Soma
¿Esta imegen, con licencia cinematográfica, reproduce bien a Susana San Juan? No lo sabemos, quizá sus labios, su cabellera. Cuando conozcamos al joven amor argentino, lo sabremos…

Según la descripción de Giardinelli, era –y lo seguía siendo la última vez que la vi, en 1998 – una mujer delgada, menuda y suave, de pelo y ojos negros, de rostro fino y piel trigueña, no es una mujer impactantemente bella, pero lo que atrae y encanta es su serenidad y trato delicado. Su voz es casi imperceptible y su sonrisa, leve y preciosa. Exactamente la clase de mujer que podía enamorar a Juan, y sobre todo al Juan que yo conocí: un hombre en el ocaso de su vida, trajinado pero no vencido, tremendamente necesitado de afectos pero absolutamente incapaz de pedirlos. A Juan había que quererlo con mucha calma, serenamente, comprendiéndolo en su orfandad afectiva antes que exigiéndole que cumpliera roles sociales que él jamás cumplió. Y esta muchacha cumplió a la perfección ese papel: lo quiso sin pedirle nada a cambio, sin esperar ni exigirle nada. Siempre tuvo – me parece, como me pareció desde la primera vez que la vi – un aire a Susana San Juan.[28]

Cuando Rulfo recorría los últimos días de su vida, Giardinelli le alcanzó en su lecho de enfermo una carta de la joven. Describe así el momento: Se lo entregué cuando nos quedamos solos en la habitación […] Él estaba ansioso por mi visita, porque sabía que le llevaba una carta de su amiga […] en un momento le pasé la carta y él la escondió debajo de las sabanas. Recuerdo perfectamente que le ofrecí que la leyera y me la devolviese, para no tener que esconderla con riesgo. Me dijo que no fuera pendejo, que el sabía lo que hacía y que pensaba destruirla[29]. Es el joven Rulfo, cuatro días antes de ausentarse, flameando alto su lozania espiritual. Dispuesto a seguir amando hasta el final. Seguro que su último pensamiento fue para aquella joven mujer.

A fines de los años ochenta, después de la muerte de Juan, la joven argentina se radicó en Madrid. En esa ciudad debe continuar viviendo hasta hoy. Esperamos leer en algún momento cercano las cartas que se cursaron. Sí, espero vivir para compartir con Rulfo similar emoción.

En correrias por las redes hallo esta tarjeta postal escrita por Rulfo. Dice así la leyenda: » Cortesía Biblioteca Nacional de España. Carta y tarjeta postal de Juan Rulfo a Liliana Frieiro Bonzoni (1983). Cartas del escritor mexicano durante su estancia en Argentina, escritas a sus amigos y a su más apasionado amor, Liliana.» No hay mayor desarrollo en la presentacion. Quizá sea una huella a seguir…

Un tema final: Susana San Juan. La creación de Rulfo, ¿fue la imagen de mujer que siempre anheló tener a su lado? El parecido que encuentra el amigo entre la muchacha que amó a Rulfo en secreto y Susana San Juan no parece emerger de una apreciacion personal solamente, es probable que su origen sea una revelacion del propio Rulfo. La entrevista que le hace Sylvia Fuentes al escritor en 1985, un año antes de su desaparición, nos permite atisbar la poca continencia de Rulfo para hablar del realismo mágico que cobija esta historia de amor.

Susana San Juan, el mito femenino…Rulfo la describio antes de
co nocerla

Fuentes: ¿Susana San Juan siempre vuelve?

Rulfo: Susana San Juan existe.

Fuentes: ¿Dónde está?

Rulfo: Pues por ahí, perdida en algún lugar del mundo.

Fuentes: ¿Pero no baja a tierra?

Rulfo: No, está viva.

Fuentes: Que tú la conoces y está viva.

Rulfo: La conozco.

Fuentes:  Y que la ves.

Rulfo: La veo, sí.

Fuentes: ¿Es muy bella?

Rulfo: Es hermosa, no es bella, es hermosa.

Fuentes: ¿O no se deja contigo tampoco?

Rulfo: Pues será mi edad, ¿no? Ya me llegó la antigüedad, como tú sabes.

Fuentes: Pedro Paramo la esperó.

Rulfo: Sí, la esperó, pero cuando la encontró estaba loca.

Fuentes: ¿Y la tuya, tu Susana, no está loca?

Rulfo: No, no está loca, pero es inaccesible.

Fuentes: ¿Y la buscas?

Rulfo: La busco, sí. La he ido a ver y ella ha venido a verme.

Fuentes: ¿Entonces, no es un nombre inventado?

Rulfo: No, existe. Bueno, el nombre, en el libro, sí. Yo la encontré después.

Fuentes: Estas diciéndonos secretos.

Rulfo: Sí, estoy diciendo unos secretos que no debería decírselos a nadie. Considero que esta mujer ideal que busca el hombre si existe; a la larga se la puede encontrar. Yo la encontré.

Fuentes: ¿Y es necesaria?

Rulfo: Sí, porque lo estimula a uno le da a uno cierta vitalidad.

Ninguna duda conservo, al escuchar la perezosa voz de Rulfo, que el pensaba en la muchacha que amaba cuando respondía las preguntas. Habla de ella en este corto diálogo; pudo hallar, por fin, al final de su existencia, el amor que siempre buscó y la plenitud y lo proclamó sin tapujos. No afirmo que el amor por Clara fuera ficticio, lo edificó, sin duda, es parte de una porción decisiva de su existencia. Fue un amor cierto, inimitable; pero, la erupción que brotó en su década final fue la acumulación de toda su integral humanidad y sólo puede compararse con el amor que Pedro Páramo le entregó a Susana San Juan. Estoy incapacitado para dejar de alegrarme por esta experiencia, a veces hay que rendirse al amor, por encima de consideraciones legales, moralistas y éticas. Es un sentimiento que no posee lugar para tales convenciones. Y hay mujeres que cobijan bien el amor de hombres como Rulfo.

Rulfo y sus cruces. Fotografía de Daysi Ascher...su mejor intérprete…

[1] Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 12.

[2]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 71.

[3]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 72.

[4]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[5]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 159.

[6] Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[7]Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 75.

[8]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[9]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[10] Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 23.

[11]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 161.

[12]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 276.

[13]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 149, 150.

[14]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[15]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[16]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[17]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 210.

[18]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 248.

[19]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 250, 251.

[20]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 213.

[21]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 214.

[22]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 214.

[23]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 211.

[24] Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 216.

[25]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 216.

[26]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 217.

[27]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 218.

[28]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 219.

[29]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 218.

La cama del Libertador. Cuento

Largos meses nos mantuvimos vinculados a su restauración. Angostas bayetas esfumaban la febril actividad que había en el interior de la casona. Con regularidad orientábamos nuestras caminatas hacia su fachada para detenernos en la vereda vecina y observar los cambios que se filtraban a través de las telas. Eran minutos que se vinculaban con mis horas de borronear planos y elaborar maquetas de  viejos patios y zaguanes.

Los trabajos culminaban y pensamos que era momento de dar una mirada a su interior. Burlamos la distraída vigilancia y nos escurrimos entre los andamios y los pintores que cubrían de blanco la fachada. Superamos con rapidez los desechos y traspusimos un corredor de techo abovedado que nos condujo a un espacioso patio rodeado de arcos y columnas de piedra. Obreros paseaban sus coloridos cascos de protección trasladando materiales y herramientas. Un amplio balcón protegía el  segundo nivel coronando el cuadrado; sus balaustres y barandillas azul añil se terminaban de instalar. Las sombras adheridas a las paredes, los vanos y los pórticos sin terminar nos produjeron la sensación de asistir a los remotos orígenes de la mansión.

Groseras interjecciones y silbidos se mezclaban con nuestro presuroso recorrido. Tomamos con rapidez el piso superior y caminamos dilatados salones de techo alto que se comunicaban con el balcón a través de macizas puertas coloniales que empezaban a teñirse del azul de los balaustres. Alertado por el ruido y el desorden provocado por Morelia y su vestido diminuto, el ingeniero apenas demoró unos minutos en hallarnos. Nos indicó cordial que habíamos transgredido las normas de acceso y nos condujo sonriente hacia la puerta de salida. Mirando sin disimulo las piernas de Morelia que caminaban unos pasos adelante, explicó algunos detalles de la obra y nos indicó la cercana fecha de su inauguración.

En un instante, cerca del muro exterior, caminando sobre las sombras de las columnas, Morelia depositó su pañuelo en una mezcla de piedra menuda y cemento que iba hacia los encofrados. Observé la pequeña seda apartándose de sus dedos viajando como una estrella desprendida del cielo.

La edificación se levantaba en una esquina, a unos pasos de la plaza mayor y del cabildo. Antiguos cimientos de piedra inca sostenían sus muros coloniales. Arcos de medio punto de ladrillo terracota rodeaban su perímetro; uno de ellos, de desigual envergadura le otorgaba a su cara principal características moriscas. Desde sus ventanas se observaban extendidos techos de teja, cúpulas de iglesias próximas y se distinguían los perfiles de la María Angola confinada en la torre del evangelio de la Catedral. Alejándonos, observando la fachada nos imaginamos al joven Garcilaso, camino a España, dejando una mirada final en la casona; su hogar hasta entonces.

Volvimos cuando sus puertas se abrieron al público. La placa de bronce en lugar visible, los colores terminados y la reluciente techumbre roja, señalaban diferencias con nuestra anterior visita. Turistas distraídos con chillonas vestimentas recorrían sus instalaciones observando armaduras, aguamaniles, mosquetes, muebles antiguos, incunables, esbeltos ángeles con espadas rectilíneas iniciando vuelos imposibles distribuidos en los salones del primer nivel. En los espacios que dejaban libres las ventanas colgaban oscuros cuadros coloniales con sonrosados españoles de hábito o golilla. Los observábamos con lentitud, sin tiempo.

