II. Los amores de Juan Rulfo

El encuentro con Clara Aparicio

Hay amores que iluminan la magra historia sentimental de quienes apenas alcanzamos a mirar desde la lejanía el universo de los quereres que trascienden décadas y centurias y permanecen para pervivir como esos faros costeros que guían la incertidumbre de los navegantes. Son de esa magnitud los hervores que aparecen entre las jóvenes siluetas de Clara Aparicio y Juan Rulfo que se conocieron porque algunos destinos están signados para unirse superando todas las distancias y obstáculos inventadas por los seres y la naturaleza. Este amor habita los espacios más intensos de la pasión y sirve de escala límite para mensurar los recorridos amorosos de todos los humanos. De tal magnitud son los enlaces que unieron a estos dos amantes. En esta pugna entre fuerzas naturales, la materia oscura fue desplazada por la materia Clara que hizo de vértebra fundamental en la unidad que alguna vez lo unió al escritor.

Cuando se conocieron él tenía 24 años y ella 13[1] y el escenario era Guadalajara.  Una reconocida biógrafa señala: Juan está exaltado. Ha visto a una niña que le gusta. Le gusta tanto que no puede dejar de mirarla y de seguirla a cierta distancia, discretamente. No sabe que tiene trece años, once menos que él. Como saberlo. Es una niña ya desarrollada, una adolescente con formas de mujer. Alta -para la media de la época-, de abundante cabellera oscura, armónica de facciones y de boca carnal. Un ángel con algo de diablillo. La mujercita perfecta.[2] Y algo fundamental para entender su intensa impresión al conocer a Clara: encuentra su rostro parecido al de su madre[3].

Es el joven Rulfo, que se enamoró de Clara Aparicio con una decision y seguridad que parecía sería eterna…

El nombre del escritor figuraba en las planillas del Estado mexicano como Carlos Juan Nepumeceno Pérez Rulfo Vizcaíno y había escrito algunos cuentos publicados en revistas financiadas por los propios autores y que después integrarían su libro de cuentos El llano en llamas. El galán había abandonado el D. F. para instalarse en Guadalajara; ocupa un discreto puesto de trabajo en la oficina de Migraciones de la Gobernación. Le han asignado la búsqueda de extranjeros indocumentados, nada  menos.

La mira pasar sin atreverse a vencer su timidez y dar unos pasos hacia ella; es consciente de la diferencia de edades y seguramente que también calibra las distancias sociales y económicas que los separan. Son realidades que Juan pondera y lo inducen a aguardar tres años para abordarla. Mientras tanto, ha verificado su domicilio, seguido sus huellas con dedicación y sigilo; siempre cauto, sopesando sus posibilidades de ser visto con interés por una niña-mujer que provenía de un hogar acomodado y ciertamente distante de la apurada vida del escritor. Para sus amigos, Juan no daba el tipo de pretendiente idóneo para Clara.  Para Jorge Acero, que lo acompañaba cuando observó a Clara por primera vez, ella era una real hembra.[4] Rulfo se abría paso con dificultad en una sociedad estamental y con pocas ventajas para seres que carecían de estudios universitarios y hogares solventes además de nulos contactos amicales. Huérfano temprano de padre y madre, recibía el apoyo de familiares para ubicarse en un mundo laboral que no poseía casillero idóneo para un joven  complejo, tímido, callado e introvertido, de espíritu soñador y romántico, carente de los perfiles que hacen a los varones monetariamente exitosos y solicitados por las damas.  

Hay dos versiones acerca del modo en que Rulfo se acercó a Clara. Su biógrafo oficial anota: Una mañana de 1944, Consuelo Reyes de Aparicio, madre de Clara, tomó sin querer la llamada del pretendiente Juan Rulfo. Él quería hablar con Clara, pero Clara ni lo conocía ni sabía quién era. Ante la insistencia de él Consuelo optó por decir que ella era Clara, así concordó una primera cita.[5]La versión paralela refiere que el encuentro se dio en un café de la ciudad. El año en ambas versiones es coincidente, 1944. En esta narración se ubica   Rulfo acercándose a Clara portando una  Antología de la poesía moderna española.[6]La asumimos como cierta por corresponder a la atmosfera rulfiana y porque el propio escritor lo precisa en una carta: ¿Por qué estaba tú allí ese día en el café Nápoles?, y ¿por qué estaba yo también allí? ¿Y qué cosa fue la que me hizo saber que aquella chiquilla tonta llegaría a hacerse algún día la mujercita en quien uno pondría todas sus confianzas y todos sus bienes y sus males, aunque solamente fuera mientras durara la vida? [7]

Cartas de amor, ejemplo de los límites que puede abarcar un sentimiento intenso…

Clara vaciló antes de recibir el regalo; después lo aceptó a él. Juan tuvo, desde el inicio de su gran gesta romántica, una gran aliada, la madre de Clara. Consuelo lo llamó después: Juan del alma.[8] La experimentada Consuelo supo ver que, detrás del serio rostro del pretendiente, anidaba un buen compañero y padre de los nietos que deseaba le entregara su hija. Es probable que sus consejos y  opiniones orientaron a la joven Clara para decantar su elección por el escritor. ¿Qué observó en él la hermosa jovencita asediada por pretendientes con aparentes superiores atributos que el tímido y discreto empleado perseguidor de foráneos indeseables? Las fotografías de aquellos años muestran un Rulfo optimista, más espontáneo y menos controlado que en su madurez, atildado en el vestir, observador acucioso y de maneras suaves y educadas, expresándose en frases cortas que dejaban traslucir extenso y profundo contenido. Los pretendientes de Clara seguramente superaban a Rulfo en apostura como en diplomas académicos y fortunas familiares, pero carecían, seguramente, de la sensibilidad extrema que lucía el sonrosado e inseguro varón conquistador. No necesitaba alardear de su sensibilidad, menos exhibirla para ser notoria; se manifestaba en largos silencios y en esa especie de halo de privacidad inexpugnable que lo rodeaba. También mostraba sosiego, quietud, estabilidad emocional, valores que las mujeres aprecian como parte de un proyecto de vida familiar que se desea sin sobresaltos inesperados.

Lo cierto es que la joven y emocionalmente sensata Clara, tuvo la mirada transparente para ubicar en los densos pliegues de la quieta personalidad del escritor el varón que poseía superiores condiciones que todos los demás galanes impetuosos. Imagino que no fue un destello inicial el que propició su decisión, sino la lenta evaluación de los atributos del joven candidato que impuso sus condiciones con tenacidad inquebrantable. No afirmo que se trató de una determinación surgida del frio cálculo de ventajas y desventajas; no, creo que se trató de un alumbramiento rápido en el primer encuentro; pero, ella acondicionó un tiempo para sopesar los latidos de una criatura que requería de espacio y horizontes para echarse a andar y recorrer la tierra. Es razón que explica que le impusiera a Juan una espera de tres años para formalizar el noviazgo, que se hace oficial en 1947.[9] En carta II Rulfo le dice: Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza.[10]

Es en esta época que el escritor empieza a usar el nombre que ahora es sinónimo de México y de su historia: Juan Rulfo. Lo usa para dejar sus señales en dos poemas en verso bíblico escritos en 1944 para impresionar a una jovencita con poco más de 16 años.[11]

Aire de las colinas

1948, se casan en Gudalajara, Juan Rulfo y Clara Aparicio…

Las cartas que escribió Rulfo para Clara suman ochenta y cuatro y  se inician en octubre de 1944 y culminan en diciembre de 1950 y atraviesan la ceremonia matrimonial de la pareja el 24 de abril de 1948, en Guadalajara. Se han escrito páginas extensas sobre ellas porque el universo de la correspondencia permite abordar variadas dimensiones del escritor. Los diálogos tocan temas de su niñez y orfandad, producción literaria, preocupaciones económicas, actividades intelectuales y sociales, la relación con algunos parientes. Muestran al Rulfo desprovisto del hermetismo que exhibió siempre en la vida pública, exento del cuidado que puso siempre para hablar de sí mismo y de su obra. Aquí haremos breves transcripciones y glosas del lugar sentimental, amoroso; mostraremos cortos párrafos del singular y particularmente intenso amor por Clara. Ignoro si los herederos de Rulfo tienen las cartas de respuesta. Es probable que sí las conserven. Conocerlas nos permitiría invadir el fulgor amoroso de la compañera, explicarnos la tesitura femenina que provocó en Rulfo su apasionado estallido sentimental. Lo cierto es que esa especie de detonación le posibilitó al escritor elevar su creatividad natural hasta las alturas donde se ubicó Comala y Pedro Páramo y también le proveyó de un refugio hogareño que suplió con eficacia la profunda melancolía que acuñó Rulfo ante la ausencia de un hogar para crecer y desarrollarse. Con Clara como compañera se pudo ubicar de un modo menos conflictivo en el escabroso mundo urbano de su país y soportar con mejor talante las punzantes adversidades de su biografía. Sin duda que, detrás de su obra, se halla su rostro iluminando el complejo universo narrativo que supo inventar. Cuando un escritor o artista carece de un motivo para organizar y encauzar su creación, entonces su obra languidece en el territorio de lo inasible, en el estéril campo de lo no alumbrado. 

Clara Aparicio retratada por Juan Rulfo. Belleza y quietud…

Leer las cartas me producen siempre un aire de las colinas;  acertado el subtítulo de algunas ediciones de la correspondencia, extraído de un párrafo de la carta XVIII; partes extensas de su contenido es poesía en prosa, versos de amor pleno; abarca todos los intersticios que componen este sentimiento, y lo hace de un modo que nos eleva hasta los confines más altos que abriga un ser humano por otro y rectifica ideas equivocadas de lo que debe ser el amor. Con Rulfo escribiendo a Clara comprendemos la inexistencia de límites para expresar entrega incondicional, conocemos el significado de ruptura de nuestra zona personal de confort y seguridad para vivir experiencias entrelazando biografías al punto de extinguir las fronteras del ser individual para mimetizarse en el ser amado. Después de su lectura toda otra correspondencia amorosa queda mellada, disminuida. Hallamos contenidos y sentimientos semejantes en las cartas que escribió José María Arguedas a Vilma Ponce y a Sybila Arredondo y las que cursó Franz Kafka a Milena Jesenská. Ambos escritores parecen nutrirse de un brote particular de sentimientos. En todos ellos se observa la agonía que provoca el amor que, cuando es cierto y auténtico, parece nacer en un campo santo. Mi juicio está influido, debo admitir, por el fervor que profeso a estos autores a quienes leo con particular emoción, pero también me oriento por opiniones recogidas en textos y fuentes que señalan que amaban pertrechados con las armas que provienen de la tierra y de venas desnudas de ropaje.

La primera carta contiene párrafos que son una exacta muestra de lo afirmado. Dice, Clara: corazón, rosa, amor…Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. En un conjuro de comparaciones equipara naturaleza, humanidad y amor y los lleva al ámbito del sufrimiento, tan cercano a la personalidad del creador. Finalmente evade la sangre y las heridas y la propia muerte al amparo de su claridad esclarecida. En la carta III hallamos oraciones que nos explican el profundo apoyo anímico y moral que recibía de su amada para superar las carencias afectivas y la inseguridad que no dejó de acompañarlo en gran parte de su biografía. Perdóname, le dice, si yo he exigido mucho de ti, quizá demasiado, que haya querido que tu corazón palpitara fuera de tiempo, como yo hago con el mío; pero yo soy un desequilibrado de amor y tú no, ahora lo sé y también que por eso me gustas así, porque eres como la brisa suave de una noche tranquila. Es precisamente por esto que yo anduve buscando y me metí en tantos trabajos para dar contigo porque sabía que, ya conociéndote, podía contarte las cosas que le dolían a mi alma y tú me darías el remedio. Rulfo había construido una imagen de la persona que recibiría el caudal amoroso cultivado en años de soledad y continencia. Sabía cómo debía ser aquella mujer que haría posible horadar el robusto muro que resguardaba su caudal amatorio. No lo entregaría a quien no reuniera todas las características que había imaginado en prolongadas jornadas de angustia, heridas por la ausencia de amor en su existencia. Sería errado afirmar que se trataba de un listado de preferencias semejante a  un índice de exigencias inalterables. Se trataba, muchas de ellas, de una sucesión de emociones irracionales, un estado del alma que sabe reconocer de inmediato cuando un espíritu afín se asoma ante nuestra mirada y llena cada uno de los espacios que se tenían dispuestos para ser ocupados con naturalidad por aquél rostro que se aguardaba con paciencia. Es lo que  menciona Rulfo cuando reseña sus andanzas para encontrarla y formula su certeza de haber hallado la compañía que le hacía falta para contar sus desesperanzas. De eso trata el amor, finalmente, hallar el eco que se busca, reconocible y audible con nitidez, no precisamente para enumerar  nuestras alegrías, que siempre se difunden y disipan solas, sino las insondables oscuridades que asedian nuestra humanidad.

Biografía equilibrada e informada.

En la carta IV refiere a su madre: Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ellas es Clara Aparicio, alguien a quien tu conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mi vivir sin ese cariño que tiene ella guardado en su corazón. Mi madre se llamaba María Vizcaino y estaba llena de bondad, tanta, que su corazón no resistió aquella carga y reventó. No, no es fácil querer mucho. Aquí se dirige a Clara en tercera persona para subrayar la dimensión que ha alcanzado en su vida, propia de alguien a quien no es posible tutear sin perjudicar la distancia de respeto y amor construido; alguien que ha alcanzado el estatus de su propia madre. Señala al finalizar, ya con una cercanía manifiesta, querer mucho no es fácil, por lo difícil que ha sido extender su cariño sin tener  a quién, antes de hallarla. Difícil para una personalidad compleja encontrar el alma complementaria, el espíritu afín que ocupe los vacíos largamente solitarios.

En la carta XI tocan un tema que después de algunos años se convertirá en una realidad difícilmente manejable: su vinculación con el alcohol. Menciona: Yo me he portado bien. No me he emborrachado y siempre que se trata de caminar camino derecho. No he dicho sino unas cuantas malas palabras; la gente con quien estoy no se presta para decir malas palabras. […] Tú me has hecho mucha falta…me sigues haciendo falta…me seguirás haciendo falta. Biógrafos no ligados a la fundación Rulfo, señalan los prolongados y complicados años en que el escritor fue asediado por su dipsomanía. La pudo vencer finalmente, pero el costo que le infligió a su relación con Clara parece que fue muy alta.

Es posible demorar en cada párrafo o verso en prosa, cada una de ellas posee contendidos que no pueden ser interpretados sin provocar distanciarse del espíritu que los reviste, plenos de intenso amor y cariño por Clara y llenos de ilusiones por el hogar que están iniciando. Intenso sentimiento dichos en coloquiales maneras, mostrando diversas facetas de la riqueza sentimental que poseía Rulfo para entregarla a su amada. El único modo de beber de esa fuente es acercándose a sus inmediaciones y recibir de su aliento. Detengámonos en dos cartas adicionales. La XXXVI menciona:  Yo solo sé reírme. No, ya ni aquellos pujidos que yo daba en lugar de risa, no los doy ya. Pero yo creo que con el tiempo volverán, volverán en cuanto te vea y me dé cuenta de que eres tú la causa de que yo haya vuelto a conocer la alegría. Claris, pequeñita. De nuevo aquí la posición de hombre con mayor experiencia que su amada; ubicación que no lo exime de someterse al  influjo que Clara ha asperjado en su existencia. En 1958, en la última carta, la LXXXIV, señala, ¡Yo te amo! En el cáliz. En la aurora. Debajo del Septentrión más absoluto. Allí donde la soledad une a los hombres. Allí te amé. Allí encontré tu imagen. Allí te dije: “esto es lo ha estado esperando mi esperanza” … Y me entregué. Es cierto, y lo dice con elocuencia, Rulfo se entregó al amor de la única manera posible para él, con entera voluntad de entregar a Clara toda su libertad, del modo en que el amor provee de cerco perimetral y sometimiento, donando al mismo tiempo alas para volar lejano, para crear, para ser uno mismo. Se extravía la libertad para reconquistarla entre cuatro manos y dos corazones. Y aquí no pueden mediar cálculos de cercanía o de miradas presenciales; el amor, si es amor, no se calcula por esos medios. Rulfo amó a Clara desde la distancia y desde el minuto inicial.

Fotografiado por Daysi Ascher

La vida familiar

Poco se sabe del desenvolvimiento del hogar Rulfo Aparicio. Hay hermeticidad en la información y lo que se conoce son detalles sobre las ocupaciones profesionales de Rulfo, sus continuos cambios de residencia, primeras publicaciones, el éxito de El llano en llamas y Pedro Páramo, que empezó con lentitud y luego reprodujo una avalancha de reconocimientos internacionales, y luego nacionales. Poco sabemos de las vinculaciones que construyeron Clara y Juan resguardados por los muros hogareños. Estrecheces económicas, dificultades para el pago de los colegios de los hijos, mezquindad nacional para reconocer a la obra de un creador excepcional, son aspectos que vertebraron la vida familiar y que pueden ser captados con facilidad cuando se observan los predios rulfianos sin forzar la acuciosidad.

Entre todos los elementos que establecieron las fronteras de la familia Rulfo-Aparicio surge un elemento que orienta bien la interpretación de las dificultades que aparecieron en aquellos años. Hablamos de su adicción al alcohol. El biógrafo oficial apenas hace referencia al hecho. Señala A. Vital: La época fue difícil. Mas o menos entre 1955 y 1962 don Juan tuvo varias enfermedades y dolencias en parte por efecto del consumo de bebidas y en parte por períodos de desánimo que tenían todas las características de una fuerte gripa y que lo obligaban a recluirse. Con personas cercanas a él, Rulfo hablaba del tema de la depresión, que se volvió recurrente; dos o tres veces al año el autor permanecía enclaustrado, sin rasurarse, durante un par de semanas. Hacía largas llamadas telefónicas y hablaba de todos los asuntos posibles como una forma inconsciente de terapia.[12] Críptica, sin duda, la manera de referirse a un problema de profunda significación para Rulfo y su familia y que era un hecho conocido por amigos cercanos  y de dominio público en los medios literarios de la capital mexicana. Nos alcanza una referencia importante la descripción: ubicar los años problemáticos y especular que el enclaustramiento descrito se trataba en verdad de visitas a sanatorios en quienes la familia, y quizá el propio escritor, cifraba esperanzas para superar la adicción. Sin embargo, todo  indica que el inicio del problema se remonta a algunos años atrás.

Reitero el significado de estas reflexiones: hallar pistas para comprender el proceso de deterioro que sufrió el amor por Clara Aparicio y la influencia que tuvo en su larga aridez literaria. Son temas que, considero, están imbricados y proporcionan luces para entender el delgado y oculto sendero que caminó Rulfo para llegar al amor nuevo de sus años finales.

Veamos lo que menciona Sara Roffé. La tendencia del escritor a buscar refugio en el alcohol, según comentó su amigo Fernando Benítez, se inicia en la década de los cuarenta, en esos “años tristes de archivos migratorios donde los expedientes aparecían y desaparecían mediante cohechos y trampas”. Rulfo comenzó  a beber para escapar del mundo asfixiante y sórdido que lo oprimía”. Pero su alcoholismo se fue agudizando al frecuentar de pleno, después de la publicación de su primer libro, el ambiente artístico y bohemios de la capital azteca.[13] Juan José Arreola sitúa la etapa conflictiva en los cincuenta. Señala la biógrafa que Juan Carlos Onetti contó que “Rulfo se emborrachaba y lo encontraban en la calle desnudo porque la chusma pordiosera le robaba todo”. Otro amigo, Federico Campbell, señala que entre 1960 y 1965 es cuando empieza su alejamiento del alcohol, que le permitió superar el umbral oscuro en el que había estado sumido por no menos de quince años. Ocurre luego de una temporada de terapia en el sanatorio llamado La Floresta. Volvió, se señala, transformado y con cierto desdén por la literatura. No podemos dejar de asociar su esterilidad literaria a la desaparición del estimulo que significaba par él, el uso del alcohol para crear.  

Biografía útil pero demasiado oficialista…. preocupada
por ocultar las rulfianas zonas oscuras...

Enrevesado establecer relaciones entre los hechos descritos y la aparición del nuevo amor en la vida de Rulfo, difícil también tejer especulaciones que nos expliquen nexos objetivos con su prolongada decisión de no volver a publicar después de Pedro Páramo y el Llano en llamas. Formularse preguntas es más sencillo. ¿Necesitaba beber Rulfo para escribir?, ¿su adicción se originó cuando empezó su vida matrimonial? Si observamos los datos cronológicos, así ocurrió, entonces ¿qué papel desempeñó Clara y el amor que los unía en este escenario en donde concurrían la dura y solitaria infancia de Rulfo, las dificultades económicas? Separaba, sabemos, su vida íntima familiar, personal, de su vida de escritor,[14]Jorge Ruffinelli, amigo cercano, señala que no obstante haberlo visitado varias veces en su vivienda nunca conoció a su esposa ni a sus hijos[15]. Mempo Giardinelli, refiere que más de una vez explicó su malhumor refiriéndose al infierno que era su vida familiar, o al menos conyugal, e  inmediatamente cambiaba de tema. Era un hombre, en cierto modo, resignado a su desdicha personal. Alguna vez le pregunté por qué no se iba de la casa. Me contestó que no, que ya estaba grande, viejo, y añadió algo importante: “no tengo derecho, a mí me aguantaron lo peor”. Y es que yo conocí a Juan cuando él ya no bebía.[16] Lo peor que la familia aguantó fue sin duda su adicción, fuente de tensiones extremas y dolores invaluables para las personas cercanas al adicto. El pagó ese sacrificio de Clara con la renuncia a abandonarla.

He aprendido que la evaluación de una personalidad y de las decisiones que emanan de ella, se hacen más simples y acertadas si se parte de un auto análisis y si nos preguntamos por las conductas y decisiones que adoptaríamos de hallarnos en situación semejante. Es la idea que encierra el difunfido: conócete a ti mismo y…Es claro que se trata de una opción que requiere de capacidad para inventar y penetrar con precisión en los duros muros de la mente y exige superar la ineficiente inventiva y limitaciones que surgen a la hora de asumir conductas que son vedadas para seres que carecemos de la complejidad de un Juan Rulfo; pero, son desafíos que hay que asumir. Es lo que hay para analizar y exige sumar también las páginas de investigadores que nos proporcionan certezas; no hay senda más apropiada. En esta ruta, por la que transita un creador literario, preguntamos: ¿Cuánto tiempo se puede separar en un hogar la vida pública y privada, cómo armonizar el bullicio de la calle con el silencio hogareño?, ¿al ingresar a su vivienda se despoja el escritor de sus capacidades para inventar mundos, deviene en un ser de ficción? ¿Cuánto daña una relación no compartir con la pareja aspectos de raigal importancia, como es comentar una conferencia, discutir el contenido de un libro y los caminos que se van haciendo para edificar un texto, o las discusiones literarias que acaba de ocurrir en el café con los amigos? ¿Cuánto tiempo se mantiene incólume el prístino amor de los inicios en medio de la destructora presencia de una adicción corrosiva?, ¿en qué tiempo se deja de ver con admiración y simpatía la personalidad oscura del ser amado, aquella que sirvió para enamorar y que encandiló a una sencilla y angelical señorita de hogar solvente, y que, pasada la novedad intrigante, se convierte en inaceptables disturbios de la personalidad?

Vemos de qué manera inclusive los amores incandescentes de Clara y Juan se desgasta, corroe, se diluye, se transforma en medianía, hartazgo, soledad en compañía; aún la lava ardiente que unió a esa pareja ejemplar se solidifica y enfría para dar paso a una edificación oscura, sólida sí, pero inevitablemente nocturna.

Mirada honda, acumulacion de dolor, hastío, orgullo de lo dificilmente conseguido…

Concluyamos estos párrafos especulativos relatando un diálogo que sostuvo Rulfo con la escritora mexicana Elena Poniatowska. Ella le hace notar que trata muy mal a las mujeres en sus escritos y le señala la visión negativa sobre el vínculo entre los sexos que se percibe en su obra […] La respuesta, en clave de humor, fue que para él las mujeres son “redondas”, porque “no tienen esquinas y no hay por dónde agarrarlas”. Luego, ya sin chiste, añadió: “A mi me gusta mucho la mujer pero me gusta más como amiga y compañera que como esposa, porque el matrimonio es una atadura y desde el momento en que es una atadura deja de funcionar”[17] Se trata de una descripción que pretende generalizar su opinión y encubrir su propia realidad familiar; no, no logra disimular que habla de su propio hogar. Sí, es probable que, en los últimos largos años, su vida familiar haya sido un lugar inservible para la creación y el buen vivir. Seguramente toda esa realidad angustiante tuvo un respiro, un lugar para habitar de nuevo la felicidad extraviada, cuando conoció a una mujer que le trastocó su existencia.