Saliendo de una escalera helicoidal de piedra ingresamos al piso superior. Ingresamos por la primera puerta y se abrió ante nosotros un salón espacioso, con ventanas colindantes con la calle Heladeros. Piso de anchas tablas bañadas en petróleo, dos alfombras de época acortaban sus dimensiones. Nos detuvimos a unos pasos de la entrada, cautivados por la visión del reluciente madero que lucía una señal: Aquí durmió Bolívar a su paso por el Cusco. Dominaba el espacio, brillando con el sol que atravesaba las ventanas. Cabecera alta de madera esculpida bañada en pan de oro; dosel elevado erguido sobre cuatro pilastras redondas talladas, cubría la parte superior. Se asemejaba a una invicta carabela de fatigado velamen acoderada en dársena transitoria. Meció sus arboladuras al vaivén de dos intrusos que encaminaban sus pasos titubeantes hacia los sueños y amores del Libertador. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, yacía magro y relajado; sobre su regazo la desnudez quieta e indefensa de la Mariscala sometida al embrujo varonil del pequeño gigante. Una gruesa cabellera escondía su rostro iluminado por el reflejo de la historia. Evitamos las ropas de la atrevida mujer regadas por el piso, rodeamos absortos la cama tomados de la mano; los amantes confundidos en un solo cuerpo. Protegido por las sombras, escondido tras un cancel, los lujuriosos ojillos del ambicioso marido observaban la escena. Los pocos turistas, ajenos a nuestras visiones, iban y venían distantes de las imágenes confundidas sobre el lecho.

Nuestros pasos terminaron a los pies de esa nave centenaria. Inmóviles ante la planicie sin límites. Superado el letargo nos abordó de inmediato la vana pretensión de sumarnos al navío, de ocupar territorio de los dioses. Nos sentamos probando con ligeros movimientos su consistencia, era una suave superficie que tenía los aprestos necesarios para pasar la noche con buen abrigo. Desde las paredes nos observaban severos personajes enmarcados en pan de oro. Seguros de nuestra soledad acercamos nuestros labios siempre sedientos y nos besamos en un esfuerzo por alcanzar las tenues espumas del océano propiedad de los amantes. Rendimos nuestros cuerpos sobre el lecho, confundidos con nuestras visiones. Morelia pronto recobró la conciencia y detuvo mis manos que avanzaban presurosos hacia destinos ocultos. ¡Gabriel, no seamos insensatos, alguien puede venir, Gabriel! Sometí mis hervores, arreglamos el desorden, acicalamos nuestros cabellos y dándonos una mirada de aprobación salimos apurados del salón vacío. Nos detuvimos sobre la baranda del balcón y nos acodamos sobre el larguero azul añil,  mirando el patio empedrado; atados aún a las vibraciones de la cama y pensando en la manera de apropiarnos del dosel y de todo cuanto cobijara su sombra, de expropiarlo por un instante suficiente para extender nuestros cuerpos hirvientes sobre la tarima.

Sabíamos ambos que ése era el centro de nuestros pensamientos; entrelazamos nuestras manos y sonreímos con una mueca nerviosa. Convinimos que no había otra alternativa para nuestros deseos que la clausura inmediata del salón Bolívar. Concluimos en segundos que el mismo genio seductor no hubiera hallado una maniobra más perfecta. Imaginamos la estrategia y nos ocupamos de los detalles. Confiamos en nuestra suerte y en la complicidad del invicto caribe que, con seguridad, nos observaba complacido desde alguna colina de América. Confiamos en que el escaso personal demoraría en reparar que el recinto se había esfumado del circuito de visitas. Los turistas desprevenidos no echarían de menos dos puertas anónimas en medio de numerosas salas por recorrer, pensamos.

Nos situamos en el centro del salón, analizamos sus salidas y cuatro ventanas. A una señal de nuestros anhelos Morelia cerró una puerta y mis manos otra. Corrimos luego juntos a cancelar el sol que ingresaba a torrentes por las ventanas. El salón perdió claridad pero ganó intimidad, penumbra atractiva y exacta para nuestros propósitos. Grumetes cómplices propietarios de nuestra pasión e irresponsabilidad, solos en medio del espacioso escenario, con el libreto desprendiéndose de nuestra ansiedad. Los amantes del mundo envidiarán nuestra travesía, dije; Morelia me sonrió. Pocos habían entregado su alma en la cama de un caraqueño altivo vencedor de mil combates, dueño de la voluntad de todas las mujeres del continente. Viajeros anónimos sin pasado ni futuro heroicos, con mínimo rango y muy pocos méritos, veríamos con los ojos de Bolívar y la Mariscala, el dosel dorado de cara al viento flameando sobre nuestros cuerpos desnudos, navegando de nuevo después de un siglo de haber sido morada de amores contrariados.

Nos acercamos al borde de sus límites, caímos turbados en la meseta extensa, ganados por la rudeza de nuestros besos y por la humedad de Morelia y la premura de mis  turgencias. Atravesé sus ropas como una saeta destroza el papel de seda; carrera contra el tiempo acompañados de la ternura y estolidez de nuestros deseos. Apresuradamente desnudos nuestros cuerpos se juntaron con la misma rapidez que usó el cenceño guerrero para caminar los Andes y liberar a cinco naciones. Nos cubrimos con las frías sábanas contemporáneas y nos entregamos con calculada precisión a difuminar nuestros límites, a extendernos en un solo cuerpo.

En pocos instantes, los gemidos de Morelia se duplicaron con las voces de la Mariscala en un coro de partitura esparcida en los confines del tiempo. Urgidos por los minutos y nuestros húmedos arrebatos, el éxtasis acudió con premura. No se trataba esta vez de ser perfectos sino esenciales. Fueron necesarios minutos apenas para percibir las palpitaciones que el corazón de Bolívar había tatuado en los gruesos mástiles de cedro. El dosel elevó su tamaño hasta el final de la techumbre roja de aquella casona navegante y me transformó en su gaviero mayor. Tu fama crece como crece la sombra cuando el sol declina, recitó Morelia, sonriendo irónica, distendida.

Relajados, confiados en la persistencia de nuestra fortuna, mirando las borlas del dosel saludando agitadas nuestra campaña, ensayamos unos conjuros para evitar que las tristezas del genio y los arrestos varoniles de la indómita dama nos acompañen más allá de esa dársena maravillosa. De pronto, pasos persistentes en las afueras. Murmullos concentrados seguidos de manos poderosas posándose con apremio y rudeza sobre los portones que parecían ceder y venirse abajo. Nos cubrimos con la rapidez que seguro empleó el guerrero en huir de los conjurados, mientras lo protegía el amor sin tiempo de Manuelita. La batahola se llenaba de toscas imprecaciones mientras terminamos de vestirnos y arreglarnos con decoro antes que los intrusos derribaran los maderos que ya cedían en sus goznes. Calculamos sin discutirlo, cuál de ellos tenía menos alabarderos del otro lado y apartamos juntos las dos hojas. Directa, sin atajos, la luz del mediodía ingresó cegando nuestra visión.

Sin dar tiempo a las interjecciones ni a las miradas inquisidoras abrimos una brecha en medio de rostros desorientados y camisas coloridas. El eco de nuestros pasos apresurados reverberando sobre los crujientes maderos se apagó luego cuando tomamos la interminable y curvada escalera de piedra huyendo de nuestras sombras hacia la calle donde el sol rebotaba cegador en los adoquines de piedra.

Atrás dejamos la cama tibia propiedad de dos leyendas fundidos ahora en un solo haz con nuestros recuerdos y pasión desaforada. Algunos rostros aparecieron por las ventanas siguiendo nuestras huellas. Al llegar a la esquina protectora vimos surgir manos amigas haciéndonos señales de triunfo.

Caminamos abrazados bajo el sol hacia la esbelta iglesia de la Compañía. Traspusimos su desmedido portón y nos sentamos en una banca ubicada en medio de la nave central, sin palabras, sin aliento. A la distancia, casi susurrando Morelia me dijo: Gabriel, ¿me escuchas? Recogeré el pañuelo el día que la ciudad sea nuestra, te lo llevaré íntegro al lugar que habites para que llegue a tu memoria la persistencia de mi amor.

El sonido se ampliaba rebotando en las cúpulas y hornacinas. No pregunté por las incoherencias de tiempo y espacio de la aseveración. Preferí quedarme con la vibración de las palabras y con el tatuaje que habían dejado sus palabras en mi piel.

mayo 2003

La persistencia del tiempo. Cuento

Su pasado fenecía con el siguiente acto de su vida.  Recordar los hechos concluidos era para ella dialogar con el vacío; las formas del presente tenían vigencia mientras sus contornos no se alejaran del alcance de su mirada. Adquirió la capacidad de diluir las imágenes del día y dejarlas ir por un estrecho túnel de su memoria hasta desaparecer difuminadas en la oscuridad.

Martina empezó a sentir esta necesidad de destruir toda relación con el pasado cuando Felipe, que la acompañaba desde hacia unos meses, halló unos escritos que ella guardaba con la fuerza del secreto en un sobre de piel, escondido en el ático de su casa. Eran cartas enviadas por Cayetano, que ella releía con frecuencia hallando siempre  renovados significados a las palabras. En esas hojas  Cayetano mostraba la real dimensión de su personalidad, despojado de su limitación física exploraba mundos desconocidos y distantes para entregárselos a Martina. Ella, desde ese ático olvidado, con las palabras en sus manos elevaba su voz para sentir cerca al amor furtivo que un día le hizo saber que la medida de sus sentimientos por Felipe eran señales borrosas apenas identificables si se veían al lado de los contornos transparentes de las sensaciones extremas que descubrió con Cayetano. Es el afecto que despoja a los seres de sus limitaciones humanas, que expone los sentidos a la naturaleza virgen, las libera de ataduras y la hace dueña del universo.

Llevando las cartas acusadoras en sus manos, ingresó Felipe con violencia en la oficina de Martina. La furia concentrada llegó cuando terminaban de beber un té que acompañaba el almuerzo de hacía unos minutos. Lo recuerda vociferante, amenazando la vida de Cayetano, conminándole a  desaparecer de la existencia de Martina. Ella observó quieta la confrontación de intenciones fechas y verdades a la que fue sometido por Felipe. Cayetano, aquietó su espíritu y se mantuvo callado sin responder ninguna intemperancia mientras miraba por la ventana cercana los contornos inacabados de la ciudad. Martina inmóvil, vacilante, temerosa de la furia que portaba Felipe. Cayetano, apoyado en el alfeizar, con la fragilidad de su cuerpo descompuesto miraba a Martina esperando su intervención que pronto entendió no se produciría. Comprendió entonces que no sería su compañera ni protección. Cuando se atenuó la virulencia del momento, se deslizó discreto hacia la salida. Martina supo que se marchaba para siempre, que se había roto el vínculo que los había unido. Sería inútil cualquier esfuerzo por retenerlo. Después que la furia de Felipe fue controlada lo buscó entre  la multitud que se hacía diminuta en las veredas. Alcanzó a divisarlo, parecía más delgado y su cojera acentuada perdiéndose en la esquina siguiente. Dudó un instante en seguirlo, la detuvo la velocidad de los acontecimientos; diminutas confusiones en su mente y su ceguera para vislumbrar con rapidez los años siguientes sin él.