Aquella mujer joven  

¿Cómo era visto el Rulfo maduro por las mujeres, cómo lucía cuando se atrevió a detener su mirada en esa joven argentina? Margo Glantz, escritora mexicana lo describe: Era guapo, de una manera extraña de serlo, con una mirada borrosa y dulce, también triste, amarrada, medio maligna, como si sólo tuviese vida por dentro, como si estuviera por encima del tiempo, tiempo que sólo se marcaba  preciso en las dos líneas que le acuchillaban la frente, líneas que se fueron hundiendo cada vez más a medida que pasaban los años; sus cejas gruesas, delineadas y la derecha levantada como estuviese siempre asombrado o preguntándose algo, el pelo lo tenía ondulado, las orejas bien hechas, los labios finos.[18]Ángeles Mastreta, también escritora, alumna suya en el Centro Mexicano de Escritores, lo recuerda: Muy tímido […] No era seductor. Se dejaba estar […] caminaba en silencio, tenía los ojos tristes y las manos trémulas. Añade: Supongo que le dolía vivir. Aunque estaba seguro de que vivir también era una fiesta. Solía reírse como de lado, como quien sella su risa con ironía. Era entrañable. Era guapo. Había que verlo ir por el mundo para creer que era real.[19] Ambos testimonios coinciden en mencionar que era guapo. Y seguro que así lo vio también aquella joven alumna que asistió a su conferencia sin premeditar que arribaba a un espacio del que saldría acompañada para siempre.  Rulfo no sólo era guapo, lo envolvía también, claro está, el aura de fama, y de rareza, ser especial y distinto; elementos que, sin duda, cercaron la imaginación y los sentimientos de la joven universitaria al verlo disertar frente a ella. Imagino que él fijó su mirada en la extraña belleza que descubrió de pronto entre los variados rostros que lo escuchaban. Descubrió que Susana San Juan estaba frente a él y lo miraba. 

Rulfo buscaba la compañía femenina y joven, la otra, la que contenía años de experiencia, le fastidiaba. La escritora Beatriz Espejo recuerda que solía cortejarlo una mujer madura; Rulfo la veía venir y comentaba con un gesto muy suyo, medio de asco, medio de horror: “allí está otra vez. Siéntate a mi derecha para ver si se va la vieja”[20]. A pesar de sus años y de su afán inquebrantable por elegir la soledad y la inacción, Rulfo era joven, siempre joven. El diálogo que sostiene con su amigo, cuatro días antes de fallecer, y que lo veremos más adelante, así lo atestiguan.

Es el Rulfo que conocio a la joven mujer argentina…

Sus amigos de tertulias de café señalan la existencia de anteriores amores furtivos.  Federico Campbell confiesa con pudorosos rodeos que “algún amor sí tuvo, una novia por ahí, una ilusión”[21] Eric Nepomuceno relata: […] quería demostrarse que existía otro mundo, otra vida, en la que él vivía todo lo que no vivía en lo cotidiano. Siento que son historias que no puedo revelar, sería como traicionarlo. Historias desgarradoras, frágiles, imposibles. Pero bueno, ya se ha dicho que existió alguien en su vida[22].

Un adicional nombre femenino: la joven fotógrafa Daysi Ascher menciona: Mi afinidad con el escritor fue tan grande que nos empezamos a ver todos los días, a dar paseos por los parques de México. La simpatía de Rulfo para conmigo era ilimitada.[23] De esta vinculación surgió un álbum de fotografías con imágenes de un Rulfo extraño y perturbador. Se trata de una cercanía que muestra al escritor creando un  mundo paralelo a su hogar, alejado de sus compromisos familiares, sin vínculo alguno con las personas que habitaban su vivienda. Secreto, diría mejor. Acompañar a una joven fotógrafa por calles y parques, visitar con ella estudios fotográficos durante tres meses no es un acto reñido con ninguna escala de moralidad, pero sí nos hacen comprender la búsqueda intensa que hacía Rulfo por hallar un lugar donde acoderar su ilimitado mundo interior, su amor, sus deseos de cruzarse con una voz y compañía que lo haga sentir de nuevo integrado, humano.

Fue una búsqueda que la halló en Argentina, en una muchacha que hasta hoy permanece en el más absoluto anonimato. Refiriéndose a esta relación,  su gran amigo Mempo Giardinelli señala que Rulfo amó con juvenil ardor hasta sus últimos minutos, protagonista de una bellísima historia de amor de la que fui testigo y mensajero y que debe permanecer, todavía, en el silencio. Añade, cuidadoso: Quizá sea éste el tiempo de romperlo.[24]

La conoció en un ambiente académico, impartiendo una charla en la Universidad Nacional de Tucumán. Debió ocurrir antes de 1979 época en la que ya había sobrepasado su sexta década. Giardinelli señala que  la muchacha, por lo menos,  era veinticinco o treinta años más joven. La pudo conocer años después de iniciado el romance de Rulfo con la joven tucumana. Fue en abril de 1984, cuando regresó a la Argentina después de su exilio en México. En cuanto Juan supo de su viaje le solicitó que oficiara de correo. Le recomendó la más absoluta discreción y recibió un sobre grueso que debía entregarle a la muchacha.[25] Ella se acercó a recibir el encargo y le entregó otro sobre cerrado y grueso, para Juan. Así fue cómo se convirtió Giardinelli en correo del romance. Los amigos cercanos nunca hablaban de ella,  pero todos sabían que existía. Conocían, además, de la demasiado evidente distancia conyugal.[26] que se situaba detrás de este romance.

La relación hizo que Rulfo realizara frecuentes viajes a Buenos Aires, en alguna oportunidad de incógnito. Era un secreto no tan bien guardado, como vemos. Permitir que los amigos conocieran de su relación era, probablemente, una manera de mostrar interioridades que lo dibujaran de manera distinta ante los ojos amicales; explicar que su astenia no le impedía hallar un lugar donde floreciera de verdad lo más recóndito que poseía: su capacidad de inventar mundos donde el amor fuera el único habitante.

La joven fue extremadamente cuidadosa y discreta y guarda toda la correspondencia mantenida con Rulfo en lugar secreto. Giardinelli apunta que, en 1997, diez años después de la ausencia de Juan, la joven le consultó sobre qué hacer con la correspondencia. La respuesta que recibió fue: no hagas nada por el momento. Estuvieron de acuerdo en que Juan no hubiera aprobado jamás el uso oportunista de sus textos, literarios o epistolares[27]. Ella se dedicaba a la docencia y a la traducción; estudiaba una lengua oriental y trabajaba por un sueldo en una empresa de exportaciones y por vocación en una escuela de lenguas.

El mito femenino en la literatura de Rulfo: Susana San Juan – Revista Soma
¿Esta imegen, con licencia cinematográfica, reproduce bien a Susana San Juan? No lo sabemos, quizá sus labios, su cabellera. Cuando conozcamos al joven amor argentino, lo sabremos…

Según la descripción de Giardinelli, era –y lo seguía siendo la última vez que la vi, en 1998 – una mujer delgada, menuda y suave, de pelo y ojos negros, de rostro fino y piel trigueña, no es una mujer impactantemente bella, pero lo que atrae y encanta es su serenidad y trato delicado. Su voz es casi imperceptible y su sonrisa, leve y preciosa. Exactamente la clase de mujer que podía enamorar a Juan, y sobre todo al Juan que yo conocí: un hombre en el ocaso de su vida, trajinado pero no vencido, tremendamente necesitado de afectos pero absolutamente incapaz de pedirlos. A Juan había que quererlo con mucha calma, serenamente, comprendiéndolo en su orfandad afectiva antes que exigiéndole que cumpliera roles sociales que él jamás cumplió. Y esta muchacha cumplió a la perfección ese papel: lo quiso sin pedirle nada a cambio, sin esperar ni exigirle nada. Siempre tuvo – me parece, como me pareció desde la primera vez que la vi – un aire a Susana San Juan.[28]

Cuando Rulfo recorría los últimos días de su vida, Giardinelli le alcanzó en su lecho de enfermo una carta de la joven. Describe así el momento: Se lo entregué cuando nos quedamos solos en la habitación […] Él estaba ansioso por mi visita, porque sabía que le llevaba una carta de su amiga […] en un momento le pasé la carta y él la escondió debajo de las sabanas. Recuerdo perfectamente que le ofrecí que la leyera y me la devolviese, para no tener que esconderla con riesgo. Me dijo que no fuera pendejo, que el sabía lo que hacía y que pensaba destruirla[29]. Es el joven Rulfo, cuatro días antes de ausentarse, flameando alto su lozania espiritual. Dispuesto a seguir amando hasta el final. Seguro que su último pensamiento fue para aquella joven mujer.

A fines de los años ochenta, después de la muerte de Juan, la joven argentina se radicó en Madrid. En esa ciudad debe continuar viviendo hasta hoy. Esperamos leer en algún momento cercano las cartas que se cursaron. Sí, espero vivir para compartir con Rulfo similar emoción.

En correrias por las redes hallo esta tarjeta postal escrita por Rulfo. Dice así la leyenda: » Cortesía Biblioteca Nacional de España. Carta y tarjeta postal de Juan Rulfo a Liliana Frieiro Bonzoni (1983). Cartas del escritor mexicano durante su estancia en Argentina, escritas a sus amigos y a su más apasionado amor, Liliana.» No hay mayor desarrollo en la presentacion. Quizá sea una huella a seguir…

Un tema final: Susana San Juan. La creación de Rulfo, ¿fue la imagen de mujer que siempre anheló tener a su lado? El parecido que encuentra el amigo entre la muchacha que amó a Rulfo en secreto y Susana San Juan no parece emerger de una apreciacion personal solamente, es probable que su origen sea una revelacion del propio Rulfo. La entrevista que le hace Sylvia Fuentes al escritor en 1985, un año antes de su desaparición, nos permite atisbar la poca continencia de Rulfo para hablar del realismo mágico que cobija esta historia de amor.

Susana San Juan, el mito femenino…Rulfo la describio antes de
co nocerla

Fuentes: ¿Susana San Juan siempre vuelve?

Rulfo: Susana San Juan existe.

Fuentes: ¿Dónde está?

Rulfo: Pues por ahí, perdida en algún lugar del mundo.

Fuentes: ¿Pero no baja a tierra?

Rulfo: No, está viva.

Fuentes: Que tú la conoces y está viva.

Rulfo: La conozco.

Fuentes:  Y que la ves.

Rulfo: La veo, sí.

Fuentes: ¿Es muy bella?

Rulfo: Es hermosa, no es bella, es hermosa.

Fuentes: ¿O no se deja contigo tampoco?

Rulfo: Pues será mi edad, ¿no? Ya me llegó la antigüedad, como tú sabes.

Fuentes: Pedro Paramo la esperó.

Rulfo: Sí, la esperó, pero cuando la encontró estaba loca.

Fuentes: ¿Y la tuya, tu Susana, no está loca?

Rulfo: No, no está loca, pero es inaccesible.

Fuentes: ¿Y la buscas?

Rulfo: La busco, sí. La he ido a ver y ella ha venido a verme.

Fuentes: ¿Entonces, no es un nombre inventado?

Rulfo: No, existe. Bueno, el nombre, en el libro, sí. Yo la encontré después.

Fuentes: Estas diciéndonos secretos.

Rulfo: Sí, estoy diciendo unos secretos que no debería decírselos a nadie. Considero que esta mujer ideal que busca el hombre si existe; a la larga se la puede encontrar. Yo la encontré.

Fuentes: ¿Y es necesaria?

Rulfo: Sí, porque lo estimula a uno le da a uno cierta vitalidad.

Ninguna duda conservo, al escuchar la perezosa voz de Rulfo, que el pensaba en la muchacha que amaba cuando respondía las preguntas. Habla de ella en este corto diálogo; pudo hallar, por fin, al final de su existencia, el amor que siempre buscó y la plenitud y lo proclamó sin tapujos. No afirmo que el amor por Clara fuera ficticio, lo edificó, sin duda, es parte de una porción decisiva de su existencia. Fue un amor cierto, inimitable; pero, la erupción que brotó en su década final fue la acumulación de toda su integral humanidad y sólo puede compararse con el amor que Pedro Páramo le entregó a Susana San Juan. Estoy incapacitado para dejar de alegrarme por esta experiencia, a veces hay que rendirse al amor, por encima de consideraciones legales, moralistas y éticas. Es un sentimiento que no posee lugar para tales convenciones. Y hay mujeres que cobijan bien el amor de hombres como Rulfo.

Rulfo y sus cruces. Fotografía de Daysi Ascher...su mejor intérprete…

[1] Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 12.

[2]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 71.

[3]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 72.

[4]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[5]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 159.

[6] Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[7]Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 75.

[8]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[9]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 73.

[10] Juan Rulfo. Cartas a Clara. Juan Rulfo, herederos de Juan Rulfo. México, 2012. Pág. 23.

[11]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 161.

[12]Alberto Vital. Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía. Fundación Juan Rulfo. Editorial RM. México, 2017. Pág. 276.

[13]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 149, 150.

[14]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[15]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[16]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 200.

[17]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 210.

[18]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Pág. 248.

[19]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 250, 251.

[20]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 213.

[21]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 214.

[22]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 214.

[23]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 211.

[24] Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 216.

[25]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 216.

[26]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 217.

[27]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 218.

[28]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 219.

[29]Reina Roffé. Juan Rulfo. Biografía no autorizada. Fórcola ediciones. Madrid, 2017. Págs. 218.

La cama del Libertador. Cuento

Largos meses nos mantuvimos vinculados a su restauración. Angostas bayetas esfumaban la febril actividad que había en el interior de la casona. Con regularidad orientábamos nuestras caminatas hacia su fachada para detenernos en la vereda vecina y observar los cambios que se filtraban a través de las telas. Eran minutos que se vinculaban con mis horas de borronear planos y elaborar maquetas de  viejos patios y zaguanes.

Los trabajos culminaban y pensamos que era momento de dar una mirada a su interior. Burlamos la distraída vigilancia y nos escurrimos entre los andamios y los pintores que cubrían de blanco la fachada. Superamos con rapidez los desechos y traspusimos un corredor de techo abovedado que nos condujo a un espacioso patio rodeado de arcos y columnas de piedra. Obreros paseaban sus coloridos cascos de protección trasladando materiales y herramientas. Un amplio balcón protegía el  segundo nivel coronando el cuadrado; sus balaustres y barandillas azul añil se terminaban de instalar. Las sombras adheridas a las paredes, los vanos y los pórticos sin terminar nos produjeron la sensación de asistir a los remotos orígenes de la mansión.

Groseras interjecciones y silbidos se mezclaban con nuestro presuroso recorrido. Tomamos con rapidez el piso superior y caminamos dilatados salones de techo alto que se comunicaban con el balcón a través de macizas puertas coloniales que empezaban a teñirse del azul de los balaustres. Alertado por el ruido y el desorden provocado por Morelia y su vestido diminuto, el ingeniero apenas demoró unos minutos en hallarnos. Nos indicó cordial que habíamos transgredido las normas de acceso y nos condujo sonriente hacia la puerta de salida. Mirando sin disimulo las piernas de Morelia que caminaban unos pasos adelante, explicó algunos detalles de la obra y nos indicó la cercana fecha de su inauguración.

En un instante, cerca del muro exterior, caminando sobre las sombras de las columnas, Morelia depositó su pañuelo en una mezcla de piedra menuda y cemento que iba hacia los encofrados. Observé la pequeña seda apartándose de sus dedos viajando como una estrella desprendida del cielo.

La edificación se levantaba en una esquina, a unos pasos de la plaza mayor y del cabildo. Antiguos cimientos de piedra inca sostenían sus muros coloniales. Arcos de medio punto de ladrillo terracota rodeaban su perímetro; uno de ellos, de desigual envergadura le otorgaba a su cara principal características moriscas. Desde sus ventanas se observaban extendidos techos de teja, cúpulas de iglesias próximas y se distinguían los perfiles de la María Angola confinada en la torre del evangelio de la Catedral. Alejándonos, observando la fachada nos imaginamos al joven Garcilaso, camino a España, dejando una mirada final en la casona; su hogar hasta entonces.

Volvimos cuando sus puertas se abrieron al público. La placa de bronce en lugar visible, los colores terminados y la reluciente techumbre roja, señalaban diferencias con nuestra anterior visita. Turistas distraídos con chillonas vestimentas recorrían sus instalaciones observando armaduras, aguamaniles, mosquetes, muebles antiguos, incunables, esbeltos ángeles con espadas rectilíneas iniciando vuelos imposibles distribuidos en los salones del primer nivel. En los espacios que dejaban libres las ventanas colgaban oscuros cuadros coloniales con sonrosados españoles de hábito o golilla. Los observábamos con lentitud, sin tiempo.

Saliendo de una escalera helicoidal de piedra ingresamos al piso superior. Ingresamos por la primera puerta y se abrió ante nosotros un salón espacioso, con ventanas colindantes con la calle Heladeros. Piso de anchas tablas bañadas en petróleo, dos alfombras de época acortaban sus dimensiones. Nos detuvimos a unos pasos de la entrada, cautivados por la visión del reluciente madero que lucía una señal: Aquí durmió Bolívar a su paso por el Cusco. Dominaba el espacio, brillando con el sol que atravesaba las ventanas. Cabecera alta de madera esculpida bañada en pan de oro; dosel elevado erguido sobre cuatro pilastras redondas talladas, cubría la parte superior. Se asemejaba a una invicta carabela de fatigado velamen acoderada en dársena transitoria. Meció sus arboladuras al vaivén de dos intrusos que encaminaban sus pasos titubeantes hacia los sueños y amores del Libertador. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, yacía magro y relajado; sobre su regazo la desnudez quieta e indefensa de la Mariscala sometida al embrujo varonil del pequeño gigante. Una gruesa cabellera escondía su rostro iluminado por el reflejo de la historia. Evitamos las ropas de la atrevida mujer regadas por el piso, rodeamos absortos la cama tomados de la mano; los amantes confundidos en un solo cuerpo. Protegido por las sombras, escondido tras un cancel, los lujuriosos ojillos del ambicioso marido observaban la escena. Los pocos turistas, ajenos a nuestras visiones, iban y venían distantes de las imágenes confundidas sobre el lecho.

Nuestros pasos terminaron a los pies de esa nave centenaria. Inmóviles ante la planicie sin límites. Superado el letargo nos abordó de inmediato la vana pretensión de sumarnos al navío, de ocupar territorio de los dioses. Nos sentamos probando con ligeros movimientos su consistencia, era una suave superficie que tenía los aprestos necesarios para pasar la noche con buen abrigo. Desde las paredes nos observaban severos personajes enmarcados en pan de oro. Seguros de nuestra soledad acercamos nuestros labios siempre sedientos y nos besamos en un esfuerzo por alcanzar las tenues espumas del océano propiedad de los amantes. Rendimos nuestros cuerpos sobre el lecho, confundidos con nuestras visiones. Morelia pronto recobró la conciencia y detuvo mis manos que avanzaban presurosos hacia destinos ocultos. ¡Gabriel, no seamos insensatos, alguien puede venir, Gabriel! Sometí mis hervores, arreglamos el desorden, acicalamos nuestros cabellos y dándonos una mirada de aprobación salimos apurados del salón vacío. Nos detuvimos sobre la baranda del balcón y nos acodamos sobre el larguero azul añil,  mirando el patio empedrado; atados aún a las vibraciones de la cama y pensando en la manera de apropiarnos del dosel y de todo cuanto cobijara su sombra, de expropiarlo por un instante suficiente para extender nuestros cuerpos hirvientes sobre la tarima.

Sabíamos ambos que ése era el centro de nuestros pensamientos; entrelazamos nuestras manos y sonreímos con una mueca nerviosa. Convinimos que no había otra alternativa para nuestros deseos que la clausura inmediata del salón Bolívar. Concluimos en segundos que el mismo genio seductor no hubiera hallado una maniobra más perfecta. Imaginamos la estrategia y nos ocupamos de los detalles. Confiamos en nuestra suerte y en la complicidad del invicto caribe que, con seguridad, nos observaba complacido desde alguna colina de América. Confiamos en que el escaso personal demoraría en reparar que el recinto se había esfumado del circuito de visitas. Los turistas desprevenidos no echarían de menos dos puertas anónimas en medio de numerosas salas por recorrer, pensamos.

Nos situamos en el centro del salón, analizamos sus salidas y cuatro ventanas. A una señal de nuestros anhelos Morelia cerró una puerta y mis manos otra. Corrimos luego juntos a cancelar el sol que ingresaba a torrentes por las ventanas. El salón perdió claridad pero ganó intimidad, penumbra atractiva y exacta para nuestros propósitos. Grumetes cómplices propietarios de nuestra pasión e irresponsabilidad, solos en medio del espacioso escenario, con el libreto desprendiéndose de nuestra ansiedad. Los amantes del mundo envidiarán nuestra travesía, dije; Morelia me sonrió. Pocos habían entregado su alma en la cama de un caraqueño altivo vencedor de mil combates, dueño de la voluntad de todas las mujeres del continente. Viajeros anónimos sin pasado ni futuro heroicos, con mínimo rango y muy pocos méritos, veríamos con los ojos de Bolívar y la Mariscala, el dosel dorado de cara al viento flameando sobre nuestros cuerpos desnudos, navegando de nuevo después de un siglo de haber sido morada de amores contrariados.

Nos acercamos al borde de sus límites, caímos turbados en la meseta extensa, ganados por la rudeza de nuestros besos y por la humedad de Morelia y la premura de mis  turgencias. Atravesé sus ropas como una saeta destroza el papel de seda; carrera contra el tiempo acompañados de la ternura y estolidez de nuestros deseos. Apresuradamente desnudos nuestros cuerpos se juntaron con la misma rapidez que usó el cenceño guerrero para caminar los Andes y liberar a cinco naciones. Nos cubrimos con las frías sábanas contemporáneas y nos entregamos con calculada precisión a difuminar nuestros límites, a extendernos en un solo cuerpo.

En pocos instantes, los gemidos de Morelia se duplicaron con las voces de la Mariscala en un coro de partitura esparcida en los confines del tiempo. Urgidos por los minutos y nuestros húmedos arrebatos, el éxtasis acudió con premura. No se trataba esta vez de ser perfectos sino esenciales. Fueron necesarios minutos apenas para percibir las palpitaciones que el corazón de Bolívar había tatuado en los gruesos mástiles de cedro. El dosel elevó su tamaño hasta el final de la techumbre roja de aquella casona navegante y me transformó en su gaviero mayor. Tu fama crece como crece la sombra cuando el sol declina, recitó Morelia, sonriendo irónica, distendida.

Relajados, confiados en la persistencia de nuestra fortuna, mirando las borlas del dosel saludando agitadas nuestra campaña, ensayamos unos conjuros para evitar que las tristezas del genio y los arrestos varoniles de la indómita dama nos acompañen más allá de esa dársena maravillosa. De pronto, pasos persistentes en las afueras. Murmullos concentrados seguidos de manos poderosas posándose con apremio y rudeza sobre los portones que parecían ceder y venirse abajo. Nos cubrimos con la rapidez que seguro empleó el guerrero en huir de los conjurados, mientras lo protegía el amor sin tiempo de Manuelita. La batahola se llenaba de toscas imprecaciones mientras terminamos de vestirnos y arreglarnos con decoro antes que los intrusos derribaran los maderos que ya cedían en sus goznes. Calculamos sin discutirlo, cuál de ellos tenía menos alabarderos del otro lado y apartamos juntos las dos hojas. Directa, sin atajos, la luz del mediodía ingresó cegando nuestra visión.

Sin dar tiempo a las interjecciones ni a las miradas inquisidoras abrimos una brecha en medio de rostros desorientados y camisas coloridas. El eco de nuestros pasos apresurados reverberando sobre los crujientes maderos se apagó luego cuando tomamos la interminable y curvada escalera de piedra huyendo de nuestras sombras hacia la calle donde el sol rebotaba cegador en los adoquines de piedra.

Atrás dejamos la cama tibia propiedad de dos leyendas fundidos ahora en un solo haz con nuestros recuerdos y pasión desaforada. Algunos rostros aparecieron por las ventanas siguiendo nuestras huellas. Al llegar a la esquina protectora vimos surgir manos amigas haciéndonos señales de triunfo.

Caminamos abrazados bajo el sol hacia la esbelta iglesia de la Compañía. Traspusimos su desmedido portón y nos sentamos en una banca ubicada en medio de la nave central, sin palabras, sin aliento. A la distancia, casi susurrando Morelia me dijo: Gabriel, ¿me escuchas? Recogeré el pañuelo el día que la ciudad sea nuestra, te lo llevaré íntegro al lugar que habites para que llegue a tu memoria la persistencia de mi amor.

El sonido se ampliaba rebotando en las cúpulas y hornacinas. No pregunté por las incoherencias de tiempo y espacio de la aseveración. Preferí quedarme con la vibración de las palabras y con el tatuaje que habían dejado sus palabras en mi piel.

mayo 2003

La persistencia del tiempo. Cuento

Su pasado fenecía con el siguiente acto de su vida.  Recordar los hechos concluidos era para ella dialogar con el vacío; las formas del presente tenían vigencia mientras sus contornos no se alejaran del alcance de su mirada. Adquirió la capacidad de diluir las imágenes del día y dejarlas ir por un estrecho túnel de su memoria hasta desaparecer difuminadas en la oscuridad.