Martina nunca más aceptó ver a Felipe después del incidente. Él mencionó, en una desorientada y tardía llamada telefónica, que no podría continuar  y menos convivir con el recuerdo de las cartas. Tu decisión ya no es importante para mí, Felipe, respondió, nuestra vida juntos no tiene hogar ni tiempo compartido. Quedó sola, repudiando su inacción en aquel día violento; sola con los recuerdos de Cayetano acariciando su memoria. El sol se confundía con la oscuridad que avanzaba, el sobre de piel lastimaba sus manos. Se asomó a la ventana y creyó verlo caminar hacia ella, con esa extraña cadencia que retenía la mirada de la gente. Pero no, él no volvería y entendió, por la soledad que abrigaba su pecho que su amor sería irrepetible. De pie frente a la ventana, observando la noche cubrir la fachada alba de su hogar, resolvió cancelar sus nexos con el pasado. Era una decisión extraña pero que estaba vinculada con una antigua convicción suya de no aferrarse a nada que  no fuera permanente. Sentir propiedad, pertenencia sobre los seres y las cosas menoscaba la paz que requería para seguir viviendo; impide observar que el futuro es siempre mejor que el pasado, decía siempre. De esos días conservaría cercano la suavidad del sobre con las cartas en su interior.

Lo conoció mientras aguardaba el bus que la conducía al trabajo; desde la primera palabra la conversación fue para ambos un sencillo y cercano diálogo personal. Caminando luego en el mismo sentido, con naturalidad,  repararon en que laboraban en el mismo edificio desde hacía mucho tiempo. No nos conocimos antes porque no era el momento, dijo él. Se vieron con frecuencia después de ese día, se reunían con regularidad y terminando sus labores daban un largo paseo por el arbolado parque cercano. A menudo se daban tiempo para tomar un licor dulce o comer un postre en la oficina de Martina, mientras conversaban de sus coincidencias y pocas diferencias. El amor nació sencillo, contrariando sus vidas desde su origen, él también tenía compromisos que honraba con la misma frialdad con que cancelaba puntual las obligaciones de su negocio.

Eran espíritus semejantes, lo supieron de inmediato cuando sonrieron aquella primera vez que los hizo parte de un de universo compartido. Pero ambos carecieron del valor para desafiar las normas establecidas y las disposiciones hechas para amores cotidianos. Cayetano se refugiaba en la fácil alternativa del silencio, sin decir nunca que era posible buscar juntos alguna forma de felicidad; Martina prefirió también conservar el amor secreto y renunció a iniciar un camino compartido con el hombre que había llegado a amar como se necesitan los días y la luz para seguir viviendo.

Su decisión de ingresar a un territorio distinto de espacio y tiempo fue irreversible. Meditó lo suficiente para saber que ese viaje sin retorno la acercaría a lo mejor de sus interioridades, a las señales amables de su solitaria niñez y adolescencia. Sí, dijo, mi soledad ha sido incompleta, invertebrada, requiero depurarla de rostros, nombres, lugares que no me han deparado compañía, solidaridad con mis deseos y mis urgencias. Necesito conocer los vínculos que unen a los humanos con el silencio de sus orígenes. Ahora, Cayetano es un resplandor lejano que no volveré a observar con intensidad. Además, ¿qué significado tiene haber cegado mi voz, mis palabras, cuando él más me necesitaba?, ¿porqué mi renuncia a auxiliarlo, por qué lo dejé sólo, sin mi solidaridad? Requiero saberlo, concluyó. Se despojaría de sus vínculos con la vida sencilla, se distanciaría de  los colores que conocieron juntos; viviría sólo el presente, cercenando toda vinculación con el pasado. No dejaría huella de ningún acto, no estaría expuesta a permanecer cautiva de ninguna señal en el tiempo, sentenció. 

Mujer sólida, solitaria, hermética y sin vínculos que la aten con los hechos cotidianos, no le resultó difícil organizar sus actividades deshaciendo su memoria. Destruyó documentos, fotografías, agendas, credenciales, objetos y cualquier vínculo material que la ligara con el ayer. En el extremo de su decisión lastimó sus huellas digitales. Primero intentó borrarlas sin éxito con la fricción de un objeto de metal sobre sus dedos. Usó después la llama persistente de unos maderos que encendió en su patio para incinerar sus papeles y documentos. Eliminó todas las finas curvaturas que alguna vez podrían conducir a alguien hacia ella. Luego se apartó de su lugar sin comunicar a nadie su decisión. Al posar los pies en la vereda de su calle sintió que el  mundo le otorgaba la promesa de no ofrecerle nada que la retuviera en el pasado.

Abandonó su antiguo trabajo y se inventó uno nuevo en el que no era necesario conservar las relaciones  construidas en el día. Eran actividades de compra venta diaria que eliminaba cualquier posibilidad de deuda o de relaciones futuras. Ella misma se encargaba de abastecer a su negocio acudiendo a distintos proveedores que sabían de ella sólo por los datos falsos que dejaba con los contadores. Recibía pedidos por escrito, los atendía con eficacia y luego terminada la operación, desechaba cualquier vestigio que la ligara con los clientes. Mantenía con pulcritud, al día, sus obligaciones económicas y se mudaba de local constantemente; los organismos del gobierno no alcanzaban a procesar los  cambios a tiempo y nunca llegaban a encontrarla. No consideraba pedidos que la pudieran vincular con hechos que se repetirían en los días sucesivos. Tampoco respondía nada por escrito y no usaba papeles para no dejar forma alguna de huella personal. Rechazaba las fotografías y descartaba todos los sistemas de comunicación que provocaran supervivencia de señales suyas. Si las personas insistían enviando mensajes sucesivos, los devolvía sin abrirlos. En la red  de comunicaciones usaba distintos apelativos y nombres que luego combinaba hasta el infinito lo que hacia innecesaria la repetición. En cada espacio observaba mensajes que leía sin responder. Los borraba y leía solamente aquellos que tenían relación con su actividad económica. Atendido el requerimiento mudaba de nombre y códigos. Mientras tanto no dejaba de pensar en Cayetano ni de buscarlo, pero él se había esfumado de la realidad.

Por las noches, en la soledad de su habitación evaluaba la calidad del día por la ausencia de señales dejadas en el camino. Por su lejanía con el pasado las horas eran delgadas capas de tiempo que transcurrían con rapidez. Los días de Martina eran ligeros como el instante de una hora cualquiera desligada del tiempo fenecido. Con el correr del tiempo, un día observó que el deterioro de su cuerpo se había retrasado, la lozanía de su rostro contrastaba con la rigidez de piel que observaba en la gente que alguna vez le permitía contrastar su edad con la suya. Su familia más cercana nunca pudo restablecer el contacto con ella, numerosos intentos los convencieron de la inutilidad del propósito. Luego de prolongados y fallidos escarceos, comprendieron que sería vano luchar contra la determinación de Martina de perderse en el anonimato, de sumergirse en la ausencia del tiempo. No deseaba festividades compartidas ni aniversarios que celebrar, la acumulación de años era para ella la forma más nociva de vincularse con el pasado. A partir de la renuncia de su familia a encontrarla, entendió que su determinación tenía consistencia para soportar el transcurrir el paso de los meses y los años y eliminar debilidades sin remordimientos. Acrecentó su decisión de no aferrase a los recuerdos, hasta llevarla a la perfección; pasaban sin afectarla, distantes de sus sentimientos; de otro modo no alcanzaría el fin de su propósito: desaparecer el pasado, dispensarse de las ataduras, instalarse en el futuro.

El tiempo transcurría y ella no dejaba de dedicarle espacio en su memoria para recordar a Cayetano, acariciar el sobre de piel y leer con insistencia su contenido. Deletreaba las palabras amor, esperaré nuestro tiempo, yo podría representarte, eres mis ojos, nunca te vayas. Era una permanente referencia al único lugar vivo de su pasado. Luego de los destellos de debilidad, retornaba a la rutina que le exigía máxima concentración. Algún error involuntario la podía colocar en el centro de los años que ella había decidido olvidar. Evitaba equívocos, frases mal construidas, gestos antiguos que provocaran en su interlocutor la certeza de reconocer su rostro y la obligara a evadir preguntas y referencias. Se había visto en algunas oportunidades impulsada a apresurar su periódica transformación antes de tiempo y huir dejando en el camino algunos vestigios suyos que hubiese preferido evitar.

Esa mañana de otoño, en medio de procedimientos aprendidos de memoria, esperaba el bus en una esquina elegida al azar. Era cálido el ambiente y las flores habían empezado a caer sobre las avenidas y veredas de los parques formando tenues alfombrillas multicolores. Subió con cautela esperando como siempre hallar algún solitario asiento. Tomó el último libre. Se sentó con cuidado al lado de un varón que ocultaba su rostro en el diario de la mañana y que la miró de inmediato tratando de leer en su mirada datos que solo él conocía. Apenas demoró un instante para reparar que estaba frente a Cayetano. Un movimiento involuntario sacudió su cuerpo, después solo pudo mover sus ojos, sí, es él, pensó, es el rostro, gestos y esa quietud intransferible en la mirada. Se mantuvo serena, dueña de sus decisiones, invadida de pasado. Mientras él deslizaba las hojas con discreción, escudriñó su rostro; su físico deteriorado establecía diferencias con ella. Llevaba en su dedo el aro de alianza matrimonial. Recuperándose de la impresión, halló una excusa para hablarle, preguntó por una dirección que inventó en ese instante. Sorprendida, escuchó decir que sí, que sí la conocía. Es un vecindario a solo tres paraderos del siguiente, le dijo, mientras rozaba sus dedos. Él lo recordaba, prosiguió, porque en una de las casas de ese entorno vivió alguien que había amado con devoción. Le mencionó su nombre: Martina. La palabra resonó en sus oídos fisurando su futuro. ¿Por que se tomaba el cuidado de contarle una historia tan personal?, preguntó. Luego de intentar tocarla, le dijo: usted se parece mucho a ella, es asombrosa su semejanza; tenía su mirada, gestos, y similar modo de expresarse. Lo pude ver desde que puso el pie en el primer escalón. Por supuesto, añadió, esa mujer  posee mi edad; ignoro donde se encuentre ahora, intenté hallarla muchas veces, sin éxito; algunos amigos comunes que aseguran haberla visto, señalan que se mantiene en la más absoluta desconexión con el pasado. No sé, terminó diciendo, se afirman tantas cosas absurdas en esta época. Un hálito de tristeza discurrió por sus ojos.