Martina empezó a sentir esta necesidad de destruir toda relación con el pasado cuando Felipe, que la acompañaba desde hacia unos meses, halló unos escritos que ella guardaba con la fuerza del secreto en un sobre de piel, escondido en el ático de su casa. Eran cartas enviadas por Cayetano, que ella releía con frecuencia hallando siempre  renovados significados a las palabras. En esas hojas  Cayetano mostraba la real dimensión de su personalidad, despojado de su limitación física exploraba mundos desconocidos y distantes para entregárselos a Martina. Ella, desde ese ático olvidado, con las palabras en sus manos elevaba su voz para sentir cerca al amor furtivo que un día le hizo saber que la medida de sus sentimientos por Felipe eran señales borrosas apenas identificables si se veían al lado de los contornos transparentes de las sensaciones extremas que descubrió con Cayetano. Es el afecto que despoja a los seres de sus limitaciones humanas, que expone los sentidos a la naturaleza virgen, las libera de ataduras y la hace dueña del universo.

Llevando las cartas acusadoras en sus manos, ingresó Felipe con violencia en la oficina de Martina. La furia concentrada llegó cuando terminaban de beber un té que acompañaba el almuerzo de hacía unos minutos. Lo recuerda vociferante, amenazando la vida de Cayetano, conminándole a  desaparecer de la existencia de Martina. Ella observó quieta la confrontación de intenciones fechas y verdades a la que fue sometido por Felipe. Cayetano, aquietó su espíritu y se mantuvo callado sin responder ninguna intemperancia mientras miraba por la ventana cercana los contornos inacabados de la ciudad. Martina inmóvil, vacilante, temerosa de la furia que portaba Felipe. Cayetano, apoyado en el alfeizar, con la fragilidad de su cuerpo descompuesto miraba a Martina esperando su intervención que pronto entendió no se produciría. Comprendió entonces que no sería su compañera ni protección. Cuando se atenuó la virulencia del momento, se deslizó discreto hacia la salida. Martina supo que se marchaba para siempre, que se había roto el vínculo que los había unido. Sería inútil cualquier esfuerzo por retenerlo. Después que la furia de Felipe fue controlada lo buscó entre  la multitud que se hacía diminuta en las veredas. Alcanzó a divisarlo, parecía más delgado y su cojera acentuada perdiéndose en la esquina siguiente. Dudó un instante en seguirlo, la detuvo la velocidad de los acontecimientos; diminutas confusiones en su mente y su ceguera para vislumbrar con rapidez los años siguientes sin él.

Martina nunca más aceptó ver a Felipe después del incidente. Él mencionó, en una desorientada y tardía llamada telefónica, que no podría continuar  y menos convivir con el recuerdo de las cartas. Tu decisión ya no es importante para mí, Felipe, respondió, nuestra vida juntos no tiene hogar ni tiempo compartido. Quedó sola, repudiando su inacción en aquel día violento; sola con los recuerdos de Cayetano acariciando su memoria. El sol se confundía con la oscuridad que avanzaba, el sobre de piel lastimaba sus manos. Se asomó a la ventana y creyó verlo caminar hacia ella, con esa extraña cadencia que retenía la mirada de la gente. Pero no, él no volvería y entendió, por la soledad que abrigaba su pecho que su amor sería irrepetible. De pie frente a la ventana, observando la noche cubrir la fachada alba de su hogar, resolvió cancelar sus nexos con el pasado. Era una decisión extraña pero que estaba vinculada con una antigua convicción suya de no aferrarse a nada que  no fuera permanente. Sentir propiedad, pertenencia sobre los seres y las cosas menoscaba la paz que requería para seguir viviendo; impide observar que el futuro es siempre mejor que el pasado, decía siempre. De esos días conservaría cercano la suavidad del sobre con las cartas en su interior.

Lo conoció mientras aguardaba el bus que la conducía al trabajo; desde la primera palabra la conversación fue para ambos un sencillo y cercano diálogo personal. Caminando luego en el mismo sentido, con naturalidad,  repararon en que laboraban en el mismo edificio desde hacía mucho tiempo. No nos conocimos antes porque no era el momento, dijo él. Se vieron con frecuencia después de ese día, se reunían con regularidad y terminando sus labores daban un largo paseo por el arbolado parque cercano. A menudo se daban tiempo para tomar un licor dulce o comer un postre en la oficina de Martina, mientras conversaban de sus coincidencias y pocas diferencias. El amor nació sencillo, contrariando sus vidas desde su origen, él también tenía compromisos que honraba con la misma frialdad con que cancelaba puntual las obligaciones de su negocio.

Eran espíritus semejantes, lo supieron de inmediato cuando sonrieron aquella primera vez que los hizo parte de un de universo compartido. Pero ambos carecieron del valor para desafiar las normas establecidas y las disposiciones hechas para amores cotidianos. Cayetano se refugiaba en la fácil alternativa del silencio, sin decir nunca que era posible buscar juntos alguna forma de felicidad; Martina prefirió también conservar el amor secreto y renunció a iniciar un camino compartido con el hombre que había llegado a amar como se necesitan los días y la luz para seguir viviendo.

Su decisión de ingresar a un territorio distinto de espacio y tiempo fue irreversible. Meditó lo suficiente para saber que ese viaje sin retorno la acercaría a lo mejor de sus interioridades, a las señales amables de su solitaria niñez y adolescencia. Sí, dijo, mi soledad ha sido incompleta, invertebrada, requiero depurarla de rostros, nombres, lugares que no me han deparado compañía, solidaridad con mis deseos y mis urgencias. Necesito conocer los vínculos que unen a los humanos con el silencio de sus orígenes. Ahora, Cayetano es un resplandor lejano que no volveré a observar con intensidad. Además, ¿qué significado tiene haber cegado mi voz, mis palabras, cuando él más me necesitaba?, ¿porqué mi renuncia a auxiliarlo, por qué lo dejé sólo, sin mi solidaridad? Requiero saberlo, concluyó. Se despojaría de sus vínculos con la vida sencilla, se distanciaría de  los colores que conocieron juntos; viviría sólo el presente, cercenando toda vinculación con el pasado. No dejaría huella de ningún acto, no estaría expuesta a permanecer cautiva de ninguna señal en el tiempo, sentenció. 

Mujer sólida, solitaria, hermética y sin vínculos que la aten con los hechos cotidianos, no le resultó difícil organizar sus actividades deshaciendo su memoria. Destruyó documentos, fotografías, agendas, credenciales, objetos y cualquier vínculo material que la ligara con el ayer. En el extremo de su decisión lastimó sus huellas digitales. Primero intentó borrarlas sin éxito con la fricción de un objeto de metal sobre sus dedos. Usó después la llama persistente de unos maderos que encendió en su patio para incinerar sus papeles y documentos. Eliminó todas las finas curvaturas que alguna vez podrían conducir a alguien hacia ella. Luego se apartó de su lugar sin comunicar a nadie su decisión. Al posar los pies en la vereda de su calle sintió que el  mundo le otorgaba la promesa de no ofrecerle nada que la retuviera en el pasado.

Abandonó su antiguo trabajo y se inventó uno nuevo en el que no era necesario conservar las relaciones  construidas en el día. Eran actividades de compra venta diaria que eliminaba cualquier posibilidad de deuda o de relaciones futuras. Ella misma se encargaba de abastecer a su negocio acudiendo a distintos proveedores que sabían de ella sólo por los datos falsos que dejaba con los contadores. Recibía pedidos por escrito, los atendía con eficacia y luego terminada la operación, desechaba cualquier vestigio que la ligara con los clientes. Mantenía con pulcritud, al día, sus obligaciones económicas y se mudaba de local constantemente; los organismos del gobierno no alcanzaban a procesar los  cambios a tiempo y nunca llegaban a encontrarla. No consideraba pedidos que la pudieran vincular con hechos que se repetirían en los días sucesivos. Tampoco respondía nada por escrito y no usaba papeles para no dejar forma alguna de huella personal. Rechazaba las fotografías y descartaba todos los sistemas de comunicación que provocaran supervivencia de señales suyas. Si las personas insistían enviando mensajes sucesivos, los devolvía sin abrirlos. En la red  de comunicaciones usaba distintos apelativos y nombres que luego combinaba hasta el infinito lo que hacia innecesaria la repetición. En cada espacio observaba mensajes que leía sin responder. Los borraba y leía solamente aquellos que tenían relación con su actividad económica. Atendido el requerimiento mudaba de nombre y códigos. Mientras tanto no dejaba de pensar en Cayetano ni de buscarlo, pero él se había esfumado de la realidad.

Por las noches, en la soledad de su habitación evaluaba la calidad del día por la ausencia de señales dejadas en el camino. Por su lejanía con el pasado las horas eran delgadas capas de tiempo que transcurrían con rapidez. Los días de Martina eran ligeros como el instante de una hora cualquiera desligada del tiempo fenecido. Con el correr del tiempo, un día observó que el deterioro de su cuerpo se había retrasado, la lozanía de su rostro contrastaba con la rigidez de piel que observaba en la gente que alguna vez le permitía contrastar su edad con la suya. Su familia más cercana nunca pudo restablecer el contacto con ella, numerosos intentos los convencieron de la inutilidad del propósito. Luego de prolongados y fallidos escarceos, comprendieron que sería vano luchar contra la determinación de Martina de perderse en el anonimato, de sumergirse en la ausencia del tiempo. No deseaba festividades compartidas ni aniversarios que celebrar, la acumulación de años era para ella la forma más nociva de vincularse con el pasado. A partir de la renuncia de su familia a encontrarla, entendió que su determinación tenía consistencia para soportar el transcurrir el paso de los meses y los años y eliminar debilidades sin remordimientos. Acrecentó su decisión de no aferrase a los recuerdos, hasta llevarla a la perfección; pasaban sin afectarla, distantes de sus sentimientos; de otro modo no alcanzaría el fin de su propósito: desaparecer el pasado, dispensarse de las ataduras, instalarse en el futuro.

El tiempo transcurría y ella no dejaba de dedicarle espacio en su memoria para recordar a Cayetano, acariciar el sobre de piel y leer con insistencia su contenido. Deletreaba las palabras amor, esperaré nuestro tiempo, yo podría representarte, eres mis ojos, nunca te vayas. Era una permanente referencia al único lugar vivo de su pasado. Luego de los destellos de debilidad, retornaba a la rutina que le exigía máxima concentración. Algún error involuntario la podía colocar en el centro de los años que ella había decidido olvidar. Evitaba equívocos, frases mal construidas, gestos antiguos que provocaran en su interlocutor la certeza de reconocer su rostro y la obligara a evadir preguntas y referencias. Se había visto en algunas oportunidades impulsada a apresurar su periódica transformación antes de tiempo y huir dejando en el camino algunos vestigios suyos que hubiese preferido evitar.

Esa mañana de otoño, en medio de procedimientos aprendidos de memoria, esperaba el bus en una esquina elegida al azar. Era cálido el ambiente y las flores habían empezado a caer sobre las avenidas y veredas de los parques formando tenues alfombrillas multicolores. Subió con cautela esperando como siempre hallar algún solitario asiento. Tomó el último libre. Se sentó con cuidado al lado de un varón que ocultaba su rostro en el diario de la mañana y que la miró de inmediato tratando de leer en su mirada datos que solo él conocía. Apenas demoró un instante para reparar que estaba frente a Cayetano. Un movimiento involuntario sacudió su cuerpo, después solo pudo mover sus ojos, sí, es él, pensó, es el rostro, gestos y esa quietud intransferible en la mirada. Se mantuvo serena, dueña de sus decisiones, invadida de pasado. Mientras él deslizaba las hojas con discreción, escudriñó su rostro; su físico deteriorado establecía diferencias con ella. Llevaba en su dedo el aro de alianza matrimonial. Recuperándose de la impresión, halló una excusa para hablarle, preguntó por una dirección que inventó en ese instante. Sorprendida, escuchó decir que sí, que sí la conocía. Es un vecindario a solo tres paraderos del siguiente, le dijo, mientras rozaba sus dedos. Él lo recordaba, prosiguió, porque en una de las casas de ese entorno vivió alguien que había amado con devoción. Le mencionó su nombre: Martina. La palabra resonó en sus oídos fisurando su futuro. ¿Por que se tomaba el cuidado de contarle una historia tan personal?, preguntó. Luego de intentar tocarla, le dijo: usted se parece mucho a ella, es asombrosa su semejanza; tenía su mirada, gestos, y similar modo de expresarse. Lo pude ver desde que puso el pie en el primer escalón. Por supuesto, añadió, esa mujer  posee mi edad; ignoro donde se encuentre ahora, intenté hallarla muchas veces, sin éxito; algunos amigos comunes que aseguran haberla visto, señalan que se mantiene en la más absoluta desconexión con el pasado. No sé, terminó diciendo, se afirman tantas cosas absurdas en esta época. Un hálito de tristeza discurrió por sus ojos.

Mientras Cayetano hablaba y la recordaba, Martina, permaneció aferrada a su asiento sin atreverse a cobijar ni pasado ni futuro. Se enfrentó a sus horas idas; aquellas que había decidido borrar de su existencia lucían perturbadoras, frescas y reconocibles con facilidad. No había dudas, allí, al alcance de su aliento estaba la sombra que un día le mostró el comienzo de la felicidad. Se le durmió el corazón bañado por lágrimas secretas. Decidió bajar antes del paradero que Cayetano le había señalado, no podía continuar a su lado. Dejó el asiento otorgándole una mirada amable y casi saltó del bus antes que se detuviera. Cayetano la miraba expectante, a través de la amplia y lustrosa ventanilla. Le hizo adiós con sus dedos tímidamente extendidos, él le contestó con una sonrisa apagada.

Caminó unos metros desorientada y luego de atravesar un pasaje angosto posó su mirada en la calle que había borrado de su mente. Si, eran los lugares que conoció desde su niñez. Siguió el rastro de su casa y observó familiar una vivienda blanca en la esquina cercana. La memoria desusada en el tiempo halló un lugar para recordar. Recogió un poco de grama de los jardines, posó sus dedos en un enrejado de madera y una astilla lastimó sus dedos. Se acercó con temor y cuidado hasta el cruce de las calles. Elevó su rostro a las ventanas entreabiertas y observó a una mujer que vestía como ella y mostraba el mismo rostro, similar la mirada y llevaba inclusive recogida la cabellera con la peineta que había sido suya. Se reconoció a si misma, se miraron. La mujer de la ventana se inquietó sin hallar explicación a su sorpresa. Bajó sus ojos, nerviosa, escudriñando sus ropas al tiempo que cubría su rostro con sus manos. No es la misma persona, pensó, sosteniendo su cuerpo en un seto cercano, tiene que ser una transfigurada imagen puesta ahí por errores del tiempo, pensó. Al  instante, una mano emergiendo del alfeizar anunció la presencia de un hombre, sí, es él, Cayetano, el que conoció joven. Abrazó a la mujer retirándola de la ventana y dejando en sus labios un beso breve, tierno. A punto de desvanecerse en el cemento, Martina sólo atinó a cubrir su rostro con las manos y sollozar. El pasado que ella creyó borrado para siempre se asomaba ante sus ojos con la persistencia de  una tinta indeleble. Giró sobre sus pies y caminó hacia el paradero cercano. En el trayecto, volvió la mirada hacia la esquina alba sin entender con certeza su ubicación en el  mundo. Tomó el autobús y se apartó del lugar con la prisa que le daba su deseo de alejarse de un pasado inexistente.

agosto 2010

II. El amor de José María Arguedas en Apata, Huancayo

Vilma Catalina Ponce Martínez

En recuerdo de Apata, Sicaya, San Jerónimo, Cochas, que recorrí siguiendo las huellas de José María y mis pasos perdidos.

“Tú sabes que no hay corazón que engañe a su dueño”

No haremos una indagación académica sobre la vida sentimental de José María en la localidad huancaína de Apata, tampoco nos conduce el ánimo de rebuscar sórdidas interioridades, que no las hay, en la vida de nuestro hermano mayor; se trata de asomarnos a los universos creativos de José María, poner la mirada en ámbitos que le permitieron aferrarse a la  vida y crear; ingresar a los espacios donde los juicios de valor son inválidos y el pecado carece de rostro y la moral no ejerce hegemonía; el espacio del amor, el que vive y enseña Arguedas, que redime, cura, vitaliza; el amor que trasciende edades, documentos legales, territorios, deseca lágrimas, soledad, ahuyenta suicidios, descubre el lugar de la inspiración y nos hace humanos.

José María caminó su vida entera buscando un nombre, la palabra, labios, corazón, que le permitiera continuar asido al débil cabo que lo vinculaba a la existencia; eludir el zarpazo acechante del veneno, escudado por un alma que hable su antiguo lenguaje y que también sintiera que las montañas viajan, los zumbayllus cantan e inventan colores, que los ríos recorren los tiempos del universo. Se le fue la vida en el intento, pero algunos momentos pudo arrancarle a esa eterna imposibilidad, instantes de plenitud que le permitieron atravesar el portal de su niñez en comunidad y volver a sentir que retornaba a su morada madre, a sentir cerca a su amor warma kuyay, al amor de Justinacha. Considero que Vilma Ponce se acercó, como ninguna mujer antes o después, a la utopía que José María nunca pudo hallar, porque  buscaba lo inexistente, el ideal inasible que habita el futuro que nos dará a todos la oportunidad de vivir existencias arguedianas, mundos donde usemos el lenguaje de las aves y podamos comprender que nos habitan cuatro mundos y cobijar relámpagos en nuestras manos sea un acto cotidiano; entonces amaremos sin fronteras que impiden ser felices con sencillez humana.

Nos mueve también el propósito de vincular el intenso contenido de una historia de amor, trágica y luminosa, sin duda, con la vida y elaboración de sus creaciones con regularidad enlazadas a la presencia de un nombre femenino. De su experiencia con Vilma Ponce emerge de nuevo Ernesto, el adolescente ilusionado que disputa con el Kutu el amor de Justina, el niño angustiado por verse jaloneado por manos familiares que nunca pudieron prodigarle un hogar para establecerse. A una ilustre entrevistadora le habla de su personalidad: […] y me traen muchos males porque tengo muchas pervivencias de mi modo de ser de niño y adolescente. Tengo muchos inconvenientes para la adaptación a la vida cotidiana. [1] A continuación le habla de Los ríos profundos: [la] concebí […] en una maravillosa comunidad del Valle del Mantaro […] me enviaron […] a hacer un estudio para el Instituto de Estudios Tecnológicos del Ministerio de Educación […] me quedé […] como unos cuatro o cinco meses y ahí tuve una aventura sentimental muy curiosa. Conocí a una chica que era parecida a una de mis compañeras del colegio y entonces esta chica me causó una impresión tan grande y era tan buena y leal. Fue a raíz de este enamoramiento que yo empecé a escribir otra vez. […] Empecé a escribir con tanto entusiasmo que dejé todo el material antropológico y me puse a escribir Los ríos profundos y no hice nada para el Instituto hasta terminar el libro. Yo me acuerdo que llegó Francois Bouricand (sic) y le dije: “Estoy escribiendo, no puedo hacer otra cosa. Vemos al Arguedas maduro compartiendo los momentos de felicidad pasada, pero añadiendo un sustantivo, curiosa, que no refleja los instantes luminosos que compartió con Vilma y lo muestra incapacitado para precisar que aquella mujer no puede ser descrita de esa manera. Es la permanente distancia que establece con los acontecimientos que brotan del amor y lo rodean para siempre; un afán de disminuirse como legítimo receptor de cariño, afecto. Añadir otros comentarios a estas declaraciones provocaría caer en redundancias.

El amor con Vilma hace posible que Arguedas, después de años de sequedad sentimental ubique un recodo que le permita acurrucar su cuerpo y protegerse del clima urbano, de la neblina perniciosa, de caminantes agresivos, pugnas laborales, cortedades económicas, soledad en compañía. Con ella vemos asomarse el Arguedas quechua, andino, incompleto siempre de condiciones para insertarse en la sociedad criolla blanca y con aceptación plena de sus reglas de convivencia. La personalidad de José María generó siempre confusión. Sus amigos lo recuerdan jovial, optimista, cantor, comunicativo, contador de chistes, pero familiares cercanos se aproximan con mayor certeza a su íntima constitución: Esas, creo, son las dos caras de José María que recuerdo bien, caras de gozo y también de melancolía. El hombre tierno y cariñoso que se divertía en nuestras fiestas íntimas y el ser humano silencioso y atormentado; el primo querido que podía llora y reír con similar intensidad.[2]

Asociemos sus obras literarias a la vida sentimental de nuestro escritor y tratemos de calibrar el tipo de vínculo, no menciono intensidad de sentimientos, tampoco mido, imposible lograrlo, la profundidad y extensión del amor; muestro el resultado de sus compañías en la actividad literaria que era el centro de su existencia. Junto a Celia Bustamante es militante de causas socialistas y creador de Canto Kechwa, Yawar Fiesta, Diamantes y Pedernales, Comunidades de España y del Perú; de la humanidad de Sybila Arredondo emana El zorro de arriba y el zorro de abajo, la traducción de Dioses y hombres de Huarochirí y La agonía de Rasu Ñiti, su cuento, considero, más logrado y el que mejor expresa el pensamiento ancestral; Vilma Ponce palpita en Los ríos profundos y El Sexto, páginas que habían quedado extraviadas por sus dolores y agonías y las que mejor traducen su mundo interior; aquí, Ernesto y Gabriel son José María con parvo velo protector. Todas las sangres es escrito como la necesaria propuesta política de un proyecto de nación en medio del aturdimiento que vive un país azotado por la violencia armada de cuño ideológico exterior y también acicateado por el fragor por recuperar la estabilidad emocional junto a la siquiatra Lola Hoffmann, quien recibe la proyección del amor hacia la madre ausente; es también el deseo de mostrar su contextura histórica y ubicar un lugar a la Kurku Gertrudis, intrincada representación de su madre biológica, que nunca pudo integrar a su vida cierta. No hallo asociación clara entre su producción poética quechua y un entorno sentimental definido y sí la encuentro enlazada a su final vinculación con sus raíces culturales. Crea los poemas en años en que va resolviendo una crisis matrimonial sostenida y terminal, iniciada con Vilma Ponce, y llevada a su término con su encuentro con otro gran amor, Sybila Arredondo. Es posible decir lo mismo de su cuento El sueño del pongo. Su producción poética es decidida luego de haber decantado sus aproximaciones al socialismo y propicia el reencuentro con el país antiguo engarzado con una nación de todas las sangres. Es un cuadro de clara definición por un país vertebrado con su pasado.

Puente de cal y canto de Apata

Vilma y José María se conocen

Regresemos al camino de Apata. Mientras caminaba con Vilma, halló las rutas extraviadas de Ernesto; juntos dejaron huella sobre antiguos espacios que circundan el valle de Apata, [4] paseos por Paucar, por Santa María, por Iscos, las alamedas, esa pequeña cumbre desde donde se ve “Perdón Pampa” o quizá también ascendieron juntos el cerro Talhuispampa  y posaron sus manos en la piedra de Tulunco y trajinaron el puente de cal y canto y remontaron unidos la pendiente hasta las lagunas de Atacocha y Pomacocha. Su experiencia en Apata, bien podría leerse como páginas de alguna de sus novelas porque poseen la magia de sus creaciones, las agonías y claridades de Ernesto, la reciedumbre de Asunta La Torre, las delicadezas y señorío de Matilde, la persistencia de Vicenta y la humanidad de la Kurku. [5]

A diferencia de la versión comentada líneas arriba, una fuente señala que fue agosto de 1955 cuando José María y Vilma Catalina Ponce Martínez se conocieron en una fiesta patronal del pueblo de Apata, [6] Por documentación adicional, que comentaremos, es probable que el primer encuentro ocurriera largos meses antes. Como hurgador de cosas y sentimientos arguedianos me agrada pensar que la primera mirada surgiera en medio de una fiesta andina, rodeados de la algarabía del pueblo, música, danzantes, niebla espesa surgida detrás de detonaciones de pólvora provinciana, bajo la atenta compañía de aukis y apus circundantes. Además, aunque parezca excesivamente subjetivo, creo que hay pocos meses más propicios para el amor que agosto.

Al margen de especulaciones noveladas, y sin olvidar la versión señalada por el mismo Arguedas, el embajador mexicano en el Perú, Moisés Sáenz, amigo cercano de Arguedas y de Celia Bustamante, es un enlace que refuerza sus vinculaciones con Apata por su interés en la producción artística artesanal y posturas indigenistas. La muerte repentina de Sáenz motiva, a sus amigos y residentes de la localidad que lo conocieron y apreciaron su labor, construir una biblioteca pedagógica con el nombre del estudioso y amigo del Perú. [7] Arguedas no pudo asistir a la inauguración de la biblioteca, pero envía un texto de saludo y posteriormente participa en jornadas pedagógicas donde inaugura amistad con Augusto García Cuadrado y la profesora Abigail Martínez, parientes de Vilma Ponce Martínez. [8] La hermana de José María, Nelly, confirma esta versión y refiere que un amigo le cedió un lugar para descansar y escribir en Apata; señala que se dirigió a esa localidad después de una de sus peleas y controversias con Celia, su esposa. Como el lugar le gustó, se quedó una larga temporada. [9] El encuentro tiene que haber ocurrido antes del 10 de diciembre de 1954 fecha de la primera carta de José María a Vilma Ponce. El acontecimiento, como vemos, ha generado varias versiones. Un estudio afirma que tuvieron sus  primeros encuentros por el año de 1952 cuando ella tenía 19 años y él 41. [10] Si enlazamos las fuentes y testimonios observamos que Sáenz y José María parecen haber recalado en la capital del distrito en los primeros años de la década del cincuenta. Arguedas trajinaba el Perú con el intelectual mexicano y lo visitó en Sicuani en los inicios de la década del cuarenta cuando Arguedas era profesor en un colegio de la localidad. Amistad de intereses comunes, estudios encomendados, problemas hogareños y afán de hallar un lugar donde escribir con aislamiento, son las razones que explican la presencia de Arguedas en Apata. Es conocido, además, que el escritor desarrollaba intensa labor antropológica en la zona en esos años.

Retornemos a los preámbulos del encuentro para referirnos a la contextura de José María, a su original y orgánica configuración para observar, dilucidar sobre la materia que está contenida en un perfil humano. Como novelista, es acucioso mirador, taumaturgo penetrante, intérprete de señales, sonidos y silencios. Sabe leer rostros y pliegues de piel, interpretar el sendero que delinea una mirada, ingresar a las arquillas escondidas que guardan atavíos íntimos que un ser humano viste solo para visitarse a sí mismo. Cuando conoció a Vilma, el escritor debe haber sido invadido por un presentimiento que supo interpretar de inmediato: asistía al nacimiento del desafío que brota de su mirada correspondida, percibe el riesgo que anida en el lenguaje corporal de Vilma que seguramente no ignoraba quién la miraba con interés y curiosidad.  

No conocemos rastros de su figura, no sabemos de su mirada, tampoco he leído palabras de su mano; la quiero imaginar de talla más bien mediana, pelo rebelde, enrulado, ojos y tez clara, mesurada, sensible a los colores del día y de risa controlada, sociable en los límites que los andinos tenemos para departir, tenaz también, como hay que serlo para avanzar y crecer en territorios alejados de las decisiones nacionales. Me he guiado por el corazón y también por la imagen de su hija, Vilma Victoria Arguedas Ponce, que se muestra de pie y sonriente sobre el puente de Apata. En carta del 13 de agosto de 1955 menciona, refiriéndose a la hija que comparte con Vilma: el destino nos ha dado esa compensación a los últimos sufrimientos que tuvimos; nuestra hijita es linda, porque se parece a ti […] ella tiene mucho de mí. [11]

Arguedas era un tipo maduro y bien parecido, vestido con sobriedad y elegancia, – Yo era un muchacho bien plantado, vestía con elegancia, dice de sí mismo [12] en la época en que cortejaba a Pompeya – con rostro dominado por ojos claros y transparentes, de voz peruana enunciada desde el abdomen, empática, cultivada y variada en matices. José María, esteta, explorador de armonías y equilibrios miró con detenimiento la belleza de Vilma y le cautivó su juventud, el parecido que encontró con su compañera de colegio. Tenerla al frente e intuir que detrás de esa piel anidaba un alma gemela le instaló alerta temprana, como reaccionamos ante un estridente timbre de peligro que se socializa. Reconocía de inmediato quién podía ocupar un estrato de su vida; los tenía organizados y jerarquizados: pareja; hermanos y familiares cercanos; las entrañables personas que compartían con él porciones de su identidad chanca y que usaban el quechua para contarse chistes, cantar y reír; amigos de la infancia y de su época universitaria y de la peña Pancho Fierro; intelectuales extranjeros; colegas y alumnos; militantes políticos; literatos y vecinos de “Los Ángeles” en Chaclacayo.

En el inicio y centro de ese universo ubicaba a su pareja, no necesariamente aquella que acreditara certificado civil; lo vemos aquí en Apata y lo observamos también en momentos que compartía con Sybila en la librería universitaria chilena donde ella laboraba o, poco antes, con aquella misteriosa mujer, chilena también, esposa de un diplomático de quien se enamoró en un romance que sabemos ocupó en silencio una banca del cerro Santa Lucía de la capital chilena. Su sobrina Yolanda López Pozo, confidente de José María, nos ha dejado un descriptivo testimonio: […] había conocido a esta chica maravillosa. En una banca de aquel cerro estuvieron mirándose a los ojos durante horas: “no había necesidad de besarnos, nos amábamos de solo mirarnos” tal como había ocurrido con “La Pallita” Jamás vi a mi primo en tan profundo éxtasis. Yo no conocí a la chica […] Lo que sí es seguro es que Pepe se enamoró en Chile de aquella misteriosa muchacha a quién el llamaba “la mujer más pura y santa del mundo”. [13] Yolanda también conserva detalles de los escarceos amorosos de su tío y de la relación con Vilma: […] era un hombre muy enamorador y apasionado, señala, no sin cierto indisimulado orgullo, para rememorar después la ocasión en que, asistiendo a un espectáculo musical en un coliseo, el escritor se deslumbró con una muchacha […] conocida con el nombre de “La Pallita”. Añade que vivía deslumbrado y enamorado de ella [14] al tiempo que la frecuentaba y recibía atenciones de él, y añade aspectos del  apasionado romance de Pepe con Vilma Ponce […] Romance que siguió mi madre muy de cerca, incluso a pedido de mi primo fuimos hasta Apata para conocer a la familia Ponce. [15]

Cerro Santa Lucía en Santiago de Chile

José María necesitaba nutrirse constantemente de momentos similares, ermitas de energía, zonas de Tinkuy, de callado entendimiento, observatorios para mirar el mundo integrando visiones y voluntades. De esos espacios partía a navegar el mundo, junto a la persona que lo reconocía único, irrepetible, propietario del universo sacro que lo hacía humano y que pocos conocían por su escasísima iluminación. Imagino a José María como un buscador competente, explorador de arcanos compatibles con sus elementales formas de entender la vida. Su necesidad de conectarse con una urbe indiana, quechua, andina, o como se le quiera llamar al mundo que nunca dejó de acompañarlo, y que resultaba inaccesible en la metrópoli limeña donde los coros no son polifónicos y todos caminan lejos, muy lejos, de mundos sacros y encantados. Ver a Vilma debió ser para él la posibilidad de compartir los vectores pétreos que direccionaban su vida íntima y que rozaban con la ternura, la convivencia íntima con la naturaleza, mimetizarse con ella. ¿Quién podía comprender tales complejidades, entenderlas desde los códigos que aprendió en la niñez mientras se quitaba las liendres de la piel? José María, eterno pesquisidor, debió pensar que tenía ante sus ojos una manera de aprehender ese sueño; los orígenes y contenidos de Vilma le sugerían haber hallado un camino de reencuentro con su pasado y niñez. Lo dicen sus cartas con párrafos derramando intensa intimidad espiritual, hermandad de terruño, de surcos ordenados con las manos, cantos de siembra y de cosecha, de arte, poesía, y que conserva la mirada que él tenía para los objetos, plantas, animales y personas. Podemos también observarlas en las fotografías de Chimbote y Sayago, donde naturaleza, vías, tierra, humanidad, se hermanan en imágenes de armonía y plenitud.

Plenitud y dificultades

El mundo que gira alrededor de Vilma, las palabras que hoy han quedado muestran también la intensidad de la duda e indecisión, la resistencia a dejar un hogar que ya no le reportaba la tranquilidad de otras épocas, pero que se rehusaba a abandonar por el temor de enfrentar el  desafío de encarar lo nuevo sin el apoyo de una nueva compañía. Supongo que te gustará como a mí que te de el nombre de esposa. Tu bien sabes que en el fondo de nuestra alma estamos unidos para siempre, sea cualquiera el destino que nos toque en el porvenir. He vivido en tu casa como en la mía; hemos caminado por el campo con una unión seguramente más íntima y estrecha que la que vincula a tantísimos matrimonios imperfectos. [16] Surgió con Vilma la oportunidad de transitar de un hogar a otro, franquear la ruta de aridez que entregaba Celia y acercarse a la floreciente y joven mujer apatina que era una promesa de sosiego serrano y entendimiento cultural. Hallamos todos los elementos que pueblan una relación que surge del secreto, intensidades que se corresponden, distancias entre el campo y la ciudad, formaciones diferenciadas; Arguedas doctor, académico, ciudadano del mundo, Vilma dedicada a su hogar, con planes para residir en los linderos de su comunidad y con viajes esporádicos a Huancayo. Y sumado al listado incompleto, la culpa rondando el corazón ilusionado de José María, la infracción que dañaba la relación con Celia, compañera de años, de campañas exitosas en varios espacios, de necesidades superadas juntos, gnomon antiguo, luz consejera, refugio de sus debilidades. No fueron suficientes todos esos contenidos para que José María evitara informarle de los laberintos que había elegido vivir; no era José María un sujeto que pudiera ocultar su felicidad. Le escribe desde Lima a su hermano Arístides, mayo de 1956, mencionando: Llegó también por esos días la joven de Apata con la bebe. Esta vez no le dije a Celia que estaba aquí esa joven, porque me pareció cruel estando enferma. No le he ocultado nada a ella de cuanto me ha ocurrido con excepto eso último. [17]

Su modo de decidir lo hemos visto en Ica: yo me enamoré de inmediato…, señala [18] en oportunidad semejante. No iba a proceder distinto ahora, más en una escenografía que lo remontaba a su niñez. En carta a su confidente y amigo Manuel Moreno le dice: ¿qué ha de suceder después, con esta historia de mi aventura con la aldeana que ahora me acompaña, con un amor y una humidad que habría deseado a los 25 años…? Es posible que me quede en esta aldea de Apata, bajo el canto de los hermosos pájaros que amé en mi infancia, que iluminaron mi cerebro y mantuvieron puro mi corazón. [19] Es un hombre casado y ha vivido dieciséis años de vida matrimonial con Celia Bustamante. Los datos que disponemos nos muestran que no gozaban en ese momento de la estabilidad de años anteriores, pero si es seguro que luciría distinto cuando la ventisca poderosa de Apata llene todos los resquicios del hogar y lo encamine a la separación posterior cuando la tormenta Sybila se asome por sus puertas. Era un matrimonio con contratiempos, qué duda cabe, pero no ostentaba el deterioro que aparecería más tarde. Tenía 44 años, ella 25. De esta relación surge resurrecta Los ríos profundos. La relación con Vilma Ponce le dota de energía y ánimo para encaminarla hacia el final. Una estudiosa de Arguedas señala: Mientras está en Apata, observamos que no necesita ingerir la cantidad de medicamentos que en Lima consume para sobrellevar sus males fisiológicos y depresivos. [20]

Lugar central de Apata

Otras cartas y la hija Vilma Victoria

Tú sabes que no hay corazón que engañe a su dueño, [21] se lee en el inicio de la primera comunicación de José María; es una oración alentadora que no es seguida de armonía; anuncia el horizonte de sentido que seguirá la relación: amor cierto, evidente, intensa ternura, pero también lucha incesante contra una realidad adversa que terminó imponiéndose. Es el 10 de diciembre de 1954 y la última, tiene fecha del 7 de junio de 1957. Dos años y seis meses es el tiempo que media entre las dos cartas, fechas que confinan amor, entendimientos, ternura en el trato, distanciamientos y conflictos de baja intensidad, desconfianzas, insuficiente economía y la avizora presencia de Celia Bustamante activando de manera soterrada sus tensores defendiendo la continuidad del hogar. Entre el inicio y el fin hallamos varios episodios de gran intensidad y cercanía junto a contratiempos que surgen de las dificultades económicas y, sobre todo, el difícil proceso que vive José María desde el hogar compartido con Celia.

La primera línea nos anuncia con claridad el contenido siguiente: Ayer, en la tarde, y después, en la noche, comprendí que no me quieres. Pasé una noche muy agitada. Te dije siempre que soy un hombre de muy mala suerte. Sé que has hecho un esfuerzo por tratar de alimentar algún cariño por mí, pero me parece que no lo has conseguido; porque las inclinaciones del corazón no se forman, sino que nacen. ¡Que mala suerte tengo! [22]

Viajes de Vilma hacia Lima y de José María a Apata son explicados en varias comunicaciones. Le habla de su tía Rosa Navarro mencionándole: […] estoy seguro de que la convenceré para que te tenga en casa. Allí me esperaras hasta que vuelvas. Estoy pensando también en que sólo trabajaría aquí un año más y después con mil soles mensuales de cesantía me retiraría a escribir mis últimos libros, allí en Apata. [23]  

La pareja hace planes para residir en Lima, Apata y también en Cusco donde José María piensa obtener una plaza docente. Yo estoy resuelto a conseguir un Profesorado en la Universidad del Cusco o en último caso hacerme nombrar Prof. en algún Colegio Nacional. [24] Los planes se truncan por distintas situaciones que la pareja no puede controlar. Influye también el nombramiento que obtiene como Director de Cultura, Arqueología e Historia. Yo había casi arreglado para irme al Cusco como Prof. de la Esc. Normal Rural, con tres mil soles mensuales de sueldo. ¿Te imaginas? Eso resolvía toda la situación. Y ahora me sorprenden con este nombramiento. Voy a ganar 3,600 soles de sueldo al mes; voy a tener automóvil, chofer y creo que 300 soles de gastos de representación. [25]

Vilma Victoria Arguedas Ponce

Las demostraciones de amor, de compromiso se suceden incesantes en las comunicaciones. Él firma como tu esposo o como Osito, demostrando toda la ternura que conservaba en su corazón de niño. El diciembre de 1954, a poco de haber iniciado la relación, ambos caminaron hasta Ocopa en busca de un sacerdote amigo de la familia Ponce para que los casara, pero no lo encontraron. Posteriormente lo intentaron en dos iglesias de Huancayo. [26]

Vilma Victoria Arguedas Ponce nace el 27 de mayo de 1955 [27] y se bautiza en Lima el 20 de abril de 1956. Le comunica a Vilma: He hablado con mi tía. le he dicho que vamos a tener un hijo […] y que por eso me había casado contigo en secreto. [28] Hay controversia en torno a la paternidad de Arguedas. Su hermana Nelly señala: José María me contó la historia de su hija adoptiva […] conoció a una dama llamada Vilma Ponce de quien se enamoró profundamente. Encontró en ella amor, consideración y respeto; decidió por lo mismo, reconocer a la hija que ella esperaba. José María pensó haber hallado una razón que justifique su vida y por quien valdría la pena continuar con su producción literaria. [29]

Le escribe a la madre de Vilma Ponce para mencionarle: Felizmente tuvimos la dicha de hacer bautizar a Vilma Victoria; fue su madrina mi tía Rosa y su padrino, que estuvo ausente, mi gran amigo el fotógrafo Abraham Guillén. Nunca asistí a un bautismo más silencioso ni más solemne y feliz. No me ha gustado jamás la convocatoria a las gentes para estos casos; lo creo como actos de la intimidad. [30]

El final

El testimonio de Nelly, hermana de José María nos proporciona luces sobre el desenlace de la intensa relación. Señala: Pero, según mi hermano, el egoísmo de algunas personas desbarató aquellos sueños e ilusiones. No contentos con separarlos, intentaron hacer desaparecer todo documento sobre esa niña. Este hecho dejó profunda huella en mi hermano y creo yo que nunca pudo recuperarse de ese fracaso. Con frecuencia lo oí recriminarse por su falta de carácter, por permitir que destruyeran lo que él consideró como su única oportunidad de ser feliz.[…] Lo único que sé es que si yo hubiese estado cerca de él en esa época, le hubiera dado mi apoyo incondicional impidiéndole que destruyera su vida; probablemente ahora lo tendríamos aún entre nosotros […] Pienso que ahora nadie tiene el derecho de juzgar este incidente, sólo lamento no haberlo acompañado pues conociéndolo bien sé que debió haber pasado momentos muy difíciles cuando rompió con Vilma Ponce. [31] Sí, abordando el difícil espacio de las especulaciones, es muy probable que estando Nelly a su lado, los resultados de un amor tan intenso hubieran sido distintos. Al margen de esta consideración Nelly habría contenido las decisiones de Celia. Relatamos un incidente que fundamenta las apreciaciones vertidas: Nelly, sabiendo que su hermano se encontraba afectado de bronquitis, le hizo la visita correspondiente. Señala: lo fui a ver aprovechando que Celia no estaba y lo halló con un aspecto deprimente, pálido, con la barba crecida, acostado en una camita pequeña en su biblioteca. Muy impresionada con su aspecto fui a buscar a nuestra común amiga Mildred [De Zela], con quien le compramos un pijama y otros objetos personales. […] Él me miraba con sus ojos de niño triste. […] Llegó Celia pero no me dijo absolutamente nada. En esa época Arguedas era Director de la Casa de la Cultura, [34] como vemos estamos pues frente a una hermana que se hubiera enfrentado a Celia con sus mismas armas y ayudado en la causa arguediana.

Siguiendo el testimonio de Nelly Arguedas, receptora de las confesiones del hermano, tenemos que ubicar la decisión de José María de no haber afrontado con decisión los arreglos que requería para allanar el difícil camino que conducía a la edificación del anhelado hogar con Vilma Ponce. El dilatado noviazgo fue deteriorando y aplacando los ímpetus del escritor para retirar el primer obstáculo: Celia Bustamante. Fue perdiendo convicción a medida que iba siendo cercado por el hábil uso de fuerzas destructivas desplegado por ella en torno a la pareja. Su aceptación aparente de la realidad no tuvo correlato cierto en la práctica. El egoísmo de las personas a las que alude Nelly Arguedas apuntan a Celia y a su entorno y también la señalan como estratega o ejecutora de las cartas anónimas que arribaron a la casa de Vilma en Apata y de las acciones dirigidas a desaparecer documentación legal de Vilma Victoria. No pudo repetir acción semejante cuando apareció Sybila Arredondo en el horizonte.

Comentamos, como muestra de la pérdida de convicción de José María, una carta dirigida a su hermano Arístides que refiere su decisión de apartarse de la vida de Vilma. Le menciona, aludiendo a Celia:  ahora me encuentro con que le he perdido casi todo el amor que le tenía; he comprobado que la chica de Apata, como tú lo advertiste es a tal extremo primitiva que no habría podido soportar la vida con ella y me habría echado un fardo quizá insufrible que habría destruido mis posibilidades. Añade algo inesperado, la presencia de otra dama en el firmamento: la otra señorita es excelente colaboradora, pero tampoco;  me cautiva, sino en un solo sentido, en el menos permanente; me siento ahora como libre pero al mismo tiempo en la soledad anhelante de mi adolescencia. [32] Señalemos que la fecha de la carta, 21 de mayo de 1956, se yuxtapone con comunicaciones que todavía mantiene con Vilma Ponce. Arguedas parece aquí acomodarse a las opiniones surgidas de su entorno objetando su relación con Vilma, sencilla mujer de una localidad alejada de la capital, incompatible, en criterios familiares, para ser pareja de un intelectual y escritor ya prestigioso. Se trata, qué duda cabe, de esta separación de países que sufrimos, del que Arguedas, hay que decirlo, no estuvo exento de su letal influencia. Las cartas a Vilma están, considero, apegados a sus verdaderos sentimientos. La versión que aporta Vilma Victoria, y que mostramos en párrafos siguiente, abona en favor de esta idea.

Celia Bustamante conservó el matrimonio pero no pudo evitar discordias y desamor. A los pocos meses de la disolución del amor entre Vilma y José María, ambos partieron a Europa, enero de 1958, en un viaje que llevaría a la pareja hasta España, Sayago, donde el escritor desarrollaría una investigación sobre las comunidades rurales de la zona. El matrimonio salvó la difícil coyuntura, pero no pudo evitar que la relación estuviera herida mortalmente. Tenía fecha marcada de extinción. 

Terminemos con la emotiva y sentida narración de Vilma Victoria Arguedas Ponce acerca de los hechos: El matrimonio entre mis padres nunca llegó a realizarse porque mi padre no pudo – o no quiso – divorciarse de su esposa para casarse con mi madre. El le había prometido matrimonio. En estas cartas se ve que esa promesa es un tema reiterativo. Ante esta indecisión de mi padre, mis abuelos y mi madre – todos muy orgullosos – se sintieron burlados. Mi madre, que por entonces tenía veinticinco años, decidió por tanto terminar con el romance. Debo decir que en esta decisión pesaron, además de los problemas e indecisiones de él, las intervenciones de terceras personas encargadas de hacerle llegar a mi familia una serie de anónimos que precipitaron la ruptura. Luego de unos años de mi nacimiento, mi madre se casa y forma una nueva familia. […] Me enteré en una oportunidad […] de que cuando mi padre se separó de su esposa fue a Apata buscando a mi mamá, pero ella ya estaba casada. Por eso, tuvo que regresar de nuestro pueblo llorando. [33]

Me invade una sensación de asombro, desconcierto, íntima impresión, cuando leo que el día que eligió José María para disparar sobre su cuerpo, 28 de noviembre, era también el cumpleaños de Vilma Ponce y, sincronía adicional, el aniversario del momento en que ella le hizo saber que aceptaba ser esposa del tersamente humano escritor. [35]

Nada que añadir a un amor de ríos profundos.


[1] Sara Castro Klarén. José María Arguedas. Testimonio sobre preguntas de Sara Castro Klarén. Hispamérica N° 10. 1975. Pág. 49,52,53.

[2] Testimonio de su sobrina Yolanda López Pozo enCarmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 400.

[3] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad católica del Perú. Lima, 2004. Pág. 155.

[4] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 149.

[5] Personajes de su novela “Todas las sangres”

[6] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 23.

[7] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 22.

[8] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 22.

[9] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 114.

[10] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en la vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 220.

[11] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 157.

[12] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 109.

[13] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 402.

[14] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 401.

[15] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 401.

[16] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 132,133.

[17] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 231, 232.

[18]Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 107 y siguientes.

[19] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 221.

[20] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 24.

[21] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 131.

[22] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 131.

[23] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 133.

[24] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 151.

[25] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 166.

[26] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 166.

[27] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 219.

[28] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 138.

[29] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 317.

[30] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Pág. 173.

[31] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 317, 318.

[32] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 232.

[33] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2002. Págs. 127,128.

[34] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Págs. 318, 319.

[35] Carlos L. Orihuela. Vilma Victoria Arguedas Ponce: una verdad en a vida de José María Arguedas y un periplo epistolar revelador. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XXXVIII, N° 75, 1er semestre de 2012. Pág. 225.

I. El amor de José María Arguedas en Apata, Huancayo

En recuerdo de Apata, Sicaya, San Jerónimo, Cochas, que recorrí siguiendo las huellas de José María y mis pasos perdidos.

Introducción

No haremos una indagación académica sobre las interioridades de la vida sentimental de José María en la localidad huancaína de Apata sino vincular el contenido humano de una historia de amor, trágica, sin duda, luminosa también, con la vida y la elaboración de sus creaciones con regularidad enlazadas a la presencia de un nombre femenino. Sus experiencias, en especial la vivida en Apata, bien podría leerse como páginas de alguna de sus novelas.

La hacienda Viseca

Revisando apuntes, textos y ordenando la información que nos conducían a organizar estas líneas, reparamos en que resultaba insuficiente referirnos solamente al espacio sentimental de Apata porque, como ocurre con los creadores que conservan la energía transformadora de la humanidad, la historia de sus amores los define; el íntegro de ellos y unos más que otros. Las sensibilidades que recubren cada espacio de su cuerpo orientan la insaciable necesidad de recaudar experiencias de toda índole, sonidos, libros, rostros, nombres, fotografías, amigos, caminatas solitarias, familia, política, también religión, que le deparan al creador, hombre o mujer, situaciones que otros no asimilan del mismo modo. Son trituradores de experiencias, digestores de apellidos, cuerpos, objetos, colores, palabras; ninguna experiencia sensorial les es ajena. En medio del inagotable universo de realidades, inconexas muchas de ellas, el insondable territorio del amor les depara el estímulo creativo fundamental. J. M. Arguedas es un ejemplo singular de esta afirmación; escribía, o escribía mejor, cuando un amor nuevo le reorganizaba la vida, le inyectaba un nuevo sentido a sus agotadas reservas de pasión, porque José María era una creación que requería permanentemente ser querido de nuevo, reconsiderado por ojos distintos, confrontar sus imaginadas limitaciones con alguien que le reiterara una valoración positiva de su existencia, necesitaba reconocerse deseado, admirado, por personalidades inéditas. Atención, no nos referimos a la vanidad fatua y pedestre del petulante insustancial, conquistador de experiencias nocturnas y  pasajeras, no, José María buscaba  también perennidad en la nueva vinculación, requería concebir que lo hallado devendría en la última experiencia. Su vapuleada sexualidad no le permitía rifar o descubrir su íntima constitución con algo pasajero y circunstancial. Sus relaciones debían también hacerle sentir que se hallaba bajo una construida protección maternal. Es muy notoria esta realidad en su relación con Celia Bustamante.  