Mientras Cayetano hablaba y la recordaba, Martina, permaneció aferrada a su asiento sin atreverse a cobijar ni pasado ni futuro. Se enfrentó a sus horas idas; aquellas que había decidido borrar de su existencia lucían perturbadoras, frescas y reconocibles con facilidad. No había dudas, allí, al alcance de su aliento estaba la sombra que un día le mostró el comienzo de la felicidad. Se le durmió el corazón bañado por lágrimas secretas. Decidió bajar antes del paradero que Cayetano le había señalado, no podía continuar a su lado. Dejó el asiento otorgándole una mirada amable y casi saltó del bus antes que se detuviera. Cayetano la miraba expectante, a través de la amplia y lustrosa ventanilla. Le hizo adiós con sus dedos tímidamente extendidos, él le contestó con una sonrisa apagada.

Caminó unos metros desorientada y luego de atravesar un pasaje angosto posó su mirada en la calle que había borrado de su mente. Si, eran los lugares que conoció desde su niñez. Siguió el rastro de su casa y observó familiar una vivienda blanca en la esquina cercana. La memoria desusada en el tiempo halló un lugar para recordar. Recogió un poco de grama de los jardines, posó sus dedos en un enrejado de madera y una astilla lastimó sus dedos. Se acercó con temor y cuidado hasta el cruce de las calles. Elevó su rostro a las ventanas entreabiertas y observó a una mujer que vestía como ella y mostraba el mismo rostro, similar la mirada y llevaba inclusive recogida la cabellera con la peineta que había sido suya. Se reconoció a si misma, se miraron. La mujer de la ventana se inquietó sin hallar explicación a su sorpresa. Bajó sus ojos, nerviosa, escudriñando sus ropas al tiempo que cubría su rostro con sus manos. No es la misma persona, pensó, sosteniendo su cuerpo en un seto cercano, tiene que ser una transfigurada imagen puesta ahí por errores del tiempo, pensó. Al  instante, una mano emergiendo del alfeizar anunció la presencia de un hombre, sí, es él, Cayetano, el que conoció joven. Abrazó a la mujer retirándola de la ventana y dejando en sus labios un beso breve, tierno. A punto de desvanecerse en el cemento, Martina sólo atinó a cubrir su rostro con las manos y sollozar. El pasado que ella creyó borrado para siempre se asomaba ante sus ojos con la persistencia de  una tinta indeleble. Giró sobre sus pies y caminó hacia el paradero cercano. En el trayecto, volvió la mirada hacia la esquina alba sin entender con certeza su ubicación en el  mundo. Tomó el autobús y se apartó del lugar con la prisa que le daba su deseo de alejarse de un pasado inexistente.

agosto 2010

II. El amor de José María Arguedas en Apata, Huancayo

Vilma Catalina Ponce Martínez

En recuerdo de Apata, Sicaya, San Jerónimo, Cochas, que recorrí siguiendo las huellas de José María y mis pasos perdidos.

“Tú sabes que no hay corazón que engañe a su dueño”

No haremos una indagación académica sobre la vida sentimental de José María en la localidad huancaína de Apata, tampoco nos conduce el ánimo de rebuscar sórdidas interioridades, que no las hay, en la vida de nuestro hermano mayor; se trata de asomarnos a los universos creativos de José María, poner la mirada en ámbitos que le permitieron aferrarse a la  vida y crear; ingresar a los espacios donde los juicios de valor son inválidos y el pecado carece de rostro y la moral no ejerce hegemonía; el espacio del amor, el que vive y enseña Arguedas, que redime, cura, vitaliza; el amor que trasciende edades, documentos legales, territorios, deseca lágrimas, soledad, ahuyenta suicidios, descubre el lugar de la inspiración y nos hace humanos.

José María caminó su vida entera buscando un nombre, la palabra, labios, corazón, que le permitiera continuar asido al débil cabo que lo vinculaba a la existencia; eludir el zarpazo acechante del veneno, escudado por un alma que hable su antiguo lenguaje y que también sintiera que las montañas viajan, los zumbayllus cantan e inventan colores, que los ríos recorren los tiempos del universo. Se le fue la vida en el intento, pero algunos momentos pudo arrancarle a esa eterna imposibilidad, instantes de plenitud que le permitieron atravesar el portal de su niñez en comunidad y volver a sentir que retornaba a su morada madre, a sentir cerca a su amor warma kuyay, al amor de Justinacha. Considero que Vilma Ponce se acercó, como ninguna mujer antes o después, a la utopía que José María nunca pudo hallar, porque  buscaba lo inexistente, el ideal inasible que habita el futuro que nos dará a todos la oportunidad de vivir existencias arguedianas, mundos donde usemos el lenguaje de las aves y podamos comprender que nos habitan cuatro mundos y cobijar relámpagos en nuestras manos sea un acto cotidiano; entonces amaremos sin fronteras que impiden ser felices con sencillez humana.

Nos mueve también el propósito de vincular el intenso contenido de una historia de amor, trágica y luminosa, sin duda, con la vida y elaboración de sus creaciones con regularidad enlazadas a la presencia de un nombre femenino. De su experiencia con Vilma Ponce emerge de nuevo Ernesto, el adolescente ilusionado que disputa con el Kutu el amor de Justina, el niño angustiado por verse jaloneado por manos familiares que nunca pudieron prodigarle un hogar para establecerse. A una ilustre entrevistadora le habla de su personalidad: […] y me traen muchos males porque tengo muchas pervivencias de mi modo de ser de niño y adolescente. Tengo muchos inconvenientes para la adaptación a la vida cotidiana. [1] A continuación le habla de Los ríos profundos: [la] concebí […] en una maravillosa comunidad del Valle del Mantaro […] me enviaron […] a hacer un estudio para el Instituto de Estudios Tecnológicos del Ministerio de Educación […] me quedé […] como unos cuatro o cinco meses y ahí tuve una aventura sentimental muy curiosa. Conocí a una chica que era parecida a una de mis compañeras del colegio y entonces esta chica me causó una impresión tan grande y era tan buena y leal. Fue a raíz de este enamoramiento que yo empecé a escribir otra vez. […] Empecé a escribir con tanto entusiasmo que dejé todo el material antropológico y me puse a escribir Los ríos profundos y no hice nada para el Instituto hasta terminar el libro. Yo me acuerdo que llegó Francois Bouricand (sic) y le dije: “Estoy escribiendo, no puedo hacer otra cosa. Vemos al Arguedas maduro compartiendo los momentos de felicidad pasada, pero añadiendo un sustantivo, curiosa, que no refleja los instantes luminosos que compartió con Vilma y lo muestra incapacitado para precisar que aquella mujer no puede ser descrita de esa manera. Es la permanente distancia que establece con los acontecimientos que brotan del amor y lo rodean para siempre; un afán de disminuirse como legítimo receptor de cariño, afecto. Añadir otros comentarios a estas declaraciones provocaría caer en redundancias.

El amor con Vilma hace posible que Arguedas, después de años de sequedad sentimental ubique un recodo que le permita acurrucar su cuerpo y protegerse del clima urbano, de la neblina perniciosa, de caminantes agresivos, pugnas laborales, cortedades económicas, soledad en compañía. Con ella vemos asomarse el Arguedas quechua, andino, incompleto siempre de condiciones para insertarse en la sociedad criolla blanca y con aceptación plena de sus reglas de convivencia. La personalidad de José María generó siempre confusión. Sus amigos lo recuerdan jovial, optimista, cantor, comunicativo, contador de chistes, pero familiares cercanos se aproximan con mayor certeza a su íntima constitución: Esas, creo, son las dos caras de José María que recuerdo bien, caras de gozo y también de melancolía. El hombre tierno y cariñoso que se divertía en nuestras fiestas íntimas y el ser humano silencioso y atormentado; el primo querido que podía llora y reír con similar intensidad.[2]

Asociemos sus obras literarias a la vida sentimental de nuestro escritor y tratemos de calibrar el tipo de vínculo, no menciono intensidad de sentimientos, tampoco mido, imposible lograrlo, la profundidad y extensión del amor; muestro el resultado de sus compañías en la actividad literaria que era el centro de su existencia. Junto a Celia Bustamante es militante de causas socialistas y creador de Canto Kechwa, Yawar Fiesta, Diamantes y Pedernales, Comunidades de España y del Perú; de la humanidad de Sybila Arredondo emana El zorro de arriba y el zorro de abajo, la traducción de Dioses y hombres de Huarochirí y La agonía de Rasu Ñiti, su cuento, considero, más logrado y el que mejor expresa el pensamiento ancestral; Vilma Ponce palpita en Los ríos profundos y El Sexto, páginas que habían quedado extraviadas por sus dolores y agonías y las que mejor traducen su mundo interior; aquí, Ernesto y Gabriel son José María con parvo velo protector. Todas las sangres es escrito como la necesaria propuesta política de un proyecto de nación en medio del aturdimiento que vive un país azotado por la violencia armada de cuño ideológico exterior y también acicateado por el fragor por recuperar la estabilidad emocional junto a la siquiatra Lola Hoffmann, quien recibe la proyección del amor hacia la madre ausente; es también el deseo de mostrar su contextura histórica y ubicar un lugar a la Kurku Gertrudis, intrincada representación de su madre biológica, que nunca pudo integrar a su vida cierta. No hallo asociación clara entre su producción poética quechua y un entorno sentimental definido y sí la encuentro enlazada a su final vinculación con sus raíces culturales. Crea los poemas en años en que va resolviendo una crisis matrimonial sostenida y terminal, iniciada con Vilma Ponce, y llevada a su término con su encuentro con otro gran amor, Sybila Arredondo. Es posible decir lo mismo de su cuento El sueño del pongo. Su producción poética es decidida luego de haber decantado sus aproximaciones al socialismo y propicia el reencuentro con el país antiguo engarzado con una nación de todas las sangres. Es un cuadro de clara definición por un país vertebrado con su pasado.