Los arguedianos signos personales pueden ser rastreadas en su itinerario afectivo. Decisiones que orientaron el sentido de su existencia estuvieron ligados estrechamente a sus sentimientos por las mujeres que rodearon su biografía. Un solo dato para acercarnos, muy de cerca, y confirmar lo mencionado: la fecha en que gatilló dos veces su arma coincide, extrañamente, con el aniversario de un hecho amoroso precisamente vinculado a su relación con Vilma Ponce, su amor de Apata.

Entrada a la hacienda Viseca

Cada una de sus relaciones establece etapas definidas de su existencia y son reflejadas en su producción literaria. Fiel a su concepción del tiempo y el espacio andinos, el inicio y fin de sus relaciones parecen portales que se cierran y se abren uniendo territorio, migraciones, y tiempo, intentos sucesivos de suicidio. El escritor Arguedas no dejó nada importante de su biografía fuera de sus manuscritos, nada de su vida íntima y sentimental se mantuvo al margen de su densa existencia y tampoco de su poesía y literatura; allí se encuentran como vitrinas de exhibición para quienes quieran observarla. José María amó desde el espacio inasible que gobierna las emociones, el sustrato que minimiza o somete el contacto físico y privilegia mirada, palabras, la mano extendida acariciando un rostro, una nionena, un burro mostrenco, la experiencia visual, emotiva, social, que un día lo cautivó y puso una señal indeleble en su vida.

El amor, dista de ser para el escritor satisfacción carnal, material, holgura y se torna, en cambio, observación, silencio en compañía, solidaridad con sus dolores extensos, distanciarse de quien ama en callada lejanía, encuentro con la muerte. Arguedas buscaba ser amado a través de la exposición de sus limitaciones, de lágrimas acumuladas y listas para ser mostradas en el diálogo íntimo que no era necesario acabara en lecho marital. Con una ligazón tan estrecha con nuestra cultura ancestral como él, que pensaba en los ríos como dioses, en el alma del maíz y que conversaba con La Gringa, la Zarina [1] animales de Viseca, no podía establecer con sus parejas relaciones que fueran ajenas a esa especie de sacro mundo encantado que él tenía para vivir sus días. El necesitaba una india como pareja, alguien que le reprodujera el mundo mítico del que provenía, y es posible que Vilma Ponce reunía esas características con mayor precisión. Eres mi pueblo, mi tierra, el canto de las aves que oí en mi niñez. Necesito mucha ternura; escribe con más frecuencia, [2] le dice a Vilma en junio de 1959.  

Veamos, a grandes rasgos, el itinerario amoroso del escritor contemporáneo más importante de nuestro país

Patio de la hacienda Viseca

Los ojos negros de Justinacha

El primer acto de esta hermosa saga es reconocible en su cuento Warma kuyay, Amor de niño. Allí encontramos a Justinacha, la cholita, así la llama Ernesto, [3] el adolescente que inventa Arguedas para narrar la historia; sí, es el mismo Ernesto que después reaparece en Los ríos profundos recorriendo el sur andino con su padre. Es una relación desigual, un niño blanco y una cholita que es, además, unos años mayor. Aquí inaugura el sendero que después seguirá en sus siguientes experiencias. Mucho de sensorial, de miradas, gestos, los ojos de su amor chispeaban como dos luceros […] cantaba. Es un puntito negro en medio del espacio Y yo la quiero, dice, mi corazón tiembla cuando ella se ríe, llora cuando sus ojos miran al Kutu. ¿Por qué, pues, me muero por ese puntito negro? [4] Efectivamente, ¿quién describe un sentimiento como un puntito en el espacio? Solo alguien que conjuga espacio y tiempo en un solo estamento y siente que vive en un mundo encantado. Ella le dice, cuando Ernesto le quiere tomar de la mano: ¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas! provocando desorientación en el adolescente enamorado que tiene apariencia de blanco pero es indio. A esta danza de tensiones se agrega el Kutu, el compañero de Justina. Ernesto le increpa: ¡al Kuto le quieres, su cara de sapo te gusta! Kutu. Hay otro actor en esta trágica trenza sentimental, Froylán, el hacendado de Viseca, persigue a Justinacha y el resultado no puede ser otro que el estupro, la deshumanización del sexo cuando es vejada por el tirano. Ernesto, impotente para hacer justicia con sus manos le pide a Kuto que mate a Froylán. La respuesta es negativa, le explica sus razones: Yo, pues, soy “endio”, no puedo con el patrón. Otra vez, cuando seas “abugau”, vas a fregar al patrón. Ernesto.

Después del condenable hecho, Ernesto la sigue amando, no le asigna culpa ni responsabilidad en la violación; la ira por el hacendado incrementan su vinculación con Justina. Es en este tiempo que señala que era bonita: su cara rosada estaba siempre limpia, sus ojos negros quemaban; no era como la otras cholas, sus pestañas eran largas, su boca llamaba al amor y no me dejaba dormir. A los catorce años yo la quería; sus pechitos parecían limones grandes y me desesperaban. [5]

Derrotado en la contienda con el Kutu y el hacendado Froylán, se queda en Viseca cerca de Justina, el Kutu pide licencia y se va de la hacienda, contemplando sus ojos negros, oyendo su risa, mirándola desde lejitos, era casi feliz, porque mi amor por Justina fue un “Warma kuyay” y yo no creía tener derecho todavía sobre ella; sabía que tendría que ser de otro, de un hombre grande, que manejara ya zurriago, que echara ajos roncos y peleara a látigos en los carnavales. Y como amaba a los animales, las fiestas indias, las cosechas, las siembras con música y jarawi, viví alegre en esa quebrada verde y llena del calor amoroso del sol. Hasta que un día me arrancaron de mi querencia, para traerme a este bullicio, donde gentes que no quiero, que no comprendo. [6] La relación de Ernesto con el medio ambiente señala los límites que encierra su amor por Justina. No hay disociación entre el amor, la alegría y el amoroso sol para ser feliz. Nunca pudo volver a serlo después de aquellos años. El amor nunca más tuvo para él ese marco encantado que le ofreció su niñez y sus primeros años adolescentes.  

La huella que Justina le suscitó al púber José María se constituye en señal indeleble en su biografía, todos los romances que vive después son una especie de búsqueda para hallar en la mujer el mundo fantástico de siembra, animales, amoroso sol, cantos que vivió con Justina. Ninguna mujer pudo reconstruir aquel escenario mítico que solo él conocía. No hubo manera de que pudiera acceder a una pareja que contuviera o proyectara aquella geografía cósmica irrepetible. Arguedas no pedía que solo la mujer le proporcionara aquellos escenarios de nuevo, él mismo portaba el equipaje permanente que desempacaría si hallaba la persona adecuada; nunca pudo usarlo con tanta propiedad como lo hizo en Apata. Siguiendo ese sencillo criterio, atravesando un simple sendero halla el amor en un pequeño poblado huancaíno, el amor de Vilma Catalina Ponce Martínez, que lo ubica de nuevo en el mágico escenario que compartió con Justina.

La mítica Pompeya

Pompeya, la mítica, la inubicable adolescente iqueña que José María conoce mientras estudia la secundaria en Ica es otra referencia amorosa que no podemos ignorar en su insatisfecha ruta sentimental.

El escritor en ciernes ha sido conducido por su padre a esta ciudad, luego de haber culminado su educación primaria en la ciudad de Abancay en el colegio Miguel Grau regentado por los mercedarios, experiencia que él describe en Los ríos profundos. Lo acompaña su hermano mayor Arístides que le proporciona soporte anímico para sobrellevar la dura experiencia del exilio interno. Dos años permanece el escritor en la ciudad de Ica donde cursa el primer y segundo año de secundaria.

Sabemos las circunstancias en que Pompeya y José María toman contacto. Lo relata Arístides en sus Diarios. Cursaba el segundo año de secundaria y acababan de salir del internado del colegio porque fue infectado por paludismo y hallaron una pensión en casa de una viuda, amiga del padre. [7] Y, el destino siempre oportuno construye los lazos que nadie más puede atar: Pompeya era vecina y sobrina de Rosa, la señora viuda. Se enamoró de inmediato de ella, y la cortejó con insistencia pero demasiada delicadeza (sic). En ese momento la adolescente tenía compañía, se trataba de Víctor, eximio futbolista. Un estudiante aprovechado y un deportista destacado se disputan el amor de Pompeya. En un primer momento José María gana el desafío. Pompeya dejó a Víctor y se paseaba con el joven intelectual sábados y domingos por el parque Barranco. José María entraba y salía con soltura de la casa de Pompeya, ayudado por el parentesco con la señora Rosa. Y, bueno, en medio del naciente y apasionado romance, con aporte mayoritario de José María, ocurrió lo inesperado: un día que se acerca a la casa de su amor, la sorprende conversando con Víctor quien, al verlo, reemprende su camino. Ella, nerviosa, invita a Pepe a ingresar a su casa. Conversan, en medio de una inquietud perceptible, debido al incidente y a las travesías del hermano Arístides que es enamorado de “Z”, hermana de Pompeya; así es, dos hermanos y dos hermanas en romance duplicado. Se despiden, sin dilucidar sus destinos. Más tarde, Pepe, así le llama Pompeya, vuelve a buscarla y conversan:

Ica en los años en que José María vivió en Ica

—P. [Pompeya] —le dije—sabes que te amo con toda el alma; ahora te lo digo de frente, recuerda lo felices que hemos sido estos meses.

Oye Pepe — me contestó—voy a serte franca: he vuelto con Víctor; no he conseguido olvidarlo. Para corresponderte búscate otra chica, como lo ha hecho tu hermano, chau.

Y se fue.

Señala Pepe que le sobrevino una extraña sensación de vacío, de ingravidez. No sentía el peso de mi cuerpo y mis pies me llevaban no sé a dónde…

Añade José María: volví a la realidad cuando me exigieron salir. Me encontraba en una de las bancas de la iglesia del Señor de Luren. Recuerdo haber llorado como jamás lo había hecho. No encontré razón por qué P. me había despreciado. [8]

Sale de la iglesia y se percata que su padre, por feliz coincidencia, había llegado a Ica a visitar a los dos hermanos. Le explica que se siente mal, que le duele el corazón. El padre preocupado, lo conduce a la farmacia: allí mismo tomé agua con unas gotas de azahar. Salimos, me había aliviado. A los pocos minutos la desesperación volvió a atacarlo. Le explica el mal que padece y mientras conversan Pepe se desmaya y el padre lo retiene entre sus brazos. Al recuperarse, le dice:

Papacito, no quiero estar en Ica. Llévame contigo.

Primero te llevaré a donde el médico, luego hablaremos.

El especialista señala que se trata de taquicardia y le receta cucharadas y reposo. José María le vuelve a solicitar al padre que lo llevara con él. Inclusive le pide volver a Viseca, al lado de sus tíos y los animales que en esa estancia trató como a sus propios hermanos: la Gringa, Pánfilo, la Zarina, el tordo de la Capitana. El padre lo comprende, lo trata con delicadeza y le dice:

Calle de Ica en 1930
  • Hijo, esto es momentáneo, te va a pasar. Falta un mes para que termines tu segundo año, perderías un año más. No volverás a Ica, te llevaré al Cusco, Arequipa o Huancayo, te lo prometo.

Así se define el primer contacto del joven escritor en ciernes con la ciudad de Huancayo; ignora que años después mantendrá en ese entorno una relación sentimental que lo señalará para siempre. Pasada la borrasca, un tiempo después le cuenta al hermano que olvidó la afrenta, desechó el rencor, mis angustias y empecé a a escribir versos dedicados a ella. Muchos acrósticos, unos con sólo su nombre, otros con el apellido paterno y uno, todo completo. La tarea fue fácil para él, refiere, mi inspiración era continua y fluían los versos con más rapidez que mi mano para escribirlos. Adquirió un cuaderno de hojas muy finas y con mucho cuidado paso en limpio los versos. Estuvieron listos para el 14 de diciembre, cumpleaños de Pompeya. Los llevó a su casa y los depositó con solemnidad en medio de una mesita de centro de la sala. El padre de Pompeya se sintió halagado por la labor de JoséMaría. Un tanto avergonzado por la situación el poeta alegó tareas que cumplir y se retiró de la reunión poco después de haber presentado su obsequio. Posteriormente se dio tiempo inclusive para ayudar a Víctor, su rival, en temas de matemáticas y lo salvó en matemáticas. [9]

José María, ya adulto, recuerda aspectos de su relación con Pompeya y reflexiona: todos los profesores me guardaban cordial deferencia, mis condiscípulos también, los padres de P. me querían como a un hijo y así todos sus parientes. Pero ella, ¿por qué no? [10] Y precisa: Víctor era un muchacho cobardón, hablaba apenas, era algo bruto, no rendía como alumno, temblaba y sudaba cuando lo llamaban al paso oral. Pero en la cancha era otra cosa: veloz valiente, de reflejos instantáneos y oportunos en el pase, intuitivo en la recepción. ¿Sería por eso? ¿Por qué pateaba fuerte era preferido? ¿Es que para el amor las mujeres son solamente hembras y, como las perras, se rinden al más fuerte, al más macho en apariencia? ¿Sería eso, el instinto animal de la selección de la especie?

La familia de Pompeya siguiendo la tradición migrante nuestra se trasladó después a Lima, y José María y Arístides la frecuentaban. Se habían instalado en la Alameda de los Descalzos. Después de una visita amical, José María le confía a Arístides: amé a P. con todas la fuerzas de mi alma; tuve ya la seguridad de que ningún hombre la ha querido como yo a ella, y haya sufrido tanto por una mujer. Pero no, para mí no era. Era algo divino, como un ángel. Sabes Ernesto, he leído Pablo y Virginia, los Miserables, la Divina Comedia, los amores que es esas obras se relatan eran mí pálidos reflejos de lo que yo sentía. ¡Pero ya todo se acabó!

José María Arguedas y su humana vinculación con los animales

Después de los sucesos de diciembre de 1927, en pleno verano, mediados de marzo, José María es llevado por su padre a la ciudad de Huancayo para continuar sus estudios secundarios en el colegio Santa Isabel. En esta localidad estudiaría el tercer año. Atrás queda la dura experiencia iqueña. Carece Pompeya de toda vinculación con los orígenes de Arguedas, lo que nos hace pensar que su figura le abrió el camino para posteriores enamoramientos con mujeres que carecían de toda vinculación con su mágico mundo. Es la ruta que después lo lleva hasta Celia Bustamante.

Pero terminemos la historia de Pompeya. Mientras José María se instala en Huancayo, Arístides  permanece en Ica. Refiriéndose a este episodio recuerda: Mi hermano siguió viéndose casi a diario con Pompeya a quien yo iba olvidando suavemente y un vago rencor pequeñito, pertinaz, envolvía su imagen, que entronicé. Pero no fue todo en balde mi desastre amoroso, descubrí mi predisposición a escribir. [11]


[1] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 110.

[2] Carmen María Pinilla. Editora. Arguedas en el valle del Mantaro. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad católica del Perú. Lima, 2004. Pág. 155.

[3]José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 7. 

[4]José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 8. 

[5] José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 10. 

[6] José María Arguedas. Obras completas. Editorial Horizonte. Lima, 1983. Tomo I. Pág. 12.

[7] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 107 y siguientes.

[8] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 108, 109.

[9] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 108, 109.

[10]Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 110.

[11] Carmen María Pinilla, Editora. Arguedas en familia. Cartas de José María Arguedas a Arístides y Nelly Arguedas, a Rosa Pozo Navarro y Yolanda López Pozo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 1999. Pág. 114.

Viaje final

Ayer caminé mi ciudad,

en su hora vespertina,

y la luz la señalaba cauta,

hermética, menos piedra,

más secreta, más mía,

iba sola mi alma,

apenas  dos letras me seguían,

tratando de enlazar un canto,

quizá palabras, una elegía.

Subí por Siete angelitos,

y me detuve en Arco iris,

me hice un pichusanka

y musité dos oraciones sin memoria,

para el amor sin esperanza

y para mi vida triste,

me escuché en silencio,

no le añadí sonido,

ni consonancias,

era mi canto dormido.

¡Maypim canqui yahuar hueje,
yacu para huajanaypaj
juchaymanta llaquinaypaj
jespinayta mascanaypaj!

La sepultura de Paullo Inca

se dibujaba cercana,

acomodé mis maderos,

mi deshojado libro de poemas,

y asumí la cumbre y su cruz,

crucificando la huella,

de mis pasos en el tiempo,

conocía bien el camino de lágrimas,

letras huérfanas,

poemas inconclusos,

nunca el amor constante,

entrega retaceada,

y prendada siempre

a la estación vecina.

Acomodé mi cuerpo

en medio de la iglesia cristiana

y los trapecios incas,

desnudo y con frío,

en silencio y con frío,

con frío y solitario.

Repasé mis años,

mis clausuras,

versos, amores inconclusos,

pequeñas sonrisas,

y me dejé extinguir,

borrando mi boca de tu boca,

mis ojos de tus ojos,

la palabra de mis labios,

me dejé ir,

junto a mis ausencias,

mi amor de compañía,

mis juegos de candela,

mi niñez de arlequín,

los árboles de capulí,

la yegua matrera,

el horno, los panes,

los choclos de Dionisia.

Poco que llevar,

mis traiciones,

los errores de agosto,

mentiras piadosas,

bastones de mi cuerpo,

abandonos, mi noche de muerte,

algún grito de vereda,

mi amor, mis ilusiones.

Lento, mirando el atardecer,

con los cirios de la iglesia

parpadeando para mí,

me renacieron alas,

alcé vuelo sobre mis despojos,

cenizas, corpus,

me hice potro ensillado,

y partí hacia el amor,

al norte de su espera,

a la vida que no tuve.

¡Con lágrimas de sangre
y como la lluvia debo llorar,
dolido por mis pecados
y así, buscar mi salvación!

Versos pudorosos

 

Poema 1

Recuerdos

 

Recuerdo cuando me subía el abuelo
a un árbol de capulí,
me lanzaba hacia el infinito
con su mano vergonzante

de huesos triturados,
volaba, cometa soñador,
callado, silencioso,

acariciaba  el universo.

Al regreso del cielo, atrapaba
una rama, un racimo, y te intuía,
me teñía la boca de carmesí
y te intuía desde la dulzura,
allí me quedaba, quieto, pensante,
mirando el modo en que tu rostro,
se formaba con el mío.

Más tarde ensillaba un burro manso,
y lo hacía trotar sobre los alfalfares,
dominaba su afán de comer finuras,
y salía con un manojo de retamas,
y con tu amor en el mío.

Desde entonces te quiero,
desde el capulí grana,
desde el rocío que mojaba
mis penas de niño,
desde mi edad temprana,
te adivinaba y nacías en mí.

Poema 2

Savia densa

 

Estoy contigo, atado a los rojos,

de tus senos y tu vientre,

arriba y al medio, extendido en ti,

abrazado a tu huella transparente,

silencioso, entregado de espaldas,

de pie y arrodillado, lúbrico,

morador de tu centro, casto, puro,

hendido en tus palabras.

 

Me nacen raíces adventicias, persistentes

ingresan por mi pecho, deshacen mis plegarias,

mis miedos, dolencias, soledades

tienen tus quédates, tus rezos de epiglotis,

tu tenaz  dentellada.

 

Me enredo en tus brotes de savia densa,

cruza patrias y pasado, roturan mi futuro,

separo una yema que pugna en mis sueños,

es inútil, vuelven sobre mi pecho entregado,

me hieren y me sangran, me siembran,

hasta desaparecer entre tus ramas.

 

Árbol, semilla, tierra virgen,

habito en ti, miro el universo

navego en tus ramajes y riego tus raíces,

para ser de nuevo uno, dos, tres,

en la floresta del amor que se confiesa.

 

Poema 5

Tiempos

 

Tu voz enlazada de bondad,

me hace una cama dulce,

que arropa mis centenas,

zurce mis calcetines,

y me hace miel.

 

Tu palabra vive, escribe,

me alcanza,

derramada de colinas bajas,

que aún no son cordilleras.

Me mojan tus aguas calmas,

que viajan entre ventiscas

de arena joven 

filtradas de viento prematuro.

 

Me ausentan tus horas,

el apuro de tus despedidas,

la callada madurez de tus años idos,

como ciego destino,

que prolonga tus meses,

y apenas me cubren,

con hilachas de tiempo.

 

Camina, corre, vuela,

aleja tus alas de mi voz,

borra tus huellas de las mías,

mírame distante,

evita herir el puente niño,

que me une a la vida.

 

Poema 4

Vestido de mar

 

Alfonsina, llévame, te suplico
al mar que mojó tus aguas tristes,
lleva mis harapos, mi valentía,
el pico nevado que me nombra,
los campos de maíz que sembré
con hermanos de historia.

Llévame,
conduce el carrito negro y blanco
de mis navidades perdidas,
haz que sus luces parpadeen,
y se interne en arenas albas.

Te entrego mi cama florecida,

mis silencios,
el poco amor que tuve.

Lleva tus octubres, mis mayos,
mi caballito de totora ahogado
en aguas de silencio,
condúceme, guíame, Alfonsina,
no vayas sola, no te ausentes
sin mis manos dispersas
en campos de agua turbia.

Mis hojas se han ido,
sin poemas, sin vocales,
haz ahora que tus olas,
rocas muertas
las anchas playas
que ciñeron tu sueño, me sueñen.

No lo hagas sola, mírame,
no me dejes, no me cantes,
cállame en tus manos,
quiero vivir contigo, en ti,
en tus aguas dulces de mares amarillos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II. El espacio y el tiempo en Felipe Huamán Poma de Ayala

Introducción

En el proceso de adelantar la publicación de partes del libro “Filosofía del Yawar Mayu”, en elaboración, añado a la publicación anterior páginas adicionales de un capítulo del mismo vinculado al pensamiento de Huaman Poma de Ayala.

Pensamiento antagónico y complementario para evaluar el tiempo y espacio andino. Una aproximación al vocablo Teqse

La civilización andina y occidental son distintas por sus diferenciadas concepciones del tiempo y el espacio. No se trata de la única desigualdad, pero sí probablemente la más importante. La apreciación heterogénea de estos principios yacen en sus fundamentos culturales y son responsables de haber gestado diferencias afluentes que configuran estratos de pensamiento con oposiciones evidentes y muy activas para dividir sus configuraciones civilizatorias en dos hemisferios claramente diferenciados. Mientras el diseño occidental imagina un desarrollo lineal del tiempo, el andino lo concibe cíclico, con reincidencias que no ejecutan una repetición analógica del tiempo precedente, como es propio de la concepción nietzscheana del eterno retorno. El tiempo rectilíneo, en cambio, posee espacio y tiempo de inicio y una ocasión final que otorga recompensas en su estación ulterior. Principio y consumación hacen inevitable un ente creador, superior y único, que gatilla el inicio e interviene en su término. Estos perfiles guían la concepción de una creación ex nihilo, desde la nada. En su lugar, ¿se requeriría una escala divina para ordenar lo reiterativo, regular lo gatillado por los propios humanos que accionan los tensores que promueven los kuti? No es precisamente necesaria tal asistencia, razón que el orbe andino no consiente una entidad creadora, sí ordenadora, compatible con la idea de creación nihil ex nihilo, nada viene de la nada. Una prueba objetiva de esta concepción se observa cuando los seres aparecen a la vida procreados y desarrollados, emergiendo de las entrañas de la tierra o de sus aguas, manantiales, ríos y lagunas. No hallamos barro generador ni multiplicador, menos soplo divino; se trata de un universo que fecunda seres o comunidades integradas y que nos hace entender que el ciclo de la vida y la muerte están unidas por una pátina intangible de vida y no-vida, con espacios separados pero enlazados por una región liminar, de encuentro, que suma cualidades a la integración de dos sustancias sin debilitar la esencia de los elementos que aportan a la creación del momento universal, tiempo y espacio tinkuy.

La idea de materia necesitada de ser ordenada nos remite a una realidad objetiva y precedente: la sustancia que requiere ser vivificada. Acercarse a esa desconocida realidad ignorando o apartando la idea que fundamenta la unidad de dos, sería crear una excepción en un universo de pensamiento que no se permitía criterios autónomos o distintos en el entendimiento y explicación de asuntos sacros, como se observa en la narración que explica el vínculo Sol y Luna, por ejemplo.