Puente de cal y canto de Apata

Vilma y José María se conocen

Regresemos al camino de Apata. Mientras caminaba con Vilma, halló las rutas extraviadas de Ernesto; juntos dejaron huella sobre antiguos espacios que circundan el valle de Apata, [4] paseos por Paucar, por Santa María, por Iscos, las alamedas, esa pequeña cumbre desde donde se ve “Perdón Pampa” o quizá también ascendieron juntos el cerro Talhuispampa  y posaron sus manos en la piedra de Tulunco y trajinaron el puente de cal y canto y remontaron unidos la pendiente hasta las lagunas de Atacocha y Pomacocha. Su experiencia en Apata, bien podría leerse como páginas de alguna de sus novelas porque poseen la magia de sus creaciones, las agonías y claridades de Ernesto, la reciedumbre de Asunta La Torre, las delicadezas y señorío de Matilde, la persistencia de Vicenta y la humanidad de la Kurku. [5]

A diferencia de la versión comentada líneas arriba, una fuente señala que fue agosto de 1955 cuando José María y Vilma Catalina Ponce Martínez se conocieron en una fiesta patronal del pueblo de Apata, [6] Por documentación adicional, que comentaremos, es probable que el primer encuentro ocurriera largos meses antes. Como hurgador de cosas y sentimientos arguedianos me agrada pensar que la primera mirada surgiera en medio de una fiesta andina, rodeados de la algarabía del pueblo, música, danzantes, niebla espesa surgida detrás de detonaciones de pólvora provinciana, bajo la atenta compañía de aukis y apus circundantes. Además, aunque parezca excesivamente subjetivo, creo que hay pocos meses más propicios para el amor que agosto.

Al margen de especulaciones noveladas, y sin olvidar la versión señalada por el mismo Arguedas, el embajador mexicano en el Perú, Moisés Sáenz, amigo cercano de Arguedas y de Celia Bustamante, es un enlace que refuerza sus vinculaciones con Apata por su interés en la producción artística artesanal y posturas indigenistas. La muerte repentina de Sáenz motiva, a sus amigos y residentes de la localidad que lo conocieron y apreciaron su labor, construir una biblioteca pedagógica con el nombre del estudioso y amigo del Perú. [7] Arguedas no pudo asistir a la inauguración de la biblioteca, pero envía un texto de saludo y posteriormente participa en jornadas pedagógicas donde inaugura amistad con Augusto García Cuadrado y la profesora Abigail Martínez, parientes de Vilma Ponce Martínez. [8] La hermana de José María, Nelly, confirma esta versión y refiere que un amigo le cedió un lugar para descansar y escribir en Apata; señala que se dirigió a esa localidad después de una de sus peleas y controversias con Celia, su esposa. Como el lugar le gustó, se quedó una larga temporada. [9] El encuentro tiene que haber ocurrido antes del 10 de diciembre de 1954 fecha de la primera carta de José María a Vilma Ponce. El acontecimiento, como vemos, ha generado varias versiones. Un estudio afirma que tuvieron sus  primeros encuentros por el año de 1952 cuando ella tenía 19 años y él 41. [10] Si enlazamos las fuentes y testimonios observamos que Sáenz y José María parecen haber recalado en la capital del distrito en los primeros años de la década del cincuenta. Arguedas trajinaba el Perú con el intelectual mexicano y lo visitó en Sicuani en los inicios de la década del cuarenta cuando Arguedas era profesor en un colegio de la localidad. Amistad de intereses comunes, estudios encomendados, problemas hogareños y afán de hallar un lugar donde escribir con aislamiento, son las razones que explican la presencia de Arguedas en Apata. Es conocido, además, que el escritor desarrollaba intensa labor antropológica en la zona en esos años.

Retornemos a los preámbulos del encuentro para referirnos a la contextura de José María, a su original y orgánica configuración para observar, dilucidar sobre la materia que está contenida en un perfil humano. Como novelista, es acucioso mirador, taumaturgo penetrante, intérprete de señales, sonidos y silencios. Sabe leer rostros y pliegues de piel, interpretar el sendero que delinea una mirada, ingresar a las arquillas escondidas que guardan atavíos íntimos que un ser humano viste solo para visitarse a sí mismo. Cuando conoció a Vilma, el escritor debe haber sido invadido por un presentimiento que supo interpretar de inmediato: asistía al nacimiento del desafío que brota de su mirada correspondida, percibe el riesgo que anida en el lenguaje corporal de Vilma que seguramente no ignoraba quién la miraba con interés y curiosidad.  

No conocemos rastros de su figura, no sabemos de su mirada, tampoco he leído palabras de su mano; la quiero imaginar de talla más bien mediana, pelo rebelde, enrulado, ojos y tez clara, mesurada, sensible a los colores del día y de risa controlada, sociable en los límites que los andinos tenemos para departir, tenaz también, como hay que serlo para avanzar y crecer en territorios alejados de las decisiones nacionales. Me he guiado por el corazón y también por la imagen de su hija, Vilma Victoria Arguedas Ponce, que se muestra de pie y sonriente sobre el puente de Apata. En carta del 13 de agosto de 1955 menciona, refiriéndose a la hija que comparte con Vilma: el destino nos ha dado esa compensación a los últimos sufrimientos que tuvimos; nuestra hijita es linda, porque se parece a ti […] ella tiene mucho de mí. [11]

Arguedas era un tipo maduro y bien parecido, vestido con sobriedad y elegancia, – Yo era un muchacho bien plantado, vestía con elegancia, dice de sí mismo [12] en la época en que cortejaba a Pompeya – con rostro dominado por ojos claros y transparentes, de voz peruana enunciada desde el abdomen, empática, cultivada y variada en matices. José María, esteta, explorador de armonías y equilibrios miró con detenimiento la belleza de Vilma y le cautivó su juventud, el parecido que encontró con su compañera de colegio. Tenerla al frente e intuir que detrás de esa piel anidaba un alma gemela le instaló alerta temprana, como reaccionamos ante un estridente timbre de peligro que se socializa. Reconocía de inmediato quién podía ocupar un estrato de su vida; los tenía organizados y jerarquizados: pareja; hermanos y familiares cercanos; las entrañables personas que compartían con él porciones de su identidad chanca y que usaban el quechua para contarse chistes, cantar y reír; amigos de la infancia y de su época universitaria y de la peña Pancho Fierro; intelectuales extranjeros; colegas y alumnos; militantes políticos; literatos y vecinos de “Los Ángeles” en Chaclacayo.

En el inicio y centro de ese universo ubicaba a su pareja, no necesariamente aquella que acreditara certificado civil; lo vemos aquí en Apata y lo observamos también en momentos que compartía con Sybila en la librería universitaria chilena donde ella laboraba o, poco antes, con aquella misteriosa mujer, chilena también, esposa de un diplomático de quien se enamoró en un romance que sabemos ocupó en silencio una banca del cerro Santa Lucía de la capital chilena. Su sobrina Yolanda López Pozo, confidente de José María, nos ha dejado un descriptivo testimonio: […] había conocido a esta chica maravillosa. En una banca de aquel cerro estuvieron mirándose a los ojos durante horas: “no había necesidad de besarnos, nos amábamos de solo mirarnos” tal como había ocurrido con “La Pallita” Jamás vi a mi primo en tan profundo éxtasis. Yo no conocí a la chica […] Lo que sí es seguro es que Pepe se enamoró en Chile de aquella misteriosa muchacha a quién el llamaba “la mujer más pura y santa del mundo”. [13] Yolanda también conserva detalles de los escarceos amorosos de su tío y de la relación con Vilma: […] era un hombre muy enamorador y apasionado, señala, no sin cierto indisimulado orgullo, para rememorar después la ocasión en que, asistiendo a un espectáculo musical en un coliseo, el escritor se deslumbró con una muchacha […] conocida con el nombre de “La Pallita”. Añade que vivía deslumbrado y enamorado de ella [14] al tiempo que la frecuentaba y recibía atenciones de él, y añade aspectos del  apasionado romance de Pepe con Vilma Ponce […] Romance que siguió mi madre muy de cerca, incluso a pedido de mi primo fuimos hasta Apata para conocer a la familia Ponce. [15]

Cerro Santa Lucía en Santiago de Chile

José María necesitaba nutrirse constantemente de momentos similares, ermitas de energía, zonas de Tinkuy, de callado entendimiento, observatorios para mirar el mundo integrando visiones y voluntades. De esos espacios partía a navegar el mundo, junto a la persona que lo reconocía único, irrepetible, propietario del universo sacro que lo hacía humano y que pocos conocían por su escasísima iluminación. Imagino a José María como un buscador competente, explorador de arcanos compatibles con sus elementales formas de entender la vida. Su necesidad de conectarse con una urbe indiana, quechua, andina, o como se le quiera llamar al mundo que nunca dejó de acompañarlo, y que resultaba inaccesible en la metrópoli limeña donde los coros no son polifónicos y todos caminan lejos, muy lejos, de mundos sacros y encantados. Ver a Vilma debió ser para él la posibilidad de compartir los vectores pétreos que direccionaban su vida íntima y que rozaban con la ternura, la convivencia íntima con la naturaleza, mimetizarse con ella. ¿Quién podía comprender tales complejidades, entenderlas desde los códigos que aprendió en la niñez mientras se quitaba las liendres de la piel? José María, eterno pesquisidor, debió pensar que tenía ante sus ojos una manera de aprehender ese sueño; los orígenes y contenidos de Vilma le sugerían haber hallado un camino de reencuentro con su pasado y niñez. Lo dicen sus cartas con párrafos derramando intensa intimidad espiritual, hermandad de terruño, de surcos ordenados con las manos, cantos de siembra y de cosecha, de arte, poesía, y que conserva la mirada que él tenía para los objetos, plantas, animales y personas. Podemos también observarlas en las fotografías de Chimbote y Sayago, donde naturaleza, vías, tierra, humanidad, se hermanan en imágenes de armonía y plenitud.