El modo de encarar estas interrogantes continúa siendo tarea pendiente, pero nos impele a pensar el tema utilizando el básico principio de la unidad que emerge de la divergencia. Ubicar la sustancia que ocupa el momento previo a la acción vivificadora debe ser hecha auxiliado por el concepto de espacio y tiempo. Observemos que las deidades responden a uno de los dos raciocinios; al espacio, el Sol, la Luna, los Apus y  Aukis y, otras, al tiempo, Wiracocha, es un buen  ejemplo. Siguiendo el sentido de la reflexión, la entidad ubicada previamente a la vivificación se debe configurar en torno a esta variable y debemos hallarla directamente asociada, por su sentido antagónico y complementario, a la realidad vivificadora. Si Pachacamac es aquella entidad ordenadora, afiliada a la Pacha, a la materia, entonces es necesario explorar en una presencia asociada al tiempo. Teqse, aparece con las características necesarias para ocupar esta ubicación. Su frecuente asociación a Wiracocha o a Illa como también a Kon o Pachayachachic no la convierte en una categoría distinta sino solamente expresión de una complementariedad transitoria resultado de su capacidad de múltiples integraciones en variadas diferenciales de tiempo y espacio; multiforme instante del tinkuy que Teqsse está en capacidad de promover por su rostro universal. Luis E. Valcárcel recoge el significado de Teksey como causa, origen , fundamento[1]  y agrupa el nombre en una triada: Kon-Tiksi-Uiracocha y lo reduce, sin razón, a solo mito de índole político.[2] Estar flanqueado por dos deidades expresa sus valencias múltiples, especie de cesión u obtención de energía en su último nivel.

Brian Bauer, en su estudio sobre el Cusco antiguo indica que, citando a Cobo, en el interior del palacio más espléndido de la plaza central del Cuzco, denominado Casana, propiedad de Huayna Cápac,se situaba, dentro del conjunto, una ‘laguna’ llamada Ticcicocha.[3] Francisco Pizarro eligió esta propiedad como su recompensa arquitectónica durante la división del Cusco entre los españoles.[4] El iletrado jefe máximo de la invasión pudo elegir el propio Qoricancha o el Amaru Cancha, más extensos, pero apartó el palacio asociado a la deidad mayor y a su propietario, el histórico Huayna Cápac. Tiene sentido su privilegiada elección por tratarse de negociaciones en la cúspide del poder terrenal y sacro. No descuidemos la exclusiva ubicación que tenía la propiedad. Polo de Ondegardo, atento e informado observador de las costumbres y hábitos andinos señala que, a la plaza principal cusqueña, al Chaupi, lugar central más importante de la ciudad centro del mundo,  la hincharon de arena de la costa de la mar como hasta dos palmos y medio, en algunas partes más. […] Inquiriendo la razón de haberla traído, dicen haber sido por reverencia del Tizeberacocha, a quien ellos dirigen principalmente sus sacrificios.[5] La consideración otorgada a Teqse, de ser ofrendado en el lugar central, la plaza central del ombligo del mundo, es concurrente con su inmaterialidad; a diferencia de la divinidades asociadas al espacio material reverenciados a través de medios señaladamente tangibles: libaciones, llamas, alpacas, metales. Acumular granos de arena de la costa en su memoria tiene connotaciones asociadas a la intemporalidad y no a la materialidad. Por otro lado, los estudios de Zuidema y de Bauer sobre los ceques cusqueños señalan a Casana como lugar de significativo y duplicado culto. Bauer indica que el palacio de Huayna Cápac es la quinta huaca del sexto ceque del Chinchaysuyo, de nombre Cajana, en donde había un lago denominado Ticcicocha, y Guayra, la cuarta, era portada de este palacio, en donde se hacían sacrificios al viento.[6] La importancia asignada a este espacio es poco frecuente; alberga a dos huacas, una de ellas dedicada al viento, manifestación sacra vinculada al tiempo. Guarnecía el ingreso a Casana, nada menos. Subrayemos el hecho que en el Cusco actual hallamos la vía Tecsecocha que circunda el espacio que ocupaba el antiguo palacio Casana, hecho que promueve pensar el profundo significado otorgado a esta divinidad por la comunidad superviviente de la invasión que se preocupó de mantener el nombre ancestral remontando la tendencia de otras vías del centro histórico que conservan ahora nombres de origen posterior a la invasión.

Observemos ahora los vocabularios antiguos. En el primer diccionario quechua del jesuita Domingo de Santo Tomás, publicado en 1560, la entrada para Ticssin se traduce como principio o fundamento de edificio elemento, fin de cualquier cosa. En el diccionario del también jesuita Diego González Holguín, publicado en 1608, señala que Ticci es origen, principio fundamento, cimiento causa.[7] Jorge Lira, en su diccionario editado en 1944, señala que Téqse es fundamento, principio, cimiento, base. Universo, universal. Cuando la une a la palabra wiraqócha, lo sindica como Señor fundamental, el Dios universal, Dios del universo.[8] Al proporcionarnos una oración vinculada, indica que Ticciycuni ñaupaquen manta significa: dar principio, o echar el fundamento de cosas grandes, o durable; detalle importante por el uso del vocablo ñaupa, de clara vinculación al tiempo andino.

Vestigios de la unidad del tiempo y espacio

Rezagos de esta concepción los podemos hallar en localidades apartadas de la sierra y en comunidades amazónicas; en estas últimas especialmente.[9] Reconocemos que se trata de un tema ausente de investigaciones o desarrollos teóricos que la sustenten; las evidencias que tenemos surgen de los residuos filosóficos que yacen en capas profundas de las tradiciones y actos conservados por individuos o comunidades de origen ancestral. El lenguaje es un influyente vehículo para seguir la huella de esta realidad.  

Si extraemos información del uso de categorías opuestas y complementarias, podemos inferir que, así como lo antagónico y complementario del mal es el no-mal y lo bueno se articula con su negación, no-bueno,[10] podemos afirmar, con las limitaciones que significa no usar el idioma quechua para estas reflexiones, que el tiempo es el no-espacio y el espacio es el no-tiempo. La inexistencia de uno sin su par complementario nos conduce a pensar que materia y tiempo se materializan, materia y tiempo se hacen inmateriales, incorpóreos; engarzan sus diferencias e integran unidad, pero a diferencia de integraciones momentáneas y pasajeras, el tinkuy del espacio y tiempo es permanente, constante, por sus naturalezas perpetuas e infinitas. La materia, generadora de espacio, es demiurgo del tiempo, crea, activa, vivifica su realidad asociada, resultante y complemento inmediato. Luego de ese momento inicial el tiempo actúa sobre la materia modelándola y transformando su conformación, y viceversa.[11] Un ejemplo de esta afirmación: la circularidad del tiempo que, no obstante ser dos realidades totalizadoras y sin regiones de contacto aparentes, hace posible que en el círculo del tiempo el futuro se tropiece con el pasado y este, se superponga al presente. Las concepciones andinas procrean extensiones de encuentro y resolución del antagonismo que generan los tres estados del tiempo, integrándolos, no en contacto permanente sino en episódicos tinkuys en que el ser es alcanzado por el tiempo. Resulta sorprendente observar que las vastas interrogantes que ha provocado la física cuántica, por sus principios de permutabilidad  entre materia y energía, sean de contenidos similares a las provocadas por la dualidad espacio-tiempo andinos. Si es pertinente afirmar que la materia es energía concentrada mientras que la energía es materia diluida, podemos argüir que la ecuación espacio-tiempo andinos es una igualdad con variables factibles de ser cartografiados por medios usados por la física cuántica. No existe la pretensión de argüir fundamentos cuánticos en la filosofía andina, pero sí fundamentar que sus concepciones se enmarcan en una intuición profunda de la permutabilidad de la materia y la energía.

¿Cuál es el tinkuy que enhebra el espacio-tiempo?, dos columnas fundadoras de la civilización andina. Para responder nos remitimos a observar el cuerpo celeste más importante de esta sociedad: la Vía Láctea, ciñéndonos al esquema básico de complementariedades y antagonismo del pensamiento andino, y observar el comportamiento y la trayectoria que desarrolla este cuerpo en el firmamento y, además, percibirla en sí misma como la encarnación de un tinkuy, carente de un símil antagónico. Su desplazamiento desarrolla un curso de gran río celestial, un inabarcable Hatun Mayu que conjuga materia y tiempo, fluido y materia, contenidos entre dos bordes que confinan una dupla de fuerzas monumentales solamente posibles en un cuerpo celeste de tal magnitud: unidad de tiempo y espacio, pilares fundamentales de la civilización andina. Su masiva presencia en el firmamento, materia en perpetuo movimiento, su discurrir continuo, encarnación del tiempo, se vertebran juntos entre dos orillas conjugando síntesis unificadora: el tiempo en movimiento, la materia  discurriendo en el tiempo; espacio-tiempo único; Tinkuy en el propio Hatun Mayu. Hallar la reproducción de este fenómeno en la Tierra, su reproducción menor, opuesta y complementaria, no debió ser difícil para los pensadores andinos. Observaron los ríos terrenales como la única representación con capacidad de articular una imagen espejo del gran rio cósmico. La réplica muestra una sustancia que aparenta ser también inmaterial e incorpórea, con desplazamientos que emulan las sendas delineadas por la Vía Láctea y con un dinamismo que duplica en el agua la fluidez observada en el gran Hatun Mayu en el firmamento. Usando los paradigmas andinos, las dos corrientes, la terrenal y celestial, ocupan en su discurrir permanente y circular tres niveles espaciales y los tres estados del tiempo, conjugados en una sola unidad, sin solución de continuidad, ciclo perpetuo contenido en dos orillas contrapuestas que reiteran un tinkuy permanente.

El río designado para esta representación fue el Willka Mayu, que integra con sus aguas un extenso valle a partir de la localidad conocida ahora con el nombre de la Raya, línea divisoria entre Cusco y Puno. Trasponer la línea demarcatoria significaba ingresar al área de influencia directa de los quechuas cusqueños, territorio transformado en sagrado por la voluntad del río sacro que nacía en el lugar donde también lo hacía el Sol, en la divisoria continental. Su desplazamiento diseñaba un recorrido que copiaba al Hatun Mayu. En el diccionario de Jorge Lira, Willka, significa icono o imagen que representa la divinidad tutelar del valle que se extiende desde lo que hoy es la Raya. El vocablo Willkamáyu es descrito como el río sagrado de los inkas por haber estado consagrado al Dios Wilka. Willkamayu como adjetivo equivale a santo, sagrado, divino. Durante el solsticio de junio, como parte importante de las festividades, sacerdotes tarpuntay –los que estaban encargados de alimentar a las wacas- iban en peregrinación a un lugar llamado Vilcanota. Hoy conocido como La Raya. […] La razón por la cual se dirigían a Vilcanota era ‘porque dicen nace el Sol en aquella parte’. [12] Zuidema, en la explicación de este andar sacro, recoge lo mencionado por Ludovico Bertonio, en su Vocabulario de la lengua aymara cuando señala que Villcanuta era un adoratorio muy célebre entre Sicuani y Chungara: significa casa del Sol. Estamos entonces frente a un puntual lugar sacro denominado Vilcanota, que comunicó su nombre al río y posteriormente al valle en toda su extensión quechua. Ambos devinieron en sagrados. Observar al Hatun Mayu desde este santuario, en un tiempo determinado, debió ser algo semejante a observar la primera aparición de un ser vivo, el río nacía vivificado y caminando entre el Sol y el paso de la galaxia sacra, continuación terrenal de vida celestial.

La Chacana y la Vía Láctea son algunas de las pocas entidades del orbe sacro andino que no poseen su equivalente antagónico y complementario. La necesidad de todo elemento o realidad de poseer uno, nos lleva a pensar que estas entidades eran un Tinkuy en sí mismos.

Palabras para explicar el tiempo y el espacio

Como hemos visto, interpretar el tiempo como un proceso cíclico y el espacio dividido siempre en dos hemisferios, asignándoles a ambos elementos correspondencia y complementariedad, señalan la diferencia más sustantiva de la civilización andina y occidental. Es conocido que, en el idioma quechua, ambas realidades son definidas por una sola palabra: pacha. Por otro lado, existen vocablos que integran en una sola palabra pasado y futuro: ñawpaq como qhepa, adelante y atrás.[13] Si dos interlocutores hacían uso del vocablo pacha, el contexto de la conversación dilucidaba la referencia a tiempo o espacio, situando a ambos seres en un permanente estado compartido entre el tiempo y el no-tiempo, con el tiempo ocupando asiento en el espacio y viceversa. Así  lo deja ver Huaman Poma cuando se refiere a su contemporáneo Juan Yumpa, a quien describe nacido en el pueblo de Uchucmarca Lucana y que tenía orden de filosofía. El personaje conocía de las estrellas, del ruedo del andar del sol y de las horas, meses y año. Señala que tenía hora, y la llamaba suc uaycucuy que equivale al tiempo que demora en cocerse una olla[14] usando aquí una equivalencia que muestra la materialización del tiempo, su conversión constante en acción concreta, subrayada por la capacidad del filósofo de contener, de poseer el tiempo, de amarrarlo. Precisa a continuación que sus conocimientos le permitían conocer al andar del ruedo del sol de verano, invierno, desde el mes que comienza de enero, dice el filósofo que un día se sienta en su silla y señorea el sol en aquel grado principal y reina y apodera de allí.  En el mes de agosto, el día de San Juan Bautista se asienta en otra silla, en la primera silla de la llegada, en la segunda silla no se menea. En este su día principal descansa, señorea y reina de allí ese grado. El tercer día se menea y apareja su viaje un minuto, muy poco, por eso se dice que apareja su viaje, de ese grado va caminando cada día sin descansar, como media hora hacia la mano izquierda mirando al mar del Norte de la montaña los seis meses, desde el mes primero de enero […] De este mes de agosto comienza otra vez, desde la silla principal de la silla segunda principal, que estas dos sillas y casas tiene muy apoderadas, que mes tiene su silla en cada grado del cielo el sol. La luna siguiendo como mujer y reina de las estrellas sigue al hombre que apuntando.[15] Estamos ante una descripción que relata la aparente demora que el Sol proyecta en los solsticios de volver al ruedo y la ligereza con que lo hace después de marcar los equinoccios. Asocia tiempo y espacio en su expresión más extrema por cuanto se trata de luz, de rayos luminosos que se hacen de un lugar en la Tierra y la poseen en propiedad: reina y apodera de allí, señorea y reina. Es una interpretación muy nítida de la conversión de tiempo y espacio. Nada menos.


[1]Luis E. Valcárcel. Del indigenismo cusqueño a la antropología peruana. José Luis Rénique, estudio preliminar. Ediciones Copé-Petroperú. Tomo I. Lima, 2013. Pág. 160.

[2] Luis E. Valcárcel. Del indigenismo cusqueño a la antropología peruana. José Luis Rénique, estudio preliminar. Ediciones Copé-Petroperú. Tomo I. Lima, 2013. Pág. 165.

[3]Brian S. Bauer. Cuzco antiguo, tierra natal de los incas. Centro Bartolomé de las Casas. Cuzco, 2008. Pág. 237.

[4] Brian S. Bauer. Cuzco antiguo, tierra natal de los incas. Centro Bartolomé de las Casas. Cuzco, 2008. Pág. 227.

[5] Las razones que movieron a sacar esta relación y notable daño que resulta de no guardar a estos indios sus fueros. Pensamiento colonial crítico. Textos y actos de Polo de Ondegardo. Edición de Gonzalo Lamana Ferrario. Instituto de Frances de Estudios Andinos y Centro Bartolomé de las Casas.  Cuzco , 2012. Págs. 270, 271

[6]Brian S.  Bauer. El Espacio Sagrado de los Incas. El sistema de ceques del Cuzco. Centro Bartolomé de las Casas. Cuzco, 2016. Pág. 80.

[7] http://www.letras.ufmg.br/padrao_cms/documentos/profs/romulo/VocabvlarioQqichuaDeHolguin1607.pdf

[8]Jorge A. Lira. Diccionario quechua-castellano, castellano-quechua. Universidad Ricardo Palma. Editorial Universitaria. Lima, 2008. Pág. 493.

[9] “Cuando se menciona un tiempo ancestral,  entonces, se está haciendo referencia también a un espacio ancestral, en el que los mundos que ahora están distanciados eran, por lo menos, cercanos. Cuando utilizo la expresión el ‘tiempo ancestral’, este concepto es insuficiente; tal vez convendría decir ‘el espacio tiempo de las narraciones ancestrales’. Esta concepción de espacio-tiempo hace pensar en la noción andina de pacha, concepto que abarca tanto al espacio como al tiempo. El espacio ancestral era inclusivo, sin divisiones y límites. Luego de que las aguas del diluvio ejercieran su acción transformadora, surgió el tiempo y el espacio de la división y la insuficiencia.” En: Pedro Favaron. Las visiones y los mundos. Sendas Visionarias de la Amazonía Occidental. Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica. Lima, 2017. Pág. 280.

[10]Pedro Favaron . Las visiones y los mundos. Sendas Visionarias de la Amazonía Occidental. Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica. Lima, 2017. Pág. 280.

[11]Tubino y Zariqey señalan, para la comunidad shipibo-conibo, que “ethos y physis, naturaleza y cultura se yuxtaponen y forman una unidad.” En Fidel Tubino, Roberto Zariquey. Jenetian. El juego de las identidades en tiempos de lluvia.  Fondo Editorial UNMSM. Lima 2007. Pág. 269.

[12][…] Otros sacerdotes tarpuntay iban en peregrinación a un lugar llamado Vilcanota. Hoy conocido como La Raya, la divisoria continental en el camino del Cuzco al lago Titicaca […] Bertonio identificó específicamente a Vilcanota como un ‘Templo del Sol de Diciembre. […] La razón por la cual se dirigían a Vilcanota era ‘porque dicen nace el Sol en aquella parte´ aludiendo probablemente no solo a su nacimiento cosmológico o diario, sino también a su nacimiento anual durante el solsticio de diciembre. En Tom Zuidema. El calendario Inca. Tiempo y espacio en la organización ritual del Cuzco. La idea del pasado. Fondo editorial del Congreso de la Republica y Fondo editorial de la PUCP. Lima, 2010. Págs. 287, 288.

[13] Armando Valenzuela Lovón. La civilización andina. Nuevo enfoque científico, filosófico y tecnológico. Cusco, 2011. Pág. 74.

[14] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 828.

[15]Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 386.

I. Huamán Poma de Ayala, filósofo

Introducción

Las páginas que aquí se publican son parte de un libro que se halla en proceso de elaboración y en el que se propone un parecer sobre la filosofía andina.

Las reflexiones en torno a este tema tiene algún tiempo de desarrollo. Se inició con el texto Nación andina que, en una de sus partes, afirma que el alto pensamiento antiguo poseía forma y contenidos que abarcaban espacios mas lejanos que los permitidos a la restrictiva cosmovisión. Después, en una publicación cuya aparición el proceso viral ha retrasado, formulamos los iniciales elementos de un desarrollo filosófico basado en las tradiciones nuestras. Filosofía del Yawar Mayu  denominamos a esta reflexión. Sus páginas afirman que nuestra tradición filosófica se asienta en un largo desarrollo de milenios de antigüedad y se expresa en pensadores de la dimensión de Garcilaso de la Vega, Huamán Poma, Juan Santa Cruz Pachacuti y José María Arguedas.   

Huaman 5

Es evidente que se trata de una idea que elude los cánones convencionales que juzgan la filosofía como una actividad reservada para el pensamiento occidental y la conocida restricción de esta actividad para los pueblos que poseen escritura, conceptos y  leyes de la lógica racional para sus análisis y reflexiones.  Frente a esta limitada y obsoleta manera de instalar cartabones al pensamiento humano, se ha abierto en los últimos años un adverso y frondoso camino contestario a tal aserto. La filosofía, en cualquiera de sus formas y expresiones, es un patrimonio consustancial al ser humano que no soporta academias que nieguen la capacidad de los humanos de elaborar diferenciadas maneras de pensar el ser y sus circunstancias. Son actos de liberación que forman parte del largo camino de ruptura con el coloniaje mental que nos domina.

Es el ámbito que me permite afirmar con rotundidad y convencimiento pleno que una filosofía realmente nuestra tiene que desarrollarse a partir del pensamiento antiguo, de las profundas vetas que yacen escondidas, muy visibles otras, y que permitieron edificar una civilización cuya complejidad aun se estudia. ¿Dónde yace el élan vital que vertebró aquella colectividad? pues nada menos que en los pensadores que supervivieron a la tragedia invasora y anotaron sustantivos elementos de aquella savia integradora de toda sociedad: su alto pensamiento. ¿No reúnen los sacrosantos principios que debe contener el razonamiento filosófico? Bueno pues infausto destino el de las observaciones; con ese alto pensamiento se construyó nuestra grandeza pasada. Sirvió, fue útil. ¿Qué otra prueba es necesaria?

Las cuatro personalidades citadas se unen con la facilidad con que se integra la escuela jónica de filosofía, por sus razonamientos, intuiciones, mitos, sueños, discurre un río subterráneo que los integra, es un Yawar Mayu distinguible en sus añoranzas, en sus personalidades escindidas por el coloniaje, en sus dificultades para integrarse y pertinaz decisión de resistir. Ninguno es héroe cultural, todos son héroes de la resistencia, tributarios de sueños ocultos de renacimiento y recreación de pasados esplendores. Sí, son novelistas todos ellos, escritores, poetas, transcriptores; ese es el caudal principal que arrastran nuestros ríos. Es lo que somos, procuradores de una moral y una ética andina. No hay ninguna otra posibilidad cierta de hacernos de un pensamiento que nos refleje,  identifique y aborde nuestros abismos y altas elevaciones y nos proporcione orientaciones nacionales para nuestros desencuentros. Es necesario subrayar de nuevo que caminamos ahora sobre extensos  procesos de descolonización mental abierto por innumerables pensadores nacionales, que fueron abriendo rutas de comprensión de lo que fuimos y de lo que podemos ser. Todo tiempo tiene sus propios afanes y el nuestro es de imprescindible rescate de las vetas que nos ligan con un pasado esclerotizado y puesto en vitrinas de museo como reliquias de exposición de un pasado inservible. No es cierto ese camino, son vestigios que hablan, vertebran vida y nos señalan el camino de nuestra reedificación, del reencuentro con lo que somos.

Decimos: no es posible tener una filosofía nacional con el solo reconocimiento de su existencia en el pasado milenario, requerimos prolongar nuestra humanidad y abrazar ese pensamiento remontando letra muerta, útil para llenar bibliotecas pero inútil para responder las centenarias preguntas de un pueblo que reclama rutas, caminos que nos conduzcan a ver y acceder a un horizonte nuestro.

Esta parcial entrega es también asegurar un compromiso de cumplimiento de una labor que esperamos culminar pronto, superando dificultades que emanan de transitar materias que no formaron parte de ninguna especialidad universitaria. En este punto me apoyo en la obra y biografía de estos cuatro pensadores nacionales muy alejados de los formatos tradicionales a la hora de formular pensamiento y también distantes de las estrechas fronteras de una sociedad negada para los propósitos de largo plazo.

Acerco pues este primer tema, parte de un capítulo redactado con la emoción y compromiso que suscita sabernos de un país antiguo.

I. Huamán Poma de Ayala en la tradición filosófica del Perú 

¿Huaman Poma filósofo? Sí, lo es. Para sustentar esta afirmación acudimos a su obra que posee contenidos similares y propósitos que también impulsaron a pensadores de otras latitudes a sistematizar ideas y cuestionarse realidades conflictivas o intolerables con la determinación de interpretar sus orígenes y proponer trayectos de solución. La vida y obra de muchos pensadores estimados como filósofos han discurrido por similares horizontes biográficos a los del indio yaruvilca. Sin embargo, el uso de restringidos criterios coloniales para evaluar el sentido de la filosofía ha provocado que su obra sea comentada al margen de esta afirmación. Cronista lo reconoce la mayoría, utopista también y algunos lo señalan racista, desconociendo que reúne legítimas condiciones para residir en el dilatado ámbito de la filosofía.

Cuando escribe afirma que evita hacer mal ni daño, sino para el servicio de dios, buena justicia y enmienda de los malos cristianos, soberbios[1]. Su inicial exposición, claramente filosófica, no es fruto del azar, sobrepasa una solitaria pretensión por hacer história, ya tarea suficiente, ni tampoco pretende arracimar hechos sin adjuntar una opinión reflexiva que contiene implícita la pregunta: ¿cuál es el origen de este desorden, por qué ocurren estas cosas, cuáles son las soluciones? y que se revela en su impaciencia para entenderlas a cabalidad, y remediarlas, emitiendo su constante alegación: ¡no hay remedio! Semejante al ¿qué se yo? del francés Michel de Montaigne, por lo demás, viajero y habitante del mismo siglo que el cronista.