Plenitud y dificultades

El mundo que gira alrededor de Vilma, las palabras que hoy han quedado muestran también la intensidad de la duda e indecisión, la resistencia a dejar un hogar que ya no le reportaba la tranquilidad de otras épocas, pero que se rehusaba a abandonar por el temor de enfrentar el  desafío de encarar lo nuevo sin el apoyo de una nueva compañía. Supongo que te gustará como a mí que te de el nombre de esposa. Tu bien sabes que en el fondo de nuestra alma estamos unidos para siempre, sea cualquiera el destino que nos toque en el porvenir. He vivido en tu casa como en la mía; hemos caminado por el campo con una unión seguramente más íntima y estrecha que la que vincula a tantísimos matrimonios imperfectos. [16] Surgió con Vilma la oportunidad de transitar de un hogar a otro, franquear la ruta de aridez que entregaba Celia y acercarse a la floreciente y joven mujer apatina que era una promesa de sosiego serrano y entendimiento cultural. Hallamos todos los elementos que pueblan una relación que surge del secreto, intensidades que se corresponden, distancias entre el campo y la ciudad, formaciones diferenciadas; Arguedas doctor, académico, ciudadano del mundo, Vilma dedicada a su hogar, con planes para residir en los linderos de su comunidad y con viajes esporádicos a Huancayo. Y sumado al listado incompleto, la culpa rondando el corazón ilusionado de José María, la infracción que dañaba la relación con Celia, compañera de años, de campañas exitosas en varios espacios, de necesidades superadas juntos, gnomon antiguo, luz consejera, refugio de sus debilidades. No fueron suficientes todos esos contenidos para que José María evitara informarle de los laberintos que había elegido vivir; no era José María un sujeto que pudiera ocultar su felicidad. Le escribe desde Lima a su hermano Arístides, mayo de 1956, mencionando: Llegó también por esos días la joven de Apata con la bebe. Esta vez no le dije a Celia que estaba aquí esa joven, porque me pareció cruel estando enferma. No le he ocultado nada a ella de cuanto me ha ocurrido con excepto eso último. [17]

Su modo de decidir lo hemos visto en Ica: yo me enamoré de inmediato…, señala [18] en oportunidad semejante. No iba a proceder distinto ahora, más en una escenografía que lo remontaba a su niñez. En carta a su confidente y amigo Manuel Moreno le dice: ¿qué ha de suceder después, con esta historia de mi aventura con la aldeana que ahora me acompaña, con un amor y una humidad que habría deseado a los 25 años…? Es posible que me quede en esta aldea de Apata, bajo el canto de los hermosos pájaros que amé en mi infancia, que iluminaron mi cerebro y mantuvieron puro mi corazón. [19] Es un hombre casado y ha vivido dieciséis años de vida matrimonial con Celia Bustamante. Los datos que disponemos nos muestran que no gozaban en ese momento de la estabilidad de años anteriores, pero si es seguro que luciría distinto cuando la ventisca poderosa de Apata llene todos los resquicios del hogar y lo encamine a la separación posterior cuando la tormenta Sybila se asome por sus puertas. Era un matrimonio con contratiempos, qué duda cabe, pero no ostentaba el deterioro que aparecería más tarde. Tenía 44 años, ella 25. De esta relación surge resurrecta Los ríos profundos. La relación con Vilma Ponce le dota de energía y ánimo para encaminarla hacia el final. Una estudiosa de Arguedas señala: Mientras está en Apata, observamos que no necesita ingerir la cantidad de medicamentos que en Lima consume para sobrellevar sus males fisiológicos y depresivos. [20]

Lugar central de Apata

Otras cartas y la hija Vilma Victoria

Tú sabes que no hay corazón que engañe a su dueño, [21] se lee en el inicio de la primera comunicación de José María; es una oración alentadora que no es seguida de armonía; anuncia el horizonte de sentido que seguirá la relación: amor cierto, evidente, intensa ternura, pero también lucha incesante contra una realidad adversa que terminó imponiéndose. Es el 10 de diciembre de 1954 y la última, tiene fecha del 7 de junio de 1957. Dos años y seis meses es el tiempo que media entre las dos cartas, fechas que confinan amor, entendimientos, ternura en el trato, distanciamientos y conflictos de baja intensidad, desconfianzas, insuficiente economía y la avizora presencia de Celia Bustamante activando de manera soterrada sus tensores defendiendo la continuidad del hogar. Entre el inicio y el fin hallamos varios episodios de gran intensidad y cercanía junto a contratiempos que surgen de las dificultades económicas y, sobre todo, el difícil proceso que vive José María desde el hogar compartido con Celia.

La primera línea nos anuncia con claridad el contenido siguiente: Ayer, en la tarde, y después, en la noche, comprendí que no me quieres. Pasé una noche muy agitada. Te dije siempre que soy un hombre de muy mala suerte. Sé que has hecho un esfuerzo por tratar de alimentar algún cariño por mí, pero me parece que no lo has conseguido; porque las inclinaciones del corazón no se forman, sino que nacen. ¡Que mala suerte tengo! [22]

Viajes de Vilma hacia Lima y de José María a Apata son explicados en varias comunicaciones. Le habla de su tía Rosa Navarro mencionándole: […] estoy seguro de que la convenceré para que te tenga en casa. Allí me esperaras hasta que vuelvas. Estoy pensando también en que sólo trabajaría aquí un año más y después con mil soles mensuales de cesantía me retiraría a escribir mis últimos libros, allí en Apata. [23]  

La pareja hace planes para residir en Lima, Apata y también en Cusco donde José María piensa obtener una plaza docente. Yo estoy resuelto a conseguir un Profesorado en la Universidad del Cusco o en último caso hacerme nombrar Prof. en algún Colegio Nacional. [24] Los planes se truncan por distintas situaciones que la pareja no puede controlar. Influye también el nombramiento que obtiene como Director de Cultura, Arqueología e Historia. Yo había casi arreglado para irme al Cusco como Prof. de la Esc. Normal Rural, con tres mil soles mensuales de sueldo. ¿Te imaginas? Eso resolvía toda la situación. Y ahora me sorprenden con este nombramiento. Voy a ganar 3,600 soles de sueldo al mes; voy a tener automóvil, chofer y creo que 300 soles de gastos de representación. [25]

Vilma Victoria Arguedas Ponce

Las demostraciones de amor, de compromiso se suceden incesantes en las comunicaciones. Él firma como tu esposo o como Osito, demostrando toda la ternura que conservaba en su corazón de niño. El diciembre de 1954, a poco de haber iniciado la relación, ambos caminaron hasta Ocopa en busca de un sacerdote amigo de la familia Ponce para que los casara, pero no lo encontraron. Posteriormente lo intentaron en dos iglesias de Huancayo. [26]

Vilma Victoria Arguedas Ponce nace el 27 de mayo de 1955 [27] y se bautiza en Lima el 20 de abril de 1956. Le comunica a Vilma: He hablado con mi tía. le he dicho que vamos a tener un hijo […] y que por eso me había casado contigo en secreto. [28] Hay controversia en torno a la paternidad de Arguedas. Su hermana Nelly señala: José María me contó la historia de su hija adoptiva […] conoció a una dama llamada Vilma Ponce de quien se enamoró profundamente. Encontró en ella amor, consideración y respeto; decidió por lo mismo, reconocer a la hija que ella esperaba. José María pensó haber hallado una razón que justifique su vida y por quien valdría la pena continuar con su producción literaria. [29]

Le escribe a la madre de Vilma Ponce para mencionarle: Felizmente tuvimos la dicha de hacer bautizar a Vilma Victoria; fue su madrina mi tía Rosa y su padrino, que estuvo ausente, mi gran amigo el fotógrafo Abraham Guillén. Nunca asistí a un bautismo más silencioso ni más solemne y feliz. No me ha gustado jamás la convocatoria a las gentes para estos casos; lo creo como actos de la intimidad. [30]

El final

El testimonio de Nelly, hermana de José María nos proporciona luces sobre el desenlace de la intensa relación. Señala: Pero, según mi hermano, el egoísmo de algunas personas desbarató aquellos sueños e ilusiones. No contentos con separarlos, intentaron hacer desaparecer todo documento sobre esa niña. Este hecho dejó profunda huella en mi hermano y creo yo que nunca pudo recuperarse de ese fracaso. Con frecuencia lo oí recriminarse por su falta de carácter, por permitir que destruyeran lo que él consideró como su única oportunidad de ser feliz.[…] Lo único que sé es que si yo hubiese estado cerca de él en esa época, le hubiera dado mi apoyo incondicional impidiéndole que destruyera su vida; probablemente ahora lo tendríamos aún entre nosotros […] Pienso que ahora nadie tiene el derecho de juzgar este incidente, sólo lamento no haberlo acompañado pues conociéndolo bien sé que debió haber pasado momentos muy difíciles cuando rompió con Vilma Ponce. [31] Sí, abordando el difícil espacio de las especulaciones, es muy probable que estando Nelly a su lado, los resultados de un amor tan intenso hubieran sido distintos. Al margen de esta consideración Nelly habría contenido las decisiones de Celia. Relatamos un incidente que fundamenta las apreciaciones vertidas: Nelly, sabiendo que su hermano se encontraba afectado de bronquitis, le hizo la visita correspondiente. Señala: lo fui a ver aprovechando que Celia no estaba y lo halló con un aspecto deprimente, pálido, con la barba crecida, acostado en una camita pequeña en su biblioteca. Muy impresionada con su aspecto fui a buscar a nuestra común amiga Mildred [De Zela], con quien le compramos un pijama y otros objetos personales. […] Él me miraba con sus ojos de niño triste. […] Llegó Celia pero no me dijo absolutamente nada. En esa época Arguedas era Director de la Casa de la Cultura, [34] como vemos estamos pues frente a una hermana que se hubiera enfrentado a Celia con sus mismas armas y ayudado en la causa arguediana.

Siguiendo el testimonio de Nelly Arguedas, receptora de las confesiones del hermano, tenemos que ubicar la decisión de José María de no haber afrontado con decisión los arreglos que requería para allanar el difícil camino que conducía a la edificación del anhelado hogar con Vilma Ponce. El dilatado noviazgo fue deteriorando y aplacando los ímpetus del escritor para retirar el primer obstáculo: Celia Bustamante. Fue perdiendo convicción a medida que iba siendo cercado por el hábil uso de fuerzas destructivas desplegado por ella en torno a la pareja. Su aceptación aparente de la realidad no tuvo correlato cierto en la práctica. El egoísmo de las personas a las que alude Nelly Arguedas apuntan a Celia y a su entorno y también la señalan como estratega o ejecutora de las cartas anónimas que arribaron a la casa de Vilma en Apata y de las acciones dirigidas a desaparecer documentación legal de Vilma Victoria. No pudo repetir acción semejante cuando apareció Sybila Arredondo en el horizonte.

Comentamos, como muestra de la pérdida de convicción de José María, una carta dirigida a su hermano Arístides que refiere su decisión de apartarse de la vida de Vilma. Le menciona, aludiendo a Celia:  ahora me encuentro con que le he perdido casi todo el amor que le tenía; he comprobado que la chica de Apata, como tú lo advertiste es a tal extremo primitiva que no habría podido soportar la vida con ella y me habría echado un fardo quizá insufrible que habría destruido mis posibilidades. Añade algo inesperado, la presencia de otra dama en el firmamento: la otra señorita es excelente colaboradora, pero tampoco;  me cautiva, sino en un solo sentido, en el menos permanente; me siento ahora como libre pero al mismo tiempo en la soledad anhelante de mi adolescencia. [32] Señalemos que la fecha de la carta, 21 de mayo de 1956, se yuxtapone con comunicaciones que todavía mantiene con Vilma Ponce. Arguedas parece aquí acomodarse a las opiniones surgidas de su entorno objetando su relación con Vilma, sencilla mujer de una localidad alejada de la capital, incompatible, en criterios familiares, para ser pareja de un intelectual y escritor ya prestigioso. Se trata, qué duda cabe, de esta separación de países que sufrimos, del que Arguedas, hay que decirlo, no estuvo exento de su letal influencia. Las cartas a Vilma están, considero, apegados a sus verdaderos sentimientos. La versión que aporta Vilma Victoria, y que mostramos en párrafos siguiente, abona en favor de esta idea.