Como suelen ser la mayoría de los pensadores, no es activista social, tampoco conductor de rebeldías; se asigna el rol de áspero observador, insobornable censor y, como genuino intelectual, evita tomar acciones prácticas sobre un mundo que se revela sorprendente en sus íntimas partes constitutivas. Al igual que el florentino Nicolás Maquiavelo, elige dirigirse a la cumbre del poder, fuente que engendra la anarquía y promueve el desorden; su práctica cultural le ha enseñado que el ordenamiento social se origina en una fuente sacra que tiene a un soberano como representante, intérprete y ejecutor del mandato divino en el orbe. Su sistematizada concepción del mundo no concibe un orden sin vertebración unificada ni conjunto universal que, en su consideración,  emana de la autoridad máxima y conserva el vértice de comunicación con la energía que mora en el universo y que Huamán Poma ha aprendido a denominar Dios.  Sacra católica majestad, le dice al monarca, mande que venga por sus testimonios cada cacique principal y segunda o los mandones para que yo les dé testimonio de lo que merece cada uno, porque sé todo, cómo y de qué manera, cómo segunda persona del inca y vuestra. Los testimonios tengo que darlos yo y mis descendientes según ley, firmados de mi nombre para perpetuidad. Así ninguno se hará por fuerza curaca ni se llamará ‘don’ ni ‘doña’, ni se pondrá hábito de español y será probado fiel, cristiano brioso para servir a dios y a vuestra majestad, favorecerá a los pobres indios y así le dará vuestra majestad título en todo este reino.[2] Se yergue como fielato y heredero del pensamiento que proviene de las panacas reales que integraban antes el registro de hechos cotidianos y de la historia.  Los testimonios tengo que darlos yo y mis descendientes según ley, firmados de mi nombre para perpetuidad, afirma con una rotundidad que ampara a los pensadores protegidos por el poder máximo que, para él, proviene del esplendor que tuvo su antigua sociedad; la soltura y confianza que usa para dirigirse a la sacra autoridad es propia de los consejeros intelectuales que le hablan al poder liberados del protocolo que protege a los consejeros de Estado que se acercan al soberano premunidos de su ineptitud para amagar posiciones de poder político. Porque sé todo manifiesta, arrogándose el don de quienes poseen visión totalizadora de la realidad. Reclama por él y los suyos, prójimos cercanos que sufren la usurpación, y cuando se dirige a la autoridad usa la voz que proviene de ese pueblo sin merma del orgullo por sus orígenes; no reprime su identidad a cambio de merecer prebendas que reciben los sometidos; mantiene con el soberano un diálogo de cultura a cultura sin disminuir su prosapia real y condición india. Le hace ver que el origen de su riqueza y poder emana de sus súbditos marginados: Digo a vuestra majestad,  que de los indios tiene renta vuestra majestad. Yo soy príncipe, soy por ellos, si se acaban quedará la tierra yerma y solitaria.[3] No es lenguaje historicista, tampoco de cronista enfrascado en dar cuenta irreflexiva y sumaria de hechos sociales, lo suyo es exponer, razonar y elaborar teorías de Estado.

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Huaman Poma, en autorretrato, viajando con su hijo Francisco, su caballo Guiado y sus dos mascotas: Amigo y Lautaro.

Como es frecuente entre los pensadores sociales o filósofos políticos tiene una visión clara y metódica de la sociedad. Defiende los fueros indios por encima del mestizaje biológico que va proliferando ante su escéptica mirada.  Sacra católica real majestad, menciona, es muy gran servicio de dios nuestro señor y de vuestra majestad y aumento de los indios que no esté ningún español, mestizo, cholo, mulato, zambaigo, casta de ellos, sino fuere casta de indio, que a todos los echen,  a chicos, grandes, casados, llevando sus mujeres los echen a las ciudades, villas. Exige que a todos los nombrados no se les mantengan un solo día en tambos y se les envíe a las costas con alguaciles en ruta a otras ciudades o que sean desterrados a Chile y dejen vivir y multiplicar a los indios libremente. Porque no se sirve vuestra majestad de los mestizos sino ruidos y pleitos, mentiras, hurtos enemigo de sus tíos y mucho más de los mestizos sacerdotes, que no sean doctrinantes ni criollo, ni los consienta vuestra majestad. Es el modo, menciona, que aumentarán los indios, se servirá de ellos vuestra majestad y aumentarán y engrandecerán la corona de vuestra majestad y todos Castilla y cristiandad, Roma.[4]  Se trata de una monumental concepción de sociedad que no ha sido observada en su capacidad regenerativa y tampoco con la seriedad que requiere por el hecho de ser proclamada por un indio derrotado y portador de un sueño juzgado irrealizable por la aparente irreversibilidad de la invasión colonial.

Y, a tono con su afirmación anterior, solicita se envíe Cardenal a las costas peruanas, y lo señala con la seguridad que ostenta el poseedor del diagnóstico y solución acertada de temas que no pueden estar fuera del alcance de quienes, como él,  poseen la capacidad y  profundidad de juicio para conocer todos los aspectos de una realidad multiforme. Señala imperativo: Si no le pareciere a vuestra majestad, comunique con su santidad que nos envíe su segunda cardenal.[5], haciéndonos imaginar que expresa estas sentencias dando pasos  confiados y seguros en las proximidades del trono real. Y añade, invadiendo colinas teológicas y predios solo permitidos para salmantinos distinguidos: digo a vuestra majestad, quien defiende a los pobres de Jesucristo sirve a dios, que es palabra de dios en su evangelio y defendiendo a los indios de vuestra majestad sirve a vuestra corona real, porque les han valido a los abuelos y padres de vuestra majestad, que allá están todos en el cielo.[6] Su atrevida inferencia interpreta la doctrina con acierto y sin divagaciones, con la sencilla claridad que acostumbra: servir a los pobres es servir a Dios, lo dice el evangelio, subraya, y sin fingimientos le recalca que la defensa de los pobres indios seguirá el camino engrandecido de sus antepasados, siempre amparados y sostenidos por los pobres del universo.

Después de muchos siglos, en la precisa vecindad que habitó temprano el filósofo lucaneño, teologías liberadoras contemporáneas han desarrollado similares razonamientos. Sí, puede cuestionarse la originalidad de la reflexión y señalar parentesco con el pensamiento lascasiano, pero ocurre que, en Felipe Huamán deja de ser el abrazo de solidaridad humana desde la esfera de la caridad y filantropía para devenir en el reclamo del que vive en el sufrimiento; su discurso adquiere diversidad y resonancias originales porque es emitido  desde el ser mismo que encarna los estragos de la violencia colonial y asume el adelantado reclamo por una sociedad descolonizada e igualitaria, de convivencia interétnica respetuosa. Huamán Poma le otorga contexto y antecedentes históricos a la obra de Olaudah Equiano, Césaire Aimé y después Frantz Fanon quienes, desde distintos escenarios sociales, postulan pensamientos que el lucaneño expresó primero en el siglo XVI.

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Con sus requerimientos el cronista orienta su mirada sobre aspectos fundamentales del quehacer filosófico universal: discierne en torno a la vinculación humana con la divinidad y analiza las relaciones humanas, pilares que sostienen las teorizaciones filosóficas de todas las épocas. La relación con la naturaleza, otro aspecto universal de las reflexiones, es abordado por él en numerosos espacios de su crónica. Juzgando la soltura y seguridad que exhibe al ocuparse de estos conceptos afirmamos que sus pares precedentes no eran ajenos a estas especulaciones; propósitos similares ocuparon la meditación de los amautas filósofos. Huamán Poma no puede ser expresión inesperada que surge de una casualidad enigmática, sino consecuencia de un apretado y particular humanismo andino que ya se observa en la Instrucción del Inca Tito Cusi Yupanqui y después en Garcilaso de la Vega y después en Juan Santa Cruz Pachacuti y termina de acumularse en José María Arguedas.

Se muestra sorprendido y extrañado cuando interpreta los patrones de conducta que lucen los invasores para tratar a la población sometida y también los patrones que adoptan las relaciones entre ellos mismos; su  desconcierto se expresa en su frase yerma: ¡no hay remedio! Exacta e ilustrativa de su perplejidad e incapacidad para comprenderlas. Los asuntos divinos y sociales, y la vinculación con la naturaleza, no son temas que surgen de la reciente realidad de marginación y opresión que soportan sus hermanos y cultura. La seguridad reiterada, ácida agudez e ingenio y luego tonante condena, que usa para evaluar las hondas distancias culturales, sin que halle esfuerzo en los hispanos para ser distintos, provienen del aprendizaje que le procuró la todavía intacta cultura sometida, fecunda en planificar el bien común privilegiando entendimientos duraderos entre cientos de culturas con lenguas y características diferenciadas y que, al margen de sus conflictos e intereses particulares, supieron construir juntos una civilización autónoma e inimitable.

El cronista indio también reúne características propias de los estudiosos trashumantes, carentes de academia, que adquieren conocimientos en la observación diaria y metódica del entorno social, y luego se preocupan por sistematizarlo y difundirlo – en este punto no dejo de pensar en el maestro Confucio y sus postulados sociales. Es método que lo da a conocer mencionando: el cristiano lector estará maravillado y espantado de leer este libro […] y dirá que quién me enseñó, que cómo pudo saber tanto, para señalar luego que aprender le ha costado 30 años de trabajo […] y pobreza, dejando mis casas e hijos y haciendas. He trabajado, entrándome en medio de los pobres, sirviendo a dios y a su majestad, aprendiendo las lenguas y leer y escribir, sirviendo a los doctores y a los que no saben y a los que saben. Señala que sus conocimientos, como corresponde a su tradición cultural, ajena a los textos escritos en papel, los ha adquirido en múltiples espacios: en palacio, en casa del buen gobierno y en la Audiencia, he servido a los señores virreyes, oidores, presidentes y alcaldes de corte y a los muy ilustres in Cristo señoría obispos y a los ilustres comisarios. He tratado a los padres, corregidores, encomenderos, visitadores, sirviendo de lengua y conversando, preguntando a los españoles pobres y a indios pobres y a negros pobres.[7] Adquiere pues Huamán Poma la tesitura suficiente para emprender una obra que va más allá de la elemental recopilación de información y aborda reflexión y crítica de los sucesos observados ingresando con toda justicia al territorio de la reflexión sistemática.

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Observa a numerosas naciones que viven la descomposición de sus antiguas formas de vida y le impelen a describir un mundo que alcanzó a conocer en sus rastros de antiguo esplendor y que contrasta con la inaceptable sociedad que va emergiendo de los escombros. En el recuento de su fatigosa biografía dice haber visto visitador de la santa iglesia y visitador general de indios tributarios y revisitas y de composición de tierras y, como pobre, con ellos trato y así me descubren sus pobrezas y los padres sus soberbias.[8] Explica que reúne información tamizada, solo lo principal, porque si escribiera lo que me ha pasado en los pueblos, tanto trabajo de la soberbia de los padres, corregidos, encomendero, de caciques principales, los que persiguen a los pobres de Jesucristo, a veces es de llorar, a veces es de reír y tener lástima. Y he visto a vista de ojos, para el remedio de los pobres y servicio de dios y de su majestad. ¡Cómo he visto tantas cosas, que es de espantar! Luego diréis vosotros que soy contra el padre y el corregidos y el encomendero.[9] Abunda en detalles sobre la naturaleza de su trabajo y el propósito que tiene, como filósofo que es, de contribuir a la salvación de las almas: los buenos se rían del libro, los malos se enojarán y les pesará de él y desearán matarme. Pues dígoos, cristianos lectores, que no habéis tenido hermano que haya querido tanto la salvación de vuestra ánima y conciencia y que en el mundo os ha librado de trabajos, pesadumbres y pecados y os ha honrado. [Por] tanto tomaréis este libro y lo leeréis de en verbo en verbo y asentaréis y lloraréis con vuestra ánima. Veréis lo que es malo y lo que no es malo y, quitado de ellos, hablaréis con vuestro señor y prelado libremente y seréis honrado y cabréis en el mundo con los chicos y grandes. Y trataréis con el papa y rey y os tendrán en los ojos y en el ánima. Pagadme, ahora, vuestras oraciones. [10]

Podemos continuar revisando sus contenidos y seguir interpretando su denso pensamiento, pero lo hasta aquí citado ¿no es acaso el itinerario propio de un filósofo político como es Nicolás Maquiavelo en el espacio europeo, personaje con quien compartió en el mismo siglo preocupaciones acerca de la administración de la sociedad y el Estado; el florentino elaborando ideas para perfeccionar el sistema de dominación y Huamán Poma criticándolo. Es una vida de observación y reflexión la que une a los pensadores, los diferencia las culturas que los forman y sus experiencias de vida, pero los une la preocupación que manifiestan por las sociedades que habitan. Sus testimonios adquieren multiforme cariz: tratados, diálogos, ensayos, narraciones, poemas; la forma en que compendian información y la transfieren no tiene que seguir preceptos previos ni matriz repetible; las sociedades influyen en la forma que usan para transcribir sus discernimientos y, en ese contexto de normas, hábitos, familia, escuela, el pensador elige el modo de expresarse. Los ámbitos de Huaman Poma son la filosofía de la política y de la cultura, también de la historia; en todos los espacios apela a su herencia social; tradiciones cultivadas en milenios lo distingue como filósofo de la ética y la moral, siguiendo un formato usado por los amautas andinos, vigilantes ascéticos y abstinentes, severos guías espirituales.

Diligente observador y analista, repite experiencias similares de individuos que en la sociedad andina tuvieron la tarea de crear valores para legitimar y desarrollar el complejo entramado cultural civilizatorio. Recoge tradiciones y destrezas y las utiliza para cuestionar los valores que el nuevo horizonte de sentido empezaba a organizar. Su práctica trashumante repite la experiencia de numerosos creadores que gatillaron sus ideas por la pérdida de tradiciones culturales y las vivencias del desarraigo.

El indio yaruvilca vive el dilema de habitar dos culturas, es un ser escindido entre la admiración por el antiguo orden andino en proceso de desarticulación y su difícil acomodo a las sorprendentes nuevas normas morales y éticas hispanas que no emanan de la práctica social concreta sino de textos y dogmas que yacen en páginas solo para ser leídas, pero nunca para ser cumplidas. Se distancia de la antigua religiosidad andina y conserva intacta la severa actitud de sus pensadores, sacros rectores de la moral, austeros y preceptores, autónomos del poder fáctico. Hay un  universo que Felipe Huamán permite le expropien: la sacralidad antigua; parece acomodado a la nueva racionalidad religiosa, se ha impuesto sobre él la vesánica extirpación de idolatrías, la reciedumbre de los que portan la cruz y la espada, que no escatiman usar el pulpito y las doctrinas y la tortura y ejecución para conseguir sus fines: erradicar la extraña sacralidad que hacía hermanos a los seres y, a la sociedad toda, cooperantes y prójimos con la naturaleza. No obstante su temprana conversión, permanecen en él restos suficientes de la antiguas visiones que le hacen explicar con indisimulado orgullo y emoción detalles del firmamento religioso antiguo y de su organización social; deja observar visible añoranza de un orden que se asentaba en vinculaciones invadidas de sacralidad; las reprueba con teorizaciones aprendidas en un catecismo impráctico sobre la cual se impone la densa cultura que porta y la grandeza social de sus antepasados que aparecen superiores frente a las  miserias morales y éticas que observa en la avanzada invasora que ha impuesto pisoteando una extraña forma de convivencia civilizada.

II. Filósofo de la ética y la moral

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Veamos sus precisiones acerca de la moral y de la ética andinas. A un importante soberano inca lo describe administrando su poderío y enumerando una serie de decisiones de Estado que la mayoría ve como reliquias inútiles e irrepetibles. Menciona: […] Pachacuti inca Yupanqui […] hizo comenzar templos de dioses, ídolos huacas, edificó casas de vírgenes acllacunas, así de las mujeres como de los hombres y fundó pontífices (huallahuisa, condehuisa), hechiceros (laicacunas), sacerdotes y confesores y compuso fiestas y meses y pascuas y danzas. Mandó matar a los hechiceros falsos, a los salteadores y a las adulteras, castigaba de pecados públicos mucho e hizo mucha hacienda de templos, ídolos.[11] Cuando Huamán Poma admite que hubo hechiceros falsos hace evidente su aceptación benévola de hechiceros auténticos y, por ello, estancia de un orbe legitimado desde su orilla critica. La suya no es fría y aséptica descripción de la sociedad perdida, ni siquiera cuando se refiere a lugares de antiguos cultos religiosos. El hieratismo de los maestros ancestrales es observable en los tópicos que elige como adversarios y la forma en que afronta la pérdida de sus derechos sobre propiedades y mercedes; se desplaza hermético y marginal, construyendo juicios severos de una realidad que sabe irreparable; se traslada sin despilfarros ni comodidades: cayado, ropa ligera, mascotas y caballo fiel, son suficientes para acometer su tarea de recopilador y observador participante de años en que se consolidaba el poder dominante y se va extinguiendo el esplendor andino. Desde los márgenes de la sociedad dominante configura su obra como único modo posible de protestar sin incurrir en rebeldía penada con presidio.

Es posible afirmar sin error que la Nueva crónica y buen gobierno es, en su integridad, un tratado de política, de ética y también de moral. Es así que el escritor señala, con clara determinación, escribir en beneficio de buen vivir de los cristianos. [12] que sabemos es una frase construida con raíces profundas en los cimientos mismos de la civilización antigua, fundamento de sociedad que comparte armonía en el trato entre semejantes, sacralidad en sus apartados intersticios, asociación igualitaria con la naturaleza, trabajo como medio de realización humana acompañadas de festividades periódicas para celebrar la convivencia y la vida, dioses que acompañan la cotidianeidad sin esperar de ellos recompensas intemporales y, sobre todo, necesidades materiales satisfechas. Señala que su Crónica es muy útil y provechosa. Es buena para enmienda de vida para los cristianos e infieles, para confesarse los indios y enmienda de sus vidas, erronía e idolatrías, para saber confesar a los indios los sacerdotes y para la enmienda de los encomenderos de indios, corregidores, padres y curas de las doctrinas, mineros, caciques principales, indios mandoncillos e indios comunes y otros españoles y personas. Es buena para las residencias y visitas generales de los indios tributarios y la visita general de la santa madre iglesia. [13]  Lo múltiples propósitos que tiene el autor los presenta del modo en que sus antepasados filósofos y educadores antiguos exponían sus enseñanzas ante el pueblo llano: sentencias breves y mandatorias unidas a austera y ejemplar vida. Su preocupación por enseñar antiguas normas de vida está condicionada por el avasallamiento perpetrado por intrusos que carecen de merecimientos para vivir en comunidad con los indios. Sus alegatos ante el monarca español se sustentan en este principal aspecto: restituir la antigua sociedad andina y establecer relaciones de igualdad con las otras comunidades mundiales: españoles en Castilla, negros en Guinea e indios en las Indias a los que añade el Gran Turco. La interrelación que establece entre reinos se sustenta en la organización de los cuatro suyos, con un soberano mayor que prima sobre los demás. Los señores de los suyos conservan sus prerrogativas en sus territorios y son extranjeros en los otros suyos. En este ámbito, nos recuerda que el soberano inca: ordenó y mandó que en esta ciudad hay Consejo real, dos incas Hanan Cuzco y lurin Cuzco, cuatro grandes de Chinchaisuyo, dos de Andesuyo, cuatro de Collasuyo y dos de Condesuyo. (A estos les llamaron tahuantinsuyo camachiconchic).[14]

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Diseño de la hoja a la manera de las figuras que adornaban la ropa de deidades y soberanos.

Es el orden que conoce bien y lo usa para proyectar a un nuevo orden mundial.

La figura de Martín de Ayala, siervo de dios y  hermano de madre de Huaman Poma, cumple rol importante en la aceptación de la doctrina cristiana. Le imparte las primeras instrucciones teologales y se muestra como modelo de comportamiento cristiano. Observa su entrega a la causa religiosa con virtudes que ha reparado entre pobladores comunes y antiguos amautas que aún subsisten. Lo describe como cura y beneficiado del hospital y pobres indios de Jesucristo, enfermos de la santa casa del hospital de la ciudad de Guamanga. Este padre Martín de Ayala fue mestizo, hijo de un caballero principal y nieto de Tupac inca Yupangui, señor y rey de este reino. Fue muy santo hombre, sentenció a los mestizos y criollos con su humildad y caridad, amor de Dios y penitencia y limosna y santa obra, servicio de dios y de su majestad. Desde edad de siete años entró a servir a dios en el hospital de la ciudad del Cuzco, recibió hábito de ermitaño, se hizo sacerdote de misa. Y, sirviendo a Dios, murió en él de edad de 40 años. Hizo muchos milagros y sentenció para memoria que fuese sentenciado por el papa de Roma y por su majestad en los capítulos.[15] Similares son las extensas referencias que hace el cronista sobre las prohibiciones que se imponían los amautas, y también los pobladores comunes, cuando se desarrollaban diversas festividades. Menciona: Mandamos que en tiempo de pestilencia o de sacrificio ni tempestades ni tiempo de hambre y sed o muerte del inca o de algún señor capac apu o levantamiento, no hagan fiesta ni bailen ni canten ni dancen ni se toque tambor ni flauta ni toquen a mujer los hombres, ni en tiempo de ayuno y penitencia. Ni han de comer sal ni ají ni carne ni fruta ni beban chicha ni coman ninguna comida, sino sólo maíz blanco y crudo en esta penitencia.[16] En pasaje próximo precisa que la población hacia Ayunos y penitencias […]. Cuaresma en el mes de la penitencia, enero, camay quilla.[17] Se trataban entonces de prácticas religiosas de factura similar a la cristiana y que explica el rápido progreso de la religión importada en el pueblo llano. Human Poma asimila con presteza el novedoso panorama teológico y lo hace suyo conservando elementos básicos de las costumbres, tradiciones y la antigua manera de ver el mundo. Su herencia cultural se halla íntimamente vinculada a la esfera de la contemplación, rituales y doctrina. Sus constantes alusiones a los hechos fantásticos de la Biblia exponen la sustantiva carga espiritual antigua que porta y que le facilita construir un encuentro intercultural con los invasores, un tinkuy situado en la banda de contacto societal; el encuentro armónico de hispanos y andinos no se hace realidad, los elementos primarios del mestizaje como son la construcción de un espacio universal para ambas culturas no se concreta. A diferencia de Garcilaso el Inca, Huamán no traspone el umbral que lo acerque a adoptar el rostro de dos culturas; permanece sin titubeos en territorio indio. Vive en una suerte de diglosia cultural donde procura hallar un espacio liminar entre las dos culturas para desarrollar su biografía; su sede íntima, el hogar de su mundo interior, permanece en el espacio andino pero se mueve con soltura en el espacio de Castilla. No asimila aún la idea de una presencia irreversible de la dominación ibérica. Su universo hanan sigue siendo andino y para darle sentido a la necesaria necesidad de paridad se construye un hurin, español.

Sus postulados éticos y morales, elemento basal de la civilización andina, son profusos e integran de manera primordial el horizonte de sentido de la crónica. Son visibles la exposición de los preceptos morales que rigieron la sociedad andina, porta una constante preocupación por evitar se pierdan las reglas que hicieron posible la edificación de su antigua sociedad. Señala que, en aquel tiempo, no se mataba ni se robaba, ni se echaban maldiciones ni había adulteras ni ofensas en servicio de dios, ni había lujuria envidia, avaricia, gula, soberbia, ira, acidia, pereza. No había deudas ni mentiras sino todo verdad y con ello una sombrilla del conocimiento de dios. Había mandamiento de dios y la buena obra de dios y caridad temor de dios. Limosna se hacía entre ellos y tenían buena justicia y grave, temerosos de dios porque juraban en aquel tiempo diciendo: Runacamac uanochihuachun, cay allpa millpuhuachon. Hacedor de la gente me mate y me trague esta tierra[18].

Señala que el décimo inca Tupac Yupanqui era Enemigo de mentirosos, que por una  mentira los mandaba matar. El que comenzó a mandar que aderezasen todos los caminos reales y puentes, puso correones (hatun chasque, churu chasque) y mesones y mandó que hubiese corregidores tocricoc, alguaciles hauatacamayoc, oidores, presidente, Consejo de estos reinos Tahuantinsuyo camachic. Tuvo asesor incap rantin rimac, procurador y protector runayanapac, secretario incap quipocnin, escribano Tahuantinsuyo quipoc, contador hucha quipoc. Y puso otros oficios[19]. Estamos frente a un verdadero tratado de política y administración estatal. Combina sus reflexiones con párrafos que no disimulan su admiración por las decisiones de los antiguos gobernantes y que le hace decir: Estos incas y demás señores y principales e indios particulares, antigua gente, hicieron y acrecentaron su salud y vida. Resaltando la austeridad cotidiana de aquellos siglos señala que  se purgaban cada mes con tres pares de huilcatauri y otro tanto que pesase de maca, tomaban por la boca la mitad y la mitad se echaban medicina. Con  esto aumentaron salud y vida. Hasta 30 años no tenían mujer ni marido ni cargo y así tenían mucha fuerza[20].

Podemos resumir sus preocupaciones de orientador social haciendo una extensa y transcripción del acápite denominado Ordenanzas de los incas. Aquí señala que las Leyes y Ordenanzas de estos reinos de este Piru, son como sigue. Primeramente la primera ley -aunque añadieron los incas con sus idolatrías-, guardar fiestas y pascuas en el año y meses ayunar y huarachicos, rutuchicos, pacaricos, huacachicos, sacrificios de escoger vírgenes, depósitos y otras cosas de ceremonias de los demonios guardaron los incas. Y continua señalando: Ordenamos y mandamos en estos reinos y señoríos que se guarden y que se cumplan so pena de muerte los que no las guardaren, ellos y sus hijos y descendientes, porque serán castigados y serán muertos y condenados a muerte, se acabará toda su generación, consumirán sus pueblos, se sembrará sal en ellos y vivirán animales luicho, poma, atoc, usco, cóndor y huamán (Estas penas tenían puestas, mandadas, ejecutadas perpetua en todo este reino y así no había pleito jamás. Con esta sentencia estaban fijas la ley y la justicia)

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Ordeno y mando en esta gran ciudad cabeza de estos reinos haya un pontífice hechicero mayor (llamado huallahuisa, condehuisa) y otros de chinchaisuyo, de andesuyo y de Collasuyo (A estos les llamaban huisa, laica, camascacuna. Estos tenían en el templo del sol y otros muchos tenían en otros templos y huacas, como en Pariacaca, Carhuancho Huallullo, Sahuaciray, Pitusiray, Coropuna, Suri orco, Titicaca. En otros templos tenían sacerdotes como obispos y canónigos y sacristanes, los que le servían y confesaban, enterraban. Estos fueron laicacunas, huasicunas, camascacunas. Estos estaban en los templos y dioses del todo el reino y tenían muy entablada esta ley de la idolatría y ceremonia de los demonios).