Celia Bustamante conservó el matrimonio pero no pudo evitar discordias y desamor. A los pocos meses de la disolución del amor entre Vilma y José María, ambos partieron a Europa, enero de 1958, en un viaje que llevaría a la pareja hasta España, Sayago, donde el escritor desarrollaría una investigación sobre las comunidades rurales de la zona. El matrimonio salvó la difícil coyuntura, pero no pudo evitar que la relación estuviera herida mortalmente. Tenía fecha marcada de extinción. 

Terminemos con la emotiva y sentida narración de Vilma Victoria Arguedas Ponce acerca de los hechos: El matrimonio entre mis padres nunca llegó a realizarse porque mi padre no pudo – o no quiso – divorciarse de su esposa para casarse con mi madre. El le había prometido matrimonio. En estas cartas se ve que esa promesa es un tema reiterativo. Ante esta indecisión de mi padre, mis abuelos y mi madre – todos muy orgullosos – se sintieron burlados. Mi madre, que por entonces tenía veinticinco años, decidió por tanto terminar con el romance. Debo decir que en esta decisión pesaron, además de los problemas e indecisiones de él, las intervenciones de terceras personas encargadas de hacerle llegar a mi familia una serie de anónimos que precipitaron la ruptura. Luego de unos años de mi nacimiento, mi madre se casa y forma una nueva familia. […] Me enteré en una oportunidad […] de que cuando mi padre se separó de su esposa fue a Apata buscando a mi mamá, pero ella ya estaba casada. Por eso, tuvo que regresar de nuestro pueblo llorando. [33]

Me invade una sensación de asombro, desconcierto, íntima impresión, cuando leo que el día que eligió José María para disparar sobre su cuerpo, 28 de noviembre, era también el cumpleaños de Vilma Ponce y, sincronía adicional, el aniversario del momento en que ella le hizo saber que aceptaba ser esposa del tersamente humano escritor. [35]

Nada que añadir a un amor de ríos profundos.


[1] Sara Castro Klarén. José María Arguedas. Testimonio sobre preguntas de Sara Castro Klarén. Hispamérica N° 10. 1975. Pág. 49,52,53.

[2] Testimonio de su sobrina Yolanda López Pozo enCarmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 400.

[3] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad católica del Perú. Lima, 2004. Pág. 155.

[4] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 149.

[5] Personajes de su novela “Todas las sangres”

[6] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 23.

[7] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 22.

[8] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 22.

[9] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 114.

[10] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en la vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 220.

[11] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 157.

[12] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 109.

[13] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 402.

[14] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 401.

[15] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 401.

[16] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 132,133.

[17] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 231, 232.

[18]Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 107 y siguientes.

[19] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 221.

[20] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 24.

[21] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 131.

[22] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 131.

[23] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 133.

[24] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 151.

[25] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 166.

[26] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 166.

[27] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 219.

[28] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 138.

[29] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 317.

[30] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 173.

[31] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 317, 318.

[32] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 232.

[33] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Págs. 127,128.

[34] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Págs. 318, 319.

[35] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 225.

I. El amor de José María Arguedas en Apata, Huancayo

En recuerdo de Apata, Sicaya, San Jerónimo, Cochas, que recorrí siguiendo las huellas de José María y mis pasos perdidos.

Introducción

No haremos una indagación académica sobre las interioridades de la vida sentimental de José María en la localidad huancaína de Apata sino vincular el contenido humano de una historia de amor, trágica, sin duda, luminosa también, con la vida y la elaboración de sus creaciones con regularidad enlazadas a la presencia de un nombre femenino. Sus experiencias, en especial la vivida en Apata, bien podría leerse como páginas de alguna de sus novelas.

La hacienda Viseca

Revisando apuntes, textos y ordenando la información que nos conducían a organizar estas líneas, reparamos en que resultaba insuficiente referirnos solamente al espacio sentimental de Apata porque, como ocurre con los creadores que conservan la energía transformadora de la humanidad, la historia de sus amores los define; el íntegro de ellos y unos más que otros. Las sensibilidades que recubren cada espacio de su cuerpo orientan la insaciable necesidad de recaudar experiencias de toda índole, sonidos, libros, rostros, nombres, fotografías, amigos, caminatas solitarias, familia, política, también religión, que le deparan al creador, hombre o mujer, situaciones que otros no asimilan del mismo modo. Son trituradores de experiencias, digestores de apellidos, cuerpos, objetos, colores, palabras; ninguna experiencia sensorial les es ajena. En medio del inagotable universo de realidades, inconexas muchas de ellas, el insondable territorio del amor les depara el estímulo creativo fundamental. J. M. Arguedas es un ejemplo singular de esta afirmación; escribía, o escribía mejor, cuando un amor nuevo le reorganizaba la vida, le inyectaba un nuevo sentido a sus agotadas reservas de pasión, porque José María era una creación que requería permanentemente ser querido de nuevo, reconsiderado por ojos distintos, confrontar sus imaginadas limitaciones con alguien que le reiterara una valoración positiva de su existencia, necesitaba reconocerse deseado, admirado, por personalidades inéditas. Atención, no nos referimos a la vanidad fatua y pedestre del petulante insustancial, conquistador de experiencias nocturnas y  pasajeras, no, José María buscaba  también perennidad en la nueva vinculación, requería concebir que lo hallado devendría en la última experiencia. Su vapuleada sexualidad no le permitía rifar o descubrir su íntima constitución con algo pasajero y circunstancial. Sus relaciones debían también hacerle sentir que se hallaba bajo una construida protección maternal. Es muy notoria esta realidad en su relación con Celia Bustamante.  

Los arguedianos signos personales pueden ser rastreadas en su itinerario afectivo. Decisiones que orientaron el sentido de su existencia estuvieron ligados estrechamente a sus sentimientos por las mujeres que rodearon su biografía. Un solo dato para acercarnos, muy de cerca, y confirmar lo mencionado: la fecha en que gatilló dos veces su arma coincide, extrañamente, con el aniversario de un hecho amoroso precisamente vinculado a su relación con Vilma Ponce, su amor de Apata.

Entrada a la hacienda Viseca

Cada una de sus relaciones establece etapas definidas de su existencia y son reflejadas en su producción literaria. Fiel a su concepción del tiempo y el espacio andinos, el inicio y fin de sus relaciones parecen portales que se cierran y se abren uniendo territorio, migraciones, y tiempo, intentos sucesivos de suicidio. El escritor Arguedas no dejó nada importante de su biografía fuera de sus manuscritos, nada de su vida íntima y sentimental se mantuvo al margen de su densa existencia y tampoco de su poesía y literatura; allí se encuentran como vitrinas de exhibición para quienes quieran observarla. José María amó desde el espacio inasible que gobierna las emociones, el sustrato que minimiza o somete el contacto físico y privilegia mirada, palabras, la mano extendida acariciando un rostro, una nionena, un burro mostrenco, la experiencia visual, emotiva, social, que un día lo cautivó y puso una señal indeleble en su vida.

El amor, dista de ser para el escritor satisfacción carnal, material, holgura y se torna, en cambio, observación, silencio en compañía, solidaridad con sus dolores extensos, distanciarse de quien ama en callada lejanía, encuentro con la muerte. Arguedas buscaba ser amado a través de la exposición de sus limitaciones, de lágrimas acumuladas y listas para ser mostradas en el diálogo íntimo que no era necesario acabara en lecho marital. Con una ligazón tan estrecha con nuestra cultura ancestral como él, que pensaba en los ríos como dioses, en el alma del maíz y que conversaba con La Gringa, la Zarina [1] animales de Viseca, no podía establecer con sus parejas relaciones que fueran ajenas a esa especie de sacro mundo encantado que él tenía para vivir sus días. El necesitaba una india como pareja, alguien que le reprodujera el mundo mítico del que provenía, y es posible que Vilma Ponce reunía esas características con mayor precisión. Eres mi pueblo, mi tierra, el canto de las aves que oí en mi niñez. Necesito mucha ternura; escribe con más frecuencia, [2] le dice a Vilma en junio de 1959.  

Veamos, a grandes rasgos, el itinerario amoroso del escritor contemporáneo más importante de nuestro país

Patio de la hacienda Viseca

Los ojos negros de Justinacha

El primer acto de esta hermosa saga es reconocible en su cuento Warma kuyay, Amor de niño. Allí encontramos a Justinacha, la cholita, así la llama Ernesto, [3] el adolescente que inventa Arguedas para narrar la historia; sí, es el mismo Ernesto que después reaparece en Los ríos profundos recorriendo el sur andino con su padre. Es una relación desigual, un niño blanco y una cholita que es, además, unos años mayor. Aquí inaugura el sendero que después seguirá en sus siguientes experiencias. Mucho de sensorial, de miradas, gestos, los ojos de su amor chispeaban como dos luceros […] cantaba. Es un puntito negro en medio del espacio Y yo la quiero, dice, mi corazón tiembla cuando ella se ríe, llora cuando sus ojos miran al Kutu. ¿Por qué, pues, me muero por ese puntito negro? [4] Efectivamente, ¿quién describe un sentimiento como un puntito en el espacio? Solo alguien que conjuga espacio y tiempo en un solo estamento y siente que vive en un mundo encantado. Ella le dice, cuando Ernesto le quiere tomar de la mano: ¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas! provocando desorientación en el adolescente enamorado que tiene apariencia de blanco pero es indio. A esta danza de tensiones se agrega el Kutu, el compañero de Justina. Ernesto le increpa: ¡al Kuto le quieres, su cara de sapo te gusta! Kutu. Hay otro actor en esta trágica trenza sentimental, Froylán, el hacendado de Viseca, persigue a Justinacha y el resultado no puede ser otro que el estupro, la deshumanización del sexo cuando es vejada por el tirano. Ernesto, impotente para hacer justicia con sus manos le pide a Kuto que mate a Froylán. La respuesta es negativa, le explica sus razones: Yo, pues, soy “endio”, no puedo con el patrón. Otra vez, cuando seas “abugau”, vas a fregar al patrón. Ernesto.