Item mando que haya asesor incap rantin rimaric Cápac apu (El asesor fue hombre principal)

Item mando que haya virrey (que fue segunda persona. No consentía que fuese gente baja su virrey, sino Cápac apu Huaman Chahua. A este señor enviaba con andas chicchi rampa. Llevaban como inca a las provincias y le llamaban incap rantin, en lugar de inca).

Item mandamos que haya en cada provincia para la buena justicia un corregidor (que llamaron tocricoc. Este era de los incas de oreja quebrada, hanan Cuzco, lurin Cuzco).

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Item mandamos en este nuestro reino que ninguna persona blasfeme al sol mi padre y a la luna mi madre, a las estrellas y al lucero chasca cuillor, huacahuilcacunas y a los dioses huacas y que no blasfeme a mí mismo inca y a la coya (Decían asi: nacaconquicho intiman quillaman chuqui ylla uaca uilcaconaman noca yncayquitapas coyatauanpas. Unanochiquimanmi, tucochiquimanmi).

Item mandamos que no blasfeme a ninguna persona y al Consejo y principales ni a indios pobres.

Item mandamos que haya otro Cuzco en Quito, otro en Tumi y otro en Huánuco y la cabeza que fuese el Cuzco y que se junten de las provincias a las cabezas al Consejo y fuese ley.

Item mandamos que en este reino ningún árbol frutal o madera o monte o paja fuese quemado ni lo cortasen sin licencia, so pena de la muerte y castigos.

Item mandamos que los mozos y niños fuesen muy obedientes a sus padres y madres, a los demás viejos ancianos, señores grandes y a los mayorazgos de todo este reino. No cumpliendo por la primera vez fuesen azotados por la segunda fuesen /189/ desterrados a las minas de plata o de oro.

Item mandamos que no haya ladrones en este reino ni que haya salteadores (sua pomaranra. Y que por la primera vez fuesen castigados 500 azotes y por a segunda apedreados y muertos. Y que no se enterrasen su cuerpo, que lo comiesen las zorras y cóndores.

Ytem mandamos que los que hallasen que lo restituyesen lo hallado y lo pagasen el hallazgo (Por donde no, había de ser castigado por ladrón. Y así ha de aparecer luego.”

Yten mandamos que ninguno, después de haber muerto, no le pida deuda ni pague la mujer ni el marido ni el padre por el hijo ni el hijo por el padre, ni por alguna, sino que lo pida en día de su vida y no se pague por ser sospecha y mentira. Y se dejare en el testamento, que lo pague de su hacienda y se fuere el difunto pobre, que lo pierda.”

Ytem mandamos que a los indios, indias desterrados y depositados les hagan mucho trabajar porque reciban pena y castigo, ejemplo y enmienda de su culpa.”

Ytem mandamos que en este reino no tengan veneno ni ponzoña ni hechicería alguna para matar a persona ni lo maten. Al que matare le condenamos a muerte despeñado y descuartizado. Y se fuere contra el inga o de los señores grandes rebeldes y traidores, que fuesen hecho tambor de persona, de los huesos, flauta, de los dientes y muelas, gargantilla, y de la cabeza, mate de beber chicha. (Es la pena del traidor y ha de alzarse públicamente. Y se dice iscaisonco auca [traidor].”

“Ytem mandamos que cualquiera persona que matare, que muera como mató. Si  fuere con piedra o con palos, lleve la pena y se ejecute y sentencie.

Ytem mandamos que la mujer estando con su regla no entre en el templo ni al sacrificio de los dioses huacahuilca y si entrare, sean castigados.”

Huaman 13

Ytem mandamos que la mujer que moviese [abortase] a su hijo muriese. Y si es hija, que le castigasen doscientos azotes y desterrasen a ellas.”

Ytem mandamos que la mujer corrompida o que consentía que la corrompiesen o fuese puta, que fuese colgada de los cabellos o de las manos en una peña viva en Antacaca y que le dejen allí morir. El desvirgador, quinientos azotes y que pase por el tormento de hihuaya 1 [piedra muy pesada] a que le suelte de alto de una vara al lomo del hombre. (Con esta pena se muere, algunos quedan vivos). Y al forzador le sentencie la muerte de la mujer. Y si consintieron las dos, mueran colgados, iguales penas.

Ytem mandamos que la mujer viuda no se casase otra vez ni que fuesen amancebada después de haber muerto su marido. Teniendo hijo, sea heredero de toda su hacienda y casas y chacras [sementera], y si tuviere hija, sea heredera de la mitad de la hacienda y de la mitad sea heredero su padre o su madre o sus hermanos.”

Ytem mandamos que el quien tuviere un hijo fuese honrado, (yupaychasca), y el de dos hijos, fuese hecho merced y al de tres hijos, le diesen sementeras y pastos y tierras,los de cuatro hijos, fuesen reservados, los de cinco hijos, mando que fuesen mandoncillos de sus hijos (pichca camachicoc) [el que manda 5 unidades domésticas], los de diez hijos, que fuesen señor de merced y los de 30, 40 o 50 hijos, que se poblasen donde pidiesen en pueblo y tierra baldía y fuese señor en ellos.

Ytem mandamos que a los perezosos y sucios puercos les penaba que la suciedad de la chacara o de la casa o de los platos con que comen o de la cabeza y de las manos o pies les lavaban y se las daban a beber de fuerza en un mate, por pena y castigo (En todo el reino estaba ejecutada esta pena).

Ytem mandamos que sean desterrados todos los que enterraren sus defuntos en sus casas con ellos.

Ytem mandamos que los caciques y principales tengan 50 mujeres para sus servicio y aumento de gente en el reino, huno curaca [señor de miríadas de unidades domésticas], 30 mujeres, huamanin apu [capitán] tenga 20 mujeres, huaranca curaca [de 1000 unidades domésticas] tenga 15 mujeres, pichca pachaca [de 500] tuviese 12 mujeres, pachaca camachicoc [de 100] tuviese 8 mujeres, pichca chunca camachicoc [de 50] tuviese 7 mujeres, chunca camachicoc [de 10] tuviese 5o mujeres, pichca camachicoc [de 5] tuviese 3 mujeres, y un indio pobre tuviese 2 mujeres (y los otros que tenía puesto por mitimais [que reside permanentemente fuera de su pueblo] tenía 2 mujeres y los soldados de guerra conforme de la victoria le daban mujer para el aumento.

Ytem mandamos que ninguno se cazase con hermana ni con su madre ni con su prima hermana ni tía ni sobrina ni parienta ni con su comadre, so pena que serán castigados, les sacarán los dos ojos y le harán cuartos y le pondrán en los cerros para memoria y castigo, porque sólo el inga ha de ser casado con su hermana carnal por la ley.

Ytem mandamos que los capitanes sean de buena sangre y casta y fiel y los soldados que fuesen fieles y no traidores de edad de 30 años y de 40 y 50 y que sean indios recios y fuertes, suficientes y ricos para la guerra y batalla.

Ytem mandamos que ninguna persona que no derrame el maíz ni otras comidas ni papas ni lo monden la cáscara, porque si tuviese entendimiento, llorarían cuando le monda y así no lo monden, so pena que [serán] castigados.

Ytem mandamos que, en tiempo de pestilencia o de sacrificio, ni tempestades ni tiempo de hambre y sed o muerte del inca o de algún señor capac apu o levantamiento, no hagan fiesta ni bailen ni canten ni dancen ni se toque tambor ni flauta ni toque a mujer los hombres, ni en tiempo de ayuno y penitencia. Ni han de comer sal ni ají ni carne ni fruta ni beban chicha ni coman ninguna comida, sino sólo maíz blanco y crudo en esta penitencia.

Ytem mandamos que, en tiempo de hielo o de granizo o de tiempo que se seca el maíz, que no viene agua del cielo, pidan todos a dios runacamac [creador del hombre] agua, todo cubierto de luto, embijadas las caras de negro con nununya [ciruelas amargas] y qhichimcha (hollín). Han de andar por los cerros llorando y pidiendo agua a dios pachacamac [creador del universo] todos los indios grandes, como mujeres y muchachos, dando voces con esta dotrina: Ayaoya uacaylli. Ayaoya puypuylli. Lluto puchac uamrayqui. Lluto puchac uacchayque acalla callamosumquim Unoc sayquita Yacuc sayquita Cachallamouay Uacchayqui, runayqui Llacta runa camascayquiman. [Te imploramos llorando Tu agua Tu agua Mándala hacia nosotros Hacia tus pobres, tu gente Hacia los pobladores que tú criaste]

Han de tener esta orden en este reino.

Ytem ordenamos y mandamos que todos los oficiales que no sean ociosos ni perezosos, así los dichos que tuvieren cargo de beneficios, gobernadores, pontífices y sacerdotes y señores grandes que manda la tierra, y de artificios, pintores, que pintan en paredes y en quiro [vaso de madera] y en mate que le llaman cuscoc [pintor de paredes], llompec [decorador en lacre], amautacona [sabios] oficiales; llacllac, quirocamayoc, carpinteros; rumita chicoc, canteros; mancallutac, olleros; tacac, plateros; cumbecamayoc, bordadores y sederos; pachaca, labradores; pastor, michic, pastor, ahuacamayoc, tejedores; xirac, sastre, aunque no había costurera; panadera, sara tanta rurac; cocinera, micuy rurac; suyoyoc , mayordomo; collcacamayocf, común y sapcicamayoc, administrador; quilca camayoc , escribano de quipo [cordel con nudos], cordel; cantores y músicos, taquic [cantor, danzante], cochochic; pincullocamayoc, flauteros; aucacamayoc, guerreros. Que no falten estos dichos oficiales en este reino, porque serán castigados por perezoso y ladrón.

Ytem mandamos en todo el reino haya abundancia de comida y que se siembre muy mucho más y papas y ocas [Oxalis tuberosa] y que hagan cahui, caya, chuño, tamos [conservas de diversos tubérculos], chochoca [maíz seco y quinua [semilla de altura, olluco, masua [tubérculos] k, todas las comidas hasta las yerbas yuyos [acuáticas] lo sequen para que tengan qué comer todo el año y se siembre de comunidad y sapci de maíz, papas, ají, magno [verdura seca], algodón y cojan flor de pahuau, quehuencha y otras hojas para teñir colores para el cumbe [tejido fino] y ahuasca [corriente] y queman llipta [pasta de ceniza] de marco y de quinua. De cada año den cuenta; no lo haciendo los dichos corregidor tocricoc, lo castigue cruelmente en este reino.

Ytem mandamos que todas las casas y vestidos y ollas y lo que han trabajado y criado conejos y cada chacara [sementera] se les visite dos meses en el año. Y no lo haciendo, de cada cosa le castigue cien azotes. Y pida cuenta de estiércol de las dichas sementeras y chacaras, y tengan en sus casas abundancia de leña, paja y […]patos y tengan barriles, cullona, chulchi y piruas de papas para ellos y para servir al inca y a los capac apocunas [señores poderosos] y capitanes y para tener en los tambos [mesón] y chasques [postillón]. En los caminos reales, limpiarlos, aderezar puentes y para fiestas. Dejamos y mandamos esta ley y ordenanzas en estos reinos.

Ytem mandamos que los barberos y cirujanos, hampicamayoc, circac, quichicahuan [sangrador] y curan con yerbas.” A estos dichos les llamaban hanpicamayoc y a las dichas parteras beatas comadres llamaban huahua huachachic [partera], huicsa allichac hanpi camayoc [la curandera que arregla estómagos].

Ytem mandamos que las amas de huérfanos, huaccha rurocha nunochic , sean reservadas de todo y les den otra niña grande para que le ayude a criar. Éstos se llamaba mamacona [señoras].

Ytem mandamos que ningún indio en este reino no mude su hábito y traje de cada parcialidad y aillu, so pena de 100 azotes.”

Ytem mandamos en este reino en los pueblos han de comer en la plaza pública caciques principales, indios chicos y grandes para que se alleguen todos los pobres y huérfanos, viudas, enfermos, viejos, ciegos y tullidos, pelegrinos, caminantes: Todos coman por la caridad y de ser uso y costumbre desde primer gente y ley y buena obra y misericordia de Dios en este reino.”

Ytem mandamos que en estos reinos tengan vírgenes de templos, huayrur aglla [escogida principal], chaupi aclla [intermedia], pampa aclla [sencilla]. Estas monjas murieron con sus virginidades sin corromperse.

Fueron puestas estas dichas ordenanzas generales de este reino por Topa inca Yupanqui y por su consejo real.

Y vistas estas dichas ordenanzas el señor don Francisco de Toledo, virrey de estos reinos, se informó esta ley y ordenanzas antiguas, sacando de ellas las mejores. Ordenó y confirmó nuestro señor católico rey don Felipe II y mandó que todos comiesen en la plaza pública y que hiciesen fiesta en ella.

Que de todo ello creo en un solo Dios de la Santísima Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y su bendita madre, Santa María, y en todos los santos y santas ángeles del cielo y de todo lo que creo y tiene la santa madre iglesia de Roma con la fe verdadera que tengo. Y creo que de todo escribo para que con lo bueno sea servido Dios y de lo malo se enmiende los cristianos y se arrepienten de sus pecados los cristianos que la leyere estas dichas ordenanzas antiguas de los indios[21].

Huaman 8
Autorretrato que, seguramente, no nos proporciona su verdadera imagen.

Pueden discutirse la pertinencia de muchas de las disposiciones desde la realidad nacional contemporánea pero no podemos disminuir la importancia de tales reglas de convivencia como vertebrador de la moral andina de aquella época, que vio discurrir entre los suyos a personalidades comprometidas con el quehacer astronómico y seguramente también con la reflexión axiológica. Veamos, como último elemento de esta realidad, el modo en que Huaman Poma se refería a los filósofos qué conoció en su dilatada existencia. Señala que los filósofos antiguos (que ellos llamaban camasca amautaruna) entendían por las estrellas y cometas, eclipse del sol y de la luna, tempestades, aires y animales y pájaros. Veían estas señales y decían que había de suceder mortanza de grande reyes de Castilla y de otras naciones del mundo, alzamiento, hambre, sed, muertes de gente de pestilencia, guerra o buen año o mal año. Así supieron que había Castilla y llamaron a los antiguos indios huiracocha porque tenían noticia de que salieron y descendieron de huiracocha, de la primera gente, de su padre Adán y del multiplico de Noé, del diluvio. Y así los filósofos Pompeyo, Julio César, Marcos Flavio, Clavio, Aristóteles, Tulio y los griegos, flamencos y gallegos, como los poetas declararon y escribieron tiempos y años para saber sembrar, esta gente si supieran leer y escribieran su curiosidad, ingenio y habilidad, lo supieron por quipus cordeles y señas, habilidad de indio[22]. No solamente veían las estrellas, también augurios, presagiaban mortandades, hambre, alzamientos, sed, decesos, pusieron nombre a los españoles, declaraciones que corresponden a quienes se encargan de orientar sociedades. Huamán Poma, en su afán de no dejar dudas acerca de la naturaleza de estos personajes, cita a Aristóteles, Julio César para compararlos con personalidades andinas que tuvieron similares funciones en la sociedad. Tal es nuestro cronista.


[1] Ferrater Mora, en su conocido diccionario filosófico, señala que “cada sistema filosófico puede valer como una  respuesta a la pregunta acerca de lo que es la filosofía y también acerca de lo que la actividad filosófica representa para la vida humana”. En Diccionario de filosofía. Tomo II. Editorial Ariel, Barcelona, 2004. Pág. 1272. El libro que comentamos se ordena con el criterio que sostiene Ferrater y es útil para sostener que la filosofía andina tuvo sus propios tópicos de reflexión. 

[2] Felipe Human Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Tomo II. Biblioteca del Perú. Lima, 2017. Pág. 438.

[3] Felipe Human Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Tomo II. Biblioteca del Perú. Lima, 2017. Pág. 440.

[4] Felipe Human Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Tomo II. Biblioteca del Perú. Lima, 2017. Pág. 440.

[5] Felipe Human Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Tomo II. Biblioteca del Perú. Lima, 2017. Pág. 442.

[6] Felipe Human Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Tomo II. Biblioteca del Perú. Lima, 2017. Pág. 442.

[7] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 290.

[8] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 290-291.

[9] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 291.

[10] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 291.

[11] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 47.

[12] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 13.

[13] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 7.

[14] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 67.

[15] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 313.

[16] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2017. Pág. 12.

[17] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 33. 

[18] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 33. 

[19] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo I. Lima, 2015. Pág. 48.

[20]Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 52.

[21] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 66, 73.

[22] Felipe Huamán Poma de Ayala. Nueva crónica y buen gobierno. Biblioteca del Perú. Colección Bicentenario. Tomo II. Lima, 2015. Pág. 33. 

Moche, de Jürgen Golte

Acercarse al libro que comento es abrir espacios de acceso a un mundo desconocido que tiene aún elevados muros de aislamiento. No me refiero a las barreras mas rudas que se alinearon temprano en torno a la cultura andina y su representantes, instaladas por quienes estimaron que el país no se edificaría como un proyecto conjunto de todas las sangres y, al contrario, ensangrentaron el territorio en el camino a sus excluyentes objetivos. Muchas de esas brutales barreras han sido horadadas y, en muchas zonas, derribadas sistemáticamente por la áspera decisión de las contingentes migratorios y avanzadas culturales que se han desprendido de las altas cumbres andinas y de las florestas amazónicas para ocupar los antiguos dominios señoriales y aristocráticos. No, no aludo a estos elevados cercos, ya muy maltratados, sino a los más sutiles aislamientos que aún se yerguen en torno al entendimiento de los intersticios ideológicos, filosóficos, que integró a nuestra antigua civilización.

Jurgen

Se trata de una labor pendiente, acercar nuestro entendimiento a los espacios de las ideas, símbolos, concepciones del ser, de la naturaleza y la sacralidad antigua. Comprensión de sus formas de escritura, también. En suma, hablamos de todo aquello explicable a través del entendimiento de su alto pensamiento. ¿Lo tuvieron los antiguos peruanos?, es la pregunta que aún incrédulos se formulan estudiosos y académicos que, desorientados y descreídos, prefieren asentarse en el fácil recurso de explicar complejidades culturales a través del fácil uso del termino cosmovisión.

Hay que recusar la expresión no por inútil o limitante para una comprensión vasta y totalizadora de ese inexplorado campo, sino porque la palabreja ha sido devaluada y ha devenido en el continente que alberga la enumeración condescendiente y plácida de una serie de costumbres y hábitos, muy alejados de sus fuentes primigenias, que se han adocenado para el consumo de complacientes visitantes extranjeros o, lo que es peor, para satisfacer o conjugar los afanes comunitarios de un vasto conjunto de peruanos, herederos directos de nuestras culturas ancestrales, que se acomodan en torno a deformados ritos, intuiciones desorientadas y empeñosos en perpetuar lo folclórico. No recuso ese universo, es mío también, pero sí reparo en la incapacidad de incorporar el futuro a sus propósitos. De sumar a sus actuaciones la dimensión cultural y política. Para tal propósito se requiere en primerísimo lugar entender que el alto pensamiento andino fue un instrumento político, como lo son todos los pensamientos de esta envergadura, organizador de naciones y cultivador de hegemonía. Así lo explica Golte en sus páginas como resultado de sus investigaciones y consecuencia de una transparente evaluación academica.

Moche 13
Clarísima chacana, como símbolo de comunicación, ascenso y descenso de niveles espaciales en el universo andino.

Transponer el rito y caminar el amplio territorio de la conducción social y la construcción de hegemonía se hace más sencillo cuando nos acercamos a textos como Moche, cosmología y sociedad, una interpretación iconográfica de Jürgen Golte quien es descrito en redes como nacido en Alemania, bachiller en Matemáticas con estudios de Antropología, Arqueología, Historia, Literatura y Cultura Latinoamericana en las universidades: Rheinische-Friedrich Wilhelms-Universität, en Bonn, Freie Universität, en Berlin y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde 1964, sus temas de investigación se han desarrollado sobre Iconografía. Etnohistoria y Antropología de los Andes centrales. Los temas que ha abarcado se desarrollan entre antropología económica de pueblos campesinos andinos; migración campo-ciudad en el Perú, antropología urbana y globalización. Estudios sobre temas de Etnohistoria de los Andes Centrales; Iconografía de las culturas del Intermedio Temprano en los andes Centrales. Golte Rodhe (67) es autor de más de 78 publicaciones, destacando los libros “Estructuras tradicionales y economía de mercado. La comunidad de indígenas de Huayopampa”, “La iconografía Nazca”, “Repartos y rebeliones: Túpac Amaru y las contradicciones de la economía colonial”, “Los caballos de Troya de los invasores. Estrategias campesinas en la conquista de la gran Lima”, por citar solo algunos títulos. Sin duda pergaminos suficientes para abordar el universo Moche con suficiencia y profundidad.

Moche 12
La representación del dios de la Vía Láctea. Con iconografía distinta, presente en Chavín, Tihuanaco,Wari, Inca.

En el texto desarrolla un estudio de la iconografía de esta cultura, especialmente en su Etapa IV, mostrando un despliegue de conocimiento de fuentes previas y de capacidad académica y humana para abordar la complicada interpretación de las figuras pintadas en sus ceramios. Lo particularmente impactante ha sido observar en las figuras y traducción la continuidad y hegemonía de la simbología andina. Algo importante, el autor manifiesta haber hallado: una «ideología política», una internalización de reglas de comportamiento en cosmologías que permitían la cooperación y convivencia de grupos de tamaño que excedía el que se hubiera podido manejar con reglas de parentesco simple y horizontal. (1) Y no se trata de una interpretación que se aisle en el universo Moche, sino que Si vemos el manejo de la simbolización de identidades en las representación de cupisnique y chavín, y lo comparamos con el de las representaciones de tiawanaku y wari, resulta evidente que utilizan el mismo sistema básico de construcción por medio de diademas, cinturones y bastones representados tanto de frente como de perfil. […] Lo primero que es necesario observar es que los símbolos abstractos trascienden con mucha claridad los limites de estilos específicos, de forma que podemos reconocer en estilos de cultura diversas, la utilización de símbolos prácticamente idénticos.(2)

Moche 10
La chacana de nuevo y también el primordial principio de la bipartición y complementariedad andina.

Así, en las interpretaciones Golte encuentra en las figuras […] una especie de interfaz, un plano de encuentro (tinku). Las oposiciones binarias están articuladas según el modelo de la generación humana, es decir, hay una dimensión masculina y otra femenina, y el espacio liminar entre las dos dimensiones, tinku, es interactivo y genera el futuro, de la misma manera en que la pareja humana engendra a sus hijos. La universalización de este principio de pares en la “simetría de espejo” permite la homologación en el modelo. Son percibidas como homologables las dimensiones temporales, espaciales y sociales opuestas relacionadas con los géneros y su encuentro (tinku). El espacio horizontal, y cada lugar en él, es una superficie de encuentro generativo. En él se topan el mundo de arriba con el mundo de abajo y el oriente con el poniente. De la misma forma, los espacios temporales básicos, el día y la noche, la época húmeda y la seca, tienen puntos de encuentro generativos. (3)

Vemos con mucha claridad símbolos comunes a todas las culturas que conformaron el horizonte civilizatorio andino. Chacanas, reciprocidad, complementariedad, relaciones binarias, mundos de arriba y abajo, culto a los muertos, identificación estrecha con las expresiones de la naturaleza, vasto universo sacro. Para quienes piensan que estos elementos nacieron con los quechuas cusqueños el libro le ayudará a rectificar tal criterio en provecho de una interpretación integral de lo que alguna vez fuimos. Los incas son la expresión más alta y final de un esplendor civilizatorio que aún guarda aspectos por descubrir. Y lo que es más importante, caminos que alumbren nuestro futuro.

Moche libro
Lectura para acercarse al universo andino a través de los Moches.

Tardía lectura la mía, sin duda, pero de ninguna manera intrascendente. Observar los ceramios, acercarme a sus significados, maravillarme con expresiones pictóricas que podrían ser catalogadas como impresionistas o abstractas o cubistas, reconocer simbologías que se estudian solamente adosadas al pensamiento cusqueño, ha sido un largo viaje del que aún saboreo sus expresiones más notables.

(1) Pág. 419.

(2) Págs. 420-421

(3) Pág. 30.