Después del condenable hecho, Ernesto la sigue amando, no le asigna culpa ni responsabilidad en la violación; la ira por el hacendado incrementan su vinculación con Justina. Es en este tiempo que señala que era bonita: su cara rosada estaba siempre limpia, sus ojos negros quemaban; no era como la otras cholas, sus pestañas eran largas, su boca llamaba al amor y no me dejaba dormir. A los catorce años yo la quería; sus pechitos parecían limones grandes y me desesperaban. [5]

Derrotado en la contienda con el Kutu y el hacendado Froylán, se queda en Viseca cerca de Justina, el Kutu pide licencia y se va de la hacienda, contemplando sus ojos negros, oyendo su risa, mirándola desde lejitos, era casi feliz, porque mi amor por Justina fue un “Warma kuyay” y yo no creía tener derecho todavía sobre ella; sabía que tendría que ser de otro, de un hombre grande, que manejara ya zurriago, que echara ajos roncos y peleara a látigos en los carnavales. Y como amaba a los animales, las fiestas indias, las cosechas, las siembras con música y jarawi, viví alegre en esa quebrada verde y llena del calor amoroso del sol. Hasta que un día me arrancaron de mi querencia, para traerme a este bullicio, donde gentes que no quiero, que no comprendo. [6] La relación de Ernesto con el medio ambiente señala los límites que encierra su amor por Justina. No hay disociación entre el amor, la alegría y el amoroso sol para ser feliz. Nunca pudo volver a serlo después de aquellos años. El amor nunca más tuvo para él ese marco encantado que le ofreció su niñez y sus primeros años adolescentes.  

La huella que Justina le suscitó al púber José María se constituye en señal indeleble en su biografía, todos los romances que vive después son una especie de búsqueda para hallar en la mujer el mundo fantástico de siembra, animales, amoroso sol, cantos que vivió con Justina. Ninguna mujer pudo reconstruir aquel escenario mítico que solo él conocía. No hubo manera de que pudiera acceder a una pareja que contuviera o proyectara aquella geografía cósmica irrepetible. Arguedas no pedía que solo la mujer le proporcionara aquellos escenarios de nuevo, él mismo portaba el equipaje permanente que desempacaría si hallaba la persona adecuada; nunca pudo usarlo con tanta propiedad como lo hizo en Apata. Siguiendo ese sencillo criterio, atravesando un simple sendero halla el amor en un pequeño poblado huancaíno, el amor de Vilma Catalina Ponce Martínez, que lo ubica de nuevo en el mágico escenario que compartió con Justina.

La mítica Pompeya

Pompeya, la mítica, la inubicable adolescente iqueña que José María conoce mientras estudia la secundaria en Ica es otra referencia amorosa que no podemos ignorar en su insatisfecha ruta sentimental.

El escritor en ciernes ha sido conducido por su padre a esta ciudad, luego de haber culminado su educación primaria en la ciudad de Abancay en el colegio Miguel Grau regentado por los mercedarios, experiencia que él describe en Los ríos profundos. Lo acompaña su hermano mayor Arístides que le proporciona soporte anímico para sobrellevar la dura experiencia del exilio interno. Dos años permanece el escritor en la ciudad de Ica donde cursa el primer y segundo año de secundaria.

Sabemos las circunstancias en que Pompeya y José María toman contacto. Lo relata Arístides en sus Diarios. Cursaba el segundo año de secundaria y acababan de salir del internado del colegio porque fue infectado por paludismo y hallaron una pensión en casa de una viuda, amiga del padre. [7] Y, el destino siempre oportuno construye los lazos que nadie más puede atar: Pompeya era vecina y sobrina de Rosa, la señora viuda. Se enamoró de inmediato de ella, y la cortejó con insistencia pero demasiada delicadeza (sic). En ese momento la adolescente tenía compañía, se trataba de Víctor, eximio futbolista. Un estudiante aprovechado y un deportista destacado se disputan el amor de Pompeya. En un primer momento José María gana el desafío. Pompeya dejó a Víctor y se paseaba con el joven intelectual sábados y domingos por el parque Barranco. José María entraba y salía con soltura de la casa de Pompeya, ayudado por el parentesco con la señora Rosa. Y, bueno, en medio del naciente y apasionado romance, con aporte mayoritario de José María, ocurrió lo inesperado: un día que se acerca a la casa de su amor, la sorprende conversando con Víctor quien, al verlo, reemprende su camino. Ella, nerviosa, invita a Pepe a ingresar a su casa. Conversan, en medio de una inquietud perceptible, debido al incidente y a las travesías del hermano Arístides que es enamorado de “Z”, hermana de Pompeya; así es, dos hermanos y dos hermanas en romance duplicado. Se despiden, sin dilucidar sus destinos. Más tarde, Pepe, así le llama Pompeya, vuelve a buscarla y conversan:

Ica en los años en que José María vivió en Ica

—P. [Pompeya] —le dije—sabes que te amo con toda el alma; ahora te lo digo de frente, recuerda lo felices que hemos sido estos meses.

Oye Pepe — me contestó—voy a serte franca: he vuelto con Víctor; no he conseguido olvidarlo. Para corresponderte búscate otra chica, como lo ha hecho tu hermano, chau.

Y se fue.

Señala Pepe que le sobrevino una extraña sensación de vacío, de ingravidez. No sentía el peso de mi cuerpo y mis pies me llevaban no sé a dónde…

Añade José María: volví a la realidad cuando me exigieron salir. Me encontraba en una de las bancas de la iglesia del Señor de Luren. Recuerdo haber llorado como jamás lo había hecho. No encontré razón por qué P. me había despreciado. [8]

Sale de la iglesia y se percata que su padre, por feliz coincidencia, había llegado a Ica a visitar a los dos hermanos. Le explica que se siente mal, que le duele el corazón. El padre preocupado, lo conduce a la farmacia: allí mismo tomé agua con unas gotas de azahar. Salimos, me había aliviado. A los pocos minutos la desesperación volvió a atacarlo. Le explica el mal que padece y mientras conversan Pepe se desmaya y el padre lo retiene entre sus brazos. Al recuperarse, le dice:

Papacito, no quiero estar en Ica. Llévame contigo.

Primero te llevaré a donde el médico, luego hablaremos.

El especialista señala que se trata de taquicardia y le receta cucharadas y reposo. José María le vuelve a solicitar al padre que lo llevara con él. Inclusive le pide volver a Viseca, al lado de sus tíos y los animales que en esa estancia trató como a sus propios hermanos: la Gringa, Pánfilo, la Zarina, el tordo de la Capitana. El padre lo comprende, lo trata con delicadeza y le dice:

Calle de Ica en 1930
  • Hijo, esto es momentáneo, te va a pasar. Falta un mes para que termines tu segundo año, perderías un año más. No volverás a Ica, te llevaré al Cusco, Arequipa o Huancayo, te lo prometo.

Así se define el primer contacto del joven escritor en ciernes con la ciudad de Huancayo; ignora que años después mantendrá en ese entorno una relación sentimental que lo señalará para siempre. Pasada la borrasca, un tiempo después le cuenta al hermano que olvidó la afrenta, desechó el rencor, mis angustias y empecé a a escribir versos dedicados a ella. Muchos acrósticos, unos con sólo su nombre, otros con el apellido paterno y uno, todo completo. La tarea fue fácil para él, refiere, mi inspiración era continua y fluían los versos con más rapidez que mi mano para escribirlos. Adquirió un cuaderno de hojas muy finas y con mucho cuidado paso en limpio los versos. Estuvieron listos para el 14 de diciembre, cumpleaños de Pompeya. Los llevó a su casa y los depositó con solemnidad en medio de una mesita de centro de la sala. El padre de Pompeya se sintió halagado por la labor de JoséMaría. Un tanto avergonzado por la situación el poeta alegó tareas que cumplir y se retiró de la reunión poco después de haber presentado su obsequio. Posteriormente se dio tiempo inclusive para ayudar a Víctor, su rival, en temas de matemáticas y lo salvó en matemáticas. [9]

José María, ya adulto, recuerda aspectos de su relación con Pompeya y reflexiona: todos los profesores me guardaban cordial deferencia, mis condiscípulos también, los padres de P. me querían como a un hijo y así todos sus parientes. Pero ella, ¿por qué no? [10] Y precisa: Víctor era un muchacho cobardón, hablaba apenas, era algo bruto, no rendía como alumno, temblaba y sudaba cuando lo llamaban al paso oral. Pero en la cancha era otra cosa: veloz valiente, de reflejos instantáneos y oportunos en el pase, intuitivo en la recepción. ¿Sería por eso? ¿Por qué pateaba fuerte era preferido? ¿Es que para el amor las mujeres son solamente hembras y, como las perras, se rinden al más fuerte, al más macho en apariencia? ¿Sería eso, el instinto animal de la selección de la especie?

La familia de Pompeya siguiendo la tradición migrante nuestra se trasladó después a Lima, y José María y Arístides la frecuentaban. Se habían instalado en la Alameda de los Descalzos. Después de una visita amical, José María le confía a Arístides: amé a P. con todas la fuerzas de mi alma; tuve ya la seguridad de que ningún hombre la ha querido como yo a ella, y haya sufrido tanto por una mujer. Pero no, para mí no era. Era algo divino, como un ángel. Sabes Ernesto, he leído Pablo y Virginia, los Miserables, la Divina Comedia, los amores que es esas obras se relatan eran mí pálidos reflejos de lo que yo sentía. ¡Pero ya todo se acabó!

José María Arguedas y su humana vinculación con los animales

Después de los sucesos de diciembre de 1927, en pleno verano, mediados de marzo, José María es llevado por su padre a la ciudad de Huancayo para continuar sus estudios secundarios en el colegio Santa Isabel. En esta localidad estudiaría el tercer año. Atrás queda la dura experiencia iqueña. Carece Pompeya de toda vinculación con los orígenes de Arguedas, lo que nos hace pensar que su figura le abrió el camino para posteriores enamoramientos con mujeres que carecían de toda vinculación con su mágico mundo. Es la ruta que después lo lleva hasta Celia Bustamante.

Pero terminemos la historia de Pompeya. Mientras José María se instala en Huancayo, Arístides  permanece en Ica. Refiriéndose a este episodio recuerda: Mi hermano siguió viéndose casi a diario con Pompeya a quien yo iba olvidando suavemente y un vago rencor pequeñito, pertinaz, envolvía su imagen, que entronicé. Pero no fue todo en balde mi desastre amoroso, descubrí mi predisposición a escribir. [11]


[1] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 110.

[2] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad católica del Perú. Lima, 2004. Pág. 155.

[3]José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 7. 

[4]José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 8. 

[5] José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 10. 

[6] José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 12.

[7] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 107 y siguientes.

[8] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 108, 109.

[9] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 108, 109.

[10]Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 110.

[11] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 114.